Isaac Bashevis Singer
(Leoncin, Polonia, 1902 - Surfside, Florida, 1991)


La colonia (1968)
(“The Colony”)
Originalmente publicado en la revista Commentary (46, noviembre de 1968, pp. 57-61);
A Friend of Kafka and Other Stories
(New York: Farrar, Straus & Giroux, 1970)



1

      Todo fue como un largo sueño, el viaje de dieciocho días en barco hasta la Argentina, los encuentros con mis paisanos polacos en Montevideo y en Buenos Aires, mi conferencia en el Teatro Soleil y, después, la excursión en automóvil a la vieja colonia yiddish en Entre Ríos, donde debía dar una conferencia. Fui en compañía de una poetisa en yiddish, Sonya Lopata, que leería unos poemas suyos. Hacía calor aquel sábado de primavera. Pasamos por adormecidos pueblecitos bañados por el sol cuyas casas tenían todas los postigos cerrados. La polvorienta carretera discurría por entre grandes campos de trigo y ranchos en los que millares de cabezas de ganado vacuno pastaban sin necesidad de que nadie las vigilara. Sonya hablaba en castellano, idioma que yo desconozco, con el chófer. Al mismo tiempo me daba palmaditas en la mano, me la cogía, me la pellizcaba. Llegó incluso a clavarme la uña de su dedo índice. Oprimía su pierna contra la mía. Todo me parecía muy raro y muy conocido al mismo tiempo: el deslumbrante cielo sin una sola nube, el amplio horizonte, el calor del mediodía, el olor a azahar que llegaba sabía Dios de dónde. En ciertos instantes tenía la impresión de que ya había experimentado aquello en una vida anterior.
       Hacia las dos de la tarde el automóvil se detuvo ante una casa que, teóricamente, era un hotel o una posada. El chófer llamó a la puerta, pero nadie acudió. Después de aporrearla y de maldecir largo rato, la puerta se abrió y bajo el dintel apareció un hombrecillo adormilado. Habíamos interrumpido su siesta. Intentó desembarazarse de nosotros al amparo de mil excusas, pero el chófer no se mostró dispuesto a quedarse sin comer. Discutió enconadamente con el hombrecillo. Después de mil argumentaciones y reproches conseguimos entrar. Cruzamos un patio de piso cubierto con piedras coloreadas y adornado con cactus en tiestos. Penetramos en una sala en penumbra en la que vi mesas, aunque no vi ni a un cliente. La escena me recordó la historia de Reb Nachman Bratslaver cuando entró en un palacio alzado en el desierto, en donde los demonios se disponían a celebrar un festín.
       Por fin apareció el propietario del establecimiento, quien fue a despertar al cocinero. De nuevo oímos quejas y reproches. Entonces el cocinero despertó al pinche. Hasta el instante en que terminamos la comida transcurrieron tres horas. Entonces Sonya me dijo:
       —Argentina es así.
       Tuvimos que efectuar un viaje en barcaza para cruzar un río que por su anchura parecía un lago. Luego el automóvil prosiguió su camino hacia la colonia judía, que al parecer se encontraba ya cerca. Bajo el aire ardiente, los campos de trigo se ondulaban como un mar verde. La carretera era ahora todavía más polvorienta. Un vaquero argentino a caballo conducía una punta de ganado al matadero. Estimulaba a las reses con gritos salvajes y las azotaba con el látigo para que corrieran. Eran animales flacos, cubiertos de escamas formadas por el polvo, y en sus pupilas dilatadas se advertía el miedo a la muerte que presentían. Pasamos ante el cadáver de un toro del que nada quedaba salvo la piel y los huesos. Los buitres aún intentaban arrancar de aquel despojo los últimos restos de alimento. En un prado un toro cubría a una vaca. El toro estaba encaramado encima de la vaca, tenía los ojos inyectados en sangre y los cuernos destacaban sobremanera, como si se le hubieran alargado.
       En todo el día no tuve conciencia de que era sábado, pero al comenzar la puesta del sol me di cuenta bruscamente de que el sábado tocaba a su fin y recordé la voz de mi padre entonando «Hijos de la mansión», y a mi madre recitando «Dios de Abraham». Me sentía dominado por una oleada de tristeza y nostalgia. Las caricias de Sonya me fatigaban y por eso me aparté de ella. Pasamos ante una sinagoga que ostentaba el nombre de Beth Israel. No vi ni un cirio encendido, ni oí una sola voz. Sonya me dijo:
       —Están todos integrados.
       Llegamos a la posada en la que habíamos proyectado pasar la noche. En el patío había una mesa de billar y unos barriles rebosantes de libros desencuadernados y con las hojas rasgadas. Una mujer con aire de española planchaba una camisa. A uno y otro lado del patio había puertas que se abrían a los dormitorios sin ventanas. Me asignaron una habitación y a Sonya otra contigua a la mía. Yo creía que alguien acudiría a recibirnos, pero nadie vino. Sonya se encerró para cambiarse las ropas. Salí al patio y me acerqué a uno de los barriles. ¡Dios Santo! Estaba lleno de libros en yiddish que ostentaban sellos de bibliotecas públicas. En la semioscuridad del ocaso leía títulos de obras que me habían entusiasmado en mi juventud. Sholom Aleichem, Peretz, L. Shapiro eran los autores. Y también había traducciones de Hamsun, Strindberg, Maupassant, Dostoievski… Recordé las cubiertas, el papel, el tipo de letra. Pese a que es malo para la vista leer en la penumbra, hice un esfuerzo y comencé a leer. Reconocí las descripciones, las frases, las erratas, e incluso las líneas trastocadas. Sonya salió y me explicó el significado de aquello. La vieja generación de colonos hablaba el yiddish. Allí, en otros tiempos, hubo una biblioteca de obras en yiddish, allí se organizaban conferencias, allí hubo un teatro en el que actuaban actores de habla yiddish. Pero la nueva generación fue educada en castellano. Sin embargo, de vez en cuando aún invitaban a un escritor yiddish, a un rapsoda, a un actor. Tenían un presupuesto para sufragar los gastos que tales invitaciones comportaban. Lo hacían con la finalidad de evitar las críticas de los periódicos yiddish de Buenos Aires. Además, aún quedaban dos o tres viejos que se divertían y gozaban con estas actividades culturales.
       Poco después vino un miembro de la comisión. Era un hombre bajo y grueso, con el cabello negro azulado y ojos de brillantes pupilas negras, propios de un español o un italiano. Habló en un yiddish inseguro. Guiñó el ojo a los dueños del hotel y bromeó con ellos. Tenía mejillas rojizas como la piel del mango. Ahora la noche era negra y densa, de una oscuridad que no había lámpara capaz de penetrar. El canto de los grillos parecía diferente al de sus hermanos europeos o de los Estados Unidos, país en el que a la sazón vivía yo. Las ranas también croaban de distinto modo. Las estrellas ofrecían diferentes formaciones. El cielo del Sur me parecía bajo y opresivo, con sus desconocidas constelaciones. Imaginé oír el aullido de los chacales.
       Dos horas después pronunciaba mi conferencia. Hablé de la historia de los judíos, de la literatura yiddish, pero los rudos hombres y las obesas mujeres que formaban el público no parecían comprender mis palabras. Ni siquiera atendían. Comían cacahuetes, hablaban entre sí, reñían a gritos a sus hijos. Escarabajos, mariposas y todo género de insectos penetraban en la sala a través de los rotos cristales de las ventanas y proyectaban voladoras sombras en las paredes. Hubo varios apagones de electricidad. Un pe-00 entró en la sala y comenzó a ladrar. Después de mi conferencia Sonya leyó sus versos. Luego nos ofrecieron una cena con platos excesivamente grasientos y sazonados. Después alguien nos devolvió al hotel. La colonia estaba deficientemente iluminada y en las calles había montículos y baches. El hombre que nos acompañó dijo que los colonos se habían enriquecido en el curso de los últimos años. Ya no cultivaban la tierra, sino que contrataban argentinos o indios para que lo hicieran. Los colonos iban a menudo a Buenos Aires. Muchos de ellos se habían casado con gentiles. Su principal diversión consistía en jugar a naipes. Las colonias que el barón de Hirsch había fundado con la finalidad de que los judíos se liberaran de sus míseros negocios y se convirtieran en útiles agricultores, se estaban desintegrando. Mientras aquel hombre hablaba, a mi mente acudían párrafos de la Biblia. Pensaba en Egipto, en el becerro de oro y en las dos reses que Jeroboam, el hijo de Nebat, dio a las ciudades de Betel y Dan, diciendo: «He aquí tus dioses, oh Israel». Había algo bíblico en aquel olvido de los propios orígenes, en aquel abandono de los esfuerzos realizados por los padres. Un profeta y no un escritor de mi especie era quien hubiera debido visitar a aquella ingrata generación de judíos. Cuando nuestro acompañante nos dejó, Sonya fue a su dormitorio para asearse y yo volví a los barriles repletos de libros. Ahora no podía leer, pero toqué sus cubiertas y acaricié las páginas. Olí el olor a moho que despedían. Saqué un libro del fondo y me esforcé en leer el título a la luz de las estrellas. Apareció Sonya en bata y zapatillas, con el cabello suelto. Me preguntó:
       —¿Qué haces?
       Y contesté:
       —Visito mi propia tumba.


2

      La noche fue larga y negra. Por la puerta abierta entraba una tibia brisa. De vez en cuando oía un sonido que se me antojaba el de los pasos de una bestia que acechaba en la oscuridad, dispuesta a devorarnos por nuestros pecados. Todas las efusiones, todo el juego y el proceso del amor, habían pasado ya, pero no podía conciliar el sueño. Sonya fumaba y parecía penetrada de esas ansias de parlotear que a veces sospecho sea la pasión dominante en las mujeres. Hablaba con cierto tonó irritante:
       —¿Qué sabe una muchacha de dieciocho años? Me besó y me enamoré de él. Inmediatamente comenzó a hablar de asuntos de orden práctico, de matrimonio, de tener hijos, de alquilar un piso. Mi padre había muerto ya. Mi madre se había ido a vivir con una hermana suya, viuda, en Rosario. En realidad mi madre se convirtió en una especie de criada de su hermana. Los hombres me perseguían, pero todos los que me iban detrás estaban casados. Trabajaba en una fábrica de géneros de punto. Fabricábamos jerseys, chaquetas, en fin todo tipo de prendas de punto. Nos pagaban una miseria. Las obreras eran todas argentinas y lo que allí pasaba era realmente indescriptible. Estaban siempre embarazadas y casi nunca sabían quién las había embarazado. Algunas mantenían a su amante. En este país el clima llega a enloquecerte. Aquí el sexo no es un capricho ni un lujo. El sexo aquí te ataca como el hambre o la sed. En aquellos tiempos los proxenetas todavía ejercían una importante función en nuestra comunidad. En el teatro yiddish los proxenetas mandaban sin la menor restricción, y cuando una obra no les gustaba la retiraban inmediatamente sin consultar a nadie. Esto desencadenó una lucha que terminó con el total aislamiento de los que mangoneaban el teatro yiddish. Aquí quienes realmente mandan son los dirigentes de la Sociedad Funeraria. Y éstos se negaron a vender tumbas a los proxenetas del teatro yiddish. No les dejaban entrar en la sinagoga en el Año Nuevo ni en el Yom Kippur. Los proxenetas tuvieron que organizar su propio cementerio y fundar su propia sinagoga. Muchos eran ya viejos, estaban retirados y sus esposas eran antiguas prostitutas.
       Hizo una pausa. Siguió:
       —¿Qué estaba diciendo? ¡Ah, sí! Pues que los proxenetas todavía tenían mucha influencia y procuraban someter a su dominio a todas las mujeres que se encontraran solas. Tenían individuos especializados en seducirlas. En realidad, mi jefe en la fábrica me perseguía. Entonces comencé a escribir… Pero ¿a quién interesa la poesía en este país? ¿Quién necesita la literatura aquí? Sí, la mejor salida se encontraba en los periódicos. Incluso los proxenetas leían los periódicos en yiddish todos los días. Cuando uno de ellos moría el artículo necrológico ocupaba páginas enteras. Has venido en el mejor momento del año, en primavera. Pero aquí, por lo general, el clima es terrible. En verano hace un calor insoportable. Los ricos se van a Mar del Plata o a las montañas, pero los pobres se quedan en Buenos Aires. En invierno suele hacer mucho frío y los sistemas de calefacción modernos no existían en aquellos tiempos. No, aquí ni siquiera había aquellos hornos que los judíos solían utilizar en Polonia. A uno no le quedaba más remedio que helarse. Ahora en las casas modernas hay calefacción central, pero en las casas viejas todavía se utilizan esas estufas que echan mucho humo pero no dan calor. Rara vez nieva, pero a veces llueve durante días y días, sin parar, y el frío se te mete en los huesos. Las enfermedades no faltan y las mujeres son más susceptibles a ellas que los hombres, son enfermedades del hígado, del riñón, qué sé yo… De ahí que la Sociedad Funeraria sea tan fuerte. Para resumir, te diré que fui a ver a un editor y me dijo, así, casi sin rebozo, «Si te acuestas conmigo publicaré tus obras». Los críticos disimulaban un poco. Sin embargo iban a lo mismo. La verdad es que nunca he sido una santa, pero para que me acueste con un hombre hace falta que me guste. Ir a la cama con alguien, así, en frío, es algo que no puedo hacer. Y entonces apareció Leibele, mi actual marido. También era poeta y había publicado algún que otro poema. Incluso había sacado un libro de versos. En aquellos tiempos, cuando el nombre de alguien aparecía en letra impresa este alguien me parecía un genio. Leibele me enseñó una crítica salida en un periódico de Nueva York. Tenía un empleo en la Sociedad Funeraria. Ni siquiera hoy sé qué diablos hace allí. Seguramente es secretario de alguien. Fuimos a ver al rabino y el rabino nos casó. Nos mudamos a vivir en la zona judía de Corrientes. Pronto me di cuenta de que el trabajo de mi marido estaba muy mal pagado. Ganaba muy poco y se gastaba cuanto ganaba. Tenía gran número de amigos, escritorzuelos, principiantes y aficionados que pretendían vivir de la cultura yiddish. Jamás hubiera imaginado que aquella clase de seres pudiera existir. Mi marido jamás estaba solo, siempre andaba con esa gente. Comían juntos, bebían juntos, y si yo lo hubiera permitido, mi marido hubiera también dormido con ellos. Y conste que no era homosexual. Todo lo contrario. Bueno, en realidad, carecía de sentido del sexo. Era uno de esos seres que no pueden estar solos ni un segundo. Todas las noches tenía yo que echar de casa a sus admiradores y amiguetes, y todas las noches mi marido me suplicaba que les dejara quedarse un ratito más. Nunca se iban antes de que sonaran las dos de la madrugada. A primera hora de la mañana yo tenía que acudir al trabajo. Cuando salía con mi marido para ir al teatro, a un restaurante, a una conferencia o sencillamente a dar un paseo, íbamos siempre acompañados del grupo de charlatanes. Eran individuos capaces de discutir horas y horas acerca de la más insignificante bagatela. Hay hombres que, ciertamente, son celosos, pero mi marido ignoraba lo que son los celos. Cuando uno de sus colegas me besaba, mi marido parecía rebosar orgullo y alegría. Y nada le hubiera importado que el que me había dado un beso siguiera adelante y llegara más lejos. Era así y sigue siendo así. Cuando supo que me iba contigo a dar esa conferencia se llevó un alegrón. Para él tú eres como un dios, y nadie puede sentir celos de un dios. No tuvimos hijos y nuestro matrimonio hubiera podido terminar. Sin embargo divorciarse es absurdo cuando una no está enamorada de otro. El caso es que pasaron los años y de nadie me enamoré. Mis aventuras fueron siempre con hombres casados. Al principio valoraba mucho la literatura de mi marido, pero después incluso en este aspecto me defraudó. Como poetisa fui mejorando —por lo menos a juzgar por los elogios de los críticos—, pero mi marido quedó estancado. Comenzó a mostrarse más y más entusiasmado con mis poesías. Todos queremos ser admirados, pero la admiración de mi marido me irritaba. Contagió esa admiración a sus amigos. Mi casa se convirtió en algo así como el templo de un ídolo, y el ídolo era yo. Sin embargo mi marido siempre olvidó un pequeño detalle: teníamos que comer y pagar el alquiler. Yo seguía trabajando y regresaba a casa, al anochecer, hecha cisco. Era como una segunda George Sand. Y entonces tenía que preparar la cena de mi marido y sus amigachos. Yo guisaba y ellos analizaban mis versos y se maravillaban ante cada una de sus palabras. Es gracioso, ¿verdad? Luego la situación mejoró un poco. Dejé de trabajar. De vez en cuando, la comunidad me concede una beca… Sí, ahora tenemos unos cuantos mecenas. Y también de vez en cuando publico algo en los periódicos, pero todo lo demás sigue básicamente igual. Mi marido también gana ocasionalmente algún dinero, pero jamás el suficiente para nuestras necesidades.
       —¿Y por qué no tenéis hijos?
       —¿Para qué? Ni siquiera sé si mi marido puede engendrar hijos. Sospecho que tanto él como yo somos estériles.
       Sonya soltó una carcajada y dijo:
       —Si te quedaras quizá tuviera un hijo contigo.
       —¿Para qué?
       —Sí, es cierto, ¿para qué? De todos modos las mujeres sienten la necesidad de tener hijos. Los árboles deben dar fruto. Pero yo necesito un hombre al que admire y no un hombre al que tenga que disculpar y excusar constantemente. Hace poco mi marido y yo dejamos de dormir juntos. Ahora nuestras relaciones son puramente platónicas.
       —¿Y accede a ello?
       —Ni siquiera ha pensado en acceder. Lo único que le gusta es discutir acerca de poesía. ¿Raro, verdad?
       —Todo es raro.
       —La verdad es que le he castrado, espiritualmente hablando.


2

      Al alba Sonya regresó a su dormitorio. Me cubrí y me sumí en el sueño. Me despertaron unos sonidos que en mi vida había oído. Imaginé que oía voces de loros, micos y unos pájaros con picos como plátanos. Por la puerta abierta entraba la fragancia de los naranjos mezclada con el aroma de frutas y plantas que no podía identificar. La brisa tenía la calidez de los rayos del sol y el olor de hierbas exóticas. Inhalé profundamente. Luego me lavé en la pileta y salí. Los barriles con los libros seguían allí, en espera de que un cultivador del yiddish los redimiera. Salí del patio y vi mujeres y niños endomingados —las madres con mantilla en la cabeza, encajes en las bocamangas y libro de oración en ristre— que se dirigían hacia la iglesia a caballo. Oí las campanas a lo lejos. A mi alrededor se extendían los trigales y las tierras de pastos. La hierba estaba moteada de gran número de flores, flores amarillas, blancas, de toda forma y color, y las reses, al pastar, devoraban aquellas maravillas.
       Un sonido vibraba en el aire, era un sonido de canto de pájaros y de brisas en los árboles. Me trajo a la memoria aquel relato del Talmud en el que el viento del Norte toca la lira del rey David para despertarle a fin de entregarse a los estudios de medianoche. Sonya salió con un vestido blanco bordado en rojo y azul. Tenía aspecto lozano y parecía de buen humor. Tuve la impresión de verla por vez primera tal como realmente era, pequeña y ancha, con pómulos salientes y sesgados ojos de tártara. Tenía el pecho alto, los caderas redondeadas y piernas musculosas, como las de la ayudante del juglar qué acudía a nuestros patios para hacer rodar con los pies un tonel en el que se había subido y tragar fuego.
       Pensé, sabe Dios de dónde procede esta mujer… Quizá de alguna tribu asiática… ¿Cómo saber la historia de un pueblo exiliado durante dos mil años? No, no es posible. Pero la naturaleza tiene memoria.
       Sonya me miró de soslayo, me dirigió una sonrisa interrogativa y sabia en la que iba un guiño picaresco. Recordé aquellas palabras de los Proverbios: «Así se porta la adúltera: come, se limpia los labios y dice “no he hecho daño alguno”.» Sí, ciertamente, la modernización que nuestros poetas ensalzaron mediante tan bellas frases y a la que llamaron «Hija de los Cielos», nos ha convertido a todos en rameras y libidinosos. Nadie se tomó la molestia de ofrecemos desayuno, por lo que salimos en busca de un café. Paseábamos como un par de novios en luna de miel. El chófer acudiría a buscarnos a la una de la tarde. Nos dijeron que tenía una amante que trabajaba en la colonia. Seguramente llegaría horas después de la convenida. Pocos minutos después de iniciar nuestro paseo llegamos a una casa. En el porche se sentaba un viejo, con chaqueta y gorro grises, del estilo de los que se utilizaban en Varsovia. El color de la piel de su cara me recordó el de la piel de los porteros de Varsovia. Era una piel rojiza, azulenca, con el rastro gris del pelo mal afeitado. Gruesas venas recorrían su cuello velloso y de nuez prominente. Pese a que iba sin chal de preces y sin filacterias, se balanceaba hacia delante y hacia atrás, como si recitara oraciones. Cuando nos acercamos el viejo levantó la vista y vi que sus ojos seguramente fueron azules en otros tiempos, aunque ahora tenían un color amarillento, con manchas y estaban enramados. Le dije:
       —Estaba usted orando, ¿no es cierto?
       El viejo dudó y contestó con voz ronca, una voz que se me antojó propia de las gentes de Varsovia:
       —¿Acaso tengo algo mejor que hacer? Usted es el orador, ¿verdad? Anoche asistí a su conferencia. Esos sinvergüenzas apenas le dejaron hablar… Y es natural, las conferencias les gustan tanto como a mí un forúnculo. Lo único que les gusta es atiborrarse de comida y jugar a naipes. Así Dios les condene a todos al fuego eterno. Y en cuanto a usted, señora, ¿cómo se llama?, bueno, igual da, pues sí, escuché sus versos, y le diré que no los comprendí. Soy un hombre sencillo, pero…
       Cerró el libro de oraciones y se puso en pie. Dijo:
       —Comerán ustedes conmigo hoy.
       Intentamos rechazar la oferta. El hombre vivía solo. Sin embargo nos dijo:
       —¿Cuándo volverá a presentárseme una ocasión como ésta? Tengo ochenta y un años. Cuando ustedes vuelvan a este lugar yo ya estaré reposando ahí.
       E indicó una arboleda que seguramente ocultaba un cementerio.
       La casa del viejo estaba repleta de muebles viejos y deteriorados. Parecía que los platos no hubieran sido usados en largos años. En una mesa de tablero desnudo, en la sala de estar, vi huevos frescos con la cáscara todavía manchada. Nos preparó una tortilla. Cortó gruesas rebanadas de pan moreno, con cascarilla y porciones de grano. Medio paralizadas las piernas, el viejo iba y venía ofreciéndonos más comida: queso, mermelada de frambuesas, tortas pasadas. Y mientras nos servía no dejaba de hablar:
       —Sí, estaba casado. Cincuenta y cuatro años vivimos juntos mi mujer y yo, como dos pichoncitos. Jamás oí salir una mala palabra de sus labios. Pero un buen día no pudo levantarse y se acabó. Los hijos se fueron. Y es natural, ¿qué les ofrecían esas tierras? Tengo un hijo médico en Mendoza. Una hija casó en el Brasil, y vive en Sao Paulo. Un hijo murió dejando tres huérfanos. Siempre pensé que yo sería el primero en irme al otro barrio. Pero si uno está destinado a vivir, debe vivir. ¿Qué puede uno hacer contra el destino? Las mujeres no se quedan tan desamparadas cuando enviudan. Como habrá supuesto, yo soy uno de los primeros colonos que llegaron aquí. Cuando llegué esto era un erial. Ni una hogaza de pan se podía comprar en estos parajes. Mientras veníamos en el barco, cantábamos todos el himno de Zunser: «La bendición del Señor está en el arado». Nos decían que los campesinos gozan de buena salud porque viven en el regazo de la naturaleza y demás tonterías por el estilo. Pero tan pronto llegamos se declaró una epidemia. Los niños enfermaban y morían. Los viejos también enfermaban. Se dijo que habían envenenado las aguas y qué sé yo cuántas cosas más. El barón nos mandó unos enviados que, según se decía, eran entendidos en agricultura, pero la verdad es que no sabían distinguir el trigo del maíz. Esa gente nos dio infinidad de consejos, pero todos fueron inútiles. Todos queríamos largarnos, pero no teníamos dinero para pagar el viaje. Por otra parte habíamos firmado contratos y resultaba que teníamos deudas que pagar. Estábamos atados de pies y manos. De todos modos aquellas gentes eran esa cosa, ¿cómo se llama?, ¡filántropos! De París vino un hombre importantísimo que sólo hablaba el francés. No comprendimos ni media palabra de lo que nos dijo. Aquellos grandes señores de la caridad se avergonzaban de hablar el yiddish. Los argentinos de los contornos nos odiaban y siempre nos gritaban: «¡Volved a Palestina!». Un día comenzó a llover y no paró en ocho días. Los ríos se desbordaron, hubo inundaciones, al mediodía el cielo estaba tan oscuro como si fuera noche y hubo tal zafarrancho de rayos y truenos que pensamos había llegado el fin del mundo. También cayó pedrisco. Sí, caían unos pedazos de hielo como huevos de pato. Una porción de hielo hizo un orificio en la techumbre y destruyó la casa. ¿Cómo es posible que del cielo caiga hielo? Entre nosotros había unos cuantos ancianos que inmediatamente comenzaron a recitar sus confesiones. Creían que el Mesías se disponía a venir y que aquello era la guerra entre Gog y Magog. Los que sabían escribir, escribieron largas cartas al barón, pero éste no contestó. Las mujeres sólo sabían hacer una cosa: llorar.
       Y entonces llegó un hombre joven, Hersheüe Moskver. A este hombre le llamaban eso, ¿cómo dicen ustedes?, sí, un idealista. Llevaba el cabello largo, y vestía una blusa negra con faja. Ya había visitado Tierra Santa y se había ido de allí. Este hombre nos dijo: «En Palestina la tierra es un desierto y aquí la tierra es rica». Vino con una mujer joven que se llamaba Bella. Era hermosa, morena como una gitana y con los dientes muy grandes y blancos. Todos los hombres se enamoraron de ella. Cuando Bella entraba en una habitación parecía que la luz se hiciera más fuerte y clara. Consolaba y ayudaba a todos. Si una mujer daba a luz, allí estaba Bella para asistirla. Pero las mujeres comenzaron a quejarse diciendo que Bella había venido para seducir a sus maridos. Hubo muchas murmuraciones y peleas. Y entonces, a Bella le dio el tifus y murió. Fue el resultado de una maldición de sus enemigos. Hershelle Moskver se quedó en pie, en silencio junto a la tumba, y se negó a recitar el Kaddish. Tres días después le encontraron ahorcado. ¿Quieren otra taza de café? Beban, amigos, beban. ¿Cuándo tendré otra vez un honor semejante? Si quieren, vengan conmigo al cementerio. Está ahí, al lado. Quiero enseñárselo todo, todo lo de la colonia. Y toda la colonia está enterrada allí.
       Terminada la comida, el viejo cogió el bastón, y los tres nos dirigimos al cementerio. La verja estaba rota. Algunas lápidas se habían inclinado a un lado y otras habían caído. Los hierbajos y las matas con flores lo cubrían todo y las letras de las lápidas estaban cubiertas de verdín y medio borradas. Aquí y allá sobresalía un medio podrido recordatorio de madera. El viejo indicó la colina. Dijo:
       —Allí reposa Bella y a su lado Hershelle Moskver. Vivieron juntos y… ¿cómo dice la Biblia?
       Le ayudé:
       —Dulces y amables en la vida, la muerte no pudo separarlos.
       —Sí, eso, veo que tiene buena memoria. Yo casi la he perdido. Cosas ocurridas hace setenta años las recuerdo como si fueran de ayer. Y lo que ayer pasó me parece muy distante. Todo se debe a los años, los años. Podría estar sentado con ustedes siete días y siete noches, y me faltaría tiempo para contarles una décima parte de nuestros sufrimientos. ¿Y acaso podemos decir que la joven generación sabe lo mucho que padecimos? No, no quieren ni enterarse. Todo lo hicimos en su beneficio. Ahora las máquinas hacen el trabajo. Y ellos cogen el automóvil y se van a Buenos Aires. ¿Son ustedes marido y mujer?
       —No. Somos amigos.
       —¿Y por qué no se casan?
       Sonya me indicó y dijo:
       —Y a está casado.
       El viejo dijo:
       —Bueno, me sentaré aquí un rato.
       Y se sentó en un banco. Sonya y yo paseamos por entre la tumbas y leímos las inscripciones en las lápidas. El aire tenía un aroma dulce, un aroma a miel. Las abejas zumbaban volando de flor en flor. Grandes mariposas revoloteaban por entre las tumbas. Una de las mariposas tenía las alas a rayas blancas y negras, como las de un chal de rezos. Sonya y yo llegamos a lo alto de una colina y nos fijamos en una piedra con dos nombres inscritos, los de Bella y Hershelle Moskver.
       Sonya me cogió la mano y comenzó a pellizcármela y a tirar de ella. Me clavó las uñas en la carne. Estábamos en pie ante la piedra y no podíamos alejarnos de ella. A brevísimos intervalos cantaba un pájaro y el pájaro era siempre diferente al que antes había cantado. Un fuerte perfume impregnaba el aire. En el cabello de Sonya se habían enredado insectos de todo género. Una mariquita se había posado en la solapa de mi chaqueta. Una oruga cayó en la doblez de mis pantalones. El viejo cementerio hervía de vida, muerte, amor, vegetación. Sonya dijo:
       —Si pudiéramos quedarnos así para siempre…
       Poco después volvíamos al banco en el que el viejo colono nos esperaba. Tenía la desdentada boca abierta y estaba rígido como un cadáver. Pero sus ojos, bajo las cejas hirsutas, parecían sonreír. Una mariposa se había posado en la visera de su gorro. Estaba quieta, paralizada por pensamientos tan antiguos como su especie. Luego sacudió las alas y emprendió el vuelo hacia la colina en la que Bella y Hershelle yacían para siempre. Eran el Romeo y Julieta de aquel grandioso sueño del barón de Hirsch en el que quiso transformar a los judíos rusos en campesinos argentinos.




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