Maksim Gorki
(Nizhni Nóvgorod, Rusia, 1868 - Moscú, 1936)


El Jan y su hijo (1896)
(“Хан и его сын”)
Originalmente publicado, con el subtítulo de Крымская легенда
(“Leyenda de Crimea”),
en el periódico Нижегородский листок [Hoja de Nizhni Nóvgorod]
Núm. 148 (31 de mayo de 1896);
[Obras reunidas], 4 tomos
(San Petersburgo: Знание [Conocimiento], 1900);
[Obras]
(San Petersburgo, 1923)



      —En aquel tiempo gobernaba en Crimea el jan Mosolaima el Asvab, el cual tenía un hijo llamado Tolaik Algalla…
       Con estas palabras, cierto tártaro pobre y ciego, apoyando la espalda en el pardo tronco de un árbol, comenzó a relatar una de las antiguas leyendas de aquella península, tan rica en recuerdos. En torno al narrador, sobre fragmentos de piedra del palacio del jan, destruido por el tiempo, se hallaba sentado un grupo de tártaros, ataviados con vistosas túnicas y tubeteikas [una especie de bonete, muy común en Asia central] bordadas en oro. Estaba atardeciendo. El sol descendía lentamente sobre el mar, sus rayos carmesíes atravesaban el oscuro follaje que rodeaba las ruinas y formaba brillantes manchas sobre las piedras cubiertas de musgo, enredadas por la tenaz hiedra. Susurraba el viento en el soto de los viejos sicómoros, sus hojas murmuraban como si por el aire corrieran arroyos invisibles.
       La voz del mísero ciego era débil y trémula, su pétreo rostro no reflejaba en sus arrugas más que paz. Las palabras, aprendidas de memoria, se derramaban una tras otra y, ante su auditorio, se alzaba la imagen de los emocionantes tiempos pretéritos.
       —El jan era anciano —decía el ciego—, mas tenía muchas mujeres en su harem. Y éstas amaban al anciano por el vigor y el fuego que aún conservaba y por sus caricias tiernas y apasionadas, pues las mujeres siempre amarán al hombre que sabe acariciar vigorosamente, aunque tenga el pelo cano y el rostro ajado, porque en la fuerza reside la belleza y no en la tersura de la piel ni en el rubor de las mejillas.
       “Todas ellas amaban al jan, pero él prefería a una prisionera cosaca de las estepas del Dniéper y siempre le mostró más cariño que a las demás mujeres del harem, donde había trescientas mujeres procedentes de diversas tierras, y todas ellas eran hermosas como las flores en primavera, y todas vivían en la abundancia. Muchos manjares exquisitos y deliciosos ordenaba el jan que les prepararan y les permitía siempre que les venía en gana danzar, tocar instrumentos…
       “Mas era a la cosaca a quien con frecuencia llamaba a su torre, desde la cual se veía el mar. Allí tenía para la cosaca todo cuanto precisa una mujer para vivir con gozo: dulces, ricas telas, oro, piedras de todos los colores, música, aves exóticas, y ardientes caricias de enamorado. En esta torre se solazaba con ella días enteros, descansando de sus ocupaciones cotidianas y sabiendo que su hijo Algalla no comprometería la gloria del janato, pues correteaba como un lobo por las estepas rusas y siempre regresaba de allá con un rico botín, con nuevas mujeres, con nueva gloria, dejando tras de sí horror y ceniza, cadáveres y sangre.
       “Una vez regresó aquél, Algalla, de una incursión contra los rusos, y se organizaron grandes festejos en su honor; todos los mirzas [nobles] de la isla acudieron a ellos, hubo juegos y un banquete, dispararon flechas a los ojos de los prisioneros a fin de probar la fuerza de sus brazos, y bebieron una y otra vez loando el valor de Algalla, terror de los enemigos, báculo del janato. El viejo jan gozaba de la gloria de su hijo. Se alegraba de saber que, cuando muriera, el janato estaría en manos fuertes.
       “Complacido por ello y deseando mostrar a su hijo la fuerza de su amor, en medio del banquete, delante de todos los mirzas y los beys [gobernadores], alzó la copa y dijo:
       “—¡Eres un buen hijo, Algalla! ¡Alabado sea Alá y bendito el nombre de su profeta!
       “Y todos glorificaron el nombre del profeta en un coro de poderosas voces. Entonces dijo el jan:
       “—¡Alá es grande! Estando yo aún con vida, ha resucitado mi juventud en mi valeroso hijo, y he aquí que advierto con mis ancianos ojos que, cuando el sol se oculte de ellos y cuando los gusanos devoren mi corazón, ¡estaré vivo en mi hijo! ¡Alá es grande y Mahoma, su profeta! Tengo un buen hijo, su mano es firme y despierta su inteligencia… ¿Qué deseas tomar, Algalla, de las manos de tu padre? Dilo y te daré todo lo que pidas…
       “Y no se había extinguido aún la voz del anciano jan cuando se levantó Tolaik Algalla y, con ojos centelleantes, negros como el mar en la noche y ardientes como los de un águila de montaña, dijo:
       “—Padre y soberano, dame a la cautiva rusa.
       “El jan guardó silencio unos instantes, el tiempo suficiente para contener el estremecimiento de su corazón, y a continuación dijo con voz alta y firme:
       “—¡Tómala! Cuando acabemos el banquete, tuya será.
       “El osado Algalla se inflamó, sus ojos de águila brillaron por la inmensa alegría, se irguió y dijo a su padre, el jan:
       “—¡Aprecio tu obsequio, padre soberano! Lo aprecio… Soy tu esclavo, tu hijo. Toma mi sangre gota a gota, ¡veinte veces moriré por ti!
       “—¡No requiero nada! —dijo el jan, e inclinó sobre el pecho su cana cabeza, coronada por la gloria de muchos años de innumerables hazañas.
       “Pronto acabó el banquete y ambos, en silencio, salieron juntos del palacio y se dirigieron al harem.
       “Era una noche oscura, no se veían ni las estrellas ni la luna entre las nubes, que cubrían el cielo cual tupido tapiz.
       “Largo tiempo llevaban caminando padre e hijo sumidos en la oscuridad, cuando, de repente, el jan el Asvab rompió el silencio y dijo:
       “—De día en día se va apagando mi vida, y mi corazón late cada vez más débil, poco a poco disminuye el ardor de mi pecho. La luz y el calor de mi vida son las ardientes caricias de la cosaca… Dime, Tolaik, dime, ¿de veras tanto la necesitas? ¡Toma cien de mis mujeres, tómalas a todas en vez de a ella…!
       “Tolaik Algalla guardó silencio y lanzó un suspiro.
       “—¿Cuántos días me quedan sobre la tierra? Pocos, sin duda… La última alegría de mi vida es esa muchacha rusa. Me conoce, me ama; cuando ella no esté, ¿quién va amar a este viejo? ¿Quién? ¡Ninguna, Algalla, ninguna!…
       “Algalla continuaba callado…
       “—¿Cómo podré vivir, sabiendo que tú la abrazas, que ella te besa? ¡Ante una mujer no hay ni padre ni hijo, Tolaik! Ante una mujer todos somos hombres, hijo mío… Amargos me serán mis últimos días… ¡Así se abran todas las viejas heridas de este cuerpo mío, Tolaik, y derramen mi sangre, antes que sobrevivir a esta noche, hijo mío!
       “El hijo guardaba silencio… Llegaron a las puertas del harem y, cabizbajos, permanecieron largo rato ante ellas. La oscuridad los envolvía; las nubes cruzaban el cielo, y el viento, al azotar los árboles, producía un murmullo semejante a una canción…
       “—Hace mucho que la amo, padre… —dijo Algalla con voz queda.
       “—Lo sé… Mas sé también que ella a ti no… —replicó el jan.
       “—Se me parte el corazón cuando pienso en ella.
       “—¿Y este viejo corazón, qué lo llenará ahora?
       “Y de nuevo callaron. Algalla suspiró.
       “—Está claro que el sabio mulá me decía la verdad; la mujer siempre resulta perjudicial para el hombre: cuando es hermosa, despierta el deseo de los demás hombres, y condena a su esposo al tormento de los celos; cuando es fea, su marido sufre de envidia al contemplar la belleza de las mujeres de otros; pero, si no es ni hermosa ni fea, el hombre se la imagina muy bella y, al darse cuenta de su equivocación, de nuevo sufre a causa de ella, de esa mujer…
       “—La sabiduría no es remedio para los dolores del corazón —dijo el jan.
       “—Compadezcámonos el uno del otro, padre…
       “El jan alzó la cabeza y miró contristado a su hijo.
       “—Matémosla —dijo Tolaik.
       “—Te amas más a ti mismo que a ella y que a mí —respondió pausadamente el jan tras meditar unos instantes.
       “—Y tú también.
       “Y callaron de nuevo.
       “—¡Sí! Yo también —dijo triste el jan. El dolor le había convertido en un niño.
       “—Entonces, ¿la matamos?
       “—No puedo entregártela, no puedo —dijo el jan.
       “—Y yo no puedo soportarlo más; arráncame el corazón o dámela…
       “El jan guardó silencio.
       “—Arrojémosla al mar desde lo alto de la montaña.
       “—Arrojémosla al mar desde lo alto de la montaña —repitió el jan las palabras de su hijo como si fuera el eco de su voz.
       “Y entonces entraron en el harem, donde ella se hallaba ya durmiendo sobre una magnífica alfombra tendida en el suelo. Se detuvieron ante ella y la contemplaron; largo rato estuvieron admirándola. Las lágrimas surcaron las mejillas del jan, desde sus ojos hasta su plateada barba, y brillaron en ella cual perlas, pero su hijo tenía los ojos centelleantes y, rechinando los dientes por la pasión reprimida, llamó a la cosaca. Ésta se despertó, y en su rostro, dulce y rosado como la aurora, florecieron sus ojos como aldizas. Sin advertir la presencia de Algalla, ofreció sus labios bermejos al jan.
       “—¡Bésame, águila mía!
       “—Prepárate… has de venir con nosotros —dijo el jan en voz baja.
       “Entonces se percató de la presencia de Algalla y de las lágrimas en los ojos de su águila y, como era perspicaz, al punto lo comprendió todo.
       “—Voy —dijo—, voy. Ni para uno, ni para otro: eso es lo que habéis decidido, ¿no es así? Es la única decisión posible entre hombres de corazón firme. Voy.
       “Y los tres, en silencio, se dirigieron hacia el mar. Recorrieron angostos senderos; el viento ululaba, ululaba con furia…
       “Como la muchacha era delicada, no tardó en cansarse, mas era también orgullosa y no se quejaba.
       “Y, cuando el hijo del jan advirtió que se quedaba rezagada, le preguntó:
       “—¿Tienes miedo?
       “Los ojos de la joven brillaron al mirarle y le mostró su pierna ensangrentada…
       “—¡Deja que te coja! —dijo Algalla tendiéndole los brazos. Pero la muchacha se abrazó al cuello de su vieja águila. El jan la tomó en sus brazos como una pluma, y la levantó; ella, acomodada en sus brazos, le apartaba las ramas del rostro, temiendo que éstas le dieran en un ojo. Avanzaron largo rato, ya se oía el murmullo del mar a lo lejos. Entonces Tolaik, que los seguía por el sendero, dijo a su padre:
       “—Déjame ir delante, pues siento deseos de clavarte mi puñal en el cuello.
       “—Pasa delante, Alá te castigará por tu deseo o te perdonará según su voluntad; yo, que soy tu padre, te perdono. Sé lo que es el amor.
       “Y llegaron al mar, que se extendía ante ellos en un abismo, profundo, negro y sin costas. Las olas cantaban con un sordo murmullo al pie del promontorio, y allá abajo no había más que oscuridad, frío y horror.
       “—¡Adiós! —dijo el jan, besando a la muchacha.
       “—¡Adiós! —dijo Algalla con una reverencia.
       “La joven contempló un instante el abismo donde cantaban las olas, y, dando un paso atrás, cruzó las manos sobre el pecho.
       “—Arrojadme al fondo —les dijo.
       “Algalla extendió hacia ella sus brazos con un gemido, pero el jan la cogió entre los suyos, la apretó contra su pecho, la besó y, levantándola por encima de su cabeza, la arrojó al mar desde el promontorio.
       “Al fondo del abismo las olas rompían contra las rocas y bramaban, y era tal su clamor que ninguno la oyó chocar contra el agua. No oyeron nada, ni siquiera un grito. El jan se inclinó sobre las rocas y, en silencio, se asomó al tenebroso abismo donde el mar se confundía con las nubes, desde donde se propagaba el murmullo del sordo batir de las olas y llegaba un viento que azotaba su canosa barba. Tolaik, a su lado, se cubría el rostro con las manos, silencioso e inmóvil como una roca. Así transcurría el tiempo; una tras otra, las nubes surcaban el cielo arrastradas por el viento, tan oscuras y lúgubres como los pensamientos del viejo jan, asomado al mar desde el alto promontorio.
       “—Vámonos, padre —dijo Tolaik.
       “—Espera… —musitó el jan, como si estuviera escuchando algo. Y de nuevo transcurrió un largo rato, abajo batían las olas, y el viento azotaba el promontorio, ululando por entre los árboles.
       “—Vámonos, padre…
       “—Aguarda un poco…
       “Varias veces se lo repitió Tolaik Algalla:
       “—Vámonos, padre.
       “Él siguió sin moverse del sitio donde había perdido la alegría de sus últimos días.
       “Mas —¡todo llega a su fin!— se incorporó con vigor y orgullo; se irguió, frunció el ceño y dijo con voz sorda:
       “—Vámonos.
       “Entonces emprendieron el camino de regreso, pero, al poco, el jan se detuvo.
       “—Pero ¿para qué volver, Tolaik? ¿Adónde voy a ir? —inquirió a su hijo—. ¿Qué sentido tiene ahora mi existencia, cuando era ella mi vida entera? Soy viejo, ninguna mujer me amará ya, y el hombre que no es amado no tiene razón de ser en esta vida.
       “—Tienes gloria y riquezas, padre…
       “—Por uno sólo de sus besos lo daría todo. No hay nada en el mundo como el amor de una mujer. Sin este amor, el hombre carece de vida; es un miserable y arrastra una deplorable existencia. Adiós, hijo mío, que la bendición de Alá caiga sobre tu cabeza y te acompañe todos los días y todas las noches de tu vida. —Y el jan se volvió de frente al mar.
       “—¡Padre —exclamó Tolaik—, padre!… —Y no pudo decirle nada más, pues nada puede decírsele al hombre a quien la muerte sonríe, nada de lo que uno diga le devolverá el amor a la vida.
       “—Déjame…
       “—Alá…
       “—Él ya lo sabe…
       “Con paso rápido se acercó el jan al despeñadero y se arrojó al abismo. Su hijo no pudo detenerle, no tuvo tiempo. Tampoco esta vez se oyó nada, ni un grito ni el ruido del jan al caer, tan sólo el batir de las olas y el aullido salvaje del viento.
       “Tolaik Algalla estuvo largo rato mirando al abismo y luego exclamó en voz alta:
       “—¡Oh, Alá! ¡Concédeme también a mí un corazón tan firme como el suyo!
       “Y luego se adentró en la oscuridad de la noche…
       “Así murió el jan Mosolaima el Asvab, y se convirtió en jan de Crimea Tolaik Algalla…”




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