Maksim Gorki
(Nizhni Nóvgorod, Rusia, 1868 - Moscú, 1936)


Miseria de niña (1905)
[“Niña”, “Chica”]

(“Девочка”)
Originalmente era parte del ciclo Публика (“Público”);
se publicó por primera vez en la Нижегородском сборнике [Colección Nizhniy Novgorod],
товариществом «Знание» [asociación “Conocimiento”] (San Petersburgo, 1905);
también en la segunda edición, 1905, y tercera edición, 1906; [Obras]
(San Petersburgo, 1923)



      Una tarde, cansado de trabajar, me había tendido al suelo en el ángulo de un caserón de piedra; sobre el muro, los rayos del sol hacían resaltar las hendiduras profundas y las manchas de barro.
       En el interior de la casa, día y noche, parecidos a las ratas en una bodega, se agitaban unos hombres hambrientos y sucios; llevaban el cuerpo cubierto de guiñapos, y sus almas estaban tan mancilladas como sus cuerpos.
       Por las ventanas de la casa se escapaba, semejante al humo espeso y lento de un incendio, el rumor sordo y monótono de la vida hormigueante; sumido en una especie de somnolencia, escuchaba yo este rumor triste.
       De pronto, cerca de mí, surgió una voz delicada y dulce de detrás de unos toneles vacíos y unas cajas viejas:

Do, do, el niño do,
el niño dormirá pronto...

      Jamás había oído en aquella casa a las madres cunar a los niños con tanta ternura. Me levanté sin ruido y miré tras los toneles. Una muchacha estaba sentada sobre una de las cajas. Su cabeza, llena de rizos rubios, se inclinaba profundamente y, balanceándose, seguía su canción triste.

Do, do, pequeño muñeco,
la mamá vendrá pronto
y te traerá pasteles...

      En sus manitas sucias tenía el mango de una cuchara de madera, envuelta con un trapo rojo, y lo contemplaba con sus grandes ojos.
       Tenía unos bellos ojos, claros y tiernos, de una tristeza rara en los niños. Su expresión me hirió de tal modo, que no me apercibí de la suciedad de su cara y de sus manos.
       Sobre la muchacha, como si fueran nubes de hollín y de ceniza, pasaban los gritos, las injurias, las risas de borrachos, los llantos; en torno a la niña todo estaba roto y mutilado, y los rayos del sol iluminaban los restos de las cajas, dándoles el aspecto lúgubre de un organismo destrozado por la mano implacable de la pobreza.
       Hice un movimiento involuntario, y la jovencita se enteró de mi presencia; se encogió como un ratoncito ante un gato. Sonriendo, miré su cara triste, tímida y mugrienta. Cerró fuertemente los labios, y sus cejas delgadas temblaron; después se levantó, sacudió con aire atareado su ropa desgarrada, que conservaba apenas su antiguo color rosa, metió su muñeca en el bolsillo, y con una voz clara y vibrante me preguntó:
       —¿Qué miras?
       Tendría once años próximamente; era delgada, encantadora. Me miró atentamente, y sus cejas temblaban todavía.
       —¡Bueno! —continuó después de un momento de silencio—. ¿Qué quieres?
       —Nada... Diviértete... Yo me iré —respondí.
       Entonces ella dió un paso hacia mí, frunció el entrecejo con expresión de repugnancia, y me dijo con voz alta y clara:
       —Vienes conmigo... Me darás quince copecks.
       De momento no comprendí; pero recuerdo que me estremecí ante algo horrible.
       Ella se acercó, apretándose contra mi cuerpo, y esquivando mi mirada dijo con voz monótona y tierna:
       —Vamos... Yo no tengo vergüenza de hacer la carrera para buscar a un hombre... Por otra parte, no puedo salir ahora... El querido de mi madre ha vendido mi traje para comprar aguardiente... ¡Vamos!
       Con dulzura y sin decir palabra la rechacé. Ella se fijó en mí con aire de extrañeza, pareciendo no comprenderme; sus labios se movían convulsivamente. Por último levantó la cabeza, mirando a lo alto, con sus grandes ojos abiertos y tristes, y dijo con voz baja:
       —No hagas muecas... Te crees que gritaré porque soy pequeña. No tengas miedo. Antes gritaba, es cierto; pero ahora ya no...
       Y sin acabar escupió con un aire de indiferencia.
       Yo me alejé, llevando en mi corazón un horror indescriptible con la mirada de los ojos claros de la niña.




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