Maksim Gorki
(Nizhni Nóvgorod, Rusia, 1868 - Moscú, 1936)


Vuelven (1913)
(“Едут...”)
Originalmente publicado en el periódico Русское слово, Moscú (“La Palabra Rusa”),
Núm. 162 (14 de julio de 1913);
reimpreso, bajo el encabezado По душе (“Me gusta”), en la revista Просвещение (“La Ilustración”)
Núm. 11 (noviembre de 1913); По Руси [Por Rusia] [incluye once cuentos]
(San Petersburgo: Жизнь и знание [Vida y Conocimiento], tomo XIX, 1915)



      Las imponentes rachas de viento de Jiva [ciudad situada al oeste de la república de Uzbekistán, en la frontera con Turkmenistán; fue la capital del janato de Jiva, enfrentado al Imperio ruso en las décadas centrales del siglo XX, hasta que fue dominado por éste en 1873] se estrellaban en las negras montañas de Daguestán [república del Cáucaso norte, ribereña del mar Caspio, integrada en la Federación Rusa]; una vez rechazadas, se precipitaban en las frías aguas del mar Caspio, levantando un oleaje encrespado cerca de la orilla.
       Miles de blancas crestas se elevaban sobre la superficie, girando y danzando, como cristal fundido bullendo en un inmenso caldero. Los pescadores hablan de “mar picada” para referirse a ese juego del viento y el agua.
       Un polvo blanco, formando nubes vaporosas, sobrevolaba el mar, envolviendo una vieja goleta de dos mástiles; venía de Persia, del río Sefid-Rud, y se dirigía a Astracán, con un cargamento de frutos secos: uvas pasas, orejones, melocotones. A bordo viajaba un centenar de pescadores —gente cuya suerte está “en manos de Dios”—, originarios todos de los bosques del alto Volga; hombres sanos, recios, tostados por el viento abrasador, curtidos por las aguas salobres del mar, con barbas crecidas: bestias nobles. Se habían ganado su buen dinero, estaban encantados de volver a casa y alborotaban como osos en cubierta.
       Bajo la blanca casulla de las olas, latía y respiraba el cuerpo verde del mar; la goleta lo penetraba con su afilada proa, igual que un arado labrando los campos, y se hundía hasta la borda en la nieve de su espuma rizada, empapando los foques con las heladas aguas otoñales.
       En las velas, hinchadas como globos, crujían los remiendos; rechinaban las vergas; las jarcias, muy tirantes, zumbaban melodiosamente. Todo estaba en tensión, lanzado en un vuelo impetuoso. En el cielo corrían alocadas las nubes y entre ellas se bañaba un sol de plata; el mar y el cielo tenían una extraña semejanza: también el cielo parecía en ebullición.
       Silbando con furia, el viento arrastraba hasta el mar las voces de los hombres, sus risas profundas, los retazos de su canción; llevaban un buen rato cantando, pero no habían sido capaces de concordar sus voces armoniosamente: el viento iba arrojando a la cara de los cantantes un fino polvo salado, y sólo en algunos momentos se alcanzaba a oír una desgarrada voz femenina, que se elevaba lánguida y lastimera:

Cual serpiente de fuego…

       Un aroma espeso y dulzón brotaba de los hermosos orejones, ni siquiera el intenso olor del mar era capaz de ocultarlo.
       Ya habían dejado atrás Uch-Kosa [el cabo situado en la república de Daguestán, en la orilla occidental del mar Caspio], pronto pasarían junto a la isla de Chechen; son lugares conocidos de antiguo por los rusos: de ahí solían partir los guerreros de Kiev en sus expediciones contra Tabaristán [región histórica del norte de Persia, ribereña del mar Caspio]. A babor, en el límpido azul otoñal, aparecían fugazmente para perderse luego de vista las oscuras montañas del Cáucaso.
       Sentado al pie del palo mayor, con sus anchas espaldas apoyadas en él, viajaba un joven de un tamaño colosal; llevaba una blanca camisa de lienzo y unos pantalones persas de color azul; no tenía barba ni bigote; sus labios eran gruesos y rollizos, sus ojos infantiles, zarcos, muy radiantes, ebrios de alegría juvenil. Tenía las piernas extendidas sobre la cubierta, y en sus rodillas reposaba una joven cortadora de pescado, alta y corpulenta como él. La muchacha, pecosa, con la tez irritada por el viento y el sol, tenía las cejas negras, espesas y grandes como las alas de las golondrinas, y los ojos entrecerrados por el sueño. La cabeza colgaba lánguidamente de las piernas del muchacho, y entre los pliegues de su blusa roja, desabrochada, se alzaban unos pechos firmes, como tallados en marfil, con unos pezones virginales en torno a los cuales las venas dibujaban un arabesco azul.
       El brazo del muchacho, largo y nudoso, descansaba en el pecho izquierdo de la joven, y con su ancha manaza, negra como el hierro colado, acariciaba gravemente su cuerpo rotundo; en la otra mano sostenía una jarra de vino espeso: unas gotas de color lila caían sobre la blanca pechera de su camisa.
       Los hombres los rodeaban, envidiosos; con ávidos ojos palpaban a la muchacha tendida, sujetándose los gorros para que no se los llevaran las rachas de viento y arrebujándose en sus ropas. Más allá del barco, a babor y estribor, observaban las desgreñadas olas verdes; mientras, las nubes se deslizaban por el cielo abigarrado, chillaban las gaviotas insaciables, el sol otoñal parecía bailar en el agua espumeante: tan pronto la revestía con sus sombras azuladas como encendía sobre ella sus piedras preciosas.
       A bordo todo el mundo gritaba, cantaba, reía. Sobre un montón de sacos descansaba un gran odre de vino de Kajetia [región oriental de la república caucásica de Georgia] alrededor del cual se agolpaban unos grandullones de largas barbas. La escena tenía un aire antiguo, legendario: hacía pensar en el regreso de Stepán Razin [Stepán Timoféievich Razin, 1630-1671, cosaco del Don, cabecilla del levantamiento popular de 1670] de su expedición a Persia.
       Los marineros persas, vestidos de azul, huesudos como camellos, mostrando cordialmente sus dientes perlados, contemplaban la alegría de los rusos: en los ojos soñolientos de esos hombres de Oriente brillaban débilmente unas sonrisas enigmáticas.
       Un anciano taciturno, de nariz curva, con un rostro hirsuto de hechicero, desgreñado por el viento, se detuvo al pasar junto al mozo y la mujer, levantó la cabeza con una energía impropia de su edad, y gritó:
       —¡Por todos los diablos! ¿Qué haces ahí tirada? ¡Desvergonzada! Pero ¡si estás medio desnuda!
       La mujer no se movió, no se dignó siquiera abrir los ojos, sólo sus labios temblaron levemente; mientras, el muchacho se estiró, dejó la jarra en la cubierta, colocó también la otra mano en el pecho de la mujer y dijo con determinación:
       —¿Qué pasa, Yákim Petrov? ¿Te da envidia? ¡Peor para ti! ¡Largo de aquí! No se hizo la miel para la boca del asno… —Levantó las manazas y, poniéndolas de nuevo en el pecho de la mujer, añadió triunfante—: ¡Vamos a amamantar a toda Rusia!
       En ese momento la mujer sonrió lentamente y todo —la goleta, los hombres— pareció suspirar a su alrededor, alzarse como un pecho; después una ola golpeó la borda con estrépito, y las gotas saladas salpicaron a todo el mundo, también a la mujer. Entonces ella, entreabriendo los ojos oscuros, dirigió al anciano, al joven, a todos, una mirada amigable y, con mucha calma, se tapó.
       —¡No hace falta! —dijo el joven, apartándole la mano—. ¡Que miren! No te preocupes…
       A popa, hombres y mujeres interpretaban una tonada bailable; una embriagadora voz juvenil cantaba vivamente, pero de forma inteligible:

Para nada necesito tus riquezas,
más preciado que ellas es mi amado…

       Unos taconazos resonaron en la cubierta; alguien ululó como un inmenso búho; un triángulo tintineó con delicadeza; se oyó una zhaleika> [el instrumento de viento tradicional ruso] calmuca [un pueblo de origen mongol presente en la región del Volga inferior desde el siglo XVII] y, en un crescendo, una voz femenina se impuso provocativa:

Aúllan los lobos en los campos:
será que el hambre les aprieta;
podrían zamparse a mi suegro:
¡seguro que es un buen bocado!

       La gente reía a carcajadas, y alguien gritó de un modo ensordecedor:
       —¿Qué dicen los suegros?
       El viento sembró en el mar las risas festivas.
       El mocetón cubrió indolentemente a la mujer con el faldón de su armiak [abrigo tradicional ruso, de tela basta, con capucha y sin botones] y, desencajando sus redondos ojos de chiquillo, dijo, mirando al frente:
       —¡En cuanto lleguemos a casa, todo irá de maravilla! ¡Ay, Maria, ya verás qué bien nos va!
       El sol de alas de fuego volaba hacia occidente; las nubes lo perseguían, pero no le daban alcance, y se asentaban en las cumbres nevadas sobre las negras aristas de las montañas.




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