Graham Greene
(Berkhamstead, Inglaterra, 1904 - Vevey, Suiza, 1991)


Jubileo (1935)
(“Jubilee”)
Originalmente publicado en la revista Time and Tide,
XVI (26 de octubre de 1935), págs. 1522-1523;
The Basement Room and Other Stories
(Londres: Cresset Press, 1935, 164 págs.), págs. 101-112.



      El señor Chalfont planchó sus pantalones y su corbata. Luego dobló la tabla de planchar y la guardó. Era alto y había conservado la figura. Se veía distinguido hasta en pantalones, en el departamentito amueblado de una sola pieza que alquilaba cerca de Shepherd’s Market. Tenía cincuenta años, pero no parecía mayor de cuarentaicinco; estaba sin un centavo, pero conservaba sin duda alguna el estilo de Mayfair.
       Escudriñó ansiosamente el cuello de su camisa; no había salido en más de una semana, con excepción de sus viajes matutino y vespertino a la fonda de la esquina para comer su panecillo con jamón, y entonces siempre llevaba abrigo y un cuello sucio. Decidió que no echaría a perder el efecto si lo usaba una vez más; no creía en hacer economías demasiado rígidas en el lavado de la ropa, había que gastar dinero para ganar dinero, pero no tenía caso despilfarrar. Y de algún modo no creía en su suerte esa tarde, a la hora del coctel; salía para conservar el ánimo, porque después de una semana alejado de los restoranes hubiera sido tan fácil dejarse ir, limitarse a su habitación y su visita a la fonda dos veces al día.
       Los adornos del Jubileo seguían en su lugar, en el frío mes de mayo lleno de viento. Los listones de papel, sucios de lluvia y hollín, ondeaban en las desoladas corrientes de aire de Picadilly. Recordaban un buen momento que el señor Chalfont no había compartido; no había tocado silbatos ni echado a volar listones de papel; ciertamente no había bailado con la música del armonio. Su silueta precisa era como el símbolo del Buen Gusto mientras esperaba, con el paraguas doblado, a que cambiara a verde la luz del semáforo; había aprendido cómo poner la mano para que no se le notara el sitio raído de la manga y la corbata de un club bastante exclusivo; recién planchada, podía haber sido comprada esa misma mañana. No era falta de patriotismo ni de lealtad lo que habían mantenido al señor Chalfont en casa toda la semana del Jubileo. Nadie bebía a la salud del rey con mayor sinceridad que el señor Chalfont mientras alguien más pagara el trago, pero un instinto más profundo que el sentido de lo adecuado le había advertido que no circulara. Demasiada gente que había conocido alguna vez (así lo explicaba) venía desde el campo; se les podría ocurrir buscarlo, y uno simplemente no podía invitarlos a un cuarto como ese. Eso explicaba su discreción; no explicaba su sentimiento de opresión mientras esperaba a que se acabara la semana del Jubileo.
       Ahora volvía al viejo juego de siempre.
       Así lo llamaba él mismo, alisándose el bigote gris de corte militar. El viejo juego de siempre. Alguien que doblaba de prisa hacia la calle Berkeley le dio un codazo juguetón, diciéndole: “Hola, viejo zorro”, y desapareció, dejando el recuerdo de muchos codazos juguetones en los viejos tiempos, los tiempos de Merdy y Boob. Porque no podía ocultar el hecho de que iba en busca de las damas. No quería ocultarlo. Hacía que toda su profesión pareciera, hasta a sus propios ojos, gallarda y despreocupada. Ocultaba el hecho de que tales damas no eran tan jóvenes como podrían ser y de que eran las damas (¡benditas ellas!) quienes pagaban. Ocultaba el hecho de que hacía mucho que Merdy y Boob se habían esfumado de su vida. En la lista de sus conocidos figuraban muchísimas mujeres, pero casi ningún hombre; nadie más calificado que él por una larga experiencia para contar cuentos de salón de fumar, pero el salón de fumar donde el señor Chalfont era bien acogido ya no existía.
       El señor Chalfont cruzó la calle. No era una vida fácil, lo agotaba nerviosa y físicamente, necesitaba una gran cantidad de copas de jerez para seguir adelante. El primer jerez siempre tenía que pagarlo él; esas eran las treinta libras que marcaba como gastos en su declaración de impuestos. Se metió de un salto en la entrada, sin mirar hacia los lados, porque no estaría bien que el portero pensara que quería abordar a alguna de las mujeres que se movían pesadamente como focas en la mortecina luz de acuario del salón. Pero su sitio habitual estaba ocupado.
       Dio la vuelta para buscar otra silla donde pudiera exhibirse discretamente: la corbata exclusiva, el bronceado, el distinguido cabello gris, la silueta recia y elegante, el aspecto de gobernador jubilado de las Colonias. Estudió disimuladamente a la mujer que ocupaba su silla: creía haberla visto en alguna parte, el abrigo de mink, la silueta demasiado rolliza, el vestido caro. Su rostro le era familiar pero no lo había registrado, como el de alguien que uno ve todos los días en el mismo lugar. Era vulgar, alegre, indudablemente rica. No se le ocurría dónde podía haberla conocido.
       Su mirada se cruzó con la del señor Chalfont y le guiñó el ojo. Él se ruborizó; estaba horrorizado, nunca le había pasado nada así; el portero estaba observando y el señor Chalfont sintió que lo rozaba el escándalo, robándole su restorán familiar, su último coto de caza, quizá sacándolo por completo de Mayfair para relegarlo a algún triste salón de Paddington, donde no podría conservar ni la más mínima apariencia de donaire. ¿Tan obvio soy, pensó, tan obvio? Se apresuró a acercarse a ella antes de que pudiera volver a guiñarle el ojo. “Disculpe”, dijo, “seguramente usted me recuerda. Cuánto tiempo…”.
       —Tu cara me es conocida, querido —dijo—. Tómate un coctel.
       —Bueno —dijo el señor Chalfont—, no tengo nada en contra de un jerez, señora… señora… he olvidado completamente su apellido.
       —Eres un encanto —dijo la mujer—, pero Amy está bien.
       —Ah —dijo el señor Chalfont—, te ves muy bien, Amy. Me da mucho gusto verte sentada aquí otra vez después de todos esos… meses… no, deben ser años. La última vez que nos vimos…
       —No te recuerdo muy bien, querido, aunque claro, cuando vi que me mirabas… Supongo que fue en la calle Jermyn.
       —La calle Jermyn —dijo el señor Chalfont—. No, seguramente no. No en la calle Jermyn. Nunca he… De seguro fue cuando tenía mi departamento en la calle Curzon. Qué deliciosas veladas hubo ahí. Desde entonces me he mudado a una residencia algo más humilde, adonde nunca se me ocurriría invitarte… Pero quizás podríamos escabullirnos a algún nidito tuyo. Salud, querida. Te ves más joven que nunca.
       —Salucita —contestó Amy. El señor Chalfont se estremeció. Ella acarició su abrigo de mink—. Pero sabes, ya me retiré.
       —Ah, conque perdiste dinero, eh —dijo el señor Chalfont—. Querida señora, yo también he sufrido eso. Debemos consolarnos un poquito entre nosotros. Me imagino que los negocios van mal. Tu marido, creo recordar a un hombre exasperante que hacía lo posible por interferir en nuestro idilio. Fue todo un idilio, ¿verdad? Esas noches en la calle Curzon…
       —Estás mal, querido. Yo nunca estuve en la calle Curzon. Pero si eres de la época en que probé el negocito ese del marido, pues eso fue hace muchos años, en los tiempos del callejón cerca de la calle Bond. Qué extraordinario que lo recuerdes. Estuvo mal de mi parte. Ahora lo veo. Y nunca funcionó realmente. No creo que tuviera cara de marido. Pero ahora ya me retiré. Oh, no —dijo, acercándosele tanto que el señor Chalfont podía oler el brandy en sus labios regordetes—, no he perdido dinero. Lo he ganado.
       —Tienes suerte —dijo el señor Chalfont.
       —Todo fue por el Jubileo —explicó Amy.
       —Tuve que guardar cama durante el Jubileo —dijo el señor Chalfont—. Entiendo que todo funcionó muy bien.
       —Fue precioso —dijo Amy—. Todo el mundo, me dije, debería de hacer algo para que sea un éxito. Así que limpié las calles.
       —No entiendo muy bien —dijo el señor Chalfont—. ¿Quieres decir los adornos?
       —No, no —dijo Amy—, no fue eso, para nada. Pero con toda esa gente de las colonias de Londres, no me parecía bonito que vieran a las muchachas en la Calle Bond y en la Calle Wardour y en todas partes. Estoy orgullosa de Londres, y no me parecería bien que nos hiciéramos mala reputación.
       —La gente tiene que vivir.
       —Claro que tienen que vivir. ¿Qué no estuve yo misma en el negocio, querido?
       —Ah —dijo el señor Chalfont—, ¿estuviste en el negocio? —fue un golpe para él; miró rápidamente de uno y de otro lado, temiendo que hubieran podido verlo.
       —Así que, ves, abrí una Casa y dividí con las chicas. Yo corrí todo el riesgo y luego, claro, tuve mis demás gastos. Tuve que anunciarme.
       —¿Cómo… cómo lo hiciste saber? —no podía dejar de sentir una especie de interés profesional.
       —Fácil, querido. Abrí una agencia de turismo. Visitas al bajo mundo de Londres. Limchouse y todo eso. Pero siempre había algún viejo que quería que la guía le enseñara algo después, en privado.
       —Muy ingenioso —dijo el señor Chalfont.
       —Y también leal, querido. De veras se limpiaron las calles. Claro que solo tomé lo mejor. Fui muy exclusiva. Algunas respingaron, porque decían que hacían todo el trabajo, pero como les dije, fue Mi Idea.
       —¿Así que ahora te retiraste?
       —Gané cinco mil libras, querido. Realmente fue también mi jubileo, aunque no lo parezca. Siempre tuve madera de mujer de negocios, ves, y vi cómo podía ampliar el negocio. También abrí una casa en Brighton. Limpié Inglaterra, en cierta forma. Era tanto más agradable para los de las colonias. Ha habido mucho dinero en el país en estas últimas semanas. Tómate otro jerez, querido, no te ves bien.
       —La verdad, la verdad ya debería irme, sabes.
       —Anda, vamos. Es el Jubileo. Celébralo. No seas agua-fiestas.
       —Creo que veo a un amigo.
       Miró desesperadamente a su alrededor: un amigo; ni siquiera podía pensar en el nombre de algún amigo. Se marchitaba ante una personalidad más fuerte que la suya. Y ella florecía, como una enorme y vistosa flor de otoño. Se sintió viejo: mi Jubileo. Sus puños gastados se veían; había olvidado colocar la mano. Dijo: “Tal vez. Sólo uno. Realmente debería invitar yo”, y mientras veía cómo, en ese sitio mortecino y refinado, golpeaba la mesa con los nudillos para llamar al mesero y dominaba luego la desaprobación de este, el señor Chalfont no pudo dejar de pensar en lo injusto de esa confianza en sí misma y de esa salud. Él tenía un poco de neuritis, pero ella era un carnaval; realmente parecía pertenecer a los banderines y los tragos y los penachos y las procesiones. Dijo con toda humildad, disculpándose: “Me hubiera gustado haber visto la procesión, pero no me sentía bien. Mi reumatismo”. Su pequeño, marchito sentido del buen gusto no podía soportar la alegre espontaneidad plebeya. Bailaba bien, pero en las calles hubieran bailado mucho mejor que él; hacía el amor agradablemente, a su manera bien educada, pero ellos le habrían ganado en el amor, ciegos y borrachos, enloquecidos y felices en el parque. Sabía que hubiera estado fuera de lugar, se había mantenido apartado; pero era humillante darse cuenta de que Amy no se había perdido nada.
       —Te ves realmente acabado, querido —dijo Amy—. Déjame prestarte un par de libras.
       —No, no —dijo el señor Chalfont—. De veras, no puedo.
       —Me imagino que me diste bastante en tus tiempos.
       ¿Pero lo había hecho? No podía recordarla; hacía tantísimo tiempo que no había estado con una mujer, a no ser por trabajo. Dijo: “No puedo. De veras no puedo”. Trató de explicar su actitud mientras ella buscaba en la bolsa.
       —Nunca tomo dinero —excepto de los amigos, sabes— con desesperación admitió: —o en cuestiones de trabajo. Pero no podía desviar la mirada. Estaba quebrado y era muy cruel de su parte enseñarle un billete de cinco libras—. No. De veras —hacía mucho que su precio en el mercado no llegaba a las cinco libras.
       —Yo sé como son esas cosas, querido —dijo Amy—. Yo también he estado en el negocio, y sé muy bien cómo te sientes. A veces venía conmigo algún caballero, le daba una libra y salía corriendo como si tuviera miedo. Era insultante. Nunca me gustó aceptar dinero por no hacer nada.
       —Pero te equivocas por completo —dijo el señor Chalfont—. No es eso. Para nada.
       —Vamos, si lo supe casi en cuanto me hablaste. No necesitas conservar las apariencias conmigo, querido —continuó Amy inexorablemente, mientras el aire de Mayfair se iba diluyendo en el señor Chalfont hasta que solo quedaron el departamentito amueblado, los panecillos de jamón, la plancha calentándose en la estufa—. No tienes por qué ser orgulloso. Pero si lo prefieres (a mí me da lo mismo, no significa nada) vamos a mi casa, y puedes hacer lo tuyo. A mí me da lo mismo, querido, pero si lo prefieres, yo sé cómo te sientes —y salieron juntos, del brazo, a la desolada calle llena de adornos.
       —Anímate, querido —dijo Amy, mientras el viento cogía los listones y los arrancaba de los postes y levantaba el polvo y hacía ondear los estandartes—, a una le gusta ver una cara alegre —y de pronto se volvió estridente y festiva; le daba palmadas en la espalda al señor Chalfont; le pellizcaba el brazo, y decía—: Vamos, un poco de espíritu de Jubileo, querido —se vengaba en el viejo señor Chalfont de todo un mundo de compañeros desagradables. Ya no se le podía llamar de otra manera: el viejo señor Chalfont.



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