Iván S. Turguénev
(Orel, Rusia, 1818 - Bougival, Francia, 1883)


La cita (1850)
(“Свидание”)
Originalmente publicado en la revista Современник [El Contemporáneo]
Núm. 11 (1850), págs. 114-122);
Записки охотника [Relatos de un cazador, Del álbum de un cazador]
(San Petersburgo, 1852)



      Descansaba en un bosque de abedules un otoño, hacia me diados de septiembre. Era una época de tiempo cambiante: desde la mañana había estado cayendo una lluvia fina e irregular, seguida de vez en cuando por radiantes intervalos de calor soleado. El cielo, cubierto por livianas nubes blancas, de pronto se aclaraba en algunos puntos y, desde detrás de las nubes que se abrían, aparecía el cielo azul, lúcido y sonriente, como un ojo hermoso. Sentado, miraba a mi alrededor y escuchaba. Las hojas apenas se movían sobre mí; por su sonido se adivinaba el momento del año. No era el alegre, riente, temblor primaveral, ni los suaves y largos murmullos veraniegos, ni el balbuceo apocado y helado de finales de otoño, sino un susurro apenas audible. Un viento débil se movía apenas por las copas de los árboles. El interior del bosque, mojado por la lluvia, no dejaba de cambiar, según sí brillaba el sol o estaba cubierto; tan pronto se inundaba de luz, como si repentinamente todo hubiera decidido sonreír: los delicados troncos de los escasos abedules adquirían un brillo de seda blanquecina, las hojas caídas vestían tonalidades multicolores y ardían como el oro rutilante, la luz atravesaba los penachos de los helechos, embellecidos aún más por sus matices otoñales como las uvas demasiado maduras, enredándose y cruzándose; o bien súbitamente la oscuridad azulada lo envolvía todo de nuevo. Los colores vivos se extinguían y los abedules se quedaban quietos y blanquecinos, sin un destello, blancos como cuando la nieve recién caída no ha sido tocada aún por los rayos helados del sol invernal; y secretamente, una llovizna ladina extendía su empapado susurro por el bosque. El follaje estaba todavía casi verde, pero ya bastante descolorido; aquí y allá se alzaba algún árbol joven cubierto de rojo o dorado, y era inevitable ver cómo refulgía cuando rompían los rayos del sol, deslizando sus destellos a través del espeso entramado de finas ramas recién mojadas por la lluvia. No se oía un pájaro: habían buscado refugio y habían callado; solo la jocosa vocecilla del alionín tintineaba ocasionalmente como una campanilla.
       Antes de detenerme en este bosquecillo de abedules, había atravesado con mi perro una arboleda de altos álamos. Confieso que no es un árbol que me entusiasme, el álamo, con su tronco de un violeta pálido y su follaje verde-grisáceo que se eleva tan alto como es posible para extenderse arriba como un abanico tembloroso; tampoco me gusta el balanceo constante y nervioso de las hojas que con tan poca elegancia aparecen atadas a los tallos interminables que nacen de su tronco. Solo es hermoso en ciertas noches estivales, cuando, en medio de los arbustos más bajos, se enfrenta en soledad a los rayos inflamados del ocaso, y reluce y se estremece, bañado desde sus copas más altas hasta las raíces por una luz uniforme, amarilla y púrpura; o cuando, en un claro día ventoso, se estremece y murmura, recortado contra el azul del cielo, y cada una de sus hojas, inundada por el ardor del viento, parece querer zafarse y perderse a lo lejos. Pero en general no me gusta este árbol y, por lo tanto, sin detenerme a descansar en la arboleda de álamos, me dirigí hacia el pequeño bosque de abedules, me acomodé bajo un espécimen cuyas ramas comenzaban casi a ras de suelo y me protegían de la lluvia. Admirando cuanto me rodeaba, caí en esa clase de sueño despreocupado y poco profundo que solo reconocerán los cazadores.

       No puedo decir cuánto tiempo estuve dormido, pero cuando abrí los ojos el interior del bosque estaba inundado de sol, y en todas las direcciones, a través del follaje que el viento mecía jubiloso, se intuía un cielo azulado que parecía resplandecer; las nubes se habían desvanecido, dispersadas por el viento que se había levantado; el tiempo estaba claro y en el aire se sentía esa frescura que inunda el corazón de felicidad y significa casi siempre que la noche será despejada y tranquila tras un día de lluvia. Estaba a punto de levantarme y probar suerte de nuevo, cuando mis ojos se toparon con una forma humana inmóvil. Agucé la vista. Se trataba de una joven campesina. Estaba sentada a veinte pasos de mí, con la cabeza gacha y pensativa y los brazos sobre sus rodillas. En la palma medio abierta de una mano tenía un grueso manojo de flores silvestres, y cada vez que respiraba el ramillete iba resbalando sobre su falda de cuadros. Una blusa blanca limpia, abotonada en el cuello y en los puños, terminaba en suaves pliegues alrededor de su cintura; un collar de cuentas amarillas le caía hasta el pecho en una doble vuelta. Era muy bonita. Llevaba su abundante cabellera rubio ceniciento cuidadosamente peinada con una raya que la dividía en dos semicírculos debajo de un cinta roja que le enmarcaba la frente, blanca como el marfil; el resto de su cara estaba ligeramente quemada por el sol con ese brillo dorado que solo adquiere una piel delicada. No podía ver sus ojos porque no los alzó, pero sí vi sus finas cejas altas y largas pestañas, mojadas; y sobre una de sus mejillas vi brillar al sol el rastro seco de una lágrima que le llegaba al filo de sus labios algo pálidos. El aspecto de su cabeza era encantador; ni siquiera la nariz algo redonda y gruesa lograba enturbiar el conjunto. En particular me gustaba su expresión tan natural y desprovista de artificio, tan melancólica y llena de sorpresa infantil por su propia tristeza.
       Era obvio que esperaba a alguien: se oyó un crujido débil en el bosque; de inmediato levantó la cabeza y miró a su alrededor; en las sombras transparentes vi por un instante relampaguear brevemente sus ojos enormes, brillantes y asustados como los de un cervatillo. Escuchó durante unos momentos, sin apartar sus grandes ojos del lugar de donde provenía el débil ruido; después emitió un suspiro, volvió a girar pausadamente la cabeza, se agachó todavía más y comenzó a acariciar las flores. Sus párpados enrojecieron, sus labios se estremecieron con amargura y otra lágrima se escurrió entre sus gruesas pestañas y se detuvo sobre su mejilla, donde lanzó un destello. Pasó un rato y la pobre muchacha no se movió, salvo para gesticular apesadumbrada con las manos, o para continuar escuchando y escuchando. De nuevo llegó un ruido del bosque y ella pareció alterarse. El ruido continuó, aumentó mientras alguien se acercaba, y al final se oyó el ruido de pasos rápidos y decididos. Ella se irguió y pareció sobrecogida por la timidez; comenzó a temblar y arder de expectación. A través de la espesura se distinguía la figura de un hombre. Ella miró hacia él, enrojeció, sonrió dichosa, se preparó para levantarse y de nuevo volvió a bajar la cabeza, empalideció y pareció confusa. Solo elevó su mirada desmayada, casi implorante, al recién llegado cuando este se detuvo a su lado.
       Desde mi escondrijo lo examiné con curiosidad. Confieso que me produjo mala impresión. Parecía el pomposo ayuda de cámara de algún amo adinerado. Sus ropajes reflejaban una cierta pretensión de buen gusto y naturalidad propia de los dandis: consistían en un abrigo corto de color bronce, abotonado hasta el cuello y, lo más probable, heredado de su amo, una corbatita violácea y rosada y una gorra negra rematada en hilo dorado encasquetada hasta las cejas. El cuello de su camisa blanca le presionaba sin misericordia las orejas e incluso mordisqueaba su mentón, mientras que los puños almidonados cubrían sus manos hasta los dedos rojizos y retorcidos, adornados con anillos de oro y plata que contenían nomeolvides moradas. Su rostro encendido, descansado e insolente, pertenecía a la categoría de rostros que, por lo que he podido juzgar, casi de forma invariable enojan a los hombres, y, desafortunadamente, suelen agradar a las mujeres. Era evidente que estaba haciendo un esfuerzo para dotar a sus rasgos poco agraciados con una expresión de superioridad y aburrimiento; no dejaba de entrecerrar sus ya diminutos ojos grises y lechosos, fruncía el ceño, dejaba colgar su boca en las comisuras, bostezaba y, con aire despreocupado, aunque no enteramente satisfactorio, de desenfreno, o bien se retocaba el rojo cabello repeinado, o bien se retorcía los pequeños pelillos rubios que sobresalían de su labio superior. En una palabra, era un engreído de aúpa. Comenzó a presumir en cuanto vio a la muchacha campesina esperándole; se le acercó con parsimonia, se detuvo, se encogió de hombros, se metió las dos manos en los bolsillos de su abrigo y, con apenas una mirada indiferente a la pobre muchacha, se sentó en el suelo.
       —Bueno —comenzó, mirando aún de soslayo, balanceando la pierna y dando un bostezo—, ¿llevas mucho tiempo aquí?
       La muchacha no fue capaz de contestarle de inmediato.
       —Mucho tiempo, señor, Víktor Aleksándrich —dijo al fin con una vocecilla apenas audible.
       —¡Ah! —se quitó la gorra, se mesó los cabellos abundantes y cuidadosamente peinados con aire satisfecho, que empezaban casi en sus cejas, y mirando a su alrededor con dignidad, volvió a cubrirse su valiosa cabeza—. Y yo casi me había olvidado. ¡Después de todo, mira cómo ha llovido! —volvió a bostezar—. Hay un montón de cosas por hacer, hay que prepararlo todo, y el amo no para de quejarse. Nos marchamos mañana…
       —¿Mañana? —dijo la muchacha, y le dirigió una mirada asustada.
       —Así es, mañana. Bueno, bueno, por favor —añadió con rapidez e irritación cuando vio que ella había empezado a temblar y que bajaba la cabeza—. Por favor, Akulina, no llores. Ya sabes que no lo soporto —y subió su orgullosa naricilla—. Si sigues así me voy de inmediato. Lloriquear, ¡qué ridículo!
       —No, no lloraré más —murmuró Akulina a toda prisa, obligándose a tragarse sus lágrimas—. ¿Así que te marchas mañana? —añadió tras una breve pausa—. ¿Cuándo querrá Dios que volvamos a vernos, Víktor Aleksándrich?
       —Volveremos a vernos, volveremos a vernos. Si no el año que viene, entonces el siguiente. Parece que el amo quiere entrar en el servicio burocrático en San Petersburgo, y es posible que nos vayamos al extranjero.
       —Te olvidarás de mí, Víktor Aleksándrich —dijo Akulina con tristeza.
       —No, ¿por qué iba a hacerlo? No te olvidaré. Solo que tienes que ser razonable, no portarte mal, obedecer a tu padre… No te olvidaré, noooo —y con calma se desperezó y volvió a bostezar.
       —No debes olvidarme Víktor Aleksándrich —continuó la muchacha con una voz suplicante—, te he amado mucho, eso parece, y parece que lo he hecho todo por ti… Me dices que obedezca a mi padre, Víktor Aleksándrich… No hay razón para que lo haga…
       —¿Y por qué no? —él murmuró estas palabras como si le salieran del estómago, echado sobre la espalda con los brazos detrás de su cabeza.
       —No hay razón, Víktor Aleksándrich. Tú mismo lo sabes…
       Ella no dijo nada. Víktor jugueteó con la cadena metálica de su reloj.
       —No eres tonta, Akulina —comenzó a decir al cabo—, así que no digas tonterías. Quiero lo mejor para ti, ¿lo entiendes? Por supuesto que no eres estúpida, no eres una chica campesina del todo, por así decirlo; y tu madre tampoco fue siempre una muchacha campesina. Pero no tienes formación, así que tienes que escuchar cuando la gente te dice lo que debes hacer.
       —Tengo miedo, Víktor Aleksándrich.
       —Eh, vamos, eso son tonterías, querida. ¿De qué tienes miedo? ¿Qué tienes ahí? —añadió, volviéndose hacia ella—. ¿Flores?
       —Flores —respondió Akulina sombríamente—. Son unas atanasias que he recogido en el campo —continuó, animándose un poco—, y son buenas para los terneros. Y estas son caléndulas, ayudan contra la escrófula. ¡Mira qué florecilla tan diminuta es! Nunca he visto una florecita tan hermosa en toda mi vida. Luego están los nomeolvides, y algunas violetas. Pero estas son para ti —añadió, sacando de detrás de las atanasias amarillas un ramo pequeño de acianos atados con un trozo de hierba—, ¿las quieres?
       Víktor extendió su mano con desgana, cogió el ramillete, olisqueó las flores y comenzó a toquetearlas con sus dedos, contemplando la nada de vez en cuando dándose aires. Akulina lo observó con una triste mirada que contenía una devoción tierna, una adoración humillante y amor. Y a la vez también tenía miedo de él, y de llorar, y de despedirse por última vez; pero él estaba ahí echado en la pose lánguida de un sultán, soportando su adoración con paciencia magnánima y condescendencia. Confieso que su cara enrojecida me estaba enojando, con su desdén pretencioso e indiferente, a través de la cual se podía discernir una completa y satisfecha vanidad. Akulina estuvo espléndida en aquel momento, puesto que su corazón estaba dispuesto, entregado, abierto, suplicando ser amado, pero él en cambio… Él simplemente dejó que los acianos se cayeran a la hierba, se sacó un impertinente engarzado en bronce del bolsillo lateral de su abrigo, y comenzó a tratar de acomodarlo sobre su ojo; pero no importaba cuánto intentaba mantenerlo en su lugar con la ceja bajada, la mejilla levantada e incluso con la nariz, ya que el diminuto cristal se caía y regresaba a su mano.
       —¿Qué es eso? —le preguntó asombrada Akulina.
       —Unos impertinentes —respondió él, dándose importancia.
       —¿Para qué son?
       —Para ver mejor.
       —Enséñamelos.
       Víktor frunció el ceño, pero le tendió el cristal.
       —Cuidado, no lo rompas.
       —No tienes que preocuparte, no lo haré —lo levantó con cuidado hasta su ojos—. No veo nada —añadió con simpleza.
       —Es el ojo, tienes que entrecerrarlo —replicó él con la voz de un profesor descontento. Ella entrecerró el ojo delante del cual sujetaba el cristal—. ¡No ese no es, idiota! ¡El otro ojo! —exclamó Víktor, y, sin darle tiempo de corregir su error, le quitó los impertinentes.
       Akulina se rio con nerviosismo y se volvió.
       —Es obvio que no es para la gente como yo —murmuró.
       —¡Sin duda!
       La pobre muchacha guardó silencio y exhaló un profundo suspiro.
       —Oh, Víktor Aleksándrich, ¿qué voy a hacer sin ti? —dijo de pronto.
       Víktor limpió los impertinentes con el filo de su abrigo y se los volvió a guardar en el bolsillo.
       —Ya, ya —dijo al cabo—, seguro que será duro para ti al principio —le dio unas palmaditas condescendientes en el hombro; ella, con una gran dulzura, retiró la mano de él de su propio hombro y la besó con timidez—. Bien, bien, muy bien, eres una buena chica —continuó él, sonriendo con petulancia—, pero ¿qué es lo que puedo hacer yo? ¡Piénsalo! El amo y yo no podemos quedarnos aquí; pronto será invierno y pasar el invierno en el campo… Tú ya sabes lo que es. Es horrible. ¡En San Petersburgo es distinto! ¡Allí hay cosas sencillamente maravillosas, cosas que tú, estúpida, no te imaginarías ni en sueños! ¡Qué mansiones y qué calles, y la sociedad, la cultura, es estupendo! —Akulina lo escuchaba todo con gran interés, con los labios brevemente abiertos como los de una niña pequeña—. De todas formas —añadió él, volviéndose—, ¿para qué te cuento todo esto? No podrías entenderlo.
       —¿Por qué dices eso, Víktor Aleksándrich? Lo he comprendido, lo he comprendido todo.
       —¡Anda ya!
       Akulina bajó la mirada.
       —No solías hablarme de ese modo antes, Víktor Aleksándrich —dijo ella sin levantar los ojos del suelo.
       —¿Cómo que no lo hacía antes? ¡Vaya con la niñita! ¡Antes, dice! —comentó con fingida indignación.
       Ambos permanecieron callados un rato.
       —De todas formas, es hora de que me marche —dijo Víktor, a punto de incorporarse sobre un codo.
       —Quédate un rato más —imploró Akulina.
       Víktor volvió a echarse y comenzó a silbar. Akulina no apartaba la mirada de él. Era evidente que estaba entrando en un estado de agitación gradual: los labios le temblaban y sus pálidas mejillas se iban enrojeciendo débilmente.
       —Víktor Aleksándrich —dijo al cabo en una voz rota—, no está bien lo que haces, no está bien… ¡Te lo digo en nombre de Dios!
       —¿El qué no está bien? —preguntó él, con el ceño fruncido, mientras se incorporaba ligeramente y volvía la cabeza hacia ella.
       —No está bien, Víktor Aleksándrich. Sí solo me dijeras una palabra amable antes de marcharte, solo una palabra, a esta huérfana desgraciada…
       —Pero ¿qué quieres que te diga?
       —No lo sé. Tú deberías saberlo mejor que yo. Víktor Aleksándrich. Ahora te marchas, y si solo me dijeras una palabra… ¿Acaso me merezco esto?
       —¡Qué muchacha tan extraña eres! ¿Qué es lo que quieres que te diga?
       —Solo una palabra…
       —En fin, ya, ya me lo has dicho, una y otra vez —sentenció él y se levantó visiblemente disgustado.
       —No te enfades, Víktor Aleksándrich —añadió ella con rapidez, conteniendo las lágrimas con dificultad.
       —No estoy enfadado, es solo que eres tonta… ¿Qué es lo que quieres? Sabes que no me puedo casar contigo, ¿no? De bes saberlo, ¿verdad? Entonces, ¿qué quieres? Dime —echó el rostro hacia delante esperando su respuesta y extendió sus manos.
       —No quiero nada… nada —fue la respuesta, insegura, y apenas capaz de extender las temblorosas manos hacia él—; únicamente que me digas una palabra de despedida.
       Y las lágrimas corrieron por sus mejillas.
       —Muy bien, y ahora te pones a llorar —dijo Víktor con frialdad, tapándose los ojos con la gorra.
       —No quiero nada —continuó la muchacha, tragándose las lágrimas y cubriéndose el rostro con ambas manos—, solo que, ¿qué será de mí ahora en la familia? ¿Y qué va a ocurrirme, qué va a pasarme, desgraciada como soy? Entregarán a esta pobre huérfana a alguien que no la ame… ¡Oh, pobre de mí!
       —¡Quéjate cuanto gustes! —murmuró entre dientes Víktor, balanceándose de un pie al otro.
       —Si solo él dijera una única palabra… Solo una palabra… Como Akulina, yo, yo…
       De pronto un llanto desesperado dominó a la muchacha, y no pudo terminar lo que estaba diciendo. Echó el rostro sobre la hierba y rompió en lágrimas, amargas lágrimas. Todo su cuerpo se estremecía con abandono, la nuca subía y bajaba. Su tristeza, que había contenido durante tanto tiempo, al fin se desató en un torrente. Víktor se quedó un momento mirándola desde arriba, se encogió de hombros, se dio media vuelta y se alejó dando grandes zancadas.
       Pasaron varios minutos… Gradualmente la joven fue calmándose, levantó la cabeza, dio un salto, miró a su alrededor y juntó las manos; estaba a punto de correr detrás de él, pero sus piernas débiles se desplomaron y cayó sobre las rodillas. Yo no pude contenerme más y corrí hacia ella, pero la joven apenas había tenido tiempo para advertir mi presencia cuando ya había encontrado la fuerza para levantarse con un débil quejido y desapareció entre los árboles, abandonando sus flores en el suelo.

       Me quedé allí un momento, recogí el ramillete de aciano y salí del bosque a un campo. El sol estaba bajo en el pálido y despejado cielo, y sus rayos parecían haber perdido su color y haberse enfriado; más que refulgir parecían desplazarse por el aire emitiendo su luz translúcida y acuosa. No quedaba ni media hora para que anocheciera, pero el crepúsculo empezaba a teñir el cielo carmesí. Una ráfaga de viento corrió hacia mí cruzando los rastrojos resecos y amarillos, formando apresurados remolinos a su paso; las hojillas temblonas me adelantaban por el sendero, alcanzando los límites del bosque. La zona arbolada que lo vallaba frente a los pastos se estremeció por entero y relució con un débil parpadeo propio; sobre la hierba rojiza, sobre los matojos aislados, sobre los montones de paja, en todas partes, restos incontables de telarañas otoñales parecían refulgir. Me detuve… y una melancólica sensación tomó posesión de mí, puesto que me pareció que el oscuro terror que asociamos con la llegada del invierno se imponía sobre toda aquella naturaleza que sonreía con pesadumbre en aquel tiempo en el que todo se marchitaba. Sobre mí, en lo alto, removiendo el aire con sus alas, trabajosa y eficientemente, pasó un cuervo, giró su cabeza de vigía, me echó una mirada de soslayo, remontó el vuelo y desapareció más allá del bosque con sus estridentes graznidos; una bandada de palomas se elevó hermosamente de alguna zona de trilla, y tras realizar un súbito giro en el aire, volvieron a depositarse y a afanarse sobre el pasto: ¡una señal inequívoca de la llegada del otoño! Se oyó el carro vacío de alguien traqueteando al otro lado de una loma desnuda…
       Regresé a casa, pero la imagen de la pobre Akulina tardó mucho tiempo en desvanecerse de mi memoria; y sus acianos, que hace mucho que se marchitaron ya, permanecen conmigo hasta el día de hoy…




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