Grace Paley
(Bronx, Nueva York, 1922 - Thetford, Vermont, 2007)


Madre
(“Mother”)
Originalmente publicado, como “My Mother”, en Ms Magazine (1980);
Later the Same Day (1985)
[Más tarde, el mismo día (1985)]



      Un día estaba yo escuchando la radio en onda media. Y sonó esta canción: «¡Oh, cuánto anhelo ver a mi madre en el umbral!» ¡Dios mío!, dije, qué bien comprendo esa canción. La de veces que yo he anhelado ver a mi madre en el umbral. El hecho es que solía apostarse en distintos portales para mirarme. Como un día que, con la penumbra del vestíbulo a sus espaldas, me esperaba en la puerta principal. Era Año Nuevo. Dijo con tristeza: Si a los diecisiete años llegas a casa a las cuatro de la madrugada, ¿a qué hora llegarás cuando tengas veinte? Lo preguntó sin sorna ni maldad. Se ocupaba ya de los enojosos preparativos para su muerte. De ahí su preocupación.
       En otra ocasión se detuvo ante el umbral de mi habitación. Yo acababa de publicar un manifiesto político en el que atacaba la situación de la familia en la Unión Soviética. Dijo: Por el amor de Dios, vete a dormir, so idiota, tú y tus ideas comunistas. Ya las conocimos, papá y yo, en 1905. Todo nos lo imaginamos.
       En la puerta de la cocina dijo: Nunca te acabas la comida. Vas de un lado para otro sin ton ni son. ¿Qué va a ser de ti?
       Y luego murió.
       Naturalmente, durante el resto de mi vida he anhelado verla, no sólo en los umbrales, sino en muchos sitios: en el comedor, sentada con mis tías; en la ventana, mirando la calle de arriba abajo; en un prado, entre lirios y caléndulas; en el salón, con mi padre.
       Estaban sentados en cómodos sillones de piel. Escuchaban a Mozart. Se miraban, asombrados. Les parecía que acababan de bajar del barco. Que acababan de aprender las primeras palabras en inglés. Les parecía que él acababa de entregar un examen al profesor americano de anatomía, y de conseguir un soberbio sobresaliente. Les parecía que ella acababa de dejar la tienda por la cocina.
       Ojalá pudiera verla en el umbral de la puerta del salón.
       Se detiene allí un instante. Luego se sienta junto a él. Tenían un tocadiscos caro. Escuchaban a Bach. Ella dijo: Cuéntame algo. Ya casi no nos hablamos.
       Estoy cansado, dijo él. ¿Es que no te das cuenta? He visto hoy a unas treinta personas. Todos enfermos, todos venga a hablar, hablar y hablar. Escucha la música, dijo él. Creo que antes afinabas a la perfección. Estoy cansado, dijo él.
       Y luego ella murió.




Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar