Henry James
(Nueva York, 1843 - Londres, 1916)

Madame de Mauves
(1874)
(“Madame de Mauves”, “Mme. de Mauves”)
Originalmente publicado en la revista The Galaxy, 17
(febrero de 1874), págs. 216–233, y (marzo de 1874), págs. 354–374;
A Passionate Pilgrim and Other Tales
(Boston: James R. Osgood & Co., 1875, págs. 363–496)



I

        El panorama que se domina desde la terraza de Saint-Germain-en-Laye es tan célebre como inmenso. Ante uno, en medio de una vastedad umbría, se extiende París, salpicado de cúpulas y fortificaciones que destellan entre claros vapores, ceñido por el Sena de plata. A la espalda hay un parque de majestuosa simetría y más atrás aún un bosque donde se puede pasear ociosamente por avenidas cubiertas de césped y calveros hasta los que se filtra irregularmente la luz. Allí es posible olvidarse completamente de que los bulevares están a media hora de camino. Sin embargo, una tarde de mediados de primavera, hará unos cinco años, un joven que se hallaba sentado en la terraza decidió no olvidarlo. Tenía la vista puesta, con languidez soñadora, en la poderosa colmena humana que ante él se extendía. Le gustaban las cosas del campo y había acudido a Saint-Germain la semana anterior encontrándose con la primavera en el centro de su recorrido; mas, si bien podía hacer gala de conocer la gran ciudad desde hacía seis meses, jamás la contemplaba desde el punto de observación en que entonces se hallaba sin experimentar una dolorosa sensación de curiosidad insatisfecha. Había momentos en los que le parecía que no encontrarse allí precisamente entonces significaba perderse un fascinante capítulo de la experiencia. Y sin embargo, su experiencia de aquel invierno había sido más bien infructuosa, un capítulo de su vida que había cerrado casi con un bostezo. Aunque no tenía nada de cínico, era lo que se puede denominar un observador perpetuamente  decepcionado. Jamás escogía el camino de la derecha sin empezar a sospechar cuando llevaba una hora paseando que el que tenía interés era el camino de la izquierda. Ahora ardía en deseos de ir a París y pasar allí el final de la tarde; ir a cenar al Café Brébant y acudir después al Gymnase y allí escuchar la última disertación sobre los deberes del marido injuriado. Seguramente se habría puesto en pie para llevar a cabo aquel proyecto, de no ser porque se fijó en una niña que estaba dando vueltas por la terraza y que de pronto se paró en seco delante de él y se le quedó mirando con toda naturalidad y con los ojos muy abiertos. Al principio lo encontró sencillamente divertido pues el rostro de la niña denotaba un asombro desamparado; un momento después se sintió agradablemente sorprendido.
       —Vaya, pero si es mi amiga Maggie —dijo—; ya veo que no te has olvidado de mí.
       Tras un breve parlamento Maggie se vio inducida a rubricar su buena memoria con un beso. A continuación, cuando se le invitó a que explicara su aparición en Saint-Germain, inició un relato en el que, conforme al método infantil, lo general era fatalmente sacrificado en beneficio de lo particular, así que Longmore empezó a mirar en derredor buscando una mejor fuente de información. La encontró en la mamá de Maggie, que estaba sentada con otra dama al otro extremo de la terraza; de modo que cogió a la niña de la mano y la llevó junto a sus acompañantes.
       La mamá de Maggie era una joven dama norteamericana, como habrán colegido ustedes enseguida, de rostro bonito y amable y que llevaba un costoso conjunto de primavera. Saludó a Longmore con sorpresa cordial, mencionó su nombre a su amiga y le pidió que acercara una silla y se sentara con ellas. La otra dama, si bien era igual de joven y puede que incluso más guapa, vestía con mayor sobriedad y guardaba silencio mientras acariciaba el pelo de Maggie, a quien había acercado hacia sus rodillas. Jamás había oído hablar de Longmore pero ahora ya sabía que su amiga había cruzado el océano con él, había vuelto a coincidir con él en viajes posteriores y (habiendo dejado a su marido en Wall Street) estaba en deuda con él por diversos servicios de menor importancia.
       La mamá de Maggie se volvía de vez en cuando hacia su amiga sonriendo como para invitarla a participar en la conversación, pero ésta le devolvía la sonrisa y donosamente seguía sin decir nada.
       Durante diez minutos no decayó el interés de Longmore por su interlocutora; después (pues los enigmas son más interesantes que las vulgaridades) aquél cedió ante la curiosidad que le inspiraba la amiga. Empezó a divagar con la mirada; la volubilidad de una era menos sugerente que el silencio de la otra.
       Quizá no fuera la desconocida ni obviamente bella ni obviamente norteamericana pero cuando se la estudiaba más de cerca se veía que era esencialmente las dos cosas. Era menuda y de tez clara y, pese a su palidez natural, exhibía un tenue rubor que parecía guardar relación con alguna agitación reciente. Lo que más le llamó la atención a Longmore de su rostro fue la combinación de unos ajos grises de belleza serena, casi lánguida, con una boca singularmente firme y expresiva. La frente era un ápice más amplia de lo que corresponde al arquetipo clásico, y su espeso cabello castaño lucía un tocado que no estaba a la moda (por aquel entonces los tocados de moda eran muy feos). El cuello y el busto poseían una esbeltez que se realzaba por la armonía y encanto con que efectuaba ciertos movimientos rápidos de cabeza, que tenía la costumbre de echar hacia atrás de cuando en cuando, al tiempo que asumía un aire atento y miraba de soslayo con sus ojos de paloma. Parecía a la vez alerta e indiferente, contemplativa e inquieta, y Longmore descubrió muy pronto que si la suya no era una belleza brillante, al menos sí resultaba sumamente interesante. Esta misma impresión le hizo sentirse magnánimo. Se dio cuenta de que había interrumpido una conversación confidencial y juzgó discreto retirarse, después de que la mamá de Maggie —la señora Draper— le dijera que iba a volver a París en el tren de las seis. Le prometió que se reuniría con ella en la estación.
       Acudió a la cita, y la señora Draper llegó con bastante tiempo acompañada de su amiga. Esta, sin embargo, se despidió desde la puerta y se alejó en coche, dándole a Longmore tiempo sólo para quitarse el sombrero.
       —¿Quién es? —preguntó con visible afán cuando llevó a la señora Draper sus billetes.
       —Venga mañana a verme al Hótel de L’Empire —respondió—, y le contaré su historia.
       La fuerza que tuvo este ofrecimiento para hacerle llegar puntualmente al Hótel de L’Empire es algo que sin duda Longmore jamás midió con exactitud; y quizás estuvo acertado al no hacerlo pues se encontró a su amiga, que estaba a punto de abandonar París, tan acosada por sombrereros a los que se había dado largas y por lenceros con los que se había cometido perjurio, que no le quedaban fuerzas para hablar de otra persona.
       —Seguramente encontrará usted Saint-Germain mortalmente aburrido —le dijo cuando ya se iba—. ¿Por qué no se viene a Londres conmigo?
       —Presénteme a Madame de Mauves —respondió él—, y Saint-Germain me satisfará.
       Él sólo había logrado averiguar su nombre y lugar de residencia.
       —¡Ah! Ella, pobre mujer, no conseguirá hacer que Saint-Germain le parezca un lugar alegre. Es muy desdichada.
       La llegada de tina joven que traía una sombrerera impidió que Longmore prosiguiera con sus pesquisas; pero se fue con la promesa de que enseguida recibiría una nota de presentación para Saint-Germain.
       Longmore aguardó una semana, mas la nota no llegó; entonces se dijo que era él y no la señora Draper quien tenía que quejarse por la traición de la chica de la sombrerera. Iba por la terraza, se paseaba por el bosque, estudió la vida de las calles del barrio e hizo un tímido intento de investigar en los archivos de la corte de los Estuardo durante el exilio; pero la mayor parte del tiempo la pasó preguntándose dónde viviría Madame de Mauves y si nunca se pasaba por la terraza. Finalmente averiguó que a veces sí lo hacía pues una tarde, a la hora del crepúsculo, la vio apoyada en la barandilla, sola. Dudó un momento si acercarse y le pareció sentir una leve agitación; pero su curiosidad no se veía disminuida por el hecho de que hubiera pasado un cuarto de hora en su compañía. Al acercarse, ella le reconoció inmediatamente y sus modales revelaron que no estaba acostumbrada a hacer frente a una confusa variedad de rostros. Su forma de vestir y su expresión eran las mismas que la otra vez. Seguía teniendo el mismo encanto, como lo tiene una música dulce la segunda vez que se oye. Enseguida facilitó la conversación preguntando por la señora Draper. Longmore le dijo que se pasaba los días esperando noticias de ella y, tras una pausa, le habló de la nota de presentación que le había prometido.
       —Ya me parece menos necesaria —dijo él—; al menos para mí. Pero para usted... Me hubiera gustado que supiera las cosas halagadoras que seguramente habría dicho la señora Draper de mí.
       —Si recibe usted por fin la nota —contestó ella—, debe venir a verme y traerla. Si no, debe venir sin ella.
       Ella seguía allí pese a que aumentaban las sombras del crepúsculo, y entonces le explicó que esperaba a su marido, que iba a llegar en el tren de París y que muchas veces pasaba por la terraza camino de casa. Longmore recordaba bien que la señora Draper le había dicho que su amiga era desdichada, y le pareció conveniente suponer que el marido era la causa. Aleccionado por una estancia de seis meses en París se preguntaba: .¿Qué otra posibilidad hay para una dulce muchacha norteamericana que se casa con un francés impuro?”.
       Pero la solicitud con que esperaba a su señor socavó su hipótesis, que quedó aún más debilitada ante el delicado afán con que se volvió para saludar a una figura que se acercaba. Longmore contempló en medio de la claridad evanescente a un caballero de recia silueta, poco más de cuarenta años, sombrero de copa de color claro y semblante— indistinto a contraluz— adornado con un bigote de puntas prodigiosas. M de Mauves saludó a su esposa con galantería puntillosa y le hizo, tras una inclinación de cabeza dirigida a Longmore, varias preguntas en francés. Antes de coger el brazo que le ofrecía su marido y marchar hacia el coche que les aguardaba ante la entrada de la terraza, ella presentó a nuestro protagonista en calidad de amigo de la señora Draper y compatriota suyo, y afirmó esperar que fuera por su casa. M de Mauves respondió breve pero cortésmente, en un inglés muy bueno, y se fue con su esposa.
       Longmore le observó mientras se iba, retorciéndose su curioso bigote, y se quedó con un sentimiento de irritación que con toda seguridad no habría acertado a explicar. La única causa concebible era que el buen inglés de M. de Mauves ponía en evidencia su mal francés. Por razones que al parecer anidaban en la misma estructura de su ser, Longmore se encontraba incapaz de hablar aquel idioma de modo tolerable. Admiraba el francés y le gustaba, pero el mismísimo genio de la torpeza controlaba su fraseología. No obstante pensó con satisfacción que Madame de Mauves y él tenían una lengua común y su irritación se disipó enseguida cuando por la noche se encontró encima de la mesa una carta de la señora Draper. Dentro había una misiva breve y formal dirigida a Madame de Mauves, pero la epístola en sí era copiosa y confidencial. Había diferido el momento de escribir hasta que llegara a Londres, donde, naturalmente, otros esparcimientos la entretuvieron por espacio de una semana.
       “Creo que han sido estas inglesas que llevan vestidos de tela verde y botas con costuras de hilo blanco. escribía, “y que tanto tiempo le hacen perder a una, las que me han hecho acordarme, en defensa propia, de mi gentil amiga de Saint-Germain y de que le prometí a usted una nota de presentación para ella. Creo haberle dicho que era desdichada; después me pregunté si no cabía culparme por haber desvelado una confidencia. Pero lo hubiera averiguado usted por sí mismo y además no me lo dijo en secreto. Afirmó ser la criatura más feliz del mundo y a continuación, pobrecilla, se echó a llorar. Yo imploré verme libre de una felicidad así. Es la triste historia de una muchacha norteamericana que no ha nacido para ser ni una esclava ni un juguete, que se casa con un francés disoluto que considera que la mujer ha de ser una cosa o la otra. La más tonta de las mujeres norteamericanas es demasiado buena para el mejor de los extranjeros y la que menos vale de las nuestras tiene necesidades morales que un francés no es capaz de entender. Mi amiga era romántica y obstinada, y los norteamericanos le parecían vulgares. Quizá sea vulgar la felicidad matrimonial; pero me parece que ahora le gustaría ser un poco menos elegante. Por supuesto a M. de Mauves lo único que le importaba era el dinero de ella, que ahora se dedica a gastar a manos llenas en sus menus plaisirs. Espero que sepa valorar el cumplido que le hago al encomendarle que vaya a consolar a una esposa desdichada. Nunca le he dado a hombre alguno semejante prueba de estima y si usted me decepcionara renunciaría al mundo. Demuéstrele a Madame de Mauves que la mezcla de admiración y respeto puede darse en un amigo norteamericano mejor que en un esposo francés. Ella elude la vida social y vive completamente sola, no viendo a nadie más que a una horrible cuñada francesa. Escríbame diciendo que ha logrado borrar de su sonrisa desesperada parte de la tristeza que encierra. Hágala sonreír con la conciencia tranquila.”
       Aquellas admoniciones impregnadas de celo dejaron a Longmore levemente turbado.        Se vio a sí mismo al borde de una tragedia doméstica ante la cual retrocedió instintivamente.
       Presentarse ante Madame de Mauves sabiendo todo aquello era como pretender pescar en río revuelto. El era un hombre modesto y, sin embargo, se preguntaba si sus atenciones no tendrían sobre ella el efecto de aumentar su tribulación. La sensación lisonjera de que se trataba de una ocasión insólita le volvió, con el transcurso del tiempo, más confiado... posiblemente más temerario. Le parecía una idea muy alentadora borrar de la sonrisa de su bella compatriota la tristeza que encerraba. Al menos tenía la esperanza de convencerla de que existían norteamericanos agradables. Fue a verla inmediatamente.


II

         Catorce años antes, su madre, viuda más aficionada a Hamburgo y Niza que a sacar los bajos de los vestidos de una hija que crecía vigorosamente, la envió a un convento parisiense para que allí se educara. En aquel lugar, aparte de diversas habilidades elegantes (el arte de saber llevar un vestido de cola, componer un ramo de flores, cómo se ofrece una taza de té) adquirió un tipo de imaginación que hubiera podido pasar por un signo de precoz soltura social. Soñaba con casarse con un título, no por el placer de oír cómo la llamaban Madame la Vicomtesse (algo que a ella le parecía que nunca iba a importarle gran cosa), sino porque albergaba la romántica idea de que un nacimiento de la más alta alcurnia era garantía de una ideal delicadeza de sentimientos. Rara vez se conforman los romances con una buena fe tan perfecta y Eufemia tenía la excusa de la pureza radical de su imaginación. Era profundamente incorruptible y alimentaba aquella perniciosa idea cual si de un dogma revelado por un ángel de alas blancas se tratara Aún después de que la experiencia se le hubiera manifestado con rudeza un centenar de veces,  le seguía resultando más fácil creer en rábulas. cuando éstas tenían una significación noble. que en hechos comprobados pero sórdidos. Creía que un caballero de antiguo linaje tenía que ser por necesidad una persona de gran calidad humana. así como que la conciencia de formar parte de una singular tradición familiar le confiere a la personalidad un tono exquisito. Noblesse oblige, pensaba ella, por lo que respecta a un mismo, y da seguridad, por lo que respecta a la esposa Ella jamás había hablado con un noble en su vida y todas estas convicciones, no eran sino una mera cuestión de teoría trascendente.
            En parte eran fruto de la lectura de diversas narraciones ultramontanas (las únicas admitidas en la biblioteca del convento) en las que el protagonista era siempre un vizconde legitimista que entablaba decenas de duelos pero que se confesaba dos veces al mes; en parte era también fruto de las conversaciones perfumadas de sus compañeras, muchas de ellas filles de haut lieu, que en el jardín del convento, después de pasar el domingo en casa, pintaban a sus primos y hermanos como si fueran el Príncipe Azul y otros jóvenes paladines. Eufemia escuchaba sin decir nada; rodeaba sus visiones, en las que contraía matrimonio luciendo la corona nobiliaria, de un misterio religioso. No era del tipo de señoritas que confiesan con facilidad que su marido tiene que medir un metro ochenta, ser un poco corto de vista, llevar la raya en medio y tener reflejos ambarinos en la barba. A sus compañeras les parecía que Eufemia tenía una imaginación muy apagada; ni siquiera el hecho de que fuera un retoño de la democracia trasatlántica llegaba a explicar suficientemente su apatía hacia las cuestiones de sociedad. Se había formado una imagen mental del descendiente de los cruzados que sería el depositario de su adoración, pero al igual que tantos artistas que han dado una obra maestra de la idealización, evitaba exponerla a la crítica pública. El retrato mostraba a un hombre más feo que guapo y más pobre que rico. Pero su fealdad habría de ser noblemente expresiva y su pobreza delicadamente orgullosa. Eufemia tenía fortuna propia, la cual él, en el momento adecuado, cuando fijara en ella aquella exquisita mirada que suavizaría la severidad feudal de su rostro, aceptaría en medio de una infinidad de protestas ahogadas. Ella tan sólo habría de poner una condición: su sangre tendría que ser del más rancio abolengo. En esto cifraría ella toda su felicidad.
       Y quiso el azar que las circunstancias le dieran un viso convincente a aquella lógica primitiva.
       Aunque hablaba poco, Eufemia ponía fervor al escuchar, y en ciertos momentos se quedaba en vilo, pendiente de los labios de Mademoiselle Marie de Mauves. Su intimidad con su compañera predilecta se basaba, como en la mayoría de los casos, en lo que las distinguía. Mademoiselle de Mauves era muy enérgica, muy perspicaz, muy irónica, muy francesa: todo aquello que Eufemia no se perdonaba no ser. A lo largo de los domingos pasados en ville, examinó el mundo y lo juzgó, comunicándole sus impresiones a nuestra atenta protagonista con una mezcla de entusiasmo y escepticismo. Además era una persona de físico desarrollado y atractivo que cuando se ponía los lazos y dijes de Eufemia, le quedaban mejor que a la esbelta propietaria de los mismos. Poseía, en fin, el mérito supremo de constituir un ejemplo riguroso de la virtud del nacimiento excelso, pues es cierto que tenía antepasados de los que hicieran honorable mención Joinville y Commines, así como una abuela majestuosa de nariz ganchuda que venía con ella después de pasar las vacaciones en un auténtico “castel” de Auvernia. A Eufemia le parecía que semejantes atributos hacían que su amiga se sintiera en el mundo más a sus anchas que si fuera la hija del más próspero de los tenderos. Una cierta desfachatez aristocrática la poseía Mademoiselle de Mauves en abundancia y sus saqueos entre las delicadas ropas de su amiga estaban en total consonancia con el espíritu de sus antepasados, barones del siglo
XII (espíritu que a Eufemia le parecía una manera liberal de entender la amistad); era ésta una actitud libre de toda estrecha deferencia hacia las opiniones del mundo, y que tarde o temprano se justificaría mediante actos de una magnanimidad sorprendente. Quizá Mademoiselle de Mauves disfrutara muy poco de aquella actitud desenvuelta que tenía para con la sociedad y que Eufemia le envidiaba. Más avanzada su vida resultó ser una maquinadora tan consumada que la conciencia de que tenía que escalar alturas superiores tuvo que despertar pronto en ella. Los lazos y dijes de nuestra protagonista tenían mucho que ver con el patrocinio fraterno de la otra y la seductora docilidad de su carácter más aún; pero la razón concluyente por la que Marie le escribió a su abuela para que invitara a Eufemia a pasar tres semanas de vacaciones en el cartel de Auvernia, obedecía a consideraciones de rango muy superior. Por aquel entonces Mademoiselle de Mauves contaba diecisiete años de edad y presumiblemente tenía capacidad para ver las cosas; Eufemia, que era apenas algo más joven, era un sujeto perfectamente desarrollado con quien se podía experimentar, aparte de que era lo bastante guapa como para augurar el éxito. Prueba de la sinceridad de las aspiraciones de Eufemia es que el castel no hizo que se tambaleara su fe. No era una morada ni alegre ni lujosa, pero la jovencita la encontró tan deliciosa como si emergiera de una obra de teatro. Las torres estaban maltrechas, el foso vacío, el puente levadizo herrumbroso; en las desiguales losas del patio crecía la hierba, y cuando las surcaban las ruedas del antiguo carruaje de la anciana de nariz ganchuda parecían levantar ecos del siglo XVII. Eufemia no despertó asustada de su sueño; experimentó el placer de ver cómo éste asumía la consistencia de un presentimiento lisonjero. Le gustaban los criados viejos, las anécdotas viejas, los muebles viejos, las mansiones de colores desvaídos y los olores delicadamente rancios: tesoros enmohecidos que abundaban en el Cháteau de Mauves. Pintó una docena de bocetos a la acuarela, conforme al estilo conventual; pero cabe decir que sentimentalmente siempre pintaba con mano más libre.
       La anciana Madame de Mauves no tenía de severa más que la nariz, y a Eufemia le pareció, y lo era, una reliquia graciosamente venerable que pertenecía a un orden de cosas histórico. Le cogió mucho cariño a la joven norteamericana, quien se prestaba a pasarse el día entero sentada a sus pies, oyéndole contar anécdotas del bon temps y hacer citas de las crónicas familiares. Madame de Mauves era una anciana muy íntegra que decía lo que pensaba con llaneza añeja. Un día echó hacia atrás los rutilantes cabellos de Eufemia, la miró parpadeando con ternura oculta tras las antiparras y dijo con un movimiento enérgico de cabeza que no sabía qué hacer con ella. Y como respuesta al rubor sorprendido de la joven dijo:
       —Me gustaría aconsejarte, pero te veo tan de una sola pieza que mucho me temo que si te aconsejo voy a echarte a perder. Es fácil ver que no eres de los nuestros. No sé si serás mejor, pero me da la impresión de que prestas oídos al murmullo de tu espíritu joven, no a la voz que procede del confesionario ni al susurro de la oportunidad. En mis tiempos las jóvenes, cuando eran tontas eran muy dóciles, pero cuando eran listas, eran muy taimadas. Tu eres bastante lista, creo, y sin embargo, si en este momento adivinara todos tus secretos ¿habría alguno que me sorprendiera? Puedo contártelos más pérfidos que todos los que has descubierto por ti misma. Si vas a vivir en Francia y quieres ser feliz no le prestes mucha atención a esa vocecilla de la que acabo de hablarte, la voz que no es ni la del cura ni la del mundo. Las cosas que imagines que te dice, no van a servirte de ayuda. Te pondrán triste y cuando estés triste te pondrás fea; y cuando estés fea te amargarás, y cuando estés amargada te volverás muy desagradable. Recibí una educación según la cual el primer deber de una mujer era saber agradar, y las mujeres más dichosas que he conocido fueron las que cumplieron puntualmente con este deber. Como no eres católica no te supongo muy beata; y si no te tomas la vida como una misa que dura cincuenta años, sólo puedes tomártela como un juego de habilidad. Escucha: para no perder es necesario... no digo que haya que hacer trampas; pero no estés muy segura de que el prójimo no vaya a hacerlas, y no te lleves las manos a la cabeza si ves que las hace. No pierdas, niña mía; te lo ruego encarecidamente, no pierdas. No seas ni crédula ni suspicaz; pero si sorprendes al prójimo acechando, en vez de echarte a llorar, aguarda con muy buenas maneras a que llegue tu oportunidad. En mis tiempos me ha llegado en más de una ocasión el momento de la revanche, pero no estoy muy segura de que el mejor modo de vengarme de la vida sea ofrecerle a tu bendita inocencia el ejemplo de mi experiencia.
       Era un consejo bastante siniestro, pero Eufemia apenas si lo entendió, de modo que ni le dio miedo ni le sirvió de provecho. Lo escuchó igual que hubiera escuchado en una comedia los diálogos de una anciana cuya dicción estuviera en curiosa consonancia con los dibujos de su mantilla y el estilo de su peinado. La indiferencia que sentía era doblemente peligrosa, pues Madame de Mauves hablaba instigada por los acontecimientos venideros y sus palabras eran resultado de una conciencia levemente turbada por un conflicto, una conciencia que por un lado le decía que Eufemia era una víctima demasiado tierna como para sacrificarla en aras de una ambición, y por otro que la prosperidad de su casa era un legado demasiado precioso como para sacrificarlo por un escrúpulo. La prosperidad en cuestión había padecido repetidos y serios quebrantos, de modo que en la casa de los De Mauves reinaba la fría comodidad propia de una morada cuyos ocupantes se veían obligados a poner en la balanza alusiones a la mesa de sus antepasados para compensar la ausencia de alardes gastronómicos. Estado de cosas tanto más lamentable por cuanto el principal representante de la familia en aquel momento era un caballero de gran apetito que justamente afirmaba que las glorias históricas de la casa no fueron obra de héroes mal alimentados.
       Tres días después de la llegada de Eufemia, vino desde París Richard de Mauves a presentarle sus respetos a su abuela y le proporcionó a nuestra heroína su primer encuentro con un gentilhombre de carne y hueso. Cuando llegó besó la mano a su abuela exhibiendo una sonrisa que motivó que ésta la retirara con dignidad e hizo que Eufemia, que se encontraba presente, se preguntara qué había ocurrido entre los dos. Su pregunta sin respuesta no fue más que el comienzo de una vida de perplejidad mortificante, pero el lector es libre de saber que la sonrisa de M. de Mauves era la réplica a cierto post scriptum que la anciana añadió a una carta que a él dirigiera con prontitud su nieta después de que se hubiese admitido a Eufemia a fin de que quedaran justificadas las promesas de aquélla. Mademoiselle de Mauves le llevó la carta a su abuela para que le diese su aprobación, pero todo cuanto obtuvo es lo que cabe expresar con un glacial asentimiento de cabeza. La anciana observó con mirada sombría cómo su nieta procedía a cerrar la carta y de repente le ordenó que volviera a abrirla y le trajera una pluma.
       “Los halagos de tu hermana no son más que bobadas”, escribió; “es una damisela demasiado buena para alguien como tú, mauvais sujét. Si tienes conciencia no vendrás a tomar posesión de un ángel de inocencia”.
       La muchacha, que leyó aquellas líneas, torció levemente el gesto mientras volvía a escribir la dirección; pero cuando dejó la pluma hizo un gesto de confiado asentimiento con la cabeza, el cual tal vez quisiera decir que, a su entender, su hermano no tenía conciencia.
       —Si eras sincera en lo que decías —le susurró el joven a su abuela a la primera ocasión—, habría sido más sencillo no dejarle a Marie echar la carta.
       Quizás se debiera a esta cínica insinuación el que Madame de Mauves se quedara en sus aposentos la mayor parte del tiempo que duró la estancia de Eufemia, de modo que quedó enteramente a merced del barón la inocencia angélica de la muchacha. Inocencia que, no obstante, no sufrió mayor percance que verse instada a entablar una más intensa conmoción consigo misma M. de Mauves era el héroe novelesco soñado por la muchacha convertido en realidad y coincidía tan plenamente con la criatura de su imaginación que le inspiraba miedo, el mismo que le habría inspirado una aparición sobrenatural. Tenía treinta y cinco años: era lo bastante joven como para que cupiera esperar de él una ardiente actividad y lo bastante viejo como para haberse formado opiniones que una mujer elemental podría considerar un privilegio intelectual el escuchar. Quizás fuera ligeramente más apuesto que el ideal quijotesco de Eufemia, más bien solemne, pero unos pocos días bastaron para que aceptara el hecho de que fuera bien parecido, del mismo modo que hubieran bastado para aceptar que fuera feo. Era un hombre tranquilo, serio y de gran distinción. Hablaba poco, pero sus palabras, sin ser sentenciosas, tenían una cierta nobleza de tono merced a lo cual volvían a resonar en los oídos de la muchacha al acabar el día. Él le prestaba escasa atención directa pero cuando se dirigía a ella por motivos sin importancia —como preguntarle si le importaba que fumara— acompañaba sus palabras de una sonrisa sumamente amable.
       Ocurrió que, poco después de su llegada, cuando cabalgaba a lomos de un caballo indócil en el que Eufemia, con tímida admiración, le había visto montarse en el patio del castillo, sufrió una caída de tal violencia que, sin menoscabo de su habilidad, quedó convertido por espacio de una quincena en un interesante inválido, y se recluyó en la biblioteca con una rodilla vendada. Se le pidió a Eufemia repetidas veces que le cantara, para aliviar su confinamiento, y ella accedía; había en su voz un tenue temblor natural que hubiera podido pasar por un exquisito refinamiento artístico. Él nunca la abrumaba con cumplidos; se limitaba a escucharla con atención inconmovible, se acordaba de todas sus melodías y luego las cantaba en voz baja para sí. Mientras duró su encarcelamiento se pasó muchas horas en compañía de ella y le hizo sentirse como si fuera un artista sin amigos que de pronto se encuentra con la oportunidad de dedicar una semana al estudio de un gran modelo. Eufemia estudió con diligencia silenciosa lo que creía ser el carácter de M. de Mauves y cuanto más indagaba, tantas más luces y matices delicados le parecía contemplar en aquella obra maestra de la naturaleza. Ya fuera porque se daba cuenta de que lo estaban examinando generosamente, ya por razones que desafiaban hábilmente todo análisis, lo cierto es que M. de Mauves jamás había mostrado un carácter tan amable; verdaderamente parecía reflejar con pureza la interpretación que del mismo se hacía Eufemia. Había salido de París sin nada en su condición anímica digno de especial admiración. Entonces tenía la firme determinación de casarse con una jovencita cuyos encantos tal vez sí o tal vez no justificaran lo que de ellos decía su hermana, pero que estaba en posesión, en el peor de los casos, de unos doscientos mil francos al año.
       Richard, no excluía los sentimientos: si ella le gustaba, tanto mejor; pero dejaba muy poco margen para ellos y le hubiera costado trabajo admitir que pudieran mejorar tan excelente unión. El barón era un escéptico apacible y era una paradoja del destino que un hombre que no creía en nada hubiera de ver con cuánta ternura se creía en él. Sobre la naturaleza de su fe original apenas hubiera podido decir nada, pues cuando volvió al hogar de su infancia con la intención de mejorar el estado de su fortuna fingiéndose enamorado, ya era una criatura enteramente pervertida, con tantas crrupciones a sus espaldas que un examen de conciencia que durara todo un día de verano no bastaría para descargarle de todas. Diez años de búsqueda del placer, de los que cuanto conservaba era un escritorio repleto de cuentas sin pagar, habían agostado la naturalidad que tuvo de joven. Si hubieran sido otras las circunstancias bajo las que se había de moldear su violento temperamento y su generosidad, tal vez una imaginación romántica habría podido aceptar bien el resultado, como si de una flor tardía del honor hereditario se tratara. La violencia del barón quedó sojuzgada y él aprendió a ser irreprochablemente cortés; pero había perdido la ventaja de su generosidad, y su cortesía (por la cual, a la larga, la sociedad acababa pagando) apenas sí era algo más que una forma voluptuosa de egoísmo, como lo era su afición a los pañuelos de batista, los guantes de color azul lavanda, y otros rasgos de fatuidad merced a los cuales seguía sin pagar a los tenderos. En años posteriores fue sumamente cortés con su esposa. Se había formado a sí mismo, según solía decirse, y la sociedad a la que tenía acceso en virtud de su nacimiento y de sus gustos, le marcaba una pauta caracterizada por ciertos rasgos peculiares. El que a nosotros nos concierne principalmente consiste en considerar a la mejor mitad de la humanidad como un conjunto de objetos que no son esencialmente distintos de... por ejemplo, unos guantes delicados que se gastan en una velada y después se tiran. Para hacer justicia a M. de Mauves, digamos que a lo largo del tiempo encontró en el carácter femenino tantas pruebas de aquella cualidad que recordaba la flexibilidad de los guantes, que naturalmente el idealismo le parecía un juego de perdedores.
       Mientras yacía en el sofá, Eufemia no le parecía en modo alguno una refutación de lo anterior; simplemente le recordaba que por lo general las mujeres, cuando son muy jóvenes son muy inocentes y que, en conjunto, aquella fase de su desarrollo era la más encantadora de todas. Su inocencia le inspiraba un profundo respeto y le parecía que quedaría menos expuesta a peligros si se convertía pronto en su esposa. A la anciana Madame de Mauves, que se felicitaba por haber sido laudablemente rígida a lo largo de todo aquel asunto, habría podido servirle de lección aquella galante consideración. Por espacio de una quincena el barón casi volvió a ser un muchacho vergonzoso. Parapetado tras “Le Figaro”, miraba, admiraba y contenía la lengua. No sentía la menor disposición a iniciar un coqueteo; no tenían ningún deseo de turbar las aguas que se proponía transvasar a la copa de oro del matrimonio. A veces una palabra, una mirada o un gesto de Eufemia le hacían sentir la curiosa sensación de que casi era, o al menos lo parecía, un hombre tímido. Y era porque ella tenía un modo de no agachar la vista —conforme a los curiosos mecanismos de la virginidad—, de no salir atolondradamente de la estancia cuando se lo encontraba a solas, de tratarle como si en lugar de perniciosa ejerciera una influencia benigna... en resumidas cuentas, era su comportamiento de una franqueza tan radiante, pese a una evidente reserva natural, que resultaba tan descortés no hacerle cumplidos como indelicado no aceptar aquellos rasgos como algo natural. De este modo se fueron forjando en la mente del barón, podríamos decirlo así, vagas e insólitas resonancias de suaves impresiones, lo cual era indicativo de que el “sentimiento” había sufrido una transformación merced a la cual pasaba de la contingencia al hecho. Su imaginación disfrutaba con aquello; le gustaba mucho la música y aquello le recordaba algunas de las músicas más bellas que había oído jamás. A pesar del aburrimiento de verse postrado con la rodilla herida, hacía muchos meses que no gozaba de tan buen humor; echado, se dedicaba a fumar cigarrillos y a escuchar a los ruiseñores, con la misma sonrisa de complacencia que ponían sus vecinos rurales cuando el gran buey que tenían se llevaba el premio en una feria. De vez en cuando, impacientándose por la sospecha de que había algún parecido, afirmaba ser una bête digna de lástima; pero se hallaba bajo la influencia de un hechizo que le permitía arrastrar incluso el castigo supremo de parecer ridículo. Una mañana mantuvo un téte—á—téte de media hora con el confesor de su madre, un abate de voz suave a quien Madame de Mauves, por razones de su incumbencia, había convocado repentinamente, haciéndole esperar en el salón mientras ella se ponía en orden los tirabuzones. Cuando el reverendo se presentó ante la anciana le aseguró a ésta que M. le Baron se hallaba en un estado de ánimo de lo más edificante y en una esperanzadora situación de recibir la gracia. Era ésta una interpretación piadosa del buen humor que en aquellos momentos exhibía el barón. Este siempre se había preguntado con desidia para qué servirían los curas y ahora recordó, sintiéndose especialmente reconocido para con el abate, que eran excelentes para casar a la gente.
       Uno o dos días después de esto se quitó el vendaje e intentó andar. Se adentró en el jardín y logró ir renqueando por un sendero; pero a mitad del camino le sobrevino un espasmo de dolor que le obligó a detenerse y pedir ayuda. Al cabo de un momento Eufemia llegaba por el sendero con paso leve y le ofrecía el brazo con sincerísima solicitud.
       —A la casa no —dijo él, aceptando el brazo—; más allá, hacia el soto.
       Esta opción obedecía a que ella le había confesado inmediatamente que le había visto salir de la casa y que, temiéndose un accidente, le había seguido sigilosamente.
       —¿Por qué no vino a acompañarme?
       Se lo preguntó dirigiéndole una mirada que ya no disimulaba la admiración, aunque así se arriesgaba a que le respondiera que una jeune fille no debía dejarse ver siguiendo a un caballero. Pero respiró hondo y contuvo el aliento largo rato cuando ella repuso con toda sencillez que si se hubiera puesto a su lado él quizá hubiera aceptado su brazo por cortesía, mientras que lo que ella deseaba era tener el placer de verle andar solo.
       El techo del soto lo formaba una fragante y enmarañada parra en flor; en las alturas un ruiseñor desgranaba con energía tal profusión de trinos amorosos que el barón no tuvo más remedio que considera¡ que la propiedad de su conducta alcanzaba la perfección.
       —Siempre he oído decir que en los Estados Unidos —dijo— cuando un hombre quiere casarse con una joven sencillamente se lo pide, cara a cara, sin ceremonia alguna... sin que haya padres ni tíos ni primos sentados formando un círculo en derredor.
       —Pues sí, eso creo —dijo Eufemia mirándole de hito en hito, demasiado sorprendida como para sentirse alarmada.
       —Muy bien; entonces —dijo el barón— supongamos que este emparrado se encuentra en los Estado Unidos. Le ofrezco mi mano á l’Américaine. Me sentiré sumamente dichoso si usted la acepta.
       Si la aceptación por parte de Eufemia se efectuó al modo norteamericano, eso es más de lo que puedo decir; me inclino a pensar que cuando los corazones jóvenes están alborotados, llenos de gratitud y dulcemente sorprendidos hay un solo modo, común a todas las partes del mundo.
       Aquella noche, encerrada en la pequeña estancia del torreón que tenía la dicha de ocupar, Eufemia le escribió una sumisa carta a su madre y acababa de cerrar el sobre cuando la mandó llamar Madame de Mauves. Halló a la anciana sentada en su boudoir, vestida con un traje de satén de color azul, con todas las velas encendidas como para celebrar el compromiso de su nieto.
       —¿Eres muy feliz? —preguntó Madame de Mauves, haciendo que Eufemia se sentara delante de ella.
       —Casi me da miedo decir que sí —dijo la muchacha—, no vaya a ser que me despierte.
       —Ojalá nunca despiertes, belle enfant —le dijo la anciana solemnemente—. Este es el primer matrimonio que se concierta así en nuestra familia, que un barón de Mauves le propone matrimonio a una joven bajo un emparrado, como si de un Jeannot y una Jeannette se tratara. Ese no ha sido nuestro modo de hacer las cosas por lo que cabría acusarnos de falta de franqueza. Mi nieto me dice que así la franqueza alcanza la perfección. Muy bien. Yo soy una mujer muy mayor y si vuestras diferencias han de ser tan francas como vuestro acuerdo, no quisiera verlas. Pero me dolería morir pensando que íbais a ser desdichados. No podéis serlo más allá de cierto límite porque aunque en este mundo el Señor a veces no colma nuestras esperanzas, nunca ignora por completo nuestros méritos. Pero tú eres muy joven y muy inocente y es fácil engañarte. Jamás ha existido —ni siquera entre los santos— un hombre tan bueno como tú crees que es el barón. Pero es un galant homme y un caballero. He estado hablando con él esta noche. A ti lo que quiero decirte es esto: que debes olvidar las tonterías mundanas que te conté el otro día sobre la felicidad de las mujeres frívolas. Esa clase de felicidad no sirve para ti. Te pase lo que te pase prométeme una cosa: que seguirás siendo tú misma. La baronesa de Mauves no será peor por ello. Sé tú misma, entiéndelo bien, a pesar de todo: malos preceptos, malos ejemplos, incluso malas acciones. Con paciencia, sin cejar, sé tú misma. ¡Y habrá una De Mauves que te hará justicia!
       Eufemia recordó este discurso en años posteriores y más de una vez, al cerrar los ojos con cansancio, le pareció ver a la anciana rígidamente sentada, vestida con sus galas de colores desvaídos, con una severa sonrisa, como uno de los Hados que contempla cómo gira la rueda de la fortuna, haciendo que se cumpla su acontecimiento predilecto. Pero en aquel momento simplemente le parecía que se revestía de la gravedad propia de la ocasión; supuso que de aquella manera se dirigirían las ancianas de la nobleza a las muchachas afortunadas con motivo de su compromiso.
       En el convento, adonde regresó inmediatamente, se encontró una carta de su madre que le sorprendió mucho más que las observaciones de Madame de Mauves. ¿Quién era esa gente, preguntaba la señora Cleve, que se tomaba la libertad de hablarle a su hija de matrimonio sin pedirle a ella su consentimiento? Evidentemente cabía dudar que fueran gente bien nacida; los franceses de clase jamás hacían cosas así. Eufemia regresaría inmediatamente al convento, se encerraría y aguardaría a que ella llegara.
       La señora Cleve tardó tres semanas en viajar de Niza a París y durante aquel tiempo la joven no mantuvo ninguna comunicación con su enamorado, si se exceptúa un ramo de violetas que aceptó, en el que había una nota con sus iniciales y que le trajo una amiga.
       —No te he educado con tanto esmero— le dijo la señora Cleve a su hija en el primer encuentro que sostuvieron— para que te cases con un francés que no tiene un céntimo. Te voy a llevar directamente a casa y tú vas a hacerme el favor de olvidarte de M. de Mauves.
       Aquella noche el barón efectuó una visita al hotel de la señora Cleve, logrando mitigar su ira pero no modificar su decisión. Sí, sus modales eran muy buenos, pero estaba segura de que su moral era espantosa. Y la señora Cleve, que consigo mismo ejercía una censura muy benevolente, sintió genuina necesidad espiritual de sacrificar a su hija en aras de las conveniencias. Pertenecía a esa nutrida clase de norteamericanos que cuando hablan despreocupadamente critican a su país pero que se sobresaltan, cierran filas y se sienten moralmente responsables cuando ven que los europeos les toman la palabra:
       —Conozco esa clase de personas, cariño —le dijo a su hija, asintiendo con la cabeza en un gesto de sagacidad—: No te golpean; y a veces se llega a desear que lo hagan.
       Eufemia guardó un silencio solemne pues la única respuesta que se sentía capaz de darle a su madre era que su mente era una medida demasiado pequeña para las cosas y que para apreciar la “clase de persona” que era el barón era necesario recibir una iluminación mística. Una persona que lo confundía con los conocidos que atestaban el balneario al que ella acudía no era una persona con la que valiera la pena discutir. A Eufemia le pareció que no tenía ninguna causa que defender; su causa estaba en las manos de Dios y en las de su enamorado.
       M. de Mauves se sintió irritado y mortificado por la oposición de la señora Cleve y no sabía bien cómo arreglárselas con un adversario que no alcanzaba a darse cuenta de que, necesariamente, un De Mauves daba más de lo que recibía. Pero cuando regresó a París obtuvo información que exaltaba el recurso a la humildad. La fortuna de Eufemia, maravillaba decirlo, era mayor de lo que la fama decía, y a la vista de semejante recompensa, incluso un De Mauves podía permitirse soportar un desaire.
       El tacto del joven, su deferencia, su insistencia cortés, le ganaron una concesión por parte de la señora Cleve. Se rompería el compromiso y su hija volvería a casa, se desenvolvería en sociedad y recibiría el homenaje a que tenía derecho y que con toda seguridad adoptaría una forma peligrosa para las pretensiones matrimoniales del barón. No intercambiarían ni cartas ni recuerdos ni mensajes; pero si al cabo de dos años Eufemia había rechazado un número suficiente de ofertas, atestiguándose así la pervivencia de su oferta, él recibiría una invitación para que nuevamente se dirigiera a ella.
       La decisión se promulgó en presencia de las partes interesadas. El barón se comportó galantemente y miró a la muchacha, esperando de ésta alguna protesta de cariño. Pero ella se limitó a devolverle una mirada silenciosa y ni lloró ni sonrió ni extendió la mano. En esto quedaron. Cuando el barón se alejaba, se dijo a sí mismo que a pesar de aquella fastidiosa espera de dos años era una persona muy feliz: su novia, aparte de varios millones de francos, tenía por añadidura unos ojos de sorprendente belleza.
       Cuántos ofrecimientos rechazó Eufemia es algo que nos atañe muy poco, y otro tanto cabe decir de cómo empleó los dos años el barón. Este descubrió que necesitaba entretenerse y, como los entretenimientos resultaban caros, engrosó fuertemente la lista de deudas que habrían de cancelarse con los millones de Eufemia. A veces, en medio de lo que antes llamaba placer con más convicción que ahora, se preguntaba qué pasaría si no llegaba a conseguir los millones después de todo; y entonces recordaba la muda lealtad de su mirada y respiraba hondo, sintiendo una confianza que nada en el mundo le proporcionaba salvo su propia escrupulosidad cuando se trataba de una cuestión de honor.
       Por fin, una mañana cogió el expreso con dirección a El Havre llevando una carta de la señora Cleve en el bolsillo y diez días después inclinaba la cabeza ante madre e hija en Nueva York. Su estancia fue breve, y parece ser que el barón no llegó a hacerse una idea de lo que el tío de Eufemia, el señor Butterworth, que fue quien se la entregó ante el altar, denominó con solemnidad “nuestro gran experimento de gobierno democrático”. Todo le hacía sonreír al barón, que parecía contemplar el Nuevo Mundo como si se tratara de una plasanterie colosal. Cierto es que una sonrisa perpetua era una expresión de lo más natural en el semblante de un hombre que estaba a punto de casarse con Eufemia Cleve.


III

         Su primera visita pareció abrir a Longmore tan grandes perspectivas de disfrute apacible que muy pronto efectuó una segunda. Y al cabo de quince días, había pasado un gran número de horas en la salita, que Madame de Mauves rara vez abandonaba, a menos que se dirigiera al bosque a pasear o a dar una vuelta en coche. Vivía en un pabellón anticuado, entre un patio de altas tapias y un jardín excesivamente artificial tras cuyos límites se divisaba una larga línea que trazaban las copas de los árboles. A Longmore le gustaba el jardín y las tardes apacibles solía sacar su silla por la puerta abierta que daba a la terracita desde donde aquél se dominaba, en tanto su anfitriona se sentaba dentro, justo al lado de la puerta. Al cabo de un rato salía ella y vagaba con él por las estrechas avenidas; por fin le mostraba una portezuela que había en la tapia del jardín y que daba a un sendero que penetraba en el bosque. Más de una vez se adentró por allí con él, llevando la cabeza descubierta y sin intención de recorrer más de cien metros, aunque su amabilidad siempre le hacía ir más lejos y en numerosas ocasiones acababa por dar un paseo generoso. Descubrieron que tenían mucho de que hablar y al placer de ver que las horas se les pasaban volando, Longmore pudo añadir la satisfacción de sospechar que para I Madame de Mauves él era un “recurso”. La conoció bajo la imresión, no del todo cómoda, de que era una mujer que tenía un secreto doloroso y que buscar su trato sería como ir de visita a una casa donde hay un inválido incapaz de soportar los ruidos. Pero muy pronto se dio cuenta de que la tristeza, pues de tristeza se trataba, no era de naturaleza agresiva ni conllevaba gestos ni ceremonias; lo que ella deseaba de verdad era olvidarla. A Longmore le daba la sensación de que aunque la señora Draper no le hubiera dicho que su amiga era desdichada él lo habría averiguado; y sin embargo, no hubiera podido decir en qué se fundaba su impresión. Era una evidencia esencialmente negativa: ella nunca hablaba de su marido. Aparte de esto le parecía que todo su ser estaba afinado en un tono más bajo de lo que la armoniosa naturaleza requería; parecía una cantante de voz potente que hubiera perdido sus registros más agudos. Jamás estaba cabizbaja, no dejaba escapar suspiros y su aspecto era normal; no se permitía tenebrosos sarcasmos contra el destino. En resumidas cuentas: carecía de toda la coquetería de la desgracia. Pero Longmore estaba seguro de que su alegría apacible era resultado de un esfuerzo agotador así como de que mostraba interés por sus pensamientos para evadirse de los suyos propios. Si ella hubiera querido estimular su curiosidad y hacerle tomar al asalto el terreno de las confidencias, nada habría servido a sus propósitos mejor que aquella reserva ingenua. Él se dijo a sí mismo que una modestia tan ardiente encerraba una extraña magnanimidad y que sólo una mujer de cada diez mil habría sido capaz de fundir un dolor personal tan intenso en una contemplación externa que no le reportaba ninguna gratificación. El instinto le decía que Madame de Mauves no oteaba el horizonte en busca de una compensación o alguien que la consolase; había sufrido un desengaño personal que la había alejado de las personas. No buscaba contrarrestar su tristeza mediante ningún goce de sabor fuerte; por el momento intentaba vivir sobrellevándola en paz, guardando las apariencias, sin escándalos; cerrándola bajo llave de vez en cuando, como habría que hacer con una persona susceptible de padecer ataques de locura. Longmore era un hombre de sensibilidad delicada e imaginación activa que nunca había perdido los papeles. Empezó a ver a su anfitriona como a un personaje dominado por una sombra que de algún modo era su verdadero yo. Aquel misterio que se cernía sobre ella acabó ejerciendo sobre él una fascinación extraordinaria. La delicada belleza de Madame de Mauves adquirió a sus ojos el grave aspecto de ciertas estatuas griegas cuyos semblantes carecen de rasgos y a veces, cuando su imaginación más que su oído detectaba un vago temblor en el tono con que ella intentaba hacer que una pregunta amistosa no pareciera encerrar esas resonancias huecas, reveladoras de que uno está distraído, él le dirigía una mirada maravillada que le daba una respuesta más elocuente, aunque mucho menos relevante de lo que ella le pedía.
       Lo cierto es que ella le daba mucho en que pensar y él, en su ignorancia, se formó una docena de teorías experimentales sobre la historia de su matrimonio. Se había casado por amor y había puesto toda el alma en ello; de eso estaba convencido. No se había casado con un francés para estar cerca de París y así tener a mano la base de suministros de sombreros; estaba seguro de que ella había concebido la felicidad conyugal bajo una luz respecto de la cual su vida presente, con sus ventajas para hacer compras y su aridez moral, era la negación absoluta. Pero ¿merced a qué extraordinario proceso del corazón, a través de qué misteriosa interrupción del instinto moral —que siempre va a la par con el corazón, incluso cuando este órgano se enfrenta a una situación sin precedentes había depositado su afecto en un francés arrogantemente frívolo? A Longmore no le hacía falta que se lo dijeran; sabía que M. de Mauves era frívolo; llevaba la impronta en los ojos, en la nariz, en la boca, en el porte. Para con las francesas Longmore se mostraba muy poco amable, o al menos (lo cual en él venía a ser lo mismo) muy poco galante; le parecía que todas eran iguales que cierta dama exquisita a la que se aventuró a entregar una carta de presentación y a la que en su cuaderno de notas calificó de “metálica”. ¿Por qué elegiría Madame de Mauves la suerte de la mujer francesa? Ella, cuyo carácter exhalaba un perfume ajeno incluso a los metales más brillantes. Un día le preguntó abiertamente si no le había costado nada trasplantarse, si no la agobiaba la sensación de ser irreconciliablemente distinta de “toda aquella gente”. Ella guardó silencio un momento y él se imaginó que dudaba si debía mostrarse dolida por aquella alusión tan poco ceremoniosa a su marido. Longmore casi deseaba que así fuera; parecería una prueba de que sus grandes reservas de tristeza tenían un límite.
       —Puede afirmarse que crecí aquí —dijo por fin— y fue aquí donde tomaron forma para mí esos sueños del futuro que todos tenemos cuando dejamos de ser niños. Tal y como están las cosas se puede ser muy norteamericano y, sin embargo, vivir en Europa en conformidad con la propia conciencia. Tal vez la imaginación —tenía alguna cuando era más joven— me ayudó a pensar que aquí encontraría la felicidad. Y después de todo ¿qué significa eso para una mujer? Puede que lo que me rodea no sean los Estados Unidos, pero en la misma medida tampoco es Francia. Francia está ahí fuera, más allá de los límites del jardín, en la ciudad, en el bosque; pero esto, mi entorno inmediato, mi habitación, incluso —hizo una pausa momentánea— mi mente, eso es un país sin nombre que me pertenece. Lo que hace que una mujer sea feliz o desgraciada —añadió— no es su país.
       Cabría haber esperado que Madame Clairin, la cuñada de Eufemia, hubiera abordado la delicada tarea de hacer que Longmore se avergonzara de sus comentarios poco corteses acerca del sexo y la nación a los que pertenecía. Mademoiselle de Mauves, siguiendo el ejemplo y confirmando el precepto, hizo una boda remuneradora y sacrificó su nombre a los millones de un droguero al por mayor, próspero y con aspiraciones, un caballero lo bastante liberal como para considerar que su fortuna era un precio moderado que le franqueaba la entrada en círculos a los que no llegaba el olor de los medicamentos. Posiblemente su sistema fuera válido pero su forma de aplicarlo fue desafortunada. La buena suerte trastornó la cabeza de M. Clairin. Después de conseguir una esposa aristocrática adquirió un vicio aristocrático y empezó a jugar en la bolsa. En un mal momento tuvo graves pérdidas y se arriesgó seriamente tratando de recuperarse. Pero lo único que hizo fue añadir a sus pérdidas otras aún mayores. Entonces lo abandonó todo: su inteligencia, su valor, su honradez; todo cuanto había hecho de él lo que su matrimonio ridículo deshizo tan prontamente. Un día subió por la Rue Vivienne con las manos en los bolsillos vacíos y se pasó media hora de pie, mirando confusamente en ambas direcciones, la mirada perdida por el bulevar rutilante. La gente tropezaba con él y casi le atropellan media docena de coches hasta que por fin un policía que llevaba algún tiempo observándolo, lo cogió del brazo y se lo llevó amablemente. M. Clairin se quedó mirando el gorro ladeado y la espada de aquel hombre con lágrimas en los ojos; concibió la esperanza de que fuera el portador de la cólera del Cielo, el ejecutor del castigo que lo libraría del peso del aborrecimiento que sentía hacia sí mismo. Pero el sergent de ville se limitó a llevarlo hasta un portal abierto y después se alejó para supervisar una disputa financiera entre una señora mayor y un cochero. El pobre M. Clairin sólo llevaba un año casado pero tuvo tiempo de calibrar el espíritu altanero de los De Mauves. Cuando cayó la oscuridad se dirigió a casa de un amigo y le pidió que le dejase alojarse allí por una noche; y como su amigo, que no era más que su antiguo jefe de contabilidad y vivía modestamente, se viera apurado para acomodarlo, Clairin le dijo:
       —Tienes que disculparme pero no puedo ir a mi casa. ¡Me da miedo mi mujer!
       Al amanecer se saltó la tapa de los sesos. Su viuda le sacó a los restos de su fortuna mejor partido del que cabía esperar y vistió unas ropas de luto elegantísimas. Tal vez fuera por esta última razón por lo que se vio obligada a economizar en otras cosas y a aceptar vivir temporalmente bajo el techo de su hermano.
       La Fortuna, que le había jugado una pasada terrible a Madame Clairin, se encontró en la persona de aquella dama con un adversario y no con una víctima. Si bien enteramente exenta de belleza, siempre poseyó una aureola aristocrática y desde entonces aquella aureola fue más aristocrática que nunca. Cuando se paseaba con sus pomposas galas de luto, echando hacia atrás la cabeza elegantemente peinada, elevando el monóculo vigilante, parecía barrer todo el campo social, preguntándose dónde podría cobrarse venganza. De repente lo descubrió, al alcance de la mano, en la riqueza y la afabilidad del pobre Longmore. Los dólares y la amabilidad norteamericanos habían labrado la fortuna de su hermano. ¿Por qué no habrían de labrar la suya? Sobreestimaba la riqueza de Longmore y malinterpretaba su afabilidad, pues estaba segura de que no era posible que un hombre se mostrara tan satisfecho sin ser rico ni tan modesto sin ser débil. El se enfrentó a sus avances con una cortesía formal que ocultaba una buena dosis de un desconcierto nada halagador. Ella le hacía sentirse agudamente incómodo; y aunque él no acertaba a comprender cómo podía ser objeto de interés por parte de una astuta parisiense, experimentaba la sensación indefinible de hallarse encerrado en un círculo magnético, como si fuera la víctima de un encantamiento. De haberle resultado posible a Madame Clairin sondear su alma puritana, habría dejado de lado la varita mágica y el libro de los conjuros, admitiendo que se había topado con un sujeto imposible. Le hacía sentir una especie de escalofrío moral a Longmore, que jamás aludía mentalmente a ella sino como “esa mujer espantosa, esa mujer horrible”. Reconocía su aureola aristocrática, pero por lo que a él se refería, prefería el aura de sencillez que rodeaba a Madame de Mauves. Nunca hacía la inclinación de despedida, tras cinco minutos aguantando con pasiva frialdad uno de sus airosos embates que buscaban intimidad, sin sentir el curioso deseo de perderse por el bosque, tumbarse en la hierba tibia y quedarse mirando el cielo azul, olvidándose de que la naturaleza había creado mujeres que no resultaban tan agradables como las copas de los árboles mecidas por el viento. Un día, al llegar, salió Madame Clairin al patio a recibirle y le dijo que a su cuñada le dolía la cabeza y no podía bajar, de modo que ella había de convertirse en la destinataria de su visita. La siguió a la sala de estar revistiéndose de cuanta cortesía pudo y se pasó media hora sentado, dándole vueltas al sombrero. De repente la entendió; la cadencia acariciadora de su voz era una invitación inequívoca a solicitar el honor incomparable de su mano. Enrojeció hasta la raíz del cabello y se levantó al instante con premura incontrolable; después, lanzándole una mirada a Madame Clairin, que lo observaba intensamente, parapetada —diríase— tras el borde de su sonrisa, Longmore advirtió en su semblante un destello de ira que no perdona. Aunque no era apropiado, demoró en ella un momento la mirada pues parecía iluminar su carácter. Lo que allí vio le dio miedo y se encontró diciendo entre dientes: “¡Pobre Madame de Mauves!" Partió bruscamente y esta vez sí se adentró en el bosque y se echó en la hierba.
       Después de esto sintió más admiración que nunca hacia Madame de Mauves; la veía como a una figura luminosa seguida por una sombra oscura. Al cabo de un mes recibió carta de un amigo con el que había concertado hacer un viaje por los Países Bajos en la que aquél le recordaba su promesa de que pronto se reunirían en Bruselas. Sólo después de echar la respuesta al correo vio claramente con cuánto énfasis había afirmado que era necesario diferir el viaje o bien renunciar a hacerlo... que le era completamente imposible dejar Saint-Germain. Se fue a pasear por el bosque y se preguntó si lo que había dicho era irrevocablemente cierto. Si lo era, no cabía la menor duda de que lo que debía hacer era irse derecho a casa y hacer el equipaje. El pobre Webster, que —y Longmore lo sabía— aguardaba con mucha ilusión el viaje, era una excelente persona; seis semanas antes habría pasado por cualquier cosa con tal de acudir a la cita con Webster. Jamás fue aquél su estilo, tirar por la borda a un amigo al que profesaba afecto desde hacía diez años para ocuparse de una mujer casada a la que desde hacía seis semanas... admiraba. Está fuera de toda duda que se quedaba en Saint-Germain porque aquella admirable mujer casada se encontraba allí; más ¿qué había sido de la prudencia en medio de toda aquella admiración? Su comportamiento era el propio de un hombre dispuesto a enamorarse perdidamente. Si ella era tan desdichada como creía él, el amor de un hombre así le ayudaría muy poco más que la indiferencia; si no lo era tanto, no estaba necesitada de ninguna ayuda y podía prescindir de sus amistosos oficios. Además estaba seguro de que si supiera que se quedaba por ella se sentiría sumamente molesta. Pero este mismo sentimiento tenía mucho que ver con el hecho de que le costara trabajo irse; que ella se disgustara no haría más que realzar el gentil estoicismo que conmovía las fibras del corazón de Longmore. Cierto es que había momentos en los que se decía a sí mismo que quedarse era meramente impertinente; era indelicado entregarse diariamente al estudio de un dolor tan recóndito. Pero sus inclinaciones le respondieron que algún día ella no sería capaz de apoyarse en sí misma y entonces tuvo una visión de aquella admirable criatura pidiendo ayuda en vano. Sería su amigo, a toda costa; era indigno de los dos pensar en las consecuencias. Pero era un amigo que se sentía íntimamente resentido por no haberla conocido cinco años antes y que abrigaba hostilidad hacia quienes se le habían adelantado. Le parecía una de las ironías más crueles del destino ver a aquella mujer rodeada de personas cuyo único mérito era que hacían resaltar fulgurantemente el carácter encantador de Madame de Mauves.
       La creciente irritación de Longmore le hacía cada vez más difícil ver en el barón de Mauves otro mérito que no fuera éste. Y no obstante, aun desinteresadamente, habría resultado difícil darle nombre a los vicios portentosos que semejante valoración implicaba y en algunas ocasiones nuestro protagonista casi llegaba a convencerse, en contra de lo que sutilmente intuía, de que en realidad el barón era el marido más considerado del mundo y de que a su esposa le gustaba la melancolía porque sí. Los modales de M. de Mauves eran perfectos, su urbanidad infinita y jamás parecía dirigirse a su esposa si no era, sentimentalmente hablando, con el sombrero en la mano. Con Longmore empleaba un tono (y éste se daba perfecta cuenta) de hombre de mundo que se dirige a quien no es del todo hombre de mundo; pero lo que le faltaba en deferencia lo suplía con una afabilidad desenvuelta. Más de una vez afirmó:
       —No puedo agradecerle suficientemente que haya vencido la timidez de mi esposa. Si la dejáramos que obrara a su antojo, se enterraría en vida. Venga con frecuencia y traiga a otra gente. Ella no quiere saber nada de mis amigos, pero tal vez acepte a los suyos.
       El barón pronunciaba aquellas palabras con una placidez exenta de remordimientos que llenaba de asombro a nuestro héroe, quien creía inocentemente que la cabeza es capaz de detectar los defectos del corazón y hacer que nos avergoncemos de ellos. Le resultaba inconcebible que el barón fuera capaz de tener desatendida a su esposa y al mismo tiempo ver su sufrimiento bajo una óptica casi humorística. En todo caso Longmore tenía la exasperante sensación de que el barón se ocupaba de su esposa más bien poco, precisamente por aquella sutil diferencia entre la naturaleza de los dos hombres que en él levantaba una profunda simpatía hacia ella. Era raro que estuviera presente durante las visitas de Longmore, y todos los días se desplazaba a París donde tenía “asuntos”, como dijo en una ocasión, con un tono en el que no había asomo de disculpa. Cuando aparecía era a última hora del día, con un aire imperturbable de hallarse en los mejores términos con todo el mundo y con todas las cosas, lo cual resultaba peculiarmente molesto si era el caso que uno sostenía una lucha tácita contra él. Si era un buen tipo, no cabía duda de que era un buen tipo echado a perder. Tenía, no obstante, algo que Longmore envidiaba vagamente, una especie de suprema seguridad, unos modales exquisitos, pulidos por una tradición secular, una gallardía que ejercía de cara a sí mismo, no para los demás y que parecía ser resultado de algo mejor que una buena conciencia... de un temperamento enérgico y sin escrúpulos. Era evidente que el barón no era hombre que se rigiera por principios morales, y al pobre Longmore, que sí lo era, le habría gustado descubrir el secreto de su fastuosa serenidad. ¿Qué era lo que le permitía, sin ser un monstruo al que se le veían las pezuñas de cabra y que echaba fuego por la boca, menospreciar tan cruelmente a una esposa encantadora y pasearse por el mundo exhibiendo una sonrisa bajo el bigote? Era la crudeza esencial de su imaginación, la cual no obstante le ayudaba a mostrarse tan exquisitamente educado. Sabía ser muy cortés y sabía, sin duda, ser impertinente en grado sumo; pero era incapaz de extraer conclusiones morales de orden sutil, como si fuera un colegial capaz de hacer novillos toda una semana para poder resolver un problema de álgebra. Había diez posibilidades contra una de que no se diera cuenta de que su esposa era desgraciada; él y su brillante hermana sin duda habrían convenido en considerar que su compañera era una personilla puritana, de escuálidas aspiraciones y magras cualidades, que se conformaba con contemplar París desde la terraza y, como concesión especial, permitía que un compatriota muy parecido a ella, le diera conversación sobre cosas del otro lado del Atlántico. M de Mauves estaba cansado de su compañera: le gustaba que la compañía femenina tuviera más sabor. Su esposa era demasiado modesta, demasiado sencilla, demasiado delicada; tenía muy pocos recursos, muy poca coquetería, demasiada caridad. Seguramente un día, al encender un puro, M. de Mauves llegó a la conclusión de que era estúpida. Moralizando, Longmore se dijo que aquel gusto era el mismo que apreciaba la pintura de Géróme y la literatura de M. Gustave Flaubert . El barón era pagano y su esposa era cristiana y, consiguientemente, entre los dos mediaba un abismo. Él era por raza y por instinto un grand seygneur. Muchas veces había oído hablar Longmore de aquella distinguida categoría social y agradecía como era debido la oportunidad de examinarla de cerca. Consideraba que tenía un perfil pintoresco pero las fuentes espirituales de que se alimentaba quedaban tan lejos del manantial vivo que se contenía en su propia alma, que Longmore se encontró contemplándola, con antipatía irreconciliable, a través de una espesa neblina histórica. “Soy un bourgeois moderno”, se decía, “y acaso no muy buen juez para determinar hasta dónde puede llegar en una cena la lengua de una mujer guapa sin perjuicio de su reputación. Pero no paso junto a una de las mujeres más dulces que existen sin reconocerla y descubrir que ciertas formas de ser ofrecen mejor entretenimiento que las canciones de Thérésa cantadas por una duquesa disipada. De inteligencia a inteligencia, creo que la mía me lleva más lejos”. Era ciertamente fácil darse cuenta de que, como convenía a un grand seigneur, M. de Mauves tenía un cúmulo de ideas rígidas. Quizá no habría deseado que su esposa compitiera en operetas de aficionado con las duquesas en cuestión, sobre todo por venir, y una “escena” de vez en cuando, protagonizada por ella en un momento conveniente, proporcionaría cierto alivio, demostraría su estupidez con un ápice más de fuerza que su tranquilidad inescrutable.
       Longmore habría dado mucho por conocer el principio que regía su sumisión y en más de una ocasión intentó, si bien con timidez bastante torpe, sondear el misterio. Le parecía que ella llevaba mucho tiempo resistiendo la fuerza de la evidencia cruel y aunque por fin había sucumbido, se negaba a sí misma el derecho a quejarse porque aunque hubiera perdido la fe, subsistía su heroica generosidad. Él llegaba a considerarla capaz de reprocharse a sí misma haber esperado tanto y de superar su amargura tratando de convencerse de que sus esperanzas habían sido ilusiones mientras que esto era meramente... la vida:
       —Detesto la tragedia —le dijo una vez—; verdaderamente siento un miedo pusilánime hacia el sufrimiento moral. Creo que siempre hay un modo de escapar al mismo sin hacer concesiones degradantes. Casi preferiría no sonreír en toda mi vida antes de padecer una violenta explosión de dolor.
       Evidentemente vivía presa de un temor nervioso a que la convencieran fatalmente, a ver el fin del engaño que había padecido. Cuando pensaba en esto, Longmore sentía unos deseos inmensos de ofrecerle algo de lo que ella pudiera estar tan segura como de que el sol surca los cielos.


IV

         Un amigo Webster no perdió el tiempo y le acusó de la más baja infidelidad, al tiempo que le preguntaba qué había encontrado en Saint-Germain que lo prefería a van Eyck y Memling, a Rubens y Rembrandt. Unos días después de recibir la carta de Webster, se fue a pasear por el bosque con Madame de Mauves. Se sentaron en un tronco caído y ella empezó a disponer un ramillete con las anémonas y las violetas que había recogido.
       —He recibido carta —dijo él por fin— de un amigo a quien hace tiempo le prometí que me reuniría con él en Bruselas. Ya ha llegado el momento... ya ha pasado. Y heme aquí sin el menor deseo de abandonar Saint-Germain.
       Ella alzó la vista con el interés sincero que siempre mostraba por sus asuntos, pero aparentemente sin la menor disposición a darle un sentido personal a sus palabras.
       —Saint-Germain es bastante agradable —dijo—; ¿pero se hace usted justicia a sí mismo? ¿No lamentará en días futuros no estar viajando, viendo ciudades, monumentos, museos, enriqueciendo su espíritu en vez de, por ejemplo, estar aquí, sentado en un tronco, deshojando mis flores?
       —Lo que lamentaré en días futuros —repuso él tras cierta duda—, es haber estado aquí sentado y no haber dicho la verdad del asunto. Me gustan los museos, los monumentos y enriquecer mi espíritu y sobre todo, le tengo cariño a mi amigo Webster. Pero no puedo marcharme de Saint-Germain sin hacerle una pregunta. Debe perdonarme si es una pregunta desafortunada y tenga la seguridad de que jamás hubo curiosidad más respetuosa. ¿Es usted en realidad tan desdichada como yo me imagino que lo es?
       Ella evidentemente no se esperaba su pregunta y reaccionó ruborizándose con sorpresa.
       —Si le parezco desdichada —dijo ella—, he sido peor amiga suya de lo que yo hubiera querido.
       —Puede que yo haya sido mejor amigo suyo de lo que usted ha supuesto. He admirado su reserva, su valor, su alegría estudiada. Pero por debajo de eso he percibido la existencia de algo que era más de verdad usted —usted del modo que yo quería conocerla— que todo aquello; algo en lo que había creído ver una tristeza constante.
       Ella escuchaba con suma gravedad pero no parecía ofendida y a Longmore le dio la sensación de que mientras él había estado calculando tímidamente las últimas consecuencias de la amistad, ella las había aceptado de buen grado.
       —Me sorprende usted —dijo lentamente, aún ruborizada—. Pero negarme a responderle confirmaría una impresión que evidentemente ya es muy fuerte. Una infelicidad de la que se puede estar hablando cómodamente sentada es una infelicidad que tiene unos claros límites. Si me examinara un consejo de personas a quienes se les hubiera encomendado investigar la felicidad de la especie humana, estoy segura de que el dictamen diría que soy una persona muy afortunada.
       El tono que empleaba con él encerraba algo delicadamente gentil y la suavidad del mismo pareció acrecentarse cuando prosiguió así:
       —Pero permítame añadir, con toda gratitud hacia su inquietud por mí, que es un asunto enteramente mío. No tiene por qué preocuparle a usted, señor Longmore, pues estando en compañía suya me he sentido muchas veces una persona dichosa.
       —Es usted una mujer maravillosa —dijo él—, y la admiro como nunca he admirado a nadie. Es usted más juiciosa de lo que podían serlo mis palabras y lo que le pido no es que me permita aconsejarla o consolarla sino simplemente darle las gracias por permitirme conocerla.
       No era su intención tener un arranque semejante, pero su voz vibró con fuerza y él experimentó al decir aquello una suerte de gozo que desconocía.
       Ella hizo con la cabeza un gesto negativo que entrañaba cierta impaciencia:
       —Seamos amigos, como yo suponía que habríamos de serlo, sin protestas ni palabras galantes. Tenerle a usted inclinándose ante mi cordura... eso sí que sería una auténtica vileza. Puedo prescindir de su admiración con más facilidad que los pintores flamencos, con más facilidad que Van Eyck y Rubens, pese a todos sus adoradores. Vaya a reunirse con su amigo, véalo todo, disfrute de todo, apréndalo todo y escríbame una carta excelente, rebosante de sus impresiones. Me gustan muchísimo los pintores holandeses —añadió con un leve temblor de voz que Longmore ya había advertido en una ocasión anterior, interpretándolo como el cansancio súbito que experimentaba un espíritu que se había condenado a sí mismo a desempeñar un papel.
       —No me creo que le gusten nada los pintores holandeses —dijo con una risa exenta de titubeos—. Pero puede estar segura de que le escribiré una carta.
       Madame de Mauves se levantó y se dirigió hacia la casa, recomponiendo pensativa sus flores al caminar. Hablaron poco; Longmore se preguntaba, con un estremecimiento en las palabras no pronunciadas, si todo aquello significaba sencillamente que se había enamorado. Miraba los cuervos que evolucionaban contra el cielo teñido de oro por entre las copas de los árboles, pero no a su acompañante cuya presencia personal parecía perdida en la felicidad que había generado. Madame de Mauves guardaba un silencio grave porque se sentía dolorosamente decepcionada. Ella no había deseado una amistad sentimental; su plan consistía en hacerse pasar ante Longmore como una criatura apacible que gozaba de mucho tiempo libre y que estaba dispuesta a dedicarlo a conversaciones provechosas de carácter impersonal. Él le gustaba mucho y le daba la sensación de que había algo en él a lo cual, cuando su mente juvenil decidió que un barón francés venido a menos era la fruta más madura del tiempo, había hecho muy poca justicia. Pasaron por la portezuela que había en la tapia del jardín y se acercaron a la casa. En la terraza Madame Clairin hacía los honores a un amigo, un anciano caballero de presencia menuda que tenía bigote blanco y llevaba una insignia en el ojal. Madame de Mauves optó por rodear la casa y pasar al patio; ante lo cual su cuñada, después de saludar a Longmore con un gesto autoritario de la cabeza, alzó el monóculo y los miró fijamente mientras se alejaban. Longmore oyó que el caballero de escasa estatura hacía algún comentario epigramático a la antigua usanza acerca de “la vieille gallanterie fraçaise”, y entonces, obedeciendo un impulso súbito, miró a Madame de Mauves y se preguntó qué hacía ella en un mundo así. Ella se detuvo ante la casa sin pedirle que entrara.
       —Espero —dijo— que siga mi consejo y no pierda más tiempo en Saint-Germain.
       Por un instante asomó a sus labios algún cumplido tópico relativo a que no era perder el tiempo, pero expiró ante la sencilla sinceridad de su mirada. Allí estaba ella, con una seriedad tan suave como si fuera el ángel del desinterés y Longmore tuvo la sensación de que sería insultarla utilizar sus palabras como pretexto para halagarla.
       —Saldré dentro de un par de días —respondió— pero no le prometo que no vaya a volver.
       —Confío en que vuelva —dijo ella con sencillez—. Tengo intención de quedarme aquí mucho tiempo.
       —Volveré para despedirme —repuso él; tras lo cual ella asintió con una sonrisa y entró en la casa.
       Se alejó paseando por la terraza camino de su casa. Le parecía que dejar de aquel modo a Madame de Mauves, a cambio de un beneficio en el que ella insistía, significaba conocerla mejor y admirarla más. En su fuero interno fermentaba la sensación de que el hecho de que ella hubiera evadido su pregunta media hora antes, más que aliviarla había calado hondo en ella. De pronto, en la terraza, se encontró con M. de Mauves, que estaba apoyado en la balaustrada, terminando de fumarse un puro. El barón, que —pensó Longmore— tenía un aire peculiarmente afable, le ofreció su mano blanca y carnosa. Longmore se detuvo; se sentía súbitamente irritado y con ganas de espetarle que tenía la mujer más encantadora del mundo, que debiera sentirse avergonzado de sí mismo por no saberlo y que, pese a toda su perspicacia, jamás había visto el fondo de su mirada. Nosotros sabemos que el barón pensaba que sí lo había hecho; pero la mirada de Eufemia encerraba algo que cinco años antes no existía. Hablaron un rato de cosas diversas y M. de Mauves refirió humorísticamente su visita a los Estados Unidos. El tono que empleó no apaciguó la sensibilidad exacerbada de Longmore. Daba la impresión de que el país le parecía un chiste gigantesco y su urbanidad sólo alcanzaba a admitir que no era un mal chiste. Longmore no tenía por costumbre hacer apología agresiva de nuestras instituciones; pero el relato del barón confirmó sus peores impresiones relativas a la superficialidad francesa. No había entendido nada, no había sentido nada, no había aprendido nada; y nuestro héroe, mirando de reojo su perfil aristocrático, pensó que si el mérito primordial de pertenecer a un antiguo linaje consistía en permitirle a uno ser tan vanidosamente estúpido, prefería agradecerle a los astros que los Longmore hubieran emergido de la oscuridad en este siglo en la persona de un emprendedor comerciante de maderas. M. de Mauves, por supuesto, se demoró hablando de esa peculiaridad tan nuestra, la libertad de que gozan las jóvenes, y contó cómo había indagado las “oportunidades” que ello ofrecía a los nobles franceses; y al parecer, en el plazo de una quincena, había empleado muchas horas agradables haciendo indagaciones.
       —Me veo en la obligación de admitir —dijo— que en todo momento me sentía desarmado por la sinceridad extrema de las jóvenes, así como que sabían cuidar de sí mismas mejor de lo que he visto hacerlo a algunas madres francesas respecto a sus hijas.
       Longmore recibió esta generosa concesión con una sonrisa de lo más torva y maldijo su paternalismo impertinente.
       Cuando por fin mencionó que estaba a punto de marcharse de Saint-Germain se quedó sorprendido, sin sentirse exactamente halagado, de ver que el barón se mostraba más interesado.
       —Lo siento mucho —exclamó este último—. Esperaba que podríamos contar con usted este verano.
       Longmore dijo entre dientes algo cortés y se preguntó qué le importaría al barón que se fuera o se quedara.
       —Usted entretiene mucho a Madame de Mauves —añadió el barón—. Le aseguro que muchas veces he pensado que sus visitas eran una bendición.
       —A mí me causaban un gran placer —dijo Longmore—. Espero volver algún día.
       —Le ruego que lo haga —y el barón apoyó con urgencia la mano en el brazo de su interlocutor—. ¡Ya ve que confío en usted!
       —Longmore guardó silencio un momento, el barón se llevó pensativo el puro a la boca, fumó y se quedó observando el humo—. Madame de Mauves —dijo por fin— es una persona muy especial.
       Longmore cambió de posición y se preguntó si el barón iba a “explicar” a Madame de Mauves.
       —Siendo como es usted compatriota suyo —prosiguió el segundo— no me importa hablarle con franqueza. Es una mujer ligeramente morbosa, la más encantadora del mundo, como habrá podido apreciar, pero un poco caprichosa... un poco exaltée. Ya ve el extraordinario apego que le ha tomado a la soledad. No puedo conseguir que vaya a ningún lado, que vea a nadie. Cuando se presentan mis amigos se muestra cortés pero glacial. No se hace justicia a sí misma y todos los días estoy esperando que dos o tres de ellos me digan: “Su esposa es jolie á croquer. ¡Qué lástima que no tenga un poco de esprit. Usted seguramente habrá descubierto que en realidad tiene mucho. Pero, para decirle toda la verdad, lo que le hace falta es olvidarse de sí misma. Se pasa horas enteras sentada, leyendo sus libros ingleses y contemplando la vida a través de esa terrible neblina parduzca que a mi entender exhalan, extendiéndose por todo el mundo. Dudo que sus escritores ingleses —prosiguió el barón con una serenidad que Longmore calificó más tarde de sublime— sean una lectura muy apropiada para las casadas jóvenes. No quiero aparentar saber mucho de ellos; pero recuerdo que, no mucho después de nuestro matrimonio, Madame de Mauves me dio a leer un día a un tal Wordsworth , un poeta que al parecer goza de muy alta estima chez vous. A mí me pareció que me cogía por la nuca obligándome a pasar media hora asomando la cabeza a una olla de soupe aux choux y que habría que ventilar el salón antes de que viniera alguna visita. Pero supongo que usted lo conocerá... ce génie lá. Creo que mi esposa jamás me lo perdonó y que verdaderamente sufrió un golpe cuando descubrió que se había casado con un hombre que tenía el mismo gusto para la literatura que para la gastronomía. Pero usted es hombre de amplia cultura —dijo el barón volviéndose hacia Longmore y fijando la vista en el sello que aparecía grabado en la tapa de su reloj—. Usted puede hablar de cualquier tema y estoy seguro de que además de Wordsworth le gusta Alfred de Musset. Hable con ella de todos los temas, Alfred de Musset incluido. ¡Bah! Se me olvidaba que se marchaba usted. Vuelva entonces lo antes posible y hable de sus viajes. Si Madame de Mauves también se fuera de viaje un par de meses le sentaría bien. Se ampliarían sus horizontes —aquí M. de Mauves trazó en el aire una serie de movimientos nerviosos con su bastón—, se despertaría su imaginación. Es una persona demasiado rígida, ya sabe usted; aprendería que uno puede doblarse una pizca sin riesgo de quebrarse —hizo una pausa momentánea y aspiró enérgicamente el puro dos o tres veces. Después, volviéndose de nuevo hacia su acompañante con un leve asentimiento de cabeza y una sonrisa confidencial, dijo—: Espero que admire mi franqueza. Yo no le diría todas estas cosas a uno de los nuestros.
       Avanzaba la noche y la luz rezagada parecía flotar en el aire en partículas tenuemente doradas. Longmore se quedó contemplando aquellos corpúsculos luminosos; casi hubiera podido imaginarse que era un enjambre de insectos zumbantes murmurando cual estribillo: “Tiene mucho esprit, tiene mucho esprit.”
       —Sí, tiene mucho —dijo mecánicamente, dirigiéndose al barón. M. de Mauves le dirigió una mirada inquisitiva, como preguntándole de qué diablos estaba hablando—. Tiene mucha inteligencia —dijo Longmore deliberadamente— mucha belleza, muchas virtudes.
       M. de Mauves estuvo un momento ocupado, encendiendo otro puro y, cuando hubo acabado, recuperando su sonrisa convencional, dijo:
       —Sospecho que piensa usted que no le hago justicia a mi esposa. Tenga cuidado... tenga cuidado, joven; es una suposición peligrosa. En general los hombres hacen justicia a sus esposas. ¡Más que justicia —exclamó el barón riéndose;— eso en realidad lo guardamos para las esposas de los demás!
       Posteriormente Longmore recordó, y ello hablaba en favor de la galanura con que hablaba el barón, que en el momento no advirtió cuán tenebroso era el abismo sobre el que se cernía aquel comentario. Mas en su oído espiritual persistió un eco que iba calando hondo. De momento lo que sintió con mayor viveza fue el deseo de irse y proclamar en voz alta que M. de Mauves era un estúpido arrogante. Bruscamente le dio las buenas noches, que también debían entenderse, dijo, como despedida.
       —Entonces, ¿decididamente se va? —dijo M. de Mauves, con tono algo tajante.
       —Decididamente.
       —Naturalmente vendrá a despedirse de Madame de Mauves.   El tono empleado daba a entender que no hacerlo sería una grave descortesía; pero a Longmore le parecía tan ridículo pensar que pudiera aprender una lección en delicadeza de M. de Mauves que se le escapó una carcajada. El barón frunció el ceño, como si fuera una persona a quien le resultara nueva y sumamente desagradable la sensación de perplejidad.
       —Es usted una persona extraña —murmuró cuando Longmore se volvía, sin prever que llegaría a considerarle verdaderamente extraño, antes de que su trato se extinguiera.
       En el hotel, Longmore se sentó ante la cena lleno de las buenas intenciones habituales en él; pero al llevarse el primer vaso de vino a los labios se adueñó de él súbitamente un estado de ánimo meditabundo y dejó el vaso sin probarlo. Su ensueño duró mucho tiempo y cuando emergió del mismo se le había quedado frío el pescado; pero esto poco importaba pues se le había quitado el apetito. Aquella noche guardó las cosas en el baúl poseído por una suerte de energía colmada de indignación. Esto resultó tan eficaz que culminó la operación antes de la hora de acostarse y como no tenía nada de sueño dedicó el intervalo a escribir dos cartas; una era una nota breve dirigida a Madame de Mauves y se la confió a un criado para que la entregara a la mañana siguiente. Le parecía que lo mejor —decía en la nota— era dejar Saint-Germain inmediatamente, pero esperaba estar de regreso en París al comenzar el otoño. La otra carta obedecía a que unos días antes recordó que aún no había satisfecho el requerimiento hecho por la señora Draper en el sentido de que le hiciera un relato refiriendo las impresiones que en él despertara su amiga. La ocasión presente parecía propicia y escribió media docena de páginas. Empleó, sin embargo, un tono serio y cuando la señora Draper las recibió se sintió ligeramente desilusionada. Ella habría preferido un sabor más fuerte a rapsodia. Pero lo que a nosotros nos afecta principalmente son las frases finales.
       “La única vez que me habló de su matrimonio” escribió, “me dio a entender que éste había sido una unión perfecta hecha por amor. En mayor o menor medida, supongo que eso es lo que ocurre en la mayoría de los matrimonios; pero en su caso creo que esto significaría más que en el de la mayoría de las mujeres, puesto que su amor fue una idealización absoluta. Ella creía que su marido era el protagonista de una novela rosa y resulta que ni siquiera es el protagonista de la triste y gris realidad. Ella lleva algún tiempo sondeando su error pero no creo que haya tocado fondo aún. La veo como a una persona que no quiere saber lo que pasa, como si hubiera pactado una tregua con la verdad dolorosa y entretanto intenta vivir con los ojos cerrados. En medio de la oscuridad intenta ver a su ídolo nuevamente recubierto de oro. Por supuesto que la ilusión es la ilusión y eso es algo que siempre se paga; pero hay algo auténticamente trágico en ver cómo se le impone un castigo terreno a locura tan divina como es ésta. En cuanto a M. de Mauves es francés de la cabeza a los pies y confieso que me disgustaría sólo por eso aunque fuera mejor de lo que es. No puedo perdonarle a su esposa que se haya casado con él por razones excesivamente sentimentales ni que le haya amado de un modo irreprochable, pues —supongo— en algún entresijo incorrupto de su ser anida el sentimiento de que como ella lo vio es como debería ser. Para él supone una vejación perpetua que una burguesita norteamericana pensara que era mejor de lo que es o de lo que está dispuesto a ser. No conoce ni el pálido reflejo de cómo es de verdad su mujer; no es capaz de comprender una corriente de pasión que fluye tan clara y mansamente. A decir verdad, yo mismo apenas sí lo soy; pero cuando contemplo el espectáculo, soy capaz de admirarlo rabiosamente. Sea como fuera a M. de Mauves le gustaría tener la tranquilidad de ver que su esposa es tan corruptible como él. Le resultará difícil creerme si le digo que va por ahí insinuándole a los caballeros que él estima dignos de saberlo que para él sería conveniente que ellos le hicieran la corte.”


V

         Nada más llegar a París, Longmore adquirió un ejemplar de “Bélgica”, de Murray, para ayudarse a sí mismo a creer que a la mañana siguiente partiría en dirección a Bruselas; pero cuando llegó la mañana siguiente se le ocurrió que, a modo de preparación, debería familiarizarse más con los pintores flamencos del Louvre. Esto le llevó toda la mañana pero hizo poco por apresurar su partida. Se había ido bruscamente de Saint-Germain porque le parecía que el respeto debido a Madame de Mauves exigía no darle a su marido ningún motivo para que supusiera que le había entendido; pero ahora que había satisfecho aquella necesidad inmediata de actuar con delicadeza se sorprendió a sí mismo pensando cada vez más ardientemente en Eufemia. Había muy poco ardor en el hecho de vagar falto de resolución por los bulevares abandonados, pero le resultaba odiosa la idea de dejar Saint-Germain quinientas millas a sus espaldas. No obstante, se sentía muy estúpido y deambulaba con nerviosismo, prometiéndose coger el tren siguiente; pero habían partido una docena de trenes y Longmore aún seguía en París. Aquella agitación sentimental era más de lo que hubiera podido esperar y mientras contemplaba los escaparates se preguntaba si sería una “pasión”. Nunca le gustó aquella palabra y había crecido lleno de horror hacia lo que representaba. Había abrigado la esperanza de que cuando se enamorara, lo haría con una conciencia excelente, sintiendo una agitación no mayor que el tenue brillo de una satisfacción general. Pero aquí había un sentimiento compuesto de lástima y cólera —aparte de la admiración—, erizado de dudas y escrúpulos. Había salido de su país para disfrutar de los pintores flamencos y de todos los demás, pero ¿qué santo de bucles rubios pintado por Van Eyck o Memling era una figura tan atractiva como Madame de Mauves? Sus pasos infatigables lo llevaron por fin hasta la larga avenida flanqueada de villas campestres que se dirige al Bois de Boulogne.
       Estaba el verano bastante avanzado y no se veía a nadie por el paso que bordeaba el lago, aunque había algunas personas sentadas en los bancos y sillas y en el gran café el ambiente estaba animado. A Longmore se le abrió el apetito con el paseo, así que entró en el establecimiento y se dispuso a comer, diciéndose por centésima vez mientras observaba las elegantes mesitas dispuestas al aire libre cuánto mejor sabían hacer estas cosas en Francia.
       —¿Monsieur comerá en el jardín o en el salón? —preguntó el camarero.
       Longmore escogió el jardín y fijándose en una gran enramada salpicada de rosas de junio que cubría el lugar, se situó en una mesa cercana, cubierta por un mantel de blancura inmaculada, donde le sirvieron una comida insuperable en una vajilla reluciente. Se daba la circunstancia de que su mesa se hallaba próxima a una ventana, a través de la cual, una vez sentado, se dominaba un ángulo del salón. Así fue como recayó su atención en una dama que se hallaba sentada al lado de la ventana —que estaba abierta—, al parecer frente a un acompañante que quedaba oculto por la cortina. Era una mujer muy guapa y Longmore la miró tanto como lo permitían las buenas costumbres. Al cabo de un rato empezó incluso a preguntarse quién sería y sospechar que se trataba de una de esas damas a las que se puede mirar tanto como se quiera sin faltar a las buenas costumbres. Además, Longmore, de haberse sentido inclinado a ello, se habría considerado tanto más libre de dedicarle toda su atención, puesto que la de ella estaba centrada en la persona que tenía ante sí. Era lo que los franceses denominan una belle brune y aunque a nuestro héroe, que tenía un gusto más bien conservador en tales asuntos, no le gustaban excesivamente su arrogante perfil ni su color, más arrogante todavía, no pudo dejar de admirar su expresión de consciente satisfacción.
       Era evidente que ella se sentía muy contenta, y la dicha le daba un aire de inocencia. La conversación de su amigo, quienquiera que fuera éste, encajaba grandemente con su humor, pues le escuchaba con una sonrisa amplia y lánguida, interrumpiéndole de vez en cuando mientras masticaba sus bombones y musitaba una respuesta, presumiblemente igual de amplia, que parecía azuzar la elocuencia de su acompañante. Ella bebía mucho champán y comía un número inmenso de fresas. No cabía la menor duda de que era una persona que sentía una afición decidida hacia las fresas, el champán y lo que ella hubiera denominado bêtises.
       Ya estaban acabando de comer cuando Longmore se sentó y aún seguía en su sitio cuando la pareja se puso de pie. Ella había colgado el sombrero en una percha situada encima de su silla y su acompañante rodeó la mesa para recogérselo. Mientras él hacía aquello, ella agachó la cabeza para mirar una mancha de vino que tenía en el vestido y al efectuar tal movimiento dejó al descubierto buena parte de un cuello muy hermoso. El caballero reparó en ello y al parecer también reparó en que no había nadie más en el salón; que Longmore podía verle es algo en lo que no reparó. Se inclinó repentinamente y estampó un beso galante en la bella superficie que quedaba expuesta. Entonces Longmore reconoció a M. de Mauves. La destinataria de tan impetuoso tributo se puso el sombrero, utilizando como espejo la sonrisa luminosa de su amigo. Al cabo de un momento atravesaba el jardín camino de su carruaje.
       Entonces, por vez primera, M. de Mauves advirtió la presencia de Longmore. Con un rápido vistazo calibró la relación del joven con la ventana abierta y refrenó el impulso de pararse a hablar con él. Se contentó con inclinarse con suma gravedad mientras le abría la portezuela a su acompañante.
       Aquella tarde Longmore hizo un viaje en tren, pero no a Bruselas. En efecto, Bruselas había dejado de importarle; lo único que le importaba ahora era Madame de Mauves. La atmósfera que reinaba en su mente se había despejado de pronto; aún seguían palpitando allí la lástima y la cólera, pero tenían espacio para desatarse a sus anchas pues habían desaparecido dudas y escrúpulos. A Longmore le daba la sensación de que él poco podía interponerse entre la resignación de Madame de Mauves y la cruel situación en que la misma se encontraba; pero le parecía que aquel poco, si entrañaba el sacrificio de todo lo que a él le ataba con su pasado tranquilo, podría ofrecérselo con un ardor que por fin convertía a la reflexión en un defectuoso sustituto de la fe. Nada hubo en su pasado tranquilo que le proporcionara una conciencia tan entusiasta como la que le daba esta sensación de entregarse con todo su ser al sólo objetivo que le acompañaba en su viaje a Saint-Germain. Cómo justificar su regreso, cómo explicar su exaltación eran cosas que le preocupaban poco. Ni siquiera estaba seguro de que consiguiera ser entendido; sólo deseaba sentir que no era él el culpable de que Madame de Mauves estuviera a solas con su horrible destino. No tenía conciencia alguna de desear claramente hacerle la corte; si hubiera podido formular la esencia de su anhelo, habría dicho que su deseo era recordarle que en aquel mundo que, conforme a su visión del mismo, tenía el color gris de la decepción, había un hombre fervorosamente honrado. Cierto era, sin embargo, que muy posiblemente ella lo habría recordado sin que él acudiera a decírselo; y no puede negarse que, cuando Longmore hizo la maleta aquella tarde, sentía unos deseos inmensos de oír su voz.
       Al día siguiente aguardó la hora en que solía ir a visitarla, a media tarde; pero cuando llegó a la puerta supo que Madame de Mauves no se encontraba en casa. El criado le comunicó que estaba paseando por el bosque. Longmore atravesó el jardín y salió por la portezuela que daba al sendero y tras media hora de búsqueda infructuosa la vio acercarse en dirección a donde estaba él, al fondo de un caminillo verde. Cuando le vio aparecer, se detuvo un instante, como si se dispusiera a volverse; entonces, reconociéndole, avanzó despacio y pronto estaban dándose la mano.
       —¿No habrá pasado nada? —dijo, clavando en él la mirada—.¿No estará enfermo?
       —Nada, sólo que cuando llegué a París descubrí lo mucho que había llegado a gustarme Saint-Germain.
       Ella ni sonrió ni se mostró halagada; a Longmore le pareció que se sintió molesta. Pero no estaba seguro, pues advirtió inmediatamente que durante su ausencia en el rostro de ella se había obrado un cambio total de expresión. Se notaba que había ocurrido algo importante. Ya no veía en su mirada una melancolía contenida, sino dolor y agitación que habían entrado recientemente en conflicto con aquel apasionado amor por la paz del que ella le hablara, amor que ahora se veía forzado a reconocer que las experiencias profundas jamás son sosegadas. Estaba pálida y era obvio que había llorado. Longmore sintió que el corazón le latía con fuerza; era como si ahora conociera los secretos de aquella mujer. Madame de Mauves aún seguía mirándole con el ceño fruncido, como si su regreso la hubiera hecho sentir el peso de una responsabilidad demasiado grande como para disfrazarlo con una bienvenida normal. El se volvió y caminó junto a ella, y durante unos momentos ninguno de los dos habló. Entonces, bruscamente, dijo ella:
       —Dígame la verdad, señor Longmore, ¿por qué ha vuelto usted?
       Él se volvió hacia ella con una expresión que la sobresaltó, confirmándole que lo que se temía era cierto.
       —Porque ya sé cuál es la respuesta verdadera a la pregunta que le hice el otro día. Usted no es feliz... es demasiado buena como para ser feliz en los términos que se le ofrecen. Madame de Mauves —prosiguió haciendo un gesto de protesta que respondía a otro gesto hecho por ella—, yo no puedo ser feliz si usted no lo es. Todo me da igual cuando veo la hondura de la tristeza invencible que hay en su mirada. En estos tres días espantosos que he pasado en París he descubierto que lo que más me importa en el mundo es el privilegio de poder verla a diario. Sé que es de una brutalidad sin paliativos decirle que la admiro; es un insulto tratarla como si usted se hubiera quejado ante mí o como si hubiera recurrido a mí. Pero he descubierto allí —y movió la cabeza en dirección a la ciudad distante— que una amistad como la que siento es una fuerza muy potente, se lo aseguro; y cuando se comprime esa fuerza, ésta estalla. Pero si usted me hubiera hablado de todos los problemas que encierra su corazón, poco hubiera importado; no me sería posible decir más de lo que debo decir ahora: que si aquello en que usted lo cifró todo le ha dado muy poco, la devoción respetuosa que siento no escatimará esfuerzo alguno ni traicionará jamás la confianza que en ella se deposite.
       Ella había empezado a describir trazos en la tierra con la punta del parasol, pero dejó de hacerlo y le escuchó manteniendo una inmovilidad perfecta. No es exacto decir que su inmovilidad era perfecta pues un ligero rubor coloreó furtivamente sus mejillas cuando él dejó de hablar. Así supo Longmore que se sentía conmovida, y darse cuenta de ello le proporcionó el instante más feliz de su vida. Por fin ella alzó la vista y le miró con una expresión implorante que en un principio parecía indicar miedo a que se apoderase de ella una emoción excesiva.
       —¡Gracias... gracias! —le dijo con bastante serenidad; pero un instante después la emoción pudo más que la serenidad y estalló en lágrimas. Sus lágrimas desaparecieron con la misma rapidez con que empezaron, pero a Longmore le hicieron un bien inmenso. Ella siempre le había inspirado un temor indefinible; era como si su ser se nutriera de una fe más profunda y de una voluntad más fuerte que las que él poseía; pero aquella media docena de sollozos ahogados le mostraron el fondo de su alma y entonces supo con certeza que ella era lo bastante débil como para sentir agradecimiento.
       —Discúlpeme —dijo ella—, estoy muy nerviosa como para escucharle. Creo que hoy habría sido capaz de enfrentarme a un enemigo, pero con un amigo no puedo.
       —Se está matando con tanto estoicismo, eso es lo que creo yo —exclamó él—. Escuche a un amigo; hágalo por él si no quiere hacerlo por usted. Jamás he osado ofrecerle un átomo de compasión y usted no puede acusarse de abuso de caridad.
       Madame de Mauves miró en tomo a sí; su confusión y agotamiento presagiaban que no podría mostrarse muy atenta. Pero de repente, divisó a un lado del camino el tronco caído en el que se sentaran hacía varias tardes, avanzó hacia él y se sentó con resignación impaciente, dirigiendo a Longmore, que guardaba silencio en pie, una mirada que parecía decir que si ella se mostraba benevolente en aquellos momentos, él estaba obligado a mostrarse muy prudente.
       —Ayer supe algo —dijo él, sentándose a su lado— que me hizo sentir en grado sumo el aislamiento moral en que se encuentra usted. Usted es la verdad misma y no hay verdad en torno a usted. Cree en la pureza, en el deber y en la dignidad, y vive en un mundo en que éstas son atropelladas a diario. A veces me pregunto sintiendo una especie de rabia cómo es posible que haya ido usted a parar a un mundo así... y por qué la perversidad del destino no quiso permitir que yo la conociera antes.
       —A mí no me gusta mi “mundo” más que a usted y no he entrado a formar parte del mismo por lo que vi en él. Pero ¿qué grupo concreto de gente merece que uno deposite en él su fe? Confieso que a veces me parece que los hombres y las mujeres son criaturas de muy poco valor. Será que soy romántica. Tengo la inmensa desgracia de sentir predilección por la nitidez de la poesía. La vida está escrita en una prosa áspera que hemos de aprender a leer contentos. Es cierto que hubo un tiempo en que pensaba que el patrimonio de lo prosaico estaba en Norteamérica, lo cual era muy estúpido. Ahora estaría por encima de mis fuerzas siquiera esbozar lo que pensaba, lo que creía, lo que esperaba cuando era una muchacha ignorante, fatalmente proclive a enamorarme de mis propias teorías. A veces, cuando recuerdo ciertos impulsos, ciertas ilusiones de entonces, me quedo sin aliento y me asombro de que mis visiones ofuscadas no me hayan sumergido en problemas mayores que los que he de lamentar ahora. Estaba convencida de algo que seguramente le haría sonreír si intentara expresárselo. Para ser una fe apasionada, adoptó una forma peculiar, pero tenía toda la dulzura y el ardor de la fe apasionada. Me hizo dar un gran paso y es ahora algo que he dejado muy atrás, como una sombra que lentamente se funde a la luz de la experiencia. Se ha apagado, mas no se ha desvanecido. Estoy segura de que hay sentimientos que sólo mueren con nosotros; hay ilusiones que forman parte de nuestra vida en la misma medida que los latidos de nuestro corazón. Dicen que la vida misma en una ilusión, que este mundo es sombra de una realidad que aún ha de venir. Entonces la vida es de una sola pieza y no hay que avergonzarse de ser humanamente desgraciado. En cuanto a mi “aislamiento”, no tiene mayor importancia; en parte es consecuencia de mi obstinación. Ha habido veces que me he sentido desolada hasta el frenesí y, si le digo la verdad, he sentido una añoranza angustiosa de lo mío porque mi doncella —una joya de doncella— me decía una mentira cada dos palabras. Ha habido momentos en que hubiera querido ser la hija de un clérigo pobre de Nueva Inglaterra, vivir en una casita blanca a la sombra de dos olmos y tener que hacer todas las tareas domésticas.
       Empezó hablando lentamente, parecía que le costaba trabajo hacerlo; pero prosiguió con rapidez, como si le aliviara decir las cosas.    
       —Mi matrimonio me puso en contacto con personas y cosas que al principio me parecieron extrañas y después horribles; más adelante, a decir verdad, me parecieron despreciables. Al principio aquello me causó gran tristeza, desaliento y lástima, pero pronto llegó un momento en que empecé a preguntarme si todo aquello era digno de mis lágrimas. Si pudiera decirle cuántas veces he visto amistades eternas romperse, aflicciones inconsolables hallar consuelo, celos y vanidades esfumarse como si tal cosa, convendría usted conmigo en que temperamentos como el suyo y el mío son incapaces de entender semejante ajetreo de pérdidas y compensaciones. Hace un año, hallándome yo en el campo, una amiga mía estaba desesperada por la infidelidad de su marido; me escribió una carta de lo más trágico y cuando volví a París acudí inmediatamente a verla. Había transcurrido una semana y, como había visto cosas más raras, pensé que se habría recuperado. Nada de eso; seguía desesperada, pero... ¿cuál era la causa? La conducta abandonada y desvergonzada de Mme. de T. Por Supuesto, usted ya se habrá imaginado que Mme. de T. era la señora que el marido de mi amiga prefería a su esposa. Ni muchísimo menos; jamás la había visto. ¿Entonces quién era Mme. de T.? Mme. de T. se sentía cruelmente apegada a M. de V. ¿Y quién era M. de V.? M. de V... En una palabra, mi amiga cultivaba un doble sentimiento de celos a la vez. Ya no recuerdo qué le dije; en todo caso, algo que a ella le pareció imperdonable pues cortó definitivamente la relación conmigo. Poco después mi marido me propuso que nos fuéramos a vivir fuera de París y yo acepté encantada, pues creo que se estaba adueñando de mí un estado anímico que me convertía en una compañía odiosa. Yo hubiera preferido con mucho irme al campo, a Auvernia, donde mi marido tiene propiedades. Pero en alguna medida París es para él algo necesario y Saint-Germain ha sido una especie de componenda.
       —¡Una especie de componenda! —replicó Longmore—. Pero si es toda su vida.
       —Es la vida de mucha gente, de la mayor parte de la gente que tiene gustos tranquilos y sin duda es mejor que una pobreza extrema. En teoría no resulta fácil defender una componenda; pero si yo me encontrara a una pobre criatura que se aferra a ello día tras día, me parecería un pobre signo de amistad hacerle perder ese punto de apoyo.
       Apenas hubo dicho estas palabras, Madame de Mauves sonrió débilmente como si quisiera mitigar la aplicación personal que se les podía dar.
       —El cielo impida —dijo Longmore— que nadie haga nada semejante a menos que tenga algo mejor que ofrecer. Y sin embargo, no puedo dejar de imaginarme una vida en la que usted no habría recurrido a componenda alguna, pues las componendas son una perversión de las naturalezas que sólo tienden hacia el bien y la rectitud. Conforme a lo que me imagino, usted habría hallado una felicidad serena, profunda, completa; una femme de chambre que tal vez no fuera una joya pero que sin duda no diría más de una mentira sin importancia al día; un círculo de amigos posiblemente bastante provinciano pero (pese a la pobre opinión que tiene usted de la humanidad) con una buena dosis de sólida virtud; celos y vanidades sin apenas trascendencia, y una total ausencia de adulterios e iniquidades. Un marido —añadió después de un momento—, un marido de su misma fe, raza y sustancia espiriual, que habría sabido quererla.
       Madame de Mauves se puso de pie, negando con la cabeza.
       —Es usted muy amable por tomarse la molestia de imaginarse visiones para mí. Las visiones son algo vano; tenemos que sacar el mejor partido que podamos de la realidad.
       —Y sin embargo —dijo Longmore, instigado por la misma crueldad que parecía ocultarse tras la paciencia de que ella hacía gala—, la realidad, si no estoy equivocado, ha adoptado muy recientemente una forma que pone seriamente en tela de juicio su filosofía.
       Madame de Mauves pareció estar a punto de replicarle que su preocupación por ella era demasiado impetuosa; pero dos lágrimas impacientes asomaron a los ojos de Longmore, demostrando que tal preocupación se fundaba en una devoción hacia la que era imposible no mostrar deferencia.
       —¿Filosofía? —dijo ella—. ¡No tengo ninguna, gracias a Dios! —exclamó con vehemencia—. No tengo ninguna. Creo, señor Longmore —añadió al cabo de un momento— que lo único que poseo en este mundo es mi conciencia, ya es hora de que se lo diga; únicamente una conciencia sumisa, tenaz, inexpugnable. ¿Eso prueba que verdaderamente pertenezco a la misma fe y raza que usted? ¿Posee usted una conciencia de la que puede decir otro tanto? No
       lo digo por vanidad, pues si creo que mi conciencia me impediría hacer nada degradante, también creo que me impediría eficazmente hacer nada muy elevado.
       —Me encanta oírla decir eso —exclamó Longmore—. Estamos hechos el uno para el otro. Es muy cierto que yo tampoco haré jamás nada elevado. Y sin embargo, he imaginado que en mi caso y por una buena causa, sería posible vendarle los ojos y amordazar, si no expulsar, a esa cualidad inexpugnable que usted describe tan elocuentemente. En su caso —prosiguió con la misma ironía conmovedora— ¿es completamente invencible?
       La imaginación de Madame de Mauves condescendió ante aquella muestra de sarcasmo.
       —No se ría de su conciencia —respondió gravemente—; es la única blasfemia que conozco.
       Apenas había terminado de hablar cuando un ruido inesperado le hizo volverse y en aquel mismo momento Longmore oyó un paso en un sendero adyacente que se cruzaba con el de ellos a poca distancia de donde se encontraban.
       —Es M. de Mauves —dijo Eufemia directamente y se adelantó despacio.
       Longmore, preguntándose cómo podía saberlo, ya se había situado a su altura cuando su marido apareció a la vista de ellos. Dar un paseo solitario por el bosque era un pasatiempo al que no era adicto M. de Mauves, pero parecía que en esta ocasión había recurrido a ello con cierta ecuanimidad. Estaba fumándose un puro fragante y tenía el pulgar apoyado en la sisa del chaleco; ofrecía un aspecto de serenidad contemplativa. Se detuvo en seco, sorprendido de ver a su esposa y a quien la acompañaba, y Longmore consideró impertinente su sorpresa. Posó rápidamente la mirada en uno y en otro, la clavó intensamente un solo instante en la de Longmore y después se quitó el sombrero con cortesía formal.
       —No estaba al tanto —dijo, volviéndose hacia Madame de Mauves— de que podía felicitarte por el regreso de monsieur.  
       —Lo hubieras sabido —respondió ella con seriedad— de haber esperado yo el regreso del señor Longmore.
       Se había puesto muy pálida y Longmore tuvo la sensación de que aquel era el primer encuentro tras una separación tormentosa.   
       —Mi regreso ha sido inesperado incluso para mí —dijo—. Llegué anoche.
       M. de Mauves sonrió con suma urbanidad.
       —Es innecesario que le dé la bienvenida. Madame de Mauves conoce los deberes de la hospitalidad— y después de efectuar otra inclinación prosiguió su paseo.
       Madame de Mauves y su acompañante regresaron a casa andando despacio, sin apenas hablar, aunque, al menos en lo tocante a Longmore, numerosos pensamientos le rondaban la cabeza. La aparición del barón le había hecho experimentar un escalofrío de cólera; era una nube tenebrosa que reabsorbía la luz que había principiado a brillar entre él y su acompañante.
       Observaba atentamente a Madame de Mauves mientras avanzaban, preguntándose qué habría tenido que sufrir últimamente. La presencia de su marido había puesto freno a su franqueza, pero nada indicaba que hubiera aceptado el significado insultante de sus palabras. Era evidente que las cosas iban mal entre ellos y Longmore se preguntó en vano qué le impediría a Eufemia llegar a una ruptura total. ¿Qué sospechaba? ¿Cuánto sabía? ¿Qué le hacía resignarse? ¿Cuánto había perdonado? Y sobre todo, ¿cómo conciliaba lo que sabía o sospechaba con la ternura insobornable que acababa de proclamar ante él? “Le ha amado una vez”, dijo Longmore, cayéndosele el alma a los pies, "y para ella amar una vez significa comprometer su ser para siempre. ¡Su marido la considera demasiado rígida! ¿Cómo lo expresaría un poeta?”.
       Volvió a experimentar con una especie de impotencia dolorosa la sensación de que ella estaba fuera de su alcance, de que era inaccesible, inmensurable, de que su espíritu inquieto jamás lograría comprender a aquella mujer. De repente azotó apasionadamente el aire por tres veces con su bastón, haciendo que Madame de Mauves se volviera. Ella difícilmente hubiera podido imaginarse que aquel gesto quisiera decir que cuando la ambición no sirve de nada, entregarse a una adoración rendida es una compensación inocente.
       Madame de Mauves se encontró en el salón a aquel francés menudo y ya mayor, M. de Chalumeau, a quien Longmore viera unos días antes en la terraza. También en esta ocasión estaba atendiéndole Madame Clairin, pero cuando llegó su cuñada le cedió el puesto y pasó a ocuparse de nuestro protagonista. A los treinta años, Longmore seguía siendo un joven ingenuo y la mucha coquetería de aquella dama tenía algo que lograba hacerle enrojecer. Se quedó sorprendido de ver que su comportamiento durante el último encuentro que mantuvo con ella no le había hecho perder en absoluto su favor, y la sospecha de que tenía la intención de acercarse a él siguiendo otra línea de actuación acabó por completar la incomodidad que sentía.
       —De modo que ha vuelto de Bruselas —dijo ella— por el camino del bosque.
       —No he estado en Bruselas. Volví ayer de París siguiendo el único camino... en tren.
       Madame Clairin le miró fijamente y se rió.
       —Nunca he conocido a un hombre joven que le gustara tanto
       Saint-Germain. Por lo general dicen que es horriblemente aburrido.
       —No es muy cortés decirle eso a usted —dijo Longmore, que se sentía molesto por ruborizarse y estaba decidido a no sentirse avergonzado.
       —Ah, ¿qué soy yo? —preguntó Madame Clairin, desplegando el abanico—. Soy lo más aburrido que hay aquí. Esos jóvenes no han tenido el éxito que ha tendido usted con mi cuñada.
       —Habría sido muy fácil tenerlo. Madame de Mauves es la amabilidad personificada.
       —¡Con sus compatriotas!
       Longmore guardó silencio; le resultaba odiosa aquella conversación. Madame Clairin le miró un momento, después volvió la cabeza y examinó a Eufemia, a quien M. de Chalumeau obsequiaba con otro epigrama que ella recibía con la cabeza ligeramente agachada y la mirada ausente, vagamente contemplando lo que se veía por la ventana.
       —No irá a decirme —musitó Madame Clairin de repente— que no está enamorado de esa linda mujer.
       —Allons done! —exclamó Longmore en el mejor francés que había tenido jamás. Un instante después se levantaba y se despedía precipitadamente.


VI

         Antes de volver dejó que transcurrieran varios días; parecía delicado no dar la impresión de que consideraba la franqueza demostrada por su amiga durante su último encuentro una invitación de carácter general. Esto le supuso un gran esfuerzo, pues las pasiones sin esperanza no son las que mayor deferencia muestran. Además, Longmore sentía el perenne temor de que si, como creía, había llegado la hora suprema de las “explicaciones”, la mágica magnanimidad de su amiga acaso lograra convertir a M. de Mauves. Existen numerosos testimonios que refieren la conversión de hombres depravados a quienes Dios acaba aceptando y lo que de divino había en el carácter de Eufemia santificaría los medios por los que acabara optando. Longmore no dejaba de repetirse que los medios que ella empleara no eran asunto suyo, que la esencia de la admiración que le profesaba debía ser el respeto hacia su libertad; pero sentía que sería alejarse, adentrarse en un mundo casi enteramente despejado de alegría si, después de todo ella, haciendo uso de su libertad, decidiera tan sólo musitarle: “Gracias”.
       Cuando efectuó una nueva visita se encontró para fastidio suyo con que tenía que someterse a la hospitalidad oficiosa de Madame Clairin. Era una mañana perfecta de principios de verano, y por las ventanas abiertas penetraba una dulce amalgama de olores y trinos de pájaro que inundaban la sala de estar y a él lo colmaban con la esperanza de que Madame de Mauves quisiera salir y pasarse la mitad del día en el bosque. Pero Madame Clairin, aún sin darle los últimos retoques a su peinado, irrumpió como una nota estridente en medio de las sinuosidades de una melodía.
       Al mismo tiempo regresó el criado presentando las excusas de Eufemia; se sentía indispuesta y no podría ver al señor Longmore. El joven sabía que su decepción era visible y que Madame Clairin le estaba observando y esta conciencia hizo que ella le dirigiera una mirada de una frialdad casi agresiva. Al parecer esto era lo que ella deseaba. Quería hacerle perder el equilibrio y, si él no se equivocaba, disponía de los medios para hacerlo.
       —Deje su sombrero, señor Longmore —dijo ella— y sea cortés por una vez. No fue usted nada cortés el otro día cuando le hice aquella pregunta amistosa relativa al estado de su corazón.
       —No tengo nada que decir de mi corazón —dijo Longmore, sin ceder.
       —Diga más bien que no tiene corazón. Le aconsejo que cultive un poco la elocuencia; tal vez le sea útil. La pregunta que le hice no era ociosa; yo no hago preguntas ociosas. Durante estos dos meses que lleva usted yendo y viniendo entre nosotros me parece que ha tenido que responder muy pocas preguntas de cualquier índole.
       —Ciertamente se me ha tratado muy bien —dijo Longmore. Madame Clairin guardó silencio un momento y después preguntó:
       —¿No se ha sentido nunca inclinado a hacer las preguntas usted?
       La mirada y el tono de su interlocutora estaban hasta tal punto preñados de significaciones tortuosas que a Longmore le parecía que incluso comprenderla tendría el sabor de una complicidad deshonesta.
       —¿Qué es lo que tiene que decirme? —preguntó, frunciendo el ceño al tiempo que se ruborizaba.
       Madame Clairin enrojeció. Resulta bastante humillante, para alguien que se comporta como si fuera la mismísima sibila, que, al presentarse ante el emperador de Roma, éste la trate como algo peor que una vulgar chismosa.
       —Podría decirle, señor Longmore —dijo ella— que emplea usted un ton como el de los peores jóvenes que he conocido. ¿Dónde ha vivido? ¿Cuáles son sus ideas? Deseo llamar su atención sobre un hecho que es necesario tratar con cierta delicadeza. Supuse que habría advertido que mi cuñada no es la mujer más feliz del mundo.
       Longmore asintió con un gesto.
       Madame Clairin pareció sentirse ligeramente decepcionada ante su falta de entusiasmo. Sin embargo, prosiguió diciendo:
       —Supongo que se habrá hecho sus conjeturas sobre las causas de la... insatisfacción de mi cuñada.
       —No ha habido ninguna necesidad de hacer conjeturas. He visto las causas, o al menos una muestra de las mismas, con mis propios ojos.
       —Sé perfectamente a qué se refiere. Mi hermano, en una palabra, está enamorado de otra mujer. No le juzgo; no juzgo a mi cuñada. Me permito decir que en el lugar de ella me hubiera conducido de otro modo. Habría conservado el afecto de mi marido o bien, ante una cosa así, habría prescindido resueltamente de todo afecto. Pero mi cuñada es un ser extraño; no puedo decir que la entienda. Por eso es, en cierta medida, por lo que acudo a usted como compatriota suyo. Por supuesto que usted se sorprenderá ante mi modo de ver el asunto y admito que tal modo de verlo sólo se estila entre gente cuyas tradiciones familiares les obliga a ver las cosas desde un plano de superioridad.
       Madame Clairin hizo una pausa y Longmore se preguntó adónde la acabarían llevando sus tradiciones familiares.
       —Escuche —prosiguió ella—. Jamás ha habido un De Mauves que le haya negado a su esposa el derecho a tener celos. El conocimiento que tenemos de nuestra historia se remonta muy atrás y se trata de un hecho consolidado. Es una vergüenza si quiere, pero no es cuestión baladí poseer una vergüenza de tanta alcurnia. Los De Mauves son franceses auténticos y sus esposas —puedo decirlo, han sido dignas de ellos. Pueden verse todos sus retratos en nuestro Cháteau de Mauves; cada una de ellas es una beldad “ultrajada”, pero a ninguna se la ve cabizbaja. Ninguna tuvo el mal gusto de mostrarse celosa y, sin embargo, ninguna de las doce protagonizó una aventura; ninguna dio motivos para que hablaran de ella. ;Ahí tiene usted un ejemplo de lo que es el buen sentido! Cómo se las arreglaron... vaya a ver esos lienzos y cuadros al pastel, ya oscuros y desgastados, y pregúnteles. Eran femmes d'esprit.  Cuando les dolía la cabeza se ponían un poco de colorete y bajaban a cenar como de costumbre; y cuando lo que les dolía era el corazón, se ponían un poco de colorete en el corazón. Son éstas tradiciones admirables, y no me parece correcto que aparezca una burguesita norteamericana y las rompa, colgando su fotografía en la que aparece con su air penché insignificante y testarudo, en la galería de nuestras refinadas y sagaces damas. Una De Mauves está obligada a ser una De Mauves. Cuando se casó con mi hermano no creo que lo tomara por un miembro de una societé de bonnes oeuvres. Yo no digo que tengamos razón; ¿quién la tiene? Pero somos como nos ha hecho la historia y si ha de cambiar alguien, habrá de ser la propia Madame de Mauves —nuevamente Madame Clairin hizo una pausa, desplegando el abanico y volviendo a plegarlo—. ¡Que se conforme! —dijo con audacia asombrosa.
       La respuesta de Longmore fue ambigua; se limitó a decir “¡Ah!”. La pía mirada retrospectiva de Madame Clairin le había imprimido, al parecer, un celo honesto a su indignación.
       —Mi cuñada lleva mucho tiempo desempeñando el papel de mujer ultrajada afectando aborrecer el mundo y encerrándose para leer la “Imitación”. Jamás he juzgado su conducta pero ya se me ha agotado la paciencia. Cuando una mujer tan guapa como ella consiente que su marido se extravíe, merece su destino. No quiero que esté usted de acuerdo conmigo, al contrario; pero para mí una mujer así es una necia. Debe haber aburrido mortalmente a su marido. Qué haya podido pasar entre ellos durante muchos meses es cosa que no nos concierne, ni la provocación que haya podido soportar mi cuñada —monstruosa, si usted así lo quiere—, ni el hastío que haya podido padecer mi hermano. Baste saber que hace una semana, inmediatamente después de su ostensible partida hacia Bruselas, ocurrió algo que provocó un estallido. Ella encontró algo en su bolsillo, una foto, una bagatela, que sais—je! En cualquier caso, la escena fue terrible. No escuché tras la puerta y no sé qué se dijeron; pero tengo razones para creer que a mi hermano se le pidieron explicaciones como no creo que jamás se las hayan pedido a ninguno de sus antepasados... ni siquiera sus queridas cuando se sabían ultrajadas.
       Longmore estaba echado hacia delante, prestando atención en silencio, con los codos apoyados en las rodillas, e instintivamente hundió la cara entre sus manos.
       —¡Ah, pobre mujer! —dijo con voz quejumbrosa.
       —Voilá! —dijo Madame Clairin—. Se compadece de ella.
       —¿Que la compadezco? —exclamó Longmore, alzando la vista con mirada ardiente y olvidando el espíritu que presidía la narración que de aquellos hechos desgraciados hacía Madame Clairin—. ¿Usted no?
       —Un poco. Pero no actúo por razones sentimentales; actúo por razones políticas. Deseo arreglar las cosas, ver que mi hermano es libre de obrar como quiere, ver que Eufemia se conforma. ¿Me comprende?
       —Muy bien, creo. Es usted la persona más inmoral con que he tenido el privilegio de conversar últimamente.
       Madame Clairin se encogió de hombros.
       —Posiblemente. ¿Cuándo ha habido un gran político que no fuera inmoral?
       —Más aún —dijo Longmore en el mismo tono—. Es usted demasiado superficial para ser “un gran político”. No sabe ni por asomo cómo es Madame de Mauves.
       Madame Clairin ladeó la cabeza, le dirigió una mirada penetrante a Longmore, reflexionó un instante, y después sonrió haciendo una excelente imitación de lo que es sentir una compasión inteligente.   
       —No siento interés por llevarle la contraria.
       —Debería sentir interés por aprender, Madame Clairin —prosiguió el joven con sinceridad exenta de ceremonias— qué es lo que los hombres honrados admiran más en la mujer... y reconocerlo cuando lo tenga delante.
       La verdad es que Longmore no le hacía justicia al talento que tenía aquella mujer para la diplomacia, pues aunque naturalmente se sintió molesta por aquella salida, lo ocultó tras un buen despliegue de ironía.
       —¡Conque está usted enamorado! —exclamó con calma.
       Longmore se quedó callado durante un rato.
       —¿Me entendería —dijo por fin—, si le dijera que lo que siento hacia Madame de Mauves es la más devota de las amistades?
       —Subestima usted mi inteligencia. Pero en ese caso debería ejercer su influencia para poner fin a escenas domésticas tan lamentables.
       —¿Supone usted que su cuñada me habla de sus escenas domésticas?
       Madame Clairin se quedó mirándole.
       —¿Entonces la suya es una amistad no correspondida? —y como Longmore apartara la vista, añadió, meneando la cabeza—: Ahora ya tiene algo que contarle a usted. Da la casualidad de que sé en qué acabó la última entrevista que tuvieron mi hermano y su esposa.
       Longmore se puso de pie a modo de protesta por la indelicadeza de la posición en que se le situaba a la fuerza; pero cuanto le hacía sentir ternura le hacía sentir también curiosidad y Madame Clairin detectó en su mirada, que Longmore había apartado de ella, una expresión que la instó a asestar el golpe.
       —Mi hermano está locamente enamorado de cierta persona de París; por supuesto, no debería estarlo; pero entonces no sería un De Mauves. Fue esta pasión diabólica lo que le hizo hablar. Por fin, exclamó: “Escúchame, querida. ¡Vivamos como personas que comprenden la vida! Es desagradable verse forzado a decir estas cosas de modo directo, pero tú haces que uno tenga que descender hasta lo más elemental. No tengo fe, no tengo corazón, soy una persona brutal, soy todas las cosas horribles que cabe pensar... se da por entendido. Véngate, consuélate; eres una mujer muy hermosa como para tener que quejarte de nada. Tienes a un hombre joven y apuesto que se está consumiendo de tanto suspirar por ti. Escucha a ese pobre tipo y descubrirás que pese a todo, la virtud no está reñida con una disposición de ánimo alegre. Verás que a fin de cuentas el mundo no es tan triste y que incluso resulta ventajoso tener un marido tan desvergonzado”.
       Madame Clairin hizo una pausa; Longmore se había puesto muy pálido. Ella prosiguió:
       —Puede creerlo; esto lo dijo en presencia mía; las cosas transcurrieron ordenadamente. Y ahora, señor Longmore —esto lo dijo con una sonrisa que él no pudo entender en aquel momento, turbado como estaba, pero después la recordó con una especie de admiración—: ¡contamos con usted!
       —¿Esto se lo dijo cara a cara, como me lo está diciendo usted ahora? —preguntó Longmore tras un silencio.
       —Palabra por palabra y con la mayor cortesía.
       —¿Y Madame de Mauves... qué dijo?
       Madame Clairin volvió a sonreír.
       —Cuando le hablan así a una mujer, ésta no dice nada. Ella estaba sentada, bordando, y creo que no veía a su marido desde la disputa del día anterior. El entró con la gravedad de un embajador y estoy segura de que cuando hizo su demande en mariáge sus modales no fueron más respetuosos. ¡Quería que todo fuera con guante blanco! —dijo Madame Clairin—. Eufemia continuó sentada en silencio durante unos instantes, dando puntadas, y entonces, sin decir ni una palabra, sin mirar a nadie, salió de la habitación. ¡Era exactamente lo que le correspondía hacer!
       —Sí —repitió Longmore—, era exactamente lo que le correspondía hacer.
       —Y, cuando me quedé a solas con mi hermano, ¿quiere saber lo que le dije?
       Longmore hizo un gesto negativo con la cabeza y sugirió:
       —Mauvais sujet!.
       —Le dije: “Me has hecho el honor de dar este paso en mi presencia. No es mi intención calificarlo. Sabes lo que haces y se trata de un asunto tuyo. Pero puedes confiar en mi discreción”. ¿Cree que he defraudado su confianza?
       No obtuvo respuesta; Longmore desvió lentamente su mirada y pasó mecánicamente los guantes por el ala del sombrero. Entonces ella exclamó:
       —¡No se irá a marchar a Bruselas, espero!
       Era notorio que Longmore se sentía profundamente turbado. Madame Clairin podía felicitarse por el éxito que tuvo su apelación a las antiguas costumbres. Y no obstante había algo que la dejó más intrigada que satisfecha en el tono reflexivo en el que él le contestó.
       —No, de momento seguiré aquí.
       Los procesos que seguía la mente de Longmore tenían un aspecto provocativamente subterráneo. Hubo un momento en que Madame Clairin hubiera dicho que él se había aliado con su cuñada constituyendo una monstruosa conspiración de carácter ascético.
       —Venga esta tarde —prosiguió ella audazmente—. Lo demás saldrá por sí mismo. Entretanto me tomaré la libertad de decirle a mi cuñada que le he contado... en una palabra, que le he puesto a usted au fait.
       Longmore se sobresaltó, enrojecido. Madame Clairin no hubiera sido capaz de decir si su interlocutor aceptaría o pondría objeciones.
       —Dígale lo que quiera. Nada de lo que usted pueda decirle influirá en su conducta.
       —Voyons! ¿Va usted a decirme que una mujer joven, guapa, sentimental, desatendida... insultada, si quiere...? Ya veo que no lo cree. ¡Crea entonces en la oportunidad que se le brinda! Pero por el amor de Dios, si esto ha de acabar en algo, no vuelva con esa visage de croquemort. Parece que fuera usted a enterrar su corazón, no a ofrecérselo a una mujer hermosa. Está usted mucho mejor cuando sonríe. Vamos, sea justo consigo mismo.
       —Sí —dijo él— debo ser justo conmigo mismo—. Y, bruscamente, efectuó una inclinación de despedida y se marchó.


VII

         Cuando se vio al aire libre, sin que lo observaran, sintió la necesidad de entregarse violentamente a la acción, de caminar mucho y deprisa, difiriendo el momento de pensar. Se alejó por el bosque, agitando el bastón, echando atrás la cabeza, dejando que se le perdiera la vista por entre las verdes perspectivas, avanzando sin saber adónde le llevaba el camino. Sentía una intensa excitación pero le habría resultado difícil decir si la emoción que sentía era de gozo o de dolor. Gozosa lo era porque todo incremento de libertad entraña gozo; era como si hubieran apartado un obstáculo que se cruzaba en su camino; parecía que su sino hubiera bordeado un cabo y ahora tuviera ante sí la vista del mar abierto. Pero de algún modo la libertad ganada le hacía sentir la necesidad de despreciar a toda la humanidad con una sola excepción; y el hecho de que Madame de Mauves habitara en un planeta contaminado por la presencia de aquellas multitudes de condición inferior impedía que su alegría semejara el augurio de un éxtasis perfecto. Pero aquella mujer estaba allí y ahora las circunstancias les obligaban a intimar. Ante él había dejado de tener lo que los hombres denominan un secreto y este solo hecho le hacía sentir una suerte de arrebato. No había previsto que fuera a “obtener provecho”, en el sentido vulgar, de la posición extraordinaria en que merced a las circunstancias se veían; convertir la esperanza en una burla aún más desabrida y la renuncia en un sufrimiento mayor no hubieran sido más que una cruel jugarreta del destino. Pero por encima de todo se elevaba la convicción de que ella no podría hacer nada que no acrecentara la admiración que le profesaba.
       Era esta sensación de que las circunstancias —pese a lo poco atractivas que eran en sí mismas— forzosamente habían de poner más de relieve la belleza y perfección del carácter de Eufemia, lo que le impulsaba a caminar como si estuviese celebrando una especie de festival espiritual. Anduvo vagando al azar por espacio de dos horas y al cabo vio que había dejado atrás el bosque y que se había adentrado en una región desconocida. Era un paisaje perfectamente rural y el apacible día, todavía de verano, le confería un encanto que sólo explicaban a medias los elementos anodinos que lo configuraban.
       Longmore pensó que jamás había visto nada tan característicamente francés; todas las novelas francesas parecían haberlo descrito, todos los paisajistas franceses haberlo pintado. Los campos y árboles eran de fresco color verde metálico; parecía que la hierba podría teñirle a uno los pantalones y el follaje las manos. La luz diáfana estaba suavemente teñida de gris; los rayos de sol eran más de plata que de oro. A un lado, tras una cortina transparente de chopos, había una granja de tejado rojo, con un alto almiar, paredes encaladas y un patio desordenado, que dominaba el camino real. Frente por frente discurría, medio cegado por juncos de color esmeralda, un estrecho torrente flanqueado por álamos de color gris. Las praderas ondulantes se alejaban siguiendo las tenues sinuosidades del terreno, hasta perderse en un horizonte bajo, apenas oculto tras una línea ininterrumpida de árboles en tupida formación. No era un panorama espléndido, pero poseía una franca sencillez que conmovió la imaginación del joven. Era un paisaje impregnado de una atmósfera ligera y de una difusa luz solar, y si era prosaico, también era reconfortante.
       Longmore se sintió con ánimos de seguir caminando, así que avanzó por la carretera, bajo los chopos. Al cabo de veinte minutos llegó a una aldea cuyas casas se desperdigaban hacia la derecha del camino, por entre granjas y potagers. A la izquierda, a un tiro de piedra de la carretera, se alzaba una fonda de fachada rosa que le hizo recordar a Longmore que no había desayunado, pues había salido de casa previendo la hospitalidad de Madame de Mauves. En la fonda halló una estancia que tenía las paredes de ladrillo y una mesonera que llevaba zuecos y cofia blanca, a quien, mientras daba cuenta de la tortilla que le sirvió con diligencia (y con la libertad que le dio una botella de buen vino tinto), aseguró que era toda una artista. Para recompensar aquel cumplido, ella le invitó a fumarse un puro en el jardincillo que había detrás de la casa.
       Desde el jardín en el que había un tonnelle se divisaba un panorama de cultivos maduros que se extendía hacia el arroyo. El tonnelle era poco espacioso y Longmore prefirió sentarse en un banco, apoyado en la pared rosa, al sol, que no era muy fuerte. Y allí, descansando, contemplando y pensando, se abandonó a ideas que, de modo indefinible, estaban tenuemente influenciadas por el paraje que ante sí tenía. El corazón, que le había latido aceleradamente durante las tres horas anteriores, fue poco a poco acompasando el pulso y acabó contemplando la vida con mirada bastante más equilibrada. Los ruidos hogareños que salían de la posada por las ventanas abiertas, la paz soleada de campos y cultivos, que se extendía sobre tanta y tan vigorosa vida natural, todo ello sugería pocas cosas trascendentales, tenía muy poco que ver con renuncias... nada en absoluto con el celo espiritual. Todo aquello parecía transmitir un mensaje dado directamente por la naturaleza en pleno proceso de maduración, expresar la realidad inocente de las cosas, decir que el destino de todos no resulta brillantemente divertido, y que toda sabiduría ha de nutrirse de la experiencia, a no ser que uno quiera desaprovecharla por entero. Sería difícil explicar la razón por la que, tras esto, se puso a pensar si habría posibilidades de que un corazón hondamente herido pudiera sentirse curado y aliviado ante aquella escena; cierto es que, estando allí sentado, soñó despierto que una mujer desdichada se paseaba junto al arroyo que discurría lentamente ante el, apartando las raas floridas de los huertos. Sin cesar caviló y acabó sintiéndose enfadado por no resultarle posible tener peor opinión de Madame de Mauves... o al menos pensar en ella de otro modo. El podía proclamar justificadamente que en el aspecto sentimental le pedía muy poco a la vida; sus demandas a la pasión eran modestas, ¿por qué entonces su única pasión había de nacer bajo un triste sino? ¿por qué había de estar su primera —y última— visión de la felicidad indisolublemente unida a la renuncia?
       Quizá como consecuencia de que —al igual que muchos espíritus hechos de la misma fibra— en su constitución se ocultaba un principio de ascetismo ante cuya autoridad siempre se había plegado con respeto ciego, Longmore ahora sentía toda la vehemencia de la rebelión. Renunciar... volver a renunciar... renunciar para siempre... ¿sólo para esto servían la juventud, el anhelo y la resolución? ¿Había que ocultar y mutilar la experiencia como si se tratara de un cuadro indecente? ¿Podía obligarse a un hombre a sentarse y condenar deliberadamente su futuro a ser el recuerdo vacío de un pesar, en lugar de la prolongada reverberación de una alegría? ¿Y el sacrificio? Aquella palabra era una trampa para mentes ofuscadas por el miedo, un refugio innoble de la debilidad. Insistir ahora parecía no atreverse, sino meramente ser, vivir en función de lo posible.
       La posadera salió y tendió una tela en el seto para que se secara y, aunque su huésped estaba tranquilamente sentado, a ella le pareció ver en sus ojos encendidos un testimonio halagador de la calidad de su vino.
       Cuando volvió a entrar en la casa la mujer, le salió al paso un joven en quien Longmore se fijó, pese a sus preocupaciones. Evidentemente era miembro de la jovial hermandad de artistas, cuyo mismo desaliño estaba en consonancia con un elemento de pintoresquismo e imprevisión ante la vida que despierta buenas dosis de envidia no expresada entre las gentes predestinadas a ser respetables.
       A Longmore le llamó primero la atención porque tenía aspecto de ser un hombre muy inteligente y después porque tenía aspecto de ser muy feliz. Aquella combinación, tal como se expresaba en su rostro, muy bien hubiera podido reclamar la atención incluso de un filósofo menos desengañado. Tenía barba rubia; se tocaba con sombrero de ala ancha y llevaba un pequeño caballete bajo un brazo y un boceto al óleo bajo el otro.
       Se detuvo y habló unos momentos con la posadera, exhibiendo una sonrisa singularmente jovial. Hablaban de las diversas posibilidades que ofrecía la comida; la dueña enumeró algunas, muy suculentas y él movía enérgicamente la cabeza, asintiendo a todo. No era posible, pensó Longmore, que hallara tanto contento ante la perspectiva de unas chuletas de cordero con espinacas y una tarte á la créme. Después de haber dicho lo que quería para comer, puso el boceto boca arriba y la buena mujer se quedó pensativa, mirando hacia el lugar situado junto al arroyo donde lo había pintado.
       —¿Sería su trabajo —se preguntó Longmore— lo que le hacía tan feliz? ¿Era un gran talento lo mejor que se podía poseer en este mundo? La posadera regresó a su cocina y el joven pintor siguió en pie, como si aguardara algo, junto a la valla que se abría al sendero que atravesaba los campos. Longmore siguió sentado, cavilando } preguntándose si sería mejor cultivar un arte que cultivar una pasión. Antes de que hubiera encontrado la respuesta a su pregunta, el pintor se cansó de esperar. Cogió una piedrecilla, la lanzó con poca fuerza contra una ventana del piso de arriba y llamó:
       —¡Claudine!
       Claudine hizo aparición; Longmore oyó que hablaba desde la ventana, pidiéndole al joven que tuviera paciencia.
       —Pero es que me estoy quedando sin la luz —dijo—; las sombras tienen que estar en el mismo lugar que ayer.
       —Entonces ve sin mí —respondió Claudine—; me reuniré contigo dentro de diez minutos.
       Su voz era joven y llena de vida; parecía decirle a Longmore que era tan feliz como su compañero.
       —No olvides el libro de Chénier —exclamó el joven. Después se dio la vuelta, pasó por la verja y siguió el sendero que atravesaba los campos, hasta que desapareció entre los árboles que había junto al arroyo. ¿Quién era Claudine?, se preguntó Longmore vagamente. ¿Era tan bonita como su voz? No pasó mucho tiempo antes de que tuviera ocasión de ver satisfecha su curiosidad; salió de la casa con sombrero y parasol, dispuesta a seguir a su compañero. Llevaba un vestido de muselina rosa y un sombrerito blanco, y era todo lo bonita que precisa serlo una francesa para resultar agradable. La piel era de color suavemente moreno y los ojos de un negro luminoso; cuando andaba parecía ir siguiendo el compás de una música lenta que sólo ella oía. Llevaba en las manos numerosos objetos que al parecer se proponía acarrear. En un brazo llevaba el parasol y una voluminosa labor de costura, en el otro un chal y una pesada sombrilla de color blanco, como las que usan los pintores para tomar apuntes. Al mismo tiempo intentaba introducirse en el bolsillo un volumen en rústica (Longmore pudo ver que eran los “Poemas” de André Chénier); pero con el esfuerzo se le cayó la gran sombrilla y, medio sonriendo, hizo una exclamación de fastidio. Longmore se adelantó e, inclinándose, recogió la sombrilla. Cuando ella, haciendo protestas de agradecimiento, extendió la mano para recibirla, a él no le pareció conveniente que fuera tan cargada.
       —Lleva usted demasiadas cosas —dijo él—; debe permitir que le ayude.
       —Es usted muy bueno, monsieur —respondió ella—. A mi marido siempre se le olvida algo. No puede hacer nada sin su sombrilla. Est d’une étourderie
       —Debe permitir que le lleve la sombrilla —dijo Longmore—. Pesa demasiado para que la lleve una dama.
       Ella asintió, después de hacer numerosos cumplidos a su cortesía; él echó a andar a su lado, adentrándose en el prado. Ella avanzaba con paso leve y rápido, cautelosamente, mirando hacia delante, tratando de divisar a su marido. Era graciosa, tenía encanto, era a un tiempo dulce y decidida y a Longmore le pareció que un artista joven no trabajaría peor por tenerla sentada junto a sí, leyendo los yambos de Chénier. Supuso que llevarían poco tiempo casados y era evidente que el sendero de sus vidas no tenía los recodos burlones presentes en los de otras personas. Pedían poco; pero ¿qué más se puede pedir que aquellos días de verano tan apacibles junto al ser que se ama, a la vera de un arroyo en sombra, en compañía del arte, de libros y con un horizonte ancho y sin sombras? Pasar una mañana así; regresar para almorzar en el comedor de la posada, con sus ladrillos rojos; luego salir a dar otro paseo cuando estuviera el sol bajo; todo aquello eran visiones beatíficas que flotaban ante él sólo para atormentarle, haciéndole experimentar una sensación de impotencia. No todas las francesas son unas coquetas, se dijo mientras caminaba al paso de su acompañante. Ella decía algo de cuando en cuando, por cortesía, pero jamás le miraba y no parecía que le importara lo más mínimo el que él fuera un joven agraciado. No le importaba nada, excepto el joven artista de la chaqueta raída y el sombrero de ala ancha y descubrir en qué lugar habría podido plantar el caballete.
       Enseguida lo averiguaron. Se había instalado bajo los árboles, cerca del arroyo y, a la sombra difusamente verde del bosquecillo, no parecía necesitar inmediatamente la sombrilla. Se llevó, sin embargo, una vivaz reprimenda por habérsele olvidado, y asimismo fue informado de su deuda para con la amabilidad de Longmore. Se mostró debidamente agradecido; le dio calurosamente las gracias a nuestro héroe y le invitó a sentarse en la hierba. Pero Longmore se sentía de más y sólo se quedó lo suficiente para contemplar el boceto del joven y ver que era una interpretación inteligente de la corriente de plata y sus vívidos reflejos verdes. La joven esposa había extendido el chal sobre la hierba, al pie de un árbol, y parecía esperar para sentarse y para musitar versos de Chénier al son de la música del río susurrante a que Longmore se hubiera ido. Longmore, durante un rato contempló a uno y a otra, logró apenas ahogar un suspiro, les dio los buenos días y se despidió.
       No sabía ni dónde ir ni qué hacer; parecíale estar flotando en un mar de anhelos inútiles. Lentamente emprendió el regreso a la posada y en el umbral se encontró con que la posadera volvía de la carnicería trayendo las chuletas de cordero para la comida de sus huéspedes.
       —Monsieur ha conocido a la dame de nuestro joven pintor —dijo con sonrisa amplia, demasiado amplia como para encerrar un significado malicioso—. Quizás monsieur haya visto el cuadro del joven. Parece que tiene un gran talento.
       —Su pintura era muy bonita —dijo Longmore—, pero su dame lo era aún más.
       —Es una mujercita muy simpática; por eso me da más pena todavía.
       —No sé por qué ha de causar pena —dijo Longmore—; parecen ser una pareja muy feliz.
       La posadera hizo un gesto de entendimiento con la cabeza.
       —¡No se fíe, monsieur! Esos artistas... a n’ a par de príncipes!. ¡La puede dejar plantada cualquier día! Los conozco, allez. Los he tenido aquí muchas veces; un año con una, otro año con otra.
       Longmore se quedó desconcertado un momento. Entonces preguntó:
       —¿Quiere decir que no es su mujer?
       Ella se encogió de hombros.
       —¿Qué quiere que le diga? ¡No son des hommms sérieux esos caballeros! No se comprometen eternamente. No es asunto mío y no quiero hablar mal de madame. Es una mujercita muy simpática y quiere a su jeunne homme con locura.
       —¿Quién es? —preguntó Longmore—. ¿Qué sabe de ella?
       —Con certeza, nada; pero yo creo que es mejor que él. Incluso ha llegado a creer que es una dama, una auténtica dama, y que ha renunciado a muchas cosas por él. Yo hago lo que puedo por ellos pero no creo que madame se haya visto toda su vida obligada a conformarse con comidas de dos platos.
       Y se inclinó amorosamente sobre sus chuletas de cordero, como si quisiera dar a entender que aunque una buena cocinera sea capaz de imaginarse cosas mejores, de todos modos si sólo se podía preparar un plato, las chuletas de cordero tenían mucho a su favor.
       —Las haré empanadas. Voilá les femmes, monsiéur.
       Longmore se volvió con la sensación de que las mujeres eran verdaderamente un misterio insondable y que resultaría muy difícil decir dónde hay más belleza, si en su fuerza o en su debilidad. Regresó andando a Saint-Germain, más despacio de lo que había venido, con menor resignación filosófica frente a los acontecimientos  y una mayor y más apremiante dosis de egoísmo en forma de esa pasión que los filósofos denominan por antonomasia egoísta. De vez en cuando su mente revivía con fuerza el episodio del pintor joven y feliz y de la mujer encantadora que había renunciado a muchas cosas por él, y le parecía ver en aquella incómoda visión de beatitud inalcanzable una burla de su desasosiego moral.
       Los chismes de la posadera no empañaron aquella visión; la suya parecía ser la voz vulgar del coro de los no iniciados, siempre dispuesta a dar una interpretación grosera y prosaica a los pasajes inspirados de la actuación humana. ¿Acaso podría ningún hombre quitarle a una mujer aquello, tomar prestada aquella ligereza al andar, la intensidad de aquella mirada, y trasplantarlas a otra mujer sin otorgarle la certeza absoluta de una devoción tan inalterable como el curso del sol? ¿Acaso era posible que una unión tan arrebatada entrañara la semilla de la discordia? ¿Podría romper el encanto de tan perfecta armonía otra cosa que no fuera la muerte? Longmore sintió inmensos deseos de gritar una y mil veces “¡no!” pues le parecía en fin que se daba una suerte de identidad espiritual entre el joven pintor y él, así como que la compañera del mismo tenía el alma de Eufemia de Mauves.
       A medida que caminaba el calor del sol fue haciéndose agobiante y cuando penetró en el bosque nuevamente, buscó la sombra más recóndita que pudo hallar y se tumbó en el suelo musgoso, al pie de una gran haya. Se pasó un rato mirando la verde penumbra que lo cubría, intentando imaginarse que Madame de Mauves acudía presurosamente a un rincón apacible, a las orillas de un arroyo donde él la aguardaba, tal como había visto hacer a aquella criatura confiada hacía una hora. Resultaría difícil decir hasta qué punto logró su imaginativo propósito, pero el esfuerzo más que excitarle le alivió, y siendo así que estaba muy fatigado, tanto física como espiritualmente, al fin se quedó apaciblemente dormido.
       Mientras dormía tuvo un sueño vívido y extraño. Le parecía hallarse en un bosque muy parecido a aquel otro en el que había cerrado los ojos poco antes; pero el bosque se hallaba dividido por la murmurante corriente que dejara atrás hacía una hora. Le pareció que se paseaba incansablemente de arriba abajo, aguardando con gran expectación algún acontecimiento de importancia vital. De repente, a lo lejos, entre los árboles, vislumbró un vestido de mujer y se lanzó en busca de ella. Al avanzar la reconoció, pero al mismo tiempo se dio cuenta de que la mujer se hallaba en la otra orilla del río. Al principio ella no parecía verlo, pero cuando estuvieron frente a frente, se detuvo y le dirigió una mirada muy seria y compungida. No hizo la mujer ningún gesto a fin de indicarle que cruzara el arroyo pero él sentía grandes deseos de estar a su lado. Sabía que eran unas aguas profundas y que tendría que zambullirse, pero le pareció también saber que cuando llegara al otro lado, ella habría desaparecido. Iba de todos modos a tirarse al agua cuando de repente surgió en medio de la corriente, río abajo, una barca que avanzaba velozmente hacia ellos, guiada por un remero que iba sentado de modo que no se le veía la cara. Arrimó la barca a la orilla en que se encontraba Longmore; éste se subió y después de unos golpes de remo ganaron la orilla opuesta. Longmore se bajó y aunque estaba seguro de haber cruzado el arroyo, Madame de Mauves no estaba allí. Se volvió angustiado y vio que ahora estaba en la otra orilla, la que él había dejado. Ella lo miró seriamente y, en silencio, empezó a alejarse a pie, río arriba. La barca y el barquero prosiguieron su rumbo, pero después de haber recorrido una distancia corta se detuvieron; el barquero se volvió y contempló a la pareja, que seguía parada. Entonces Longmore lo reconoció... igual que lo había reconocido unos días antes en el café del Bois de Boulogne.


VIII

         Seguramente siguió durmiendo un tiempo después de haber dejado de soñar, pues no recordó el sueño inmediatamente. Volvió a su mente más tarde, cuando ya estaba completamente despierto y caminaba hacia el hotel, del que estaba muy cerca. No era necesario ser muy ingenioso para hacer que el sueño pareciera una alegoría bastante llamativa. Lo cierto es que se pasó el resto del día acosado por el sueño, dándole vueltas. Buscó, sin embargo, refugio en la convicción, recientemente reavivada en él, de que la única táctica sensata que se puede seguir en esta vida es aferrarse desesperadamente a la felicidad; y no le pareció que fuera sino una medida enérgica inspirada en tal táctica el volver aquella tarde a casa de Madame de Mauves. Y, no obstante, cuando ya había decidido obrar así, después de haberse vestido cuidadosamente, sintió un incontrolable estremecimiento nervioso merced al cual le resultaba más fácil quedarse junto a la ventana abierta, preguntándose con una mezcla extraña de temor y deseo, si Madame Clairin le habría dicho a su cuñada lo que le había dicho a él... Tal vez ahora su presencia fuera simplemente causa gratuita de sufrimiento; y sin embargo, su ausencia podría dar a entender que las circunstancias tenían la potestad de hacerles sentirse avergonzados de verse cara a cara. Se pasó mucho tiempo sentado, con la cabeza hundida entre las manos, perdido en medio de una dolorosa confusión de esperanzas e interrogantes. En algunos momentos se sentía capaz de estrangular a Madame Clairin y, con todo, no podía dejar de preguntarse si acaso ésta no le habría hecho un favor. Cuando se fue del hotel era tarde y al traspasar la puerta de la otra casa el corazón le latía de tal modo que tuvo la certeza de que su voz revelaría lo que pensaba.
       El criado le hizo pasar al salón vacío, donde ardía una lámpara con poca llama. Pero los ventanales alargados estaban abiertos y una brisa tibia y suave mecía los leves cortinajes. Longmore salió a la terraza; allí encontró a Madame de Mauves, paseándose lentamente de un lado a otro. Iba vestida de blanco, muy sencillamente, y no iba peinada como solía, sino que llevaba el pelo arreglado en una trenza floja, como una persona que no esperaba visita.
       Al ver a Longmore se detuvo, levemente sorprendida. Se le escapó una exclamación y aguardó a que el recién llegado hablara. Este la miró e intentó decir algo, pero no dio con las palabras. Sabía que era torpe y ofensivo quedarse plantado, en silencio, mirando; mas no era capaz de decir lo adecuado y no se atrevía a decir lo que deseaba.
       No le era posible distinguir el rostro de ella en la penumbra, pero se dio cuenta de que tenía los ojos fijos en él y se preguntó qué expresión tendrían. ¿Querrían advertirle, querrían implorarle o acaso querrían confesar un sentimiento de provocación? Durante un instante la cabeza le dio vueltas; tuvo la sensación de que todo lo aclararía el que se adelantara y la estrechara entre sus brazos. Pero un momento después aún seguía allí, mirándola; no se había movido; supo que ella le había hablado, pero no la había entendido.
       —Estuvo usted aquí por la mañana —prosiguió, y ahora, lentamente, él empezó a comprender el significado de sus palabras. Me dolía mucho la cabeza y tuve que encerrarme —su forma de hablar era la de siempre.
       Longmore logró controlar la agitación que le dominaba y contestó sin traicionarse:
       —Espero que ya se encuentre mejor.
       —Sí, gracias; estoy mejor, mucho mejor.
       El guardó silencio un momento; ella se alejó hacia una silla y se sentó. Tras una pausa él la siguió y se quedó de pie ante ella, apoyado en la balaustrada de la terraza.
       —Tenía la esperanza de que hubiera podido salir conmigo al bosque esta mañana. Fui solo; hacía un día delicioso y di un paseo muy largo.
       —Hacía un día delicioso —dijo ella con aire ausente y siguió sentada con la mirada baja, abriendo y cerrando lentamente el abanico. A medida que Longmore la miraba iba estando cada vez más seguro de que había estado con su cuñada después de la entrevista que ésta mantuvo con él; estaba seguro de que su actitud hacia él había cambiado. Fue esto mismo lo que heló el ardor con que había venido o, al menos, lo que transformó la decena de discursos apasionados que asomaban a sus labios en una especie de silencio reverente. No; estaba claro, no podía cogerla entre sus brazos ahora, sería lo mismo que si un devoto madrugador cogiera entre sus brazos en el templo la estatua de mármol que veneraba. Pero la estatua de Longmore habló por fin con voz plenamente humana, incluso con una sombra de duda humana. Alzó la vista y a él le pareció que sus ojos brillaban en la oscuridad.
       —Me alegro mucho de que haya venido esta noche —dijo—. Tengo una razón especial para alegrarme. Medio le esperaba y, no obstante, me parecía posible que no viniera.
       —Teniendo en cuenta cómo me he sentido todo el día —respondió Longmore— era imposible no venir. Me he pasado el día pensando en usted.
       Ella no respondió inmediatamente, sino que siguió abriendo y cerrando el abanico con aire pensativo. Por fin, bruscamente, dijo:
       —Quiero que sepa con certeza que tengo una opinión muy elevada de usted.
       Longmore dio un respingo y cambió de posición. ¿Dónde querría ir a parar? Pero no dijo nada y ella prosiguió.
       —Tengo mucho interés por usted; no hay razón para que no lo diga... siento una gran amistad hacia usted.
       Él se echó a reír; no sabría decir por qué, a menos que esto fuera la mismísima burla de la frialdad. Pero ella continuó sin hacerle caso.
       —Supongo que sabe que una gran decepción siempre implica una gran confianza... una gran esperanza.
       —Yo he tenido esperanza —dijo él— una esperanza muy poderosa; pero sin duda no era lo suficientemente racional como para sentirme con derecho a lamentar mi decepción.
       —Es usted injusto consigo mismo. Tengo tanta confianza en su razón que me llevaría una gran decepción si descubriera que le falta.
       —Verdaderamente estoy por creer que se está usted divirtiendo a costa mía —exclamó Longmore—. ¿Mi razón? ¡Razón no es más que una simple palabra! ¡La única realidad que hay eh el mundo es el sentimiento!
       Madame de Mauves se levantó y miró a Longmore con seriedad. Los ojos de éste ya se habían acostumbrado a la luz imperfecta y pudo advertir que en su mirada había reproche y que, sin embargo, era también amable e implorante. Ella agitó la cabeza impacientemente y apoyó el abanico en el brazo de él, presionando con fuerza.
       —Si eso fuera cierto, el mundo sería muy enojoso. Conozco, sin embargo, sus sentimientos bastante bien. No hace falta que los exprese. Basta con que me otorguen el derecho de pedirle un favor... de hacerle un ruego urgente y solemne.
       —Hágalo; la escucho.
       —No me decepcione. Si no me entiende ahora, lo hará mañana, o dentro de muy poco. Cuando antes le dije que tenía una opinión muy elevada de usted, lo decía en serio. No era un mero cumplido. Creo que es imposible apelar a su generosidad y que pase mucho tiempo sin que usted responda. Si esto hubiera de suceder... si yo descubriera que no es usted generoso, sino egoísta; que no es de amplias, sino de estrechas miras —hablaba pausadamente, demorando con énfasis la voz a cada una de aquellas palabras—; que no es excepcional, sino vulgar... Entonces la naturaleza humana me merecería peor opinión. Sufriría, sufriría mucho. Me diría a mí misma en los tristes días del futuro: “Hubo un hombre que hubiera podido hacer esto y lo otro; pero también me falló.. Mas no ha de ser así. Me ha causado una impresión demasiado buena; sólo puede actuar irreprochablemente. Si desea complacerme para siempre, hay un modo de hacerlo.
       Estaba de pie, muy cerca de él; sus ropas se rozaban, tenía los ojos clavados en los de él. A medida que iba hablando su tono iba ganando una extraña intensidad; ofrecía el aspecto singular de una mujer que invocara a la razón poseída por una suerte de pasión. Longmore se sentía confuso, conturbado, casi aturdido. Las palabras de ella tenían como fin la amonestación, la renuncia, la resignación; pero tenerla allí presente, tan cercana, tan apremiante, tan personal, parecía contradecir confusamente todo aquello. Nunca había estado más deliciosa. Con su vestido blanco, el rostro pálido y los ojos vivamente iluminados, parecía el mismísimo espíritu de aquella noche de verano. Cuando hubo terminado de hablar, exhaló un hondo suspiro; Longmore sintió su aliento en la mejilla y una conjetura agitó súbita y arrebatadamente todo su ser. ¿Eran sus palabras dulcemente severas un mero hechizo ilusorio que buscaba poner de relieve su belleza casi fantasmal? ¿Era ésta la única verdad, la única realidad, la única ley?
       Cerró los ojos, notando que ella le observaba; tampoco ella estaba exenta de dolor ni de perplejidad. Volvió a mirarla, encontró sus ojos y vio una lágrima en cada uno. Y entonces aquella última sugerencia que el deseo que sentía le inspiraba se extinguió en un murmullo sofocado y su belleza, cada vez más radiante en medio de la oscuridad, se alzó ante él como el símbolo de algo inconcreto, más hermoso aún que la belleza misma.
       —Tal vez la entienda mañana —dijo—, pero ahora no la entiendo.
       —Y sin embargo, hoy he consultado conmigo misma y me pregunté cuál era la manera óptima de dirigirme a usted. De un lado, hubiera podido negarme rotundamente a verle. —Longmore hizo un movimiento violento y ella añadió—: En ese caso le habría escrito. Pensé que podía verle y simplemente decirle que había excelentes razones que aconsejaban que dejáramos de vernos, rogándole que ésta fuera su última visita. Me sentía inclinada a obrar así; lo que me hizo decidir otra cosa fue... sencillamente la amistad. Me dije a mí misma que en el futuro me alegría recordar no que yo le eché sino que se fue usted instado por la integridad de su discernimiento.
       —¡La integridad... la integridad! —exclamó Longmore.
       —Si es preciso estoy dispuesta —prosiguió Madame de Mauves tras una pausa— a invocar estrictamente mis derechos. Pero, como he dicho antes, me sentiré enormemente desilusionada si me veo obligada a hacerlo.
       —Cuando la oigo hablar así —respondió Longmore— me pongo tan furioso, me siento tan espantosamente irritado que me pregunto si no sería mejor marcharme sin decir una palabra más.
       —Si se marchara enfadado, sólo se cumpliría a medias la idea que me he formado de nuestra separación. No, no quiero recordarle enfadado; ni siquiera desearía pensar que tuvo que hacer un sacrificio importante. Querría recordarle como si ...
       —¡Como si fuera alguien que no existió jamás... que jamás tendrá la posibilidad de existir! ¡Alguien que la conoció y no la amó... que la dejó sin lamentarlo!
       Ella se volvió con impaciencia y se alejó hasta el otro extremo de la terraza. Cuando regresó vio que su impaciencia se había transformado en una severa frialdad. Nuevamente volvió junto a él y lo miró de pies a cabeza, con un aire de profundo reproche, casi de desprecio. Bajo su mirada él detectó una especie de vergüenza. Se sonrojó; ella lo advirtió y calló algo que estaba a punto de decir. De nuevo se volvió, alejándose hasta el otro extremo de la terraza y allí se quedó, mirando hacia el jardín. A Longmore le dio la impresión de que Madame de Mauves había adivinado que él la había comprendido y despacio, muy despacio, fruto a medias de los vagos reproches que a sí mismo se hacía, por fin la entendió. Ella le brindaba la oportunidad de hacer galantemente lo que resultaría indigno de los dos si lo hiciera mezquinamente.
       Le gustaba él, tenía que haberle gustado mucho para desear librarse de él de aquel modo, tomándose la molestia de concebir para él un ideal de conducta. Al darse cuenta de cuál era su sentido de la amistad —una fuerte amistad, había, dicho ella misma poco antes— el alma de Longmore se elevó con ímpetu renovado, súbitamente sintiendo que respiraba un aire más puro. Las palabras dejaron de parecerle un mero intento de sobornar el ardor de su pasión; las mismas palabras estaban impregnadas de ardor; eran una felicidad presente. Avanzó rápidamente hacia ella con la sensación de que su descubrimiento era algo de lo que podía gozar al punto.
       Les separaban dos tercios de la longitud que tenía la terraza y Longmore había de pasar ante la puerta del salón. Al hacerlo se sobresaltó y profirió una exclamación. Allí se encontraba apostada Madame Clairin, observándole. Consciente al parecer de que pudiera sospecharse que escuchaba a escondidas, se adelantó sonriendo y miró primero a Longmore y después a su anfitriona.
       —Ante un téte—á—téte así —dijo— no deben pedirse disculpas por interrumpir. Se debe intervenir en favor de los buenos modos. Madame de Mauves se volvió pero no dio respuesta alguna. Miró directamente a Longmore y su mirada fue de una elocuencia extraordinaria. Cierto es que éste no sabía con total exactitud qué quería dar a entender aquella mirada, pero parecía evidente que decía algo así: “Lo llame como lo llame, eso que usted tiene urgente necesidad de decirme es lo único que se le ocurriría pensar a esa mujer. ¡Lo que yo le pido no es capaz ni de imaginárselo!” Con aquella mirada parecía de algún modo suplicarle que aceptara su fidelidad a sí misma; parecía insinuarle que su verdadera identidad tenía lo mínimo posible en común con Madame Clairin. En respuesta, él sintió un inmenso deseo de no hacer nada que le pareciera natural a esta última dama. Había dejado el sombrero y el bastón en la balaustrada de la terraza. Los recogió, le ofreció la mano a Madame de Mauves, dándole simplemente las buenas noches, saludó con una silenciosa inclinación de cabeza a Madame Clairin y se marchó.


IX

         Se fue al hotel y, sin encender la vela, se arrojó en la cama. Pero no concilió el sueño hasta muy de madrugada; se pasó una hora tras otra dando vueltas, pensando, haciéndose preguntas; jamás había desarrollado su mente tanta actividad. Le parecía que en aquellos últimos momentos Eufemia le había confiado una misión sublime y que se había expresado casi con tanta claridad como si, asintiendo, le hubiera oído declarar su amor. No resultaba fácil ni grato llegar a comprenderla; pero poco a poco su mente fue captando lo que ella quería dar a entender; cuando comprendió lo oportuno de la actitud seguida por Madame de Mauves, experimentó un alivio que en cierto modo mitigaba la sensación de haberla perdido. En primer lugar, ella quería dar a entender que no podría amarle en ninguna medida, bajo ningún concepto y en ningún futuro que cupiera imaginar. Esto era algo absoluto; Longmore sabía que no le era dado alterarlo, al igual que no le era dado cambiar de sitio las constelaciones que veía desde su cama a través de la ventana abierta. Se preguntó qué habría en su pasado para que Madame de Mauves se aferrara tan firmemente a ello: ¿Un sentido del deber que llegaba hasta las últimas consecuencias? ¿Un amor que ninguna afrenta sería capaz de extinguir? Dios mío., pensó, “¿habrá en el mundo tantas purísimas perlas de pasión como para que se pueda despilfarrar tanta ternura... desvaneciéndose sin un solo suspiro en una oscuridad sin fondo;. ¿Conservaría, pese al odioso presente, algún recuerdo precioso que encerrara el germen de una esperanza empequeñecida? ¿Estaría dispuesta a pasar por todo y no obstante a conservar la fe? ¿Qué era aquello? ¿Era fuerza, era debilidad, era miedo vulgar, era convicción, conciencia, constancia?
       Longmore se arrebujó con un suspiro, presa de la agobiante sensación de que era inútil tratar de averiguar los motivos de una mujer así. Sólo comprendía que Madame de Mauves guardaba sus motivos sepultados muy dentro de su alma y que debían ser de una índole muy delicada, nada vulgares. Un sensación oscura y abrumadora le hacía creer que la ley suprema que gobernaba el carácter de aquella mujer era una especie de constancia invulnerable, una constancia que aún encontraba punto de apoyo entre las ruinas que se desmoronaban. “Ha amado una vez”, se dijo a sí mismo, levantándose y yendo hacia la ventana; “y eso durará siempre. Sí, sí... si volviera a amar de nuevo seria como los demás”. Se quedó mucho tiempo contemplando la ciudad y el bosque, que guardaban silencio, iluminados por las estrellas, pensando lo que habría sido la vida si su propia constancia se hubiera encontrado con la de ella libre de compromiso. Pero la vida era así, ahora, y él tenía que vivir. Estar allí, de pie, dándole vueltas a la solicitud que le había hecho aquella mujer, era vivir intensamente. Él no iba a decepcionarla, iba a justificar una idea que se había abierto paso en ella, dando forma al hastío que dominaba su vida. La imaginación de Longmore se creció. Echó hacia atrás la cabeza; parecía estar buscando la idea de Madame de Mauves entre las burlonas, titilantes estrellas. Pero fue la idea la que se acercó hasta él, traída por la suave brisa nocturna que jugaba por encima de los tejados de las casas, bajo los cuales había otros tantos corazones apesadumbrados. Supo entender que lo que ella pedía lo pedía no por sí misma (nada temía, nada necesitaba), sino por él, por su felicidad y su carácter. Él debía plegarse ante el destino. ¿Por qué, si no, era joven, fuerte, inteligente y resuelto? No debía darle motivos para que le reprochara haberla creído capaz de dedicarle un momento de atención al amor que él le profesaba... no debía obligar a Madame de Mauves a suplicar, a discutir; no debían separarse con acritud. Él debía contemplarlo todo desde arriba, la indiferencia de ella y su propio apasionamiento; debía demostrar su fuerza, debía actuar con gallardía; debía decidir que lo gallardo era someterse a lo inevitable, ser supremamente delicado, ahorrarle a ella todo sufrimiento, ahogar la pasión que sentía, no pedir ninguna compensación, partir sin demora y tratar de pensar que la cordura era una recompensa en sí misma. En todo esto, ni más ni menos, consistía la amistad que Madame de Mauves esperaba de él. ¿Y qué ganaría él a cambio? ¡Haberla complacido! Volvió a arrojarse al lecho y por fin se apoderó el sueño de él. Durmió hasta por la mañana.
       Al día siguiente, antes de mediodía, había resuelto irse de Saint-Germain inmediatamente. Le parecía más fácil irse sin verla y, sin embargo, si pudiera pedir una minúscula “compensación”, ésta consistiría en estar cinco minutos cara a cara con ella. Pasó un día desasosegado. Dondequiera que iba le parecía verla de pie ante él, envuelta en el halo umbrío del crepúsculo, mirándole con un aire de rechazo sereno más embriagador que una apasionada semientrega. Debía ciertamente irse, y sin embargo le resultaba espantosamente difícil. Se comprometió a ello y se fue a París a pasar el resto del día. Paseaba por los bulevares, mirando las tiendas, se sentó un rato en los jardines de las Tullerías y contempló a los harapientos desheredados de la fortuna, para quienes aquello no era más que la conjunción del verano y la naturaleza; mas, como resultado de todo ello, simplemente experimentó la sensación de que el mundo al que Madame de Mauves le obligaba a volver era un lugar muy triste, polvoriento y desolado.
       Poseído por un estado de ánimo sombrío, regresó a los bulevares v se sentó en una de las mesas que había en una gran explanada de asfalto caliente, delante de un café. Cayó la noche, se encendieron los faroles, las mesas situadas en derredor hallaron ocupantes y París empezó a adquirir su peculiar aspecto nocturno, que parece decir, en medio del resplandor de los escaparates, las puertas de los teatros y el ruido amortiguado que producen las veloces ruedas de los carruajes, que el mundo es de quienes tienen los bolsillos repletos y los escrúpulos adormecidos. Longmore, sin embargo, no tenía ni escrúpulos ni deseos; por vez primera contemplaba la ciudad bulliciosa con la relajada sensación de estarle devolviendo la indiferencia que aquélla siempre mostraba. No había transcurrido mucho tiempo cuando un carruaje se detuvo junto a la acera justamente delante de donde se hallaba él. Durante varios minutos permaneció allí sin que su ocupante se bajara. Era uno de esos cupés sencillos y elegantes, tirados por un único y vigoroso caballo, en cuyo interior uno tiende a imaginar a una mujer de pálida belleza, hundida entre cojines de seda, que bosteza al tiempo que ve cómo se reflejan los faroles de gas en el arroyo. Por fin se abrió la puerta y apareció M. de Mauves. Permaneció algún tiempo junto al coche, asomado a la ventanilla y discutiendo acaloradamente con la persona que se hallaba dentro. Por fin efectuó una inclinación de cabeza y el carruaje se alejó. M de Mauves se quedó parado, mirando bulevar arriba y abajo, dándole vueltas al bastón, con el aire de alguien que —podría decirse— no sabe bien qué puede hacer con el impreciso interregno que media entre la tarde y la noche. Se volvió hacia el café, y ya se disponía, al parecer por falta de otra cosa más digna de su atención, a sentarse en una de las mesas, cuando descubrió a Longmore. Vaciló un instante y después, sin modificar en nada su paso indolente, avanzó hacia él, saludándole con la cabeza y sonriendo vagamente.
       Era la primera vez que se veían desde que se encontraran en el bosque, tras la falsa partida de Longmore hacia Bruselas. Las revelaciones —como podemos llamarlas— de Madame Clairin no habían hecho que tuviera especialmente presente al barón en su ánimo; sus emociones tenían otro destino distinto de la repugnancia. Pero cuando M. de Mauves se dirigió hacia donde estaba, Longmore sintió en lo más hondo de su corazón que aborrecía a aquel hombre. Advirtió, sin embargo, por vez primera que una sombra oscurecía la fría calma del barón, y el placer que le causó descubrir que por fin algo le turbaba también a él, junto con un deseo impulsivo de mostrarse impenetrable hasta la exasperación, le permitieron devolverle el saludo con toda la sangre fría del mundo.
       M. de Mauves se sentó al otro lado de la mesa y los dos hombres se miraron intercambiando saludos formales que hicieron poco por darle una apariencia airosa al escrutinio a que estaban sometiéndose uno a otro. Longmore no tenía ninguna razón para suponer que el barón tuviera conocimiento de las revelaciones hechas por su hermana. Estaba seguro de que a M. de Mauves le importaban muy poco sus opiniones, y no obstante le daba la sensación de que en su mirada había algo que habría hecho mudar de color al barón si una suspicacia más aguda le hubiera ayudado a interpretarla. M. de Mauves no mudó de color sino que miró a Longmore con una fijeza semidesafiante que al punto reveló que recordaba con irritación el episodio del Bois de Boulogne, así como que sentía tanta curiosidad y alarma como era natural en un caballero que había confiado su “honor” a la magnanimidad de otro caballero, o bien a su falta de recursos. Diríase que al barón le parecía que Longmore poseía aquellas virtudes en mucha menor medida que unos días antes, pues la nube que ensombrecía su rostro se hizo más oscura y desvió la mirada con gesto ceñudo, al tiempo que encendía un puro.
       Longmore pensó que la persona del cupé, tanto si era la misma que la protagonista del episodio acaecido en el Bois de Boulogne como si no, no era una fuente de deleite sin mácula. Longmore tenía los ojos azul oscuro, de una lucidez admirable, ojos que decían la verdad y que en su niñez siempre hacían sonreír a las personas encargadas de cuidarle cuando decía alguna mentirijilla infantil. Un espectador que estuviera observando a los dos hombres y que supiera algo de sus relaciones, habría dicho sin duda que lo que veía en aquellos ojos debía haber intrigado y atormentado no poco a M. de Mauves. Eran ojos que lo juzgaban, se burlaban de él, lo eludían, le amenazaban, triunfaban sobre él, le trataban como ningunos otros ojos le habían tratado jamás. La táctica que durante toda su vida había seguido el barón consistía en no hacer feliz a nadie más que a sí mismo y hete aquí que Longmore, si había que confiar en las apariencias, ya se aprestaba a acometer una empresa más noble que el mejor de sus logros. ¿No sería aquel joven tan franco, después de todo, un faux bonhomme? Ya había intrigado Longmore antes al barón, y más de una vez.
       A M. de Mauves le resultaba odioso ofrecer aspecto de preocupación y cogió el diario de la tarde para ayudarse a ofrecer un aspecto de indiferencia. Estando hojeándolo dijo algún tópico a propósito de la situación política, lo cual le facilitó a Longmore la ocasión de responder con una salida irónica que de momento le dejó agresivamente a sus anchas. Y sin embargo, nuestro héroe distaba mucho de ser el dueño de la situación; el mal humor del barón le hacía a Longmore sentirse bien, por cuanto indicaba una falta de armonía entre aquél y la dama del cupé; pero se sintió profundamente molesto cuando empezó a sospechar que tal vez el barón tuviera celos de él. Se le pasó por la cabeza la idea de que los celos son una pasión con dos caras y que en algunos aspectos guardan un parecido plausible con el afecto. Una y otra vez pensaba con desagrado que el barón podría llegar a sentirse avergonzado de la unión política que mantenía con su mujer y comprendió que en el futuro le resultaría mucho más tolerable recordar al barón como un infame irreductible que no como un personaje arrepentido. Los dos hombres se pasaron media hora sentados, durante la cual apenas intercambiaron unos cuantos comentarios intrascendentes; el barón sentía una necesidad nerviosa de desempeñar el papel de espía y Longmore, a su vez, disfrutaba cruelmente con la incomodidad del otro. Aquellas rígidas cortesías se vieron no obstante interrumpidas por la llegada de un amigo de M. de Mauves, un dandy alto, de tez pálida y aspecto de tísico que inundó el aire de olor a heliotropo. El recién llegado miró en las dos direcciones del bulevar con hastío, examinó el atuendo del barón de la cabeza a los pies, después examinó el suyo de idéntico modo, anunciando por fin que la duquesa se encontraba en la ciudad. M. de Mauves tenía que acompañarle para hacerle una visita; un par de noches antes la duquesa le había denigrado de un modo terrible... señal inequívoca de que deseaba verle.
       —Dependo de usted —dijo el amigo de M. de Mauves arrastrando la voz con cadencia infantil— para mettre en train a la duquesa.
       M. de Mauves se resistía, alegando estar d’une humeur massacrante; pero por fin se dejó arrastrar. Cuando quiso darse cuenta estaba de pie, mirando torpemente (torpemente, teniendo en cuenta que se trataba de M. de Mauves) a Longmore.
       —Usted me disculpará —dijo el barón con sequedad—; seguramente usted también tendrá alguna ocupación esta noche.
       —Ninguna, excepto coger el tren —respondió Longmore mirando su reloj.
       —Ah, ¿regresa usted a Saint-Germain?
       —Dentro de media hora.
       M. de Mauves dio la impresión de ir a soltarse de un momento a otro del brazo de su amigo, que se había cogido del suyo; pero éste debió de decirle al oído algo persuasivo, pues el barón, tras quitarse el sombrero con aire altanero, se alejó.
       Al día siguiente Longmore preparó su baúl con heroísmo tenaz y partió camino de la terraza, intentando aliviar el desasosiego con que aguardaba la llegada de la tarde. Deseaba ver por última vez a Madame de Mauves a esa hora en que las sombras son alargadas y las luces tienen pálidos reflejos rosáceos, pues así la había visto casi siempre. Sin embargo, el destino no tuvo en cuenta aquella humilde petición de justicia poética; quiso su fortuna que se encontrara a Madame de Mauves en la terraza, sentada bajo un árbol, sola. A aquella hora el lugar siempre estaba casi vacío; hacía un día de calor, pero cuando se sentó junto a ella, una leve brisa agitó los límites frondosos del ancho círculo de sombra en el que se hallaba sentada. Ella le miro con preocupación sincera y Longmore le dijo inmediatamente que se iría de Saint-Germain aquella noche, que debía despedirse de ella. Ella abrió mucho los ojos, iluminándosele la mirada cuando él habló; mas no dijo nada y volvió la vista hacia los destellos y parpadeos que a lo lejos despedía París por entre sus tórridas emanaciones.
       —Tengo que hacerle un ruego —añadió Longmore—. Que me recuerde como un hombre que ha sentido mucho y pedido poco.
       Madame de Mauves exhaló un largo suspiro que casi sugería dolor.
       —No podré recordarle como una persona desdichada. Es imposible. Tiene usted una vida por delante, tiene obligaciones, talento e intereses. Sabré de sus progresos. Además —prosiguió, tras una pausa, con profunda seriedad— no se puede ser desdichado después de que la opinión que le merece una amiga mejora en lugar de empeorar.
       Por un momento no la entendió:
       —¿Quiere decir que la opinión que usted me merece puede ir variando?
       Ella se levantó y apartó de sí la silla.
       —Quiero decir —dijo prontamente— que es mejor no haber hecho nada con acritud, no haber hecho nada bajo los dictados de la pasión.
       Entonces echó a andar. Longmore la siguió, sin responder; se quitó el sombrero y se enjugó la frente con su pañuelo de bolsillo. Por fin, preguntó:
       —¿Dónde ira? ¿Qué hará?
       —¿Hacer? Haré lo que siempre he hecho... excepto que tal vez me vaya una temporada a Auvernia.
       —Yo me iré a los Estados Unidos. De momento, Europa se ha acabado para mí.
       Cuando hubo dicho estas palabras, Madame de Mauves miró al hombre que caminaba a su lado y a continuación bajó la vista, dejándola mucho tiempo fija en el suelo. Por fin, al darse cuenta de que se estaba alejando mucho, se detuvo y, ofreciéndole la mano a Longmore, dijo:
       —Adiós. ¡Ojalá alcance usted toda la felicidad que merece! Longmore cogió su mano y miró a Madame de Mauves, pero en su interior sucedía algo que le impedía devolver la leve presión de la mano que estrechaba la suya. Algo que tenía un valor infinito llegó flotando hasta su ser y lo traspasó; él había jurado no mover un dedo para detener aquello. Era algo que no arrastraba el pequeño torrente de su propia vida, sino la corriente impetuosa que mueve la vida del mundo entero. Madame de Mauves retiró la mano, se echó el chal por los hombros y le sonrió casi como le sonreiría a un niño al que se le quieren infundir ánimos. Momentos después él seguía de pie en el mismo sitio, viendo cómo se alejaba su figura. Cuando hubo desaparecido, con un movimiento volvió en sí, regresó rápidamente a su hotel y, sin esperar hasta el tren de la noche, pagó la cuenta y se marchó.
       Más avanzado el día, M. de Mauves acudió al salón de su esposa, donde ésta aguardaba que le anunciaran la cena. Iba muy escrupulosamente vestido, lo cual parecía indicar que tenía intención de cenar fuera. Se paseó por la habitación en silencio durante unos minutos, después tocó el timbre para que acudiera un criado y salió al recibidor a esperarlo. Pidió un coche para ir a la estación, se quedó parado un momento con la mano en el pomo de la puerta, despidió irritado al criado, viendo que éste se demoraba observándole, volvió a entrar en el salón, reanudó su inquieto pasear y por fin, bruscamente, avanzó hacia su esposa, que había cogido un libro. Con evidente esfuerzo, pese a que forzó una sonrisa de cortesía, dijo:
       —¿Puedo solicitar el favor de que se me conteste a una pregunta?
       —Es un favor que jamás he denegado —replicó Madame de Mauves.
       —Muy cierto. ¿Esperas esta noche visita del señor Longmore?
       —El señor Longmore —dijo su esposa— se ha ido de Saint-Germain.
       M. de Mauves dio un respingo y su sonrisa expiró.
       —El señor Longmore —prosiguió su esposa— se ha ido a Estados Unidos.
       M. de Mauves se quedó mirándola fijamente unos instantes, enrojeció intensamente y apartó la mirada. Después, recobrándose, preguntó:
       —¿Es que ha pasado algo? ¿Ha recibido una llamada repentina?
       Pero su pregunta no obtuvo respuesta. En aquel mismo momento el criado abrió la puerta y anunció la cena; Madame Clairin entró en medio del crujir de su vestido, frotándose las blancas manos; Madame de Mauves pasó en silencio al comedor, y su marido siguió allí, con el ceño fruncido y aspecto intrigado. No mucho tiempo después salió a la terraza y prosiguió su inquieto pasear. Al cabo de un cuarto de hora el criado fue a informarle de que el coche aguardaba a la puerta.
       —Despídalo —dijo lacónicamente—. No voy a utilizarlo.
       Cuando las señoras estaban casi acabando la cena acudió él a unirse a ellas, pidiéndole formalmente disculpas a su esposa por su tardanza.
       Volvieron a traer los platos pero él apenas los probó; sin embargo, bebió mucho vino. Hubo poca conversación; la que hubo corrió a cargo de Madame Clairin. Dos veces advirtió los ojos de su hermano fijos en los de ella, por encima del vaso de vino, lanzándole una mirada penetrante e interrogativa. Le respondió enarcando las cejas, lo cual desempeñaba el mismo cometido que si se hubiera encogido de hombros. M. de Mauves se quedó solo, terminando de beber su vino; se quedó sentado con el vino delante más de una hora, permitiendo que la oscuridad lo envolviese. Por fin acudió el criado con una misiva y encendió una vela. La misiva era un telegrama que M. de Mauves, una vez leído, quemó con la vela. Después de pensarlo durante cinco minutos, escribió un mensaje en el dorso de una tarjeta de visita y se la dio al criado para que la llevara a la oficina de telégrafos. El sirviente sabía de la dama a quien iba dirigido el telegrama tanto como su amo sospechaba; pero el contenido le dejó intrigado. Consistía en una sola palabra: “Imposible”. Como la noche avanzaba y su hermano no volvía al salón, Madame Clairin acudió junto a él, hallándolo sentado junto a la vela solitaria. Durante un tiempo hizo caso omiso de la presencia de su hermana, aunque hay que decir que el barón era la única persona a quien ella le permitía aquella licencia. Por fin dijo, hablando con tono apremiante:
       —El americano se ha ido a su país, anunciándolo sólo con una hora de antelación. ¿Qué significa eso?
       Ahora Madame Clairin pudo encogerse de hombros libremente, cosa que hubo de reprimir cuando estaban en la mesa.
       —Significa que tengo una cuñada a la que no tengo el honor de comprender.
       Él no dijo nada más, permitiendo silenciosamente que se fuera, como si ella tuviera la obligación de darle una explicación y estuviera disgustado por su ligereza. Cuando su hermana se hubo ido, él salió al jardín y empezó a pasearse de un lado a otro, fumando. Vio a su esposa sentada a solas en la terraza, pero continuó abajo, paseándose por las estrechas avenidas. Siguió así mucho tiempo. Se hizo tarde y Madame de Mauves desapareció. Hacia la medianoche el barón se dejó caer en un banco, cansado, dejando escapar una especie de suspiro malhumorado. Se estaba abriendo lentamente paso en su cabeza la idea de que él tampoco comprendía a la cuñada de Madame Clairin.
       Longmore se vio obligado a pasar una semana en Londres, esperando que hubiera barco. Hacía mucho calor y uno de los días lo pasó en Richmond. En el jardín del hotel donde cenaba se encontró a su amiga, la señora Draper, que se alojaba allí. Ésta le preguntó con mucho interés por Madame de Mauves, pero Longmore al principió, estando los dos sentados contemplando el famoso panorama del Támesis, eludió sus preguntas, limitándose a hablar de cosas sin importancia. Por fin su amiga le dijo que mucho se temía que él tuviera algo que ocultar, en vista de lo cual, tras una pausa, Longmore le preguntó si recordaba haberle recomendado en la carta que le envió a Saint-Germain, que borrara la tristeza que había en la sonrisa de su amiga.
       —Lo último que vi al despedirme de ella —dijo Longmore— fue su sonrisa.
       —Recuerdo haberle instado a “consolarla” —respondió la señora Draper— y después me he preguntado, siendo como es usted un modelo de discreción, si no le habría dado un consejo un tanto ingenuo.
       —Ella encuentra consuelo en sí misma —dijo él—; no necesita el que pueda brindarle ninguna otra persona. Eso queda para los problemas (sean mayores ó menores) que hemos creado con nuestra propia estupidez. A Madame de Mauves no le queda ni un átomo de estupidez.
       —¡Ah, no diga eso! —musitó la señora Draper—. Una pizca de estupidez resulta muy graciosa.
       Longmore se puso en pie con un movimiento brusco y nervioso, disponiéndose a irse.
       —No hable de gracia —dijo— en tanto no haya ponderado la razón de su amiga.
       Durante los dos años siguientes a su regresó a los Estados Unidos no supo nada de Madame de Mauves. Que pensaba en ella intensa, constantemente, casi no hace falta que lo diga: la mayoría de la gente se preguntaba por qué aquel joven tan inteligente no se dedicaba a hacer algo; pero de cara a sí mismo él tenía una ocupación absorbente. Jamás escribió a Madame de Mauves, creía que ella lo prefería así. Por fin supo que la señora Draper había vuelto e inmediatamente fue a visitarla.
       —Naturalmente —dijo aquélla tras los primeros saludos— estará usted muriéndose por saber de Madame de Mauves. Prepárese a oír algo muy extrañó. Tuve noticias de ella en dos o tres ocasiones a lo largó del año siguiente a que usted partiera. Dejó Saint-Germain y se fue a vivir al campo, a una antigua propiedad de su marido. Me escribía breves notas, sumamente amables, pero, no sé por qué, me daba la sensación (pese a lo que ha dicho usted del “consuelo”) de que eran las notas de una mujer muy triste. El único consejo que hubiera podido darle era que dejara al malvado de su marido y se volviera a su tierra, con su gente. Pero como no me consideraba en libertad para hacer aquello y no obstante me sentía muy mal por no poder ayudarla, opté por dejar que nuestra correspondencia muriera de muerte natural. Pasó un año durante el cual no tuve noticias de ella. Sin embargó, el verano pasado me encontré en Vichy con un joven e inteligente caballero francés de quien supe por casualidad que era amigó de la encantadora cuñada de Eufemia, Madame Clairin. Sin pérdida de tiempo le pregunté qué sabía de Madame de Mauves, diciéndole que era compatriota mía y una antigua amiga. “La felicitó por estar en posesión de su amistad”, respondió. “Es esa mujercita encantadora que mató a su marido”. Ya puede imaginarse que inmediatamente le pedí una explicación, por lo que procedió a referirme lo que él llamó “toda la historia”. M. de Mauves había fait quelques folies que su esposa, absurdamente, se tomó muy a pecho. Se arrepintió y le pidió perdón, a lo que ella se negó inexorablemente. Era muy guapa y, al parecer, la severidad iba muy bien con su estilo pues su marido, hubiera o no estado enamorado de ella con anterioridad, se enamoró perdidamente de ella entonces. Era el hombre más orgulloso de Francia pero, puesto de rodillas, le suplicó ser readmitido de nuevo en su favor. ¡Todo fue en vano! Madame de Mauves era de piedra, era de hielo, era la virtud ultrajada. La gente advirtió un gran cambio en él: abandonó la sociedad, todo dejó de importarle, y tenía un aspecto lamentable. Un buen día se supo que se había saltado la tapa de los sesos. Por supuesto, a mi amigo le contó la historia Madame Clairin.
       Longmore se sintió muy conmocionado y su primer impulso, una vez que recuperó la compostura, fue el de regresar inmediatamente a Europa. Pero ya han pasado varios años y aún sigue sin moverse. La verdad es que, en medió de toda la ternura apasionada del recuerdo que conserva de Madame de Mauves, ha descubierto un sentimiento muy singular, un sentimiento que no sería exagerado calificar de temor reverencial.



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