Isaac Bashevis Singer
(Leoncin, Polonia, 1902 - Surfside, Florida, 1991)


La destrucción de Kreshev (1943)
(“Der khurbn fun Kreshev”, yidis)
(“The Destruction of Kreshev”)

The Spinoza of Market Street
(New York: Farrar, Straus & Giroux, 1961)



I. Reb Bunim llega a Kreshev

      Yo soy la serpiente primigenia, el maligno, Satán. La cábala se refiere a mí como a Samael y los judíos, a veces, me llaman simplemente «aquél».
       Es sobradamente conocido que arreglo extraños matrimonios, que disfruto uniendo viejos con jovencitas, una viuda fea con un joven en la flor de la edad, un tullido con una belleza, un cantante con una sorda, un mudo con una charlatana. Déjenme que les hable de una de esas interesantes uniones que conseguí en Kreshev, que es una ciudad que está junto al río San. Esto me permitió obrar abusivamente y me proporcionó la oportunidad de poner en práctica una de esas pequeñas jugadas que obligan a renegar de este mundo y del otro entre un «sí» y un «no».
       Kreshev es tan grande como una de las letras más pequeñas del más pequeño de los libros de oración. A dos lados de la ciudad hay espesos bosques de pinos, y en un tercero está el río San. Los habitantes de las aldeas cercana son más pobres y están más aislados que cualquiera de los otros del distrito de Lublin, y sus campos son los más yermos. Durante buena parte del año las carreteras que conducen a las grandes ciudades son como amplias trincheras de agua; uno tiene que viajar en carro, jugándose la vida. En invierno, osos y lobos acechan por los alrededores del pueblo, y a menudo atacan a una vaca o a un ternero rezagados, a veces incluso al ser humano. Y, finalmente, para que los aldeanos no se vean nunca libres de sus desgracias, les he inculcado una ardiente fe. En aquella parte del país hay una iglesia por cada dos pueblos, y una capillita por cada diez casas. Se ve a la Virgen con su corona oxidada sosteniendo a Jesús en los brazos, Jesús, el niño de José, el carpintero judío. A ella van los ancianos… y, en lo más riguroso del invierno, se arrodillan, por lo que les ataca el reuma. Cuando llega el mes de mayo tenemos procesiones diarias y aquellos muertos de hambre, con voz ronca, entonan cánticos, para que llueva. El incienso despide un olor acre, y un tamborilero tuberculoso golpea el tambor con todas sus fuerzas con el fin de asustarme. Sin embargo, la lluvia no cae… y si cae es a destiempo. Pero eso no impide que la gente siga siendo creyente, como ocurre desde hace tiempos inmemoriales.
       Los judíos de Kreshev son más prósperos y están más instruidos que los, aldeanos. Sus esposas en las tiendas, tienen la mano hábil para dar pesos y medidas arreglados. Los vendedores ambulantes saben cómo conseguir que las aldeanas compren toda clase de baratijas, y así consiguen trigo, patatas, cáñamo, pollos, patos, gansos… y, a veces, alguna cosita extra. ¿Qué no daría una mujer por una sarta de cuentas, un plumero decorado, un percal estampado o, simplemente, por una palabra amable en boca de un forastero? Así que no es del todo sorprendente que aquí y allí, entre los niños de cabello pajizo, aparezca un chiquillo de cabello rizado, de ojos negros y nariz aguileña. Los aldeanos duermen profundamente, pero el demonio no permite que sus jóvenes esposas descansen; por el contrario, las induce a ganar los atajos para ir a los graneros donde los vendedores ambulantes esperan en la paja. Los perros ladran a la luna, los gallos cantan, las ranas croan, las estrellas del cielo miran hacia abajo y guiñan el ojo, y el propio Dios duerme entre las nubes. El Todopoderoso es viejo; no es tarea fácil vivir eternamente.
       Pero volvamos a los judíos de Kreshev.
       Durante todo el año, la plaza del mercado es un profundo barrizal, por la sencilla razón de que las mujeres vacían allí sus baldes. Las casas no guardan ninguna regularidad; están medio hundidas en la tierra y sus ventanas están cubiertas de trapos o de vejigas de buey. Las casas de los pobres no tienen pavimento, algunas carecen incluso de chimenea. En esas casas, el humo de la cocina escapa por un agujero abierto en el techo. Las mujeres se casan a los catorce o quince años y envejecen rápidamente por exceso de embarazos. En Kreshev, los zapateros remendones disponen, en sus banquetas de trabajo, de zapatos viejos y destrozados en los que es posible practicar el oficio. Los sastres no tienen más alternativa que dar la vuelta a la tercera cara de las pieles gastadas que se les entregan. Los cepilleros alisan las cerdas de puerco con peines de madera y cantan, con voz ronca, fragmentos de cánticos rituales y canciones de boda. Pasado el día de mercado, los tenderos ya no tienen nada más que hacer, por lo que rondan la casa de estudio, rascándose y hojeando el Talmud, o bien se cuentan extrañas historias de monstruos, fantasmas y hombres-lobo. Es obvio que en semejante ciudad tengo muy poco que hacer; me las veo y deseo para dar con un pecado de verdad. A los habitantes les falta energía e inclinación. Alguna que otra vez, una costurera murmura de la esposa del rabino o la hija del aguador engorda en espera de un niño, pero este tipo de cosas no me divierte en absoluto. Por esta razón, raras veces visito Kreshev.
       Pero, en los tiempos a que me refiero, había algunos hombres ricos en el pueblo y en un hogar próspero puede ocurrir cualquier cosa. Así que siempre que dirigía mi vista hacia allá, me aseguraba de cómo iban las cosas en el hogar de Reb Bunim Shor, el hombre más rico de la comunidad. Tardaría demasiado tiempo en explicarles detalladamente el motivo por el que Reb Bunim se instaló en Kreshev. En un principio, había vivido en Zholkve, que es una ciudad que está cerca de Lemberg, Se fue de allí por cuestiones de negocios. Trataba en madera y, por muy poco dinero, había comprado una bonita extensión de bosque al hacendado de Kreshev. Además, su esposa, Shifrah Tammar (una mujer de familia distinguida, nieta del famoso erudito Reb Samuel Edels) sufría de tos crónica, que la hacía escupir sangre, y un médico de Lemberg le había recomendado vivir en una zona boscosa. Total, que Reb Bunim se había trasladado a Kreshev con todos sus bienes, llevando consigo un hijo ya mayor y Lise, una hija de diez años. Había mandado construir una casa separada de todas las demás, al final de la calle de la sinagoga; luego, había llenado el edificio con varios carros de muebles, loza, ropas, libros e infinidad de enseres. También trajo consigo un par de sirvientas, una vieja y un joven llamado Mendel, que hacía también las veces de cochero de Reb Bunim. La llegada del nuevo habitante devolvió la vida a la aldea. Ahora, en los bosques de Reb Bunim, había trabajo para los jóvenes, y los carreteros de Kreshev tenían troncos que arrastrar. Reb Bunim mandó reparar el baño ritual de la ciudad y construyó un nuevo tejado para el hospicio.
       Reb Bunim era un hombre alto, fuerte, de armazón robusto. Tenía voz de cantante y una barba negra que terminaba en dos puntas. No era muy culto y apenas podía terminar un capítulo del Midrash, pero siempre contribuía generosamente a todas las caridades. Podía sentarse a la mesa y tomar en un solo ágape una hogaza de pan y una tortilla de seis huevos, todo ello ayudado con un litro de leche. Los viernes, en el baño, se subía al escalón más alto y hacía que el encargado le golpeara con un manojo de varillas hasta la hora de encender las velas. Cuando se adentraba en el bosque, iba acompañado de dos perros y llevaba fusil. Se decía que podía decir a primera vista si un árbol estaba sano o podrido. De ser necesario, era capaz de trabajar dieciocho horas seguidas y recorrer varias millas a pie. Su esposa, Shifrah Tammar, había sido muy hermosa, pero entre visitas a los médicos y preocupaciones por su salud, había envejecido prematuramente. Era alta y flaca, casi lisa de pecho, y su rostro, largo y pálido, con una nariz en forma de pico. Sus labios delgados estaban perpetuamente cerrados y sus ojos grises airaban al mundo agresivamente. Sus reglas eran dolorosas, y cuando venían se veía obligada a guardar cama como si se encontrara mortalmente enferma. En definitiva, sufría constantemente… Tan pronto era dolor de cabeza, como una muela infectada o tirantez de abdomen. No era una pareja adecuada para Reb Bunim, pero él no era de los que se quejan. Es probable que estuviera convencido de que así ocurría con todas las mujeres, puesto que se había casado a los quince años.
       Respecto del hijo, poco hay que decir. Era como su padre… no muy culto, comedor voraz, gran nadador y comerciante agresivo. Se había casado con una muchacha de Brody antes de que su padre se trasladara a Kreshev, e inmediatamente se dedicó a los negocios. Rara vez iba a Kreshev; como a su padre, no le faltaba dinero, porque ambos eran financieros natos. Parecían atraer el dinero. Tal como estaban las cosas, no parecía que hubiera ninguna razón para que Reb Bunim y su familia no terminaran sus días en paz, como suele ocurrir con la gente corriente, porque debido a su sencillez se libran de la mala suerte y cruzan por la vida sin tener verdaderos problemas.


II. La hija

       Pero Reb Bunim también tenía una hija, y las mujeres, como se sabe, traen mala suerte.
       Lise era hermosa y bien educada. A los doce años era tan alta como su padre. Tenía el cabello rubio, casi amarillo, y la tez tan blanca y suave como el raso. Sus ojos; a veces, parecían azules, y otras, verdes. Su comportamiento era una mezcla, mitad de dama polaca, mitad de devota doncella judía. Cuando tenía seis años, su padre había contratado una institutriz para que la enseñara religión y gramática; después, Reb Bunim la envió a un verdadero maestro. Desde un principio había mostrado un gran interés por los libros. Estudió sola las Escrituras en yiddish y se instruyó en el comentario, en yiddish, que hizo su madre del Pentateuco. También había leído La Herencia del Ciervo, La Vara del Castigo, El Buen Corazón, La Buena Medida y otros libros por el estilo que había encontrado en la casa. Después consiguió aprender, ella sola, bastante hebreo. Su padre le había dicho en repetidas ocasiones que no era propio de una muchacha estudiar la Torah y su madre la advirtió que se quedaría soltera, ya que a nadie gustaba una esposa sabia. Pero todas esas advertencias hacían poca mella en la muchacha. Continuó, pues, estudiando, leyó El Deber de los Corazones y Josephus, se familiarizó con las historias del Talmud y aprendió, además, toda clase de refranes de los Tanaites y Amorites. No admitió límite a su sed de conocimientos. Todas las veces que un vendedor de libros aparecía por Kreshev, le invitaba a la casa y le compraba todo lo que llevaba en el saco. Después de la comida del sábado, las muchachas de su edad, hijas de las mejores familias de Kreshev, iban a visitarla. Charlaban, jugaban a pares y nones, se planteaban adivinanzas y actuaban alocadamente, como generalmente suelen hacer las jovencitas. Lise se mostraba siempre muy correcta para con sus amigas y les servía frutas, nueces, dulces y pasteles, pero nunca tenía nada que contarles… Su mente estaba ocupada por asuntos de más peso que los trajes y zapatos. No obstante, sus modales eran siempre cordiales, sin el menor matiz de altivez. En los días de fiestas señaladas, Lise iba a la sinagoga de las mujeres, aunque las muchachas de su edad no tenían la costumbre de asistir a las ceremonias. En más de una ocasión Reb Bunim, que la quería mucho, dijo con tristeza:
       —Es una lástima que no sea un muchacho. ¡Qué hombre hubiera resultado!
       Los sentimientos de Shifrah Tammar eran distintos:
       —Estás echándola a perder —insistía—. Si continúa así, ni siquiera sabrá pelar una patata.
       Como no había maestro competente en temas seglares en Kreshev (Yakel, el único maestro de la comunidad apenas sabía escribir una línea legible de yiddish), Reb Bunim mandó a su hija a estudiar con Kalman el Sanguijuela. Kalman era muy estimado en Kreshev. Sabía cómo hay que quemar las greñas, aplicar sanguijuelas y operar con un cuchillo de cortar pan. Poseía una estantería repleta de libros y fabricaba sus propias píldoras con hierbas del campo. Era un hombre pequeño, cuadrado, con un barrigón enorme; cuando andaba, su gran peso le hacía vacilar. Con su sombrero de fieltro peludo, caftán de terciopelo, pantalones sujetos debajo de las rodillas y zapatos con hebilla, parecía uno de los señores locales. En Kreshev había la costumbre de que la procesión que llevaba a la novia al baño ritual se detuviera delante de la casa de Kalman y le dedicase una serenata.
       —Hay que mantener a ese hombre de buen humor —se decía en la aldea—. Y desear no tener que necesitarlo nunca.
       Pero Reb Bunim le necesitaba. El Sanguijuela trataba continuamente a Shirah Tammar, y no sólo curaba los males de la madre, también prestaba a la hija los libros de su biblioteca. Lise se los leyó todos; volúmenes de medicina, libros de viajes que describían países lejanos y gente salvaje, románticas historias de nobles, cómo iban de caza y se amaban, los magníficos bailes que daban. Y eso no era todo; en la biblioteca de Kalman había también relatos maravillosos de brujos y animales extraños, caballeros, reyes y príncipes. Sí, Lise leyó todos los libros hasta la última línea.

       Creo que ya es hora de que hable de Mendel, Mendel el criado… Mendel el cochero. Nadie, en Kreshev, sabía a ciencia cierta de dónde había salido Mendel. Unos decían que era un hijo del amor que había sido abandonado en la calle; otros, que era el hijo de un converso. Fuera cual fuera su origen, era un ignorante que se había hecho famoso no sólo en Kreshev, sino en varias millas a la redonda. Desconocía literalmente su Alef Beth, y tampoco se le había visto rezar nunca, aun cuando poseía un par de filacterias. Los viernes por la noche, los demás hombres se reunían en la Casa de Oración, pero Mendel rondaba por la plaza del mercado. Ayudaba a las sirvientas a sacar agua del pozo y se entretenía mirando los caballos en las cuadras. Mendel se afeitaba, no llevaba la túnica de flecos y no ofrecía bendiciones; se había emancipado completamente de las costumbres judías. En su primera aparición en Kreshev, varias personas se habían interesado por él; se le había ofrecido instrucción gratuita; algunas damas piadosas le habían advertido que terminaría reclinado en un lecho de clavos, en el gehena. Pero el joven no hizo caso a nadie, se limitaba a adelantar los labios y empezaba a silbar descaradamente. Si alguna mujer le atosigaba demasiado, le replicaba con arrogancia:
       —¡Ande, cosaco de Dios! Por lo menos, no la encontraré en mi gehena.
       Y sirviéndose del látigo, que siempre llevaba consigo, levantaba la falda de la mujer. Claro, a continuación, había un gran alboroto y risas, y la piadosa dama juraba no volver a entrometerse en la vida de Mendel el cochero.
       Aunque era un hereje, eso no le impedía ser guapo. Realmente era guapísimo, alto y esbelto, con piernas largas y rectas y caderas estrechas; tenía el cabello muy negro y rizado, siempre con hebras de paja o de heno mezcladas con los rizos. Las cejas eran espesas y casi se le unían sobre la nariz; los ojos eran negros y los labios, gruesos. En cuanto a sus ropas, vestía como un gentil. Llevaba calzones de montar y botas, chaqueta corta y gorro polaco con visera de cuero que se ponía siempre al revés, con lo que le rozaba el cuello. Hacía silbatos con pedazos de ramas y sabía tocar el violín. Otro de sus pasatiempos eran las palomas. Había construido un palomar en lo alto de la casa de Reb Bunim; a veces, se le veía encaramarse por el tejado y adiestrar a los pájaros con un palo muy largo. Aunque tenía una habitación independiente y una cama adecuada, prefería dormir en el pajar, sobre el heno, y cuando se le antojaba, era capaz de dormir catorce horas de un tirón.
       Una vez hubo un fuego tan grande en Kreshev, que la gente ya había decidido huir; en casa de Reb Bunim todos buscaron a Mendel para que les ayudara a hacer el equipaje y sacar cosas, pero no le encontraron en ninguna parte. Solamente después, cuando se hubo podido apagar el fuego y se había puesto fin al pánico, le descubrieron en la huerta, roncando debajo de un manzano como si no ocurriera nada.
       Pero Mendel el cochero no era sólo un dormilón; se sabía también que andaba detrás de las mujeres. No obstante, había que decir algo en su favor: no andaba detrás de las muchachas de Kreshev. Sus escapadas eran siempre con jóvenes aldeanas de los pueblos cercanos. La atracción que sentía por esas mujeres no parecía natural; los bebedores de cerveza de la taberna local aseguraban que bastaba que Mendel mirara solamente a una de esas muchachas para que inmediatamente se le entragara. Se sabía que más de una le había visitado en su altillo; a los aldeanos, por supuesto, no les gustaba eso y habían advertido a Mendel que cualquier día le cortarían la cabeza, pero él hacía caso omiso de tales amenazas y se revolcaba más y más en la carnalidad. No había una sola aldea, de las que había visitado con Reb Bunim, donde no tuviera sus «esposas» y familias. Parecía casi verdad que bastara un silbido suyo para hacer venir, volando, a una muchacha a su lado. Pero Mendel no hablaba de su poder sobre las mujeres; no bebía whisky, evitaba las peleas y se mantenía alejado de los zapateros, sastres, cepilleros y toneleros que componían la población más pobre de Kreshev. Tampoco ellos le miraban como a uno de su clase. No le preocupaba demasiado el dinero; se decía que Reb Bunim sólo le daba cama y comida. Pero cuando un capataz de Kreshev le ofrecía contratarlo y pagarle un verdadero salario, Mendel prefería seguir fiel a la casa de Reb Bunim. Por lo visto, no le importaba ser un esclavo; sus caballos y sus botas, sus palomas y sus mujeres eran lo único que le interesaba. De modo que la gente de Kreshev dejó de preocuparse de Mendel el cochero.
       —¡Un alma perdida! —comentaban—. Un gentil judío.
       Y, poco a poco, fueron acostumbrándose a él y, después, le olvidaron.


III. Los artículos del compromiso

       Tan pronto como Lise cumplió quince años, se empezó a pensar con quién iba a casarse. Shifrah Tammar estaba enferma y las relaciones entre ella y Reb Bunim eran tirantes, de modo que éste decidió discutir el asunto con su hija. Cuando empezó a hablarse de ello, Lise se mostró cohibida y contestó que haría lo que su padre creyera mejor.
       —Tienes dos posibilidades —dijo Reb Bunim en el curso de una de esas conversaciones—. La primera es un joven de Lublin procedente de una familia muy rica, pero no es culto. El otro es de Varsovia y es un verdadero prodigio, pero debo advertirte que no tiene un céntimo. Ahora di algo, muchacha. Tú debes decidir. ¿A cuál de ellos prefieres?
       —¡Oh!, ¿qué valor tiene el dinero? —observó Lise, despectiva—. El dinero puede perderse, pero no el saber… —dijo, y bajó los ojos.
       —Entonces, si no me equivoco, ¿prefieres el muchacho de Varsovia? —preguntó Reb Bunim acariciando su negra y larga barba.
       —Tú lo sabes mejor, padre… —murmuró Lise.
       —Hay otra cosa que debo mencionar —prosiguió su padre—, y es que el rico es muy guapo, alto y rubio. El culto, es muy bajo… un palmo menos que tú.
       Lise se cogió ambas trenzas, enrojeció y perdió el color. Se mordió los labios.
       —Bien, ¿qué has decidido, hija? —preguntó Reb Bunim—. No debe darte vergüenza hablar.
       Pero Lise tartamudeaba y las piernas le temblaban de vergüenza.
       —¿Dónde está? Quiero decir, ¿qué hace? ¿Dónde estudia?
       —¿El de Varsovia? Es, que Dios nos guarde de ello, huérfano, y actualmente estudia en el Yeshiva de Zosmir. Me han dicho que conoce el Talmud de memoria y que también es filósofo y estudiante de la cábala. Creo que ha escrito un comentario sobre Maimónides.
       —Sí —murmuró Lise.
       —¿Quieres decir que te decides por éste?
       —Sólo si a ti te parece bien, padre.
       Y se cubrió la cara con las manos, echando a correr fuera de la estancia. Reb Bunim la siguió con la mirada, Le encantaba… su belleza, su castidad, su inteligencia; le quería más a él que a su propia madre, y aunque ya era mayor, todavía se acurrucaba junto a él y le pasaba los dedos por la barba. Los viernes, antes de ir a la casa de baño, le preparaba una camisa limpia y, a su regreso, antes de encender las velas, le servía un pastel recién salido del horno y compota de ciruelas. Nunca la oía reír tontamente, como hacían otras muchachas y jamás anduvo descalza en su presencia. Después de la comida del sábado, cuando él dormitaba, Lise andaba de puntillas para no despertarle. Cuando estaba enfermo, le ponía la mano sobre la frente para averiguar si tenía o no temperatura y le daba toda clase de medicinas y golosinas. En más de una ocasión, Reb Bunim había envidiado al hombre afortunado que la recibiera por esposa.
       Días después, la gente de Kreshev se enteró de que el futuro marido de Lise había arribado a la ciudad. El joven llegó solo en una carreta y se instaló en la casa del rabino Ozer. Todos se sorprendieron al ver lo canijo que era, bajo, flaco, con patillas negras y enmarañadas, el rostro pálido, una barbilla puntiaguda apenas cubierta por cuatro pelos. Su larga gabardina le llegaba más abajo de los tobillos. Caminaba encorvado, de prisa y como si no supiera a dónde iba. Las muchachas se asomaban a las ventanas y le miraban pasar. Cuando llegó a la casa de estudio, los hombres salieron a recibirle e inmediatamente empezó a discurrir del modo más inteligente posible; era indudable que aquel hombre estaba hecho para la capital.
       —Vaya, tienen una buena metrópolis, aquí —observó el joven.
       —Nadie pretende que sea Varsovia —objetó uno de los muchachos del lugar.
       El joven cosmopolita sonrió.
       —Todos los lugares se parecen —señaló—. Si están en la faz de la tierra, todos son lo mismo.
       Dicho esto, empezó a mencionar liberalmente el Talmud de Babilonia y el Talmud de Jerusalén, y cuando hubo terminado el tema, les entretuvo con noticias sobre lo que ocurría en el inmenso mundo de más allá de Kreshev. No conocía- personalmente a Radziwill, pero le había visto y conocía a un seguidor de Sabbatai Zevi, el falso Mesías. También había conocido a un judío que procedía de Susa, que había sido la antigua capital de Persia, y a otro judío que se había hecho converso y estudiaba el Talmud secretamente. Como si no bastara todo eso, empezó a preguntar las más complicadas adivinanzas a los presentes y, cuando se cansó de ello, se divirtió contándoles anécdotas del rabino Heshl. De un modo u otro consiguió hacerles saber, además, que sabía jugar al ajedrez, pintar murales utilizando los doce signos del zodíaco, y escribir versos en hebreo que podían leerse de derecha a izquierda y de izquierda a derecha y decían exactamente lo mismo, leyéndolos como quisieran. Y eso no era todo; este joven prodigio también había estudiado filosofía y la cábala y conocía bien la matemática mística, pudiendo incluso resolver las fracciones que se encuentran en el tratado de Kilaim. Inútil decir que había ojeado el Zohar y El Árbol de la Vida y conocía La Guía para los Perplejos tan bien como su propio nombre.
       Cuando llegó a Kreshev tenía un aspecto miserable, pero pocos días después de su llegada, Reb Bunim le proporcionó una gabardina, zapatos y medias (blancas) nuevos, y le regaló un reloj de oro. Y, ahora, el joven empezó a peinarse la barba y a rizarse las patillas. Hasta que se firmó el contrato no vio Lise a su prometido, pero tenía informes de lo sabio que era. Estaba contenta de haberle elegido en lugar del muchacho rico de Lublin.
       Las fiestas para celebrar el contrato de compromiso eran tan ruidosas como las de boda; media ciudad había sido invitada. Como siempre, hombres y mujeres se sentaban separadamente y Shloimele, el futuro novio, hizo un discurso extremadamente inteligente y luego firmó su nombre con una rúbrica preciosa. Varios de los hombres más cultos del lugar intentaron conversar con él sobre asuntos de interés, pero su retórica y sabiduría eran demasiado grandes para ellos. Mientras continuaba la fiesta, y antes de comenzar el banquete, Reb Bunim rompió la costumbre tradicional de que los novios no debían verse antes de la boda, y dejó pasar a Shloimele al gabinete de Lise, puesto que la verdadera interpretación de la ley es que un hombre no debe tomar esposa sin haberla visto antes. La gabardina del joven estaba desabrochada y dejaba al descubierto su chaleco de seda y la cadena de oro del reloj. Parecía un hombre de mundo, con sus zapatos brillantemente lustrados y tocado con el casquete de terciopelo. Su amplia frente estaba húmeda de sudor y tenía las mejillas arreboladas. Curioso e intimidado, miró en derredor con sus ojos oscuros, mientras que con el índice retorcía nerviosamente el fleco de su faja. Lise, al verlo, se ruborizó; le habían dicho que no valía nada, pero a ella le pareció guapo; y lo mismo opinaban las demás muchachas presentes. De un modo u otro, Shloimele se había vuelto más atractivo.
       —Ésta es la muchacha con quien vas a casarte —dijo Reb Bunim—. No debes sentirte tímido.
       Lise llevaba un traje de seda negra y, alrededor del cuello, un collar de perlas que era el regalo que había recibido para aquella ocasión. Su cabello parecía casi rojo a la luz de las velas. En un dedo de la mano izquierda llevaba una sortija con la letra «M» grabada, la primera letra de la palabra mazeltov. En el momento en que Shloimele entró, tenía en la mano un pañuelo bordado, pero al verle se le había escapado de los dedos. Una de las muchachas que estaban con ella en el gabinete se inclinó a recogerlo.
       —Es una hermosa noche —dijo Shloimele a Lise.
       —Y un verano excelente —contestaron la muchacha y sus dos acompañantes.
       —Tal vez un poco caluroso —observó Shloimele.
       —Sí, es caluroso —contestaron de nueva las tres muchachas, al unísono.
       —¿Acaso es mía la culpa? —preguntó Shloimele con una especie de cantinela—. En el Talmud se dice…
       Pero Shloimele no pudo seguir porque Lise le interrumpió:
       —Sé perfectamente lo que dice el Talmud. «Un burro tiene frío hasta en el mes de Tammuz».
       —¡Oh, una estudiante del Talmud! —exclamó Shloimele, sorprendido, mientras se le enrojecían las puntas de las orejas.
       Poco después, la conversación terminó y todo el mundo fue al gabinete. Pero el rabino Ozer se disgustó porque el novio y la novia se habían visto antes de la boda, y ordenó que los separaran. De modo que Shloimele volvió a verse de nuevo rodeado tan sólo por hombres. La fiesta continuó hasta el alba.


IV. Amor

       Lise se enamoró de Shloimele desde el primer momento en que le vio. A veces llegó a creer que su rostro le había sido mostrado en sueños, antes de la boda. Otras, tenía la seguridad de que habían estado casados en una existencia anterior. La verdad era que yo, el Espíritu del Mal, necesitaba un amor como aquél para mis proyectos futuros.
       Por la noche, cuando Lise dormía, yo iba a buscar el espíritu del muchacho y se lo traía, y entonces los dos se hablaban, se besaban y se intercambiaban prendas de amor. Al despertar, todos sus pensamientos eran para él. Retenía su imagen en su corazón y le hablaba y éste contestaba a sus palabras. Le abrió su alma y él la consoló y murmuró las palabras de amor que ella deseaba oír. Cuando se ponía un traje o un camisón, imaginaba que Shloimele estaba presente y se sentía tímida y se mostraba encantada de que su piel fuera pálida y suave. A veces le preguntaba a esa aparición cosas que la habían intrigado desde la infancia:
       —Shloimele, ¿qué es el cielo? ¿Qué profundidad tiene la tierra? ¿Por qué hace calor en verano y frío en invierno? ¿Por qué, por la noche, se reúnen los cadáveres para rezar en la sinagoga? ¿Cómo puede uno ver un demonio? ¿Por qué ve uno su propia imagen reflejada en el espejo?
       Imaginó incluso que Shloimele contestaba a cada una de esas preguntas. Había otra que no dejó de formular a la sombra de su espíritu:
       —Shloimele, ¿me quieres de verdad?
       Shloimele la tranquilizó y aseguró que no había otra igual en belleza. Y en sus sueños se vio ahogándose en el río San y que Shloimele la salvaba; los malos espíritus la raptaban y él la rescataba. En verdad, su espíritu estaba hecho de sueños, tal era la confusión que el amor había introducido en su alma.
       Ocurrió que Reb Bunim aplazó la boda hasta el sábado después de Pentecostés, y, así, Lise se vio obligada a esperar casi tres cuartos de año. Ahora, gracias a su impaciencia, comprendió el sufrimiento de Jacob cuando se había visto obligado a esperar siete años antes de casarse con Raquel. Shloimele permaneció en casa del rabino y no podría volver a visitar a Lise hasta Chanukah. La muchacha se colocaba con frecuencia junto a la ventana en un vano intento de verlo, pero el camino que llevaba de la casa del rabino a la casa de estudio no pasaba por delante de la de Reb Bunim. Las únicas noticias que recibía Lise eran a través de las muchachas que iban a visitarla. Una dijo que había crecido un poco, y otra que estaba estudiando el Talmud con los otros jóvenes en la casa de estudio. Una tercera observó que la esposa del rabino debía alimentar mal a Shloimele, porque se le veía más delgado. Por no faltar a la modestia, Lise se abstenía de interrogar a sus amigas con demasiado interés. No obstante, se ruborizaba todas las veces que oía pronunciar el nombre de su amado. Con el fin de conseguir que el invierno pasara más de prisa, empezó a bordar para su futuro marido una bolsa para las filacterias y un paño para cubrir la hogaza sabática. La bolsa era de terciopelo negro y sobre ella cosió la estrella de David, con hilo de oro, junto con el nombre de Shloimele y la fecha del mes y el año. Pero se esmeró mucho más con el mantelito, en el que bordó dos panes y un vaso. Las palabras «Santo Sábado» estaban bordadas con hilo de plata, y en las cuatro esquinas bordó las cabezas de un ciervo, un león, un leopardo y un águila. Tampoco se olvidó de guarnecer los dobladillos con perlas de varios colores y de decorar los bordes con flecos y borlas. Las muchachas de Kreshev se quedaron asombradas ante su habilidad y le rogaron les permitiera copiar el modelo empleado.
       El compromiso había cambiado a Lise: estaba mucho más hermosa. Su tez era blanca y delicada; sus ojos se perdían en el espacio. Circulaba por la casa con el paso silencioso de una sonámbula. De vez en cuando sonreía sin motivo y se quedaba horas ante el espejo, arreglándose el cabello y hablando a su imagen como si estuviera embrujada. Si llegaba un mendigo a la casa, le recibía amablemente y le ofrecía la limosna con alegría. Después de cada comida, iba al asilo para llevar sopa y carne a los enfermos y pobres. Aquellos desgraciados la sonreían y bendecían:
       —¡Que Dios te conceda poder comer pronto la sopa de tu boda!
       Y Lise añadía por lo bajo:
       —Amén.
       Como el tiempo seguía haciéndose pesado de llevar, solía entretenerse con los libros de la biblioteca de su padre. En ella encontró uno cuyo título era: Las Costumbres del Matrimonio, en el que se declaraba que la novia debía purificarse antes de la ceremonia, no olvidarse de las fechas de sus períodos y practicar el baño ritual. El libro enumeraba también los ritos de la boda, mencionaba el período de las siete bendiciones nupciales, amonestaba a marido y mujer sobre la conducta apropiada, fijándose especialmente en la mujer y explicándole una serie de detalles. Lise lo encontró todo muy interesante, puesto que ya tenía cierta idea de lo que ocurría entre los sexos y había observado, incluso, el juego del amor entre los pájaros y animales. Empezó a meditar detenidamente en lo que había leído y pasó varias noches desvelada, sumida en sus pensamientos. Su modestia se intensificó, su rostro estaba enrojecido y su estado era febril. Su comportamiento se hizo tan raro que la sirvienta creyó que estaba embrujada por el mal de ojo y le recitó encantamientos para curarla. Todas las veces que se mencionaba el nombre de Shloimele, se ruborizaba… lo mismo si se la incluía a ella en el comentario como si no; si alguien se acercaba, escondía el libro de instrucciones que leía constantemente y, lo que era peor, se volvió nerviosa y suspicaz. Pronto se encontró en tal estado que deseaba tanto que llegara el día de la boda como lo temía. Pero Shifrah Tammar siguió preparando el ajuar de su hija. Aunque distanciada de ella, no obstante deseaba que la boda fuera tan magnífica que el acontecimiento quedara grabado para siempre en la memoria de los habitantes de Kreshev.


V. La boda

      La boda fue impresionante de verdad. Las modistas de Lublin confeccionaron el traje de la novia. Durante semanas hubo costureras en la casa de Reb Bunim, bordando y cosiendo encajes en camisones, ropa interior y blusas. El traje de novia de Lise era de raso blanco y la cola tenía más de cuatro codos de longitud. En cuanto a la comida, los cocineros habían amasado una hogaza sabática que tenía casi el tamaño de un hombre y estaba trenzada en los extremos. Jamás se había visto semejante pan en Kreshev. Reb Bunim no había regateado nada; por orden suya se habían matado corderos, terneras, gallinas, ocas, patos y capones, todo ello destinado al banquete nupcial. También se sirvió pescado del río San y vinos de Hungría, e hidromel proporcionado por el tabernero local. El día de la boda, Reb Bunim dispuso que se sirviera de comer a los pobres de Kreshev y, cuando la noticia trascendió, un conjunto de desgraciados del distrito fue llegando a la aldea para participar también en el banquete. Se colocaron mesas y bancos en la calle y los mendigos comieron pan blanco sabático, carpa rellena, carne macerada en vinagre, pan de jengibre y jarras de cerveza. Los músicos tocaron para ellos y el tradicional juglar nupcial les entretuvo. Aquella abigarrada multitud formó corros en el centro de la plaza del mercado y bailó y saltó gozosamente. Todos cantaban, y los gritos y el ruido eran ensordecedores. Por la noche, los invitados empezaron a reunirse en casa de Reb Bunim. Las mujeres llevaban chaquetas bordadas de lentejuelas, bandas para la cabeza, pieles, y todas sus joyas. Las muchachas vestían trajes de seda y calzaban zapatos puntiagudos especialmente hechos para aquella ocasión, pero, inevitablemente, las modistas y zapateros no habían podido terminar todos los encargos y hubo discusiones. Más de una muchacha se quedó en su casa, arrimada a la estufa, en la noche de la boda, la pobrecita llorando a todo llorar.
       Aquel día, Lise ayunó y, en la hora de la oración, confesó sus pecados; se golpeó el pecho como si fuera el día del Perdón, porque sabía que en el día de la boda de una, todos los pecados quedan perdonados. Aunque no era excesivamente piadosa y, a veces, su fe incluso se tambaleaba, como suele ocurrir con aquellos que se dedican a la reflexión, en esa ocasión rezó con gran fervor. También ofreció oraciones por el hombre que, al terminar el día, sería su marido. Cuando Shifrah Tammar entró en la estancia y vio a su hija en un rincón con los ojos llenos de lágrimas y golpeándose el pecho exclamó:
       —¡Mírenla! ¡Una verdadera santa!
       Y pidió a Lise que dejara de llorar, si no sus ojos se verían rojos e hinchados cuando estuviera bajo el palio.
       Pero puedo darles mi palabra de que lo que hacía llorar a Lise no era el fervor religioso. Durante los días y semanas anteriores a la boda estuve muy ocupado preparándola: la muchacha se había visto atormentada por toda clase de malos pensamientos, tan pronto pensaba que tal vez ya no era virgen, como soñaba en el momento de su desfloración y se echaba a llorar, temerosa de que no pudiera resistir el dolor. En otros momentos, la vergüenza la ahogaba y temía que, en su noche de bodas, iba a sudar demasiado, o se marearía, o mojaría la cama, o sufriría una humillación peor. También tenía la sospecha de que algún enemigo la había hechizado, y revisaba su ropa en busca de nudos ocultos. Quería terminar con esas ansiedades, pero no podía controlarlas. En una ocasión se dijo:
       —Quizá solamente esté soñando todo esto y no vaya a casarme. O tal vez mi marido sea una especie de demonio que se ha materializado en forma humana y la ceremonia nupcial se transforme en una fantasía y los invitados, en espíritus del mal.
       Ésta era sólo una de las pesadillas que la atormentaban. Perdió el apetito, se quedó estreñida y, aunque todas las muchachas de Kreshev la envidiaban, ninguna sospechaba el dolor que la atormentaba.
       Como el novio era huérfano, su suegro, Reb Bunim, se ocupó de proporcionarle un ajuar. Encargó que le hicieran dos abrigos de piel de zorro, uno para diario y otro para los sábados, dos gabardinas, una de seda y una de raso, un sobretodo de paño, un par de batas, varios pares de pantalones, un sombrero de trece picos bordeado en piel de mofeta, así como un chal de oración con tres ornamentos. Entre los regalos al novio había una caja de especies, de plata, en cuya tapa estaba grabado el muro de las lamentaciones, una jarra dorada, un cuchillo de mango de nácar para el pan, una caja de tabaco con tapa de marfil, unos tomos del Talmud encuadernados en seda y un libro de oración con cubiertas de plata. En la cena de despedida de soltero, Shloimele hizo un brillante discurso. Primero les expuso diez preguntas que parecían ser absolutamente básicas, y a las que él mismo contestó con una sola declaración. Pero, después de dejar atrás esas diez cuestiones esenciales, les demostró que las preguntas formuladas no lo eran realmente, y la enorme fachada de erudición que había levantado se desintegró. Su auditorio se quedó mudo y asombrado.
       No voy a entretenerme demasiado contándoles la ceremonia. Baste decir que la gente bailó, cantó y saltó tal como suelen hacerlo en las bodas, especialmente cuando el hombre más rico de la ciudad casa a su hija. Un par de sastres y zapateros trataron de bailar con las sirvientas, pero fueron rechazados y ahuyentados. Varios invitados se emborracharon y empezaron a bailar gritando: «Sábado, sábado». Otros cantaban canciones en yiddish que empezaban con esas palabras:
       «¿Qué guisa un pobre hombre? Borscht y patatas…». Los músicos iban rasgueando sus violines, ensordecían con las trompetas, golpeaban los címbalos y los tambores y soplaban en sus flautas y gaitas. Viejas caducas levantaban sus faldas. Los hombres echaban atrás sus gorros y bailaban, frente a frente, dando palmadas, pero cuando sus rostros estaban tocándose, se daban la espalda, como airados, todo lo cual hacía reír cada vez más a los mirones. Shifrah Tammar, pese a sus habituales protestas de mala salud (apenas podía levantar el pie del suelo) fue arrastrada por una de las bandas de bailarines y obligada a bailar una danza cosaca y la danza de las tijeras. Como es costumbre en las bodas, yo, el Archimalvado, organicé el habitual despliegue de celos, vanidad y estallidos de desenfreno y osadía. Cuando las muchachas representaron la danza del agua, levantaron sus faldas por encima de los tobillos, como si realmente estuvieran vadeando el agua, y los ociosos que miraban desde las ventanas no pudieron evitar que se les inflamara la imaginación. Y el juglar estaba tan deseoso de distraer, que cantó innumerables canciones de amor para los invitados y corrompió el significado de las Escrituras intercalando obscenidades en medio de las frases sagradas, como hacen los payasos en Purim, y al oír todo aquello las muchachas y las jóvenes matronas aplaudieron y chillaron, encantadas. De pronto, el entretenimiento se vio interrumpido por un grito de mujer: había perdido un broche y la angustia la había hecho desmayarse. Aunque todo el mundo buscó arriba y abajo, la joya no se encontró. Poco después, hubo más excitación cuando una de las muchachas aseguró que un hombre la había pinchado en el muslo con un alfiler. Una vez recobrada la paz, llegó la hora de la danza de la virtud y, mientras ésta iba desarrollándose, Shifrah Tammar y las damas de honor condujeron a Lise a la cámara nupcial, que se hallaba en la planta baja, y tan pesadamente adornada de cortinajes y colgaduras, que la luz no podía penetrar en ella. Mientras caminaban, las mujeres iban aconsejándola sobre cómo debía comportarse, le advirtieron que no debía tener miedo cuando viera al novio, puesto que el primer mandamiento nos ordena propagar y multiplicar. Pasados unos momentos, Reb Bunim y otro hombre acompañaron al novio junto a su esposa.
       Bueno, esta vez no voy a satisfacer vuestra curiosidad y contaros lo que ocurrió en la cámara nupcial. Basta que os diga que, a la mañana siguiente, Shifrah Tammar entró en la habitación y se encontró con que su hija se escondía bajo la colcha, demasiado avergonzada para hablarle. Shloimele ya no estaba en el dormitorio, se encontraba en su propia habitación. Hizo falta mucha insistencia antes de que Lise permitiera a su madre examinar las sábanas, que en efecto, estaban manchadas de sangre.
       —Mazeltov, hija —exclamó Shifrah Tammar—. Ahora ya eres una mujer y compartes con todas nosotras la maldición de Eva.
       Y, llorando, echó los brazos al cuello de Lise y la besó.


VI. Extraño comportamiento

      Inmediatamente después de la boda, Reb Bunim cabalgó hacia los bosques para cuidar de sus asuntos y Shifrah Tammar volvió al lecho y a sus medicinas. Los jóvenes de la casa de estudio habían imaginado que, una vez casado, Shloimele sería el jefe de una yeshiva y se dedicaría a los asuntos de la comunidad, todo lo cual parecía apropiado para un prodigio que era, además, el yerno de un hombre rico. Pero Shloimele no hizo nada de eso; se transformó en un hombre hogareño. No parecía nunca que iba a poder llegar a tiempo a la función de la mañana y, tan pronto como se pronunciaba el último «Sobre Nosotros», ya se hallaba en la puerta, camino de su casa. Tampoco se entretenía charlando después de las oraciones de la noche. Las mujeres del lugar comentaban que Shloimele se acostaba en seguida después de cenar y que era indudable que el postigo verde de su dormitorio permanecía cerrado hasta avanzado si día. También se sabían informes procedentes de la criada de Reb Bunim: decía ésta que la joven pareja se comportaba de la forma más escandalosa. Siempre estaban cuchicheando, confiándose secretos, leyendo juntos y llamándose por extraños nombres. También comían del mismo plato, bebían del mismo vaso y se cogían de las manos tal como hacen los jóvenes y señoritas de la aristocracia polaca. Una vez, la sirvienta había visto a Shloimele enganchar a Lise con su faja, como si fuera un caballo, y, a continuación, fustigarla con una ramita; Lise había cooperado en este juego simulando el relincho y el paso de una yegua. Otro juego descubierto por la sirvienta consistía en que el ganador tiraba de las orejas del perdedor y juraba que las bobadas habían continuado hasta que las orejas de ambos se ponían rojas como la sangre.
       Sí, la pareja estaba enamorada y cada día aumentaba su pasión. Cuando él se dirigía a las oraciones, ella se quedaba en la ventana viéndole marcharse, como si fuera a emprender un largo viaje, y cuando Lise iba a la cocina para preparar un caldo o un plato de sémola, Shloimele la seguía o bien la llamaba al momento, exigiendo que se apresurara. Los sábados, Lise se olvidaba de rezar, en la sinagoga, pero se colocaba tras la celosía y contemplaba a Shloimele mientras llevaba a cabo sus devociones en el muro del Este. Y él, a su vez, miraba hacia arriba, a la sección de mujeres, para intentar verla. Esta exhibición también desató las lenguas, pero nada de ello preocupaba a Reb Bunim, que estaba encantado al saber lo bien que se llevaban yerno e hija. Cada vez que regresaba de un viaje, les traía regalos. Por el contrario, Shifrah Tammar estaba muy disgustada, no aprobaba aquel excéntrico comportamiento, los murmullos cariñosos, los continuos besos y caricias… Jamás había ocurrido una cosa así en la casa de su padre, ni nunca había visto este modo de proceder entre gente corriente. Se sintió vejada y empezó a echárselo en cara a Lise y a Shloimele. No podía tolerar semejante conducta.
       —No, no lo aguantaré —protestaba—. ¡Sólo pensarlo me pone enferma!
       O bien exclamaba, de pronto:
       —Ni siquiera la nobleza polaca se exhibe de este modo.
       Pero Lise sabía cómo contestarle.
       —¿No se permitió acaso a Jacob que demostrara su amor por Raquel? —preguntó a su madre la erudita Lise—. ¿No se le permitió y tuvo mil esposas Salomón?
       —¡Calla! No te atrevas a compararte a esos santos —gritaba Shifrah Tammar—. No eres digna de pronunciar sus nombres.
       La verdad es que Shifrah Tammar, en su juventud, no había sido demasiado estricta en el cumplimiento de sus deberes, pero ahora vigilaba a su hija y se preocupaba de que obedeciera todos los preceptos de la pureza, e incluso la acompañaba al baño ritual para asegurarse de que sus inmersiones se hacían del modo prescrito. Con cierta frecuencia, en las noches de los viernes, madre e hija peleaban porque, según la madre, Lise encendía las velas demasiado tarde. Después de la ceremonia de la boda afeitaron la cabeza de la novia y empezó a llevar el habitual pañuelo de seda en torno a la cabeza, pero Shifrah Tammar descubrió que el cabello de Lise había crecido y que se sentaba con frecuencia ante el espejo para cepillar y trenzar sus rizos. Shifrah Tammar también discutía con su yerno; le disgustaba que fuera tan poco a la casa de estudio y pasara el tiempo caminando por huertos y campos. También se hizo patente que le gustaba comer bien y que era extremadamente perezoso. Todos los días reclamaba platos compuestos y hacía que Lise le echara miel a la leche. Como si todo eso no fuera bastante, pedía que le subieran al dormitorio compota de ciruelas y pastas de té, así como uvas y zumo de cereza. Por la noche, cuando se retiraban, Lise cerraba la puerta con llave y Shifrah Tammar oía reír a la pareja; una vez creyó que corrían descalzos por el piso, incluso cayó un poco de yeso del techo y las lámparas temblaron. Shifrah Tammar se vio obligada a mandar a una doncella arriba para que llamara a la puerta de los tórtolos y les rogara que dejaran de alborotar.
       El deseo de Shifrah Tammar era que Lise quedara pronto embarazada y sufriera los dolores del alumbramiento. Tenía la esperanza de que cuando Lise fuera madre, estaría tan ocupada amamantando al niño, cambiándole los pañales y cuidándole cuando enfermara, que olvidaría todas sus tonterías. Pero los meses transcurrieron y no ocurría nada. El rostro de Lise empalidecía y sus ojos ardían con extraño fulgor. En Kreshev, se murmuraba que la pareja estudiaba la cábala conjuntamente.
       —Todo es muy raro —murmuraba la gente—. Allí ocurre algo inexplicable.
       Y las viejas sentadas en el umbral de sus puertas remendando calcetines o hilando cáñamo, tenían un tema de conversación eternamente interesante. Y aguzaban sus oídos medio sordos y movían la cabeza, presas de indignación.


VII. Secretos de alcoba

      Ya va siendo hora de revelar los secretos de aquella alcoba. Hay gente a la que no le basta la satisfacción de sus deseos; tienen que murmurar, además, toda suerte de palabras vanas y dejar que su mente se revuelque en la pasión. Los que siguen esa senda de iniquidad se ven inevitablemente arrastrados a la melancolía y luego entran por las Cuarenta y Nueve Puertas de la Obscenidad. Hace tiempo que los sabios señalaron que todo el mundo sabe por qué una novia se coloca bajo el palio nupcial, pero aquél que mancha este acto mediante la palabra pierde su puesto en el mundo venidero. El inteligente Shloimele, por sus enormes conocimientos y por su afición a la filosofía, empezó a adentrarse más y más en las cuestiones sobre «Él y Ella». Por ejemplo, mientras acariciaba a su mujer, la preguntaba de pronto:
       —Supon que en lugar de elegirme a mí hubieras elegido a ese hombre de Lublin, ¿crees que ahora estarías acostada aquí con él?
       Semejantes palabras, en un principio escandalizaban a Lise; luego replicaba:
       —Pero no le elegí. Te elegí a ti.
       Sin embargo, Shloimele quería su respuesta y seguía hablando y formulando otras preguntas más obscenas aún, hasta que Lise terminaba confesando a la fuerza que, si hubiera elegido al hombre de Lublin, indiscutiblemente estaría en sus brazos y no en los de Shloimele. Y como si eso no le bastara, la atormentaba sobre lo que iba a hacer si él moría.
       —Bien, ¿volverías a casarte? —quería saber.
       —No, ningún otro hombre me interesaría —respondía Lise.
       Pero Shloimele argüía solapadamente y, gracias a hábiles retóricas, iba minando sus convicciones.
       —Fíjate, todavía eres joven y atractiva. Vendría la casamentera y te abrumaría con sus proposiciones, y tu padre no querría ni oír hablar de que te quedaras viuda. Así que habría un nuevo palio nupcial y otra fiesta y luego te llevarían a otra cama matrimonial.
       Era inútil que Lise le suplicara que no le hablara de aquel modo, puesto que encontraba el tema desagradable y, además, inútil, dado que era imposible prever el futuro. Pero, dijera lo que dijera, Shloimele seguía con sus palabras pecadoras, porque estimulaban su pasión y, al fin, también ella las disfrutó y pronto se pasaban más de la mitad de sus noches murmurando preguntas y respuestas y discutiendo sobre asuntos que estaban más allá del conocimiento humano. Así, Shloimele quiso saber qué haría Lise si naufragaba en una isla desierta con sólo el capitán, cómo se comportaría si fuera a encontrarse en medio de africanos salvajes. Y si la capturaban los eunucos y la llevaban al harén de un sultán, ¿qué haría? ¡Que imaginara ser la reina Ester llevada ante el rey Asuero! Y todo eso sólo era una mínima parte de sus fantasías. Cuando Lise le reprochó que sólo pensaba en frivolidades, se dedicó a estudiar la cábala con ella, los secretos de la intimidad entre el hombre y la mujer y la revelación de la unión conyugal. En la casa de Reb Bunim se encontraban libros como El Árbol de la Vida, El Ángel Raziel y otros muchos sobre la cábala, y Shloimele contó a Lise que Jacob, Raquel, Lia, Bala y Zelfa copularon en el mundo superior, cara a cara, y espalda contra espalda, y habló de los apareamientos de los santos Padre y Madre, y en aquellos libros había palabras que parecían sencillamente profanas.
       Y, por si fuera poco, Shloimele empezó a revelar a Lise las fuerzas que poseían los espíritus malignos, que no eran solamente fantasmas, satanes, gnomos, duendes y harpías, sino que también tenían su importancia en los mundos superiores, como por ejemplo, Nogah, mezcla de santidad e impureza. Le mostró pruebas de que las Huestes del Mal tenían relación con el mundo de las emanaciones y uno podía deducir de las palabras de Shloimele que Satán y Dios eran dos fuerzas iguales que libraban un combate constante, sin que ninguno pudiera vencer al otro. Otra de las cosas que aseguraba era que no había esa cosa llamada pecado, puesto que el pecado, lo mismo que la buena obra, puede ser grande o pequeña, y si es de naturaleza elevada puede alcanzar gran altura. Le aseguró que para el hombre es preferible cometer un pecado con fervor, que hacer una obra buena sin entusiasmo, y que el sí y el no, la oscuridad y la luz, la derecha y la izquierda, el cielo y el infierno, santidad y degradación, todo eran imágenes de la divinidad, y que cayera donde una cayera, siempre permanecía a la sombra del Todopoderoso, porque nada más existe fuera de Su Luz. Dijo esto con tanta retórica y reforzó su argumento con tantos ejemplos, que era una delicia oírle. La sed que tenía Lise de compartir su compañía y absorber aquellas revelaciones, iba en aumento; a veces, sospechaba que Shloimele la iba atrayendo fuera del camino de la rectitud. Sus palabras la horrorizaban y ya no se sentía dueña de sí; su alma parecía cautiva y pensaba solamente lo que él quería que pensara. Pero carecía de la fuerza de voluntad suficiente para enfrentársele, y se decía:
       —Iré a donde me lleve, pase lo que pase.
       No tardó en dominarla de tal modo, que le obedecía implícitamente. La mandaba como quería. Le ordenaba que se desnudara del todo delante de él, que anduviera a gatas como un animal, que bailara ante él y cantara melodías que él mismo componía, mitad en hebreo, mitad en yiddish, y ella le obedecía en todo.
       Para entonces era obvio que Shloimele era un discípulo de Sabbatai Zevi. Porque, aunque el falso Mesías había muerto hacía tiempo, el culto secreto de sus seguidores se mantenía en muchos países. Se reunían en ferias y mercados, se reconocían mediante signos secretos y, así, estaban a salvo de la ira de otros judíos que los hubieran excomulgado. Muchos rabinos, maestros, matarifes rituales y otras personas aparentemente respetables pertenecían a esta secta. Algunos se hacían pasar por milagreros, e iban de ciudad en ciudad repartiendo amuletos en los que habían introducido no el santo nombre de Dios, sino impuros nombres de perros y malos espíritus, Lilith y Asmodeo, así como el nombre del propio Sabbatai Zevi. Todo eso lo consiguieron con tal astucia, que sólo los miembros de la hermandad podían apreciar su trabajo. Sentían gran satisfacción en engañar a los piadosos y extender el mal. Así, un discípulo de Sabbatai Zevi llegó a un poblado, anunció que era un taumaturgo y pronto mucha gente se le acercó con tarjetitas en las cuales habían escrito sus peticiones de consejo, sus problemas y sus súplicas. Antes de que el falso milagrero abandonara el lugar, llevó a cabo su jugarreta desparramando todos los papeles en la plaza del mercado, donde fueron recogidos por los gamberros de la ciudad, lo que fue causa de bochorno para muchos. Otro discípulo era escriba y escribía en las filacterias, pero no los párrafos de la Ley, sobre pergamino, como está prescrito, sino con basura y excremento de cabra, así como la sugerencia de que el portador besara el trasero del escriba. Otros de la secta se torturaban, se bañaban en agua helada, se revolcaban en la nieve en invierno, tomaban hierbas venenosas en verano y ayunaban de sábado a sábado. Pero éstos también eran unos depravados que pretendían corromper los principios de la Torah y de la cábala, y cada uno de ellos, a su modo, rendían homenaje a las fuerzas del mal… y Shloimele era uno de ellos.


VIII. Shloimele y Mendel el cochero

      Un buen día, Shifrah Tammar, la madre de Lise, murió. Después de los siete días de duelo, Reb Bunim volvió a sus negocios y Lise y Shloimele se quedaron solos. Reb Bunim había comprado una parcela de bosque cerca de Wolhynia, donde mantenía caballos, vacas y jornaleros para cuidarlos. Esta vez, al marcharse, no se llevó a Mendel el cochero. El muchacho se quedó en Kreshev. Era verano y Shloimele y Lise solían ir de paseo por el campo en el coche que Mendel conducía. Cuando Lise estaba ocupada, los dos hombres salían solos. El aroma refrescante de los pinos vigorizaba a Shloimele. También disfrutaba bañándose en el río San. Mendel le atendía una vez habían llegado a un punto del río en qué el agua era poco profunda. Eventualmente, Shloimele sería el amo de toda la finca.
       Así, pues, se hicieron amigos. Mendel era unos dos palmos más alto que Shloimele, y Shloimele admiraba la desenvoltura de Mendel. Mendel sabía nadar boca arriba y boca abajo, andar en el agua, pescar en el río con las manos desnudas y encaramarse al árbol más alto de la ribera. Shloimele tenía miedo a una simple vaca, pero Mendel perseguía a todo un rebaño y no temía a los toros. Se jactaba de poder pasar toda una noche en el cementerio y hablaba de haber sabido dominar a osos y lobos que le habían atacado. Aseguraba haber vencido a un salteador de caminos que le había hecho parar. Además, sabía tocar toda clase de melodías con un pífano, imitaba el croar de los cuervos, el martilleo de un picamaderos, el balido del ganado, el maullido de un gato y el canto de los grillos. Sus hazañas divertían a Shloimele, que disfrutaba en su compañía. Mendel también prometió a Shloimele que le enseñaría a montar a caballo. Incluso Lise, que antes aparentaba ignorar a Mendel, le trataba ahora con amabilidad, le mandaba a toda clase de encargos y le ofrecía tarta de miel y coñac dulce. Se comportaba como una joven matrona bondadosa.
       Una vez, cuando los dos hombres se estaban bañando en el río, Shloimele se fijó en el cuerpo de Mendel y admiró su atractiva virilidad. De largas piernas, caderas estrechas y amplio pecho, todo él respiraba fuerza. Después de vestirse, Shloimele conversó con Mendel, que contó sin rodeos su éxito con las aldeanas, jactándose de las mujeres que tenía en los villorrios cercanos y de la cantidad de bastardos que había engendrado. También contó, entre sus amantes, a aristócratas, mujeres de la capital y prostitutas. Shloimele no lo puso en duda; cuando preguntó a Mendel si no temía ser castigado en el otro mundo, el joven le contestó que ¿qué podía hacerse a un cadáver? No creía en la vida después de la muerte, y así siguió expresándose de la forma más hereje. Luego, adelantando los labios y silbando estridentemente, trepó a un árbol y, desde arriba, tiró piñas y nidos de pájaros. Mientras hacía esas travesuras, rugía como un león, con tanta fuerza que el sonido se oyó a millas de distancia, porque el eco lo llevó de árbol en árbol, como si centenares de espíritus malignos contestaran a su llamada.
       Aquella noche, Shloimele contó a Lise lo que había ocurrido. Discutieron el incidente con tal lujo de detalles que ambos se excitaron, pero Shloimele no estaba en condiciones de satisfacer la pasión de su esposa. Su ardor era superior a su capacidad y tuvieron que conformarse con comentarios lujuriosos. De pronto, Shloimele exclamó:
       —Dime la verdad, Lise, mi amor, ¿te gustaría acostarte con Mendel el cochero?
       —Dios nos ampare, ¿qué palabras diabólicas son ésas? ¿Has perdido la cabeza?
       —¿Qué…? Es un joven fuerte y guapo… Las mujeres están locas por él…
       —¡Qué vergüenza! —exclamó Lise—. ¡Estás mancillando tu boca!
       —¡Disfruto mancillando! —gritó Shloimele con ojos ardientes—. ¡Voy a recorrer todo el camino hasta llegar a las Huestes del Mal!
       —Shloimele, tengo miedo por ti —murmuró Lise, después de una larga pausa—. Te vas hundiendo más y más profundamente.
       —¡Uno debe atreverse a todo! —dijo Shloimele temblándole las rodillas—. Puesto que esta generación no puede volverse completamente pura, ¡que sea por lo menos completamente impura!
       Lise pareció encogerse y guardó silencio un buen rato. Shloimele no hubiera podido decir si dormía o estaba pensando.
       —¿Hablabas en serio? —preguntó curiosa, con voz sorda.
       —Sí, en serio.
       —¿Y no iba a enfurecerte? —preguntó.
       —No… si encontrabas placer en ello, también a mí me gustaría. Después, podrías contármelo.
       —¡Eres un infiel! —gritó Lise—. ¡Un hereje!
       —¡Así es! ¡Elisha, el hijo de Abijah, también lo fue! Todo aquel que mira la viña debe sufrir las consecuencias.
       —Citas el Talmud para responder a todo… ten cuidado, Shloimele. ¡No te descuides! ¡Estás jugando con fuego!
       —¡Adoro el fuego! Adoro el holocausto… Me gustaría que todo el mundo ardiera y Asmodeo detentara el poder.
       —¡Calla! —gimió Lise—. O gritaré pidiendo socorro.
       —¿De qué tienes miedo, tonta? —la tranquilizó Shloimele—. El pensamiento nada tiene que ver con la obra. Estudio contigo, te revelo los secretos de la Torah y sigues siendo una ingenua. ¿Por qué supones que Dios ordenó a Oseas que se casara con una mujerzuela? ¿Por qué el rey David se llevó a Betsabé, quitándosela a Urías el heteo, y a Abigaíl, quitándosela Nabal? ¿Por qué, ya anciano, ordenó que le trajeran a Abisag la sulamita? Los más nobles antiguos practicaban el adulterio. El pecado purifica. ¡Ah, Lise, amor, deseo que obedezcas cada uno de los caprichos de mi mente. Sólo pienso en tu felicidad… aun cuando te guíe hacia el abismo…!
       Y la abrazó, besó y acarició. Lise estaba agotada y confusa por aquella oratoria. La cama vibraba bajo su cuerpo, las paredes se tambalearon y le pareció que ya estaba prendida en la red que yo, el Príncipe de las Tinieblas, había tendido para recibirla.


IX. Adonías, el hijo de Hagit

      Ocurrieron extraños sucesos. Generalmente, Lise veía poco a Mendel el cochero, y cuando le encontraba, no le prestaba el menor caso. Pero desde el día en que Shloimele le había hablado de Mendel, parecía tropezársele en todas partes. Entraba en la cocina y se lo encontraba jugueteando con la criada. Una vez ante Lise, se callaba. Pronto le veía en todas partes, en el granero, a caballo, cabalgando hacia el río San, erguido como un cosaco, despreciando silla y riendas. Una vez que Lise necesitó agua y no encontró a la criada, cogió la jarra y se dirigió hacia el pozo. De pronto, Mendel apareció surgido de la nada y la ayudó a sacar el agua. Un atardecer, cuando Lise cruzaba el prado (Shloimele estaba en la casa de estudio), el macho cabrío del pueblo se le plantó delante. Lise trató de pasar, pero, al ir hacia la derecha aquél le cortó el paso; al ir hacia la izquierda, saltó igualmente hacia la izquierda, bajando los cuernos al mismo tiempo, como si se dispusiera a empitonarla. Inesperadamente, levantándose sobre sus patas traseras, apoyó las de delante sobre ella. Sus ojos eran rojizos y ardían enfurecidos, como si estuviera poseído del Diablo. Lise empezó a debatirse para librarse de él, pero era más fuerte y casi la derribó; ésta gritó y ya estaba a punto de desmayarse cuando oyó un fuerte silbido y el restallar de un látigo. Mendel el cochero estaba junto a ellos y, al ver la lucha, dio un trallazo en el lomo del animal. La correa nudosa casi le partió el espinazo. Con un balido entrecortado, salió corriendo, malparado; tenía las patas cubiertas de pelo enmarañado, más parecía una bestia salvaje que un macho cabrío. Lise se quedó como atontada. Durante un rato contempló a Mendel en silencio, luego se recobró, como si despertara de una pesadilla y dijo:
       —Muchas gracias.
       —¡Estúpido animal! —exclamó Mendel—. Si se me vuelve a poner a tiro, le arranco las tripas.
       —¿Qué buscaba? —preguntó Lise.
       —¡Quién sabe! A veces las cabras atacan a las personas. Pero siempre van detrás de las mujeres, nunca de un hombre.
       —¿Por qué? ¿Está bromeando?
       —No, lo digo en serio… En una aldea a donde fui con el amo, había un macho que solía acechar a las mujeres cuando volvían del baño ritual y las atacaba. La gente preguntó al rabino qué podían hacer y éste mandó que lo mataran…
       —¿De verdad? ¿Por qué tenían que matarle?
       —Para que no pudiera volver a empitonar a las mujeres…
       Lise volvió a darle las gracias y encontró milagroso que hubiera aparecido en aquel momento. Con sus botas resplandecientes, calzones y fusta en la mano, el joven la contemplaba con ojos entendidos e insolentes. Lise dudó entre continuar su paseo o volver a casa, porque para entonces empezaba a sentir miedo de la cabra, y sospechaba que trataría de vengarse. Y el muchacho, como si leyera sus pensamientos, se ofreció a acompañarla y protegerla. Caminaba detrás de ella como un guardia. Poco después, Lise decidió volver a casa, le ardía el rostro y, al sentir los ojos de Mendel puestos en ella, no pudo evitar dar un traspiés… Ante su vista, brillaban chispas.
       Luego, cuando Shloimele llegó a casa, Lise quiso contárselo todo en seguida, pero supo contenerse. No le dijo nada hasta la noche, después de apagar la luz. El asombro de Shloimele fue inmenso e interrogó detalladamente a Lise; la besó y acarició. Parecía que el incidente le había agradado mucho. De pronto le dijo:
       —Ese maldito macho cabrío te deseaba…
       Y Lise preguntó:
       —¿Cómo puede una cabra desear a una mujer?
       Él explicó que una belleza tan grande como la suya podía incluso excitar a una cabra. Al mismo tiempo, alabó al cochero por su lealtad y observó que su aparición, en el momento propicio, no había sido accidental, sino una manifestación de amor, y de que estaba dispuesto a pasar por ella a través del fuego. Cuando Lise se asombró de que Shloimele pudiera saber todo eso, él prometió revelarle un secreto. Le ordenó que colocara la mano debajo de su muslo de acuerdo con la ancestral costumbre, rogándole a la vez que jamás revelara una palabra de lo que le dijera.
       Una vez hubo cumplido Lise lo que él le pidió, empezó así:
       —Tú y el cochero sois reencarnación y descendéis de una misma fuente espiritual. Tú, Lise, en tu primera existencia, fuiste Abisag, la sulamita, y él fue Adonías, el hijo de Hagit. Te deseó, y por ello mandó a Betsabé al rey Salomón, para que te cediera a él por esposa, pero como según la ley eras la viuda de David, su deseo era punible y los Cuernos del Altar no pudieron protegerle, así que se lo llevaron y le mataron. Pero la ley se aplica sólo al cuerpo y no al alma; así, cuando un alma desea a otra, los cielos decretan que no encuentren la paz hasta que su deseo sea satisfecho. Está escrito que el Mesías no vendrá hasta que todas las pasiones hayan sido consumadas, y por causa de ello, las generaciones anteriores al Mesías serán completamente impuras. Y cuando un alma no puede consumar su deseo en una existencia, se reencarna una y otra vez, y así es como ocurrió con vosotros. Vuestras almas han vagado casi tres mil años desnudas sin poder entrar en el mundo de las Emanaciones. Las fuerzas de Satán no os han permitido encontraros, porque entonces tendría lugar vuestra redención. Y ocurrió que cuando él era un príncipe, tú eras una doncella, y cuando tú fuiste una princesa, él era un esclavo; además, estabais separados por los océanos. Cuando él navegaba hacia ti, el diablo levantó una tormenta y el barco naufragó. También hubo otros obstáculos y tu dolor fue intenso. Ahora, ambos estáis en la misma casa, pero como él es un pobre patán, tú le ignoras. En realidad, vuestros cuerpos están habitados por espíritus santos, que claman en las tinieblas y anhelan la unión. Y tú eres una mujer casada porque hay una clase de purificación que sólo puede conseguirse mediante el adulterio. Así, Jacob se juntó con dos hermanas, y Judas vivía con Tamar, su nuera, y Rubén violó el lecho de Bala, la concubina de su propio padre, y Oseas tomó esposa en un burdel, y así ocurrió con todos los demás. Y debes saber también que el macho cabrío no era una simple cabra, sino el demonio, uno de los de Satán, y que si Mendel no hubiera llegado a tiempo, la bestia, Dios no lo quiso, te habría dañado.
       Cuando Lise le preguntó si él, Shloimele, era también una reencarnación, le contestó que era el rey Salomón y que había vuelto a la tierra para anular el error de su anterior existencia porque, debido al pecado de haber mandado ejecutar a Adonías, no podía entrar en la Mansión, a él destinada en el Paraíso. Al querer saber Lise qué seguiría a la corrección del error, y si entonces tendrían todos que abandonar la tierra, Shloimele contestó que él y Lise disfrutarían de una larga existencia juntos, pero no habló para nada del futuro de Mendel, dando solamente a entender que la estancia del joven en la tierra iba a ser corta. Todas esas declaraciones las hizo con la dogmática categórica del cabalista, para el que no existe secreto inviolable.
       Cuando Lise oyó sus palabras, se estremeció y quedó transida. Lise, familiarizada con las Escrituras, había sentido compasión por Adonías, el hijo errante del rey David, que había deseado la concubina de su padre y el poder real y que pagó su rebeldía con la cabeza. Más de una vez había llorado al leer este capítulo en el Libro de los Reyes. También había compadecido a Abisag la sulamita, la más bella doncella de Israel, que aunque carnalmente desconocida por el rey, estaba obligada a permanecer viuda el resto de su vida. Fue una revelación enterarse de que ella, Lise, era Abisag la sulamita, y que el alma de Adonías moraba en el cuerpo de Mendel.
       De pronto, se le ocurrió que Mendel se parecía verdaderamente a Adonías tal como se lo había figurado en su imaginación, y encontró esto asombroso. Ahora comprendía por qué sus ojos eran negros y extraños, y su cabello tan espeso, por qué la evitaba y se mantenía alejado de la gente y por qué la contemplaba con tanto deseo. Empezó a imaginar que podía recordar su existencia anterior como Abisag la sulamita y cuando Adonías había desfilado ante el palacio en un carro precedido por cincuenta hombres que corrían delante de él, y aunque ella servía al rey Salomón, sintió un poderoso deseo de entregarse a Adonías… Era como si la explicación de Shloimele hubiera descifrado una profunda adivinanza y liberado en su interior la madeja de antiguos secretos.
       Aquella noche, la pareja no durmió. Shloimele yacía a su lado. Conversaron tranquilamente hasta la mañana. Lise preguntó y Shloimele le fue contestando razonablemente, porque mi gente es notoriamente locuaz, y Lise, en su inocencia, se lo creía todo. Incluso un cabalista se hubiera confundido y creído que aquéllas eran las palabras del Dios viviente y que el profeta Elias se había revelado a Shloimele. Shloimele se excitó de tal modo con sus propias palabras que se agitaba nerviosamente, los dientes le castañeaban como si tuviera calentura y la cama vibraba, y todo su cuerpo se cubrió de sudor. Cuando Lise comprendió a lo que estaba destinada y que había que obedecer a Shloimele, lloró amargamente y sus lágrimas empaparon la almohada. Shloimele la consoló y acarició y le confesó los más íntimos secretos de la cábala. Al amanecer, la venció el agotamiento y, perdidas las fuerzas, se sintió más muerta que viva. De este modo, el poder de un falso cabalista y las palabras de corrupción de un discípulo de Sabbatai Zevi, hicieron que una buena mujer se apartara del camino de la rectitud.
       La verdad era que Shloimele, el villano, ideó aquel capricho sólo para satisfacer su propia pasión depravada, ya que por pensar demasiado se había vuelto perverso, y lo que a él le satisfacía hubiera causado un intenso sufrimiento a cualquier persona normal. Por exceso de lujuria se había vuelto impotente. Los que comprenden las complejidades de la naturaleza humana, saben que alegría y dolor, fealdad y belleza, amor y odio, compasión y crueldad y demás emociones contradictorias, se funden con frecuencia y es imposible separarlas unas de otras. Así es como puedo lograr que la gente no sólo se aleje del Creador, sino que destrocen sus propios cuerpos, todo ello en nombre de una u otra causa imaginaria.


X. El arrepentimiento

      Aquel verano fue seco y caluroso. Mientras recogían su escasa cosecha de maíz, los aldeanos entonaban canciones que parecían plantas. El maíz crecía doblado y ennegrecido. Atraía la langosta y los pájaros del otro lado del río San, y lo que los granjeros recolectaban, lo devoraban los insectos. Varias vacas perdieron la leche, probablemente hechizadas por las brujas. En el pueblo de Lukoff, no lejos de Kreshev, vieron una bruja montada en un cerco blandiendo una escoba. Delante de ella, saltaba algo que tenía melenas negras, piel de pelo enmarañado y rabo. Los harineros se quejaron de que los gnomos echaban excremento de diablo dentro de su harina. El guardián de una manada de caballos, que cuidaba sus animales por la noche, cerca del pantano, vio flotar en el espacio una criatura con una corona de espinas, y los cristianos tomaron eso por un presagio de que el día del Juicio no estaba lejano.
       Era el mes de Elul, Un pulgón atacó las hojas, que se desprendieron de los árboles y giraron, arremolinadas y empujadas por el viento. El calor del sol se mezcló a la brisa helada del Mar Helado. Los pájaros que emigran a lejanas tierras celebraron un consejo en el tejado de la sinagoga, piaron, gorjearon y discutieron en lenguaje aviar. Los murciélagos volaron por las noches y las muchachas temieron salir de sus casas, porque es bien sabido que si un murciélago se enreda en el cabello de alguien, esa persona no verá cómo termina el año. Como es costumbre en esa estación, mis discípulos, las Sombras, empezaron a perpetrar sus propios tipos de fechorías. Los niños se vieron atacados por el sarampión, viruela, diarrea, difteria, y aunque las madres tomaban las precauciones de rigor, medían tumbas y encendían las velas conmemorativas, sus vástagos morían. En la casa de oración se hacía sonar el cuerno varias veces al día. Es bien sabido que hacer sonar el cuerno es un esfuerzo que se hace para alejarme, porque cuando oigo el cuerno figura que imagino que viene el Mesías y que Dios, loado sea su Nombre, se dispone a destruirme. Pero mis oídos no son tan insensibles que no sepa distinguir entre el sonido del Gran Shofar y el cuerno de una cabra de Kreshev…
       Ya pueden, pues, darse cuenta que permanecí alerta y preparé una distracción que los habitantes de Kreshev no olvidarían fácilmente.
       Todo ocurrió durante las ceremonias de un lunes por la mañana. La casa de oración estaba abarrotada El sacristán se disponía a sacar el Pergamino de la Ley; ya había descorrido la cortina delante de la Sagrada Arca, y abierto la puerta cuando, de pronto, un gran tumulto estremeció la cámara. Los fieles miraron hacia el lugar de donde procedía el ruido. Por la puerta abierta irrumpió Shloimele. Su aspecto impresionaba. Llevaba un capote destrozado, el forro arrancado y una solapa desgarrada como si llevara luto; no calzaba zapatos, como en el noveno día de Ab, y en la cintura, en lugar de la faja de seda, portaba una cuerda. Estaba pálido, con la barba despeinada y las patillas mal afeitadas. Los fieles no podían creer lo que veían sus ojos. Shloimele se acercó rápidamente al aguamanil de cobre y se lavó las manos. Después, se acercó al atril que sostenía el libro, lo golpeó y clamó con voz temblorosa:
       —¡Hombres! Traigo malas noticias… ¡Ha ocurrido algo terrible!
       En la casa de oración, súbitamente silenciosa, las llamas de las velas conmemorativas crepitaron ruidosamente. Al momento, como en un bosque antes de estallar la tormenta, un estremecimiento sacudió a la multitud. Todos se acercaron más al atril. Los libros de oración cayeron al suelo y nadie se molestó en recogerlos. Los jovenzuelos se subieron a bancos y mesas, sobre los que habían quedado olvidados los demás libros, pero nadie les mandó bajar. En la sección de mujeres, hubo conmoción y carreras; las mujeres se acercaban a la celosía para ver lo que ocurría abajo.
       El anciano rabino, Reb Ozer, seguía aún entre los vivos y gobernaba su rebaño con mano de hierro. Aunque no era partidario de suspender la ceremonia, se volvió en su sitio del muro oriental, donde adoraba y oraba con el chal de oración y filacterias, y gritó:
       —¿Qué es lo que quieres? ¡Habla!
       —¡Hombres, soy un infractor. Soy un pecador que hace pecar a los demás. Como Jeroboam, el hijo de Nebat! —gritó Shloimele golpeándose el pecho con el puño—. Sabed que obligué a mi mujer a cometer adulterio. ¡Me confieso de todo, desnudo mi alma!
       Aunque hablaba a media voz, resonaba en el salón como si éste estuviera vacío. Algo parecido a unas risas surgió de la sección de las mujeres, de la sinagoga, y luego se transformó en un gemido sordo como el que se oye en la oración de la noche de la víspera del Día de Expiación. Los hombres parecían petrificados; muchos creyeron que Shloimele había perdido la razón. Otros habían oído ya los rumores. Al cabo de un instante, Reb Ozer, que llevaba tiempo sospechando que Shloimele fuera un secreto seguidor de Sabbatai Zevi, alzó el chal de oración que llevaba sobre la cabeza y se lo colocó sobre los hombros. Su rostro, con su barba y patillas blancas, adquirió un tono amarillo cadavérico.
       —¿Qué hiciste? —preguntó el patriarca con voz quebrada y llena de angustia—. ¿Con quién cometió ese adulterio tu mujer?
       —Con el cochero de mi suegro, ese Mendel… Todo ha sido por culpa mía… Ella no quería hacerlo, pero yo la persuadí…
       —¿Tú?
       Y Reb Ozer pareció como si fuera a abalanzarse contra Shloimele.
       —Sí, rabino, yo…
       Reb Ozer alargó el brazo para coger un poco de rapé, como si así fuera a fortalecer su exhausto espíritu, pero la mano le temblaba y el rapé se le escapó de entre los dedos. Con las rodillas temblorosas, se vio obligado a sostenerse en uno de los soportes.
       —¿Por qué hiciste semejante cosa? —le preguntó con voz débil.
       —No lo sé, rabino… Algo se apoderó de mí —gimió Shloimele, y su rostro mezquino pareció encogerse—. Cometí un grave error… ¡Un grave error!
       —¿Un error? —preguntó Reb Ozer abriendo un ojo que parecía encerrar una risa que no era de este mundo.
       —¡Sí, un error! —repitió Shloimele, angustiado y perplejo.
       —¡Vei… judíos, arde un fuego, un fuego de gehena! —gritó de pronto un hombre de barba negra y largas patillas despeinadas—. ¡Nuestros hijos se mueren por su causa! ¡Criaturas inocentes que nada sabían del pecado!
       Al oír mencionar los niños, un lamento se alzó en la sinagoga de las mujeres. Eran las madres que recordaban a los niños que habían muerto. Como Kreshev era una ciudad pequeñísima, la noticia se extendió rápidamente y fue seguida de una extraordinaria excitación. Las mujeres se mezclaron a los hombres, las filacterias cayeron al suelo y varios chales de oración se rasgaron. Cuando la multitud se tranquilizó, Shloimele volvió a empezar su confesión. Explicó cómo se había unido a las filas del culto de Sabbatai Zevi siendo niño aún, como había estudiado junto a sus condiscípulos, como le habían enseñado que un exceso de degradación significaba mayor santidad y que, cuanto más odiosa es la maldad, más cerca se está del día de la redención.
       —¡Hombres, he traicionado a Israel! —gimió—. Un hereje de refinada perversidad y un traficante de prostitutas. Profané secretamente el sábado, comí alimentos prohibidos, descuidé mis oraciones, profané mis libros de oración y me permití cualquier iniquidad… ¡Forcé a mi propia esposa a cometer adulterio! ¡La engañé y le hice creer que ese imbécil de Mendel el cochero era en realidad Adonías, el hijo de Hagit, y que ella era Abisag, la sulamita y que sólo uniéndose ambos alcanzarían la salvación…! Incluso la convencí de que pecando cometerían una buena acción. He pecado, no he tenido fe, he hablado con bajeza, he provocado falta de rectitud, he sido presuntuoso y he aconsejado el mal.
       Y, chillando, se golpeaba el pecho y decía:
       —Escupid sobre mí, judíos… ¡Flajeladme! ¡Hacedme pedazos! ¡Juzgadme! —gritaba—. Dejad que pague mis crímenes con la muerte.
       —Judíos, no soy el rabino de Kreshev, sino el de Sodoma —gritaba Reb Ozer—. ¡Sodoma y Gomorra!
       -—Ah… ¡Satanás baila en Kreshev! —gemía el judío negro y se golpeaba la cabeza con ambas manos—. ¡Satán el Destructor!
       El hombre tenía razón. Todo aquel día y la noche siguiente goberné en Kreshev. Aquel día nadie estudió o rezó, ni tocaron el cuerno. Las ranas de las charcas croaban:
       —¡Impura! ¡Impura! ¡Impura!
       Los cuervos anunciaban malas noticias. El macho cabrío de la comunidad se volvió loco y atacó a una mujer que venía del baño ritual. Sobre cada chimenea flotaba un demonio. Dentro de cada mujer hablaba un trasgo. Lise estaba aún en cama cuando la muchedumbre irrumpió en su casa; después de destrozar las ventanas a pedradas, irrumpieron en su dormitorio. Cuando Lise vio toda aquella gente, se puso más blanca que la sábana que la cubría. Pidió que se le permitiera vestirse, pero apartaron las ropas de la cama y rasgaron el camisón de seda, y así, desvestida, descalza, la escasa ropa hecha jirones, la cabeza descubierta, la arrastraron a casa del rabino. El muchacho, Mendel, acababa de llegar de una aldea donde había pasado varios días. Antes de que supiera lo que ocurría, se le echaron encima los carniceros, le amarraron con cuerdas, le pegaron a discreción y le llevaron a la cárcel de la comunidad, en la sinagoga. Como Shloimele había confesado voluntariamente, se libró con unos cuantos bofetones, pero por propia voluntad se tendió ante el umbral de la casa de estudio y rogó a todos los que entraban o salían que le escupieran y le pisaran, que es en lo que consiste la primera penitencia por el pecado de adulterio.


XI. El castigo

      Muy entrada la noche, Reb Ozer estaba sentado en la cámara de justicia con el matarife ritual, el síndico, los siete ancianos de la villa y otros honorables ciudadanos, escuchando las historias de los pecadores. Aunque habían puesto los postigos y cerrado la puerta con llave, esperaba una multitud de curiosos y el bedel tenía que salir continuamente para alejarlos. Nos llevaría demasiado tiempo contarles las depravaciones y vergüenzas detalladas por Shloimele y Lise. Repetiré solamente algunos puntos. Aunque todo el mundo había supuesto que Lise lloraría y protestaría de su inocencia, o sencillamente se desmayaría, mantuvo la compostura. Contestó con claridad a todas las preguntas que el rabino le hizo. Cuando confesó haber fornicado con el joven, el rabino preguntó cómo era posible que una hija judía, buena e inteligente, hiciera semejante cosa, le contestó que toda la culpa era suya, que había pecado y que estaba dispuesta a aceptar cualquier castigo.
       —Sé que he traicionado este mundo y perdido el futuro, y que para mí no hay esperanza.
       Dijo estas palabras con mucha tranquilidad, como si toda la cadena de acontecimientos hubiera sido algo normal, asombrando así a todo el mundo. Y cuando el rabino le pidió si estaba enamorada del joven o si había pecado obligada, respondió que había obrado voluntariamente y por propia decisión.
       —¿Tal vez te embrujó un espíritu maligno? —sugirió el rabino—. ¿O fuiste hechizada? ¿O alguna fuerza oscura te empujó a hacerlo? Pudiste haber estado en trance y, por tanto, olvidado las enseñanzas de la Torah y que eras una buena muchacha judía. Si es así… ¡no lo niegues!
       Pero Lise insistió en que nada sabía de espíritus malignos, ni de demonios, ni de ilusiones o de magias.
       Los otros hombres preguntaron más, quisieron saber si había encontrado nudos en sus ropas, o pelos enmarañados entre sus cabellos, o una mancha amarilla en el espejo, o marcas negras o azules en su cuerpo, y les respondió que no había encontrado nada. Cuando Shloimele insistió en que la había azuzado y que ella era pura de corazón, Lise inclinó la cabeza y no quiso ni admitirlo ni negarlo. Y cuando el rabino preguntó si lamentaba sus pecados, al principio guardó silencio, y luego dijo:
       —¿De qué sirve el arrepentimiento? —y añadió— deseo ser juzgada de acuerdo con la ley… sin compasión.
       Después, guardó silencio y resultó difícil sacarle más palabras.
       Mendel confesó haberse acostado con Lise, la hija de su amo, muchas veces; que ella había subido a su altillo y que se habían encontrado en el jardín, entre los macizos de flores, y que también la había visitado varias veces en su propio dormitorio. Aunque había sido apaleado y tenía las ropas hechas jirones, se mantuvo retador… porque, tal como está escrito: «Los pecadores no se arrepienten ni en las mismas puertas del gehena…» y, además, hizo ciertas observaciones groseras. Cuando un honorable ciudadano le preguntó:
       —¿Cómo pudiste hacer tal cosa?
       Mendel rezongó:
       —¿Y por qué no? Está mucho mejor que tu esposa.
       Ofendió a sus inquisidores, les llamó ladrones, glotones y usureros, y aseguró que daban siempre medidas y pesos falsos. También habló mal de sus esposas e hijas. Dijo a un dignatario que su esposa dejaba un rastro de basura a su paso; a otro… que apestaba demasiado, incluso para su mujer, que se negaba a dormir con él; e hizo observaciones similares llenas de arrogancia, burla y ridículo.
       Cuando el rabino le preguntó:
       —¿No tienes miedo? ¿Esperas vivir eternamente?
       Mendel contestó que no había diferencia entre un hombre muerto y un caballo muerto. Los hombres se enfurecieron de tal modo que volvieron a azotarle y los curiosos del exterior oyeron sus maldiciones, mientras que Lise, cubriéndose el rostro con ambas manos, se echaba a llorar.
       Como Shloimele había confesado voluntariamente sus pecados y estaba dispuesto a cumplir la penitencia inmediatamente, fue perdonado, y la gente incluso le trató con bondad. De nuevo volvió a referir ante el tribunal que los discípulos de Sabbatai Zevi le habían hechizado y atraído a sus redes cuando aún era un muchacho, y que había estudiado secretamente sus libros y manuscritos y llevado a creer que cuanto más se hundía uno en el mal, más cerca se llegaba al Final de los Días. Y cuando el rabino le preguntó por qué no había elegido otra expresión de pecado que no fuera el adulterio y que si incluso un hombre sumido en el mal podía querer ver mancillada su esposa, contestó que este pecado le proporcionaba un placer especial, y que cuando Lise iba a él después de estar en los brazos de Mendel y hacían el amor, él le sonsacaba todos los detalles y esto le satisfacía mucho más que si él mismo hubiera participado en el acto. Cuando un ciudadano observó que eso no era natural, Shloimele repuso que así era como pensaba y nada más. Confesó que solamente después de que había estado varias veces con Mendel y había empezado a apartarse de él, comprendió que estaba perdiendo a su amada esposa y su gozo se había transformado en profundo pesar. Entonces trató de hacerla cambiar, pero ya era demasiado tarde, porque se había enamorado del muchacho, le deseaba y hablaba de él día y noche. Shloimele divulgó también que Lise había hecho regalos a Mendel y tomado dinero de su dote para entregarlo a su amante con el cual se había comprado un caballo, una silla de montar y varios arreos. Y, un día, Lise le dijo que Mendel le había aconsejado divorciarse de su marido y sugerido que ambos huyeran a tierras lejanas. Shloimele tenía aún más que revelar; dijo que, antes de todo aquello, Lise había sido siempre sincera, pero que después empezó a protegerse con toda suerte de mentiras y engaños y, por fin, llegó al punto en que dejó de contar a Shloimele lo que había hecho con Mendel. Esta declaración provocó discusiones e incluso violencia. Los ciudadanos se escandalizaron al oír semejantes revelaciones; era difícil concebir que un lugar tan pequeño como Kreshev pudiera albergar actos tan escandalosos. Varios miembros de la comunidad temían que la villa entera sufriera la venganza de Dios y que, Dios no lo quisiera, cayera sobre ellos la sequía, la inundación o un ataque de los tártaros. El rabino anunció que iba a decretar inmediatamente un ayuno general.
       Temeroso de que la gente del lugar pudiera atacar a los pecadores, o incluso derramar sangre, el rabino y los ancianos mantuvieron a Mendel en la cárcel hasta el día siguiente. Lise, entregada a la custodia de las mujeres de la sociedad funeraria, fue conducida al hospicio y encerrada en una habitación aislada, para su propia seguridad. Shloimele permaneció en la casa del rabino. Se negó a echarse en la cama y se tendió sobre el suelo del cobertizo, donde se guardaba la madera. Después de consultar a los ancianos, el rabino dio a conocer su veredicto. Los pecadores serían paseados por toda la ciudad como ejemplo de humillación de aquellos que habían renegado de Dios. Luego, Shloimele se divorciaría de Lise que, de acuerdo con la ley, le estaba ahora prohibida. Tampoco se le permitiría contraer matrimonio con Mendel el cochero.
       A primera hora de la mañana siguiente se cumplió la sentencia. Hombres, mujeres, chicos y chicas empezaron a reunirse en el patio de la sinagoga. Niños que se habían escapado de la escuela se subieron al tejado de la casa de estudio y al balcón de la sinagoga de las mujeres, para ver mejor. Algunos bromistas trajeron escaleras de mano y zancos. Pese a la advertencia del bedel de que había que presenciar el espectáculo con gravedad, sin risas ni chanzas, las payasadas fueron infinitas. Aunque ésta era la estación de gran trabajo que precedía a las vacaciones, las modistas abandonaron sus prendas para disfrutar con la caída de una hija de familia rica. Sastres, zapateros, toneleros y peinadores de crin se arracimaban, bromeaban, se hacían señas y requebraban a las mujeres. Las muchachas serias se colocaban los chales sobre la cabeza, al modo de asistentes a velatorios. Las mujeres llevaban dos delantales, uno delante y otro detrás, como si presenciaran el exorcismo de un demonio o participaran en una cierta ceremonia de matrimonio. Los comerciantes cerraron sus tiendas y los artesanos abandonaron sus bancos de trabajo. Incluso los gentiles vinieron para ver cómo los judíos castigaban a sus pecadores. Todos los ojos estaban fijos en la vieja sinagoga de la que saldrían los pecadores para sufrir su recorrido de vergüenza pública.
       La gran puerta de roble se abrió, acompañada del murmullo de los espectadores. Los carniceros llevaban a Mendel… con las manos atadas, una chaqueta hecha jirones y, sobre la cabeza, el forro de un casquete. Un cardenal teñía su frente, una sombra oscura manchaba su barba sin afeitar. Se enfrentó con la gente arrogantemente y puso los labios como si fuera a silbar; los carniceros le sujetaban con fuerza por los codos, porque ya había intentado escapárseles. Le recibieron con gritos de burla. Aunque Shloimele se había arrepentido voluntariamente y había sido perdonado por el tribunal, rogó que le permitieran ser castigado como los demás. Cuando apareció se oyeron gritos, silbidos y risas; estaba tan cambiado que costaba reconocerlo. Tenía el rostro pálido; en lugar de gabardina, túnica con flecos y pantalones… no llevaba sino harapos. Una de sus mejillas estaba hinchada; sin zapatos, con las medias agujereadas, tenía los dedos al descubierto. Le colocaron al lado de Mendel y allí se quedó, tieso y desgarbado como un espantapájaros. Muchas mujeres se echaron a llorar al ver el espectáculo, como si estuvieran en funciones de plañideras. Algunas se quejaron de la crueldad de los ancianos e insinuaron que si Reb Bunim estuviera presente aquello jamás habría tenido lugar.
       Lise tardó mucho en aparecer. La gran curiosidad de la masa por verla causó terribles apreturas. Las mujeres, en su excitación, perdieron sus pañuelos de cabeza. Cuando Lise apareció en la puerta, acompañada por las mujeres de la sociedad funeraria, la multitud pareció paralizada. Un grito escapó de todas las gargantas. Su vestimenta no había sido modificada, pero un gran flanero cubría su cabeza y de su cuello colgaba un collar de dientes de ajo y una oca muerta; en una mano sostenía una escoba y, en la otra, un viejo plumero. Una cuerda de esparto rodeaba su cintura. Era obvio que las damas de la sociedad funeraria se habían esmerado para lograr que la hija de una noble y rica familia sufriera el más alto grado de vergüenza y degradación. Según la sentencia, los pecadores debían recorrer todas las calles de la villa, detenerse delante de todas las casas para que cada hombre y cada mujer les escupieran y les echaran basura. La procesión empezó por la casa del rabino y fue siguiendo su camino hasta llegar a las casas de los miembros más miserables de la comunidad. Muchos temieron que Lise se derrumbara y les estropeara la diversión, pero ella estaba, aparentemente, dispuesta a aceptar su castigo en toda su amargura.
       Para Kreshev, aquello era como la Fiesta de Omer, en mitad del mes de Elul. Armados con pifias, arcos y flechas, los muchachos Cheder sacaron comida de sus casas y corrieron como locos, chillando y balando como cabras, a lo largo de todo el día. Las amas de casa dejaron apagar sus cocinas, y la casa de estudio se quedó vacía. Incluso los ocupantes viejos y enfermos del hospicio salieron para asistir a la Fiesta Negra.
       Las mujeres cuyos niños estaban enfermos, o aquellos que todavía observaban los siete días de duelo, salieron de sus casas para zaherir a los pecadores con gritos, lamentos, maldiciones y puños cerrados en alto. Asustados de que Mendel el cochero pudiera vengarse y no sintiendo verdadero odio contra Shloimele, al que consideraban chalado, expresaron toda su furia contra Lise. Aunque habían sido advertidos que no debían emplear la violencia, varias mujeres le pellizcaron y maltrataron. Una mujer vació sobre ella un cubo de orines, otra la apedreó con entrañas de gallina y, entre todas, la cubrieron con toda clase de porquería. Por el hecho de que Lise había contado la historia del macho cabrío, y esto la había hecho pensar en Mendel, los gamberros de la villa fueron a buscar al animal y con él a rastras siguieron la procesión. Algunos silbaban, otros cantaban canciones de mofa. Llamaron a Lise mujerzuela, prostituta, puta, desvergonzada, burra callejera, ramera, meretriz, libertina, perra y demás nombres parecidos. Unos violinistas, con un tambor y un címbalo, tocaban una marcha nupcial durante el recorrido de la procesión. Uno de los jóvenes, remedando al juglar nupcial, declamaba versos profanos y desvergonzados. Las mujeres que acompañaban a Lise trataban de animarla y consolarla, porque aquella marcha era la penitencia y sólo con su arrepentimiento podía recobrar su decencia… pero no les contestaba. Nadie la vio derramar una sola lágrima. Ni soltó en ningún momento la escoba o el plumero. Debo decir, en honor de Mendel, que tampoco se resistió a sus torturadores. Caminaba silenciosamente, sin replicar a los insultos. En cuanto a Shloimele, por las muecas que hacía, era imposible decir si lloraba o reía. Caminaba vacilante, deteniéndose continuamente, hasta que le empujaban y tenía que continuar andando. De pronto, empezó a cojear. Como sólo había hecho pecar a los demás, sin hacerlo él, se le permitió retirarse. Un guardia le acompañó para protejerle. A Mendel le devolvieron a la cárcel para que pasara allí la noche. En la casa del rabino, Shloimele y Lise fueron divorciados. Cuando Lise levantó ambas manos y Shloimele colocó en ellas el Decreto de Divorcio, las mujeres gimieron; los hombres tenían lágrimas en los ojos. Después, Lise fue acompañada a casa de su padre por las mujeres de la sociedad funeraria.


XII. La destrucción de Kreshev

      Aquella noche, sopló un huracán como si (según dice el refrán) siete brujas se hubieran ahorcado. En realidad, sólo se ahorcó una joven… Lise. Cuando la vieja sirvienta entró por la mañana en el dormitorio de su señora, encontró la cama vacía. Esperó, creyendo que Lise estaba ocupada en sus necesidades personales, pero dado que transcurría el tiempo sin que Lise apareciera, la sirvienta decidió buscarla. No tardó en encontrar a Lise en el desván… colgada de una viga, con la cabeza descubierta, los pies descalzos y en camisón. Estaba ya completamente fría.
       La aldea quedó impresionada. Las mismas mujeres que el día anterior la habían apedreado y expresado su indignación por la leve penitencia que habían impuesto, ahora gemían y decían que los ancianos de la comunidad habían matado a una hija judía y decente. Los hombres se dividieron en dos grupos. Los primeros decían que Lise había pagado ya sus pecados y que su cuerpo debía ser enterrado en el cementerio, junto a su madre y considerarla honorable; el segundo grupo insistía en que debía ser enterrada fuera del cementerio, detrás de la valla… como cualquier otro suicida. Ciertos miembros del segundo grupo mantenían que, por todo lo que Lise había dicho y hecho en la sala de justicia, había muerto rebelde y sin arrepentirse. El rabino y los ancianos de la comunidad pertenecían al segundo grupo y fueron los que triunfaron. La enterraron por la noche, al otro lado de la valla, a la luz de un farol. Las mujeres sollozaron y el ruido despertó a los cuervos, que anidaban en los árboles del cementerio y empezaron a graznar. Algunos de los ancianos pidieron perdón a Lise. Colocaron pedazos de tiesto sobre sus ojos, según la costumbre, y un palo entre las manos, para que cuando llegara el Mesías pudieran abrir un túnel desde Kreshev a Tierra Santa. Como se trataba de una mujer joven, se avisó a Kalman el Sanguijuela para que descubriera si estaba o no embarazada, porque enterrar a un niño no nacido traía mala suerte. El enterrador dijo lo que se dice en los enterramientos: «La Roca, Su trabajo es perfecto, porque todos sus actos son juicios: Él es un Dios de fidelidad sin iniquidad». Todos arrancaron puñados de hierba y los arrojaron por encima del hombro. Todos los asistentes echaron una palada de tierra en la fosa. Aunque Shloimele ya no era el marido de Lise, siguió detrás de la camilla y dijo su Kaddish sobre la tumba. Después que estuvo enterrada, se echó sobre el montón de tierra y se negó a levantarse y tuvo que ser arrastrado de allí por la fuerza… y aunque según la ley estaba eximido de la observancia de los siete días de duelo, se retiró a la casa de su suegro y observó el luto prescrito.
       Durante el período de duelo, varios ciudadanos fueron a rezar con Shloimele y le ofrecieron su pésame pero, como si hubiera jurado guardar eterno silencio, no abrió la boca para contestarles. Mal vestido, con harapos, estaba sentado en un taburete, leyendo el Libro de Job, con el rostro como la cera y la barba y las patillas despeinadas. Una vela vacilaba en un tarro de aceite, un trapo estaba metido en un vaso de agua; era por el alma de la difunta, para que pudiera descansar. La anciana sirvienta traía comida para Shloimele, pero éste no tomaba nada más que una rebanada de pan seco con sal. Pasados los siete días de luto, Shloimele, con un bastón en la mano y una mochila a la espalda, se exiló. Los ciudadanos le siguieron un trecho, tratando de disuadirlo o de hacer que, por lo menos, esperara la llegada de Reb Bunim, pero no les contestó, se limitó a mover la cabeza y siguió andando hasta que los que le habían hablado se cansaron y regresaron. Jamás volvió a vérsele.
       Entretanto, Reb Bunim, retenido en alguna parte de Woliny estaba absorto en sus negocios y nada sabía de su desgracia. Pocos días antes de Fosh Hashonah, hizo que un aldeano le llevara en un carro a Kreshev. Llevaba muchos regalos para su hija y su yerno. Una noche se paró en una posada; pidió noticias de su familia; aunque todos sabían lo ocurrido, nadie tuvo el valor de decírselo. Dijeron que no estaban enterados de nada. Y cuando Reb Bunim invitó a algunos de ellos a whisky y a pastel, comieron y bebieron a la fuerza, evitando sus ojos al brindar. Reb Bunim se quedó perplejo ante tanta reticencia.
       Por la mañana, cuando Reb Bunim entró en Kreshev, la pequeña población parecía abandonada. Los residentes escaparon. Al llegar a su casa, vio las ventanas cerradas y con las barras puestas en pleno día. Esto lo asustó. Llamó a Lise, a Shloimele y a Mendel, pero nadie contestó. La sirvienta también había abandonado la vivienda (estaba enferma en el hospicio). Por fin, una vieja salió de sabe Dios dónde y contó a Reb Bunim la terrible verdad.
       —¡Ah, Lise ya no existe! —gritó la vieja retorciéndose las manos.
       —¿Cuándo murió? —preguntó Reb Bunim, con el rostro pálido y contraído.
       La vieja le dijo el día.
       —¿Dónde está Shloimele?
       —Se ha ido —explicó la mujer—. Inmediatamente después del séptimo día de luto…
       —¡Loado sea el verdadero Juez! —dijo Reb Bunim ofreciendo la bendición para los muertos. Y añadió la frase del Libro de Job—: «Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré allí».
       Se dirigió a su habitación y desgarró su solapa, se quitó las botas y se sentó en el suelo. La vieja le trajo pan, un huevo duro y un poco de ceniza, según manda la ley. Poco a poco, le explicó que su hija no había fallecido de muerte natural, sino que se había ahorcado. También le contó la razón del suicidio. Pero Reb Bunim no estaba destrozado por lo que oía, porque era un hombre temeroso de Dios y aceptaba cualquier castigo que viniera de lo alto, como está escrito: «El hombre está obligado a agradecer tanto lo malo como lo bueno». Y mantuvo su fe y no albergó resentimiento contra el Señor del Universo.
       Por Rosh Hashonah, Reb Bunim rezó en la casa de oración y cantó su plegaria con el mayor vigor. Después comió solo su comida de fiesta. Una criada le sirvió la cabeza de un cordero, manzanas con miel y una zanahoria, y comió y se balanceó y cantó los cánticos de la mesa. Yo, el Espíritu del Mal, traté de tentar aquel padre abatido por el dolor y apartarle del camino recto y llenar su espíritu de melancolía, porque ése es el propósito por el que el Creador me mandó a la tierra. Pero Reb Bunim me ignoró y cumplió lo que dice el proverbio: «No contestes al loco según su locura». En lugar de discutir conmigo, estudió y rezó y, poco después del Día de Penitencia, ocupó su tiempo con la Torah y las buenas obras. Es bien sabido que yo sólo tengo poder sobre aquellos que discuten la voluntad de Dios, no sobre los que hacen buenas obras. Y, así, pasaron aquellos días sagrados; también pidió que se liberara a Mendel el cochero para que pudiera seguir su camino. Así fue como Reb Bunim abandonó la ciudad, como el santo del que se ha escrito: «Cuando un santo abandona la ciudad, ésta pierda su belleza, su esplendor y su gloria».
       Inmediatamente después de las fiestas, Reb Bunim vendió su casa y demás posesiones por una miseria y abandonó Kreshev, porque la villa le recordaba demasiado su infortunio. El rabino y todos los demás le acompañaron al camino; dejó una cantidad para la casa de estudio, el hospicio y otras caridades.
       Mendel el cochero se entretuvo algún tiempo en las aldeas vecinas. Los vendedores ambulantes de Kreshev decían que los aldeanos le tenían miedo y que peleaba frecuentemente con ellos. Alguien dijo que se había hecho ladrón de caballos, otros decían que salteador de caminos. También se murmuraba que había visitado la tumba de Lise; se descubrieron las huellas de sus botas en la arena. Se contaban otras historias sobre él. Cierta gente temía que se vengara de la ciudad… y estaban en lo cierto. Una noche se declaró un incendio. Empezó en varios puntos a la vez, y pese a la lluvia, las llamas saltaron de casa en casa. Las tres cuartas partes de Kreshev quedaron destruidas. El macho cabrío de la comunidad también perdió la vida. Ciertos testigos juraron que Mendel el cochero había iniciado el fuego. Como, a la sazón, hacía mucho frío y varias personas se habían quedado sin techo, bastantes cayeron enfermos, siguió una epidemia, perecieron hombres, mujeres y niños, y Kreshev quedó en verdad destruido.
       Hasta la fecha, la villa ha permanecido pobre y pequeña; nunca ha sido reedificada en su anterior extensión.
       Todo fue por causa de un pecado cometido por un marido, una esposa y un cochero. Y aunque no es habitual en los judíos ir a suplicar junto a la tumba de un suicida, las muchachas que van a visitar las tumbas de sus madres suelen acercarse al montículo de tierra, tras la valla, lloran y ofrecen plegarias no sólo para ellas y sus familias, sino también por el alma de la pobre Lise, la hija de Shifrah Tammar.
       Y la costumbre se ha mantenido hasta nuestros días.


(Traducido del yidis al inglés por Elaine Gottlieb y June Ruth Flaum).



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