Graham Greene
(Berkhamstead, Inglaterra, 1904 - Vevey, Suiza, 1991)


La raíz de todo mal (1964)
(“The Root of All Evil”)
Originalmente publicado en The Statement,
LXVII (24 de septiembre de 1964), pág. 360-364;
reimpreso en Saturday Evening Post, CCXXXVII (7 de marzo de 1964), págs. 56-61;
May We Borrow Your Husband? and Other Comedies of Sexual Life
(Londres, Sydney, Toronto: The Bodley Head, 1967, 188 págs.), págs. 161-175.



      Fue mi padre quien me contó la historia. La había oído directamente de su padre, hermano de uno de los participantes. De lo contrario, dudo que hubiese creído en ella. Pero mi padre era hombre de rectitud absoluta y no tengo motivos para creer que esta virtud no la heredara de la familia.
       Los hechos ocurrieron en 189…, como dicen las viejas novelas rusas, en la aldea de B… Mi padre era de habla alemana y cuando se estableció en Inglaterra fue el primero de su familia en alejarse más allá de unos pocos kilómetros de su comuna, provincia, cantón o como se llamara en esos lugares. Era un protestante que creía en su religión, y nadie tiene más capacidad para creer, sin duda ni escrúpulo, que un protestante de ese tipo. Ni siquiera permitía a mi madre que nos leyera cuentos de hadas y caminaba tres millas hasta la iglesia para no ir a otra que tenía bancos con pupitre. No debemos ocultar nada —decía—. Si tengo sueño, duermo y permito que el mundo conozca la debilidad de mi carne. ¡Hasta podrían jugar a las cartas en esos bancos sin que nadie se diera cuenta!, agregaba. La idea encendía mi imaginación y quizás haya tenido cierta influencia sobre mi vida.
       Esta frase está unida en mi recuerdo al modo en que empezaba a contar esta historia. El pecado original hizo que el hombre se inclinara al secreto —decía—. Un pecado manifiesto es sólo un pecado a medias, y una inocencia secreta es sólo una inocencia a medias. Quien guarda secretos, tarde o temprano pecará. Yo no permitiría que un francmasón cruzara mi puerta. Pero vengo de un lugar donde las sociedades secretas eran ilegales y el gobierno tenía razón. Por inocentes que sean al principio… Como lo fue el club de Schmidt.
       Parece que entre los ancianos de la ciudad donde vivía mi padre había un matrimonio que seguiré llamando Schmidt, porque no conozco bien las leyes contra la difamación ni sé en qué medida se aplican a los muertos. Herr Schmidt era un hombre corpulento y un gran bebedor. Prefería beber en su propia casa, con gran disgusto de su mujer, que no probaba una gota de alcohol. No es que ella se atreviera a prohibir la bebida a su marido. Tenía una idea muy clara de sus deberes de esposa. Pero había llegado a una edad (tenía más de sesenta años y él pasaba de los setenta) en que anhelaba sentarse tranquilamente junto a otra mujer para tejer jerseys a sus nietos y hablar de sus últimas enfermedades. Y no podía hacerlo a sus anchas con un hombre que bajaba continuamente a la bodega por otra botella. Hay una atmósfera masculina y una atmósfera femenina, que no se mezclan, salvo en el lugar adecuado: bajo las sábanas. Muchas veces Frau Schmidt, con su habitual gentileza, procuraba persuadirlo de que fuera una noche a la taberna. “¿Para pagar más por cada copa?”, respondía él. Entonces ella trataba de convencerlo de que necesitaba la compañía y la conversación de otros hombres. “No cuando estoy catando un excelente vino”, le contestaba él.
       Entonces, como último recurso, Frau Schmidt confió su problema a Frau Muller, que estaba en una situación parecida. Frau Muller era un tipo de mujer más enérgica y en seguida se puso a planear una organización. Encontró a otras cuatro mujeres ansiosas de compañía e intereses femeninos y todas resolvieron reunirse una vez por semana, con su costura y su café. Entre todas reunían más de doce nietos, de modo que es fácil imaginar que no les faltaría tema de conversación. Cuando un niño acababa con la varicela, por los menos otros dos empezaban con el sarampión. Se comparaban los diferentes tratamientos y había una escuela médica que creía que el lema “mate de hambre al resfriado”, significaba “mate de hambre al resfriado y alimentará una fiebre”, y otra escuela que apoyaba concepciones más tradicionales. Pero sus debates nunca eran tan vehementes como los que sostenían con sus maridos, y acordaron reunirse en sus casas y hacer los pasteles por turno.
       ¿Qué ocurría mientras tanto con los maridos? Lo natural es pensar que les alegraría seguir bebiendo a solas. Pero no era así. Beber es como leer un “romance” (mi padre usaba el término con desdén: nunca había pasado las páginas de una novela): no requiere conversación, pero sí compañía. De lo contrario, beber se vuelve una especie de trabajo. Frau Muller había pensado en esto y sugirió a su marido —muy amablemente, de modo que él apenas se dio cuenta— que cuando las mujeres se reunieran en otra parte él podía invitar a otros maridos a que trajeran sus bebidas (así no era preciso gastar dinero en la taberna); de ese modo podrían sentarse con sus copas, hasta la hora de acostarse, tan callados como se les antojara. De cuando en cuando, sin duda, alguno de ellos podía hacer una observación sobre la humedad o el buen tiempo, y otro podía mencionar las perspectivas para la cosecha, mientras un tercero podía asegurar que nunca habían tenido un verano tan caluroso como el de 1888. Conversación masculina que, en ausencia de mujeres, no podía acalorarse.
       Pero había un peligro en este plan que fue el causante del desastre. Frau Muller alistó a una séptima mujer que no huía de la afición a la bebida, sino de la curiosidad de su marido. Frau Puckler tenía un marido que nadie podía soportar. Antes de admitirla en las reuniones, debían resolver que harían con él. Era un hombrecillo avinagrado, bizco y totalmente calvo, que vaciaba una taberna en cuanto entraba en ella. Sus pupilas cruzadas producían el efecto de una barrena y era capaz de sostener una conversación de diez minutos con otro hombre sin desviar de su frente la mirada, hasta que uno esperaba ver salir aserrín del agujero. Pero Frau Puckler era una mujer muy respetada. Para que no advirtiera que su marido era persona poco grata decidieron rechazar por algunas semanas la propuesta de Frau Muller. Dijeron que los maridos estaban muy contentos en sus casas, a solas con un vaso; lo que en verdad querían decir era que su soledad era preferible a la compañía de Herr Puckler. Pero los hombres se sentían tan desdichados que a menudo, cuando sus mujeres regresaban a sus casas, los encontraban metidos en la cama y dormidos.
       Fue entonces cuando Herr Schmidt rompió su silencio habitual. Una noche que las mujeres estaban reunidas, llamó a la puerta de Herr Muller con una jarra de cuatro litros de vino. No había bebido más de dos litros cuando rompió el silencio. Esta bebida solitaria, dijo, debe terminar. En las últimas dos semanas había dormido más que en seis meses y estaba perdiendo fuerzas.
       —La tumba bosteza esperándonos —dijo, bostezando por la fuerza de la costumbre.
       —Pero Puckler es peor que la tumba —objetó Herr Muller.
       —Nos reuniremos en secreto —dijo Herr Schmidt—, Braun tiene un buen sótano.
       Así empezó el secreto. Del secreto, sentenciaba mi padre, brota toda suerte de pecados. Yo me imaginaba el secreto como la tierra negra del sótano donde cultivábamos nuestros champiñones. Pero los champiñones se comían, de modo que su secreto se reproducía… Siempre encontré cierta ambigüedad en las enseñanzas morales de mi padre.
       Parece que las cosas marcharon bien durante algún tiempo. Los hombres estaban muy contentos de beber juntos —sin Herr Puckler, desde luego—, y las mujeres también lo estaban. Incluso Frau Puckler, ya que todas las noches encontraba a su marido metido en la cama, listo para cumplir con sus obligaciones. Era demasiado orgulloso para hablar con su mujer de sus vagabundeos en busca de compañía entre los toques del campanario. Todas las noches llamaba a una casa diferente y todas las noches encontraba solo puertas cerradas y ventanas a oscuras. Una noche, desde el sótano de Herr Braun, los maridos oyeron llamar a la puerta de entrada. Además Puckler hacía intentos regulares en la posada, aunque a veces acudía a ella irregularmente, quizás con la esperanza de encontrarlos desprevenidos.
       El farol de la calle se reflejaba en su calvicie y a menudo algún bebedor tardío que regresaba a su casa encontraba esos ojos perforadores que no creían nada de lo que le decían los demás. “¿Ha visto usted a Herr Muller esta noche?” o “¿Está Herr Schmidt en su casa?” preguntaba a otro trasnochador.
       Los buscaba por todas partes. Hasta entonces se había sentido muy satisfecho bebiendo en su casa y mandando a su mujer al sótano por más vino; pero ahora estaba solo y sabía muy bien que no hay placer posible para un bebedor solitario. Si Herr Schmidt y Herr Muller no estaban en sus casas, ¿dónde estarían? Y los otros, con quienes nunca había tenido buenas relaciones, ¿dónde estarían? Frau Puckler era lo opuesto a su marido: no tenía la menor curiosidad, y Frau Muller y Frau Schmidt tenían bocas que se cerraban perfectamente, como el cierre de un bolso bien hecho.
       Después de cierto tiempo, Herr Puckler acudió a la policía. Se negó a hablar con nadie inferior al comisario. El taladro de sus ojos perforó como una jaqueca la frente del comisario. Mientras sus ojos permanecían fijos, sus palabras divagaban. Había ocurrido un atentado anarquista en Schloss… —no recuerdo el nombre—, se decía que habían intentado matar a un gran duque. El comisario se agitaba en su silla, porque ésos eran acontecimientos importantes que no le concernían. Los ojos bizcos seguían taladrando el doloroso punto sobre su nariz, donde ya empezaba la jaqueca. De pronto el comisario resopló:
       —Éstos son tiempos aciagos —dijo, recordando una frase de la ceremonia dominical.
       —Usted conoce la ley sobre las asociaciones secretas —dijo Herr Puckler.
       —Desde luego.
       —Sin embargo, aquí, en las mismas narices de la policía —y los ojos bizcos taladraron más profundamente— existe una sociedad secreta.
       —Si fuera usted más explícito…
       Herr Puckler le dio la lista completa de nombres, empezando por Schmidt.
       —Se reúnen en secreto —dijo—. Ninguno de ellos se queda en su casa.
       —No creo que sea la clase de hombres que confabulan…
       —Son todavía más peligrosos.
       —Quizás sean sólo amigos.
       —Entonces, ¿por qué no se reúnen en público?
       —Haré que un agente investigue el asunto —dijo el comisario, sin demasiado interés.
       Lo cierto es que ahora había dos hombres por las noches que procuraban descubrir dónde se reunían los seis maridos. El policía era un hombre simple que empezó haciendo preguntas directas, pero como lo habían visto varias veces en compañía de Puckler, los seis supusieron que les seguía los pasos a petición de Puckler y fueron más cautelosos que nunca para que no los descubrieran.
       Almacenaron vino en el sótano de Herr Braun y tomaron toda clase de precauciones para que no los vieran entrar. Cada uno sacrificó sucesivamente una noche de bebida para despistar a Puckler y al policía. Tampoco confiaron en sus mujeres, por temor a que la cosa llegara a oídos de Frau Puckler, de modo que fingieron que la idea no había resultado y cada uno había vuelto a beber a solas. Esto los obligo a decir un montón de mentiras cuando llegaban después de sus mujeres a sus casas. Así, dijo mi padre, empezó a brotar el pecado.
       Una noche en que Herr Schmidt hacía de señuelo, condujo a Herr Puckler durante una larga caminata hasta los suburbios. Al fin, viendo una puerta abierta y una luz en la ventana con un agradable resplandor rojo, impulsado por la sed creyó que era una tranquila posada y entró. Lo recibió una dama corpulenta que lo llevó a una sala donde esperó que le sirvieran vino. Allí había tres muchachas sentadas en un sofá, más o menos desvestidas, que saludaron a Herr Schmidt con risas y palabras tiernas. Herr Schmidt temió salir en seguida de la casa por si Puckler estaba espiando fuera. Mientras tanto, la dama corpulenta entró con una botella de champagne helado y unas copas. La bebida lo hizo quedarse (aunque el champagne no era lo que más le gustaba: hubiera preferido el vino local). Así, decía mi padre, del secreto brotó el segundo pecado. Pero la cosa no terminó ahí, con las mentiras y la fornicación.
       Cuando llegó el momento de irse, Herr Schmidt miró por la ventana. En lugar de Puckler vio al policía que iba y venía por la calle. Sin duda había seguido a Puckler y había tomado el relevo, mientras Puckler estaría husmeando en pos de los demás. ¿Qué hacer? Cada vez era más tarde; las mujeres pronto beberían su última taza y cerrarían el expediente del último nieto. Herr Schmidt apeló a la corpulenta y amable dama; le preguntó si no había en la casa una puerta trasera para evitar a un conocido suyo que estaba en la calle. No había puerta trasera, pero la mujer tenía muchos recursos y en pocos instantes atavió a Herr Schmidt con una falda inmensa como las que entonces llevaban las campesinas en el mercado, un par de medias blancas, una blusa bastante amplia y un sombrero de alas anchas. Hacía mucho que las chicas no se divertían tanto. Se entretuvieron embadurnándole la cara con lápiz de labios, sombra para los ojos y colorete. Cuando salió de la casa, el policía quedó tan perplejo ante el espectáculo que no se movió de su lugar, dando tiempo a Herr Schmidt de escabullirse por la esquina, poner pies en polvorosa por una calle lateral y llegar sano y salvo a su casa, con tiempo para lavarse la cara antes de que regresara su mujer.
       Si las cosas hubieran parado allí todo habría ido bien, pero el policía se había dado cuenta e informó al comisario de que los miembros de la sociedad secreta se vestían de mujer y frecuentaban las casas de vida alegre de la ciudad.
       —Pero ¿para qué se visten de mujer? —preguntó el comisario.
       Puckler insinuó que se trataba de orgías muy alejadas del orden natural de las cosas.
       —La anarquía —dijo— se propone trastornarlo todo, hasta las relaciones habituales entre un hombre y una mujer.
       —¿No puede usted ser más explícito? —preguntó el comisario por segunda vez. Era una de sus frases preferidas, pero Puckler dejo los detalles rodeados de misterio.
       Fue entonces cuando el fanatismo de Puckler adquirió un sesgo morboso. Sospechaba que cada mujer corpulenta que veía de noche en la calle era un hombre disfrazado. En una ocasión le arrancó la peluca a cierta Frau Hackenfurth (hasta entonces nadie, ni siquiera su marido, sabía que usaba peluca). Finalmente se echó a las calles disfrazado de mujer, pensando que un travesti reconocería a otro y, tarde o temprano, lo admitirían en las orgías secretas. Era un hombre muy pequeño y representó su papel mejor que Herr Schmidt: únicamente sus ojos bizcos habrían revelado su identidad a la luz del día.
       Hacía ya dos semanas que los hombres se reunían tranquilamente en el sótano de Herr Braun. El policía se había cansado de su pesquisa y el comisario confiaba que el asunto estuviera concluido, cuando alguien tomó una decisión desastrosa. En los viejos tiempos, Frau Schmidt y Frau Muller solían preparar buñuelos para que sus maridos los comieran con el vino, y los dos hombres empezaron a echar de menos ese placer que describían a sus compañeros con las bocas haciéndoseles agua. Herr Braun sugirió que podían contratar los servicios de una mujer para que les cocinara. Sólo supondría una pequeña contribución por cabeza, porque nadie les pediría mucho por unas pocas horas de trabajo, al final de la tarde. La misión de la mujer consistiría en llevarles buñuelos recién hechos cada media hora, mientras duraran las sesiones de bebida. Puso un anuncio en el diario y Puckler, jugándose el todo por el todo, el anuncio hablaba de un “club masculino”, se presentó, ataviado con el mejor vestido de domingo de su mujer. Fue aceptado por Herr Braun, el único que no conocía a Herr Puckler, salvo por su reputación. De modo que Puckler se encontró instalado en el corazón mismo del misterio, con inmejorable oportunidad para oír todas sus conversaciones. El único problema era que tenía poca habilidad para cocinar y, con la atención puesta en la puerta del sótano, a veces se le quemaban los buñuelos. La segunda noche, Herr Braun le advirtió que si los bizcochos no mejoraban, buscaría a otra mujer.
       Pero eso no preocupó a Puckler: ya tenía toda la información que necesitaba para el comisario. Fue para él un verdadero placer redactar su informe en presencia del policía que no había contribuido en nada a la investigación.
       Puckler transcribió el diálogo, suprimiendo tan sólo las largas pausas, el gorgoteo de las jarras de vino y los toscos homenajes que el viento rinde de cuando en cuando a las virtudes del vino joven. Su informe decía lo siguiente:
       Investigación de las reuniones secretas en el sótano de la casa de Herr Braun, n.° 27 de la Strasse… El investigador oyó el diálogo que a continuación se transcribe.
       MULLER.—Si continúa lloviendo otro mes, la cosecha de uva será mejor que la del año pasado.
       VOZ NO IDENTIFICADA.—Hmm…
       SCHMIDT.—Dicen que el cartero por poco se rompe la cadera la semana pasada. Tropezó con una piedra.
       BRAUN.—Recuerdo sesenta y una vendimias.
       DOBEL.—Es la hora de los buñuelos.
       VOZ NO IDENTIFICADA.—Hmm…
       MULLER.—Llamad a la vaca.
       El investigador acudió a la llamada y dejó una fuente de buñuelos.
       BRAUN.—Cuidado. Están calientes.
       SCHMIDT.—Éste parece carbón.
       DOBEL.—Incomible.
       KASTNER.—Será mejor despedirla antes de que ocurra algo peor.
       BRAUN.—Le he pagado hasta el fin de la semana. La despediremos entonces.
       MULLER.—Al mediodía estábamos a catorce grados.
       DOBEL.—El reloj del ayuntamiento adelanta.
       SCHMIDT.—¿Recordáis aquel perro de manchas negras que tenía el alcalde?
       VOZ NO IDENTIFICADA.—Hmm…
       KASTNER.—No. ¿Por qué?
       SCHMIDT.—No recuerdo.
       MULLER.—Cuando yo era niño nos daban budín con pasas. Ya no los hacen.
       DOBEL.—Fue en el verano del 87.
       VOZ NO IDENTIFICADA.—¿Y qué pasó?
       MULLER.—Murió el mayor Kalnitz.
       SCHMIDT.—Fue en el 88.
       MULLER.—Hubo muchas heladas.
       DOBEL.—No tantas como en el 86.
       BRAUN.—Ése fue un mal año para las vides.
       El informe continuaba poco más o menos durante doce páginas.
       —¿Qué significa esto? —preguntó el comisario.
       —Si lo supiéramos, todo estaría claro.
       —Entonces, ¿por qué se reúnen en secreto?
       —Hmm —dijo el policía, como la voz no identificada.
       —Tengo la impresión de que puede salir algo —dijo Puckler—. Fíjese usted en todas esas fechas. Habría que cotejarlas.
       —Tiraron una bomba en el 86 —dijo el comisario con aire de duda—. Mató al caballo tordo del Gran Duque.
       —“Un mal año para las vides” —dijo Puckler—. No dieron en el blanco No hubo vino significa que no hubo sangre real.
       —Fue un error de cálculo —recordó el comisario.
       —“El reloj del ayuntamiento adelanta” —afirmó Puckler.
       —De todos modos, no puedo creerlo. Una clave. Necesitamos más material para descifrarla.
       El comisario consintió, con cierta reticencia, en seguir con la investigación. Pero existía la dificultad de los buñuelos.
       —Necesitamos una buena cocinera que me ayude a preparar los buñuelos —dijo Puckler— entonces podré escucharlos sin interrupción. No pondrán reparos si les digo que no les cobraré más.
       —Estaban muy buenos los buñuelos que comí en su casa —dijo el comisario al policía.
       —Yo mismo los hice —dijo el policía, tristemente.
       —Entonces, no nos sirve…
       —¿Por qué no? —preguntó Puckler—. Si yo puedo disfrazarme de mujer, también él podrá.
       —¿Y el bigote?
       —Con jabón y una buena navaja…
       —Sería una orden bastante insólita de dar…
       —Todo sea por la ley.
       La cosa quedó resuelta, aunque el policía no se mostró demasiado satisfecho. El pequeño Puckler se vestía hábilmente con las ropas de su mujer; pero el policía no tenía mujer. Finalmente, Puckler tuvo que consentir en comprarle ropa. Lo hizo casi de noche, cuando las vendedoras estaban impacientes por cerrar y no tenían tiempo de reparar en sus ojos bizcos mientras calculaban el número de la falda; la blusa y los calzones. Ya habían brotado los pecados de la mentira y la fornicación: no sé en qué categoría situaba mi padre esa compra, que no pasó enteramente inadvertida. Quizás el tercer pecado engendrado por el secreto fue el escándalo, porque una cliente tardía que entró en la tienda reconoció a Puckler precisamente cuando levantaba los calzones para comprobar si eran bastante anchos. Es fácil imaginar que la noticia cundió velozmente. La única que no lo supo fue Frau Puckler. En la siguiente reunión se sintió objeto de una curiosa deferencia o compasión. Todas se callaban para escuchar cuando hablaba; ninguna la contradijo ni discutió con ella. Nadie permitió que llevara una bandeja o sirviera una taza. Empezó a sentirse como una inválida, le empezó a doler la cabeza y resolvió irse temprano como si supieran algo que ella ignoraba, y Frau Muller se ofreció para acompañarla a casa.
       Desde luego, regresó corriendo para contarles todo.
       —Cuando llegamos —dijo—. Herr Puckler no estaba en casa. La pobre mujer fingió no saber dónde podía estar. Se puso nerviosísima. Dijo que él siempre se quedaba en casa, esperándola. Quiso ir a la comisaría para denunciar su desaparición pero la disuadí. Estuve a punto de creer que ignoraba el paradero de su marido. Comentó algo acerca de extrañas reuniones en la ciudad, de anarquistas y cosas por el estilo ¿podréis creerlo?, que Herr Puckler le había dicho que un policía había visto a Herr Schmidt vestido de mujer.
       —¡Qué cerdo! —dijo Frau Schmidt refiriéndose a Puckler, pues Herr Schmidt tenía el aspecto de uno de sus barriles de vino—. ¿Pueden imaginarse una cosa semejante?
       —Lo hizo para apartar la atención de sus propios vicios —dijo Frau Muller—. Tenéis que oír lo que ocurrió después. Entramos en el dormitorio, y Frau Puckler encontró la puerta del guardarropa abierta de par en par. Miró dentro y qué vio… Faltaba su vestido negro de los domingos. “Después de todo, hay algo de cierto en la historia”, me dijo. “Buscaré a Herr Schmidt”. Pero yo le hice observar que sólo un hombre muy pequeño podía usar su vestido.
       —¿Qué hizo? ¿Se ruborizó?
       —Creo que no tiene la menor idea de lo que pasa.
       —Pobre mujer —dijo Frau Dobel—. ¿Y qué creéis que debe de hacer él cuando se disfraza?
       Empezaron a hacer hipótesis. Así fue como (decía mi padre) la calumnia se sumó a los pecados de la mentira, la fornicación y el escándalo. Pero aún faltaba el pecado más grave.
       Esa noche Puckler y el policía llamaron a la puerta de Herr Braun. Pero no sabían que la historia de Puckler ya había llegado a oídos de los bebedores, porque Frau Muller había comunicado los extraños acontecimientos a Herr Muller, que recordó inmediatamente los ojos bizcos de la cocinera Anna cuando lo espiaba desde la oscuridad. Los hombres se reunieron y Herr Braun informó de que la cocinera llevaría a una asistenta para ayudarla a preparar los buñuelos. Como no había pedido más sueldo, él había aceptado. Es fácil imaginar la confusión de voces que estalló en ese grupo de hombres silenciosos cuando Herr Muller contó su historia. ¿Qué se proponía Puckler? Tratándose de él, sería algo muy malo. Algunos afirmaban que, con la ayuda de su asistente, planeaba envenenarlos con los buñuelos para vengarse de su exclusión. “No sería extraño en él”, dijo Herr Dobel. Tenían buenos motivos para sospechar, de modo que mi padre, que era un hombre justo, no incluyó el recelo injustificado entre los pecados que la sociedad secreta había engendrado. Los hombres empezaron a prepararse para recibir a Puckler.
       Puckler llamó a la puerta y el policía permaneció tras él, inmenso en su falda negra y con las medias blancas arrugadas, porque Puckler se había olvidado de comprarle ligas. Después de la segunda llamada, empezó el bombardeo. Puckler y el policía fueron empapados con aguas inmundas y apaleados. Hasta llovieron tenedores que pusieron en peligro sus ojos. El policía fue el primero en echar a correr. Fue un extraño espectáculo ver correr por las calles a una mujer tan grande, como gato escaldado. La blusa se le había salido del cinturón y flameaba como una vela mientras sorteaba los objetos voladores (que ahora incluían un rollo de papel higiénico, una tetera rota y un retrato del Gran Duque).
       Puckler, que había recibido en un hombro un rodillo de amasar, no huyó en seguida. Tuvo un momento de coraje o de azoramiento. Pero cuando recibió el impacto de la sartén que había usado para los buñuelos, ya era demasiado tarde para emprender la huida. Fue entonces cuando un orinal le dio en la cabeza. Quedó tendido en la calle, con el orinal encasquetado. Tuvieron que romperlo con un martillo para sacárselo, pero ya estaba muerto. Nadia supo si murió a causa del golpe, la caída, el miedo o quizás ahogado por el orinal (esta última fue la opinión más general). Desde luego, se inició una investigación que duró varios meses para verificar la existencia de un complot anarquista. Antes de que se cerrara, el comisario se comprometió con Frau Puckler. Nadie los culpó, salvo mi padre, porque ella era una mujer muy estimada. Mi padre estaba escandalizado por tanto secreto y sospechaba que el amor del comisario por Frau Puckler había prolongado la investigación, ya que él fingía creer en las acusaciones del difunto.
       Aunque técnicamente se trataba de un asesinato —puesto que la muerte se había producido por una agresión ilegal—, al cabo de seis meses los tribunales absolvieron a los seis hombres. “Pero hay un tribunal más alto —decía siempre mi padre al terminar el relato—, y en ese tribunal el pecado de asesinato nunca escapa sin castigo. Se empieza con un secreto —agregaba, mirándome como si hubiera sabido que mis bolsillos estaban llenos de secretos, como en verdad lo estaban, incluyendo la carta que al día siguiente procuraría deslizar en clase a la niña rubia de la segunda fila—, y se termina cometiendo toda clase de pecados”. Y empezaba a contarlos de nuevo para que yo no los olvidara: “Mentira, embriaguez, fornicación, escándalo, asesinato y soborno a al autoridad”.
       —¿Soborno?
       —Sí —dijo mirándome con ojos brillantes.
       Creo que se refería a Frau Puckler y al comisario. Entonces alcanzó el clímax:
       —Hombres con ropas de mujer… El terrible pecado de Sodoma.
       —¿Y cuál es ese pecado? —pregunté, lleno de curiosidad.
       —A tu edad —dijo mi padre—, algunas cosas deben permanecer en secreto.



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