Iván S. Turguénev
(Orel, Rusia, 1818 - Bougival, Francia, 1883)


El intendente (1846)
[“Burmister”]

(“Бурмистр”)
Originalmente publicado en la revista Современник [El Contemporáneo]
Núm. 10 (1846), págs. 197-209;
Записки охотника [Relatos de un cazador, Del álbum de un cazador]
(San Petersburgo, 1852)



      A unas quince verstas de mi hacienda vive un cierto conocido mío, un joven terrateniente retirado de la guardia de oficiales, Arkadi Pávlich Pénochkin. Sus tierras poseen abundante caza, su casa está diseñada por un arquitecto francés, sus sirvientes van vestidos a la manera inglesa, da cenas estupendas y una cordial bienvenida a sus huéspedes; aun así, solo se le visita por obligación. Es un hombre de inteligencia y buen gusto, educado de acuerdo con las normas más elevadas, ha cumplido con su servicio en un regimiento de oficiales y ha recorrido la más alta sociedad, y ahora se dedica a su hacienda con bastante éxito. Para usar sus propias palabras, Arkadi Pávlich es firme pero justo, se preocupa por el bienestar de sus empleados y solo los castiga por su propio bien. “Se los debe tratar como si fueran niños”, dice en esas ocasiones. “Su ignorancia, mon cher; il faut prendre cela en considération”. Él mismo, siempre que hay ocasión para la llamada severidad desafortunada, evita los gestos altivos y bruscos, prefiere no alzar la voz sino que adelanta su mano directamente al frente y se limita a decir: “Seguro que te lo había pedido, mi querido amigo”, o bien, “¿Qué te ocurre, amigo mío? Contrólate”, sin dejar de apretar los dientes y con una ligera contracción en la boca. No es un hombre alto, tiene aspecto siempre pulcro, es bastante apuesto y siempre tiene las manos y las uñas admirablemente impolutas; sus labios rosados y sus mejillas brillan de buena salud. Posee una risa clara y estridente, y entrecierra con gracia sus brillantes ojos castaños. Se viste de forma excelente y con gusto; se hace traer libros franceses, cuadros y periódicos, pero no es un ratón de biblioteca: apenas consiguió acabarse El judío errante. Es un jugador de naipes experto. Hablando en general, Arkadi Pávlich está considerado como uno de los miembros más cultos de la nobleza y es el soltero más codiciado en nuestra provincia; las mujeres están locas por él y son especialmente exquisitas alabando sus maneras. Tiene una inmensa habilidad para comportarse siempre como lo dicta la situación, cauteloso como un gato, y nunca en su vida ha permitido que lo salpique el más mínimo escándalo, aunque en ocasiones permite al mundo conocer qué clase de persona es burlándose de algún pobre desgraciado. Evita las malas compañías por miedo a verse comprometido, aunque en los días de fiesta le gusta declararse devoto de Epicuro pese a su pobre opinión general sobre la filosofía, que él llama el alimento nebuloso de los intelectuales alemanes, o en ocasiones simplemente una tontería. También le gusta la música; mientras juega a las cartas silba entre dientes, pero siempre lo hace con gusto; se sabe partes de Lucía y La sonámbula, aunque siempre sube demasiado la voz. Pasa el invierno en San Petersburgo. Mantiene su casa en estado de inspección; hasta sus cocheros han sucumbido a su influencia y no solo lavan a diario los arneses y sus propios abrigos, sino que también se lavan la cara. Los siervos domésticos de Arkadi Pávlich, es cierto, tienen la costumbre de mirar por debajo de las cejas, pero en Rusia no es sencillo distinguir un rostro lúgubre de uno adormilado. Arkadi Pávlich habla con voz dulce y agradable, hace pausas y disfruta del momento en que a cada palabra se le permite traspasar sus espléndidos bigotes perfumados; también utiliza muchos giros franceses, tales como “Mais, c’est impayable!”, “Mais comment donc!”, etc.
       A pesar de ello, yo al menos lo visito con gran reticencia, y si no hubiera sido por los urogallos y las perdices no hay duda de que hace tiempo habría puesto fin a nuestra relación. En su casa se siente un extraño malestar; ni siquiera el alto nivel de comodidad anima, y cada tarde, cuando se presenta el lacayo de pelo rizado en su librea celeste con botones de escudos, y procede a quitar las botas ceremoniosamente, uno siente que sería mucho más feliz si en lugar de esa famélica figura se presentasen de pronto, a petición del amo, las asombrosamente amplias mejillas e imposible narizota de un muchacho robusto, arrancado del arado, que ya habría reventado por doce sitios distintos la túnica nueva y recién estrenada; uno se sometería con gusto al peligro de perder la pierna hasta el muslo junto con la bota…
       A pesar de mi aversión por Arkadi Pávlich, en una ocasión tuve que pasar la noche en su casa. Por la mañana temprano pedí que me engancharan el carruaje, pero se resistía a dejarme marchar sin ofrecerme un desayuno al estilo inglés y me condujo a su gabinete. El té se servía con chuletas, huevos pasados por agua, mantequilla, miel, queso, etc. Dos lacayos con guantes blancos y limpios anticipaban con rapidez y eficacia todos nuestros deseos. Estábamos en un diván persa. Arkadi Pávlich iba vestido con pantalones de seda amplios, una chaqueta de terciopelo negro, un fez con borla azul y zapatillas amarillas chinas sin tacones. Bebía su té, se reía, estudiaba sus uñas, fumaba, ahuecaba los cojines a ambos lados y se encontraba de excelente humor. Tras haber comido mucho y con evidente fruición, Arkadi Pávlich se sirvió un vaso de vino tinto, se lo llevó a los labios y de repente frunció el ceño.
       —¿Por qué este vino no ha sido calentado? —preguntó a uno de los lacayos con tono algo apremiante.
       El hombre parecía confuso, se quedó inmóvil y empalideció.
       —Le estoy preguntando algo, mi querido amigo —continuó Arkadi Pávlich despacio, sin dejar de mirarlo.
       El lacayo se revolvió incómodo, retorció su servilleta y no emitió palabra. Arkadi Pávlich bajó la cabeza y lo observó por debajo de las cejas.
       —Pardon, mon cher —dijo con una agradable sonrisa, dándome una palmadita amigable sobre la rodilla, y de nuevo volvió a dirigir la mirada hacia su criado—. Bien, puedes retirarte —añadió tras un corto silencio, levantó las cejas y tocó la campana.
       Apareció entonces un hombre gordo de rasgos morenos y pelo oscuro, con frente achaparrada y ojos completamente hundidos.
       —Ese Fiódor… Encárgate de él —dijo Arkadi Pávlich en voz baja y con perfecto dominio de sí mismo.
       —Por supuesto, señor —respondió el gordo antes de salir.
       —Voilà, mon cher, les désagréments de la campagne —subrayó alegremente Arkadi Pávlich—. ¿Y adónde va ahora? Quédese un rato aún.
       —No —respondí—, es hora de que me marche.
       —¡Siempre cazando! ¡Vosotros los cazadores seréis mi fin! ¿Adónde se dirige usted hoy?
       —A Riábovo, a unas cuarenta verstas de aquí.
       —¿Así que Riábovo? Dios mío, en ese caso lo acompaño. Riábovo está solo a cinco verstas de mi aldea de Shipílovka; llevo una eternidad sin pasar por Shipílovka, no he encontrado tiempo. Lo haremos de este modo: usted se marcha a cazar a Riábovo hoy y esta noche será mi invitado. Ce sera charmant. Cenaremos juntos, podemos llevarnos al cocinero con nosotros, y después puede pasar la noche en mi casa. ¡Excelente! ¡Excelente! —añadió sin esperar mi respuesta—. C’est arrangé… ¿Hay alguien por ahí? Que preparen el carruaje, ¡y deprisa! Usted nunca ha estado en Shipílovka, ¿verdad? No me parece correcto pedirle que pase la noche en la cabaña de mi administrador de allí, porque sé que no le hace ascos a nada y que pasaría la noche en Riábovo en granero… ¡Pongámonos en marcha!
       Y Arkadi Pávlich comenzó a cantar una canción francesa.
       —Por supuesto que usted no debe saberlo —continuó, balanceándose sobre sus tacones—, que mis campesinos de allí pagan el alquiler en especie. Es la Constitución, así que, ¿qué se puede hacer? De todos modos, me lo pagan a tiempo. Hace mucho, lo admito, los habría hecho trabajar para mí directamente, pero tampoco hay mucha tierra para trabajar allí: realmente me sorprende que se las apañen. De cualquier modo, c’est leur affaire. El administrador que tengo allí es buen tipo, une forte tête, ¡un hombre de Estado! Ya verá lo bien que sale todo, desde luego.

       No tenía opción. En lugar de salir a las nueve de la mañana partimos a las dos de la tarde. Los cazadores entenderán mi impaciencia. A Arkadi Pávlich le gustaba, como solía decir, “cuidarse” en ocasiones como aquella, y llevó con él una ingente cantidad de enseres domésticos, provisiones, ropas, perfumes, cojines y diversos baúles en los cuales cualquier alemán económico y disciplinado habría encontrado abundancia para todo un año. Con cada desnivel del camino Arkadi Pávlich se dirigía a su cochero con un breve enfado, por lo que concluí que mi conocido era un cobarde. A pesar de todo, el viaje fue satisfactorio; excepto el momento en el que cruzamos un puente pequeño y recientemente reparado, cuando el carro que llevaba al cocinero se desmoronó y una de las ruedas traseras pasó por encima de su abdomen.
       Arkadi Pávlich, tras ver la caída que había sufrido su propio Carême, consideró que el asunto era serio y, asustado, inquirió sin perder un minuto si las manos del desafortunado habían resultado heridas. Tras recibir una respuesta negativa, no tardó en recobrar la compostura. Viajamos un largo trecho; yo iba en el mismo carruaje que Arkadi Pávlich, y hacia el final del viaje estaba mortalmente aburrido, y más Puesto que en el curso de varias horas mi compañero se había cansado y había empezado a mostrarse como un liberal. Al final alcanzamos nuestro destino, aunque no a Riábovo sino directamente a Shipílovka; por alguna razón, las cosas fueron así. Aquel día, como es obvio, no pude salir de caza, y con un peso en el corazón me entregué a lo que me esperaba.
       El cocinero había llegado unos minutos antes y era obvio que había dado instrucciones a algunas personas interesadas, puesto que al entrar en las lindes de la aldea nos recibió su responsable (el hijo del intendente), un campesino fornido, pelirrojo y muy alto, a caballo y sin sombrero, con un abrigo nuevo desabotonado por delante.
       —Pero ¿dónde está Sofron? —preguntó Arkadi Pávlich.
       El responsable saltó del caballo, hizo una profunda reverencia a su amo y declaró: “Le deseo un buen día, amo Arkadi Pávlich”, y a continuación levantó la cabeza, se irguió lo mejor que pudo, y anunció que Sofron se había marchado a Pérov, pero que ya se había enviado a alguien en su busca.
       —Síganos —dijo Arkadi Pávlich.
       Por cortesía el responsable condujo su caballo a un lado, montó y se puso al trote detrás del carruaje, con la gorra en la mano. Atravesamos la aldea. Nos cruzamos con varios campesinos en carros vacíos por el camino; venían de la trilla cantando, saltando arriba y abajo por el movimiento de sus carros, las piernas bailándoles en el aire; pero al ver nuestro carruaje y al responsable callaron de pronto, se quitaron los gorros de invierno (aunque estábamos en verano) y se irguieron como si esperasen órdenes. Arkadi Pávlich les hizo una fina reverencia. Una excitación alarmada se iba extendiendo por la aldea. Las mujeres con faldas a cuadros ahuyentaban a los perros poco diligentes o demasiado ruidosos; un anciano cojo con una barba que le empezaba debajo de los ojos tiró de un caballo que no había terminado de beber del pozo, le pegó en el costado por alguna razón y se dobló en una profunda reverencia. Los niños pequeños, con camisolas demasiado largas, corrían aullando hacia las cabañas, apoyaban sus barrigas sobre los altos umbrales, agachaban sus cabezas, hacían cabriolas y así se introducían con rapidez por las puertas hacia los oscuros zaguanes, de los que no volvían a emerger. Incluso las gallinas corrían en grupo y se metían por los huecos debajo de las verjas; un gallo vivaracho, de pecho como un chaleco de seda y una cola roja que se le enrollaba alrededor de la cresta, habría permanecido en el camino a punto de cacarear, pero de pronto se asustó y corrió como los otros. La cabaña del intendente se erguía sola en medio de un trozo de tierra cubierto de cáñamo verde. Nos detuvimos frente a la cancela de entrada. El señor Pénochkin se puso de pie, se quitó la levita de viaje con un gesto afectado y saltó del carruaje, mirando a su alrededor con una sonrisa de aprobación. La esposa del intendente nos dio la bienvenida con profundas reverencias y se aproximó a la pequeña mano de su amo. Arkadi Pávlich le permitió besarla tanto como la mujer quiso, y entró en el porche.
       En una esquina oscurecida del zaguán también se encontraba la mujer del responsable, pero esta no se atrevió a acercarse a besar la mano del amo. En la llamada habitación fría, a la derecha de la entrada, otras dos mujeres estaban atareadas; sacaban todo tipo de deshechos, jarras vacías, abrigos de piel de oveja rígidos como de madera, tarros de mantequilla, un barreño con una pila de harapos y un niño vestido en una suerte de ropaje variopinto, y estaban barriendo la suciedad con ramas que utilizaban en los baños. Arkadi Pávlich las echó y se acomodó en un banco debajo de los iconos. Los cocheros comenzaron a traer baúles, cajas y otros enseres para la comodidad del amo, tratando en todo momento de moderar el ruido de sus pesadas botas.
       Mientras tanto, Arkadi Pávlich estaba preguntando al responsable sobre la cosecha, la siembra y otros asuntos económicos. El responsable le daba respuestas satisfactorias, que no dejaban de ser vagas o extrañas, como quien se abotona un abrigo con los dedos congelados. Se quedó de pie en el umbral, encogiéndose de tanto en tanto y mirando por encima del hombro para dejar paso al lacayo que iba y ve nía. Detrás de sus hombros enormes conseguí echarle un vistazo a la mujer del intendente, quien se afanaba en dar empellones a otra mujer en el zaguán. De pronto se oyó el ruido de un carro que se detenía frente al porche. Entró el intendente.
       El hombre de estado, como lo había descrito Arkadi Pávlich, era de pequeña estatura, hombros anchos, pelo canoso, barriga amplia, con una nariz roja, ojillos azules y una barba en forma de abanico. Permítanme apuntar aquí que, desde que Rusia ha existido, no ha habido ejemplo de alguien que progrese en riquezas y corpulencia sin poseer una barba abundante; un hombre puede no haber llevado en toda su vida más que una barbita de chivo y de pronto, de un día para otro, le ha salido pelo por todas partes como si una luz benigna lo hubiera iluminado; ¡y la maravilla es de dónde sale todo ese pelo! Era obvio que se había estado portando mal en Pérov, puesto que tenía el rostro hinchado y exhalaba un fuerte olor a vino.
       —Oh, nuestro padrecito, nuestro benefactor —comenzó diciendo con una voz cantarina, con una mirada tan exaltada sobre su rostro que parecía estar a punto de echarse a llorar—, ¡nos has bendecido con tu visita! Permíteme tu mano, te lo ruego —añadió, alargando sus labios con anticipación.
       Arkadi Pávlich satisfizo su deseo.
       —Bien, Sofron, amigo mío, ¿cómo van las cosas? —preguntó con tono meloso.
       —Oh, padrecito —exclamó Sofron—, cómo podrían ir mal, ¡nuestros asuntos, digo! ¡Tú, nuestro padrecito, nuestro benefactor, has permitido que brille la luz en la vida de nuestra aldea con tu visita, y nos has bendecido hasta el final de nuestros días! El Señor lo guarde, Arkadi Pávlich. ¡La gloria esté con usted, Señor! Por su graciosa bondad todo está como debe estar.
       En este momento Sofron se detuvo, miró a su amo y, como si de nuevo tomara posesión de él una emoción incontrolable (la bebida, todo hay que decirlo, tenía algo de culpa), volvió a pedirle la mano y arrancó en un tono cantarín peor que el anterior:
       —Oh, nuestro padrecito, nuestro benefactor… Y… ¡Mire lo que ha ocurrido! Dios mío, me he vuelto completamente idiota debido a la alegría… Dios mío, lo miro y no puedo creerlo… ¡Oh, nuestro padrecito!
       Arkadi Pávlich miró hacia mí, sonrió de forma malintencionada y me preguntó: “N’est-ce pas que c’est touchant?”.
       —En efecto, buen amo, Arkadi Pávlich —continuó el incansable intendente— ¿cómo podría hacer algo así? Me ha hundido al no anunciarme su visita. Después de todo, ¿dónde va a pasar la noche? Aquí todo es suciedad, guarrería…
       —No importa, Sofron, no importa —respondió Arkadi Pávlich sonriendo—. Aquí está bien.
       —Pero padrecito, ¿para quién está esto bien? Puede que esté bien para nuestros amigos campesinos, pero usted, padrecito, ¿cómo podría…? ¡Perdóneme, soy un estúpido y he perdido la cabeza, Dios mío, me he vuelto loco!
       Mientras tanto se sirvió la cena; Arkadi Pávlich empezó a comer. El anciano echó a su hijo, explicando que quería que la habitación estuviera menos recargada.
       —Bueno, queridos, ¿habéis realizado las divisiones? —preguntó el señor Pénochkin, quien era obvio que quería dar la impresión de conocer el lenguaje de los campesinos, y no dejaba de guiñarme el ojo.
       —Está hecho, buen amo, todo por su generosidad. Anteayer se firmaron los documentos y todo. Los de Jlinov estaban siendo difíciles, eso estaban haciendo… Poniendo dificultades, y no hablaré más. Pedían… pedían… El Señor solo sabe por qué las pedían, pero no eran más que tonterías, buen amo, gente estúpida, eso es lo que son. Pero nosotros, buen amo, gracias a su amabilidad tuvimos que agradecer y hacer lo que tenía que hacerse gracias a Mikolái Mikoláich, el que vino a mediar, y todo se hizo tal y como usted ordenó, buen amo. Justo como usted deseó que se hiciera, así fue como se hizo, buen amo, todo se dispuso con el conocimiento de Yégor Dmítrich.
       —Así me ha informado Yégor —comentó Arkadi Pávlich con aires de importancia.
       —Pues sí, buen amo, Yégor Dmítrich.
       —Bueno, ahora tendríais que estar satisfechos, ¿no?
       Sofron había estado esperando estas palabras exactas.
       —Oh, padrecito, ¡nuestro benefactor! —comenzó de nuevo en su voz cantarina—. Tenga piedad de mí, porque ¿acaso no nos pasamos todo el día, toda la noche, rezándole a Dios por usted…? Por supuesto, la tierra se ha quedado en nada, es muy poca…
       Pénochkin lo interrumpió:
       —Bien, está bien, Sofron, sé que me sirves de forma concienzuda… ¿Qué hay de la trilla?
       Sofron suspiró.
       —Bueno, padrecito de todos nosotros, la trilla no está marchando del todo bien. Y hay una cosa, Arkadi Pávlich, permítame que lo informe, un pequeño asuntillo que se nos ha colado. —En este momento se acercó hacia el señor Pénochkin con los brazos extendidos, se agachó y entrecerró un ojo—. Apareció un cadáver en nuestra tierra.
       —¿Cómo es eso?
       —Ni yo mismo puedo entenderlo, buen amo, padrecito; lo más seguro es que haya sido un enemigo el que lo hizo, parece cosa del diablo. La buena fortuna quiso que fuera el siervo de otra persona, y aun así, no hay por qué esconderlo, ocurrió justo en nuestra tierra. Así que de inmediato ordené que lo arrastraran hasta la otra tierra mientras tuvimos ocasión de hacerlo, coloqué un vigía y dije a nuestra gente: “Que nadie diga una palabra”, eso dije. Pero de todas formas se lo expliqué al alguacil, eso hice. Le dije: “Así es como son las cosas”, eso fue lo que le dije, y le di algo de té y alguna cosilla que me agradeció… ¿Y qué cree que pasó, buen amo? El cadáver se quedó en la tierra de los otros. Después de todo, un cadáver puede costamos hasta doscientos rublos, y eso no es poco pan.
       El señor Pénochkin se rio mucho con esta historieta de su intendente, y me dijo en varias ocasiones, señalándolo con la cabeza: “Quel gaillard, hein?”.
       Mientras tanto afuera había oscurecido; Arkadi Pávlich ordenó que recogieran la mesa y trajeran heno. El ayuda de cámara extendió sábanas y colocó cojines; nos echamos. Sofron se retiró a sus habitaciones tras haber recibido las órdenes para el día siguiente. Arkadi Pávlich, a punto de dormirse, persistía en charlar un poco sobre las espléndidas cualidades del campesino ruso y me señaló à propos de este tema que desde que Sofron se había hecho cargo de los campesinos de Shipílovka no había habido pagos de renta en especie que valieran la pena… El vigilante nocturno hizo crujir la madera sobre la que caminaba; un niño, quien evidentemente no había logrado sucumbir al espíritu de sacrificio que se requería, comenzó a lloriquear en alguna parte de la cabaña. Todos nos dormimos.

       A la mañana siguiente nos levantamos bastante temprano. Mi intención había sido ponerme en marcha hacia Riábovo, pero Arkadi Pávlich quería mostrarme su hacienda y me rogó que me quedase. Por mi parte, no era contrario a querer reconocer las extraordinarias cualidades de aquel hombre de Estado, Sofron. Apareció el intendente. Llevaba puesto un abrigo azul con una banda roja. Estaba bastante menos hablador que el día anterior, miraba con fijeza a los ojos del amo y daba respuestas directas y eficaces a todas sus preguntas. Con él nos dirigimos hacia el lugar de la trilla. El hijo de Sofron, el responsable, de gran altura, un hombre que a todas luces parecía extremadamente estúpido, caminaba detrás, y también se nos unió el oficinista del administrador, Fedoséich, un soldado retirado con unos bigotes enormes y una expresión harto inusual en el rostro, que daba a entender que se había sentido extraordinariamente sorprendido por algo hacía mucho tiempo y que todavía no se había repuesto. Inspeccionamos el trillar, el granero, los almacenes y las otras construcciones, el molino, el establo, las huertas y las plantaciones de cáñamo; todo se encontraba en un orden espléndido, sin duda, y lo único que me sorprendía eran las caras de los campesinos. Aparte de asuntos prácticos, Sofron también se preocupaba de arreglar el lugar: todos los canales habían sido plantados con retama, se habían practicado senderos entre los almiares de la trilla, que se habían cubierto de arena, se había colocado sobre el molino una veleta con forma de oso con la boca abierta y lengua de color rojo. Una especie de frontón griego se había colocado sobre el establo construido de ladrillo, y bajo él se podía leer en pintura blanca: “Construido en la aldea de Shipílovka el año mil ochocientos cuarrenta. Establo”.

       Arkadi Pávlich se sintió enternecido por todo lo que vio, y arrancó, para mi beneficio, en una disertación en francés sobre las ventajas del alquiler en especie, aunque apuntó que el sistema de trabajo directo resultaba más beneficioso para los terratenientes. ¡Pero qué importaba! Comenzó a dar a su intendente consejos sobre cómo plantar patatas, cómo preparar pienso para el ganado y cosas por el estilo. Sofron escuchaba las palabras de su amo sin perder detalle, haciendo algún comentario de cuando en cuando, pero sin alabar a Arkadi Pávlich con los títulos grandilocuentes de “nuestro padrecito” o “nuestro benefactor”, e insistiendo todo el tiempo en que la tierra, después de todo, no era muy abundante, y que a nadie le haría daño comprar más.
       —Cómprala entonces —dijo Arkadi Pávlich—, cómprala en mi nombre, no me opongo a ello.
       A lo cual Sofron no dijo nada, y se limitó a acariciarse la barba.
       —Ahora no haría daño a nadie si nos acercáramos al bosque —comentó el señor Pénochkin.
       De inmediato nos trajeron caballos y nos dirigimos al bosque o “reserva”, como solemos llamar a las zonas forestales. En dicha “reserva” encontramos mucha vegetación salvaje y gran abundancia de caza, por lo que Arkadi Pávlich felicitó a Sofron con palmaditas en la espalda. El señor Pénochkin era un firme defensor de las prácticas forestales rusas, y me contó allí mismo una ocurrencia, a su parecer muy divertida, de cómo un cierto terrateniente, al que le gustaba gastar bromas, había dado una lección a su guardabosques arrancándole casi la mitad de la barba para probar el hecho de que los árboles caídos no hacen un bosque más frondoso… A pesar de todo, en otros aspectos, Sofron y Arkadi Pávlich no eran reticentes a las innovaciones. Al regresar de la aldea, el intendente nos llevó a ver la máquina de aventado que acababa de pedir de Moscú. Era cierto que la máquina funcionaba bien, pero si Sofron hubiera sabido todas las cosas desagradables que lo aguardaban tanto a él como a su amo en este último paseo, no habría dudado en quedarse en casa con nosotros.

       Esto fue lo que ocurrió. Mientras salíamos de la construcción aneja nos encontramos con el siguiente espectáculo. A unos pasos de la puerta, detrás de un charco lodoso en el que tres patos se bañaban despreocupados, dos campesinos estaban arrodillados: uno era un hombre de unos sesenta años, el otro un joven de unos veinte, ambos descalzos, con camisas remendadas hechas de hilo de cáñamo con cuerdas atadas a modo de cinturones. El oficinista, Fedoséich, estaba armando un jaleo alrededor de ellos y probablemente habría conseguido que se marcharan si hubiéramos permanecido más tiempo en el edificio, pero al vernos se puso rígido como una cuerda y se quedó petrificado. El responsable también estaba allí con la boca abierta y los puños apretados e indecisos. Arkadi Pávlich frunció el entrecejo, se mordió el labio y se acercó a los peticionarios. Ambos se echaron a sus pies sin decir nada.
       —¿Qué os ocurre? ¿Qué queréis pedirme? —les preguntó con voz seria y algo nasal. (Los campesinos se miraron el uno al otro y no dijeron nada, se limitaron a apretar los ojos, como si el sol los cegase, y su respiración se volvió más entrecortada).
       —Y bien, ¿qué ocurre? —continuó Arkadi Pávlich y de inmediato se volvió hacia Sofron—. ¿De qué familia son?
       —De los Toboléiev —respondió despacio el intendente.
       —Bien, ¿y qué queréis? —volvió a preguntar el señor Pénochkin—. ¿No tenéis lengua? ¿No me podéis decir en qué consiste todo esto? —añadió, señalando con la cabeza al viejo—. No tengas miedo, no seas bobo.
       El viejo alargó su cuello, oscuro y arrugado, y como pudo despegó los labios que la edad había vuelto azules, y emitió en una voz profunda:
       —¡Ayúdenos, señor!
       Y volvió a poner la cabeza contra la tierra. El campesino joven también hizo una reverencia. Arkadi Pávlich miró con dignidad sus nucas, echó atrás la cabeza y separó un poco los pies.
       —¿Qué ocurre? ¿De qué os quejáis?
       —¡Ten piedad de nosotros, señor! Danos una oportunidad para recobrar el aliento… Estamos exhaustos. —El viejo hablaba con dificultad—.
       —¿Y qué os ha dejado así?
       —Sofron Yákovlich, buen amo.
       Arkadi Pávlich guardó silencio un momento.
       —¿Cómo te llamas?
       —Antip, buen señor.
       —¿Y quién es este?
       —Mi chico, buen amo.
       Arkadi Pávlich guardó silencio de nuevo y se retorció los bigotes.
       —Bien, ¿y cómo os ha dejado medio muertos? —preguntó por fin, mirando al viejo por encima de su bigote.
       —Buen amo, nos ha arruinado. Dos hijos, buen amo, los ha enviado como reclutas cuando no les correspondía, y ahora se lleva al tercero… Ayer, buen amo, se llevó la última vaca de mi parcela y golpeó a mi esposa; ¡ese de ahí, señoría, es quien lo hizo! (Y señaló al responsable).
       —¡Hum! —dijo Arkadi Pávlich.
       —¡No deje que nos arruinemos por completo, buen amo!
       El señor Pénochkin frunció él ceño.
       —¿Qué quiere decir todo esto? —le preguntó al intendente por lo bajo con una mirada de desaprobación.
       —Un borracho, señor —respondió el intendente, usando el formal “señor” por primera vez—. No trabaja nada. Ya está en su quinto año, señor, de retraso con sus pagos.
       —Sofron Yákovlich pagó por mí —continuó el anciano—. Es el quinto año que lo hace, y ha pagado los atrasos para tenerme como esclavo, buen señor, así es como son las cosas…
       —¿Y por qué te metiste en atrasos? —preguntó el señor Pénochkin con aire amenazador (El viejo bajó la cabeza.)—. Supongo que es porque te gusta emborracharte, ir de taberna en taberna. —El viejo estaba a punto de abrir la boca—. Conozco a los de tu clase —continuó con vehemencia Arkadi Pávlich—, todo lo que hacéis es beber y echaros sobre el horno y dejar que los buenos campesinos paguen por vosotros.
       —Además insolente —insertó el intendente en el discurso de su amo.
       —Eso es evidente. Así es como siempre resulta, lo he visto más de una vez. ¡Se pasará todo el año vagando y siendo insolente y ahora se tira a los pies de usted!
       —Buen amo, Arkadi Pávlich —comenzó con desesperación el viejo—, tenga piedad, ayúdeme, ¿cómo estoy siendo insolente? Por el Señor Dios le digo que todo esto está acabando conmigo. No le caigo bien a Sofron Yákovlich, ¡por qué se enojó conmigo, solo el Buen Señor lo sabe! Me está arruinando, buen amo… Este es el único hijo que me queda… Y ahora tiene que irse, también… —Las lágrimas brillaban en los ojos amarillos y arrugados del anciano—. Tenga piedad, mi señor y amo, ayúdeme…
       —Eso, y no somos los únicos… —comenzó el campesino más joven.
       Arkadi Pávlich se enfureció de pronto.
       —¿Y a ti quién te está preguntando nada, eh? Nadie te está preguntando a ti, así que guarda silencio… ¿Qué pasa aquí? ¡Silencio, te lo advierto! ¡Silencio! Oh, Dios mío, es una rebelión. No, amigo mío, no te aconsejo que empieces una rebelión en mis propiedades… En mis propiedades… —Arkadi Pávlich avanzó un paso y después, sin duda, recordó mi presencia, se dio la vuelta y se metió las manos en los bolsillos—. Je vous demande bien pardon, mon cher —dijo con sonrisa forzada, bajando la voz significativamente—. C’est le mauvais côté de la médaille… Bien, muy bien, muy bien… —continuó sin mirar a los campesinos—. Daré una orden… Muy bien, largaos. —Los campesinos no se levantaron—. No os he dicho que… Muy bien. Largaos. Daré la orden, os lo estoy diciendo.
       Arkadi Pávlich les dio la espalda.
       —Las cosas desagradables nunca terminan —pronunció entre dientes, y se dirigió a la casa a grandes zancadas. Sofron lo seguía de cerca. Los ojos del oficinista casi se le salían de la cabeza, como si se preparara para dar un gran salto. El responsable de la aldea echó a los patos del charco. Los peticionarios se quedaron un rato donde estaban, mirándose el uno al otro, y luego se marcharon sin mirar atrás.
       Dos horas más tarde me encontraba en Riábovo, y en compañía de Anpadist, un campesino conocido mío, me preparaba para salir de caza. Hasta el momento de mi partida Pénochkin había estado malhumorado con Sofron. Inicié una charla con Anpadist sobre los campesinos de Shipílovka y el señor Pénochkin, y le pregunté si conocía al intendente de esa aldea.
       —¿Quiere decir a Sofron Yákovlich? ¡Pues claro!
       —¿Y qué clase de hombre es?
       —Es un perro, no un hombre. No encontrará otro perro como él a este lado de Kursk.
       —¿Qué quieres decir?
       —La cosa va de esta manera. Shipílovka no está registrada a nombre de… ¿Cómo se llama?, ese Pénkin. Él no la tiene bajo su control, sino Sofron.
       —¿Lo dices en serio?
       —Bueno, al menos se comporta como si fuera su propiedad. Los campesinos a su alrededor, todos, le deben dinero. Trabajan para él como si fueran sus esclavos. Manda a uno con una caravana de carros, a otro lo manda a otro sitio… Los ha arruinado, eso es lo que ha hecho.
       —Parece que no tienen mucha tierra.
       —¿Que no? El tipo alquila doscientas dieciséis desiatinas solamente de los campesinos de Jlinov, y trescientas veinticuatro de los nuestros; ahí tiene unas buenas quinientas desiatinas. Y no solo comercia con la tierra: también comercia en caballos, y en ganado, y en brea, y en manteca, y en esto y en lo otro… ¡Listo, listísimo es, y muy rico también, la alimaña! Lo que tiene de malo es que siempre anda enzarzándose con alguien. Es una bestia salvaje, no es un hombre. Ya le digo que es un perro, un lobo auténtico si hubo alguno alguna vez.
       —¿Y por qué no se quejan de él?
       —¡Bah! ¡El amo no tiene que preocuparse con esto! No hay nadie con atrasos para él, así que, ¿qué más le da este asunto? A ver quién lo intenta —añadió tras una pausa—, eso de quejarse. No, él lo agarraría después… Sí, a ver quién se atreve. Él lo agarraría, así, y el otro se enteraría…
       Recordé el asunto con Antip y le expliqué cuanto había visto.
       —Bien —declaró Anpadist—, ahora se lo comerá vivo, eso es lo que hará. El responsable empezará a darle palizas. ¡Qué mala suerte ha tenido el pobre diablo, cuando lo piensas! ¿Y por qué está sufriendo tanto…? Todo fue porque en una reunión se enfadó con él, con el intendente, ya no lo soportaba más, ya sabe… ¡Como si eso fuera algo grave! Así que comenzó a tomarla con Antip. Ahora se lo tragará entero. Es esa clase de perro, el Señor me perdone mis pecados, pero sabe bien dónde clavar los dientes. A los viejos más ricos y con familias más grandes, a esos no los toca, el demonio pelón; ¡pero en este caso ha perdido el control! Después de todo, ha enviado a todos los hijos de Antip, uno por uno, al ejército, el villano imperdonable, el perro; ¡el Señor perdone mis pecados!
       Salimos de caza.

Salzbrunn, en Silesia
Julio 1847




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