Iván S. Turguénev
(Orel, Rusia, 1818 - Bougival, Francia, 1883)


Ovsiánikov el “odnodvorets” (1847)
[“El Palacio de Ovsyannikov”]

(“Однодворец Овсянников”)
Originalmente publicado en la revista Современник [El Contemporáneo]
Núm. 5 (1847), págs. 148-165;
Записки охотника [Relatos de un cazador, Del álbum de un cazador]
(San Petersburgo, 1852)



      Imaginen, queridos lectores, un hombre orondo, alto, de unos setenta años, con una cara que recuerda un tanto a la de Krílov, con una mirada sabia y honesta bajo unas cejas saltonas, de comportamiento digno, discurso medido y andares lentos: ahí tienen a Ovsiánikov. Vestía una levita azul de mangas largas, abotonada hasta arriba, un pañuelo de seda lila, botas lustradas con espuelas, y en general aspecto de comerciante próspero. Sus manos eran hermosas, blancas y suaves, y a menudo, en el curso de la conversación, jugaba con los botones de su levita. Ovsiánikov, con toda su dignidad y aspecto de estatua, con toda su malicia e indolencia, su forma directa de dirigirse a los demás y su cabezonería, me recordaba a los boyares rusos de los tiempos anteriores a Pedro el Grande… Una feriaz [el vestido ruso tradicional de la época previa a la europeización de Rusia] le habría sentado bien. Era uno de los últimos representantes de aquella época pretérita.
       Todos sus vecinos lo tenían en la más alta estima, y consideraban un honor conocerlo. Sus propios empleados, los odnodvortsi, prácticamente lo adoraban, se quitaban los sombreros en su presencia, y ya lo admiraban en la distancia. En términos generales, entre nosotros ha sido complicado distinguir al granjero de caserío del campesino. Sus fincas están apenas mejor cuidadas que las de estos últimos, alimentan a las terneras con alforfón, sus caballos apenas están vivos y tienen riendas de cuerdas. Ovsiánikov era una excepción a la regla, aunque no habría podido pasar por rico. Vivía solo con su esposa en una casita cómoda y bien cuidada, y solo tenía unos cuantos criados, vestidos con ropas típicas rusas y por él llamados “obreros”. Eran los que le trabajaban la tierra. Él no se propuso convertirse en miembro de la clase acomodada, nunca pretendió ser un terrateniente, nunca “se olvidó de su lugar”, hasta el punto de sentarse a la primera invitación a hacerlo: cuando aparecía un nuevo invitado, siempre se alzaba; pero lo hacía con tal dignidad, con tal exhibición de buenas maneras, que el invitado no podía evitar doblarse en una profunda reverencia.
       Ovsiánikov seguía las antiguas tradiciones no por superstición (tenía una personalidad razonablemente liberal) sino más bien por costumbre. Por ejemplo, no le gustaban los carros con muelles porque no los encontraba cómodos, de manera que o bien iba por ahí en su droshki o en un pequeño carro rojo con un cojín de piel, tirado por su buen bayo trotador, que conducía él mismo. (Solo poseía bayos). El cochero, un muchacho joven con las mejillas encendidas y un flequillo, vestido con una chaqueta de cuero azulada y amarrada con un cinto y con una gorra de lana, iba sentado respetuosamente a su lado. Ovsiánikov siempre dormía después de la cena, visitaba los baños los sábados, solo leía libros filosóficos (para cuyo propósito se colocaba con importancia unas gafas redondas sobre la nariz), se levantaba y se iba a la cama temprano. Sin embargo, iba siempre afeitado y llevaba el pelo cortado al estilo alemán. Recibía a sus invitados de forma muy cortés y amigable, pero no solía doblarse en reverencias delante de ellos; nunca organizaba nada especial para ninguno de ellos, nunca les ofrecía salazones o frutos secos. “¡Mujer!”, decía despacio, sin levantarse y volviendo apenas la cabeza hacia ella. “¡Trae algo de comer a los caballeros!”. Consideraba que era pecado vender trigo, puesto que era el regalo de Dios a los hombres, y en 1840, durante un tiempo de hambruna y de inflación terrible, había repartido sus reservas entre todos los terratenientes locales y los campesinos. Al año siguiente, agradecidos, todos pagaron esta deuda en especies.
       Los vecinos solían acudir a Ovsiánikov con peticiones de que arbitrara sus conflictos, y casi siempre se sometían a su juicio y seguían sus consejos. Muchos volvieron a dividir sus tierras a causa de sus intervenciones… Pero después de dos o tres encontronazos con los terratenientes anunció que a partir de entonces se negaba a mediar entre los miembros del sexo femenino. No soportaba los líos ni las ansiedades femeninas, ni tampoco el parloteo incesante y la “agitación”. Un día su casa ardió. Uno de sus trabajadores corrió a él gritando “¡Fuego! ¡Fuego!”, “¿Por qué gritas?”, preguntó Ovsiánikov con calma. “Tráeme mi sombrero y mi bastón…”. Le encantaba entrenar caballos. En una ocasión un caballo, un bitiuk[1] algo nervioso, lo lanzó colina abajo a una hondonada. “Eh, eh, pequeño demente, te vas a matar”, le reprochó Ovsiánikov con ternura, y un instante después él mismo cayó en la hondonada junto con el droshki, el muchacho sentado detrás de él y el propio caballo. Por fortuna había montículos de arena al fondo de la hondonada. Nadie resultó herido y el caballo solo se dislocó la pata. “Bueno, ya ves”, continuó Ovsiánikov con voz calma, levantándose del suelo, “ya te lo dije”.
       Y había elegido a su esposa él mismo, Tatiana Ilínichna Ovsiánikov, una mujer alta, digna y taciturna, con un pañuelo de seda siempre atado alrededor de la cabeza. Transmitía una sensación de frialdad, aunque no se trataba de que se quejasen de su trato severo, al contrario, muchos pobres la llamaban madre y benefactora. Sus facciones regulares, los grandes ojos oscuros y los labios finos delataban que había sido una mujer muy bella. Los Ovsiánikov no tenían hijos.

       Me lo encontré en Radílov, como ya sabe el lector, y un par de días más tarde fui a visitarlo. Lo hallé en casa. Estaba sentado en un amplio sillón y estaba leyendo un libro sobre la vida de los santos. Un gato gris ronroneaba sobre su hombro. Iniciamos una conversación.
       —Dime la verdad, Lulca Petróvich —comenté de pasada—. Seguro que en tus tiempos las cosas eran mejores.
       —Algunas cosas lo eran de verdad, te lo aseguro —respondió Ovsiánikov—. Vivíamos vidas tranquilas, y es cierto que había mucho más de todas las cosas… Pero todo es mejor ahora. Y será incluso mejor para tus hijos, si Dios quiere.
       —Luka Petróvich, esperaba que te pusieras a cantar las alabanzas de los días pasados.
       —No, no tengo ninguna razón en especial para hacerlo. Te daré un ejemplo. Piensa en ti, eres un terrateniente, tanto como lo era tu difunto abuelo, ¡pero nunca tendrás tanta autoridad como él! Y lo que es más, no eres el mismo tipo de hombre. Hoy día son otras las personas que nos presionan, parece que uno nunca se libra de eso. Moler es la única forma de obtener harina. No, no creo que vea hoy día mucho de lo que solía ver en mi juventud.
       —¿Cómo qué?
       —Fíjate, por ejemplo, en lo que te voy a contar sobre tu abuelo. ¡Era un hombre de autoridad, sin duda! Nos aplastaría. Es muy probable que sepas… Bueno, por supuesto conoces tus tierras; pues el trozo de tierra que se extiende desde Chapligino hasta Malinin, que ahora está cubierto de avena… Bueno, pues esa tierra es nuestra, como siempre lo fue. Tu abuelo nos la arrebató. Fue a caballo hasta allí, apuntó con el dedo y dijo: “Esa tierra es mía”, y la cogió. Mi padre, que ahora está muerto (el Señor lo tenga en su gloria), no era más que un hombre, pero tenía un carácter de mil demonios, y no se quedó callado, ¿quién quiere perder sus tierras, de todas formas?; así que lo llevó a juicio. Él fue a juicio, como te digo, pero muchos otros no; tenían demasiado miedo. Así que a tu abuelo se le comunicó que Piotr Ovsiánikov había presentado una queja en su contra, al efecto de que se le había arrebatado tierra… Tu abuelo no tardó en enviarnos a su montero junto con otros hombres. Agarraron a mi padre y lo llevaron a tu finca. Yo era un niño pequeño, y corrí detrás de él descalzo. ¿Y qué crees que pasó? Lo llevaron a tu casa y allí le dieron una paliza justo debajo de las ventanas. Y tu abuelo salió al porche a verlo todo, eso hizo. Y tu abuela estaba sentada a la ventana, mirando también. Mi padre gritó: “Querida señora, Maria Vasílievna, ¡ayúdeme, tenga piedad de mí!”. Pero ella se limitó a ponerse un poco de pie para verlo mejor. Así que obligaron a mi padre a prometer que entregaría la tierra, y le ordenaron que les agradeciera que lo dejaran con vida. Así que desde entonces es tuya. Ve y pregúntale a los campesinos cómo se llama ese trozo de tierra. “El trozo de la porra” lo llaman, porque fue conseguido con una porra. Por eso, como te digo, la gente simple no tenemos mucho que echar de menos de épocas pasadas.
       No sabía qué decirle y no me atrevía a mirarlo a los ojos.
       —Y había otro vecino nuestro en aquellos días, Kómov, Stepán Niktopoliónich. Era un auténtico problema para mi padre; si no era por una cosa, era por otra. Era un borracho y le gustaba hacer de anfitrión, y tan pronto como había tomado un sorbo de algo decía en francés, “Se bon”, lamiéndose los labios; ¡y entonces se armaba la de Dios! Enviaba decir a todos sus vecinos que lo visitasen. Tenía siempre las troikas preparadas, y si uno no iba a verlo, entonces él bajaba a verlo a uno sin perder un minuto… ¡Qué tipo tan extraño! En un estado “sobrio” nunca contaba una mentira, pero tan pronto como bebía un sorbo empezaba a decir que tenía tres casas en San Petersburgo en la Fontanka, una roja con una chimenea, otra amarilla con dos chimeneas y una tercera azul sin chimeneas, y tres hijos (aunque nunca había estado casado), uno en el ejército, uno en la caballería, y el otro soldado raso… Y después decía que cada uno de los hijos vivía en una de las casas, que el mayor recibía almirantes, el segundo generales, ¡y el tercero nada excepto ingleses! Después se ponía de pie y decía: “¡A la salud de mí hijo mayor, el más respetado de todos!”, y entonces se ponía a llorar. ¡Y cuidado con oponerse a brindar con él! “¡Te dispararé!”, gritaba entonces. “¡Y no permitiré que te entierren!”. O bien se ponía a dar saltos y a gritar: “¡Bailad, gentes de bien, bailad hasta que no podáis más, para mi regocijo!”. Bueno, pues había que bailar; aunque aquello matara, había que hacerlo. Era un auténtico incordio para sus muchachas campesinas. Las hacía cantar a coro toda la noche, hasta el amanecer, y la que alcanzara la nota más aguda se llevaba un premio. Y tan pronto como se cansaban él apoyaba su cabeza en su mano y comenzaba a lloriquear: “¡Soy el mayor huérfano del mundo! ¡Todos me abandonáis!”. Entonces los muchachos de los establos trataban de darles fuerzas para que continuaran. Mi padre se convirtió en uno de sus favoritos, pero no podía evitarlo, ¿no cree? Casi lo lleva a la tumba, y lo habría hecho si no se hubiera muerto antes, gracias al cielo, cayéndose de un palomar una vez borracho… ¡Esa era la clase de vecinos que teníamos entonces!
       —Cómo han cambiado los tiempos —observé.
       —Sí, sí —accedió Ovsiánikov—. Aun así, debe decirse que en el pasado los caballeros vivían con más suntuosidad. Y no digamos los aristócratas, de los que vi hasta hartarme en Moscú. Dicen que ya no quedan muchos.
       —¿Ha estado en Moscú?
       —Sí, hace mucho, mucho tiempo. Pronto cumpliré los setenta y tres años, y fui a Moscú cuando tenía dieciséis.
       Ovsiánikov suspiró.
       —¿A quién vio allí?
       —Vi a muchos personajes importantes, y me enteraba de todas sus cosas, y todos ellos vivían su vida en público, para que todos los admirasen y se maravillasen. Solo que ni uno podía compararse con el Conde Alekséi Grigórievich Orlov-Chesmenski. Solía ver a Alekséi Grigórievich a menudo porque mi tío era su mayordomo. El Conde vivía cerca de las puertas de Kaluga, en Shabálovka. ¡Era un auténtico aristócrata! Una compostura, unas palabras tan graciosas de bienvenida… Inimaginable, indescriptible. Solo su altura era algo valioso, y en lo que concierne a su fuerza… ¡Qué ojos! Si uno no lo conocía, no lo había visto cara a cara, se habría sentido muy asustado y tímido, pero tan pronto como se lo conocía él traía el calor del sol para inundar la vida, y uno se sentía lleno de dicha. Admitía a todos a su presencia, y le interesaban todas las cosas. En las carreras conducía él mismo, y no le importaba competir con cualquiera, nunca adelantándolos, nunca humillando a nadie, nunca alejándose, limitándose a ganar terreno al final. Y era tan amable, sobre todo consolando a su oponente y alabando su caballo. Solía poseer la mejor clase de paloma volteadora. Salía al patio, se sentaba en un sillón y ordenaba que las soltaran. Y sobre todos los techos había hombres a su cargo armados con escopetas para protegerlas de los halcones. Colocaban un enorme cuenco de plata lleno de agua a sus pies, y el Conde veía las palomas reflejadas en ella. Cientos de mendigos y vagabundos vivían de su caridad, ¡y la cantidad de dinero que entregaba! Pero cuando se enfadaba era como el rugir de la tormenta. Asustaba aunque uno no tuviera nada que reprocharse. Un instante después se lo miraba y ya estaba sonriendo. Daba festines, ¡todo Moscú se emborrachaba! ¡Qué tipo tan listo! Después de todo, había vencido a los turcos. Amaba la lucha cuerpo a cuerpo también. Se hacía traer tipos fuertes de Tula y de Járkov y de Tambov, y de muchos otros lugares. Si él ganaba a alguien, le daba un premio, pero si le ganaban a él entregaba una recompensa prodigiosa, y besaba al vencedor en los labios… Durante mi estancia en Moscú organizó una cacería como nunca se ha visto en Rusia. Invitó a todos los cazadores de todas partes del reino a que asistieran, y anunció la fecha tres meses antes. Así se reunieron todos. Trajeron perros y cazadores, ¡formaban un ejército entero! Primero festejaron cómo debía hacerse, y después todos se pusieron en marcha hacia las puertas de la ciudad. ¡Qué multitud, empujando, dando bandazos! ¿Y qué cree que ocurrió? Fue la perra de su abuelo la que los venció a todos.
       —¿Se refiere a Apuesta? —pregunté.
       —Sí, Apuesta, eso era… El Conde comenzó a decir: “Véndeme a tu perra. Te doy lo que quieras por ella”. “No, Conde”, dijo su abuelo, “no soy un comerciante, no voy por ahí vendiendo porquerías, y como cuestión de honor estaría preparado a entregar mi vida, pero no me desprenderé de Apuesta… Antes que me encierren”. Y Alekséi Grigórievich alabó sus palabras. “Eso es lo que me gusta oír”, dijo. Su abuelo la trajo de vuelta montada en el carruaje. Y cuando Apuesta murió, la enterró en el jardín con una banda de música, y después levantó una lápida con una inscripción sobre su tumba.
       —Así que Alekséi Grigórievich nunca trató a nadie mal —observé.
       —Así es como ocurre: son los menos importantes los que se ceban en la poca importancia de los demás.
       —¿Y qué clase de tipo era este Baush? —pregunté tras una pausa.
       —¿Cómo es posible que haya oído hablar de Apuesta pero no de Baush? Era el montero jefe de su abuelo, estaba a cargo de los perros. Su abuelo le tenía tanto cariño como a Apuesta. Era salvajemente leal, y siempre que su abuelo le ordenaba que hiciera algo, lo hacía en un momento, aun si podía llevarse una puñalada por ello… Y cuando soltaba los perros a seguir algún rastro, el bosque entero se llenaba de sus gritos. Y entonces de pronto se ponía recto, se deslizaba de su caballo y se tiraba al suelo. Cuando los perros no podían oír su voz, entonces ya estaba ¡todo había terminado! Abandonaban el rastro y todo les daba igual. ¡Y su abuelo se enfadaba, ya le digo! “¡La vida”, decía, “no merece la pena ser vivida, a no ser que le dé su merecido a ese inútil! ¡Le arrancaré al Anticristo de dentro! ¡Le meteré las espuelas por la garganta, lo prometo!”. Y entonces lo enviaban a enterarse de qué iba mal, y por qué los perros no habían sido despachados. Y cuando las cosas se terciaban de esa guisa, Baush solía pedir algo de beber, se tomaba una copa, se ponía de pie y comenzaba sus aullidos de nuevo.
       —Me da la impresión de que a usted también le gusta cazar, Luka Petróvich.
       —Me habría gustado… Es cierto. Pero ahora no, ahora ya soy viejo… De joven habría estado bien… Pero ahora resulta complicado, debido a mi posición. No está bien que los de mi clase intentemos comportarnos como caballeros. Bueno, ya sabe que ha habido muchos entre nosotros, granjeros, borrachos e incompetentes, que han sido serviles con sus señores y amos; ¡y mucho bien que les ha hecho eso! Solo han conseguido ponerse en evidencia. Les darán algún caballo de tercera que anda dando brincos y que les arrancará el sombrero de la cabeza una y otra vez, o bien los alcanzará alguna fusta supuestamente dirigida al animal, y tendrán que pretender reírse de todo y hacer que los demás se rían. No, como digo, cuanto más baja sea tu posición, más estrictamente deberás comportarte, si no terminas en el barro.
       “Así es —continuó Ovsiánikov con un suspiro—, ha llovido mucho desde que nací y los tiempos ahora son distintos. Sobre todo he observado un gran cambio entre los caballeros. Los menos importantes entran a formar parte del servicio burocrático. Si no lo logran no pueden quedarse en el mismo sitio; y respecto a los importantes, bueno, ya no se los reconoce. Me he hartado de observarlos, por ejemplo, con objeto de la división última de la tierra. Y tengo que decirle una cosa: anima el corazón de un hombre ver cuánto se preocupan y el buen corazón que tienen. Lo único que me sorprende es que son tan educados y hablan tan bien que uno no puede evitar sentirse impresionado, y sin embargo no entienden cómo funcionan los negocios, ni se dan cuenta de qué es lo que más les conviene. ¡Fíjese que cualquiera de sus campesinos, digamos un intendente, los puede manipular a su antojo! Probablemente conoce a Koroliov, Alexánder Vladímirich; él es un caballero, ¿verdad? Apuesto, rico, ha sido universitario, o eso parece, ha estado en el extranjero, es un hombre de palabras mansas, sin pizca de vanidad y que le estrecha la mano a todo el mundo. ¿Sabe a quién me refiero? Bueno, pues escuche esto. La semana pasada nos congregamos todos en Beriózovka por invitación del mediador Nikífor Ílich. Y el mediador Nikífor Ílich nos dijo: “Caballeros, tenemos que revisar los límites de nuestras propiedades. Es una vergüenza que nuestra zona haya caído en tal confusión. Sentémonos y hagamos el trabajo”. Así que todos nos pusimos manos a la obra. Como era habitual, hubo debates y discusiones y nuestro asesor legal comenzó a enfadarse. Pero el primero que estalló fue Ovchínnikov, Porfiri. ¿Y por qué? No poseía ni un vershok de tierra, pero actuaba en nombre de su hermano. Gritó: “¡No, no me engañaréis! ¡No me convertiréis en un tonto! ¡Entregadme los planos! ¡Dejadme que le ponga la mano encima al agrimensor, dejadme que atrape a ese Judas!”. “Entonces ¿qué quieres?”. “¡Señor, qué idiota! ¿De veras crees que voy a decirte abiertamente lo que quiero? ¡Limítate a entregarme esos planos!”. Y descargó su puño contra ellos. Marfa Dmítrievna se sintió insultada, y gritó: “¿Cómo te atreves a insultar mi buen nombre?”. Y él dijo: “Tu buen nombre no valdría para mi yegua”. Lo obligaron a tomar un sorbo de Madeira. Se calmó, pero entonces comenzaron otros. Koroliov, Alexánder Vladímirich, estuvo sentado todo el tiempo sin decir ni media palabra en una esquina mientras chupaba el mango de su bastón, y se limitaba a mover su cabeza arriba y abajo. Y yo me pregunté qué pensaba sobre todos nosotros. Entonces vi que mi Alexánder Vladímirich se había levantado y daba la impresión de que quería decir algo. El mediador dijo dándose aires: “Caballeros, caballeros. Alexánder Vladímirich quiere decir algo”. Y hay que admitir su mérito, puesto que todos dejaron de hablar. Así que Alexánder Vladímirich comenzó y dijo que nosotros, por así decir, nos habíamos olvidado de por qué estábamos allí, que aunque la revisión de las particiones era indiscutiblemente más beneficiosa para los terratenientes, ¿para qué había sido introducida realmente? Pues para asegurar que los campesinos tuvieran una vida más sencilla, pudieran trabajar y cumplir con sus obligaciones de forma más fácil. Tal y como estaban las cosas, el campesino ni siquiera sabía qué tierra le correspondía, o bien tenía que desplazarse cinco verstas o más para ararla, así que nunca se sabía cuánto se le debía pedir como pago. Después Alexánder Vladímirich dijo que era un pecado para el terrateniente no molestarse por la calidad de vida de sus campesinos, que los campesinos los ponía Dios en sus manos, y finalmente que, si uno pensaba sobre ello razonablemente, las ventajas para ellos eran las mismas que para nosotros, que todo era al final lo mismo: lo que era bueno para ellos lo era también para nosotros, lo que los perjudicaba nos perjudicaba a nosotros, y que en consecuencia era pecaminoso y estúpido no lograr acuerdos a causa de disputas superficiales, etc., etc. ¡Cómo hablaba! Le arrancaba a cualquiera el alma. Todos los presentes adoptaron una actitud de decepción, y yo estaba al borde del llanto. ¡No se encontraría un discurso como aquel ni en los libros antiguos! Pero ¿cómo terminó todo? Él mismo no quería entregar y vender una mera docena de desiatinas de ciénaga musgosa. Dijo: “Arrancaré la ciénaga con mis propios hombres y colocaré allí una fábrica de paño, con las últimas mejoras. He elegido ese lugar en particular”, explicó, “y tengo mis propias razones para ello…”. Aunque en cierta forma tenía derecho a hacerlo, todo se debía a que su vecino, Antón Karásikov, no le había entregado al administrador de Koroliov un soborno de cien rublos en billetes. Así que nos dispersamos sin haber llevado a cabo lo que teníamos que hacer. Y Alexánder Vladímirich aún continúa creyéndose con la razón, y habla sobre la fábrica de paño, aunque no hace nada por el drenaje.
       —¿Cómo administra su finca?
       —Siempre está introduciendo nuevas reglas, eso es lo que hace. A sus campesinos no les gusta, pero no tiene motivos para escucharlos. Él está haciendo lo correcto.
       —¿Cómo puede decir eso, Luka Petróvich? Creía que deseaba mantener el viejo orden.
       —Yo soy distinto. No soy caballero, ni dueño de una finca. ¿A cuánto suma mi granja, después de todo? De todas formas, no sé hacer las cosas de otra manera. Intento seguir la justicia y las leyes, ¡y doy gracias a Dios de que existan! A los caballeros jóvenes no les convence el viejo orden, y yo los admiro por ello. Es hora de que empecemos a usar la cabeza. El único problema es que los caballeros de la nueva era son demasiado listos. Tratan al campesino como si fuera un muñeco, juegan con él, le mandan hacer esto y lo otro, lo rompen y luego lo tiran. Y su administrador, que es un campesino también, o su encargado, que es un alemán, ellos también clavan sus garras en el campesino. ¡Si solo uno de los jóvenes caballeros diera ejemplo de cómo debería tratarse a los campesinos! ¿Dónde terminaría entonces? ¿Es que me voy a morir sin ver ninguna forma nueva de actuar? ¡Qué parábola! ¡Los viejos han muerto, pero los jóvenes no han nacido todavía!
       No sabía qué decirle a Ovsiánikov. Él se volvió, se acercó hasta mí, y continuó en voz baja:
       —¿Has oído hablar de Vasili Nikoláich Liubozvónov?
       —No, no he oído hablar sobre él.
       —Entonces, por favor, explícame esta increíble forma de actuar. No soy capaz de entenderlo. Sus propios campesinos me lo han contado, pero no entiendo de qué me hablan. Es un hombre joven, y acaba de obtener su herencia tras la muerte de su madre. Pues bien, viajó hasta su finca. Los campesinos todos se reunieron para ver a su amo. Vasili Nikoláich se acercó a conocerlos. Los campesinos lo observaron y, ¡qué visión!, el amo apareció con pantalones de terciopelo como si fuera un cochero, y se había plantado unas botas muy vistosas con lacitos y una camisa roja de campesino y el caftán de un cochero. Llevaba la barba larga y tenía un sombrero de una clase tan extraña que su cabeza y su rostro parecían algo raros; tal vez estuviera borracho, o tal vez no, pero ciertamente no estaba en sus cabales. “¡Salud, muchachos!”, dijo. “¡El Señor esté con vosotros!”. Los campesinos le hicieron una reverencia, solo que no dijeron nada, todos apocados, ya sabes. Así que él también se sintió azorado. Intentó improvisar un discurso: “Soy ruso, ya veis”, dijo, “y vosotros sois rusos. Amo todo lo ruso… Tengo un alma rusa, como si dijéramos, y eh… Tengo sangre rusa…”. Entonces, de repente dio una orden: “¡Hijos míos, cantadme una auténtica canción rusa, una de vuestras tonadillas!”. Las rodillas de los campesinos temblaron ante esto, y se sintieron auténticos idiotas. Un tipo valeroso inició una tonada, solo para sentarse de repente en el suelo y esconderse detrás de los otros… Eso es lo que tiene que sorprenderte, ya sabes, que tengamos terratenientes como ese, terribles como caballeros, locos de remate, es cierto, que se visten de cochero y bailan y tocan la guitarra y cantan y beben con sus propios criados domésticos, y festejan con los campesinos. Pero este, Vasili Nikoláich, es igualito a una muchacha, se Pasa todo el tiempo leyendo y escribiendo libros, o si no va Por ahí recitando versos, sin hablar con nadie, no creas, es muy tímido con la gente, así que sale de paseo él solo en el jardín, o está aburrido o triste. El antiguo intendente al principio estaba aterrorizado. Antes de la llegada de Vasili Nikoláich iba de una a otra casa de campesinos, comportándose como un gato que sabe que se ha comido la carne de otro. Y los campesinos se animaron y pensaron: “¡La que te va a caer! ¡Oh, oh, te colgarán por lo que has hecho, tendrás que aprender un nuevo baile, malnacido!”. Pero en lugar de eso resultó que… ¿Cómo explicarlo? ¡No creo que el mismo Señor sepa realmente cómo resultó! Vasili Nikoláich hizo venir al intendente y le dijo: “Tienes que limitarte a tu trabajo, sin machacar a nadie, ¿me oyes?”. ¡Pero desde entonces no ha vuelto a hablar con él! Vive en su propia finca como si no le perteneciera. Bueno, por supuesto que el intendente suspiró de alivio, y los campesinos tampoco se han atrevido a acercarse a Vasili Nikoláich porque tienen miedo. Y lo que también es sorprendente es que su amo va por ahí haciéndoles reverencias a todos, y mirándolos con simpatía, lo que a ellos solo les provoca ardores de estómago. ¿Qué tipo de maravillas son esas, digo yo?… Oh, es posible que me haya vuelto viejo y estúpido, y que ya no entienda las cosas…
       Dije a Ovsiánikov que lo más probable era que el señor Liubozvónov estuviera enfermo.
       —¡Enfermo! Es más ancho que alto, y su cara, el Señor lo ayude, tan amplia como puede serlo, a pesar de su juventud… Y aun así, ¡el Señor sabrá! —Y Ovsiánikov emitió un profundo suspiro.
       —Bueno —dije—, dejando aparte a los caballeros, ¿qué me dices de los campesinos, Luka Petróvich?
       —No, permíteme que me niegue a contestar esa pregunta —declaró sin dilación—. Bueno, te contaría una cosa o dos; pero ¡y qué! —Ovsiánikov hizo un gesto con la mano—. Tomemos el té. Los campesinos son los campesinos, esa es la verdad, ¿y cómo podría ser de otra manera?

       Guardó silencio. Se sirvió el té. Tatiana Ilínichna se levantó y se acercó hasta nosotros. En el curso de la tarde, en varias ocasiones había salido sin hacer ruido y había regresado silenciosamente. El silencio reinaba en la habitación. Ovsiánikov bebía taza tras taza de té elegante y pausadamente.
       —Mitia vino a vernos hoy —apuntó quedamente Tatiana Ilínichna; Ovsiánikov frunció el ceño.
       —¿Qué quería?
       —Vino a presentar sus disculpas.
       Ovsiánikov negó con la cabeza.
       —En fin —continuó, volviéndose hacia mí—, dime, ¿qué puede hacerse con los parientes? No puedes darles la espalda… El Señor me premió con un sobrino un poco especial. Es un hombre joven e inteligente, con mucho carisma, no se puede negar. Era bueno en la escuela, pero no lo creo capaz de afanarse por conseguir nada. Estuvo en el servicio burocrático y acabó echándolo todo a perder porque no creía llegar a ninguna parte… Claro, no es un auténtico caballero, ¿sabes? Y no todos los caballeros se convierten en generales sin dilación, ¿no es cierto? Así que ahora no tiene trabajo… ¡Y quién sabe a qué se dedicará ahora, puede terminar de informante del gobierno! Escribe peticiones para los campesinos, informes, le dice al comisario de la aldea lo que tiene que hacer, le hace la vida imposible a los agrimensores, va por las tabernas bebiendo y se pasa el día con soldados de permiso, con individuos de la ciudad y porteros de las casas de postas. ¿Cuánto tiempo pasará hasta que se produzca el desastre? Ya ha sido amenazado por la policía. Pero ha sido algo bueno, porque no se toma nada en serio. Es posible que les haga reír al principio, pero que acabe metido después en un lío… Ya basta de cháchara, ¿lo tienes en tu habitación? —añadió, volviéndose hacia su esposa—. Te conozco, tienes un corazón demasiado indulgente. Lo has estado protegiendo, ¿a que sí?
       Tatiana Ilínichna bajó la cabeza, sonrió y se ruborizó.
       —En fin, ya lo ves —continuó Ovsiánikov—. ¡Oh, mira que eres blanda! Está bien, dile que entre… Pero solo porque tenemos un invitado con nosotros, lo perdono… Vamos, díselo, ve.
       Tatiana Ilínichna se acercó a la puerta y llamó: “¡Mitia!”.
       Mitia, un tipo de unos veintiocho años, alto, de complexión robusta y pelo rizado, entró en la sala y, al verme, se detuvo en el umbral. Vestía ropas alemanas, pero la protuberancia de las mangas en los hombros era tan poco natural que demostraba a la perfección que no había sido cualquier sastre el que las había confeccionado, sino un sastre auténticamente ruso.
       —Vamos, entra —dijo el anciano—, ¿a qué viene tanta timidez? Agradece a tu tía que se te haya perdonado. Ahí lo tiene, señor mío, me gustaría presentarle —continuó, señalando a Mitia—. ¡Mi propio sobrino, pero nunca nos pondremos de acuerdo en nada, ya puede acabarse el mundo! —Ambos nos hicimos reverencias—. Bien, díganos, ¿a qué se ha estado dedicando? ¿Por qué oigo quejas contra usted?
       Era evidente que Mitia no deseaba explicarse ni justificarse frente a mí.
       —Después se lo explico, tío.
       —No, de después nada; ahora mismo —continuó el anciano—. Sé que te sientes extraño delante de un terrateniente que además es un caballero. Pues mejor, eso te servirá de lección. Venga, cuéntanos… Te escuchamos.
       —No tengo nada de qué avergonzarme —comenzó Mitia animadamente, y negó con la cabeza—. Juzgue usted mismo, tío. Los granjeros de Reshetílov vinieron a verme y me dijeron: “Ayúdanos, hermano”. “¿Qué os pasa?”. “Esto es lo que nos pasa: nuestras reservas de grano están repletas, no podrían estar en mejor estado, cuando de repente viene un oficial y dice que tiene órdenes de inspeccionarlas”. Las mira y dice: “Están hechas un desastre, tienen muchos problemas. Tendré que informar de ello a las autoridades competentes”. “¿Y qué problemas son esos?”. “Yo sé qué son”, les dice… Nos reunimos para decidir qué clase de soborno debíamos darle, cuando de repente el anciano Projórich dice que solo estaremos consiguiendo que prefiera siempre este tipo de arreglo. ¿De qué sirve? ¿O es que no tenemos ningún modo de protegernos? Hicimos caso de lo que dijo el anciano, y el oficial se enfadó muchísimo y escribió una queja contra nosotros. Y ahora debemos responder por ello. “Muy bien, pero ¿están vuestros graneros en orden?”, pregunto. “Como el Señor es nuestro testigo, están en excelente estado, y contienen la cantidad de grano que estipula la ley…”. “Muy bien”, les digo, “no tenéis nada de qué preocuparos en ese caso”, y les escribí una declaración… Y ahora no está nada claro en qué quedará el asunto… Pero es normal que la gente se haya quejado de mí en este caso porque todo el mundo conoce el asunto.
       —Sí, todo el mundo lo sabe excepto tú —dijo el anciano por lo bajo—. Pero ¿a qué has estado jugando con los campesinos de Shutolómovski?
       —¿Y cómo sabe eso?
       —Oh, lo sé y punto.
       —También en eso tengo razón. De nuevo, juzgue usted mismo. El vecino de los campesinos de Shutolómovski, el señor Bespandin, comenzó a arar una docena de desiatinas de sus tierras. “Es mía”, dijo, “mía”. La gente de Shutolómovski paga el alquiler en especie, y su amo se ha marchado al extranjero, así que, ¿quién queda para echarles una mano, eh? Júzguelo usted mismo. Vinieron a verme para que les redactase una petición. Y yo lo hice. Y el señor Bespandin se enteró de ello y comenzó a amenazarme: “Le arrancaré los ojos a ese maldito Mitia”, dijo, “y la cabeza de los hombros…”. Bueno, pues veamos si lo hace. Todavía parece que está en su sitio.
       —No vayas por ahí dándote aires, eso no te ayudará mucho —sentenció el viejo—. ¡Estás loco, completamente loco!
       —Tío, ¿no es justo lo que usted me ha estado contando…?
       —Lo sé, sé a qué te vas a referir —le interrumpió Ovsiánikov—. Vas a decirme: un hombre debe vivir según lo que es justo y debería ayudar a su vecino. También es cierto que un hombre debería tratar de no meterse en asuntos que lo perjudiquen. ¿Es que siempre te comportas como deberías? ¿No te llevan de vez en cuando a la taberna, eh? Te dan algo de beber y te dicen: “Dmitri Alekséich, señor, si nos ayuda le demostraremos nuestra gratitud”, y bueno, ya sabes, igual hay una moneda o un billete que se desliza hasta tu mano desde algún sitio, ¿eh? ¿Acaso no ocurre eso? Dime, ¿tengo razón?
       —De acuerdo, soy culpable de lo que dice —respondió Mitia, mirando al suelo—, pero no cojo nada de los pobres y no tengo nada de qué avergonzarme.
       —No coges nada ahora, pero cuando las cosas se tuerzan, empezarás a hacerlo. Nada de qué avergonzarse, dice… ¡Si es que crees que estás de parte de los santos! ¿Es que te has olvidado ya de Borka Perejódov? ¿Quién lo metió en esos líos? ¿Quién le ofreció su protección?
       —Perejódov sufrió por lo que él mismo hizo, eso es cierto…
       —Robó dinero del gobierno… ¡Vaya broma!
       —Su pobreza, su familia… Era un borracho y un jugador, ¡ese era el problema!
       —Empezó a beber por pena —apuntó Mitia, bajando la voz.
       —¡Por pena! Bien, pues si lo sentías tanto por él deberías haberlo ayudado, en lugar de sentarte junto a él en las tabernas. Habla tan bien… ¡Nunca he visto nada parecido!
       —Posee el alma más bondadosa que existe…
       —Para ti todos son los más bondadosos… Era, eh… —continuó Ovsiánikov, volviéndose hacia su mujer—, algo que se le envió… Bueno, tú sabrás dónde está.
       Tatiana Ilínichna asintió.
       —¿Y dónde has pasado los últimos días? —comenzó el anciano.
       —En la ciudad.
       —Supongo que jugando al billar y bebiendo té, y aporreando la guitarra y corriendo de una oficina del gobierno a otra, y redactando peticiones en habitaciones traseras, y dejándote ver con hijos de comerciantes, ¿verdad? Tengo razón, ¿a que sí? ¡Vamos, cuéntanos!
       —Muy bien, exactamente así —dijo Mitia sonriendo—. Oh, casi lo olvido: Fúntikov, Antón Parfiónich, lo invita a comer el domingo.
       —No iré a ver a ese individuo de panza redonda. Nos dará buen pescado cubierto de mantequilla rancia. ¡El Señor lo bendiga, de todas formas!
       —Y me encontré con Fedosia Mikháilovna.
       —¿Qué Fedosia?
       —La que pertenece a Gárpenchenko, el terrateniente, la que compró Mikúlino en una subasta. La Fedosia de Mikúlino. Vivió como modista en Moscú pagando en especies y nunca se retrasaba en el pago, ciento ochenta y dos rublos cada medio año. Y era buena en su oficio, solía obtener buenos encargos en Moscú. Pero ahora Gárpenchenko se la ha traído de vuelta y la tiene aquí sin trabajo. A ella le gustaría comprar su libertad, y ha hablado sobre ello con su amo, solo que él no ha llegado a ninguna decisión. Tío, usted conoce a Gárpenchenko, ¿verdad? ¿No podría decirle algo? Fedosia pagará bien.
       —No se trata de tu dinero, ¿verdad? Bueno, muy bien, hablaré con él. Aunque no sé —continuó el anciano, con una expresión de enojo—. El Señor le perdone, pero ese Gárpenchenko es un auténtico rácano; la forma en la que negocia con letras, presta dinero con alto interés y adquiere fincas en subasta pública… ¿Quién demonios lo colocó en nuestras vidas? ¡Oh, malditos extranjeros! Costará hacerlo entrar en razón, pero bueno, ya se verá.
       —Haga lo que pueda, tío.
       —Muy bien, lo intentaré. Solo cuídate. No, no, nada de excusas… ¡El Señor te acompañe, que el Señor te acompañe! Pero ten cuidado, Mitia, o no acabarás bien, te darás un batacazo, estoy convencido. Y de todas formas, no quiero tenerte todo el tiempo por aquí. No soy capaz de lidiar contigo con tanta frecuencia. Así que márchate, por Dios santo.
       Mitia salió. Tatiana Ilínichna fue tras él.
       —Dale un poco de té, buena mujer —gritó Ovsiánikov detrás de ella—. El chico no es tonto —continuó—, y tiene un buen corazón, solo que temo por él… En cualquier caso, perdóneme por darle la lata con estas tonterías.

       Se abrió la puerta del vestíbulo. Un hombre pequeño, con el pelo algo canoso y con una chaqueta de terciopelo entró.
       —¡Ah, Frants Ivánich! —gritó Ovsiánikov—. ¡Salud! ¿Cómo lo trata el buen Señor?
       Permítame, querido lector, que lo familiarice con este caballero.
       Frants Ivánich Lejeune, mi vecino y terrateniente de Oriol, alcanzó el título de noble y caballero ruso de una forma bastante poco usual. Nació en Orleáns de padres franceses, y junto con Napoleón se puso en marcha para conquistar Rusia como tambor. Al principio todo fue como esperaban, y nuestro francés entró en Moscú con la cabeza bien alta. Pero en el camino de regreso, el pobre Monsieur Lejeune, medio helado y sin tambor, cayó en manos de campesinos de Smolensk. Los campesinos de Smolensk lo encerraron durante la noche en un batán abandonado, y al día siguiente lo condujeron hasta un agujero en el hielo cercano a la presa y rogaron al tambor “de la grrrrande armée” que les hiciera el honor, o sea, que se hundiera bajo el hielo. M. Lejeune fue incapaz de acceder a tal invitación, e intentó convencer a los campesinos de Smolensk, en su dialecto francés, que lo dejaran regresar a Orleáns. “Allí, messieurs”, les dijo, “vive mi madre, une tendre mère”. Pero los campesinos, sin duda por ignorancia de la situación geográfica de Orleáns, continuaron sugiriendo que bajara por el río Gniloterka, y comenzaron a animarlo dándole con sus palas en el cuello y en la espalda cuando de pronto, para indescriptible dicha de Lejeune, se oyeron las campanillas de un caballo, y sobre la presa subió un trineo enorme con la más colorida de las mantas echada sobre su exagerado asiento, y conducido por un grupo de caballos de Viatka marrón claro. En el trineo estaba sentado un terrateniente grueso y con las mejillas enrojecidas envuelto en una piel de lobo.
       —¿Qué estáis haciendo ahí? —preguntó a los campesinos.
       —Ahogando a un franchute, señor.
       —¡Ah! —respondió el terrateniente con indiferencia, y se dio la vuelta.
       —¡Monsieur! ¡Monsieur! —exclamó el pobre tipo.
       —¡Ahá! —dijo con reproche el hombre en la piel de lobo—. ¡Con vuestras docenas de lenguas venís a Rusia, quemáis Moscú, rufianes, robáis la cruz de Iván el Grande, y ahora es todo musié, musié! ¡Ahora tienes el rabo entre las piernas! Un ladrón se merece lo que le llega… ¡Vámonos, Filka!
       Los caballos se pusieron en marcha.
       —Oh, por cierto, ¡parad un momento! —añadió el terrateniente—. ¿El musié sabe algo de música?
       —Sauvez moi, sauvez moi, mon bon monsieur —rogaba Lejeune.
       —¡Qué gente más ignorante encuentra uno! ¡Ni uno de ellos sabe ruso! ¡Música, música! ¿Saber música vú? ¿Saber? ¡Responde! ¿Comprendes? ¿Sáve music vú? ¿Pianoforte, sáve zhué?
       Lejeune comprendió al fin lo que el terrateniente le preguntaba, y respondió asintiendo.
       —Oui, monsieur, oui, oui, je suis musicien; je joue de tous les instruments posibles! Oui, monsieur… Sauvez moi, monsieur!
       —Bien, agradéceselo a tu buena estrella —respondió el terrateniente—. Chicos, soltadlo. ¡Aquí tenéis veinte kópeks para un trago!
       —Gracias señor, gracias. Lléveselo, por favor.
       Lejeune fue colocado en el trineo. Suspiró con alivio, lloró de dicha, tembló, les hizo una profunda reverencia a todos, y mostró su agradecimiento al terrateniente, el cochero y los campesinos. Solo llevaba puesto un jersey verde con lacitos rosas y estaba helado hasta los huesos. El terrateniente le echó una mirada silenciosa a sus extremidades azules y moradas, y envolvió al desafortunado individuo en su propio abrigo de pieles para llevárselo a casa. Toda la familia corrió a su encuentro. El francés entró en calor con rapidez, y fue alimentado y vestido. El terrateniente lo llevó a sus hijas.
       —Aquí tenéis, hijas —les dijo—, os he encontrado un maestro. No hacíais más que decirme cuánto queríais aprender música y el dialecto francés. Bueno, pues aquí tenéis un francés que toca el pianoforte… Bien, musié —continuó, señalando un pequeño piano que había comprado cinco años atrás a un judío, que, en todo caso, era un vendedor ambulante de ungüentos— muéstranos lo que sabes, ¡zhué!
       Lejeune se sentó en la silla con el corazón encogido, porque no había tocado un piano en su vida.
       —¡Zhué, zhué! —repitió el terrateniente.
       El pobre tipo, desesperado, rozó las teclas, como si golpeara un tambor, y tocó lo primero que le vino a la cabeza. “Pensé”, solía contar años después, “que mi salvador me agarraría por el cuello y me echaría de la casa”. Pero, para gran sorpresa del fortuito improvisador, el terrateniente le dio golpecitos de aprecio al poco rato sobre el hombro:
       —Bien, bien —decía—. Veo que sabe lo que hay que hacer. Ahora vaya a descansar.
       Dos semanas después, Lejeune se trasladó de este terrateniente a otro, un hombre muy rico con gran educación, del que se encariñó por su carácter dichoso y afable, se casó con su pupila, entró en el servicio burocrático, se convirtió en noble y caballero, casó a su hija con un terrateniente de Oriol llamado Lobyzániev, un oficial de los dragones, retirado y poeta amateur, y él mismo se estableció en Oriol.
       Era este mismo Lejeune, o, como se lo conocía, Frants Ivánich, quien entró en la salita de Ovsiánikov, quien tenía con él una relación de amistad.
       Pero es posible que el lector se haya cansado de estar sentado aquí conmigo y el granjero Ovsiánikov, así que guardaré un elocuente silencio.


Nota del Autor:

[1]. Los bitiuk, o los de la raza del bitiuk, es como se conoce a una raza Particular de caballos originarios del distrito de Vorónezh, en los alrededores del famoso “Jrenov” (la antigua caballeriza de la condesa Orlova).



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