Graham Greene
(Berkhamstead, Inglaterra, 1904 - Vevey, Suiza, 1991)


Un accidente absurdo (1967)
(“A Shocking Accident”)
Originalmente publicado en la revista Nova (abril de 1967), págs. 160-161;
May We Borrow Your Husband? and Other Comedies of Sexual Life
(Londres, Sydney, Toronto: The Bodley Head, 1967, 188 págs.), págs. 127-134.



I

      Un jueves por la mañana, en el descanso entre la segunda y la tercera clase, Jerome fue citado a la oficina del encargado de curso. Jerome no temía verse en apuros: era celador, nombre que el dueño y director de una escuela preparatoria bastante cara había elegido para los mejores alumnos de los cursos inferiores. Los celadores ascendían a guardianes y llegaban a ser cruzados antes de salir, como era de esperar, para Marlborough o Rugby. El señor Wordsworth, encargado de curso, estaba sentado ante la mesa de su despacho con aire perplejo.
       —Siéntate, Jerome —dijo el señor Wordsworth—. ¿Cómo va la trigonometría?
       —Muy bien, señor.
       —He recibido una llamada telefónica, Jerome. De tu tía. Me temo que hay malas noticias para ti.
       —¿Sí?
       —Tu padre ha tenido un accidente.
       —Oh…
       El señor Wordsworth lo miró con cierta sorpresa:
       —Un accidente serio.
       —¿Sí?
       Jerome veneraba a su padre. El verbo era exacto. Así como el hombre recrea a Dios, Jerome recreaba a su padre. Convertía a un andariego escritor viudo en un misterioso aventurero que viajaba a lugares remotos: Niza, Beirut, Mallorca, hasta Canarias. A los ocho años, Jerome creía que su padre era un traficante de armas o un miembro del servicio de espionaje británico. Ahora imaginó que su padre había caído “bajo una lluvia de balas de ametralladora”.
       El señor Wordsworth jugaba con la regla sobre el escritorio. No sabía cómo continuar.
       —¿Sabes que tu padre estaba en Nápoles?
       —Sí, señor.
       —Tu tía recibió un telegrama del hospital.
       —Ah…
       —Fue un accidente en la calle —dijo el señor Wordsworth, desesperado.
       —¿Sí?
       A Jerome le pareció muy natural que lo llamaran “un accidente en la calle”. Desde luego, la policía habría disparado primero. Su padre no atentaba contra la vida humana sino como último recurso.
       —Me temo que tu padre resultó gravemente herido.
       —Oh.
       —Lo cierto es que murió ayer, Jerome. Sin sufrir.
       —¿Le dispararon al corazón?
       —¿Cómo? ¿Qué has dicho, Jerome?
       —¿Le dispararon al corazón?
       —Nadie le disparó, Jerome. Le cayó un cerdo encima.
       La cara del señor Wordsworth se crispó inexplicablemente. Por un instante pareció a punto de echarse a reír. Cerró los ojos, compuso su expresión y dijo rápidamente, como si fuera preciso contar los hechos lo antes posible:
       —Tu padre caminaba por una calle de Nápoles cuando un cerdo le cayó encima. Un accidente absurdo. Parece que en los barrios pobres de Nápoles la gente cría cerdos en los balcones. Uno cayó del quinto piso. Había engordado demasiado. El balcón cedió. Y el cerdo cayó sobre tu padre.
       El señor Wordsworth se levantó de la mesa y se acercó a la ventana, volviendo la espalda a Jerome. La emoción lo estremeció ligeramente.
       —¿Qué pasó con el cerdo? —preguntó Jerome.


II

      No era insensibilidad por parte de Jerome, como interpretó el señor Wordsworth a sus colegas (hasta discutió con ellos la posibilidad de que Jerome no reuniera aún las condiciones para ser celador). Jerome sólo procuraba visualizar la extraña escena y obtener detalles concretos. Tampoco era Jerome un niño capaz de llorar; era un niño que cavilaba y nunca se le ocurrió en esa escuela preparatoria que las circunstancias de la muerte de su padre fueran cómicas; eran parte del misterio de la vida. Sólo después, durante el primer curso de la escuela superior, cuando contó los hechos a su mejor amigo, empezó a darse cuenta de cómo reaccionaban los demás. Naturalmente, después de esa confidencia lo llamaron cerdo con bastante injusticia.
       Por desgracia su tía no tenía sentido del humor. Sobre el piano había una fotografía ampliada de su padre: un hombre corpulento y triste, con un inapropiado traje oscuro, posaba en Capri con un paraguas (para protegerse del sol). Al fondo se veían las rocas del Faraglione. A los dieciséis años Jerome tenía clara conciencia de que el retrato se parecía más al autor de Sol y sombra y de Paseo por las Baleares que a un agente del servicio de espionaje. Pero amaba el recuerdo de su padre: aún poseía un álbum lleno de postales (mucho tiempo antes había despegado los sellos para su otra colección) y le apenaba que su tía se embarcara con extraños en el relato de la muerte de su padre.
       “Un accidente absurdo”, empezaba ella, y el extraño o extraña adquiría la expresión que corresponde a un oyente interesado o compungido. Ambas reacciones, desde luego, eran falsas, pero resultaba terrible para Jerome comprobar que súbitamente, en mitad del parloteo de su tía, el interés del oyente se hacía genuino. “No me imagino cómo pueden permitirse cosas semejantes en un país civilizado —decía su tía—. Supongo que debemos considerar que Italia es civilizada. Desde luego, en el extranjero tiene uno que estar preparado para cualquier cosa. Mi hermano viajaba mucho. Siempre llevaba un filtro de agua consigo. Era mucho menos caro que comprar todas esas botellas de agua mineral. Mi hermano decía siempre que con lo que se ahorraba con el filtro se pagaba el vino de la cena. Ya podrán imaginar que era un hombre muy cuidadoso. Pero ¿a quién podía ocurrírsele que, caminando por la Via Dottore Manuele Panucci rumbo al Museo Hidrográfico, se le caería un cerdo encima?”. En ese momento el interés del oyente se hacía genuino.
       El padre de Jerome no había sido un escritor muy importante, pero siempre parece llegar un momento, después de la muerte de un escritor, en que alguien cree que vale la pena escribir al suplemento literario del Times para anunciar la preparación de una biografía y solicitar cartas, documentos o anécdotas de amigos del difunto. Por lo general esas biografías nunca aparecen. Quizás no sean más que una oscura forma de chantaje y muchos de esos biógrafos en potencia encuentren de ese modo el medio de terminar sus estudios en Kansas o Nottingham. Jerome era contable y vivía apartado del mundo literario. No comprendía que había pocas posibilidades de que apareciera un biógrafo e ignoraba que había pasado el período de peligro. A veces ensayaba formas de relatar la muerte de su padre reduciendo al mínimo los elementos cómicos (era inútil negarse a informar, porque en ese caso el biógrafo acudiría sin duda a su tía, que tenía muchos años pero no daba muestras de perder sus energías).
       Jerome pensaba que sólo había dos soluciones: la primera consistía en aproximarse lentamente al accidente de modo que, cuando llegara el momento de describirlo, el oyente ya estuviera tan bien preparado que la muerte resultara casi un anticlímax. El principal peligro de provocar la risa residía siempre en la sorpresa.
       Cuando ensayaba este método, Jerome empezaba de manera bastante aburrida:
       “¿Conoce usted esas altas casas de vecindad, en Nápoles? Alguien me dijo una vez que los napolitanos se sienten en su elemento en Nueva York, así como la gente de Turin se siente en su elemento en Londres porque el río es muy semejante en ambas ciudades. Bueno… ¿por dónde iba? Ah, sí. Nápoles, desde luego. Le sorprenderían las cosas que los habitantes de los barrios pobres tienen en los balcones de esas casas de vecindad en forma de rascacielos. No crea usted que cuelgan ropa. Crían animales: gallinas y hasta cerdos. Desde luego, los cerdos no pueden hacer ejercicio y engordan rápidamente”.
       Jerome imaginaba que, llegado a este punto, el oyente abriría los ojos de asombro.
       “No sé cuánto puede crecer un cerdo, pero esas casas viejas están a punto de derrumbarse… Un balcón de un quinto piso cedió bajo el peso de uno de esos cerdos. Al caer, dio contra el balcón del cuarto piso y rebotó hacia la calle. Mi padre se dirigía al Museo Hidrográfico cuando el cerdo le cayó encima. Como caía desde tan alto, le rompió la nuca”.
       En verdad, era un intento magistral de convertir un tema intrínsecamente interesante en un relato tedioso.
       El otro método que Jerome ensayaba tenía el mérito de la brevedad.
       —Mi padre murió por culpa de un cerdo.
       —¿De veras? ¿En la India?
       —No. En Italia.
       —Qué interesante. No sabía que cazaban jabalíes en Italia. ¿Su padre era un buen jugador de polo?
       Con el tiempo, ni demasiado pronto ni demasiado tarde —como si en su calidad de contable Jerome hubiera estudiado las estadísticas para comportarse según el término medio—, Jerome se comprometió con una muchacha agradable, de cara fresca, hija de un médico de Pinner. Se llamaba Sally y su autor preferido era Hugh Walpole. Adoraba los niños desde que, a los cinco años, le habían regalado una muñeca que cerraba los ojos y hacía pis. La relación entre ambos era más placentera que vehemente, como correspondía al noviazgo de un contable: Jerome no habría consentido en ella si hubiese perturbado su trato con los números.
       Sólo había un pensamiento que preocupaba a Jerome. Ahora que podía ser padre en el plazo de un año, crecía su amor por el muerto. Comprendía el afecto que revelaban las postales. Sentía la ansiedad de proteger la memoria de su padre y temía que su apacible amor no sobreviviera si Sally era capaz de reírse de la muerte de su padre. Porque era inevitable que lo supiera cuando Jerome la llevara a comer a casa de su tía. En varias ocasiones trató de contárselo él mismo, puesto que ella estaba ansiosa por saber todo cuanto se relacionaba con Jerome.
       —¿Eras pequeño cuando murió tu padre?
       —Tenía sólo nueve años.
       —Pobrecito —dijo ella.
       —Estaba en la escuela. El encargado de curso me soltó la noticia.
       —¿Cómo lo tomaste?
       —No puedo acordarme.
       —Nunca me contaste cómo murió.
       —Fue de repente. Un accidente en la calle.
       —Tú nunca conducirás deprisa, ¿verdad, Jemmy?
       Había empezado a llamarlo “Jemmy”. Ya era demasiado tarde para ensayar el segundo método, el de la caza de jabalíes.
       Pensaban casarse tranquilamente en una oficina del registro civil y pasar la luna de miel en Torquay. Jerome evitó llevarla a casa de su tía hasta una semana antes de la boda. Pero al fin llegó la noche y no habría podido decir si sus temores tenían por objeto el recuerdo de su padre o la seguridad de su amor.
       El momento se presentó en seguida.
       —¿Éste es el padre de Jemmy? —preguntó Sally, tomando la fotografía del hombre con el paraguas.
       —Sí, querida. ¿Cómo lo adivinaste?
       —Tiene los mismos ojos y la misma frente que Jemmy, ¿no es cierto?
       —¿Jerome te ha dado sus libros?
       —No.
       —Te los regalaré para tu boda. ¡Escribía con tanta ternura acerca de sus viajes! Mi favorito es Rincones y escondrijos. Había hecho una gran fortuna. Por eso fue tanto más lamentable ese absurdo accidente…
       —¿Sí?
       Jerome sintió ganas de salir del cuarto para no ver al amado rostro crisparse de risa incontenible.
       —Recibí tantas cartas de sus lectores después de que el cerdo le cayó encima…
       Su tía nunca había sido tan abrupta. Entonces ocurrió el milagro. Sally permaneció sentada con los ojos desorbitados de horror mientras su tía le contaba el relato y al fin dijo:
       —¡Qué horrible! Es como para ponerse a pensar. ¡Una cosa semejante! En un país de cielo tan claro…
       El corazón de Jerome palpitó de dicha. Era como si Sally hubiera disipado para siempre sus temores. En el taxi, cuando la acompañaba a casa, la besó con más pasión que nunca y ella le correspondió. Había niños en sus pálidos ojos celestes, niños que movían los ojos y hacían pis.
       —Falta una semana —dijo Jerome, mientras Sally le apretaba la mano—. ¿En qué piensas, querida?
       —Me preguntaba qué pasaría con el pobre cerdo… —dijo Sally.
       —Supongo que se lo comerían —dijo Jerome, dichoso, y volvió a besar a su amada criatura.



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