H. G. Wells
(Bromley, Kent, 1866 — Londres, 1946)


La verdad sobre Pyecraft (1903)
(“The Truth About Pyecraft”)
Originalmente publicado en The Strand Magazine (abril 1903);
Twelve Stories and a Dream
(Londres: Macmillan and Co., Limited / New York: The Macmillan Company, 1903, 378 págs.);
The Country of the Blind and Other Stories
(Londres: Thomas Nelson and Sons, 1911, 574 págs.)



      Está sentado a menos de una docena de metros. Si echo una mirada por encima del hombro puedo verle. Y si tropiezo con sus ojos —y con frecuencia tropiezo con sus ojos— me corresponden con una expresión…
       Es ante todo una mirada suplicante y, además, acompañada de cierto recelo.
       ¡Maldito sea su recelo! Si quisiera contar lo que sé de él, hace tiempo que lo habría hecho. No digo nada y no cuento nada, y él debería estar tranquilo. ¡Como si algo tan gordo y grasiento pudiera permanecer tranquilo! ¿Quién me creería si yo me decidiera a hablar?
       ¡Pobre Pyecraft! ¡Enorme y desasosegada masa de gelatina! El clubman más gordo de Londres. Está sentado ante una de las pequeñas mesas del club, en el rincón de la chimenea, engullendo. ¿Qué es lo que engulle? Miro con cautela y le sorprendo tratando de morder un redondo y caliente pastel de frutas relleno de mantequilla, y con los ojos fijos en mí. ¡Que el diablo se lo lleve! ¡Con los ojos fijos en mí!
       ¡Ya no hay más que decir, Pyecraft! ¡Se acabaron las contemplaciones, Pyecraft! Puesto que usted quiere ser abyecto; puesto que usted quiere proceder como si yo no fuera un hombre de honor, aquí mismo, bajo la mirada de sus ojos empotrados, voy a poner por escrito todo el asunto, la pura y simple verdad sobre Pyecraft. El hombre a quien ayudé, el hombre a quien protegí, y que me ha recompensado haciéndome insufrible mi propio club, absolutamente insufrible, con sus húmedas súplicas, con el perpetuo «no hables» de sus miradas.
       Y, además, ¿por qué se obstina en estar comiendo eternamente?
       ¡Pues bien, allá va la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad!
       Pyecraft… Conocí a Pyecraft en este mismo salón de fumar. Yo era un nuevo miembro del club, joven y tímido, y él lo advirtió. Yo estaba sentado, completamente solo, deseando conocer a otros miembros, y él se acercó hacia mí de repente —un desmesurado conglomerado de papadas y abdomen— y gruñó. Después se sentó a mi lado, jadeó durante unos instantes, se demoró rascando una cerilla, prendió un cigarrillo y, finalmente, me dirigió la palabra. He olvidado lo que me dijo… Algún comentario sobre lo mal que encendían las cerillas; y después, mientras hablaba, paró a todos los camareros que pasaban y se quejó de las cerillas con esa fina y aflautada vocecilla que tiene. Sea como fuere, nuestra conversación se inició de modo parecido.
       Habló sobre varios temas y fue a parar a los deportes. Y de ahí a mi hechura y mi tez.
       —Usted debe de ser un buen jugador de criquet —dijo.
       Admito que soy delgado, tan delgado que algunos podrían llamarme flaco, y admito también que soy bastante moreno, y sin embargo… no es que esté avergonzado de tener una bisabuela hindú, pero, después de todo, no me gusta que cualquier desconocido adivine esta ascendencia por el mero hecho de mirarme.
       Así pues, sentí cierta hostilidad hacia Pyecraft desde el principio.
       Pero hablaba de mí sólo con la intención de hablar de sí mismo.
       —Supongo —dijo— que usted no hace más ejercicio que yo, y probablemente no come mucho menos. (Como todas las personas excesivamente obesas imaginaba que no comía nada). Sin embargo —sonrió con una sonrisa oblicua— somos diferentes.
       Y entonces empezó a hablar de su gordura y su gordura; todo lo que había hecho para combatir su gordura y todo lo que estaba haciendo para combatir su gordura; lo que la gente le había aconsejado hacer para combatir su gordura y lo que había oído que la gente hacía para combatir una gordura similar a la suya.
       —A priori —dijo—, uno podría pensar que un problema de nutrición puede ser tratado por medio de una dieta, y un problema de asimilación por medio de drogas.
       Era sofocante. Una conversación empalagosa. Al escucharle sentía que me inflaba por momentos.
       Una cosa semejante se puede tolerar hasta cierto punto en un club, pero llegó un momento en que creí que estaba soportando más de la cuenta. Mostraba hacia mí una simpatía demasiado evidente. Nunca podía entrar al salón de fumar sin que viniera hacia mí balanceándose y, a veces, llegaba y se ponía a engullir a mi lado mientras yo tomaba el almuerzo. En ocasiones parecía estar casi pegado a mí. Era un pelmazo, pero no un pelmazo menos terrible por el hecho de que se limitara exclusivamente a mi persona. Desde el principio advertí algo extraño en sus maneras —como si supiera, como si adivinara que yo podría…— que denotaba que veía en mí una oportunidad remota y excepcional que ningún otro le ofrecía.
       —Daría cualquier cosa por bajar de peso —decía—, cualquier cosa —y me miraba desde lo alto de sus voluminosos carrillos con ojos de miope y suspiraba.
       ¡Pobre Pyecraft! En este preciso instante está aporreando el timbre, ¡sin duda para ordenar que le traigan otro pastel de frutas relleno de mantequilla!
       Un día se decidió a abordar el verdadero tema.
       —Nuestra farmacopea —dijo—, nuestra farmacopea occidental, no es otra cosa que la última palabra de la ciencia médica. He oído decir que en Oriente…
       Se detuvo y me miró fijamente. Era como estar en un aquarium.
       Sentí una cólera repentina contra él.
       —Un momento —dije—, ¿quién le ha hablado de las recetas de mi bisabuela?
       —Bueno… —titubeó a la defensiva.
       —Todas las veces que nos hemos encontrado durante la semana —dije—, y nos hemos encontrado con bastante frecuencia, usted me ha hecho insinuaciones o algo parecido acerca de mi pequeño secreto.
       —Bueno —dijo—, ahora que el gato está fuera del saco, lo reconozco, sí, es cierto. Lo he sabido por…
       —¿Por Pattison?
       —Indirectamente —dijo, pero me parecía que estaba mintiendo—, sí.
       —Pattison —dije— tomó esos brebajes por su cuenta y riesgo.
       Pyecraft frunció los labios y se inclinó.
       —Las recetas de mi bisabuela —dije— son demasiado extrañas para jugar con ellas. Mi padre estuvo a punto de hacerme prometer…
       —¿No lo hizo?
       —No. Pero me advirtió. Él mismo usó una de ellas… sólo una vez.
       —¡Ah…! Pero ¿usted cree…? Suponga… suponga que apareciera por casualidad una que…
       —Son documentos muy curiosos —dije—. Incluso el olor… ¡No!
       Pero después de haber llegado tan lejos, Pyecraft estaba resuelto a ir más lejos todavía. Yo me temía que si insistía en poner a prueba su paciencia acabaría por abalanzarse sobre mí y asfixiarme. Fui débil, lo confieso.
       Pero también estaba harto de Pyecraft. Había llegado a inspirarme tal sentimiento de repugnancia que me decidí a decirle:
       —Está bien, arriésguese.
       El pequeño experimento de Pattison al que yo había aludido era de una naturaleza completamente diferente. Ahora no nos interesa saber en qué consistía, pero, de todos modos, yo sabía que la receta que utilicé entonces para ese caso particular era inofensiva. De las demás no sabía demasiado y, a decir verdad, me sentía inclinado a dudar que fueran absolutamente inofensivas.
       Pero en el caso de que Pyecraft se envenenara…
       Debo confesar que el envenenamiento de Pyecraft se me apareció como una enorme empresa.
       Aquella noche saqué de mi caja de caudales el extraño cofre de madera de sándalo que tenía un olor tan singular y revolví los crujientes pergaminos. El caballero que transcribió las recetas de mi bisabuela tenía una notable debilidad por los pergaminos de origen heteróclito, y su letra se apretaba hasta el máximo grado. Algunas de las recetas me resultaban indescifrables —aunque mi familia, debido a sus relaciones con el Indian Civil Service, había mantenido el conocimiento del indostánico de generación en generación—, y de las restantes, ninguna era fácil de leer. Pero en seguida encontré la que me interesaba, de modo que me senté en el suelo, al lado de la caja de caudales, y la contemplé durante un rato.
       —Aquí tiene —le dije al día siguiente a Pyecraft, y aparté la hoja de sus ávidas garras.
       —Por lo que he conseguido descifrar, se trata de una receta para «Perder Peso» —(«¡Ah!», dijo Pyecraft)—. No estoy del todo seguro, pero creo que se trata de eso. Y si usted sigue mi consejo, debería olvidarse de ella. Porque, ha de saber —estoy ensuciando mi linaje para complacerle a usted, Pyecraft que mis antepasados de esa rama eran, por lo que puedo adivinar, una colección de personajes terriblemente estrafalarios. ¿Comprende?
       —Permítame intentarlo —dijo Pyecraft.
       Me arrellané en el sillón. Mi imaginación hizo un inmenso esfuerzo y se desplomó.
       —¡En nombre del cielo, Pyecraft! —exclamé—. ¿Qué aspecto cree usted que tendrá cuando adelgace?
       Era impermeable a las razones. Le hice prometer que nunca más volvería a decirme una palabra referente a su desagradable gordura, sucediera lo que sucediera —nunca más—, y sólo entonces le tendí el pequeño trozo de pergamino.
       —Es un mejunje nauseabundo —dije.
       —No importa —contestó, y cogió la receta. Los ojos se le salieron de las órbitas.
       —Pero… pero… —dijo.
       Acababa de descubrir que no estaba escrita en inglés.
       —Emplearé a fondo mis conocimientos —dije— y se la traduciré.
       Hice lo que pude. Después estuvimos quince días sin hablarnos. Siempre que se acercaba yo fruncía el ceño y le hacía señas para que se alejara, y él respetaba nuestro pacto. No obstante, al término de los quince días estaba tan gordo como siempre. Entonces volvió a dirigirme la palabra.
       —Necesito hablar —dijo—. Esto no es lógico. Tiene que haber un error. No noto ninguna mejoría. Está dejando usted en mal lugar a su bisabuela.
       —¿Dónde está la receta?
       La sacó con sumo cuidado de su cartera.
       Yo recorrí con la mirada las instrucciones.
       —¿Estaba podrido el huevo? —pregunté.
       —No. ¿Es que tenía que estarlo?
       —Pues claro —dije—; en las recetas de mi pobre y querida bisabuela eso no hace falta ni mencionarlo. Cuando no se especifica el estado o la calidad hay que escoger lo peor. Era muy drástica… Y aquí hay una o dos posibles alternativas para alguna de las otras prescripciones. ¿Se ha procurado usted veneno fresco de serpiente de cascabel?
       —He adquirido una serpiente de cascabel en Jamrach. Me ha costado… me ha costado…
       —Eso es asunto suyo. Esta última prescripción…
       —Conozco a un hombre que…
       —Bien. Hum… Muy bien; le copiaré las alternativas. Por lo que sé de esa lengua, la ortografía de esta receta es particularmente atroz. Por cierto, el perro que está especificado aquí tendrá que ser seguramente un perro paria.
       Durante el mes siguiente vi constantemente a Pyecraft en el club y seguía tan gordo y ansioso como siempre. Se mantenía fiel a nuestro tratado, pero a veces rompía el espíritu del convenio moviendo la cabeza con gestos de desaliento. Hasta que un día me abordó en el guardarropas.
       —Su bisabuela…
       —Ni una palabra contra ella —dije, y se calló.
       Llegué a imaginar que se había rendido, pero un día le sorprendí hablando con tres nuevos miembros sobre su gordura, como si estuviera a la caza de otras recetas. Y poco después, de forma absolutamente inesperada, recibí un telegrama suyo.
       —¡Mr. Formalyn! —voceó un botones justamente bajo mis narices.
       Cogí el telegrama y lo abrí en el acto.
       «Por amor de Dios, venga. —Pyecraft»
       —¡Hum! —exclamé; y, a decir verdad, estaba tan complacido por la reivindicación de la fama de mi bisabuela que el mensaje prometía, que me regalé con el más exquisito de los almuerzos.
       Me enteré de la dirección de Pyecraft por el portero del club. Pyecraft habitaba la mitad superior de una casa de Bloomsbury, y allí me dirigí nada más acabar mi café y mi copa de trappistine.
       —¿Mr. Pyecraft? —pregunté en la puerta de entrada.
       Creían que estaba enfermo; no había salido en dos días.
       —Me está esperando —dije, y me enviaron arriba.
       Toqué el timbre de una puerta enrejada que había en el rellano.
       «No debería haber probado el brebaje —me dije—. Un hombre que come como un cerdo tiene que parecer un cerdo».
       Una mujer de aspecto respetable, con cara de preocupación y una cofia colocada descuidadamente, apareció y me observó a través de la reja.
       Le di mi nombre y me dejó entrar con un gesto dudoso.
       —¿Y bien? —dije cuando llegamos a la parte del rellano que correspondía a Pyecraft.
       —Ha dicho que le hiciéramos pasar a usted si venía —dijo la mujer, sin hacer ningún gesto que me indicara el camino. Después añadió en tono confidencial—: Está encerrado, señor.
       —¿Encerrado?
       —Se encerró ayer por la mañana y no ha dejado entrar a nadie desde entonces. Y no hace más que blasfemar. ¡Oh, Dios mío!
       Concentré la atención en la puerta que ella señalaba con sus miradas.
       —¿Está ahí dentro? —pregunté.
       —Sí, señor.
       —¿Qué le pasa?
       Movió la cabeza con un gesto de tristeza.
       —No hace más que pedir alimentos, señor. Y sólo quiere alimentos pesados. Yo le llevo lo que puedo. Cerdo, morcillas, salchichas, pan fresco. Y cosas por el estilo. Me ordena que lo deje fuera, por favor, y que me vaya. Está comiendo constantemente, señor; es una cosa horrorosa.
       Un grito aflautado se escuchó al otro lado de la puerta.
       —¿Es usted, Formalyn?
       —¿Es usted, Pyecraft? —grité, y me dirigí hacia la puerta y la golpeé.
       —Dígale a la mujer que se marche.
       Así lo hice.
       Después escuché un extraño golpeteo en la puerta —como si alguien tanteara en la oscuridad en busca del picaporte—, acompañado por los familiares gruñidos de Pyecraft.
       —Está bien —dije—. Ya se ha ido.
       Pero la puerta permaneció cerrada durante un buen rato.
       Por fin oí girar la llave. Y después la voz de Pyecraft.
       —Entre.
       Giré el picaporte y abrí la puerta. Como es lógico, esperaba ver a Pyecraft.
       Pues bien, ¡él no estaba allí!
       No había recibido una impresión tan fuerte en toda mi vida. Su habitación se encontraba en un lamentable estado de desorden, con platos y fuentes dispersos entre los libros y los objetos de escritorio, y varias sillas volcadas; pero allí no estaba Pyecraft…
       —Está bien, amigo. Cierre la puerta —dijo, y en ese preciso instante lo vi.
       Estaba haciendo equilibrio en el aire, pegado a la cornisa que había en la esquina de la puerta, como si alguien lo hubiera encolado en el techo. Su cara aparecía angustiada y colérica. Jadeaba y gesticulaba.
       —Cierre la puerta —repitió—. Si esa mujer se enterase…
       Cerré la puerta. Después me dirigí al extremo opuesto y me quedé mirándole.
       —Si algo de esto cede y usted se desploma —dije—, se romperá el cuello, Pyecraft.
       —Ya me gustaría —dijo, resollando ruidosamente.
       —Un hombre de su edad y de su peso no debería realizar ejercicios gimnásticos tan juveniles…
       —No es nada de eso —dijo.
       Parecía angustiado.
       —Se lo contaré todo —añadió gesticulando.
       —Pero ¿cómo diablos —dije— está usted agarrado ahí arriba?
       De pronto me di cuenta de que no estaba agarrado a nada, sino que estaba flotando en el aire, exactamente igual que una vejiga llena de gas habría flotado en la misma posición. Empezó a hacer esfuerzos para desprenderse del techo y gateó por la pared hacia el lugar donde yo me encontraba.
       —Ha sido esa receta —jadeó reptando por la pared—. Su bisabuela…
       Mientras hablaba se agarró descuidadamente al marco de un grabado; éste cedió y Pyecraft voló hasta el techo mientras el cuadro se estrellaba contra el sofá. Pyecraft chocó con el techo y entonces comprendí por qué estaba manchado de blanco en las curvas y ángulos más sobresalientes de su persona. Lo intentó de nuevo, esta vez con más cuidado, descendiendo por la parte exterior de la chimenea.
       Realmente era un espectáculo de lo más extraordinario ver a aquel hombre enorme, gordo, de aspecto apopléjico, boca abajo e intentando descender desde el techo hasta el suelo.
       —Esa receta —dijo— ha sido demasiado eficaz.
       —¿Cómo?
       —Pérdida de peso… casi completa.
       Entonces, claro está, comprendí.
       —¡Por Júpiter, Pyecraft! —exclamé—. ¡Usted quería un remedio para la gordura! Pero siempre decía peso. Prefería decir peso.
       De todos modos yo sentía un placer extraordinario. Incluso Pyecraft me resultó simpático en ese momento.
       —Déjeme que le ayude —dije, y le cogí de la mano atrayéndole hacia el suelo.
       Él agitó las piernas, intentando encontrar algo firme donde apoyar el pie. Parecía una bandera desplegada en un día de viento.
       —Esa mesa —dijo, señalándola con el dedo— es de caoba maciza y muy pesada. Si pudiera usted meterme debajo…
       Así lo hice, pero empezó a revolverse como un globo cautivo mientras yo permanecía de pie sobre la alfombra de la chimenea y le hablaba.
       Encendí un cigarro.
       —Dígame —dije—, ¿qué ha sucedido?
       —Tomé el brebaje —dijo.
       —¿Qué tal sabía?
       —¡Oh! ¡Horrible!
       Yo imaginaba que eso pasaría con todas. Si uno considera los ingredientes, o las posibles mezclas, o los probables resultados, casi todos los remedios de mi bisabuela resultan, como mínimo, absolutamente repelentes. Yo por mi parte…
       —Primero tomé un sorbito.
       —¿Sí?
       —Y como al cabo de una hora me sentía mejor y más ligero, decidí tomar toda la dosis.
       —¡Mi querido Pyecraft!
       —Me tapé las narices —explicó—. Luego seguí sintiéndome más ligero… e imposibilitado, como ve. Un acceso de cólera le invadió súbitamente.
       —¿Qué demonios voy a hacer? —exclamó.
       —Está claro que hay una cosa que no debe hacer —dije—. Si sale a la calle empezará a subir y a subir —agité el brazo hacia arriba— y después tendrán que enviar a Santos-Dumont para alcanzarle y volver a traerle aquí abajo.
       —Supongo que se me pasará.
       Moví la cabeza.
       —No creo que pueda usted contar con eso —dije.
       Entonces tuvo otro acceso de cólera y se puso a dar puntapiés a las sillas cercanas y a patear el suelo. Se comportaba tal y como cabría esperar que se comportara un hombre enorme, gordo e inmoderado bajo circunstancias molestas, es decir: muy mal. Se refirió a mí y a mi bisabuela con una total falta de discreción.
       —Yo jamás le pedí que se tomara ese mejunje —dije.
       Y desdeñando generosamente los insultos que me prodigaba, me senté en un sillón y empecé a hablarle en tono juicioso y amigable.
       Le hice ver que él mismo era el responsable del trastorno que padecía y que en cierto modo tenía un aire de justicia poética. Había comido en exceso. Él lo negó, y durante un rato estuvimos discutiendo este punto.
       Pero en vista de que se ponía ruidoso y violento, dejé de insistir en este aspecto de su escarmiento.
       —Y además —dije—, usted cometió un pecado de eufemismo. Nunca decía Gordura, que es un término preciso e ignominioso, sino Peso. Usted…
       Me interrumpió para decirme que lo reconocía todo. Pero ¿qué iba a hacer ahora?
       Le aconsejé que se adaptara a sus nuevas circunstancias. Así llegamos a la parte realmente complicada del asunto. Entonces le sugerí que no sería difícil aprender a andar a gatas por el techo…
       —No puedo dormir —dijo.
       Pero eso no constituía una gran dificultad. Era totalmente factible, le indiqué, preparar una cama en el techo bajo un somier de alambre, asegurando los colchones con correas y abotonando la manta, la sábana y la colcha a los lados. Pero tendría que confiar en su ama de llaves, dije, a lo que accedió después de una breve disputa. (Posteriormente fue una verdadera delicia contemplar la manera tan maravillosamente flemática con que la buena mujer se tomó estas sorprendentes inversiones del orden). Podría tener una escalera de biblioteca en la habitación y las comidas serían depositadas en lo alto de la librería. Imaginamos también un ingenioso procedimiento mediante el cual podría descender al suelo siempre que quisiera; consistía simplemente en colocar la Enciclopedia Británica (décima edición) en el último entrepaño de la librería. Bastaría con sacar un par de volúmenes, agarrarlos con fuerza y descender tranquilamente. También acordamos distribuir asas de acero a lo largo del rodapié para que pudiera afianzarse siempre que deseara andar por la parte inferior de la habitación.
       A medida que fuimos progresando en las soluciones, descubrí que yo mismo estaba enormemente entusiasmado. Fui yo quien llamó al ama de llaves y le descifró el enigma y, sobre todo, quien instaló en el techo la cama invertida. De hecho pasé dos días enteros en su casa. Soy un hombre habilidoso, de esa clase de personas que se ponen a hacer cosas con un destornillador, y le preparé todo tipo de ingeniosas adaptaciones: tendí un cable para poner los timbres a su alcance; coloqué las lámparas eléctricas boca abajo, y así sucesivamente. Para mí todo aquel asunto se había convertido en algo extraordinariamente curioso e interesante y me parecía delicioso imaginar a Pyecraft como una enorme y gorda moscarda arrastrándose por el techo y gateando por el dintel de las puertas de una habitación a otra, y sin posibilidad de volver al club, nunca, nunca, nunca más…
       Pero al final mi fatal inventiva me superó. Yo estaba sentado junto a la chimenea, bebiéndome su whisky, y él se encontraba en su rincón preferido, al lado de la cornisa, clavando en el techo un tapiz turco, cuando se me ocurrió la idea:
       —¡Por Júpiter, Pyecraft! —exclamé—. Todo esto es completamente innecesario.
       Y antes de que pudiera calcular las consecuencias de mi idea, la solté:
       —Ropa interior de plomo —dije, y el daño era ya irreparable.
       Pyecraft acogió la ocurrencia casi con lágrimas.
       —Poder andar de nuevo en la posición correcta… —dijo.
       Le revelé todos los detalles del secreto antes de prever adónde me llevaría.
       —Compre láminas de plomo —dije— y córtelas en rodajas. Después cósalas sobre su ropa interior hasta que pese suficiente. Póngase botas con suela de plomo, lleve un maletín cargado de plomo y la cosa está hecha. En vez de estar prisionero aquí, tendrá la posibilidad de salir fuera, Pyecraft; podrá viajar…
       Y entonces se me ocurrió una idea más feliz todavía.
       —Usted jamás tendrá que sentir miedo a un naufragio. Le bastará con quitarse un poco de ropa, cargar en la mano la cantidad necesaria de equipaje y flotar por el aire…
       Llevado por la emoción Pyecraft soltó el martillo y cayó a dos dedos de mi cabeza.
       —¡Por Júpiter! —exclamó—. Podré volver al club.
       La sugerencia me dejó helado.
       —¡Por Júpiter! —dije, casi sin voz—. Sí. Desde luego… podrá…
       Y lo hizo. Y lo hace. Ahora está sentado detrás de mí, engullendo —¡tan seguro como que estoy vivo!— una tercera ración de pasteles de frutas. Y nadie en el ancho mundo sabe —excepto su ama de llaves y yo— que realmente no pesa nada; que es sólo una fastidiosa mole de materia asimilatoria, una simple nube vestida, niente, nefas, el más insignificante de los hombres. Allí está sentado, acechándome hasta que haya acabado de escribir. Entonces, si puede, me atrapará. Vendrá balanceándose hacia mí…
       Me repetirá una vez más lo de siempre: cómo le afecta aquello y cómo no le afecta, y cómo a veces abriga la ilusión de que el efecto se disipe un poco. Y, como siempre, en alguna parte de su espeso y monótono discurso dirá:
       —El secreto estará seguro, ¿no? Si alguien se enterara, me sentiría tan ridículo… Una cosa así lo convierte a uno en una especie de estúpido, ¿comprende? Arrastrarse por el techo y todo lo demás…
       Y ahora, ¡a eludir el acoso de Pyecraft, que ocupa —como siempre— una admirable posición estratégica entre la puerta y yo!




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