Iván S. Turguénev
(Orel, Rusia, 1818 - Bougival, Francia, 1883)


Tres encuentros (1852)
(“Три Встречи”)
Originalmente publicado en la revista Современник [El Contemporáneo]
Núm. 2 (1852), págs. 141–170);
Повестей и рассказов [Relatos y novelas cortas]
(San Petersburgo, 1856)



Passa que’ colli e vieni allegramente,
Non ti curar di tanta compania—
Vieni, pensando a me secretamente— Ch’io t’accompagna per tutta la via.


[Pasa esas colinas y ven alegremente,
no prestes atención a ese gentío,
ven pensando en mí secretamente
y seré tu compañera a lo largo del camino.]


I

      A ningún lugar he ido tan a menudo de caza, en el transcurso del verano, como a la aldea de Glínnoie, a unas veinte verstas de mis tierras. Cerca de esa aldea se encuentran quizá los mejores parajes para la práctica de la caza de todo nuestro distrito. Después de haber batido los jarales y los campos de los alrededores, al final de la jornada solía pasar por el pantano vecino, casi el único de la región, y desde allí me dirigía a casa de mi hospitalario anfitrión, el starosta [el representante de la asamblea comunal que reúne a los campesinos de cada aldea] de Glínnoie, en cuya morada solía detenerme. Del pantano hasta Glínnoie no hay más de dos verstas; el camino discurre por el fondo del valle, y sólo es preciso salvar una pequeña colina a mitad de camino. En lo alto de esa colina hay una propiedad compuesta de una casa señorial deshabitada y un jardín. Casi siempre pasaba por allí en el momento en que el sol poniente despedía sus rayos más esplendorosos, y recuerdo que esa construcción, con sus ventanas cerradas a cal y canto, me traía siempre a la memoria la imagen de un anciano ciego que hubiera salido para calentarse al sol. El pobre viejo está sentado en el borde del camino; en su caso, hace tiempo que el resplandor del sol ha cedido su lugar a las tinieblas eternas; pero al menos lo siente en su rostro erguido y tenso, en sus mejillas caldeadas. Se diría que nadie vive en la casa desde hace mucho tiempo; pero un minúsculo pabellón levantado en el patio alberga a un siervo liberado, ya decrépito, alto, cargado de espaldas, de cabello gris y rasgos expresivos y muy marcados. Pasaba las horas sentado en un banquito que había delante de la única ventana del pabellón, contemplando la lejanía con aire soñador y melancólico; en cuanto me veía se incorporaba a medias y me saludaba con esa lenta gravedad que distingue a los viejos servidores pertenecientes no a la generación de nuestros padres, sino a la de nuestros abuelos. Trataba de entablar conversación con él, pero no era muy locuaz; sólo conseguí enterarme de que la hacienda en la que vivía era propiedad de la nieta de su antiguo señor, una viuda que tenía una hermana menor, y de que ambas vivían en el extranjero y no aparecían nunca por el lugar; en cuanto a él, esperaba no vivir mucho tiempo porque, “a fuerza de masticar pan, acaba uno aburriéndose, sobre todo cuando lleva uno mucho tiempo mascando”. El viejo se llamaba Lukiánich.
       Un día pasé en el campo más tiempo que de costumbre; había cobrado bastantes piezas; además, había sido una jornada maravillosa para la práctica de la caza: desde la mañana el día había sido sereno y gris, como penetrado de la luminosidad del atardecer. Me había alejado mucho, y cuando llegué a las proximidades de esa hacienda conocida no sólo habían caído ya las sombras, sino que la luna brillaba en lo alto y la noche, como suele decirse, se había “instalado” en el cielo. Tuve que pasar a lo largo del jardín. A mi alrededor reinaba un silencio inefable…
       Recorrí el ancho camino, me deslicé con mucho cuidado entre las polvorientas matas de ortigas y me apoyé en un seto bajo. Ante mí se extendía inmóvil el pequeño jardín, inundado de luz y como apaciguado por los plateados rayos de la luna, todo oloroso y húmedo. Diseñado según los gustos de antaño, se componía de un único claro de forma alargada. Senderos rectilíneos confluían en su centro, alrededor de un parterre redondo invadido de espesos ásteres. Altos tilos circundaban el césped formando una orla regular, que se interrumpía en un único lugar, a lo largo de unos cuatro metros; esa abertura permitía contemplar una parte de la casa baja que, para mi sorpresa, tenía dos ventanas ilumina das. Jóvenes manzanos despuntaban aquí y allá en el claro; a través de sus endebles ramas se vislumbraba el delicado azul del cielo nocturno, se filtraba la claridad soñolienta de la luna. Al pie de cada manzano, sobre la blanquecina hierba, se extendía una sombra leve y desigual. A un lado del jardín los tilos conservaban una vaga tonalidad verde, envueltos en una luz inmóvil, de una resplandeciente palidez; al otro, se alzaban negros e impenetrables. Un murmullo extraño y contenido recorría de vez en cuando su tupido follaje; era como si os invitaran a perderos en los senderos que los circundaban, como si trataran de atraeros a ese territorio remoto de sombras. Todo el cielo estaba tachonado de estrellas; desde lo alto se derramaba misteriosamente su delicado centelleo azul; se diría que contemplaban la lejana tierra con atención. Tenues nubecillas velaban de vez en cuando la luna y transformaban en un instante su sereno destello en una niebla turbia, pero luminosa. Todo dormitaba. El aire, tibio y oloroso, ni siquiera se agitaba; sólo alguna que otra vez se estremecía, como el agua turbada por la caída de una ramita. Se percibía una suerte de ansiedad, una especie de pasmo… Me incliné por encima del seto; delante de mí una humilde amapola erguía sobre la muda hierba su enhiesto tallo. Una gruesa gota de rocío nocturno derramaba un brillo sombrío en el fondo de la flor abierta. A mi alrededor todo dormitaba y se relajaba; todas las cosas parecían contemplar el cielo, tender hacia lo alto, en una especie de espera inmóvil… ¿Qué esperaba esa noche tibia e insomne?
       Ese reconcentrado silencio esperaba un sonido, una voz viva, pero todo callaba. Los ruiseñores habían dejado de cantar hacía ya un buen rato… y el zumbido repentino de un escarabajo que revoloteaba por allí, el leve chapoteo de un pececillo en el vivero, bajo los tilos del extremo del jardín, el silbido soñoliento de un ave inquieta, un grito lejano en los campos, tan lejano que el oído no podía distinguir si lo había proferido un ser humano, una bestia o un pájaro, un breve y rápido rumor de pasos en el camino: todos esos débiles sonidos, esos murmullos no hacían más que reforzar ese silencio. Un sentimiento indefinible, semejante a una espera o un recuerdo de felicidad, oprimía mi corazón; incapaz de moverme, seguía inmóvil delante de ese quietojardín, bañado por la luz de la luna y el rocío, y, no sé por qué, no apar taba la mirada de esas dos ventanas, que despedían un débil resplandor en medio de la blanda penumbra, cuando de pronto un acorde resonó en la casa y rodó como una ola. El aire, perturbado por la vibración, respondió con un eco. Me estremecí involuntariamente.
       A continuación se oyó una voz de mujer… Me puse a escuchar con avidez y… me quedé mudo de asombro… Dos años antes, en Italia, en Sorrento, había oído esa misma canción, esa misma voz… Sí, sí…

Vieni, pensando a me secretamente…

      Eran esos mismos sonidos, los había reconocido… Fue así como los escuché por primera vez. Volvía a casa después de un largo paseo por la orilla del mar. Iba muy deprisa por la calle. Hacía tiempo que había caído la noche, una noche magnífica, meridional, no serena y tristemente meditabunda, como en nuestro país, no, sino llena de luz, espléndida y bella como una mujer feliz en la flor de la edad; la luna brillaba con una fuerza increíble; grandes estrellas resplandecientes parecían moverse en el cielo azul oscuro; las sombras negras se recortaban netas sobre la tierra iluminada de amarillo. A ambos lados de la calle se extendían los muros de piedra de los jardines; los naranjos inclinaban sobre ellos sus curvas ramas; los globos dorados de sus pesados frutos tan pronto se entreveían apenas, ocultos entre la maraña de hojas, como brillaban con un rojo intenso, expuestos suntuosamente a la luz de la luna. En muchos árboles destacaban delicadas flores blancas; el aire estaba impregnado de aromas de una intensidad abrumadora, penetrantes y hasta empalagosos, pero de una dulzura inefable. Debo reconocer que, habituado ya a todas esas maravillas, sólo pensaba en llegar cuanto antes a mi hotel, cuando de pronto, en un pequeño pabellón construido al lado mismo de la tapia junto a la que pasaba, se oyó una voz de mujer. Cantaba una romanza que no conocía, y en su voz había algo tan atrayente, una sensación de espera apasionada y alegre tan acorde con la letra, que me detuve involuntariamente y levanté la cabeza. En el pabellón se abrían dos ventanas, pero las celosías estaban bajas y por las estrechas ranuras apenas se escapaba una luminosidad mate. Después de repetir dos veces Vieni, vieni, la voz se desvaneció; se oyó una leve vibración de cuerdas, como si una gui tarra hubiese caído sobre una alfombra, luego un rumor de faldas y a continuación el débil crujido del piso. Las bandas luminosas desaparecieron de una de las ventanas… Alguien se acercó y se inclinó sobre el alféizar. Yo retrocedí dos pasos. De pronto las celosías rechinaron y se abrieron de par en par; una esbelta mujer, toda de blanco, asomó de pronto su encantadora cabeza y exclamó, tendiéndome los brazos: “Sei tu?”. Me desconcerté y no supe qué responder, pero en ese momento la desconocida lanzó un grito ahogado y se echó hacia atrás, la celosía se cerró y la luz del pabellón se volvió aún más tenue, como si se la hubieran llevado a otra habitación. Me quedé inmóvil y durante un buen rato no fui capaz de reaccionar. El rostro de la mujer, que había surgido de modo tan repentino delante de mí, era de una belleza sorprendente. Su aparición había sido demasiado breve para que cada uno de sus rasgos se hubiera grabado con detalle en mi memoria; pero la impresión de conjunto era de una fuerza y una intensidad desconocidas… En ese momento fui consciente de que jamás olvidaría esa cara. La luna iluminaba de plano el muro del pabellón y la ventana a la que se había asomado. ¡Dios mío, con qué magnífico resplandor habían brillado a esa luz sus grandes ojos oscuros! ¡Qué espesas ondas formaban sus cabellos morenos medio deshechos sobre sus torneados hombros, un poco encogidos!… ¡Cuánta voluptuosidad púdica había en la suave inclinación de su talle, qué acariciante había resonado su voz cuando me interpeló con esa murmullo apresurado y cristalino! Después de pasar un buen rato inmóvil en mi lugar, me aparté un poco, buscando cobijo en la sombra del muro opuesto, y desde allí me quedé mirando el pabellón con una suerte de embotada perplejidad, como si esperara algo. Escuchaba… escuchaba con la mayor atención… Tan pronto me parecía percibir una respiración contenida al otro lado de la oscura ventana como creía oír un ligero roce y una risa discreta. Por último resonaron unos pasos a lo lejos… que se iban acercando. Un hombre más o menos de mi estatura apareció en el extremo de la calle, se acercó con decisión a una portezuela situada al lado mismo del pabellón, en la que yo no había reparado, golpeó dos veces, sin volverse, con el aro de hierro que pendía de la hoja, esperó, llamó una vez más y cantó en voz baja: “Ecco ridente”… La portezuela se abrió… y él se deslizó por el hueco sin hacer ruido. Me estremecí, sacudí la cabeza, separé los brazos, me calé el sombrero hasta las cejas con ademán brusco y regresé a mi casa malhumorado. Al día siguiente pasé las dos horas de más calor recorriendo sin ningún resultado la calle del pabellón, y esa misma tarde abandoné Sorrento, sin haber visitado siquiera la casa del Tasso.
       Pueden imaginarse los lectores cuál no sería mi sorpresa al escuchar de pronto, en medio de la estepa, en uno de los rincones más remotos de Rusia, esa misma voz, esa misma romanza… Igual que entonces, también ahora era de noche; igual que entonces, también ahora la voz se escapó de pronto de una habitación desconocida e luminada; igual que entonces, también estaba solo. Mi corazón latía con fuerza. “¿No será un sueño”, pensaba. Pero de pronto resonó el último vieni… ¿No se abriría la ventana? ¿No se asomaría una mujer? En efecto, la ventana se abrió y apareció una mujer. La reconocí en seguida, aunque nos separaban unos cincuenta pasos y una ligera nubecilla enmascaraba la luna. Era ella, mi desconocida de Sorrento. Pero no me tendió sus brazos desnudos, como aquella otra vez, sino que los cruzó suavemente y, apoyándolos en el alféizar, se quedó contemplando en silencio, inmóvil, un punto del jardín. Sí, era ella, eran sus rasgos inolvidables, sus ojos de una belleza sin igual. También en esta ocasión llevaba un amplio vestido blanco. Parecía algo más gruesa que en Sorrento. Todos sus rasgos respiraban seguridad, la calma del amor, el triunfo de la belleza, una felicidad serena. Pasó un buen rato sin moverse, luego se volvió hacia la habitación, se irguió bruscamente y exclamó tres veces con voz fuerte y cristalina: “Addio!”. Esos maravillosos sonidos se propagaron lejos, muy lejos, vibraron un momento y fueron debilitándose y apagándose sobre los tilos del jardín y los campos que me circundaban. Durante unos instantes todo lo que había a mi alrededor se llenó de la voz de esa mujer, todo tintineó en respuesta a sus palabras, todo le hizo eco. Ella cerró la ventana y al poco rato la luz se apagó en la casa.
       Cuando me recobré de la impresión —que me llevó algún tiempo, debo reconocerlo—, atravesé el jardín hasta la entrada de la propiedad, me acerqué a la puerta cerrada y me puse a mirar por encima de la cerca. En el patio no noté nada especial; en una esquina, bajo un sobradillo, había una calesa. La parte delantera, toda salpicada de barro seco, se destacaba con nitidez, muy blanca a la luz de la luna. Los postigos de la casa estaban cerrados, como de costumbre. He olvidado decir que hacía una semana que no pasaba por Glínnoie. Durante más de media hora me paseé a lo largo de la cerca, presa de una gran indecisión, hasta que al final llamé la atención de un viejo perro guardián que, si bien no me ladró, me dirigió una mirada irónica con sus ojos entornados y medio ciegos desde la puerta cochera. Comprendí la advertencia y me alejé. Pero no había tenido tiempo de recorrer media versta cuando de pronto oí a mis espaldas un rumor de cascos de caballo. Al cabo de unos instantes un jinete pasó a trote tendido en un caballo moro y se volvió por un instante hacia mí, lo que me permitió distinguir una nariz aquilina y un magnífico bigote por debajo de la gorra calada hasta las cejas. Dobló a la derecha, apartándose del camino, y al punto desapareció en la espesura del bosque. “Es él”, pensé, y mi corazón se puso a latir de una forma extraña. Me parecía haberlo reconocido; en verdad, su figura recordaba la del hombre que había visto delante de la portezuela del jardín de Sorrento. Media hora más tarde estaba ya en Glínnoie, en casa de mi anfitrión, a quien desperté y me puse a preguntarle quiénes eran las personas que se habían instalado en la hacienda vecina. Me respondió de mala gana que habían llegado los propietarios.
       —¿Qué propietarios? —exclamé impaciente.
       —Pues las señoras, naturalmente —respondió con voz lánguida.
       —¿Qué señoras?
       —Las señoras, ya sabe usted.
       —¿Son rusas?
       —¿Y qué quiere que sean? Pues claro.
       —¿No son extranjeras?
       —¿Eh?
       —¿Hace mucho que han llegado?
       —No, seguro que no.
       —¿Y van a quedarse mucho?
       —Eso no se sabe.
       —¿Son ricas?
       —No sabría decírselo. Tal vez.
       —¿No les acompaña un señor?
       —¿Un señor?
       —Sí, un señor.
       El starosta suspiró.
       —¡Oh, Dios mío! —dijo, bostezando—. No, me parece… que no… ha venido ningún señor. Pero ¡vaya usted a saber! —añadió de pronto.
       —¿Y qué vecinos viven por aquí?
       —¿Vecinos? Los hay de todas clases.
       —¿De todas clases? ¿Y cómo se llaman?
       —¿Quiénes? ¿Las propietarias o los vecinos?
       —Las propietarias.
       El starosta volvió a suspirar.
       —¿Que cómo se llaman? —farfulló—. ¡Dios sabe cómo se llaman! Creo que la mayor se llama Anna Fiódorovna, y la otra… No, no lo sé.
       Al menos dígame cuál es su apellido.
       —¿Su apellido?
       —Su apellido, el nombre con el que se las conoce.
       —El nombre con el que se las conoce… Sí. Le juro que no lo sé.
       —¿Son jóvenes?
       —No. Eso no.
       —¿Qué edad tienen?
       —La menor tendrá algo más de cuarenta.
       —No dices más que mentiras.
       El starosta se calló.
       —¡Qué quiere usted que le diga! Usted sabrá. Nosotros no sabemos nada.
       —¡Y dale con la misma cantinela! —exclamé con enfado.
       Sabiendo por experiencia que cuando un ruso se pone a responder de esa manera no hay modo alguno de sacarle un comentario razonable (además mi anfitrión acababa de acostarse y a cada respuesta se inclinaba ligeramente hacia delante, abriendo mucho los ojos con una suerte de sorpresa infantil y separando con esfuerzo los labios, impregnados de la dulce miel del primer sueño), hice un gesto de desaliento con la mano y, rechazando la cena que me ofrecía, me retiré al granero.
       Tardé mucho en dormirme. “¿Quién será? —me preguntaba una y otra vez—. ¿Una rusa? En ese caso, ¿por qué habla italiano?… El starosta pretende que no es joven… Pero miente… ¿Y quién será ese hombre afortunado?… Decididamente, no hay manera de entender nada… En cualquier caso, ¡qué aventura tan extraña! ¿Cómo es posible que me haya topado con ella dos veces? Es de todo punto necesario que me entere de quién es y por qué ha venido aquí…” Agitado por tan confusos y deshilachados pensamientos, me dormí tarde y tuve sueños extraños. Me veía vagando por un desierto, a pleno sol del mediodía; de pronto distinguía una enorme mancha de sombra desplazándose por la arena ardiente y amarilla… Levantaba la cabeza y veía a mi bella, que surcaba los aires, toda blanca, con largas alas del mismo color, y me hacía un gesto para que la siguiera. Yo me lanzaba tras ella, pero flotaba a gran altura, ligera y rápida, y yo no podía elevarme por encima del suelo y extendía en vano mis ávidas manos… “Addio! —me decía, al tiempo que se alejaba—. ¿Por qué no tienes alas?… Addio!” Y por todas partes resonaba esa palabra: “Addio!”. Cada grano de arena me gritaba con voz estridente: “Addio!”. Y esa i vibraba como un trino agudo e insoportable… Trataba de ahuyentarla con los brazos como si fuera un mosquito, la buscaba con los ojos, pero ya no era más que una pequeña nube elevándose poco a poco hacia el sol, que se estremecía, vacilaba, se reía y extendía hacia ella largos rayos dorados; de pronto esos rayos la envolvían, ella se fundía en su abrazo y yo gritaba con todas mis fuerzas, como un poseso: “¡Eso no es el sol, no es el sol, es una araña italiana! ¿Quién le habrá entregado un pasaporte para entrar en Rusia? La desenmascararé: la he visto coger naranjas en jardines ajenos”… O bien me imaginaba que seguía un sendero angosto y abrupto. Iba muy deprisa: tenía que llegar cuanto antes a algún sitio, donde me esperaba una felicidad inaudita; de pronto una roca enorme se alza delante de mí. Busco un paso, pero no lo encuentro ni a la derecha ni a la izquierda. ¡No hay modo de sortearla! De repente detrás de la roca resuena una voz: “Passa, passa que’ colli[“pasa esas colinas”]… Esa voz me llama, repite su melancólica invitación. Yo me desespero, busco aunque sea una pequeña rendija… ¡Ay! Por todas partes una pared vertical, un bloque de granito… “Passa que’ colli”, repite quejumbrosa la voz. Con el corazón desgarrado, me abalanzo sobre la piedra lisa y la araño frenético con las uñas. Un sombrío corredor se abre de pronto delante de mí. Temblando de alegría, me dispongo ya a atravesarlo, pero en ese momento alguien me grita: “¡Vano empeño! ¡No pasarás!”. Delante de mí está Lukiánich, agitando los brazos con aire amenazante… Rebusco a toda prisa en mis bolsillos: quiero ganarme su voluntad. Pero no encuentro nada… “Lukiánich —le digo—, Lukiánich, déjame pasar. Te recompensaré más tarde.” “Se equivoca usted, señor —me responde Lukiánich, y su rostro adquiere una expresión extraña—. Yo no soy un criado, sino don Quijote de la Mancha, el célebre caballero andante. Me he pasado toda la vida buscando a mi Dulcinea sin conseguir encontrarla, y no voy a permitir que encuentre usted a la suya…” “Passa que’ colli…”, resuena de nuevo una voz casi sollozante. “¡Déjeme pasar, señor!”, exclamo enfurecido, dispuesto a lanzarme sobre él… Pero la larga lanza del caballero me alcanza en pleno corazón… Caigo herido de muerte… Estoy tendido de espaldas, no puedo moverme… De pronto ella se acerca a mí con una lámpara en la mano, la levanta con donosura por encima de la cabeza, recorre las sombras con la mirada y, aproximándose con precaución, se inclina sobre mí… “Así que es ese bufón —dice con una risa despectiva—, el que quería saber quién soy.” El aceite ardiente de la lámpara gotea directamente sobre mi lastimado corazón… “¡Psique!”, grito con esfuerzo, y me despierto…
       Dormí mal toda la noche, y antes del amanecer ya estaba levantado. Me vestí deprisa, cogí mi escopeta y me dirigí directamente a la propiedad. Mi impaciencia era tan grande que el cielo apenas había empezado a clarear cuando llegué ante el conocido portón. A mi alrededor cantaban las alondras, las cornejas graznaban en los abedules, pero la casa aún estaba sumida en esa somnolencia de muerte de la madrugada. Hasta el perro roncaba al otro lado de la cerca. Exacerbado por la ansiedad de la espera, casi colérico, me puse a caminar por la hierba empapada de rocío, sin dejar de mirar esa casucha baja y desangelada que ocultaba entre sus paredes a esa enigmática criatura… De repente la cancela se abrió con un débil chirrido y en el umbral apareció Lukiánich, vestido con una especie de casaca a rayas. Su rostro alargado, de cabellos hirsutos, me pareció más sombrío que nunca. Me miró no sin sorpresa e hizo intención de cerrar la cancela.
       —¡Amigo mío, amigo mío! —me apresuré a exclamar.
       —¿Qué hace aquí tan de mañana? —replicó con voz lenta y sorda.
       —Dime, por favor, ¿es cierto, como he oído decir, que ha llegado tu ama?
       Lukiánich guardó silencio.
       —Sí… —respondió al cabo de unos instantes.
       —¿Sola?
       —Con su hermana.
       —¿Tuvieron invitados ayer?
       —No.
       Y tiró de la puerta con intención de cerrarla.
       —Espera, espera, amigo mío… Ten la bondad de…
       Lukiánich tosía y se encogía de frío.
       —¿Qué es lo que quiere?
       —Dime, te lo ruego, ¿cuántos años tiene tu ama?
       Lukiánich me miró con desconfianza.
       —¿Que cuántos años tiene? No lo sé. Más de cuarenta.
       —¡Más de cuarenta! ¿Y su hermana?
       —Algo menos de cuarenta.
       —¡No es posible! ¿Es bonita?
       —¿Quién, la hermana?
       —Sí.
       Lukiánich sonrió con malicia.
       —No sé, sobre gustos no hay nada escrito. En mi opinión es fea.
       —¿Por qué?
       —No tiene una buena figura. Está en los huesos.
       —¡Vaya! ¿Y no ha venido nadie más?
       —No. ¡Quién iba a venir!
       —¡No puede ser!… Yo…
       —¡Ah, señor! Con usted no hay modo de acabar —exclamó el anciano con enfado—. ¡Mire qué frío hace! Adiós muy buenas.
       —Espera… espera… toma, para ti —y le tendí una pieza de veinticinco kopeks que llevaba preparada, pero mi mano chocó con la puerta, que Lukiánich se apresuró a cerrar. La moneda de plata cayó al suelo y rodó hasta mis pies.
       “¡Ah, viejo bribón! —pensé—. ¡Don Quijote de la Mancha! Por lo visto, te han dado órdenes de callar… Pero espera un poco… A mí no me engañas …”
       Me prometí llegar al fondo de ese asunto costara lo que costase. Estuve paseándome arriba y abajo una media hora, sin saber qué decisión tomar. Por fin resolví dirigirme en primer lugar a la aldea para preguntar quién había llegado a la propiedad y cuál era el nombre de la dueña; luego regresaría y, como suele decirse, no me movería hasta que todo el asunto se aclarara. La desconocida acabaría saliendo de casa, y yo la vería por fin a la luz del día, de cerca, como una mujer de carne y hueso, no como una aparición. La aldea sólo quedaba a una versta de distancia, y me puse en marcha al instante, con paso vivo y animoso: una extraña audacia hervía y borboteaba en mis venas. La estimulante frescura de la mañana me tonificaba, después de la inquieta noche que había pasado. Una vez en la aldea, dos campesinos que iban a ocuparse de sus faenas me contaron cuanto sabían. Por lo visto, la casa, lo mismo que la aldea a la que acababa de llegar, se conocía con el nombre de Mijailóvskoie y pertenecía a la viuda de un mayor, Anna Fiódorovna Shlíkova, que tenía una hermana soltera, llamada Pelagueia Fiódorovna Badáieva; ambas estaban ya entradas en años, eran ricas, apenas visitaban la propiedad y se pasaban todo el tiempo de un lado para otro, sin más servidumbre que dos doncellas y un cocinero. Anna Fiódorovna había regresado unos días antes de Moscú, acompañada sólo de su hermana… Ese último detalle me turbó sobremanera: sería absurdo pensar que también los campesinos habían recibido órdenes de callar respecto a mi desconocida. En cuanto a la posibilidad de que Anna Fiódorovna Shlíkova, una viuda de cuarenta y cinco años, y esa encantadora muchacha que había visto la víspera fueran la misma persona se me antojaba de todo punto imposible. Ajuzgar por las descripciones que me hicieron, Pelagueia Fiódorovna tampoco se distinguía por su belleza; además, ante la sola idea de que la muchacha que había visto en Sorrento pudiera llamarse Pelagueia, y Badáieva por añadidura, me encogí de hombros y estallé en una risa sarcástica. “Y, sin embargo, la vi ayer en esa misma casa. La vi con mis propios ojos”, pensaba. Irritado, furioso, pero aún más firme en mi decisión, me dispuse a regresar cuanto antes a la propiedad. No obs tante, después de echar un vistazo al reloj, me di cuenta de que aún no eran las seis, así que decidí esperar un poco, suponiendo que todo el mundo dormiría aún y que, dando vueltas alrededor de la casa a semejante hora, no conseguiría otra cosa que despertar sospechas; además, delante de mí se extendían unos arbustos y detrás se veía un bosque de álamos temblones… Llegados a este punto debo hacerme justicia y declarar que, a pesar de los pensamientos que me agitaban, la noble pasión de la caza no se había acallado del todo en mi interior: “Quién sabe —pensé—, tal vez me tope con una nidada. Así el tiempo pasará más deprisa”. Me interné en la espesura. Pero, a decir verdad, marchaba con bastante despreocupación, sin el menor respeto por las reglas de ese arte: no seguía a mi perro sin pestañear, no resoplaba al pie de los tupidos arbustos, con la esperanza de que un urogallo de manchas rojas sobre los ojos y cola negra levantara el vuelo con estrépito y un rumor de alas. No paraba de mirar el reloj, recurso que de poco me servía. Por fin dieron las nueve. “Ya es hora”, exclamé en voz alta, y volví sobre mis pasos para encaminarme a la propiedad, pero en ese momento un urogallo enorme se removió en la espesa hierba, a dos pasos de mí; disparé sobre esa magnífica ave y la alcancé debajo del ala; en lugar de caer a tierra, se rehízo y se dirigió al bosque volando a ras de tierra con febril e irregular aleteo; trató de elevarse por encima de los primeros álamos del lindero, pero perdió las fuerzas y cayó rodando en la espesura. Habría sido imperdonable renunciar a semejante pieza, así que me lancé en su persecución sin perder un segundo, me interné en el bosque, hice una señal a Dianka y al cabo de unos instantes oí un cloqueo y un impotente batir de alas: era el pobre urogallo, que se debatía bajo las patas de mi perro, dotado de un olfato infalible. Lo recogí, lo puse en el morral, miré a mi alrededor y me quedé inmóvil, como clavado al suelo…
       El bosque al que había ido a parar era muy denso y tupido; de hecho, me había costado llegar al lugar en el que había caído el ave; pero a poca distancia de mí serpenteaba un camino con huellas de carros por el que cabalgaban al paso, uno al lado del otro, mi bella y el hombre que la víspera me había dejado atrás. Lo reconocí por el bigote. Iban en silencio, despacio, cogidos de la mano. Los caballos levan taban apenas las patas, se balanceaban con indolencia a derecha e izquierda, tendiendo sus largos cuellos con elegancia. Una vez repuesto de esos primeros momentos de espanto (sí, de espanto, no encuentro una palabra mejor para definir el sentimiento que me embargó de pronto), la devoré con los ojos. ¡Qué hermosa era! ¡Con qué encantadora distinción su esbelta figura venía a mi encuentro en medio del verde esmeralda del follaje! Blandas sombras, suaves reflejos se deslizaban dulcemente por su figura, por su largo vestido gris, por su cuello fino, ligeramente inclinado, por su rostro de una palidez rosada, por sus cabellos negros y lustrosos, que se escapaban en suntuosas ondas por debajo de su pequeño sombrero de copa baja. Pero ¡cómo trasmitir la expresión de felicidad completa y apasionada, apasionada hasta perder el habla, que traslucía cada uno de sus rasgos! Hasta la cabeza parecía doblarse bajo ese peso; chispas de oro líquido relumbraban en sus ojos oscuros, medio velados por las pestañas; esos ojos felices, bajo el delgado arco de las cejas, no miraban a ninguna parte. Una sonrisa imprecisa y juvenil, símbolo de una alegría profunda, se insinuaba en sus labios; se diría que ese exceso de felicidad la fatigaba y la agobiaba un poco, como una flor abierta a veces se comba sobre su propio tallo. Sus manos caían sin fuerza, una en la mano del hombre que la acompañaba, la otra en las crines del caballo. Tuve tiempo de observarla, como también a su pareja… Era un hombre atractivo y apuesto, de rasgos extranjeros. La contemplaba con audacia y alegría y, según lo que pude apreciar, con una admiración no exenta de secreto orgullo. La admiraba, el muy bribón, y estaba muy satisfecho de sí mismo, pero poco conmovido, poco enternecido… Y digo bien: enternecido… En efecto, ¿qué hombre merece semejante entrega? ¿Qué alma, aún la más noble, es digna de procurar semejante felicidad a otra alma? Debo reconocer que le envidiaba… Entre tanto, los dos estaban llegando a mi altura… Mi perra saltó de pronto al camino y se puso a ladrar. La desconocida se sobresaltó, volvió a toda prisa la cabeza y, cuando me vio, fustigó con fuerza el cuello de su montura, que relinchó, se encabritó, levantó a la vez las manos delanteras y partió al galope. El hombre espoleó también a su caballo moro; al cabo de unos instantes, cuando salí al camino que discurría por el lindero del bosque, ambos cabalgaban en la dorada lejanía, a campo traviesa, balanceándose en sus sillas con elegancia y armonía… Y no se dirigían a la propiedad…
       Los seguí con la vista. No tardaron en desaparecer detrás de una colina, después de que el sol los iluminara vivamente por última vez sobre la línea sombría del horizonte. Me quedé allí un rato, luego volví a internarme en el bosque con pasos lentos, me senté en el sendero y me cubrí los ojos con la mano. He observado que, después de un encuentro con desconocidos, basta cerrar los ojos para que sus rasgos vuelvan a aparecer ante nosotros. Cualquiera puede verificar en la calle la exactitud de mi afirmación. Cuanto más familiar es un rostro, más difícil resulta imaginárselo y más confusa es la impresión que produce. Lo recuerda uno, pero no lo ve. En cuanto al propio rostro, no hay manera de representárselo. Uno conoce hasta el rasgo más menudo, pero no es capaz de formarse una visión de conjunto. Así pues, me senté, cerré los ojos y al punto vi a la desconocida y a su compañero, sus caballos, todo… Distinguía con especial nitidez el rostro sonriente del hombre. Traté de concentrarme en él… Pero sus rasgos se confundieron y acabaron disolviéndose en una especie de bruma purpúrea, y a su vez la imagen de ella empezó a alejarse también, luego se esfumó y ya no volvió a aparecer. Me puse en pie. “Bueno —me dije—, al menos los he visto a los dos con toda claridad. Sólo me queda averiguar sus nombres.” ¡Tratar de conocer sus nombres! ¡Qué curiosidad tan mezquina y fuera de lugar! Pero, en honor a la verdad, debo reconocer que no era la curiosidad lo que me consumía: simplemente me parecía imposible no acabar descubriendo al menos quiénes eran, una vez que el azar me había puesto en relación con ellos de forma tan extraña como obstinada. Por lo demás, la acuciante incertidumbre que poco antes me dominaba había dejado su lugar a un sentimiento confuso y triste que me hacía enrojecer. Estaba celoso…
       Volví a la propiedad sin apresurarme. Confieso que empezaba a avergonzarme eso de escudriñar en secretos ajenos. Además, la aparición de la pareja de enamorados a la plena luz del día, a pesar de su carácter inesperado y, vuelvo a repetirlo, extraño, de algún modo me había enfriado, aunque sin lograr calmarme. Ya no encontraba en toda esa historia elementos sobrenaturales y fantásticos… nada que recordara a un sueño irrealizable…
       Reanudé mi expedición de caza con mayor atención que antes, pero no tuve ocasión de disfrutar de ninguna situación verdaderamente excitante. Me topé con una nidada que me tuvo ocupado una hora y media. Los jóvenes urogallos tardaron un buen rato en responder a mi silbido, probablemente porque no silbaba con la “objetividad” necesaria. El sol estaba ya muy alto en el cielo (mi reloj marcaba las doce), cuando encaminé mis pasos a la propiedad. Iba sin prisas. Por fin apareció la casita baja en lo alto de una colina… Mi corazón se estremeció de nuevo. Me acerqué… y no sin una secreta satisfacción descubrí la figura de Lukiánich. Lo mismo que antes, estaba sentado sin moverse en el banco que había delante del pabellón. El portón estaba cerrado… y también los postigos.
       —¡Buenos días, abuelo! —le grité desde lejos—. ¿Has salido a calentarte al sol?
       Lukiánich volvió hacia mí su rostro enjuto y se quitó la gorra sin decir una palabra.
       Me acerqué a él.
       —Buenos días, abuelo, buenos días —repetí, deseando ganarme su voluntad—. Vaya —añadí, descubriendo de pronto en el suelo mi moneda nuevecita—, ¿es que no la has visto?
       Y le mostré con el dedo el disco de plata, semioculto en la hierba corta.
       —Sí la he visto.
       —¿Y por qué no la has cogido?
       —¿Por qué iba a cogerla? No es mía.
       —¡Hay que ver cómo eres, amigo! —repliqué, no sin cierta turbación, y, cogiendo la pieza, volví a ofrecérsela—. Tómala, para que te compres té.
       —Se lo agradezco mucho —me respondió Lukiánich, sonriendo con tranquilidad—, pero no lo necesito. Tengo suficiente para vivir. Muchas gracias.
       —¡Estoy dispuesto a darte mucho más, y además de buena gana! —proseguí, un poco cohibido.
       —¿Y por qué? No se preocupe usted. Le agradezco la intención, pero me basta con mi pedazo de pan. ¡Quién sabe si podré comérmelo todo! Uno nunca sabe cuándo le llega su hora.
       Se levantó y extendió la mano hacia la cancela.
       —¡Aguarda, aguarda un momento, anciano! —dije casi desesperado—. Qué poco hablador estás hoy… Dime al menos una cosa: ¿se ha levantado ya tu ama?
       —Sí.
       —Y… ¿está en casa?
       —No.
       —¿Ha ido de visita?
       —No. Se ha marchado a Moscú.
       —¡Cómo! ¿A Moscú? Pero ¿esta mañana estaba aquí?
       —Sí.
       —¿Y ha pasado aquí la noche?
       —En efecto.
       —¿Y llevaba aquí poco tiempo?
       —No mucho.
       —¿Y cómo es eso, amigo?
       —Pues ya lo ve. Hará cosa de una hora la señora expresó su deseo de volver a Moscú.
       —¡A Moscú!
       Miré atónito a Lukiánich. Debo reconocer que no esperaba semejante desenlace…
       Lukiánich también me miraba. Una sonrisa estiraba los labios secos del astuto anciano e iluminaba apenas sus tristes ojos.
       —¿La acompañaba su hermana? —le pregunté por fin.
       —Sí.
       —Así pues, en la casa ahora no hay nadie.
       —Nadie…
       “Este viejo me está engañando —se me pasó por la cabeza—. ¿A qué viene, si no, esa sonrisa maliciosa?”
       —Escucha, Lukiánich —dije en voz alta—, ¿quieres hacerme un favor?
       —¿Qué se le ofrece? —respondió el viejo lentamente. Era evidente que mis preguntas empezaban a cansarlo.
       —Dices que en la casa no hay nadie. ¿No podrías enseñármela? Te lo agradecería mucho.
       —¿Quiere ver las habitaciones?
       —Eso es.
       Lukiánich guardó silencio.
       —Como quiera —dijo por último—. Venga conmigo…
       Y, doblando la cabeza, salvó el umbral de la portezuela. Yo le seguí. Después de atravesar un patinillo, subimos los peldaños tambaleantes de la escalinata. El anciano empujó la puerta, que carecía de cerrojo. Una cuerda con un nudo asomaba en el hueco de la cerradura… Entramos en la casa, compuesta de cinco o seis habitaciones muy bajas y, por lo que pude distinguir a la débil y avara luz que se filtraba por las rendijas de los postigos, provistas de muebles sencillos y vetustos. En una de ellas (precisamente la que daba al jardín) había un piano pequeño y viejo… Levanté la encorvada tapa y apreté las teclas: resonó un sonido agrio y sibilante, que se desvaneció con un eco sufriente, como si se quejase de mi audacia. Ningún indicio permitía concluir que los ocupantes de esa casa hubieran partido poco antes. Reinaba ese olor a moho y a cerrado de la casas deshabitadas. Sólo algún papel tirado por el suelo daba a entender, con su blancura, que no llevaba allí mucho tiempo. Cogí uno: era un fragmento de una carta. En una cara, una mano de mujer había trazado con escritura firme las siguientes palabras: “Se taire?[“¿callarse?”]; en la otra descifré esta palabra: “Bonheun[“felicidad”]… En el velador que había al pie de la ventana destacaba un jarrón con un ramo de flores medio marchitas, así como una cinta verde arrugada… Cogí esa cinta como recuerdo. Lukiánich abrió una puerta estrecha tapizada de papel pintado.
       —Éste es el dormitorio —dijo, extendiendo el brazo—, y allí detrás está el cuarto de la doncella; no hay más habitaciones.
       Volvimos por el pasillo.
       —¿Y qué pieza es ésa? —pregunté, señalando una ancha puerta blanca cerrada con un candado.
       —¿Ésa? —me respondió Lukiánich con voz sorda—. No es nada.
       —¿Cómo que nada?
       —No es nada… Un trastero… —E hizo intención de pasar al recibidor.
       —¿Un trastero? ¿Se puede ver?
       —¿Qué interés puede tener eso para usted, señor? —respondió Lukiánich con aire descontento—. ¿Qué es lo que quiere ver? No hay más que baúles, viejas piezas de vajilla… No es más que un trastero…
       —Enséñamelo de todos modos, anciano, ¡haz el favor! —dije, aunque para mis adentros me avergonzaba de mi indiscreta perseverancia—. Es que me gustaría… Quiero hacerme en el campo una casa igual que ésta…
       Me sentía tan abochornado que no fui capaz de terminar la frase.
       Lukiánich, la cabeza gris inclinada sobre el pecho, me miraba de reojo con aire un poco extraño.
       —Enséñamela —insistí.
       —Bueno, como guste —dijo por fin, sacando la llave y abriendo la puerta de mala gana.
       Eché un vistazo al trastero. La verdad es que en su interior no había nada extraordinario. De las paredes colgaban viejos retratos con rostros oscurecidos, casi negros, y ojos malignos. Por el suelo había cachivaches de todo tipo.
       —Bueno, ¿ha visto ya todo lo que quería? —me preguntó Lukiánich con aire sombrío.
       —Sí, muchas gracias —me apresuré a responder.
       Cerró la puerta. Salí al recibidor y de allí al patio.
       Después de conducirme a la entrada, Lukiánich farfulló:
       —Que pase usted un buen día, señor.
       Y se retiró al interior del pabellón.
       —¿Y quién era la dama que vino ayer de visita? —le grité mientras se alejaba—. ¡Me la he encontrado hoy en el bosque!
       Esperaba desconcertarle con mi inesperada pregunta y forzarle a ofrecerme una respuesta poco meditada. Pero el anciano se limitó a reír socarronamente y a continuación entró en su morada y cerró la puerta.
       Regresé a Glínnoie. Me sentía incómodo, como un muchacho avergonzado de sus propios actos.
       “No —me decía—, es evidente que no voy a lograr descifrar este enigma. ¡Que se quede con Dios! No quiero pensar más en este asunto.”
       Al cabo de una hora me dirigía ya a mi casa, irritado y molesto.
       Transcurrió una semana. Por más que me esforzaba por expulsar de mi memoria el recuerdo de la desconocida, de su compañero y de mis encuentros con ellos, esas imágenes me perseguían y me hostigaban con esa fastidiosa perseverancia de una mosca en la sobremesa… También me venía constantemente a la memoria la figura de Lukiánich, con sus miradas misteriosas y sus reticentes palabras, con su melancólica y fría sonrisa. Hasta la misma casa, cuando me acordaba de ella, parecía contemplarme con malicia y cierto embotamiento a través de sus postigos cerrados, como si quisiera hacerme rabiar y me dijera: “¡Pase lo que pase, no sabrás nada!”. Al final no pude contenerme y un hermoso día me dirigí a Glínnoie y de allí, a pie… ¿adónde? Al lector no le será difícil adivinarlo.
       Debo reconocer que, al acercarme a la misteriosa propiedad, sentía una agitación bastante intensa. Exteriormente la casa no había cambiado nada: las mismas ventanas cerradas, el mismo aspecto lúgubre y desolado; pero en el banco que había delante del pabellón no estaba sentado Lukiánich, sino un joven criado de unos veinte años, vestido con un largo caftán de nanquín y una camisa roja. Había apoyado la palma de la mano en los rizados cabellos y dormitaba; de vez en cuando daba cabezadas y se estremecía.
       —¡Buenos días, amigo! —le dije en voz alta.
       Se incorporó de un salto y, poniendo los ojos como platos, me miró con asombro.
       —¡Buenos días, amigo! —repetí—, ¿dónde está el anciano?
       —¿Qué anciano? —dijo el muchacho lentamente.
       —¡Lukiánich!
       —¡Ah, Lukiánich! —desvió la mirada—. ¿Necesita a Lukiánich?
       —Sí. ¿Está en casa?
       —No —replicó el muchacho con voz vacilante—. Es caso… es que… no sé cómo decírselo…
       —¿Está enfermo?
       —No.
       —Entonces ¿qué le pasa?
       —Ya no está entre nosotros.
       —¿Qué quieres decir?
       —Lo que oye… Le ha sucedido… una desgracia.
       —¿Ha muerto? —pregunté estupefacto.
       —Se ha ahorcado.
       —¡Se ha ahorcado! —exclamé con horror, juntando las manos.
       Ambos nos miramos en silencio a los ojos.
       —¿Hace mucho? —exclamé yo por fin.
       —Hace cinco días. Lo enterraron ayer.
       —¿Y por qué se ahorcó?
       —Eso sólo Dios lo sabe. Era un hombre libre, recibía un salario; no le faltaba de nada, los amos lo trataban como a uno de la familia. ¡Qué buenos amos los nuestros! ¡Que Dios les conserve la salud! No hay manera de entender lo que pudo pasarle. Seguramente el maligno le engañó.
       —¿Y cómo lo hizo?
       —Pues así sin más: cogió una cuerda y se colgó.
       —¿Y nadie había notado nada raro en los últimos tiempos?
       —¿Cómo decirle?… Algo que llevara a pensar… la verdad es que no. Era un hombre apagado y mohíno. No paraba de gimotear: “Me aburro”, decía. Es verdad que tenía ya sus años. En los últimos tiempos parecía estar siempre pensativo. A veces venía a vernos a la aldea, pues soy su sobrino. “Bueno, amigo Vasia —me decía—, ven a pasar la noche conmigo.” “¿Por qué, tío?” “Porque tengo miedo y me aburro solo.” Así que me iba a su casa. A menudo salía al patio, se quedaba mirando la casa largo rato, sacudía la cabeza y de pronto suspiraba. El día en que decidió acabar con su vida, antes de que cayera la noche, vino también a nuestra casa a buscarme. Me fui con él. Cuando llegamos al pabellón, se sentó un momento en el banco, luego se levantó y salió. Lo esperé mucho tiempo y, como no venía, salí al patio y me puse a gritar: “¡Tío! ¡Eh, tío!”. Pero no me respondió. “¿Dónde puede haberse metido? —me preguntaba—. ¿No habrá ido a la casa?” Y allí me dirigí. Ya había empezado a caer la tarde. Pasé por delante del trastero y me pareció cómo si alguien estuviera raspando la puerta por el otro lado. La abrí y ¿qué es lo que vi? Estaba allí sentado, acurrucado debajo de la ventana. “¿Qué está haciendo usted ahí”, le dije. Él se volvió y lanzó un grito al verme; sus ojos daban vueltas y brillaban como los de un gato. “¿Qué quieres? ¿No ves que me estoy afeitando?” Y qué voz tan ronca tenía. De pronto los pelos se me pusieron de punta y, sin saber por qué, me estremecí de miedo… Es posible que ya entonces estuviera rodeado de demonios. “¿Con esta oscuridad?”, le dije, y me temblaron las rodillas. “Bueno, basta, vete de aquí”, me dijo. Me fui. Él salió del trastero y cerró la puerta con el candado. Apenas volvimos al pabellón, se me pasó el miedo. “¿Qué estabas haciendo en ese trastero, tío?”. Se estremeció. “¡Cállate! —me dijo—. ¡Cállate!”, y se tumbó en el poyo de la estufa. “Bueno —pensé—, será mejor que no le hable. Puede que hoy no se encuentre bien.” Y me acosté yo también en el poyo. Una lamparilla brillaba en un rincón. Así pues, estaba tumbado, ¿sabe usted?, y a punto de quedarme dormido… De pronto oigo que la puerta chirría débilmente… y se abre… sólo un poco. Mi tío estaba tumbado de espaldas a la puerta; además, como recordará usted, era un poco duro de oído. De pronto se levantó de un salto… “¿Quién me llama? ¿Quién? Ha venido a buscarme”, y salió al patio con la cabeza descubierta. Yo pensé: “¿Qué le sucede?”, y luego, pecador de mí, me quedé dormido. Me desperté por la mañana. Lukiánich no estaba. Salí de la habitación y me puse a llamarlo, pero no aparecía por ningún sitio. Le pregunté al guardián: “¿No habrás visto salir a mi tío?”. “No —me dijo—, no lo he visto.” “Espero que no le haya pasado nada…”, le dije. “¡Ay!” Los dos nos estremecimos de miedo. “Vamos a ver si está en la casa, Fedoseich.” “Vamos, Vasili Timofeich”, me dijo, y tenía la cara blanca como la tiza. Entramos en la casa. Al pasar por delante del trastero vi que el candado colgaba abierto de la armella; empujé la puerta, pero estaba cerrada por dentro. Fedoseich dio la vuelta corriendo y echó un vistazo por la ventana. “¡Vasili Timofeich! —gritó—. Tiene los pies colgando…” Me dirigí a toda prisa a la ventana. Esos pies eran los de Lukiánich. Se había ahorcado en medio del cuarto. Mandamos llamar a la justicia. Lo descolgaron de la cuerda, que estaba atada con doce nudos.
       —¿Y qué hizo la justicia?
       —¿Qué hizo? Nada. Estuvieron un buen rato tratando de averiguar qué motivo podía haberle llevado a tomar esa decisión. Y al final concluyeron que no debía estar del todo en sus cabales. En los últimos tiempos se quejaba a menudo de lo mucho que le dolía la cabeza…
       Pasé cerca de media hora charlando con el muchacho y al cabo me marché completamente desconcertado. Reconozco que ya no podía mirar esa vetusta casa sin una especie de terror secreto y supersticioso… Un mes más tarde abandoné el campo y poco a poco todos esos horrores y encuentros misteriosos se borraron de mi memoria.


II

      Transcurrieron tres años. Pasé la mayor parte de ese tiempo en San Petersburgo y en el extranjero, y, cuando alguna vez visitaba mis tierras, no me quedaba nunca más que unos pocos días, de manera que no tuve ocasión de volver a Glínnoie ni a Mijailóvskoie. No vi en ninguna parte a mi bella desconocida ni tampoco al hombre. Un día, al final del tercer año, en una velada en casa de una conocida, coincidí en Moscú con la señora Shlíkova y con su hermana Pelagueia Badáieva, esa misma Pelagueia a la que, a fuer de sincero, había considerado hasta entonces un personaje imaginario. Ambas damas tenían ya sus años, pero su aspecto era bastante agradable; su conversación se distinguía por su amenidad y sus salidas ingeniosas; habían viajado mucho y con provecho; en su comportamiento se advertía una alegría llena de naturalidad. Pero no tenían absolutamente nada en común con mi desconocida. Me las presentaron. Charlé con la señora Shlíkova, mientras su hermana conversaba con un geólogo que estaba de paso. Le anuncié que tenía el honor de ser su vecino en el distrito de***.
       —¡Ah! Tengo allí una pequeña propiedad —observó—. A poca distancia de Glínnoie.
       —Así es —repliqué—, conozco su Mijailóvskoie. ¿Va por allí alguna vez?
       —¿Yo? Casi nunca.
       —¿Estuvo usted hace tres años?
       —¡Espere! Me parece que sí. Sí, en efecto.
       —¿Sola o en compañía de su hermana?
       Me miró.
       —Con mi hermana. Pasamos allí una semana. Fuimos para resolver un asunto, ¿sabe usted? Por lo demás, no vimos a nadie.
       —Hum… Creo que hay muy pocos vecinos.
       —Sí, muy pocos. Y no me gusta visitarlos.
       —Dígame —proseguí—, ¿no sucedió una desgracia en vuestra casa ese mismo año? Me refiero a Lukiánich…
       De pronto los ojos de la señora Shlíkova se llenaron de lágrimas.
       —¿Lo conocía usted? —exclamó con viveza—. ¡Qué desgracia! Era un anciano tan bondadoso y amable… E imagínese, sin motivo alguno…
       —Sí, sí —farfullé yo—, qué desgracia…
       La hermana de la señora Shlíkova se acercó a nosotros. Por lo visto, empezaba a aburrirse de las eruditas consideraciones del geólogo sobre la formación de las orillas del Volga.
       —Figúrate, Pauline —dijo mi interlocutora—, el señor conocía a Lukiánich.
       —¿De veras? ¡Pobre anciano!
       —Solía cazar por los alrededores de Mijailóvskoie en la época en que estuvieron ustedes allí, hace tres años —observé.
       —¿Yo? —respondió Pelagueia con cierto asombro.
       —¡Pues claro! —se apresuró a intervenir su hermana—, ¿es que no te acuerdas?
       Y la miró fijamente a los ojos.
       —¡Ah, sí, sí… claro! —respondió al punto Pelagueia.
       “Ah, ah —pensé yo—, me parece que tú no estabas en Mijailóvskoie, palomita.”
       —¿No podría usted cantarnos alguna cosa, Pelagueia Fiódorovna? —dijo de pronto un joven alto, con cabellos rubios peinados en copete y ojillos turbios y melifluos.
       —No sé, la verdad —dijo la señora Badáieva.
       —Pero ¿canta usted? —exclamé con viveza, levantándome bruscamente de mi asiento—. Por el amor de Dios… Ah, por el amor de Dios, cántenos algo.
       —¿Y qué quieren que cante?
       —¿No conocerá usted —dije, tratando por todos los medios de aparentar indiferencia y desenvoltura— una romanza italiana… que comienza así: passa que’ colli?
       —Sí —respondió Pelagueia con la mayor inocencia—. ¿Quiere que se la cante? Con mucho gusto.
       Se sentó al piano. Como Hamlet, clavé la mirada en la señora Shlíkova. Tuve la impresión de que al oír la primera nota se estremeció ligeramente; sin embargo, guardó la compostura hasta el final. La señorita Badáieva no cantaba mal. Al acabar la romanza, resonaron los aplausos de rigor. Empezaron a pedirle que cantara alguna otra cosa, pero las dos hermanas intercambiaron una mirada y se marcharon al cabo de unos minutos. Cuando salían de la habitación, me pareció escuchar la siguiente palabra: importune.
       “¡Te lo mereces!”, me dije.
       No volví a verlas.
       Transcurrió otro año. Me había instalado en San Petersburgo. Llegó el invierno y con él los bailes de máscaras. Una noche, al salir a eso de las once de casa de un amigo, me embargó una melancolía tan honda que decidí acudir a un baile de máscaras en la Asamblea de la nobleza. Vagué largo rato por delante de las columnas y de los espejos, con una expresión de modesto fatalismo (expresión que, según he podido observar, adoptan en tales circunstancias las personas más distinguidas. ¿Por qué? Sólo Dios lo sabe). Vagué un buen rato, desembarazándome a veces con una broma de los dominós chillones, con encajes sospechosos y guantes desgastados, y dirigiéndoles yo mismo la palabra en alguna rara ocasión. Presté oídos largo rato al aullido de las trompetas y el chirrido de los violines; por último, muerto de aburrimiento y con un terrible dolor de cabeza, tomé la decisión de regresar a casa… pero el caso es que… me quedé. Acababa de ver a una mujer de dominó negro, apoyada en una columna. Nada más verla, me detuve; luego me acerqué a ella. Y… ¿me creerán los lectores?… Reconocí en seguida a mi desconocida. ¿Cómo la había reconocido? Por la mirada distraída que me dirigió a través de las alargadas aberturas de la máscara, por el contorno exquisito de sus hombros y de sus brazos, por la especial majestad femenina de toda su silueta, y acaso también por una misteriosa voz que de pronto resonó dentro de mí… No sabría decirlo… El caso es que la reconocí. Pasé varias veces a su lado con el corazón palpitante. Ella no se movía; se advertía en su actitud un fondo tan desesperado de tristeza que, al verla, me vinieron involuntariamente a la memoria dos versos de un romance español:

Soy un cuadro de tristeza
arrimado a la pared.

      Me acerqué por detrás a la columna contra la que se apoyaba e, inclinando la cabeza sobre su oreja, pronuncié en voz baja:
       —Passa que’colli
       Se estremeció con todo el cuerpo y se volvió bruscamente hacia mí. Nuestros ojos estaban tan cerca que pude observar cómo el terror dilataba sus pupilas. Me miró con indecisión y extendió débilmente un brazo hacia delante.
       —El seis de mayo de 184…, en Sorrento, a las diez de la noche, en la calle della Croce —dije con voz lenta, sin apartar los ojos de su cara—. Luego en Rusia, en el distrito de ***, aldea de Mijailóvskoie, el 22 de julio de 184…
       Había dicho todo eso en francés. Ella retrocedió unos pasos, me envolvió de pies a cabeza en una mirada llena de asombro y murmuró:
       —Venga usted.
       Salió rápidamente de la sala. Yo la seguí.
       Avanzábamos en silencio. No soy capaz de transmitir lo que sentía al caminar a su lado. Un sueño maravilloso de pronto se había hecho realidad. La estatua de Galatea había cobrado vida y bajaba del pedestal ante la mirada estupefacta de Pigmalión. No creía en mis propios ojos, apenas podía respirar.
       Atravesamos varias habitaciones… Finalmente se detuvo en una de ellas y se sentó en un pequeño sofá que había al pie de la ventana. Me acomodé a su lado.
       —¿Viene… usted de su parte? —dijo.
       Su voz era débil e insegura…
       Aquella pregunta me turbó un poco.
       —No… no vengo de su parte —respondí con vacilación.
       —¿Lo conoce usted?
       —Sí —repliqué con aire de importancia y cierto misterio. No quería renunciar a mi papel—. Lo conozco.
       Me miró con desconfianza, hizo intención de decir alguna cosa y bajó los ojos.
       —Le esperaba usted en Sorrento —proseguí—, luego volvió a verlo en Mijailóvskoie, paseó con él a caballo…
       —Cómo ha podido usted… —dijo.
       —Lo sé… lo sé todo…
       —Su rostro me resulta en cierto modo familiar —prosiguió—, pero no…
       —No, no me conoce usted.
       —Entonces, ¿qué es lo que quiere?
       —Ya ve que lo sé todo —repetí.
       Me daba perfecta cuenta de que tenía que sacar partido a ese excelente principio y ahondar más en la cuestión; también era consciente de que aquella frase que había repetido dos veces (“lo sé todo”) sonaba un poco ridícula, pero ese encuentro inesperado me había causado tal agitación, turbación y desconcierto que no se me ocurrió nada mejor que decir, tanto más cuanto que en realidad era lo que único que sabía. Comprendía que me estaba comportando como un estúpido, que si en un principio debía de haberle parecido un ser omnisciente y misterioso, en un abrir y cerrar de ojos me había transformado en una especie de idiota presumido… Pero no podía hacer nada.
       —Sí, lo sé todo —balbuceé una vez más.
       Ella me miró y se levantó bruscamente con intención de alejarse.
       Pero eso habría sido demasiado cruel. La cogí de la mano.
       —Por el amor de Dios —dije—, siéntese y haga el favor de escucharme…
       Después de pensarlo un rato se sentó.
       —Acabo de decirle que lo sé todo —proseguí con calor—, pero no es verdad. No sé nada, absolutamente nada. No sé quién es usted ni quién es él y, si he podido sorprenderla con lo que le he dicho hace un instante al pie de la columna, no lo atribuya más que al azar, a un azar extraño e incomprensible que, no sin ironía, me ha puesto en su camino dos veces, casi de la misma manera, convirtiéndome en testigo involuntario de algo que probablemente le habría gustado guardar en secreto.
       Y a continuación, sin andarme con rodeos y sin ocultarle nada, se lo conté todo: mi encuentro con ella en Sorrento y después en Rusia, mis vanas pesquisas en Mijailóvskoie, hasta mi conversación en Moscú con la señora Shlíkova y su hermana.
       Ahora lo sabe usted todo —continué, una vez concluido mi relato—. No voy a tratar de describirle la impresión profunda y turbadora que me ha causado: verla y no sentirse hechizado por usted es imposible. Por otro lado, tampoco hay ninguna razón para que le diga de qué clase era esa impresión. Recuerde en qué circunstancias se produjeron esos dos encuentros. Créame, no soy de esos que se entregan a esperanzas insensatas, pero comprenda también la emoción inefable que se apoderó hoy de mí y disculpe el torpe ardid al que decidí recurrir para atraer su atención, aunque fuera por un instante…
       Ella escuchó mis embarulladas explicaciones sin levantar la cabeza.
       —¿Qué quiere de mí? —dijo por último.
       —¿Yo?… No quiero nada. Soy ya demasiado feliz. Y respeto por encima de todo los secretos ajenos…
       —¿De verdad? No obstante, hasta ahora, se diría… Por lo demás, no quiero hacerle reproches —prosiguió—. Cualquiera en su lugar habría hecho lo mismo. Además, se diría que el azar ha puesto un empeño especial en que nuestros destinos se crucen. En cierto modo eso le da derecho a que me sincere con usted. Escuche: no soy una de esas mujeres incomprendidas y desdichadas que acuden a los bailes de máscaras para hablar de sus sufrimientos con el primero que les cae en suerte, que necesitan un corazón que se compadezca de ellas… No necesito que nadie se compadezca de mí; mi corazón está muerto, y sólo he venido aquí para enterrarlo de una vez —se llevó el pañuelo a los labios—. Espero —prosiguió con cierto esfuerzo—, que no interprete mis palabras como las vulgares efusiones de un baile de máscaras. Debe entender que no estoy para esas cosas…
       En efecto, se percibía en su voz algo terrible, a pesar de la insinuante dulzura de su tono.
       —Soy rusa —dijo en esa lengua (hasta entonces se había expresado en francés)—, aunque he vivido poco en Rusia… No necesita usted saber mi nombre. Anna Fiódorovna es una vieja amiga. Fui realmente a Mijailóvskoie bajo el nombre de su hermana… en aquella época no podía encontrarme con él a la luz del día… Ya sin eso empezaban a correr rumores… Todavía había obstáculos, él no era libre… Esos obstáculos han desaparecido… pero aquel cuyo nombre debería ser el mío, aquel en cuya compañía me vio usted, me ha abandonado —hizo un gesto con la mano y guardó silencio—. Entonces ¿no le conoce usted? ¿No han coincidido nunca?
       —No, nunca.
       —Ha pasado casi todo este tiempo en el extranjero. Sin embargo, en estos momentos se encuentra aquí. Ésa es toda mi historia —añadió—. Como ve, no tiene nada de misterioso, nada de particular.
       —¿Y Sorrento? —le pregunté con timidez.
       —Fue allí donde le conocí —respondió lentamente, y se quedó pensativa.
       Ambos guardamos silencio. Una extraña turbación se había apoderado de mí. Estaba sentado a su lado, cerca de la mujer cuya imagen tan a menudo había flotado en mis sueños, soliviantándome y exacerbándome con tanta crueldad; estaba sentado a su lado, y sentía el corazón oprimido y helado. Sabía que ese encuentro acabaría en nada, que entre ella y yo había un abismo, que, una vez que nos separáramos, no volveríamos a encontrarnos jamás. Con la cabeza erguida y las manos apoyadas en las rodillas, la desconocida conservaba una expresión indiferente y desenvuelta. Conozco esa desenvoltura, marca de un dolor sin cura; conozco esa indiferencia, señal de una desdicha irremediable. Las máscaras pasaban delante de nosotros en parejas; los acordes de un vals “monótono y loco” tan pronto se oían lejanos, con un eco sordo, como resonaban más próximos, en súbitos arrebatos. Esa alegre música de baile me causaba una impresión penosa y me llenaba de tristeza. “¿Es posible —pensaba— que esta mujer sea la misma que se me apareció un día en la ventana de esa lejana casita de campo en todo el esplendor de su triunfante belleza?” Y, sin embargo, el tiempo no parecía haberla rozado. La parte inferior de su rostro, que no estaba oculta por los encajes de la máscara, era de una ternura casi infantil; pero de ella emanaba una suerte de frialdad, como si fuera una estatua… Galatea había regresado a su pedestal, del que ya no volvería a bajar.
       De pronto se enderezó, echó un vistazo a la sala contigua y se levantó.
       —Deme el brazo —me dijo—. ¡Vámonos! ¡Pronto!
       Regresamos a la sala. Iba tan deprisa que apenas podía seguirla. Se detuvo al lado de una columna.
       —Aguardemos aquí —murmuró.
       —Está buscando usted a alguien… —dije.
       Pero ella no me prestaba la menor atención: sólo estaba pendiente de la multitud. Sus grandes ojos oscuros tenían un aire sombrío y amenazador bajo el terciopelo negro de su máscara.
       Seguí la dirección de su mirada y lo entendí todo. Por el pasillo formado por la hilera de columnas y la pared avanzaba el mismo hombre que la había acompañado en el bosque. Lo reconocí de inmediato. Casi no había cambiado. Su bigote pelirrojo se retorcía con la misma elegancia; la misma alegría serena y confiada centelleaba en sus ojos castaños. Marchaba sin prisas e, inclinando apenas su esbelto talle, le contaba algo a una mujer que llevaba del brazo, vestida con un dominó. Al llegar a la misma altura que nosotros, levantó bruscamente la cabeza, me miró primero a mí y luego a mi compañera, a quien probablemente reconoció por sus ojos, pues sus pestañas se estremecieron ligeramente; luego frunció un poco el ceño, y una sonrisa casi imperceptible, pero de una insolencia intolerable, asomó a sus labios. Se inclinó sobre su compañera y le susurró dos palabras al oído. La mujer se volvió en seguida, nos contempló un instante con sus ojos azules y, sonriendo dulcemente, lo amenazó con su mano menuda. Él levantó un poco un hombro, ella se apretó a él con coquetería.
       Me volví hacia mi desconocida. Seguía con la vista a la pareja que se alejaba; de pronto, soltándose de mi brazo, se abalanzó sobre la puerta. Estuve a punto de lanzarme detrás de ella, pero ella se dio la vuelta y me miró de tal modo que no se me ocurrió otra cosa que hacerle una profunda reverencia y quedarme donde estaba. Comprendí que habría sido estúpido y grosero perseguirla.
       —Dime, por favor —le pregunté un cuarto de hora más tarde a uno de mis amigos, que conocía al dedillo la buena sociedad petersburguesa—, ¿quién es ese señor alto y apuesto del bigote?
       —¿Ése?… Un extranjero, un personaje bastante enigmático, que rara vez se deja ver en nuestro horizonte. ¿Por qué?
       —Por nada.
       Volví a casa. Desde entonces no he vuelto a ver a mi desconocida. Como conocía el nombre del caballero al que amaba, no me habría resultado difícil adivinar quién era, pero no deseaba saberlo. Como he dicho más arriba, esa mujer se me había aparecido como una visión y como una visión pasó por mi lado y se desvaneció para siempre.




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