Maksim Gorki
(Nizhni Nóvgorod, Rusia, 1868 - Moscú, 1936)


En el mercado (1899)
(“На базаре”)
Originalmente publicado en la revista Нижегородский листок [La hoja de Nizhegorod]
Núm. 10 (10 de febrero de 1899);
Очерки и рассказы [Ensayos y relatos), segunda edición, Vol. II
(San Petersburgo: Издательство С.Дороватовский и А.Чарушников [S. Dorovatovsky y A. Charushnikov], 1899)



I. EL COMERCIANTE (“КОММЕРСАНТ”)

      —¡Señora, me permite usted que la ayude!...
       La señora volvió la cabeza y vió ante ella un hombre de esos en quienes la palabra es más atractiva que la facha.
       Era delgado, amarillo y harapiento, como si la suerte, después de haberlo roído durante mucho tiempo, lo hubiese dejado escapar de entre sus mandíbulas. Con aire amable y solícito se inclinó ante la señora y dijo:
       —¿Quiere usted que le lleve la cestita?
       Cuando le entregaron la cesta, la cogió con respeto y siguió tras su dueña como si llevase la cartera de un ministro. Pero no era orgulloso y se consideraba indigno de semejante honor. Comprendiendo en seguida la falta de experiencia de la señora, se permitió guiarla en sus compras.
       —Compre usted la carne aquí: es donde mejor sirven.
       Tenía razones especiales para recomendar a este vendedor, ya que en virtud de un contrato especial que con él tenía hecho debía percibir una comisión por cada venta que le proporcionase.
       —¡Vassili Stépanovitch! Aquí está la señora, que quiere comprar un buen trozo...
       Después conducía a la señora ante un carro de patatas.
       También este vendedor de patatas le daba una prima por cada comprador que le llevaba.
       —¿Pero cómo llevaré estas patatas? —preguntaba la compradora.
       —Le darán un saco, que yo mismo le llevaré hasta su casa y después lo devolveré al dueño.
       —Y yo que quería tomar un coche.
       —Yo le cobraré menos que un cochero.
       —Solamente, Volodka, sabes —dijo el vendedor de patatas—, que es preciso devolverme el saco.
       —¡Bueno!
       —Sí, pero la última vez no me lo devolviste y te hiciste con el saco unos pantalones.
       —Eso no vale la pena de recordarlo.
       La señora, escuchando el coloquio, sonrió.
       Este Volodka, obligado a hacerse un pantalón de un saco robado, le inspiraba miedo y compasión a un tiempo.
       Intimamente se prometió darle cinco copeks, por llevarle las compras.
       —¿Señora, no quiere usted tripas? —dijo Volodka agitando en el aire unas piltrafas que había cogido en alguna parte.
       Al ver las miradas que echaba en torno suyo y comprender la procedencia de la mercancía la señora sintió miedo.
       —No; no quiero —dijo secamente.
       —Se las hubiera dado por quince copeks.
       —¡Diez copeks! —declaró la señora.
       En principio, se mostró en contra de comprar lo sustraído; ¡pero siendo tan barato!...
       —¿Me da doce copeks?
       —¡Diez!
       Compra por no alentar las aficiones de este hombre, que no volverá a robar si vende en tales condiciones.
       —Tómelas usted —dice él—; las meto en la cesta. ¿Quiere usted comprarme una remolacha?
       Lleva una remolacha en el bolsillo. La señora comienza a dudar. Este hombre le resulta positivamente odioso; así no le da por su remolacha y cuatro cucharas de madera más que siete copecks.
       Después de comprar todo lo que necesita, carga al hombre de sacos y paquetes desde los pies a la cabeza, y haciéndolo caminar ante ella, vuelve a su casa.
       Volodka, inclinado bajo el peso, va rápidamente por la acera, fiel a su promesa de realizar el servicio más barato que un cochero, y caminando sueña con las comisiones que recibirá de los comerciantes aliados suyos... y con otras cosas todavía más provechosas...


II. UN HÉROE (“ГЕРОЙÏ”)

      Un viejo circula entre la multitud de compradores. Sus cejas están fruncidas, sus ojos tienen una expresión dolorosa y suplicante. Pelos de plata cubren la piel sombría de sus mejillas. Lleva una capa de soldado. En su pecho brillan la cruz de San Jorge y otras medallas. Su pierna izquierda está reemplazada por un trozo de madera pesado y grosero que, introduciéndose en la nieve, deja en ella pequeños agujeros redondos.
       Al ver su rostro canoso y derrotado, los vendedores habituales del mercado se apartan con aire de temor, de descontento y de fastidio.
       El anciano pasa delante de ellos y se dirige al lugar en que están alineadas las carretas de los aldeanos de los alrededores.
       Detiénese aquí y allá y se pone a hacer preguntas tomando el aire de un gran comprador.
       —¿Son buenos estos gansos?
       —De primera calidad... Mire usted. ¡Todo es grasa!
       El viejo soldado toma a peso el volátil, le examina atentamente, le tantea, le huele... De repente dice al vendedor:
       —En Bulgaria, sí que hay buenos gansos! Como cerdos!
       —Dónde ha dicho usted?
       —En Bulgaria, más allá de las montañas del Balkán... Allí tuvo lugar la guerra ruso-turca. Su Excelencia el general Skobelef fue quien la dirigió.
       —¡Ah sí! ¡Ya he oído decir algo de eso... Mas éste también es un buen ganso.
       —¿Ves mi cruz? —el soldado muestra su pecho con la mano—, pues él mismo me la dió.
       El rostro del anciano se estremece, sus ojos brillan y se echa el casquete sobre la oreja.
       —¡Sargento Migunof, hurra! Y me da la mano...
       —¡Devuélveme esa ave, soldado! —dice con voz indiferente el vendedor, que ha comprendido que no tiene delante a un comprador serio y busca con la vista, en el gentío, mejores marchantes.
       El anciano se anima cada vez más.
       —¡Y el comandante Schwanvitch también!... “Migunof”, me dijo éste, “eres un águila!” ¡Y me abrazó!
       —No estés ahí soldado... Apártate un poco... Estorbas a los compradores —dice el vendedor de gansos empujando al viejo lejos de su carreta.
       El soldado no se ofende por esto sólo que sus ojos se apagan y después de haber mirado al aldeano con aire de reproche, se aleja silenciosamente de la carreta y se mete el casquete hasta los ojos.
       A su alrededor agólpense gentes de rostros inquietos. En el aire zumba un rumor confuso de voces. Esta vida ruidosa recuerda al soldado los asaltos de la campaña que ha hecho... los campos... Cojeando lentamente entre la muchedumbre busca un hombre capaz de escuchar su relato de la guerra y de la retirada de Evi Sagri, que hizo a la cabeza de su compañía, perseguida por los turcos. Quisiera hablar del mejor día de su vida, cuando el general, un bravo también, le llamó “héroe”... Pero no encuentra auditorio, nadie se cuida de saber dónde y cómo perdió su pierna y por qué se le dió una cruz...
       Se siente solitario y como insultado por la desatención general; detesta ahora a todos los que compran y venden.
       Muchas veces vió la muerte delante; no teme morir, mientras que los otros tiemblan al pensar que pueden acabar sus días; y la idea de que no valen lo que él, le consuela un poco...
       ¡No tienen, no tendrán nunca la cruz de San Jorge en el pecho!... No pueden ser héroes!...
       Pero, a pesar de todo, quiere que cualquiera le escuche y sepa que Migunof es bravo. Desde por la mañana hasta por la noche, medio muerto de hambre, transido de frío, recorre el mercado, intentando constantemente hablar de sí propio. Muchas veces empieza su relato, sin acabarle jamás. Nadie en el mercado se cuida de oír contar sus hazañas.
       Y el viejo Migunof, sintiendose inútil, olvidado, se enfada con todo el mundo. Empuja a los transeuntes como por casualidad, pero los empuja, y esto le alivia un poco.
       De vez en cuando entra en la taberna. Pero el amo y los mozos le acogen mal, se burlan de él. Los fastidia.
       Si no le echan, el viejo soldado va de una mesa a otra buscando siempre un oyente.
       Y cuando encuentra uno, ¡oh! entonces se transforma; su palabra corre con amplitud, sus ojos brillan; hincha las mejillas para representar el ruido del cañón, pronuncia palabras de mando... La gente se ríe de él... él no lo oye, porque se encuentra muy lejos de aquellos a quienes habla; está allá abajo, del otro lado de los Balkanes, allí donde la tierra bebió su sangre, donde su energía estalló un día, en un fuego ardiente, y donde creyó que la vida tenía un sentido... ¡Y para calentarse con aquel fuego le atiza más y más.
       —¡Soldado, vete! ¡Nos aburres!
       Es el mozo de la taberna que le expulsa del establecimiento...
       Se levanta y se va, haciendo resonar con violencia su pierna de madera contra el suelo, el corazón vibrante aún de sus recuerdos.
       Vive en un rincón, detrás de la estufa, en casa de un cincelador.
       De regreso en casa, trepa a este ángulo estrecho y asfixiante pero caliente, y, si no ha conseguido referir a nadie su historia, gruñe:
       —¡Ah, malditos! ¡Debieron escucharme!... ¡Pero no!... ¡Ah malditos!...




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