Iván S. Turguénev
(Orel, Rusia, 1818 - Bougival, Francia, 1883)


La oficina (1847)
(“Контора”)
Originalmente publicado en la revista Современник [El Contemporáneo]
Núm. 10 (1847), págs. 210-226;
Записки охотника [Relatos de un cazador, Del álbum de un cazador]
(San Petersburgo, 1852)



      Fue en otoño. Llevaba varias horas vagando por los campos con mi escopeta y probablemente no habría regresado hasta el crepúsculo a la posada de la carretera de Kursk donde me esperaba mi troika, si una lluvia extraordinariamente fina y helada, que me había acechado desde principios de la mañana, fraccionada y sin piedad como una vieja solterona quejica, no me hubiera obligado al fin a buscar algún asilo cercano para resguardarme. Considerando en qué dirección ir, mis ojos tropezaron con un cobertizo diminuto junto a un campo de guisantes. Me aproximé, eché un vistazo bajo el techo de paja y vi a un anciano tan decrépito que me hizo pensar en la cabra moribunda que Robinson Crusoe se encuentra en una de las cuevas de la isla. El anciano estaba agachado, apretaba los ojillos oscuros y mascaba, con rapidez y cuidado como una liebre (el pobre no tenía ni un diente), un guisante duro y seco, haciéndolo rodar sin cesar de un lado a otro. Estaba tan ocupado en esto que no se dio cuenta de que me acercaba.
       —¡Abuelo! ¡Eh, abuelo! —dije.
       Dejó de mascar, levantó las cejas y abrió los ojos con dificultad.
       —¿Cómo? —murmuró con una voz profunda.
       —¿Dónde hay alguna aldea cercana? —le pregunté.
       El anciano volvió a mascar. No me había oído. Repetí la Pregunta en voz más alta.
       —Una aldea. ¿Cuál quiere?
       —Es solo para resguardarme de la lluvia.
       —¿Cómo?
       —Para resguardarme de la lluvia.
       —¡Ah! —Se rascó la calva quemada por el sol—. Bueno, pues tiene que ir, a ver —comenzó a decir de pronto, meneando sus brazos de forma desconectada de sus palabras— por ahí… Verá, camina usted por ese bosque, el que ve ahí, y se va por ahí, y entonces hay un camino; no le preste atención al camino, y échese a la derecha, siempre a la derecha, la derecha, la derecha… Bueno, llegará entonces a Anánevo. Del otro lado está Sítovka.
       Tenía dificultad para comprender al anciano. Hablaba bigotes por medio y la lengua no le obedecía.
       —¿De dónde eres? —pregunté.
       —¿Cómo?
       —¿Qué de dónde eres?
       —De Anánevo.
       —¿Y qué estás haciendo aquí?
       —¿Cómo?
       —¿Qué estás haciendo aquí?
       —Estoy vigilando.
       —¿El qué?
       —Los guisantes.
       No pude contener la risa.
       —Por Dios bendito, ¿qué edad tienes?
       —Solo Dios lo sabe.
       —¿Es posible que no veas muy bien?
       —¿Cómo?
       —Tu vista es mala, ¿no?
       —Lo es. Y la verdad es que tampoco oigo nada.
       —Entonces, dime, ¿cómo puedes ser un guarda?
       —Eso pregúnteselo al amo.
       —¡Los amos! —medité sobre sus palabras y observé al anciano no sin cierta pena. Palpó con sus manos y encontró un trozo de pan seco en el bolsillo cercano a su pecho, y comenzó a chuparlo como un bebé, hundiendo todavía más en el esfuerzo sus ya hundidas mejillas.

       Salí en dirección al bosque, giré a la derecha y me mantuve a la derecha, a la derecha, como el anciano me había aconsejado, y al fin alcancé una aldea con una iglesia de piedra al nuevo estilo, esto es, de columnas, como una casa solariega también con columnas. Desde la distancia, a través de la interminable lluvia que caía, reconocí lo que debía ser una cabaña con un tejado de tablones del que sobresalían dos chimeneas, probablemente la casa del responsable de la aldea, y allí dirigí mis pasos con la esperanza de encontrar un samovar, té, azúcar y crema que no estuviera del todo agria. En compañía de mi perro, que no dejaba de temblar, escalé el porche, entré en el zaguán y abrí la puerta, pero en lugar de los habituales accesorios de una cabaña de campesinos, encontré varias mesas con papeles apilados, dos armarios rojos de considerable tamaño, tinteros manchados, cajas metálicas de arena de enorme peso, las más largas plumas que puedan imaginarse, y cosas por el estilo. Sentado a una de las mesas había un joven de unos veinte años con rostro hinchado y malsano, ojos diminutos, ancha frente y entradas[a]. Iba apropiadamente vestido con un caftán de nankeen gris brillante de mugre en el cuello y sobre la parte delantera.
       —¿Qué es lo que quiere? —me preguntó, levantando la cabeza como un caballo que ha sido agarrado por el hocico de forma inesperada.
       —¿Vive aquí el intendente o…?
       —Esta es la oficina principal de la finca —me interrumpió—. Estoy sentando aquí trabajando. ¿No ha visto el cartel? Para eso está.
       —¿Hay algún lugar por aquí en el que pueda secarme? ¿Alguien en la aldea tiene un samovar?
       —Por supuesto que tenemos samovares —respondió pomposamente el joven del caftán gris—. Intente en casa del Padre Timoféi, si no allí entonces en la cabaña de los siervos, o si no Nazar Tarásich, o si no en casa de Agrafena, la mujer de las gallinas.
       —¿Con quién estás hablando, maldito imbécil? ¡No me estás dejando dormir, imbécil! —gritó una voz desde la habitación contigua.
       —Ha entrado un caballero, está preguntando dónde puede secarse.
       —¿Qué caballero?
       —No tengo ni idea. Lleva un perro y una escopeta.
       Una cama crujió en la habitación contigua. Se abrió puerta y apareció un hombre de unos cincuenta años, gordo, fornido, con cuello de toro, ojos hinchados, carrillos inusualmente redondeados y cara reluciente y sudorosa.
       —¿Qué es lo que quiere? —me preguntó.
       —Secarme.
       —Este no es el lugar.
       —No sabía que era una oficina. En cualquier lugar, no me importa pagar…
       —Por favor, acomódese aquí —respondió el hombre gordo—. Si no le importa venir por aquí. —Me condujo a otro cuarto, no el mismo del que él había salido—. ¿Es esto de su gusto?
       —Está bien… ¿Sería posible tomar un poco de té con crema?
       —Por supuesto, en seguida. Usted quítese esa ropa mojada, y el té estará listo en seguida.
       —¿De quién es esta finca?
       —Pertenece a la señora Losniakova, Yelena Nikoláievna.

       Salió. Miré a mi alrededor. Pegado a la pared que separaba la estancia de la oficina había un diván de cuero alargado; dos sillas, también tapizadas en cuero, con unos respaldos bastante altos, estaban a cada lado de la única ventana que daba a la calle. Sobre las paredes empapeladas de verde con motivos rosados había tres cuadros enormes. Uno que representaba a un setter con collar azul llevaba por título Así lo deseo; a los pies del perro había un río, y en la orilla opuesta del río, sentada bajo un abeto, una liebre de proporciones increíblemente grandes con una oreja levantada. Otro cuadro representaba dos viejos comiéndose un melón; el paisaje detrás del melón contenía un pórtico griego que llevaba el lema: “El Templo de la Felicidad”. El tercer cuadro representaba una mujer medio desnuda echada en una postura en raccourci, con una perspectiva tan inclinada que sus rodillas estaban rojas y sus talones demasiado gordos.
       Sin perder un segundo, mi perro se arrastró debajo del diván con un esfuerzo considerable, donde halló, como era obvio, tanto polvo que lo festejó con terribles estornudos. Me dirigí a la ventana. Dispuestos en diagonal por toda la calle, desde la mansión hasta la oficina había tablones de madera, lo cual era una precaución muy útil ya que todo estaba cubierto por el fango de tierra ennegrecida y la lluvia incesante. En los alrededores de la propia casa, que daba la espalda a la calle, las cosas se desarrollaban como es habitual; mujeres en descoloridas faldas de percal iban y venían; los lacayos iban de un lado a otro sobre el lodo, se detenían pensativos de cuando en cuando para rascarse las espinillas; el caballo del policía local, amarrado, meneaba la cola con desgana y, con el hocico bien alto, mordisqueaba la verja; las gallinas cloqueaban, los pavos de aspecto consumido no dejaban de comer. Sentado en el porche de una estructura oscurecida y podrida, con toda probabilidad los baños, un joven robusto con una guitarra cantaba con sentimiento la conocida tonada:

Oh, me marcho a los desiertos lejanos
Muy lejanos de estos hermosos lugares…

       El gordo entró en mi habitación.
       —Ahora mismo traen su té —me dijo con una agradable sonrisa.
       El individuo del caftán gris, el oficinista de turno, colocó sobre una vieja mesa de naipes un samovar, una tetera, un vaso sobre un platillo quebrado, una jarrita de crema y una fila de sequillos locales duros como piedras. El gordo salió.
       —¿Quién es? —pregunté al oficinista de turno—. ¿El mayordomo?
       —No señor, de ninguna manera. Solía ser el cajero principal, pero ahora lo han nombrado oficinista principal.
       —¿Entonces no tenéis mayordomo?
       —No señor, de ninguna manera. Hay un intendente, Mijaíl Víkulov, pero no hay mayordomos.
       —¿Entonces hay un encargado?
       —Pues claro que sí, un alemán, Lindamandol, Karlo Karlich, solo que no se encarga de nada.
       —¿Quién lo hace entonces?
       —La señora, ella lo organiza todo, ella misma.
       —¡Anda! Dime, ¿sois muchos en la oficina?
       El tipo lo pensó un rato.
       —Somos seis.
       —¿Y quiénes sois?
       —Pues verá. Primero está Vasili Nikoláievich, es el cajero principal. Luego está Piotr, oficinista, y su hermano Iván, que también es oficinista, y otro Iván que también es oficinista. Kóskenkin Narkízov, él también es oficinista, y luego estoy yo. Oh, ya no me acuerdo de cuántos he nombrado.
       —¿Tu ama tiene muchos siervos?
       —No, no muchos…
       —¿Cuántos?
       —Unos ciento cincuenta.
       Ambos guardamos silencio.
       —¿Escribes bien? —le pregunté.
       El tipo me devolvió una amplia sonrisa, asintió, salió de la oficina y trajo consigo una cuartilla escrita.
       —Mire cómo escribo —dijo, todavía sonriendo.
       Observé la cuartilla de papel grisáceo. Sobre la misma estaba escrito lo siguiente en una letra amplia y con buen gusto:

UNA ORDEN
DE LA PRINCIPAL OFICINA DE LA CASA
DE ANÁNEVO AL INTENDENTE MIJAÍL VÍKULOV
Número 209

    Se le ordena de inmediato que en cuanto reciba esto explique qué fue lo que hizo anoche, todo borracho y cantando tonadillas indecentes, pasando al lado de los jardines ingleses, y despertando a la institutriz, la dama francesa Madame Eugenie. Así como qué estaba haciendo el guarda nocturno que estaba de guardia en el jardín y por qué permitió que ocurriera tal desorden. Se le ordena de inmediato que se informe con todo detalle sobre todo lo descrito más arriba, y que informe de ello sin dilación a la oficina.

El jefe de oficinistas Nikolái Jvostov

      La orden llevaba un amplio sello heráldico con la leyenda: “Sello de la Oficina Principal de la Casa de Anánevo”, y debajo del mismo una nota manuscrita: “Hágase de inmediato. Yelena Lonskaya”.
       —¿Escribió esto tu ama? —pregunté.
       —Por supuesto, señor. Siempre lo escribe ella misma. Una orden no sería una orden de otra forma.
       —Entonces, le enviarán esta nota al intendente, ¿correcto?
       —No, señor. Vendrá él mismo a leerla. Solo que se la tendremos que leer, porque él no sabe leer. —El oficinista de turno de nuevo guardó silencio—. ¿Qué cree usted, señor? —añadió con una sonrisa—. ¿Está bien escrita?
       —Está bien escrita.
       —No me la inventé, lo admito. Kóskenkin es mejor con esas cosas.
       —¿Cómo? ¿Quieres decir que tus órdenes antes tienen que inventarse?
       —Por supuesto, señor. No se pueden escribir por sí solas.
       —¿Cuánto te pagan? —le pregunté.
       —Treinta y cinco rublos y cinco rublos para zapatos.
       —¿Y estás contento con eso?
       —Por supuesto que sí. No todo el mundo consigue un trabajo en la oficina. Admito que fue una orden de arriba, porque mi tío es mayordomo.
       —¿Y estás a gusto?
       —Pues sí, señor. Para decirle la verdad —continuó con un suspiro—, es mejor para nosotros trabajar para los comerciantes. Los que son como yo tienen más suerte si trabajan para los comerciantes. Mire, solo anoche un comerciante vino de Veniovo y su trabajador me estaba diciendo… Está bien, no importa lo que diga usted, se está muy bien con ellos.
       —¿Me estás diciendo que el comerciante paga un sueldo mejor?
       —¡Dios no lo permita! Uno solo se metería en líos si le preguntara por el dinero. No, con un comerciante se vive de fe y miedo. Provee comida y bebida y ropas y todo lo necesario. Si se le sirve bien dará más… ¿Qué sueldos? No hace falta… Uno va por ahí viajando con él, y cuando beba té uno beberá té, cuando coma uno comerá. Un comerciante… ¿Cómo puedo explicarlo? No es como un amo. Un comerciante no tiene caprichos. Bueno, se enfada y pega, pero ahí termina. No se queja, no pide todo el tiempo… ¡Pero trabajar para un amo es un infierno! Nunca nada está como debe. Esto está mal, lo otro no le gusta. Vamos, que se le da un vaso de agua o algo de comer, “¡Esta agua apesta! ¡Esta comida apesta!”. Uno lo retira y lo trae un rato después, “Bueno, ahora está como debe, no apesta”. Y en lo que concierne a la señora de la casa, ¡es harina de otro costal! Y las muchachas jóvenes también.
       —¡Fédiushka! —se oyó la voz del gordo en la oficina.
       El oficinista de turno salió corriendo. Terminé mi vaso de té, me eché sobre el diván y me dormí. Dormí unas dos horas.

       Cuando me desperté estaba a punto de incorporarme, pero me sentí muy cansado. Cerré los ojos sin dormirme. La gente conversaba en voz baja al otro lado de la pared. No pude evitar oír lo que decía.
       —Síseñor, síseñor, Nikolái Yereméich —dijo una voz—, síseñor. Ezo tiene que tenerse en cuenta. Exacto, no es posible si no, señor… ¡Hum! —el que hablaba tosió.
       —Créame, Gavrila Antónich —objetó la voz del gordo—, juzga por ti mismo, soy el único que sabe cómo son las cosas por aquí.
       —Y quién mejor que usted, Nikolái Yereméich. Síseñor, podría decirse que es usted el que manda por aquí en realidad. Bien, entonces, ¿cómo va a ser? —continuó la voz poco familiar—. ¿Cómo vamos a decidirlo, Nikolái Yereméich? Tengo que preguntarle eso.
       —¿Cómo lo decidiremos, Gavrila Antónich? Todo depende de usted, para ser sinceros. Parece que usted no quiere hacerlo.
       —Se lo ruego, Nikolái Yereméich, ¿qué está diciendo? Es asunto nuestro vender y comprar. Eso es lo que nos trae hasta aquí, Nikolái Yereméich.
       —Ocho rublos —dijo el gordo, alargando las palabras.
       Se escuchó un suspiro.
       —Nikolái Yereméich, está usted pidiendo mucho.
       —No puedo hacer otra cosa, Gavrila Antónich. Se lo digo en nombre del Altísimo.
       Hubo un silencio.
       Me incorporé en silencio y espié por una ranura en el ubique. El gordo estaba sentado dándome la espalda. Delante de él se encontraba el comerciante, de unos cuarenta años, delgado y tan pálido que parecía que lo acabaran de untar con aceite. Jugueteaba sin cesar con su barba, parpadeaba rápidamente y sus labios se movían con un tic nervioso.
       —Los campos este año han dado un fruto sorprendente, en efecto —comenzó de nuevo—. Durante el viaje los he estado admirando. Desde Vorónezh hasta aquí, lo que he visto ha sido sensacional, de primera, podría decirse.
       —Tiene razón, no está mal la cosa —dijo el oficinista principal—. Pero ya sabe lo que dicen, Gavrila Antónich, el otoño puede ser sensacional, y la primavera un desastre.
       —Así es, Nikolái Yereméich, está todo en manos de Dios; esa es la única verdad en todo lo que acaba de decir… Y creo que su invitado está despierto.
       El gordo se volvió y prestó atención.
       —No, sigue dormido. Sin embargo, déjeme…
       Se acercó a la puerta.
       —Bueno, ¿es así como vamos a hacerlo, Nikolái Yereméich? —volvió a comenzar el comerciante—. Tenemos que terminar nuestro pequeño negocio… Será así, Nikolái Yereméich, así —continuó sin dejar de parpadear—. Dos pequeños billetes grises, y uno blanco para usted; pero para ellos —señaló con un gesto la casa de los amos— seis y medio. ¿Nos damos la mano?
       —Cuatro grises —respondió el oficinista principal.
       —Bueno, tres.
       —Cuatro grises sin el blanco.
       —Tres, Nikolái Yereméich.
       —Tres y medio y ni un kópek menos.
       —Tres, Nikolái Yereméich.
       —Ni una palabra más, Gavrila Antónich.
       —¡Qué difícil es usted! —murmuró el comerciante—. Me convendría más cerrar el trato con la señora.
       —Haga lo que quiera —respondió el gordo—. Debería haberlo hecho hace tiempo. ¿Qué le preocupa? ¡Mucho mejor si lo hiciera así!
       —No, no, ya es suficiente, Nikolái Yereméich. ¡Me he alterado, eso es todo! Ya se lo he dicho.
       —Pues no es así…
       —¡Ya está bien! Le digo que estaba bromeando, eso es todo. Está bien, coja sus tres y medio, no hay otra forma de arreglar las cosas con usted.
       —Deberían haber sido cuatro, pero soy un tonto, y tengo prisa —murmuró el gordo.
       —Entonces, ¿en la casa pagarán seis y medio, Nikolái Yereméich, señor, seis y medio por el grano?
       —Eso es lo que hemos acordado, seis y medio.
       —Bien, cerremos el trato, Nikolái Yereméich —el comerciante chocó sus dedos extendidos sobre la palma de la mano del oficinista principal—. ¡Gracias a Dios! —el comerciante se levantó—. Bien, señor, Nikolái Yereméich, iré a ver a la señora ahora mismo y seré anunciado, y le diré que Nikolái Yereméich ha acordado que sean seis y medio.
       —Hazlo, Gavrila Antónich.
       —Aquí tiene lo que le debo.
       El comerciante le entregó al oficinista principal un pequeño fajo de billetes, hizo una reverencia, meneó la cabeza, cogió con dos dedos su sombrero, se encogió de hombros, flexionó la cintura y salió con un crujido educado de sus botas. Nikolái Yereméich salió al vestíbulo y, por lo que pude ver, se puso a contar los billetes que le había entregado el comerciante. Una cabeza roja con patillas se asomó por la puerta.
       —¿Y bien? —preguntó la cabeza—. ¿Todo en orden?
       —Así es.
       —¿Cuánto?
       El gordo hizo un gesto irritado con las manos y señaló a mi habitación.
       —¡Muy bien! —dijo la cabeza, y desapareció.

       El gordo se dirigió hacia la mesa, se sentó, abrió un libro, cogió un ábaco, y comenzó a desplazar las cuentas de un lado a otro, no con el dedo índice sino con el medio de su mano derecha, porque resulta más elegante.
       Entró el oficinista de turno.
       —¿Qué hay?
       —Ha venido Sídor de Golopleki.
       —¡Ah! Que entre. Un momento, únicamente un momento… Echa un vistazo antes y mira si el caballero… El caballero que no es de por aquí… Si está despierto.
       El oficinista de turno entró con cautela en mi habitación. Eché la cabeza sobre mi morral, que me servía de almohada, y cerré los ojos.
       —Está dormido —susurró el oficinista de turno, regresando a la oficina.
       El Gordo murmuró algo entre dientes.
       —Bien, llama a Sídor —dijo al fin.
       De nuevo me incorporé. Entró un campesino descomunal, de unos treinta años, la imagen de la buena salud, con las mejillas rojas, el pelo castaño y una barba corta y rizada. Se santiguó mirando el icono, hizo una reverencia al oficinista principal, sostuvo su gorra entre las manos y enderezó la espalda.
       —Buen día, Sídor —dijo el Gordo, haciendo ruido con el ábaco.
       —Buen día, Nikolái Yereméich.
       —Y bien, ¿cómo estaba el camino?
       —En buen estado, Nikolái Yereméich. Un poco empantanado.
       El campesino hablaba de forma lenta y calma.
       —¿Está bien tu mujer?
       —¡Bastante bien!
       El campesino suspiró y adelantó un pie. Nikolái Yereméich se colocó la pluma detrás de la oreja y se sonó la nariz.
       —Entonces, ¿para qué has venido? —continuó preguntando, metiéndose el pañuelo a cuadros en el bolsillo.
       —Mire, Nikolái Yereméich, nos están pidiendo carpinteros.
       —Bien, pues tenéis carpinteros, ¿no es así?
       —Claro que sí, Nikolái Yereméich. Todo el mundo sabe que las casas están hechas de madera. Pero es una época de mucho trabajo, Nikolái Yereméich.
       —¡Así que es eso! Te gusta trabajar para otros, pero no quieres trabajar para tu ama… ¡Es lo mismo una cosa que otra!
       —En eso tiene razón, Nikolái Yereméich, pero…
       —¿Y bien?
       —Pagan muy mal… Y sabe…
       —¡No, no lo sé! Es increíble lo mal acostumbrados que estáis. ¡Lárgate!
       —Y tengo que decirle, Nikolái Yereméich, que el trabajo durará una semana, pero nos tendrán allí un mes entero. O bien no habrá suficientes materiales, o nos mandarán a barrer los caminos del jardín.
       —¡No sé de qué me estás hablando! La señora ha dado la orden ella misma, así que no tiene sentido que tú y yo discutamos nada.
       Sídor guardó silencio y comenzó a mover su peso de un pie a otro.
       Nikolái Yereméich echó la cabeza a un lado y comenzó a hacer ruido con el ábaco.
       —Nuestros… campesinos… Nikolái Yereméich —dijo al fin Sídor, atragantándose con cada palabra—, me han pedido que… Para usted, señor… Aquí tiene… Yo… —Se metió la mano en el bolsillo delantero del abrigo de piel de oveja y comenzó a sacar un trapo enrollado con motivos rojos—.
       —¿Qué demonios haces, imbécil, te has vuelto loco? —lo interrumpió el gordo a toda prisa—. Ve a mi cabaña —continuó, casi empujando afuera al sorprendido campesino—, pregunta por mi mujer, ella te dará té. Estaré allí en un minuto. Vamos, haz lo que te digo.
       Sídor salió.
       —¡Qué… oso! —murmuró el oficinista principal a su espalda, negó con la cabeza y volvió a ocuparse de las cuentas.

       De pronto se oyeron gritos de “¡Kupria! ¡Kupria! ¡Kupria está bien!” fuera, en la calle y en el porche, y un minuto después entró en la oficina un hombre pequeño de aspecto consumido, nariz inusualmente alargada, ojos enormes y aspecto altanero. Vestía un abrigo antiquísimo y roto de suave color lila adelaida, con un cuello de falso terciopelo y pequeños botoncitos. Llevaba un montón de leña sobre los hombros. Estaba rodeado de unos cinco sirvientes de la casa, todos ellos gritando: “¡Kupria! ¡Kupria está bien! ¡Kupria ha sido nombrado fogonero! ¡Kupria ha sido nombrado fogonero!”. Pero el hombre del abrigo de falso terciopelo no prestaba la más mínima atención a los gritos salvajes de sus camaradas y su expresión no cambió. Con pasos medidos se acercó al horno, soltó la leña, se irguió, sacó una bolsa de tabaco del bolsillo trasero, apretó los ojos y se metió por la nariz rapé de meliloto mezclado con ceniza.
       A la entrada del exuberante cortejo, el gordo se dispuso a adoptar un aire serio y a levantarse de su asiento; pero al ver de qué se trataba, se limitó a sonreír y ordenó que no gritasen, que había un cazador descansando en la habitación contigua.
       —¿Qué cazador? —preguntaron dos hombres a la vez.
       —Un terrateniente.
       —¡Ah!
       —Déjelos que griten —dijo el individuo con el cuello de falso terciopelo, extendiendo los brazos—, ¡no me molesta! Mientras no me pongan la mano encima, porque ahora soy fogonero…
       —¡Fogonero! ¡Fogonero! —canturreaba alegre la concurrencia.
       —Lo ha ordenado la señora —continuó encogiéndose de hombros—, así que cuidado, todos vosotros… Os mandarán a cuidar cerdos, eso harán. Y soy un sastre, y de los buenos, aprendí a ser sastre con los mejores profesores de Moscú y trabajé para generales, eso hice. Nadie podrá quitarme eso. ¿Y qué tenéis vosotros para presumir, digo yo? Os habéis liberado del poder de los amos, ¿verdad? ¡No sois más que malditos parásitos, eso es lo que sois, un puñado de vagos, nada más! Si yo consigo mi libertad, no me moriré de hambre, me las apañaré. Dadme mis papeles y pagaré mi alquiler y tendré contento a los amos. Pero vosotros, ¿qué podríais hacer? Sería vuestro final, está claro, como moscas, ¡seguro!
       —¡Maldita mentira! —interrumpió un muchacho marcado por la viruela y con el pelo liso, corbata roja y mangas agujereadas en los codos—. Tuviste tus papeles, y los amos no recibieron ni un kópek tuyo en concepto de alquiler, ni tampoco ganaste nada. Tenías lo justo para arrastrarte de vuelta a casa, y desde entonces has estado viviendo únicamente con el caftán que llevas puesto.
       —¿Y qué, Konstantín Narkízich? —contestó Kupria—. Un tipo se enamora, y ya está, se acabó. Tendrías que pasar por lo que pasé yo, Konstantín Narkízich, y entonces podrías juzgar.
       —¡Y mirad de quién se enamoró! ¡Era feísima!
       —No, no debes decir esas cosas, Konstantín Narkízich.
       —¿A quién tratas de engañar? La vi con mis propios ojos. El año pasado en Moscú, la vi con mis propios ojos.
       —El año pasado se encontraba muy desmejorada, eso es cierto —comentó Kupria.
       —No, caballeros, lo que yo… —interrumpió con un tono de voz despectivo un hombre alto y delgado, con la cara cubierta de granos, sin duda un ayuda de cámara, de pelo rizado y untado con pomada—. Dejen que Kupria Afanásich cante su cancioncilla. ¡Vamos, Kupria Afanásich, cante!
       —¡Sí, sí! —gritaron los otros—. ¡Vamos, Alexandra! ¡Estás listo, Kupria! ¡Vamos, Kupria, canta! ¡Vamos, Alexandra! —Los sirvientes de las casas solariegas muy a menudo hablan de un hombre utilizando el femenino, como muestra de cariño—. ¡Vamos, canta!
       —Este lugar no es para cantar —objetó Kupria con firmeza—, es una oficina.
       —¿Y qué te importa a ti eso? Te gustaría ser oficinista, ¿no es así? —respondió Konstantín con una risa ruda—. ¡Ni que decirlo!
       —Todo está en manos de la señora —contestó el pobre hombre.
       —Lo veis, ¿no? Eso es lo que le gustaría. ¡Ja, ja!
       Todos rompieron en carcajadas, y algunos empezaron a dar saltos de alegría. Uno de ellos se reía más alto que los demás, un muchacho de unos quince años, aparentemente lacayo, hijo de algún aristócrata, puesto que llevaba un chaleco con botones de bronce y una corbata color lila y había empezado a desarrollar una oronda panza.
       —Escucha un momento, Kupria, admítelo —dijo Nikolái Yereméich dándose importancia y evidentemente disfrutando de la situación—. No está bien ser fogonero, ¿verdad? Es un trabajo vacío, ¿no lo crees?
       —Mire, Nikolái Yereméich —dijo Kupria—, ahora es usted nuestro oficinista principal, eso es cierto. Nadie lo discute, nadie en absoluto. Pero usted también cayó en desgracia una vez y tuvo que vivir en una cabaña.
       —¡Más te vale no olvidar con quién estás hablando! —lo interrumpió el gordo enfadado—. Se están burlando de ti, idiota. Imbécil, deberías ser capaz de ver cómo son las cosas y agradecer que se preocuparan por ti, aunque seas tonto.
       —No ha sido mi intención, Nikolái Yereméich, lo lamento…
       —Más vale que lo digas en serio.
       La puerta se abrió y entró corriendo un muchacho.
       —Nikolái Yereméich, la señora pregunta por usted.
       —¿Quién está con ella? —preguntó Yereméich al muchacho.
       —Aksinia Nikítishna y el comerciante de Veniovo.
       —Estaré allí en un minuto. Y vosotros, muchachos —continuó con tono persuasivo—, será mejor que os marchéis de aquí con el recién nombrado fogonero, porque es posible que el alemán se deje caer con una queja de un momento a otro.

       El gordo se arregló el pelo, tosió en su mano que estaba prácticamente cubierta por la manga de un abrigo, se abotonó y se puso en marcha, separando los pies al andar, a ver a la señora. Poco después hacía lo propio todo el grupo junto con Kupria. El único que se quedó fue mi viejo amigo, el oficinista de turno. Se dedicó a afilar las plumas, pero al poco de sentarse se quedó dormido. Varias moscas aprovecharon de inmediato su buena suerte y se asentaron sobre sus labios. Un mosquito se posó sobre su frente, separó sus piececillos de forma correcta y con parsimonia insertó todo su aguijón en aquel cuerpo suave. El pelirrojo de un rato antes, con las patillas, apareció en el umbral de la puerta, echó un vistazo una y otra vez y entró con su poco atractivo torso.
       —¡Fédiushka! ¡Fédiushka! ¡Siempre dormido! —dijo.
       El oficinista de turno abrió los ojos y se levantó de la silla.
       —¿Ha ido Nikolái Yereméich a ver a la señora?
       —Así es, Vasili Nikoláich.
       Ah, pensé, es este, el cajero principal.
       Comenzó a recorrer la habitación, aunque parecía más bien merodear que caminar y recordaba el movimiento de un gato. Una viejísima levita negra de cola estrecha saltaba sobre sus hombros, se llevaba una mano al pecho mientras con la otra acariciaba sin cesar su corbata de crin de caballo demasiado apretada, y giraba la cabeza de un lado a otro con evidente esfuerzo. Lucía botas de piel de cordero que no chirriaban y se movía con precaución.
       —Hoy el terrateniente de Yágushka preguntó por usted —dijo el oficinista de turno.
       —¿De veras? ¿Qué dijo?
       —Dijo que iría a Tiútiurev por la noche y que lo esperaría allí. Dijo que quería discutir algo con Vasili Nikoláich, pero no dijo qué, dijo que él ya lo sabía.
       —¡Hum! —exclamó el cajero principal, y se dirigió a la ventana.

       —¿Está Nikolái Yereméich en la oficina? —se oyó una voz desde el porche, y un hombre alto, evidentemente enfadado, con rasgos poco regulares pero expresivos y bastante bien ataviado entró en la habitación—. ¿No está? —preguntó, mirando sin perder un minuto a su alrededor.
       —Nikolái Yereméich está con la señora —respondió el cajero—. Dígame lo que quiere, Pável Andréich. Usted sabe que me lo puede decir… ¿Qué es lo que quiere?
       —¿Qué qué quiero? ¿Quiere saber lo que quiero? —El cajero asintió con esfuerzo—. Quiero darle una lección, a ese gordo inútil, esa víbora… ¡Le daré algo por lo que merecerá la pena que se oculte!
       Pável se tiró a una silla.
       —Pero ¿qué ocurre, Pável Andréich? Cálmese… ¿No le da vergüenza? ¡No debe olvidar a quién se refiere, Pável Andréich! —comenzó a balbucir el cajero.
       —¿Y a quién? ¿Qué más me da que lo hayan nombrado oficinista principal? ¡Vaya tipo al que ascender, digan lo que digan! ¡Todo lo que puede decirse es que han soltado al zorro en el corral!
       —¡Ya basta, Pável Andréich! ¡Ya basta! ¡No diga más! ¿Qué tonterías son esas?
       —Bueno, el zorro ha ido de paseo. ¡Lo esperaré aquí! —dijo Pável enfurecido, y golpeó la mesa con su puño—. ¡Ah, ahí viene! —dijo, asomándose a la ventana—. ¡Hablando del Rey de Roma! ¡Lo saludo, señor! —se puso de pie.
       Nikolái Yereméich entró en la oficina. Su rostro brillaba de satisfacción, pero al ver a Pável pareció algo embarazado.
       —Hola, Nikolái Yereméich —dijo Pável con intención, acercándose despacio a saludarlo—, hola.
       El oficinista principal no respondió. El rostro del comerciante se asomó por el umbral.
       —¿Por qué no tiene la cortesía de responder? —continuó Pável—. De todas formas, no… No —añadió—, no son formas, no se conseguirá nada gritando y maldiciendo. No, lo mejor sería que hicieras lo correcto y me dijeras, Nikolái Yereméich, por qué me estás persiguiendo. Por qué me quieres arruinar, ¿eh? Bien, pues habla, oigámoslo.
       —Este no es el lugar para explicaciones —contestó el oficinista principal, no sin cierto sentimiento—. Y tampoco el momento. Solo confieso que una cosa sí me sorprende. ¿De dónde has sacado la idea de que quiero arruinarte o de que te estoy persiguiendo? Después de todo, ¿cómo podría perseguirte yo? No trabajas aquí, en la oficina.
       —Eso es cierto —contestó Pável—, ¡sería lo que faltaba! Pero ¿por qué seguir fingiendo, Nikolái Yereméich? Ya sabes a qué me refiero.
       —Pues no.
       —Sí, lo sabes muy bien.
       —No, por Dios, no lo sé.
       —¡Y encima por Dios! Si estamos con esas, dime: ¿es que no tienes miedo de Dios? ¿Por qué estás arruinando la pobre vida de una muchacha? ¿Para qué la necesitas?
       —¿De quién hablas, Pável Andréich? —preguntó el gordo con asombro fingido.
       —¡Ah! Así que no lo sabe, ¿verdad? Le hablo de Tatiana. Usted debería ser un hombre temeroso de Dios, ¿por qué intenta vengarse? ¡Debería avergonzarse! Es un hombre casado, tiene hijos altos como yo, y yo no soy distinto, quiero casarme. Actúo de forma honorable.
       —¿Y de qué tengo culpa yo, Pável Andréich? La señora no le permite a usted casarse, ¡ella es la que manda! ¿Qué tengo yo que ver con esto?
       —¿Cómo? Entonces ¿no ha estado usted maquinando a nuestras espaldas con esa vieja arpía, el ama de llaves? Entonces ¿no ha estado usted armando líos por aquí y por allá? ¿No ha estado usted contando todo tipo de mentiras sobre esa pobre muchacha indefensa? ¿No ha sido entonces gracias a sus esfuerzos que la han rebajado de la lavandería a fregar platos? ¿Y no ha sido por sus esfuerzos que la están golpeando y obligándola a llevar harapos? ¡Debería avergonzarse, viejo verde! ¡Debería quedarse paralítico! ¡Espere y verá! ¡Tendrá que responder al Altísimo por su comportamiento!
       —Son palabras muy fuertes, Pável Andréich, muy fuertes… ¡Pero no va a durar mucho más!
       Pável explotó.
       —¿Cómo dice? Así que ahora amenaza, ¿no? —dijo enojado—. ¿Piensa que le tengo miedo? ¡No, viejo, ha encontrado la horma de su zapato! ¿De qué tengo que asustarme? Puedo ganarme la vida como quiera. Pero usted, ¡eso es distinto! Usted solo puede vivir aquí, y vivir de sus rumores y de sus pillajes…
       —¡Oh, escuchadlo, dándose aires! —interrumpió el oficinista principal, quien también comenzaba a perder la paciencia—. Un médico, no es más que eso, ¡un maldito doctorcillo de tres al cuarto! ¡Pero escuchadlo, se cree que es alguien importante!
       —¡Sí, un médico, sin el cual su señoría estaría pudriéndose en el cementerio ahora mismo! No sé por qué lo curé, señor mío —añadió entre dientes.
       —¿Que usted me curó? No, no, usted quería envenenarme, me hizo beber acíbar —objetó el oficinista principal.
       —¿Y qué, si era lo único que le hacía efecto?
       —El acíbar está prohibido por las autoridades médicas —continuó Nikolái—, y tendré que quejarme contra usted. Diré que ha intentado matarme, ¡lo haré! Pero que el Buen Dios no lo permitió.
       —Ya es suficiente, caballeros —empezó el cajero.
       —¡Cállese! —gritó el oficinista principal—. ¡Quería envenenarme! ¿Es que no lo entiende?
       —Lo entiendo todo… Mire, Nikolái Yereméich —exclamó Pável desesperado—, por última vez se lo pido; usted me ha estado presionando, me ha hecho las cosas imposibles. Déjenos en paz, ¿lo entiende? O si no, por Dios se lo juro, uno de los dos se arrepentirá de esto, ¡puedo asegurárselo!
       El gordo se volvió loco.
       —¡No le tengo miedo! —gritó—. ¿Me oye, pipiolo? ¡No tiene usted ni media vuelta! Se lo hice a su padre ¡y haré lo mismo con usted!
       —¡No mencione usted a mi padre, Nikolái Yereméich, déjelo fuera de esto!
       —¡No me lo puedo creer! ¿Quién es usted para darme ordenes?
       —¡Se lo advierto, déjelo fuera!
       —Y yo se lo advierto a usted, no se olvide de sus maneras… ¡No importa lo mucho que la señora lo necesite a usted en su opinión; si tiene que elegir entre ambos, usted no tendría ni una oportunidad, amigo mío! —Pável se estremeció de furia—. Y la muchacha, Tatiana, se merece lo que le ha tocado… ¡Ya verá lo que le espera!
       Pável se abalanzó hacia el hombre con los puños alzados y el oficinista principal cayó al suelo con estrépito.
       —¡Encadénenlo! —rugía Nikolái Yereméich.
       No me molestaré en describir el final de esta escena porque me temo que ya he mancillado la sensibilidad de los lectores.
       Aquel día regresé a casa. Una semana más tarde me enteré de que la señora Losniakova había mantenido a su servicio tanto a Pável como a Nikolái, pero que se había desprendido de la muchacha llamada Tatiana; evidentemente no la necesitaba.




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