Maksim Gorki
(Nizhni Nóvgorod, Rusia, 1868 - Moscú, 1936)


El timador (1898)
[“Pícaro”]

(“Проходимец”)
La mitad del primer capítulo fue publicado, con el título Проходимец (Из воспоминаний) [“El timador (De los recuerdos)”]
en el periódico Нижегородский листок [La hoja de Nizhegorod)
Núm. 31 (1 de febrero de 1898);
se publicó completo en la revista Жизнь [“La vida”],
Núm. 15 (mayo de 1898), y Núm. 16 (junio de 1898),
con el subtítulo Из воспоминаний (“De los recuerdos”), y dividido en tres capítulos:
I. I. Встреча с ним (“El encuentro con él”; II. Его образ действий (“Su forma de actuar”);
y III. История его жизни (“La historia de su vida”);
Очерки и рассказы [Ensayos y relatos), segunda edición
(San Petersburgo: Издательство С.Дороватовский и А.Чарушников [S. Dorovatovsky y A. Charushnikov], 1899)



I
El encuentro con él


      Tropezando en la niebla con los setos, caminaba yo intrépidamente por los charcos de fango de una ventana a otra, llamaba con los dedos, no muy fuerte, y voceaba:
       —¡¿Permitiríais hacer noche a un transeúnte?!
       En respuesta, me enviaban al vecino, a la “isba comunal”, al diablo. En una ventana prometieron que me echarían al perro, en otra callaron pero me amenazaron elocuentemente con un gran puño. Y una mujer me gritó:
       —¡Vete, lárgate mientras estés entero! Tengo al marido en casa…
       De lo que deduje que, evidentemente, acogía en casa huéspedes para dormir cuando no estaba el marido… Lamentando que él estuviera en casa, me dirigí a la siguiente ventana.
       —¡Gentes de bien! ¡¿Permitiríais hacer noche a un transeúnte?!
       Me respondieron cariñosamente:
       —¡Vete con Dios, aléjate!
       Y hacía un tiempo de perros: caía una lluvia fina y fría, la tierra enfangada estaba ajustadamente envuelta por la niebla. De vez en cuando, a saber de dónde, soplaba una ráfaga de viento que suavemente golpeaba las ramas de los árboles, hacía frufrú con la paja mojada de los tejados y alumbraba muchos sonidos melancólicos más, rompiendo el silencio de la oscura noche con una afligida música. Escuchando aquel triste preludio del duro poema llamado otoño, las gentes a cubierto, ciertamente, estaban de mal humor y por eso no me dejaban pasar a pernoctar. Luché durante un buen rato contra su resolución, se me resistieron con firmeza y, al final, destruyeron mi esperanza de pasar la noche bajo techo. Entonces salí de la aldea hacia el campo, pensando que tal vez allí encontraría un almiar de heno o paja, aunque solo la casualidad podría mostrármelo en aquella pesada y densa oscuridad.
       Pero he aquí que veo que a tres pasos de mí se eleva algo grande y aún más oscuro que la oscuridad. Sospecho que es una panadería. Las panaderías no se construyen directamente sobre la tierra, sino sobre pilotes o piedras; entre el suelo de la tienda y la tierra hay un espacio donde puede acomodarse holgadamente un hombre bastante grande, sólo hay que tumbarse sobre la barriga y arrastrarse hacia allá.
       Evidentemente, el destino quería que pasara esa noche no bajo techo sino bajo suelo. Contento con esto, me arrastré por la tierra seca, tentaleando el lugar más uniforme para el lecho. Y de pronto, en la oscuridad, se oyó una tranquila voz de advertencia:
       —Manténgase a la izquierda, respetable…
       Fue algo realmente inesperado.
       —¿Quién está aquí? —pregunté.
       —Un hombre… ¡con un palo!
       —Palo también lo tengo yo…
       —¿Y cerillas, tiene?
       —Y cerillas.
       —¡Muy bien!
       Yo no veía en aquello nada de bueno; a mi parecer, habría sido bueno para mí si hubiera tenido pan y tabaco, no sólo cerillas.
       —¿Qué pasa, que en la aldea no dejan quedarse a dormir? —preguntó la voz invisible.
       —No dejan —dije yo.
       —A mí tampoco me dejaron…
       Eso era evidente, si es que en efecto había pedido pernoctar. Pero es posible que no lo hubiera pedido, y se hubiera tumbado aquí, tal vez con el fin de esperar el momento oportuno para llevar a cabo alguna acción arriesgada, necesitada del manto nocturno. Por supuesto, cualquier trabajo cuenta con la bendición de Dios, no obstante, decidí agarrar fuerte mi palo.
       —¡No nos dejaron, diablos! —repitió la voz—. ¡Porras!, cuando hace bueno dejan pasar, pero con este tiempo ¡ni aunque berrees!
       —¿Usted adónde va? —pregunté.
       —A… Nikoláiev. ¿Y usted?
       Le dije adónde.
       —Siendo así, vamos por el mismo camino. Pero bueno, encienda una cerilla que voy a fumar.
       Las cerillas se habían humedecido; las froté con impaciencia durante un buen rato contra las tablas que tenía sobre mi cabeza. Y por fin, se encendió un pequeño fuego, y de la oscuridad asomó una cara pálida con barba negra.
       Unos ojos grandes, inteligentes, sonrientes me miraban; después, bajo el bigote, brillaron unos dientes blancos, y el hombre me dijo:
       —¿Quiere fumar?
       La cerilla se había consumido. Encendí otra, y a la luz de esta volvimos a mirarnos el uno al otro, tras lo cual mi compañero de pernocta declaró con convicción:
       —¡Bueno, parece que entre nosotros no hay por qué tener vergüenza, coja un cigarrillo!
       Él tenía uno entre los dientes que se estaba encendiendo, e iluminaba su rostro con un color rojizo. Alrededor de los ojos y en la frente tenía muchas arrugas sutilmente pronunciadas. Iba vestido con los restos de un viejo abrigo de guata, atado con una cuerda, y en los pies llevaba unos lapti [calzado de corteza de tilo] de un solo trozo de piel, “porshni”, como los llaman en el Don.
       —¿Peregrino? —pregunté.
       —Viajo a pie. ¿Usted?
       —También.
       Empezó a acomodarse, tintineó algo metálico, probablemente una tetera o una olla, accesorios indispensables del peregrino para ir por los lugares santos. Pero en su tono faltaba el matiz de esa piedad de zorro que siempre delata al peregrino, en su tono no se escuchaba la astuta unción obligada del peregrino, y por ahora en sus conversaciones no había habido ni expresiones religiosas ni una sola palabra “de las Escrituras”. En general, no se correspondía con el gandul profesional de los lugares sagrados, la peor variedad, con mucho, de la “Rusia errante”; peor por su calidad moral, por la enorme cantidad de embustes y supersticiones con los que ese tipo de gente contamina al hambriento espiritual, a la aldea ansiosa. Además iba a Nikoláiev, donde no había reliquias…
       —¿Y desde dónde viene caminando? —pregunté.
       —Desde Astrakán…
       En Astrakán tampoco hay reliquias. Entonces le pregunté:
       —¿O sea que usted camina de “mar a mar”, y no por los lugares santos?
       —A los santos también voy. ¿Por qué no iba a ir a los lugares santos? Allí siempre dan bien de comer… sobre todo si se entra en intimidad con un monje. Nuestro hermano Isaki [adagio referente a las convicciones que tiene su origen en la vida del monje Isaki, uno de los primero anacoretas del Monasterio de las cuevas de Kiev] es muy respetado por ellos, porque aporta distracción a sus vidas. ¿Y usted, qué?
       —Me aprovecho.
       —Lugares alimenticios. ¿De dónde viene? ¡Ajá! El camino es largo. Encienda una cerilla y fumemos. Cuando fumas, es como si todo se hiciera más cálido…
       Desde luego hacía frío, tanto por el viento que insolentemente se clavaba en nosotros, como por la ropa mojada.
       —Tal vez quiera comer. Tengo pan, patatas y dos cuervos asados… ¿le doy?
       —¿Cuervo? —pregunté con curiosidad.
       —¿Usted no los come? Mal hecho…
       Me alargó un gran currusco de pan.
       —No he probado nunca el cuervo…
       —Tome, pruebe. En otoño están más sabrosos. Y además, es mucho más agradable comer cuervo cocinado con tus propias manos, que el pan o el tocino que te ha dado una mano de un vecino por la ventana de su casa… a la cual, una vez has recibido la limosna, ¡apetece prenderle fuego!
       Dijo esto de manera razonable, razonable e interesante. El uso del cuervo como comida era nuevo para mí, pero no me producía asombro: sabía que en Odesa, en invierno, los rakli [forma abreviada con la que se conocía a los hambrientos alumnos de la escuela religiosa de San Irakly que, para matar el hambre, robaban en el mercado; así, rakli se convirtió en sinónimo de ladrón] comen ratas, y en Rostov, caracoles. No era tan increíble. Incluso los parisinos, estando sitiados, habían comido con gusto todo tipo de basura, y hay gente que se pasa toda la vida en estado de sitio.
       —¿Y cómo coge usted los cuervos? —traté de informarme.
       —No por el pico, por supuesto. Se les puede matar con un palo o con piedras, ¡pero es más seguro pescarlos! Hay que atar en el extremo de un hilo largo de bramante un trozo de tocino, de carne o de corteza de pan. El cuervo lo agarra, lo traga y entonces ¡tiras de él! Después, una vez se le ha retorcido el cuello, sólo queda desplumarlo, destriparlo y, clavado en un palo, asarlo sobre la hoguera.
       —¡Quién estuviera ahora sentado junto a una hoguera! —suspiré.
       El frío se hizo más notable. Parecía que el propio viento estaba helado, así de doloroso era el chillido trémulo con el que golpeaba contra las paredes de la tienda. A veces con él volaba el aullido de los perros, el melancólico sonido de la campana de guardia de la iglesia rural. Las gotas de lluvia caían con fuerza del tejado a la tierra mojada.
       —¡Me aburre estar acostado en silencio! —dijo mi compañero de pernocta.
       —Y hablar da frío —hice notar yo.
       —¡Meta la lengua en el seno y se calentará!
       —Gracias por el consejo…
       —¿Iremos juntos o qué? Nos coge de camino.
       —¡Vayamos!
       —Entonces presentémonos… soy el noble Pavel Ignatiev Promtov…
       Yo también me presenté.
       —¡Así que sí! Ahora le preguntaré una cosa: ¿y cómo llegó usted a este sendero? ¿Por debilidad por el vodka, o qué?
       —Por el aburrimiento de la vida…
       —Eso puede ser… ¿conoce usted una publicación del Senado titulada Informe sobre las condenas?
       —La conozco.
       —¿Aparece su nombre publicado en ella? El mío por aquel entonces todavía no había sido hecho público en ninguna parte, cosa que le dije a él.
       —El mío tampoco está publicado.
       —Pero ¿lo espera?
       —¡Todo está en manos de Dios!
       —Usted parece un hombre alegre, ¿lo es?
       —¡¿Para qué penar?!
       —No todo el mundo hablaría así estando en su situación —puse en duda la sinceridad de sus palabras.
       —La situación es cruda y fría, pero cambiará con el alba. Saldrá el sol, porque saldrá, ¿no? Entonces nos arrastraremos fuera de aquí y beberemos té, comeremos, nos calentaremos… ¿Acaso está mal?
       —¡Bien! —convine yo.
       —¡Ya ve! Todo lo malo tiene su lado bueno.
       —Y todo lo bueno, su lado malo.
       —¡Amén! —proclamó con tono de diácono Promtov.
       ¡Ay, Dios, con él te lo pasas bien! Lamentaba no ver su rostro que, a juzgar por la riqueza de tonos de su voz, debía de ser muy expresivo. Hablamos durante mucho rato de tonterías, escondiendo tras ellas el deseo mutuo de saber más uno del otro, y yo en el fondo admiraba aquella habilidad que tenía él de, callando sus cosas, hacerme a mí revelarle las mías.
       Mientras charlábamos, paró de llover y, de manera imperceptible, la oscuridad comenzó a disiparse; por el este ya se encendía el suave resplandor de la franja rosácea del amanecer. Con el alba apareció una fresca mañana, agradable y vivificante cuando sorprende a la persona vestida con ropa seca y abrigada.
       —¿No cree que encontraremos por aquí algo para la hoguera? —preguntó Promtov.
       Arrastrándonos sobre la tierra, buscamos por todas partes pero no encontramos nada. Entonces decidimos arrancar una tabla cualquiera, una que no estuviera clavada especialmente fuerte. Una vez arrancada, la convertimos en astillas. Después Promtov propuso intentar abrir un agujero en el suelo de la tienda para coger unos granos de centeno, ya que si el centeno se cuece en agua se obtiene una buena comida. Yo protesté, alegando que eso no era correcto: sacaríamos de la tienda varios pudos [medida de peso rusa equivalente a 16,38 kilogramos] de centeno, para al final coger dos o tres libras.
       —¿Y a usted que más le da? —preguntó Promtov.
       —Hay que respetar la propiedad ajena, según tengo entendido.
       —¡Eso, amigo, sólo es necesario cuando uno tiene la suya! Y es necesario porque para cualquier otro esa es ajena.
       Callé, pensando para mí que este individuo debía de ser un liberal radical en cuestiones de propiedad y que el placer de conocerle tendría también sus inconvenientes.
       Salió el sol, alegre y resplandeciente. Trozos de cielo azul miraban desde las nubes rotas que lenta y cansinamente se desplazaban hacia el norte. Por todas partes centelleaban gotas de lluvia. Promtov y yo salimos de debajo de la tienda y nos fuimos al campo, por las barbas del cereal segado, hacia la cinta sinuosa de verdes árboles que estaba a gran distancia de nosotros.
       —Allí hay un río —dijo mi conocido.
       Le miré, y pensé que debía tener unos cuarenta años y que su vida no había sido precisamente una broma. Sus ojos, oscuros y profundamente hundidos en las órbitas, brillaban con tranquilidad y aplomo, y cuando los entornaba un poco, su rostro adoptaba una expresión astuta y seca. En el andar firme y rápido, en el morral de cuero sujetado con destreza a la espalda, en toda su figura se notaba la costumbre de la vida errante, la experiencia del lobo y la habilidad del zorro.
       —Iremos de la siguiente manera —dijo—: al otro lado del río, a unas seis verstas, está la aldea de Manzheleia, de allí parte el camino directo a Novaia Praga. Cerca de ese lugar viven stundistas [una corriente evangélica nacida a principios de los años sesenta del siglo XIX], baptistas y otros visionarios… Dan muy bien de comer, si se les dice alguna mentira consoladora. ¡Pero de las Escrituras con ellos ni una palabra! Las conocen al dedillo…
       Escogimos un sitio cerca de un grupo de álamos negros, recogimos piedras en la orilla del río, turbio por la lluvia, y sobre las piedras hicimos una hoguera. A dos verstas de nosotros, en un alto, estaba la aldea, la paja de sus tejados brillaba como oro rosado. Los agudos olmos estaban coloreados con los tintes del otoño. El humo gris de las chimeneas envolvía los álamos, oscureciendo los colores anaranjados y purpúreos de las hojas y el suave cielo azul que había entre ellos.
       —Voy a darme un baño —anunció Promtov—. Es imprescindible después de una noche tan mala. Se lo recomiendo. Y mientras nos refrescamos, hervirá el té. ¿Sabe? Hay que esforzarse para que nuestro cuerpo esté siempre limpio y fresco.
       Mientras hablaba, se iba desvistiendo. Su cuerpo era de raza, hermoso, proporcionado, con músculos fuertes, bien desarrollados. Y cuando vi los sucios andrajos que se había quitado y tirado lejos, me parecieron más abominables de lo que me habían parecido hasta aquel momento… Habiéndonos sumergido en la punzante agua del río, temblorosos y azules de frío, saltamos a la orilla y nos pusimos deprisa nuestra ropa calentada por la hoguera. Después nos sentamos cerca del fuego a beber té.
       Promtov tenía una jarra verdosa, echó en ella el té hirviendo y me lo ofreció primero a mí. Pero el diablo, que siempre anda al acecho para reírse de los hombres, me tiró de una de las falsas cuerdas del corazón y exclamé con generosidad:
       —¡Gracias! ¡Beba usted primero, yo esperaré!
       Dije esto con el firme convencimiento de que Promtov querría competir conmigo en generosidad y cortesía, entonces yo cedería y bebería té el primero. Pero él dijo simplemente:
       —Bueno, está bien…
       Y se acercó la jarra a la boca.
       Yo me volví a un lado y me puse a mirar fijamente la desierta estepa, deseando convencer a Promtov de que no veía cómo se reían de mí sus oscuros ojos. Él tomaba sorbos de té, mordía el pan, se relamía de gusto, y todo ello lo hacía martirizantemente despacio. Del frío me temblaban hasta las tripas, estaba dispuesto a echarme un puñado de té ardiendo directamente de la tetera.
       —Qué —se reía Promtov—, no es provechoso tener consideración, ¿eh?
       —¡Ay de mí! —dije.
       —¡Pues bien! Aprenda… ¿Para qué ceder a otro lo que tú necesitas o te viene bien? Aunque digan que todos los hombres somos hermanos, nadie ha intentado demostrarlo con datos métricos.
       —¿Es eso lo que de verdad piensa?
       —¿Y por qué iba a decir lo que no pienso?
       —Ya sabe, el individuo siempre hace algo de alarde, sea quien sea…
       —¡No entiendo qué le ha provocado semejante desconfianza hacia mí! —se encogió de hombros el muy lobo—. No será porque le he dado pan y té, ¿no? No lo hice por sentimientos fraternales, sino por curiosidad. Veo a una persona fuera de lugar y siento el deseo de averiguar cómo y por qué fue arrancada de la vida…
       —También yo siento ese deseo… Dígame, ¿quién y qué es usted? —le pregunté.
       Me miró con ojos escrutadores y, tras un silencio, dijo:
       —El hombre nunca sabe con exactitud quién es… Es preciso preguntarle por quién se toma.
       —¡Aunque sea así!
       —Bueno, pienso que soy un hombre que en la vida está apretado. La vida es estrecha y yo soy ancho… Puede ser que esto no sea cierto. Pero en el mundo hay un tipo de gente particular, nacida seguramente del Judío Errante. Su particularidad consiste en que no hay manera de que encuentre su lugar en la tierra y se aferre a él. En su interior habita el prurito inquieto del deseo de algo nuevo. Los más insignificantes de ellos nunca pueden escoger para sí ni unos pantalones a su gusto, y por eso siempre están insatisfechos, infelices, y a los importantes nada satisface, ni el dinero, ni las mujeres, ni los honores… Tales personas no gustan, son temerarias e insociales. La mayoría de los prójimos son monedas de cinco kopeks, moneda de uso corriente… y la única diferencia entre ellos es el año de acuñación. En una está borrado, en la otra está más nuevo, pero el valor es el mismo, el material del que están hechas idéntico, y en todo son similares la una a la otra. Pero yo no soy una moneda de cinco kopeks, aunque tal vez sea una moneda de dos kopeks… ¡Eso es todo!
       Hablaba con escepticismo, sonriendo, y me daba la impresión de que ni él mismo creía lo que estaba diciendo. Pero despertaba en mí una curiosidad ávida, y decidí seguirle hasta que averiguara su identidad. Estaba claro que era lo que se dice “un hombre inteligente”. Había muchos así entre los vagabundos, todos eran gentes muertas, que habían perdido el respeto hacia sí mismos, carentes de autoestima, y vivían únicamente para hundirse cada día más y más en el fango y la inmundicia; después se disolvían en ella y desaparecían de la vida.
       Pero en Promtov había algo firme, resistente. No se quejaba de la vida, como hacían todos.
       —¿Entonces, qué? ¿Vamos? —propuso.
       —¡Vamos!
       Calentados por el té y el sol, nos fuimos por la orilla del río, siguiendo su curso.
       —¿Y usted cómo consigue el alimento? —le pregunté a Promtov—. ¿Trabaja?
       —¿Qué si traaaabajo? No, ya no era aficionado antes de esto…
       —¿Entonces?
       —¡Ya lo verá!
       Se calló. Después, unos pasos más adelante, comenzó a silbar entre dientes una alegre canción. Sus ojos escrutaban la estepa con seguridad y atención, y caminaba con firmeza, como todo el que va hacia un objetivo.
       Yo lo miraba, y el deseo de comprender con quién estaba cobraba aún más fuerza en mí.
       … Cuando entramos en la calle principal de la aldea, se nos tiró a las piernas un pequeño perro y, ladrando con fuerza, comenzó a dar vueltas a nuestro alrededor. Con cada mirada que le lanzábamos, soltaba un chillido tímido y se apartaba a un lado, como una bola, y de nuevo se arrojaba contra nosotros, ladrando porfiadamente. Vinieron corriendo sus amigos, pero no eran igual de inteligentes, gruñeron una o dos veces y se escondieron. Su indiferencia, al parecer, excitó todavía más al perrito pelirrojo.
       —¿Ve qué naturaleza tan vil? —dijo Promtov señalando con la cabeza al receloso perro—. Y es que miente, comprende que no es necesario ladrar, no es malo, es cobarde, pero necesita ganarse los favores de su amo. Un rasgo puramente humano que le ha sido inculcado por un hombre. La gente corrompe a los animales. Pronto llegará el momento en el que los animales serán tan insinceros como, por ejemplo, usted y yo…
       —Se lo agradezco —dije.
       —No hay por qué. Pero necesito tirar…
       En su expresivo rostro apareció un gesto triste, se le hundieron los ojos, todo él se encorvó, se encogió, y los andrajos que vestía se pusieron de pie, como aletas de gobio.
       —Hay que dirigirse al prójimo para pedir pan —me explicó su transformación y se puso a mirar atentamente a las ventanas de las jatas [casa tradicional ucraniana]. En una jata, bajo la ventana, había una mujer dando el pecho a un bebé. Promtov se inclinó ante ella y dijo suplicante:
       —¡Madrecita [en el original, en ucraniano] mía! ¡Dad pan a estos peregrinos!
       —¡No se ofendan! —respondió la mujer, lanzándonos una mirada desconfiada.
       —Que se te corte lo que tienes en el pecho, hija de perra —le deseó adustamente mi compañero de viaje.
       La mujer gritó como una poseída y se lanzó sobre nosotros.
       —Desde luego…
       Promtov, sin moverse del sitio, la miró a la cara con sus ojos negros, cuya expresión era salvaje y malvada… La tía palideció, se estremeció y, murmurando no sé qué, entró rápidamente en la jata.
       —¡Vayámonos! —le propuse a Promtov.
       —Esperaremos hasta que nos traiga pan.
       —Nos mandará al marido con horcas.
       —No tiene ni idea —sonrió escéptico aquel lobo.
       Estaba en lo cierto, la mujer apareció ante nosotros con media hogaza de pan y un buen trozo de tocino. En silencio y haciendo una profunda reverencia a Promtov, le pidió suplicante:
       —Por favor, cójalo, hombre de Dios, no monte en cólera…
       —¡Dios te proteja del mal de ojo, los sortilegios y las fiebres! —la bendijo de manera imponente Promtov. Y nos fuimos…
       —Escuche —le dije cuando ya estábamos lejos de la jata—, ¿por qué se ha comportado de forma tan extraña? Sin ir más lejos, la forma de pedir…
       —Es la más segura… si echas unas buenas miradas a la mujer, te toma por brujo, se asusta y no sólo pan, toda “la bolsa” del marido entrega. ¿Por qué voy a pedir y humillarme ante ella cuando puedo dar órdenes? Siempre pensé que era mejor arrancar que pedir…
       —¿Y no le sucedió nunca que en lugar de pan…?
       —¿Me dieran una tunda? No. ¡Que se metan conmigo! Tengo, querido mío, un papel mágico: me basta con enseñárselo a un aldeano para que se convierta en mi esclavo… ¿Quiere que se lo enseñe?
       Cogí en la mano aquel papel, que estaba bastante sucio y arrugado, y vi que era un certificado de paso expedido a Pavel Ignatev Promtov, desterrado por la administración judicial de Petersburgo, para ir de Astrakán a Nikoláeiv. El papel tenía el sello de la dirección de la policía de Astrakán y la correspondiente firma, todo estaba en regla…
       —No lo entiendo —dije devolviendo el documento a la mano de su propietario—. ¿Por qué motivo habiendo sido desterrado de Petersburgo, viene desde Astrakán?
       Se echó a reír, expresando con toda su figura su conciencia de superioridad sobre mí.
       —¡Pues muy sencillo! Piénselo, me desterraron de Petersburgo, y al desterrarme me pidieron que escogiera, con las consabidas excepciones, un lugar para vivir. Yo doy el nombre. Kursk, pongamos por caso. Aparezco en Kursk, me presento a la policía… “¡Tengo el honor de presentarme!”. La policía de Kursk no puede recibirme amablemente: tiene sus propias diligencias, está liadísima. Se imagina que tiene ante sí a un ratero hábil, del que no pudieron librarse ni por la fuerza ni con la ayuda de la ley, teniendo que recurrir a medidas administrativas para deshacerse de él. Y está totalmente dispuesta a largarme adonde sea, incluso de cabeza al abismo. A la vista de sus dificultades, salgo en su ayuda. “Como yo mismo escogí el lugar para vivir, ¿no querrían que lo escogiera de nuevo?”. Se alegran de verse libres de mí. Yo digo que estoy dispuesto a irme del área en la que son responsables de la inviolabilidad de las personas y la propiedad, pero que por mi amabilidad, tendrán que darme un viático. Dan cinco rublos, diez, más o menos según el humor y el carácter, pero siempre lo dan con gusto. Mejor perder cinco rublos, que adquirir con mi persona una preocupación innecesaria, ¿no?
       —Puede ser —dije.
       —¡Pues sí, es precisamente así! Y me abastecen de un documento que no se parece en absoluto a un pasaporte. Y es en esa diferencia suya con el pasaporte donde se esconde su poder mágico. En él está escrito: “¡Admi-nis-tra-tivamente desterrado de Pe-ters-bur-go!”. Se lo enseño al jefe de la aldea, que suele ser tonto como un tocón, y no entiende ni palabra. Le da miedo: en el papel hay sellos. Yo le digo: “En virtud de este documento tienes que facilitarme un lugar donde pasar la noche”. Lo da. “Tienes que darme de comer”. Da de comer. No puede hacer otra cosa, porque está escrito en el papel, ¡de Petersburgo, administrativamente! A saber qué demonios será eso de “administrativamente”. ¿Significará enviado en secreto para investigar las artesanías, la elaboración de monedas falsas, la destilación clandestina, la venta encubierta de bebida? ¿O se referirá a averiguar la frecuencia con la que visitan la iglesia ortodoxa? ¿O quizá sea algo relacionado con la tierra? ¿Quién descifra qué significa eso de administrativamente? Tal vez yo sea alguien disfrazado. El aldeano es tonto, ¡él qué sabe!
       —Sí, poco sabe —señalé yo.
       —¡Y eso está muy bien! —afirmó convencido Promtov—. Así debe ser exactamente, y ese es el único estado en el que es imprescindible para todos, como el aire. Ya que, ¿qué es un aldeano? El aldeano es para toda la gente material nutritivo, es decir, un animal comestible. ¡Me pongo como ejemplo! ¿Acaso me habría sido posible la estancia en la tierra sin los aldeanos? ¡Para la existencia del hombre son necesarios sol, agua, aire y aldeano!
       —¿Y tierra?
       —¡Si hay aldeano, habrá tierra! Basta con ordenarle: “¡Eh, tú! ¡Crea tierra!”. Y la tierra será. No puede desobedecer…
       ¡Le gustaba decir estas cosas al alegre perillán! Habíamos salido de la aldea hacía un buen rato, habíamos pasado de largo por delante de muchos caseríos, y de nuevo teníamos ante nosotros un pueblo, cubierto por el follaje anaranjado del otoño. Promtov charlaba animado, como un pardillo, y yo escuchaba y pensaba en el nuevo tipo, para mí, de parásito, aquel que corroía el quimérico bienestar del aldeano…
       —¡Escuche! —de pronto recordé una situación—. Nosotros nos conocimos en unas circunstancias que me hacen dudar del poder de su papel. ¿Cómo explica eso?
       —¡Eh! —se rió Promtov—. Muy sencillo: yo ya había pasado por esos lugares, y, ya sabe, no siempre es cómodo que le recuerden a uno…
       Su sinceridad me gustaba. Escuchaba con atención la charla descarada de mi compañero de viaje tratando de determinar si era tal cual se describía.
       —He ahí, ante nosotros, un pueblo, ¿quiere que le muestre la eficacia de mi papel? —propuso Promtov.
       Rechacé el experimento, proponiéndole que mejor me explicara en función de qué le habían galardonado con el papel.
       —Bueno, eso, ¿sabe?, ¡es una larga historia! —Hizo un ademán con la mano—. Pero se la contaré, algún día. Por ahora, descansemos y comamos algo. Tenemos avíos suficientes, lo cual significa que ir al pueblo a incomodar a los vecinos por ahora no nos es necesario.
       Alejándonos del camino hacia un lado, nos sentamos en la tierra y nos pusimos a comer. Después, apoltronados bajo los templados rayos solares y el soplo del viento suave de la estepa, nos tumbamos y nos dormimos… Y cuando despertamos, el sol, purpúreo y enorme, ya estaba en el horizonte y sobre la estepa se habían echado las sombras de la tarde sureña.
       —Ya ve —anunció— quiere el destino que pasemos la noche en esta aldeílla…
       —Vayamos mientras haya luz —propuse.
       —¡No se preocupe! Hoy pasaremos la noche bajo techo…
       Tenía razón: en la primera jata a la que llamamos a la puerta pidiendo que nos dejaran pasar la noche, nos invitaron hospitalariamente a entrar.
       En cuanto el amo de la jata, un hombre [en el original, en ucraniano] alto y bondadoso, llegó del campo, su esposa [en el original, en ucraniano] preparó la cena [en el original, en ucraniano]. Cuatro mugrientos chiquillos, amontonados en un rincón de la jata, miraban desde allí con ojos curiosos y cohibidos. La corpulenta esposa [en el original, en ucraniano] deprisa y en silencio se movía de la jata al zaguán y viceversa, trayendo pan, sandías, leche. El anfitrión estaba sentado frente a nosotros en un banco, frotando concentradamente contra él los riñones, lanzándonos miradas inquisitivas.
       Poco después hizo la pregunta habitual:
       —¿Adónde van?
       —Caminamos, buen hombre, ¡de mar a mar, hasta la ciudad de Kiev!… —respondió animadamente Promtov con las palabras de una canción de cuna.
       —¿Qué hay allí, en Kiev? —preguntó el hombre pensativo.
       —¿Santas reliquias?
       El dueño de la casa miró a Promtov y, en silencio, escupió. Más tarde, tras la pausa, preguntó:
       —¿Y de dónde vienen? [en el original, en ucraniano]
       —Yo de Petersburgo y él de Moscú —respondió Promtov.
       —¿Y qué? [en el original, en ucraniano] —levantó el bigote el jojol [término en principio peyorativo con el que los rusos denominan a los ucranianos nativos, en referencia al corte de pelo típico de los cosacos, que se dejan un mechón de pelo en la cabeza rapada]—. ¿Qué tal por Petersburgo? La gente dice que fue construido en el mar… y que se inunda... [en el original, en ucraniano]
       Se abrió la puerta y aparecieron dos jojoles:
       —¡Venimos a verte, Mijailo! [en el original, en ucraniano] —anunció uno de ellos.
       —¿Y qué os trae a mí? [en el original, en ucraniano]
       —Bueno, hay un asunto… ¿quién es esta gente? [en el original, en ucraniano]
       —¿Esta que está aquí? [en el original, en ucraniano] —preguntó el dueño de la casa, señalándonos con la cabeza.
       —¡Pues sí, esta! [en el original, en ucraniano]
       El dueño de la casa guardó silencio, pensando y dando vueltas a la cabeza, y anunció:
       —¿Acaso yo lo sé? [en el original, en ucraniano]
       —¿Acaso son peregrinos? —nos preguntó.
       —¡Pues sí! [en el original, en ucraniano] —respondió Promtov.
       Se hizo el silencio. Tres jojoles nos miraban fijamente, con desconfianza, con curiosidad… Al final todos se sentaron a la mesa y comenzaron a apurar estrepitosamente las sandías rojo sangre…
       —¿Acaso alguno de ustedes sabe leer y escribir? [en el original, en ucraniano] —se dirigió a Promtov uno de los jojoles.
       —Los dos —respondió concisamente Promtov.
       —Entonces, ¿sabrían ustedes qué debe hacer un hombre al que a veces duele y pica el espinazo hasta tal extremo que no puede ni dormir por la noche? [en el original, en ucraniano]
       —¡Lo sabemos! —anunció Promtov.
       —¿Y qué es? [en el original, en ucraniano]
       Promtov masticó pan durante un buen rato, después limpió las manos sobre sus andrajos, a continuación miró pensativo al techo y, por fin, con decisión e incluso aspereza, dijo:
       —Hay que recoger ortigas y pedir a la mujer que por la noche te frote con las ortigas el espinazo, y después que lo unte con aceite de cáñamo con sal…
       —¿Y eso que provocará? [en el original, en ucraniano] —inquirió el jojol.
       —¡Nada! —se encogió de hombros Promtov.
       —¿Nada?
       —¡Lo que es nada!
       —¿Y ayuda eso? [en el original, en ucraniano]
       —Ayuda…
       —Lo pediré… Gracias…
       —¡Salud! [en el original, en ucraniano] —deseó Promtov completamente en serio.
       Silencio prolongado, el crujido de las sandías, el susurro de los niños…
       —Escuchen —empezó a hablar el dueño de la jata— ya que es así… ustedes no sabrán… tal vez, haya llegado a sus oídos en Petersburgo o en Moscú… acerca de Siberia… ¿es posible emigrar allí o no? Porque el administrador local del zemstvo, a no ser que mienta, asegura que está absolutamente prohibido [en el original, en ucraniano].
       —¡No se puede! —cortó Promtov.
       Los jojoles se miraron entre ellos y el anfitrión masculló para sus adentros:
       —¡Maldita sea su estampa! [en el original, en ucraniano]
       —¡No se puede! —declaró de nuevo Promtov, y de pronto su rostro pareció inspirado…— Y porque no se puede, ¡no tiene sentido ir a Siberia, cuando por todas partes hay tanta tierra como quieras!
       —Está visto que para los difuntos hay tierra a voluntad en cualquier lugar… ¡para los vivos es para los que hace falta!... [en el original, en ucraniano] —declaró con tristeza un jojol.
       —En Petersburgo está resuelto —continuó solemnemente Promtov—, toda la tierra, la que tienen los campesinos y los terratenientes, se les quitará para el tesoro público…
       Los jojoles le miraron con los ojos como platos y callaron. Promtov los miró con severidad y preguntó:
       —¿A fin de qué quitarla para el tesoro público?
       El silencio adquirió un carácter tenso, y parecía que los pobres jojoles iban a reventar de esperanza. Yo los miraba conteniendo apenas la rabia que me provocaba la burla que Promtov les estaba haciendo a los pobres diablos. Pero revelar ante ellos su insolente mentira habría sido entregárselo para que lo apalearan. Guardé silencio.
       —¡Hable, hable, buen hombre! [en el original, en ucraniano] —pidió en voz baja y tímidamente uno de los jojoles.
       —¿A fin de qué quitarla? ¡Para repartir justamente toda la tierra entre los campesinos! Allá reconocen —Promtov señaló de lado con el dedo hacia algún lugar— que el verdadero dueño de la tierra es el campesino, y dieron la orden: no dejar ir a Siberia, y esperar el reparto…
       A uno de los jojoles incluso se le cayó un trozo de sandía de la mano. Los tres bebían las palabras de Promtov con ojos sedientos y callaban, sorprendidos por su maravillosa noticia. Y después, tras unos cuantos segundos, se oyeron al mismo tiempo cuatro exclamaciones:
       —¡Madre Inmaculada! [en el original, en ucraniano] —suspiró histéricamente la esposa [en el original, en ucraniano].
       —No estará mintiendo... [en el original, en ucraniano]br>       —¡Hable, hable, buen hombre! [en el original, en ucraniano]
       —¡Por eso este año las estrellas brillan más! [en el original, en ucraniano] —exclamó convencido el jojol al que dolía el espinazo.
       —Esto es sólo un rumor —dije yo—, puede ser que todo resulte una trola…
       Promtov me miró con sincera sorpresa y dijo ardientemente:
       —¿Cómo que un rumor? ¿Cómo que una trola?
       Y de su boca comenzó a fluir la melodía de la más descarada mentira, música dulce para todos los oyentes, menos para mí. ¡Mentía alegremente! Los aldeanos estaban dispuestos a saltar dentro de su boca. Pero a mí me resultaba cruel escuchar aquella inspirada mentira, que podía atraer la desgracia a la cabeza de personas ingenuas. Salí de la jata y me tumbé en el patio, pensando en cómo desenmascarar el detestable juego de mi compañero de viaje. Después me dormí y Promtov me despertó al amanecer.
       —¡Levántese, nos vamos! —dijo.
       A su lado estaba de pie el soñoliento dueño de la jata, y el morral de Promtov rebosaba. Nos despedimos de él y nos fuimos. Promtov estaba contento, cantaba, silbaba y me miraba de reojo con ironía. Yo discurría qué decirle y guardaba silencio, caminando a su lado.
       —¿Por qué no me crucifica? —preguntó de pronto.
       —¿Y usted reconoce que sería justo? —me informé fríamente.
       —Bueno, se supone… Yo le entiendo y sé que usted debería mortificarme… Incluso le diré cómo lo hará. ¿Quiere? ¡Mejor déjelo! ¿Qué hay de malo en que los aldeanos sueñen? La única consecuencia es que serán más inteligentes. Y yo saco mi ganancia. ¡Mire, me han llenado el morral hasta arriba!
       —Pero es que puede hacer que los azoten.
       —Poco probable… ¿Y si así fuera? ¿Qué tengo yo que ver con las espaldas ajenas? ¡Deja que su Dios se ocupe de su integridad! Esto por supuesto no es moral, pero, por otra parte, ¿a mí qué me importa qué es moral y qué no es moral? ¡Convenga conmigo en que no tengo nada que ver!
       “Y bien —pensé—, el lobo tiene razón…”.
       —Supongamos que van a sufrir por mi culpa, incluso después de ello el cielo será azul, y el mar, salado.
       —Pero ¿en serio no le da pena?
       —De mí nadie se apena… Soy un cardo corredor [en ruso, el nombre de esta planta es una palabra polisémica que significa también vagabundo], y todos a cuyos pies me lanza el viento me echan a un lado de un puntapié…
       Estaba serio y con maldad reconcentrada, sus ojos brillaban vengativos.
       —Yo siempre actúo así, y a veces peor… A un aldeano en la provincia de Sarátov, para el dolor de estómago le recomendé tomar aceite de oliva de baja calidad en el que hubiera macerado cucarachas negras, por avaro. Anda que no habré hecho poco mal y ridiculizado poco en mis viajes. Cuántas supersticiones grotescas diferentes y sueños habré introducido en el capital espiritual del aldeano… Y en general, no me avergüenzo… ¿Qué necesidad tengo? ¿En honor de ciertas leyes?, pregunto. ¡No hay leyes ajenas, al menos en mí!
       Escuchándole, pensaba que por mi parte sería muy inteligente recordar el primer salmo del rey David y salirme del camino de este pecador. Pero me apetecía conocer su historia.
       Todavía estuve tres días más con él y en esos tres días confirmé mucho de lo que antes sólo intuía. Por ejemplo, me quedó claro el camino por el que habían llegado al morral de Promtov distintas cosas innecesarias tales como el candelabro de cobre, el escoplo, el trozo de encaje y los collares. Comprendí que estaba arriesgando las costillas e incluso que podía ir a parar allí adonde habitualmente van a parar los coleccionistas como Promtov. Era necesario separarse de él… ¡Pero, ay, su historia!
       Y he aquí que una vez que soplaba un viento cruel que nos golpeaba en las piernas, Promtov y yo nos enterramos, de día, en un almiar de paja, para resguardarnos del frío, y Promtov me contó la historia de su vida.


II
La historia de su vida


      Pues bien, le contaré, para que le sea de utilidad y le sirva de lección… Comenzaré por papá. Mi papá era un hombre severo y piadoso, vivió hasta los sesenta años, hasta la jubilación con pensión completa, y cambió de domicilio a un villorrio del distrito, donde se compró una casa… Y mamá era una mujer de buen corazón y sangre caliente, de manera que puede ser que aquel papá mío no fuera mi padre. Él no me tenía en ninguna estima: por cualquier insignificancia me ponía en un rincón, de rodillas, y me azotaba con la correa. Mamá sí que me quería, y con ella vivía bien. Por cada nota que ella, a veces, enviaba a través de mí a su amigo del alma, y ella siempre tenía amigos del alma, me daba la debida recompensa, especialmente por la discreción. Cuando papá se fue, yo estaba en el sexto curso del gimnasio y en seguida fui expulsado porque confundí a los profesores de física, había que recibir las lecciones de nuestro inspector y yo las recibía de la gobernanta. Por eso, el inspector se enfadó conmigo y me mandó adonde mi papá. Me presenté ante él y le conté que bueno, le dije, que a causa de desavenencias con el inspector había sido expulsado del templo de la ciencia. Pero al parecer, dicho inspector además había enviado a papá una carta contándole la esencia del asunto, si bien calló prudentemente que me había encontrado en el lugar del delito, en la habitación de la gobernanta, y que él mismo había aparecido allí de noche y en bata, y que, al entrar, susurró con voz suave: “¿Dunechka?”. Pero bueno, eso es asunto suyo. Papá, al recibirme, por supuesto, se puso a reñirme con palabras malsonantes, y mamá también. Me regañaron y decidieron enviarme a Pskov, donde papá tenía un hermano. Me mandaron a Pskov, me encontré con un tío cruel y tonto, pero las primas no estaban mal, así que se podía vivir. Sin embargo, resultó que yo tampoco era del gusto de los de allí. A los tres meses, mi tío me mandó a paseo, acusándome de conducta depravada y de ser una mala influencia para sus hijas. De nuevo me regañaron y me largaron, esta vez a una aldea con una tiíta a la provincia de Riazán. La tiíta resultó ser una tía débil y alegre, ¡y siempre había un montón de jóvenes en su casa! Pero por aquel entonces todos estaban contagiados de la estúpida moda de leer libros prohibidos… Así que ¡zas!, me encerraron en un presidio, donde estuve creo que unos cuatro meses. Mamá me decía por carta que la había matado, papá que lo había denigrado, ¡tenía unos padres muy aburridos!
       ¿Sabe?, mucho más apropiado que el orden actual sería que al hombre se le permitiera escoger a sus padres, ¿no es cierto? Y bien, me liberaron del presidio y fui a Nizhni Novgorod, donde tengo una hermana casada. Y resultó que mi hermana estaba superada por la familia y por eso era mala… ¿Qué hacer? Apareció en mi ayuda la feria, ingresé en el coro. Tenía una buena voz, buena apariencia, me hicieron solista, cantaba también por mi cuenta… ¿Piensa que además me emborrachaba? No, y ahora tampoco bebo casi vodka, si acaso a veces, muy de tarde en tarde, y sólo para entrar en calor. Nunca fui un borracho, simplemente bebía si había un buen vino, champán, por ejemplo. Deme marsala en abundancia, seguramente lo beberé, porque me gusta, como las mujeres. Las mujeres me gustan a rabiar… y tal vez, las odio… porque habiendo tomado lo que se debe de la mujer, al instante experimento el deseo irresistible de hacerle algo espantoso, de manera, ¿sabe?, que ella no sintiera dolor ni humillación, pero que le pareciera como si su sangre y su médula espinal hubieran sido impregnadas por mí de veneno, y que toda la vida llevara consigo esta porquería de veneno y lo sintiera a cada minuto… ¡Vamos! No sé de dónde me viene tanta maldad para con ellas, no lo sé y no puedo explicármelo… Ellas siempre fueron benévolas conmigo, claro que era guapo y atrevido, ¡pero también unas falsas! Además, al diablo con ellas. Me gusta cuando lloran y gimen; miras, escuchas y piensas, ¡ajá!, ¡el que la hace la paga!
       Así que canto y no me va mal, vivo alegremente. Una vez se presenta ante mí un hombre afeitado y pregunta: “¿Ha probado a actuar en un escenario?”. “Actué en espectáculos caseros…”. “¿Desearía un papel en un vodevil por veinticinco rublos al mes?”. Venga, y nos fuimos a la ciudad de Perm. Actúo, canto en los divertimentos, en apariencia un moreno apasionado, en el pasado un criminal político. Las damas se vuelven locas por mí. Me daban segundos papeles de amantes y los representaba. Pruebe, me dijeron, héroes. Probé en Fuegos fatuos el papel de Max, y me sentía yo mismo, ¡salió muy bien! Actué toda la temporada, en verano hicimos una alegre gira: actuamos en Viatka, actuamos en Ufa, incluso en la ciudad de Elabuga actuamos. Para el invierno volvimos otra vez a Perm.
       Y ese invierno sentí hacia la gente odio y repugnancia. Sales, ¿sabe?, a escena y en cuanto cientos de idiotas y canallas te clavan los ojos, te corre por la piel tal servilismo, un escalofrío cobarde, como si te hubieras sentado sobre un hormiguero. Te miran como si fueras su juguete, una cosa que hubieran comprado para su disfrute. Está en su voluntad condenarte o aprobarte… Y vigilan si haces el espectáculo ante ellos con suficiente aplicación o no. Y si les parece que lo has hecho con aplicación, gritan como asnos atados, los escuchas y te sientes contento por sus elogios. Por un momento olvidas que eres de su propiedad… después lo recuerdas y por haberte resultado agradable su aprobación no te das a ti mismo en todo el morro de milagro…
       Hasta el espasmo me resultaba antipático el público, y con frecuencia me apetecía escupirle desde el escenario, insultarle con las palabras más obscenas. Con frecuencia, sientes cómo sus ojos se clavan en tu cuerpo, literalmente, y cómo espera ansiosamente que le hagas cosquillas… Esperan con la seguridad de aquella terrateniente a la que las sirvientas rascan los talones por la noche… Sientes esa espera y piensas: qué bien estaría tener en la mano un cuchillo tan grande que fuera posible cortar de una vez las narices a toda la primera fila de espectadores… ¡Que el diablo los lleve!
       ¿Acaso me había apasionado por el lirismo? Bueno, actúo, odio al público y quiero alejarme de él. A ello me ayudó la esposa del fiscal. Ella a mí no me gustaba, y eso a ella no le gustaba. Puso en movimiento al esposo, y fui a parar a la ciudad de Saransk. Cual mota de polvo, el viento me alejó de las orillas del Kam. ¡Ay de mí! Todo era como un sueño, en esta vida detestable.
       Estoy en Saransk, y está conmigo la joven esposa de un oriundo de Perm, de profesión mercader. La tía era decidida y le gustaba mucho mi arte. Así que estábamos juntos. Dinero no teníamos, conocidos tampoco. Yo me aburría, ella también. Ella incluso comenzó a decirme, por aburrimiento, que yo no la quería. Al principio lo aguantaba, pero después me harté, y le dije: “¡Sí, aléjate de mí, por todos los diablos!”. “¿Así?”, dijo. Cogió un revólver, y zas, me metió una bala directamente en el hombro izquierdo, un poco más abajo y ya estaría yo en el paraíso. Bueno, por supuesto, me caí. Y ella se asustó, y del miedo se tiró a un pozo. Cogió una mojadura de muerte.
       Y a mí me ingresaron en un hospital. Y, como es de suponer, por allí aparecían damas: a ellas no las alimenta el pan, sólo revolotear cerca de algún asunto amoroso. Giraron a mi alrededor mientras no pude ponerme en pie, y cuando me puse en pie, me colocaron como secretario en la policía. Bueno, pertenecer a la policía es, de todas formas, más conveniente que estar bajo la vigilancia de la policía. Y así viví dos o tres meses…
       Precisamente en esos días, por primera vez en mi vida, experimenté un ataqué depresivo, de los que destrozan el alma de tedio… El estado de ánimo más abominable de todos, el de una persona desfigurada… Todo alrededor pierde el interés, y apetece algo nuevo… Das bandazos de aquí para allá, buscas, buscas, encuentras algo, lo coges y enseguida te das cuenta de que no es en absoluto lo que buscas, lo que hace falta… Te sientes agarrotado interiormente, incapaz de vivir en paz contigo mismo, cuando esa paz es, de todo, lo más necesario para la persona. Un estado vil…
       Y me condujo a tal extremo que me casé. Semejante actuación para una persona de mi carácter sólo es posible como consecuencia de la congoja o la resaca.
       Mi esposa era hija de un clérigo, vivía con su madre, su padre había muerto, y gozaba de una libertad absoluta. Tenía su propia casita, casi podría decirse casona, y dinero. La muchacha era hermosa, bastante inteligente, de carácter alegre, pero le gustaba mucho leer libros, y esto ejercía una mala influencia sobre ella y sobre mí. Permanentemente sacaba de los libros diferentes normas de vida: cogía cualquier norma y de inmediato me venía con ella. Y yo, ya desde los tiempos en que me habían salido los dientes, las normas morales no las soportaba… Al principio, me reía de mi mujer, y después empezó a darme náuseas escucharla. Me di cuenta de que siempre presumía adornada por invenciones librescas, y a las mujeres lo leído en los libros les va como al lacayo el traje del amo. Comenzamos a discutir… Conocí a un pope, un pope que había allí, libertino, guitarrista, cantante, bailaba maravillosamente el trepak [baile tradicional ruso] ¡y bebiendo era un maestro!… Para mí era la mejor persona de la ciudad, porque con él me divertía, y mi mujer me reñía por su culpa, y hacía todo lo posible por arrastrarme a su grupo de bibliófilos y fariseos. Venía a visitarla por la tarde la gente más seria, “la mejor de la ciudad”, como ella los llamaba; para mí eran serios, como los ahorcados. A mí también, por aquel entonces, me gustaba leer, pero nunca me inquietó lo leído, y además no comprendo qué falta hace. Y ellos, mi esposa y los que estaban con ella, al terminar de leer un libro cualquiera, solían experimentar tal inquietud que parecía que les hubieran caído sobre la piel un centenar de rancajos a cada uno. Para mí es así: ¿un libro?, ¡bien! ¿Interesante?, ¡todavía mejor! Pero cada libro lo ha escrito un hombre, y más alto que su cabeza no puede saltar. Todos los libros se escriben con un objetivo: todos quieren mostrar que lo bueno está bien y lo malo está mal. Y el provecho será el mismo leas cien o mil. Mi esposa devoraba los libros por docenas, tanto que yo empecé a decirle directamente que la vida me iría mucho mejor si me hubiera casado con el pope. Sólo el pope me salvaba del aburrimiento, y sin él me hubiera separado de mi mujer… Tenía por costumbre irme adonde el pope en cuanto llegaban adonde ella los fariseos. Así viví año y medio. De puro aburrimiento, comencé a ayudar en los oficios al pope. Unas veces leía los apóstoles, otras, en el coro, cantaba: “Desde mi juventud, muchas pasiones han batallado contra mí”.
       Tuve mucha paciencia en aquel tiempo y mucho me será justificado en el juicio final por esa paciencia. Pero he aquí que vino adonde mi pope una sobrina, porque estaba viudo y porque los cerdos lo habían comido, bueno no lo habían comido del todo, pero le habían estropeado la fisonomía. ¿Sabe? Se cayó borracho en el corral y se durmió y los cerdos llegaron al patio y le comieron una oreja y algo más. Los cerdos comen todo tipo de porquería.
       A consecuencia de esta pérdida, mi pope enfermó y llamó a una sobrina para que cuidara de él, y yo de ella. Y bueno, nosotros, ella y yo, nos pusimos manos a la obra con gran celo, y éxito. Y mi mujer lo averiguó y, por supuesto, se enfadó. ¿Qué podía hacer yo? También me enfadé. Ella incluso me dijo: “¡Lárgate de mi casa!”. Yo pensé, pensé, y pacíficamente me fui, me fui de la ciudad. Así rompí los lazos de mi matrimonio… Si está viva, mi esposa seguramente me considerará felizmente muerto. Nunca le deseé nada malo… Pienso que ella también me habrá olvidado gustosa a mí, ¡y que vivirá en paz!
       Y bien, de nuevo libre llegué a la ciudad de Pensa. Me dirigí a la policía, no había plaza; aquí, allí, ¡no había sitio en ninguna parte! Ingresé en los salmistas, canto y leo. En la iglesia, otra vez el público, y otra vez surge en mí aversión hacia él. El sueldo era mísero, y la situación de dependencia. Me iba mal. Pero una mercadera me ayudó. Era una mujer gruesa, beata, a la que la vida resultaba aburrida. Así que me eligió para su enseñanza espiritual. Y empecé a ir su casa, y ella me alimentaba. Su marido estaba en un manicomio, y ella sola dirigía un gran negocio de harina… He aquí que fui a verla con mucho cuidadito: “¿Difícil, dije, Sekleteia Kirillovna?”. “Difícil”, dijo. “¿Me coge como ayudante?”. “Me engañarás”, dijo, pero me cogió, por supuesto. Allí viví muy bien, ¡pero la ciudad resultó ser muy mala! No había ni un teatro, ni una fonda en condiciones, ni gente interesante… Empecé a sentir añoranza y escribí una carta a mi tío: en los cinco años que he estado ausente de Petersburgo, decía, he sentado la cabeza. Pido perdón por todo lo que hice, no lo volveré a hacer nunca más, y de paso le preguntaba si podría yo vivir en Piter [San Petersburgo]. Mi tío me contestó que podía, pero con prudencia. Me despedí de la mercadera.
       ¿Sabe qué? Aquella tía era tonta, grasienta y fea. Tuve amantes muy belfamistas [de belle-femme], elegantes, e inteligentes mujercitas tuve… Sí. Pero siempre acabé mal con ellas: o yo echo a la mujer con malicia y desprecio, o la mujer me hace una marranada. Y la tal Sekleteia me inspiraba respeto por su simplicidad. Le dije: “Adiós”. “Adiós amor mío, dice. Que Dios te dé felicidad…”. “¿Es que, digo, no te da pena que nos separemos?”. “¿Cómo, dice, no me va a dar pena separarme de esta belleza e inteligencia? En la vida me separaría de ti, pero si es necesario. Yo, dice, te comprendo, eras un pájaro herido; pues bien, ¡vuela con Dios!”. Y se puso a llorar amargamente… “¡Vaya, digo, perdóname, Sekleteia!”. “Qué dices, dice, debería darte las gracias yo a ti, no perdonarte”. “¿Cómo que darme las gracias? ¿Por qué habrías de darme las gracias?”. “¿Qué cómo?, dice. Así eres tú: no te hubiera costado nada arruinarme, estuve completamente en tus manos, podrías haberme robado cuanto quisieras, y yo no te lo habría impedido, ¡tú eso lo sabías! ¡Y sin embargo te vas como es debido! Sé cuánto cobraste conmigo en este tiempo, en total cerca de cuatro mil. Otro en tu lugar, dice, se habría zampado toda la sopa, y habría roto la taza…”. Sí, sí… eso es lo que ella dijo… ¡Ay, qué mujer tan amable!
       Nos besamos y, respetándola, con el corazón ligero y cinco mil en el bolsillo —había sumado mal— hice mi aparición en Piter. Vivo como un barín, frecuento el teatro, hago amistades, a veces, por aburrimiento, juego a ser actor, pero más a las cartas. Es una hermosa ocupación la de las cartas: estás sentado a la mesa y, en el transcurso de una noche, mueres y resucitas diez veces. Es horrible saber que en el próximo minuto acabarán con tu último rublo y que tú, indigente, al pisar la calle, robarás o te pegarás un tiro. También está bien saber que tu vecino o compañero siente por su último rublo lo mismo, delicado y siniestro, que sentías tú no mucho antes que él. Ver las rojas y pálidas jetas excitadas, temblorosas por el miedo a ser derrotados y la avidez de dinero, mirarlos y batir sus cartas una tras otra, ¡ay, cómo altera eso la sangre!… Bates la carta y es como si le arrancaras al individuo un trozo de carne caliente del corazón, con nervios y sangre. ¡Dicho sea de una manera pintoresca! Ese riesgo permanente de caer es lo mejor de la vida, y el mejor pensamiento se expresa así:

Hay placer en el combate
¡Y un abismo lúgubre al borde!

[Aleksandr Pushkin, “Banquete durante la peste”]

       Hay un gran placer en esto… y en general sólo puede sentirse uno bien cuando arriesga algo. Cuanto mayor es el riesgo, mayor es la vida… ¿Ha pasado usted hambre? A mí me ha ocurrido no comer nada durante dos días seguidos… Y bien, cuando el estómago comienza a comerse a sí mismo, cuando sientes cómo se seca, muriendo de hambre, tu interior está entonces preparado para matar por un trozo de pan a un hombre, a un bebé… dispuesto a todo, y esta preparación, como la acción, tiene su propia poesía, es una sensación muy preciada, y habiendo sobrevivido a ella ¡te respetas más!
       Pero bueno, continuemos nuestro abigarrado relato, que ya de por sí se alarga como una procesión funeraria en la que yo hago el papel del finado. ¡Fu! Vaya comparación estúpida se me ha venido a la cabeza. Y tal vez sea cierta… por eso, además, uno no se hace más inteligente… en alguna parte de la obra del señor Balzac hay una expresión muy precisa y certera: “Eso es tonto, como el hecho”. ¿Tonto? ¡Vale, déjalo! Así que vivo en Petersburgo. Es una buena ciudad, pero sería dos veces mejor si la mitad de sus habitantes se ahogaran en aquel mar detestable que se agita cerca de ella. Vivo y llevo a cabo diferentes acciones como es menester al individuo. Le gusté a una dama, y me adquirió para mantenerme. ¿Usted se habría dejado mantener por una mujer? Pruebe porque es interesante, usted es al mismo tiempo una cosa de la señora y su patrón. Le compraron como un juguete, pero usted juega con el comprador. Este comprador acaba en sus manos y en una posición muy ridícula, siempre podéis actuar ante él como una bota que quiere ser sombrero y pide que se la pongan en la cabeza. Así viví dos o tres años, y todo iba estupendamente, o sea, con alegría. Pero entonces sucedió una historia de opereta. Una vez vino a verme alguien, un hombre muy bueno, pero que se dedicaba a negocios feos de la política, por lo que estaba oportuna y fuertemente pillado. Llegó y dijo: “¡Consígueme un pasaporte!”. “¿Cuál?”. “Pues así, dice: una muchacha, morena, unos veinte años, altura media, todo lo demás, lo habitual”. “¿Para qué?”. “Pues, dice, hay una muchacha, y hace falta que desaparezca, así que quiero darla en matrimonio con un documento ajeno”. ¿Y qué? Era un alegre hombre de negocios, y casualmente mi dama tenía una doncella que convenía a lo exigido… Cogí su pasaporte, y se lo di a aquel charlatán. Bien. Pasó bastante tiempo.
       De pronto, ¡zas! Aparecen dos gendarmes y dicen ¡venga! Y yo fui. Alguien, canoso y muy cruel, me pregunta: “¿Usted, dice, consiguió el pasaporte para la muchacha?”. “Cierto, su señoría, solo que no sé si para esta muchacha o para otra”. “¿Cómo así?”. El amigo, efectivamente, olvidó decirme el nombre de la muchacha aquella. El cruel no me cree. “¿Cómo es que no la conoce y le dio el pasaporte?”. “Yo no se lo di a ella…”. “¿Y a quién?”. “He aquí a quien…”. “Ajá, dice, ¡lo tenemos! ¡Le agradezco la entrevista!”. Y entonces dio la orden de arrestar a mi amigo, y a mí, de momento, encerrarme en un lugar confortable. A los dos días nos carearon a mi amigo y a mí. Él, por supuesto, confirmó mis palabras… Me preguntaron adónde quería irme tras abandonar Piter. “¿No podría vivir en Ttsarkoe Selo?”, digo. “No, dice, más lejos”. “¿Y en Russa?”. “Más lejos todavía”. Acordamos Tula. A Tula, ¡pues a Tula! “Usted, dice, puede ir incluso más lejos, si quiere, pero por aquí, en tres años, no aparezca”. “Sus documentos por ahora nos los quedaremos, en recuerdo suyo, y a usted le expediremos un certificado de paso hasta Tula. Cójalo y procure largarse en veinticuatro horas…”. “Bueno, ¿y qué?, pienso. Hay que obedecer a la autoridad, ¿cómo no obedecer?”.
       Así que… vendí todas mis pertenencias al ama de la habitación por un precio de risa y fui adonde mi dama. No me recibió, perra. Fui adonde dos o tres conocidos más y me recibieron como si fuera un leproso. Los mandé a freír espárragos a todos, y me fui a un lugar misericordioso para pasar en él mis últimas horas en Piter. Hacia las seis de la mañana salí de allí sin un céntimo en los bolsillos, ¡me había quedado limpio jugando a las cartas! Curiosamente, fue un camarada fiscal el que me limpió, incluso me conmovió su talento, ganó sin ninguna indulgencia… ¡sí!… ¿Adónde podía ir yo? Me fui, no sé a qué, a la estación Moskovski, llegué, me abrí paso a empujones, y vi que salía un tren para Moscú. Entré en un vagón y me senté. Avancé dos estaciones, me echaron triunfalmente. Querían levantar acta, me preguntaron que quién era yo, les mostré mi certificado y me dejaron en paz. “Váyase, dicen, lejos”. Me voy. Anduve unas diez verstas, me cansé y sentí que necesitaba comer. Una casilla. Un guarda de línea. Voy hacia él: “¡¿Me darías, amigote, un trozo de pan?!”. Me miró y me dio no sólo pan, sino también una gran taza de leche. E hice noche donde él, era mi primera vez como vagabundo, al aire libre, sobre el heno, en el campo, detrás de la casilla. Desperté al día siguiente, brillaba el sol, el aire picaba como si fuera champán, verde, pájaros. Cogí aún más pan del guarda y me fui.
       Usted debería comprender esto: en la vida de vagabundo hay algo absorbente, que te devora. Es agradable sentirse libre de las obligaciones, de los pequeños lazos que vinculan tu vida al resto de personas… de cualesquiera insignificancias, antes de que acorralen tu vida y ya no sea un placer sino una carga aburrida… un pesado cesto de obligaciones… Como la obligación de vestirse correctamente, hablar correctamente… y hacerlo todo como es costumbre, no como a ti te apetece. Al encontrarte con un conocido es preciso, según la costumbre, decirle ¡hola!, y no ¡muérete!, como a veces apetece decir.
       En general, si somos sinceros, todas estas solemne-estúpidas relaciones que se establecen entre la gente honrada de la ciudad ¡son una aburrida comedia! Es más, una vil comedia porque nadie llama a nadie a la cara idiota, ni canalla… y si alguna vez se hace esto, es sólo en un ataque de esa sinceridad llamada cólera…
       Y como vagabundo vives al margen de todas esas pejigueras… El propio hecho de que tú sin pena hayas renunciado a diferentes comodidades de la vida y puedas sobrevivir sin ellas, de alguna manera eleva agradablemente tu autoestima. Te haces tolerante contigo mismo sin volver la mirada atrás, si bien yo conmigo nunca he sido severo, no me llamaba al orden, ni me dolieron nunca las muelas de mi conciencia, ni arañé mi corazón con las uñas de mi mente. ¿Sabe?, yo pronto y casi sin sentirlo hice mía con firmeza la más simple y sabia filosofía: vivas como vivas, morirás; para qué discutir con uno mismo, ¿para qué tirar de uno por el rabo hacia la izquierda, cuando tu naturaleza empuja poderosamente hacia la derecha? Y a la gente que se parte en dos no la soporto… ¿En provecho de qué se esfuerzan? Alguna vez he conversado con chiflados de esos. Le preguntas: “¿De qué te quejas, amigo, por qué, hermano, alborotas?”. “Aspiro, dice, a la perfección…”. “¿Para qué?”. “¿Cómo que para qué? En el perfeccionamiento del individuo reside el sentido de la vida…”. “Bueno, yo esto no lo entiendo; en el perfeccionamiento del árbol el sentido está claro: será perfeccionado hasta que sirva para el trabajo y pueda ser empleado como pértigo, ataúd o cualquier otra cosa útil para el hombre… ¡Está bien! Tú te perfeccionas, eso es asunto tuyo; pero, dime, ¿por qué me importunas y quieres convertirme a tu fe?”. “Porque tú, bestia, dice, no buscas el sentido de la vida”. “Pero es que yo ya lo encontré, puesto que la conciencia de mi bestialidad no me abruma”. “Mientes, dice. Si lo reconoces, debes corregirte”. “¿Cómo corregirse? Dado que vivo en el mundo conmigo mismo, la mente y el sentimiento en mí son una única esencia, ¡la palabra y la acción están en completa armonía!”. “Eso, dice, es una infamia y un cinismo…”. Y así razonan todos ellos, o al menos tenían la costumbre de hacerlo así. Siento que mienten y son tontos; siento eso y no puedo sino despreciarlos. ¡Porque yo a la gente la conozco! Si todo lo que hoy es vil, sucio y malo lo declaras mañana honrado, limpio y bueno, todos estos jetas, sin tener que hacer ningún esfuerzo, mañana serán absolutamente honrados, limpios y buenos. Para ello sólo necesitan una cosa: destruir su cobardía. Ya ves. ¿Que es muy duro esto, dice? No importa, pasará. Será duro, pero es justo… Yo, ¿ve?, considero lo siguiente: sirve a dios o al diablo, pero no a dios y al diablo. Un buen villano siempre es mejor que un mal honrado. Hay negro y hay blanco, mézclalos y saldrá sucio. Durante toda mi vida me he encontrado únicamente malos honrados, de aquellos, ¿sabe?, cuya honradez se compone de trozos, como si la hubieran recogido al pie de las ventanas, cual mendigos. Tal honradez multicolor está mal encolada, tiene grietas… Y todavía queda la honradez de los libros, aprendida de la lectura y que sirve a la persona, igual que sus mejores pantalones, para las situaciones de gala. Y en general todo lo bueno de la mayoría de las buenas personas es festivo y forzado; lo retienen no en ellos, sino con ellos, para exhibir, para chulería de unos delante de otros… Encontré personas que eran buenas por naturaleza… pero se encuentran muy raramente y prácticamente sólo entre las gentes sencillas, fuera de las murallas de la ciudad… ¡Sientes inmediatamente que son buenos! Y ves que nacieron buenos… sí.
       Y además, ¡al diablo con ellos, con todos, con los buenos y con los malos! ¡No quiero conocer ni a Hécuba!
       Le cuento hechos de mi vida concisa y superficialmente, y a usted le cuesta trabajo comprender por qué y cómo… Pero la esencia no está en los hechos, sino en los estados de ánimo. Los hechos son únicamente porquería y basura. Yo puedo llevar a cabo muchos hechos si quiero… cojo así un cuchillo y se lo clavo a usted en la garganta, será un hecho delictivo… Sin embargo, si empujo el cuchillo contra mí mismo, también será un hecho… resumiendo, se pueden realizar los más variados hechos, ¡si el estado de ánimo lo permite! El meollo de la cuestión reside en los estados de ánimo: ellos envilecen los hechos, y ellos crean los pensamientos, los ideales… ¿Y sabe usted lo que es un ideal? Es sencillamente una muleta, inventada en aquellos tiempos en los que el hombre se convirtió en una mala bestia y empezó a andar sobre las patas traseras. Al levantar la cabeza de la tierra, vio sobre ella el cielo y fue cegado por la magnificencia de su claridad. Entonces, por estupidez, se dijo: ¡lo alcanzaré! Y desde entonces deambula por la tierra con esta muleta, sosteniéndose todavía con su ayuda hasta el día de hoy sobre las patas traseras.
       Usted no vaya a pensar que yo también conquistaré el cielo, nunca sentí ese deseo… eso lo he dicho así por decir algo bonito.
       No obstante, la historia esta otra vez me ha atrapado. ¡No importa! En verdad, sólo en las novelas los cúmulos de acontecimientos son desplegados correctamente, nuestra vida es una madejilla enredada. Además, por las novelas pagan dinero, y yo me estoy molestando gratis: ¡el diablo sabe para qué!…
       Bueno, a ver, me gustó esta peregrinación, y aún me gustó más cuando rápidamente descubrí los medios de alimentación. Una vez que iba caminando vi que a lo lejos resplandecía una hacienda, y que salían a mi encuentro, entre las altas espigas de cereal, tres agradables figuras: un hombre y dos damas. El hombre de barba ya entrecana, con gafas y muy agradable, las damas con aspecto extenuado, pero también agradable. Puse cara de mártir, llegué a su altura y les pedí permiso para pasar la noche en la hacienda. Me dieron permiso y se miraron entre ellos de manera muy significativa. Les hice una reverencia, les di las gracias y seguí sin apresurarme. Dieron la vuelta y vinieron tras de mí. Entablaron conversación, que quién era, de dónde, de qué familia. Era gente humanitaria, de pensamiento liberal, y ellos mismos me apuntaban las respuestas, así que para cuando llegamos a la hacienda, ¡resultó que les había mentido el diablo sabe cuánto! Como si yo estudiara y enseñara al pueblo, y mi alma fuera presa de diferentes ideas, etcétera… Y, ¡por Dios!, todo esto sucedió únicamente porque ellos quisieron, yo lo único que hice fue no impedir que me tomaran por lo que me tomaron. Cuando me di cuenta de lo difícil que era el papel que debía interpretar para ellos, me sentí un poco mal. Pero después de la cena comprendí que interpretar ese papel tenía interés, ¡máxime con lo divinamente sabroso que comían! Comían con sentimiento, comían como gente educada. Después me acompañaron a una pequeña habitación, el hombre me facilitó unos pantalones y demás, vamos, que se portó conmigo humanitariamente. Y bien, ¡por eso di rienda suelta a mi imaginación!
       ¡Virgen Santísima, cómo mentí! ¡Qué tiene que ver Jlestakov! [el personaje de la comedia El inspector de Gógol, que es un impostor] ¡Un idiota, Jlestakov! Mentí sin perder nunca la conciencia de que estaba mintiendo, incluso con deleite de cómo mentía. Mentí de tal modo que, se lo digo, ¡hasta el Mar Negro se habría ruborizado si me hubiera escuchado! Estas buenas gentes escuchaban con deleite, escuchaban y me alimentaban, y me agasajaban, como si fuera un bebé enfermo pariente suyo. Y yo en agradecimiento continuaba mintiéndoles. ¡He ahí cuando me fueron de utilidad los libros que en algún momento había leído y las discusiones de los fariseos de mi mujer!
       Mentir hábilmente es un gran placer, se lo digo. Si mientes y ves que te creen, te sientes elevado por encima de la gente, y sentirse superior a los demás siempre es un placer. Apoderarse de su atención y pensar para uno mismo: “¡Idiotas!”. Dejar con un palmo de narices a alguien siempre es agradable. Sí, y a ese alguien también le resulta agradable escuchar una buena mentira que le halague el oído. Y puede ser que cualquier mentira sea buena o, al contrario, que todo lo bueno sea mentira. Apenas hay en el mundo algo a lo que se preste más atención que a ciertas invenciones humanas: sueños, fantasías y demás. Tomemos, por ejemplo, el amor: yo siempre amé en las mujeres precisamente aquello que ellas nunca tenían y de lo que yo habitualmente las dotaba. Y eso era lo mejor en ellas. Ocurre que ves una muchachita fresca e inmediatamente piensas: debe abrazar así, debe besar asá. Desnuda debe ser de esta manera, llorando de esta otra y contenta de aquella otra. Después, sin darte cuenta, te convences de que es así, exactamente así como tú quieres… Y se entiende que al conocerla y saber cómo es en realidad, ¡ya estás hasta el cuello! Pero esto no es importante ya que no se puede ser enemigo del fuego sólo porque de vez en cuando quema, hay que recordar que siempre calienta, ¿o no? Pues bien… Por la misma razón no se puede decir que la mentira sea nociva, denigrarla por todos los medios, preferir la verdad… todavía no está claro qué es esa verdad, nadie vio su pasaporte… y puede ser que, al presentar los documentos, resulte ser dios sabe qué…
       De todas formas yo, como Sócrates, filosofo en lugar de hacer algo…
       Mentí a aquella buena gente hasta agotar mi imaginación y, cuando supe que corría el peligro de resultarles aburrido, me fui lejos; viví con ellos tres semanas. Me fui bien abastecido para el camino, así que dirigí mis pasos hacia la estación más cercana, con el objetivo de ir a Moscú. De Moscú a Tula viajé gratis, por inadvertencia de los conductores.
       Y heme en Tula ante el comisario de policía. Me mira y me pregunta: “¿A qué piensa dedicarse aquí?”. “No sé”, digo. “¿Y por qué, dice, le echaron de Petersburgo?”. “Eso tampoco lo sé”. “Evidentemente, dice, ¿por alguna muchacha, por algo no previsto en el código penal?”, pregunta con perspicacia. Pero yo permanezco impasible. “Es usted una persona incómoda”, dice. “¡Cada uno, dice, tiene su especialidad, buen señor!”. Pensó, pensó, ¿y qué me propuso? “Como usted mismo escogió el lugar para vivir, dice, si esto no le gusta, puede ir a otro lugar. Hay otras ciudades, por ejemplo, Orel, Kursk, Smolensk… Ya que a usted le da igual dónde vivir, ¿no sería mejor que le diera otro certificado de tránsito? Para nosotros será muy agradable no tener que preocuparnos por su salud. Aquí tenemos tal cantidad de diligencias… y usted, dice, disculpe la sinceridad, parece una persona absolutamente capaz de aumentar las diligencias de la policía… incluso como si hubiera sido creado para ese fin”. “Ya, digo, pero a mí aquí me gusta…”. “Bueno, dice, ¿quiere que le de un billete de tres rublos para el camino?”. “En poco, digo, valora su trabajo… Mejor permítame quedarme al amparo de las leyes de Tula”. Pero él no me quiere de ninguna de las maneras… ¡Era un hombre inteligente! Y bien, le saqué quince rublos y me fui a la ciudad de Smolensk. ¿Ve? Toda mala situación de una persona tiene posibilidades de mejorar. Lo digo basándome en una sólida experiencia y por la fuerza de mi fe en la destreza de la mente humana. ¡La mente es el poder! Usted todavía es un hombre joven, y mire lo que le digo: ¡tenga fe en la mente y no se perderá nunca! Sepa que cada persona guarda en sí un idiota y un estafador: el idiota es el sentimiento, y el estafador, la inteligencia. El sentimiento, porque es tonto, directamente se sincera y no sabe fingir, ¿y acaso se puede vivir sin fingir? Es imprescindible fingir, incluso por compasión hacia las personas, es necesario, porque las personas siempre están necesitadas de piedad… y, sobre todo, cuando ellas precisamente compadecen a otras…
       Así que me fui a Smolensk sintiendo que la tierra estaba firme bajo mis pies, y sabiendo que siempre puedo contar, por una parte, con la ayuda de las personas humanitarias, y por otra con el apoyo de la policía. Los primeros me necesitan para la exteriorización de sus sentimientos, y los segundos no me necesitan; por eso unos y otros deberán pagarme de sus excedentes.
       Llegué a Smolensk y como ya hacía frío decidí quedarme a pasar el invierno. Rápidamente encontré buenas personas y me instalé con ellas. No estuvo mal, pasé el invierno entretenido. Pero he aquí que llegó la primavera y, ¿puede creerlo? ¡Tiró de mí! Me apetecía vagabundear… ¿Quién me lo impedía? Me fui y de nuevo anduve pendoneando todo el verano y en invierno caí en la ciudad de Elizavetgrad. ¡Caí allí y no hubo manera de que pudiera acomodarme con nadie! ¡Luché, luché y al final encontré mi camino! Me enrolé con los reporteros del periódico local, un trabajo insignificante pero libre y que daba algo de forraje. Después conocí a los cadetes, en esa ciudad hay una academia de caballería, y una vez que nos hubimos conocido, formamos una timba. Una buena timba era; aquel invierno junté cerca de mil rublos. Y de nuevo llegó la primavera. Me encontró con dinero, con aspecto de gentleman.
       ¿Adónde voy? A la ciudad de Slaviansk, a los baños. Allí jugué exitosamente hasta agosto, y ese mes me vi obligado a irme. Pasé el invierno en Zhitomir con una tía, era una basura considerable, ¡pero de una belleza sin parangón!
       Así viví los años de mi destierro de Piter y volví allí de nuevo. ¡El diablo sabrá por qué, pero siempre me atrajo! Llegué como un gentleman, con posibles. Encuentro a conocidos, ¿y qué sucede? Sabían de mi aventura entre los liberales de la región de Moscú. Todos sabían cómo había vivido en la hacienda de los Ivanov durante tres semanas, alimentando sus hambrientas almas con los frutos de mi fantasía, y cómo había actuado con los Petrov, y cómo había ofendido a Vasilev. ¿Qué se le va a hacer? Las cosas son como son. Si te cierran siete puertas, abre otras diez… ¡Pero no tuve suerte! ¡Intenté con todas mis fuerzas conseguir una posición estable en la sociedad, y no lo conseguí! O yo mismo había perdido en esos tres años mi capacidad de llevarme bien con la gente, o esa gente se había hecho en ese tiempo más astuta. Así que, cuando me vi en un verdadero aprieto, el diablo me empujó a ofrecer mis servicios a la policía secreta. Me ofrecí en calidad de agente para la vigilancia de las casas de juego. Me cogieron. Las condiciones eran buenas. A esa profesión secreta unía otra conocida: empecé a hacer reportajes para un periódico. Hacía la crónica de sucesos, y a veces escribía folletines. Y después jugaba. Y me aficioné al juego, me aficioné hasta tal punto que se me olvidó informar sobre él al jefe. Me olvidé completamente, ¿sabe?, de que esa era mi obligación. Y cuando perdía me acordaba: ¡y bien, hay que informar! Pero no, pensaba para mí, primero me desquito y luego informo. Aplacé así el cumplimiento de la obligación mucho tiempo, hasta que fui pillado en la mesa de juego, en el lugar del delito, por la policía. Por supuesto, los policías me abochornaron públicamente al identificarme como uno de ellos. Y al día siguiente me citaron donde corresponde, hicieron una amonestación muy cruel, me dijeron que no tengo la más mínima conciencia y me desterraron de la ciudad… ¡otra vez me desterraron! Sin derecho a volver en un período de diez años.
       Llevo seis años viajando y no está mal, no me quejo a mi dios de mi suerte. De este tiempo no le voy a contar nada porque es demasiado monótono… y diverso. En general, es una vida alegre, de pájaros. Únicamente grano falta a veces… pero no hay que ser demasiado exigente, teniendo en cuenta que incluso aquellos que están en el trono no experimentan solo placer. En una vida como esta no hay obligaciones, esa es la primera ventaja, y no hay leyes, aparte de las leyes de la naturaleza, esa es la segunda. Por supuesto, los señores policías rurales de grado inferior a veces molestan, pero hay pulgas hasta en los mejores hoteles… A cambio usted puede ir a la derecha, a la izquierda, adelante, atrás, a cualquier sitio que le atraiga, y si no le atrae ningún lugar, será abastecido de pan por el aldeano, es bueno y siempre da; abastécete de pan y túmbate, mientras no tire de ti algún lugar…
       ¡Dónde no habré estado! He estado en las colonias tolstoianas, y me he alimentado en las cocinas de las mercaderas de Moscú. He vivido en el monasterio de las Cuevas de Kiev y en Novy Afón. He estado en Chenstojov y en Murom. A veces me parece que ya encamino mis pasos por segunda vez por todos los senderos del imperio ruso. ¡Y en cuanto se me presente la ocasión de cambiar de apariencia, me largo al extranjero! Tiraré para Rumanía, y desde allí todos los caminos estarán abiertos. Porque en Rusia ya me aburro. Y aquí “todo lo que puedo hacer, ya lo he hecho”.
       Pienso que, en realidad, en estos seis años he hecho muchas cosas. ¡Cuántas palabras hermosas he dicho, qué maravillas he relatado! Llegas, ¿sabe?, a una aldea, pides un lugar donde pasar la noche, y cuando te alimentan, ¡das cuerda a tu fantasía! Es posible que hasta sectas nuevas haya fundado, ya que mucho, muchísimo he hablado de las Escrituras. Y el aldeano a las Escrituras es sensible y sobre dos palabras puede construir tal nueva creencia que vaya… ¡Y cuánto he inventado sobre las leyes de la parcelación y la repartición de la tierra! Sí, le he echado mucha imaginación a la vida.
       Sí, así es como vivo… Vivo y creo. Si deseo llevar una vida sedentaria, lo consigo inmediatamente, ya que soy inteligente y me valoran las mujeres. He aquí que llego a Nikoláiev y voy al barrio Nikoláievski, donde vive la hija de un soldado de Nikoláiev. Una mujer viuda, hermosa y acomodada. Voy adonde ella y le digo: “¡Caperucita! ¡Vamos, prepárame un baño! Lávame y vísteme y estaré contigo eternamente”. Siempre me lo hace todo… Y si se ha llevado un amante mientras yo no estaba, lo echará. Podría vivir en su casa un mes o más, lo que yo quisiera. Viví en su casa, por tercer año, dos meses de invierno, otros años había estado hasta tres meses… hubiera vivido todo el invierno si ella hubiera sido más inteligente pero me aburría mucho con ella. Excepto de su huerta, que le proporciona dos mil al año, la tía no quiere saber de nada.
       Y entonces me fui a Kubán, a la stanitsa [un pueblo de cosacos] de Labinski. Allí hay un cosaco, Piotr Chiorny, que me considera un hombre santo, muchos me consideran un hombre de vida honrada. Mucha gente sencilla y creyente me dice: “Toma, padrecito, coge esto y enciende una vela al santo cuando estés allí…”. Lo cojo. Yo valoro a los creyentes y no quiero ofenderles con la abominable verdad, diciéndoles que con su óbolo sincero no pondré una vela a un santo sino que me compraré tabaco…
       Hay también muchos atractivos incluso en la conciencia del propio distanciamiento de la gente, en la clara comprensión de la altura y solidez de este muro de pecados que yo mismo he construido libremente frente a ellos. Y mucha dulzura y acidez en el riesgo permanente de ser descubierto. ¡La vida es un juego! Siempre lo juego todo, o sea nada, a una carta, y siempre gano… sin riesgo de perder otra cosa que no sea mi vida. Pero estoy convencido de que si en algún momento llegan a pegarme, no me mutilarán, me matarán. Es imposible ofenderse por ello, y sería idiota temerlo.
       Y bien, joven, le he contado mi historia. Incluso con batallitas la he contado, aunque en mi historia haya habido también filosofía. ¿Y sabe? Me gusta lo que he contado. Me parece que la he contado de manera honrada. Es más, es probable que haya inventado mucho, pero realmente, si he mentido, he mentido en los hechos. No se fije en ellos sino en mi capacidad de exposición, hecha, se lo aseguro, con toda mi alma. Le he servido un guiso de fantasía con salsa de purísima verdad…
       Y a fin de cuentas, ¿a santo de qué le he contado todo esto? Porque siento, querido mío, que apenas me cree… Me alegro por usted. ¡Bien! ¡No crea al hombre! Porque siempre, cuando habla de sí mismo, ¡miente! Miente en la desgracia para despertar hacia él más compasión, y miente en la felicidad para que le envidien más, en todos los casos para aumentar la atención que le prestan.




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