Maksim Gorki
(Nizhni Nóvgorod, Rusia, 1868 - Moscú, 1936)


Makar Chudrá (1892)
(“Макар Чудра”)
Originalmente publicado en el periódico Макар Чудра, Tiflis, Georgia [El Cáucaso]
Núm. 242 (12 de septiembre de 1892);
Очерки и рассказы [Ensayos y relatos)
(San Petersburgo: Издательство С.Дороватовский и А.Чарушников [S. Dorovatovsky y A. Charushnikov], 1898, 334 págs.)



      Soplaba un viento húmedo y frío procedente del mar, que llevaba por la estepa la melodía ensimismada del chapoteo de las olas que barrían la orilla y el rumor de los matorrales del litoral. A veces, una racha nos traía unas hojas amarillentas y resecas, y las arrojaba en la hoguera, avivando la llama; alrededor, la neblina de la noche otoñal se estremecía y, retirándose asustada, nos mostraba fugazmente la estepa infinita a la izquierda y el mar inmenso a la derecha. Frente a mí tenía la figura de Makar Chudrá, el viejo gitano, encargado de vigilar los caballos de su campamento, emplazado a unos cincuenta pasos de donde estábamos nosotros.
       Sin prestar atención a las frías rachas de viento que, agitando su chekmén [prenda de vestir masculina, entre bata y caftán, generalmente de paño, común entre los tártaros, aunque extendida también entre los cosacos], le desnudaban el velludo pecho y se lo azotaban sin piedad, estaba medio tumbado, en una postura airosa, con el rostro vuelto hacia mí, aspirando metódicamente el humo de su enorme pipa y expulsándolo por la boca y la nariz, en forma de espesas nubes. Con la mirada fija en algún punto lejano situado a mis espaldas, entre las mudas tinieblas de la estepa, me hablaba sin pausa, sin hacer el menor movimiento para protegerse de los bruscos embates del viento.
       —¿Así que vas de camino? ¡Eso está muy bien! Has hecho una magnífica elección, halcón. Eso es lo que hay que hacer: caminar y ver. Y, cuando ya lo hayas visto todo, entonces podrás tumbarte y morir. ¡Así de sencillo!
       “¿La vida? ¿La gente? —prosiguió, acogiendo con escepticismo mi objeción a su: “Eso es lo que hay que hacer”—. ¡Ajá! ¿Y a ti qué te importa? Tú mismo, ¿no formas parte de la vida? La gente vive sin ti y saldrá adelante sin ti. ¿De veras crees que alguien te necesita? Tú no eres pan, no eres un bastón, a nadie le haces falta.
       “¿Aprender y enseñar, dices? Pero ¿puedes aprender a hacer a la gente feliz? No, no puedes. Tú espera a tener mis años, y entonces ya hablarás de lo que conviene enseñar. Enseñar ¿para qué? Todo el mundo sabe lo que necesita. Los más listos toman lo que pueden; los más estúpidos se quedan sin nada, y cada cual aprende por sí mismo…
       “Los hombres son ridículos. Viven amontonados, estorbándose los unos a los otros, con la de sitio que hay sobre la tierra”.
       Y extendió los brazos, abarcando la estepa.
       —Y todos trabajan. ¿Para qué? ¿Para quién? Nadie lo sabe. Ves a un hombre labrando la tierra y te paras a pensar: “Hay que ver, cómo gasta sus fuerzas, gota a gota, entregándoselas a la tierra, para después yacer en ella y pudrirse allí. No deja nada tras de sí, no alcanza a ver nada desde su rincón y a la hora de la muerte será el mismo necio que cuando nació”.
       “¿Qué pasa? ¿Acaso ha nacido tan sólo para remover la tierra y morir sin tiempo siquiera para cavarse una fosa? ¿Sabe lo que es la libertad? ¿Comprende la inmensidad de las estepas? ¿El lenguaje de las olas del mar le alegra el corazón? Es un esclavo. Desde el momento en que nació: un esclavo para toda la vida, ¡y nada más! ¿Qué puede hacer con su vida? Lo mejor que puede hacer es colgarse, a poco inteligente que sea. Yo, en cambio, date cuenta, he visto tanto en mis cincuenta y ocho años que, si lo pusiera por escrito, las hojas no cabrían en mil morrales como ese que llevas a la espalda. A ver, dime en qué países he estado. No puedes saberlo. He estado en países que ni siquiera conoces. Así es como hay que vivir: en marcha, siempre en marcha. No conviene quedarse mucho tiempo en un sitio. ¿Para qué? Como el día huye de la noche, que lo persigue alrededor del globo, así debes huir tú de cualquier pensamiento relativo a la vida, de otro modo le perderías el gusto. Si piensas demasiado en la vida, acabarás por no querer vivir, es lo que pasa siempre. Te lo digo por mi propia experiencia. ¡Ajá! Por mi propia experiencia, halcón.
       “He estado en prisión, en Galitzia [región histórica de Europa central; durante la mayor parte del siglo XIX y hasta 1918 fue un dominio austriaco]. “¿Qué hago yo en este mundo?”, me preguntaba entonces con hastío. ¡No sabes, halcón, lo aburrida que se hace la vida en prisión! ¡No lo sabes tú bien! Y, cada vez que contemplaba los campos desde mi ventana, se me encogía el corazón, era como si la tristeza me lo oprimiera con unas tenazas. ¿Quién puede decir para qué vive? ¡Nadie puede decirlo, halcón! Y no merece la pena preguntárselo. ¡Hay que vivir, y se acabó! Sigue adelante, mirando el mundo que te rodea, y así la tristeza no podrá contigo. Yo, en aquella ocasión, a punto estuve de ahorcarme con el cinturón, ¡ya ves tú!
       “¡Je! Un día hablaba yo con un individuo. Un hombre muy estricto, uno de los vuestros, un ruso. Me decía: ‘No se puede vivir como tú pretendes, hay que vivir de acuerdo con la palabra de Dios. Sométete a Dios, y Él te dará todo lo que le pidas’. Ese hombre tenía toda la ropa destrozada, iba hecho un andrajoso. Le dije que le pidiera a Dios ropa nueva. Se enfadó y me echó de su lado, entre insultos. Y eso que hasta entonces le gustaba decir que hay que perdonar y amar a nuestros semejantes. Bien podía haberme perdonado, si es que mis palabras le habían ofendido. ¡Menudo maestro! De esos que te aconsejan ayunar mientras hacen diez comidas diarias”.
       Makar escupió en la hoguera y se quedó callado, cebando nuevamente la pipa. El viento aullaba de forma lastimera, sin levantar la voz; los caballos relinchaban en la oscuridad; una canción tierna y apasionada, una dumka [la balada tradicional ucraniana, de tono melancólico], nos llegaba desde el campamento. Era Nonka la que cantaba, la hija de Makar, una muchacha preciosa. Yo ya conocía su voz, de un timbre denso y profundo, que siempre sonaba de un modo singular, insatisfecho y exigente, lo mismo cuando cantaba una canción que cuando te daba los buenos días. Su rostro moreno y mate exhibía una permanente altivez de zarina, y en sus ojos oscuros, envueltos siempre en sombra, brillaba la conciencia de la singularidad de su belleza y de su desprecio por todo lo demás.
       Makar me pasó la pipa.
       —¡Fuma! ¿A que canta bien la chica? ¡Y tanto! ¿Te gustaría que una como ella se enamorase de ti? ¿No? ¡Mejor! Haces bien: no te fíes de las jóvenes, no te acerques a ellas. No hay nada como besar a una muchacha, es aún más gustoso que fumar en pipa. Ahora bien, como beses a una, estás perdido: ya eres un hombre sin voluntad. Te ata a ella con un hilo invisible, que no hay manera de romper, y le entregas tu alma entera sin remisión. ¡De verdad! ¡Cuídate de las jóvenes! ¡Sólo saben mentir! “Te quiero más que a nada en el mundo”, te dirá. Pero, si la pinchas con un alfiler, seguro que te destroza el corazón. ¡Lo sé de sobra! ¡Ajá, vaya si lo sé! Oye, halcón, ¿quieres que te cuente una historia? Procura recordarla: si la recuerdas, serás toda tu vida un pájaro libre.
       “Trata de un hombre llamado Zobar, un joven gitano, Loiko Zobar. En toda Hungría, y Bohemia, y Eslavonia [región oriental de Croacia; en el siglo XIX formaba parte del reino de Hungría], y en todas las tierras que rodean el mar, era bien conocido. ¡Era un joven tan osado! En todas las aldeas de esas tierras había sin falta cuatro o cinco vecinos que habían jurado solemnemente matar a Loiko. Pero él vivía su vida y, como se le antojara un caballo, ya podías poner un regimiento entero a vigilarlo, que Zobar iba a acabar montando ese caballo. ¡Ajá! No sabía lo que era el miedo. Si el mismísimo Satán, con toda su corte, se le hubiera aparecido, Zobar, si es que no le arrojaba el cuchillo, le habría puesto a caldo como poco, y todos sus demonios se habrían llevado de regalo una buena patada en los morros, ¡eso por descontado!
       “Y todos los campamentos le conocían o habían oído hablar de él. Su única pasión eran los caballos, pero tampoco se los quedaba mucho tiempo: los montaba algunas veces y luego los vendía, y el dinero lo gastaba a manos llenas. No había nada sagrado para él: si hubieras necesitado su corazón, él mismo se lo habría arrancado del pecho para dártelo, con tal de que a ti te fuera bien. ¡Así era ese hombre, halcón!
       “Por aquel entonces, hará de esto unos diez años, solíamos acampar en Bucovina [región histórica de Europa oriental, situada al este de los Cárpatos; en el siglo XIX formaba parte del Imperio austro-húngaro]. En cierta ocasión, en una noche de primavera, estaba yo con Danilo, un soldado que había combatido al lado de Kossuth [Lajos Kossuth, 1802-1894, dirigente nacionalista húngaro durante la Revolución de 1848], con el viejo Nur y con todos los demás. También estaba Radda, la hija de Danilo.
       “Tú ya conoces a mi Nonka: ¡es una auténtica princesa! Bueno, pues no se la puede ni comparar con Radda, ¡sería demasiado honor para ella! No hay palabras para describir a esa Radda. Tal vez sólo podrían expresar su belleza las notas de un violín, y eso sólo en el caso de que el artista conociera el instrumento tan bien como su alma.
       “A muchos bravos les había dejado seco el corazón, ¡no sabes tú bien a cuántos! En Moravia, un anciano magnate, con un hermoso tupé, la vio una vez y se quedó prendado. Iba a caballo y al verla se puso a temblar, como si le hubieran entrado escalofríos. Iba tan elegante como el diablo en un día de fiesta, con un zhupán [indumentaria masculina, semejante a un largo caftán; hasta mediados del siglo XIX estuvo muy extendida entre la nobleza polaca, así como entre los cosacos de Ucrania y de algunas regiones de Rusia] bordado en oro y un sable en un costado, cuajado de piedras preciosas, que centelleaba como un relámpago cada vez que el caballo daba un paso. Cubría su cabeza con un sombrero de terciopelo azul que parecía un pedazo de cielo. ¡Era todo un gran señor! No se cansaba de admirar a Radda, y le dijo: ‘¡Hola! Si me besas, esta bolsa de dinero será para ti’. Pero la muchacha le dio la espalda, ¡buena era ella! ‘Perdóname si te he ofendido. Al menos no me mires con tan malos ojos’, insistió. Pronto se le bajaron los humos al viejo magnate, y le arrojó la bolsa a los pies. ¡Menuda bolsa, hermano! Pero ella, sin pensárselo dos veces, mandó la bolsa al barro de un puntapié, y siguió su camino.
       “—¡Caray con la chica! —exclamó el magnate y, fustigando al caballo, desapareció entre una nube de polvo.
       “Y al día siguiente volvió a presentarse.
       “—¿Quién es el padre? —La pregunta atronó por todo el campamento.
       “Danilo salió a su encuentro.
       “—¡Véndeme a tu hija y pide por ella lo que quieras!
       “Pero Danilo repuso:
       “—Sólo los grandes señores lo venden todo, desde sus cerdos hasta su conciencia; ¡yo he combatido a las órdenes de Kossuth y no pienso vender nada!
       “El otro rugió de rabia, y se llevó la mano al sable, pero uno de los nuestros metió yesca encendida en la oreja de su caballo, y el animal salió a escape. Y nosotros levantamos el campamento y nos marchamos de allí. Pero al cabo de dos días vimos que el magnate nos había dado alcance.
       “—Esperad —nos dijo—. Yo tengo la conciencia tranquila, ante Dios y ante los hombres; entregadme a esa muchacha en matrimonio: tengo intención de compartir todos mis bienes con vosotros, ¡y debéis saber que soy un hombre muy rico!
       “Venía todo acalorado, y se balanceaba en la silla como una espiga al viento. Nos quedamos pensativos.
       “—Bueno, hija mía, ¡di tú algo! —dijo Danilo, como hablando para sus bigotes.
       “—Si el águila se mete por su propia voluntad en el nido del cuervo, ¿qué suerte le espera? —nos preguntó Radda.
       “Danilo se echó a reír, y los demás nos reímos con él.
       “—¡Muy bien dicho, hija mía! ¿Lo has oído, gran señor? ¡No hay trato! Búscate alguna paloma: son más dóciles que las águilas.
       “Y seguimos nuestro camino. Entonces el gran señor cogió su sombrero, lo arrojó al suelo y se alejó a todo galope, haciendo que la tierra temblara. ¡Sí, halcón mío, así es como era Radda!
       “Pues sí. Una noche estábamos todos reunidos cuando de pronto oímos una música que llegaba de la estepa. ¡Una música maravillosa! La sangre se me encendía en las venas al oír esa música, una música que nos animaba a ponernos en marcha, a partir. Sentíamos todos que aquella música nos animaba a hacer algo después de lo cual ya no necesitásemos vivir, o, si seguíamos vivos, ¡nos supiésemos los amos del mundo entero, halcón mío!
       “De repente, vimos un caballo surgir de las tinieblas, y a un hombre montado en él, que se acercaba tocando el violín. Se detuvo junto a la hoguera, dejó de tocar y nos miró sonriente.
       “—¡Vaya, Zobar, si eres tú! —le gritó Danilo con emoción. ¡Allí estaba él, Loiko Zobar!
       “Los bigotes le caían hasta los hombros, confundiéndose con los rizos; los ojos brillaban como estrellas radiantes; su sonrisa valía por todo un sol, ¡lo juro por Dios! Se diría que el jinete y el caballo habían sido forjados de la misma pieza de metal. Se quedó allí parado, junto al fuego de la hoguera, como si ese fuego lo llevara en la sangre, y reía con unos dientes deslumbrantes. Maldita sea mi estampa si no quise yo a aquel hombre tanto como a mí mismo, y eso aun antes de que me dirigiese la palabra o reparase siquiera en mi presencia en este mundo.
       “¡Sí, halcón, esa clase de hombres existe! Hombres que te miran a los ojos y te cautivan el alma, sin que te sientas avergonzado, sino lleno de orgullo. Hombres que hacen mejores a los demás. ¡Pocos hombres hay así, amigo mío! Y es preciso que escaseen. Si las cosas buenas abundasen, no las tendríamos por tales. ¡Así es! Bueno, te sigo contando…
       “Dijo entonces Radda:
       “—¡Qué bien tocas, Loiko! ¿Quién te ha fabricado ese violín tan sonoro y tan fino?
       “Loiko se echó a reír:
       “—¡Yo mismo lo he fabricado! Pero no de madera, sino del pecho de una joven a la que amaba, y las cuerdas, trenzadas por mí, han salido de su corazón. Y aun así sonaba algo falso el violín, pero yo sé manejar el arco.
       “Ya se sabe que todos procuramos deslumbrar a las muchachas, para que sus ojos no nos abrasen el corazón, sino que se cubran de lágrimas por nosotros. Eso fue lo que intentó Loiko en aquella ocasión. Pero no dio en el blanco.
       “Radda le dio la espalda y dijo bostezando:
       “—Había oído decir que Zobar es muy agudo y muy inteligente; ¡hay que ver cómo miente la gente! —Y se marchó.
       “—¡Caramba, preciosa, tienes una lengua bien afilada! —Loiko dirigió una mirada centelleante mientras se apeaba del caballo—. ¡Salud, hermanos! ¡Aquí me tenéis!
       “—¡Sé bienvenido! —le respondió Danilo. Se besaron, estuvieron un rato charlando y después se acostaron… Durmieron como leños. Pero por la mañana nos dimos cuenta de que Zobar tenía la cabeza envuelta en trapos. ¿Qué le había ocurrido? Según él, un caballo le había pisado mientras dormía.
       “¡Je, je, je! Todos comprendimos a la perfección quién era ese caballo y sonreímos discretamente, Danilo el primero. ¿Cómo? ¿Que si Loiko no era digno de Radda? ¡No, no es eso! La chica era preciosa, pero su alma era estrecha y mezquina y, aunque le hubieran colgado un pud [medida rusa de peso, equivalente a 16,3 kg.] de oro al cuello, eso no la habría mejorado. ¡En fin!
       “Estuvimos una buena temporada instalados en aquel lugar, los negocios marchaban bien por aquel entonces, y Zobar se quedó con nosotros. ¡Era un camarada excepcional! Sabio como un anciano, entendía de todo y sabía leer y escribir en húngaro y en ruso. Cuando le daba por contarnos algo, uno podía estar escuchándole un siglo entero sin irse a dormir. Y tocaba… ¡cómo tocaba! ¡Que me parta un rayo si alguna vez había oído a nadie tocar como él! Acariciaba las cuerdas con el arco, y el alma se estremecía; volvía a acariciarlas, y el corazón se quedaba en suspenso escuchándolo, mientras él tocaba y sonreía. Y te entraban ganas de reír y llorar al mismo tiempo. Parecía que alguien, de pronto, gimiera amargamente, pidiendo ayuda, y ese lamento te atravesaba el corazón como un cuchillo. O que la estepa le contase una historia al cielo, una historia muy triste. O que llorase una muchacha, despidiendo a su valiente. O que un bravo mozo citase a una joven en la estepa. Pero de pronto… ¡una tonada viva y vibrante estallaba en el aire, y el mismísimo sol se lanzaba a bailar por el cielo al son de esa canción! ¡Así eran las cosas, halcón!
       “Todas las venas de tu cuerpo comprendían aquella canción, y de pies a cabeza te volvías su esclavo. Y si en esos momentos Loiko nos hubiera gritado: ‘¡A los cuchillos, compañeros!’, todos nos habríamos lanzado, cuchillo en mano, contra quienes nos hubiera indicado. Podía hacer con un hombre cualquier cosa que se le antojara, y todos le adorábamos, le queríamos con delirio. Pero Radda no se dignaba mirarle siquiera; y, no contenta con eso, para colmo se burlaba de él. ¡Y a Loiko le había dado fuerte! Los dientes le rechinaban, se tiraba de los bigotes, miraba con ojos más sombríos que el más profundo de los abismos, y a veces relampagueaban de un modo aterrador. De noche se adentraba en la estepa, y hasta el amanecer se oía llorar su violín, celoso defensor de su voluntad. Y todos nosotros, que lo escuchábamos desde el lecho, nos preguntábamos qué iba a pasar. Porque sabíamos que cuando dos piedras van rodando, y la una se dirige contra la otra, es inútil interponerse en su camino, a menos que uno quiera acabar lastimado. Así estaban las cosas.
       “En cierta ocasión, estábamos todos reunidos, hablando de nuestros asuntos. Empezábamos a aburrirnos. Entonces Danilo le pidió a Loiko: “¡Cántanos algo, Zobar, que nos alegre el alma!”. Loiko se fijó en Radda, que estaba tumbada boca arriba cerca de él, mirando al cielo, y pulsó las cuerdas del violín. Éste empezó a cantar, ¡y de verdad que era igual que el corazón de una doncella! Y Loiko cantó con él:

¡Hey! ¡Hey!
Arde una llama en el pecho,
¡es tan profunda la estepa!
Mi corcel es como el viento,
¡mi mano es recia cual piedra!

       “Radda volvió la cabeza, se incorporó y le sonrió maliciosamente al cantante. Éste se sonrojó como la aurora.

¡Hey! ¡Ho! ¡Hey!
¿Qué dices, mi compañera?
¡Salgamos de galopada!
Las nieblas cubren la estepa,
mas la aurora nos aguarda.
¡Hey! ¡Hey!
Vayamos tras de la luz,
¡siempre buscando la altura!
Cuidado, no toques tú
las guedejas de la luna.

       “¡Qué forma de cantar! ¡Ahora ya nadie canta así! Pero Radda le dijo, hablando como entre dientes:
       “—Mejor no vueles tan alto, Loiko, no vayas a caer de bruces en un charco y a mancharte los bigotes.
       “Loiko la miró como una fiera, pero no dijo nada; se contuvo y siguió cantando:

¡Hey! ¡Ho!
Al fin nos descubre el día
durmiendo bien abrazados.
¡Hey! ¡Hey!
Y en ese momento, mira,
morimos avergonzados.

       “—¡Eso sí que es una canción! —dijo Danilo—. Nunca había oído una canción como ésta; ¡que el diablo me fume en pipa si miento!
       “El viejo Nur se retorcía los bigotes y se encogía de hombros, y a todos nos había llegado al alma la atrevida canción de Zobar. Sólo a Radda no le había gustado.
       “—Una vez los mosquitos zumbaron así; trataban de imitar el chillido del águila —dijo, y fue como si nos lanzara una bola de nieve.
       “—Me parece, Radda, que te estás buscando un latigazo —dijo Danilo, acercándose a su hija. Pero Zobar arrojó su sombrero al suelo y dijo, negro como la tierra:
       “—¡Alto, Danilo! ¡A caballo fogoso, bocado de acero! ¡Dame la mano de tu hija!
       “—¡Bonitas palabras! —dijo Danilo con una sonrisa—. ¡Tómala si puedes!
       “—¡Muy bien! —exclamó Loiko y, volviéndose a Radda, le dijo—: Mira, muchacha, ¡haz el favor de escucharme, sin jactancia! ¡He conocido a muchas de tu especie, a muchas! Pero ninguna me ha tocado el corazón como tú. ¡Ay, Radda, tú te has adueñado de mi alma! ¿Y ahora qué? Lo que tenga que ser será, y… ¡No hay caballo que le sirva a un hombre para escapar de sí mismo! Te tomo por esposa ante Dios, ante tu padre y ante toda esta gente, empeñando en ello mi honor. Pero ten cuidado, no trates de oponerte a mi voluntad: ¡soy un hombre libre, y pienso seguir viviendo como quiero vivir!
       “Y se acercó a Radda, apretando los dientes, echando chispas por los ojos. Vimos cómo le tendía su mano, y seguro que todos pensamos en ese momento: ‘Ya está, Radda ha embridado al caballo de la estepa’. Pero, de pronto, Loiko hizo un brusco aspaviento y cayó al suelo de espaldas con estrépito.
       “¿Qué prodigio era aquél? Se diría que una bala le había acertado al bravo en todo el corazón. Sin embargo, era Radda la que le había hecho caer: le había enredado un cinto de cuero en los pies, tirando después de él.
       “Y la muchacha volvió a tumbarse y se quedó inmóvil, sonriendo en silencio. Estábamos todos pendientes de lo que pudiera pasar, pero lo cierto es que Loiko seguía en el suelo, cogiéndose la cabeza con las manos, como si tuviera miedo de que le fuera a estallar. Después se levantó con calma y se marchó hacia la estepa, sin mirarnos a ninguno. Nur me susurró: ‘¡Ve tras él y vigila lo que hace!’. Y yo me arrastré por la estepa, en plena noche, siguiendo a Zobar. ¡Así fue, halcón!”
       Makar sacudió la ceniza de la pipa, y después la volvió a cebar. Yo me acurruqué en el capote con más ganas aún y, tumbado como estaba, le miré a la cara, renegrida por el viento y el sol. El viejo gitano sacudió la cabeza con aire adusto y severo, y masculló algunas palabras para sí; los bigotes grises se le agitaban y el viento jugaba con sus cabellos. Parecía un viejo roble, abrasado por un rayo, pero aún fuerte, firme y orgulloso de su fuerza. El mar seguía cuchicheando con la orilla, y el viento arrastraba sus murmullos por toda la estepa. Nonka había dejado de cantar, y las nubes, reuniéndose en el cielo, hacían aún más oscura la noche otoñal.
       —Loiko marchaba lentamente, cabizbajo, con los brazos caídos, como dos látigos. Al llegar al barranco que domina el arroyo, se sentó en una piedra y empezó a lamentarse. Fueron tales sus lamentos que el corazón se me llenó de lástima, pero no me decidía a acercarme a él. Con una palabra no se ahuyenta la amargura, ¿no crees? ¡Claro que sí! Una hora, dos horas, tres horas estuvo allí sentado, sin moverse.
       “Y yo estaba tendido en el suelo, no muy lejos de él. Era una noche clara, la luna bañaba con su luz de plata toda la estepa, y se podía ver en la distancia.
       “De pronto vi cómo Radda salía del campamento y se acercaba a toda prisa.
       “¡Cómo me alegré! ‘Hay que ver —pensé—, ¡qué muchacha más valiente es esa Radda!’. Se acercó hasta Loiko, y comprobó que no dormía. Le puso una mano en un hombro; Loiko se estremeció, abrió los brazos y levantó la cabeza. Se puso en pie rápidamente, ¡y se llevó la mano al puñal! Ay, veía que iba a acuchillar a la muchacha, y ya estaba yo dispuesto a alertar al campamento y lanzarme contra él, cuando de pronto oí:
       “—¡Suelta el puñal o te vuelo la cabeza!
       “Miré y vi que Radda tenía una pistola en la mano, y apuntaba con ella a la frente de Zobar. ‘¡Qué demonio de muchacha! —me dije—. Bueno, por lo que se ve, están a la par. ¿Qué va a pasar ahora?’.
       “—¡Escucha! —Radda se metió la pistola en el cinto y le dijo a Zobar—: No he venido a matarte, sino a hacer las paces contigo. ¡Suelta el cuchillo!
       “Loiko arrojó el cuchillo y la miró a los ojos con aire sombrío. ¡Era digno de verse, hermano! Aquellos dos, frente a frente, mirándose como fieras, y los dos tan bellos, tan valientes. Y los únicos testigos éramos la luna radiante y yo. Nadie más.
       “—Escúchame, Loiko, ¡yo te quiero! —siguió diciendo Radda.
       “Él se limitó a encogerse de hombros, como si estuviera atado de pies y manos.
       “—He conocido a muchos bravos, y tú eres más valiente y más guapo que ninguno, de cara y de espíritu. Cualquiera de ellos se habría afeitado el bigote al menor guiño que les hubiera hecho; en cuanto se me hubiese antojado, habrían caído rendidos a mis pies. Pero ¿para qué hablar? Ninguno de ellos tenía tu atrevimiento; a mi lado, todos ellos habrían acabado pareciendo mujeres. Quedan pocos gitanos valientes en el mundo, pocos, Loiko. Nunca he querido a nadie, Loiko, pero a ti sí te quiero. Pero ¡también tengo en mucho mi libertad! Aprecio mi libertad más que a nadie, Loiko, también más que a ti. Sin embargo, no puedo vivir sin ti, del mismo modo que tú no puedes vivir sin mí. Por eso deseo que seas mío en cuerpo y alma, ¿me estás escuchando?
       “Él se rió.
       “—¡Te escucho! ¡Y cómo se alegra mi corazón oyendo tus palabras! ¡Vamos, sigue hablando!
       “—Pues escucha muy bien lo que quiero decirte, Loiko: te pongas como te pongas, yo siempre voy a quedar por encima de ti, y al final serás mío. Conque no pierdas el tiempo en vano: mis besos y mis caricias te están esperando… ¡Te voy a besar con ganas, Loiko! Mis besos harán que te olvides de tu vida aventurera… Y tus vibrantes canciones, que tanto contentan a los bravos gitanos, no volverán a sonar en la estepa: en lo sucesivo, sólo cantarás para mí tiernas canciones de amor… Así que, te lo vuelvo a decir, no pierdas el tiempo en vano: mañana te someterás ante mí como lo harías ante el mayor de los valientes. Ríndete a mis pies en presencia de todo el campamento y bésame la mano derecha. Entonces seré tu mujer.
       “¡Eso era lo que quería aquel demonio de muchacha! Jamás se había oído nada semejante; sólo antiguamente entre los montenegrinos había una costumbre parecida, según contaban los ancianos, pero entre los gitanos ¡jamás! ¿Serías capaz, halcón, de imaginar algo más humillante? ¡Podrías pasarte un año entero, que no lo ibas a conseguir!
       “Loiko se apartó de un salto y soltó un grito que resonó por toda la estepa, como si le hubieran herido en el pecho.
       “Radda se estremeció, pero no se ablandó.
       “—Hasta mañana, pues. Y mañana harás lo que te acabo de ordenar. ¿Me has entendido, Loiko?
       “—¡Sí! Y lo haré —dijo Zobar con un gemido, y le tendió la mano.
       “Ella no se dignó mirarle siquiera, y él empezó a tambalearse, como un árbol tronchado por el viento, hasta que cayó al suelo, sollozando y riendo a la vez.
       “Aquella maldita Radda había destrozado al valiente. A costa de un gran esfuerzo, conseguí hacerle reaccionar.
       “¡Ay! ¿Por qué demonios tiene que ser la vida tan amarga? ¿A quién puede gustarle oír cómo se lamenta un hombre al que le han roto el corazón? ¿Qué te parece?
       “Regresé al campamento y se lo conté todo a los ancianos. Después de reflexionar, decidieron esperar acontecimientos. Y esto fue lo que ocurrió. A la noche siguiente, cuando nos reunimos todos alrededor del fuego, se presentó también Loiko. Venía muy turbado, parecía mucho más delgado que la víspera. Tenía los ojos hundidos; los bajó y, sin levantar la vista en ningún momento, nos contó:
       “—Mirad lo que me pasa, compadres: durante la pasada noche he estado escudriñando en mi corazón y no he encontrado sitio en él para mi antigua vida en libertad. Únicamente Radda habita en él, ¡y nadie más! Ahí tenéis a esa preciosidad, mirad cómo sonríe, ¡igual que una princesa! Ella ama su libertad por encima de mí; en cambio, yo la amo a ella por encima de mi libertad, y he decidido rendirme a sus pies, tal y como me ha ordenado, para que todos podáis ver cómo su belleza ha sometido al bravo Loiko Zobar, que antes de conocerla jugaba con las mozas como el gerifalte juega con los ánades. Después, se convertirá en mi mujer y hará, con sus caricias y sus besos, que pierda las ganas de cantaros canciones y que no eche de menos mi libertad. ¿No es así, Radda?
       “Levantó los ojos y le dirigió una mirada lúgubre. Ella, sin decir una palabra, le hizo un gesto severo con la cabeza y con la mano se señaló los pies. Todos mirábamos sin acabar de comprender. Daban ganas de salir corriendo, con tal de no ver cómo Loiko Zobar caía a los pies de la muchacha, por más que aquella joven fuera nada menos que Radda. Era una situación que daba vergüenza, y lástima, y pena.
       “—¡Vamos! —le gritó Radda a Zobar.
       “—Eh, no tengas prisa, ya tendrás tiempo para hartarte —dijo Loiko, echándose a reír. Y aquella risa resonó como el acero—. ¡Ya está todo dicho, compadres! ¿Qué más me queda? Me queda comprobar si mi Radda tiene un corazón tan duro como me ha demostrado hasta ahora. ¡Perdonadme, hermanos, pero tengo que comprobarlo!
       “No habíamos tenido tiempo de adivinar qué se proponía cuando Radda ya estaba tendida en el suelo, con el cuchillo retorcido de Zobar hundido en su pecho hasta las cachas. Nos quedamos todos petrificados.
       “Y Radda se arrancó el cuchillo, lo arrojó a un lado y, taponando la herida con la mata de sus negros cabellos, dijo en voz alta y clara:
       “—¡Adiós, Loiko! ¡Sabía que lo ibas a hacer! —Y expiró.
       “¿Te has dado cuenta de cómo era aquella joven, halcón? ¡Caiga sobre mí la maldición eterna si no era una muchacha diabólica!
       “—¡Ah! ¡Sí, me rendiré a tus pies, altiva reina! —gritó Loiko por toda la estepa y, desplomándose en el suelo, pegó sus labios a los pies de la muerta y se quedó inmóvil.
       “Todos nosotros nos descubrimos y nos quedamos parados en silencio.
       “¿Qué habrías hecho tú, halcón, en un caso como ése? ¡Lo mismo! Nur propuso: ‘¡Deberíamos maniatarle!’. Pero no había nadie dispuesto a ponerle la mano encima a Loiko Zobar, nadie, y Nur lo sabía. Hizo un gesto de resignación con una mano y se retiró. No obstante, Danilo recogió el cuchillo que Radda había arrojado y estuvo largo tiempo examinándolo, sacudiendo sus grises bigotes: la sangre de Radda no se había secado aún en el cuchillo curvo y puntiagudo. A continuación, Danilo se acercó a Zobar y le hundió el cuchillo en la espalda, justo a la altura del corazón. ¡Y es que el viejo soldado Danilo era el padre de Radda!
       “—¡Has hecho bien! —dijo claramente Loiko, vuelto hacia Danilo, y partió al encuentro de Radda.
       “Y nosotros nos limitábamos a mirar. Radda estaba tendida, con la mata de cabellos apretada contra el pecho y los ojos bien abiertos fijos en el cielo azul. A sus pies yacía el bravo Loiko Zobar; los rizos le ocultaban el rostro.
       “Todos nos quedamos pensativos. Al viejo Danilo le temblaban los bigotes, y tenía fruncidas las espesas cejas. Miraba al cielo sin decir nada, en tanto que Nur, blanco como la nieve, estaba tendido boca abajo en la tierra y lloraba con tanta amargura que sus hombros de anciano temblaban convulsivamente.
       “¡Tenía motivos para llorar, halcón!
       “Sigue, sigue siempre tu propio camino, no te desvíes ni te apartes. Siempre adelante. Tal vez así no desaparezcas después de haber vivido en vano. ¡Eso es lo único que cuenta, halcón!”
       Makar se calló y, guardándose la pipa en la petaca, se cubrió el pecho con el chekmén. Empezaba a llover, el viento arreciaba y el mar bramaba sordamente, como si estuviera irritado. Uno tras otro, los caballos se fueron acercando al fuego que se iba extinguiendo y, tras observarnos con sus grandes ojos inteligentes, se detenían, formando un círculo cerrado a nuestro alrededor.
       —¡Hop! ¡Hop! —les gritó Makar en tono cariñoso y, palmeándole el cuello a su moro favorito, se volvió hacia mí y me dijo—: ¡Ya es hora de dormir!
       Después se arrebujó con el chekmén, cubriéndose la cabeza, se estiró con ganas en el suelo y se quedó callado.
       Yo no tenía sueño. Miré las tinieblas que cubrían la estepa, y en el aire, delante de mí, flotaba majestuosa la imagen, hermosa y altiva, de Radda. Taponaba la herida del pecho con la mata de sus negros cabellos, y a través de sus dedos morenos y finos la sangre goteaba, dibujando en la tierra unas estrellitas rojas como el fuego.
       Detrás de ella, a sus pies, veía la figura del bravo y animoso Loiko Zobar; con el rostro tapado por sus espesos rizos negros, por debajo de los cuales brotaban a raudales unas lágrimas gruesas y frías.
       Cada vez llovía con más fuerza, y el mar entonaba un himno fúnebre y solemne en honor de la orgullosa pareja de bellos gitanos: Loiko Zobar y Radda, la hija del viejo soldado Danilo.
       Ambos giraban suavemente, sin romper el silencio, en medio de las sombras de la noche, y el apuesto Loiko no conseguía dar alcance a la orgullosa Radda.




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