Iván S. Turguénev
(Orel, Rusia, 1818 - Bougival, Francia, 1883)


Yákov Páskinov (1855)
(“Яков Пасынков”)
Повестей и рассказов [Relatos y novelas cortas]
(San Petersburgo, 1856)



I

      Los hechos sucedieron en San Petersburgo, en invierno, el primer día del carnaval. Un compañero de pensión, que en su juventud tenía fama de ser tan apocado como una pudorosa muchacha y que más adelante dio muestras de haber perdido cualquier rastro de timidez, me había invitado a comer. Ahora ya ha muerto, como la mayor parte de mis compañeros. Aparte de mí, habían prometido acudir al ágape un tal Konstantín Aleksándrovich Asánov y una celebridad literaria de la época, que se hizo esperar y finalmente envió una nota anunciando que no vendría; en su lugar se presentó un señor menudo y rubio, uno de esos inevitables huéspedes no deseados que tanto abundan en San Petersburgo.
       La comida se prolongó largo rato; el anfitrión no escatimó el vino, que poco a poco se nos fue subiendo a la cabeza. Todo lo que cada uno de nosotros ocultaba en el fondo de su alma —¿quién no oculta algo en el fondo de su alma?— acabó saliendo a la luz del día. El rostro del anfitrión había perdido de pronto su expresión púdica y reservada; sus ojos miraban con descaro, y una sonrisa vulgar torcía sus labios; el señor rubio estallaba en carcajadas abyectas, ruidosas y estúpidas; no obstante, fue Asánov quien me sorprendió más. Ese hombre siempre se había distinguido por su sentido del decoro, pero de repente se puso a pasarse la mano por la frente, a darse aires, a jactarse de sus relaciones, a mencionar a cada momento a un tío suyo, personaje muy importante… La verdad es que no le reconocía; se burlaba de nosotros sin el menor reparo… Era como si despreciara nuestra compañía. La insolencia de Asánov me puso furioso.
       —Escuche —le dije—, si a sus ojos somos tan insignificantes, váyase a visitar a su ilustre tío. ¿O tal vez no le autoriza a entrar en su casa?
       Asánov no me respondió y siguió pasándose la mano por la frente.
       —¡Y qué clase de gente es ésta! —prosiguió—. No frecuentan a compañías distinguidas, no conocen a una sola mujer distinguida, mientras que yo tengo —y al pronunciar esas palabras extrajo de un bolsillo lateral, con un gesto fulgurante de la mano, una billetera y le dio un golpe con la mano— todo un mazo de cartas de una muchacha como no se encontraría otra en el mundo entero.
       El anfitrión y el caballero rubio no prestaron atención a las últimas palabras de Asánov; se habían agarrado uno a otro por un botón y se contaban algo, pero yo agucé el oído.
       —¡Se está usted tirando un farol, señor sobrino de un personaje importante! —dije, acercándome a Asánov—. No tiene usted ninguna carta.
       —¿Eso cree usted? —replicó él, mirándome de arriba abajo—. ¿Y esto qué es?
       Entreabrió la cartera y me enseñó unas diez cartas dirigidas a su nombre. “¡Conozco esa letra!”, pensé.
       Siento que el rubor de la vergüenza tiñe mis mejillas… Mi amor propio sufre lo indecible… ¿Quién se reconoce de buena gana culpable de una acción indigna?… Pero no se puede hacer nada. Cuando empecé mi relato, sabía por anticipado que iba a enrojecer hasta las orejas. Así pues, con gran dolor de mi corazón, debo reconocer que…
       He aquí de lo que se trata: aprovechándome del estado de embriaguez del señor Asánov, que había dejado negligentemente las cartas sobre el mantel inundado de champán (también a mí me daba un poco vueltas la cabeza), leí a toda prisa una de ellas…
       El corazón se me encogió. ¡Ay! Yo mismo estaba enamorado de la muchacha que le escribía a Asánov, y ahora ya no podía albergar la menor duda de que ella lo amaba. Toda la carta, escrita en francés, respiraba ternura y entrega…
       “Mon cher ami Constantin!”, así empezaba… Y terminaba con estas palabras: “Sea tan prudente como siempre y yo seré suya o de nadie”.
       Me quedé inmóvil unos instantes, como fulminado por un rayo, pero al final conseguí recobrarme, me puse en pie de un salto y salí de la habitación…
       Al cabo de un cuarto de hora me encontraba ya en mi morada.

       La familia Zlotnitski era una de las primeras a las que conocí después de trasladarme de Moscú a San Petersburgo. Estaba compuesta por el padre, la madre, dos hijas y un hijo. El padre, que ya peinaba canas, aunque se conservaba joven, había sido militar y en aquellos tiempos ocupaba un cargo bastante importante; por la mañana se iba a su oficina, después de comer se echaba la siesta y por la tarde jugaba a los naipes en el casino. Casi no aparecía por casa, hablaba poco y de mala gana, miraba de reojo, con aire medio amenazante, medio indiferente, y no leía más que relatos de viajes y libros de geografía; cuando se hallaba indispuesto, coloreaba imágenes, encerrado en su despacho, o molestaba a un viejo papagayo gris llamado Popka. Su esposa, una mujer enfermiza y tísica, con ojos negros y hundidos y nariz prominente, se pasaba días enteros sin moverse del sofá, bordando sin descanso cojines en cañamazo; según lo que pude observar, le tenía algo de miedo al marido, como si fuera culpable de algo ante él. La hija mayor, Varvara, una muchacha gruesa, rubicunda, de cabellos castaños y unos dieciocho años de edad, se pasaba todo el tiempo al pie de la ventana, contemplando a los transeúntes. El hijo estudiaba en un establecimiento del Estado y aparecía por casa sólo los domingos; tampoco a él le gustaba decir una palabra de más. Hasta la hija menor, Sofia, la joven de la que estaba enamorado, era de natural callado. En casa de los Zlotnitski reinaba siempre el silencio; sólo los estridentes gritos de Popka lo quebraban; en cuanto a los invitados, aunque sentían todo el peso y la opresión de ese eterno silencio, no tardaban en acostumbrarse. Por lo demás, los Zlotnitski no recibían a muchos invitados, que encontraban aburrida su compañía. El mismo mobiliario, el empapelado rojo con rameado amarillo del salón, la multitud de sillas de rejilla del comedor, los descoloridos cojines de estambre con estampado de muchachas y perros que se amontonaban en los sofás, las lámparas de brazos retorcidos y los sombríos retratos colgados de las paredes: todo desprendía una tristeza involuntaria, de todo emanaba una suerte de aire frío y como agrio. Al llegar a San Petersburgo, consideré mi deber visitar a los Zlotnitski, pues estaban emparentados con mi madre. Pasé en su compañía una hora bastante penosa y tardé mucho tiempo en volver; pero poco a poco empecé a aparecer por su casa cada vez con mayor frecuencia. Me atraía Sofia, que en un principio no me había gustado, pero de la que acabé enamorándome.
       Era una muchacha de baja estatura, esbelta, casi delgada, de rostro pálido, espesos cabellos negros y grandes ojos castaños, siempre entornados. Sus rasgos severos y bien definidos, en especial sus labios apretados, expresaban firmeza y fuerza de voluntad. En la casa se la tenía por una muchacha de carácter.
       —Es el vivo retrato de su hermana mayor, Katerina —me dijo un día la señora Zlotnitskaia en una ocasión en que nos encontrábamos solos (delante de su marido no se atrevía a hablar de esa Katerina)—. Usted no la conoce: vive en el Cáucaso, está casada. Figúrese, a los trece años se enamoró de su actual marido, y entonces nos anunció que no se casaría con nadie más. Hicimos cuanto pudimos, pero nada dio resultado. Esperó hasta que cumplió los veintitrés, enojó a su padre y acabó casándose con su ídolo. ¡Sónechka sería capaz de hacer lo mismo! ¡Que Dios la proteja de semejante terquedad! Pero tengo miedo por ella: aunque sólo acaba de cumplir dieciséis años, no hay manera de hacerla entrar en razón…
       En ese momento entró el señor Zlotnitski, y su mujer se calló.
       En mi caso, Sofia no me atrajo por su fuerza de voluntad; pero había en ella, a pesar de toda su sequedad, a pesar de su falta de vivacidad e imaginación, un encanto particular, el encanto de la franqueza, de la sinceridad irreprochable y de la pureza de espíritu. La respetaba tanto como la amaba. Tenía la impresión de que yo también le gustaba. Por tanto, perder la ilusión de que me quería y convencerme de que amaba a otro me resultó muy doloroso.
       El descubrimiento inesperado que acababa de hacer me sorprendió tanto más cuanto que Asánov no iba mucho por casa de los Zlotnitski y no manifestaba ningún interés especial por Sónechka. Era un hombre apuesto y moreno, con rasgos expresivos, aunque un tanto toscos, y ojos brillantes y saltones, frente blanca y despejada, labios carnosos y rojos y bigote fino. Mostraba siempre una actitud reservada y severa, hablaba y expresaba sus convicciones con seguridad y a veces guardaba un digno silencio. Era evidente que tenía una elevada opinión de sí mismo. Asánov se reía rara vez, y siempre entre dientes, y nunca bailaba. Por lo demás, era bastante desmañado. En el pasado había servido en el regimiento de *** y se le consideraba un oficial capaz.
       “¡Qué extraño! —pensaba, tumbado en el sofá—. ¿Cómo es posible que no me haya dado cuenta de nada?”
       De pronto me vinieron a la cabeza unas palabras de la carta de Sofia: “Sea siempre tan prudente”.
       “¡Ah! —me dije—. ¡Eso es! ¡Qué muchacha tan astuta! Yyo que la consideraba tan sincera y franca… Bueno, esperad un poco y vais a ver…”
       Pero en ese momento, si mis recuerdos no me engañan, me eché a llorar amargamente y no fui capaz de dormirme hasta la mañana.

       Al día siguiente, a eso de las dos, me dirigí a casa de los Zlotnitski. El padre de familia había salido y su mujer no se hallaba en su lugar habitual. Después de comer tortitas, le había entrado dolor de cabeza y se había retirado a su dormitorio. Varvara estaba de pie, con el hombro apoyado en el marco de la ventana, y miraba la calle. Sofia recorría arribay abajo la habitación, con los brazos cruzados sobre el pecho. Popka gritaba.
       —¡Ah, buenos días! —me dijo Varvara con displicencia en cuanto entré en la habitación, y al punto añadió en voz baja—: Por ahí va un campesino con un canastillo en la cabeza… —Tenía la costumbre de pronunciar en voz alta, de vez en cuando y como para sí misma, diversos comentarios sobre los transeúntes.
       —Buenos días —respondí yo—. Buenos días, Sofia Nikoláievna. ¿Dónde está Tatiana Vasílievna?
       —Se ha ido a descansar —respondió Sofia, sin dejar de pasearse por la habitación.
       —Hemos tomado tortitas —observó Varvara, sin volverse—. ¿Por qué no ha venido usted? ¿Adónde irá ese escribiente?
       —No he tenido tiempo.
       —¡Pre-sen-ten ar-mas! —gritó de pronto el papagayo.
       —¡Cómo grita hoy Popka! —exclamé.
       —Siempre grita así —intervino Sofia.
       Los tres guardamos silencio.
       —Ha entrado en el portal —dijo Varvara, y de repente se subió al alféizar y abrió el postigo.
       —¿Qué haces? —preguntó Sofia.
       —Un mendigo —respondió Varvara. Se inclinó, cogió de la ventana una pieza de cobre con un montoncito gris de ceniza procedente del cenicero y la arrojó a la calle; a continuación cerró el postigo y saltó torpemente al suelo.
       —Ayer pasé un rato muy agradable —empecé, sentándome en un sillón—. Comí en casa de un amigo. También estaba allí Konstantín Aleksándrich… —Miré a Sofia, pero no movió ni una ceja—. Debo reconocer —proseguí— que nos corrimos una buena juerga: entre los cuatro nos bebimos ocho botellas.
       —¡Vaya! —dijo Sofia con toda tranquilidad, sacudiendo la cabeza.
       —Sí —continué, un tanto irritado por su indiferencia—. ¿Y sabe una cosa, Sofia Nikoláievna? No en vano dice el refrán que la verdad está en el vino.
       —¿Y cómo es eso?
       —Konstantín Aleksándrovich nos hizo reír. Imagínese: de pronto se pasó la mano por la frente y nos dijo: “¡Soy un hombre muy apuesto! ¡Y mi tío es un personaje importante!”.
       —¡Ja, ja! —se oyó la breve y entrecortada risa de Varvara.
       —¡Popka! ¡Popka! ¡Popka! —le respondió el papagayo, en una especie de redoble de tambor.
       Sofia se detuvo ante mí y me miró a la cara.
       —¿Y qué dijo usted? —me preguntó—. ¿No lo recuerda?
       Involuntariamente me puse colorado.
       —¡No lo recuerdo! Es probable que tampoco estuviera muy afortunado. En realidad —añadí, separando las palabras con aire significativo—, beber vino es peligroso: no tarda uno en irse de la lengua y confesar lo que nadie debería saber. Uno se arrepiente después, pero ya es demasiado tarde.
       —¿Es que se fue usted de la lengua? —preguntó Sofia.
       —No estoy hablando de mí.
       Sofia se volvió y retomó sus idas y venidas por la habitación. Yo la miraba con creciente irritación. “Fíjate —pensaba—, no es más que una muchacha, una niña, y cómo sabe dominarse. La verdad es que parece de piedra. Pero espera un poco…”
       —Sofia Nikoláievna —dije en voz alta.
       La joven se detuvo.
       —¿Qué quiere?
       —¿Por qué no toca un poco el piano? A propósito, tengo que decirle algo —añadí, bajando la voz.
       Sofia, sin decir una palabra, pasó a la sala. Yo la seguí. Se detuvo al lado del piano.
       —¿Qué quiere que le toque? —preguntó.
       —Lo que le apetezca… Un nocturno de Chopin.
       Sonaron los primeros acordes de un nocturno. Sofia tocaba bastante mal, pero con sentimiento. Su hermana sólo tocaba polcas y valses, y eso rara vez. Se acercaba al piano con sus andares desganados, se sentaba, dejaba que el albornoz se deslizara desde los hombros hasta los codos (jamás la vi sin albornoz), atacaba ruidosamente una polca y, antes de terminar, empezaba otra; luego, de pronto, exhalaba un suspiro, se levantaba y se dirigía de nuevo a la ventana. ¡Extraña criatura esa Varvara!
       Me senté al lado de Sofia.
       —Sofia Nikoláievna —empecé, mirándola de soslayo con la mayor atención—. Debo comunicarle una novedad bastante desagradable para mí.
       —¿Una novedad? ¿Cuál?
       —Pues verá… Hasta ahora tenía una idea equivocada de usted, completamente equivocada…
       —¿A qué se refiere? —replicó ella, sin dejar de tocar, la mirada fija en los dedos.
       —Creía que era usted sincera; creía que no sabía fingir, ocultar sus sentimientos, valerse de astucias…
       Sofia acercó el rostro a la partitura.
       —No le comprendo.
       —Y sobre todo —proseguí—, jamás habría podido imaginarme que a su edad supiera usted interpretar un papel con tanta maestría…
       Las manos de Sofia se estremecieron ligeramente sobre el teclado.
       —¿Por qué dice eso? —preguntó sin mirarme—. ¡Que interpreto un papel!
       —Sí, usted —esbozó una sonrisa burlona… Su actitud me enfureció—. Finge usted indiferencia por un hombre y… le escribe cartas —añadí en un murmullo.
       Las mejillas de Sofia palidecieron, pero no se volvió hacia mí, tocó el nocturno hasta el final, se levantó y cerró la tapa del piano.
       —¿Adónde va usted? —le pregunté, no sin embarazo—. ¿Es que no va a responderme?
       —¿Y qué podría responder? No sé de qué me está hablando… Y no sé fingir.
       Se puso a ordenar las partituras.
       La sangre se me subió a la cabeza.
       —Sí, sabe usted perfectamente de lo que le estoy hablando —declaré, levantándome a mi vez—. Y si quiere, puedo recordarle algunas expresiones de una de las cartas: “Sea tan prudente como siempre”…
       Sofia se estremeció ligeramente.
       —Jamás habría esperado eso de usted —dijo por fin.
       —Y yo jamás habría esperado —repliqué yo— que usted, Sofia Nikoláievna, honrara con su atención a un hombre que…
       Sofia se volvió bruscamente hacia mí; yo retrocedí involuntariamente; sus ojos, siempre entornados, se abrieron hasta el punto de parecer enormes y centellearon con ira por debajo de las cejas.
       —¡Ah! ¡Con que ésas tenemos! —exclamó—. Pues sepa usted que amo a ese hombre y que me da absolutamente igual la opinión que tenga usted de él y del amor que le profeso. ¿Y de dónde ha sacado…? ¿Qué derecho tiene a decir eso? Y si yo he tomado una decisión…
       Se calló y salió apresuradamente de la sala.
       Yo no me había movido. De pronto me sentí tan incómodo y abochornado que me cubrí el rostro con las manos. Acababa de comprender la inconveniencia y la bajeza de mi conducta. Ahogado de vergüenza, lleno de arrepentimiento, cubierto de oprobio, seguía allí como clavado al suelo. “¡Dios mío! —pensaba—. ¿Qué he hecho?”
       —Antón Nikítich —se oyó la voz de la doncella en el recibidor—. Haga el favor de llevarle en seguida un vaso de agua a Sofia Nikoláievna.
       —¿Qué pasa? —respondió el muchacho encargado de la mesa.
       —Parece que está llorando…
       Me estremecí, volví al salón y cogí mi sombrero.
       —¿De qué ha hablado usted con Sónechka? —me preguntó con indiferencia Varvara, y, tras unos instantes de silencio, respondió en voz baja—: Por ahí va otra vez ese escribiente.
       Empecé a despedirme.
       —¿Adónde va usted? Espere: mi madre vendrá dentro de un momento.
       —No puedo, tengo que irme —dije—. Será mejor que lo dejemos para otra ocasión.
       En ese momento, para gran espanto mío, sí, espanto, Sofia entró en el salón con pasos decididos. Su rostro estaba más pálido de lo normal y sus párpados un poco rojos. Ni siquiera me miró.
       —Fíjate, Sofia —dijo Varvara—. Hay un escribiente que no deja de dar vueltas alrededor de nuestra casa.
       —Algún espía —observó Sofia con frialdad y desprecio.
       ¡Eso ya era demasiado! Salí de allí y la verdad es que no recuerdo cómo llegué a mi casa.

       No hay modo de describir el pesar y la amargura que me embargaban. ¡En sólo veinticuatro horas dos golpes tan crueles! Me había enterado de que Sofia amaba a otro hombre y había perdido su estima para siempre. Me sentía tan insignificante y avergonzado que ni siquiera tenía fuerzas para indignarme. Tumbado en el sofá, con el rostro vuelto hacia la pared, me abandonaba con una suerte de delectación punzante a los primeros arrebatos de una tristeza desesperada, cuando de pronto oí pasos en la habitación. Levanté la cabeza y vi a uno de mis amigos más íntimos, Yákov Pásinkov.
       Estaba dispuesto a enfadarme con cualquier persona que entrara en mi habitación ese día, pero jamás había podido enfadarme con Pásinkov; al contrario, a pesar de la pena que me devoraba, interiormente me alegré de su llegada y le hice un gesto con la cabeza. Como de costumbre, recorrió un par de veces la habitación, aclarándose la garganta y estirando sus largos miembros, se detuvo en silencio delan te de mí y a continuación se sentó en un rincón sin pronunciar palabra.
       Conocía a Pásinkov desde hacía mucho tiempo, casi desde la infancia. Se había educado en el establecimiento privado del alemán Winterkeller en el que yo mismo había pasado tres años. El padre de Yákov, un capitán retirado sin fortuna, honrado a carta cabal, pero algo mal de la cabeza, lo había confiado a ese alemán cuando el niño sólo tenía siete años, había pagado un año por adelantado y había abandonado Moscú sin dejar rastro… De tanto en tanto corrían rumores extraños y confusos sobre su persona. Sólo al cabo de ocho años se supo con certidumbre que se había ahogado durante las crecidas, al atravesar el Irtish. Sólo Dios sabe qué le habría llevado hasta Siberia. Yákov no contaba con más parientes; su madre había muerto mucho antes. Así pues, quedó en manos de Winterkeller. Es verdad que Yákov tenía una tía, pero tan pobre que en un principio no se atrevió siquiera a visitar a su sobrino, por miedo a que se lo encasquetaran. Pero sus temores se revelaron infundados: el bondadoso alemán se hizo cargo de Yákov, le permitió estudiar con los demás internos, lo alimentó (aunque no le servían nunca postre los días de diario) y mandó que le confeccionaran algunas prendas con unos viejos capotes de camelote (casi todos de color tabaco) de su madre, una livonia que, a pesar de su avanzada edad, seguía dando muestras de una extraordinaria energía y vivacidad. Como consecuencia de todas esas circunstancias y, en general, de la posición de subordinación de Yákov en el pensionado, sus compañeros lo trataban con desdén, lo miraban de arriba abajo y lo llamaban tan pronto “capote de la abuela” como “sobrino de la cofia” (su tía llevaba siempre una cofia muy extraña, coronada por un manojo de cintas amarillas en forma de alcachofa), o “hijo de Yermak” [jefe cosaco que a finales del siglo XVI exploró Siberia, se enfrentó a los tártaros y conquistó esos territorios para el zar] (ya que su padre se había ahogado en el Irtish). Pero, a pesar de todos esos motes, a pesar de su atuendo ridículo y de su extrema pobreza, todos le querían mucho; la verdad es que era imposible no sentir afecto por él: creo que no podría encontrarse en el mundo entero alma más noble y bondadosa. También era un buen estudiante.
       Cuando lo vi por primera vez, tendría unos dieciséis años. Yo acababa de cumplir trece y era un muchacho muy engreído y mimado. Había crecido en el seno de una familia bastante rica; por eso, nada más ingresar en el pensionado, me apresuré a trabar amistad con un príncipe, objeto de los principales desvelos de Winterkeller, y con otros dos o tres retoños de la aristocracia; con los demás adoptaba una actitud altanera. A Pásinkov ni siquiera le prestaba atención. Ese muchacho larguirucho y desmañado, con su horrible chaqueta y sus pantalones cortos, bajo los que asomaban las gruesas medias de hilo, me recordaba a uno de esos niños vestidos de cosaco que sirven en algunas casas o al hijo de un artesano. Pásinkov era muy cortés y afable con todo el mundo, aunque jamás se mostraba obsequioso. Si le rechazaban, no se rebajaba ni se enfurruñaba, sino que se mantenía aparte, con aire apesadumbrado y como esperando otra oportunidad. Así se comportó también conmigo. Transcurrieron cerca de dos meses. Un claro día de verano, al atravesar el patio camino del jardín, después de un reñido partido de pelota, vi a Pásinkov sentado en un banco, debajo de un alto arbusto de lilas. Estaba leyendo un libro. Al pasar a su lado, eché un vistazo a la cubierta y leí en el lomo el nombre de Schiller: Schillers Werke. Me detuve.
       —¿Es que sabe usted alemán? —le pregunté a Pásinkov.
       Todavía hoy sigo avergonzándome cuando recuerdo cuánto desprecio había en el tono de mi voz… Pásinkov levantó poco a poco hasta mí sus ojos pequeños y expresivos y respondió:
       —Sí. ¿Y usted?
       —¡Pues claro! —exclamé yo, ofendido, e hice ademán de proseguir mi camino, pero algo me retuvo—. ¿Y qué obra de Schiller en concreto está usted leyendo? —le pregunté con la misma arrogancia de antes.
       —En estos momentos estoy leyendo Resignation: un poema magnífico. ¿Quiere que se lo lea? Siéntese aquí a mi lado, en el banco.
       Vacilé un momento, pero al final me senté. Pásinkov empezó a leer. Sabía bastante más alemán que yo: tuvo que explicarme el sentido de algunos versos; pero ya no me avergonzaba de mi ignorancia ni de su superioridad sobre mí. A partir de ese día, de esa lectura compartida en eljardín, a la sombra del arbusto de lilas, me sentí unido a Pásinkov con toda mi alma, trabé amistad con él y me sometí por entero a su influencia.
       Recuerdo hasta el menor detalle el aspecto que tenía en aquella época. Por lo demás, apenas ha cambiado con el paso de los años. Era de elevada estatura, delgado, desgarbado y bastante torpe. Sus hombros estrechos y su pecho hundido le daban un aspecto enfermizo, aunque no podía quejarse de su salud. Su gran cabeza, redondeada en la parte superior, se inclinaba ligeramente hacia un lado; sus cabellos castaños y finos caían en ralos mechones alrededor de su cuello fino. Su rostro no era hermoso, y hasta podía parecer ridículo por culpa de su nariz larga, carnosa y rojiza, que parecía suspendida sobre sus labios anchos y rectos; pero su frente despejada era magnífica, y, cuando sonreía, sus ojillos grises centelleaban con tan candorosa y tierna bondad que, al mirarlo, todos sentían una suerte de calor y alegría en el corazón. También recuerdo su voz, serena y regular, envuelta en una especie de susurro muy agradable. En general hablaba poco y con esfuerzo evidente; pero, cuando se animaba, sus palabras fluían libremente y, cosa extraña, su voz se volvía aún más baja, su mirada parecía más reconcentrada y apagada y todo su rostro se encendía con un comedido rubor. En sus labios las palabras “bien”, “verdad”, “vida”, “ciencia”, “amor” nunca sonaban a falso, por exaltado que fuera el tono con que se pronunciaran. Entraba en el territorio del ideal sin dificultad y sin esfuerzo; su alma casta estaba dispuesta en cualquier circunstancia a presentarse delante del “santuario de la belleza”; sólo esperaba una invitación, el contacto con otra alma. Pásinkov era un romántico, uno de los últimos románticos a los que tuve ocasión de tratar. Como es bien sabido, el romanticismo casi ha desaparecido en los tiempos que corren; al menos, no goza de ningún predicamento entre los jóvenes de hoy. ¡Tanto peor para ellos!
       Pasé tres años con Pásinkov en completa armonía, como suele decirse. Fui el confidente de su primer amor. ¡Con qué reconocida atención y sentimiento escuchaba sus confesiones! El objeto de su pasión era la sobrina de Winterkeller, una alemana rubia y bonita, con una cara rolliza, casi infantil y unos ojos azules tiernos y confiados. Era muy bondadosa y sensible, amaba a Mathison [Fiiediich Mathison, 1761-1831, poeta alemán], Uhland [ohan Ludwig Uhland, 1787-1862, poeta alemán] y Schiller, y recitaba sus ver sos de un modo muy agradable con su voz tímida y cristalina. El amor de Pásinkov era totalmente platónico; sólo veía a su amada los domingos (la muchacha iba a jugar a las prendas con los hijos de Winterkeller) y apenas hablaba con ella; no obstante, en una ocasión en que ella le dijo: “Mein lieber, lieber Herr Jacob![“mi querido, querido señor Jacob”], no pudo pegar ojo en toda la noche, tan grande era la felicidad que le embargaba. Ni siquiera se le pasó por la cabeza que a todos sus camaradas les decía mein Beber. Recuerdo también su dolor y su desesperación cuando de pronto se difundió la noticia de que Fráulein Frederike (así se llamaba) iba a casarse con Herr Kniftus, propietario de una floreciente carnicería, un hombre muy atractivo y además educado, y que no se casaba sólo por imposición de los padres, sino también por amor. Fueron días muy duros para Pásinkov; especialmente doloroso fue el día de la primera visita de la joven pareja. La antigua Fráulien Frederike, ahora convertida en Fráu Frederike, le presentó, llamándolo de nuevo lieber Herr Jacob, a su marido, en el que todo relucía: los ojos, los cabellos morenos peinados en copete, la frente, los dientes, los botones de la chaqueta, la cadenita del chaleco y hasta las botas con que calzaba sus pies, unos pies bastante grandes, por lo demás, con las puntas muy separadas. Pásinkov apretó la mano del señor Kniftus y le deseó (y sus palabras eran sinceras, estoy convencido) una felicidad completa y duradera. Fui testigo de esa escena. Recuerdo con qué sorpresa y compasión miraba entonces a Yákov. ¡Me parecía un héroe!… Y después, ¡cuántas conversaciones tristes tuvimos! “Busca consuelo en el arte”, le decía yo. “Sí —me respondía él—. Yen la poesía.” “Y en la amistad”, añadía yo. “Y en la amistad”, repetía él. ¡Ah, qué días tan felices!
       ¡Cuánto me apenó separarme de Pásinkov! Justo antes de mi partida, después de largas gestiones y trámites y de una correspondencia a menudo cómica, obtuvo por fin los documentos necesarios para ingresar en la universidad. Seguía viviendo a costa del señor Winterkeller, pero, en lugar de chaquetas y pantalones de camelote, ahora recibía prendas normales a cambio de los cursos sobre diversas materias que impartía a los alumnos más pequeños. Pásinkov no cambió su actitud conmigo hasta el final de mi estancia en el pensionado, aunque la diferencia de edad que había entre nosotros empezaba a hacerse notar; recuerdo que tenía celos de algunos de sus nuevos compañeros. La influencia que ejerció sobre mí fue muy beneficiosa. Por desgracia, no duró mucho. Traeré a colación sólo un ejemplo. En mi infancia, me había acostumbrado a mentir… Ante Yákov mi lengua no se habría atrevido a proferir una mentira. Pero lo que más me gustaba era pasear en su compañía o bien recorrer arriba y abajo una habitación a su lado y escuchar cómo recitaba versos, sin mirarme, con su voz suave y contenida. La verdad es que en esos momentos me parecía que los dos nos separábamos poco a poco de la tierra y nos dirigíamos a una región radiante, de una belleza misteriosa… Recuerdo una noche. Estaba sentado a su lado, bajo ese mismo arbusto de lilas: nos gustaba mucho ese lugar. Todos nuestros compañeros dormían ya; pero nosotros nos levantamos sin hacer ruido, nos vestimos a tientas en la oscuridad y salimos a hurtadillas para “soñar”. Fuera el ambiente era bastante tibio, pero una fresca brisa soplaba de vez en cuando y nos obligaba a apretarnos aún más el uno contra el otro. Hablamos, hablamos mucho y con calor, hasta el punto de quitarnos mutuamente la palabra, pero sin discutir. En el cielo resplandecían incontables estrellas. Yákov levantó los ojos y exclamó en voz baja:

Sobre nosotros
el cielo con sus estrellas eternas
y sobre las estrellas su Creador…

[Iván 1. Kozlov, 1779-1840]

      Henchido de veneración, me estremecí de arriba abajo; una sensación de frío se apoderó de mí y dejé caer la cabeza sobre su hombro. Mi corazón se desbordaba…
       ¿Dónde están esos arrebatos? ¡Ay! Allí donde está también mijuventud.
       Volví a coincidir con Yákov en San Petersburgo, ocho años después. Yo acababa de ingresar en la administración y a él le habían consegui do un puesto en no sé qué departamento. Nuestro encuentro fue bastante alegre. Nunca olvidaré el momento en que, estando solo en mi casa, oí de pronto su voz en el recibidor. ¡Cómo me estremecí, cómo me levanté de un salto, con el corazón palpitante, y me arrojé sobre su cuello, sin darle tiempo a quitarse la pelliza y desanudarse la bufanda! ¡Con qué avidez lo miraba a través de mis involuntarias y luminosas lágrimas de emoción! Había envejecido un poco en esos últimos ocho años; algunas arrugas, finas como el trazo de una aguja, surcaban su frente, tenía un poco más hundidas las mejillas, sus cabellos se habían vuelto más ralos, pero apenas tenía barba, su sonrisa no había cambiadoy su risa, su agradable risa interior, semejante a un jadeo, seguía siendo la misma…
       ¡Dios mío! De qué no hablaríamos ese día… ¡Cuántos versos venerados no nos recitamos el uno al otro! Traté de persuadirle de que se trasladara a mi casa, pero él no aceptó, aunque prometió pasar a verme a diario, y cumplió su palabra.
       Espiritualmente Pásinkov tampoco había cambiado. Seguía siendo el mismo romántico que había conocido. A pesar del frío abrazo de la vida, del frío amargo de la experiencia, la tierna flor que se había abierto precozmente en el corazón de mi amigo conservaba toda su impoluta belleza. No había en él rastros de tristeza, ni siquiera de preocupación. No había perdido su aire silencioso, pero su alma siempre estaba alegre.
       Vivía en San Petersburgo como en un desierto, sin reflexionar en el porvenir y sin relacionarse casi con nadie. Lo llevé conmigo a casa de los Zlotnitski y él empezó a visitarlos bastante a menudo. Como carecía de amor propio, no era tímido; pero en su compañía, como en todas partes, hablaba poco; en cualquier caso, les cayó bien. El rígido marido de Tatiana Vasiilievna le trataba incluso con cariño y las dos hijas silenciosas no tardaron en acostumbrarse a su presencia.
       Solía presentarse con una obra de reciente aparición en el bolsillo trasero de la levita, y, después de largas vacilaciones, extendiendo hacia un lado el cuello, a la manera de un ave, y sin dejar de mirar a un lado y otro, como preguntando: “¿Puedo?”, se acomodaba finalmente en un rincón (en general, sentía predilección por los rincones), cogía el libro y se ponía a leer, primero en un susurro, luego en voz cada vez más alta, interrumpiéndose de vez en cuando para intercalar alguna breve apreciación o exhalar un suspiro. Había observado que a Varvara le gustaba más que a su hermana sentarse a su lado y escucharle, aunque estoy convencido de que apenas le comprendía: la literatura no le interesaba. Se sentaba enfrente de Pásinkov, apoyaba el mentón en las manos, y se quedaba mirando todo su rostro, no sólo los ojos, sin pronunciar palabra, dejando escapar de vez en cuando un ruidoso suspiro. Por las tardes jugábamos a las prendas, sobre todo los domingos y los días de fiesta. En esas ocasiones se unían a nosotros dos señoritas, dos hermanas, parientes lejanas de los Zlotnitski, pequeñas, regordetas, risueñas como pocas, y algunos cadetes y yunkers [joven voluntario de origen noble que, después de servir varios años como soldado y suboficial, podía pasar un examen para convertirse en oficial], muchachos muy bondadosos y pacíficos. Pásinkov se sentaba siempre al lado de Tatiana Vasiilievna, y juntos pensaban en lo que debía hacer aquel que perdiera una prenda.
       A Sofia no le gustaban las caricias y besos con que suelen pagarse las prendas, y Varvara se aburría cuando tenía que encontrar una cosa o adivinar algo. Las señoritas se reían a carcajadas, vaya usted a saber por qué; en ocasiones, al mirarlas, sentía que la ira se apoderaba de mí; en cambio Pásinkov se limitaba a sonreír y a mover la cabeza. El dueño de la casa no se mezclaba nunca en nuestras diversiones, y hasta nos dirigía miradas poco amables desde la puerta de su despacho. Sólo una vez, de manera completamente inesperada, se acercó a nosotros y nos propuso que la persona que perdiera una prenda bailara un vals con él; ni que decir tiene que aceptamos su proposición. La suerte recayó en Tatiana Vasiilievna, que se puso toda colorada y se mostró tan turbada y desconcertada como una muchacha de quince años; no obstante, su marido ordenó en seguida a Sofia que se sentara al piano, se acercó a su mujer y dio dos vueltas con ella a la antigua usanza, en tres tiempos. Recuerdo su rostro bilioso y sombrío, de ojos nunca sonrientes, tan pronto visible como oculto, girando lentamente, sin cambiar su expresión severa. Bailaba dando grandes pasos y brincando, mientras su mujer se movía con pasos menudos y apretaba el rostro contra su pecho, como asustada. El señor Zlotnitski la condujo hasta su lugar, le hizo una reverencia, se retiró a su despacho y cerró con llave. Sofia hizo intención de levantarse, pero Varvara le pidió que siguiera tocando, se acercó a Pásinkov y, tendiéndole la mano, le dijo con una torpe sonrisa: “¿Quiere bailar conmigo?”. Pásinkov se sorprendió, pero se puso en pie de un salto —siempre se distinguió por una irreprochable cortesía— y cogió a Varvara por el talle; no obstante, nada más dar el primer paso se resbaló y, separándose bruscamente de su dama, fue dando tumbos hasta la mesita que sostenía la jaula del papagayo. La jaula se cayó, el papagayo se asustó y se puso a gritar: “¡Pre-sen-ten armas!”. Todos nos echamos a reír. Zlotnitski apareció en el umbral del despacho, contempló la escena con aire severo y cerró de un portazo. Desde entonces bastaba con recordar delante de Varvara ese incidente para que se echara a reír y mirara a Pásinkov con una expresión como si quisiera decir: “No puede imaginarse nada más inteligente que lo que hizo usted ese día”.
       A Pásinkov le gustaba mucho la música. A menudo le pedía a Sofia que le tocara algo, se sentaba a cierta distancia y escuchaba, acompañando a veces con un hilo de voz las notas más conmovedoras. Le gustaban especialmente las Constelaciones de Schubert. Afirmaba que, cuando alguien tocaba esa pieza en su presencia, tenía siempre la impresión de que, en lugar de sonidos, largos rayos azules descendían desde lo alto del cielo directamente hasta su pecho. Todavía hoy, cuando contemplo por la noche un cielo despejado y cuajado de estrellas silenciosas, me acuerdo siempre de la melodía de Schubert y de Pásinkov… Me viene también a la memoria un paseo fuera de los límites de la ciudad. Unos cuantos amigos partimos para Pargolovo en dos carruajes de cuatro asientos que alquilamos en la calle Vladímirskaia; eran muy viejos, de color azul y resortes redondos, con amplio pescante y manojos de heno en el interior; los quebrantados caballos, de pelaje marrón, nos llevaron en un trote nada ligero, renqueando cada uno con una pata diferente. Dimos un largo paseo por los bosques de pinos que rodean Pargolovo, bebimos leche en escudillas de barro y comimos fresas con azúcar. El tiempo era maravilloso. A Varvara no le gus taba andar mucho: se cansaba en seguida. Pero en esa ocasión no se quedó rezagada. Se quitó el sombrero, sus cabellos se esparcieron, sus rasgos toscos se animaron y sus mejillas se cubrieron de color. Al encontrarnos en el bosque con dos muchachas campesinas, se sentó de pronto en el suelo, las llamó y, no contenta con hacerles carantoñas, las sentó a su lado. Sofia, que iba en compañía de Asánov, las contempló desde lejos con una sonrisa fría y no se acercó. El señor Zlotnitski observó que Varvara era una verdadera gallina clueca. Varvara se levantó y se alejó. En el transcurso de ese paseo, se aproximó varias veces a Pásinkov y le dijo: “Yákov Ivánich, tengo que decirle una cosa”, pero nunca llegamos a saber qué era lo que quería comunicarle.
       No obstante, ya es hora de que vuelva a mi relato.

       Me alegré de la llegada de Pásinkov; pero, cuando me acordé de lo que había hecho la víspera, sentí una vergüenza inefable y me volví de nuevo de cara a la pared. Al cabo de un rato, Yákov me preguntó si me encontraba bien.
       —Sí —respondí entre dientes—, pero me duele la cabeza.
       Yákov no respondió nada y cogió un libro. Transcurrió algo más de una hora. Yo estaba a punto de reconocerlo todo delante de Yákov… Pero en ese momento sonó la campanilla en el recibidor.
       La puerta que daba a la escalera se abrió. Agucé el oído. Asánov le preguntaba a mi criado si estaba en casa.
       Pásinkov se puso en pie. No le gustaba Asánov; por eso, tras comunicarme en un susurro que iba a tumbarse un momento en mi cama, se retiró a mi dormitorio.
       Al cabo de un minuto Asánov entró en la habitación.
       Me bastó ver su cara colorada y escuchar su saludo seco y breve para adivinar que no había venido para hacerme una simple visita. “¿Qué va a pasar?”, pensé.
       —Mi querido señor —exclamó, sentándose apresuradamente en una silla—, me presento ante usted para que me resuelva una duda.
       —¿De qué se trata?
       —Deseo saber si es usted un hombre de honor.
       Estallé.
       —¿Qué quiere decir? —pregunté.
       —Pues verá usted… —replicó, recalcando cada palabra—. Ayer le mostré una cartera con unas cartas que cierta persona me había dirigido… Y hoy mismo ha repetido usted delante de esa persona, y en tono de reproche (de reproche, fíjese bien), algunas expresiones de esas cartas, sin tener el menor derecho a hacerlo. Deseo saber qué explicación tiene usted para semejante proceder.
       —Y yo deseo saber qué derecho tiene usted a interrogarme —respondí, temblando con todo el cuerpo, no sólo de ira, sino también de vergüenza—. Es usted libre para presumir de su tío y de su correspondencia. ¿Qué tengo yo que ver con todo eso? ¿Acaso le falta a usted alguna carta?
       —No, pero ayer estaba en tal estado que usted pudo con facilidad…
       —En resumidas cuentas, mi querido señor —le interrumpí, elevando la voz tanto como pude—, le pido que me deje tranquilo, ¿lo oye? No quiero saber nada y no tengo la menor intención de darle explicaciones. ¡Diríjase usted a la persona interesada si las necesita! —Sentía que la cabeza empezaba a darme vueltas.
       Asánov se me quedó mirando, esforzándose por adoptar una expresión de perspicacia burlona, se pellizcó el bigote y se levantó sin prisas.
       —Ahora sé lo que tengo que pensar —dijo—. Su propio rostro le delata. Pero debo hacerle notar que los hombres de honor no se comportan de esa manera. Leer cartas a escondidas y luego ir a ver a una noble muchacha y causarle esa inquietud…
       —¡Váyase usted al diablo! —grité, golpeando el suelo con los pies—. Y mándeme a su padrino. No tengo la menor intención de discutir con usted.
       —Le pido que no me dé lecciones —respondió Asánov con frialdad—. Ya tenía yo pensado enviarle a mi padrino.
       Se marchó. Me dejé caer en el sofá y me cubrí el rostro con las manos. Alguien me tocó en el hombro; yo cogí su mano: ante mí estaba Pásinkov.
       —¿Qué pasa? ¿Es verdad todo eso?… —me preguntó—. ¿Has leído una carta ajena?
       No tenía fuerzas para responderle, pero asentí con la cabeza.
       Pásinkov se acercó a la ventana y, dándome la espalda, dijo con voz lenta:
       —Has leído la carta que una muchacha le ha escrito a Asánov. ¿Quién era esa muchacha?
       —Sofía Zlotnitskaia —respondí, como un acusado responde al juez.
       Pásinkov estuvo unos cuantos minutos sin pronunciar palabra.
       —Sólo la pasión puede disculparte en cierta medida —dijo por fin—. ¿Es que estás enamorado de la señorita Zlotnitskaia?
       —Sí.
       Pásinkov volvió a guardar silencio.
       —Es lo que pensaba. Y has ido a verla hoy mismo y has empezado a hacerle reproches…
       —Sí, sí, sí… —dije con desesperación—. Ahora puedes despreciarme…
       Pásinkov recorrió la habitación un par de veces.
       —¿Y ella le ama? —preguntó.
       —Sí…
       Pásinkov bajó los ojos y se quedó inmóvil largo rato, mirando el suelo.
       —Bueno, hay que encontrar alguna solución —dijo, levantando la cabeza—. Esto no puede quedar así.
       Cogió su sombrero.
       —¿Adónde vas?
       —A casa de Asánov.
       Me levanté de un salto del sofá.
       —No te lo permito. ¿Cómo es posible? ¡Ni se te ocurra! ¿Qué va a pensar?
       Pásinkov se me quedó mirando.
       —Entonces, en tu opinión, ¿es preferible dejar que este estúpido asunto siga su curso? ¿Es que quieres buscarte tu propia ruina y cubrir de oprobio a esa muchacha?
       —¿Y qué vas a decirle a Asánov?
       —Trataré de hacerle entrar en razón. Le diré que le presentas tus disculpas…
       —Pero ¡yo no quiero disculparme delante de él!
       —¿No quieres? ¿Acaso no eres culpable?
       Miré a Pásinkov: la expresión serena, severa y triste de su rostro me impresionó; era nueva para mí. No le respondí y volví a sentarme en el sofá.
       Pásinkov salió.
       ¡Con qué angustiosa impaciencia esperé su regreso! ¡Con qué cruel lentitud pasaba el tiempo! Por fin volvió, a una hora ya muy avanzada.
       —¿Y bien? —le pregunté con voz insegura.
       —¡Gracias a Dios! —respondió—. Todo se ha arreglado.
       —¿Has estado en casa de Asánov?
       —Sí.
       —¿Qué ha dicho? ¿Ha hecho muchos melindres? —pregunté con esfuerzo.
       —No, la verdad es que no. Esperaba más… No es un hombre tan mezquino como pensaba.
       —¿Y has visto a alguien más? —pregunté, después de una breve pausa.
       —He estado en casa de los Zlotnitski.
       —¡Ah!… —El corazón empezó a latirme con fuerza. No me atrevía a mirar a Pásinkov a los ojos—. ¿Y qué ha dicho ella?
       —Sofía Nikoláievna es una muchacha razonable y bondadosa… Sí, es una muchacha bondadosa. En un principio se sintió incómoda, luego se tranquilizó. En cualquier caso, nuestra conversación no se prolongó más allá de cinco minutos.
       —Y tú… ¿le has dicho todo… de mí…? ¿Todo?
       —Le he dicho lo que tenía que decirle.
       —¡A partir de ahora me será imposible volver a aparecer por esa casa! —repliqué con tristeza.
       —¿Por qué? Puedes aparecer por allí de vez en cuando. Al contrario, debes ir sin falta, para que nadie piense…
       —¡Ah, Yákov, seguro que ahora me desprecias! —exclamé, conteniendo a duras penas las lágrimas.
       —¿Yo? ¿Despreciarte? —En sus tiernos ojos se reflejaba un cálido afecto—. ¿Cómo voy a despreciarte? ¡No seas tonto! ¿Acaso es fácil todo esto para ti? ¿Es que no sufres?
       Me tendió la mano. Yo me lancé sobre su cuello y estallé en sollozos. Al cabo de varios días, en el transcurso de los cuales pude observar que Pásinkov estaba bastante contrariado, decidí visitar de una vez a los Zlotnitski. Es difícil expresar con palabras lo que sentí al poner el pie en el salón. Recuerdo que apenas distinguía los rostros y que tenía un nudo en la garganta. Y Sofia no se sentía menos cohibida: era evidente que se esforzaba por hablar conmigo, pero sus ojos evitaban los míos, como los míos evitaban los suyos; y en cada uno de sus movimientos, así como en toda su figura, se percibía un esfuerzo mezclado… (¿para qué ocultar la verdad?)… con una repulsión secreta. Traté de que ambos nos liberáramos cuanto antes de esas sensaciones tan penosas. Por fortuna, esa entrevista fue la última… antes de su matrimonio. Un cambio repentino en mi destino me llevó a la otra punta de Rusia. Durante mucho tiempo me despedí de San Petersburgo, de la familia Zlomitski y, lo que me resultó más doloroso de todo, del bueno de Yákov Pásinkov.


II

      Pasaron siete años. No considero necesario contar en detalle lo que me sucedió a lo largo de ese tiempo. Baste decir que fui dando tumbos por todo el país y que acabé en los rincones más remotos y apartados, y doy gracias a Dios por ello. Esos rincones apartados y remotos no son tan terribles como piensan algunos; además, en los lugares más secretos de un bosque frondoso, bajo las ramas caídas y la madera seca, crecen flores fragantes.
       Un día de primavera, por razones de servicio, atravesaba una pequeña ciudad de una de las provincias más alejadas de nuestra Rusia oriental, cuando de pronto, a través del cristal empañado de mi calesa, en medio de una plaza, delante de un puesto, vi a un hombre cuyo rostro me resultaba bastante familiar. Me lo quedé mirando y con no poca alegría reconocí a Yeliséi, el criado a Pásinkov.
       Sin perder un instante, ordené al cochero que se detuviera, me apeé de un salto y me acerqué a Yeliséi.
       —¡Hola, amigo! —dije, disimulando a duras penas mi emoción—. ¿Estás aquí con tu amo?
       —Sí —respondió con voz lenta, y al cabo de un momento exclamó—: ¡Ah, señor, es usted! ¡No le había reconocido!
       —¿Estás aquí con Yákov Ivánich?
       —Sí, señor, sí… ¿Con quién iba a estar?
       —Condúceme cuanto antes a su presencia.
       —¡Desde luego! ¡Con mucho gusto! Venga por aquí, haga el favor. Nos alojamos en una fonda.
       Mientras atravesábamos la plaza, Yeliséi no paraba de repetir:
       —¡Cómo se va a alegrar Yákov Ivánich!
       Ese Yeliséi, muchacho de origen calmuco, extremadamente feo y de aspecto incluso salvaje, pero con un corazón de oro y nada tonto, sentía un profundo afecto por Pásinkov, a quien servía desde hacía unos diez años.
       —¿Qué tal está Yákov Ivánich de salud? —le pregunté.
       Yeliséi volvió hacia mí su rostro de un amarillo oscuro.
       Ah, señor, muy mal… ¡Muy mal, señor! No lo reconocerá usted… Da la impresión de que no va a pasar mucho tiempo entre nosotros. Por eso nos hemos detenido aquí; de otro modo, habríamos ido a Odessa para que se curara.
       —¿De dónde venís?
       —De Siberia, señor.
       —¿De Siberia?
       —Así es. Yákov Ivánich estaba destinado allí. Y allí fue donde recibió esa herida.
       —¿Es que ha ingresado en el ejército?
       —No, no. Trabaja en la administración.
       “¡Qué cosa tan extraña!”, pensé.
       Entre tanto, llegamos a la fonda, yYeliséi fue corriendo a anunciarme. En los primeros años de nuestra separación Pásinkov y yo habíamos mantenido una copiosa correspondencia, pero la última carta que había recibido databa de hacía cuatro años; desde entonces no sabía nada de él.
       —¡Haga el favor, haga el favor! —me gritó Yeliséi desde la escalera—. Yákov Ivánich desea mucho verle.
       Subí a toda prisa los tambaleantes peldaños, entré en una habita ción pequeña y oscura… y el corazón me dio un vuelco. Pásinkov, pálido como un muerto, yacía en una cama estrecha, cubierto por un capote, y me tendía un brazo desnudo y descarnado. Me abalancé sobre él y lo abracé emocionado.
       —¡Yasha! —grité por último—. ¿Qué te pasa?
       —Nada —respondió él con voz débil—. No me encuentro del todo bien. ¿Qué te trae por estos andurriales?
       Me senté en una silla, al pie del lecho de Pásinkov y, sin soltar su mano, me puse a examinar su rostro. Reconocí esos rasgos que me eran tan queridos: ni la expresión de sus ojos ni su sonrisa habían cambiado. Pero ¡en qué estado lo había dejado la enfermedad!
       Se dio cuenta de la impresión que me había causado su aspecto.
       —Hace tres días que no me afeito —dijo—. Bueno, y tampoco me he peinado, pero… no me pasa nada.
       —Dime, por favor, Yasha —exclamé—, ¿es cierto lo que me ha dicho Yeliséi? ¿Estás herido?
       —¡Ah! Es una larga historia —respondió—. Ya te lo contaré todo más tarde. Estoy herido, sí. ¿Y a que no adivinas por qué arma? Por una flecha.
       —¿Por una flecha?
       —Sí, por una flecha, pero no por esa flecha mitológica, la del amor, sino por una flecha de verdad, de una madera extremadamente flexible y terminada en una punta muy ingeniosa. Cuando te traspasa una flecha de ese tipo, la sensación no es muy agradable, sobre todo cuando te alcanza en un pulmón.
       —Pero ¿qué es lo que ha sucedido? Te ruego…
       —Pues verás. Como sabes, siempre me han pasado cosas bastante ridículas. ¿Te acuerdas de esa absurda correspondencia para obtener mi certificación? Bueno, pues ahora he recibido una herida absurda. En efecto, ¿qué hombre, en nuestra civilizada época, está expuesto a recibir un flechazo? Y figúrate, mi herida no es producto de la casualidad; no la he recibido jugando a alguna clase de juego, sino en pleno combate.
       —Pero todavía no me has dicho…
       —Espera, voy a contártelo todo —me interrumpió—. Como sabes, poco después de que te marcharas de San Petersburgo, me trasladé a Nóvgorod. Pasé allí bastante tiempo, pero debo reconocer que me aburría, aunque conocí a una persona… —Suspiró—. Pero dejemos eso ahora. Al cabo de un par de años, me ofrecieron un puesto magnífico, un poco lejos, es verdad, en la provincia de Irkutsk, pero qué le vamos a hacer. Por lo visto, estaba escrito que tanto mi padre como yo acabáramos en Siberia. ¡Qué región tan maravillosa es Siberia! Rica, inmensa… Cualquiera te lo dirá. Me gustó mucho. Los nativos que estaban bajo mi jurisdicción eran un pueblo pacífico. Pero, para mi desgracia, a una decena de ellos se les ocurrió dedicarse al contrabando, nada menos. Me encargaron que los prendiera. Y lo hice, pero uno de ellos cometió la tontería de defenderse y me agasajó con una flecha. Estuve a punto de morir, pero ya me he recuperado. Y ahora, como ves, me he puesto en camino para restablecerme definitivamente… El gobierno, que Dios le conserve la salud, me ha proporcionado el dinero.
       Pásinkov, extenuado, reclinó la cabeza en la almohada y se calló. Un leve rubor cubrió sus mejillas. Cerró los ojos.
       —No puede hablar mucho —me dijo en voz baja Yeliséi, que no había abandonado la habitación.
       Se produjo un silencio. Sólo se oía la trabajosa respiración del enfermo.
       —El caso —prosiguió, abriendo de nuevo los ojos— es que llevo ya dos semanas en este rincón perdido. Seguramente me he resfriado. Me está cuidando el médico de este distrito. Ya lo verás. Parece que conoce su oficio. Por lo demás, me alegro mucho de que todo haya salido así, pues de otro modo no nos habríamos encontrado. —Y me cogió la mano con la suya, que ahora ardía, aunque un instante antes estaba fría como el hielo—. Háblame un poco de ti —prosiguió, apartando el capote de su pecho—, pues Dios sabe cuánto tiempo llevamos sin vernos.
       Me apresuré a satisfacer su curiosidad, aunque sólo fuera para impedirle que hablara, y me puse a contarle mis vicisitudes. En un principio me escuchó con la mayor atención, luego pidió de beber; a partir de ese momento empezó a cerrar los ojos y a mover la cabeza sobre la almohada. Le aconsejé que durmiera un poco y añadí que no proseguiría mi viaje hasta que no se recuperara y que me instalaría en la habitación contigua.
       —Este lugar es espantoso… —empezó Pásinkov, pero le tapé la boca y me marché en silencio.
       Yeliséi salió detrás de mí.
       Después de despedir al cochero e instalarme a toda prisa en la habitación contigua, fui a ver si Pásinkov dormía. En la puerta me topé con un hombre de elevada estatura, muy gordo y corpulento. Su rostro, rollizo y picado de viruelas, no expresaba más que pereza. Los diminutos ojillos casi se le cerraban y le brillaban los labios, como después de haber descabezado un sueño.
       —Permítame —le pregunté—, ¿no será usted el médico?
       El grueso personaje me miró, levantando con esfuerzo las cejas sobre la abombada frente.
       —En efecto —respondió por fin.
       —¿Sería usted tan amable de pasar un momento a mi habitación, doctor? Parece que Yákov Ivánich se ha quedado dormido. Soy amigo suyo y me gustaría hablar con usted de su enfermedad, que me inquieta bastante.
       —Muy bien —respondió el médico, con una expresión como si quisiera decir: “Podrías haberte ahorrado el discurso: habría ido de todos modos”.
       —Dígame, se lo ruego —proseguí, en cuanto se sentó en una silla—: ¿es grave el estado de mi amigo? ¿Cómo lo encuentra?
       —Sí —respondió tranquilamente el gordinflón.
       —Y… ¿es muy grave?
       —Sí, es grave.
       —¿Hasta el punto de que… incluso podría morir?
       —Es posible.
       Confieso que miré a mi interlocutor casi con odio.
       —En ese caso —dije—, habrá que tomar ciertas medidas, organizar una consulta, qué sé yo… No se pueden dejar las cosas así… ¡Entiéndalo usted!
       —¿Una consulta? ¿Por qué no? Podemos llamar a Iván Yefrémich…
       El médico hablaba con esfuerzo y suspiraba sin parar. Su vientre se elevaba visiblemente cuando hablaba, como si contribuyera de algún modo a expulsar cada palabra.
       —¿Quién es ese Iván Yefrémich?
       —El médico de la ciudad.
       —¿No sería mejor que buscáramos a alguien en la capital del distrito? ¿Qué piensa usted? Allí debe de haber buenos médicos.
       —¿Y por qué no?
       —¿Quién está considerado allí el mejor médico?
       —¿El mejor? Antes vivía allí el doctor Kolrabus… pero es posible que se haya marchado a algún otro sitio. Por lo demás, debo decirle que no merece la pena que llame usted a nadie.
       —¿Por qué?
       —Ni siquiera el médico de la capital del distrito será de ninguna ayuda para su amigo.
       —¿Tan mal está?
       —Sí, no es mucho lo que se puede hacer.
       —¿De qué sufre exactamente?
       —Ha recibido una herida. Los pulmones están afectados. Y además se ha resfriado, ha tenido fiebre… y todo lo demás. Y como carece de reservas… Sin reservas, como bien sabe usted, uno carece de defensas.
       Ambos guardamos silencio.
       —Puede que la homeopatía sea de alguna ayuda… —dijo el gordiflón, mirándome de soslayo.
       —¿Cómo la homeopatía? ¿Es que es usted homeópata?
       —¡Pues sí, soy homeópata! ¿Cree usted que no conozco la homeopatía? No peor que los demás. Tenemos aquí un boticario que cura por medio de la homeopatía, aunque es verdad que no tiene ninguna titulación.
       “Vaya —pensé—, ¡esto va mal!”
       —No, señor doctor —dije—, es mejor que emplee usted su método habitual.
       —Como quiera.
       El gordinflón se levantó y suspiró.
       —¿Va usted a su habitación? —preguntó.
       —Sí, tengo que verlo.
       Y salió.
       No le acompañé: verlo a la cabecera de mi pobre amigo enfermo era algo que estaba por encima de mis fuerzas. Llamé a mi criado y le ordené que partiera sin mayor demora a la capital del distrito, que, una vez allí, preguntara quién era el mejor médico y lo trajera a cualquier precio. Oí unos ruidos en el pasillo y abrí a toda prisa la puerta.
       El médico salía ya de la habitación de Pásinkov.
       —¿Y bien? —pregunté en un susurro.
       —Nada nuevo, le he prescrito una poción.
       —He decidido enviar en busca de un médico a la capital del distrito, señor doctor. No es que ponga en duda sus conocimientos, pero, como sabe usted bien, cuatro ojos ven más que dos.
       —¡Pues claro! ¡Es digno de alabanza! —replicó el gordinflón y empezó a bajar por la escalera. Por lo visto, mi compañía le aburría.
       Fui a ver a Pásinkov.
       —¿Has visto al Esculapio local? —me preguntó.
       —Sí —respondí.
       —Lo que me gusta de él —dijo Pásinkov— es su sorprendente serenidad. Está bien que un médico sea flemático, ¿no es verdad? Resulta muy reconfortante para el enfermo.
       Naturalmente, no traté de hacerle cambiar de parecer.
       Por la tarde, en contra de lo que había esperado, Pásinkov se sintió mejor. Le pidió a Yeliséi que preparara el samovar, me anunció que iba a ofrecerme té y que él mismo se tomaría una tacita, y se mostró mucho más animado. En cualquier caso, procuré que no hablara demasiado y, viendo que no había manera de calmarlo, le pregunté si no le apetecía que le leyera algo.
       —Como en el pensionado de Winterkeller, ¿te acuerdas? —me respondió—. Vale, con mucho gusto. ¿Qué podemos leer? Tengo algunos libros allí, en el alféizar. Echa un vistazo, si quieres.
       Me acerqué a la ventana y cogí el primer ejemplar que me vino a la mano…
       —¿Qué es? —me preguntó.
       —Lérmontov.
       —¡Ah, Lérmontov! ¡Estupendo! Pushkin es más grande, desde luego… ¿Te acuerdas de esto: “De nuevo las nubes se han amontonado sobre mí en el silencio” [primer verso del poema “El presentimiento”, 1828, de Pushkin], o de esto otro: “Por última vez tu imagen querida me atrevo a acariciar con la imaginación”? [primer verso del poema “La despedida”, 1830, de Pushkin ] ¡Ah, qué maravilla, qué maravilla. Pero Lérmontov es también un gran poeta. ¿Sabes lo que te digo, amigo mío? Abre el libro al azar y lee.
       Abrí el libro y me turbé: había salido el poema Testamento. Me dispuse a pasar de página, pero Pásnikov se dio cuenta de mi movimiento y se apresuro a decir:
       —No, no, no, lee lo que ha salido.
       No se podía hacer nada: leí el Testamento [el poema de Lérmontov, 1840].
       —¡Qué hermoso! —exclamó Pásinkov, en cuanto leí el último verso—. ¡Qué hermoso! Pero qué extraño —añadió después de una breve pausa—, qué extraño que el libro se haya abierto precisamente por el Testamento… ¡Qué extraño!
       Me puse a leer otro poema, pero Pásinkov no me escuchaba. Con la mirada perdida en un rincón, repitió un par de veces: “¡Qué extraño!”.
       Dejé el libro sobre mis rodillas.
       —“Cerca de su casa vive una muchacha” —susurró y, volviéndose de pronto hacia mí, me preguntó—: ¿Te acuerdas de Sofia Zlotnitskaia?
       Me ruboricé.
       —¡Cómo no voy a acordarme!
       —¿Se ha casado?
       —Hace ya mucho tiempo, con Asánov. Te escribí algo al respecto.
       —Sí, sí, algo me escribiste. ¿La perdonó su padre al final?
       —Sí, pero no recibía a Asánov.
       —¡Qué anciano tan testarudo! Bueno, y por lo que he oído, parece que viven felices.
       —La verdad es que no lo sé… Creo que sí. Se han establecido en el campo, en el distrito de ***. No los he visto, pero he pasado cerca de su finca.
       —¿Y tienen hijos?
       —Uno, si no me equivoco… Por cierto, Pásinkov —le pregunté. Él me miró—, ¿te acuerdas de que en aquella ocasión no quisiste decirme si le habías confesado que estaba enamorado de ella?
       —Se lo dije todo, toda la verdad. Siempre le he dicho la verdad. Me habría parecido un pecado andarme con tapujos delante de ella —Pásinkov guardó silencio. Luego añadió—: Y dime, ¿dejaste pronto de quererla?
       —No tan pronto, pero al final la olvidé. ¿Qué sentido tiene suspirar en vano?
       Pásinkov se volvió hacia mí.
       —Pues yo, amigo, no soy como tú —dijo, y sus labios temblaron—. Ni siquiera ahora he dejado de quererla.
       —¿Cómo? —exclamé, con una sorpresa indescriptible—. ¿Es que estabas enamorado de ella?
       —Sí —dijo lentamente Pásinkov, poniendo las dos manos detrás de la cabeza—. Sólo Dios sabe cuánto la quería. A nadie le he hablado de eso, a nadie en el mundo, y jamás lo habría hecho… pero ¡tal como están las cosas! Me queda poco tiempo de vida, como suele decirse. ¡Qué más da!
       La inesperada confesión de Pásinkov me había causado tanta sorpresa que no encontraba nada que decir y me contentaba con pensar para mis adentros: “¿Es posible? ¿Y cómo es que no me he dado cuenta de nada?”.
       —Sí —prosiguió, como hablando consigo mismo—, estaba enamorado de ella. Y no dejé de quererla ni siquiera cuando me enteré de que su corazón pertenecía a Asánov. Pero ¡qué daño me hizo esa noticia! Si hubieras sido tú el elegido, al menos me habría alegrado por ti; pero Asánov… ¿Qué es lo que había visto en él? ¡Qué suerte la suya! En cuanto a mí, me resultaba imposible cambiar mis sentimientos, dejar de quererla. Un alma noble no cambia…
       Me acordé de la visita de Asánov, después de esa comida fatal, de la intervención de Pásinkov, y, sin darme cuenta, junté las manos en señal de asombro.
       —¡Fui yo quien te lo contó todo, mi pobre amigo! —exclamé—. ¡Y tú te encargaste de ir a su casa!
       —Sí —prosiguió Pásinkov—, esa explicación con ella… Nunca la olvidaré. Fue entonces cuando comprendí de veras lo que significaba esa palabra que tanto me había gustado siempre: Resignation. Pero ella siguió siendo mi sueño irrenunciable, mi ideal… Pobre de aquel que viva sin un ideal.
       Miré a Pásinkov: sus ojos, como perdidos en la lejanía, centelleaban con un brillo febril.
       —La amaba —continuó—, la amaba… Me parecía tan serena, tan honrada, tan inaccesible, tan incorruptible… Cuando se marchó, casi me vuelvo loco de pena. Desde entonces no he vuelto a enamorarme.
       De pronto se dio la vuelta, apretó el rostro contra la almohada y se echó a llorar en silencio.
       Me puse en pie de un salto, me incliné sobre él y traté de consolarlo.
       —No es nada —dijo, incorporando la cabeza y sacudiendo los cabellos—. Así es, me ha quedado un regusto amargo, un sentimiento de pena… pena de mí mismo, claro está. Pero no es nada. La culpa la tienen esos versos. Léeme otros más alegres.
       Cogí el volumen de Lérmontov y empecé a pasar rápidamente las páginas; pero, como hecho a propósito, sólo me topaba con poemas que podían volver a emocionar a Pásinkov. Por último le leí Los dones del Terek.
       —¡Cháchara retórica! —declaró mi pobre amigo con el tono de un preceptor—, aunque tiene algunos pasajes buenos. Debo decirte, amigo, que, cuando nos separamos, me puse a escribir poesía y empecé un poema, La copa de la vida… pero todo quedó en nada. Nuestra tarea, mi querido amigo, es comunicar, no crear… Pero estoy cansado; creo que voy a dormir un rato. ¿Qué te parece? ¡El sueño es algo maravilloso! ¿No crees? Toda nuestra vida es un sueño, y lo que tiene de mejor también es un sueño.
       —¿Y la poesía? —pregunté.
       —La poesía también es un sueño, sólo que un sueño celeste.
       Pásinkov cerró los ojos.
       Me quedé unos instantes a su cabecera. No creía que pudiera dormirse tan deprisa, aunque su respiración se iba haciendo más regular y prolongada. Salí de puntillas de la habitación, volví a la mía y me tumbé en el sofá. Estuve largo rato pensando en lo que me había dicho Pásinkov, rememorando muchas cosas, lleno de asombro. Al final, también yo me dormí…
       Alguien me sacudió. Me desperté: ante mí estaba Yeliséi.
       —Haga el favor de venir a la habitación de mi amo —me dijo.
       Me levanté a toda prisa.
       —¿Qué sucede?
       —Está delirando.
       —¿Delirando? ¿Es la primera vez que le pasa?
       —No, también deliró la noche anterior, pero esta vez hasta da miedo.
       Entré en la habitación de Pásinkov. No estaba tumbado, sino sentado en la cama, con el cuerpo inclinado hacia delante. Separaba suavemente los brazos, sonreía y hablaba, hablaba sin parar con una voz inaudible y débil, como el susurro de un junco. Sus ojos no paraban quietos. La luz triste de la lamparilla, posada en el suelo y enmascarada por un libro, proyectaba una mancha inmóvil en el suelo; el rostro de Pásinkov parecía aún más pálido en esa semipenumbra.
       Me acerqué y le llamé: no me respondió. Presté oídos a su balbuceo: divagaba sobre Siberia y sus bosques. De vez en cuando, sus palabras cobraban sentido.
       —¡Qué árboles! —susurraba—. Llegan hasta el cielo. ¡Y cuánta escarcha los cubre! Se diría plata… Los montones de nieve… Y de pronto unas pequeñas huellas… Es el rastro de una liebre, o de un armiño blanco… No, es mi padre que ha pasado corriendo con mis papeles. Ahí está… ¡Ahí está! Hay que ir. Brilla la luna. Hay que ir a buscar los papeles… ¡Ah! Una florecilla, una florecilla escarlata. Allí está Sofia… Mira, tintinean las campanillas; es el hielo el que tintinea… Ah, no, son los estúpidos pinzones, que saltan y silban en los arbustos… ¡Ah, mira esos buches rojos! Qué frío… ¡Ah! Allí está Asánov… Ah, pero si es un cañón, un cañón de cobre, con una cureña verde. Por eso gusta. ¿Una estrella fugaz? No, es una flecha que vuela… ¡Ah, con qué rapidez se dirige derecha a mi corazón!… ¿Quién la ha disparado? ¿Tú, Sónechka?
       Inclinó la cabeza y se puso a murmurar palabras incomprensibles. Miré a Yeliséi: estaba de pie, con las manos a la espalda, y contemplaba con pena a su amo.
       —Entonces, amigo, ¿te has convertido en un hombre práctico? —preguntó de pronto, volviéndose hacia mí con una mirada tan clara y despejada que involuntariamente me estremecí; hice intención de responderle, pero él se apresuró a añadir—: Bueno, amigo, yo no me he convertido en un hombre práctico, no lo he conseguido, ¿qué quieres que le haga? ¡Soy un soñador, un soñador! Sueños, sueños… ¿Qué son los sueños? El campesino de Sobakévich [personaje de Las almas muertas de Gógol], eso es un sueño. ¡Oh!…
       Pásinkov estuvo delirando casi hasta el amanecer; por último, se calmó un poco, reclinó la cabeza sobre la almohada y se adormeció. Volví a mi habitación. Extenuado por esa terrible noche, me quedé profundamente dormido.
       De nuevo me despertó Yeliséi.
       —¡Ah, señor! —me dijo con voz trémula—. Tengo la impresión de que Yákov Ivánich se está muriendo.
       Fui corriendo a la habitación de Pásinkov. Yacía inmóvil. A la luz del incipiente día parecía ya un cadáver. Me reconoció.
       —Adiós —susurró—. Salúdala de mi parte, me muero…
       —¡Yasha! —exclamé—. ¡No digas eso! ¡Te pondrás bien!
       —¡No, qué va! Me estoy muriendo… Toma, quédatelo como recuerdo. —Se señaló el pecho—. ¿Qué es esto? —dijo de pronto—. Mira: el mar… todo dorado, y por encima islas azules, templos de mármol, palmeras, incienso…
       Se calló… Estiró los brazos…
       Media hora más tarde había pasado a mejor vida. Yeliséi se arrojó sobre sus piernas y rompió a llorar. Yo le cerré los ojos.
       Llevaba al cuello un pequeño amuleto de seda atado a un cordón negro. Me lo quedé.
       Al cabo de dos días lo enterramos… ¡El más noble de los corazones desapareció para siempre en la tumba! Yo mismo arrojé el primer puñado de tierra.


III

      Transcurrió un año y medio. Ciertos asuntos me obligaron a trasladarme a Moscú. Me alojé en uno de los excelentes hoteles de esa ciudad. Un día, mientras atravesaba el pasillo, eché un vistazo a la pizarra con los nombres de los viajeros y estuve a punto de lanzar un grito de sorpresa: frente al número doce, escrito claramente con tiza, aparecía el nombre de Sofia Nikoláievna Asánova. En los últimos tiempos había oído por casualidad muchas cosas malas de su marido; me había enterado de su afición a la bebida y a los naipes, de que se había arruinado y de que, en general, se portaba de forma indecorosa. De su mujer la gente hablaba con respeto… Volví a mi habitación bastante emocionado. La pasión, enfriada desde hacía tanto tiempo, se reavivó de pronto en mi corazón, que se puso a latir con fuerza. Decidí hacer una visita a Sofia Nikoláievna. “Ha transcurrido mucho tiempo desde el día de nuestra separación —pensé—. Probablemente habrá olvidado todo lo que pasó entonces entre nosotros.”
       Envié a Yeliséi, a quien había tomado a mi servicio después de la muerte de Pásinkov, con mi tarjeta de visita, y le pedí que preguntara si podía verla. Yeliséi volvió al poco rato y me anunció que Sofia Nikoláievna aceptaba recibirme.
       Me dirigí a su habitación. Cuando entré, estaba en el centro de la pieza, despidiéndose de un señor alto y corpulento.
       —Como quiera —decía aquel hombre con retumbante voz de bajo—. No es un hombre inofensivo, sino un inútil; y todos los inútiles, en una sociedad bien organizada, resultan perjudiciales, perjudiciales, perjudiciales.
       Después de pronunciar esas palabras, el señor alto salió. Sofia Nikoláievna se volvió hacia mí.
       —¡Cuánto tiempo hace que no nos vemos! —dijo—. Siéntese, haga el favor.
       Nos sentamos. Me la quedé mirando… Ver, después de una larga separación, los rasgos de un rostro antaño tan querido, puede que incluso amado, reconocerlos sin reconocerlos, como si la antigua fiso nomía, no borrada del todo, dejara transparentar otra, semejante, pero ajena; advertir en un instante, casi de manera involuntaria, las huellas dejadas por el tiempo: todo eso es bastante triste. “Seguro que yo también he cambiado”, piensa cada uno para sus adentros.
       En cualquier caso, Sofia Nikoláievna no había envejecido mucho; pero, cuando la vi por última vez, tenía dieciséis años, y desde entonces habían pasado nueve. Los rasgos de su cara se habían vuelto más regulares y severos; como antes, expresaban sinceridad de sentimientos y firmeza; pero, en lugar de la antigua serenidad, se apreciaba cierto dolor secreto y cierta inquietud. Sus ojos estaban un poco más hundidos y habían perdido parte de su brillo. Empezaba a parecerse a su madre…
       Antes de que pudiera decir nada, Sofia Nikoláievna me dirigió la palabra.
       —Ambos hemos cambiado —dijo—. ¿Dónde se ha metido usted todo este tiempo?
       —He ido de un lado para otro —respondí—. Y usted, ¿ha pasado todos estos años en el campo?
       —La mayor parte. En este mismo momento, sólo estoy aquí de paso.
       —¿Qué ha sido de sus padres?
       —Mi madre ha muerto; mi padre sigue en San Petersburgo; mi hermano ha ingresado en la administración. Varia vive con ellos.
       —¿Y su esposo?
       —¿Mi marido? —dijo con voz algo apresurada—. En estos instantes se encuentra en el sur de Rusia, en una feria. Como sabe usted, siempre le han gustado mucho los caballos, y ha organizado una remonta… Por eso… está comprando caballos.
       En ese momento entró en la habitación una niña de unos ocho años, peinada a la manera china, con un rostro muy vivo y muy agudo y grandes ojos de color gris oscuro. Al verme, apartó su pequeño pie, hizo una apresurada reverencia y se acercó a Sofia Nikoláievna.
       —Le presento a mi hija —dijo Sofia Nikoláievna, pasando un dedo por el redondeado mentón de la muchacha—. No ha querido quedarse en casa y he tenido que traerla conmigo.
       La niña me dirigió una mirada fugaz y a continuación entornó un poco los ojos.
       —Es muy valiente —prosiguió Sofia Nikoláievna—. No tiene miedo de nada. Y estudia mucho, así que es digna de alabanza.
       —Comment se nomme monsieur? —preguntó en voz baja la muchacha, inclinándose sobre su madre.
       Sofia Nikoláievna pronunció mi nombre. La muchacha volvió a mirarme.
       —¿Y usted cómo se llama? —le pregunté.
       —Lidia —respondió ella, mirándome a los ojos con audacia.
       —Deben de mimarla a usted mucho —observé.
       —¿Quién?
       —¿Cómo que quién? Pues todo el mundo, me parece, empezando por sus padres. —La muchacha miró en silencio a su madre—. Me imagino que Konstantín Aleksándrovich —proseguí.
       —Sí, sí —afirmó Sofia Nikoláievna, mientras su hija no le quitaba los ojos de encima—. Mi marido, naturalmente… quiere mucho a sus hijos.
       Una expresión extraña atravesó como un relámpago el rostro inteligente de Lidia. Torció un poco los labios y bajó los ojos.
       —Dígame —se apresuró a añadir Sofia Nikoláievna—, ¿ha venido aquí por algún asunto?
       —Sí… ¿Y usted?
       —También… Como usted comprenderá, en ausencia de mi marido no me queda otro remedio que ocuparme de algunas cosas.
       —Maman! —dijo Lidia.
       —Quoi, mon enfant?
       —Non. Rien… fe te dirai aprés [“No. Nada. Te lo diré más tarde”].
       Sofia Nikoláievna sonrió y se encogió de hombros.
       Ambos guardamos silencio; Lidia, por su parte, cruzó los brazos sobre el pecho con aire grave.
       —Dígame, por favor —dijo de nuevo Sofia Nikoláievna—. Recuerdo que tenía usted un amigo… ¿Cómo se llamaba? Tenía una expresión tan bondadosa… Siempre estaba leyendo versos. Un verdadero entusiasta…
       —¿Se refiere a Pásinkov?
       —Sí, sí, Pásinkov… ¿Dónde se encuentra ahora?
       —Ha muerto.
       —¿Ha muerto? —repitió Sofia Nikoláievna—. ¡Qué pena!…
       —¿Lo conocía yo? —preguntó la niña en un apresurado murmullo.
       —No, Lidia, no lo conocías. ¡Qué pena! —exclamó una vez más Sofia Nikoláievna.
       —Usted lo lamenta —dije—. Pero si lo hubiera conocido como lo conocía yo… En cualquier caso, permítame que le pregunte una cosa: ¿por qué ha hablado precisamente de él?
       —Pues no lo sé, la verdad… —Sofia Nikoláievna bajó los ojos—. Lidia —añadió—, vete a ver a tu niñera.
       —¿Me llamarás cuando pueda volver? —preguntó la muchacha.
       —Sí.
       Una vez que la muchacha salió, Sofia Nikoláievna se volvió hacia mí.
       —Haga el favor de contarme todo lo que sepa de Pásinkov.
       Hice lo que me pedía. Tracé un breve bosquejo de la vida de mi amigo, esforzándome, en la medida de mis fuerzas, por ofrecer una imagen de su alma y una descripción de nuestro último encuentro y de su final.
       —Así era el hombre que nos ha dejado —exclamé al acabar mi relato—, y, sin embargo, pasó inadvertido, sin que nadie lo apreciara en su justo valor. Aunque eso no es lo peor. ¿Qué importancia tiene la valoración de los hombres? Lo que me duele y me apena es que un hombre como ése, con un corazón tan afectuoso y devoto, haya muerto sin saborear una sola vez la felicidad del amor compartido, sin despertar interés en el corazón de ninguna mujer que fuera digna de él… Pase que los hombres como yo no conozcamos esa felicidad: no nos la merecemos. ¡Pero Pásinkov!… Por otro lado, ¿es que no he conocido, a lo largo de mi vida, a millares de hombres que no le llegaban ni a la suela de los zapatos y que sin embargo gozaron de amor? ¿Hay que concluir, por tanto, que ciertos defectos (la suficiencia, por ejemplo, o la ligereza) son indispensables para que una mujer se una a un hombre? ¿O es que el amor teme la perfección, en la medida en que es posible en este mundo, como algo extraño y espantoso?
       Sofia Nikoláievna me escuchó hasta el final sin apartar de mí sus ojos severos y penetrantes y sin separar los labios; sólo sus cejas de vez en cuando se fruncían.
       —¿Y por qué supone usted —dijo, al cabo de una breve pausa— que a su amigo no le amó ninguna mujer?
       —Porque lo sé, lo sé con toda seguridad.
       Sofia Nikoláievna estuvo a punto de decir algo, pero al final se contuvo. Parecía luchar consigo misma.
       —Se equivoca usted —dijo por último—. Conozco a una mujer que amaba apasionadamente a su difunto amigo. En realidad, sigue amándole y recordándole… y la noticia de su muerte le causará una profunda conmoción.
       —¿Y quién es esa mujer, si me permite que se lo pregunte?
       —Mi hermana, Varia.
       —¡Varvara Nikoláievna! —exclamé estupefacto.
       —Sí.
       —¡Varvara Nikoláievna! ¿Cómo es posible? —repetí—. Esa…
       —Permítame que termine su pensamiento —me interrumpió Sofia Nikoláievna—: esa muchacha fría, indiferente y lánguida, según su opinión, amaba a su amigo: por eso no se ha casado ni se casará. Hasta el día de hoy, sólo yo lo sabía: Varvara preferiría morir antes que revelar su secreto. En nuestra familia, sabemos callar y sufrir.
       Me quedé mirando a Sofia Nikoláievna un buen rato, meditando en la amarga significación de sus últimas palabras.
       —Me ha sorprendido usted —dije por fin—. Pero ¿sabe usted, Sofia Nikoláievna?, si no temiera despertar en usted recuerdos desagradables, yo también podría sorprenderla a usted…
       —No le entiendo —respondió lentamente, con cierto embarazo.
       —Claro que no me entiende —dije, levantándome con premura—. Por eso, permítame que, en lugar de una explicación de viva voz, le envíe un objeto…
       —Pero ¿qué es? —preguntó.
       —No se inquiete, Sofia Nikoláievna, no se trata de mí.
       Saludé y volví a mi habitación. Una vez allí, tomé el amuleto que había cogido del cuello de Pásinkov y se lo envié a Sofia Nikoláievna con el siguiente billete:

Mi difunto amigo llevó siempre este amuleto en su pecho y murió con él. Contiene una nota que le escribió usted, cuyo contenido es de todo punto irrelevante; puede leerla. La llevaba porque la amaba a usted apasionadamente, algo que sólo me confesó la víspera de su fallecimiento. Ahora que está muerto, ¿qué mal hay en que sepa usted que también su corazón le pertenecía?

      Yeliséi regresó en seguida, trayéndome de vuelta el amuleto.
       —¿Qué? —pregunté—. ¿No te ha encargado que me digas nada?
       —No.
       Guardé silencio.
       —¿Leyó mi billete?
       —Supongo que sí. Me lo devolvió su doncella.
       “Inaccesible”, pensé, recordando las últimas palabras de Pásinkov.
       —Bueno, puedes irte —dije en voz alta.
       Yeliséi esbozó una sonrisa un tanto extraña y no se movió de su sitio.
       —Alguien ha venido a verle —dijo—. Una muchacha.
       —¿Qué muchacha?
       Yeliséi no respondió.
       —¿Mi difunto amo no le dijo nada?
       —No… ¿De qué se trata?
       —Cuando vivíamos en Nóvgorod —prosiguió, apoyando la mano en el dintel de la puerta—, conoció a una muchacha, si se puede decir así. Pues esa muchacha es quien desea verle. Me la encontré en la calle el otro día y le dije: “Ven, si el amo lo permite, te dejaré entrar”.
       —Claro, claro, que pase. Pero… ¿quién es?
       —Una simple… muchacha rusa… hija de un artesano.
       —¿El difunto Yákov Ivánich la quería?
       —Sí, la quería. Y ella le correspondía… Cuando se enteró de que el señor había fallecido, casi se vuelve loca. Es una buena chica.
       —Dile que pase.
       Yeliséi salió y regresó al poco rato. Le seguía una muchacha con un vestido estampado de percal y un pañuelo oscuro en la cabeza, que le tapaba la mitad de la cara. Al verme, se sintió avergonzada y se volvió.
       —¿Qué te pasa? —le dijo Yeliséi—. Entra, no tengas miedo.
       Me acerqué a ella y le cogí la mano.
       —¿Cómo se llama usted? —le pregunté.
       —Masha —respondió ella en voz baja, mirándome de soslayo.
       A juzgar por su aspecto, andaría por los veintidós o los veintitrés años; tenía un rostro redondo y bastante corriente, pero también agradable, mejillas suaves, dulces ojos azules y unas manos menudas, muy limpias y bonitas. Iba correctamente vestida.
       —¿Conocía usted a Yákov Ivánich? —proseguí.
       —Sí —replicó, tirando de los bordes de su pañuelo, y unas lágrimas asomaron a sus párpados.
       Le rogué que tomara asiento.
       Ella se apresuró a sentarse en el borde de una silla, sin ceremonias ni melindres. Yeliséi salió.
       —¿Lo conoció usted en Nóvgorod?
       —Sí, en Nóvgorod —respondió, ocultando las manos debajo del pañuelo—. Hasta anteayer no me enteré por boca de Yeliséi Timofeich de que había fallecido. Cuando partió para Siberia, Yákov Ivánich prometió escribirme; al principio me mandó dos cartas, pero luego ya no recibí más. A mí me habría gustado acompañarle a Siberia, pero él no quería.
       —¿Tiene familiares en Nóvgorod?
       —Sí.
       —¿Vivía usted con ellos?
       —Vivía con mi madre y con mi hermana, que está casada; luego mi madre se enfadó conmigo; además, en casa de mi hermana había muy poco sitio: tienen muchos hijos. Así que me marché. Tenía confianza en Yákov Ivánich y lo único que deseaba era volver a verle. Siempre se portó bien conmigo. Pregúntele a Yeliséi Timofeich —Masha se calló—. Tengo las cartas que me envió —prosiguió—. Mírelas —sacó del bolsillo varias cartas y me las entregó—. Léalas —añadió.
       Abrí una de ellas y reconocí la letra de Pásinkov.

Querida Masha —escribía con caracteres grandes y legibles—, ayer apoyaste tu cabeza en la mía, y cuando te pregunté por qué lo hacías, me respondiste: “Quiero oír lo que piensas”. Voy a decirte en lo que pensaba: pensaba en que sería una buena idea enseñar a leer a Masha. Así podría entender esta carta…

      Masha echó un vistazo a la carta.
       —Eso me lo escribió estando aún en Nóvgorod —dijo—, cuando tomó la decisión de enseñarme a leer. Lea las otras. Hay una de Siberia. Tenga, léala.
       Leí las cartas. Todas eran muy afectuosas, incluso tiernas. En una de ellas, precisamente la primera que envió desde Siberia, Pásinkov llamaba a Masha su mejor amiga, prometía enviarle dinero para que se reuniera con él y concluía con las siguientes palabras:

Beso tus bonitas manos; por estos lares las muchachas no tienen unas manos así; tampoco su cabeza puede compararse a la tuya, ni su corazón… Lee los libros que te he regalado y recuérdame; yo, por mi parte, no te olvidaré. Eres la única persona que me ama, y sólo a ti quiero pertenecer…

      —Veo que estaban ustedes muy unidos —dije, devolviéndole las cartas.
       —Me quería mucho —replicó Masha, al tiempo que guardaba cuidadosamente las cartas en el bolsillo. Unas lágrimas rodaron dulcemente por sus mejillas—. Siempre tuve confianza en él. Si el Señor le hubiera concedido una vida más larga, no me habría abandonado. ¡Que Dios lo tenga en su gloria!
       Se enjugó los ojos con la punta del pañuelo.
       —¿Y dónde vive usted ahora? —pregunté.
       Aquí, en Moscú. Vine con una señora, pero en estos momentos estoy sin trabajo. Fui a ver a la tía de Yákov Ivánich, pero ella misma es muy pobre. Yákov Ivánich me hablaba a menudo de usted —añadió, levantándose e inclinándose—. Le profesaba un gran afecto y se acordaba mucho de usted. Hace dos días, cuando me encontré con Yeliséi Timofeich, pensé que tal vez pudiera usted ayudarme, ahora que me he quedado sin trabajo…
       —Con mucho gusto, Maria. Permítame que le pregunte, ¿cuál es su patronímico?
       —Petrovna —respondió Masha, bajando la vista.
       —Haré por usted todo lo que esté en mi mano, Maria Petrovna —proseguí—. Lo único que lamento es que sólo estoy aquí de paso y no conozco muchas casas buenas.
       Masha suspiró.
       —Me conformaría con cualquier colocación. No sé cortar prendas, pero puedo coser todo lo que me den. También puedo ocuparme de los niños.
       “Tengo que darle algo de dinero —pensé—. Pero ¿cómo hacerlo?”
       —Escuche, Maria Petrovna —dije, no sin embarazo—. Le ruego que me perdone, pero, como sabe usted, pues Pásinkov le habló al respecto, el difunto y yo éramos muy buenos amigos… ¿No me permitirá que le entregue… para salir del apuro, una pequeña suma?
       Masha me miró.
       —¿Cómo? —preguntó.
       —¿No necesita usted dinero? —dije.
       Masha se puso como la grana e inclinó la cabeza.
       —¿Para qué quiero yo dinero? —susurró—. Mejor consígame un trabajo.
       —Lo intentaré, pero no puedo darle una respuesta segura. En cualquier caso, no hay razón para que tenga usted tantos escrúpulos, se lo aseguro. No soy un extraño para usted. Acepte esta cantidad en recuerdo de nuestro amigo.
       Me volví, saqué a toda prisa de mi cartera unos cuantos billetes y se los entregué.
       Masha seguía de pie, inmóvil, con la cabeza aún más inclinada.
       —Cójalo —dije.
       Ella levantó poco a poco sus ojos hasta mí, me miró a la cara con aire triste, sacó suavemente la mano pálida de debajo del pañuelo y me la tendió.
       Le puse los billetes en los fríos dedos. Sin decir palabra, volvió a meter la mano debajo del pañuelo y bajó los ojos.
       Y en el futuro, Maria Petrovna —proseguí—, si necesita algo, le ruego que se dirija directamente a mí. Le daré mi dirección.
       —Se lo agradezco mucho —dijo y, después de una breve pausa, añadió—: ¿Le habló de mí?
       —Nos encontramos la víspera de su muerte, Maria Petrovna. La verdad es que no me acuerdo… pero me parece que sí.
       Masha se pasó la mano por los cabellos, apoyó suavemente la mejilla en la palma, reflexionó unos instantes y dijo:
       Adiós, señor.
       Y al instante salió de la habitación.
       Yo me senté delante de la mesa y me sumí en amargos pensamientos. Esa Masha, sus relaciones con Pásinkov, las cartas que él le había escrito, el amor oculto que sentía por mi amigo la hermana de Sofia Nikoláievna… “¡Pobre! ¡Pobre!”, susurré, con un profundo suspiro. Repasé toda la vida de Pásinkov, su infancia, su juventud; me acordé de la señorita Frederike… “¡Cuántas cosas te ha dado el destino! —pensé—. ¡Cuántas alegrías te ha concedido!”
       Al día siguiente pasé a ver de nuevo a Sofia Nikoláievna. Me hizo esperar en la antecámara; cuando entré, lidia estaba ya sentada al lado de su madre. Comprendí que Sofia Nikoláievna no quería reanudar la conversación de la víspera.
       Nos pusimos a charlar, la verdad es que no recuerdo de qué: de los chismorreos de la ciudad, de nuestros asuntos… Lidia introducía a menudo alguna palabra y me miraba con expresión astuta. En su rostro vivo había aparecido de pronto una divertida gravedad. La inteligente muchacha probablemente había adivinado que su madre la había sentado a su lado a propósito.
       Me levanté y empecé a despedirme. Sofia Nikoláievna me acompañó hasta la puerta.
       —No le respondí nada ayer —me dijo, deteniéndose en el umbral—; y en realidad, ¿qué podía responderle? Nuestra vida no depende de nosotros; pero todos tenemos un ancla de la que nada puede arrancarnos si nosotros mismos no queremos: el sentido del deber.
       Incliné la cabeza sin decir palabra, en señal de asentimiento, y me despedí de esa joven puritana.
       Pasé toda la tarde en mi habitación, pero no pensé en ella, sino en mi querido e inolvidable Pásinkov, en ese último romántico. Sentimientos tan pronto tristes como tiernos traspasaban mi pecho con dolorosa suavidad, haciendo vibrar las cuerdas de mi corazón, aún no envejecido del todo… ¡Paz a tus cenizas, hombre sin espíritu práctico, bondadoso idealista! Y que Dios permita a todos los hombres prácticos, para quienes siempre fuiste un extraño y que quizá ahora se rían incluso de tu sombra, que Dios les permita conocer al menos una centésima parte de los puros goces que, a pesar del destino y de los hombres, embellecieron tu vida pobre y humilde.




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