Iván S. Turguénev
(Orel, Rusia, 1818 - Bougival, Francia, 1883)


Kasián de Krasívaia Mech (1851)
[“Kasyan con hermosas espadas”]

(“Касьян с Красивой мечи”)
Originalmente publicado en la revista Современник [El Contemporáneo]
Núm. 3 (1851), págs. 121-140;
Записки охотника [Relatos de un cazador, Del álbum de un cazador]
(San Petersburgo, 1852)



      Regresaba de una cacería en un carro pequeño y destartalado y, bajo los efectos del calor asfixiante de un día nublado de verano (es sabido que en días así el calor puede ser más insufrible que en días despejados, especialmente cuando no hay viento), iba adormilado por el traqueteo, con malhumorada paciencia, dejando que el fino polvo blanquecino que subía incesante desde las ruedas crujientes por el calor y las vibraciones sobre el duro camino de tierra, me agrediesen la piel. De repente, despertaron mi atención los movimientos súbitos y la inusual agitación de mi conductor, hasta aquel instante en un estado de somnolencia aún mayor que la mía. Tiró de las riendas, se removió en su asiento y les gritó a los caballos, sin dejar de mirar hacia un lado. Me volví hacia allí. Pasábamos por una zona amplia y llana de tierra arada, en la que las colinas, aradas como el resto de los campos, bajaban como ondulaciones inusualmente suaves. Podía verlo todo a cinco verstas de mí, en el campo que se extendía desierto; lo único que rompía la línea del horizonte, prácticamente recta, eran los lejanos y diminutos bosquecillos de abedules con sus puntas redondas como dientes. Los caminos estrechos se alargaban a través de los campos, se metían por las hondonadas y rodeaban los montículos, y sobre uno de estos, que cruzaba nuestro camino a unos quinientos pasos de donde nos encontrábamos, pude distinguir una procesión. Esto era lo que mi conductor había observado.
       Se trataba de un funeral. Lo abría un carro tirado por un único caballo al paso, sobre el que iba montado un sacerdote con el sacristán a su lado haciendo de cochero. Detrás del carro, cuatro campesinos con las cabezas descubiertas cargaban con un ataúd. De pronto alcanzó mis oídos la voz frágil y quejumbrosa de una mujer. Su lamento ululante, monótono y desesperado, flotaba en el vacío de los campos como una tristísima melodía. Mi cochero fustigó a los caballos con la intención de adelantarse a la procesión. Encontrarse con un muerto por el camino es un mal augurio. En efecto, consiguió cruzar galopando el camino justo antes de que la procesión lo alcanzase. Pero apenas habíamos avanzado cien pasos, nuestro carro dio una fuerte sacudida, se inclinó a un lado y casi volcó. El cochero detuvo los caballos enloquecidos, se inclinó desde su asiento para ver qué había ocurrido, hizo un gesto con la mano y escupió.
       —¿Qué pasa? —pregunté.
       El cochero se apeó sin responder y sin señales de prisa.
       —Y bien, ¿qué es?
       —Se ha roto el eje… Ha cedido —respondió taciturno, y, en un súbito arranque de ira, tiró con tanta fuerza de la brida del caballo que el animal perdió el equilibrio y estuvo a punto de caer de lado. Sin embargo, se enderezó, resopló, meneó las crines, y procedió con la calma más absoluta a rascarse la pantorrilla de la pata delantera con los dientes.
       Me apeé y me quedé de pie un instante en el camino, haciéndome a un vago y desagradable sentimiento de asombro. La rueda derecha estaba casi hundida para adentro debajo del carro, y parecía elevar su cubo en el aire en una inútil resignación.
       —¿Qué se puede hacer? —pregunté por fin.
       —¡Ese tiene la culpa! —contestó mi cochero, dirigiendo su fusta en dirección a la procesión que para entonces había alcanzando el camino y se aproximaba a nosotros—. Siempre ha sido así —continuó—. Es un mal augurio encontrarse con un muerto, eso seguro.
       De nuevo se despachó contra el caballo. Este, viendo lo irritable y severo que estaba su dueño, decidió quedarse quieto y solo de vez en cuando meneaba modestamente la cola. Di algunos pasos adelante y atrás por el camino y me detuve frente a la rueda.
       Mientras tanto, el muerto nos había alcanzado. Girando desde el camino hasta la hierba, el triste cortejo pasó al lado de nuestro carro. Mi cochero y yo nos quitamos las gorras, intercambiamos reverencias con el sacerdote y miramos a | los que llevaban el féretro. Avanzaban con dificultad, sus amplios pechos se hinchaban bajo el peso. De las dos mujeres que caminaban detrás del féretro, una era muy vieja y pálida; sus rasgos hieráticos, cruelmente contorsionados por el sufrimiento, preservaban una expresión seria y de solemne dignidad. Caminaba en silencio, y de vez en cuando elevaba una mano frágil a sus labios finos y hundidos. La otra mujer, de unos veinticinco años, tenía los ojos enrojecidos y húmedos por las lágrimas, y la cara hinchada por el llanto. Mientras se acercaba cesó sus lamentos y se cubrió la cara con la manga. Entonces la procesión se alejó, de nuevo volviéndose hacia el camino, y ella reinició su piadoso y desgarrador lamento. Tras seguir con los ojos el movimiento regular del féretro sin decir nada, mi cochero se volvió hacia mí:
       —Es Martin, el carpintero, el de Riabo, al que van a enterrar —dijo.
       —¿Cómo sabes eso?
       —Puedo saberlo por las mujeres. La vieja es su madre, y la joven su esposa.
       —¿Ha estado enfermo, entonces?
       —Sí… Fiebres… El intendente envió por el médico hace tres días, pero el médico no estaba en casa. Era un buen carpintero, sí que lo era. Era algo bebedor, pero era realmente un buen carpintero. Ya ves cómo se lamenta su mujer por él. Ya se sabe, de todos modos, que las lágrimas de una mujer no cuestan nada, fluyen como el agua, eso desde luego.
       Y se agachó, gateó bajo las riendas del caballo y agarró la vara del carro con ambas manos.
       —Bien —observé—, ¿qué podemos hacer ahora?
       Lo primero que hizo mi cochero fue apoyar su rodilla contra el hombro del otro caballo, y dio a la vara un par de empujones; la recolocó en su sitio, volvió a gatear bajo las riendas del caballo, y, tras darle un manotazo en el hocico, se aproximó a la rueda, caminó hacia ella y, sin quitarle los ojos de encima, extrajo despacio una cajita de rapé de la falda de su larga túnica, abrió la tapa por su pequeña correa, insertó dos gruesos dedos (las puntas apenas entraban en la cajita a la vez), amasó el tabaco, encogió la nariz para prepararse, dio varias inhalaciones moderadas, acompañándolas con prolongados resoplidos y quejidos, y, tras apretar y guiñar los ojos lagrimeantes, se dejó llevar por profundos pensamientos.
       —¿Entonces? —pregunté cuando por fin había terminado.
       Mi cochero volvió a meterse la cajita de rapé con cuidado en el bolsillo, se bajó el sombrero sobre las cejas sin tocarlo, con un simple movimiento de la cabeza, y escaló pensativamente al pescante.
       —¿Adónde vas? —le pregunté bastante asombrado.
       —Por favor, tome asiento —respondió con calma, y cogió las riendas.
       —Pero ¿cómo vamos a andar?
       —Irá bien…
       —Pero el eje…
       —Por favor, tome asiento.
       —Pero el eje está roto…
       —Sí, está roto, pero llegaremos a la nueva aldea, al paso, eso es. Está por ahí a la derecha, más allá del bosque, allí está la aldea, lo que llaman el pueblo, Yudin.
       —Pero ¿crees que llegaremos hasta allí?
       Mi conductor ni siquiera se dignó responderme.
       —Prefiero ir a pie —dije.
       —Como desee…
       Movió su látigo y los caballos se pusieron en marcha.
       En efecto, alcanzamos la nueva aldea, aunque la rueda derecha delantera apenas se sostenía en su sitio y se meneaba de forma muy extraña. Casi salió despedida cuando pasamos por una pequeña hondonada, pero mi cochero gritó enfadado y descendimos la cuesta con éxito.
       Yudin consistía en seis cabañas pequeñas de techo bajo que habían comenzado a inclinarse de un lado u otro a pesar de que era evidente que acababan de ser construidas; aún no contaban siquiera con una verja completa. Al entrar en la aldea no vimos a nadie, ni gallinas por las calles, ni perros, salvo uno, negro, con la cola partida que saltó apresurado de una zanja completamente seca a la que debía haberlo empujado la sed, solo para meterse de cabeza por debajo de la entrada de una casa sin un ladrido. Me dirigí hacia la primera cabaña, abrí el porche y llamé a los dueños: nadie respondió. Volví a llamar: un miau hambriento llegó desde detrás de la puerta. La empujé con el pie y un gato pasó volando a mi lado; sus ojos verdes brillaban en la oscuridad. Metí la cabeza en la habitación y miré alrededor: estaba oscuro, lleno de humo, todo parecía vacío. Me dirigí hacia el patio trasero pero nadie se cruzó conmigo. Un ternero mugió en el espacio cerrado, y un ganso gris y cojo dio unos cuantos pasos hacia un lado. Me dirigí a la segunda cabaña, donde tampoco encontré a nadie. Así que salí al patio…
       En medio del patio a pleno sol, como dicen, había alguien echado que tomé por un muchacho, con la cara en el suelo y la cabeza cubierta por un abrigo de paño. A unos cuantos pasos, al lado de un carro pequeño y destartalado, un caballo diminuto y miserable, todo pellejo y huesos, estaba enganchado a unos arreos echados a perder bajo un tejadillo de paja. La luz del sol salpicaba el abrigo del muchacho en pequeños rayos que se colaban por las aberturas estrechas del tejadillo. Lo estorninos cotorreaban, encaramados a sus casitas, contemplando el mundo desde su morada alada con plácida curiosidad. Me acerqué hasta la figura que dormitaba e intenté despertarla…
       Levantó la cabeza, y en cuanto me vio se puso en pie de un salto.
       —¿Qué es esto? ¿Qué ocurre? —murmuró sorprendido.
       No le respondí de inmediato: su apariencia me había sorprendido a mí. Imagínense un enano de unos cincuenta años, de rostro pequeño, moreno y lleno de arrugas, nariz respingona, ojos marrones y diminutos prácticamente imperceptibles y una melena negra abundante sobre su cabecita, amplia como la cabeza de un hongo sobre el tallo. Todo su cuerpo era extraordinariamente frágil y delgado, y es imposible poner en palabras lo inusual y extraño de su mirada.
       —¿Qué pasa? —volvió a preguntarme.
       Le expliqué nuestra situación. Me escuchó sin bajar los ojos, que parpadeaban despacio.
       —¿Sería posible sustituir el eje? —pregunté al fin—. Pagaría con gusto.
       —Pero ¿quién es usted? ¿Está de cacería? —me preguntó, mirándome de arriba abajo.
       —Así es.
       —Usted dispara a los pájaros que vuelan, ¿eh?… ¿Y a los animales salvajes del bosque?… ¿No es pecado matar a los pajarillos del señor y derramar sangre inocente?
       El extraño hombrecillo hablaba alargando mucho cada Palabra. El sonido de su voz también me sorprendió. No solo no había nada decrépito en su tono, era sorprendentemente dulce, juvenil y casi femenino en su ternura.
       —No tengo eje —añadió tras un corto silencio—. Este no le servirá —dijo, apuntando a su propio carro—, porque, en definitiva, su carro es grande.
       —Pero ¿sería posible encontrar uno en la aldea?
       —¡Qué clase de aldea tenemos aquí…! En este sitio nadie tiene nada de nada. Tampoco hay nadie en casa; le aseguro que están trabajando. ¡Lárguese! —dijo de repente, y volvió a tirarse al suelo.
       No había imaginado semejante conclusión.
       —Escuche, anciano —comencé, rozándole el hombro—, tenga corazón, ayúdeme.
       —¡Lárguese, por lo que más quiera! Estoy cansado, y tendré que ir hasta la ciudad y regresar… —me dijo, echándose el abrigo de paño sobre la cara.
       —Por favor, se lo ruego —continué—, le pagaré…
       —No necesito su dinero.
       —Se lo ruego…
       Se incorporó a medias y se sentó, cruzando sus piernas delgadas.
       —Lo podría llevar donde están cortando los árboles. Es un sitio que han comprado los comerciantes del lugar, un trozo de arboleda, y la están diezmando, el Señor los juzgará, están quitando los árboles y construyendo, el Señor los juzgará por ello. Ahí es donde puede buscar su eje o comprar uno ya hecho.
       —¡Excelente! —exclamé—. Pongámonos en marcha.
       —Un eje de roble, eso sí, uno bueno —continuó sin levantarse de su sitio.
       —¿Y está lejos ese lugar?
       —Tres verstas.
       —Bien, entonces podemos ir hasta allí en su carrito.
       —¡Que no…!
       —Venga, vámonos —dije—. ¡Vamos, anciano! Mi cochero nos está esperando.
       El anciano se levantó con desgana y me siguió al camino. Mi cochero estaba en un terrible estado mental: había intentado dar de beber a los caballos, pero había poca agua en el pozo y sabía mal; eso era lo primero, como suelen decir los cocheros… Sin embargo, nada más ver al anciano sonrió de oreja a oreja, asintió con la cabeza y gritó:
       —¡Vaya! Kasiánushka, ¡un placer verte!
       —También lo es verte a ti, Yeroféi, ¡eres un buen hombre! —respondió Kasián con voz melancólica.
       De inmediato comuniqué a mi cochero la sugerencia del anciano; Yeroféi expresó su acuerdo y llevó su carro al patio delantero. Mientras Yeroféi se afanaba en demostrar su habilidad desenganchando a los animales, el anciano estaba de pie con un hombro apoyado contra la verja y nos miraba enfadado, ya a Yeroféi, ya a mí. Parecía algo perplejo y, por lo que pude intuir, no se alegraba de nuestra inesperada visita.
       —¿Te han cambiado también a ti de aldea? —le preguntó Yeroféi de pronto mientras retiraba el arco.
       —Así es.
       —¡Vaya! —espetó mi cochero entre dientes—. ¿Conoces a Martin, el carpintero… Martin de Riábovo?
       —Pues sí.
       —Se ha muerto. Acabamos de toparnos con su ataúd.
       Kasián se estremeció.
       —¿Muerto? —murmuró, y dirigió su mirada hacia el suelo.
       —Así es, muerto. ¿Por qué no lo curaste, eh? La gente dice que curas, que tienes el don.
       Mi cochero estaba, obviamente, burlándose del anciano.
       —Ah, ese es tu carro, ¿no? —añadió, moviendo el hombro hacia él.
       —Es mío.
       —¡Un carro, eso! ¿Eh? ¡Un carro! —repitió y, agarrándolo de las varas, por poco lo vuelca—. ¡Pues eso, un carro! Pero ¿con qué vamos a llegar hasta el claro? No te será posible enganchar a nuestros caballos en esas varas. Nuestros caballos son grandes, pero ¿qué significa esto?
       —No sé —respondió Kasián— qué utilizaréis como tiro; aunque tenéis a este pobre animal —añadió suspirando.
       —¿Te refieres a este? —preguntó Yeroféi tras escuchar las palabras de su interlocutor, y dirigiéndose hacia el miserable caballito de Kasián, clavándole el dedo medio de su mano derecha en el cuello, con desprecio—. Mira —añadió con desdén—, se ha dormido, ¡qué inútil!
       Le pedí a Yeroféi que lo enganchara tan pronto como pudiera. Quería acercarme con Kasián al lugar en que estaban talando la arboleda, puesto que en esos lugares suele haber urogallos. Cuando el carrito estuvo preparado al fin, me acomodé como pude con mi perro en el suelo del mismo, recubierto con cortezas de tilo, y Kasián, encogido como una bola, también se sentó en el pescante delantero con la misma expresión desganada en su cara; y entonces fue cuando Yeroféi se acercó hasta mí y, lanzándome una mirada misteriosa, susurró:
       —Y es bueno, señor, que le acompañe usted. Es uno de esos hombres santos, ¿sabe?, le llaman La Pulga. No sé cómo ha podido entenderle…
       Estaba a punto de decirle a Yeroféi que, hasta entonces, Kasián me había parecido un hombre sensato, pero mi cochero continuó diciendo en el mismo tono:
       —Tenga cuidado de que le lleve adonde han quedado. Y elija usted mismo el eje, cuanto más fuerte mejor… ¿Hay por aquí, Pulga —añadió en voz alta—, algún bocado para ayudarme a sobrevivir?
       —Busca y encontrarás —respondió Kasián, tirando de las riendas, y nos pusimos en marcha.

       Para mi sorpresa, su pequeño caballito no iba nada mal. Durante todo el trayecto Kasián mantuvo el mismo silencio terco, y respondió a todas mis preguntas a la fuerza y desganado. No tardamos en alcanzar los claros, y llegamos a la oficina, una alta cabaña aislada sobre un pequeño barranco que había sido provisto de una presa improvisada y convertido en estanque. Allí encontré dos jóvenes oficinistas que trabajaban para los comerciantes, ambos con dientes blancos como la nieve, ojos melosos, charla ruidosa y melosa, y melosas sonrisitas. Llegué a un acuerdo con ellos por un eje y me dirigí a los claros. Pensé que Kasián se quedaría esperándome con el caballo, pero de repente se dirigió hacia mí.
       —¿Y ahora vas a tirar a los pajarillos? —preguntó—. ¿A eso vas?
       —Sí, si encuentro alguno.
       —Iré contigo. ¿Me permites?
       —Por supuesto, claro.
       Nos pusimos en marcha. La zona de los árboles talados se extendía menos de una versta. Confieso que observé a Kasián más que a mi perro. El sobrenombre de Pulga le venía muy bien. Su cabecita negra y sin sombrero (su cabello, por cierto, era sustituto de cualquier gorra) sobresalía para volver a esconderse entre los arbustos. Caminaba con paso ligero, literalmente a saltitos, sin dejar de agacharse, recoger hierbas, metérselas debajo de su camiseta, susurrar palabras por la nariz, y lanzar miraditas a mí y a mi perro, muy atentas e insólitas. En las matas más bajas y en los claros suele haber pequeños pajarillos grises, que van de ramita en ramita emitiendo silbidos cortos antes de tomar vuelo. Kasián solía llamarlos, intercambiaba llamadas con ellos; una codorniz joven salía volando de entre sus pies, y él emitía un alarido detrás de ella; una alondra comenzaba a elevarse, aleteando y cantando; Kasián de inmediato aprendía su cancioncilla. Pero a mí no me decía ni una palabra…
       El tiempo era excelente, aún más que antes; pero el calor no cedía. Atravesando el cielo apenas se movían unas cuantas nubes lejanas, amarillas y blancas, del color de la nieve tardía de la primavera, alargadas y aplastadas como velas Plegadas. Sus contornos de plumas, ligeras y tenues como el algodón, cambiaban a cada instante; parecían derretirse y no tenían sombras.
       Durante un buen rato Kasián y yo vagabundeamos por los claros. Brotes jóvenes que todavía no habían tenido éxito en crecer más de un arshín extendían sus tallos suaves y finos alrededor de los negros tocones de los árboles; adheridas a dichos tocones, había emulsiones musgosas redondeadas y esponjosas con los filos grisáceos, del tipo que se hierven para hacer yesca; las fresas silvestres extendían sus tenues redondeces rosadas; las setas también estaban presentes en familias, pegadas unas a otras. Los pies se enredaban de continuo en la hierba crecida, bañada por el calor del sol; en todas las direcciones los agudos brillos metálicos de luz proveniente de las hojas rojizas y jóvenes en los árboles cegaban los ojos; por todas partes, en alegre abundancia, aparecían matazas de arvejas color celeste, los diminutos cálices dorados de los ranúnculos, los pensamientos malvas y amarillos; aquí y allá, cerca de los caminos conquistados por la hierba, en donde las huellas de los carros estaban marcadas por zonas cubiertas de hierba corta rojiza, se alzaban bloques de leña en pilas oscurecidas por el viento y la lluvia. Sombras ligeras se extendían en rectángulos inclinados; era la única sombra que podía encontrarse. Una brisa ligera se levantaba de tanto en tanto para volver a morir. De pronto soplaba directamente en la cara y jugueteaba, haciendo que todo emitiera un feliz murmullo y que las puntas flexibles de los helechos se inclinasen tan graciosamente que solo se podía pensar en lo delicioso que era, pero de nuevo se disolvía, y todo volvía a quedar quieto. Solo las cigarras chirriaban todas a la vez, como furiosas, con un sonido opresivo, incesante, insípido y seco. Era apropiado al calor del mediodía que no cesaba, como engendrado literalmente por él, literalmente atraído desde la tierra que el sol derretía.
       Sin encontrarnos con una sola nidada, al fin alcanzamos los claros. Allí, los álamos talados tendidos tristemente en el suelo, aplastaban bajo su peso tanto la hierba como las matas; sobre algunos de ellos las hojas, aún verdes pero muertas, colgaban frágilmente de las ramas rígidas; sobre otros ya se habían secado y enroscado. Un olor agradable y punzante llegaba desde las astillas frescas de la madera, blancas y doradas, amontonadas sobre los tocones relucientes y humedecidos. Más lejos, cerca del bosque, se dejaba oír el débil estrépito de las hachas, y de vez en cuando, solemne y callado, como haciendo una reverencia y extendiendo los brazos, caía un árbol de cabellera enroscada…
       Tardé un buen rato en encontrar presas; al cabo, un rascón salió volando de un área cubierta de robles invadida por el ajenjo. Disparé: el pájaro giró en el cielo y cayó. Rápido, al oír el disparo, Kasián se cubrió el rostro con la mano y se quedó quieto hasta que volví a cargar mi escopeta y hube recogido la presa. Justo cuando me disponía a avanzar, se acercó hasta el lugar en el que había caído el pájaro, se agachó a la hierba salpicada con gotas de sangre, meneó la cabeza y me miró asustado. Después lo oí susurrar: “¡Pecado! ¡Es pecado, pecado!”.
       Al rato el calor nos obligó a buscar cobijo. Me eché bajo un arbusto crecido de avellano, sobre el que un arce extendía graciosamente sus ramas. Kasián se sentó sobre un grueso abedul caído. Lo observé. Las hojas se mecían con calma más arriba, y sus sombras líquidas y verdes se deslizaban adelante y atrás sobre su cuerpecillo, más o menos cubierto por el abrigo oscuro, y sobre su pequeña cara. No levantó la cabeza. Aburrido por su silencio, me eché de espaldas y comencé a observar con admiración el juego suave de las hojas enredadas, contrastadas contra el cielo claro. ¡Es una ocupación de lo más agradable, echarse de espaldas en un bosque y mirar el cielo! Causa la misma impresión que contemplar el fondo del mar, que se extiende lejano y amplio por debajo, donde los árboles no se elevan desde la tierra sino, como las raíces de plantas enormes, descienden o caen de forma empinada dentro de esas ondas translúcidas de hierba, mientras que las hojas de los árboles resplandecen como esmeraldas o bien se convierten en una espesura teñida de oro, casi ennegrecida. En algún lugar en lo alto, al final de una delicada rama, una única hoja se destaca quieta contra un trozo de cielo azul translúcido y, más allá, otra se balancea, recordando en sus movimientos las ondas sobre la superficie del agua, como si el movimiento fuera espontáneo, no causado por el viento. Como islas submarinas mágicas, las nubes redondas y blancas flotan hasta situarse en el campo de visión, y se alejan, y de repente todo este mar, este aire radiante, estas ramas y hojas llenas de sol, todo de pronto comienza a flotar con el viento, destella con un brillo fugitivo, y se levanta un fresco y tumultuoso murmullo que se asemeja al continuo chapoteo de las olas. Tendido sin moverse y observándolo todo, las palabras no pueden expresar la delicia y la calma, y el dulcísimo sentimiento que se adentra en el corazón. Se continúa observando, y ese azul intenso y claro trae una sonrisa a los labios tan inocente como él mismo, tan inocente como las nubes que lo cruzan, y como si en su compañía la mente atravesara una lenta cabalgata de recuerdos felices, y parece que durante todo ese tiempo la mirada se encuentra viajando más y más lejos, y trasladándolo a uno a ese calmo, resplandeciente infinito, hasta que resulta del todo imposible arrancarse de esas alturas distantes, de esas lejanas profundidades…

       —¡Señor, eh señor! —dijo de repente Kasián en su voz altisonante.
       Me incorporé sorprendido; hasta aquel momento mi acompañante apenas había respondido a mis preguntas, y | ahora de pronto comenzaba una conversación.
       —¿Qué quieres? —respondí.
       —¿Y por qué tienes tú que matar a ese pajarillo? —comenzó a decir, mirándome directamente a los ojos.
       —¿Qué quieres decir, por qué? Es una ave de presa. Se puede comer.
       —No, no lo matabas por eso, señor. ¡Tu no vas a comértelo! Lo has matado por divertirte.
       —Pero ¿acaso no comes tú un ganso o un pollo?
       —Aves como esas las creó el Señor para que el hombre se las comiera, pero un rascón… Es un ave libre, un ave del bosque. Y no es la única; no hay muchas, todas las bestias del bosque y del campo, las criaturas de los ríos, las de las ciénagas y las praderas, y de lo alto y de las profundidades; es un pecado matarlas, deberían estar sobre la tierra hasta que llegue su hora de forma natural… Para el hombre ya hay otra comida, otra comida y otra bebida; el pan es el regalo de Dios al hombre, y las aguas de los cielos, y las criaturas amaestradas que nos han llegado de nuestros ancestros.
       Miré a Kasián asombrado. Sus palabras fluían con libertad; no hacía pausas tratando de encontrarlas, hablaba con una animación calma y con modesta dignidad, de vez en cuando cerraba los ojos.
       —Así que, de acuerdo contigo, también es pecado matar a un pez —pregunté.
       —Un pez tiene la sangre fría —protestó con seguridad—, es una criatura muda. Un pez no siente miedo, ni alegría: un pez no tiene lengua. Un pez no tiene sentimientos, no tiene sangre viva en él… La sangre —continuó tras una pausa— ¡la sangre es sagrada! La sangre no ve la luz del sol del Señor, la sangre está escondida de la luz… Y es un gran pecado mostrar la sangre a la luz del día, un gran pecado y algo que temer, ¡oh, se trata de algo que hay que temer!
       Suspiró y bajó los ojos. Debo admitir que miré al extraño anciano completamente sorprendido. Su discurso no sonaba como el de un campesino: ni los charlatanes ni la gente del pueblo hablaban de aquella manera. Yo nunca había oído este lenguaje, solemne y reflexivo.
       —Dime, Kasián, te lo ruego —comencé sin bajar mis ojos de su cara algo enrojecida—, ¿a qué te dedicas?
       No respondió mi pregunta de inmediato. Su mirada pareció inquieta durante un momento.
       —Vivo como lo ordena el Señor —dijo al cabo—, pero en lo que respecta a una ocupación no, no tengo ocupación alguna. No tengo cabeza para ello, desde pequeño he sido así. Trabajo todo lo que puedo, pero no lo hago en condiciones. ¡No puedo evitarlo! He perdido la salud y mis manos son torpes. Durante la primavera me dedico a cazar ruiseñores.
       —¿Atrapas ruiseñores? Entonces ¿por qué estás diciendo que no debe tocarse a las bestias del bosque ni del campo ni a ninguna otra criatura?
       —No para matarlos, esa es la diferencia; la muerte ya se cobrará lo que le corresponde. Mire, piense en Martin el carpintero: vivió su vida, y no fue larga y se murió; y ahora su mujer está desconsolada por el marido y sus hijos… No le corresponde ni al hombre ni a las bestias ser mejor que la muerte. La muerte no corre hacia ti, pero tú tampoco puedes escaparte de ella; ni tampoco debes ayudarla. Yo no mato a los ruiseñores, ¡el Señor nos proteja! No los atrapo para causarles dolor, ni para poner sus vidas en peligro, sino para el disfrute de los hombres, para su consuelo y alegría.
       —¿Vas a Kursk a cazarlos?
       —Voy a Kursk y también más lejos, dependiendo de cómo estén las cosas. Duermo en las ciénagas, en las arboledas, y duermo completamente solo en los campos y en las zonas salvajes: ahí es donde las agachadillas canturrean, donde se pueden oír las liebres que sollozan, donde los patos sisean… Por la noche me fijo por dónde están, y cuando llega la mañana agudizo el oído, y al amanecer extiendo mi red sobre los arbustos. Hay un tipo de ruiseñor que canta una dulce y lastimosa tonada…
       —¿Y los vendes?
       —Los regalo a la gente buena.
       —¿Y qué haces además de esto?
       —¿Que qué hago?
       —¿Cómo pasas el tiempo?
       El anciano guardó silencio durante un rato.
       —De ninguna forma. No tengo cabeza para trabajar. Pero sé leer y escribir.
       —¿Así que sabes leer y escribir?
       —Sí. El Buen Señor me ayudó, y alguna gente buena también.
       —¿Tienes familia?
       —No, no tengo familia.
       —¿Y por qué? ¿Han muerto todos?
       —No, es solo que no era mi misión en la vida, nada más. Todo se hace de acuerdo con la voluntad de Dios, vivimos nuestras vidas de acuerdo con la voluntad de Dios, pero un hombre debe ser bueno, ¡eso sí! Eso quiere decir que debe vivir de buena forma a los ojos de Dios
       —¿Y tienes algún pariente?
       —Tengo… Tengo —el anciano parecía confundido.
       —Dime, por favor —comencé—. He oído que mi cochero te preguntaba por qué no habías curado a Martin el carpintero. ¿Es cierto que puedes curar a la gente?
       —Tu cochero es un hombre justo —respondió Kasián pensativo—, pero él tampoco está libre de pecado. Dice que tengo el poder de sanar. ¡Vaya poder! ¿Y quién puede tener eso? Todo viene de Dios. Pero ahí mismo… Ahí hay una hierbas, unas flores: ayudan, es cierto. Está la maravilla, esa es una, un tipo de hierba que cura a los seres humanos; está el llantén, también; no es vergonzoso hablar de ellas, las hierbas puras y buenas las hace Dios. Pero las otras no. Tal vez ayuden, pero son un pecado y es pecaminoso hablar de ellas. Tal vez puedan usarse con la ayuda de la oración… Bueno, por supuesto, son palabras especiales… Pero solo el que tiene fe será salvado —añadió, bajando la voz.
       —¿Le diste algo a Martin? —pregunté.
       —Me enteré demasiado tarde —respondió el anciano—. ¿De qué habría servido? Todo hombre tiene su propio destino. No iba a vivir mucho, Martin el carpintero, no iba a vivir mucho en esta tierra: y así ocurrió. No, cuando no está escrito que un hombre tenga que vivir en esta tierra los suaves rayos del sol no lo calientan como a los demás, las vituallas no lo alimentan, como si de continuo se le estuviera llamando a marcharse… ¡El Señor acoja su alma!
       —¿Te han trasladado a esta zona hace mucho? —pregunté tras un corto silencio.
       Kasián se estremeció.
       —No, no hace mucho, unos cuatro años. En los tiempos del antiguo amo vivíamos siempre donde habíamos nacido pero fueron los guardas de la finca los que nos movieron. E amo antiguo tenía un alma bondadosa, era un ser humilde ¡el Señor lo tenga en su gloria! Pero los guardas, por supuesto, hicieron lo que debían. Parece que es así como debe ser.
       —Pero ¿dónde vivías antes?
       —Somos de Krasívaia Mech.
       —¿Lejos de aquí?
       —A unas cien verstas.
       —¿Y era mejor allí la vida?
       —Mejor… Era mejor. La tierra es inmensa, con muchos ríos, nuestro hogar; aquí todo está hacinado y seco. Nos hemos convertido en huérfanos. Allí, en nuestra tierra, en Krasívaia Mech, quiero decir, uno subía una colina, y Señor, ¿qué cree que se veía desde allí? Se veía un río por ahí, una pradera por ahí, y un bosque por allá. Y después una iglesia, y luego más prados a lo lejos, hasta donde llegaba la vista. Y uno miraba tan lejos como podía sin dejar de maravillarse, ¡eso desde luego! Mientras que aquí, es cierto, la tierra es mejor, más arcillosa, de la buena, eso dicen los campesinos. Pero en lo que a mí respecta, en cualquier sitio hay tanta comida como pueda necesitarse.
       —Pero, siendo sincero, amigo, preferirías estar en tu tierra, ¿verdad?
       —Desde luego que me gustaría volver a verla. De todas formas, no tiene importancia dónde estoy. No tengo familia, nada me ata a ningún sitio. ¿Y que haría sentado en casa todo el día? Es cuando me pongo en marcha —comenzó a decir en una voz más alta— cuando todo me parece más sencillo. Brilla la dulce luz del sol y se es más puro a ojos de Dios, se canta una tonada más alegre. Entonces uno mira qué hierbas crecen por ahí, y se fija en ellas y recoge las que necesita. Tal vez encuentre un manantial, así que toma un sorbo y recuerda que está ahí también. Los pájaros cantan en el aire… Y después, en la otra parte de Kursk, se encuentran las estepas, y qué estepas; ahí tenemos una auténtica maravilla, una gran satisfacción para el hombre, tan amplias, una muestra de lo que Dios puede ofrecer. Y continúan sin cesar, como dice la gente, justo hasta los mares cálidos en los que vive Gamaiún, el pájaro con el canto más dulce de todos, hasta el lugar en el que las hojas no se caen de los árboles en invierno, ni en otoño, y donde crecen manzanas doradas en ramas de plata y cada hombre vive contento con lo que tiene y en justa alianza con sus semejantes… Ahí es adonde me gustaría dirigirme… ¡Y eso que he andado por todas partes! He estado en Romión y en Simbirsk, una ciudad como Dios manda, y en el mismo Moscú, engalanado con sus coronas doradas. Y en el Oka, el que nos alimenta, y en Tsna, la paloma, y en el Volga, nuestra madre, y he visto a mucha gente, todos buenos cristianos, y en muchas ciudades honestas he estado… Pero me gustaría ir a aquel lugar… Y eso es todo… Y pronto… Y no solo yo, que soy un pecador más, sino muchos otros cristianos que se ponen en marcha y caminan por el ancho mundo sin nada excepto cortezas de tilo a modo de zapatos en busca de la verdad… ¡Por supuesto que lo hacen!… ¿De qué sirve quedarse en casa? No es justo cómo tienen que vivir los hombres, eso es…
       Kasián murmuró estas últimas palabras deprisa y de forma casi inaudible; después dijo algo más que me fue imposible descifrar, y su rostro adoptó una expresión tan extraña que recordé sin querer el título de “hombre santo” que Yeroféi le había impuesto. Se quedó mirando el suelo fijamente, tosió y pareció recuperar el sentido:
       —¡Sol dulcísimo! —murmuró casi entre dientes—. ¡Qué bendición, Señor! ¡Este calor que baña el bosque!
       Se encogió de hombros, guardó silencio, miró a su alrededor con aire distraído y comenzó a cantar en voz baja. No alcancé a discernir todas las palabras de su melancólica cancioncilla, pero entendí las siguientes:

Pero Kasián es mi nombre
Y la Pulga lo que me llaman.

       “¡Ah!”, pensé, “se lo está inventando…”.

       De pronto se estremeció y guardó silencio, contemplando con fijeza las profundidades del bosque. Me volví y vi a una pequeña campesina de unos ocho años con abrigo azul, un pañuelo a cuadros atado alrededor de su cabeza y una pequeña cesta en su bracito quemado por el sol. Era evidente que no había esperado encontrarse con nadie; se había topado con nosotros, como suele decirse, y ahora estaba inmóvil, de pie sobre un retazo de hierba a la sombra en una zona fronda de avellanos, contemplándonos asustada con sus ojos negros. Apenas había tenido tiempo de observar su aparición cuando volvió a desaparecer detrás de un árbol.
       —¡Annushka! ¡Annushka! Ven aquí, no tengas miedo —la llamó el anciano con voz amable.
       —Tengo miedo —respondió una vocecilla.
       —Vamos, no tengas miedo, acércate.
       Annushka salió de su escondite sin decir nada y se acercó a nosotros en silencio, sin que sus pies infantiles hicieran apenas ruido en la hierba espesa, y emergió de la frondosidad junto al anciano. No tenía ocho años, como me había parecido por su corta estatura, sino trece o catorce. Todo su cuerpo era pequeño y delgado, pero muy bien formado y flexible, y su hermosa carita era increíblemente similar a la de Kasián, aunque el viejo no tenía belleza alguna. Los mismos rasgos agudos, la misma mirada poco habitual, a un tiempo astuta y confiada, pensativa y penetrante, y exactamente los mismos gestos… Kasián le echó una mirada mientras ella se colocaba a su lado.
       —¿Así que estás recogiendo setas? —preguntó.
       —Sí, setas —respondió ella con una sonrisa tímida.
       —¿Y has encontrado muchas?
       —Muchas.
       Ella lo miró de reojo y sonrió de nuevo.
       —¿Hay algunas de las blancas?
       —Sí, también de las blancas.
       —Venga, enséñanoslas… —Ella se quitó la cesta del brazo y levantó un poco la hoja que cubría las setas—. ¡Ah! —dijo Kasián, inclinándose sobre la cesta—, ¡son preciosas! ¡Estupendo, Annushka!
       —¿Es tu hija, Kasián? —le pregunté. El rostro de Annushka se ruborizó ligeramente.
       —No, es solo una pariente —dijo Kasián con indiferencia afectada—. Bueno, Annushka, ve con Dios —añadió de inmediato—, ¡y cuidado por dónde andas!
       —Pero ¿por qué tiene que irse a pie? —interrumpí—. Podríamos llevarla a casa en el carro…
       Annushka enrojeció como una amapola, agarró la cesta por el cordón que hacía de asa y miró alarmada al anciano.
       —No, irá caminando —objetó él, con el mismo tono de voz indiferente—. ¿Por qué no iba a hacerlo? Llegará sin problema… ¡Venga, andando!
       Annushka se adentró con paso ligero en el bosque. Kasián la siguió con la mirada, después miró al suelo y sonrió para sí. En aquella sonrisa melancólica, en las pocas palabras que había intercambiado con Annushka y en el tono de su voz cuando hablaba con ella había un amor apasionado y una ternura inconfundibles. Volvió a mirar en la dirección por donde ella había desaparecido, sonrió de nuevo y, secándose el rostro, asintió varias veces.
       —¿Por qué le dijiste que se marchara tan pronto? —le pregunté—. Le habría comprado unas setas…
       —Puede usted comprarlas en la casa, si eso es lo que desea, no tiene importancia —me contestó, tratándome por primera vez de “usted”.
       —Es muy bonita.
       —No… Como… Es… —respondió con aparente desgana, y desde aquel momento regresó a su previa melancolía.
       Al ver que todos mis esfuerzos por que volviera a hablar eran vanos, me dirigí hacia los claros. Mientras tanto, el calor se había disipado un tanto; pero mi mala suerte, o, como dicen de donde vengo, mi “perder tiempo en vano” no cambió, regresé a la aldea sin más que un rascón y un nuevo eje. Mientras nos dirigíamos al patio, Kasián se volvió de repente hacia mí.
       —Señor, señor —comenzó—, seguro que tengo la culpa, seguro que he apartado todas las presas de su camino.
       —¿Y cómo es eso?
       —Es una cosa que sé hacer. Tiene usted ese perro, un buen perro cazador, pero no ha podido hacer gran cosa. Piénselo, la gente es la gente, ¿verdad? Después tenemos a este animal aquí, pero ¿en qué lo hemos convertido?
       Me habría sido imposible persuadir a Kasián de que era imposible “echar una maldición” sobre la caza, así que no le respondí. En aquel momento atravesamos la cancela del patio.
       Annushka no estaba en la cabaña; había llegado y había dejado su cesta con setas. Yeroféi instaló el nuevo eje tras haberlo sometido a una rígida y algo subjetiva evaluación; y una hora más tarde nos marchábamos, dejando algo de dinero para Kasián, quien al principio no deseaba aceptarlo pero que al final, tras sopesarlo un minuto y sostenerlo en la palma de su mano, se metió en la camisa. Durante toda esta hora apenas dijo una palabra; como antes, se quedó de pie apoyado contra la cancela, sin responder a los comentarios y reproches de mi cochero, y se despidió de mí con bastante frialdad.

       En cuanto llegamos reparé que mi Yeroféi de nuevo estaba sumido en la desesperación. En efecto, no había encontrado nada comestible en la aldea y el agua para los caballos había sido de mala calidad. Así que nos pusimos en marcha. Con una insatisfacción que se expresaba hasta en la nuca, iba sentado en el pescante deseoso de iniciar una charla conmigo, pero, anticipando mi primera pregunta, se limitó a gruñir débilmente por lo bajo y a dirigir charlas edificantes y ocasionalmente sarcásticas a los caballos.
       —¡Una aldea! —murmuró—. ¡Llamar a eso una aldea! Pedí kvas y ni eso tenían… ¡Por todos los santos! ¡Y el agua no era más que lodo! —Escupió sonoramente—. Ni pepinillos, ni kvas, ni nada de nada. Mientras que tú —añadió gritando, volviéndose hacia el caballo derecho—, ¡te conozco, maldita yegua! Solo finges trabajar, eso haces… —Y la golpeó con el látigo—. Es astuta, la maldita, o ahora lo es; antes era una criatura buena y afable… ¡Venga, adelante, con brío!
       —Dime, Yeroféi —comencé—, ¿qué clase de persona es Kasián?
       —¿El Pulga, quiere decir? —dijo al cabo, tirando de las riendas—. Un hombre extraño y maravilloso, eso es, un auténtico santo, y no encontrará usted otro como él. Es, cómo decirlo, igual que nuestra yegua; se ha descocado igual que ella… Quiero decir, ha dejado de trabajar. En fin, no es que fuera trabajador. Se dedica a ir tirando, pero a pesar de todo… Seguro que siempre ha sido así. Al principio solía ir de cochero con sus tíos; eran tres, pero después de un tiempo, en fin, ya sabe usted, se aburrió y lo abandonó. Empezó a vivir en casa, eso, pero no podía estarse quieto; es igualito a una pulga. Gracias a Dios, tenía un amo bueno que no lo obligó a trabajar. Así que de cuando en cuando se lo ve vagabundeando por aquí y por allá, por todas partes, como una oveja descarriada. Y Dios lo sabe, es un hombre poco común, de pronto silencioso como un tocón, y al siguiente minuto parloteando; y lo que dice, solo Dios lo entenderá. Pensará usted que tiene educación, pero no es eso, no tiene buenas maneras. Sin embargo, no canta mal, un poco pomposamente, pero nada mal para serle sincero.
       —¿Es cierto que tiene el poder de sanar?
       —¡El poder de sanar! ¿Y qué iba a hacer con eso? Es un hombre corriente, aunque es cierto que me curó de la escrófula… Es estúpido como el que más, eso es —añadió, tras una pausa.
       —¿Hace mucho que lo conoces?
       —Bastante. Eramos vecinos en Sichovka, en Krasívaia Mech.
       —Y esa chica con la que nos encontramos en el bosque, Annushka, ¿es pariente suya?
       Yeroféi me miró por encima del hombro y mostró sus dientes en una amplia sonrisa.
       —¡Ja!… Sí, están emparentados. Ella es huérfana, no tiene madre ni nadie sabe quién lo fue. Pero es muy probable que estén emparentados, porque ella es la viva imagen del viejo… Y además vive en su casa. Es una muchacha con luces, eso no lo niego; y buena chica, y el viejo la adora: es buena chica. Lo más seguro, aunque usted no lo crea, es que se empeñe en enseñarle a leer y escribir. Nunca se sabe, es justo el tipo de cosa que se le ocurriría, así de raro es, así de variable… ¡E-e-e! —Mi cochero se interrumpió de pronto y, deteniendo los caballos, se asomó por el lado y comenzó a olisquear—. ¿No huele por ahí a quemado? ¡Pues sí! ¡Este eje me va a salir caro! Y pensar que lo había engrasado a gusto. Tendré que ir a buscar agua; por ahí veo un estanquito.
       Y Yeroféi se bajó del pescante, desamarró un cubo, caminó hasta el estanque, y, cuando regresó, escuchó con considerable placer cómo el agujero del eje siseaba al ser cubierto de agua repentinamente. En el transcurso de unas diez verstas más o menos tuvo que empapar seis veces más el eje recalentado, y la noche había caído hacía ya mucho tiempo cuando regresamos a casa.




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