Iván S. Turguénev
(Orel, Rusia, 1818 - Bougival, Francia, 1883)


El Turón y Kalínich (1847)
[“Pole y Kalínych”]

(“Хорь и Калиныч”)
Originalmente publicado en la revista Современник [El Contemporáneo]
Núm. 1 (1847), págs. 55-64;
Записки охотника [Relatos de un cazador, Del álbum de un cazador]
(San Petersburgo, 1852), págs. 21-40.



      Quien haya viajado desde el distrito de Boljov hasta la región de Zhizdra sin duda se habrá asombrado por las marcadas diferencias de carácter entre las gentes de la provincia de Oriol y las de Kaluga. El campesino de Oriol es un hombre de corta estatura, encorvado, cabizbajo, acostumbrado a mirarte por debajo de las cejas y a vivir en cabañas miserables de madera de álamo, cobra por faena, no se inmiscuye en lo comercial, come mal y luce lapti [calzados de corteza de tilo parecido a las alpargatas]; mientras que el campesino de Kaluga, que paga su renta en especies, está acostumbrado a espaciosas cabañas de madera de pino, es alto, de complexión robusta, sus ojos son vivarachos y mira de frente, con aspecto limpio y pálido, comercia en grasas y brea y calza botas los días de fiesta. Una aldea de Oriol (me refiero a las partes más orientales de la provincia de Oriol), suele encontrarse entre campos sembrados y cerca de algún barranco que, de una forma u otra, se ha transformado en un estanque sucio. Aparte de algún sauce que se tenga a mano, o un par de escuálidos abedules, no habrá un solo árbol visible en muchas verstas [medida rusa igual a 1.067 metros]; las cabañas se sucederán unas a otras, sus tejados cosidos con paja podrida… Una aldea de Kaluga, por otra parte, estará rodeada en su mayor parte por bosques; las cabañas serán más independientes unas de otras, estarán mejor alineadas, además de poseer tejados de tabla; las verjas cierran bien, los cercados de barro que rodean el patio no se han caído hacia dentro, ofreciendo paso al primer cerdo vagabundo… Y para el cazador la provincia de Kaluga ofrece muchas ventajas. En la provincia de Oriol, las últimas zonas de bosque y de “plazas”[1] desaparecerán en unos cinco años y no existen zonas pantanosas; mientras que en la provincia de Kaluga las zonas de bosque se extienden por centenares, y las ciénagas por docenas de verstas, y ese noble pájaro, el urogallo, no ha desaparecido todavía; abunda la becada bondadosa, así como la ruidosa perdiz, que con su revoloteo estrepitoso causa tanto alborozo como terror al cazador y a su perro.
       Cazando en la región de Zhizdra me hice amigo de un pequeño terrateniente de Kaluga, Polutikin, apasionado cazador y, por consiguiente, excelente persona. Hay que admitir que había adquirido un par de debilidades: por ejemplo, cortejaba a todas las jóvenes ricas de la provincia y, cuando se le denegaban tanto sus manos como la admisión a sus casas, confesaba su inmensa desdicha a todos sus amigos y conocidos sin dejar por ello de enviar presentes a los padres de las muchachas, melocotones amargos y otros manjares de su jardín; le gustaba repetir la misma anécdota, la cual, a pesar de la alta opinión que el señor Polutikin poseía sobre ella, no lograba arrancar risas de nadie; elogiaba los trabajos de Akim Najímov [Akim Nikoláievich Najímov, 1782-1814, poeta satírico ruso] y la novela corta Pinna [[1843, novela sentimental de M. A. Márkov, 1810-1876]; tartamudeaba; llamaba Astrónomo a su perro; en lugar de decir pero decía no obstante, e introdujo la cocina francesa en su casa, el secreto de la cual, de acuerdo con las ideas de su cocinero, consistía en alterar por completo el sabor natural de cada plato. En las manos de este maestro la carne parecía pescado, el pescado setas, y los macarrones polvo; es más, no se permitía la inclusión de ninguna zanahoria en sus sopas si antes no había asumido una figura de rombo o trapecio. Pero dejando a un lado aquellos defectos parcos e insignificantes, el señor Polutikin era, como he dicho, un tipo excelente.
       El día de nuestro encuentro Polutikin me invitó a pasar la noche en su casa.
       —Estamos a unas cinco verstas —añadió—, un largo camino a pie, así que acerquémonos antes a ver al Turón. (El lector me permitirá que no reproduzca su tartamudeo).
       —¿Y quién es ese Turón?
       —Uno de mis campesinos… No vive lejos de aquí.
       Nos pusimos en marcha. La aislada cabaña del Turón se encontraba en mitad de un bosque, en un claro destinado a la labranza. Eran varias construcciones de madera de pino unidas por verjas; una techumbre sobre el conjunto, sostenido por finos pilares, recorría el frontal de la cabaña principal. Entramos. Nos recibió un joven de unos veinte años de edad, alto y apuesto.
       —¡Ah, Fedia! ¿Está el Turón en casa? —le preguntó Polutikin.
       —No, el Turón ha ido a la ciudad —respondió el joven, sonriendo y mostrando una hilera de dientes blancos como la nieve—. ¿Desea que le enganche el carro?
       —Sí, hijo, engánchalo. Y tráenos algo de kvas [bebida rusa fermentada, realizada a partir de pan de centeno].
       Entramos en la cabaña. Las paredes limpias recorridas por travesaños no estaban cubiertas de pinturas baratas como las que se realizan en Suzdal. En una esquina, ante el pesado icono metido en su marco de plata, ardía una lamparita; la mesa, de madera de tilo, había sido limpiada recientemente, y entre los travesaños y los marcos de las ventanas no había ni escarabajos correteando ni cucarachas medio dormidas. El muchacho no tardó en aparecer con una enorme jarra blanca llena de un kvas riquísimo, una rebanada de pan de trigo y una docena de pepinillos salados en un cuenco de madera. Colocó las viandas sobre la mesa, se apoyó contra el marco de la puerta y se dedicó a observarnos sonriendo mientras comíamos. Salimos. Un muchacho de unos quince años, de pelo rizado y mejillas sonrosadas, estaba sentado en el pescante y controlando con dificultad al caballo pío y juguetón. Rodeaban el carromato unos seis jóvenes gigantescos, todos muy similares entre sí y al propio Fedia.
       —Son todos muchachos del Turón —comentó Polutikin.
       —Somos los chicos del Turón —repitió Fedia, que nos había seguido hasta el porche— y no estamos todos aquí. Potap está en el bosque, y Sídor ha acompañado al viejo Jor a la ciudad… ¡Despacio, Vasia —continuó, dirigiéndose al joven cochero—, recuerda que llevas al señor! ¡Cuidado con los socavones o romperás el carro y marearás al señor!
       El resto de los hermanos del Turón festejaron con amplias sonrisas la gracia de Fedia.
       —Dejemos que se siente Astrónomo —exclamó Polutikin con aire solemne.
       Fedia levantó en el aire al perro, que sonreía nervioso, no sin cierto regocijo, y lo depositó en el suelo del carro. Vasia aplicó el látigo a los caballos. Nos pusimos en marcha.
       —Y esa de ahí es mi oficina —dijo de repente Polutikin, señalando una casita diminuta de paredes bajas—. ¿Le gustaría verla por dentro?
       —Por supuesto.
       —Ahora no la uso mucho —explicó, descendiendo del carro—, pero merece la pena echarle un vistazo.
       La oficina consistía en dos habitaciones vacías. Desde el patio trasero, el guarda, un anciano enjuto, corrió a recibirnos.
       —Buenos días, Miniáich —dijo el señor Polutikin—, ¿tienes por ahí algo de esa agua?
       El anciano guarda se alejó y regresó de inmediato con una botella y dos vasos.
       Bebimos cada uno un vaso lleno hasta arriba, mientras el anciano nos obsequiaba con profundas reverencias.
       —Bueno, ya es hora, o eso creo, de que nos vayamos —comentó mi nuevo amigo—. En esta oficina conseguí a buen precio cuatro desiatinas [medida rusa, igual a 1,09 hectáreas] de foresta del comerciante Allilúiev.
       Tomamos nuestros asientos en el carruaje y en media hora entrábamos en el patio delantero de la mansión de Polutikin.
       —Dime, te lo ruego —le pregunté durante la cena—, ¿por qué razón el Turón vive apartado del resto de tus campesinos?
       —Vive apartado porque es el más listo que tengo. Hará unos veinticinco años su cabaña se quemó, y vino a ver a mi difunto padre y le dijo: “Se lo ruego, Nikolái Kúzmich, permítame vivir en alguna zona cenagosa del bosque. Le pagaré un alquiler sustancioso”. “¿Y por qué quieres irte a vivir a una ciénaga?”. “Pues verá, señor, Nikolái Kúzmich; lo único que le pido, señor, es que no me exija que la trabaje, sino que fije un alquiler apropiado”. “¡Cincuenta rublos al año!”. “Gracias, señor”. “¡Pero ten cuidado de no retrasarte en ningún pago!”. “Por supuesto, señor, no me retrasaré…”. Así que se asentó en mitad de la ciénaga. Y desde entonces se le conoce como el Turón.
       —¿Y es de suponer que se ha hecho rico? —pregunté.
       —Así es. Ahora me paga cien rublos al año de alquiler, y es probable que se lo suba pronto. Muchas veces le he dicho: “¡Cómprate, Turón, compra tu libertad!”. Pero el muy bestia siempre me asegura que no tiene nada con qué hacerlo, ni dinero ni nada… ¡Por supuesto que no!

       Al día siguiente, justo después del té de la mañana, marchamos a una excursión de caza. Al pasar por la aldea mi amigo Polutikin ordenó al cochero que se detuviese en una cabañita insignificante y achaparrada, y gritó a todo pulmón:
       —¡Kalínich!
       —¡En seguida, señor! —respondió una voz desde el patio—. Me estoy poniendo el lapot.
       Continuamos al paso, y acabábamos de salir de la aldea cuando nos alcanzó un hombre de unos cuarenta años, alto, delgado, de cabeza pequeña y enjuta. Se trataba de Kalínich. A primera vista me agradó su rostro generoso, colorado y con marcas de viruela. Kalínich (como me enteraría más tarde) acostumbraba a salir todos los días de cacería con su señor, y cargaba el morral, en ocasiones la escopeta, observaba dónde habían caído los pájaros, ejercía de aguador, recogía fresas salvajes, erigía construcciones en las que guarecerse y corría detrás del droshki [carro abierto tirado por caballos]; sin él Polutikin no podía dar ni un paso. Kalínich era el hombre más alegre y dispuesto que pueda imaginarse; se pasaba el rato canturreando, mirando a su alrededor con aire resuelto y mascullando en su voz nasal, sonriente y entrecerrando sus ojillos azules, y mesándose con frecuencia la barba escasa y bien recortada. Caminaba despacio pero a largas zancadas, apoyándose levemente en un bastón largo y fino. En el curso del día intercambió algunas palabras conmigo, sin actitud servil hacia mi persona; sin embargo, cuidaba de su señor como si fuera un niño. Cuando el calor insoportable del mediodía nos obligó a cobijarnos, nos condujo hacia lo más profundo del bosque, al lugar en el que guardaba sus abejas. Kalínich nos invitó a entrar en su pequeña cabaña, adornada con manojos de hierbas aromáticas secas, preparó heno fresco, y a continuación se colocó una especie de saco sobre la cabeza, cogió un cuchillo, un tarro y un tizón, y se dirigió hacia sus abejas para cortarnos un panal. Nos bebimos la miel, transparente y cálida como el agua de un manantial, y nos adormilamos acunados por el monótono zumbido de las abejas y el parloteo susurrante de las hojas.
       Me despertó una delicada brisa. Abrí mis ojos y vi a Kalínich. Estaba sentado en el umbral de la puerta medio abierta tallando una cuchara de madera. Pasé largo rato admirando su rostro dulce y puro como el cielo de la tarde. El señor Polutikin también se despertó. No nos incorporamos de inmediato. Después de una larga caminata y un sueño profundo es muy agradable quedarse tranquilamente tumbado sobre el heno: el cuerpo se relaja, lánguido, un débil calor inunda el rostro y una dulce holgazanería mantiene los ojos cerrados. Al cabo nos levantamos y volvimos a ponernos en marcha, hasta el anochecer. Durante la cena dirigí una vez más la charla hacia el Turón y Kalínich.
       —Kalínich es un buen hombre —me dijo el señor Polutikin—, diligente, servicial, buen campesino. No logra mantener sus tierras en orden porque siempre me lo estoy llevando como acompañante. Sale conmigo de caza todos los días… Juzgue usted mismo lo que le ocurre a su tierra.
       Me mostré de acuerdo con él, y nos fuimos a la cama.

       Al día siguiente, Polutikin tenía que ir a la ciudad por asuntos relacionados con su vecino, Pichúkov. Pichúkov había arado parte de la propiedad de Polutikin, y en este terreno arado hasta había administrado una tunda a una de las siervas de Polutikin. Salí de caza solo, y poco antes del crepúsculo me encontré en la propiedad del Turón. En el umbral de su casa me recibió un anciano calvo, de pequeña estatura, fornido y de hombros anchos: se trataba del propio Turón. Lo miré con gran curiosidad. Sus rasgos me recordaban a Sócrates: tenía la misma frente alta y protuberante, los mismos ojos pequeños, la misma nariz respingona. Entramos juntos en la cabaña. De nuevo Fedia trajo algo de leche y pan negro. El Turón se sentó en un banco y, masajeándose la barba rizada con la mayor calma que pueda imaginarse, inició una conversación conmigo. Era consciente de su posición, sus movimientos y palabras eran pausados, y solo de cuando en cuando se le escapaba una risilla entre sus considerables bigotes.
       Conversamos sobre la siembra, la cosecha, la vida del campesinado en general… Parecía coincidir conmigo en la mayoría de las cosas; al cabo comencé a sentirme algo incómodo, como si no estuviera diciendo lo correcto… Todo cuanto salía de mi boca comenzó a parecerme extraño. El Turón de vez en cuando se expresaba de una forma algo enrevesada y cautelosa… Reproduzco un ejemplo de nuestra conversación:
       —Escucha, Turón —le decía yo—, ¿por qué no le compras tu libertad a tu amo?
       —¿Y por qué debería hacerlo? Conozco bien a mi amo y sé cuánto debo pagarle por arrendar las tierras. Mi amo es un buen hombre.
       —Pero ser un hombre libre debe ser mejor —comenté.
       El Turón me miró de soslayo.
       —Eso es bien cierto —murmuró.
       —Entonces, ¿por qué no hacerlo?
       El Turón giró un tanto la cabeza.
       —¿Y con qué, señor mío, podría comprar mí libertad?
       —Venga ya, anciano…
       —Si el Turón se encontrara entre la gente libre —continuó en un susurro, como si hablara consigo mismo—, entonces cualquier imberbe sería más importante que él.
       —Pues aféitate la barba.
       —¿Y de qué sirve una barba? Un barba es como la hierba, la puedes cortar.
       —¿Y entonces a qué te refieres?
       —Mira, la cosa es así: el Turón se encontraría de buenas a primeras entre comerciantes; los comerciantes viven bien, eso no lo niego, y tienen barbas.
       —Pero ¿no te dedicas ya al comercio? —le pregunté.
       —Un poquito, algo de aceite por ahí, algo de brea por allá… ¿Qué me dices, señor, pido que te preparen el carro?
       “Estás muy seguro de tus propias opiniones, y sabes controlar la lengua”, me dije.
       —No —dije en voz alta—. No necesito el carro. Pienso continuar cazando por esta zona mañana, y, si me lo permites, me gustaría pasar la noche en tu granero.
       —Encantado. ¿Estás seguro de que estarás bien en el granero? Le diré a las mujeres que te preparen una sábana y una almohada. ¡Eh, muchachas, venid! —gritó, poniéndose de pie—. Y tú, Fedia, ve con ellas. Las mujeres son tontas.
       Un cuarto de hora más tarde, Fedia me mostraba con su farol el camino al granero. Me eché sobre el heno aromático, y mi perro se enroscó a mis pies; Fedia me deseó buenas noches, la puerta crujió y se cerró de golpe. Tardé en dormirme. Una vaca se acercó hasta la puerta y resopló una o dos veces; el perro emitió un quejido de herida dignidad; un cerdo se paseó por las inmediaciones, gruñendo a su manera preocupado; un caballo que estaba cerca comenzó a mascar heno y a resoplar… Al cabo me dormí.
       Fedia me despertó con el alba. Sentía mucho cariño por el joven y animoso muchacho y, por lo que me parecía, también se trataba del favorito del Turón. Se gastaban bromas el uno al otro continuamente. El anciano salió a mi encuentro. Ya fuera porque había pasado la noche bajo su techo, o por cualquier otra razón, el caso es que el Turón me trató con mayor amabilidad que el día anterior.
       —Tienen el samovar listo en tu honor —dijo sonriendo—. Vamos a tomar té.
       Ocupamos nuestros lugares alrededor de la mesa. Una joven rolliza, una de sus nueras, trajo un cuenco de leche. Uno a uno todos sus hijos entraron en la cabaña.
       —¡Qué estupendo grupo de muchachotes tienes! —comenté.
       —Así es —murmuró, mordisqueando un terroncito de azúcar—. No creo que tengan muchas quejas contra mí o la vieja.
       —¿Y todos viven contigo?
       —Todos. Ellos lo quieren así.
       —¿Y están todos casados?
       —Uno de ellos aún no lo está —contestó, señalando a Fedia, que como de costumbre estaba apoyado contra la puerta—. Vaska es joven todavía, y aún puede esperar.
       —¿Y para qué quiero casarme? —protestó Fedia—. Estoy bien como estoy. ¿De qué sirve una esposa? Para pelearse a gritos, ¿no es eso?
       —Ahí lo tiene… ¡Conozco a los de tu clase! Tienes todos esos anillos de plata en los dedos… Te pasas todo el tiempo olisqueando a las chicas en el patio. “¡Déjame, deberías avergonzarte!” —continuó el anciano, imitando a las criadas—. ¡Te conozco, con las manos tan blancas!
       —Pero ¿qué tiene una esposa de bueno?
       —Una esposa es una trabajadora —sentenció el Turón—. Una mujer cuida de un hombre.
       —¿Y para qué necesito yo una trabajadora?
       —Tú eres de los que esperan que te saquen siempre las castañas del fuego, ¡conozco a los de tu calaña!
       —Muy bien, entonces cásame, ¿de acuerdo? ¿No dices nada?
       —¡Ya basta! Eres un bromista, eso es lo que eres. Mira cómo preocupamos al señor. Ya te casaré… Y ahora, señor, te ruego que no te molestes: como puedes ver, no es más que un niño, y todavía no tiene sentido común.
       Fedia sacudió la cabeza…
       —¿Está el Turón en casa? —se oyó una voz familiar proveniente del otro lado de la puerta, y Kalínich entró en la cabaña con un manojo de fresas salvajes que había recogido para su amigo, el Turón. El anciano le dio una calurosa bienvenida. Lo contemplé atónito, porque confieso que no había esperado tales “delicadezas” de un campesino.
       Aquel día salí a cazar cuatro horas más tarde que de costumbre, y pasé los siguientes tres días en la casa del Turón. Me interesaban mis nuevos conocidos. No sé cómo me había hecho merecedor de su confianza, pero me hablaban sin ningún tipo de azoro. Yo disfrutaba escuchándolos y observándolos.
       Los dos amigos no se parecían en nada. El Turón era un hombre positivo, práctico, un administrador, un racionalista; Kalínich, por su parte, pertenecía al grupo de los idealistas y románticos, los hombres de sueños e ideas elevadas. El Turón entendía la realidad; con esto quiero decir que se había construido un hogar para sí mismo, había logrado ahorrar algo de dinero, y lo había dispuesto todo de la manera más satisfactoria tanto con su amo como con el resto de autoridades; Kalínich iba por ahí calzando lapti y pasando los días como buenamente podía. El Turón había formado una familia extensa, obediente y unida; Kalínich tuvo una esposa que lo aterrorizaba, y no tenía hijos. El Turón entendía al señor Polutikin; Kalínich adoraba a su amo. El Turón amaba a Kalínich, y siempre le ofrecería su protección; Kalínich amaba y respetaba al Turón. El Turón era parco en palabras, se guardaba sus ideas para sí mismo; Kalínich se expresaba apasionadamente, aunque no tenía el pico de oro de los vivarachos trabajadores de las fábricas… Sin embargo, poseía ciertas habilidades innatas que el mismo Turón reconocía; era capaz de detener con encantamientos el correr de la sangre, ahuyentar los terrores y los accesos de furia, y tenía la habilidad de curar las lombrices; las abejas lo obedecían, tenía buena mano en su trabajo. Mientras estuve allí el Turón le pidió que condujera a un nuevo caballo a los establos, y Kalínich fue capaz de llevar a cabo, con orgullo y eficacia, la petición del escéptico anciano. Kalínich estaba más cerca de la naturaleza; el Turón, de las personas y de la sociedad; a Kalínich no le gustaba tener que plantearse las cosas, y creía con fe ciega en cuanto le decían, mientras que el Turón había alcanzado una concepción irónica frente a la vida. Había visto muchas cosas, conocía muchas cosas, y yo aprendí mucho de él.
       Por ejemplo, por las historias que contaba me enteré de que todos los veranos, antes de la cosecha, un pequeño carro hace su aparición en las aldeas. En él va sentado un hombre con caftán que va vendiendo guadañas. Si se le paga en efectivo, pide un rublo y veinticinco kópeks en monedas de plata, y un rublo y cincuenta kópeks en dinero en billetes; si se le paga a crédito pide tres billetes de rublo y un rublo de plata. Todos los campesinos, como es lógico, compran a crédito. Al cabo de dos o tres semanas el hombre regresa y reclama su dinero. Para entonces el campesino ha cosechado su avena, y tiene el dinero necesario para pagarle; acompaña al comerciante hasta la taberna, donde sellan el negocio. A algunos de los terratenientes se les metió en la cabeza comprar sus propias guadañas en efectivo y distribuirlas a crédito entre sus campesinos por el mismo precio; pero los campesinos parecían descontentos con el arreglo, y hasta melancólicos; se les había privado del goce de elegir entre las guadañas, escucharlas, calibrarlas en las manos y espetarle al granuja del vendedor una veintena de veces: “Vaya, es casi un robo, ¿no te parece?”. Algo parecido ocurre cuando se compran las hoces, con la única diferencia de que en ese caso son las mujeres las que se ven involucradas, y en ocasiones obligan al comerciante a que las abofetee, y lo hace por el propio bien de ellas.
       Sin embargo, el asunto con el que sufren más las mujeres es otro. Los responsables de proporcionar materiales a las fábricas de papel encargan la compra de harapos a un tipo específico de persona, conocido en ciertos distritos como “águilas”. Un “águila” recibe doscientos billetes de rublo de manos de un comerciante, y a continuación se aleja en busca de su presa. Sin embargo, a diferencia del noble animal cuyo nombre recibe, no se lanza de forma impetuosa contra sus víctimas; al contrario, esta “águila” utiliza formas astutas y algo sospechosas. Deja su carro en algún lugar entre los arbustos a las afueras de la aldea y, a continuación, pretendiendo que es alguien que pasa por allí por casualidad, se aproxima cruzando los patios traseros de las cabañas. Las mujeres intuyen su proximidad y salen a su encuentro. El negocio entre ambas partes se resuelve con rapidez. Por unas pocas monedas de cobre, las mujeres entregan a estas “águilas” no solo los harapos más indecibles, sino con frecuencia la camisa de su marido o su propia falda de diario. Recientemente, las mujeres han descubierto que les compensa robarse las unas a las otras y descargarse del cáñamo obtenido por estos métodos poco ortodoxos, o tela de saco, en los “águilas”, lo cual ha supuesto un importante crecimiento en el negocio. Los campesinos, por su parte, erizan las orejas a la mínima señal, al mínimo indicio de la proximidad de un “águila”, y promueven de forma enérgica medidas preventivas y correctoras de su actuación. En efecto, resulta insultante, ¿no es cierto? Depende de ellas vender el cáñamo, y así lo hacen, pero no en la ciudad, puesto que tendrían que desplazarse; prefieren hacerlo a comerciantes itinerantes, los cuales, al no poseer formas apropiadas de medición, consideran que cuarenta manojos son iguales a un pud[8], ¡y ya se sabe el tamaño que puede darle un ruso a un manojo de su mano cuando tiene ganas de conseguir algo!
       Yo, al no tener mucha experiencia en estas cuestiones y no ser un “hombre de campo” (como decimos en el distrito de Oriol), había escuchado incontables historias parecidas. Pero el Turón no fue el único que habló; también me hizo numerosas preguntas. Sabía que había estado en el extranjero, y ello despertó su curiosidad… El interés de Kalínich no era menor, pero se encontraba más afectado por las descripciones de paisajes campestres, montañas, cascadas, edificios poco usuales y grandes ciudades. Al Turón le interesaban las cuestiones relativas a la administración y la forma de gobierno. Preguntaba las cosas una por una: “¿Funcionan las cosas allí como aquí, o de forma distinta? Vaya, caballero, ¿qué tiene que decir sobre eso?”. Mientras que durante el curso de mi exposición Kalínich exclamaba: “¡Ah, Señor mío! ¡Se hará tu voluntad!”. El Turón se mantenía en silencio, apretando sus hirsutas cejas y solo de vez en cuando comentaba: “Eso no funcionaría aquí, pero para otros es la forma apropiada de hacer las cosas, y eso está bien”.
       No sabría reproducir todas sus preguntas, y tampoco es necesario; de nuestras conversaciones extraje una convicción que mis lectores no habrán esperado: la de que Pedro el Grande era un monarca predominantemente ruso en su carácter y en las reformas que implantó. Un ruso se halla tan convencido de su fuerza y de su complexión robusta que no tiene miedo de sobrecargarse de trabajo, le importa poco su pasado, y mira de frente al futuro. Si algo es bueno, le gustará; si algo es terrible, lo rechazará, pero no le importará de dónde haya venido. Su sentido común y su lógica se burlarán del racionalismo superficial de los alemanes; sin embargo los alemanes, en palabras del Turón, eran un pueblo lo suficientemente interesante como para aprender algo de él. Debido a la naturaleza peculiar de su estatus social, su virtual independencia, el Turón mencionó muchas cosas al charlar conmigo que otros no habrían sido capaces de sacarle ni con una palanca, o, como decían los campesinos, no habría podido moler un grano tan fino ni con la muela del molino. Él, por su parte, comprendía perfectamente su situación. Charlando con el Turón escuché por vez primera el dialecto simple e inteligente del campesino ruso. Su conocimiento era extenso, al menos a su manera, pero no sabía leer, mientras que Kalínich sí.
       —Ese granuja ha aprendido a leer y a escribir —comentó el Turón—, y no se le ha muerto una abeja desde que nació.
       —¿Y han aprendido tus hijos a leer y a escribir?
       Tras una pausa el Turón dijo:
       —Fedia sabe leer y escribir.
       —¿Y los otros?
       —Los otros no.
       —¿Por qué no?
       El anciano no respondió a mi pregunta y cambió de conversación. De hecho, a pesar de toda su inteligencia, se agarraba a muchos prejuicios e ideas preconcebidas. Por ejemplo, desde lo más profundo de su alma despreciaba a las mujeres, y cuando estaba de buen humor se burlaba de ellas. Su mujer, una anciana quejumbrosa, se pasaba el día subida al horno sin dejar de protestar. Sus hijos no le prestaban ninguna atención, pero ella mantenía aterrorizadas a sus nueras. No es sorprendente que en la canción rusa la suegra cante:

¿Qué clase de hijo eres,
qué clase de padre de familia?
No pegas a tu esposa,
ni a los pequeños de la casa…

       En una ocasión se me pasó por la cabeza defender a las nueras, y traté de encontrar en el Turón un aliado; pero él se limitó a responder:
       —Tal vez sería mejor si no te molestases con esas tonterías… Deja que las mujeres se peleen entre ellas… Solo lograrás más problemas si intentas separarlas, y el asunto no merece que te ensucies las manos.
       En ocasiones la anciana de mal carácter se bajaba a rastras del horno y llamaba al perro para que entrara del patio, atrayéndolo con frases como: “¡Vamos, vamos, perrito!”, para luego apalearle el espinazo con una pala, o bien se situaba en el zaguán y “ladraba”, como decía el Turón, a todo el que pasaba. Sin embargo, a su marido le temía, y en cuanto escuchaba sus órdenes volvía a subirse a su lugar sobre el horno. Lo que resultaba especialmente curioso era escuchar a Kalínich y el Turón expresar sus distintas opiniones sobre Polutikin.
       —Oye, Turón, no digas nada en su contra en mi presencia —decía Kalínich.
       —Entonces, ¿por qué no se preocupa de que tengas un par de botas? —objetaba el otro.
       —¡Al diablo con las botas! ¿Para qué quiero botas? No soy más que un campesino…
       —Yo también lo soy, pero fíjate… —y Khor levantaba la pierna y le mostraba a Kalínich una bota que parecía haber sido confeccionada con la piel de un mamut.
       —¡Oh, pero tú no eres de los nuestros! —respondía Kalínich.
       —Pero él tendría que darte al menos el dinero para que compraras lapti: después de todo vas de caza con él todos los días, y necesitas un par nuevo.
       —Me da para que compre lapti.
       —Es cierto, el año pasado te regaló diez kópeks.
       Kalínich se volvía enojado y el Turón rompía a carcajadas, haciendo casi desaparecer sus ojillos.
       Kalínich cantaba de forma bastante agradable y tocaba un poco la balalaika. El Turón lo escuchaba embelesado, y al cabo echaba a un lado la cabeza e iniciaba su acompañamiento en una voz quejumbrosa. Le gustaba sobre todo la canción: “¡Qué duro es mi destino!”.
       Fedia nunca dejaba escapar una oportunidad de reírse de su padre, diciendo:
       —Dígame, anciano, ¿y de qué tiene usted que quejarse?
       Pero el Turón apoyaba la mejilla en su mano, cerraba los ojos y continuaba quejándose sobre su dura existencia… Sin embargo, en otras ocasiones nadie era más activo que el viejo: siempre estaba ocupado con algo, reparando el carro, construyendo nuevos cercados, o revisando los arneses. No obstante, no insistía en que las cosas estuvieran excesivamente limpias, y en respuesta a mis comentarios una vez sentenció que “una cabaña debía poseer el olor de ser vivida”.
       —Pero —apunté yo a modo de respuesta—, mira lo limpio que es el colmenar de Kalínich.
       —Las abejas no vivirían allí, señor mío, si el lugar no estuviera limpio —dijo suspirando.
       En otra ocasión me preguntó:
       —¿Posee usted su propia finca?
       —Así es.
       —¿Y está lejos de aquí?
       —A unas cien verstas.
       —Y bien, señor mío, ¿vive usted en su finca?
       —Así es.
       —Pero lo que más le gusta, o eso me parece, es salir y divertirse con la escopeta.
       —Sí, debo admitir que eso es cierto.
       —Y hace usted bien. Mate usted tantos urogallos como desee, pero asegúrese de que cambia al administrador de su finca a menudo.
       En la noche del cuarto día el señor Polutikin mandó a buscarme. Sentí despedirme del anciano, pero me monté al carromato con Kalínich.
       —Pues, adiós, Khor, te deseo lo mejor —dije—. Adiós, Fedia.
       —Adiós, señor, adiós. No se olvide de nosotros.
       Nos alejamos. El alba enrojecía el cielo.
       —El tiempo será excelente mañana —dije, mirando al cielo brillante.
       —En absoluto; va a llover —me contradijo Kalínich—. Mire cómo revolotean los patos, y el olor de la hierba.
       Avanzamos sobre la espesura. Kalínich comenzó a cantar en falseto, brincando arriba y abajo sobre el pescante delantero, sin dejar de admirar la amanecida.
       Al día siguiente me marché de la hospitalaria morada de Polutikin.


Nota del Autor:

[1]. En el distrito de Oriol, densas y extensas masas de matas se conocen como “Plazas”; el dialecto de Oriol se distingue sobre todo por una gran variedad de frases y giros originales, a veces muy exactos, a veces completamente estrafalarios.



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