Graham Greene
(Berkhamstead, Inglaterra, 1904 - Vevey, Suiza, 1991)


Del otro lado del puente (1938)
(“Across the Bridge”)
19 [Nineteen] Stories
(Londres, Toronto: William Heinemann, 1947, 231 págs.), págs. 72-83.



      —Dicen que tiene un millón —dijo Lucía. Él estaba sentado en la húmeda y caldeada plazuela mexicana, un perro a sus pies y un aire de enorme y desdichada paciencia. El perro llamaba la atención de inmediato; era casi casi un perdiguero inglés, solo que algo no había ido del todo bien con la cola y el pelambre. Las palmeras languidecían sobre su cabeza; alrededor del quiosco todo era sombras y bochorno, radios que sonaban a gran volumen en español desde las pequeñas casetas de madera donde le cambiaban a uno desventajosamente sus dólares por pesos. Me daba cuenta de que no entendía una palabra por cómo leía el periódico; al igual que yo, buscaba las palabras que se parecieran a las del inglés—. Lleva un mes aquí —dijo Lucía—, lo expulsaron de Guatemala y Honduras.
       Era imposible guardar un secreto arriba de cinco horas en este pueblo fronterizo. Lucía llevaba solo veinticuatro en él, pero ya sabía todo sobre Joseph Calloway. La única razón por la que yo no sabía nada del señor Calloway (y llevaba dos semanas allí) era que hablaba tanto español como él. No había otra alma en el pueblo que no conociera su historia, la historia completa del Halling Investment Trust y de los trámites de extradición. Cualquiera que se dedique a los nimios negocios de las garitas de madera del pueblo, dadas sus oportunidades de constante observación, está mejor capacitado que yo para contar la historia del señor Calloway, a excepción de que yo entré en escena —literalmente— al final. Todos vieron el desarrollo del drama con enorme interés, conmiseración y respeto. Después de todo, el hombre tenía un millón.
       De vez en cuando, durante el largo y caluroso día, un niño llegaba a lustrar los zapatos del señor Calloway. Él desconocía las palabras adecuadas para rechazarlos; ellos fingían no entender su inglés. El día que Lucía y yo lo observábamos le deben haber lustrado los zapatos cuando menos media docena de veces. Al mediodía cruzaba la plaza con desenfado, hasta el Bar Antonio, y se tomaba una cerveza; el perro iba pegado a sus talones, como si anduviera en Inglaterra, de paseo por el campo (el señor Calloway, como recordarán, era dueño de una de las propiedades más grandes de Norfolk). Después de la cerveza, solía caminar entre las casetas de cambio hasta el río Bravo y se ponía a mirar hacia el otro lado del puente, hacia los Estados Unidos; la gente iba y venía constantemente en automóvil. Luego, de regreso a la plaza hasta la hora de almorzar. Se hospedaba en el mejor hotel, pero no se consiguen buenos hoteles en un pueblo fronterizo, nadie se queda en ellos más de una noche. Los buenos hoteles estaban del otro lado del puente. De noche, desde la plazuela, era posible ver los anuncios luminosos a veinte pisos de altura, como faros que anunciaran a los Estados Unidos.
       Quizá se pregunten qué había estado haciendo yo en un sitio tan gris durante dos semanas. El lugar no ofrecía nada de interés a nadie, no era más que humedad y polvo y pobreza, una especie de réplica andrajosa del pueblo al otro lado del río. Los dos tenían plazas en los mismos lugares, los dos el mismo número de cines. Uno era más limpio que el otro, eso era todo, y más caro, mucho más caro. Yo me había quedado del otro lado un par de noches, esperando a un tipo que, según una agencia turística, venía en coche desde Detroit hasta Yucatán y aceptaría llevar a alguien por una cantidad increíblemente pequeña; veinte dólares, creo. No sé si de veras existía o fue un invento del optimista mestizo de la agencia; de cualquier modo, nunca apareció, y por tanto me quedé a esperar, sin que me molestara demasiado, del lado barato del río. No me importaba, la iba pasando. Un día tuve ganas de darme por vencido con lo del tipo de Detroit y volver a casa o irme hacia el sur, pero resultaba más fácil no decidir nada a las prisas. Lucía simplemente estaba esperando un coche que fuera en dirección opuesta, pero no tenía que esperar tanto. Esperábamos juntos y observábamos al señor Calloway esperar… sólo Dios sabe qué.
       No sé cómo enfocar esta historia; era una tragedia para el señor Calloway; justicia poética, me supongo, para los inversionistas a los que había arruinado con sus manejos fraudulentos; y para Lucía y para mí, a estas alturas, una comedia. Excepto cuando pateaba al perro. No es que sea un sentimental con los perros —prefiero que la gente sea cruel con los animales que con los seres humanos— pero no podía evitar que me causara repulsión cómo la cogía a patadas con el animal, con un toque de saña calculada, no con enojo sino como si se desquitara de una mala pasada que el perro le hubiese jugado tiempo atrás. Esto sucedía por lo general cuando regresaba del puente. Era el único signo en el señor Calloway de algo así como una emoción. Aparte de ello, parecía una criatura pequeña, impávida, cordial, de bigote y cabellos plateados y anteojos dorados, y un diente de oro que era como un defecto de personalidad.
       Lucía no había sido del todo exacta cuando dijo que lo habían expulsado de Guatemala y Honduras; él había salido por su voluntad cuando los trámites de extradición comenzaron a mostrar signos de éxito y se dirigió al norte. México todavía no es un estado muy centralizado y resulta posible arreglárselas con los gobernadores como no lo es con los ministros y jueces. Así que se quedó a esperar la siguiente jugada allí en la frontera. Esa parte menos reciente de la historia fue, supongo, dramática, pero no la presencié y no puedo inventar lo que no he visto: las largas esperas en antesalas, los sobornos aceptados y rechazados y el miedo creciente de ser detenido, y luego la huida —detrás de los anteojos dorados— tratando de esconder sus huellas tan bien como le fuera posible. Solo que esto no se trataba de finanzas y en cuanto a fugas resultó un aficionado. De manera que la corriente lo arrastró hasta aquí, bajo mi mirada y la de Lucía, sentado todo el día a la sombra del quiosco con nada que leer excepto un periódico mexicano, nada que hacer sino mirar al otro lado del río, a los Estados Unidos, completamente en ignorancia, supongo, de que todos sabían todo sobre él, dándole puntapiés al perro una vez al día. Quizá el perro, con su apariencia de medio perdiguero, le recordaba demasiado su propiedad de Norfolk. Aunque también esa, me imagino, era la razón para conservarlo.
       Y el acto siguiente fue comedia pura. No quiero ni pensar lo que este hombre dueño de un millón le estaba costando a su país en tanto lo arrinconaban hasta llevarlo de un lugar a otro. Tal vez alguien se estaba hartando del asunto y descuidaba su trabajo. De cualquier manera, habían mandado dos detectives con una fotografía vieja. El señor Calloway se había dejado crecer el bigote plateado desde que se la habían tomado y había envejecido mucho, así que aún no lo reconocían. No transcurrieron dos horas desde que llegaron del otro lado del puente cuando ya todas sabían que dos detectives extranjeros estaban en el pueblo buscando al señor Calloway. Todos, esto es, menos el señor Calloway, que no hablaba español. Había muchos que se lo podían haber dicho en inglés, pero no lo hicieron. No era por crueldad, sino por una especie de respeto y admiración. Como un toro, el señor Calloway era motivo de exhibición pública, sentado desconsoladamente allí en la plaza con su perro: un espectáculo grandioso para el cual todos teníamos boletos de primera fila.
       Yo me topé con uno de los policías en el Bar Antonio. Estaba asqueado, se había imaginado que del otro lado del puente la vida sería distinta, con tanto más color y sol y, sospecho, amor. Y todo lo que halló fueron calles anchas y lodosas en que la lluvia nocturna se volvía charcos, y perros sarnosos, olores y cucarachas en su dormitorio, y lo más cercano al amor la puerta abierta de la Academia Comercial, donde había mestizas jóvenes y bonitas que se hilaban todo el día frente a la máquina para aprender a escribir. Tip-tap-tip-tap-tip. Quizá ellas también tenían un sueño: un trabajo al otro lado del puente, donde la vida era mucho más cómoda, refinada y divertida.
       Nos pusimos a conversar. Parecía sorprendido de que supiera quiénes eran y qué querían. Me dijo: “Sabemos que este tipo Calloway está aquí”.
       —Sí, por ahí anda —le dije.
       —¿Puede identificarlo?
       —Oh, no lo conozco de vista —dije.
       Se tomó la cerveza y se puso a pensar. “Voy a sentarme en la plaza. Seguro que se aparece en cualquier momento”.
       Yo me terminé la cerveza y salí rápidamente en busca de Lucía. Le dije: “Pronto, vamos a ver un arresto”. El señor Calloway no nos importaba nada, no era más que un viejo que pateaba a un perro y defraudaba a los pobres, y se merecía lo que pudiera sucederle. Así que nos fuimos a la plaza. Sabíamos que Calloway estaría allí, pero no se nos ocurrió nunca que los detectives no lo iban a reconocer. Había toda una marejada de gente alrededor; todos los vendedores de fruta y los boleros del pueblo parecían haber llegado al mismo tiempo. Nos tuvimos que abrir camino entre la gente y allí, en el verde y sofocante centro del lugar, sentados en bancas contiguas, estaban los dos detectives de paisano y el señor Calloway. Nunca he visto el sitio más silencioso; todos estaban atentos, y los policías con los ojos en la multitud en busca del señor Calloway, y el señor Calloway sentado en su lugar de costumbre, con la mirada más allá de las casetas de cambio, en los Estados Unidos.
       —Esto no puede durar mucho. No es posible —dijo Lucía. Pero duró. Se volvió aún más increíble. Alguien debería escribir una obra de teatro al respecto. Nos sentamos tan cerca como nos lo permitió nuestro atrevimiento. Todo el tiempo temíamos reímos. El casi perdiguero se rascaba las pulgas y el señor Calloway miraba hacia los Estados Unidos. Los dos detectives miraban a la multitud y la multitud miraba el espectáculo con satisfacción solemne. Entonces uno de los detectives se levantó y se dirigió al señor Calloway. “Se acabó”, pensé. Pero no, apenas comenzaba. Por alguna razón lo habían eliminado de la lista de sospechosos. Nunca sabré por qué. El hombre dijo:
       —¿Habla inglés?
       —Soy inglés —dijo el señor Calloway.
       Ni siquiera eso los puso al tanto, y lo más extraño fue cómo el señor Calloway cobró vida. No creo que nadie le hubiera hablado de ese modo en varias semanas. Los mexicanos eran demasiado respetuosos —era un tipo que tenía un millón— y a Lucía y a mí nunca se nos había ocurrido tratarlo con confianza, como a un ser humano; aún a nuestros ojos el colosal fraude y la persecución a nivel mundial lo habían magnificado.
       Dijo: “Este lugar es realmente espantoso, ¿no cree?”.
       —Así es —dijo el policía.
       —No me imagino qué hace venir a los del otro lado del puente.
       —El deber —dijo el policía, apesadumbrado—. Supongo que está de paso.
       —Sí —dijo el señor Calloway.
       —Yo me esperaba que aquí hubiera, ¿cómo decir?, usted sabe, vida. Se escriben cosas sobre México.
       —Ah, vida —dijo el señor Calloway. Hablaba con firmeza y precisión, como si se dirigiera a un consejo de accionistas—. Eso empieza del otro lado.
       —No comienza a apreciarse el país propio hasta que se lo deja.
       —Muy cierto —dijo el señor Calloway—. Muy cierto.
       Al principio era difícil no reírse, y luego de un rato no parecía haber mucho de qué reírse: un viejo que se imaginaba grandes cosas que sucedían más allá del puente internacional. Creo que pensaba cn el pueblo del otro lado como una combinación de Londres y Norfolk: teatros y bares, un poco de caza y un paseo por la campiña al atardecer con el perro —esa miserable imitación de perdiguero— husmeando en las zanjas. Nunca había ido al otro lado, no podía saber que era idéntico, una repetición. Incluso el trazo. Solo que las calles estaban pavimentadas y los hoteles tenían diez pisos más y la vida era más cara y todo estaba un poco más limpio. No había nada de lo que el señor Calloway hubiera llamado vida: nada de galerías, nada de librerías, tan sólo el Film Fun y el diario local, y el Click y el Focas y la nota roja.
       —Bueno —dijo el señor Calloway—, creo que voy a dar un paseo antes del almuerzo. Se necesita hambre para pasar la comida de aquí. Por lo general a estas horas camino hasta el puente para echarle un vistazo. ¿Gusta venir?
       El detective sacudió la cabeza. “No”, dijo, “estoy de servicio. Ando tras un tipo”. Y eso, por supuesto, lo puso en evidencia a él. En lo que al señor Calloway concernía, en este mundo solo existía un “tipo” a quien alguien anduviera buscando; en su mente había descartado amigos que estuvieran buscando a sus amigos, maridos que pudieran estar buscando a sus esposas, todos los objetivos de toda búsqueda, excepto uno. Esa capacidad de eliminación lo había vuelto un financiero: le era posible olvidarse de que detrás de las acciones había gente.
       Esa fue la última vez que lo vimos durante un tiempo. No lo vimos ir a la Botica París por sus aspirinas, ni caminar de regreso del puente con su perro. Simplemente desapareció, y cuando desapareció, la gente comenzó a hablar y los detectives a escuchar lo que se hablaba. Ya habían hecho el suficiente ridículo y se dedicaron oficiosamente a encontrar al hombre junto a quien habían estado sentados en el jardín. Después también ellos desaparecieron. Como el señor Calloway, se habían ido a la capital del estado a ver al gobernador y al jefe de policía, y allí también debe haberse dado una escena digna de sainete, cuando se toparon con el señor Calloway y se sentaron con él en la antesala. Me temo que al señor Calloway por lo general lo recibían primero, porque todos sabían que tenía un millón. Solo en Europa es posible que un hombre sea tanto delincuente como rico.
       En fin, más o menos a la semana el grupo entero regresó en el mismo tren. El señor Calloway viajó en primera clase y los policías en segunda. Era evidente que no habían obtenido la orden de extradición.
       Para entonces Lucía se había ido. El auto llegó y se fue al otro lado del puente. Yo me quedé del lado mexicano y la vi descender en la aduana de los Estados Unidos. No era nada especial, pero a la distancia pareció hermosa cuando agitó la mano para despedirse desde el lado norteamericano y se subió de nuevo al coche. Y de repente sentí lástima por el señor Calloway, como si allá hubiera algo que acá no se pudiera encontrar, y al darme vuelta lo vi de nuevo en su acostumbrado paseo, con el perro a los talones. Le dije: “Buenas tardes”, como si desde siempre hubiera sido nuestro hábito saludarnos. Se veía cansado, enfermo y mugriento, y sentí pena por él. Pensar en la clase de victoria que había logrado, con tal gasto de dinero y preocupaciones. Y el premio: este pueblo sucio y deprimente; las garitas de cambio; las horribles salitas de belleza, con sus sillas de mimbre y sus sofás, que parecían vestíbulos de burdel; el caldeado y sofocante jardín junto al quiosco.
       Me contestó con pesar: “Buenas tardes”. El perro comenzó a olisquear un poco de estiércol, y él se volvió y lo pateó con furia, con depresión, con desesperación.
       Y en ese momento un taxi que transportaba a los dos policías pasó junto a nosotros de camino al puente. Deben haber visto la patada. Tal vez eran más vivos de lo que creí, tal vez solo eran compasivos con los animales y pensaron que harían algo bueno y lo demás fue accidental. Pero el hecho ahí queda: aquellos dos pilares de la ley resolvieron robarse el perro del señor Calloway.
       Él los miró pasar. Luego dijo: “¿Por qué no va usted al otro lado?”.
       —Aquí es más barato —le dije.
       —Solo por una noche, quiero decir. Vaya a cenar al sitio ese que se ve de noche contra el cielo. Vaya al teatro.
       —No hay teatros.
       Dijo con enojo, chupándose el diente de oro: “Bueno, igual, salga de aquí”. Volvió la vista colina abajo y la alzó hacia el otro lado. No se daba cuenta que la calle que subía desde el puente solo albergaba las mismas casetas de cambio que esta.
       Le dije: “¿Por qué no va usted?”.
       Dijo evasivamente: “Ah… cosas de negocios”.
       Dije: “Nada más es cuestión de dinero. No es necesario cruzar el puente”.
       Dijo con un asomo de interés: “No hablo español”.
       —Aquí no hay un alma —dije— que no hable inglés.
       Me miró con sorpresa. “¿En serio?”, dijo. “¿En serio?”.
       Justo lo que dije antes. Nunca había tratado de hablar con nadie, y ellos lo respetaban demasiado para tratar de hablar con él, tenía un millón. No sé si me siento feliz o apenado de habérselo dicho. Si no lo hubiera hecho, él quizá estada allí hoy, sentado junto al quiosco para que le lustraran los zapatos, vivo y sufriendo.
       Tres días después el perro desapareció. Encontré al señor Calloway buscándolo, llamándolo en voz baja y con vergüenza entre las palmeras del jardín. Parecía abochornado. Dijo en un susurro bajo y furioso: “Odio a ese perro. Bestia inmunda”. Y lo llamaba, “Rover, Rover”, con una voz que no se escucharía a más de cinco metros. Dijo: “Alguna vez crié perdigueros. A un perro así lo hubiera matado”. Yo estaba en lo correcto: le recordaba a Norfolk. El señor Calloway vivía de recuerdos y lo odiaba por su imperfección. Era un hombre sin familia y sin amistades, y su único enemigo era el perro aquel. No se puede decir que la ley sea un enemigo; con los enemigos debe haber intimidad.
       Más entrada la tarde alguien le dijo que habían visto al perro cruzar el puente. No era cierto, claro, pero entonces no lo sabíamos; habían pagado a un mexicano cinco pesos para que lo pasara de contrabando. Así que toda esa tarde y la siguiente el señor Calloway estuvo sentado en el jardín, mientras le lustraban los zapatos una y otra vez, preguntándose cómo era posible que un perro pudiera así como así cruzar el puente y que un ser humano, un alma inmortal, se viera condenado a la espantosa rutina del paseíto diario y los infames alimentos y las aspirinas de la botica. El perro estaba viendo cosas que él no podía ver, ese perro odioso. Lo volvía loco, literalmente loco, creo. Hay que recordar que el señor Calloway la había pasado así durante meses. Era dueño de un millón y tenía que vivir a razón de dos libras por semana, sin nada en qué gastar su dinero. Se sentó allí a cavilar sobre lo injusto de la situación. Me imagino que de cualquier modo algún día habría ido del otro lado, pero el perro fue la última gota.
       Al día siguiente no se apareció en ninguna parte; yo imaginé que había ido al otro lado y me fui también. El pueblo norteamericano es tan pequeño como el mexicano. Sabía que no iba a dejar de encontrármelo si estaba allí, y además aún sentía curiosidad. Un poco de pena por él, pero no demasiada.
       Lo alcancé a ver por primera vez en la única fuente de sodas, tomándose una coca-cola, y luego afuera de un cine, mirando los carteles, solo que no había fiesta. A la tercera vuelta me encontré con los detectives; se estaban tomando unas coca-colas en la fuente de sodas, y seguro que se habían perdido del señor Calloway por milímetros. Entré y me senté en la barra.
       —Hola —dije—, ¿todavía por aquí? —De pronto me sentí intranquilo por el señor Calloway. No quería que se encontraran.
       Uno de ellos dijo: “¿Dónde está Calloway?”.
       —Ah —dije—, anda por ahí.
       —Pero su perro no —dijo y se rió. El otro pareció incomodarse un tanto, le molestaba que alguien hablara de un perro con tal cinismo. Luego se levantaron, su coche estaba afuera.
       —Tómense otra —les dije.
       —No, gracias. Tenemos que irnos.
       Se inclinaron y me confiaron al oído: “Calloway está de este lado”.
       —¡No! —dije.
       —Y también su perro.
       —Lo anda buscando —dijo el otro.
       —Sí, cómo no —dije, y de nuevo uno de ellos pareció molestarse, como si se hubiera insultado al animal.
       No creo que el señor Calloway hubiera estado buscando al perro, pero el perro ciertamente lo encontró a él. De repente se oyó un ladrido chillón e hilarante que venía del coche y de él saltó el casi perdiguero, echando a correr en cabriolas furiosas por la calle. Uno de los detectives —el sentimental— se metió al coche antes que llegáramos a la puerta y arrancó tras el perro. Cerca del final del largo camino que lleva al puente estaba el señor Calloway. Imagino que había ido a echar un vistazo al lado mexicano después de caer en cuenta que no había otra cosa además de la fuente de sodas y los cines y los puestos de revistas en el lado norteamericano. Se percató de que el perro venía hacia él y le gritó que regresara a casa: “a casa, a casa, a casa”, como si estuvieran en Norfolk. El perro no prestó atención alguna y siguió como bala hacia él. Entonces vio el coche de policía venir y echó a correr. Después de eso, todo sucedió con demasiada rapidez, pero creo que el orden de los hechos fue así: el perro intentó cruzar la calle justo frente al coche y el señor Calloway gritó, no sé si al perro o al auto; de cualquier modo, el detective viró (más tarde, durante las averiguaciones, dijo con voz apagada que le era imposible atropellar a un perro) y el señor Calloway cayó al suelo en un caos de vidrios rotos y aros dorados y cabello plateado y sangre. El perro estaba sobre él antes que ninguno de nosotros, lamiéndolo y chillando y lamiéndolo. Vi al señor Calloway alzar su mano, y la vi caer contra el cuello del animal, y el chillido creció hasta ser un estúpido ladrido triunfal, pero el señor Calloway estaba muerto; una sacudida y un corazón débil.
       —Pobre vejete loco —dijo el detective—, apuesto que de veras quería al perro —y es cierto que la pose en que yacía semejaba más una caricia que un golpe. Creo que quería ser un golpe, pero el detective bien podría haber estado en lo correcto. Todo el asunto me parecía un poco demasiado conmovedor para ser verdad: el viejo ladrón tirado allí con su brazo alrededor del cuello del perro, muerto con su millón en medio de las garitas de cambio. Pero no está de más ser humilde ante la naturaleza humana. Había venido del otro lado del puente en busca de algo y, después de todo, bien podría haber sido el perro lo que buscaba. Estaba sentado allí, gimiendo su estúpido y corriente triunfo sobre el cuerpo, como si fuera una estatua cursi, lo más cerca que podía estar de los campos, las zanjas, el horizonte de su tierra. Era cómico y era lastimoso, pero no era menos cómico a causa de la muerte del hombre. La muerte no transforma la comedia en tragedia, y si ese último ademán era de afecto, me supongo que fue tan solo un signo más de la capacidad de un ser humano para autoengañarse, nuestro optimismo sin fundamento, mucho más aterrador que nuestra desesperanza.



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