Grace Paley
(Bronx, Nueva York, 1922 - Thetford, Vermont, 2007)


Amigas
(“Friends”)
Originalmente publicado en The New Yorker (18 de junio de 1979, pág. 32);
Later the Same Day (1985)
[Más tarde, el mismo día (1985)]



      Para aliviarnos, para apaciguar nuestros corazones mientras ella agonizaba, nuestra querida amiga Selena dijo: La vida, después de todo, tampoco ha sido tan espantosa. Os aseguro que he disfrutado de unos años maravillosos con ella.
       Señaló a una niña que asomaba de un retrato colgado en la pared: cabello largo y castaño, pichi blanco, cabeza y hombros erguidos.
       Era impaciente, dijo Susan. Ann cerró los ojos.
       En la misma pared había una fotografía de tres niñas en el patio de un colegio. Iban cogidas de la mano y parecían discutir con calor. Justo en el centro de la mesa camilla, enmarcada, entre colores otoñales, una elegante joven de dieciocho años sobre un imponente caballo; era una consumada amazona, y tenía un aire altivo y seguro de sí mismo. Una noche esa joven, la hija de Selena, fue encontrada muerta en una pensión de una ciudad lejana. Llamó la policía. Dijeron: ¿Tiene una hija que se llama Abby?
       Y también con él, dijo nuestra amiga Selena. Pasamos buenos momentos Max y yo, eso ya lo sabéis.
       No había fotografías de él. Se había casado con otra mujer, y tenía otra robusta niña de unos seis años, a la que jamás le ocurriría nada malo, pensaba su madre.
       Nuestra querida Selena se levantó de la cama. Pesadamente, pero con un gracioso vaivén, arrastraba los pies hacia el baño mientras cantaba «Qué tiempos aquéllos, amigo mío…».
       Después, aquella misma tarde, Ann, Susan y yo padecíamos el viaje de cinco horas en tren hacia casa. Tras una hora de silencio y otra de café y bocadillos que Selena nos había dado para el viaje (mientras los preparaba necesitó apoyar su pesado cuerpo minado contra la mesa de la cocina), Ann dijo: Bueno, no volveremos a verla.
       ¿Quién sabe? De todas formas, daos cuenta de una cosa, dijo Susan. Abby no es la única que ha muerto. ¿Qué me decís de aquel estupendo chaval, Bill Dalrymple, os acordáis? ¿Era objetor de conciencia o desertor? Y Bob Simon. Muertos en accidentes de coche. Matthew, Jeannie, Mike. Y acordaos de Al Lurie —asesinado en la calle Sexta—, y de la pequeña Brenda, muerta por sobredosis en la azotea de tu casa, Ann. Supongo que tenéis tendencia a olvidar. La gente no suele recordar.
       ¿Qué quieres decir con «la gente»?, preguntó Ann. Estás hablando con nosotras.
       Yo empecé a disculparme por no conocerles a todos. Casi todos ellos eran mayores que mis hijos, dije.
       Aunque, claro, la pequeña Abby encajaba perfectamente dentro del tiempo y el espacio que me eran accesibles: el parque, el colegio, nuestra calle. ¡Pero, oh, era cierto! La Abby de Selena no era la única de esa querida generación de nuestros hijos muerta en accidente de automóvil o arrebatada de entre nosotros por la guerra, las drogas, la locura.
       El mayor problema de Selena, dijo Ann…, veréis, ella no nos ha contado la verdad.
       ¿Qué?
       Unas cuantas palabras bien sinceras y acaloradas tienen la suficiente fuerza, opina Ann, como para expulsar de su vida todos los errores químicos de Dios y las rastreras mentiras de la sociedad. Todas, mis amigas y yo, creíamos en esa fuerza, pero es que a veces ese calor…
       En todo caso, siempre estuve convencida de que Selena nos había contado muchas cosas sobre sí misma. Por ejemplo, sabíamos que era huérfana. Había otros seis o siete niños. Ella era la menor. Tenía cuarenta y dos años cuando alguien le contó que su madre no había muerto en el parto. La causa había sido una terrible enfermedad. Y ella había vivido pegada al cuerpo de su madre —a su pecho, mejor dicho— hasta que cumplió ocho meses. ¡Caray!, dijo Selena. ¡Qué alivio! Siempre creí que la había matado yo.
       Qué mierda de familia la tuya, le dijimos. No te escatimaron sufrimientos.
       Oh, la gente, dijo. Olvidadlo. También hicieron mucho por mí. Por mí y por Abby. Olvidadlo. ¿De qué vale acordarse de eso?
       A eso es a lo que me refiero, dijo Ann. Selena tendría que haberlos perseguido con un hacha.
       Más información: las dos hermanas de Selena la llevaron a un hospicio. Se avergonzaban de no poder hacerse cargo de ella con dieciséis y diecinueve años. No paraban de abrazarla. Estaban seguras de que lloraría. La llevan a su habitación —no una habitación, sino un dormitorio con unas ocho camas aproximadamente—. Ésta es tu cama, Lena. Esta mesa es para tus cosas. Este cajoncito es para tu cepillo de dientes. ¿Todo para mí sola?, pregunta. ¿Nadie más puede usarlo? ¿Solamente yo? ¿Nadie más? ¿Artie no puede venir? ¿Franky no puede venir? ¿De verdad?
       Creedme, dijo Selena, los del hospicio fueron tiempos felices.
       Hechos, dijo Ann, nada más que hechos. No necesariamente la verdad.
       No me parece que esté bien quejarse del carácter de los moribundos o sacar sus trapos a relucir. ¿Acaso no es motivo de suficiente asombro la valentía que exige una comunidad tan cerrada, íntima e intencional?
       No serviría de nada no ser valiente, dijo Selena. Ya lo veréis.
       Quería volver a la cama. Susan se ofreció a ayudarla.
       Gracias, dijo nuestra Selena, y se apoyó en otra persona por primera vez en toda su vida. El problema es que cuando me levanto me duele toda la espalda. No tienen modo de arreglarlo. Ni con quimioterapia. Ya no me queda química para la terapéutica. ¡Ja! ¿Sabíais que antes de venir a Nueva York y de conoceros, yo trabajaba en un hospital? Era la supervisora de ginecología. Enfermera, vaya. Los médicos eran mis amigos. Por entonces no eran tan presumidos. David Clark, un gran cirujano. Cuando vino, la semana pasada, no se atrevió a mirarme. Sólo decía: Lena… Lena…, en ese tono. Estuvimos en el norte de África el mismo año; en el 44, creo. Le dije, Davy, ya llevo trajinando demasiado tiempo. Tampoco es que me haya perdido gran cosa. Él lo sabe. Pero no quise hacer que me mirara. ¡Uf! Estos malditos pies me hacen perder los estribos.
       Las últimas investigaciones, dijo Susan, dicen que son los estribos los que pierden a los pies.
       Siempre se entera una de algo nuevo, dijo Selena, nuestra querida amiga.
       Camino de la cama se detuvo ante su escritorio. Encima había esparcidas cerca de veinte fotos: la recién nacida, la niña, la joven. Toma, me dijo, quédate con ésta. Es una foto de Abby y tu Richard delante del colegio, ¿iban a tercero? ¡Vaya día! ¡El espectáculo que montaron esos chicos! ¡Menuda pandilla! ¿Qué hace Richard ahora?
       ¡Oh, cualquiera sabe! Estará trotando por algún sitio. En España. Ahora toca España. ¡Cualquiera sabe por dónde anda! Todos son iguales.
       ¿Por qué tuve que decir eso? Sabía perfectamente dónde estaba. Me escribe. Además, encontró una cabina estropeada desde donde estuvo llamando todos los días durante una semana, sobre todo para hacerle encargos a su hermano, pero también para decir: ¿Estás bien, mamá? ¿Qué tal tu nuevo novio? ¿Todavía te sonríe?
       Todos los chicos son iguales, dije.
       Creo que fue sólo por delicadeza por lo que no arrojé la luminosa y alborotada cara de mi hijo a aquella tarde en penumbra. Con doce o trece años, Richard solía decirme: Como esclavos nos venderías con tal que Selena pudiera seguir siendo inocente y feliz. En efecto. Cada vez que Selena decía: No sé, pero Abby tiene unos amigos bien raros, yo le replicaba con este necio consuelo: Tendrías que ver los de Richard.
       El caso es que está en España, dijo Selena. Al menos, sabes eso. Seguro que es interesante. Aprenderá mucho. Richard es un chico excelente, Fe. Se hace el sabihondo, pero no lo es. La noche que Abby murió, cuando la policía me llamó para avisarme, ¿sabes qué? Pues que ésa fue la primera noche en dos años que pude dormir. Y es que sabía dónde estaba.
       Selena habló sin inmutarse; todo aquello le cupo en dos frases.
       Pero Ann, al oírla, dijo: ¡Oh! —una exclamación de la que nos hizo a todas partícipes—, y comenzó a sollozar. La franqueza de Selena fue a clavársele como una flecha directamente en el corazón.
       Siguió un profundo suspiro para enjugar las lágrimas: Yo también quiero una foto, dijo.
       Sí. Sí, espera. Tengo una por aquí. Abby y Judy y ese chico hispano, Víctor. ¿Dónde está? ¡Ah! ¡Aquí!
       Tres chicos de nueve años estaban en el parque, encaramados al sicomoro de largas ramas, meciendo las piernas sobre una sufrida cabeza: cabello largo y oscuro, con raya en medio. ¿No era la cabeza de Kitty?
       Nuestra querida amiga se rió. Otro día espléndido, dijo. ¿O no fue así? Recuerdo cómo les ibais detrás a los hombres vosotras dos. En aquel entonces yo tenía uno, o eso creía. Vaya bobada. Toma, llévatela. Tengo dos copias. Pero tendrías que ampliarla. Cuando la mires, acuérdate de mí. ¡Ja, ja, ja! Bueno, chicas, disculpad, quise decir señoras, ya es hora de que me vaya a descansar.
       Se agarró del brazo de Susan y prosiguió la terrible marcha hacia su cama.
       No nos movíamos. Teníamos un largo viaje por delante, pero habíamos esperado poder partir algo más aliviadas.
       No, dijo. No vais a conseguir más que perder el tren expreso. Además, no me encuentro tan mal. Tengo un montón de calmantes. ¿Veis?
       La mesa estaba repleta de frasquitos.
       Todo lo que quiero es acostarme y pensar en Abby.
       Era cierto, el tren correo podía suponernos dos horas más de viaje. Miré a Ann. A ella le había costado mucho trabajo venir. Pese a todo, no podíamos movernos. Permanecíamos allí, en fila delante de Selena. Tres viejas amigas. Selena apretó los labios y dio a sus ojos una expresión glacial.
       Conozco esa cara. Una vez, ya hace años, cuando los chicos aún eran chicos, la puso con toda modestia ante J. Hoffner, el director de la escuela primaria.
       Él había dicho: ¡No! Sin una preparación específica no puede ser tutora de esos chicos. Los problemas son serios. Es preciso saber cómo enseñar.
       Nuestra Asociación de Padres había decidido ofrecer una tutoría personal para los niños hispanos, que estaban en manos de profesores agotados, y hacinados en aulas abarrotadas de arribistas pequeñoburgueses. El señor Hoffner había dicho, primero en una comunicación escrita, para mostrar seriedad, y luego en un encuentro personal, para demostrar seriedad, que no podía permitirlo. La propia junta de profesores había dicho que no. (Tantos noes iban a dar lugar a terribles acontecimientos en los colegios y barrios de nuestra pobre ciudad tan necesitada de síes.) Pero casi todas las mujeres de nuestra asociación eran independientes; por necesidad y por temperamento. Éramos, en efecto, las almas candorosamente tenaces de la anarquía.
       Aquel año yo tenía los viernes libres. A eso de las once de la mañana evitaba el despacho del director y subía corriendo hasta la cuarta planta. Me llevaba a Robert Figueroa al fondo del vestíbulo, y allí practicábamos el arte de contarnos cuentos durante unos veinte minutos. Después escribíamos las letras del alfabeto que unos extranjeros astutos inventaran hace mucho para burlar el tiempo y la distancia. Aquel día Selena y su testaruda expresión permanecieron al menos dos horas en el despacho. Por fin, el señor Hoffner, asediado, dijo que dado que ella era enfermera, se le permitiría colaborar llevando a los más pequeños a aquellos lavabos tan modernos y complicados. Algunos de esos niños, dijo, acaban de llegar de los bárbaros montes de más allá de Maricao. Selena dijo que sí, que se encargaría de eso. Y en los lavabos se dedicó entonces a enseñar a las niñas cómo debían limpiarse, tal y como había hecho con su pequeña un par de años antes. Luego, hacia las tres, se los llevaba a su casa y les daba galletas y leche. Los alumnos que inauguraron aquel año comieron galletas en la cocina de Selena hasta que terminaron el último curso.
       Ahora bien, ¿qué fue lo que aprendimos el año aquel de mis viernes por la tarde libres? Lo siguiente: Que si bien no podemos cambiar el mundo charlando con los niños de uno en uno, podemos, al menos, conocerlo.
       El hecho es que ahora Selena grababa en nuestra mirada, para recuerdo permanente, aquella valiosa y testaruda expresión suya. Dijo: No. Hacedme caso. Por favor. No tengo demasiado tiempo. Lo que quiero…, lo que quiero es acostarme y pensar en Abby. Sólo eso. Únicamente pensar en ella, ¿entendéis?

       En cuanto subimos al tren, Susan se quedó dormida. De vez en cuando se despertaba, debido al tremendo zarandeo de que éramos objeto por la velocidad de las nuevas ruedas y la resistencia de los viejos raíles. Una de esas veces abrió los ojos de par en par y dijo: ¿Sabéis qué os digo?, que Ann tiene razón. Una no cae enferma porque sí. Quiero decir que ni tan siquiera le nombró.
       ¿Y por qué tendría que haberlo hecho? Si no le ha vuelto a ver, dije. Sigues pensando que siempre tiene que haber un hombre detrás de todo, Susan, como tantas mujeres.
       ¿Ah, sí? ¿Y tú no? En todo caso, a él se le veía a menudo por allí. Iba casi a diario cuando murió la niña.
       Abby. No me gustaba que se dijera «la niña». Había que decir «Abby», al igual que decíamos «Selena», de manera que los nombres tomaran cuerpo y vigor para caer por su propio peso sobre el mundo.
       Verás, Abby era una chica estupenda. Fue compañera de Richard hasta que terminaron la secundaria. Fue siempre una chica de gran corazón, inmensamente buena (tratándose de una niña, quiero decir). Y lista.
       Desde luego, dijo Ann, buenísima. Le quitó a Selena hasta la camiseta. Naturalmente, todos, chicas y chicos, eran estupendos.
       Chrissy sí que es estupenda, dijo Susan.
       En efecto, dije.
       Los niños que tienen hermanos mayores y menores no suelen serlo, pero ella lo es. Se costeó sola los estudios —yo no tenía un céntimo—, y ahora le han dado una beca. Además, nunca ha dejado que los chicos le hagan cochinadas. No es de ésas.
       Ann avanzó tambaleándose por el pasillo en dirección al baño. Antes de levantarse había dicho: Oh, sí, todos ellos, sencillamente, son es-tu-pen-dos.
       Yo quería a Selena, dijo Susan, pero jamás llegó a franquearse del todo conmigo. A lo mejor se confió más a vosotras, y os habló de cosas. De hombres.
       Luego volvió a quedarse dormida.
       Ann se sentó frente a mí. Me miraba fijamente con los ojos casi cerrados, lo cual suele connotar acusación.
       Ten cuidado. Estás echando a perder el mohín de tu risa, le dije.
       Vete a la mierda. No haces más que reírte de los demás. ¿Te das cuenta de que no sé dónde está Mickey? Claro, tú has tenido suerte. Siempre la has tenido. Desde niña. La mimada de papá y mamá.
       Como es norma en las discusiones, dije un par de cosas en voz alta y me reservé otras tantas observaciones sistematizadas para la reflexión interior y la ecuanimidad. Pensé: Pero si ni siquiera conoce a mis viejos. Y también: Qué manera tan ruin de hablar. ¿Suerte? ¿No es eso casi un insulto?
       Dije: Annie, solamente tengo cuarenta y ocho años. Me queda un montón de tiempo para ser totalmente desgraciada; mientras viva, claro está.
       Luego intenté tocar madera, pero los asientos eran de felpa y los respaldos de plástico. ¡Madera!, grité. ¡Por favor, un trozo de madera! ¿No hay nadie aquí que tenga un fósforo?
       Oh, cierra la boca, dijo. En todo caso, la muerte no es lo que cuenta.
       Traté de imaginarme un par de desgracias tan irreversibles como la muerte. Cierto es, sin embargo, que mi vida no tiene ni punto de comparación con la de ella: un hijo, un chico de quince años, que se diluye delante de tus propios ojos en medio de una luz o unas tinieblas que le pertenecen, y de donde ni las caricias ni los golpes consiguen sacarlo. Si gritas: Vuelve, vuelve, no volverá. Mickey, Mickey, Mickey, chillamos una vez, como si estuviera a veinte kilómetros cuando en realidad estaba delante de nosotras en una silla de la cocina. Pero se negó a volver. Y cuando lo hizo, doce horas más tarde, fue para marcharse inmediatamente a California.
       Bueno, a mí también me han ocurrido desgracias, dije.
       Dime una. Que naciste mujer. ¿No es eso?
       Ahora era ella quien se burlaba de mí, ya que aludía a una vieja discusión sobre feminismo y judaísmo. Lo cierto es que, desde el prisma de los ismos, esas dos cuestiones deben contemplarse juntas de vez en cuando.
       Verás, dije, mi madre murió hace un par de años, y eso todavía me duele. Cada vez que me viene a la mente la palabra Mamá se me corta la respiración. La añoro. Tú deberías entenderlo. Tu madre tiene setenta y seis años. Has de reconocer que es una dicha tenerla contigo todavía.
       Se encuentra muy enferma, dijo Ann. Está entre la vida y la muerte.
       Preferí no describir la muerte de mi madre. Podría haberlo hecho para que Ann se sintiera todavía peor. Pero opté por reservarme ese relato para cuando volviera a atacarme. Las convulsiones de su espíritu la oprimían cada vez más. Probablemente, estaba a punto de nacer una gran enemistad.
       Los ojos de Susan se abrieron. La muerte o agonía de un ser querido o cercano suele volver irritable a la gente, afirmó. (Va a un curso de relaciones e interrelaciones). Técnicas para el Trato Personal y en Comunidad, así es como se titula mi seminario. Se trata de un curso formidable, digas lo que digas.
       Mientras hablábamos, íbamos dejando atrás una serie de ciudades, que avanzaban en dirección contraria. Había intentado ver New London a través de la opacidad de las ventanillas. En aquel momento me estaba perdiendo New Haven. El revisor explicó, sonriendo: Señora, si las ventanillas estuvieran limpias, la mitad de ustedes habría muerto. Hay francotiradores a todo lo largo de las vías.
       ¿Os lo habéis creído? Odio que la gente hable de ese modo.
       A lo mejor exagera, dijo Susan, pero no se te ocurra limpiar la ventanilla.
       Un hombre se asomó desde el pasillo. Señoras, dijo, yo sí que lo creo. Conforme a lo que he oído decir sobre esta zona del país, no me parece improbable.
       Susan se volvió para ver si merecía la pena entablar una discusión política.
       Ya os habéis olvidado de Selena, dijo Ann. Todas, todas la hemos olvidado. Luego celebraremos un bonito funeral, cada una de nosotras se pondrá de pie y dirá unas palabras, y después la volveremos a olvidar; para siempre. ¿Tú qué dirás en la ceremonia, Fe?
       No deberías hablar así. Todavía no se ha muerto, Annie.
       Sí, está muerta, dijo Ann.
       Al día siguiente supimos que, con más o menos una o dos horas de diferencia, Ann había acertado. Fue una combinación —dijo David Clark, el cirujano— de la enfermedad que la tenía al borde de la muerte y de todos los frasquitos que llenaban su mesita de noche.
       ¿Por qué te tomas todas esas hormonas?, le había preguntado Susan a Selena un par de años antes. Estaban de visita en Nueva Orleans. Era martes de carnaval.
       Oh, sobre todo, son vitaminas, dijo Selena. Además, quiero sentirme joven y bella. E hizo una graciosa pirueta.
       Susan dijo: Eso es absolutamente ridículo.
       Pero Susan es siete u ocho años más joven que Selena. ¿Qué sabía ella? La gente quiere sentirse joven y bella. Cuando se cruzan por la calle varones o hembras que se están volviendo viejos, se miran mutuamente a la cara con cierto rubor. Es obvio que quieren decirse: Discúlpame, no pretendía llamar tu atención sobre nuestra condición de mortales sometidos a la gravedad. No era mi intención recordarte, querido amigo, nuestro inminente desahucio, primero de la vitalidad, y luego de la vida. A lo que, en la mayoría de los casos, los ojos del amigo replican cortésmente: No te preocupes, querido. Apenas si lo he notado.
       Afortunadamente, hace poco aprendí a escapar de ese profundo pozo de melancolía. Cualquiera puede hacerlo. Es cosa de aferrarse a las raíces del más mínimo futuro, a veces simples fragmentos de conversación. Hay quienes piensan, sin embargo, que si uno no se hunde más y más cada vez, pierde el sentido de lo profundo.
       Susan, pregunté, ¿todavía ves a Ed Flores?
       Ha vuelto con su mujer.
       Has tenido suerte de que no te matara, dijo Ann. Yo jamás haría el tonto con un chico hispano. Todos tienen una mujerona en su barrio.
       No, dijo Susan, ella no es de las típicas. La conocí en una reunión. Tuvimos una agradable charla. Luisa es una mujer excelente. Es una de las que llevan la asociación de oficinistas de la que os hablé. Dice que sólo lo necesita dos años más. Porque en su barrio hace falta que alguien cuide de las niñas. Y es que, definitivamente, ése no es un buen barrio. Él es un buen padre, pero no un gran marido.
       A buen entendedor pocas palabras bastan.
       Bueno, ya me conocéis. Yo no necesito marido. Me gusta tener a un hombre cerca. Me horroriza pasarme sin él. Pero fijaos en esto. Ella, Luisa, me susurra al oído el otro día: Suzie, susurra, si dentro de dos años sigues queriéndole, te prometo que será tuyo. Y la verdad es que para entonces puede que todavía le quiera. Ahora no tiene más de cuarenta y cinco años. Aún le quedan muchos bríos. Dentro de dos años yo tendré el título. Chrissy ya se habrá marchado de casa.
       ¡Dos años! Dentro de dos años estaremos todos muertos, dijo Ann.
       Yo sabía que no se refería a nosotras. Se refería a Mickey. A ese chico suyo seguramente terminarán matándolo en un antro o un prostíbulo cualquiera de Chicago, Nueva Orleans o San Francisco. Estoy en una ciudad grande y hermosa, dijo cuando llamó el mes pasado. A su lado, Nueva York parece un cubo de basura.
       ¿Dónde? ¡Mickey!
       ¡Ja, ja, ja!, dijo, y colgó.
       Un día de éstos lo detendrán por vagancia, trapicheo, pequeños hurtos o, simplemente, por gritar palabrotas bajo la ventana de un honesto ciudadano. Entonces Ann tomará o no el avión a la ciudad para sacarle del aprieto, según la confluencia del estado de sus finanzas y el consejo del psiquiatra.
       ¿Cómo está Mickey?, había dicho Selena. Fue, en realidad, lo primero que dijo en cuanto entramos, solemnes y desconcertadas, en su diáfana habitación, invadida por las luces y las sombras de los cimbreantes árboles del patio. Dijimos, cada una a su modo: ¿Cómo te encuentras, Selena? Y ella dijo: Bueno, lo primero es lo primero. Hablemos de cosas importantes. ¿Cómo está Richard? ¿Cómo está Tonto? ¿Cómo está John? ¿Cómo está Chrissy? ¿Cómo está Judy? ¿Cómo está Mickey?
       No quiero hablar de Mickey, dijo Ann.
       Venga, háblanos de él; habla de él, dijo Selena, y cogió la mano de Ann. Pensemos todas en él antes de que sea demasiado tarde. ¿Cómo comenzó todo? ¡Oh, por el amor de Dios, habla de él!
       Susan y yo éramos lo bastante discretas para mantener la boca cerrada.
       Nadie lo sabe, nadie sabe nada. ¿Por qué? ¿Dónde? Todo el mundo tiene una idea, teorías, escribe artículos. Pero nadie sabe nada.
       El tono de Ann no era gimoteante, sino severo. No se iba a rendir a la ternura de Selena, pero ahora estaba mucho más cómoda en su silla gracias a la mención del nombre de Mickey por parte de Selena. Yo observaba. Era interesante. Ann aspiraba y espiraba con fuerza, tal y como nos habían enseñado a hacer en nuestra clase de yoga de los jueves por la noche. Estaba capacitada para relajar un poco su cuerpo.
       Avanzábamos sobre los carriles de la hondonada que llaman la Park Avenue del Bronx. Susan, de espaldas a nosotras, hablaba con el hombre sentado al otro lado del pasillo. Le explicaba que la guerra de Vietnam aún no había terminado, y que no terminaría —por lo que a ella concernía— mientras no reparáramos los diques que habíamos bombardeado y pagáramos algunos de los desastres ecológicos que habíamos provocado. Él no lo entendía así. Hemos pagado con cincuenta mil vidas americanas, nuestros propios chicos, dijo. Nos preguntó si estábamos de acuerdo con Susan. Totalmente, dijimos.
       Ustedes no tienen pinta de hippies. Sonrió. Luego, su rostro cambió de expresión. Desde mi condición de ducha fisonomista, concluí que estaba pensando: Aventura a la vista. Puede que hubiera topado con un filón de la vieja contracultura representado por tres porfiadas damas de izquierdas. Ése era el perfil simpático de su cara. El otro era el del marido fugitivo de conquista en Nueva York.
       Me gustaría volver a verla, le dijo a Susan.
       ¿Ah, sí? Bueno, venga a cenar pasado mañana. Sólo estarán en casa dos de mis chicos. Tiene usted que hacer al menos una comida decente en Nueva York.
       ¿Chicos? Su cara parecía reflexionar. Gracias. Por supuesto, dijo. Iré.
       Ann murmuró: No tiene remedio. Ha vuelto a caer.
       Venga, Susan hace bien, dije. Para mí que está en el ajo. ¿Eso está mal?
       Sí que es pesado este viaje, dijo Ann.
       Por fin nos adentrábamos en las tinieblas que dan acceso a la Estación Central.
       Estamos irritables, le explicaba Susan a su nuevo compañero. Nos sentimos molestas con nuestra amiga Selena porque se muere. El motivo es que queremos que esté a nuestro lado cuando nosotras nos estemos muriendo. Todas necesitamos una madre o alguien que la supla y que nos acomode la almohada en el instante final, y contábamos con que ella fuera esa persona.
       Entiendo perfectamente lo que quiere decir, dijo él. Le gustaría tener a alguien al lado. Un poco de revuelo, digamos.
       Algo parecido. ¿No es así, Fe?
       Tardo siempre un poco en adaptarme a su estilo de interpelar en público. Estuve de acuerdo. Sí.
       El tren paró bruscamente, en medio de una rechinante agonía de tecnologías contrapuestas.
       Correcto. Incorrecto. ¿A quién le importa?, dijo Ann. No tenía que morirse. Lo ha estropeado todo.
       Oh, Annie, dije.
       ¿Queréis callaros de una vez? Las dos, dijo Ann, que casi nos rompe las rodillas al abrirse paso entre nosotras y acto seguido salir del tren.
       Luego Susan, en su papel de guía turística de Nueva York, comenzó a contarle a aquel hombre todos nuestros problemas: el error del World Trade Center, Westway, el deterioro del sur del Bronx, la rabia en Williamsburg. Y juntos subieron por la escalera mecánica, anticipando con su parloteo la intimidad de la tarde y, a lo mejor, el placer de la noche.

       Cuando llegué a casa, Anthony, el menor de mis hijos, dijo: Hola, acabas de perderte a Richard. Está en París. Tuvo que llamar a cobro revertido.
       ¿A cobro revertido? ¿Desde París?
       Notó la tristeza de mi expresión y me preparó una de las infusiones que usan los de su grupo para apaciguar su naturaleza desbordante. Desea de veras mejorar mi excelente salud y estado anímico. Sus amigos tienen un libro que dice que si una persona se alimentara como es debido, podría vivir eternamente. Quiere que yo haga la prueba. Cree, además, que la extinción del género humano, cerebro y encantos incluidos, ocurrirá estando él vivo.
       Sobre las once y media salió a disfrutar de los placeres de la vida nocturna de sus dieciocho años.
       A las tres de la mañana me encontró fregando el suelo y ocupada en pequeñas reparaciones domésticas.
       ¿Más té, mami?, preguntó. Se sentó para hacerme compañía. Está bien, Fe. Sé que te sientes muy mal. Pero ¿cómo es que Selena jamás supo lo de Abby?
       Anthony, dime, ¿qué diablos sé yo de ti?
       Venga, hacía falta ser ciego. Yo era apenas un bebé, y me di cuenta. Te lo juro, mamá.
       Escucha, Tonto. Abby, en el fondo, estaba bien. Como lo oyes. Aún ignoras todo lo que el entorno puede hacer de una persona.
       Ya vuelves con sus santurronerías: nada que objetar a este mundo perfecto, maravilloso. Enseguida dirás que la gente es encantadora y que el mundo está tan bien hecho y acabado que la Union Carbide jamás conseguirá acabar con él.
       En mi vida he dicho cosas tan optimistas. Y, además, ¿para qué añadir a todo lo que nos ha hecho saber este triste día, Tonto, a las tres de la mañana, el estado del mundo?
       A la noche siguiente Max llamó desde Carolina del Norte. ¿Cómo está Selena? Salgo para allá, dijo. Tengo una cita a primera hora de la mañana. Voy a cancelar todas las demás.
       A las siete de la mañana llamó Annie. Acababa de cepillarme los dientes. Ha sido penoso, dijo. Todo el maldito asunto. No me refiero a Selena. Hablo de nosotras. En el tren. Ninguna de vosotras dos me parecía real.
       ¿Real? ¿Realidad? ¡Uf! Oye, ¿por qué no vienes a desayunar? No tengo que salir hasta después de las nueve. Tengo un delicioso pastel de centeno, ¿te animas?
       No, dijo. Oh, Dios santo, no. ¡No!

       Recuerdo los ojos de Ann y el sombrero que llevaba el día que nuestras miradas se cruzaron por vez primera. Nuestros bebés acababan de salir chillando del cajón de arena sobre sus piernas todavía inexpertas. Los cogimos en brazos. Y sobre sus arenosas cabezas, sonreímos. Creo que entonces se selló un pacto, al menos tan útil como el voto que todas juramos a unos maridos con los que ya no estamos casadas. La mirada retrospectiva, que, por lo general, menospreciamos, acaso sea tan valiosa como la previsión, en cuanto que sólo contempla cierto número de hechos.
       Entre tanto, el mundo de Anthony —una cosa pobre, densa, indefensa— sigue dando vueltas y más vueltas. La vida y la muerte están aferradas a su superficie e incrustadas en sus partes más blandas.
       Era justo que él llamara mi atención sobre sus penas y peligros. Era justo que desafiara mi sentido de la responsabilidad. Pero también era justo que yo inventara para mis amigas y nuestros hijos una crónica acerca de estas muertes singulares y del estado de nuestras perennes ataduras.



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