Iván S. Turguénev
(Orel, Rusia, 1818 - Bougival, Francia, 1883)


Primer amor (1860)
(“Первая любовь”)
Originalmente publicado en la revista Библиоте́ка для чте́ния [La Librería del Lector]
Vol. CLVIII (marzo de 1860), págs. 1-76.



Para P. V. Annenkov
[Pavel Vasilievich Annenkov (1813–1887)]


      Los invitados se habían marchado hacía rato. El reloj dio las doce y media. En la habitación sólo quedaban el dueño de la casa, Serguéi Nikoláievich y Vladímir Petróvich.
       El dueño de la casa llamó y dio órdenes de que retiraran los restos de la cena.
       —Entonces, está decidido —dijo, acomodándose mejor en el sillón y encendiendo un cigarro—: cada uno de nosotros se compromete a contar la historia de su primer amor. Le toca a usted, Serguéi Nikoláievich.
       Serguéi Nikoláievich, un hombre regordete, rubio y mofletudo, miró primero al dueño de la casa y a continuación levantó los ojos al techo.
       —Yo no tuve un primer amor —dijo, por fin—. Empecé directamente por el segundo.
       —¿Cómo es posible?
       —Pues muy sencillo. Tenía dieciocho años cuando me puse a cortejar por primera vez a una bellísima muchacha; pero lo hice como si no fuera una cosa nueva para mí, exactamente como he procedido más tarde con otras. A decir verdad, me enamoré por primera y última vez a la edad de seis años, y la elegida fue mi niñera. Pero todo eso sucedió hace mucho tiempo. Los detalles de nuestras relaciones se han borrado de mi memoria; no obstante, aun en caso de que los recordara, ¿a quién podrían interesarle?
       —Y ¿qué vamos a hacer entonces? —exclamó el dueño de la casa—. En mi primer amor tampoco hay nada que merezca la pena reseñarse. No me había enamorado de nadie hasta que conocí a Anna Ivánovna, mi mujer; y en nuestro caso todo salió a las mil maravillas: nuestros padres concertaron el matrimonio, nosotros no tardamos en enamorarnos el uno del otro y al poco tiempo ya estábamos haciendo vida de casados. Mi historia puede contarse en dos palabras. Confieso, señores, que al proponer el tema del primer amor, tenía puesta mi confianza en ustedes, a los que no me atrevería a calificar de viejos solterones, pero que en cualquier caso tienen ya cierta edad. ¿Es que no tiene usted ninguna anécdota con la que distraernos, Vladímir Petróvich?
       —La verdad es que mi primer amor no fue nada corriente —respondió con cierta indecisión Vladímir Petróvich, hombre de unos cuarenta años, de cabellos oscuros entreverados de canas.
       —¡Ah! —exclamaron a la vez el dueño de la casa y Serguéi Nikoláievich—. Tanto mejor… Empiece usted.
       —De acuerdo… O mejor no. Vale más que no lo cuente. No tengo dotes de narrador: mis relatos resultan siempre breves y esquemáticos, o bien prolijos y falsos. Si me lo permiten, preferiría escribir en un cuadernillo todo lo que recuerdo y leérselo a ustedes.
       En un principio los amigos se mostraron disconformes, pero Vladímir Petróvich acabó saliéndose con la suya. Al cabo de dos semanas volvieron a reunirse, y Vladímir Petróvich cumplió su promesa.
       Esto es lo que escribió en el cuadernillo.


I

      Tenía en aquel entonces dieciséis años. Los hechos que paso a narrar se produjeron en el verano de 1833.
       Vivía en Moscú con mis padres, que habían alquilado una dacha cerca de la barrera de Kaluga, enfrente de los jardines Neskuchni. Preparaba el examen de ingreso en la universidad, pero trabajaba muy poco y con escaso celo.
       Nadie ponía trabas a mi libertad. Hacía cuanto se me antojaba, sobre todo desde que me separé de mi último preceptor, un francés que de ningún modo podía congraciarse con la idea de que había caído en Rusia “como una bomba” (comme une bombe) y que se pasaba días enteros tumbado en la cama, con cara de pocos amigos. Mi padre me trataba con una suerte de indiferencia afectuosa. Mi madre casi no me prestaba atención, a pesar de que no tenía más hijos: otras preocupaciones la absorbían. Mi padre, hombre aún joven y muy atractivo, se había casado con ella por interés. Mi madre, que le sacaba diez años, llevaba una vida triste: estaba siempre inquieta, celosa, enfadada; aunque nunca dejaba traslucir esos sentimientos en presencia de mi padre. Le tenía mucho miedo, y él se mostraba severo, frío, distante… Jamas he conocido a un hombre tan sereno y elegante, tan seguro de sí mismo y autoritario.
       Nunca olvidaré las primeras semanas que pasé en la dacha. El tiempo era magnífico. Habíamos dejado la ciudad el 9 de mayo, el mismo día de San Nicolás. Paseaba tan pronto por nuestro jardín como por Neskuchni o más allá de la barrera. Me llevaba algún libro: el curso de Kaidánov [L K. Kaidánov, 1780-1843, autor de numerosos manuales de historia], por ejemplo, pero rara vez lo abría; pasaba la mayor parte del tiempo recitando en voz alta centenares de poesías, que me había aprendido de memoria. La sangre hervía en mis venas y tenía el corazón oprimido por una suerte de tristeza dulce y ligera: lleno de esperanzas y siempre azorado, me sorprendía de todo y a todo estaba dispuesto. Mi fantasía jugaba y revoloteaba en torno a las mismas imágenes, como los vencejos alrededor de un campanario al amanecer. Me perdía en ensoñaciones, me henchía de tristeza e incluso lloraba. Pero, a través de las lágrimas y de la tristeza suscitada por un verso melodioso o un bello atardecer, brotaba de improviso, como una hierba en primavera, el gozoso encanto de una vida joven y borboteante.
       Tenía un pequeño caballo de montar; yo mismo lo ensillaba y cabalgaba solo hasta algún lugar lejano, lo ponía al galope y me imaginaba que era un caballero en un torneo. ¡Qué alegre me parecía entonces el silbido del viento en mis oídos! O, volviendo el rostro al cielo, recibía su luz y su azul deslumbrantes en mi alma abierta de par en par.
       Recuerdo que en esa época la imagen de la mujer, la visión del amor femenino no se insinuaban casi nunca en mi espíritu con rasgos precisos. Pero en todo lo que pensaba, en todo lo que percibía, se ocultaba el presentimiento púdico y sólo a medias consciente de algo nuevo, indeciblemente dulce, femenino…
       Ese presentimiento y esa espera penetraban todo mi ser; los absorbía con el aire que respiraba, corrían por mis venas con cada gota de mi sangre… Pronto acabarían haciéndose realidad.
       Nuestra finca se componía de una casa señorial de madera, con columnas, y de dos pabellones bajos; el de la izquierda albergaba una minúscula fábrica de papeles pintados baratos… A menudo iba allí para contemplar cómo unos diez niños delgados y desgreñados, de rostro demacrado, vestidos con batas grasientas, saltaban sobre las palancas de madera que apretaban los bloques cuadrados de la prensa; de ese modo, valiéndose del peso de sus cuerpos escuchimizados, estampaban los abigarrados dibujos de los papeles. El pabellón de la derecha estaba desocupado y se alquilaba. Un día, unas tres semanas después del nueve de mayo, los postigos de ese pabellón se abrieron y a las ventanas se asomaron unos rostros de mujer: por lo visto, se había instalado allí una familia. Recuerdo que ese mismo día, durante la comida, mi madre preguntó por nuestros vecinos al mayordomo, y, cuando oyó el nombre de la princesa Zasékina, dijo no sin cierto respeto:
       —¡Ah, una princesa! —y a continuación añadió—: Debe de ser una princesa pobre.
       —Llegaron en tres coches de alquiler —observó el mayordomo, al tiempo que le presentaba respetuosamente el plato—. No tienen coche propio y los muebles no valen nada.
       —Sí —replicó mi madre—; en cualquier caso, es mejor así.
       Mi padre la miró con frialdad; ella se calló.
       En efecto, la princesa Zasékina no podía ser rica. El pabellón que había alquilado era tan vetusto, pequeño y bajo que ni siquiera personas de medios poco más que modestos habrían aceptado instalarse allí. De todos modos, en ese momento no presté la menor atención a esa noticia. El título de princesa no me causaba la menor impresión: había leído hacía poco Los bandidos de Schiller.


II

      Todas las tardes tenía la costumbre de vagabundear por nuestro jardín con una escopeta al hombro, acechando a los cuervos. Desde hacía mucho tiempo sentía aversión por esas aves precavidas, rapaces y astutas. El día del que estoy hablando me dirigí al jardín, y, después de reco rrer en vano todas las avenidas (los cuervos me habían reconocido y se limitaban a lanzar sus entrecortados graznidos desde la distancia), me acerqué por casualidad a la pequeña cerca que separaba nuestras posesiones de la estrecha franja de jardín que se extendía detrás del pabellón de la derecha, al cual pertenecía. Iba andando con la cabeza baja. De pronto oí voces. Eché un vistazo por encima de la cerca y me quedé petrificado… Un extraño espectáculo se ofrecía a mis ojos.
       A unos pocos pasos de mí, en un claro rodeado de verdes frambuesos, había una muchacha alta y esbelta, con un vestido de rayas de color rosa y un pañuelo blanco en la cabeza; en torno a ella se apretaban cuatro jóvenes, y ella les golpeaba la frente con unas pequeñas flores grises que no sé cómo se llaman, pero que los niños conocen bien: esas flores forman unos saquitos y estallan con estrépito cuando se los golpea con algo duro. Los jóvenes presentaban la frente con tanta complacencia y en los movimientos de la muchacha (yo la veía de perfil) había tanto encanto, autoridad, ternura, ironía y donosura que estuve a punto de lanzar un grito de sorpresa y placer; creo que en ese momento habría dado cualquier cosa por que esos dedos encantadores me golpearan también a mí la frente. La escopeta había resbalado de mi mano y había caído sobre la hierba; olvidado de todo, devoraba con la vista ese esbelto talle, ese cuello delgado, esos hermosos brazos, esos cabellos rubios ligeramente revueltos bajo el pañuelo blanco, esos ojos inteligentes y entornados, esas pestañas, esas tiernas mejillas…
       —¡Joven! ¡Eh, joven! —dijo de pronto a mi lado una voz—. ¿Le parece a usted bonito mirar de ese modo a señoritas desconocidas?
       Temblé de pies a cabeza, la sangre se me heló en las venas… Cerca de mí, al otro lado de la cerca, había un hombre de cabellos negros y cortos, que me miraba con ironía. En ese mismo instante la muchacha se volvió también hacia mí. Pude ver sus inmensos ojos grises, su rostro inquieto y vivaz; ese rostro se estremeció de pronto, se distendió en una sonrisa, dejando al descubierto sus brillantes dientes blancos, al tiempo que las cejas se arqueaban en un gesto burlón. Me puse colorado, recogí la escopeta del suelo y, perseguido por una carcajada sonora, aunque no malévola, me fui corriendo a mi habitación, me arrojé en la cama y me cubrí el rostro con las manos. Mi corazón latía desbocado; sentía una enorme vergüenza y a la vez una inmensa alegría. Me dominaba una agitación extraordinaria.
       Después de descansar un rato, me peiné, me arreglé y bajé a tomar el té. La imagen de esa muchacha no se me iba de la cabeza; mi corazón había dejado de latir, pero la opresión que sentía era bastante agradable.
       —¿Qué te pasa? —me preguntó de pronto mi padre—. ¿Has matado algún cuervo?
       Me entraron ganas de contárselo todo, pero me contuve y me limité a sonreír para mis adentros. Antes de irme a la cama, sin yo mismo saber por qué, hice tres piruetas sobre un solo pie, me puse pomada en el pelo, me tumbé y dormí toda la noche como un tronco. Me desperté un instante poco antes del amanecer, incorporé la cabeza, miré a mi alrededor con arrobo y de nuevo me quedé dormido.


III

      “¿Qué podría hacer para conocerla?” Ésa fue la primera idea que se me pasó por la cabeza cuando me desperté por la mañana. Antes de tomar el té, me encaminé al jardín, pero no me acerqué demasiado a la cerca y no vi a nadie. Después del té recorrí varias veces la calle que había delante de nuestra casa, contemplando de lejos las ventanas. Me pareció descubrir su rostro detrás de una cortina y, lleno de espanto, me alejé aún más. “En cualquier caso, tengo que conocerla —pensaba, vagando sin objeto por la arenosa llanura que se extendía por delante de los jardines Neskuchni—. Pero ¿cómo? He aquí la cuestión.” Evocaba los menores detalles de nuestro encuentro. Por alguna razón me representaba con especial nitidez la forma en que se había reído de mí. No obstante, mientras me exaltaba y hacía planes de todo tipo, el destino ya lo había dispuesto todo en mi favor.
       Estando yo fuera, mi madre había recibido de su nueva vecina una carta redactada en papel gris y sellada con lacre marrón, como el de las notificaciones de correos y los tapones de los vinos baratos. En esa carta, escrita con una ortografía descuidada y varios errores gramatica les, la princesa le pedía a mi madre que interviniera en su favor: mi madre, según aseguraba la princesa, tenía bastante relación con ciertas personas importantes de las que dependía su suerte y la de sus hijos, ya que se hallaba inmersa en varios pleitos que podían tener graves consecuencias. “Me dirijo a usted —escribía— como una dama noble a otra dama noble; además, me es grato aprovechar esta ocasión.” Al final, pedía permiso a mi madre para visitarla. Encontré a mi madre de muy mal humor: mi padre no estaba en casa, y ella no tenía a nadie a quien pedir consejo. Era imposible no responder a una “dama noble”, princesa por añadidura. Pero mi madre no sabía cómo hacerlo. Escribir un billete en francés le parecía fuera de lugar; por otro lado, no dominaba la ortografía rusa —como bien sabía ella— y, por tanto, no quería comprometerse. Se alegró de mi llegada y me ordenó que fuera sin más tardanza a casa de la princesa y le anunciara de viva voz que estaba dispuesta a servir a su excelencia, en la medida de sus fuerzas, y que le rogaba que fuera a verla a eso del mediodía. El repentino e inesperado cumplimiento de mis secretos deseos me llenó de alegría y a la vez de espanto; sin embargo, no dejé transparentar la turbación que se apoderó de mí. Me dirigí primero a mi habitación para ponerme una corbata nueva y una levita: en casa aún llevaba una chaqueta corta y cuellos vueltos, a pesar de que no podía soportarlos.


IV

      En el estrecho y desarreglado recibidor del pabellón, en el que entré sacudido por involuntarios temblores, me recibió un viejo criado de cabellos grises, tez cobriza, ojillos sombríos de cerdo y unas arrugas tan profundas en la frente y las sienes como no había visto jamás. Llevaba en un plato la espina limpia de un arenque; mientras empujaba con un pie la puerta que llevaba a la habitación contigua, me dijo, separando mucho las sílabas:
       —¿Qué desea?
       —¿Está en casa la princesa Zasékina? —pregunté.
       —¡Vonifati! —gritó al otro lado de la puerta una trémula voz de mujer.
       El criado me dio la espalda en silencio, lo que me permitió observar su gastadísima librea, que conservaba un solo botón deslustrado con un escudo de armas; a continuación dejó la bandeja en el suelo y salió.
       —¿Has ido a la comisaría? —profirió la misma voz de mujer. El criado farfulló algo—. ¿Eh?… ¿Ha venido alguien? —añadió—. ¿Nuestro joven vecino? Muy bien, dile que pase.
       —Haga el favor de pasar al salón —dijo el criado, apareciendo de nuevo delante de mí y recogiendo el plato del suelo. Yo me arreglé el traje y entré en el “salón”.
       Me encontré en una pieza pequeña y no del todo limpia, con muebles de poco valor, que daban la impresión de haber sido distribuidos a toda prisa. Al pie de la ventana, en un sillón con el brazo roto, se hallaba sentada una mujer de unos cincuenta años, fea, con la cabeza descubierta, ataviada con un viejo traje verde y una abigarrada pañoleta de estambre. Sus ojillos negros estaban clavados en los míos.
       Me acerqué y la saludé.
       —¿Tengo el honor de hablar con la princesa Zasékina?
       —En efecto. ¿Y usted es el hijo del señor V.?
       —Así es. He venido a cumplir un encargo de mi madre.
       —Siéntese, se lo ruego. ¡Vonifati! ¿Dónde están mis llaves? ¿Las has visto?
       Comuniqué a la señora Zasékina la respuesta de mi madre a su billete. Ella me escuchó, tamborileando en el alféizar de la ventana con sus dedos gruesos y rojos, y, una vez que terminé, volvió a mirarme fijamente.
       —Muy bien. Iré sin falta —dijo por último—. Pero ¡qué joven es usted! ¿Cuántos años tiene, si me permite que se lo pregunte?
       —Dieciséis —respondí, no sin cierta vacilación.
       La princesa sacó del bolsillo unos papeles grasientos y arrugados, se los acercó a la nariz y se puso a revisarlos.
       —Una edad estupenda —exclamó de pronto, volviéndose y agitándose en su sillón—. Le ruego que no se ande con ceremonias. En mi casa vivimos con sencillez.
       “Con demasiada sencillez”, pensé para mis adentros, mirando con involuntaria repugnancia su desagradable figura.
       En ese momento se abrió bruscamente la otra puerta del salón y en el umbral apareció la muchacha que había visto la víspera en el jardín. Levantó la mano y a su rostro asomó una sonrisa irónica.
       —Y aquí tiene usted a mi hija —profirió la princesa, señalándomela con el codo—. Zínochka, es el hijo de nuestro vecino, el señor V. ¿Sería tan amable de decirme cómo se llama?
       —Vladímir —balbucí yo emocionado, poniéndome en pie.
       —¿Y su patronímico?
       —Petróvich.
       —¡Vaya! Conocía a un comisario de policía que también se llamaba Vladímir Petróvich. ¡Vonifati! No busques las llaves, las tengo en el bolsillo.
       La joven seguía mirándome con una sonrisa irónica, los ojos ligeramente entornados y la cabeza un tanto ladeada.
       Ya he visto al señor Voldemar —dijo (el sonido argentino de su voz me atravesó el cuerpo como una suerte de dulce escalofrío)—. ¿Me permite que le llame así?
       —Desde luego —farfullé.
       —¿Y dónde? —preguntó la princesa.
       La muchacha no respondió.
       —¿Tiene usted algo que hacer en este preciso instante? —me preguntó, sin apartar los ojos de mí.
       —No, nada.
       —¿Quiere ayudarme a devanar esta lana? Venga usted por aquí. Iremos a mi habitación.
       Me hizo un gesto con la cabeza y salió del salón. Yo la seguí.
       Entramos en una pieza con muebles algo mejores y dispuestos con más gusto. Por lo demás, en ese momento apenas era capaz de reparar en nada: me movía como en sueños y sentía en todo el cuerpo una suerte de tensa felicidad que sólo cabe calificar de absurda.
       La joven princesa se sentó, cogió una madeja de lana roja, me indicó una silla que había enfrente de ella, desanudó con cuidado la madeja y me la puso en los brazos. Todo eso lo hizo en silencio, con una lentitud casi cómica y esa misma sonrisa luminosa, astuta y burlona en los labios apenas entreabiertos. Empezó a devanar la lana en un papel enrollado y de pronto me iluminó con una sonrisa tan clara y fulgurante que involuntariamente bajé la vista. Cuando sus ojos, por lo común entornados, se abrían del todo, su rostro se transformaba por completo: era como si se inundara de luz.
       —¿Qué opinión se formó usted de mí ayer, señor Voldemar? —me preguntó, al cabo de un rato—. Seguramente reprobaría mi actitud.
       —Yo… princesa… no me he formado ninguna opinión… cómo puedo yo… —respondí turbado.
       —Escuche —replicó—. Usted aún no me conoce: soy muy rara. Exijo que se me diga siempre la verdad. Tiene usted dieciséis años, si no he oído mal; yo, por mi parte, he cumplido ya veintiuno. Como ve, soy bastante mayor que usted; por eso debe decirme siempre la verdad… y hacerme caso —añadió—. Míreme: ¿por qué no me mira?
       Me turbé aún más, pero alcé la vista. La joven princesa sonrió, pero no con ironía, como antes, sino con aprobación.
       —Míreme —repitió, bajando la voz con dulzura—, no me desagrada… Me gusta su cara y barrunto que llegaremos a ser buenos amigos. Y yo, ¿le gusto? —añadió con una expresión maliciosa.
       —Princesa… —respondí yo.
       —En primer lugar, llámeme Zinaída Aleksándrovna; y, en segundo, ¿a qué viene en un niño —se corrigió—, en un muchacho, esa costumbre de no decir sin tapujos lo que siente? Dejemos eso para los adultos. ¿Le gusto?
       Aunque me resultaba muy agradable que me hablara con tanta franqueza, no podía dejar de sentirme algo ofendido. Quería demostrarle que no estaba tratando con un muchacho; así pues, adoptando el aire más desenvuelto y serio que pude, le dije:
       —Desde luego. Me gusta usted mucho, Zinaída Aleksándrovna. No puedo ocultarlo.
       Ella movió lentamente la cabeza.
       —¿Tiene usted preceptor? —me preguntó de pronto.
       —No, hace tiempo que no lo tengo.
       Mentía: no había pasado ni siquiera un mes desde que me separé de mi francés.
       —¡Ah, ya veo! Es usted todo un hombre —me golpeó ligeramente en los dedos—. ¡Mantenga derechos los brazos! —y se puso a devanar el ovillo con la mayor aplicación.
       Aprovechando la circunstancia de que no levantaba la vista, me puse a examinarla con atención, primero a hurtadillas, luego de manera cada vez más osada. Su rostro me pareció aún más encantador que la víspera: cada uno de sus rasgos denotaba finura, inteligencia, encanto. Estaba sentada de espaldas a la ventana, velada por una cortina blanca y atravesada por un rayo de sol que derramaba una luz delicada por sus cabellos vaporosos y dorados, su cuello virginal, sus hombros inclinados y su pecho delicado y sereno. Yo la miraba. ¡Y qué próxima y querida se me iba haciendo! Era como si la conociera desde hacía mucho tiempo, como si no hubiera sabido ni vivido nada antes de conocerla… Llevaba un traje oscuro ya gastado y un delantal. ¡Con qué placer habría acariciado cada pliegue de ese vestido y ese delantal! Las puntas de sus botas asomaban por debajo de la falda: me habría postrado ante esas botas con veneración… “Y aquí estoy, sentado enfrente de ella —pensé—. Ya hemos trabado conocimiento… ¡Qué felicidad, Dios mío!” Era tal la emoción que me embargaba que estuve a punto de saltar de la silla, pero no hice más que remover un poco los pies, igual que un niño cuando está contento.
       Me sentía como pez en el agua, y habría sido capaz de no salir en toda mi vida de esa habitación, de no abandonar ese puesto.
       Zinaída levantó poco a poco los párpados y volvió a mirarme con sus luminosos ojos, al tiempo que esbozaba de nuevo una sonrisa.
       —Hay que ver cómo me mira usted —dijo, separando mucho las palabras y amenazándome con el dedo.
       Me ruboricé… “Se da cuenta de todo, lo entiende todo —se me pasó por la cabeza—. ¿Y cómo no iba a darse cuenta y a entenderlo todo?”
       De pronto se oyó un ruido en la habitación contigua y a continuación el tintineo de un sable.
       —¡Zina! —gritó la princesa desde el salón—. Belovzórov te ha traído un gatito.
       —¡Un gatito! —exclamó Zina; y acto seguido se levantó precipitadamente de la silla, arrojó el ovillo sobre mis rodillas y salió corriendo.
       Yo también me incorporé, dejé la madeja y el ovillo sobre el alféizar, pasé al salón y me detuve asombrado. En medio de la pieza había un gatito atigrado con las patas separadas. Zinaída se había puesto de rodillas delante de él y le levantaba el hocico con mucho cuidado. Al lado de la vieja princesa, ocupando casi todo el espacio comprendido entre las dos ventanas, se alzaba la figura corpulenta de un húsar de cabellos rubios y ensortijados, rostro rubicundo y ojos saltones.
       —¡Qué gracioso! —repetía Zinaída—. No tiene los ojos grises, sino verdes. ¡Y qué orejas tan grandes! ¡Gracias, VíktorYegórich! ¡Es usted muy amable!
       El húsar, en el que reconocí a uno de los jóvenes que había visto la víspera, sonrió y se inclinó, entrechocando las espuelas y haciendo tintinear los anillos de la cadena del sable.
       —Ayer dijo usted que le gustaría tener un gato atigrado de orejas grandes… pues le he encontrado uno. Sus deseos son órdenes para mí y, al pronunciar esas últimas palabras, volvió a inclinarse.
       El gatito emitió un débil maullido y se puso a olisquear el suelo.
       —¡Tiene hambre! —exclamó Zinaída—. ¡Vonifati! ¡Sonia! Traed un poco de leche.
       La criada, con un viejo vestido amarillo y un pañuelito descolorido alrededor del cuello, entró con un platillo de leche en la mano y lo depositó delante del gatito, que se estremeció, frunció el ceño y empezó a lamer el líquido.
       —¡Qué lengüecilla rosa tiene! —observó Zinaída, inclinando la cabeza casi hasta el suelo y mirándole de lado justo por debajo del hocico.
       El gatito, una vez saciado el apetito, se puso a ronronear y movió las patas con coquetería. Zinaída se levantó, se volvió hacia la criada y dijo con indiferencia:
       —Llévatelo.
       —A cambio del gatito que le he traído, me gustaría que me diera usted la mano —dijo el húsar, sonriendo e inclinando su cuerpo vigoroso, muy ceñido en el uniforme nuevo.
       —Le doy las dos —exclamo Zinaída y le tendió ambas manos. Mientras el húsar se las besaba, ella me miraba por encima de los hombros de él.
       Yo seguía inmóvil en mi sitio, sin saber si debía reírme, pronunciar algún comentario o guardar silencio. De pronto, a través de la puerta abierta del recibidor, vi la figura de nuestro criador Fiódor, que me hacía señas. Sin pararme a reflexionar, me acerqué a él.
       —¿Qué quieres? —le pregunté.
       —Su mamá me envía a buscarle —susurró—. Está enfadada porque no le ha llevado usted la respuesta.
       —¿Tanto tiempo llevo aquí?
       —Más de una hora.
       —¡Más de una hora! —repetí involuntariamente y, volviendo al salón, empecé a despedirme, repartiendo reverencias y entrechocando los tacones.
       —¿Adónde va usted? —me preguntó la muchacha, mirándome por detrás del húsar.
       —Tengo que volver a casa. Entonces le diré a mi madre —añadí, dirigiéndome a la vieja princesa— que vendrá usted a vernos a eso de la una.
       —Muy bien, señorito. —A continuación la princesa sacó a toda prisa su tabaquera y aspiró un poco de rapé de manera tan estrepitosa que hasta me estremecí—. Muy bien —repitió, guiñando sus ojos húmedos y lanzando un gemido.
       Me incliné una vez más, me volví y salí de la habitación con esa sensación de vergüenza que experimentan las personas muy jóvenes cuando saben que las están siguiendo con los ojos.
       —No se olvide usted de venir a vernos, señor Voldemar —gritó Zinaída y de nuevo se echó a reír.
       “¿De qué se reirá?”, pensaba al volver a casa en compañía de Fiódor, que iba detrás de mí sin pronunciar palabra, aunque no había más que mirarle a la cara para darse cuenta de que reprobaba mi conducta.
       Mi madre me regañó y se mostró muy sorprendida de que hubiera pasado tanto tiempo en casa de la princesa. No le respondí nada y me dirigí a mi habitación. De pronto me sentí muy triste. Estuve a punto de echarme a llorar. Estaba celoso del húsar.


V

      La princesa, según lo prometido, rindió visita a mi madre, a quien no le cayó bien. No estuve presente en la entrevista, pero a la hora de la comida mi madre le dijo a mi padre que la tal princesa Zasékina le había parecido une femme tras vulgaire, que la había importunado mucho con sus insistentes ruegos para que interviniera ante el príncipe Serguéi, que estaba inmersa en toda clase de pleitos y procesos —des vilaines affaires d’argent— y que tenía toda la pinta de ser una intrigante de tomo y lomo. No obstante, añadió que la había invitado a almorzar, en compañía de su hija, al día siguiente (al oír las palabras “su hija””, bajé la nariz hasta el plato), ya que no dejaba de ser una vecina y, además, tenía un título. A todo eso mi padre respondió que ahora se acordaba de quién era aquella señora: siendo muy joven, había conocido al difunto príncipe Zasekin, un hombre muy educado, pero vacuo y pendenciero, al que en sociedad llamaban “le Parisien”, porque había vivido mucho tiempo en París; que era bastante rico, pero que había perdido toda su fortuna en el juego y que no se sabía muy bien por qué, acaso por dinero —“aunque, por lo demás, habría podido elegir mejor”, añadió mi padre con una fría sonrisa—, se había casado con la hija de un funcionario y, después de la boda, se había entregado a toda suerte de especulaciones y se había arruinado del todo.
       —Con tal de que no me pida dinero prestado —observó mi madre.
       —Es muy posible —repuso con la mayor serenidad mi padre—. ¿Habla francés?
       —Muy mal.
       —¡Hum! En cualquier caso, dalo mismo. Si no recuerdo mal, me has dicho que has invitado también a la hija. He oído que es una muchacha muy agradable e instruida.
       —¡Ah! En ese caso, no se parece a su madre.
       —Y tampoco a su padre, porque, a pesar de su educación, era un hombre bastante tonto.
       Mi madre suspiró y se quedó pensativa. Mi padre guardó silencio. A lo largo de esa conversación me sentí muy incómodo.
       Después de la comida me dirigí al jardín, pero sin la escopeta. Me había impuesto no acercarme al “jardín de las Zasekin”, pero una fuerza irresistible me arrastró hasta allí, y no sin motivo. Apenas había tenido tiempo de aproximarme a la cerca cuando vi a Zinaída. En esta ocasión estaba sola. Llevaba un libro en la mano y paseaba con paso lento por el sendero. No reparó en mi presencia.
       Estuve a punto de dejar que se alejara, pero al momento cambié de opinión y tosí.
       Ella se volvió, pero no se detuvo; echó hacia atrás con la mano la ancha cinta azul de su sombrero de paja redondo, me miró, esbozó una tenue sonrisa y volvió a sumergirse en la lectura.
       Yo me quité la gorra, me quedé inmóvil unos instantes y a continuación me marché con el corazón encogido. “Que suis-je pour elle?”, me dije, sabe Dios por qué, en francés.
       Sentí a mi espalda unos pasos conocidos y me volví: era mi padre, que venía hacia mí con sus andares rápidos y ligeros.
       —¿Es la hija de la princesa? —me preguntó.
       —Sí.
       —¿Es que la conoces?
       —La he visto hoy por la mañana, en casa de su madre.
       Mi padre se detuvo, giró bruscamente sobre los talones y dio media vuelta. Al llegar a la altura de Zinaída, la saludó con cortesía. Ella le devolvió el saludo, no sin cierta expresión de sorpresa, y dejó caer el libro. Vi cómo lo seguía con la vista. Mi padre siempre iba vestido con elegancia, con un toque personal no exento de sencillez. Pero su figura nunca me había parecido tan esbelta; nunca su sombrero gris le había quedado tan bien sobre los cabellos rizados y algo ralos.
       Me habría gustado aproximarme a Zinaída, pero ella ni siquiera me miraba: había recogido el libro y se alejaba por el sendero.


VI

      Pasé toda la tarde y la mañana siguiente en un estado de triste apatía. Recuerdo que intenté trabajar y que abrí el Kaidánov, pero las espaciadas líneas y las páginas del célebre manual desfilaban sin fruto ante mis ojos. Diez veces seguidas leí las siguientes palabras: “Julio César se distinguía por su valor guerrero”, pero no entendí nada y acabé desentendiéndome del libro. Antes del almuerzo volví a untarme de pomada los cabellos, volví a ponerme la levita y la corbata.
       —¿A qué viene esto? —preguntó mi madre—. Todavía no eres estudiante y sabe Dios si aprobarás el examen. Además, la chaqueta está casi nueva. No puedes dejar de usarla así por las buenas.
       —Pero tenemos invitados —murmuré, casi con desesperación.
       —¡Tonterías! ¡Vaya unos invitados!
       Tuve que plegarme a su voluntad. Me quité la levita y me endosé la chaqueta, pero me quedé con la corbata. La princesa y su hija aparecieron media hora antes de la comida. La madre se había puesto un chal amarillo por encima del vestido verde que ya conocía y una cofia pasada de moda con cintas color de fuego. Sin ningún preámbulo se puso a hablar de sus letras de cambio, acompañando sus palabras de suspiros; se quejó de su pobreza y gimoteó, sin observar la menor discreción: aspiraba rapé de manera harto ruidosa, se volvía y se agitaba en su silla con la mayor desenvoltura. Era como si se hubiera olvidado de que era una princesa. En cambio, Zinaída hacía gala de una actitud digna, casi altanera, como correspondía a la hija de un príncipe. En su rostro apareció una expresión de fría impasibilidad e importancia. La verdad es que apenas la reconocía: no reconocía sus miradas ni sus sonrisas, aunque también bajo ese nuevo aspecto seguía pareciéndome bellísima. Llevaba un vestido ligero de barège [tejido de lana ligera] con dibujos azul celeste. Los cabellos le caían en largos bucles a lo largo de las mejillas, según la moda inglesa. Ese peinado le iba muy bien a la expresión fría de su rostro. Mi padre se sentó a su lado durante la comida y se ocupó de ella con la cortesía serena y refinada que le era propia. De vez en cuando la miraba, y ella, a su vez, lo miraba también alguna que otra vez, pero de una manera extraña, casi hostil. Conversaban en francés. Recuerdo que me sorprendió la pureza de la pronunciación de Zinaída. Ya en la mesa, la princesa siguió mostrando la misma desenvoltura, comió mucho y alabó los platos. Mi madre estaba visiblemente molesta y le contestaba con una especie de desdén triste. Mi padre fruncía un poco las cejas de vez en cuando. A mi madre tampoco le gustó Zinaída.
       —Es una orgullosa —dijo al día siguiente—. ¿Y qué motivos tiene para enorgullecerse, avec sa mine de grisette? [“con esa cara de modistilla”]
       —Bien se ve que no has visto una modistilla en tu vida —observó mi padre.
       —¡Gracias a Dios!
       —Gracias a Dios, desde luego… pero ¿por qué te permites juzgarla?
       A mí Zinaída no me prestó la menor atención. Poco después de la comida, la princesa se despidió.
       —¡Espero contar con su protección, Maria Nikoláievna y Piotr Vasílevich! —dijo a mi padre y a mi madre con voz cantarina—. ¡Qué le vamos a hacer! Los buenos tiempos ya han pasado. Sigo mereciendo el título de su excelencia, pero ¿de qué vale ese honor cuando una no tiene nada que llevarse a la boca? —añadió con una sonrisa desagradable.
       Mi padre le dirigió un respetuoso saludo y la acompañó hasta la puerta del recibidor. Yo estaba allí con mi chaqueta corta y la mirada fija en el suelo, como un condenado a muerte. La actitud de Zinaída conmigo me había dejado totalmente desesperado. Cuál no sería mi sorpresa cuando, al pasar a mi lado, me susurró atropelladamente, con esa expresión acariciante en los ojos que ya conocía de antes:
       —Venga a verme a las ocho sin falta. ¿Me ha oído usted?
       No se me ocurrió otra cosa que separar los brazos, pero ella ya se había alejado, después de cubrirse la cabeza con su chal blanco.


VII

      A las ocho en punto, con mi chaquetilla y el pelo peinado en copete, entré en el recibidor del pabellón en el que vivía la princesa. El viejo criado me miró con aire sombrío y se levantó de mala gana del banco en el que estaba sentado. En el salón se oían voces alegres. Abrí la puerta y retrocedí asombrado. Zinaída estaba en medio de la habitación, subida en una silla, con un sombrero de hombre en la mano. A su alrededor se apiñaban cinco jóvenes, que trataban de meter la mano en el sombrero, mientras ella lo levantaba en alto y lo agitaba con furor. Al verme, gritó:
       —¡Esperen, esperen! El nuevo invitado también debe tener su papeleta. —Y a continuación, saltando con ligereza de la silla, me cogió por la bocamanga de la chaqueta—. Venga usted —dijo—. ¿Por qué se queda ahí parado? Messieurs, permítanme que les presente al señor Voldemar, el hijo de nuestro vecino. Y éstos son —añadió, volviéndose hacia mí e indicándome por turno a los invitados— el conde Malevski, el doctor Lushin, el poeta Maidánov, el capitán retirado Nirmatski y el húsar Belovzórov, a quien ya conoce usted. Les ruego que se quieran y que sean buenos amigos.
       Estaba tan aturdido que no saludé a nadie. En el doctor Lushin reconocí al mismo señor de piel atezada que me había abochornado de forma tan despiadada en el jardín. A los demás no los había visto en mi vida.
       —Conde —prosiguió Zinaída—, escriba una papeleta para el señor Voldemar.
       —Es injusto —exclamó éste con un ligero acento polaco. Era un hombre muy apuesto, moreno, vestido con suma elegancia, expresivos ojos castaños, una naricilla muy blanca y delgada y un fino bigotillo sobre la boca minúscula—. No ha jugado a las prendas con nosotros.
       —Es injusto —repitieron Belovzórovy el señor a quien me habían presentado como capitán retirado, un hombre de unos cuarenta años, con el rostro picado de viruelas hasta el punto de parecer desfigurado, pelo rizado como un árabe, algo cargado de hombros, con las piernas torcidas y ataviado con una guerrera desabrochada y sin charreteras.
       —Le estoy diciendo que escriba una papeleta —repitió la joven—. ¿Es que se rebela usted? Es la primera vez que el señor Voldemar se une a nosotros; por tanto, para él hoy no hay reglas de ningún tipo. Deje de refunfuñar y escriba lo que le digo.
       El conde se encogió de hombros, pero inclinó sumisamente la cabeza, cogió una pluma con su mano blanca y adornada de anillos, arrancó un pedazo de papel y se puso a escribir.
       Al menos, permítame que le explique al señor Voldemar de qué se trata —dijo Lushin con voz burlona—, porque parece completamente desorientado. Pues verá usted, joven, estamos jugando a las prendas. A la princesita se le ha impuesto un castigo: aquel que saque la papeleta de la suerte tendrá derecho a besarle la mano. ¿Ha entendido usted lo que acabo de decirle?
       Me lo quedé mirando sin moverme de mi sitio, como ofuscado. En cuanto a la joven princesa, volvió a saltar sobre la silla y se puso de nuevo a agitar el sombrero. Todos tendieron los brazos hacia ella, y yo les imité.
       —Maidánov —dijo la muchacha a un joven alto, de rostro chupado, ojillos diminutos y larguísimos cabellos negros—, usted, en su condición de poeta, debe mostrarse generoso y ceder su papeleta al señor Voldemar; de ese modo, tendrá dos oportunidades en lugar de una.
       Pero Maidánov negó con la cabeza y sacudió los cabellos. Hundí la mano en el sombrero después de los demás, saqué una papeleta y la abrí… ¡Dios mío! Lo que no se me pasaría por la cabeza cuando leí la palabra: “Beso”.
       —¡Beso! —grité sin apenas darme cuenta.
       —¡Bravo! Ha ganado —replicó la joven princesa—. ¡Cuánto me alegro! —Bajó de la silla y me miró a los ojos con tanta dulzura y serenidad que el corazón se me desbocó en el pecho—. ¿Está usted contento? —me preguntó.
       —¿Yo?… —balbucí.
       —¿Me vende usted su papeleta? —soltó de pronto en mi misma oreja Belovzórov—. Le doy cien rublos.
       Le respondí al húsar con una mirada tan indignada que Zinaída batió palmas y Lushin exclamó:
       —¡Bien hecho! No obstante —prosiguió—, como maestro de ceremonias, estoy obligado a velar por el respeto de todas las reglas. Señor Voldemar, hinque una rodilla en tierra. Tal es la costumbre que tenemos.
       Zinaída se puso delante de mí, con la cabeza ligeramente ladeada, como para contemplarme más a su gusto, y me tendió la mano con aire grave. Se me nublaron los ojos. Quise apoyar una rodilla en el suelo, pero acabé postrándome de hinojos y apreté con tanta torpeza mis labios en los dedos de Zinaída que me raspé ligeramente la nariz con una de sus uñas.
       —¡Bien! —exclamó Lushin y me ayudó a levantarme.
       El juego de las prendas se reanudó, y Zinaída me pidió que me sentara a su lado. ¡Qué de castigos no inventaría! Entre otras cosas, tuvo que hacer la estatua, y eligió como pedestal al feísimo Nirmatski: le ordenó que se tumbara boca abajo y además que hundiera el rostro en el pecho. Las risas no cesaron ni un solo instante. Todo ese ruido y barullo, esa alegría desenfrenada, casi violenta, esas relaciones inauditas con personas desconocidas se me subieron a la cabeza: no en vano, era un muchacho criado en soledad y bajo reglas rígidas, que había crecido en una casa señorial y distinguida. Era literalmente como si me hubiera emborrachado. Empecé a reírme a carcajadas y a alborotar más que los demás, hasta el punto de que la vieja princesa, que se hallaba en la habitación contigua, en compañía de uno de esos hombres de leyes de las Puertas de Iveria [Las Puertas de Iveria, destruidas en 1919, daban acceso a la Plaza Roja; en sus inmediaciones, funcionarios y hombres de leyes ofrecían sus servicios a particulares], al que había llamado para pedirle consejo, se asomó para observarme. Pero yo me sentía tan feliz que ni me inmutaba, como suele decirse, y no se me daba nada de las burlas y las miradas torvas. Zinaída seguía tratándome con especial deferencia y no dejaba que me apartara de su lado. En uno de los castigos tuve que sentarme a su lado, mientras nos cubrían con un pañuelo de seda para que le confiara mi secreto. Recuerdo que nuestras cabezas se encontraron de pronto en una oscuridad sofocante, semi transparente, olorosa, que en esa oscuridad sus ojos brillaban suaves y próximos, que sus labios abiertos dejaban escapar su respiración ardiente, que sus dientes resplandecían y que las puntas de sus cabellos me hacían cosquillas y a la vez me abrasaban. Yo guardaba silencio. Ella sonreía con aire misterioso y cierta picardía. Al final me susurró:
       —¿Y bien?
       Yo me ruboricé, solté una carcajada, y, sin atreverme casi a respirar, volví la cabeza. Cuando nos aburrimos de las prendas, nos pusimos a jugar a pasar el bramante [juego que consiste en que varias personas deslizaban un bramante entre sus manos; cuando una de ellas se detenía, la persona que estaba en el centro tenía derecho a golpearle en los dedos]. ¡Dios mío, qué placer sentí cuando, en un momento de distracción, Zinaída me propinó un brusco y violento golpe en los dedos! ¡Cuánto me esforcé después por aparentar que estaba distraído! Pero ella me hacía rabiar y no tocaba mis manos, por más que se las tendía.
       ¡Las cosas que hicimos en el transcurso de esa tarde! Tocamos el piano, cantamos, bailamos, levantamos un campamento gitano. Disfrazamos a Nirmatski de oso y le dimos a beber agua con sal. El conde Malevski nos enseñó diversos trucos de cartas, luego repartió los naipes para echar una partida de whisty se las arregló para que le cayeran todos los triunfos, motivo por el cual Lushin “tuvo el honor de felicitarle”. Maidánov declamó algunos pasajes de su poema El homicida (estábamos en pleno apogeo del romanticismo), que tenía intención de editar con una cubierta negra y el título en color sangre. Al hombre de leyes de las Puertas de Iveria le sustrajimos el gorro que tenía en las rodillas y le obligamos, para rescatarlo, a ejecutar una danza rusa. Al viejo Vonifati le encasquetamos una cofia y Zinaída, por su parte, se puso un sombrero de hombre… Imposible enumerar todo lo que hicimos. Sólo Belovzórov se mantuvo al margen la mayor parte del tiempo, enfurruñado y sombrío. A veces se le inyectaban los ojos en sangre, se ponía todo rojo y parecía a punto de abalanzarse sobre nosotros para hacernos picadillo. Zinaída, entonces, lo miraba y lo amenazaba con el dedo, y él se retiraba de nuevo a su rincón.
       Acabamos agotados. Hasta la princesa, por más que no se inmutaba por nada (ningún grito le hacía mover una ceja), confesó que estaba fatigaba y expresó su deseo de descansar un rato. Poco después de las once de la noche nos sirvieron la cena, que consistió en un trozo de queso duro y seco y unos pastelillos fríos de jamón picado que me parecieron más sabrosos que cualquier empanadilla. Sólo había una botella de vino, y además bastante extraña, oscura, con el gollete ancho; en cuanto al vino, tenía un color rosado bastante peculiar; por lo demás, nadie lo probó. Abandoné el pabellón cansado y feliz hasta no poder más. Al despedirse de mí, Zinaída me apretó con fuerza la mano y me dedicó otra de sus sonrisas enigmáticas.
       El soplo de la noche, denso y húmedo, me dio en el rostro enardecido. Por lo visto, se estaba preparando una tormenta. Negras nubes se amontonaban y se deslizaban por el cielo, cambiando a ojos vistas sus contornos vaporosos. Un vientecillo tremolaba inquieto entre los árboles oscuros, y en algún lugar lejano, más allá de la línea del horizonte, el trueno gruñía como para sus adentros, con voz sorda y enfurruñada.
       Me dirigí a mi habitación por la entrada de servicio. Mi criado dormía en el suelo, así que tuve que sortearlo. No obstante, acabó despertándose. Cuando reparó en mi presencia, me anunció que mi madre había vuelto a enfadarse conmigo y una vez más había querido enviar a alguien en mi busca, pero que mi padre se lo había impedido. (Nunca me iba a la cama sin darle las buenas noches a mi madre y haber recibido su bendición.) En cualquier caso, ¡ya no se podía hacer nada!
       Le dije al criado que yo mismo me desvestiría y me acostaría. Al poco rato apagué la luz, pero no me desvestí ni me metí en la cama.
       Me senté en una silla y pasé allí largo rato, presa de una suerte de encantamiento. Lo que sentía era tan nuevo y tan dulce… No me movía (sólo de vez en cuando miraba a mi alrededor) y respiraba lentamente. Tan pronto me reía en silencio, mecido por los recuerdos, como me quedaba interiormente helado, al pensar que me había enamorado, que por fin había llegado ese amor con el que tanto había soñado. El rostro de Zinaída flotaba dulcemente delante de mí, en medio de la penumbra; flotaba y no se disolvía. Sus labios seguían esbozando una sonrisa enigmática, sus ojos me miraban un poco de soslayo, interrogativos, soñadores y tiernos. Por último me levanté, me acerqué de puntillas a la cama y, con mucho cuidado, sin desvestirme, apoyé la cabeza en la almohada, como si tuviera miedo de turbar, con un movimiento demasiado brusco, la dicha que colmaba todo mi ser…
       Me acosté, pero ni siquiera cerré los ojos. Pronto me di cuenta de que en mi habitación entraban unos débiles destellos luminosos… Me incorporé y miré por la ventana. El marco se distinguía netamente de los cristales, teñidos de una blancura misteriosa y turbia. “La tormenta”, pensé. En efecto, era la tormenta, pero pasaba muy lejos, tanto que no se oían los truenos. En cambio, los relámpagos atravesaban el cielo sin cesar, poco luminosos, largos, como ramificados: más que estallar, se estremecían y se sobresaltaban, como el ala de un ave moribunda. Me levanté, me apoyé en la ventana y me quedé allí hasta la mañana… Los relámpagos no se interrumpieron ni un instante. Era lo que la gente del pueblo llama una noche de gorriones. Miraba los campos arenosos y mudos, la oscura mole de los jardines Neskuchni, la amarillenta fachada de los edificios lejanos, que parecían también estremecerse a cada débil estallido del rayo… No podía apartar los ojos de ese espectáculo. Los silenciosos relámpagos y los tenues resplandores parecían responder a los mudos y secretos impulsos que se agitaban también en mi espíritu. La mañana empezaba a insinuarse. El amanecer llegó con sus manchones purpúreos. Al aproximarse el sol, los relámpagos fueron haciéndose más pálidos y breves; sus estremecimientos, cada vez más espaciados, acabaron desapareciendo del todo, difuminados por la luminosidad sobria e indudable del naciente día.
       También los relámpagos que centelleaban en mi interior cesaron. De pronto sentí una gran fatiga y un enorme sosiego… Pero la imagen de Zinaída seguía meciéndose, solemne, a mi alrededor. No obstante, ahora parecía haberse serenado: como un cisne que ha emprendido el vuelo, que se ha elevado de las hierbas de una ciénaga, se destacaba entre las desagradables figuras que la rodeaban; en cuanto a mí, antes de quedarme dormido, caí por última vez a sus pies, en un postrero y confiado homenaje…
       Ah, mansos sentimientos, sonidos delicados, bondad y apaciguamiento de un alma conmovida, alegría lánguida de las primeras delicias del amor… ¿Dónde estáis? ¿Dónde?


VIII

      A la mañana siguiente, cuando bajé a tomar el té, mi madre me riñó, aunque no tanto como esperaba, y me obligó a contarle cómo había pasado la tarde del día anterior. Le referí en pocas palabras lo que había hecho, omitiendo muchos detalles y tratando de darle a todo el aire más inocente posible.
       —En cualquier caso, no es gente comme il faut —observó mi madre—, y no hay ninguna razón para que pases el tiempo con ellos, en lugar de preparar tu examen y ocuparte de tareas útiles.
       Como sabía que la preocupación de mi madre por mis ocupaciones se limitaría a esas pocas palabras, no juzgué necesario contestarle. Pero, después del té, mi padre me cogió del brazo e, internándose conmigo en el jardín, me hizo referirle todo lo que había visto en casa de las Zasekin.
       Mi padre ejercía sobre mí una influencia extraña, y no menos extrañas eran nuestras relaciones. Casi no se ocupaba de mi educación, pero nunca me ofendía; respetaba mi libertad; hasta podría decirse, si se me permite la expresión, que era cortés conmigo. Pero no me dejaba que me acercara a él. Yo le quería, le admiraba, me parecía un modelo de hombre. ¡Dios mío, con qué entusiasmo me habría unido a él si no hubiera sentido a cada momento que su mano me rechazaba! En cambio, cuando quería, le bastaba una simple palabra, un simple movimiento para suscitar en mí una confianza ilimitada. Le abrí mi alma. Conversé con él como con un amigo razonable, como con un maestro indulgente… Luego, de manera no menos brusca, me alejó de su lado: su mano de nuevo me rechazaba, con afecto y dulzura, pero me rechazaba…
       A veces era presa de un acceso de alegría y se mostraba dispuesto a divertirse y hacer travesuras conmigo como un muchacho (le gustaban todos los ejercicios corporales violentos). Una vez, ¡una vez sólo!, me acarició con tal ternura que estuve a punto de echarme a llorar… Pero tanto su alegría como su ternura desaparecían sin dejar huella, y cuanto había ocurrido entre nosotros no me permitía concebir ninguna esperanza para el futuro: era como si todo aquello lo hubiera visto en sueños. En ocasiones me quedaba mirando su rostro hermoso, inteligente y luminoso… Mi corazón se estremecía y todo mi ser ansiaba su proximidad. Se diría que se daba cuenta de lo que sucedía en mi interior, pues al pasar a mi lado me acariciaba las mejillas, pero luego se marchaba, o se ocupaba de otra actividad, o de pronto se ponía rígido, como sólo él sabía hacerlo, y entonces yo también me encerraba en mí mismo y me volvía frío. Esas raras muestras de afecto nunca estaban motivadas por mis plegarias mudas, aunque bien evidentes: siempre se producían de improviso. Reflexionando más tarde sobre el carácter de mi padre, he llegado a la conclusión de que no se interesaba por mí ni por la vida familiar. Encontraba satisfacción en otras cosas y supo disfrutar de ellas plenamente.
       —Coge lo que puedas y no te dejes dominar. Uno debe ser dueño de sí mismo. Eso es lo único que cuenta en la vida —me dijo una vez.
       Otro día, en mi condición de joven demócrata, me puse a reflexionar sobre la libertad en su presencia (ese día se hallaba en “buena disposición de ánimo”, como decía yo; en tales ocasiones podía hablar con él de cualquier tema).
       —La libertad —repitió—, ¿sabes lo que puede concederle al hombre la libertad?
       —¿Qué?
       —La voluntad, su propia voluntad. También le da poder, que es más importante que la libertad. Aprende a querer, y serás libre y mandarás.
       Ante todo y por encima de todo mi padre ansiaba vivir, y vivió… Tal vez presentía que no iba a disfrutar mucho tiempo “de lo único que cuenta” en la vida: murió a los cuarenta y dos años.
       Le conté en detalle mi visita a casa de las Zasekin. Él me escuchó con atención moderada y cierta distracción, sentado en un banco y trazando rayas en la arena con la punta del látigo. De vez en cuando se reía un poco, me dirigía una mirada luminosa y divertida y me aguijoneaba con breves preguntas y objeciones. En un principio no me decidí siquiera a pronunciar el nombre de Zinaída, pero al final no me contuve y me puse a alabarla. Mi padre seguía riendo. Luego se quedó pensativo, se estiró y se levantó.
       Me vino a la memoria que, al salir de casa, había dado órdenes de que le ensillaran el caballo. Era un jinete extraordinario y sabía domar, mucho antes que el célebre señor Reri, los caballos más salvajes.
       —¿Puedo ir contigo, papá? —le pregunté.
       —No —me respondió, y su rostro adoptó su expresión habitual, entre indiferente y tierna—. Vete solo, si quieres. Y dile al cochero que al final he decidido no montar.
       Me volvió la espalda y se alejó con rápidos pasos. Yo le seguí con la mirada hasta que desapareció al otro lado de la puerta. Al poco rato vi su sombrero por encima de la cerca: se dirigía a casa de las Zasekin.
       Se quedó allí una hora como mucho y nada más salir se dirigió a la ciudad, de donde no regresó hasta última hora de la tarde.
       Después de comer, también yo fui a casa de las Zasekin. En el salón sólo encontré a la vieja princesa. Al verme, se rascó la cabeza por debajo de la cofia, con la aguja de hacer punto, y de pronto me preguntó si le podía copiar una solicitud.
       —Con mucho gusto —respondí y me senté en el extremo de una silla.
       —Pero tiene usted que hacer una letra muy grande —dijo, tendiéndome una hoja de papel toda garrapateada—. ¿Puede hacerlo usted hoy mismo, señorito?
       —La copiaré ahora mismo.
       La puerta de la habitación contigua se abrió un poco y en el resquicio apareció la cara de Zinaída, pálida, pensativa, con los cabellos esparcidos por la espalda con descuido: me miró con sus ojos grandes y fríos y a continuación cerró con tiento la puerta.
       —¡Zina! ¡Eh, Zina! —dijo la vieja.
       Pero la joven no respondió.
       Cogí la solicitud y pasé toda la tarde copiándola.


IX

      Mi “pasión” empezó ese mismo día. Recuerdo que sentí entonces algo semejante a lo que debe experimentar un hombre al ocupar por primera vez un cargo: había dejado de ser un muchacho, me había enamorado. He dicho que a partir de ese día empezó mi pasión; podría decir también que ese día empezaron mis sufrimientos. Languidecía en ausencia de Zinaída. No me venía una sola idea a la cabeza, todo se me caía de las manos y me pasaba semanas enteras pensando continuamente en ella. Languidecía… pero en su presencia no me sentía mejor. Tenía celos, era consciente de mi insignificancia, me enfurruñaba por cualquier tontería, me arrastraba como un necio; sin embargo, una fuerza invencible me llevaba hasta ella y, cada vez que traspasaba el umbral de su habitación, me sacudía un involuntario temblor de felicidad. Zinaída había descubierto en seguida que me había enamorado de ella; por lo demás, tampoco yo trataba de ocultarlo. Ella se burlaba de mi pasión, me hacía rabiar, me mimaba y me atormentaba. Es dulce ser la fuente única, la causa despótica e irresponsable de las mayores alegrías y las penas más profundas de otra persona. En manos de Zinaída yo era como un pedazo de cera. Por otro lado, no era el único que se había enamorado. Todos los hombres que frecuentaban su casa estaban locos por ella y ella los tenía a todos encadenados a sus pies. Se divertía suscitando en ellos tan pronto esperanzas como temores, haciéndolos girar a su antojo (a eso lo llamaba confrontar a unas personas con otras), y ellos no pensaban siquiera en resistir y se sometían de buena gana. En todo su ser, lleno de belleza y de vida, había una mezcla sumamente atractiva de astucia y despreocupación, artificios¡dad y sencillez, sosiego y vivacidad. En todo lo que hacía y decía, en cada uno de sus movimientos revoloteaba un encanto fino y ligero, en cada uno de sus actos se percibía una fuerza peculiar y chispeante. Su rostro, también chispeante, cambiaba a cada momento: era capaz de adoptar casi al mismo tiempo una expresión irónica, meditativa y apasionada. Los sentimientos más diversos, ligeros y rápidos como las sombras de las nubes un día soleado y ventoso, pasaban sin cesar por sus ojos y sus labios.
       Cada uno de sus admiradores le era indispensable. Belovzórov, al que a veces llamaba “mi fiera” o simplemente “mi Belovzórov”, se habría arrojado al fuego de buena gana si se lo hubiera pedido; como no podía esperar nada de sus facultades intelectuales ni de sus demás cualidades, no hacía más que proponerle que se casara con él, dando a entender que los demás no tenían intenciones serias. Maidánov respondía a las cuerdas poéticas de su alma: hombre bastante frío, como casi todos los escritores, le aseguraba en todo momento —puede que también con la intención de convencerse a sí mismo— que la adoraba y la ensalzaba en poesías interminables, que le leía con entusiasmo forzado y a la vez sincero. A ella le caía simpático y al mismo tiempo le tomaba un poco el pelo. No le tenía en alta estima y, después de haber escuchado sus efusiones, le obligaba a leer algunos versos de Pushkin para, como decía ella, purificar el ambiente. Lushin, médico burlón y cínico, la conocía mejor que todos los demás y la amaba más que todos los demás, aunque la criticaba tanto en su presencia como a sus espaldas. Ella lo respetaba, pero no le pasaba una, y a veces le hacía sentir con un placer singular y maligno que también él estaba en sus manos. “Soy una coqueta sin corazón, tengo naturaleza de actriz —le dijo un día en mi presencia—. Bueno, ahora va usted a tenderme la mano y yo se la traspasaré con una aguja; se sentirá avergonzado delante de este joven, sentirá dolor, y sin embargo, a pesar de lo que respeta usted la verdad, no dejará de reírse.” Lushin se ruborizó, se dio la vuelta y se mordió los labios, pero acabó tendiéndole la mano. Ella le pinchó y él, en efecto, se echó a reír. También ella se reía, al tiempo que le clavaba la aguja a bastante profundidad y le miraba a los ojos, que él trataba de desviar en vano.
       No acababa de entender qué clase de relaciones había entre Zinaída y el conde Malevski. Era un hombre apuesto, habilidoso e inteligente, pero hasta yo, un simple muchacho de dieciséis años, percibía algo dudoso y falso en su persona. La verdad es que me sorprendía que Zinaída no lo advirtiese. Por lo demás, puede que lo advirtiese y que no le desagradara. Una educación irregular, extrañas amistades y costumbres, la presencia constante de la madre, la pobreza y el desorden que reinaban en la casa; todo, desde la libertad de la que gozaba esa muchacha hasta el sentimiento de superioridad que albergaba sobre las personas que la rodeaban, había contribuido a que desarrollara una despreocupación en cierto modo despectiva y una actitud poco exigente. Ante cualquier contingencia, por ejemplo que Vonifati anunciara que se había acabado el azúcar, que alguien sacara a colación un chismorreo infame o que los invitados discutieran, se limitaba a sacudir los rizos, decía: “¡Tonterías!”, y no volvía a preocuparse del asunto.
       A mí, en cambio, me hervía la sangre en las venas cuando Malevski se acercaba a ella, deslizándose con la astucia de un zorro, se apoyaba con elegancia en el respaldo de su silla y le susurraba algo al oído con una sonrisillajactanciosa e insinuante, mientras ella, con los brazos cruzados sobre el pecho, le miraba con atención, sonreía y movía la cabeza.
       —¿Qué placer puede procurarle recibir al señor Malevski? —le pregunté en una ocasión.
       —Tiene un bigote muy bonito —respondió ella—. Además, eso no es de su incumbencia.
       —No piense usted que estoy enamorada de él —me dijo en otra ocasión—. Nada de eso. No puedo enamorarme de una persona a la que tengo que mirar de arriba abajo. Necesito un hombre que me pare los pies… Pero, gracias a Dios, no lo encontraré nunca. Jamás caeré en las garras de nadie. No, no.
       —¿Quiere usted decir que no se enamorará nunca?
       —¿Y usted? ¿Acaso no estoy enamorada de usted? —dijo y me propinó un golpe en la nariz con la punta de su guante.
       Sí, Zinaída se divertía bastante a mi costa. A lo largo de tres semanas la vi todos los días. ¡Y qué cosas no haría conmigo! A nuestra casa no venía casi nunca, y yo no lo lamentaba. En nuestra casa se transformaba en una señorita, en una princesa, y yo la rehuía. Me daba miedo ponerme en evidencia delante de mi madre, que no sentía la menor simpatía por Zinaída y nos observaba con animadversión. A mi padre no le temía tanto: parecía no reparar en mi presencia y hablaba poco con ella, aunque sus comentarios eran siempre interesantes e inteligentes. Había dejado de estudiar y de leer; hasta había renunciado a pasear por los alrededores, a montar a caballo. Como un escarabajo atrapado por una pata, no paraba de dar vueltas alrededor del adorado pabellón. Si hubiera podido, no habría salido de allí… Pero era imposible: mi madre rezongaba y a veces hasta la propia Zinaída me echaba. Entonces me encerraba en mi habitación, me refugiaba en el rincón más apartado del jardín, trepaba a las ruinas de un alto invernadero de piedra y, con las piernas colgando por encima del muro, que daba al camino, pasaba allí horas enteras, mirándolo todo, pero sin ver nada. A mi lado, entre las ortigas cubiertas de polvo, revoloteaban mariposas blancas; un atrevido gorrión se posaba no lejos de donde yo estaba, sobre un ladrillo rojo medio resquebrajado, y gorjeaba en tono irritado, volviéndose sin parar y desplegando su pequeña cola; unos cuantos cuervos, aún desconfiados, graznaban alguna que otra vez, desde lo más alto de la copa de un abedul pelado; el sol y el viento jugueteaban dulcemente entre sus desmedradas ramas; de cuando en cuando llegaba hasta mi oído el sereno y melancólico tañido de las campanas del monasterio del Don. Yo miraba y escuchaba, y todo mi ser se iba llenando de una sensación inefable en la que todo se entreveraba: la tristeza y la alegría, el presentimiento del futuro, el deseo de vivir y el miedo a la vida. Entonces no entendía nada de todo eso, y no habría sido capaz de dar un nombre a lo que fermentaba en mí, o, mejor dicho, le habría dado un único nombre: el de Zinaída.
       Pero Zinaída seguía jugando conmigo como un gato con un ratón. Tan pronto coqueteaba, y yo entonces me emocionaba y me derretía, como de pronto me rechazaba, y ya no me atrevía a acercarme a ella, no me atrevía a mirarla.
       Recuerdo que una vez se mostró muy fría conmigo varios días seguidos. Completamente desmoralizado, entraba temeroso en el pabellón y trataba de quedarme muy cerca de la vieja princesa, aunque en aquella época no hacía más que refunfuñar y gritar, pues el asunto de las letras de cambio iba de mal en peor y ya había tenido dos entrevistas con el comisario de policía.
       Un día paseaba a lo largo de la famosa cerca del jardín cuando vi a Zinaída: apoyándose en ambas manos, se sentó en la hierba y se quedó inmóvil. Intenté alejarme sin hacer ruido, pero ella levantó de pronto la cabeza y me hizo una seña imperiosa. Yo me quedé como clavado al suelo, sin comprender en un primer momento lo que quería. Repitió el gesto. Entonces, sin perder un instante, salté por encima de la cerca y corrí, lleno de alegría, hasta ella. Pero me detuvo con la mirada y me indicó el sendero que tenía a dos pasos. Confundido, sin saber lo que hacía, me puse de rodillas en el borde del sendero. Ella estaba tan pálida y sus rasgos expresaban una pena tan amarga y un cansancio tan profundo que se me oprimió el corazón. Casi sin querer le pregunté:
       —¿Qué le pasa?
       Zinaída extendió la mano, arrancó una brizna de hierba, la mordisqueó y la arrojó bastante lejos.
       —Me quiere usted mucho, ¿verdad? —me preguntó por último.
       Yo no respondí. ¿Para qué iba a responder?
       —¿Verdad? —repitió ella, mirándome como antes—. ¡Así es! Los mismos ojos —añadió, quedándose pensativa y cubriéndose el rostro con las manos—. Todo me repugna —murmuró—. Me gustaría irme al fin del mundo. No puedo soportarlo, es superior a mis fuerzas… ¡Y qué me deparará el futuro!… Ah, qué dolor… ¡Dios mío, qué dolor!
       —¿Qué le pasa? —le pregunté con timidez.
       Zinaída no me respondió, limitándose a encogerse de hombros. Yo seguía de rodillas y la miraba con profunda melancolía. Cada una de sus palabras se me clavaba en lo más hondo del corazón. Creo que en ese momento habría dado gustoso mi vida con tal de que se disipara su tristeza. La miraba y, aunque no entendía la razón de su pesar, me la imaginaba saliendo de pronto al jardín, en un acceso de insoportable melancolía, y desplomándose sobre la tierra como fulminada. A nuestro alrededor todo era claridad y verdor; el viento susurraba entre las hojas de los árboles, inclinando de vez en cuando la larga rama de un frambueso sobre la cabeza de Zinaída. En algún lugar zureaban las palomas y zumbaban las abejas, volando bajas sobre la hierba rala. Por encima de nosotros el cielo era de un azul delicado. Y yo sentía tanta tristeza…
       —Recíteme alguna poesía —me dijo en un susurro y se apoyó en el codo—. Me gusta que me recite versos. Tiene usted una voz cantarina, pero da igual, es cosa de la juventud. Recíteme En las colinas de Georgia [poema de Pushkin]. Pero primero siéntese.
       Yo me senté y recité la poesía que me pedía.
       —“No puede dejar de amar” —repitió Zinaída—. Por eso es tan buena esa poesía: nos dice que lo que no es es mejor que lo que es y más parecido a la verdad… “No puede dejar de amar.” Querría, pero no puede. —A continuación guardó silencio. Luego, de pronto, se sobresaltó y se puso en pie—. Vamos. Maidánov está en casa con mi madre. Me ha traído su poemayyo lo he dejado solo. Ahora también él está triste… pero ¡qué le vamos a hacer! Algún día lo sabrá usted ¡Lo único que le pido es que no se enfade conmigo!
       Zinaída me apretó con premura la mano y echó a andar. Volvimos al pabellón. Maidánov se puso a recitarnos su poema El homicida, que acababa de publicarse, pero yo no le escuchaba. Gritaba los yambos de cuatro pies con voz monótona, las rimas se sucedían y tintineaban como cascabeles, vacías y sonoras. Yo no apartaba la vista de Zinaída y me esforzaba por comprender el significado de sus últimas palabras.

Tal vez un rival secreto
te ha vencido sin tú saberlo.

      Exclamó de pronto Maidánov con voz gangosa, y en ese momento mis ojos y los de Zinaída se encontraron. Ella los bajó y se ruborizó ligeramente. Yo advertí ese rubor y me quedé frío de espanto. Ya antes había tenido celos, pero sólo en ese instante la idea de que se hubiera enamorado de otro se me pasó por la cabeza. “¡Dios mío! ¡Se ha enamorado!”

X

      A partir de ese momento comenzaron mis verdaderos tormentos. Me exprimía el cerebro, reflexionaba, analizaba una y otra vez la misma idea, y observaba a Zinaída en secreto, en la medida de lo posible, pero sin descanso. No cabía duda de que se había producido un cambio en ella. Salía a pasear sola y tardaba mucho tiempo en volver. A veces no hacía acto de presencia cuando había invitados. Pasaba horas enteras en su habitación, algo que no había ocurrido nunca antes. De pronto me volví, o así me lo figuraba, extraordinariamente perspicaz. “¿Será éste? ¿O este otro?”, me preguntaba, pasando con inquietud de uno de su admiradores al siguiente. El conde Malevski me parecía más peligroso que los demás (aunque ese reconocimiento me parecía ofensivo para Zinaída).
       Mi perspicacia no iba más allá de la punta de mi nariz, y es probable que mi disimulo tampoco engañara a nadie. Al menos el doctor Lushin no tardó en descubrirme. Por lo demás, también él había cambiado en los últimos tiempos: estaba más delgado y, aunque seguía riéndose a cada momento, su risa era más sorda, maligna y breve; una initación nerviosa e involuntaria había reemplazado la sutil ironía de antaño y su cinismo afectado.
       —¿Por qué anda siempre dando vueltas por aquí, joven? —me dijo en una ocasión en que se quedó a solas conmigo en el salón de las Zasekin (Zinaída aún no había vuelto de su paseo y la voz estridente de su madre resonaba en el sotabanco: estaba reprendiendo a su doncella)—. Debería usted estudiar y trabajar, ahora que es joven; y, en cambio, ¿qué es lo que hace?
       —No puede usted saber si en casa trabajo o no —le repliqué no sin altanería, aunque también con cierto embarazo.
       —¡Buen trabajo debe de ser ése! Tiene usted otras cosas en la cabeza. Pero dejémoslo, no quiero discutir… A su edad, entra en el orden de las cosas. Pero su elección ha sido muy desafortunada. ¿Es que no ve usted lo que pasa en esta casa?
       —No le comprendo —observé.
       —¿Que no me comprende? Pues peor para usted. Considero mi deber ponerle en guardia. No tiene nada de malo que nosotros, viejos solterones, vengamos aquí. ¿Qué puede pasarnos? Somos gente fogueada, nada nos impresiona, pero usted tiene aún la piel muy delicada. Este aire le perjudica. Créame cuando le digo que podría usted infectarse.
       —¿Y cómo es eso?
       —Pues muy sencillo. ¿Acaso se encuentra usted bien en estos momentos? ¿Podría decir que éste es su estado normal? ¿Es que cuanto siente ahora es útil y beneficioso?
       —¿Y qué es lo que siento? —dije, aunque en el fondo de mi alma reconocía que el médico tenía razón.
       Ah, joven, joven —prosiguió el médico, poniendo una cara como si esas dos palabras encerraran algo muy ofensivo para mí—. ¿A quién pretende engañar usted, cuando, gracias a Dios, en su cara puede leerse todo lo que guarda su corazón? Por lo demás, ¿para qué discutir? Yo mismo no vendría por aquí si no estuviera… —el médico apretó los dientes—, si no estuviera tan chiflado. Lo que me sorprende es que, con su inteligencia, no se dé cuenta de lo que sucede a su alrededor.
       —¿Y qué es lo que sucede? —repliqué, aguzando el oído.
       El médico me miró con una especie de compasión irónica.
       —He hecho bien —dijo, como hablando consigo mismo—. Es muy necesario que se lo diga. En resumidas cuentas, se lo repito —añadió, alzando la voz—: la atmósfera de esta casa no le conviene. Se encuentra usted a gusto, la de cosas que ve. También en un invernadero hay un olor muy agradable, pero no se puede vivir en su interior. ¡Ah! Hágame usted caso y vuelva a coger el Kaidánov.
       Entró la princesa y se puso a quejarse al médico de que le dolían las muelas. Al poco rato apareció Zinaída.
       —Ríñala usted, doctor —añadió la princesa—. Se pasa todo el día bebiendo agua con hielo. ¿Cómo va a ser eso bueno para su salud con lo débil que tiene el pecho?
       —¿Por qué hace usted eso? —preguntó Lushin.
       —¿Y qué puede pasarme?
       —¿Que qué puede pasarle? Pues que puede resfriarse y morirse.
       —¿De verdad? ¿Es posible? Bueno, ¡qué le vamos a hacer si tal es nuestro destino!
       —Pero ¡qué dice! —refunfuñó el médico.
       La vieja princesa salió de la habitación.
       —Así es —prosiguió Zinaída—. ¿Acaso la vida es tan alegre? Eche un vistazo a su alrededor… ¿Hay algo que esté en su sitio? ¿O piensa usted que no me doy cuenta de las cosas, que no tengo sentimientos? Me gusta beber agua con hielo. Yya puede usted asegurarme con la mayor gravedad que la vida es demasiado valiosa para arriesgarla por un instante de placer, no digo ya de felicidad.
       —Ya veo —observó Lushin—, no se trata más que de un capricho y del deseo de mostrarse independiente… Esas dos palabras la definen a la perfección: en ellas se encierra toda su naturaleza.
       Zinaída estalló en una risa nerviosa.
       —Ha llegado usted tarde, mi querido doctor. Es usted un pésimo observador. Se ha quedado usted rezagado. Póngase gafas. En estos momentos no tengo el ánimo para caprichos. Burlarme de usted, burlarme de mí misma… ¡vaya una diversión! En lo que respecta a la independencia… Señor Voldemar —añadió de pronto, golpeando el suelo con el pie—, no ponga usted esa cara de pena. No puedo soportar que se compadezcan de mí.
       Y a continuación se alejó rápidamente.
       —La atmósfera de este lugar es perjudicial para usted, joven —me dijo Lushin una vez más.


XI

      La tarde de ese mismo día se reunieron en casa de las Zasekin los con currentes habituales, yo entre ellos.
       La conversación se ocupó del poema de Maidánov. Zinaída lo alabó sinceramente.
       —¿Sabe usted una cosa? —le dijo—. Si yo fuera poeta, elegiría otros temas. Tal vez no sea más que una tontería, pero a veces me vienen a la cabeza ideas extrañas, sobre todo cuando no duermo, antes del amanecer, en el momento en que el cielo empieza a cubrirse de tonalidades rosas y grises. Representaría, por ejemplo… Pero ¿no se burlarán ustedes de mí?
       —¡No! ¡No! —exclamamos todos a una voz.
       —Representaría —prosiguió ella, cruzando los brazos sobre el pecho y desviando la mirada— una reunión de muchachas, por la noche, en una barca de gran tamaño, sobre las serenas aguas de un río. Vestidas todas de blanco, coronadas de flores de ese mismo color, entonan una especie de himno, bajo el resplandor de la luna.
       —Entiendo, entiendo, prosiga —dijo Maidánov con expresión grave y soñadora.
       —De pronto, en la orilla, ruido, carcajadas, antorchas, retumbar de tambores… Un grupo de bacantes corre entre canciones y gritos. Ahora sería asunto suyo pintar esa escena, señor poeta… Pero me gustaría que las antorchas fueran rojas y echaran mucho humo, y que los ojos de las bacantes centelleasen bajo las coronas, que a su vez deben ser oscuras. No olvide usted las pieles de tigre, las copas y el oro, mucho oro.
       —¿Dónde habría que poner ese oro? —preguntó Maidánov, echando hacia atrás sus cabellos lacios y dilatando las aletas de la nariz.
       —¿Dónde? En los hombros, en los brazos, en las piernas, en todas partes. Dicen que en la Antigüedad las mujeres llevaban aros de oro en los tobillos. Las bacantes llaman a las muchachas de la barca, que dejan de entonar sus himnos. No pueden seguir cantando, pero no se mueven. La corriente las arrastra hacia la orilla. De repente una de ellas se levanta poco a poco… Hay que describir bien esa escena: cómo se levanta con mucho cuidado, alumbrada por la luz de la luna, cómo sus compañeras se asustan… Pasa por encima de la borda de la barca, las bacantes la rodean y, amparadas por la oscuridad de la noche, se la llevan… Represente entonces las columnas de humo, la confusión que se apodera de todo. No se oyen más que sus gritos y sólo se ve la corona de la muchacha, caída sobre la orilla.
       Zinaída se calló. (“¡Ah, se ha enamorado!”, pensé de nuevo.)
       —¿Eso es todo? —preguntó Maidánov.
       —Sí —respondió ella.
       —Con ese asunto no se puede construir un poema entero —observó con aire de importancia—. Pero utilizaré su idea para escribir una poesía lírica.
       —¿De tipo romántico? —preguntó Malevski.
       —Desde luego. De estilo romántico, byroniano.
       —En mi opinión, Hugo es mejor que Byron —dijo con indiferencia el conde—. Mucho más interesante.
       —Hugo es un escritor extraordinario —replicó Maidánov—. Y mi amigo Tonkoshéiev, en su novela española El trovador…
       —¿Ah, se refiere a ese libro con los signos de interrogación invertidos? —le interrumpió Zinaída.
       —Sí. Así se estila entre los españoles. Lo que quería decir es que Tonkoshéiev…
       Ah, otra vez va a ponerse usted a discutir del clasicismo y el romanticismo —volvió a interrumpirle Zinaída—. Más vale que juguemos a algo…
       —¿A las prendas? —insinuó Lushin.
       —No, el juego de las prendas es aburrido. Mejor a las comparaciones. —Ese juego lo había inventado la propia Zinaída: se elegía un objeto cualquiera, cada uno trataba de compararlo con algo y el que encontrara la mejor comparación recibía un premio.
       Se acercó a la ventana. El sol acababa de ponerse. En lo alto del cielo flotaban unas largas nubes rojas.
       —¿A qué se parecen esas nubes? —preguntó Zinaída y, al no obtener respuesta, dijo—: En mi opinión, se parecen a las velas purpúreas que había en el áureo navío de Cleopatra cuando iba al encuentro de Antonio. ¿Se acuerda usted, Maidánov, de que me contó usted la historia no hace mucho?
       Todos nosotros, como Polonio en Hamlet, decidimos que las nubes recordaban precisamente esas velas, y que ninguno de nosotros sería capaz de encontrar una comparación mejor.
       —¿Cuántos años tenía entonces Antonio? —preguntó Zinaída.
       —Debía de ser bastante joven —apuntó Malevski.
       —Sí —confirmó Maidánov.
       —Perdonen ustedes —exclamó Lushin—, pero tenía más de cuarenta años.
       —Más de cuarenta años —repitió Zinaída, dirigiéndole una mirada fugaz.
       Volví a casa al poco rato.
       “Se ha enamorado”, murmuraban involuntariamente mis labios… Pero ¿de quién?


XII

      Pasaron unos días. Zinaída cada vez se volvía más extraña e incomprensible. Una vez, al entrar en su casa, me la encontré sentada en una silla de paja, la cabeza apoyada en una esquina de la mesa. Se irguió… Su rostro estaba bañado en lágrimas.
       —¡Ah! ¡Es usted! —dijo con una sonrisa cruel—. Venga aquí.
       Me acerqué. Me puso una mano en la cabeza y de pronto empezó a tirarme del pelo.
       —Me duele… —dije por fin.
       —¡Ah! Le duele. ¿Y a mí no me duele? ¿Es que a mí no me duele? —repitió—. ¡Ay! —exclamó de repente, al ver que me había arrancado un pequeño mechón—. ¿Qué he hecho? ¡Pobre señor Voldemar!
       Alisó cuidadosamente los cabellos arrancados y se los enrolló en el dedo, formando una sortija.
       —Pondré sus cabellos en un medallón y los llevaré —dijo, con los ojos aún resplandecientes de lágrimas—. Tal vez eso sirva para consolarle un poco… Y ahora váyase.
       Regresé a casa y me encontré con una escena desagradable. Mi madre estaba discutiendo con mi padre: le reprochaba no sé qué cosa, y él, según su costumbre, guardaba un silencio cortés y frío. Al poco rato se marchó. No llegué a oír lo que decía mi madre; además, en ese momento tenía la cabeza ocupada con otros asuntos. Sólo recuerdo que, al final de la escena, mi madre me mandó llamar a su despacho y se mostró muy molesta con mis frecuentes visitas a casa de la princesa, quien, según sus palabras, era une femme capable de tout. Yo le besé la mano (siempre recurría a esa estratagema cuando quería interrumpir una conversación) y me retiré a mi habitación. Las lágrimas de Zinaída me habían causado un gran desconcierto. No sabía qué pensar y yo mismo estaba a punto de echarme a llorar. Seguía siendo un niño, a pesar de mis dieciséis años. Ya no pensaba en Malevski, aunque Belovzórov se volvía cada día más amenazador y miraba al ladino conde como un lobo a un codero. No pensaba en nada ni en nadie. Me perdía en conjeturas y buscaba lugares solitarios. Me encontraba especialmente a gusto en las ruinas del invernadero. A veces me encaramaba en lo alto del muro y pasaba allí un buen rato, sintiéndome tan desdichado, solo y triste que me daba pena de mí mismo. ¡Y qué deleitosas me parecían esas amargas sensaciones, cómo me embriagaban!
       Un día estaba encaramado en el muro, con la mirada perdida en la lejanía y la atención puesta en un tañido de campanas. De pronto sentí a mi lado no una ráfaga de viento o un temblor, sino más bien el aliento de una persona cercana. Miré hacia abajo y vi a Zinaída con un ligero vestido gris y una sombrilla de color rosa apoyada en el hombro, que avanzaba por el sendero a grandes pasos. Al verme, se detuvo y, levantando el borde de su sombrero de paja, me miró con sus ojos aterciopelados.
       —¿Qué hace ahí subido? —me preguntó con una extraña sonrisa—. Bueno —prosiguió—, siempre está usted asegurando que me ama. Pues, si es así, salte al camino.
       Apenas había tenido tiempo Zinaída de pronunciar esas palabras cuando ya volaba como si alguien me hubiera empujado por detrás. El muro tenía una altura de unos cuatro metros. Caí de pie, pero el choque fue tan violento que no pude mantenerme erguido. Como consecuencia del golpe, perdí el conocimiento unos instantes. Cuando volví en mí, aún antes de abrir los ojos, sentí a mi lado la presencia de Zinaída.
       —Mi querido muchacho —decía, inclinada sobre mí, y en su voz resonaba una ternura llena de inquietud—. ¿Por qué lo has hecho? ¿Por qué me has obedecido?… Te quiero, de verdad… Levántate.
       Su pecho respiraba al lado del mío, sus manos me rozaban la cabeza. De pronto —¡lo que no sentiría entonces!—, sus labios suaves y frescos empezaron a cubrirme la cara de besos… rozaron los míos… Pero en ese momento, aunque aún no había abierto los ojos, Zinaída probablemente adivinó, por la expresión de mi rostro, que ya había vuelto en mí, e, incorporándose apresuradamente, dijo:
       —Bueno, granujilla, insensato, ¿qué hace ahí en medio del polvo?
       Me levanté.
       —Deme usted mi sombrilla —añadió—. Fíjese dónde ha ido a parar. Y no me mire de ese modo… ¿A qué vienen esas bobadas? ¿Se ha hecho usted daño? ¿No se habrá picado con las ortigas? Ya le he dicho que no me mire de ese modo… Pero no entiende usted nada, no contesta —dijo como para sí misma—. Váyase usted a casa, señor Voldemar, límpiese la ropa. Y no se le ocurra seguirme o me enfadaré, y entonces ya nunca…
       Se alejó con paso decidido, sin acabar la frase. Me senté en el borde del camino… Las piernas no me sostenían. Me había picado las manos con las ortigas, me dolía la espalda, la cabeza me daba vueltas; pero el sentimiento de felicidad que experimenté entonces no he vuelto a sentirlo en toda mi vida. Era como un dolor dulce en todos los miembros, que acabó expresándose en exclamaciones y saltos llenos de júbilo. Sí, no cabía la menor duda: seguía siendo un niño.


XIII

      Aquel día me sentía tan orgulloso y feliz, conservaba tan viva en mi rostro la sensación de los besos de Zinaída, recordaba con tal estremecimiento de entusiasmo cada una de sus palabras y me envolvía con tanto celo en el suave encanto de esa felicidad inesperada que llegué a sentir miedo; ni siquiera me apetecía volver a ver a la responsable de esas nuevas sensaciones. Tenía la impresión de que ya no podía pedirle nada más al destino, de que había llegado el momento de “respirar a pleno pulmón por última vez y después morir”. No obstante, al día siguiente, cuando me dirigía al pabellón, me dominaba una gran tur bación, que en vano trataba de ocultar bajo la máscara de esa modesta desenvoltura que tan bien sienta al hombre que desea dar a entender que sabe guardar un secreto. Zinaída me recibió con mucha sencillez, sin ninguna emoción; se limitó a amenazarme con el dedo y me preguntó si tenía moratones. Toda mi modesta desenvoltura y mi aire de misterio desaparecieron como por ensalmo, y con ellos también mi turbación. Ni que decir tiene que no esperaba nada de particular, pero la calma de Zinaída fue para mí como un jarro de agua fría. Me di cuenta de que a sus ojos no era más que un niño, ¡y esa revelación me dolió en el alma! Zinaída iba y venía por la habitación, y cada vez que me miraba me dirigía una fugaz sonrisa. Pero me daba perfecta cuenta de que sus pensamientos estaban muy lejos… “Tendría que mencionarle el episodio de ayer —reflexionaba yo—. Preguntarle adónde se dirigía con tanta premura, para de ese modo enterarme de una vez…”, pero al punto renuncié a mi propósito y me senté en un rincón.
       Para gran alivio mío, en ese momento entró Belovzórov.
       —No he encontrado ningún caballo de silla que sea tranquilo —dijo con voz severa—. Freitag me asegura que dispone de uno, pero no me fío. Tengo miedo.
       —¿De qué, si me permite que se lo pregunte? —le interrumpió Zinaída.
       —¿De qué? Pues de que usted no sabe montar. ¡Quiera Dios que no le suceda nada! ¿Qué fantasía se le ha metido ahora en la cabeza?
       —Eso es asunto mío, fiera mía. En ese caso, le pediré a Piotr Vasílevich… —Así se llamaba mi padre. Me sorprendió que lo pronunciara con tanta ligereza y naturalidad, como si estuviera segura de que mi padre estaría dispuesto a rendirle ese servicio.
       —Entonces —replicó Belovzórov—, ¿es con él con quien quiere montar?
       —Con él o con otro. ¿A usted qué más le da? En cualquier caso, no con usted.
       —Conmigo no —replicó Belovzórov—. Como quiera. ¡Qué le vamos a hacer! Le procuraré un caballo.
       —Pero asegúrese de que no sea ningún penco. Le prevengo de que quiero galopar.
       —Galope usted cuanto quiera… ¿Y con quién irá? ¿Con Malevski tal vez?
       —¿Y por qué iba a ir con él, mi valiente guerrero? Bueno, tranquilícese —añadió—. Y deje de lanzar centellas por los ojos. Le llevaré también a usted. Ya sabe que en estos momentos Malevski no me importa nada —y sacudió la cabeza.
       —Lo dice para consolarme —refunfuñó Belovzórov.
       Zinaída entornó los ojos.
       —¿Eso le consuela? ¡Oh… Oh… Oh… señor guerrero! —dijo por último, como si no encontrara otras palabras—. Y usted, señor Voldemar, ¿vendrá con nosotros?
       —No me gusta montar… en numerosa compañía… —murmuré, sin levantar los ojos.
       —¿Prefiere usted un téte-á-téte? Bueno, cada uno tiene sus gustos —dijo con un suspiro—. Vamos, Belovzórov, muévase usted. Necesito un caballo para mañana.
       —Ya, pero ¿de dónde vas a sacar el dinero? —preguntó la princesa, mezclándose en la conversación.
       Zinaída frunció el ceño.
       —A usted no le pediré nada. Belovzórov me concederá un crédito.
       —Un crédito, un crédito… —rezongó la princesa, y de pronto gritó con todas sus fuerzas—: ¡Duniashka!
       —Mamá, te he regalado una campanilla —observó Zinaída.
       —¡Duniashka! —repitió la anciana.
       Belovzórov se despidió. Yo salí con él. Zinaída no me retuvo.


XIV

      A la mañana siguiente me levanté temprano, tallé un bastón y me dirigí al otro lado de la cerca. “A ver si consigo desembarazarme de esta pena”, pensaba. El día era espléndido, luminoso y no demasiado caluroso. Un viento alegre y fresco soplaba por encima de la tierra, susurraba y jugueteaba, agitándolo todo, pero sin llegar a turbar nada. Pasé largo rato vagando por las colinas y los bosques. No me sentía feliz. Había salido de casa con la intención de entregarme a la melancolía, pero la juventud, el tiempo magnífico, el aire fresco, el placer de la rápida marcha, la voluptuosidad que sentía al tumbarme en la espesa hierba acabaron prevaleciendo. El recuerdo de esas palabras inolvidables y de esos besos oprimía de nuevo mi corazón. Me agradaba pensar que Zinaída no podía dejar de hacer justicia a mi decisión y mi heroísmo… “Ella prefiere a los otros —pensaba—. ¡Muy bien! Pero los otros se contentan con decir que van a actuar, mientras que yo actúo. ¿Qué no haría yo por ella?” Mi imaginación volvió a dispararse. Empecé a figurarme que la salvaba de manos del enemigo; que, todo cubierto de sangre, la sacaba de una prisión y luego moría a sus pies. Me acordé de un cuadro que colgaba en nuestro salón: Malek-Adel raptando a Matilde [Malek-Adel es el héroe de la novela Matilde, 1805, de madame Cottin]. De pronto me sacó de mis ensoñaciones la aparición de un picoverde de gran tamaño y plumaje multicolor, que trepaba no sin esfuerzo por el tronco fino de un abedul y miraba inquieto a derecha e izquierda, como un músico detrás del mástil de su contrabajo.
       Luego me puse a cantar No eran las blancas nieves, y a continuación entoné una romanza que en esa época estaba en boga, Te espero cuando el céfiro alocado. Luego empecé a recitar en voz alta la invocación de Yermak a las estrellas en la tragedia de Jomiákov [la tragedia Yermak, 1826, de Aleksandr Jomiákov, 1804-1860. Trataba de componer alguna cosa de tipo sentimental; hasta se me ocurrió un verso con el que debía acabar toda la composición: “¡Oh, Zinaída, Zinaída!”, pero no pasé de ahí. Entre tanto, se aproximaba la hora de la comida. Bajé al valle. Un estrecho sendero de arena serpenteaba por la ladera y conducía a la ciudad. Lo seguí… De pronto llegó hasta mí el sordo rumor de unos cascos de caballo. Me volví, me detuve involuntariamente y me quité la gorra: había visto a mi padre en compañía de Zinaída. Cabalgaban uno al lado del otro. Mi padre sonreía y le decía alguna cosa, inclinando sobre ella todo el tronco, la mano apoyada en el cuello del caballo. Zinaída le escuchaba en silencio, los ojos bajos y los labios apretados. En un primer momento sólo los vi a ellos; sólo al cabo de unos instantes, detrás de un recodo del valle, apareció Belovzórov con su uniforme de húsar ribeteado de piel, sobre un caballo moro todo cubierto de espuma. El noble animal sacudía la cabeza, relinchaba y caracoleaba, y el jinete trataba de retenerlo y al mismo tiempo lo espoleaba. Me eché a un lado. Mi padre recogió las riendas y se apartó de Zinaída, que levantó lentamente los ojos. Ambos partieron al galope… Belovzórov se lanzó tras ellos, entre los tintineos del sable. “Está rojo como un cangrejo —pensé—. Y ella… ¿Por qué está tan pálida? ¡Se pasa montando a caballo toda la mañana y está pálida!”
       Redoblé el paso y llegué a casa poco antes de la hora de la comida. Mi padre ya se había cambiado de ropa y estaba sentado, fresco y recién lavado, al lado del sillón de mi madre, leyéndole con su voz sonora y unánime el folletín del, journal des Débats; pero mi madre le escuchaba sin atención; al verme, preguntó dónde me había metido y a continuación añadió que no le gustaba que me pasara el día entero dando vueltas Dios sabe dónde y con quién. Iba a responder que había estado paseando solo, pero miré a mi padre y, por alguna razón, me callé.


XV

      En el transcurso de los cinco o seis días siguientes casi no vi a Zinaída. Afirmaba que estaba enferma, lo que no era óbice para que los visitantes habituales siguieran acudiendo al pabellón a prestarle sus respetos, como decían ellos, a excepción de Maidánov, que se desanimaba y se aburría cuando no tenía ocasión de mostrar su entusiasmo. Belovzórov estaba sentado en un rincón con aire sombrío, todo colorado, la guerrera abotonada hasta el cuello. En el fino rostro del conde Malevski asomaba a cada instante una sonrisa maligna. Había caído en desgracia delante de Zinaída y redoblaba sus atenciones con la vieja princesa, a quien acompañó en coche de alquiler a casa del gobernador general. En cualquier caso, esa visita no rindió ningún fruto, y Malevski tuvo que hacer frente a una escena desagradable: se le recordó cierta historia con no sé qué oficiales del cuerpo de ingenieros y se vio obligado a reconocer, entre otras explicaciones, que en esa época carecía de experiencia. Lushin acudía un par de veces al día, pero se quedaba poco tiempo. Yo le tenía algo de miedo, después de nuestra última conversación, pero al mismo tiempo sentía por él una viva simpatía. En una ocasión fue a pasear conmigo por los jardines Neskuchni, estuvo muy amable y atento, me dijo el nombre de las distintas hierbas y flores, me habló de sus propiedades y de pronto, sin venir a cuento, como suele decirse, exclamó, dándose un golpe en la frente:
       —¡Y yo, tonto de mí, que pensaba que era una coqueta! Por lo visto, para ciertas personas, es dulce sacrificarse…
       —¿A qué se refiere usted? —pregunté.
       —A usted no quiero decirle nada —respondió Lushin con voz entrecortada.
       Zinaída me evitaba. Mi aparición, como no podía menos de advertir, le causaba una impresión desagradable. Involuntariamente se apartaba de mí… involuntariamente: eso es lo que más me entristecía y me apenaba. Pero no se podía hacer nada, y yo procuraba no ponerme delante de sus ojos, contentándome con observarla de lejos, algo que no siempre conseguía. Su actitud seguía pareciéndome tan incomprensible como antes. Su rostro se había vuelto distinto, toda ella se había vuelto distinta. El cambio que se había operado en ella me sorprendió de una forma especial una tarde tibia y serena. Estaba sentado en un banco bajo, protegido por el frondoso ramaje de un saúco. Me gustaba mucho ese lugar, pues desde allí se veía la ventana de su habitación. Un pajarillo revoloteaba inquieto entre las oscuras hojas, por encima de mi cabeza. Un gato gris, después de estirarse, se introdujo sin hacer ruido en el jardín. Los monótonos zumbidos de los primeros grillos llenaban el aire, aún transparente, aunque ya había perdido parte de su claridad. Miraba la ventana con la esperanza de que se abriera. Y, en efecto, a los pocos instantes, se abrió y en el hueco apareció Zinaída. Llevaba un vestido blanco, y toda ella —su cara, sus hombros y sus brazos— estaba pálida como un lienzo. Pasó un buen rato inmóvil, con la mirada fija y el ceño fruncido. Jamás le había visto semejante mirada. Luego apretó con fuerza las manos, se las acercó a los labios y a la frente; de pronto, separando los dedos, se echó los cabellos por detrás de las orejas, los sacudió y, con una especie de súbita decisión, inclinó la cabeza y cerró la ventana.
       Tres días más tarde me encontré con ella en el jardín. Hice inten ción de apartarme, pero ella misma me retuvo.
       —Deme usted el brazo —me dijo con la misma ternura de antaño—. Hace tiempo que no charlamos.
       Yo la miré: sus ojos relucían mansos y en su rostro se insinuaba una velada sonrisa.
       —¿Sigue encontrándose usted indispuesta? —le pregunté.
       —No, ya ha pasado todo —respondió y cogió una pequeña rosa roja—. Me encuentro un poco cansada, pero también eso pasará.
       —¿Y volverá a ser la misma de antes? —pregunté.
       Zinaída se llevó la rosa a la cara, y a mí me pareció que el reflejo de sus brillantes pétalos se extendía por sus mejillas.
       —¿Es que he cambiado? —me preguntó.
       —Sí, ha cambiado —respondí en voz baja.
       —He sido fría con usted, lo sé —repuso Zinaída—, pero no debe darle importancia. No podía actuar de otra manera. En fin, ¿para qué hablar de eso?
       —No quiere usted que yo la quiera. Eso es lo que pasa —exclamé con aire sombrío e involuntaria exaltación.
       —No, quiérame usted, pero no como antes.
       —¿Cómo, entonces?
       —Pues como un amigo. —Zinaída acercó la rosa para que la oliera—. Dese cuenta de que soy mucho mayor que usted. La verdad es que podría ser su tía. Y, si no su tía, al menos su hermana mayor. En cuanto a usted…
       —Para usted no soy más que un chiquillo —la interrumpí.
       —Pues sí, un chiquillo, pero un chiquillo agradable, simpático e inteligente, al que le tengo mucho cariño. ¿Sabe una cosa? A partir de hoy le nombro mi paje. No olvide usted que los pajes no deben alejarse de su dama. Y, en señal de su nueva dignidad, le regalo esto —añadió, poniéndome la rosa en el ojal de la chaqueta—. Para que se dé cuenta de lo mucho que lo aprecio.
       —Antes me demostraba usted su aprecio de otra manera —murmuré.
       —¡Ah! —exclamó Zinaída, mirándome de soslayo—. ¡Qué memoria tiene! Pues bien, ahora mismo estoy dispuesta…
       E, inclinándose hacia mí, me estampó en la frente un beso casto y comedido.
       Me la quedé mirando, pero ella se dio la vuelta y me dijo:
       —Sígueme, paje mío.
       Y a continuación se dirigió al pabellón. Yo hice lo mismo, sin saber muy bien qué pensar. “¿Es posible que esta dulce y juiciosa muchacha sea la misma Zinaída que yo he conocido?” Sus andares me parecieron más serenos; su figura, más majestuosa y esbelta.
       ¡Dios mío, con qué renovadas fuerzas se reavivaba mi amor!


XVI

      Después de la comida volvieron a reunirse en el pabellón los visitantes habituales, y en esta ocasión Zinaída los recibió. No faltaba nadie, como en aquella primera e inolvidable velada: hasta Nirmatski se hallaba presente. En esta ocasión Maidánov había llegado antes que nadie, trayendo nuevas poesías. Nos pusimos a jugar a las prendas, pero sin las extrañas ocurrencias, las locuras y el barullo de la otra vez: el elemento bohemio había desaparecido. Zinaída había impuesto un sello distinto a nuestras reuniones. Yo estaba sentado a su lado, en mi condición de paje. Entre otras cosas propuso que quien tuviese que pagar una prenda refiriese lo que había soñado la noche anterior, pero la cosa no salió bien. Los sueños eran poco interesantes (Belovzórov había soñado que daba de comer carpas a su caballo, que tenía la cabeza de madera) o poco naturales, inventados. Maidánov nos agasajó con toda una novela: salieron a colación catacumbas, ángeles con liras, flores parlantes, sonidos lejanos. Zinaída no le permitió concluir.
       —Si se trata de referir historias —dijo—, será mejor que cada uno cuente algo realmente inventado.
       El primero en hablar fue de nuevo Belovzórov.
       El joven húsar se turbó:
       —¡No soy capaz de inventar nada! —exclamó.
       —¡Bobadas! —replicó Zinaída—. Imagínese, por ejemplo, que es usted un hombre casado y cuéntenos cómo pasaría el tiempo con su mujer. ¿La tendría usted encerrada?
       —Sí.
       —¿Y estaría siempre a su lado?
       —Desde luego.
       —Estupendo. ¿Y si ella se aburriera de esa vida y le engañara?
       —La mataría.
       —¿Y si se fugara?
       —La encontraría y la mataría.
       —Ya. Supongamos ahora que yo fuera su mujer. ¿Qué haría entonces?
       Belovzórov guardó silencio.
       —Me mataría… —dijo por último.
       Zinaída se echó a reír.
       —Ya veo que usted no se anda por las ramas.
       La segunda prenda correspondió a Zinaída, que levantó los ojos al techo y se quedó pensativa.
       —Bueno, escuchen lo que se me ha ocurrido —dijo por fin—. Imagínense un palacio magnífico, una noche de verano y un baile maravilloso, ofrecido por una joven reina. Todos los caprichos del lujo se dan cita: el oro, el mármol, el cristal, la seda, las luces, los diamantes, las flores, los perfumes.
       —¿Le gusta a usted el lujo? —terció Lushin.
       —El lujo es agradable —replicó ella—, y a mí me gusta todo lo que es agradable.
       —¿Más que lo bello? —preguntó él.
       —Eso que dice usted es demasiado complicado, no lo entiendo. Pero haga el favor de no interrumpirme. Así pues, un baile magnífico. Los invitados son numerosos, todos jóvenes, valerosos, apuestos, y todos están perdidamente enamorados de la reina.
       —¿No hay mujeres entre los invitados? —preguntó Malevski.
       —No. O mejor, sí.
       —¿Todas feas?
       —No, encantadoras. Pero los hombres están todos enamorados de la reina. Es alta y esbelta y lleva en los negros cabellos una pequeña diadema de oro.
       Miré a Zinaída, y en ese momento me pareció que estaba muy por encima de todos nosotros; en su frente blanca y sus cejas inmóviles se reflejaban una inteligencia tan clara y una autoridad tan imperiosa que pensé: “¡Tú eres esa reina!”.
       —Todos se agolpan a su alrededor —prosiguió Zinaída—. Todos le prodigan las palabras más halagadoras.
       —¿Y a ella le gusta que la adulen? —preguntó Lushin.
       —¡Qué insoportable es usted! No hace más que interrumpirme… ¿A quién no le gusta que lo adulen?
       —Una última pregunta —observó Malevski—. ¿Está casada la reina?
       —No he pensado en ese punto. No, ¿qué falta le hace un marido?
       —Claro —replicó Malevski—. ¿Qué falta le hace un marido?
       —Silence! —exclamó Maidánov, que hablaba muy mal el francés.
       —Merci —le respondió Zinaída—. Así pues, la reina escucha esas pala bras, oye la música, pero no mira a ninguno de los invitados. Las seis grandes ventanas, que van del techo al suelo, están abiertas de par en par, y por ellas asoma el cielo oscuro, con grandes estrellas, y el jardín sombrío con sus añosos árboles. La reina contempla el jardín. No lejos de los árboles se alza una fuente, larga y blanca como un fantasma en medio de la penumbra. La reina escucha, entre el rumor de las voces y la música, el dulce borboteo del agua, y se dice: “Todos estos señores son nobles, inteligentes, ricos; me rodean, alaban cada una de mis palabras, están todos dispuestos a morir a mis pies, los tengo en mi poder… y allí, al pie de la fuente, cerca de esa agua susurrante, me aguarda aquél a quien amo y obedezco. No lleva ricos vestidos ni piedras preciosas; nadie lo conoce, pero me espera y está seguro de que iré. E iré sin falta. No hay poder en la tierra que pueda detenerme cuando quiero reunirme con él y perderme en su compañía en la oscuridad del jardín, bajo el rumor de las copas y el borboteo de la fuente”.
       Zinaída se calló.
       —¿Es una invención? —preguntó con malicia Malevski.
       Zinaída ni siquiera le miró.
       —¿Y qué haríamos nosotros, señores —preguntó de pronto Lushin—, si nos encontráramos entre los invitados y nos enteráramos de que ese feliz mortal se encuentra al pie de la fuente?
       —Espere, espere —le interrumpió Zinaída—. Yo misma le diré lo que haría cada uno de ustedes. Usted, Belovzórov, le desafiaría. Usted, Maidánov, compondría un epigrama… O tal vez no, no sabe usted escribir epigramas: compondría un largo poema en yambos, a la manera de Barbier, y lo publicaría en El Telégrafo. Usted, Nirmatski, le pediría dinero prestado… O mejor, le haría un préstamo con interés. Usted, doctor… —se detuvo—. La verdad es que no sé lo que haría usted.
       —En mi condición de médico de la corte —respondió Lushin—, aconsejaría a la reina que no ofreciera más bailes cuando no muestra el menor interés por sus invitados.
       Y es probable que tuviera usted razón. ¿Y usted, conde?
       —¿Yo? —replicó Malevski con su sonrisa maligna.
       —Le ofrecería un bombón envenenado.
       El rostro de Malevski se contrajo un poco y por un instante adquirió una expresión ladina, pero al momento estalló en una carcajada.
       —En lo que respecta a usted, Voldemar… —prosiguió Zinaída—. Bueno, dejémoslo. Vamos a jugar a otra cosa.
       —En su condición de paje de la reina, el señor Voldemar le sujetaría la cola mientras ella corría al jardín —observó Malevski con mordacidad.
       Me ruboricé, pero Zinaída se apresuró a poner una mano en mi hombro e, incorporándose, dijo con una voz ligeramente temblorosa:
       —Nunca le he dado a su excelencia el derecho a ser insolente, así que le ruego que se retire.
       Y a continuación le mostró la puerta.
       —Permítame usted, princesa —balbuceó Malevski, pálido como un muerto.
       —La princesa tiene razón —exclamó Belovzórov, levantándose también.
       —Le juro que no esperaba… —prosiguió Malevski—. Creo que en mis palabras no había nada… No he tenido la menor intención de ofenderle… Perdóneme.
       Zinaída le respondió con una mirada y una sonrisa llenas de frialdad.
       —Bueno, quédese —dijo, con un gesto desdeñoso de la mano—. El señor Voldemar y yo nos hemos enfadado por nada. A usted le divier te pinchar a los demás… Pues que le aproveche.
       —Perdóneme —repitió Malevski.
       En cuanto a mí, al recordar el ademán de Zinaída, pensaba que una reina de verdad no habría podido mostrar la puerta con mayor dignidad a un deslenguado.
       El juego de las prendas no se prolongó mucho después de esa pequeña escena. Todo el mundo se sentía un poco incómodo, no tanto por la escena en sí como por otro sentimiento, no del todo definido, pero doloroso. Nadie lo mencionaba, pero cada uno lo percibía en sí mismo y en los demás. Maidánov nos leyó sus versos y Malevski los alabó con exagerada vehemencia. “Fíjese en cómo se esfuerza ahora por parecer bueno”, me susurró Lushin. No tardamos en separarnos. Zinaída se había quedado pensativa. Su madre había mandado decir que le dolía la cabeza. Nirmatski había empezado a quejarse de su reúma…
       Tardé mucho tiempo en dormirme, desconcertado por el relato de Zinaída. “¿No encerrará alguna alusión? —me preguntaba—. Pero ¿a quién, a qué? Y si realmente contenía una alusión, ¿cómo determinar…?”
       —No, no, no puede ser —susurré, levantando la ardiente mejilla de la almohada y volviéndome del otro lado.
       No obstante, recordaba la expresión del rostro de Zinaída durante el relato… Recordaba la exclamación que se le había escapado a Lushin en los jardines Neskuchni, el brusco cambio de actitud de Zinaída conmigo, y me perdía en conjeturas. “¿Quién será él?” Esas palabras se desplegaban delante de mis ojos, como trazadas en la oscuridad. Era como una nube baja y agobiante suspendida sobre mi cabeza. Yo sentía su presión y esperaba que estallara en cualquier momento. Me había acostumbrado a muchas cosas en los últimos tiempos, había visto muchas cosas en casa de las Zasekin: el desorden, los cabos de vela, los cuchillos y tenedores rotos, la actitud sombría de Vonifati, los vestidos gastados de las criadas, los modales de la vieja princesa. Toda esa vida extraña ya no me sorprendía… Pero no conseguía habituarme a lo que ahora percibía de manera vaga en Zinaída… “Aventurera”, la había llamado un día mi madre. ¡Una aventurera, ella, mi ídolo, mi divinidad! Ese calificativo me abrasaba el alma. Trataba de olvidarlo, hundiendo la cabeza en la almohada, me indignaba y, al mismo tiempo, ¡qué no habría dado, qué no habría estado dispuesto a hacer, para encontrarme en el lugar de ese feliz mortal al pie de la fuente!…
       La sangre me hervía en las venas. “El jardín… la fuente… —pensaba—. ¿Y si fuera al jardín?” Me vestí con premura y salí de casa. La noche era oscura, los árboles apenas susurraban. Un dulce frescor caía del cielo, del huerto llegaba un olor a hinojo. Recorrí todas las alamedas. El leve rumor de mis pasos me turbaba y al mismo tiempo me daba ánimos. Me detenía, esperaba y escuchaba el latido de mi corazón, fuerte y desbocado. Finalmente, me aproximé a la cerca y me apoyé en un poste delgado. De pronto —¿o acaso lo soñé todo?— a pocos pasos de mí apareció una figura de mujer… Me puse a escrutar las sombras con la respiración contenida. ¿Qué era lo que oía? ¿Un rumor de pasos o los latidos de mi corazón?
       —¿Quién está ahí? —balbucí de forma apenas audible.
       ¿Y qué fue lo que escuché? ¿Una risa sofocada… el susurro de las hojas… o un suspiro al lado mismo de mi oreja? Sentí miedo…
       —¿Quién está ahí? —repetí en voz aún más baja.
       El aire se aclaró por un instante, en el cielo centelleó una banda luminosa. Era una estrella fugaz. “¿Zinaída?”, quise preguntar, pero de mis labios no salió sonido alguno. De pronto a mi alrededor reinó un profundísimo silencio, como suele suceder en medio de la noche. Hasta los grillos habían dejado de cantar en los árboles. Sólo se oyó el ruido de una ventana en alguna parte. Esperé un rato y después volví a mi habitación, a mi frío lecho. Sentía una agitación extraña: era como si hubiera acudido a una cita y, al quedarme solo, hubiera sido testigo de la felicidad de otra persona.


XVII

      Al día siguiente sólo vi a Zinaída de refilón: se fue con su madre en un coche no sé adónde. En cambio, tuve ocasión de encontrarme con Lushin, que apenas se dignó saludarme, y con Malevski. El joven conde me obsequió con una sonrisa y se puso a hablar conmigo amistosamente. De todos los habituales del pabellón era el único que había sabido introducirse en nuestra casa y granjearse el favor de mi madre. Mi padre no podía soportarlo y lo trataba con una cortesía rayana en la insolencia.
       —Ah, monsieur le pape —dijo Malevski—. Me alegro mucho de verle. ¿Qué hace su encantadora reina?
       Su rostro atractivo y fresco se me antojó tan repugnante en ese momento y su mirada tan despectivamente burlona que ni siquiera le respondí.
       —¿Sigue usted enfadado? —prosiguió—. Pues hace usted mal. No fui yo quien le nombró a usted paje. Además, los pajes tienen ante todo su sitio al lado de las reinas. Pero permítame que le diga que no cumple usted muy bien su cometido.
       —¿Porqué?
       —Los pajes no deben separarse de sus señoras. Deben saber todo lo que hacen, deben incluso vigilarlas —añadió, bajando el tono de voz—, tanto de día como de noche.
       —¿Qué quiere usted decir?
       —¿Que qué quiero decir? Creo que me he explicado con suficiente claridad. Tanto de día como de noche. De día puede uno descuidarse un poco, pues hay luz y gente alrededor; pero por la noche puede suceder una desgracia en cualquier momento. Le aconsejo que no duerma de noche y que vigile con la mayor atención. Recuerde: en el jardín, por la noche, al pie de una fuente… Hay que estar en guardia. Ya me lo agradecerá usted en su día.
       Malevski se echó a reír y me dio la espalda. Es probable que no concediera una significación especial a lo que acababa de decirme. Tenía fama de ser un mixtificador de primer orden y era célebre por su habilidad para engañar a la gente en los bailes de máscaras, a lo que contribuía en gran medida la falsedad casi inconsciente de que estaba penetrado todo su ser. Sólo había pretendido hacerme rabiar; pero cada una de sus palabras se había infiltrado en mis venas como un veneno. La sangre se me subió a la cabeza. “¡Ah! ¡A eso hemos llegado! —me dije—. ¡Pues muy bien! En ese caso, mis presentimientos de la víspera eran fundados. Es indudable que tenía mis razones para dirigirme al jardín.”
       —¡No puede ser! —exclamé en voz alta y me di un puñetazo en el pecho, aunque no sabía con exactitud qué era lo que no podía ser.
       “Puede que el propio Malevski venga al jardín —pensé (es muy posible que se hubiera ido de la lengua: era muy capaz de hacer algo así) o si no algún otro (la cerca de nuestro jardín era muy baja y pasar por encima no planteaba la menor dificultad)—. ¡Ay de quien caiga en mi mano! No le arriendo las ganancias al que se encuentre conmigo. ¡Demostraré al mundo entero, y también a ella, a la traidora —así la llamé— que sé vengarme!”
       Regresé a mi habitación, saqué de un cajón de mi escritorio un cuchillito inglés que había comprado hacía poco, comprobé el filo y, con el ceño fruncido y una determinación fría y concentrada, me lo guardé en el bolsillo, como si resolver esa clase de asuntos no supusiera para mí ninguna novedad ni ninguna complicación. Mi corazón estaba lleno de odio y se había vuelto de piedra. Estuve con el ceño fruncido y los labios apretados hasta la caída de la tarde, paseándome arriba y abajo, la mano metida en el bolsillo, sobre el mango del cuchillo, que se había vuelto tibio, preparándome por anticipado para algún suceso terrible. Esas sensaciones nuevas y desconocidas me ocupaban y me alegraban hasta tal punto que, en verdad, apenas pensaba en Zinaída. La figura de Aleko, el joven gitano, no se me iba de la cabeza: “¿Adónde vas hermoso joven? Sigue tumbado”… Y luego: “¡Estás todo manchado de sangre!… Ah, ¿qué has hecho?… ¡Nada!” [citas del poema “Los gitanos”, 1824, de Pushkin]. Con qué sonrisa cruel repetía ese “nada”. Mi padre no estaba en casa, pero mi madre, que desde hacía algún tiempo se hallaba en un estado casi constante de sorda irritación, reparó en mi aire fatal y en el transcurso de la cena me dijo:
       —¿Por qué estás tan enfurruñado?
       Me limité a esbozar una sonrisa condescendiente, al tiempo que pensaba: “¡Si supieran!”. Dieron las once. Me dirigí a mi cuarto, pero no me desvestí. Esperé a que dieran las doce y, cuando sonaron las campanadas, susurré entre dientes: “¡Ha llegado la hora!”. Me abotoné la chaqueta hasta el cuello, me estiré las mangas y me encaminé al jardín.
       Había elegido con antelación un lugar en el que apostarme. En el fondo del jardín, allí donde la cerca que separaba nuestra casa de la de las Zasekin se apoyaba en la pared medianera, se alzaba un abeto solitario. Bajo sus ramas bajas y espesas podía observar a mis anchas, en la medida en que la tiniebla nocturna me lo permitiera, lo que sucedía a mi alrededor. También allí nacía un sendero que siempre me había parecido misterioso. Se retorcía como una serpiente al pie de la cerca, que en ese punto conservaba algunas huellas de pisadas, y conducía a un cenador redondo formado exclusivamente por acacias. Llegué hasta el abeto, me recliné en su tronco y me puse a montar guardia.
       La noche era tan tranquila como la anterior, pero en el cielo había menos nubes y los contornos de los arbustos, incluso los de grandes flores, se recortaban nítidos. Los primeros instantes de espera fueron agotadores, casi angustiosos. Estaba dispuesto a todo, y lo único que me preguntaba era cómo tenía que actuar. Debía gritar: “¿Adónde vas? ¡Alto! ¡Confiesa o te mato!”, o acometerlo sin más? Cada sonido, cada susurro y rumor me parecían significativos, insólitos… Me preparaba… Me inclinaba hacia delante… Pero transcurrió media hora, luego una hora entera. Mi sangre se fue aquietando, mi ánimo serenándose. La idea de que estaba haciendo todo eso sin motivo, de que resultaba incluso un poco ridículo, de que Malevski se había burlado de mí, empezó a insinuarse en mi corazón. Abandoné mi escondrijo y recorrí el jardín de un extremo a otro. Como hecho a propósito, en ninguna parte se oía el menor murmullo. Todo estaba en calma. Hasta el perro dormía, hecho un ovillo al pie de la cancela. Trepé a las ruinas del invernadero, contemplé los campos lejanos, recordé mi encuentro con Zinaída y me quedé meditabundo.
       De pronto me sobresalté. Me había parecido oír el chirrido de una puerta que se abría, seguido del leve crujido de una rama rota. En dos saltos bajé de las ruinas y me planté en el suelo. En el jardín resonaron con toda claridad unos pasos rápidos, ligeros y precavidos. Se aproximaban al lugar en el que yo me encontraba. “Es él… Es él. ¡Por fin!” Esa idea me traspasaba el corazón. Saqué el cuchillo del bolsillo con un movimiento convulsivo y lo abrí con no menor premura. Unas cente llas rojas fulguraron en mis ojos, mis cabellos se erizaron de miedo y de rabia… Los pasos se dirigían directamente a mí… Me incliné, dispuesto a abalanzarme sobre la persona que se acercaba… Apareció un hombre… ¡Dios mío! ¡Era mi padre!
       Lo reconocí en seguida, aunque iba envuelto de arriba abajo en una capa oscura y llevaba un sombrero calado hasta los ojos. Pasó a mi lado de puntillas. No reparó en mi presencia, a pesar de que nada me ocultaba: probablemente estaba tan encogido y acurrucado que me confundía con la tierra. El Otelo celoso, dispuesto a matar, se había convertido de pronto en un colegial. Me quedé tan aterrorizado por la repentina aparición de mi padre que en un primer momento ni siquiera me di cuenta de dónde había venido y adónde se dirigía. No había hecho más que enderezarme y pensar: “¿Qué hará mi padre paseándose en plena noche por el jardín?”, cuando volvió a restablecerse el silencio a mi alrededor. Del susto se me había caído el cuchillo sobre la hierba, pero ni siquiera me paré a buscarlo: sentía muchísima vergüenza. En un instante había recuperado la cordura. No obstante, de camino a casa me acerqué al banquito que había bajo el saúco y eché un vistazo a la ventana del dormitorio de Zinaída. Los pequeños cristales, un poco abombados, azuleaban vagamente a la débil claridad que se difundía por el cielo nocturno. De pronto su color cambió… Tras ellos —lo vi, lo vi con toda claridad— bajaron con mucho tiento y cuidado una cortinilla blancuzca, que llegó hasta el alféizar y se quedó inmóvil.
       —¿Qué significa eso? —dije en voz alta, casi sin darme cuenta, cuando me encontré de nuevo en mi habitación—. ¿Se trata de un sueño, de una casualidad o es posible…? Las suposiciones que de pronto me vinieron a la cabeza eran tan novedosas y extrañas que ni siquiera me atreví a analizarlas.


XVIII

      Al día siguiente me levanté con dolor de cabeza. La agitación de la víspera había desaparecido, sustituida por una incertidumbre penosa y una suerte de tristeza hasta entonces desconocida: era como si hubiese muerto algo en mi interior.
       —Tiene usted el aspecto de un conejo al que le hubieran amputado la mitad del cerebro —me dijo Lushin, al encontrarse conmigo.
       Durante el desayuno miré a hurtadillas tanto a mi padre como a mi madre: él estaba tranquilo, como de costumbre; ella era presa de una irritación secreta, como siempre. Esperaba que mi padre se dirigiera a mí en tono amistoso, como hacía a veces… Pero ni siquiera me prodigó su fría caricia cotidiana. “¿Debo contárselo todo a Zinaída? —pensaba—. En cualquier caso, todo ha terminado entre nosotros.”
       Me encaminé a su casa, y no sólo no le conté nada, sino que ni siquiera tuve ocasión de hablar con ella como habría deseado. El hijo de la princesa, alumno de la Escuela de Cadetes, de unos doce años de edad, acababa de llegar de San Petersburgo para pasar las vacaciones. Zinaída me confió en seguida a su hermano.
       —Mi querido Volodia —era la primera vez que me llamaba de ese modo—, aquí tiene usted a un camarada —dijo—. También él se llama Volodia. Le ruego que sea usted su amigo. Está un poco asilvestrado, pero tiene un corazón de oro. Enséñele los jardines Neskuchni, llévelo de paseo, tómelo bajo su protección. ¿Lo hará usted, verdad? ¡Es usted tan bueno!
       Posó con ternura las dos manos en mis hombros, y yo me sentí completamente desconcertado. La llegada de ese chiquillo me convertía también a mí en un chiquillo. Contemplé en silencio al cadete, que a su vez me miraba sin pronunciar palabra. Zinaída estalló en una carcajada y nos acercó el uno al otro.
       —¿A qué esperan para abrazarse?
       Nos abrazamos.
       —Si quiere, le llevaré al jardín —le dije.
       —Muy bien —respondió él con esa voz sibilante típica de los cadetes.
       Zinaída soltó otra carcajada… Tuve tiempo de advertir que su rostro nunca había tenido unos colores tan fascinantes. Me alejé en compañía del cadete. En nuestro jardín había un viejo columpio. Le pedí que se sentara en la fina tabla de madera y empecé a empujarlo. Muy rígido, con su uniforme nuevo de grueso paño, adornado de grandes galones dorados, se sujetaba con fuerza a las cuerdas.
       —Desabróchese usted el cuello —le dije.
       —Da igual. Estamos acostumbrados —me respondió y tosió.
       Se parecía a su hermana. En especial, los ojos eran idénticos. Me resultaba agradable ocuparme de él, pero al mismo tiempo una punzante tristeza me roía en silencio el corazón. “Ahora no soy más que un niño —pensaba—. En cambio, ayer…” Me acordé del lugar en el que se me había caído el cuchillo la víspera y me puse a buscarlo. El cadete me lo pidió, cortó un grueso tronco de aligustre, se hizo un caramillo y se puso a tocar. Otelo hizo lo mismo.
       Pero, en cambio, esa misma tarde, cómo lloró ese mismo Otelo, en los brazos de Zinaída, cuando ésta lo encontró en un rincón del jardín y le preguntó por qué estaba tan triste. Mis lágrimas brotaron con tal fuerza que ella se asustó.
       —¿Qué le pasa? ¿Qué le pasa, Volodia? —repetía y, viendo que no le respondía ni dejaba de llorar, quiso besar mi húmeda mejilla. Pero yo me aparté y murmuré entre sollozos:
       —Lo sé todo. ¿Por qué ha jugado usted conmigo? ¿Qué necesidad tenía de mi amor?
       —Soy culpable ante usted, Volodia… —dijo Zinaída—. Ah, muy culpable… —añadió, juntando las manos—. Hay en mí mucha maldad, perversidad y sinrazón… Pero ahora no estoy jugando con usted. Le quiero. No puede usted figurarse cómo ni por qué… Pero ¿qué sabe usted?
       ¿Qué podía decirle? Estaba delante de mí y me miraba; y cuando me miraba, yo le pertenecía por entero, de los pies a la cabeza… Al cabo de un cuarto de hora, echaba carreras con el cadete y con Zinaída. Ya no lloraba, sino que reía, y tanto que mis párpados hinchados dejaban escapar alguna lágrima. En lugar de corbata, llevaba alrededor del cuello una cinta de Zinaída, y gritaba de alegría cuando conseguía atraparla por la cintura. Hacía conmigo lo que quería.


XIX

      Me vería en un grave compromiso si tuviera que contar en detalle lo que me sucedió en el transcurso de la semana que siguió a mi infruc tuosa expedición nocturna. Fue un período extraño, febril, una especie de caos en el que los sentimientos y los pensamientos más contra dictorios, las sospechas, las esperanzas, las alegrías y los sufrimientos giraban como en un torbellino. Me daba miedo mirar en mi interior, en la medida en que un muchacho de dieciséis años es capaz de tal cosa; me daba miedo darme cuenta de lo que sucedía a mi alrededor. Me limitaba a vivir apresuradamente, de la mañana a la tarde; por la noche dormía… La ligereza de la infancia me ayudaba. No quería saber si me amaban, no quería confesarme que no me amaban; evitaba a mi padre, pero a Zinaída no podía evitarla. En su presencia sentía como si un fuego me abrasara… pero no me importaba saber qué clase de fuego era aquel en el que ardía y me consumía; sólo quería seguir ardiendo y consumiéndome dulcemente. Me abandonaba a todas mis impresiones, me engañaba a mí mismo, huía de mis recuerdos y cerraba los ojos ante mis presentimientos… Es probable que esa languidez no se hubiera prolongado mucho. Pero un trueno acabó con ella de golpe y me arrojó a una nueva senda.
       Un día, al llegar a casa para comer, después de un paseo bastante prolongado, me encontré con la sorprendente novedad de que tendría que comer solo, pues mi padre había salido y mi madre estaba indispuesta, no tenía ganas de comer y se había encerrado en su habitación. Por el rostro de los criados adiviné que había sucedido algo fuera de lo normal. No me atrevía a interrogarlos, pero tenía un amigo, un mozo de comedor llamado Filipp, admirador apasionado de la poesía y un verdadero artista de la guitarra, y a él me dirigí. Me informó de que mi padre y mi madre habían tenido una terrible discusión (desde la antecocina lo habían oído todo, hasta la última palabra; muchas cosas las habían dicho en francés, pero Masha, la doncella, había vivido cinco años en casa de una costurera de París y lo entendía todo). Mi madre le había reprochado sus infidelidades y sus relaciones con la señorita de la casa de al lado. En un principio mi padre había tratado dejustificarse, pero al final se había acalorado y había hecho un comentario cruel “al parecer sobre la edad de la señora”. Mi madre se había echado a llorar y había mencionado una letra de cambio, por lo visto entregada a la vieja princesa, de quien dijo muchas cosas horribles, como también de la señorita. En este punto mi padre la había amenazado.
       —Toda esa escena desagradable se ha producido por culpa de una carta anónima —prosiguió Filipp—. No se sabe quién la ha escrito. De no haber sido por eso, el asunto no habría salido a la luz.
       —Pero ¿es que esa historia tiene algún fundamento? —dije con esfuerzo, mientras las manos y los pies se me quedaban helados y algo se estremecía en lo más profundo de mi pecho.
       Filipp guiñó los ojos de forma bastante expresiva.
       —Sí. Esos asuntos no pueden ocultarse del todo. Por muy prudente que haya sido su padre en esta ocasión, necesitaba, por ejemplo, alquilar un coche o alguna otra cosa… Además, no se puede hacer nada sin contar con los criados.
       Despedí a Filipp y me desplomé sobre la cama. No me puse a sollozar, no me entregué a la desesperación. No me pregunté cuándo y cómo había sucedido todo. No me sorprendí de no haberlo adivinado antes, mucho antes; ni siquiera acusé a mi padre… Lo que había sucedido era superior a mis fuerzas: ese descubrimiento repentino me había aniquilado. Todo había terminado. Todas mis flores habían sido arrancadas de golpe y yacían a mi alrededor, dispersas y pisoteadas.


XX

      Al día siguiente mi madre declaró que se volvía a la ciudad. Por la mañana mi padre entró en su dormitorio y pasó largo rato con ella. Nadie escuchó lo que le dijo, pero mi madre ya no lloró más. Se tranquilizó y pidió de comer. No obstante, no salió de su cuarto y no cambió su decisión. Recuerdo que pasé toda la jornada yendo de un lado para otro, pero no puse el pie en el jardín y no dirigí una sola mirada al pabellón. Por la tarde fui testigo de un suceso sorprendente: mi padre llevó del brazo al conde Malevski del salón al recibidor y, en presencia de los criados, le dijo con tono frío:
       —Hace unos días en cierta casa le mostraron la puerta a su excelencia. En estos momentos no tengo ganas de entrar en explicaciones con usted, pero tengo el honor de anunciarle que, si vuelve a aparecer usted por aquí, le arrojaré por la ventana. No me gusta su caligrafía.
       El conde se inclinó, apretó los dientes, se encogió y desapareció.
       Empezaron los preparativos para nuestro traslado a la ciudad, al Arbat, donde teníamos nuestra casa. Es probable que a mi padre no le apeteciera quedarse más tiempo en el campo; pero, por lo visto, había logrado convencer a mi madre de que no montara un número. Todo se hacía en silencio, sin prisas. Mi madre llegó a enviar saludos a la princesa y le comunicó su pesar por no poder verla antes de la partida, por culpa de su delicado estado de salud. Yo iba de un lado para otro como un alma en pena; lo único que deseaba era que todo acabase cuanto antes. Me pasaba el tiempo dándole vueltas a una misma idea: ¿cómo había podido esa muchacha, que por añadidura ostentaba el título de princesa, decidirse a dar semejante paso, sabiendo que mi padre no era libre, cuando podía haberse casado, aunque fuera con Belovzórov? ¿Qué esperanzas había concebido? ¿Cómo no le había dado miedo arruinar su porvenir? “Sí —pensaba—, es el amor, la pasión, la entrega…” Y me acordé de las palabras de Lushin: “A algunas personas les resulta dulce sacrificarse”. En una ocasión reparé en una mancha pálida en una de las ventanas del pabellón… “¿Es posible que sea el rostro de Zinaída?”, pensé. En efecto, era su rostro. No pude contenerme. Me resultaba imposible separarme de ella sin decirle adiós por última vez. Aproveché un momento propicio y me dirigí al pabellón.
       En el salón la vieja princesa me recibió como de costumbre, con un saludo entre tosco y negligente.
       —¿Cómo es que su familia se marcha tan pronto, caballerete? —dijo, al tiempo que se llenaba de rapé sus dos orificios nasales.
       La miré y sentí el corazón más ligero. Las palabras “letra de cambio”, pronunciadas por Filipp, me atormentaban. Ella no sospechaba nada… al menos, así me lo pareció entonces. Zinaída salió de la habitación contigua, vestida de negro, pálida, con los cabellos sueltos. Me cogió en silencio de la mano y me llevó consigo.
       —He oído su voz y he venido en seguida —empezó—. ¿Tan fácil le resultaba separarse de nosotros, niño malo?
       —He venido para despedirme de usted, princesa —respondí yo—. Probablemente para siempre. Puede que haya oído que nos marcha mos.
       Zinaída me miró fijamente.
       —Sí, lo he oído. Gracias por venir. Pensaba que no le vería a usted más. No me guarde rencor. A veces le he hecho rabiar, pero no soy como usted se imagina —se dio la vuelta y se apoyó en la ventana—. De verdad, no soy así. Sé que tiene una mala opinión de mí.
       —¿Yo?
       —Sí, usted… usted.
       —¿Yo? —repetí con amargura, y mi corazón palpitó como antes, bajo la influencia de un encanto irresistible, inefable—. ¿Yo? Créame, Zinaída Aleksándrovna, por mucho que me haya hecho, por mucho que me haya atormentado, la querré y la adoraré hasta el fin de mis días.
       Se volvió bruscamente hacia mí, abrió los brazos, me agarró la cabeza y me dio un beso ardiente y apasionado. Sabe Dios a quién estaría destinado ese largo beso de despedida, pero saboreé su dulzura con avidez. Sabía de sobra que jamás recibiría otro.
       —Adiós, adiós —le dije.
       Ella se separó de mí y se fue. Yo también me marché. No soy capaz de expresar el sentimiento que me embargó en ese momento. No deseaba que esa experiencia se repitiera en el futuro, pero me habría considerado desdichado de no haberla vivido.
       Nos trasladamos a la ciudad. Necesité tiempo para librarme del influjo del pasado y ponerme a trabajar. Mi herida cicatrizaba poco a poco. En verdad, a mi padre no le guardaba ningún rencor. Al contrario: en cierto modo, había ganado enteros a mis ojos… Que los psicólogos expliquen esa contradicción como mejor les parezca.
       Un día, yendo por el bulevar, me topé con Lushin, y ese encuentro me produjo una alegría indescriptible. Apreciaba su carácter recto, desprovisto de hipocresía; además, me resultaba querido por los recuerdos que despertaba en mí. Le abordé.
       —¡Ajá! —dijo, frunciendo las cejas—. ¡Es usted, joven! Deje que le vea. Sigue usted teniendo la tez amarillenta, pero ya no aprecio esa mirada tan torva. Parece usted un ser humano, no un perrillo faldero. Muy bien. ¿Qué hace usted? ¿Trabaja?
       Suspiré. No me apetecía mentir; además, no me avergonzaba decir le la verdad.
       —Qué más da —prosiguió Lushin—, no se desanime. Lo principal es llevar una vida normal y no dejarse dominar por las pasiones. ¿A qué nos conduce esa actitud? Siempre que nos dejemos arrastrar por las olas nos irá mal. El hombre debe agarrarse a una roca y sostenerse sobre sus propios pies. Como ve, he empezado a toser… ¿Se ha enterado usted de lo de Belovzórov?
       —No. ¿Qué le ha sucedido?
       —Ha desaparecido sin dejar rastro. Dicen que se ha marchado al Cáucaso. Que le sirva de lección, joven. Y todo por no haber sabido separarse a tiempo, por no haber roto los vínculos. Usted, por lo visto, ha salido bien parado. Guárdese de nuevas aventuras. Adiós.
       “No habrá nuevas aventuras —pensé—. No volveré a verla.”
       Pero en mi destino estaba escrito que habría de ver a Zinaída una vez más.


XXI

      Mi padre montaba a caballo todos los días; tenía un magnífico alazán de raza inglesa, cuello delicado y fino y patas larguísimas, un animal infatigable y maligno. Se llamaba Eléctrico. A excepción de mi padre nadie podía montarlo. Un día mi padre vino a verme de buen humor, algo que no sucedía desde hacía algún tiempo. Se disponía a partir yya llevaba puestas las espuelas. Le pedí que me dejara acompañarlo.
       —Es mejor que juegues a pídola —me respondió—. Con tu rocín no podrás seguirme.
       —Sí que podré. Voy a ponerme yo también las espuelas.
       —Bueno, como quieras.
       Partimos. Yo tenía un caballito moro bastante ligero, de mucho pelo y patas fuertes. La verdad es que se veía obligado a galopar con todas sus fuerzas cuando Eléctrico iba al trote largo, pero en cualquier caso no nos distanciábamos. Jamás he visto un jinete comparable a mi padre. Iba sentado en la silla con tanta elegancia y tanta habilidad, no exenta de despreocupación, que parecía que el propio caballo se daba cuenta y se sentía orgulloso. Recorrimos todos los bulevares, llegamos al Campo de las Vírgenes, saltamos algunas cercas (al principio me daba miedo, pero luego recordé que mi padre despreciaba a los cobardes y me desembaracé de todo temor) y atravesamos dos veces el río Moskova. Pensaba que íbamos a volver ya a casa, tanto más cuanto que mi padre había notado que mi caballo estaba fatigado, cuando, de pronto, dejó atrás el vado de Crimea y se puso a galopar a lo largo de la orilla. Me lancé en su persecución. Cuando llegamos a la altura de un gran montón de viejos troncos apilados, se apeó con agilidad de su montura, me ordenó que bajara, me entregó las riendas de su caballo y me dijo que le esperara allí, al lado de los troncos; a continuación, dobló en un pequeño callejón y desapareció. Yo empecé a ir de un lado a otro de la orilla, tirando de los dos caballos y riñendo a Eléctrico, que no hacía más que estirar el cuello, sacudir la cabeza, resoplar y relinchar. Cuando me detenía, golpeaba el suelo con los cascos, mordía a mi rocín en el cuello y bufaba; en resumidas cuentas, se portaba como un pur sang caprichoso. Mi padre no regresaba. Una humedad desagradable subía del río; caía una fina llovizna que poco a poco iba sembrando diminutas manchas oscuras sobre esos absurdos troncos grises junto a los que me movía y de los que estaba ya harto. Me embargaba la tristeza y mi padre seguía sin aparecer. Un guardia de origen finés, también gris, con un chacó enorme y viejo en forma de puchero y una alabarda en la mano (¡a saber qué podía hacer un guardia a la orilla del río Moskova!), se acercó, volvió hacia mí su rostro surcado de arrugas, como el de una viejuca, y me dijo:
       —¿Qué hace ahí con esos caballos, señorito? Deje que se los sujete yo.
       No le contesté. Me pidió tabaco. Para desembarazarme de él (me dominaba una gran impaciencia), di unos pasos en la misma dirección que había seguido mi padre; a continuación recorrí el callejón hasta el final, doblé una esquina y me detuve. En esa misma calle, a unos cuarenta pasos, delante de la ventana abierta de una casita de madera, de espaldas a mí, con el pecho apoyado en el alféizar, estaba mi padre. En la misma habitación, semioculta por una cortina, había una mujer vestida de negro, que le decía algo a mi padre: esa mujer era Zinaída.
       Me quedé estupefacto. Reconozco que no me esperaba nada semejante. Mi primera intención fue salir corriendo. “Como mi padre se dé la vuelta, estoy perdido”, pensaba. Pero un sentimiento extraño, un sentimiento más poderoso que la curiosidad, más poderoso incluso que los celos y el miedo, me detuvo. Agucé la vista y el oído. Al parecer, mi padre insistía en alguna cosa. Zinaída se resistía. Aún me parece estar viendo su rostro, triste, serio, hermoso, con la marca inefable de la entrega, el dolor, el amor y una suerte de desesperación, no soy capaz de encontrar otra palabra. Sólo pronunciaba monosílabos, no levantaba los ojos y se limitaba a sonreír con mansedumbre y terquedad. Sólo en esa sonrisa reconocí a mi Zinaída de antaño. Mi padre se encogió de hombros y se ajustó el sombrero, algo que en su caso era siempre un signo de impaciencia… Luego oí las siguientes palabras: “Vous devez vous séparer de cette…”. Zinaída se irguió y extendió el brazo… De pronto, delante de mis ojos sucedió algo increíble: mi padre levantó la fusta con la que en esos momentos se quitaba el polvo de su levita y descargó un golpe violento en ese brazo, desnudo hasta el codo. Apenas pude contenerme para no gritar. Zinaída se sobresaltó, miró en silencio a mi padre, se llevó lentamente el brazo a los labios y besó la marca rojiza del latigazo. Mi padre arrojó a un lado la fusta, subió a toda prisa los escalones de la entrada y entró en la casita. Zinaída se volvió, extendió los brazos, echó hacia atrás la cabeza y también se apartó de la ventana.
       Estremecido de miedo y atormentado por las dudas, volví sobre mis pasos, recorrí el callejón, donde Eléctrico estuvo a punto de soltarse, y regresé a la orilla del río. No entendía nada. Sabía que mi padre, a pesar de su frialdad y su contención, sufría a veces accesos de ira, pero de todos modos no acababa de entender lo que había visto. En cualquier caso, me daba cuenta de que en toda mi vida sería capaz de olvidar ese gesto, esa sonrisa y esa mirada de Zinaída, de que su imagen, esa imagen nueva que había surgido de pronto delante de mí, se había grabado para siempre en mi memoria. Miraba el río como atontado y no advertía que tenía las mejillas bañadas de lágrimas. “Le ha pegado —pensaba—. Le ha pegado… Le ha pegado…”
       —¿Qué haces? ¡Dame mi caballo! —dijo mi padre detrás de mí.
       Le tendí maquinalmente las riendas. Montó de un salto sobre Eléctrico. El caballo, aterido de frío, se encabritó y dio un brinco hacia delante de más de tres metros… pero mi padre no tardó en dominarlo. Le clavó las espuelas en los ijares y le dio un puñetazo en el cuello…
       —Ah, he perdido la fusta —exclamó.
       Recordé el silbido y el golpe que había propinado hacía unos instantes con esa misma fusta y me estremecí.
       —¿Dónde la has dejado? —le pregunté al cabo de un momento.
       Mi padre no me respondió y echó a galopar. Yo le alcancé. Sentía una necesidad imperiosa de ver su rostro.
       —¿Te has aburrido en mi ausencia? —dijo entre dientes.
       —Un poco. ¿Dónde has perdido la fusta? —volví a preguntarle.
       Mi padre me dirigió una mirada fugaz.
       —No la he perdido —respondió—. La he tirado.
       Se quedó pensativo y agachó la cabeza. En ese momento vi por primera vez y puede que por última cuánta ternura y pesar podían expresar sus duras facciones.
       Volvió a galopar y esta vez ya no pude alcanzarle. Llegué a casa un cuarto de hora después de él.
       “Así que eso es el amor —me decía por la noche, sentado ante mi escritorio, que empezaba ya a cubrirse de cuadernos y libros—. ¡Eso es la pasión! ¿Cómo es posible no rebelarse? ¿Cómo es posible soportar un golpe… aunque te lo propine la mano de la persona que más quieres? Es evidente que todo eso es posible cuando uno está enamorado. Y yo… yo que me imaginaba…”
       En el transcurso del último mes había madurado mucho, y mi amor, con todas sus emociones y sufrimientos, se me antojaba algo insignificante, pueril y miserable al lado de ese otro sentimiento desconocido que apenas podía adivinar y que ya me asustaba como un rostro desconocido, hermoso y amenazante, que en vano se esfuerza uno por distinguir en medio de la penumbra…
       Esa noche tuve un sueño extraño y terrible. Me veía entrando en una habitación oscura, de techo bajo. Mi padre se hallaba allí, con la fusta en la mano, y golpeaba el suelo con el pie. Zinaída estaba hecha un ovillo en un rincón y tenía una marca roja, pero esta vez no en el brazo, sino en la frente… Detrás de ellos se alzaba la figura de Belovzórov, todo ensangrentado, que abría sus pálidos labios y amenazaba iracundo a mi padre.
       Dos meses más tarde ingresé en la universidad, y al cabo de medio año mi padre murió (de un ataque) en San Petersburgo, adonde acababa de trasladarse con mi madre y conmigo. Unos días antes de su muerte había recibido una carta de Moscú que le había causado una profundísima agitación… Fue a pedirle algo a mi madre y, según dicen, hasta llegó a llorar. ¡Él, mi padre! La mañana misma del día en que sufrió el ataque, había empezado a redactar una carta en francés dirigida a mí: “Hijo mío —me escribía—, desconfía del amor de las mujeres, desconfía de esa felicidad, de ese veneno…”. Después de su muerte, mi madre envió a Moscú una suma de dinero bastante importante.


XXII

      Transcurrieron unos cuatro años. Acababa de terminar mis estudios en la universidad y aún no sabía muy bien a qué dedicarme ni a qué puerta llamar. Por el momento, no hacía más que ir de un lado para otro, sin ocuparme de nada. Una hermosísima tarde me encontré en el teatro con Maidánov. Se había casado y había ingresado en la administración, pero no había cambiado nada. Seguía entusiasmándose sin razón aparente y desanimándose con la misma celeridad.
       —¿Sabía usted —me dijo, entre otras cosas— que la señora Dólskaia está aquí?
       —¿Quién es la señora Dólskaia?
       —¿Es posible que se haya olvidado usted? La antigua princesa Zasékina, de la que nos habíamos enamorado todos, incluido usted. ¿Se acuerda usted de aquella dacha en las inmediaciones de los jardines Neskuchni?
       —¿Se ha casado con un Dolski?
       —Sí.
       —¿Y está aquí en el teatro?
       —Aquí no, pero sí en San Petersburgo. Ha llegado hace unos días. Se dispone a partir para el extranjero.
       —¿Y qué clase de persona es su marido? —pregunté.
       —Un hombre excelente, de posibles, compañero mío en Moscú. Como usted comprenderá, después de aquella historia… seguro que está usted enterado —Maidánov sonrió con aire de entendido—, no era fácil que encontrara un buen partido. El caso tuvo consecuencias… pero con su inteligencia todo es posible. Vaya a visitarla. Se alegrará de verle. Está todavía más bonita.
       Maidánov me dio la dirección de Zinaída. Se alojaba en el hotel Demouth. Los viejos recuerdos se reavivaron en mi memoria… Me prometí ir a visitar al día siguiente a mi “antiguo amor”. Pero diversas ocupaciones me lo impidieron. Pasó una semana, luego otra, y, cuando por fin me dirigí al hotel Demouth y pregunté por la señora Dólskaia, me enteré de que había muerto de parto, casi de repente, cuatro días antes.
       Sentí como si me clavaran una espina en el corazón. La idea de que había podido verla, de que no la había visto y de que jamás la volvería a ver, esa amarga idea, se hundió en mi pecho con toda la fuerza de un reproche irrebatible. “¡Ha muerto!”, repetí, mirando atónito al portero, y, sin saber adónde ir, salí lentamente del hotel. Todo el pasado surgió de pronto y pasó por delante de mis ojos. Así había terminado, así se había extinguido, en medio de las prisas y de una agitación constante, esa vida joven, ardiente, brillante. Mientras pensaba en todo eso, me imaginaba sus rasgos queridos, sus ojos y sus rizos, metidos en una caja estrecha, en la húmeda tiniebla subterránea, allí mismo, no lejos de mí, que aún estaba vivo, y quizás, a unos pocos pasos de mi padre… En todo eso pensaba, dando rienda suelta a mi fantasía. Y, sin embargo, los siguientes versos:

De labios indiferentes he sabido la nueva de su muerte
y con la misma indiferencia la he escuchado.

[poema, 1826, de Pushkin]

resonaban una y otra vez en mi alma.
       ¡Ah, juventud, juventud! Nada te preocupa, te crees en posesión de todos los tesoros del universo, hasta la tristeza te divierte, hasta el dolor te sienta bien. Temeraria y llena de confianza, dices: “¡Sólo yo vivo, mírame!”. Pero tus días vuelan y desaparecen sin dejar huella ni rastro, y todo lo tuyo se desvanece como la cera al sol, como la nieve… Puede que todo el secreto de tu encanto resida no en la posibilidad de hacerlo todo, sino en la posibilidad de creer que puedes hacerlo todo. O acaso en el hecho de que esparces al viento las fuerzas que no habrías sabido emplear de otro modo, en el hecho de que cada uno de nosotros se considera un verdadero dilapidador y piensa que tiene todo el derecho a decir: “¡Ah, lo que habría hecho si no hubiera malgastado mi tiempo en vano!”.
       En mi caso, por ejemplo… ¡Qué esperanzas no albergaba, qué espléndido futuro no entreveía cuando consagraba apenas un suspiro, un único momento de melancolía, al fantasma, surgido por un instante, de mi primer amor!
       ¿Qué ha sido de todas mis esperanzas? Ahora, cuando sobre mi vida empiezan a cernirse las sombras de la tarde, ¿me queda algo más fresco y más querido que los recuerdos de esa tormenta de una mañana de primavera, tan pronto disipada?
       Pero los reproches que me dirijo no son del todo justos. Incluso entonces, en esos días de despreocupación y juventud, no era sordo a la triste voz que me llamaba, al solemne rumor que me llegaba de ultratumba. Recuerdo que unos días después de enterarme de la muerte de Zinaída, arrastrado por una especie de atracción irresistible, presencié el final de una pobre viejecita que vivía en la misma casa que nosotros. Cubierta de harapos, echada en unas planchas duras, con la cabeza apoyada en un saco, tuvo una agonía dolorosa y terrible. Toda su vida había consistido en una amarga lucha contra la necesidad diaria; no había conocido ninguna alegría, no había saboreado las mieles de la felicidad. ¿No habría debido alegrarse de su muerte, que le traía la liberación y la paz? Y, sin embargo, mientras su decrépito cuerpo resistió, mientras su pecho siguió respirando afanosamente, bajo la mano helada que la oprimía, mientras las últimas fuerzas no la abandonaron, la anciana continuó persignándose y murmurando: “Señor, líbrame de mis pecados”. Sólo cuando se apagó la última chispa de conciencia, desapareció de sus ojos esa expresión de espanto y horror ante la muerte. Recuerdo que entonces, ante el lecho de esa pobre anciana, me embargó una terrible angustia por Zinaída, y me entraron ganas de rezar por ella, por mi padre… y también por mí.




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