Graham Greene
(Berkhamstead, Inglaterra, 1904 - Vevey, Suiza, 1991)


Pena en tres tiempos (1966)
(“Chagrin in Three Parts”)
Originalmente publicado en The Weekend Telegraph (28 de octubre de 1966), págs. 57-58;
May We Borrow Your Husband? and Other Comedies of Sexual Life
(Londres, Sydney, Toronto: The Bodley Head, 1967, 188 págs.), págs. 57-65.



I

      Era el mes de febrero en Antibes. Ráfagas de lluvia barrían las murallas y las flacas estatuas de la terraza del castillo Grimaldi chorreaban agua. Se oía un ruido ausente durante los días azules del verano: el continuo fragor de la rompiente contra la escollera. Los restaurantes a lo largo de la costa estaban cerrados; pero había luces en el de Félix, en el puerto, y se veía un Peugeot último modelo en el estacionamiento. Los mástiles desnudos de los yates abandonados se elevaban como mondadientes y el último avión del horario de invierno bajaba al aeropuerto de Niza con un centelleo de luces verdes, rojas y amarillas, como los adornos de un árbol de Navidad. Así me gustaba Antibes; me decepcionó descubrir que no estaría a solas en el restaurante, como solía ocurrirme casi todas las noches.
       Al cruzar el camino vi a una dama muy imponente vestida de negro que me miró fijamente desde una mesa junto a la ventana, como prohibiéndome la entrada. Cuando entré y me senté junto a la otra ventana, me observó con evidente desagrado. Mi impermeable estaba raído, tenía los zapatos embarrados y, en cualquier caso, era un hombre. Mientras me examinaba desde la cabeza calva hasta los míseros zapatos, interrumpió momentáneamente su conversación con la patrona, que la llamaba madame Dejoie.
       Madame Dejoie siguió su monólogo en tono de resuelta desaprobación: no era frecuente que madame Volet se demorara, pero esperaba que no le hubiese ocurrido nada en las murallas. Durante el invierno siempre había argelinos por los alrededores, agregó con misteriosa aprensión, como si hubiese hablado de lobos. Pero a pesar de ello, madame Volet había rehusado que madame Dejoie fuera a recogerla a su casa.
       —Dadas las circunstancias, no insistí. Pobre madame Volet.
       Su mano aferraba un molinillo de pimienta como si fuera un garrote, e imaginé a madame Volet como a una anciana débil y tímida, asustada hasta de la protección de tan formidable amiga.
       ¡Cuánto me equivocaba! Madame Volet irrumpió súbitamente con una ráfaga de lluvia por la puerta lateral, a mi lado. Era una mujer joven y de extravagante belleza en sus ceñidos pantalones negros. Su largo cuello emergía de un suéter rojo vino, de cuello desbocado. Me alegró que se sentara junto a madame Dejoie, porque eso me permitió mirarla mientras comía.
       —Me he retrasado —dijo—. Lo sé. Cuando una está sola tiene muchas cosas que hacer. Y todavía no me he acostumbrado a arreglármelas sola —agregó con suave queja que me recordó el tintineo de un botellón Victoriano de cristal tallado. Se quitó los gruesos guantes de invierno con ademán que me hizo pensar en una mano al retorcer un pañuelo humedecido por la pena. Cuando le miré las manos, me parecieron pequeñas, inútiles y vulnerables.
       —Pauvre cocotte —dijo madame Dejoie—; tranquilízate junto a mí y olvídalo por un momento. He pedido una bouillabaisse con langouste.
       —No tengo apetito, Emmy.
       —Ya te vendrá. Toma, aquí tienes tu porto. También he pedido una botella de blanc de blancs.
       —Me pondrás tout a fait saoule.
       —Comeremos y beberemos, y lo olvidaremos todo durante un rato. Sé cómo te sientes, porque también yo perdí a un marido que amaba.
       —Pero la muerte —dijo la pequeña madame Volet— es muy diferente. La muerte se soporta mucho mejor.
       —Es más irrevocable.
       —Nada puede ser más irrevocable que mi situación. Emmy, él quiere a esa perra.
       —Todo lo que sé es que ella tiene un gusto deplorable… o un peluquero deplorable.
       —Eso es exactamente lo que le dije a mi marido.
       —Pues te equivocaste. Yo fui quien debí decírselo, porque me hubiera creído y, en todo caso, mi crítica no hubiera herido su amor propio.
       —Lo quiero —dijo madame Volet— y no puedo contenerme.
       De pronto reparó en mí. Susurró algo a su compañera y oí que ésta la tranquilizaba. Un anglais. La miré con el mayor disimulo posible. Como casi todos mis colegas escritores, tengo el espíritu de un voyeur… Y pensé en lo estúpidos que podían llegar a ser los hombres casados. Estaba libre, por el momento, y me hubiese gustado consolarla, pero yo no existía para ella, ahora que sabía que era inglés, ni para madame Dejoie. No era ni siquiera un ser humano: sólo un desecho del Mercado Común.
       Pedí un pequeño rouget y media botella de Pouilly y procuré interesarme en el Trollope que había llevado conmigo. Pero no podía concentrar en él mi atención.
       —Yo adoraba a mi marido —decía madame Dejoie.
       Cogió de nuevo el molinillo de pimienta, aunque esta vez ya no parecía tanto un garrote.
       —Yo sigo adorándolo, Emmy. Eso es lo peor de todo. Sé que si volviera…
       —El mío nunca volverá —respondió madame Dejoie, pasándose un pañuelo por el ángulo de un ojo y examinando después la huella negra que había dejado.
       Bebieron sus portos en un silencio lúgubre. Al fin madame Dejoie dijo resueltamente:
       —No hay nada que hacer. Debes aceptar las cosas, como hago yo. Lo único es que tenemos que saber adaptarnos.
       —Después de semejante traición, nunca volveré a mirar a otro hombre —dijo madame Volet.
       En ese instante miró hacia mí, pero sin verme.
       Me sentí invisible. Interpuse la mano entre la luz y la pared para probar que tenía sombra, y la sombra pareció un animal con cuernos.
       —Nunca te sugeriría que buscaras a otro hombre. Nunca —dijo madame Dejoie.
       —¿Entonces?
       —Cuando mi pobre marido murió de una infección intestinal, me sentí desconsolada. Pero me dije: Valor, valor; tienes que aprender a reír de nuevo.
       —¿A reír? —exclamó madame Volet—. ¿De qué?
       Antes de que madame Dejoie pudiera responder, llegó monsieur Félix para llevar a cabo su operación quirúrgica sobre el pescado para la bouillabaisse. Madame Dejoie lo miraba con gran interés. Creo que madame Volet miraba por cortesía, mientras terminaba un vaso de blanc de blancs.
       Terminada la operación, madame Dejoie llenó los vasos y dijo:
       —Tuve la suerte de encontrar a una amiga que me enseñó a no llorar por el pasado.
       Levantó el vaso y amartillando con un dedo, como he visto hacer a algunos hombres, agregó:
       —Pas de mollesse.
       —Pas de mollesse —repitió madame Volet, con una pálida y encantadora sonrisa.
       Me sentí avergonzado de mí mismo: era sólo un frío espectador literario del dolor humano. Temía encontrar los ojos tristes de madame Volet (¿qué clase de hombre era capaz de traicionarla con una mujer que se teñía mal el pelo?), y procuré concentrarme en el triste cortejo de Mr. Crawley, que andaba por el camino fangoso con sus grandes botas de clérigo. En todo caso, ambas habían bajado la voz; un tenue olor a ajo me llegaba de la bouillabaisse, la botella de blanc de blancs estaba casi terminada y, a pesar de las protestas de madame Volet, madame Dejoie había pedido otra.
       —No hay medias botellas —dijo—. Siempre podemos dejar algo para los dioses.
       Las voces volvieron a atenuarse en un íntimo murmullo, mientras la petición de mano de Mr. Crawley era aceptada (sólo en el segundo volumen se revelaría cómo podría mantener a una familia numerosa). Una carcajada me arrancó de mi forzada concentración. Era la risa musical de madame Volet.
       —Cocho —exclamó.
       Madame Dejoie la miró por encima de su vaso (ya habían descorchado la segunda botella), bajo sus cejas espesas.
       —Es la verdad —dijo—. Cantaba como un gallo.
       —¡Vaya juego!
       —Empezó como un juego, pero él estaba orgulloso de sí mismo. Apres seulement deux coupes…
       —Jamais trop? —preguntó madame Volet, riendo y derramando un poco de vino en su cuello desbocado.
       —Jamais.
       —Je suis saoule.
       —Moi aussi, cocotte.
       —Cantar como un gallo… al menos era fantaisise —dijo madame Volet—. Mi marido no tenía fantasies. Era estrictamente clásico.
       —Pas de vices?
       —Helas, pas de vices.
       —¿Y a pesar de eso lo echas de menos?
       —Ponía mucho empeño —dijo madame Volet con una risita—. Pensar que, al final, tenía que ponerlo por los dos…
       —¿No te aburría un poco?
       —Era una costumbre… Y las costumbres se echan mucho de menos. Ahora me despierto a las cinco de la mañana.
       —¿A las cinco?
       —Era la hora de su mayor actividad.
       —Mi marido era un hombre muy pequeño —dijo madame Dejoie—. No de estatura, por supuesto. Medía dos metros.
       —Oh, Paul es bastante grande. Pero siempre lo mismo…
       —¿Por qué sigues amándolo?
       Madame Dejoie suspiró y apoyó su ancha mano en la rodilla de madame Volet. Llevaba un anillo de sello que quizás hubiera pertenecido a su difunto marido. Madame Volet también suspiró y yo volví melancólicamente a mi lectura. Pero de pronto a madame Volet le entró hipo y se echaron a reír.
       —Tu es vraiment saoule, cocotte.
       —No sé si echo de menos a Paul o sólo a sus costumbres.
       Súbitamente posó sus ojos en los míos y enrojeció, con el color de su cuello desbocado color vino tinto.
       —Un anglais… ou un américain —repitió para tranquilizarla madame Dejoie, sin preocuparse por bajar la voz—. ¿Sabes qué limitada era mi experiencia cuando murió mi marido? Lo quería cuando cantaba como un gallo. Me alegraba que le gustara tanto. Sólo quería verlo contento. Lo adoraba y, sin embargo, en aquellos días… j’ai peut-être gout trois fois par semaine. No esperaba más. Me parecía un límite muy natural.
       —En mi caso, era tres veces por día —dijo madame Volet, riendo de nuevo—. Mais toujours d’une façon classique.
       Se tapó la cara con las manos y sollozó muy despacio. Madame Dejoie le puso un brazo sobre los hombros. Hubo un largo silencio mientras quitaban de la mesa los restos de la bouillabaisse.


II

      —Los hombres son unos animales curiosos —dijo madame Dejoie.
       Habían servido el café y ambas compartían un marc, mojando terrones de azúcar que se metían una a otra en la boca.
       —Animales sin ninguna imaginación. Un perro no tiene fantasie.
       —Qué aburrida me sentía a veces —dijo madame Volet—. Hablaba todo el tiempo de política y ponía las noticias de la radio a las ocho de mañana. ¡A las ocho! ¿Qué me importa la política? Pero si le preguntaba su opinión sobre algo importante, no demostraba el menor interés. Contigo puedo hablar de cualquier cosa… del mundo entero.
       —Yo adoraba a mi marido —dijo madame Dejoie—, pero hasta después de su muerte no descubrí mi capacidad de amor. Con Pauline. Nunca la conociste. Murió hace cinco años. La quise mucho más que a Jacques, pero no me sentí desesperada cuando murió. Sabía que no era el fin del mundo, porque ya conocía mi capacidad de resistencia.
       —Nunca he querido a una mujer —dijo madame Volet.
       —Chérie, entonces no sabes lo que es el amor. Con una mujer no tienes que contentarte d’une façon classique, tres veces por día.
       —Quiero a Paul, pero es tan diferente a mí en todo…
       —Porque es un hombre. Pauline era una mujer…
       —¡Oh, Emmy! Lo has explicado perfectamente… Qué bien lo entiendes. ¡Un hombre!
       —Si se piensa en lo cómica que resulta esa cosita, no es como para ponerse a cantar como un gallo.
       Madame Volet se echó a reír y dijo Cocho.
       —Quizás ahumada como una anguila sería más apetitosa.
       —¡Basta, basta!
       Se morían de risa. Estaban borrachas, pero encantadoramente borrachas.


III

      Qué distante parecía ahora el camino fangoso de Trollope, las pesadas botas de Mr. Crawley, su orgulloso y tímido cortejo. En el tiempo atravesamos un espacio tan vasto como el de cualquier astronauta. Cuando volví a mirar, madame Volet había apoyado la cabeza en el hombro de madame Dejoie.
       —Tengo sueño, chérie.
       —Esta noche dormirás, chérie.
       —Te sirvo de tan poco… No sé nada.
       —En el amor se aprende rápidamente.
       —Pero ¿estoy enamorada? —preguntó madame Volet, irguiéndose en el asiento y mirando los oscuros ojos de madame Dejoie.
       —Si la respuesta fuera negativa, no me harías esa pregunta.
       —Pensaba que nunca volvería a querer.
       —No a otro hombre —dijo madame Dejoie—. Chérie, estás medio dormida. Ven.
       —¿Y la cuenta? —dijo madame Volet, quizás para demorar el momento de la decisión.
       —Pagaré mañana. Qué bonito impermeable llevas. Pero no es bastante abrigo para febrero, chérie. Alguien tiene que cuidar de ti.
       —Me has devuelto el valor —dijo madame Volet—. Cuando estaba tan démoralisée
       —Te prometo que pronto te haré reír del pasado…
       —Ya me he reído —dijo, madame Volet—. ¿De veras cantaba como un gallo?
       —Nunca olvidaré lo que dijiste sobre la anguila ahumada… Nunca. Si veo una ahora…
       Empezó a reírse de nuevo y madame Dejoie la empujó suavemente hacia la puerta.
       Las seguí con la mirada mientras cruzaban el camino hacia el coche estacionado. De pronto madame Volet dio un brinco y echó los brazos al cuello de madame Dejoie. El viento que soplaba desde el puerto llevó el leve sonido de su risa hasta mi solitaria mesa en el restaurante de Félix. Me alegraba verla feliz de nuevo. Me alegraba verla en las seguras y bondadosas manos de madame Dejoie. Qué tonto había sido Paul, pensé. Y sentí pena por tantas oportunidades perdidas.



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