Henry James
(1843-1916)

Historia de una obra maestra
(1868)
(“The Story of a Masterpiece”)
Originalmente publicado en la revista The Galaxy, Vol. 5,
(enero de 1868), págs. 5-21, y (febrero de 1868), págs. 133-143;
Eight Uncollected Tales of Henry James [póstumo]
(New Brunswick: Rutgers University Press, 1950)



I

        Fue apenas el verano pasado, durante una estancia de seis semanas en Newport, cuando John Lennox se prometió a Miss Marian Everett, de Nueva York.
       Mr. Lennox era viudo, sin hijos, y poseía una gran fortuna. Tenía treinta y cinco años, un aspecto suficientemente distinguido y unos modales excelentes. Era también un hombre de costumbres irreprochables, que contaba con una cantidad excepcional de sólida información y cuyo carácter, se decía, había sido sometido a un difícil y provechoso periodo de prueba durante su corta vida de casado. Por todo ello, se consideraba que era Miss Everett quien se llevaba un buen partido y la que más salía ganando con el enlace.
       Sin embargo, también Miss Everett era una joven muy atractiva desde el punto de vista del matrimonio. La bella Miss Everett, como la llamaban para distinguirla de algunas primas poco agraciadas con quienes, dado que no tenía madre ni hermanas, estaba obligada a pasar una gran parte de su tiempo como exigía el decoro. Esa cualidad, cabe suponer, proporcionaba a la muchacha una satisfacción mayor que la que podía producir en sus jóvenes y excelentes parientes.
       Marian Everett, en efecto, no tenía un céntimo, pero estaba ricamente dotada de todos los dones que hacen que una mujer sea encantadora. Era, sin duda alguna, la muchacha más adorable del círculo en el que vivía y donde se movía. Incluso algunas de sus mayores, mujeres de más experiencia y, por así decirlo, de mayor valía, no eran en la práctica tan agradables como ella a pesar de que gozaban de mayor libertad de acción por estar casadas. Sin embargo, en su imitación de los buenos modales de estas mujeres más libres, Miss Everett jamás se había alejado en lo más mínimo de la estricta conducta que una joven debía adoptar para preservar su dignidad. Profesaba una devoción casi religiosa hacia el buen gusto y contemplaba con horror las escandalosas maneras de muchas de sus compañeras. Además de ser la joven más divertida de Nueva York, mostraba asimismo una conducta impecable. Su belleza era tal vez discutible, pero nunca fue puesta en duda. De estatura ligeramente inferior a la media, su persona estaba marcada por un perfil de gran plenitud y redondez. Esta atractiva turgencia no impedía sin embargo que sus movimientos fueran absolutamente ligeros y elásticos. Su tez era la de una auténtica rubia —una rubia cálida, con un leve sonrojo en las mejillas y la luz de un sol estival reflejada en su cabello de color castaño rojizo. Sus rasgos no habían sido moldeados según el modelo clásico, pero su expresión era agradable en grado sumo. Su frente era baja y amplia, su nariz pequeña, y su boca —bueno, los envidiosos consideraban que su boca era enorme. Es cierto que tenía una gran capacidad para sonreír, y que cuando cantaba (lo que hacía con infinita dulzura) emitía un abundante caudal de sonido. De forma muy leve, su rostro era tal vez redondo en exceso y sus hombros demasiado altos; pero, como digo, el resultado general no dejaba nada que desear. Podría señalar unas cuantas imperfecciones en lo que se refiere a su rostro y su figura y aun así fracasaría absolutamente en restar validez a la impresión que producían. Hay algo esencialmente descortés y ciertamente poco razonable en el intento de confirmar o rebatir en detalle la belleza de una mujer, y un hombre no obtiene sino lo que se merece cuando descubre que, en sentido estricto, la suma de los diferentes rasgos no logra componer el total. Apártense caballeros, y dejen que sea ella quien realice la adición. Además de su belleza, Miss Everett brillaba por su buen carácter y sus vivaces apreciaciones. No pronunciaba duros discursos ni se ofendía por ellos y, por otra parte, disfrutaba con mucho interés de la agudeza intelectual, que incluso cultivaba. Su gran mérito residía en que no reivindicaba ni reclamaba cosa alguna. Del mismo modo que no había nada artificial en su belleza, su inteligencia y cordialidad carecían de pedantería y sentimentalismo. La primera de estas cualidades era todo frescura y las otras todo bonhomie.
       John Lennox la conoció, y al enamorarse de ella le ofreció su mano. Aceptándola, Miss Everett adquirió a los ojos del mundo la única ventaja de la que carecía —una completa estabilidad y seguridad de posición. Sus amigos gustaban de comparar con complacencia su brillante y cómodo futuro con su, en cierta forma, precario pasado. A Lennox, sin embargo, le felicitaban a diestro y siniestro, pero no muy a menudo por su confianza. La de Miss Everett no era puesta a prueba de forma tan severa, si bien ciertos conocidos proclives a dar lecciones de moral le recordaban a menudo que tenía motivos para estar muy agradecida por la elección de Mr. Lennox. Miss Everett escuchaba estas afirmaciones con una apariencia de paciente humildad, que resultaba extraordinariamente favorecedora. Era como si por él, consintiera incluso en ser molestada.
       Quince días después de anunciar su compromiso, ambos regresaron a Nueva York. Lennox vivía en una casa de su propiedad, que ahora se ocupaba en reparar y reformar puesto que la boda se había fijado para el final del mes de octubre. Miss Everett vivía en unas habitaciones alquiladas junto con su padre, un anciano y decrépito caballero, que se frotaba sus ociosas manos de la mañana a la noche ante la idea del matrimonio de su hija.
       John Lennox, habitualmente un hombre de muchos recursos, sociable, amante de la lectura, de la música y no reacio a la política, pasó las primeras semanas del otoño de forma agitada e inquieta. Cuando un hombre se acerca a la mediana edad le resulta difícil llevar con elegancia la distinción de estar prometido y le es complicado cumplir los diferentes petits soins propios de su situación con la presteza apropiada. Aquellos que le conocían bien percibieron una cierta solemnidad dramática en los quehaceres de Lennox. Un tercio de su tiempo lo pasaba curioseando en Broadway, de donde regresaba unas cuantas veces por semana cargado de chucherías y baratijas que terminaba por considerar demasiado pueriles y vulgares para regalárselas a su amada. Otra tercera parte la pasaba en el salón de Miss Everett, momentos durante los cuales Marian no recibía otras visitas. El resto del tiempo lo pasaba, como le dijo a un amigo, Dios sabía cómo. Esta expresión resultó más drástica de lo que su compañero esperaba oír, puesto que Lennox no era un hombre que se precipitara al hablar ni alguien, según creía su amigo, de una naturaleza fuertemente apasionada. Era evidente, sin embargo, que estaba muy enamorado o, al menos, que estaba considerablemente trastornado.
       —Cuando estoy con ella todo está en orden —continuó—, pero cuando me alejo siento como si me hubieran arrojado fuera del mundo de los vivos.
       —Debes ser paciente —dijo su amigo—; aun así, pareces estar destinado a tener una vida difícil.
       Lennox permaneció en silencio. Su rostro se mostraba más sombrío de lo que a su amigo le habría gustado ver.
       —Espero que no haya ningún problema —continuó este último, con la esperanza de persuadirle para que confesara aquello que pudiera pesarle en la conciencia.
       —Algunas veces temo… algunas veces creo que ella no me ama realmente.
       —Bueno, dudar un poco no hace daño a nadie. Es mejor que estar demasiado seguro y hundirse en la vanidad. Sólo tienes que estar seguro de que la quieres.
       —Sí —dijo Lennox solemnemente—, eso es lo fundamental.
       Una mañana, incapaz de concentrarse en libros o en papeles, ideó una manera de pasar el tiempo.
       En Newport había conocido a un joven artista llamado Gilbert, cuyo talento y conversación habían despertado en él una profunda simpatía. El pintor, tras abandonar Newport, iba a viajar a Adirondacks y estaría de regreso en Nueva York a comienzos de octubre, momento en el que sugirió a su amigo que lo visitara.
       En la mañana de la que hablo, Lennox pensó que Gilbert ya debía de haber regresado a la ciudad y estaría esperando su visita. Así pues, de forma inmediata, se dirigió a su estudio.
       La tarjeta de Gilbert colgaba en la puerta, pero, al entrar, Lennox encontró la habitación ocupada por un extraño, un joven con atuendo de pintor que trabajaba ante un gran panel. Este caballero le informó de que compartía temporalmente el estudio de Mr. Gilbert y de que este último había salido por unos instantes.
       Lennox, por tanto, se preparó a esperar su regreso. Entró en conversación con el joven, a quien consideró muy inteligente. Descubrió, además, que el muchacho era también al parecer un gran amigo de Gilbert. Por todo ello, lo observó con gran interés. Tendría algo menos de treinta años. Era alto y robusto y poseía un rostro de rasgos firmes, jovial y delicado. Llevaba también una espesa barba de color castaño rojizo. Lennox quedó impresionado por este semblante, que parecía expresar una gran perspicacia al tiempo que revelaba el temperamento esencial de un pintor.
       “El trabajo de un hombre con un rostro semejante debe de ser digno de observación”, se dijo a sí mismo.
       Por consiguiente, preguntó a su compañero si podía acercarse a mirar el cuadro que pintaba. El joven accedió de buena gana y Lennox se colocó ante el lienzo.
       Este contenía un retrato de medio cuerpo de una figura femenina con un traje y una expresión tan ambiguos que Lennox no estaba seguro de si se trataba de un verdadero retrato o de una invención: era la imagen de una joven de cabello rubio que, cubierta de un rico vestido medieval, parecía una condesa del Renacimiento. Su figura resaltaba sobre un oscuro tapiz. Con los brazos cruzados libremente y la cabeza erguida, sus ojos miraban al espectador, hacia quien parecía moverse —“Dans un flot de velours traînant ses petits pieds”.
       Mientras Lennox estudiaba el rostro de la dama, este pareció revelarle un oculto parecido con unos rasgos que él conocía bien, los de Marian Everett. Es comprensible por tanto que se mostrara ansioso por saber si el parecido era o no accidental.
       —Imagino que es un retrato “de alguien” —dijo al artista.
       —No —respondió este último—, es una mera composición: un poco de allí y un poco de allá. El cuadro me rondaba en la cabeza desde hace dos o tres años como una especie de cajón de sastre de ideas descartadas. Ha sido víctima de innumerables teorías y experimentos, pero parece haber sobrevivido a todos ellos. Imagino que posee una cierta dosis de vitalidad.
       —¿Lo ha titulado de algún modo?
       —En un primer momento lo titulé como algo que leí… el poema de Browning Mi última duquesa. ¿Lo conoce?
       —Perfectamente.
       —Ignoro si el poema es un intento de personificar la impresión del poeta respecto a un retrato que existe realmente. Pero ¿por qué debería preocuparme? El cuadro es un sencillo intento de plasmar mi propia y particular impresión del poema, que siempre ha tenido una fuerte influencia en mi imaginación. No sé si estará de acuerdo con la impresión que tenga usted y con la de la mayoría de los lectores. Pero el título no me importa. El propietario del cuadro es libre de bautizarlo de nuevo.
       Lennox observaba el cuadro. Cuanto más lo contemplaba tanto más le gustaba y mayor le parecía la correspondencia entre la expresión de la dama y aquella de la que él había dotado a la heroína de los versos de Browning. De igual forma, estaba cada vez más convencido de que el rasgo que el rostro de Marian y el de la tela poseían en común no era un hecho casual. Pensó en las nobles líneas del gran poeta y en su exquisito mensaje, así como en el hecho de que la fisonomía de la mujer que amaba hubiera sido elegida como el exponente más adecuado de ese significado.
       Giró la cabeza con los ojos llenos de lágrimas.
       —Si yo fuera el propietario del cuadro —dijo finalmente contestando a las últimas palabras del artista—, estaría tentado de titularlo con el nombre de una persona a quien me recuerda enormemente.
       —¡Ah! —exclamó Baxter—. ¿Una persona en Nueva York? —preguntó tras una pausa.
       Sucedía que, una semana antes, a petición de su prometido, Miss Everett había acudido en su compañía al estudio de un fotógrafo, quien le tomó fotografías en diferentes posturas. Las pruebas de dichas fotografías le fueron enviadas por correo para que escogiera entre ellas. Marian eligió unas cuantas —más bien fue Lennox quien lo hizo— y este último las había puesto en su bolsillo con la intención de detenerse en la tienda y encargarlas. Lennox tomó entonces su agenda y enseñó al pintor una de las pruebas.
       —Hay un gran parecido entre su duquesa y esta joven dama —dijo Lennox.
       El artista miró la fotografía.
       —Si no me equivoco —dijo tras una pausa—, la joven dama es Miss Everett.
       Lennox asintió confirmándolo.
       Su compañero permaneció en silencio durante unos momentos, examinando la fotografía con considerable interés, pero, tal como Lennox observó, sin compararla con su cuadro.
       —Mi duquesa tiene un cierto parecido a Miss Everett, pero no es exactamente intencionado —afirmó finalmente—. Comencé el cuadro antes de conocerla siquiera. Miss Everett, como ve —o como sabe— tiene un rostro encantador, y, durante las pocas semanas en que la vi, continué trabajando en mi obra. Ya sabe cómo trabaja un pintor, cómo trabajan los artistas de todo tipo: reclaman como suyo lo que encuentran en cualquier parte. No dudé en adoptar para mi propósito aquello que encontré en el aspecto de Miss Everett, especialmente porque me había sentido algo perdido en cuanto a un tipo de expresión que su rostro representaba a la perfección. Tengo entendido que la duquesa era italiana, y decidí que sería rubia. Por la intensidad y calidez del tono de su piel, la apariencia de Miss Everett resulta absolutamente meridional, por no hablar de la amplitud y generosidad de sus rasgos tan común en las mujeres italianas. Me disculpo, sin embargo, si la copia traiciona el original.
       —Dudo de que traicione otra percepción que no sea la mía —dijo Lennox—. Tengo el honor —añadió tras una pausa—, de estar prometido a Miss Everett. Me disculpará, por tanto, si le pregunto si tiene intención de vender su cuadro.
       —Ya está vendido… a una dama —replicó el artista con una sonrisa—, una dama soltera que es una gran admiradora de Browning.
       En ese momento Gilbert regresó. Los dos amigos se saludaron y su compañero se retiró a otro rincón del estudio. Tras conversar brevemente para ponerse al día de lo que había ocurrido en sus vidas desde la última vez que se vieron, Lennox le habló del pintor de la duquesa y de su extraordinario talento, y expresó su sorpresa por no haber oído hablar de él anteriormente así como por el hecho de que Gilbert no se lo hubiera mencionado.
       —Su nombre es Baxter, Stephen Baxter —dijo Gilbert—, y hasta su regreso de Europa, hace quince días, sabía de él tan poco como tú. Es todo un ejemplo de progreso. Lo conocí en París en el 62. En aquella época no hacía absolutamente nada. Desde entonces, ha aprendido lo que ves. Cuando llegó a Nueva York le resultó imposible encontrar un estudio suficientemente grande donde albergarse. Como con mis pequeños bocetos sólo ocupo una esquina del mío, le ofrecí que utilizara el resto hasta que pueda permitirse un lugar a su gusto. Cuando comenzó a desempaquetar sus cuadros descubrí que había estado dando cobijo a un ángel inadvertidamente.
       Entonces Gilbert procedió a descubrir, para que su amigo los estudiara, varios de los retratos de hombres y mujeres que Baxter había llevado a cabo. Cada una de estas obras confirmaba su impresión acerca del talento del pintor. Lennox regresó de nuevo al cuadro del caballete. Como respuesta a su silenciosa llamada, Marian Everett reapareció mirando a través de sus ojos con una profunda ternura y melancolía.
       “Dirá lo que guste,” pensó Lennox, “pero el parecido es también, en cierto grado, un asunto de expresión”.
       —Gilbert —añadió, deseando medir la intensidad de la semejanza—, ¿a quién te recuerda?
       —Sé a quien te recuerda a ti —dijo Gilbert.
       —¿Y tú también lo aprecias?
       —Ambas son espléndidas, y ambas tienen el cabello entre castaño y rojizo. Eso es todo lo que veo.
       Lennox se sintió un tanto aliviado. Pensaba, no sin una cierta inquietud —sentimiento en absoluto contradictorio con su primer momento de orgullo y satisfacción— que la singular y característica belleza de Marian había sido expuesta a la intensa apreciación de otra persona diferente a él. Se alegró al concluir que lo que había impresionado al pintor era únicamente la parte más externa de su apariencia, siendo el resto obra de su propia imaginación. Mientras caminaba de vuelta a casa, se le ocurrió que una manera por su parte de rendir tributo a la belleza de la muchacha sería encargar su retrato a este inteligente joven. Su compromiso había sido hasta el momento un asunto de puro sentimiento, y él se había preocupado de forma casi maniática de no ofrecer la imagen de ser un vulgar proveedor de lujos y placeres. De forma práctica, y hasta el momento, Lennox había sido para su futura mujer un hombre pobre, o más bien tan sólo un hombre, sin más, y no un millonario. Habían montado a caballo los dos, le había enviado flores y habían ido juntos a la ópera, pero no le enviaba dulces de frutas, ni se entretenían con juegos de azar, ni le regalaba joyas. Las amigas de Miss Everett habían observado que él no le había regalado todavía ni el más sencillo anillo de compromiso, ya fuera de perlas o de diamantes. Marian, sin embargo, se sentía muy dichosa. Era por naturaleza una gran artista de la mise en scene de las emociones y sentía instintivamente que esta moderación clásica era tan sólo la premonición inversa de una inmensa abundancia matrimonial. Lennox había seguido a fondo su propio instinto en su intento de evitar que sus relaciones con Miss Everett estuvieran teñidas de algún modo por Ja condición accidental de las fortunas de alguna de las partes. Sabía que llegaría un día en que sentiría un impulso fuerte e irresistible de ofrecer a su amada alguna muestra visible y artística de su afecto, y que su regalo transmitiría una mayor satisfacción por ser único en su estilo. Consideró que entonces había llegado su oportunidad. ¿Qué obsequio podría ser más delicado que ofrecer a la muchacha la oportunidad de contribuir con su paciencia y buena voluntad a que su marido poseyera un retrato perfecto de su rostro?
       Esa misma noche Lennox cenó con su futuro suegro, como solía hacer una vez a la semana.
       —Marian —dijo en el transcurso de la cena—, he visto esta mañana a un viejo amigo tuyo.
       —Ah —dijo Marian—, ¿quién era?
       —Mr. Baxter, el pintor.
       Marian mudó de color de manera apenas perceptible; no más, de hecho, de lo que era natural para una sincera sorpresa.
       Su sorpresa, sin embargo, no podía haber sido mucha puesto que afirmó haber visto mencionado su regreso a América en un periódico, y porque sabía que Lennox frecuentaba la compañía de artistas.
       —Espero que todo le esté yendo bien —añadió.
       —¿Dónde conociste a este caballero, querida? —preguntó Mr. Everett.
       —Lo conocí hace dos años en Europa… primero en verano, en Suiza, y después en París. Es un pariente lejano de Mrs. Denbigh.
       Mrs. Denbigh era la dama en cuya compañía había pasado Marian un año en Europa hacía poco —viuda, rica, sin hijos, inválida, y una vieja amiga de su madre.
       —¿Continúa pintando?
       —Eso parece, y sobradamente bien. Tiene dos o tres retratos de una calidad excelente. También tiene un cuadro que me recordó a ti.
       —¿Su Última duquesa? —preguntó Marian con algo de curiosidad—. Me gustaría verlo. Si crees que se parece a mí deberías comprarlo, John.
       —Deseaba hacerlo, pero ya está vendido. Entonces, ¿lo conoces?
       —Sí, por el mismo Mr. Baxter. Lo vi en un estadio muy rudimentario, cuando no se asemejaba a nada que pudiera parecerse a mí. Mrs. Denbigh se sorprendió mucho cuando le dije a Mr. Baxter que me complacía de que fuera su “última”. El cuadro, de hecho, hizo que nos conociéramos.
       —Y no viceversa —dijo Mr. Everett, en tono de burla.
       —¿En qué forma viceversa? —preguntó Marian, inocentemente—. Vi a Mr. Baxter por primera vez en una fiesta en Roma.
       —Pensaba que habías dicho que lo conociste en Suiza —dijo Lennox.
       —No, en Roma. Fue tan sólo dos días antes de que nos marcháramos. Me lo presentaron sin saber que yo estaba con Mrs. Denbigh, y de hecho sin saber que ella había estado en la ciudad. Mr. Baxter eludía a los americanos. Lo primero que me dijo era que me parecía mucho a un cuadro que había estado pintando.
       —Que eras su ideal hecho realidad, etcétera.
       —Exactamente, pero no lo dijo en modo alguno de forma sentimental. Le presenté a Mrs. Denbigh, y descubrieron que eran primos lejanos a través de la familia política. Vino a visitarnos al día siguiente e insistió en que fuéramos a su estudio. Era un lugar deprimente. Creo que él era muy pobre. Mrs. Denbigh, al menos, le ofreció algo de dinero y él lo aceptó con humildad. Ella trató de evitar cualquier demostración efusiva de agradecimiento diciéndole que, si lo deseaba, podía pintarle un cuadro a cambio. Él dijo que lo haría si tenía tiempo. Más tarde vino a Suiza y al invierno siguiente lo vimos en París.
       Si Lennox hubiera albergado cualquier recelo respecto a las relaciones entre Miss Everett y el pintor, la manera en que la muchacha relató su pequeña historia lo habría eliminado por completo. Así, y en consideración no sólo al gran talento del joven artista sino también al profundo conocimiento que poseía del rostro de Marian, Lennox sugirió de forma inmediata proponerle que pintara el retrato de su prometida.
       Marian no mostró entusiasmo, pero tampoco se opuso y Lennox transmitió su propuesta al artista. Este último solicitó un par o tres de días para considerarla, y al cabo respondió (por escrito) que le complacería emprender la tarea.
       A la vista de la proyectada reanudación de su antigua amistad, Miss Everett esperaba que Stephen Baxter la visitara bajo el amparo de su prometido. El pintor acudió en efecto a su casa, solo, pero Marian no se encontraba en ella en aquel momento y el joven no repitió la visita. El día para la primera sesión fue por tanto acordado a través de Lennox. El artista no había conseguido todavía un estudio propio, y Lennox le ofreció amablemente el uso temporal de una espaciosa y luminosa habitación en su casa, destinada a sala de billar, pero todavía sin amueblar. Lennox no tenía ninguna preferencia en particular respecto al retrato y, confiado, dejó a la elección de las partes directamente implicadas lo referente a actitud e indumentaria. Descubrió que el pintor estaba absolutamente familiarizado con las “opiniones” de Marian, y tenía una absoluta confianza en el buen gusto de esta.
       Miss Everett llegó la mañana acordada, acompañada de su padre, Mr. Everett, quien se enorgullecía ostensiblemente de hacer las cosas como es debido al haberse hecho presentar al pintor de antemano. Hubo un breve intercambio de saludos entre este último y Marian, tras el cual se pusieron manos a la obra. Miss Everett profesaba el más servicial respeto hacia los gustos y deseos de Baxter, pero al mismo tiempo no ocultaba poseer unas fuertes convicciones respecto a lo que debería intentarse y lo que se debería evitar.
       No fue una sorpresa para el joven caballero descubrir que los criterios de Marian eran inteligentes y sus deseos absolutamente acertados. Tampoco tuvo necesidad de establecer compromiso alguno con tercos prejuicios artificiosos ni de sacrificar sus mejores intenciones en aras de una vanidad corta de miras.
       Si Miss Everett era o no vanidosa no tiene por qué ser declarado aquí, pero sí poseía al menos la agudeza suficiente para percibir que los intereses de una inteligencia despierta quedarían mucho mejor representados en un cuadro que fuera bueno desde el punto de vista del pintor, puesto que ese era su objetivo final. Podría añadir, además, en honor a la verdad, que Marian entendía perfectamente cuánto mérito artístico debe contener una obra ejecutada a instancias de una pasión para que esta sea algo más que una burla —una parodia— de la duración de esa pasión. Sabía también de forma instintiva que no hay nada que enfríe más el entusiasmo de un artista que la intromisión del absurdo interés por uno mismo, tanto si es en beneficio propio como en el de algún otro.
       Baxter trabajaba de forma firme y rápida y pasadas un par de horas sintió que el retrato empezaba a tomar forma. Mr. Everett, mientras tanto, amenazaba con ser un estorbo esforzándose bajo la impresión, en apariencia, de que era su deber amenizar la reunión mediante una insustancial charla sobre arte. Pero Marian tomó de buena gana el relevo de la conversación para que el pintor no se distrajera de su trabajo.
       La segunda sesión se fijó para el día siguiente. Marian llevaba el vestido que había acordado con el pintor, vestido en el que, al igual que en su postura, lo “pintoresco” se había suprimido religiosamente. Por los ojos de Baxter supo que su aspecto era radiante, y vio que los dedos de este temblaban al emprender su tarea. Con todo, mandó llamar a su prometido bajo el pretexto de que debía dar el visto bueno al vestido; era negro y tal vez no le gustara. Lennox se presentó y ella identificó en sus amables ojos un convencimiento aún mayor que el que transmitían los de Baxter. Le entusiasmó el vestido negro, que en verdad, y a modo de solemne promesa maternal, confirmaba y enriquecía aún más si cabe el aspecto de radiante juventud de la muchacha.
       —Espero que lleve a cabo una obra maestra —dijo Baxter.
       —No tema —dijo el pintor, dándose unos golpecitos sobre la frente—. Eso está hecho.
       En esta segunda ocasión, Mr. Everett, exhausto por el esfuerzo intelectual del día anterior y estimulado por la lujosa silla sobre la que descansaba, cayó en un apacible sueño. Durante un tiempo sus compañeros permanecieron en silencio escuchando su firme respiración; Marian fijaba pacientemente la mirada en la pared opuesta mientras los ojos del joven pintor viajaban mecánicamente de su modelo al óleo. Finalmente, Baxter retrocedió unos pasos con el fin de examinar su obra. Al desplazar Marian su mirada, los ojos de ambos se encontraron.
       —Bien, Miss Everett —dijo el pintor. Su voz pareció temblar, pero se esforzó considerablemente en que sonara firme.
       —Bien, Mr. Baxter —dijo la muchacha.
       Y los dos intercambiaron una larga y firme mirada, que terminó finalmente en una sonrisa —una sonrisa que pertenecía decididamente a la familia de la famosa risa de los dos ángeles detrás del altar en el templo.
       —Bien, Miss Everett —dijo Baxter, regresando a su trabajo—, ¡así es la vida!
       —Eso parece —repuso Marian. Tras una pausa de algunos minutos añadió—: ¿Por qué no vino a visitarme?
       —Lo hice, pero no se encontraba en casa.
       —¿Por qué no lo intentó una segunda vez?
       —¿De qué habría servido, Miss Everett?
       —Habría sido simplemente más apropiado. Podríamos habernos reconciliado.
       —Por como están las cosas parece que ya lo hemos hecho.
       —Me refiero a “las formas”.
       —Habría sido absurdo. ¿No ve qué instinto tan acertado tenía? ¿Qué podría haber resultado más fácil sino nuestro encuentro? Le aseguro que habría considerado extremadamente desagradable cualquier disculpa, declaración o charla acerca del pasado que hubiera podido producirse entre los dos.
       Miss Everett levantó los ojos del suelo y los fijó en su compañero con una profunda mirada que contenía algo de reproche.
       —¿Tan molesto le resulta entonces el pasado? —preguntó.
       Baxter la miró fijamente, medio sorprendido.
       —¡Por el amor de Dios, por supuesto! —exclamó.
       Miss Everett bajó la mirada y permaneció en silencio.
       Aprovecharé este momento para explicar al lector rápidamente los sucesos a los que hace referencia la conversación anterior.
       Tomando todo en consideración, Miss Everett no había juzgado necesario informar a su futuro esposo sobre la historia completa de cómo conoció a Stephen Baxter, y aunque he enmendado sus olvidos, el lector justificará probablemente su discreción.
       Marian, en efecto, había visto por primera vez a este joven en Roma y allí, en el transcurso de dos encuentros, había causado una profunda impresión en su corazón. Él sintió que daría cualquier cosa por volverla a ver. Su reencuentro en Suiza, por tanto, no fue totalmente fortuito y había sido muy fácil para Baxter el conseguirlo por el hecho de que podía esgrimir una suerte de parentesco lejano con Mrs. Denbigh, la acompañante de Miss Everett. Con el permiso de esta dama, Baxter consiguió unirse a ellas. Adoptó su recorrido de viaje y las esperaba cuando se detenían, prodigándoles atenciones y cortesías. Antes de que transcurriera una semana, Mrs. Denbigh, que era la bondad personificada, se regocijaba ante el descubrimiento de un pariente de valor incalculable. Gracias no sólo a su temperamento, poco riguroso por naturaleza, sino también a unos hábitos indolentes y reposados ocasionados por un constante sufrimiento físico, demostró ser una tercera parte muy discreta en el transcurso de las horas que pasaban juntos sus otros dos acompañantes. No supone un gran esfuerzo imaginar la forma deliciosa en que dichas horas se sucedían; una conquista que transcurre en el corazón de los paisajes más románticos de Europa tiene ya medio camino ganado. Las habilidades sociales de Marian se vieron ampliamente realzadas por el goce que su innato entendimiento de la belleza natural le proporcionaba ante el magnífico paisaje de los Alpes. Nunca antes había gozado de ventaja igual ni había disfrutado de semejante libertad, franqueza y alegría. Por primera vez en su vida había cautivado a alguien sin sospecharlo. La joven entregó su corazón a las montañas y los lagos, a las nieves perpetuas y los valles idílicos, y Baxter, a su lado, había sido testigo de todo ello. El joven sentía que su viaje por Suiza, planeado desde hacía tiempo, ganaba enormemente en belleza y esplendor gracias a la presencia de Miss Everett —esa constante cordialidad femenina que brotaba al alcance del oído con la claridad y frescura de un manantial de montaña. ¡Ah, ojalá no se hubiera alimentado de las altas nieves! Su belleza, además —su inagotable belleza— era una continua delicia. Miss Everett parecía tan rigurosamente en su sitio en cualquier salón que era perfectamente lógico pensar que no existía otro lugar en el mundo para ella. Pero de hecho, como supo Baxter, su aspecto respondía con bastante exactitud al tipo que las damas denominan un “adefesio” para evitar cualquier comparación injusta —es decir, una muchacha que se ensucia cuando viaja, bronceada en exceso, nerviosa, impulsiva y hambrienta.
       Al cabo de tres semanas, una mañana en la que permanecían de pie al borde de una cascada, en las alturas de las verdes concavidades de las colinas, Baxter sintió la imperiosa necesidad de declararse. El ruido atronador del torrente barría los sonidos de su voz, así que cogió su cuaderno de bocetos y tras escribir tres cortas palabras en una hoja en blanco entregó a Marian la libreta. Ella leyó el mensaje palideciendo delicadamente y le dirigió una única y rápida mirada. Entonces rasgó la hoja.
       —¡No la rompas! —exclamó el joven.
       Ella le entendió por el movimiento de sus labios y sacudió su cabeza con una sonrisa. Sin embargo, se agachó, cogió una piedrecilla, y envolviéndola con el trozo de papel, se preparó para arrojarla a la cascada.
       Baxter, inseguro, alargó el brazo para quitársela. Ella pasó la piedra a su otra mano y le tendió al muchacho la que este había intentado coger.
       Arrojó el papel, pero conservó la mano del joven en la suya.
       Baxter disponía todavía de una semana ante sí, y Marian hizo que esta fuera maravillosa. Mrs. Denbigh estaba cansada; habían hecho un alto en el camino y pasaban juntos la práctica totalidad del tiempo.
       Hablaban mucho del lejano futuro que, superando el ruido de la catarata, habían acordado rápidamente emprender en común.
       Era una desgracia que ambos fueran pobres. Decidieron, a la vista de esta circunstancia, no decir nada de su compromiso hasta que Baxter, a fuerza de trabajar, hubiera al menos cuadruplicado sus ingresos. Esta decisión era cruel, pero absolutamente necesaria y Marian no puso inconveniente alguno. Su estancia en Europa había agrandado su idea de las necesidades materiales de una mujer hermosa, y era muy lógico que, ante la perspectiva de esta experiencia, no se precipitara hacia el matrimonio con un artista pobre. Al cabo de unos días, Baxter partió hacia Alemania y Holanda, pues deseaba visitar algunos lugares con propósito de estudio. Mrs. Denbigh y su joven amiga permanecieron en París durante el invierno. Fue allí, a mitad de febrero, donde se les unió Baxter, quien ya había concluido su recorrido por Alemania. Durante su viaje había recibido de parte de Marian cinco breves y afectuosas cartas. Eran pocas, pero el joven percibió en la templanza de su amada un cierto y delicioso gusto a fidelidad absoluta. Ella le recibió con toda la franqueza y dulzura que cabía esperar, y escuchó con gran atención su relato acerca de la mejora en sus perspectivas. Había vendido tres de sus cuadros italianos además de llevar a cabo una valiosa colección de bocetos. Se encontraba en el camino adecuado hacia la riqueza y la fama, y no había motivo para que no hicieran público su compromiso. Pero Marian puso reparos a esto último —se opuso de tal forma y con motivos tan arbitrarios, que sobrevino una escena un tanto dolorosa. Stephen se marchó, irritado y perplejo. Al día siguiente, cuando acudió a visitarla, ella se encontraba indispuesta y no pudo recibirle; y así al día siguiente y al siguiente. La noche de su tercera e infructuosa visita a la casa de Mrs. Denbigh, Baxter oyó mencionar el nombre de Marian por casualidad en una gran fiesta. Las interlocutoras eran dos ancianas damas. Prestando atención a su conversación, que no se esforzaban por mantener en privado, averiguó que se acusaba a su prometida de haber jugado con los sentimientos de un joven infeliz, hijo único de una de las mujeres. Al parecer, no faltaban pruebas o hechos que pudieran ser interpretados como tales. Baxter se dirigió a casa, la mort dans l’âme, y al día siguiente visitó de nuevo el domicilio de su pariente. Marian permanecía todavía en su habitación, pero Mrs. Denbigh le recibió. La situación de Stephen era delicada, pero su mente se mostraba lúcida y trató de concentrarse en la tarea de sondear a su anfitriona. Mrs. Denbigh, con su habitual despreocupación, no había sospechado en absoluto la situación en la que se hallaba la joven pareja.
       —Lamento decir —comenzó Baxter—, que anoche escuché cómo se acusaba a Miss Everett de una conducta muy poco agradable.
       —Ah, por el amor de Dios, Stephen —repuso su pariente—, otra vez no. No he hecho otra cosa en todo el invierno que defender y excusar su comportamiento. Es un trabajo duro, no me haga repetirlo también con usted. Conoce a Marian tan bien como yo. Fue indiscreta, pero sé que está arrepentida y en lo concerniente a ese asunto todo está ya olvidado. El muchacho no era en ningún caso un joven conveniente.
       —La dama a quien oí hablar del asunto —dijo Stephen— se refirió a él en los más altos términos. De hecho, resultó ser su madre.
       —¿Su madre? Se equivoca. Su madre murió hace diez años.
       Baxter cruzó los brazos. Tuvo la impresión de que debía ser firme.
       —Allons —dijo—, ¿de quién me habla?
       —Del joven Mr. King.
       —Cielo santo —exclamó Stephen—. ¿Así que hay dos?
       —Pero ¿de quién me habla usted?
       —De un cierto Mr. Young. Su madre es una atractiva dama de cabello blanco.
       —¿No querrá decir que ha habido algo entre Marian y Frederic Young?
       —Voilá! Sólo repito lo que he oído. Me parece, querida Mrs. Denbigh, que debería saberlo.
       Mrs. Denbigh sacudió la cabeza con un movimiento de tristeza.
       —Estoy segura de que no —dijo—. Me rindo. No pretendo juzgar. La forma de comportarse de los jóvenes es muy diferente a lo que solía ser. Uno no sabe si quieren decir todo o nada.
       —¿Sabe al menos si Mr. Young visitaba su salón?
       —Oh, sí, con frecuencia. Lamento tanto que se hable así de Marian. Es muy desagradable para mí. ¿Pero qué puede hacer una mujer enferma?
       —Bien —dijo Stephen—, tanto mejor para Mr. Young. Y ahora para Mr. King.
       —Mr. King ha regresado a su casa. Ojalá nunca hubiera venido.
       —¿Qué quiere decir?
       —Oh, es un tipo necio. No entiende a las muchachas.
       —Realmente —dijo Stephen “con expresión”, como se indica en las partituras—, podría ser muy inteligente y no entenderlas.
       —No es que Marian haya sido imprudente. Sólo quería ser amable, pero fue demasiado lejos y se comportó de forma encantadora. Cuando quiso darse cuenta, él la responsabilizaba por ello.
       —¿Es atractivo?
       —Lo suficiente.
       —¿Y rico?
       —Muy rico, según creo.
       —¿Y el otro?
       —¿Qué otro…?
       —Su amigo Young.
       —Sí, es muy bien parecido.
       —¿Y rico también?
       —En efecto, eso creo.
       Baxter permaneció un momento en silencio.
       —¿Y no hay duda —continuó— de que los dos se han marchado lejos?
       —Sólo puedo responder por Mr. King.
       —Bueno, yo responderé por Mr. Young. Su madre no habría hablado como lo hizo si no hubiera visto sufrir a su hijo. Puede que el honor de Marian no se haya visto perjudicado después de todo. Tenemos aquí a dos millonarios, jóvenes, atractivos y tremendamente afligidos. Ella les ha rechazado a ambos sin importarle su buen aspecto ni su dinero.
       —No digo eso —dijo Mrs. Denbigh, astutamente—. A ella no le importan únicamente esas cosas. Quiere talento, pero también todo lo demás. Si usted fuera rico, Stephen… —añadió la buena mujer inocentemente.
       Baxter cogió su sombrero.
       —Si uno desea casarse con Miss Everett, debe tener cuidado de no decir mucho sobre Mr. King y Mr. Young —dijo.
       Dos días después de este encuentro el joven habló con Marian en persona. Puede que el lector desprecie al muchacho por su endeble confianza, pero el hecho es que no pudo quitar importancia a estas declaraciones hechas a la ligera. Para él, su amor había sido una pasión; para ella, estaba obligado a creer, había sido un vulgar pasatiempo. Era un hombre de mucho carácter y no se anduvo con rodeos.
       —Marian —dijo—, me has estado engañando.
       Marian sabía muy bien lo que quería decir; sabía muy bien que se había cansado de su compromiso y que, por pequeño que hubiera sido el error en su conducta con Messrs. Young y King, había sido un acto de grave deslealtad a Baxter. Sintió cómo se asestaba el golpe y su compromiso se rompía limpiamente. Sabía que Stephen no aceptaría medias excusas o medias renuncias, y no tenía otra cosa que ofrecer; un centenar de ellas no valdrían para una confesión perfecta. Sin intentar, por tanto, salvar sus “perspectivas”, por las que había dejado de preocuparse, trató únicamente de salvar su dignidad, que por el momento estaba bien a salvo dada la naturaleza fría y algo cínica de su carácter. Pero fue esta ofensiva placidez la que dejó en la memoria de Stephen una impresión de crueldad y superficialidad que, al menos en esa situación en particular, condenó irremediablemente las argumentaciones que la muchacha hiciera en cuanto al verdadero significado e importancia del asunto. Marian negó el derecho del joven a pedirle explicaciones y a entrometerse en su conducta y a punto estuvo de anticipar la propuesta de Baxter de dar su compromiso por terminado. Declinó incluso el uso de la simple lógica de las lágrimas. Bajo estas circunstancias, como es lógico, la entrevista no duró mucho.
       —Eres la mujer más superficial y cruel que he conocido —dijo el joven mientras permanecía en el umbral de la puerta.
       Baxter abandonó París de inmediato y viajó a España, donde permaneció hasta comienzos del verano. En el mes de mayo Mrs. Denbigh y su protégée fueron a Inglaterra donde la primera conservaba unas cuantas amistades de su marido y donde la hermosura de Marian fue muy admirada por ser tan distinta de la belleza inglesa. En septiembre partieron hacia América. Por tanto, había transcurrido un año y medio desde la separación de Baxter y Miss Everett y su reencuentro en Nueva York.
       Durante este periodo, las heridas del joven habían tenido tiempo de cicatrizar. Su sufrimiento, aunque violento, había sido breve y cuando finalmente recuperó su equilibrio habitual se alegró profundamente de que su aflicción hubiera sido ocasionada por un simple desengaño. Reconsiderando sus impresiones respecto a Miss Everett de forma más calmada, se convenció de que estaba muy lejos de ser la mujer que deseaba y que realmente no era la mujer para él. “Gracias a Dios se acabó”, pensó para sus adentros, “Marian es irremediablemente superficial. Es falsa, trivial y vulgar”. Su conquista había tenido algo de apresurado y febril; había habido algo artificial e irreal en su imaginada pasión. Esta se había debido en parte a la influencia del paisaje y del tiempo, a una simple conjunción de circunstancias y, sobre todo, a la expresiva belleza de la muchacha, por no mencionar la casi sugestiva tolerancia y pasividad de la pobre Mrs. Denbigh. En Madrid, Velázquez despertó un profundo interés en Baxter, que eliminó a Miss Everett de sus pensamientos. No quiero dar a entender que su juicio sobre Miss Everett fuera definitivo, pero era al menos meticuloso. La amplia generosidad con la que, por otra parte, había juzgado la simpatía y elegancia de la muchacha cuando estaba enamorado, le daba derecho, libre ya de esa ilusión, a hacer constar su valoración de los lugares áridos de su personalidad. Miss Everett le habría acusado fácilmente de injusticia y crueldad, pero habría un hecho que aun así contaría a favor de Baxter y era que la verdad le importaba por encima de todo. A Marian, por el contrario, le era totalmente indiferente. La enojosa frase de Stephen acerca de su conducta no había hecho mella en su estrecho corazón.
       El lector dispone ahora de una idea adecuada de los sentimientos con los que estos dos viejos amigos se encontraron cara a cara. Es necesario añadir, sin embargo, que el lapso de tiempo había disminuido considerablemente la intensidad de estos sentimientos. En mi opinión, y por embarazoso y violento que resulte, no hay compañía más deseable para una mujer que la de un amante desengañado, suponiendo, naturalmente, que el proceso de decepción esté completamente acabado y que haya transcurrido algún tiempo desde su término.
       Marian, por su parte, se sentía absolutamente a sus anchas. No había conservado su serenidad —su filosofía, podría decirse— durante la última y dolorosa entrevista para perderla ahora. No sentía ningún rencor hacia su antiguo amante. Las últimas palabras de este habían sido —como todas las palabras a juicio de Marian— una mera façon de parler. Miss Everett estaba de tan excelente humor durante aquellos últimos días previos a su boda que no había nada en el pasado que no pudiera haber perdonado.
       Se sonrojó un poco al percibir el énfasis del comentario del pintor, pero no se dejó sorprender e hizo acopio de su mejor humor.
       —La verdad es, Mr. Baxter —dijo—, que me encuentro de maravilla. Veo todo en rose; tanto el pasado como el futuro.
       —Yo también me encuentro perfectamente —dijo Mr. Baxter—, y mi corazón está absolutamente reconciliado con lo que usted llama el pasado. Pero aun así es muy molesto hacerme pensar en él.
       —Ah, entonces me temo que no esté tan en paz —dijo Miss Everett con gran dulzura.
       Baxter rió —tan alto que Miss Everett buscó a su padre con la mirada. Pero Mr. Everett dormía todavía el sueño de los justos.
       —No tengo duda —dijo el pintor—, de que estoy lejos de ser tan buen cristiano como usted. Pero le aseguro que es un placer verla de nuevo.
       —Sólo tiene que decirlo y volveremos a ser amigos —dijo Marian.
       —Qué necios fuimos al haber intentado ser otra cosa.
       —“Necios”, sí. Pero fue una bella locura.
       —Me excusará, Miss Everett, pero soy un artista y declaro el derecho de propiedad de la palabra “bello”. No debe utilizarla aquí. Nada que tuviera un final tan desagradable puede haber sido bello. Fue todo falso.
       —Bien… como quiera. ¿Qué ha estado haciendo desde que nos separamos?
       —He estado viajando y trabajando. He realizado grandes avances en mi oficio, y poco antes de regresar a casa me prometí.
       —¿Se ha prometido…? à la bonne heure. ¿Es su futura esposa bondadosa… es bonita?
       —No es ni con mucho tan bella como usted.
       —En otras palabras, es infinitamente más bondadosa. Estoy segura de que lo es. Pero ¿por qué no la trajo con usted?
       —Está con una hermana, una pobre inválida, tomando las aguas en el Rin. Deseaban permanecer allí mientras dure el frío. Regresarán a casa en un par de semanas, y nos casaremos inmediatamente después.
       —Le felicito de todo corazón —dijo Marian.
       —Permita que yo también lo haga, señor —dijo Mr. Everett, despertándose, cosa que hacía por instinto cada vez que la conversación tomaba un giro ceremonioso.
       Miss Everett sólo necesitó posar para el artista en tres ocasiones más, pues este llevó a cabo una gran parte de su trabajo con ayuda de fotografías. Mr. Everett estuvo también presente en estas entrevistas, y demostró que seguía siendo especialmente sensible a las soporíferas influencias de la postura que adoptaba al sentarse. Pero ambas partes tuvieron el buen gusto de abstenerse de hacer cualquier otra mención a sus relaciones pasadas y limitaron su conversación a asuntos menos personales.


II

        Una tarde, cuando el cuadro estaba casi terminado, John Lennox entró en la vacía sala que hacía las veces de estudio para comprobar el grado de su progreso. Tanto Baxter como Marian habían expresado el deseo de que Lennox no viera el retrato en su estadio primitivo y esta era, por tanto, la primera vez que se acercaba a él. Media hora después de que hubiera entrado en la habitación, Baxter se presentó sin ser anunciado y encontró a Lennox sentado ante el óleo, abstraído en sus pensamientos. Baxter disponía de una llave de la casa para poder tener acceso a su obra de forma fácil e inmediata siempre que la inspiración le visitara.
       —Pasaba por aquí y no pude resistir el impulso de entrar y corregir un error que cometí esta mañana ahora que la sensación de su gravedad está fresca en mi mente.
       Se sentó a trabajar, y Lennox permaneció de pie, observándole.
       —Bien —dijo el pintor, finalmente—. ¿Le gusta?
       —No del todo.
       —Le ruego que me indique cuáles son sus objeciones. Está materialmente en sus manos el ayudarme.
       —Apenas sé cómo formular mis observaciones. Permita, en cualquier caso, que le diga primero de todo que admiro inmensamente su trabajo. Estoy seguro de que es el mejor cuadro que ha pintado nunca.
       —En verdad, eso es lo que creo. Algunas partes, francamente, son excelentes —dijo Baxter.
       —Es obvio. Pero son precisamente esas partes o tal vez otras las que encuentro especialmente molestas. Son demasiado duras, demasiado fuertes, reflejan una realidad abrumadora. Esto no es una crítica, lo sé, pero le pago para tener el derecho de ser arbitrario. En una palabra, su cuadro me asusta y si yo fuera Marian sentiría como si en cierta forma me hubiera agredido.
       —Lamento si hay algo que pueda parecerle desagradable, pero quise que todo él fuera real. Como ha debido ver, me gusta representar la realidad.
       —Estoy de acuerdo con usted. No puedo admirar en profundidad los amplios y firmes métodos que ha utilizado para alcanzar esta realidad de la que habla, pero se puede ser real sin ser cruel… sin intentar, como se diría, ser exacto.
       —No creo haber sido cruel. Lamento no haber seguido el camino adecuado para complacerle, Mr. Lennox. Me he tomado el cuadro demasiado au sérieux y me he esforzado en exceso para alcanzar la perfección. Pero si no le gusta a usted le gustará a otros.
       —No me cabe ninguna duda. Pero esa no es la cuestión. El cuadro es suficientemente bueno como para ser mil veces mejor.
       —No niego por supuesto que podría mejorarse de forma infinita y en ciertos aspectos veo la manera de hacerlo. Pero el retrato, básicamente, es como lo ve. Le diré lo que encuentra a faltar: mi obra no es “clásica”. En resumidas cuentas, no soy un hombre de gran talento.
       —Al contrario, creo que sí lo es. Pero, como señala, su obra no es clásica. Cruel es la palabra. ¿Cómo se lo diría? Es un estudio demasiado perfecto. Le ha dado a la pobre Miss Everett el aspecto de una modelo profesional.
       —Si ese es el caso, me he equivocado totalmente. Nunca hubo una modelo menos consciente y con la que fuera tan fácil trabajar como ella. Mirarla es delicioso.
       —Caramba, ha sabido darle también toda su naturalidad. En fin, no sé cual es el problema. Me rindo.
       —Creo que debería reservar su veredicto hasta que el cuadro esté terminado —dijo Baxter—. El elemento clásico está ahí, estoy seguro, pero no lo he resaltado. Espere unos días y asomará a la superficie.
       Lennox dejó al artista solo y este tomó sus pinceles y trabajó ininterrumpidamente hasta el anochecer. Descansó, al fin, cuando se hizo demasiado oscuro para poder ver. Mientras se preparaba para salir, Lennox se encontró con él en el hall.
       —Exegi monumentum —dijo Baxter—. Está terminado. Vaya y mírelo con calma. Vendré mañana para escuchar sus impresiones.
       Una vez el pintor se hubo marchado, el amo de la casa encendió unas cuantas luces y regresó al estudio del cuadro. Este se había transformado prodigiosamente bajo la reciente intervención del artista. Ya fuera porque el elemento clásico era ahora más perceptible tal como Baxter había dicho, o bien porque Lennox se encontrara más receptivo, el cuadro le impresionó en aquel momento por su originalidad y su fuerza, y se le antojó como un auténtico retrato que reflejaba la meditada imagen de un rostro y un cuerpo humano. Aquella era Marian, no cabía duda, una Marian observada y medida con gran paciencia. Allí estaban su belleza, su dulzura, su joven encanto y su etérea elegancia encerradas para siempre, inviolables y perpetuas. Nada podría ser más sencillo que la concepción y composición de ese cuadro. La joven aparecía sentada serenamente, mirando un tanto hacia la derecha con la cabeza erguida y con las manos —sus virginales manos, sin anillos ni pulseras— descansando quietas sobre sus rodillas. Su cabello rubio estaba recogido en un pequeño nudo de trenzas en lo alto de la cabeza (de acuerdo con la moda del momento) dejando libre el contorno casi infantil de las orejas y las mejillas. Sus ojos rebosaban color, luz y alegría al tiempo que sus labios se mostraban ligeramente abiertos. Estrictamente hablando, el cuadro carecía de color, pero en las oscuras telas reverberaba la luz del sol y las partes visibles del cuerpo revelaban sonrojos, palideces y una vida y salud palpitantes. El cuadro era intenso, pero sencillo, y la modelo aparecía totalmente libre de cualquier afectación y rigidez, resultando al mismo tiempo sumamente elegante.
       “Esto es ser un artista. Lo que aquí se ve se ha conseguido en las últimas dos horas,” pensó Lennox.
       Era su Marian, sin duda, con todo lo que le había enamorado y con lo que todavía le enamoraba cuando la veía: su atractiva confianza, su exquisita ligereza, su femenina belleza. Y sin embargo, conforme contemplaba el retrato una expresión de dolor acudió a sus ojos y permaneció allí transformándose en un terrible peso.
       Lennox había sido absolutamente sincero en sus sentimientos hacia Marian, pero amaba con la discreción que otorgan quince años de experiencia en asuntos del corazón. Gozaba de una mirada perspicaz y le gustaba utilizarla. Marian, con ojos y labios elocuentes, solía confiarle los tesoros de su corazón vertiéndolos en su regazo. Lennox los tomaba en sus manos cubriéndolos de besos y votos apasionados, pero en más de una ocasión se había deshecho de ellos con un estremecimiento repentino exclamando en silencio, “Pero ¿dónde está su corazón?”. Un día le preguntó (de forma aparentemente casual, sin duda):
       —Marian, ¿dónde está tu corazón?
       —Dónde… ¿qué quieres decir? —respondió Miss Everett.
       —Pienso en ti de la mañana a la noche. Te junto y te separo, como hace la gente con ese juego donde se forman palabras con las piezas que vienen en una caja. Pero siempre falta una letra. No puedo poner mi mano en tu corazón.
       —Mi corazón, John —dijo Marian ingeniosamente—, es una palabra entera. Mi corazón está en todas partes.
       Esto, en cierta forma, podría haber sido verdad; Miss Everett había repartido su corazón de forma imparcial por todo su organismo de tal modo que, como lógica consecuencia, su lugar natural estaba prácticamente vacío. La misma pregunta rozó de nuevo los labios de Lennox mientras observaba sentado el trabajo consumado de Baxter; pero si bien el retrato de Marian la sugería, no daba la respuesta. Sólo ella la conocía. Lennox tenía la impresión de que alguna acción extrañamente poderosa había extraído la verdad del fondo del corazón de su prometida y la había escrito allí, sobre el lienzo, con firmes, pero apasionadas líneas. Marian era todo ligereza —su encanto residía en su volubilidad. ¿Sería posible que su alma fuera igual de antojadiza? ¿Era una criatura sin fe y sin conciencia? ¿Cuál era sino el significado de ese terrible vacío y oscuridad que apagaba la luz de sus ojos y robaba la sonrisa de sus labios? Esto era lo que más llamaba la atención, dado que en tantos otros aspectos el pintor había sido profundamente justo, mostrándose tan fiel y cordial como inteligente. El retrato no ofendía la apariencia de la joven en lo más mínimo; no había un solo rasgo que no hubiese sido representado de forma convincente y delicada. ¿Era Baxter un hombre de gran perspicacia, un observador incomparable, o había sido un simple pintor, paciente e inmutable, que creaba infinitamente mejor de lo que sabía? Un mero pintor, ¿no se habría contentado con representar a Miss Everett en el estilo poderoso, rico y objetivo del que la obra era tan buen ejemplo, sin hacer nada más? Porque era evidente que Baxter había hecho más; había pintado con algo más que conocimiento —con imaginación, con sentimiento. Había casi compuesto, y su composición había abrazado la verdad. Lennox no fue capaz de dar respuesta a sus dudas. Le habría gustado creer que no había más imaginación en el cuadro que la aportada por su propia mente y que la débil dulzura en los ojos y labios de la imagen era tan sólo la sonrisa de la juventud y la inocencia. Se sentía confundido e intranquilo, lleno de absurdas sospechas. Apagó las luces y dejó el retrato en una amable oscuridad. Más tarde, en parte como desagravio a su prometida y en parte como propia recompensa, fue a visitar a Marian. Comprobó que ella, al menos, no tenía ninguna queja. Pensaba que el retrato era un éxito absoluto y estaba totalmente dispuesta a pasar de esa forma a la posteridad. Sin embargo, cuando Lennox regresó a casa volvió al estudio para observar el cuadro de nuevo. En esta ocasión encendió tan sólo una luz. ¡Horror! Era peor que con varias y la apagó apresuradamente.
       Baxter acudió al día siguiente, como había prometido. Mientras tanto el pobre Lennox había pasado doce horas de ininterrumpida reflexión y la expresión de angustia en sus ojos había adquirido una intensidad que, como el pintor comprobó, no era un mero tributo a su habilidad sino que obedecía a un asunto de mayor trascendencia.
       “¿Es posible que esté celoso?”, pensó Baxter. Él había sido tan ajeno a cualquier otro plan que no fuera el de pintar un buen retrato que su conciencia fracasó en revelarle el origen de la preocupación de Lennox. Aun así, comenzó a sentir lástima de él. De hecho, se había sentido tentado a compadecerle desde el primer momento. Lennox le agradaba y sentía aprecio por él; lo consideraba como una persona inteligente y sensible, y lamentaba que un hombre así —con grandes necesidades espirituales— uniera su destino con el de Marian Everett. Sin embargo, decidió en seguida que Lennox sabía muy bien lo que hacía y que no necesitaba ningún consejo; se casaba con los ojos abiertos y había valorado los riesgos frente a los beneficios. Cada uno tiene su propio gusto y a los treinta y cinco años John Lennox no necesitaba que le dijeran que Miss Everett no era todo lo que parecía ser. De este modo Baxter había dado por hecho que su amigo había escogido deliberadamente como segunda esposa a una mujer que destacaba únicamente por su belleza —una mujer con talento para recibir visitas y que haría un placentero uso de su dinero. Ignoraba completamente la naturaleza sincera de la pasión que sentía el pobre hombre, así como la medida en que su felicidad estaba unida a lo que el pintor habría llamado su engaño. Su única preocupación había sido hacer bien su trabajo; y lo había hecho todavía mejor a causa de su antiguo interés en el rostro cautivador de Marian. Es en efecto muy cierto que en el retrato había infundido aquella fuerte caracterización y profunda realidad que habían capturado la atención de su amigo, pero lo había hecho sin esfuerzo ni malicia alguna. La mitad artística del carácter de Baxter ejercía un lujurioso dominio sobre su otra mitad humana, alimentada de sus desengaños y desarrollada mediante sus alegrías y tribulaciones. Todo esto demuestra que el muchacho era, en efecto, un verdadero artista. En lo más profundo de los insondables recovecos de su naturaleza fuerte y sensible, su talento había entrado en comunión con su corazón y había transmitido al óleo la carga de su desencanto y resignación. Tras su pequeña aventura con Marian, Baxter había conocido a una muchacha a quien consideró podría amar y en quien confiar para siempre, y sereno y fortalecido por este nuevo sentimiento, había sido capaz de volver a asumir con más claridad los defectos de su antiguo amor. Había pintado, por lo tanto, con sentimiento. Miss Everett no habría esperado que lo hiciera de otra forma. Se había esforzado al máximo y su trabajo se vio mejorado por la ayuda inesperada de su convencimiento.
       Lennox había empezado a sentir mucha curiosidad por averiguar el modo en que su prometida y el autor del cuadro se habían conocido; pero no estaba celoso en absoluto. De alguna forma, consideraba que nunca más podría volver a sentir celos. Al averiguar sin embargo los términos de su antigua relación, consideró fundamental evitar que el joven sospechara que hubiera descubierto en el retrato ningún defecto esencial.
       —Su vieja amistad con Miss Everett le ha sido evidentemente de gran ayuda —dijo Lennox con franqueza.
       —Supongo que sí —dijo Baxter—. De hecho, en cuanto empecé a pintar, su rostro volvió a mí como si fuera una melodía algo conocida. En aquel momento era maravillosamente hermosa.
       —Era dos años más joven.
       —Sí, y yo era dos años más joven. Decididamente, tiene razón. He hecho uso de mis viejas impresiones.
       Baxter estaba dispuesto a confesarlo todo, pero decidió no revelar nada que Marian se hubiera guardado para sí. No se sorprendía de que no le hubiera contado nada a Lennox acerca de su antiguo compromiso; se lo esperaba. Pero habría encontrado imperdonable tener que enmendar su omisión.
       El dolor y la sospecha habían agudizado profundamente los sentidos de Lennox, que no pudo evitar detectar en los ojos de su compañero una cierta reticencia. Decidió acabar con ella.
       —Tengo curiosidad por saber si estuvo alguna vez enamorado de Miss Everett.
       —No tengo inconveniente en decir que sí —replicó Baxter, imaginando que una confesión general le ayudaría más que una negación particular—. Soy uno de los miles, supongo. 0 quizás uno de sólo un centenar. Pero puede ver que ya lo he olvidado. Estoy prometido para casarme.
       El semblante de Lennox se iluminó.
       —Eso es. Ahora sé lo que no me gustaba de su cuadro: el punto de vista. No estoy celoso —añadió—, si lo estuviera, el cuadro me gustaría todavía más. Parece haberse recuperado de su amor demasiado bien. Es evidente que la pobre muchacha no le importa mucho. Usted la amaba, pero ella no correspondió a sus sentimientos y ahora usted toma su venganza—. Trastornado por el dolor, Lennox buscaba refugio en una rabia irracional.
       Baxter se mostró desconcertado.
       —Admitirá —dijo con una sonrisa—, que es una venganza muy bella.
       Y todo su amor propio profesional acudió en su ayuda.
       —He pintado para Miss Everett el mejor retrato que se haya pintado en América. Ella misma está absolutamente satisfecha.
       —¡Ah! —dijo Lennox con gran disimulo—, Marian es generosa.
       —Bien, entonces —dijo Baxter—, ¿qué tiene que objetar? Usted me acusa de conducta escandalosa y estoy obligado a rendirle cuentas por ello.
       La furia de Baxter iba en aumento y con ella, la sensación de los méritos de su cuadro.
       —¿Cómo he pervertido la expresión de Miss Everett? ¿Cómo me he equivocado al representarla? ¿Qué le falta al retrato? ¿Está mal dibujado? ¿Es vulgar? ¿Es ambiguo? ¿Es presuntuoso?
       La paciencia de Baxter llegó a su fin conforme recitaba todas estas acusaciones. —Por el amor de Dios, ¡sabe tan bien como yo que el cuadro es excelente! —exclamó.
       —No pretendo negarlo. Me sorprende tan sólo que Marian accediera a volver a verle.
       Cabe destacar en honor a la verdad que Baxter cumplió con su resolución de no traicionar a la muchacha y que en su lugar estaba dispuesto a hacer creer a Lennox que el suyo había sido un amor no correspondido.
       —Ah, como dice —exclamó—, ¡Miss Everett es tan generosa!
       Lennox fue tan insensato como para tomar esta declaración como una confesión.
       —Cuando digo que se ha vengado, Mr. Baxter, no me refiero a que lo haya hecho gratuitamente o de forma consciente. Mi querido amigo, ¿cómo podía evitarlo? El desencanto era proporcional a la pérdida y la reacción al desengaño.
       —Sí, todo ello es cierto, pero mientras tanto sigo esperando en vano saber qué es lo que he hecho mal.
       La mirada de Lennox osciló entre Baxter y el cuadro.
       —Le desafío a que me lo diga —dijo el pintor—. He representado a Miss Everett simplemente tan encantadora como es en realidad.
       —¡Al diablo con sus encantos! —exclamó Lennox.
       —Si no fuera el caballero que, a pesar de su rabia creo que es, Mr. Lennox —continuó el joven—, creería que usted…
       —Prosiga, ¿cómo me creería?
       —Creería que su objetivo es simplemente quitarle valor al retrato.
       Lennox hizo un gesto de profunda impaciencia. El pintor estalló en risa y la discusión se dio por terminada. Baxter tomó instintivamente sus pinceles y se aproximó al retrato con un vago deseo de detectar errores latentes, mientras Lennox se preparaba para irse.
       —¡Quédese! —dijo el pintor mientras el otro abandonaba la habitación—. Si la pintura le ofende realmente, la borraré. Sólo tiene que decírmelo —y tomó una gruesa brocha, cubierta de pintura negra.
       Pero Lennox sacudió la cabeza con decisión y se fue. Unos instantes después, sin embargo, reapareció.
       —Puede hacerla desaparecer —dijo—. Al fin y al cabo la pintura ya es mía.
       Pero entonces fue Baxter quien negó con la cabeza.
       —Ahora es demasiado tarde —respondió—. Ha perdido su oportunidad.
       Lennox se dirigió directamente a casa de Miss Everett. Marian estaba en el salón con algunas visitas de la mañana y su prometido esperó hasta que se despidió de ellas. Una vez solos, Marian comenzó a burlarse de sus visitantes y a parodiar algunas de sus formas de actuar, lo que hacía con gran elegancia y humor. Pero Lennox la interrumpió y regresó al asunto del retrato. Había reconsiderado sus objeciones de la noche anterior; le gustaba.
       —Marian, me sorprende que accedieras a volver a ver a Mr. Baxter —dijo.
       —¿Por qué? —preguntó Marian, en guardia. Se dio cuenta de que su prometido sabía algo, y no tenía intención de comprometerse hasta averiguar cuánto.
       —Un antiguo amor es siempre peligroso.
       —¿Un antiguo amor? —y Marian se sonrojó considerablemente, pero se recuperó con rapidez—. Dime, ¿de dónde has sacado esas encantadoras noticias?
       —Oh, salió en la conversación —dijo Lennox.
       Marian dudó por un momento. Entonces dijo con una sonrisa:
       —Bueno, fui valiente y acudí.
       —¿Por qué no me lo contaste? —prosiguió Lennox.
       —¿Contarte el qué, mi querido Lennox?
       —¿El qué? La pequeña pasión de Baxter. Vamos, no seas modesta.
       ¡Modesta! Marian respiró con energía.
       —¿Qué quieres decir, querido, diciéndole a tu esposa que no sea modesta? Por favor no me hagas preguntas sobre las pasiones de Mr. Baxter. ¿Qué sé yo de ellas?
       —¿No sabías nada de esto?
       —Ah, querido, sé mucho más de lo que desearía. Pero Baxter ya se ha olvidado absolutamente de todo y está prometido.
       —Está prometido, pero no se ha olvidado lo suficiente. Es un tipo honesto, pero recuerda su predilección. Lo mínimo que podía haber hecho era evitar que su cuadro se convirtiera en algo sentimental. Te vio tal como él te imaginaba… como deseaba verte; y te ha dado una ligera apariencia de lo que se le antoja como belleza moral, lo que está a un paso de estropear el cuadro. Baxter no tiene una gran imaginación, y esta misma apariencia, de hecho, no expresa sino insensatez. Afortunadamente es un hombre de extraordinario talento y un auténtico pintor, y ha hecho un buen retrato a pesar de sí mismo.
       John Lennox se rebajó a expresar tales argumentos para ahogar la evidencia de su juicio. Pero una vez que un amante comienza a dudar, no puede dejar de hacerlo cuando lo desea. A pesar de sus más sinceros esfuerzos para creer en Marian como antes, para aceptarla sin escrúpulos y sin dudar, fue incapaz de reprimir un impulso de constante desconfianza y aversión. El encanto se había roto y no había forma de arreglarlo. Lennox permanecía de pie, medio alejado, observando el semblante de la pobre muchacha, valorando sus palabras, analizando sus pensamientos e intentando adivinar sus intenciones.
       La conducta de Marian bajo esta dura prueba fue realmente heroica. Sentía que un sutil cambio había tenido lugar en los sentimientos de su futuro marido, un cambio cuya causa no era capaz de averiguar y que ponía en peligro sus perspectivas. Algo se había roto entre ambos y ella había perdido la mitad de su influencia. Marian estaba profundamente angustiada, y más si cabe porque aquella suprema y profunda personalidad que había reconocido siempre gratamente en Lennox, podía entonces, como aventuraba, ocultar algún atrevido y amenazante plan. ¿Podría estar considerando una completa ruptura? ¿Sería su intención sustraer de sus labios el dulce, sabroso y oloroso cáliz de ser la esposa de un bondadoso millonario? Marian arrojó una mirada temblorosa a su pasado, y se preguntó si Lennox habría descubierto alguna sombra. De hecho, y por lo que importaba, ¿no debería desafiarle a que lo hiciera? No había hecho nada malo realmente. No había ninguna mancha visible en su historia; sí era verdad que estaba ligeramente descolorida por una cierta y vaga oscuridad moral, pero no era peor que la de otras muchachas. Se había preocupado únicamente de divertirse, pero ¿para qué sino se educaba a las jóvenes? En general, ¿no debería sentirse tranquila? Se aseguró a sí misma que así debía ser, pero sin embargo también sentía que si John deseaba romper su compromiso lo haría por elevados y abstractos motivos y no porque ella hubiera cometido alguna que otra travesura. Sería simplemente porque él había dejado de quererla. De poco le serviría asegurarle que pasaría por alto esta circunstancia y que perdonaría las deudas del corazón. Sin embargo, y a pesar de sus odiosas aprensiones, mantuvo la sonrisa de forma constante.
       Los días transcurrieron y John consintió en seguir adelante con el compromiso. Faltaba tan sólo una semana para el casamiento… seis días, cinco, cuatro. La sonrisa de Miss Everett se volvió menos mecánica. John había pasado al parecer por una crisis —una crisis moral e intelectual, inevitable en un hombre de su formación, y con la que Marian no tuvo nada que ver. La víspera de la ceremonia Lennox había interrogado su corazón y descubrió que ya no era joven ni capaz para soportar los caprichos de la pasión. Había decidido llamar a las cosas por su nombre y admitir ante sí mismo que no se casaba por amor sino por amistad y un poco, tal vez, por prudencia. Según la opinión de Marian, el motivo por el cual Lennox se abstuvo de revelarle esta razonable opinión era el respeto que el sentía hacia la elevada consideración que ella pudiera tener sobre el asunto.
       Lennox había escogido para el día de su boda el último jueves de octubre. El viernes anterior, mientras paseaba por Broadway, se detuvo en Goupil para comprobar si su encargo para enmarcar el retrato estaba listo. El cuadro se había llevado a la tienda y una vez enmarcado, a petición de Baxter y con el consentimiento de Lennox, se había colocado durante unos días en la sala de exposiciones. Lennox subió para mirarlo.
       El retrato descansaba sobre un caballete al final de la sala, y había tres observadores alrededor —un caballero y dos damas. El resto de la habitación se mostraba vacío. Al aproximarse al cuadro, Lennox se dio cuenta de que el caballero era Baxter. Este procedió con las presentaciones y Lennox reconoció en la dama más joven a la prometida del artista. La otra, su hermana, era una mujer pálida, sin atractivo y con la mirada enferma; sentada en una silla, no hizo amago de hablar. Baxter explicó que las damas habían llegado de Europa tan sólo el día antes y que su primera ocupación había sido enseñarles su obra maestra.
       —Sarah —dijo él— ha estado elogiando enormemente a la modelo a quien según ella la copia no hace justicia.
       Sarah era una muchacha alta y morena, de unos veinte años. Tenía unos rasgos irregulares, un par de brillantes ojos oscuros y una sonrisa radiante que mostraba unos dientes blancos —evidentemente, una excelente persona. Se dirigió a Lennox con una mirada de sincera simpatía, y con una voz rica y profunda dijo:
       —Su prometida debe de ser muy bella.
       —Así es —dijo Lennox con los ojos fijos en el agradable rostro de la muchacha—. Tiene que conocerla… y ella a usted también.
       —Estoy segura de que me encantará verla —dijo Sarah.
       —Es muy similar a como se muestra aquí —dijo Lennox—. Mr. Baxter tiene un gran talento.
       —Sé que Mr. Baxter tiene talento. Pero ¿qué es un cuadro, en el mejor de los casos? No he visto nada más que cuadros en los últimos dos años y no he encontrado ni una sola muchacha hermosa.
       La joven miraba el cuadro con admiración más que evidente y, mientras Baxter hablaba con la otra dama, Lennox depositó una larga y encubierta mirada sobre su fiancée[22]. Esta última se había colocado de tal forma que su cabeza se hallaba casi en yuxtaposición inmediata con la de la imagen de Marian, y, por un instante, la frescura e intensa animación que florecía en sus rasgos pareció borrar las líneas y los olores del óleo. Pero al momento siguiente, mientras Lennox lo observaba, el rosado círculo del rostro de Marian resplandeció con una claridad implacable y sus despreocupados ojos azules miraron a los suyos con cínica familiaridad.
       Se despidió bruscamente de sus compañeros y se dirigió hacia la puerta. Pero al llegar allí se detuvo. Colgado en la pared se hallaba el cuadro de Baxter Mi última duquesa. Quedó asombrado. ¿Eran ese rostro y ese cuerpo los que, hacía un mes, le habían recordado a su prometida? ¿Dónde residía ahora el parecido? Era apenas tan imperceptible que parecía no haber existido nunca. El cuadro, además, era un trabajo muy inferior al del último retrato. Lennox miró de nuevo a Baxter, tentado a medias de pedirle una explicación o, al menos, de expresarle su perplejidad. Pero el pintor y su enamorada se habían inclinado para examinar un diminuto boceto próximo al suelo, mostrándose las cabezas de ambos en deliciosa contigüidad.
       Fue difícil decir cómo transcurrió la semana. Hubo momentos en los que Lennox sentía que la muerte era preferible a la vacía unión que entonces se presentaba ante él, y que el único rumbo posible era legar sus propiedades a Marian y poner fin a su existencia. Hubo otros momentos en los que, de nuevo, se sentía justamente reconciliado con su destino. Sólo tenía que reunir sus viejos sueños e ilusiones como si fueran un haz de leña, romperlos sobre su rodilla y todo habría acabado. ¿No podría juntar en su lugar un bonito racimo de moderadas y racionales esperanzas y unirlas con un lazo blanco? Su amor y su juventud habían muerto, eso era todo. No había por qué hacer una tragedia de ello. La vitalidad de su amor había sido simplemente reducida y puesto que había de ser efímera era mejor que muriera antes del matrimonio, y no después. En cuanto al matrimonio, debía mantenerse, pues no tenía por qué tratarse necesariamente de una cuestión de amor. Carecía de la cruel coherencia necesaria para privar a Marian de su futuro. Si se había confundido con ella y la había sobrevalorado la culpa era sólo suya, y era injusto hacerle pagar por su error. Cualesquiera que fueran sus defectos, eran profundamente involuntarios, y estaba claro que sus intenciones eran buenas para con él. No sería una compañera, pero sería al menos una esposa fiel.
       Con la ayuda de esta desalentadora lógica, Lennox llegó a la víspera del día de su boda. Su conducta hacia Miss Everett durante la semana anterior había sido profundamente tierna y amable. Sentía que al perder su amor ella había perdido un preciado tesoro, y a cambio él le ofrecía una devoción absolutamente inquebrantable. Marian le había preguntado por los motivos de su desánimo y su aire preocupado, y él le había respondido que no se encontraba muy bien. El miércoles por la tarde montó a caballo y cabalgó durante un largo rato. Regresó al anochecer, y se encontró en el hall con su vieja ama de llaves.
       —Acaba de llegar el retrato de Miss Everett con un precioso marco, señor. Como no dio ninguna indicación, me he tomado la libertad de hacer que lo llevaran a la biblioteca. Pensé —y la anciana sonrió respetuosamente—, que preferiría tenerlo en su habitación.
       Lennox entró en la biblioteca. El cuadro se encontraba en el suelo, apoyado en un alto sillón y recibía a través de la ventana los últimos y horizontales rayos de sol. Permaneció unos instantes ante él, mirándolo con semblante demacrado.
       “¡De acuerdo!”, exclamó finalmente, “puede que Marian sea como Dios la ha hecho, pero no puedo amar ni respetar a esta detestable criatura!”.
       Miró a su alrededor con airada desesperación y su vista recayó en un largo y afilado puñal —regalo que un amigo le había traído de Oriente— que descansaba a modo de adorno sobre la repisa de la chimenea. Lo agarró y lo clavó directamente en el bello rostro del dibujo con una euforia brutal y arrastrándolo hacia abajo realizó un largo corte en todo el óleo. Entonces, mediante unos cuantos golpes y sin recato alguno, lo despedazó. Ese acto le proporcionó un inmenso alivio.

* * *

        No es preciso añadir que al día siguiente Lennox contrajo matrimonio. Al salir la noche anterior, aseguró con cerrojo la puerta de la biblioteca y guardó la llave en el bolsillo de su chaleco, donde la conservó mientras permanecía de pie ante el altar. Dado que abandonó la ciudad inmediatamente después de la ceremonia, el destino del cuadro no se conoció hasta su regreso quince días más tarde. No es necesario relatar cómo explicó su hazaña a Marian y cómo se la reveló a Baxter; al menos lo hizo con coraje. Corre el rumor de que pagó al pintor una enorme suma de dinero. La cantidad probablemente sea exagerada, pero no hay duda de que el importe fue considerable. Cómo le ha ido —cómo está condenado a que le vaya— en su matrimonio, todavía es muy pronto para saberlo. Apenas lleva tres meses casado.



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