Henry James
(Nueva York, 1843 - Londres, 1916)

La Madona del futuro
(1873)
(“The Madonna of the Future”)
Originalmente publicado en la revista The Atlantic Monthly, vol. 31 (marzo de 1873);
A Passionate Pilgrim and Other Tales
(Boston: James R. Osgood & Co., 1875), págs. 261–325;
The Madonna of the Future and Other Tales
(Londres: Macmillan & Co., 1879), págs. 1–73



        Nos hallábamos conversando sobre artistas con una sola obra maestra en su haber: pintores y poetas que sólo una vez en sus vidas habían sido agraciados por la inspiración divina, que sólo una vez habían accedido al elevado peldaño de la sublimidad.
       Nuestro anfitrión nos había estado mostrando una encantadora pintura de gabinete, el nombre de cuyo autor nos era desconocido: alguien, por lo visto, que, tras esforzarse un tiempo por alcanzar el éxito, se había, en apariencia, dejado vencer por el fatal sino de la mediocridad.
       Mantuvimos un breve debate sobre lo frecuente del fenómeno, durante el cual observé a H, quien, sentado en silencio mientras terminaba de consumir su cigarro con aire meditativo, al contemplar la pintura que nos habíamos ido pasando alrededor de la mesa, dijo, finalmente:
       —No sé hasta qué punto el caso es frecuente, pero conocí a un pobre tipo que llegó a elucubrar esa gran obra maestra sin —y aquí esbozó una leve sonrisa— lograr llevarla a cabo. Apostó por la fama, pero finalmente dejó que se le escapara.
       H era bien conocido por todos nosotros como hombre agudo, con gran conocimiento de los seres humanos y de sus conductas, y poseedor de un amplio caudal de experiencias. Alguien quiso saber más sobre lo apuntado y, mientras yo atendía a los comentarios entusiastas de mi vecino de mesa sobre la pequeña pintura, los demás indujeron a aquel a narrar la historia completa. La cual tal vez me resistiría a repetir aquí de no recordar a la encantadora mujer que era nuestra anfitriona, quien, habiendo ya abandonado la mesa, regresó a ella con la más amable disposición, como si el hecho de que continuáramos todos sentados obedeciese a un deseo de galantería hacia ella; y que, viéndonos en actitud tan dispuesta a escuchar, se acomodó de nuevo en su asiento, a pesar del humo de nuestros cigarros, y escuchó el relato con tan gentil interés que, cuando llegó el desolador final del mismo, miró hacia mí y pude ver sus hermosos ojos empañados de lágrimas.
       —El asunto tiene que ver con mi juventud y con Italia, ¡dos grandes cosas! —comenzó H su narración. Había llegado a Florencia al final del día y, mientras daba buena cuenta de la botella de vino de la cena, consideré que, aunque algo fatigado por el viaje, debía brindarle a la ciudad un mejor homenaje que la mera vulgaridad de irme a la cama.
       Un estrecho y oscuro callejón partía de la pequeña plaza frente a mi hotel, dando la impresión de que conducía hasta el corazón mismo de Florencia. Me adentré en él y al cabo de diez minutos salí a una gran piazza, tan sólo iluminada por la débil luz de la luna otoñal. Frente a mí se alzaba el Palazzio Vecchio como una enorme fortaleza civil, con su gran torre-campanario sobresaliendo de la cima almenada, como un gigantesco pino en lo alto de un acantilado. En su base y dentro de la sombra que proyectaba, relucía un indistinto grupo de esculturas al que me acerqué con curiosidad. Una de ellas, a la izquierda de la entrada de la plaza, era un espléndido coloso, brillando en la oscuridad y pareciendo la encarnación misma del Desafío.
       Al instante lo reconocí: era el David de Miguel Ángel. Aparté la mirada de la imponente estatua para, con cierto alivio, contemplar otra más grácil, en bronce, ubicada bajo la alta, iluminada, loggia, la cual opone el libre y elegante vuelo de sus arcos a la maciza mole del palacio. Era una figura extremadamente esbelta y graciosa; apacible casi, a pesar de hallarse sosteniendo con su delgado y nervudo brazo la cabeza coronada de serpientes de la Gorgona recién ajusticiada. Se trataba de Perseo, para conocer la historia del cual, más que acudir a la mitología griega, conviene leer las memorias de Benvenuto Cellini.
       Mientras contemplaba ambos espléndidos ejemplares, debí musitar probablemente alguna usual exclamación laudatoria, ya que, como movido por mi voz, un hombre se alzó de los escaños de la loggia, en la cual debía de hallarse sentado en la penumbra, y se me dirigió en un buen inglés: un pequeño, delgado, personaje, ataviado con una especie de túnica de terciopelo negro (o así lo parecía) y poseedor de una mata de cabello rojizo que brillaba a la luz de la luna y que semejaba un pequeño birrete medieval.
       En un tono de máxima, insinuante, deferencia, me preguntó por mis “impresiones” al respecto. Tenía una aire pintoresco, fantástico, levemente irreal. Hallándonos en tan grandiosa compañía, se hubiera dicho era el dios mismo de la hospitalidad estética, si este no soliera ser, generalmente, una suerte de pequeño ruin guardián, luciendo pañuelo de percal y preocupado por la cotización del franco. Una fantasía que hasta podía resultar plausible a tenor de la brillante parrafada con que el hombre rompió mi embarazoso silencio.
       —Resido en Florencia desde hace mucho, señor, pero nunca la he visto tan hermosa como esta noche. Es como si los fantasmas de su pasado recorriesen las solitarias calles. El presente duerme y el pasado revolotea alrededor nuestro como un sueño hecho realidad. ¡Imagine a los antiguos florentinos paseando emparejados y juzgando las últimas creaciones de Miguel Ángel o Benvenuto! ¡Qué preciosas lecciones recibiríamos si pudiéramos escuchar lo que decían! El más sencillo burgués, con su vulgar atuendo, tenía un gusto especialmente refinado en la materia. Eran tiempos dorados del arte, señor. El Sol brillaba en lo alto y su luz amplia y equitativa volvía resplandecientes las más oscuras plazas, y claros los más foscos ojos. ¡Vivimos en el crepúsculo de los tiempos! Brotamos del polvo gris, transportando nuestro pobre, pequeño, cirio de sapiencia egoísta y dolorosa, que alzamos ante los grandes modelos y las ideas confusas, no viendo en ellos más que abrumadoras grandeza y confusión. Los días de la iluminación se han extinguido. Pero ¿sabe?, yo imagino, imagino —el hombre adoptó una repentina, estrecha, familiaridad conmigo en su visionario fervor—, ¡imagino que la luz de esa gloriosa época regresa a nosotros durante una hora! Así, veo el David más magnífico que nunca, el Perseo más hermoso que nunca. Incluso las obras, netamente inferiores, de Juan de Bologna y de Baccio Bandinelli parecen encarnar los sueños del más ambicioso artista. ¡Y siento como si este aire a la luz de la luna estuviera impregnado de los secretos de los creadores, y como si, permaneciendo aquí en religiosa contemplación, pudiéramos… pudiéramos ser testigos de una revelación!
       Advirtiendo en ese instante, supongo, cierto déficit en la capacidad de comprensión que reflejaba mi rostro y debido a la ligera mueca de extrañeza que manifesté, el admirable rapsoda se detuvo, sonrojado. Pero enseguida continuó, con melancólica sonrisa:
       —Piensa usted que soy un lunático charlatán, imagino. Le diré que no es mi costumbre merodear por la piazza abordando a inocentes turistas. Pero esta noche, lo confieso, siento como un hechizo. Y he imaginado que usted era también un artista.
       —No, no soy un artista, siento decirlo. Al menos del modo que usted debe entenderlo. Pero no es preciso que se excuse. Yo también siento el hechizo; y la elocuencia de sus reflexiones lo han intensificado.
       —Si usted no es un artista, merecería serlo —replicó con leve reverencia—. ¡Un joven que llega a Florencia de noche y en vez de ir prosaicamente a la cama o de entretenerse en el hotel hojeando la guía turística, marcha de inmediato a rendir homenaje a la Belleza, es alguien con quien por fuerza tengo que sintonizar!
       El misterio quedó enseguida aclarado: ¡mi amigo era norteamericano! Tenía que serlo para quedar impresionado por algo tan meramente pintoresco.
       —Tal vez no sintonice tanto —respondí— cuando sepa que el tal joven es un sórdido neoyorquino.
       —Los neoyorquinos —proclamó con solemnidad— han sido grandes mecenas del arte.
       Por un momento me alarmé. ¿Se reduciría todo ese nocturno fantaseo a una mera ansia mercantil típicamente yanqui?, ¿se trataría de uno de esos desesperados de la cofradía del pincel, ávido de arrancarle un pedido al incauto, ocasional turista? Pero no me hallaba yo en disposición de defenderme. Una sonora campanada, procedente de las remotas alturas de la torre junto a la que nos hallábamos dejó oír su sonido broncíneo, marcando el primer toque de la medianoche.
       Mi compañero se sobresaltó y, excusándose por entretenerme, se dispuso a marchar. Pero a mi parecer, el hombre ofrecía una tan viva promesa de prolongado entretenimiento que me sentí escasamente inclinado a separarme de él, así que sugerí caminásemos juntos un rato, de camino a nuestros respectivos destinos. Asintió cordialmente, por lo que abandonamos la Piazza, pasando bajo las arcadas en donde se hallaban las estatuas, y llegamos al Arno. El camino que seguimos lo recuerdo con dificultad, pero sé que durante una hora vagamos lentamente, mi compañero ofreciéndome a ramalazos una suerte de disertación estética un tanto lunática. Yo le escuchaba con aturdida fascinación, preguntándome quién demonios sería el sujeto. Finalmente reconoció, con melancólico pero también respetuoso movimiento de cabeza, su condición de americano.
       —¡Somos los desheredados del Arte! —exclamó—. ¡Estamos condenados a ser superficiales! ¡Nos hallamos excluidos del circulo mágico! Lo que late bajo la manera de percibir de los americanos es un mero, pobre, pequeño, estéril caudal. Sí, estamos condenados a la imperfección. Un americano, para sobresalir, debe aprender diez veces más que un europeo. Carecemos de una percepción verdaderamente profunda. No tenemos ni gusto ni tacto ni fuerza. ¿Cómo íbamos a tenerlos? Nuestro áspero, ostentoso clima, nuestro inexistente pasado, nuestro frustrante presente, la constante presión de ingratas circunstancias, nos hacen carecer de cuanto nutre y alimenta al artista, y mi abatido corazón no quisiera poner en ello una especial amargura. Nosotros, pobres aspirantes, nos vemos obligados a vivir en perpetuo exilio.
       —Pero usted parece sentirse muy a gusto en este exilio —le contesté— y, por otro lado, encuentro que Florencia es una encantadora Siberia. ¿Sabe lo que pienso? Nada es tan estéril como hablar de lo necesaria que nos sería una buena base nutriente, mayores oportunidades, más inspiración, todo eso en fin. No: ¡lo que cuenta es hacer algo valioso! Y no hay nada contra eso en nuestra gloriosa Constitución. ¡Invente, cree, realice! ¡Qué importa que tengamos que estudiar cincuenta veces más que otros! ¿Para qué, a fin de cuentas, se es artista? ¡Sea usted nuestro Moisés —añadí riendo y poniéndole la mano en el hombro— y sáquenos de la tierra de esclavitud!
       —¡Bellas palabras, muy bellas, mi joven amigo! —exclamó con una dulce sonrisa—. ¡Invente, cree, realice! Sí, esta es nuestra tarea, lo sé bien. ¡En nombre de Dios!, no me tome por uno de esos estériles quejicas, cínicos plañideros que no tiene ni talento ni fe. ¡Yo trabajo! —y, mirando en torno suyo, bajó la voz como si me estuviera confesando un secreto—. Yo trabajo día y noche. Estoy entregado a la realización de una obra. No soy Moisés; sólo un pobre, paciente artista; ¡pero podría ser algo grande, generar un pequeño chorro de belleza con que humedecer nuestra reseca tierra! No me tome por un monstruo de pretenciosidad —continuó, al verme sonreír ante la vehemencia con que respondía a mi ocurrencia—. Le confieso que me hallo en una disposición en que las cosas más grandes parecen posibles. ¡Esta es una de mis noches exaltadas… sueño despierto! Cuando el viento del sur sopla sobre Florencia a medianoche, el alma parece impregnarse de la belleza que encierran tantas iglesias y galerías. Me ocurre eso cuando me hallo en mi estudio y veo la luna resplandecer. El corazón me comienza a latir con fuerza, me cuesta conciliar el sueño. Y siempre surge alguna nueva idea, ya lo ve. ¡Esta noche, por ejemplo, me ha surgido el impulso de no ir a dormir sin antes haber comulgado de nuevo con el genio de Miguel Ángel!
       Parecía muy hondamente versado en historia y tradiciones locales y se demoró con delectación hablándome de lo encantos de Florencia. Deduje que debía residir aquí desde hacía mucho y tenía a la hermosa ciudad metida en lo hondo del corazón.
       —Todo se lo debo a ella —declaró—. Es sólo desde que me hallo aquí que en verdad he vivido, intelectualmente hablando. Uno tras otro, todos los deseos profanos, todos los objetivos mundanos, han ido desprendiéndose de mí, hasta quedarme a solas con mi pincel, con mi cuaderno de notas —palpó el bolsillo junto al pecho— y con la adoración de los maestros más puros: puros por inocentes e intensos.
       —¿Y ha sido usted muy productivo todo este tiempo? —le pregunté con afabilidad.
       Permaneció unos instantes en silencio antes de contestar
       —No en un sentido vulgar —dijo, al final—. Me he propuesto no darme a conocer jamás de un modo imperfecto. Lo de bueno que ha habido en cada obra mía lo he convertido en fuerza generatriz de posteriores creaciones. Y en cuanto a lo malo, que es que lo que suele abundar más, lo he destruido escrupulosamente. Puedo afirmar, con cierta satisfacción, que no he incrementado ni un ápice la basura del mundo. Como prueba de mi concienciación al respecto —y aquí se detuvo mirándome con extraordinario candor, como si ello fuera una prueba definitiva— le diré que ¡nunca he vendido un cuadro! “Al menos mi corazón está impoluto de todo tráfico mercantil”. ¿Recuerda la frase de Browning? Mi pequeño estudio no ha sido nunca profanado por ningún superficial, apresurado, mercenario, trabajo. Es un templo de trabajo, eso sí, pero por simple placer. El arte cuesta de dominar. Si trabajamos para poder comer claro que debemos obrar con celeridad. Pero si trabajamos para el arte, es preciso ir poco a poco. ¡Se necesita calma!
       Llegamos, entretanto, a la puerta de mi hotel. Para alivio mío, lo confieso, porque estaba empezando a sentirme acomplejado al lado de un genio de tan heroico vuelo. Sin embargo, me despedí del hombre no sin antes expresarle una amigable esperanza de que nos pudiéramos encontrar otra vez.
       A la mañana siguiente, mi curiosidad no había menguado; me sentí ansioso por verle nuevamente a la vulgar luz del día. Esperé encontrármelo en alguno de los muchos itinerarios estéticos de Florencia, y enseguida me vi recompensado. Topé con él esa misma mañana en la tribuna de los Uffizzi, esa pequeña cámara que atesora un buen puñado de obras perfectas. Se hallaba de espaldas a la Venus de Medici, acodado en la baranda de protección de las pinturas, la cabeza semihundida entre las manos, concentrado en la contemplación del soberbio tríptico de Andrea Mantegna: una pieza sin el corpóreo esplendor ni la imperativa fuerza de otras obras vecinas, pero que, brillando con el encanto de la labor minuciosa, satisface las más esenciales aspiraciones del alma.
       Estuve un rato mirando la pintura por encima de su espalda, hasta que en cierto instante se giró, dando un hondo suspiro, y nuestros ojos se encontraron. Al reconocerme, enrojeció de repente; debía considerar que la noche anterior se había comportado como un majadero. Pero yo le ofrecí mi mano con una cordialidad, que desmintió cualquier presunción de que pretendiese burlarme de él. Le había reconocido por su llameante cabellera; pero, por lo demás, lo encontré muy cambiado. Su vehemencia nocturna había desaparecido y presentaba el aspecto desmejorado de algunos actores a la luz del día. Era mucho más viejo de lo que había supuesto, y su atuendo y gestualidad se manifestaban más apagados. Su imagen era la del humilde y paciente artista que me había querido dar a entender, y el hecho de que no hubiera vendido jamás un cuadro se evidenciaba como algo más obvio que no glorioso. Su chaqueta de terciopelo aparecía raída, y su pequeño sombrero gacho, muy anticuado, delataba, de puro rancio, ser auténtico y no una de esas pintorescas imitaciones que tanto gustan a las gentes del gremio. Sus ojos eran dulces y soñolientos y su expresión singularmente gentil y aquiescente. Destacaba cierta pálida delgadez en su rostro, que no pude adivinar si correspondía al consuntivo fuego del genio o a una magra dieta. La charla, sin embargo, iluminó su semblante y provocó retornase a su anterior elocuencia.
       —Así que esta es su primera visita a estos mágicos lugares… ¡Feliz, triplemente feliz, juventud! —exclamó.
       Y cogiéndome del brazo, se dispuso a mostrarme una a una las pinturas más notables, la flor y nata de la galería. Pero antes de dejar a Mantegna, me apretó el brazo, dirigiendo al cuadro una amorosa mirada.
       —No lo hizo con prisas —murmuró—. Nada que ver con la Precipitación, medio hermana de la Tardanza.
       La solvencia crítica de mi amigo, sería incapaz de calibrarla; pero, eso sí, sus comentarios eran divertidísimos; todo él era un torrente de opiniones, teorías y simpatías enriquecidas con toda suerte de disquisiciones, chismorreos y anécdotas. Era un tanto demasiado sentimental para mi gusto y amaba con exceso las distinciones sutilísimas y el descubrir ocultas intenciones en lo que no eran sino nimios casuales aciertos. En ocasiones, asimismo, se zambullía en los mares de la metafísica, debatiéndose en aguas demasiado profundas como para que la probidad intelectual quedase garantizada. Pero sus abundantes conocimientos y acertados juicios indicaban un largo historial de atentas horas en una compañía tan digna de veneración; su cultura devota y oportuna era como un reproche a mis improductivos vagabundeos.
       —Hay dos formas —recuerdo que me dijo— de recorrer una galería: la crítica y la idealizante. Adoptamos una u otra por puro azar, sin criterio establecido. El talante crítico más auténtico es el jovial, el amigable, el condescendiente. El talante que disfruta con las encantadoras trivialidades del arte, con las habilidades inocuas, con gracias intencionadas. El que pone una afectuosa receptividad en lo que contempla, como si, a su manera, el pintor hubiera disfrutado elaborándolo: los repollos y cacerolas de los bodegones holandeses, los afilados dedos y el oreado velo de las Madonas tardías, los pequeños, pastorales, escépticos, paisajes de azules montañas. Hay días de terrible, fastidiosa, nostalgia —pesadas ceremonias religiosas del intelecto— en que el esfuerzo vulgar y los logros minúsculos aburren, y sólo lo mejor —lo mejor de lo mejor— consigue no disgustarnos. En esos momentos somos unos implacables aristócratas del gusto. Miguel Ángel no nos parece indiscutible ni nos satisface Rafael por entero. La galería Uffizzi no es sólo rica en cuanto a sus pertenencias sino también peculiarmente afortunada en ese espléndido rasgo arquitectónico, si se puede llamar así, por el cual aparece unida —el río y la ciudad mediando— a las principales salas del palacio de los Pitti. Difícilmente el Louvre y el Vaticano producen tal sensación de prolongado encerramiento como esos largos pasadizos que se proyectan sobre la ciudad y el río, estableciendo una suerte de inviolada transición entre esos dos palacios del arte.
       Recorrimos la galería en la cual los preciosos dibujos, obra de eminentes manos, cuelgan, límpidos y grises, sobre el torbellino murmurante del turbio Arno, hasta llegar a los ducales salones del Pitti. Ducales, aunque, sin embargo, haya que reconocer, asimismo, que resultan deficientes como salas de exhibición, y que, debido a sus hondas ventanas y a sus macizas molduras, sólo una luz debilitada llega hasta las paredes y lo que pende de ellas. Pero la densidad de obras maestras hace que parezca surgir de ellas un aura que las ilumina. Además de que las grandes salas, con sus soberbios, sombríos, techos, sus muros exteriores en espléndida penumbra y el melancólico esplendor con que los granados lienzos se muestran en sus respectivos, desgastados, marcos dorados son, por sí mismas, tan bellas como los Rafaeles y Tizianos que en ellas se exhiben tan insuficientemente.
       Nos demoramos un poco ante alguno de esos Rafaeles y Tizianos; pero veía a mi camarada impaciente y debí tolerar que acabase llevándome directamente a la meta de nuestro recorrido: la más hermosa Virgen de Rafael, La Madona de la Silla. De todas las grandes pinturas del mundo, me parecía aquella con que menos crítico se podía ser. Ninguna manifiesta menos el esfuerzo, menos el mecanismo del efecto y del ineludible desfase entre concepción y resultado, que en alguna medida casi ninguna obra maestra deja de delatar. Graciosa, humana, cercana a nuestra simpatía, como es, carece de todo amaneramiento, de todo método, carece casi de estilo; transparenta una sincera delicadeza y un sentido instintivo de la armonía que le hace parecer fruto de una exhalación espontánea de genialidad. Es una figura que provoca en el espectador una apasionada ternura que no sabe si atribuir a su pureza celestial o a su terrenal encanto. Uno queda, sin remedio, embriagado por la fragancia del más primoroso esplendor de la maternidad que jamás floreció en la tierra.
       —Eso es lo que yo llamo una pintura excelsa —dijo mi compañero tras un rato de silenciosa contemplación—. Y puedo hablar con propiedad porque la he copiado tan frecuente y minuciosamente que podría reproducirla con los ojos cerrados. Otras obras son de Rafael; pero esta es Rafael mismo. Otras podrán ser ensalzadas, calibradas, calificadas, explicadas, descritas; pero esta es la única que sólo puede ser amada y admirada. No sé con qué semblante Rafael se movería entre sus conciudadanos mientras estuvo tocado por esa gracia divina; pero después de eso, amigo mío, no podía hacer otra cosa sino morir. El mundo ya no tenía nada más que enseñarle. Piense un poco sobre ello, amigo mío, y concluirá que no estoy desvariando. Imagínese que contempla esa imagen perfecta, no durante un momento o durante un día entero o en un feliz sueño o en un enfebrecido arrebato; que contempla esa imagen, no como el poeta que por un repentino ramalazo de inspiración esboza unas frases o pergeña una inmortal estanzza. O, aún más: imagínese que la contemplaba mientras la estaban pintando, siguiendo durante días la lenta labor del pincel, con los sórdidos efluvios de la vida diaria interfiriéndose, entretanto, y la imagen fija, radiante, perfectamente perfilada, en la cabeza del artista, cabeza que le debía doler de pura tensión creativa. ¡Qué maestría, ciertamente! Pero, asimismo, ¡qué capacidad de ver más allá!
       —¿No piensa —repliqué yo— que bien pudo servirse de una modelo y que esa joven, bella mujer…?
       —¡Por bella y joven que fuera la tal mujer! ¡Eso no desmerecería el milagro! Por supuesto que una modelo pudo sugerirle cosas, y posiblemente la joven posaría con una sonrisa. Pero, entretanto, la idea del pintor ya habría tomado alas. Y ningún rasgo humano, por encantador que sea, puede entonces empañar, con su relativa vulgaridad, esa idea. El pintor vio la hermosa figura en su dimensión perfecta; llegó a esa visión sin vacilar, sin apenas esfuerzo de las alas; comulgó con ella e hizo que su pureza se revistiese de una más neta y querible verdad que la pudiese completar, de la misma manera que el perfume complementa a la rosa. Esto es lo que se suele llamar idealismo; una palabra de la que se ha abusado hasta la saciedad, pero cuyo fondo es válido. Eso creo yo, absolutamente ¡Querida madona, a la vez modelo y musa, te emplazo a que des fe de mi condición de idealista redomado!
       —Un idealista, sin embargo —dije, con cierta jocosidad, queriéndole incitar a que prosiguiese con su disertación—, es un señor que le dice a la Naturaleza, personificada en una bella muchacha: “¡No eres lo que debieras! Tu finura es grosería; tu luz, oscuridad; tu gracia, desmaño. ¡Debieras, en vez de eso, ser así y así!”. ¿No se le podría alegar esto al idealista?
       Se volvió hacia mí casi enfadado, pero al percibir el hálito cordial que traté de poner en mi sarcasmo, sonrió con gravedad.
       —¡Mire el cuadro —me dijo— y déjese de irreverentes burlas! ¡Eso si es realismo auténtico! No tiene explicación alguna: hay que sentir la llama. A la Naturaleza y a la bella muchacha nada les dice que ellas no le puedan perdonar. A la chica le dice: “Acéptame como tu amigo artista, préstame tu bonito rostro, confía en mí, ayúdame, y tus ojos constituirán la mitad de mi obra maestra”. Nadie como el artista ama ni respeta tanto la rica realidad de la Naturaleza: su imaginación no cesa de acariciarla, de adularla. Esa clase de artista conoce el peso de lo real, de lo fáctico (y que Rafael lo sabía, lo puede usted juzgar por ese retrato suyo de Tommaso Inghirami que se halla detrás nuestro); pero, asimismo, la fantasía le acecha, como Ariel al príncipe dormido. Sólo ha existido un Rafael, pero, a pesar de ello, no va uno a dejar de aspirar a ser también un artista. Como le dije la pasada noche, los días gloriosos han concluido; es difícil, hoy en día, ser arrebatado por una visión: debemos mirar mucho para lograrlo. Pero meditando sí que podemos aún alcanzar lo ideal; redondearlo, afinarlo, perfeccionarlo. El resultado… el resultado (su voz se puso a temblar y fijó de nuevos sus ojos en el cuadro; cuando me miró de nuevo, los tenía invadidos por las lágrimas), el resultado puede que sea inferior a eso; ¡pero todavía puede ser bueno, puede ser grande! —exclamó con vehemencia—. Puede colgar de una pared durante años en excelsa compañía y mantener viva la memoria del artista. ¡Imagínese ser conocido por la humanidad de este modo! ¡Permanecer expuesto aquí a través de los lentos años y ser contemplado por las diferentes generaciones; y todo gracias a la perspicacia de un ojo y una mano que ya forman parte del polvo de los siglos, sirviendo de deleite y ley para las gentes de todas las épocas, haciendo de la belleza su fuerza y de la pureza su ejemplo!
       —El cielo impida —dije sonriendo— que por mi culpa amaine el viento que hincha sus velas, pero ¿no piensa que, además de su genio poderoso, Rafael poseía una feliz buena fe de la que hemos perdido el secreto? Hay personas —yo conozco algunas— que niegan que estas impecables Madonas sean otra cosa que guapas rubias de esa época aureoladas con el toque rafaelesco, toque al que acusan de profano. Dado que las avideces estéticas y religiosas del pueblo suelen andar mezcladas, debió de existir una fuerte demanda de Santas Vírgenes, llamativas y adorables; y pudo ser eso, a fin de cuentas, lo que dio la adecuada firmeza a la mano del artista. Pero me temo que en la actualidad ya no exista tal demanda.
       Mi camarada pareció dolorosamente confundido: el trallazo de escepticismo le hizo temblar. Acto seguido sacudió la cabeza con sublime presunción.
       —¡Siempre existirá demanda! —exclamó—. Esa inefable Madona responde a un anhelo eterno del corazón humano. Lo que ocurre es que las almas piadosas suelen ocultar ese anhelo, les da casi vergüenza manifestarlo. Pero cuando una de esas obras aparece, la fe aumenta, vigorosa. Aunque, ¿cómo podría aparecer precisamente ahora, con generación tan corrompida como es la nuestra? No podría proceder de un mero encargo. Aunque sí, tal vez, si el encargo viniese —y anunciado con trompetas— de la misma Iglesia Católica, y le fuese ofrecido a un genio de la pintura que se hallase en un momento dulce de inspiración. Pero la verdad es que, a estas alturas, sólo puede brotar de una base de trabajo y cultura apasionados. ¿Cree realmente que esas Madonas pueden dejar de producirse mientras de tiempo en tiempo nazca, en el mundo, alguien con una visión artística de alcance? El hombre que la pinte lo habrá pintado todo. El tema posibilita la absoluta perfección en el color, la forma, la expresión, la composición. Puede ser lo sencillo que se quiera y a la vez rico, amplio, puro, y lleno de delicado detallismo. Fíjese en la carne del niño desnudo, observe la divinidad que irradia; fíjese en el atuendo, en el amplio y casto ropaje de la madre. Piense en la profundidad que se desprende de tema tan sencillo. Mire, ante todo, el rostro de la madre y su inefable capacidad de sugerencia; repare en su mezcla de alegría y pesar, en la ternura, devenida, veneración y en la veneración teñida de intuida piedad. Contemple, en fin, el conjunto entero, la perfección del trazo y el hermoso colorido, irradiando verdad, belleza, maestría.
       —¡Ach’jo son pittore! —exclamé—. Si no estoy equivocado, usted tiene una obra maestra en ciernes. Si pone en ella todo lo que me dice, logrará algo aún mejor que el propio Rafael. Cuando haya finalizado su cuadro hágamelo saber, y por lejos que me halle en este ancho mundo, ¡correré a Florencia a rendir homenaje a su Madona del futuro!
       Enrojeció intensamente, exhalando un profundo suspiro, medio protesta, medio resignación.
       —No se refiera a mi trabajo en tales términos. Detesto esa costumbre moderna de hacer publicidad antes de tiempo. Una gran obra necesita silencio, privacidad, misterio incluso. Y, asimismo, usted sabe lo cruel que es la gente, lo frívola, lo incapaz de imaginar a alguien queriendo pintar una Madona a estas alturas. Llegan al extremo de burlarse; porque se han burlado de mí, señor mío —su rubor viró aquí del rojo al escarlata—. No sé que me lleva a ser tan franco y confiado con usted. Tal vez es que me parece incapaz de reírse de mí. Mi querido, joven, amigo —y me puso la mano sobre el hombro—. Merezco un respeto. Sea cual sea mi talento, soy honesto. ¡Nada de grotesco hay en tener una ambición pura y dedicarle la vida entera!
       Había algo tan profundamente sincero en su mirada y en su tono que seguir sonsacándole hubiera parecido impertinente. Por fortuna, tuve repetidas oportunidades de saber más de él porque nos vimos muchas otras veces. Durante dos semanas, cada día nos citábamos para ir a ver pinturas. Conocía tan a fondo la ciudad, había caminado y se había entretenido tanto en sus calles, iglesias y galerías, estaba tan íntimamente versado en el pasado, fuese este importante o intrascendente, se hallaba tan imbuido del genio local, que era un casi ideal cicerone, y me producía gran contento el poder prescindir de mi guía turística y recoger de primera mano, gracias a su caudalosa charla, hechos y opiniones. Hablaba de Florencia como de una amante, dando a entender que la pasión venía de lejos: le había entregado por completo su corazón desde que por primera vez la viera.
       —Es costumbre referirse a las ciudades en femenino —dijo— pero hacer de ello una norma es un monstruoso error. ¿Es Florencia del mismo sexo que Nueva York o Chicago? No: de las tres es la única, auténtica mujer; uno siente lo mismo que un adolescente respecto a una bella, madura, fémina “con pasado”: que se ve irremisiblemente arrastrado hacia ella por una corriente de galantería.
       Esa desinteresada pasión parecía obrar en mi camarada a modo de sustitutivo de los habituales vínculos sociales; llevaba una vida solitaria en apariencia. No se preocupaba más que de su trabajo. Me envanecía, pues, que hubiera simpatizado con mi frívolo ego y que sacrificase generosamente horas preciosas —así lo eran para él— en mi compañía. Muchas de esas horas las pasamos entre pinturas de época temprana, de esas en que Florencia es tan rica, y una u otra vez volvimos a preguntarnos si esas jóvenes floraciones del arte no tenían una vital fragancia y un sabor más precioso que el fecundo saber que rezumaban las piezas más tardías.
       A menudo nos demorábamos en la capilla sepulcral de San Lorenzo y contemplábamos el guerrero de Miguel Ángel, de adusto semblante y sentado como algún atroz Genio de la Duda, meditando, tras su eterna máscara, sobre los misterios de la vida. Estuvimos más de una vez en los pequeños aposentos del convento en que Fra Angélico había trabajado y en donde parecía que un ángel le hubiese guiado la mano, y, de los dispersos rocíos y las tempranas melodías de los pájaros, recogíamos sensaciones que hacían que caminar entre esos vestigios nos pareciese un paseo matutino por el jardín de algún convento monacal.
       Hacíamos esto y mucho más: caminábamos por oscuras capillas, por húmedos patios y polvorientas estancias de palacios, en busca de preciosos fragmentos de frescos y de ignotos tesoros escultóricos.
       Me hallaba más y más impresionado por la asombrosa originalidad de las ideas de mi compañero. Cualquier cosa podía servir de pretexto para una de sus extravagantes, idealizadas, ensoñadoras rapsodias. Nada podía ser visto o comentado sin que, tarde o temprano, acabase en un deslumbrante discurso sobre lo verdadero, lo bello, lo bueno. Si mi amigo no era un genio, sí que era, ciertamente, un monomaniaco; y me fascinaba observar las extrañas luces y sombras de su carácter, que le hacían parecer un habitante de otro planeta. Porque, ciertamente, el nuestro parecía conocerlo bien poco, viviendo y moviéndose en su exclusiva y reducida provincia del Arte. Era imposible concebir criatura menos contaminada por el mundo, y a menudo llegué a pensar si no era una imperfección de su talante artístico el que no tuviera al menos algún inofensivo vicio. A veces me divertía mucho recordar que pertenecía a nuestra común, ladina, estirpe yanqui; pero, después de todo, nada podía delatar mejor su origen Americano que ese exagerado fervor estético.
       La intensidad de su devoción era un claro signo de su condición de converso; los nacidos en el ámbito europeo conllevan mejor la relación entre entusiasmo y confort; además, le poseía nuestra característica desconfianza respecto a la discreción intelectual y nuestro peculiar gusto por los superlativos sonoros. Como crítico era más generoso que justo y sus más suaves calificativos aprobatorios eran “estupendo”, “trascendental” e “incomparable”. La admiración de calderilla le parecía moneda indigna de un caballero; y, sin embargo, sincero como era intelectualmente, su personalidad no dejaba de ser un misterio. Sus declaraciones eran semideclaraciones, y las alusiones a su trabajo y las circunstancias del mismo se teñían de una difusa ambigüedad. Era modesto y orgulloso y nunca hablaba de sus asuntos domésticos. Evidentemente, era pobre; sin embargo, debía disponer de cierta independencia económica, ya que se podía permitir ufanarse de que su dedicación a la belleza ideal jamás le había reportado un centavo. Su pobreza, suponía yo, era el motivo de que nunca me invitase a su domicilio ni mencionase dónde se hallaba. Nos citábamos siempre en alguna plaza pública o en mi hotel, donde solía invitarle a comer aunque de un modo deliberadamente espontáneo, de modo que no pareciese que me movía la caridad. Parecía andar siempre hambriento, lo cual hacía un poco las funciones de “vicio” con que al menos redimirse un poco. Me había propuesto no hacerle preguntas indiscretas, pero cada vez que nos veíamos, aventuraba cierta respetuosa alusión a su magnum opus para saber si iba progresando.
       —Estoy en ello, con la ayuda de Dios —decía con sonrisa grave—. La cosa marcha. Tengo la gran ventaja de que no malgasto el tiempo. Estas horas que pierdo con usted en realidad las aprovecho a fondo. Me resultan altamente sugestivas. Al igual que el alma verdaderamente religiosa vive en continua devoción, el genuino artista se halla siempre trabajando. Se apropia de lo que va encontrando, extrae preciosos secretos de lo que circula ante sus ojos. Si supiese usted cómo gozo observando. De cada ojeada saco algún rasgo de luz, de color, de relieve, y cuando regreso a casa deposito lo recogido en el regazo de mi Madona. ¡Oh, no estoy ocioso, no! Nulla dies sine linea.


* * *

         Un día fui presentado en Florencia a una dama americana cuyo salón constituía un atractivo punto de encuentro para residentes extranjeros. Vivía en un cuarto piso y no era rica; pero ofrecía a sus visitantes muy buen té, opcionales pastelitos y conversación relajada. Su charla tenía primordialmente sabor estético, pues la señora Coventry era muy aficionada al arte, como era bien sabido. Su apartamento era una especie de Palacio Pitti au petit pied. Poseía docenas de “maestros tempranos” —un puñado de Peruginos, en el comedor; un Giotto, en el tocador; un Andrea del Sarto, sobre la chimenea de la sala de estar. Respaldada por esos tesoros y por los innumerables bronces, mosaicos, platos de mayólica y carcomidos pequeños dípticos representando huesudos santos sobre paneles dorados, nuestra anfitriona gozaba de la dignidad de una alta sacerdotisa de las artes. Sobre el pecho llevaba siempre una vistosa copia en miniatura de La Madona de la Silla. Habiendo ido poco a poco ganándome su confianza, una noche le pregunté si conocía a ese notable individuo, Theobaldo.
       —¡Le conozco! —exclamó—. ¡Claro que conozco al pobre Theobaldo! Toda Florencia le conoce: su cabello rojo, su chaquetón de terciopelo negro, sus interminables arengas sobre lo bello y su portentosa Madona, que ningún ojo mortal ha visto jamás y de la que la mortal paciencia de la gente ha desesperado de aguardar ya nada.
       —Realmente —exclamé— ¿no cree usted en la existencia de esa Madona?
       —Mi querido, ingenuo, joven —replicó mi sabia amiga—, ¿se ha dejado usted convencer? Bien, todos creímos en él una vez, cuando, recién llegado a Florencia, tomó la ciudad por asalto. Como mínimo parecía un nuevo Rafael nacido de entre los hombres y con el que la pobre, querida, América iba a enriquecer grandiosamente su patrimonio. ¿Acaso no tenía el mismo cabello de Rafael cayéndole sobre los hombros? Y sí, el cabello tal vez, pero desde luego no la cabeza. Le otorgamos crédito total; creímos en lo que nos decía y lo pregonamos a los cuatro vientos. Las mujeres morían por ser retratadas por él y quedar así inmortalizadas, como la Gioconda de Leonardo. Decretamos que su estilo era en gran medida como el de Leonardo: misterioso, inescrutable, fascinante. Sobre todo misterioso, ciertamente; lástima que ese misterio fuera el principio y el fin de todo. Porque los meses fueron pasando y el milagro se iba posponiendo; nuestro maestro nunca llegaba a mostrar su obra maestra. Pasaba horas en las galerías e iglesias, inmóvil, meditando y contemplando; hablaba cada vez con más intensidad sobre lo bello pero, el pincel sobre el lienzo, no parecía llegar nunca a aplicarlo. Todos contribuimos financieramente a la gran obra; pero como no había manera de que nos la mostrase, la gente comenzó a reclamar su dinero. Yo fui de quienes confiaron hasta el final; llevé mi devoción hasta el mismo punto de posar para él. Si hubiese usted visto la horrible imagen que de mí pergeñó, admitiría que incluso una mujer cuya única vanidad fuera llevar bien puesto el sombrero hubiera acabado decepcionada. ¡El hombre no parecía tener las mínimas nociones de dibujo! Su punto fuerte, alegaba, era el intenso sentimiento que ponía en lo que hacía; pero ¿es un consuelo, cuando a una le han retratado como a un adefesio, saber que la obra ha sido realizada con una particular intensidad?
       Uno tras otro, lo confieso, fuimos perdiendo la fe en él y Theobaldo no movió un dedo para evitarlo. A la menor insinuación de que estábamos cansados de esperar y queríamos que nos mostrara ya el cuadro, se alejaba encolerizado. “Una gran obra requiere tiempo, contemplación, privacidad, misterio ¡Gente de poca fe!”, nos decía. A lo que respondíamos que no pedíamos ver la obra acabada; que la tragedia en cinco actos durase lo que quisiera; que nosotros sólo queríamos vislumbrar algo para dejar de bostezar: algo que no costara nada, un simple lever de rideau (alzar la cortina). Pero a esto, el pobre hombre se empezó a tener por un genio incomprendido, perseguido, un âme méconnue (alma ignorada), ¡y ya no quiso saber nada de nosotros a partir de ese instante! Creo que ahora me hace el honor de considerarme algo así como el cabecilla de una conspiración para abortar de raíz su gloria, una gloria que lleva gestándose veinte años. Pregúntele si me conoce y le dirá que soy una horrible y fea vieja que juró su destrucción porque no pudo retratarla cual la Flora de Tiziano.
       Imagino que desde entonces no ha tenido sino ocasionales seguidores, inocentes extranjeros como usted, que le toman en serio. El monte está aún de parto: no hemos oído que el ratón haya todavía nacido. De vez en cuando coincido con él en alguna galería; entonces fija sus grandes y oscuros ojos en mí con altiva indiferencia, ¡como si yo fuera una mala copia de un Sassoferrato! Hace bastante tiempo oí que estaba realizando estudios para una Madona que iba a ser el resumée de todas las otras Madonas de la escuela italiana, al igual que aquella antigua venus que tomaba la nariz de una obra famosa y el tobillo de otra. Magnífica idea, ciertamente. Las partes puede incluso que lleguen a estar bien, pero cuando pienso en mi desgraciado retrato, tiemblo de pensar cómo será el todo. Ha confesado, bajo ruego de solemne secreto, su sorprendente propósito a cincuenta espíritus selectos, gente que ha logrado le aguanten durante cinco minutos. Supongo que debe esperar a que alguno de ellos le haga algún pedido, lo que no se le puede reprochar; porque el cielo sabe cómo vive. Deduzco, por su rubor —dijo mi anfitriona con franqueza—, que usted ha sido uno de los honrados por la confidencia de Theobaldo. No es preciso que se avergüence de ello, mi querido joven amigo; un hombre de su edad no pierde nada en poseer cierta generosa credulidad. Sólo concédame que le dé un pequeño consejo: ¡mantenga su credulidad fuera del bolsillo! No pague por la pintura hasta que le sea entregada. Porque imagino que no le habrá consentido ni el menor atisbo de la misma, como tampoco lo habrá hecho con los cincuenta predecesores suyos en la fe. Hay gente que incluso duda que haya ninguna pintura que ver. Creo que si alguien lograra introducirse en su estudio, encontraría, como sucedía en aquella historia de Balzac, un mero montón de incoherentes garabatos y embadurnaduras, un revoltillo de pintura inane.
       Escuché toda esta acre narración en perplejo silencio. Sonaba dolorosamente plausible y no disentía de cierta tímida sospecha que rondaba por mis adentros. Mi anfitriona era una mujer inteligente y, presumiblemente, una persona generosa. Determiné aguardar los acontecimientos para tener mi propia opinión. Posiblemente ella tuviera razón; pero si estaba equivocada, qué cruel equivocación. Su relato de las excentricidades de mi amigo hizo que me sintiera impaciente por verle de nuevo y examinarlo a la luz de la opinión pública. En nuestro siguiente encuentro le pregunté de inmediato si conocía a la señora Coventry. Me puso la mano en el brazo y sonrió amargamente.
       —¿Se ha aprovechado de su galantería, verdad? —me preguntó—. Es una mujer estúpida, frívola y cruel, y pretende ir de seria y amable. Parlotea sobre la segunda época de Giotto o sobre el amorío entre Vittoria Colonna y Miguel Ángel —como si Miguel Ángel viviera al otro lado de la acera y le aguardasen para una partida de cartas—, pero sabe tan poco de arte y de las condiciones en que se produce como yo de budismo. Esa mujer profana el lenguaje sagrado —añadió con mayor vehemencia tras una pausa—. ¡Sólo le interesas como alguien con quien compartir tazas de té en ese horrible, mendaz y pequeño salón que posee, con sus Peruginos de relumbrón! Si no eres capaz de ejecutar una obra cada tres días y dejarle que la vea junto a su círculo de amigos, ¡te dirá sin eufemismos que eres un impostor!
       Hice el intento de comprobar la exactitud de cuanto me había dicho la señora Coventry durante un paseo, avanzada la tarde, por la antigua y tranquila iglesia de San Miniato, situada en uno de los montículos desde los que se domina la ciudad, y para acceder a la cual se debe recorrer un camino de piedras, bordeado de cipreses, que se diría conduce a un cementerio. Ningún lugar podría parecer más propicio para un rato de descanso que la terraza frente a la iglesia, desde la que, acodados en la barandilla, podemos contemplar con tranquilidad la alternancia de mármol amarillo y negro en la fachada carcomida por el tiempo, y la leve flora que el viento ha sembrado en los intersticios, pudiéndose ver, además, abajo, las grandes cúpulas y las esbeltas torres de Florencia, y, arriba, las azuladas anchas cimas de las montañas a cuyos pies está depositada esa pequeña maravilla de ciudad. Había propuesto, para alejar el recuerdo evocado al mencionar a la señora Coventry, que Theobaldo y yo fuésemos, la noche siguiente, a la ópera, en donde daban una obra escasas veces representada. Pero declinó mi ofrecimiento, como yo ya imaginaba: había ya observado que reservaba celosamente sus noches y nunca aludía al modo cómo las pasaba.
       —Me ha recordado usted alguna vez —dije sonriendo— la bella perorata del pintor florentino, en el Lorenzzazzio de Musset. “No hago daño a nadie. Paso los días en mi estudio. Los domingos voy a la Annunziata o a Santa María; los monjes creen que tengo buena voz, así que me visten con una túnica blanca y un gorro rojo y me hacen participar en el coro, en donde, a veces, ejecuto algún pequeño solo: son las únicas ocasiones en que estoy rodeado de gente. Al anochecer, visito a mi amada y, si la noche es hermosa, la pasamos en su balcón”. No sé si usted tiene un amor y si este posee balcón. Pero si tiene esa suerte, ciertamente es mejor que tratar de hallarle encanto a una prima donna de tercera fila.
       No me dio una respuesta inmediata pero, al poco, se giró hacia mí con solemnidad.
       —¿Es usted capaz de contemplar a una mujer hermosa con ojos reverentes?
       —Realmente —dije— creo no ser tímido, pero tampoco me gustaría tenerme por atrevido.
       Le pregunté a qué diablos se refería, pero no fue sino cuando le aseguré que sí me era posible conciliar el admirar a una mujer bella con el respeto a la misma, que él me comentó, con aire como de misterio religioso, que estaba en disposición de poderme presentar a la más bella mujer de Italia.
       —Una belleza con alma.
       —A fe mía —exclamé— que es usted en extremo afortunado. Me complacerá conocer tal admirable conjunción.
       —La belleza de esa mujer —respondió— es una lección, una enseñanza moral, un poema. La estudio a diario.
       Por supuesto que antes de despedirnos me apresuré a recordarle la promesa que me había hecho, o lo que tenía todos los visos de serlo, al menos.
       —Sí —me dijo—, aunque, de algún modo, ello venga a ser una especie de violación de la privacidad en la que hasta ahora había admirado esa belleza. A esto se le llama amistad, querido amigo. Jamás una mención a la existencia de esa mujer había salido de mis labios. Pero ciertamente que con la familiaridad se pierde el sentido real de las cosas, y quizá usted pueda arrojar alguna nueva luz sobre lo que vea, quizá pueda ofrecerme una opinión más imparcial.
       Quedamos en ir, a una hora convenida, a una antigua casa en el corazón de Florencia, en las inmediaciones del Mercato Vecchio. Una vez allí, ascendimos por una oscura y empinada escalera hasta llegar a lo alto del edificio. La bella mujer que Theobaldo se proponía presentarme parecía estar celosamente preservada: tan por encima de la línea de visión común como la Belle aux cheveux d’Or en lo alto de su torre. Sin llamar, entró en el oscuro vestíbulo de un pequeño apartamento y, abriendo de golpe una puerta interior, me hizo penetrar en una pequeña sala. Sentada a una mesa junto a una lámpara se hallaba una mujer vestida de negro, trabajando en un bordado. Cuando vio a Theobaldo, le miró tranquila y le sonrió; pero al verme a mí, hizo un gesto de sorpresa y se levantó, de pronto, de un modo graciosamente solemne. Theobaldo avanzó hacia ella, tomó su mano y la besó, con indescriptible aroma de trato inmemorial. Al inclinar la cabeza me miró interrogativo y creo que ella se ruborizó.
       —Aquí tiene a Serafina —me dijo Theobaldo con desparpajo, animándome a acercarme: acto seguido le indicó a ella—. Te presento a un amigo y un amante de las artes.
       Me saludó con una leve reverencia y me invitó a sentarme. La mujer más bella de Italia resultó ser una persona de opulento aspecto italiano y gran sencillez de maneras. Se sentó de nuevo junto a la lámpara con su bordado, pareciendo no tener nada qué decir. Theobaldo, inclinándose hacia ella en una especie de platónico éxtasis, le preguntó sobre unas cuantas paternales cuestiones, tales como su salud, si le preocupaba algo, sobre sus quehaceres, sobre cómo iba el bordado, el cual examinó minuciosamente, invitándome a que lo admirara yo también. Se trataba de una especie de vestimenta eclesial: satén amarillo adornado con un elaborado diseño a base de plata y oro. La mujer le respondió con una voz plena, rica, pero también con una brevedad que yo no supe si atribuir a una innata reserva o al simple embarazo ante mi presencia. Había ido esa mañana a confesarse; también había ido al mercado y comprado un pollo para comer. Parecía muy feliz; no tenía de qué quejarse excepto de la gente que le había encargado la vestimenta y le proporcionaba los materiales, puesto que el hilo de plata suministrado era un tanto pobre para una prenda que a fin de cuentas, dijo, tenía tanto que ver con Dios. De tanto en tanto, a la vez que seguía laborando lentamente con la aguja, alzaba los ojos y me echaba un vistazo que en un principio parecía denotar simple, plácida, curiosidad, pero en el cual, al repetirse, creí percibir el oscuro destello de un intento de establecer cierta complicidad conmigo al margen de nuestro compañero. Mientras, y sin dejar de atender el requerimiento de reverencia de Theobaldo, consideré los merecimientos de la mujer con relación a las alabanzas que mi camarada me había hecho de ella.
       Que, en efecto, era una hermosa mujer sólo lo percibí tras recobrarme de la gran sorpresa de encontrarme ante alguien carente de la frescura de la juventud. Su belleza, sin embargo, era de esa clase que al perder la lozanía no pierde su esencial encanto, encanto que reside principalmente en la forma, en la estructura, y, como Theobaldo diría, en la “composición”. Era una mujer ancha, abundante; la frente baja y los ojos grandes; morena y pálida. El espeso cabello pardo le caía bordeando las orejas y mejillas y cubría su cabeza de un modo tan casto y digno que se hubiera dicho el velo de una monja. El aplomo y porte de la cabeza poseían admirable libertad y nobleza, libertad que, cuando parecía a punto de transgredir cierto límite, corregía discretamente, con un púdico recogimiento del rostro, que sabía armonizar de modo admirable con la mirada sostenida de sus oscuros y tranquilos ojos. Una sólida, serena, naturaleza física y el plácido temple de quien carece de nerviosismo y preocupaciones parecían ser el afortunado patrimonio de que gozaba la mujer. Iba vestida de color negro corriente y prosaico, excepto el pañuelo azul oscuro que, plegado, le cruzaba el pecho, dejando ver un fragmento de su robusto cuello. Sobre el pañuelo se hallaba prendida una pequeña cruz de plata.
       La tal Serafina me produjo una gran admiración a la vez que una considerable reserva. Cierta mansa apatía intelectual suele estar relacionada con ese tipo de belleza, apatía que la completa y enriquece. Pero lo que esta burguesa Egeria delataba, si se la observaba con atención, era, antes bien, una acusada inanidad mental. Pudo haber existido alguna vez cierta pálida luz espiritual en su rostro; pero hacía tiempo habría empezado a extinguirse. Y además, sin tapujos, estaba hablando algo gruesa. Mi decepción se convirtió en completo desencanto cuando Theobaldo, como queriendo favorecer mi disimulada inspección, le comentó a su amiga que había poca luz en la sala y que de seguir así se estropearía la vista; se levantó, pues, y tomó de la repisa de la chimenea un par de velas que encendió y colocó sobre la mesa. Fue al iluminarse adecuadamente la pieza que me di cuenta de lo mayor que era la buena señora. Además que no es que estuviese demacrada, gastada, envejecida: es que, simplemente, su aspecto era vulgar. El “alma” de que Theobaldo me había hablado no correspondía ni de lejos a lo que se hubiera esperado de ella. Su profundo misterio se reducía a una mera blandura maternal en labios y cejas. E incluso se podía asegurar que su peculiar inclinación de cabeza, más que un rasgo de humilde bondad, era producto de la continua labor con el bordado. O hasta podía ser fruto de algo menos inocente; porque a pesar de su simplicidad mental, la altiva costurera daba de algún modo a entender que se tomaba la situación bastante menos au sérieux que su amigo. Así, cuando él se alzó para encender las velas, ella me dirigió una rápida e inteligente sonrisa, tocándose la frente con el dedo índice. A lo que yo, por un instintivo sentido de lealtad compasiva hacia el pobre Theobaldo, mantuve el rostro impasible, lo que provocó que ella se encogiese levemente de hombros y volviese a su trabajo.
       ¿Cuál debía de ser la relación que existiría entre la singular pareja? ¿Era él un ardiente amigo o un reverentísimo amante? ¿Le vería ella como un excéntrico joven cuya benevolente admiración por su belleza no le desagradaba consentir a cambio del pequeño coste de dejarle subir a su pequeño piso para charlar con él las noches de verano? Con su decente y sombrío atuendo, su elemental gravedad y ese eclesial bordado entre las manos, parecía un miembro seglar y piadoso de alguna cofradía femenina, disponiendo de permiso para vivir fuera de los muros del convento. ¿O habitaba en este piso, mantenida por su amigo en confortable ociosidad, a fin que él pudiese disponer de un modelo perfecto, eterno, incorruptible, exento del desgaste producido en la lucha por la vida? Sus bien formadas manos, observé, eran finas y blancas: no denotaban las huellas de lo que se suele denominar “un honesto trabajo”.
       —Y el cuadro que pinta, ¿cómo anda? —le preguntó a Theobaldo tras una larga pausa.
       —Muy bien, muy bien. Tengo aquí a un amigo cuya simpatía y estímulo me han dado nuevo ardor y fe.
       Nuestra anfitriona se volvió hacia mí, me dirigió una breve mirada inescrutable y, tocándose la frente con el dedo, como había hecho un minuto antes, dijo con absoluta seriedad.
       —Es un extraordinario genio.
       —Me inclino a pensar lo mismo —respondí con una sonrisa.
       —¿Por qué sonríe usted? —exclamó—. ¡Si acaso duda, venga a ver el bambino!
       Y tomando la lámpara me condujo al otro extremo del cuarto, donde, de la pared y en un sencillo marco negro, pendía un gran dibujo en tiza roja, bajo el cual había un pequeño cuenco para el agua bendita. El dibujo representaba a un niño de muy corta edad, enteramente desnudo, semioculto entre los ropajes de la madre y con los dos pequeños brazos extendidos como en acto de bendecir. La obra estaba ejecutada con singular libertad y fuerza y transmitía con vivacidad el sentimiento de sagrada lozanía que caracteriza a la infancia. La elegancia y gracia, muy atractivas y muy audazmente conjuntadas, hacían pensar en Coreggio.
       —¡Fíjese de qué es capaz! —dijo mi anfitriona—. Es el bendito bebé que perdí. Su imagen exacta, que el señor Theobaldo me ha ofrecido como regalo, además de muchas otras cosas.
       Miré un rato el dibujo, que encontré inmensamente admirable. Volviéndome hacia Theobalddo, le aseguré que si la obra se hallara expuesta con los demás dibujos de la Uffizzi bajo un nombre glorioso, en nada desentonaría. Mi alabanza pareció producirle una extrema satisfacción; apretó mis manos con las suyas, sus ojos se llenaron de lágrimas y pareció deseoso de explayarse en la historia del dibujo porque se levantó y se despidió de la mujer, besándole la mano con el mismo dulce ardor de antes. Se me ocurrió, en ese momento, obrar con similar galantería, a fin de conocer mejor la clase de persona que era. Cuando ella percibió mi intención, sin embargo, apartó la mano, miró hacia el suelo con gravedad y me dirigió una seca reverencia. Theobaldo me tomó por el brazo y me sacó con celeridad a la calle.
       —Dígame, ¿qué piensa de la divina Serafina? —me preguntó con fervor.
       —Ciertamente es una auténtica, rotunda, belleza —respondí.
       Por un momento me miró interrogativo para, enseguida, verse aparentemente acometido por un torrente de recuerdos.
       —Debía haber visto a la madre y el niño juntos, verlos como yo los vi por primera vez: la madre con la cabeza cubierta con un chal, una inquietud divina en el rostro y el bambino apretado contra el pecho. Un verdadero doble de lo que pintara Rafael, hallado por puro azar entre el vulgo. Regresaba yo a casa, una noche de verano, tras un largo paseo por el campo, cuando topé con esta aparición, en las mismas puertas de la ciudad. La mujer me alargó la mano y yo no supe bien qué hacer; decirle “Qué desea” o caer de rodillas y adorarla. Me pidió un poco de dinero. Me pareció bella y pálida. Como si acabase de salir del portal de Belén. Le di unas monedas y la acompañé de regreso a la ciudad. Intuía su historia. También ella sería una madre soltera arrojada al mundo para vergüenza suya. Sentí en mi interior que ahí tenía el tema que buscaba y maravillosamente plasmado, además. Me vi como uno de esos antiguos artistas de convento, en pleno trance visionario. Socorrí, pues, a las pobres criaturas, las traté con afecto, las observé como habría hecho con una preciosa obra de arte, como si fueran un hermoso fragmento de fresco descubierto en un claustro en ruinas. Un mes más tarde —como hecho a propósito para intensificar y culminar el patetismo de la situación— el pobre niño murió. Cuando ella sintió que se le estaba yendo, lo sostuvo ante mí durante diez minutos para que yo pudiera pergeñar el dibujo que ha podido ver. Me imagino que habrá advertido la febril precipitación con que fue realizado; quise ahorrarle a la infeliz criatura el dolor de la incómoda postura. Tras eso, aprecié doblemente a la madre. Ella es la más sencilla, dulce y natural criatura que ha florecido en esta gran, antigua, tierra italiana. Vive inmersa en el recuerdo de su hijo, volcada en agradecerme la insignificante amabilidad que tuve a bien brindarle y entregada a su religiosidad ingenua. Ni siquiera es consciente de su belleza: mi admiración por ella nunca la ha vuelto vanidosa. Y el cielo sabe que nunca le he ocultado esa admiración. Habrá usted observado la singular transparencia de su expresión, la encantadora modestia de su mirada. Y ¿ha visto alguna vez un semblante tan virginal, una tan clásica y natural elegancia en la ondulación del cabello y en el arco de la frente? La he estudiado a fondo; puedo asegurar que la conozco bien. La he ido absorbiendo poco a poco; mi mente está imbuida de ella y creo que ha llegado el momento de fijar de una vez mis impresiones; he decidido, pues, invitarla por fin a posar para mí.
       —¿Por fin, dice usted?, ¿por fin? —repetí con gran asombro—. ¿Quiere darme a entender que nunca lo había hecho antes?
       —No… en el pleno sentido de la expresión, al menos —dijo Theobaldo hablando muy despacio—. He tomado muchas notas, eso sí; y he ido formándome una impresión general. ¡Esto último es indispensable! Pero de hecho aún no la he utilizado como modelo: haciéndola posar, vistiéndola e iluminándola adecuadamente ante mi caballete.
       Lo que les ocurrió en ese momento a mi percepción y mi prudencia no sabría explicarlo; creo que los perdí por entero, no pudiendo reprimir una precipitada exclamación que iba a lamentar profundamente. Nos habíamos detenido en un recodo de la calle, bajo una farola.
       —Mi pobre amigo —le dije, poniéndole la mano en el hombro—, se ha demorado usted demasiado. ¡Esa mujer es ya muy mayor para inspirar una Madona!
       Fue como si le hubiese golpeado brutalmente: nunca olvidaré la larga, lenta, casi fantasmal, expresión de dolor con que me respondió.
       —Me he demorado demasiado… una mujer muy mayor… —balbuceó—. ¿Está usted bromeando?
       —Qué va, mi querido amigo. ¿O acaso cree que esa mujer tiene veinte años?
       Aspiró profundamente apoyándose en el muro de la casa más cercana, mirándome con interrogantes y quejumbrosos ojos llenos de reproche. Luego se me acercó y me agarró por el brazo.
       —Respóndame con franqueza: ¿realmente le parece vieja? ¿Está arrugada, ajada? ¿Estoy yo ciego, acaso?
       —Por fin comprendí la dimensión de su fantasía: cómo, uno tras otro, los sigilosos años habían ido transcurriendo mientras él permanecía en su meditativa, encantada, inacción, siempre preparándose para un trabajo eternamente diferido. Me creí obligado, para su bien, a hacerle ver la cruda verdad.
       —Siento decirle que sí: está usted ciego —le respondí—. Ha estado obnubilado. Se le ha ido pasando el tiempo en la pura contemplación sin esfuerzo. Su amiga fue alguna vez joven, fresca y virginal; pero insisto en que eso fue años atrás. De todos modos aún conserva de beaux restes (hermosos vestigios). ¡Hágala posar para usted ya, sin falta!
       Me detuve aquí, dado que su expresión estaba espantosamente imbuida de reproche. Se quitó el sombrero y se pasó el pañuelo por la frente con gesto maquinal.
       —De beaux restes. Le agradezco que me ahorre oírlo en inglés corriente. ¡Mi Madona no puede de ningún modo verse reducida a unos beaux restes! ¡Menuda obra maestra saldría! ¡Está vieja, vieja, vieja! —murmuró.
       —No importa su edad —exclamé, arrepentido de lo que había dicho—. ¡No importa la impresión que ella me produzca! Usted posee recuerdos, dispone de sus anotaciones, de su talento. Acabe la pintura en un mes. De antemano, la califico ya de obra maestra y le ofrezco por ella la cantidad que usted quiera pedirme.
       Me miraba, pero parecía que me comprendía escasamente.
       —¡Está mayor! ¡Está vieja! —continuó repitiendo maquinalmente—. Y si ella es vieja, ¿qué soy yo? Si su belleza se ha ajado, ¿qué hago con mi impulso? ¿Ha sido la vida un sueño? ¿Habré admirado demasiado tiempo?, ¿habré amado con demasiada intensidad?
       Verdaderamente, el encanto se había roto. Que la cuerda de su ilusión se hubiera aflojado nada más haberla ligera y fortuitamente rozado, evidenciaba lo debilitada que se hallaba tras haber permanecido tanto tiempo tensada. El sentimiento del pobre hombre de haber perdido el tiempo, de haber desperdiciado su oportunidad, pareció alzar en su alma olas tenebrosas. De pronto, bajó la cabeza y rompió a llorar.
       Le conduje a casa con toda la ternura de que fui capaz, sin tratar de aliviar su pena, a fin de que recuperase el sentido de la ecuanimidad, ni de rectificar la dura verdad de lo que le había dicho. Cuando llegamos a mi hotel intenté convencerle de que entrase.
       —Tomemos un vaso de vino —le dije, sonriendo— a la salud de su Madona, para que la termine por fin.
       Alzó la cabeza con un brusco impulso, meditó unos instantes con el entrecejo exageradamente fruncido y, dándome la mano, exclamó:
       —¡La acabaré! ¡En un mes! Mejor aún: ¡en quince días! Después de todo, la tengo aquí dentro —y se dio un leve golpe en la frente—. Por supuesto que Serafina es vieja. Sin menoscabo alguno puede permitirse ser calificada así, ¡una mujer que ha hecho que veinte años transcurriesen como veinte meses! Vieja, vieja. Claro, señor mío, ¡porque ella es eterna!
       Quise asegurarme de que llegaba sano y salvo a su domicilio, pero se despidió de mi, yéndose con aire resolutivo, silbando y blandiendo su bastón. Aguardé un momento, empero, y enseguida le seguí a distancia, observándole cruzar el puente de Santa Trinidad. Al llegar a la mitad se detuvo súbitamente, como si de pronto el entusiasmo se le hubiese evaporado, y se inclinó sobre el parapeto, mirando hacia el río que fluía abajo. Cuidé que no me viera. Confieso que pasé diez minutos de intensa zozobra. Pero al final se recobró de nuevo y continuó el camino, aunque con mayor lentitud y con la cabeza baja.
       Que yo había provocado que el pobre Theobaldo hubiera hecho un más audaz uso de su nutrido caudal de sapiencia y buen gusto y que se dignase descender hasta los terrenos del vulgar esfuerzo y al azar de la producción artística, me lo dio a entender, en un principio, su prolongado silencio, su ausencia clamorosa. Pero tras varios días sin visitarme ni enviarme unas líneas y sin encontrármelo en los habituales lugares en que solía —las galerías, la capilla de San Lorenzo, o en el gran lienzo de verdor a lo largo del paseo del Cascine que tanto solaz proporciona a los ocupantes de los variopintos carruajes que por allí circulan—, y como que llegó a transcurrir una semana entera sin que lo viera ni tuviese noticias de él, empecé a temer que lo hubiera ofendido fatalmente y que, en vez de haber dado alas a su talento, lo hubiese paralizado de modo brutal. Tuve la temible sospecha de que lo habría hecho enfermar.
       Mi estancia en Florencia tocaba ya a su fin y era importante que, antes de reanudar mi viaje, me asegurara de lo sucedido. Hasta el fin Theobaldo había hecho de su domicilio un misterio, y no tenía idea ahora de adonde visitarlo. Lo mejor que podía hacer era preguntar a la bella del Mercato Vecchio, y confieso que me sentí también impulsado a ello por cierta insatisfecha curiosidad respecto a la mujer. Tal vez había yo sido injusto y en realidad era tan inmortalmente fresca y hermosa como él la veía. Sea como fuere, estaba ansioso de contemplar una vez más a la madura hechicera que había logrado que veinte años transcurriesen como veinte meses.
       Conforme a eso, me dirigí una mañana a su domicilio. Subí la interminable escalera y llegué hasta la puerta. Estaba entreabierta y, mientras dudaba sobre si entrar, una sirvienta menuda apareció, repiqueteando en el cubo vacío que llevaba, como si viniese de desempeñar algún agradable cometido. La puerta interior estaba también abierta, así que crucé el pequeño vestíbulo y penetré en la sala en que fuera recibido la otra vez. No tenía el aspecto de la otra noche. La mesa —o, mejor, un extremo de la misma— se hallaba preparada para un supuesto tardío desayuno, y a ella se encontraba sentado un caballero —un individuo, al menos, de sexo masculino— que estaba dando buena cuenta de un bistec con cebollas y una botella de vino. A su lado, en amigable proximidad, se hallaba la señora de la casa. Su actitud, cuando yo entré, no era precisamente la de una hechicera. Con una mano sujetaba sobre la falda una bandeja de humeantes macarrones y, con la otra, sostenía uno de los suculentos filamentos de pasta y lo deslizaba con suavidad garganta abajo. Sobre el extremo no cubierto de la mesa estaban alineadas media docena de pequeñas esculturas, encaradas por parejas y hechas de una tosca y coloreada sustancia que parecía terracota. Blandiendo el cuchillo con ardor, el hombre parecía hallarse disertando sobre sus méritos personales.
       La sombra que, sin poderlo evitar, hice en la puerta, provocó que mi anfitriona se tragase de golpe el macarrón y se alzase de su asiento a toda prisa, lanzando una áspera exclamación con el rostro sonrojado. Me di cuenta de inmediato que valía la pena haber descubierto este secreto —que no imaginaba— de la señora Serafina, y que el mejor modo de saber más acerca de él era darlo por sentado. Recurrí a mi mejor italiano, sonreí, hice una reverencia y me excusé por mi intrusión; en un instante, pues, si no logré disipar la irritación de la dama, al menos estimulé su prudencia. Dándome la bienvenida me invitó a tomar asiento. El individuo era otro amigo suyo, me aclaró con sonrisa casi afable: también un artista. El hombre se limpió el mostacho y se inclinó con gran amabilidad. Sólo con verlo supe que era de los que saben hacer frente a cualquier situación. Deduje que era el autor de las estatuillas sobre la mesa y también alguien que sabía reconocer, en cuanto lo veía, a un forestière (extranjero) dispuesto a gastarse el dinero. Era un hombre pequeño, nervudo, con una astuta, atrevida y levantada nariz, unos agudos pequeños ojos negros y un mostacho de puntas levantadas. En un lado de la cabeza llevaba con garbo un pequeño casquete de terciopelo y pude observar, asimismo, que llevaba los pies enfundados en unas brillantes chinelas. Al indicarle Serafina, con mucha seriedad, que yo era amigo de Theobaldo, rompió a hablar en ese extravagante francés de que son tan pródigos los italianos y declaró con fervor que Theobaldo era un indiscutible genio.
       —Le aseguro que no lo sé bien —contesté, encogiéndome de hombros—. Si usted está en condiciones de afirmarlo, posee una clara ventaja sobre mí. No he visto ninguna obra suya excepto ese bambino, admirable, ciertamente.
       El individuo afirmó que el bambino era una obra maestra, un verdadero Coreggio. Era una lástima, sin embargo, añadió con sonrisa de entendido, que el dibujo no hubiera sido hecho sobre algún pedazo de vieja tabla porosa. Serafina intervino aquí, afirmando con gravedad que Theobaldo era la personificación misma del honor, alguien que jamás se hubiera prestado a una impostura.
       —No me veo capaz de juzgar sobre el genio de nadie —dijo—; yo no sé nada de pintura. No soy más que una pobre y simple viuda; pero sí sé que el señor Theobaldo tiene el corazón de un ángel y la virtud de un santo —añadió, sentenciosa.
       El siniestro destello de sonrojo que le sobreviniera al saludarme aún permanecía en sus mejillas y quizá no favorecía su belleza. Pensé que no dejaba de ser una sabia costumbre de Theobaldo visitar a la mujer sólo a la luz de las velas. Era un ser vulgar y su pobre adorador, un poeta.
       —Le tengo en una muy gran estima —dije—. Es por esta razón que me intranquiliza no saber de él desde hace diez días. ¿Usted le ha visto? ¿Acaso está enfermo?
       —¡Enfermo! ¡El cielo no lo quiera! —exclamó Serafina, con genuina vehemencia.
       Su compañero exhaló un rápido juramento y le reprochó que no hubiera ido a visitar a Theobaldo. Ella vaciló un momento y después esbozó una afectada sonrisa que enseguida reprimió.
       —¡Que él venga a verme… no constituye ningún problema! Pero no es lo mismo para mí ir a visitarle, aunque se le pueda, en verdad, calificar de hombre de vida impecable.
       —Theobaldo manifiesta hacia usted la más grande de las admiraciones —dije—. Le honraría mucho que alguna vez le visitara.
       —Sí, me admira bastante más que usted, admítalo.
       No hace falta decir que protesté con toda la vehemencia que me fue posible, a pesar de lo cual mi misteriosa anfitriona confesó que no se había formado de mí en absoluto una buena imagen a raíz de la anterior visita y que, al no haber vuelto, Theobaldo, a venir a verla, creía que yo le había predispuesto en contra de ella.
       —Lo cual no hubiera sido hacerle ningún bien al pobre caballero, se lo puedo decir —dijo—. Me ha venido a ver cada noche durante años. ¡Es una larga amistad la nuestra! Nadie le conoce tan bien como yo.
       —Por mi parte, no pretendo conocerle ni comprenderle —le dije—. Representa todo un misterio para mí. Sin embargo me parece un poco… —y me toqué la frente agitando la mano.
       Serafina miró a su compañero un instante, como solicitando ayuda. Pero él se limitó a encogerse de hombros mientras llenaba de nuevo el vaso. La padrona me dirigió una mirada algo más insinuante de lo que cabría esperar de su cándida expresión.
       —¡Es por eso que le quiero tanto! —dijo—. La gente es tan poco benigna con tales personas. Se burlan de él, le desprecian, le engañan. ¡Es demasiado bueno para este malvado mundo! No es de extrañar que le parezca encontrar un vestigio del Paraíso en mi pobre apartamento. Y si a él le parece así, ¿qué puedo hacer yo? El hombre tiene el extraño convencimiento —casi me avergüenza decirlo— de que me parezco a la Santa Virgen: ¡el cielo me perdone! Por mi parte, le dejo creer lo que desee, si ello le hace feliz. Fue muy atento una vez conmigo y no soy de quienes olvidan un favor. Así, le recibo cada noche cortésmente, le pregunto por su salud y le dejo que me mire de este lado y del otro. Y es que puedo decirle sin vanidad que hubo un tiempo en que, sin duda, fui digna de ser contemplada. Por otro lado, ¡no siempre resulta divertido, el pobre! Se sienta, a veces, durante una hora sin pronunciar palabra o bien se pone a disertar interminablemente de arte y de naturaleza, de belleza y de moral, y también de otras cincuenta materias que me suenan a chino. Le ruego que comprenda que nunca me ha dicho nada que yo pudiera avergonzarme de oír. Podrá estar un poco chiflado, pero es un santo.
       —¡Eh! —exclamó su compañero— ¡que los santos estaban todos un poco chiflados!
       Seguro que Serafina ocultaba una parte de la historia; pero dijo lo suficiente como para lograr que la imagen que ofrecía del pobre Theobaldo resultase intensamente patética en su exaltada simplicidad.
       —Es una extraña suerte —continuó— tener como amigo a ese querido personaje, un amigo que es a la vez menos que un amante y más que un amigo.
       Miré a su compañero, que esbozaba una impenetrable sonrisa y se retorcía las puntas del mostacho a la vez que englutía un considerable bocado. ¿Sería él también menos que un amante?
       —Pero ¿qué quiere usted? —prosiguió Serafina— en este duro mundo no se pueden hacer demasiadas preguntas; se debe tomar lo que viene y guardar lo que se consigue. ¡Durante veinte años he gozado de esa amistad y espero que a día de hoy, signore, no me la haya usted arruinado!
       Le aseguré que jamás se me había ocurrido tal cosa y que de ningún modo hubiera querido alterar los hábitos y convicciones de Theobaldo, que, en fin, me hallaba muy preocupado por él y sólo ansiaba ir en su busca. Serafina me dio su dirección a la vez que me explicaba lo mucho que sufría las veces en que le esperaba y no aparecía. Si no había intentado nunca ir a verle era por varias razones, la principal, porque le daba miedo molestarlo, tanto era el misterio de que siempre había rodeado su domicilio.
       —¡Podía haber enviado a este caballero! —sugerí tímidamente
       —¡Ah! —exclamó el hombre—. Theobaldo admira a la señora Serafina, pero a mi no me admiraría, —y, acto seguido, en confidencia, con el dedo sobre la nariz— ¡es un purista!
       Me iba ya a retirar, con la promesa dada a la señora Serafina de que la informaría de cómo se encontraba nuestro amigo, cuando su compañero, que se había levantado de la mesa dispuesto al asalto, me tomó con amabilidad por el brazo y me condujo ante la fila de estatuillas.
       —Percibo, por su conversación, signore, que es usted un favorecedor de las artes. Permítame, pues, requerir su honrosa atención hacia estos modestos productos de mi ingenuidad. Están recién hechos, acabados de salir de mi taller y nunca han sido exhibidos en público. Los he traído aquí para obtener el veredicto de esta querida señora, que tiene muy buen criterio por mucho que pretenda lo contrario. Soy el inventor de este peculiar estilo de estatuilla: el tema, el tipo, el material, todo. Tóquelas, se lo ruego; cójalas, no tenga miedo. Parecen frágiles pero son irrompibles. Mis diversas creaciones han tenido gran éxito. Las admiran especialmente los americanos. Las conocen en toda Europa: Londres, París, Viena. Puede que haya visto algunos pequeños ejemplares en París, en el Boulevard, en concreto en una tienda de la que constituyen la especialidad y ante cuyo escaparate siempre hay gente. Pueden servir para adornar muy adecuadamente la repisa de la chimenea de un joven soltero o para decorar el tocador de una bella dama. No puede usted, asimismo, hacer mejor regalo a alguien a quien desee efectuar una inofensiva broma. No es arte clásico, sin duda, signore; pero, entre nosotros, ¿no es el arte clásico a veces un poco aburrido? La caricatura, lo burlón, la charge, como dicen los franceses, ha sido hasta ahora algo confinado al papel, al lápiz y a la pluma. Mi mérito ha sido trasladarlo al arte escultórico. Y a este fin he inventado una suerte de compuesto plástico que me perdonará no divulgue. ¡Es mi secreto, signore! Resulta tan ligero, ya lo ve, como el corcho, y a la vez tan firme como el alabastro. Le confieso con franqueza que me enorgullezco tanto de esta invención química como de la principal originalidad de mis creaciones: los modelos. ¿Qué tiene que decir de mis modelos, signore? La idea es audaz, ¿no le parece acertada? La vida humana, por supuesto. ¡Quiero decir, vista con ojo satírico! Combinar escultura y sátira, signore, es mi objetivo, sin que haya precedentes de ello. Y me enorgullece no haber fracasado en el intento, como podía haber sucedido de modo estrepitoso.
       Cuando este garboso Juvenal de los adornos de chimenea finalizó su persuasiva alocución, tomó de la mesa, una tras otra, las diversas estatuillas emparejadas y las sostuvo alzadas, girándolas, golpeándolas con los nudillos y contemplándolas amorosamente con la cabeza inclinada hacia un lado. Cada pareja consistía en un gato y un mono, extravagantemente vestidos y en cierta ridícula mutua actitud sentimental. Adolecían de cierta monotonía temática e ilustraban principalmente las diferentes fases de lo que, en términos delicados, puede ser denominado galantería y coquetería; pero, eso sí, estaban realizados con destreza y expresividad y eran, a la vez, perfectos gatos y monos y muy naturales hombres y mujeres. Confieso, sin embargo, que no los encontré divertidos. No me encontraba en disposición de apreciarlos: me parecieron cínicos y vulgares. El acierto de las imitaciones resultaba repulsivo. Mientras contemplaba de reojo al complaciente pequeño artista, sosteniendo las figurillas entre sus dedos y acariciándolas con mirada cariñosa, me pareció no mucho más que un simio excepcionalmente inteligente. Esbocé, con todo, una sonrisa admirativa, a lo que él me largó otra perorata.
       —¡Mis modelos están extraídos de la vida! Poseo unos cuantos monos cuyas travesuras contemplo durante horas. En cuanto a los gatos, sólo hay que mirar por una ventana trasera. Desde que he empezado a examinar a esas expresivas pequeñas bestias, he hecho un sinfín de profundas observaciones. Hablando como estoy, signore, con un hombre de imaginación, puedo decirle que mis diseños no están exentos de cierta peculiar filosofía. En verdad que dudo de si los gatos y monos son quienes nos imitan o si somos nosotros quienes los imitamos a ellos —le felicité por esta afirmación y él continuó—. Me hará el honor de admitir que he elaborado mis figuras con sumo detallismo. ¡Era preciso signore! He querido obrar con libertad, pero no demasiada, ¿eh? Sólo algún rasgo, ya sabe. Para que pueda verse en ellas tanto o tan poco como se quiera. Estas estatuillas, con todo, no abarcan toda mi capacidad de invención. Si usted me hace el honor de visitar mi estudio, llegará a la conclusión de que mis posibilidades combinatorias son infinitas. También le he de decir que elaboro estatuillas bajo pedido. Tal vez usted tenga algún pequeño tema, producto de su filosofía de la vida, signore, que le gustará ver plasmado. ¡Se lo puedo llevar a cabo a su entera satisfacción, y seré tan malicioso como desee! Permítame que le ofrezca mi tarjeta y que le recuerde, asimismo, que mis precios no son caros. Sólo sesenta francos por cada una de estas parejas. ¡Y mis estatuillas duran lo mismo que si fueran bronces, aere perennius, signore, y encima —entre nosotros— son mucho más divertidas!
       Mientras guardaba la tarjeta en el bolsillo miré a Madona Serafina, preguntándome si dispondría de alguna aptitud para distinguir los contrastes. Porque había tomado una de las pequeñas parejas y le estaba delicadamente limpiando el polvo con un plumero.
       Lo que acababa de ver y oír había despertado en mi tanta compasión hacia mi engañado amigo que me despedí rápidamente, dirigiéndome enseguida a la casa que me había indicado la notable mujer. Se hallaba en una oscura esquina de la otra punta de la ciudad y presentaba un sombrío y escuálido aspecto. Una mujer mayor con la que topé en el portal y a la que pregunté por Theobaldo, masculló una bendición y una expresión de alivio al ver que el pobre caballero tenía al menos un amigo. El habitáculo del pintor parecía consistir en un simple cuarto en lo alto de la casa. No obteniendo respuesta cuando llamé a la puerta, la abrí, imaginando que el hombre se hallaría ausente; de ahí mi sobresalto cuando me lo encontré dentro, con expresión extraviada y desvalida. Se hallaba sentado junto a la única ventana y frente a un caballete con un gran lienzo. Cuando entré me miró inexpresivamente, sin cambiar de postura. Daba una impresión de sumo abatimiento y laxitud: los brazos desganadamente cruzados, las piernas estiradas hacia mí, la cabeza casi caída sobre el pecho. Avancé y pude observar que el rostro se correspondía plenamente con la actitud. Estaba pálido, demacrado, sin afeitar, y sus ojos tristes y hundidos no parecían reconocerme ni por asomo. Me había preocupado que al verme me hiciera duros reproches: yo era, al fin y al cabo, el oficioso, cruel, patrono que había convertido su beatitud en amargura; me alivió, por tanto, observar que mi irrupción no despertaba en él rencor alguno, como había temido.
       —¿No me reconoce? —le pregunté, ofreciéndole mi mano—. ¿Se ha olvidado de mí?
       No me respondió: prosiguió en su inexpresiva actitud y yo eché entonces, una ojeada al cuarto. Lo que vi no pudo ser más elocuente. Desaseado, sórdido, desamueblado aparte de un desvencijado camastro, sólo disponía de lo mínimo para ser habitable. A la vez era dormitorio y estudio: un escuálido amago de estudio. Unos polvorientos moldes y carteles colgando de las paredes, tres o cuatro viejos lienzos puestos cara a la pared y una oxidada caja con tintas y pigmentos formaban, con el caballete junto a la ventana, la totalidad de sus pertenencias. El lugar olía terriblemente a pobreza. Lo único de valor era el lienzo sobre el caballete, presumiblemente la famosa Madona. Desde la puerta no se podía ver bien así que, un tanto aturdido ante la miseria del recinto, fui, con avidez, directo hacia el lienzo, pasando junto a Theobaldo, a quien miré con ternura. Me resulta difícil dar cuenta de la sorpresa que me llevé: el lienzo no contenía nada. Nada, excepto la pátina, y alguna leve grieta, ocasionada por el paso del tiempo. ¡A esto se reducía su inmortal obra! Con todo, más que sorprendido confieso que me sentí profundamente conmovido y durante cinco minutos no me sentí capaz de pronunciar palabra. Mi silencio, a la larga, pareció afectarle; se movió, entonces: girándose, se levantó y se me quedó mirando con mansedumbre. Yo musité alguna amable e inefectiva banalidad sobre su salud y la necesidad de que se cuidase y recibiese consejo al respecto; pero él parecía concentrado en recordar lo acaecido entre nosotros dos.
       —Tiene razón —dijo con una compasiva sonrisa—. ¡Soy un haragán! ¡Y un fracasado! No haré nada en esta vida. Me ha abierto usted los ojos; pero aunque la verdad es amarga, no estoy resentido con usted. Amén. He estado una semana sentado, cara a cara con la cruda verdad, con mi pasado, con mi falta de energía, mi pobreza, mi nulidad. ¡Sin tocar un pincel, incluso sin comer ni dormir, creo! ¡Mire este lienzo! —prosiguió, tras yo requerirle, emocionado, la necesidad urgente de que viniera a comer conmigo—. ¡Debiera contener mi obra maestra! ¿Acaso los fundamentos de la misma no eran de lo más prometedor? Todos los elementos se encontraban aquí —y golpeó su frente con la misma mística confidencialidad con que hiciera ese gesto en otra ocasión—. ¡Si pudiera yo trasplantarlos a otro cerebro, a otra mano, a otra voluntad! Sentado aquí he estado haciendo inventario de mis capacidades y he llegado a la conclusión de que poseo material para cien obras maestras. Pero tengo la mano paralizada: nunca las pintaré. ¡Nunca empezaré! He esperado y esperado, he querido estar lo más preparado posible antes de comenzar, y lo que he hecho es desperdiciar mi vida, demorándome infinitamente en los preliminares. Creía que mi creación iba progresando y lo que iba era agonizando. Lo he planeado todo demasiado concienzudamente. Lo que, por cierto, no hizo Miguel Ángel cuando emprendió su Lorenzo. Logró su mejor obra improvisando, ¡sublime improvisación! Esa de ahí, en cambio, ¡es la mía! —y señaló, con un gesto que jamás olvidaré, el lienzo vacío—. Supongo que, en los planes de la Providencia, nosotros, los que tenemos talento pero no obramos o no nos atrevemos a obrar, constituimos un tipo de gente aparte. Charlamos en demasía, hacemos planes, prometemos cosas, estudiamos sin cesar, imaginamos. Aunque, de todos modos, esas imaginaciones, permítame decirle —exclamó sacudiendo la cabeza— suelen tener mucha fuerza en sí mismas: no se ha vivido en vano si se ha gozado de lo que yo he llegado a imaginar. Por supuesto que esto es difícil de creer si todo lo que puedo mostrar es un pedazo de lienzo gastado; pero para convencerle, para encantar y asombrar al mundo sólo sería preciso la mano de un Rafael, tan sólo eso, porque su cerebro sí lo tengo. ¡Una lástima, dirá usted, que no posea también su modestia! ¡Ah, déjeme confesarle: es cuanto me queda! ¡Soy la mitad de un genio! ¿Dónde, en este ancho mundo, estará mi otra mitad? ¡Tal vez encarnada en un alma vulgar, en los diestros y prontos dedos de algún oscuro copista o de algún irrelevante artesano que fabrica por docenas sus fáciles prodigios de ejecución! Pero lejos de mí despreciarle; al menos él hace algo ¡No está ocioso! ¡Mejor, en mi caso, hubiera sido ser alguien vulgar pero diestro y diligente; mejor haber cerrado los ojos y haberme puesto a pergeñar lo que fuese!
       ¿Qué podía decirle al pobre hombre?; ¿qué podía hacer por él? Resultaba difícil determinarlo. Sentí, ante todo, que debía romper el hechizo que lo mantenía inactivo, sacándolo de la ominosa atmósfera de ese reducido cuarto que sería cruel denominar estudio. No puedo afirmar que llegara a persuadirle de que viniese conmigo; simplemente se dejó llevar, y cuando nos encontramos al aire libre pude calibrar la deplorable condición en que se hallaba. No obstante, pareció revivir en cierto modo y, al poco, quiso que fuéramos a la galería Pitti. Nunca olvidaré la melancólica caminata a través de los deslumbrantes salones, todas las pinturas de las paredes pareciendo relucir con una suerte de insolente plus de energía y brillantez que se sobreponía a mi tendencia previa a admirarlas. Los ojos y labios de los grandes retratos parecían dirigir una inefable sonrisa burlona hacia el desmoralizado eterno aspirante que había soñado con emular a esos triunfantes autores. Incluso el celestial candor de La Madona de la Silla, al detenernos en devoto silencio ante ella, parecía teñido de la siniestra ironía de las mujeres de Leonardo.
       Con el mismo devoto, absoluto silencio, reanudamos la marcha. Silencio correspondiente a una honda despedida; porque mientras Theobaldo, apoyado en mi brazo, arrastraba un pie tras otro, sentí por todos mis poros que el hombre estaba contemplando su reverenciada Madona por última vez. Cuando salimos fuera, lo vi tan agotado que, en vez de llevarlo a mi hotel a comer, llamé a un coche y lo acompañé hasta su pobre morada. Se hallaba sumido en un profundo estado depresivo; apoyó la cabeza en el respaldo del asiento y cerró los ojos; estaba pálido como la muerte y su débil respiración se veía interrumpida por bruscos sobresaltos que parecían suaves sollozos o vanos intentos de hablar. Ayudado por la misma señora mayor que me atendiera la otra vez y que surgió de un oscuro patio trasero, logré subirlo por la empinada escalera y acostarlo en la desvencijada cama. Dejándolo a cargo de la mujer, salí a buscar a toda prisa a un médico. Pero ella me siguió fuera de la habitación, muy afectada, las manos apretadas una contra otra.
       —Pobre, querido, bendito señor —murmuró—. ¿Se está muriendo?
       —Posiblemente. ¿Cuánto hace que está así?
       —Desde que llegó una noche hace diez días. Subí por la mañana a hacer su mísera cama y le encontré sentado, vestido, ante ese gran caballete. Pobre, querido, extraño hombre: ¡estaba rezando! Desde ese momento ya no volvió a la cama. ¿Qué le debió suceder? ¿Le habrá pasado algo con Serafina? —susurró con ojos brillantes y mueca desdentada.
       —Demuéstreme que al menos hay una mujer madura en la que uno pueda confiar —le dije— y vigílelo bien hasta mi vuelta.
       Mi regreso se retrasó bastante debido a que no hallé al médico inglés, por estar haciendo su habitual ronda de visitas, debiéndole perseguir de casa en casa durante un rato largo, hasta que di con él. Cuando le traje junto a Theobaldo era demasiado tarde. Una virulenta fiebre había hecho presa en el paciente, que se hallaba en estado grave. Un par de horas más tarde supe que padecía fiebre cerebral. Desde ese instante estuve con él todo el tiempo, pero no quisiera describir su dolencia. Fue muy dura de presenciar aunque, por fortuna, resultó breve. La vida se le fue entre delirios. Una de las noches que pasé junto a su lecho, escuchando sus arrebatos de pesar, anhelo, enajenamiento y pavor debido a los fantasmas que debía proyectar su cerebro, viene en estos momentos a mi memoria como una página arrancada a una perdida, magistral, tragedia.
       Apenas una semana más tarde lo enterramos en el pequeño cementerio protestante, junto al camino de Fiesole. La signora Serafina, a la que hice mantener informada de la enfermedad de Theobaldo, acudió en persona, me fue dicho, para saber como evolucionaba; pero no vino al funeral, al cual asistió un número muy reducido de personas. Media docena de viejos conocidos florentinos, pese al prolongado extrañamiento que había precedido a su muerte, sintieron el benevolente impulso de honrar su tumba. Entre ellos, mi amiga la señora Coventry, con quien me encontré al marchar, a la entrada del cementerio, aguardando junto a la puerta de su carruaje.
       —Bien —dijo, ahora con significativa, amable, sonrisa tras el serio saludo de hacía un rato—. ¿Y la genial Madona? ¿La ha logrado ver?
       —La he visto —dije—. Es de mi propiedad, ahora. Se la pedí. Pero nunca se la mostraré a usted.
       —¿Y por qué no, si puede saberse?
       —Querida señora Coventry, ¡no lo comprendería!
       —Vaya si es usted amable…
       —Perdóneme, pero me siento triste, vejado y amargado.
       Y con rudeza digna de reprensión, me alejé. Estaba impaciente por abandonar Florencia; el oscuro espíritu de mi amigo parecía difundirse por doquier. Había hecho el equipaje para marchar hacia Roma esa noche y, mientras, para distraer mi inquietud, paseé sin rumbo por las calles. El azar me llevó hasta la iglesia de san Lorenzo. Recordando la frase del pobre Theobaldo sobre Miguel Ángel —“lo mejor lo logró improvisando”— entré y me encaminé hacia la capilla con las tumbas. Contemplando con tristeza la tristeza de sus inmortales tesoros, pensé, mientras estuve ahí, que lo que veía no precisaba mayor comentario. Al atravesar de nuevo la iglesia para irme, una mujer, que venía de uno de los altares laterales, se topó conmigo frontalmente. El chal negro que envolvía su cabeza enmarcaba pintorescamente el bello rostro de madona Serafina. Se detuvo al reconocerme, y vi claro que deseaba hablar. Sus ojos brillaban y el amplio pecho aparecía henchido de un modo que presagiaba cierta virulencia reprochadora. Pero la expresión de mi rostro debió disuadir la acritud de su resentimiento y se me dirigió en un tono en el que la amargura aparecía suavizada por una suerte de terca resignación.
       —Ahora sé que fue usted quien nos separó. ¡Lástima que se le ocurriera traerle a verme! Claro que, por supuesto, no tenía por qué opinar de mí lo mismo que él. Bien, el Señor me lo dio; el Señor me lo ha quitado. Acabo de pagar una docena de misas en favor de su alma. Y le puedo asegurar, signore, que nunca le engañé. ¿Quién debió meter en su cabeza que yo estaba hecha para habitar entre santos pensamientos y hermosas frases? Eran fantasías suyas, le gustaba creerlo así. Por cierto: ¿sufrió mucho? —añadió, ya con más calma tras una pausa.
       —Sus sufrimientos fueron grandes, pero por suerte cortos.
       —¿Habló de mí?
       Había vacilado un poco y bajado los ojos, pero a esta pregunta los alzó de nuevo y reveló, en su sombría quietud, un destello de femenina confidencia que, por un momento, hizo revivir e iluminó su belleza. ¡Pobre Theobaldo!: cualquiera que fuera su pasión, ahí estaban aún los bellos ojos que lo habían hechizado.
       —Esté tranquila, señora —contesté con gravedad.
       Bajó los ojos de nuevo y quedó en silencio. Luego, exhalando un intenso suspiro y mientras se quitaba el chal, dijo:
       —Era un verdadero genio.
       Le hice una leve reverencia y nos separamos.
       Pasando por una estrecha y apartada calle de vuelta al hotel, advertí, sobre un portal, un letrero que me recordó algo. De pronto caí en ello: era el nombre que aparecía en la tarjeta que hacía rato llevaba en el bolsillo. A la entrada del comercio se encontraba el ingenioso artista cuya ansia por el favor del publico se hallaba así adecuadamente publicitada. Fumaba, con su pipa, al aire del anochecer, mientras abrillantaba con un breve trapo una de sus inimitables estatuillas emparejadas. Ahí estaba, con sus expresivos bigotes de curvadas puntas. Cuando pasé me reconoció en el acto y, quitándose enseguida el pequeño casquete rojo con una inclinación superlativamente obsequiosa, me invitó a entrar en su estudio. Pero yo me limité a devolverle el saludo, pasando de largo, vejado por la aparición.
       Durante toda una semana, por dondequiera que fuese, entre las ruinas de la triunfal Roma, me sentí acompañado por la dolorosa memoria de las trascendentes ilusiones de Theobaldo y su lamentable fracaso, a la vez que me parecía oír en sempiterno, irreal e impertinente susurro: “¡Gatos y monos, monos y gatos; la condición humana entera se halla reflejada en ellos!”.




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