Henry James
(1843-1916)

Los papeles de Aspern
(“The Aspern Papers”, 1888)
Originalmente publicado en The Atlantic Monthly, vol. 61, N. 365-367 (marzo, abril y mayo, 1888) The Aspern Papers; Louisa Pallant; The Modern Warning, dos tomos, 1888



I

      Había llegado yo a tener confianza con la señora Prest; en realidad, bien poco habría avanzado yo sin ella, pues la idea fructífera, en todo el asunto, cayó de sus amistosos labios. Fue ella quien inventó el atajo, quien cortó el nudo gordiano. No se supone que sea propio de la naturaleza de las mujeres el elevarse, por lo general, al punto de vista más amplio y más liberal, quiero decir, en un proyecto práctico; pero algunas veces me ha impresionado que lancen con singular serenidad una idea atrevida, a la que no se habría elevado ningún hombre. «Sencillamente, pídales que le acepten a usted en plan de huésped.» No creo que yo, sin ayuda, me habría elevado a eso. Yo andaba dando vueltas al asunto, tratando de ser ingenioso, preguntándome por qué combinación de artes podría llegar a trabar conocimiento, cuando ella ofreció esta feliz sugerencia de que el modo de llegar a ser un conocido era primero llegar a ser un residente. Su conocimiento efectivo de las señoritas Bordereau era apenas mayor que el mío, y, de hecho, yo había traído conmigo de Inglaterra algunos datos concretos que eran nuevos para ella. Ese apellido se había enredado hacía mucho tiempo con uno de los más grandes apellidos del siglo, y ahora vivían en Venecia en la oscuridad, con medios muy reducidos, sin ser visitadas, inabordables, en un destartalado palacio viejo de un canal a trasmano: ésa era la sustancia de la impresión que mi amiga tenía de ellas. Ella misma llevaba quince años establecida en Venecia y había hecho mucho bien allí, pero el círculo de su benevolencia no incluía a las dos americanas, hurañas, misteriosas, y, no sé por qué, se suponía que no muy respetables (se creía que en su largo exilio habían perdido toda cualidad nacional, además de que, como implicaba su apellido, tenían alguna vena francesa en su origen); personas que no pedían favores ni deseaban atención. En los primeros años de su residencia, ella había hecho un intento de verlas, pero había tenido éxito sólo por lo que toca a la pequeña, como llamaba la señora Prest a la sobrina; aunque en realidad, como supe después, era considerablemente la más voluminosa de las dos. Había oído ella que la señorita Bordereau estaba enferma y tenía la sospecha de que estaba necesitada, y había ido a su casa a ofrecer ayuda, de modo que si había sufrimiento (y sufrimiento americano), por lo menos no lo tuviera ella sobre su conciencia. La «pequeña» la recibió en la gran sala veneciana, fría y descolorida, el ámbito central de la casa, pavimentada de mármol y con techo de vigas cruzadas, y ni siquiera la invitó a sentarse. Eso no era estimulante para mí, que deseaba asentarme tan pronto, y se lo hice notar a la señora Prest. Sin embargo, ella replicó, con profundidad:
      —Ah, pero ahí está toda la diferencia: yo fui a conferir un favor y usted irá a pedirlo. Si son orgullosas, usted estará en el lado bueno.
      Y ofreció guiarme hasta su casa, para empezar; llevarme remando en su góndola. Yo le hice saber que ya había estado allí a mirar, media docena de veces, pero acepté su invitación, pues me encantaba dar vueltas por aquel sitio. Me había abierto camino hasta allí el día después de mi llegada a Venecia (me lo había descrito por adelantado el amigo de Inglaterra a quien debía yo información clara de que ellas poseían los papeles), y lo había sitiado con mis ojos mientras consideraba mi plan de campaña. Jeffrey Aspern nunca había estado allí, que supiera yo, pero algún acento de su voz parecía permanecer allí por alguna implicación indirecta, por una leve reverberación.
      La señora Prest no sabía nada de los papeles, pero se interesó por mi curiosidad, como se interesaba siempre por las alegrías y tristezas de sus amigos. Sin embargo, mientras íbamos en su góndola, deslizándonos bajo su sociable cubierta, con la clara imagen de Venecia enmarcada a ambos lados por la ventana en movimiento, vi que le divertía mi manía, el modo como mi interés por esos papeles había llegado a ser una idea fija.
      —Uno creería que usted espera encontrar en ellos la respuesta al enigma del universo —dijo; y yo sólo negué la acusación replicando que si tuviera que elegir entre esa preciosa solución y un manojo de cartas de Jeffrey Aspern, sabía muy bien cuál de las dos cosas me parecería mejor suerte. Ella fingió tomar a la ligera su genio y yo no me molesté en defenderlo. Uno no defiende a su dios; su dios es en sí mismo una defensa. Además, hoy, después de su largo oscurecimiento relativo, está colgado muy alto en el cielo de la literatura, para que lo vea todo el mundo; es parte de la luz bajo la que caminamos. Lo más que dije fue que sin duda no era un poeta de la mujer: a lo que replicó muy apropiadamente que por lo menos lo había sido de la señorita Bordereau. Lo extraño había sido para mí descubrir en Inglaterra que ella todavía estaba viva; era como si me hubieran dicho que lo estaba la señora Siddons, o la Reina Carolina, o la famosa Lady Hamilton, pues me parecía pertenecer a una generación igualmente extinguida. «Vaya, debe ser tremendamente vieja, por lo menos cien años», había dicho yo; pero yendo a considerar fechas no era estrictamente necesario que hubiera excedido en mucho el límite corriente. Sin embargo, estaba muy avanzada en la vida, y sus relaciones con Jeffrey Aspern habían tenido lugar cuando empezaba a ser una mujer.
      —Esa es su excusa —dijo la señora Prest, medio sentenciosamente y sin embargo un poco como si estuviera avergonzada de hacer un discurso tan poco dentro del verdadero tono de Venecia. ¡Como si una mujer necesitara una excusa para haber amado al divino poeta! No sólo había sido una de las mentes más brillantes de su época (y en aquellos años, cuando el siglo era joven, había muchas, como saben todos), sino uno de los hombres más atractivos y más guapos.
      La sobrina, según la señora Prest, no era tan vieja, y ella arriesgó la conjetura de que fuera sólo una sobrinanieta. Eso era posible; yo sólo tenía mi participación en el muy limitado conocimiento de mi compañero inglés de adoración, John Cumnor, que nunca había visto a la pareja. El mundo, como digo, había reconocido a Jeffrey Aspern, pero Cumnor y yo éramos quienes le habíamos reconocido más. La multitud, hoy, acudía en rebaños a su templo, pero él y yo nos considerábamos los ministros de ese templo. Considerábamos justamente, según creo, que habíamos hecho por su memoria más que nadie, y lo habíamos hecho ofreciendo luces sobre su vida. Él no tenía nada que temer de nosotros, porque no tenía nada que temer de la verdad, que era lo único que, a tal distancia en el tiempo, podíamos estar interesados en establecer. Su temprana muerte había sido el único punto oscuro en su vida, a no ser que los papeles en manos de la señorita Bordereau produjeran perversamente otros. Hacia 1825 se había tenido la impresión de que él «la había tratado mal», así como había la impresión de que había «servido», como dice el pueblo londinense, a varias otras damas de la misma manera. Cumnor y yo habíamos sido capaces de investigar cada uno de esos casos, y nunca habíamos dejado de declararle conscientemente inocente de toda conducta desordenada. Yo quizá le juzgaba con más indulgencia que mi amigo; ciertamente en todo caso, me parecía que ningún hombre podía haber andado derecho en esas circunstancias dadas. Casi siempre eran difíciles. La mitad de las mujeres de su época, para hablar liberalmente, se le habían echado al cuello, y no habían dejado de producirse muchas complicaciones, algunas de ellas graves, por esa perniciosa moda. Él no era un poeta de la mujer, como yo había dicho a la señora Prest, en la fase moderna de su reputación, pero la situación había sido diferente cuando la propia voz de ese hombre se mezclaba con su canto. Esa voz, según todos los testimonios, era una de las más dulces que se habían oído nunca. «¡Orfeo y las Ménades!», fue la exclamación que subió a mis labios la primera vez que hojeé su correspondencia. Casi todas las Ménades eran poco razonables y muchas de ellas insoportables; en resumen, me dio la impresión de que él era más bondadoso, más considerado de lo que yo habría sido en su lugar (¡si podía imaginarme en tal lugar!).
      Ciertamente era extraño sobre toda extrañeza, y no ocuparé espacio intentando explicarlo, que mientras en todas las demás líneas de investigación teníamos que habérnoslas con fantasmas y polvo, meros ecos de ecos, no hubiéramos prestado atención a la única fuente viva de información que se había demorado hasta nuestro tiempo. Todas las contemporáneas de Aspern habían fallecido, según nuestro cálculo; no habíamos sido capaces de mirar unos ojos que hubieran mirado los suyos ni sentir un contacto transmitido por ninguna mano anciana que la suya hubiera tocado. La pobre señorita Bordereau parecía la más muerta de todas, y sin embargo ella sola había sobrevivido. Agotamos a lo largo de meses nuestro asombro por no haberla encontrado antes y la sustancia de nuestra explicación fue que ella se había estado tan callada. La pobre señora, en conjunto había tenido razón para hacerlo así. Pero fue una revelación para nosotros que fuera posible quedarse tan callada como todo eso en la segunda mitad del siglo diecinueve —la época de los periódicos y los telegramas y los entrevistadores—. Y ella tampoco se había molestado mucho para eso: no se había escondido en ningún agujero inencontrable sino que se había instalado atrevidamente en una ciudad de exhibición. El único secreto que podíamos percibir era que Venecia contenía tantas curiosidades mayores que ella. Y además la casualidad la había favorecido, como se veía por ejemplo en el hecho de que la señora Prest nunca me la hubiera mencionado por casualidad, aunque yo había pasado tres semanas en Venecia —ante sus narices, como quien dice— hacía cinco años. La señora Prest no le había dicho a nadie ni eso: parecía casi haber olvidado que ella estaba ahí. Claro que ella no tenía las responsabilidades de quien prepara la edición de un texto. El hecho de que se nos hubiera escapado esa mujer no se explicaba con decir que vivía en el extranjero, pues nuestras investigaciones nos habían llevado repetidas veces (no sólo por correspondencia, sino en averiguaciones personales) a Francia, a Alemania, a Italia, países donde, sin contar su importante estancia en Inglaterra, había pasado Aspern tantos de los pocos años de su carrera. Nos alegraba pensar por lo menos que en todas nuestras publicaciones (algunas personas creo que consideran que hemos exagerado) sólo habíamos tocado de pasada y del modo más discreto su relación con la señorita Bordereau. Extrañamente, aunque hubiéramos tenido el material (y muchas veces nos habíamos preguntado qué habría sido de él), ése habría sido el episodio más difícil de tratar.
      La góndola se detuvo, el viejo palacio estaba ahí; era una casa de esa clase que en Venecia lleva siempre un digno nombre aun en el más extremado destartalamiento.
      —¡Qué encantador! ¡Es gris y rosa! —exclamó mi compañera, y ésa es su descripción más completa. No era especialmente antiguo, sólo dos o tres siglos; y tenía un aire no tanto de decadencia cuanto de callado pesimismo, como si hubiera equivocado su carrera. Pero su amplia fachada, con un balcón de piedra de extremo a extremo del piano nobile, el piso principal, era lo bastante arquitectónica, con ayuda de varias pilastras y arcos; y el estuco con que la habían adornado entre sus intervalos, estaba rosado en la tarde de abril. Dominaba un canal limpio, melancólico, poco frecuentado, que tenía una cómoda riva o acera en cada lado.
      —No sé por qué —dijo la señora Prest— no hay altillos de ladrillo, pero éste rincón me ha parecido siempre más holandés que italiano, más como Amsterdam que como Venecia. Está perversamente limpio, por razones desconocidas, y aunque se puede pasar a pie, casi nadie piensa nunca en ello. Tiene el aire de un domingo protestante. Quizá la gente tenga miedo a las señoritas Bordereau. Estoy segura de que tienen fama de brujas.
      No recuerdo qué respuesta di a eso; estaba absorto en otras dos reflexiones. La primera de ellas era que si la vieja dama vivía en una casa tan grande e imponente no podía estar en ninguna clase de miseria, y por tanto no se sentiría tentada por una ocasión de alquilar un par de habitaciones. Expresé esa idea a la señora Prest, quien me dio una respuesta muy lógica:
      —Si no viviera en una casa grande, ¿cómo podría haber cuestión de que tuviera cuartos de sobra? Si no estuviera alojada ella misma con amplitud, a usted le faltaría motivo para abordarla. Además, una casa grande aquí y especialmente en este quartier perdu, no significa nada en absoluto: es perfectamente compatible con una situación de penuria. Los viejos palazzi destartalados, si usted se molesta en buscarlos, se consiguen por cinco chelines al año. Y en cuanto a la gente que vive en ellos… no, mientras no haya explorado Venecia socialmente tanto como yo, no puede hacerse idea de su desolación doméstica. Viven de nada, porque no tienen nada de que vivir.
      La otra idea que se me había metido en la cabeza estaba relacionada con una alta tapia vacía que parecía rodear una extensión de terreno a un lado de la casa. La llamo vacía, pero estaba adornada con esas manchas que agradan a un pintor, brechas reparadas, desmoronamientos del revoque, salientes de ladrillo que se habían puesto rosados con el tiempo, y unos pocos árboles delgados, con los postes de ciertas desvencijadas espalderas, eran visibles por encima. El sitio era un jardín y al parecer pertenecía a la casa. Se me ocurrió de repente que si pertenecía a la casa yo tenía mi pretexto.
      Me quedé sentado mirándolo todo con la señora Prest (estaba cubierto del dorado fulgor de Venecia) desde la sombra de nuestras felze, y ella me preguntó si quería entrar entonces, mientras ella me esperaba, o volver en otro momento. Al principio, no pude decidir; sin duda era una debilidad mía. Todavía quería pensar que podría encontrar un punto de apoyo, y tenía miedo a encontrar un fracaso, pues eso me dejaría, como hice notar a mi compañera, sin otra flecha para mi arco.
      —¿Por qué otra no? —preguntó, mientras yo seguía allí vacilando y pensándolo; y deseó saber por qué ahora mismo y antes de tomarme la molestia de convertirme en un huésped (lo que podría ser lamentablemente incómodo, después de todo, aunque tuviera éxito), no tenía el recurso de ofrecerles sencillamente una cantidad de dinero al contado. De ese modo podría obtener los documentos sin pasar malas noches.
      —Mi queridísima señora —exclamé— perdone la impaciencia de mi tono si sugiero que usted debe haber olvidado el mismísimo hecho (sin duda se lo comuniqué) que me impulsó a confiarme a su ingenio. La anciana no quiere que le hablen de esos documentos; son personales, delicados, íntimos, y ella no tiene ideas modernas y muy bien que hace. Si empezara yo por tocar esa tecla, seguro que echaría a perder el juego. Sólo puedo llegar a esos papeles haciéndole descuidar la vigilancia, y sólo puedo hacerle descuidar la vigilancia con recursos diplomáticos para congraciarme. La hipocresía y la doblez son mi única oportunidad. Lo siento, pero aún haría peores cosas por Jeffrey Aspern. Primero tengo que tomar el té con ella; luego abordar el principal asunto.
      Y le conté lo que le había ocurrido a John Cumnor cuando le escribió. No hubo ningún acuse de recibo de su primera carta, y la segunda tuvo una respuesta brusca, en seis líneas, de la sobrina. «La señorita Bordereau le encargaba decir que no se podía imaginar qué pretendía con molestarlas. No tenía ningún documento del señor Aspern, y si lo tuvieran, jamás pensarían en enseñárselo a nadie por ningún motivo. No sabía de qué hablaba y le rogaba que la dejara en paz.» Ciertamente, no quiero que me reciban así.
      —Bueno —dijo la señora Prest, al cabo de un momento, con aire provocador—, quizá, después de todo, no tengan nada de sus cosas. Si lo niegan tan de plano, ¿cómo está usted seguro?
      —John Cumnor está seguro, y me llevaría mucho tiempo explicarle cómo se ha formado esa convicción, o su intensa presunción —lo bastante intensa como para resistir a la mentira de la anciana, nada natural—. Además, se basa mucho en la prueba interna de la carta de su sobrina.
      —¿La prueba interna?
      —Que le llame a él «el señor Aspern».
      —No veo qué demuestra eso.
      —Demuestra familiaridad, y la familiaridad implica la posesión de recordatorios, de reliquias. No puedo decirle cómo me conmueve ese «señor», cómo forma un puente sobre el abismo del tiempo y me trae cerca a nuestro héroe, ni cómo aguza mi deseo de ver a Juliana. Usted no dice «el señor Shakespeare».
      —¿Y lo diría yo aunque tuviera una caja llena de cartas suyas?
      —¡Sí, si hubiera sido su amante y alguien las quisiera!
      Y añadí que John Cumnor estaba tan convencido, y tan convencido sobre todo por el tono de la señorita Bordereau, que habría venido él mismo a Venecia para ese asunto, si no fuera porque él tenía el obstáculo de que le sería difícil ocultar que era la misma persona que les había escrito, lo que las ancianas sospecharían a pesar del disimulo y de un cambio de nombre. Si ellas le preguntaran a bocajarro si no era quien les había escrito, le resultaría muy difícil mentir; mientras que yo, afortunadamente, no estaba ligado de ese modo. Yo era una mano nueva y podía decir que no sin mentir.
      —Pero tendrá que cambiarse el nombre —dijo la señora Prest—. Juliana vive todo lo fuera del mundo que cabe, pero sin embargo probablemente ha oído hablar de los que preparan la edición del señor Aspern; quizá posean lo que ustedes han publicado.
      —Ya he pensado en eso —repliqué, y saqué de mi cartera una tarjeta de visita, claramente grabada con un nombre que no era el mío.
      —Es usted muy derrochón; podría haberla escrito —dijo mi acompañante.
      —Así parece más auténtica.
      —¡Cierto, si está usted preparado para llegar tan lejos! Pero será difícil por sus cartas; no le llegarán bajo esa máscara.
      —Mi banquero las recibirá y yo iré todos los días a buscarlas. Me ofrecerá un paseíto.
      —¿Va usted a depender sólo de eso? —preguntó la señora Prest—. ¿No vendrá usted a verme?
      —Oh, usted se habrá marchado de Venecia, para los meses de calor, mucho antes de que haya ningún resultado. Yo estoy dispuesto a asarme todo el verano, ¡así como después, quizá dirá usted! Mientras tanto, John Cumnor me bombardeará con cartas dirigidas, a mi nombre fingido, al cuidado de mi padrona.
      —Reconocerá su letra —sugirió mi acompañante.
      —En el sobre puede disimularla.
      —Bueno, ¡son ustedes una pareja estupenda! ¿No se le ocurre que aunque pueda decir que no es usted el señor Cumnor en persona, quizá le sospechen ser su emisario?
      —Claro, y sólo veo una manera de esquivar eso.
      —¿Y cuál puede ser?
      Vacilé un momento:
      —Hacer el amor a la sobrina.
      —Ah —exclamó la señora Prest—, ¡espere a verla!



II

      «¡Debo trabajar en el jardín; debo trabajar en el jardín!», me dije a mí mismo, cinco minutos después, esperando, en el piso de arriba, en la larga sala oscura, donde el desnudo suelo de scagliola refulgía vagamente con una rendija de las persianas cerradas. El sitio era impresionante, pero parecía frío y cauto. La señora Prest se había marchado navegando, dándome cita para media hora después en unos escalones de la orilla por allí cerca; y yo había sido admitido en la casa; tras de tirar del oxidado cable de la campanilla, por una criadita pelirroja y de cara blanca, muy joven y nada fea, que llevaba unos chasqueantes chanclos y un chal puesto como una capucha. No se había contentado con abrir la puerta desde arriba con el acostumbrado arreglo de una polea rechinante, aunque primero se había asomado a mirarme desde una ventana de arriba, lanzando el inevitable desafío que en Italia precede siempre al acto de la hospitalidad. En general, me irritaba esa supervivencia de maneras medievales, aunque, por gustarme lo viejo, supongo que me debía haber gustado; pero estaba tan decidido a ser simpático, que saqué del bolsillo mi tarjeta falsa y se la alargué, sonriendo como si fuera una prenda mágica. Tuvo un efecto como si lo fuera, efectivamente, pues la hizo bajar hasta abajo, como digo. Le rogué que se la entregara a su señora, habiendo escrito primero en ella, en italiano, las palabras «¿Podría tener la bondad de ver un momento a un caballero americano?» La doncellita no me fue hostil, y yo reflexioné que incluso eso quizá ya era algo ganado. Se ruborizó, sonrió, y puso una cara a la vez asustada y complacida. Vi que mi llegada era un asunto importante, que las visitas eran raras en esa casa, y que ella era una persona a quien le habría gustado un sitio sociable. Cuando empujó la pesada puerta detrás de mí, me di cuenta de que tenía un pie en la ciudadela. Ella chancleteó por el húmedo y pétreo vestíbulo y la seguí por la alta escalera —aún más pétrea, al parecer— sin que me invitara. Creo que ella había pretendido que yo la esperara abajo, pero ésa no era mi idea, y me situé en la sala. Ella se desvaneció, por el otro lado de ella, en regiones impenetrables, y yo miré el sitio con el corazón latiendo como recordaba que me había latido en el gabinete del dentista. Todo estaba sombrío y solemne, pero debía su carácter casi enteramente a su noble forma y a la bella arquitectura de las puertas —tan altas como puertas de casas— que, dando a los diversos cuartos, se repetían a intervalos a cada lado. Estaban coronadas con viejos y descoloridos escudos pintados, y acá y allá, en los espacios entre ellas, colgaban cuadros pardos, en marcos maltratados, que me di cuenta de que eran malos. Con la excepción de varias butacas de asiento de paja arrimadas a la pared, la gran perspectiva oscura no contenía nada que contribuyera a dar un efecto. Era evidente que no se usaba nunca sino como un paso, y aun eso poco. Puedo añadir que para cuando se volvió a abrir la puerta por la que había escapado la criada, mis ojos se habían acostumbrado a la falta de luz.
      No había querido decir yo con mi exclamación personal que debiera cultivar yo mismo el terreno del enmarañado recinto que se extendía bajo las ventanas, pero la señora que avanzó hacia mí desde lejos, por el duro y reluciente pavimento, pudo suponer eso por el modo como, avanzando rápidamente a su encuentro, exclamé, cuidando de hablar en italiano:
      —¡El jardín, el jardín, hágame el favor de decirme si es suyo!
      Ella se detuvo bruscamente, mirándome con asombro, y luego contestó en inglés, en tono frío y triste:
      —Aquí nada es mío.
      —¡Ah, usted es inglesa, qué delicioso! —observé con aire ingenuo—. Pero sin duda que el jardín pertenece a la casa.
      —Sí, pero la casa no me pertenece a mí.
      Era una persona larga, flaca y pálida, vestida, a modo de hábito, con una bata de color vago, y hablaba con una especie de bondadosa exactitud literal. No me invitó a sentarme, como tampoco había invitado a la señora Prest (si es que ella era la sobrina), y nos quedamos erguidos cara a cara en la pomposa sala vacía.
      —Bueno, entonces, ¿tendría la bondad de decirme a quién debo dirigirme? Me temo que me considerará odiosamente intruso, pero sepa que debo tener un jardín… ¡por mi honor que lo debo!
      Su rostro no era joven, pero era sencillo; no era fresco, pero era bondadoso. Tenía ojos grandes, no claros, y mucho pelo que no estaba arreglado, y largas y finas manos que posiblemente no estaban limpias. Ella las apretó casi convulsivamente, y exclamó, con cara confusa y alarmada:
      —¡Ah, no nos lo quite; nos gusta a nosotras!
      —Entonces, ¿ustedes tienen su uso?
      —Ah, sí. ¡Si no fuera por eso! —y sonrió de modo huraño y melancólico.
      —¿No es un lujo, exactamente? Por eso es por lo que, pensando quedarme en Venecia unas semanas, quizá todo el verano, y teniendo que hacer algún trabajo literario, un poco de leer y escribir, de manera que debo estar tranquilo, y sin embargo, si es posible, al aire libre; por eso es por lo que me ha parecido que me es realmente indispensable un jardín —seguí sonriendo—. Entonces, ¿puedo mirar el suyo?
      —No sé, no comprendo —murmuró la pobre mujer, plantada allí, dejando vagar sus ojos cohibidos por toda mi rara apariencia.
      —Quiero decir sólo desde una de estas ventanas —tan grandiosas como son aquí—, si me deja abrir las persianas.
      Y me dirigí hacia la parte de atrás de la casa. Al llegar a medio camino, me detuve a esperar, como si diera por supuesto que ella me iba a acompañar. Por necesidad yo había sido muy repentino, pero al mismo tiempo me esforzaba en darle una impresión de extremada cortesía.
      —He estado buscando cuartos amueblados por toda la ciudad, y me parece imposible encontrarlos con un jardín al lado. Naturalmente, en un sitio como Venecia los jardines son raros. Es absurdo, si usted quiere, en un hombre, pero no puedo vivir sin flores.
      —Ahí abajo no hay flores de que valga la pena hablar.
      Se me acercó como si, aunque todavía desconfiaba de mí, yo la atrajera con un hilo invisible. Volví a echar a andar, y ella continuó, mientras me seguía:
      —Tenemos unas pocas, pero son muy corrientes. Cuesta demasiado cultivarlas; hay que tener un hombre.
      —¿Por qué no habría de ser yo el hombre? —pregunté. Trabajaré sin sueldo, o mejor dicho, traeré un jardinero. Tendrán ustedes las mejores flores de Venecia.
      Ella protestó ante eso, con un pequeño suspiro extraño que también podía haber sido un rebose de arrebato ante la visión que yo ofrecía. Luego observó:
      —No le conocemos, no le conocemos.
      —Me conocen tanto como yo la conozco a usted, esto es, más, porque usted conoce mi nombre. Y si usted es inglesa, soy casi un compatriota.
      —No somos inglesas —dijo mi acompañante, observándome desvalida, mientras yo abría de par en par las persianas de uno de los lados de la ancha ventana alta.
      —Habla usted el inglés de un modo muy bonito; ¿puedo preguntar qué es usted?
      Visto desde arriba, el jardín estaba realmente desastrado; pero me di cuenta, de una ojeada, que tenía grandes posibilidades. Ella no respondió nada, de tan perdida como estaba en mirarme fijamente, y yo exclamé:
      —No me irá a decir que usted también es por casualidad americana.
      —No sé: lo éramos.
      —¿Lo eran? ¿Sin duda no han cambiado?
      —Era hace muchos años; no somos nada.
      —¿Tantos años llevan viviendo aquí? Bueno, no me extraña; es una vieja casa grandiosa. Supongo que ustedes usan el jardín —seguí—, pero les aseguro que no les estorbaría. Yo estaría muy quieto y me quedaría en un rincón.
      —¿Que usamos el jardín? —repitió, vagamente, sin acercarse a la ventana, sino mirándome a los zapatos. Parecía creerme capaz de tirarla afuera.
      —Quiero decir toda su familia, tantos como sean.
      —Hay solamente otra; es muy vieja; nunca baja.
      —¡Solamente otra, en toda esta gran casa! —fingí estar no sólo sorprendido, sino casi escandalizado—. Mi querida señora, ¡entonces deben tener sitio de sobra!
      —¿De sobra? —repitió, del mismo modo aturdido.
      —Vaya, ¡sin duda que no viven (dos mujeres tranquilas; por lo menos, ya veo que usted es tranquila) en cincuenta cuartos! —Luego, con una irrupción de esperanza y animación pregunté—: ¿No podrían dejarme dos o tres? ¡Eso me arreglaría!
      Ahora había tocado la tecla que respondía a mi propósito y no hace falta que reproduzca toda la melodía que toqué. Acabé haciendo creer a mi interlocutora que yo era una persona honorable, aunque por supuesto que no intenté siquiera persuadirla de que no era un excéntrico. Repetí que tenía estudios que hacer, que necesitaba silencio, que me encantaba un jardín y que lo había buscado en vano dando vueltas por la ciudad; que intentaría que antes de un mes la vieja y querida casa estuviera cubierta de flores. Creo que fueron las flores lo que me hizo ganar el pleito, pues luego encontré que la señorita Tita (pues tal resultó ser, algo incongruentemente, el nombre de tan trémula solterona) tenía un apetito insaciable de flores. Cuando digo que mi pleito estaba ganado, quiero decir que, antes de dejarla, ella me prometió que hablaría del asunto con su tía. Pregunté quién podría ser su tía y ella respondió:
      —¡Pues la señorita Bordereau! —con aire de sorpresa, como si se pudiera esperar que yo lo supiera.
      Había contradicciones así en Tita Bordereau, que, como observé después, contribuían a hacer de ella una persona rara y amanerada. Las dos señoras se empeñaban en vivir de modo que el mundo no las tocara, y sin embargo nunca habían aceptado del todo la idea de que nunca supiera de ellas. En Tita, en todo caso, no se había extinguido cierta agradecida susceptibilidad al contacto humano, y habría un contacto, aunque limitado, si viviera yo en la casa.
      —Nunca hemos hecho nada parecido; nunca hemos tenido un huésped o residente de ninguna clase. —Del mismo modo se cuidó de decirme—: Somos muy pobres, vivimos muy mal. Los cuartos están muy vacíos, los que podría usted tomar: no tienen nada dentro. No sé cómo iba a dormir, cómo iba a comer.
      —Con su permiso, podría poner fácilmente una cama y unas pocas mesas y sillas. C’est la moindre des choses, y asunto de una o dos horas. Conozco a un hombrecito a quien le puedo alquilar lo que necesite por unos pocos meses, por una tontería, y mi gondolero puede traer acá las cosas en su barca. Claro que en esta gran casa ustedes tendrán una segunda cocina, y mi criado, que es un tipo muy hábil —(ese personaje fue creación del momento)— puede fácilmente prepararme una chuleta ahí. Mis gustos y costumbres son de lo más sencillo: ¡vivo de flores!
      Y luego me atreví a decir que si eran muy pobres eso era una razón más para que alquilaran sus cuartos. Eran unas malas economistas: jamás había visto tal desperdicio de material.
      En un momento vi que a la buena señora no le habían hablado nunca de ese modo, con una especie de firmeza bienhumorada que no excluía la comprensión, sino que, al contrario, se fundaba en ella. Podría haberme dicho fácilmente que mi comprensión era inoportuna, pero por suerte no se le ocurrió. La dejé con el supuesto de que consideraría el asunto con su tía y que podría volver al día siguiente por su decisión.
      —¡La tía rehusará; creerá que todo el asunto es muy louche! —declaró la señora Prest poco después, cuando volví a ocupar mi sitio en la góndola. Me había metido ella la idea en la cabeza, y ahora (así de poco cabe confiar en las mujeres) parecía mirarlo con pesimismo.
      Ese pesimismo me provocó y fingí tener las mejores esperanzas: llegué a decir que sentía un claro presentimiento de que tendría éxito. Ante eso, la señora Prest exclamó:
      —¡Ah, ya veo lo que se le ha metido en la cabeza! Se imagina que ha hecho tal impresión en un cuarto de hora que ella se está muriendo porque usted vaya, y que se puede estar seguro de que ella convencerá a la vieja. Si usted entra, tendrá que contarlo como un triunfo.
      Lo conté como un triunfo, pero sólo para el preparador de textos (en último análisis), no para el hombre, que no había tenido ninguna tradición de conquista personal. Cuando volví al día siguiente, la criadita me llevó derecha por la larga sala (se abría allí como antes en perfecta perspectiva y estaba ahora algo más clara, lo que me pareció un buen presagio), hasta la habitación de donde había salido la que me recibió en mi primera visita. Era un gran salón desastrado, con un hermoso techo pintado y una extraña figura sentada sola junto a una de las ventanas. Ahora vuelven a mí, casi con las palpitaciones que causaron, los sucesivos sentimientos que acompañaron a mi conciencia de que, cuando se cerró detrás de mí la puerta del cuarto, yo estaba realmente cara a cara ante la Juliana de algunas de las más exquisitas y famosas poesías de Aspern. Después me llegué a acostumbrar, aunque nunca del todo; pero ante ella sentada allí, mi corazón latía tan de prisa como si ese milagro de resurrección hubiera tenido lugar para mi beneficio. Su presencia, no sé cómo, parecía contener la de él, y me sentí, desde el primer momento de verla, más cerca de él de lo que nunca me había sentido antes ni me he vuelto a sentir después. Sí, recuerdo mis emociones por su orden, aun incluyendo un curioso temblorcillo que se apoderó de mí cuando vi que la sobrina no estaba allí. Con ella, el día antes, había llegado a tener suficiente familiaridad, pero casi superaba a mi valentía (a pesar de lo mucho que había deseado ese acontecimiento) quedarme solo con una reliquia tan terrible como la tía. Era demasiado extraña, demasiado literalmente resucitando. Entonces me refrené, al darme cuenta de que no estábamos realmente cara a cara, ya que ella tenía sobre los ojos un horrible velillo verde que casi le servía de máscara. Por el momento creí que se lo había puesto expresamente para poder escudriñarme desde debajo sin ser escudriñada. Al mismo tiempo, aumentaba la suposición de que había una terrible calavera acechando detrás. La divina Juliana como calavera sonriente —esa visión quedó allí en suspenso hasta que pasó—. Luego caí en la cuenta de que era terriblemente vieja, tan vieja que la muerte podría llevársela en cualquier momento antes de que yo tuviera tiempo de obtener de ella lo que quería. El siguiente pensamiento fue una corrección de éste: iluminaba la situación. Se moriría la semana próxima, se moriría mañana: entonces yo podría apoderarme de sus papeles. Mientras tanto, ella seguía allí sentada sin moverse ni hablar. Era muy pequeña y encogida, encorvada hacia delante, con las manos en el regazo. Iba vestida de negro, con la cabeza envuelta en un trozo de encaje negro antiguo que no dejaba ver su pelo.
      Como mi emoción me hacía seguir en silencio, ella habló primero, y la observación que hizo fue exactamente la más inesperada.



III

      —Nuestra casa está muy lejos del centro, pero el pequeño canal es muy comme il faut.
      —Es el más bello rincón de Venecia y no puedo imaginar nada más encantador —me apresuré a replicar.
      La voz de la anciana era muy suave y débil, pero tenía un murmullo agradable y cultivado, y resultaba prodigioso pensar que ese mismo acento había estado en los oídos de Jeffrey Aspern.
      —Por favor, siéntese. Oigo muy bien —dijo suavemente, como si quizá yo le hubiera gritado; y la silla que señaló estaba a cierta distancia. Tomé posesión de ella, diciéndole que me daba cuenta perfectamente de que era un intruso, de que no me habían presentado adecuadamente y que sólo podía encomendarme a su indulgencia. Quizá la otra señora, a la que había tenido yo el honor de ver el día anterior, le habría explicado lo del jardín. Eso era, literalmente, lo que me había inspirado el valor de dar un paso tan poco convencional. Me había enamorado a primera vista de todo el sitio (ella misma probablemente estaba tan acostumbrada a él que no sabía la impresión que podía hacer en un recién llegado), y me había parecido que era realmente caso de arriesgar algo. Su propia bondad al recibirme, ¿era señal de que no estaba completamente errado en mi suposición? Me haría extremadamente feliz pensarlo así. Le podía dar mi palabra de honor de que yo era una persona muy respetable e inofensiva, y de que, como residente, apenas se darían cuenta de mi existencia. Me sometería a cualquier regla, a cualquier restricción, con tal que me dejaran disfrutar del jardín. Además, me encantaría darle referencias, garantías; serían de lo mejor, tanto en Venecia como en América.
      Ella me escuchaba en total inmovilidad y noté que me miraba con gran atención, aunque sólo podía ver la parte inferior de su cara desteñida y marchita. Independientemente del proceso refinador de la vejez, tenía una delicadeza que en otro tiempo debía haber sido grande. Había sido muy bella, había tenido una tez prodigiosa. Se quedó callada un rato después que yo dejé de hablar, y luego preguntó:
      —Si tanto le gusta un jardín, ¿por qué no va a tierra firme donde hay tantos mejores que éste?
      —¡Ah, es la combinación! —respondí, sonriendo; y luego, más bien en un vuelo de fantasía—: Es la idea de un jardín en medio del mar.
      —No está en medio del mar: no se ve el agua.
      Me quedé mirando pasmado un momento, preguntándome si ella quería probarme un fraude.
      —¿No se ve el agua? Bueno, mi querida señora, puedo llegar hasta la misma puerta en mi góndola.
      Ella pareció inconsecuente, pues dijo vagamente en respuesta a esto:
      —Sí, si tiene góndola. Yo no tengo; hace muchos años que no voy en una góndola.
      Pronunció esas palabras como si las góndolas fueran un artefacto remoto que ella conociera sólo de oídas.
      —¡Permítame asegurarle con cuánto placer pondría la mía a su servicio! —exclamé.
      Apenas había dicho eso, sin embargo, me di cuenta de que mis palabras eran de dudoso gusto y casi me harían daño haciéndome parecer demasiado empeñado, demasiado poseído por un motivo oculto. Pero la anciana seguía impenetrable y su actitud me molestaba porque dejaba entender que ella me veía más por entero que yo a ella. No me dio las gracias por mi algo extravagante oferta, pero hizo notar que la señora que yo había visto el día antes era su sobrina; vendría dentro de un momento. Ella le había pedido que se quedara a propósito, porque primero quería verme a solas. Volvió a caer en su silencio y yo me pregunté por qué lo habría juzgado necesario y qué pasaría después; también, si me podría atrever a decir que me encantaría volverla a ver: había sido muy cortés conmigo, considerando qué extraño me debía haber juzgado —una declaración que arrancó de la señorita Bordereau otro de sus caprichosos discursos:
      —¡Tiene muy buenas maneras: la eduqué yo misma!
      Yo estuve a punto de decir que eso explicaba la tranquila gracia de la sobrina, pero me detuve a tiempo, y la anciana siguió un momento después:
      —No me importa quién sea usted; no quiero saberlo; hoy día eso significa muy poco.
      Esto tenía todo el aire de ser una fórmula de despedida, como si sus siguientes palabras fueran que ya podía marcharme, una vez que había tenido la diversión de mirar a la cara a tal monstruo de indiscreción. Por eso me quedé más sorprendido cuando añadió, con su suave y venerable voz temblorosa:
      —Puede tener tantos cuartos como quiera… si paga una buena suma de dinero.
      Vacilé un momento, lo suficiente para preguntarme qué querría decir en especial con esa condición. Primero se me ocurrió que debía estar pensando realmente en una gran suma; luego razoné rápidamente que su idea de una gran suma probablemente no correspondería a la mía. Mi deliberación, creo, no fue tan visible como para disminuir la prontitud con que respondí:
      —Pagaré con gusto, y por supuesto por adelantado, lo que usted crea oportuno pedirme.
      —Bueno, entonces, mil francos al mes —replicó al instante, mientras su desconcertante vetillo verde seguía cubriendo su expresión.
      La cifra era sorprendente y mi lógica había fallado. La suma que indicaba era enormemente grande, según la medida veneciana de esos asuntos; había muchos palacios en un rincón a trasmano que yo podía haber disfrutado por todo un año en tales condiciones. Pero, en la medida en que lo permitían mis pequeños medios, estaba dispuesto a gastar dinero, y tomé mi decisión rápidamente. Pagaría con una sonrisa lo que me pidiera, pero en ese caso me daría la compensación de sacarle los papeles por nada. Además, aunque me hubiera pedido cinco veces más, yo habría estado a la altura de la ocasión: tan odioso me habría parecido andar regateando con la Juliana de Aspern. Ya era bastante extraño tener un asunto de dinero con ella en absoluto. Le aseguré que su modo de ver el asunto coincidía con el mío y que a la mañana siguiente tendría el gusto de poner en sus manos la renta de tres meses. Ella recibió este anuncio con serenidad y al parecer sin pensar que, al fin y al cabo, estaría bien por su parte decir que primero debía ver las habitaciones. Eso no se le ocurrió y desde luego su serenidad era principalmente lo que yo quería. Se acababa de cerrar nuestro pequeño trato, cuando se abrió la puerta y apareció en el umbral la señora más joven. Tan pronto como la señorita Bordereau vio a su sobrina, exclamó casi con alegría:
      —¡Va a dar tres mil… tres mil mañana!
      La señorita Tita se quedó quieta, con sus pacientes ojos pasando del uno al otro; luego preguntó, casi con un hilo de voz:
      —¿Quiere decir francos?
      —¿Dijo usted francos o dólares? —me preguntó la anciana ante eso.
      —Creo que fueron francos lo que usted dijo —respondí, sonriendo.
      —Está muy bien —dijo la señorita Tita, como si se hubiera dado cuenta de que su propia pregunta podía parecer excesiva.
      —¿Tú qué sabes? Tú eres una ignorante —observó la señorita Bordereau, no con acritud, sino con una extraña frialdad suave.
      —Sí, del dinero, ¡cierto que del dinero! —se apresuró a exclamar la señorita Tita.
      —Estoy seguro de que tiene sus ramas de conocimientos —me tomé la libertad de decir, jovialmente. No sé por qué, había algo doloroso para mí en el giro que había tomado la conversación al tratar de la renta.
      —Tuvo una buena educación cuando era joven. Yo me ocupé de eso —dijo la señorita Bordereau. Luego añadió—: Pero después no ha aprendido nada.
      —Siempre he estado contigo —asintió la señorita Tita, con mucha suavidad, y evidentemente sin intención de hacer un epigrama.
      —Sí, ¡menos para eso! —declaró su tía, con más fuerza satírica.
      Evidentemente quería decir que, sin eso, su sobrina no habría salido adelante en absoluto; sin embargo, el sentido de su observación no lo alcanzó la señorita Tita, aunque se ruborizó de oír revelar su historia a un desconocido. La señorita Bordereau siguió, dirigiéndose a mí:
      —¿Y a qué hora vendrá usted mañana con el dinero?
      —Cuanto antes, mejor. Si le viene bien, vendré a mediodía.
      —Yo estoy siempre aquí, pero tengo mis horas —dijo la anciana, como si no se hubiera de dar por supuesta su conveniencia.
      —¿Quiere decir las horas en que recibe?
      —Nunca recibo. Pero le veré a mediodía, cuando venga con el dinero.
      —Muy bien, seré puntual. —Y añadí—: ¿Puedo darle la mano, a modo de contrato?
      Creí que debería haber alguna pequeña forma, que realmente me haría sentirme más tranquilo, pues preveía que no habría otra. Además, aunque la señorita Bordereau no podía ser considerada entonces personalmente atractiva, y había algo incluso en su gastada antigüedad que le hacía mantenerse a uno a distancia, sentí un irresistible deseo de tener en mi mano un momento la mano que Jeffrey Aspern había oprimido.
      Durante unos momentos no dio respuesta y vi que mi propuesta no conseguía encontrar su aprobación. No se permitió ningún movimiento de retirada, como casi esperaba yo; sólo dijo fríamente:
      —Pertenezco a una época en que eso no era la costumbre.
      Me sentí bastante humillado, pero exclamé de buen humor hacia la señorita Tita:
      —¡Ah, lo mismo da que sea usted!
      Le di la mano mientras ella contestaba, con una pequeña agitación:
      —Sí, sí, para demostrar que todo está arreglado.
      —¿Traerá el dinero en oro? —preguntó la señorita Bordereau, cuando me dirigía hacia la puerta.
      La miré un momento.
      —¿No tiene un poco de miedo, después de todo, de guardar una suma como ésa en la casa?
      No era tanto que me molestara su avidez, cuanto que realmente me chocaba la disparidad entre tal tesoro y tan escasos medios de guardarlo.
      —¿De quién iba yo a tener miedo si no tengo miedo de usted? —preguntó con su encogido aire sombrío.
      —Ah, bueno —dije yo, riendo—, seré en realidad un protector y le traeré oro si lo prefiere.
      —Gracias —replicó la anciana con dignidad y con una inclinación de la cabeza que evidentemente significaba que me podía ir. Salí del cuarto, reflexionando que no sería fácil engañarla. Al volver a encontrarme en la sala, vi que la señorita Tita me había seguido y supuse que, como su tía había descuidado sugerir que debería echar un vistazo a mis habitaciones, ella tenía el propósito de reparar esa omisión. Pero no sugirió tal cosa: se quedó allí sólo con una sonrisa velada, aunque no lánguida, y con un aire de juventud irresponsable e incompetente que difería casi cómicamente de la ajada realidad de su persona. No estaba inválida, como su tía, pero me parecía aún más desvalida, porque su ineficacia era espiritual, lo que no era el caso con la señorita Bordereau. Esperé a ver si me ofrecía enseñarme el resto de la casa, pero no precipité la cuestión, ya que mi plan era desde ese momento pasar la mayor parte posible de mi tiempo en su sociedad. Sólo observé al cabo de un momento:
      —He tenido más suerte de lo que esperaba. Ha sido muy bondadoso por parte de ella verme. Quizá usted dijo a mi favor alguna buena palabra.
      —Fue la idea del dinero —dijo la señorita Tita.
      —¿Y usted lo sugirió?
      —Le dije que quizá usted daría mucho.
      —¿Qué le hizo a usted creer eso?
      —Le dije que creía que usted era rico.
      —¿Y qué le metió esa idea en la cabeza?
      —No sé: el modo como habló usted.
      —Vaya: ahora debo hablar de modo diferente —afirmé—. Lamento decir que no es ése el caso.
      —Bueno —dijo la señorita Tita—, creo que en Venecia los forestieri, en general, muchas veces dan mucho por algo que después de todo no es mucho.
      Parecía haber en esa observación intenciones consoladoras, deseando recordarme que, si había sido derrochador, no era en realidad tan locamente singular. Atravesamos juntos la sala, y al observar sus magníficas medidas, le dije que temía que no formaría parte de mi quartiere. ¿Estarían mis habitaciones por casualidad entre las que daban a ella?
      —No si usted va arriba, al segundo piso —respondió con un aire un poco sobresaltado, como si ella más bien hubiera dado por supuesto que yo sabría mi sitio adecuado.
      —Y deduzco que ahí es donde a su tía le gustaría que estuviera yo.
      —Dijo que sus habitaciones deberían ser muy diferentes.
      —Eso ciertamente sería lo mejor.
      Y escuché con respeto mientras me decía que arriba yo era libre de poner lo que quisiera; que había otra escalera, pero sólo desde el piso donde estábamos, y que para pasar de él al piso del jardín o subir a mi alojamiento, tendría de hecho que cruzar por la gran sala. Ese era un punto de inmensa ganancia: preví que constituiría todo mi punto de apoyo para mis relaciones con las dos señoras. Cuando pregunté a la señorita Tita cómo me las iba a arreglar para encontrar mi camino de subida, contestó, con un acceso de esa timidez sociable que señalaba constantemente sus maneras:
      —Quizá no pueda. No veo… a no ser que vaya yo con usted.
      Evidentemente no se le había ocurrido antes. Subimos al piso de arriba y visitamos una larga serie de cuartos vacíos. Los mejores de ellos daban al jardín; algunos de los otros tenían una vista de la azul laguna, encima de los techos de enfrente, de toscas tejas. Estaban todos polvorientos y aun un poco desfigurados por el largo descuido, pero vi que gastando unos pocos centenares de francos podría convertir tres o cuatro de ellos en una cómoda residencia. Mi experimento me resultaba caro, pero ahora que prácticamente había tomado posesión, dejé de consentir que eso me inquietara. Le dije a mi acompañante unas pocas de las cosas que iba a traer, pero ella contestó, con bastante más precipitación que de costumbre, que podía hacer exactamente lo que quisiera; parecía desear notificarme que las señoritas Bordereau no se tomarían interés visible en mis actividades. Adiviné que su tía la había instruido para que adoptara ese tono, y ahora puedo decir que luego llegué a distinguir perfectamente (según creía) entre los discursos que ella hacía por su propia responsabilidad y los que le imponía la anciana. Ella no se fijó en la situación de los cuartos sin barrer ni se entregó a explicaciones ni excusas. Me dije que era señal de que Juliana y su sobrina (¡idea decepcionante!) eran personas poco limpias, según una baja norma a la italiana; pero luego reconocí que un residente que había forzado su entrada no tenía locus standi como crítico. Nos asomamos a muchas ventanas, pues no había en los cuartos nada que mirar, y sin embargo yo quería demorarme. Le pregunté qué podían ser varias cosas en la perspectiva, pero en ningún caso pareció saberlo. Evidentemente no le resultaba familiar la vista —era como si hiciera años que no miraba y al fin vi que estaba demasiado preocupada con otra cosa para fingir que le importaba. De repente dijo, sin que la observación le fuera sugerida:
      —No sé si para usted eso significa ninguna diferencia, pero el dinero es para mí.
      —¿El dinero?
      —El dinero que va a traer.
      —Bueno, me hará desear quedarme aquí dos o tres años.
      Hablé con la mayor benevolencia posible, aunque había empezado a ponerme nervioso que con esas mujeres tan asociadas a Aspern volviéramos constantemente a la cuestión monetaria.
      —Sería muy bueno para mí —contestó, sonriendo.
      —¡Me hace mucho honor!
      Pareció no ser capaz de entenderlo, pero siguió:
      —Ella quiere que yo tenga más. Cree que se va a morir.
      —¡Ah, no pronto, espero! —exclamé, con sentimientos sinceros. Había considerado perfectamente la posibilidad de que destruyera sus papeles el día que sintiera que se acercaba realmente su fin. Creía que se aferraría a ellos hasta entonces y pienso que imaginé que leía las cartas de Aspern todas las noches, o por lo menos las apretaba contra sus labios marchitos. Habría dado mucho por tener un atisbo de este espectáculo. Pregunté a la señorita Tita si la anciana estaba muy enferma y contestó que estaba sólo muy cansada —que había vivido tanto, tanto tiempo—. Eso era lo que decía ella misma; que quería morir para cambiar. Además, todas sus amistades habían muerto hace mucho; o ellos deberían haberse quedado o ella debería haberse ido. Esa era otra cosa que su tía decía muchas veces: que no estaba nada contenta.
      —Pero la gente no se muere cuando quiere, ¿verdad? —preguntó la señorita Tita. Me tomé la libertad de preguntarle por qué, si de hecho había bastante dinero para mantener a las dos, no iba a haber más que suficiente en caso de que ella se quedara sola. Ella consideró un momento ese difícil problema y luego dijo:
      —Ah, bueno, ya sabe, ella se cuida de mí. Cree que cuando yo esté sola haré mucho el tonto y no sabré arreglármelas.
      —Más bien habría supuesto que usted cuida de ella. Me temo que es muy orgullosa.
      —¿Cómo, lo ha descubierto eso ya? —exclamó la señorita Tita, con el fulgor de una iluminación en la cara.
      —Estuve encerrado con ella ahí durante un tiempo considerable, y me impresionó, me interesó extremadamente. No tardé mucho en hacer ese descubrimiento. No tendrá mucho que decirme mientras esté aquí.
      —No, creo que no —reconoció mi acompañante.
      —¿Supone que tiene alguna sospecha sobre mí?
      Los sinceros ojos de la señorita Tita no me dieron señal de que hubiera dado en el blanco.
      —No creo… dejándole entrar tan fácilmente, después de todo.
      —¡Ah, tan fácilmente! Ha cubierto el riesgo, Pero, ¿hay algo en que uno pudiera aprovecharse de ella?
      —No debería decírselo aunque lo supiera, ¿verdad? —Y la señorita Tita añadió, antes que yo tuviera tiempo de contestar a eso, sonriendo lúgubremente—: ¿Cree usted que tenemos puntos débiles?
      —Eso es exactamente lo que pregunto. Usted no tiene más que mencionármelos para que yo los respete religiosamente.
      Ante esto, me miró con ese aire de curiosidad tímida pero franca y aun satisfecha con que se me había enfrentado desde el principio, y luego dijo:
      —No hay nada que contar. Estamos terriblemente calladas. No sé cómo pasan los días. No tenemos vida.
      —Ojalá pudiera creer que yo les traía un poco.
      —Ah, sabemos lo que queremos —siguió ella—. Está muy bien.
      Había varias cosas que deseaba preguntarle: cómo se las arreglaban para vivir; si tenían amigos o visitas, parientes en América o en otros países. Pero juzgué que tal averiguación sería prematura; debía dejarla para una ocasión posterior.
      —Bueno, no sea orgullosa usted —me contenté con decir—: no se esconda de mí del todo.
      —Ah, tengo que estar con mi tía —replicó, sin mirarme.
      En ese mismo momento, de repente, sin ninguna ceremonia de despedida, me abandonó y desapareció, dejándome que bajara solo las escaleras. Me quedé un rato más, errando por el claro desierto (el sol entraba en inundación) de la vieja casa y considerando la situación sobre el terreno. Ni siquiera la pequeña serva chancleteante vino a buscarme, y reflexioné que, después de todo, ese trato mostraba confianza.



IV

      Quizá lo mostraba, pero de todos modos, seis semanas después, hacia mediados de junio, el momento en que la señora Prest emprendía su emigración anual, yo no había hecho ningún adelanto considerable. Me vi obligado a confesarle que no tenía resultados de que hablar. Mi primer paso había sido inesperadamente rápido, pero no había apariencias de que lo siguiera otro. Estaba a mil millas de tomar el té con mis patronas, ese privilegio que, como recordé a la señora Prest, nos habíamos imaginado ya. Ella me reprochó por tener poco atrevimiento y respondí que incluso para ser atrevido hay que tener una oportunidad: se puede uno abrir paso a empujones por una brecha, pero no se puede derribar un muro ciego. Respondió que la brecha que ya había hecho era lo suficientemente grande como para dejar entrar un ejército, y me acusó de desperdiciar horas preciosas quejándome en su salón, cuando debería estar llevando adelante la batalla sobre el terreno. Es verdad que yo iba a verla muy a menudo, con la teoría de que eso me consolaría (expresaba francamente mi desánimo) por mi falta de éxito en mis habitaciones. Pero empecé a darme cuenta de que no me consolaba que me reprocharan continuamente mis escrúpulos, especialmente cuando en realidad estaba tan vigilante; más bien me alegré cuando mi burlona amiga cerró la casa para el verano. Ella había esperado obtener diversión con el drama de mi trato con las señoritas Bordereau, y la decepcionaba que ese trato, y por tanto el drama, no se hubiera puesto en marcha.
      —Le llevarán a su ruina —dijo, antes de marcharse de Venecia—. Se quedarán con todo su dinero sin enseñarle ni un jirón de papel.
      Creo que me dediqué con más concentración a mi asunto cuando ella se marchó.
      Era un hecho que hasta entonces, salvo en una sola y breve ocasión, no había tenido ni un contacto de un momento con mis extrañas patronas. La excepción tuvo lugar cuando les llevé, según mi promesa, los terribles tres mil francos. Entonces encontré a la señorita Tita esperándome en el vestíbulo, y recibió el dinero de mi mano para que no viera yo a su tía. La anciana había prometido recibirme, pero al parecer no le importó nada faltar a ese voto. El dinero estaba contenido en una bolsa de gamuza, de respetables dimensiones, que me había dado mi banquero, y la señorita Tita tuvo que agarrarlo bien para recibirlo. Intenté tratar el asunto un poco como una broma. No en plan de broma, sino con simplicidad, ella preguntó, pesando el dinero en las dos palmas:
      —¿No cree que es demasiado?
      A eso contesté que dependía de la cantidad de placer que yo recibiera por ello. Entonces se apartó de mí rápidamente, como había hecho el día anterior, murmurando en un tono diferente del que había usado hasta entonces:
      —¡Ah, placer, placer… no hay placer en esta casa!
      Después de eso, durante mucho tiempo, no la vi más, y me preguntaba si las oportunidades corrientes de cada día no debían habernos ayudado a encontrarnos. Sólo podía ser evidente que ella estaba enormemente en guardia para que eso no ocurriera, y además, la casa era tan grande que estábamos perdidos en ella el uno para el otro. Yo miraba esperanzado en su busca al cruzar la sala en mis idas y venidas, pero no era recompensado ni con un atisbo de la cola de su traje. Era como si nunca asomara de las habitaciones de su tía. Yo me preguntaba qué haría allí semana tras semana y año tras año. Nunca había encontrado tan violento parti pris de encerramiento; era más que mantenerse aparte; era como unas criaturas acosadas que fingen la muerte. Las dos señoras no parecían tener ningún visitante ni ninguna clase de contacto con el mundo. Juzgué por lo menos que nadie podía venir a la casa ni la señorita Tita podía salir de ella sin que yo lo observara. Hice algo por lo que me detesté a mí mismo (reflexionando que era sólo una vez, en cierto modo): interrogué a mi criado sobre sus costumbres y le dejé adivinar que me interesaría cualquier información que pudiera recoger. Pero él recogió sorprendentemente poco, para ser un veneciano enterado: debe añadirse que donde hay ayuno perpetuo, quedan muy pocas migas en el suelo. En otras cosas era lo bastante listo, aunque no lo fuera tanto como le había atribuido en la ocasión de mi primera entrevista con la señorita Tita. Había ayudado a mi gondolero a traerme una barcada de muebles; y una vez llevados esos objetos a lo alto del palacio y distribuidos según nuestra sabiduría conjunta, organizó mi domesticidad con tal prontitud como la hacía posible el hecho de que no hubiera más que él. En resumen, me puso tan cómodo como podía estarlo yo con mis medianas perspectivas. Debería haberme alegrado si se hubiera enamorado de la criada de la señorita Bordereau, o, a falta de eso, si la hubiera odiado: cualquier acontecimiento podría haber traído algún tipo de catástrofe, y una catástrofe podría haber llevado a alguna conversación. Mi idea es que ella sería sociable, y yo mismo, en varias ocasiones, la vi andar de un lado para otro en recados domésticos, de modo que estaba seguro de que era accesible. Pero no obtuve ningún cotilleo de esa fuente y luego supe que el afecto de Pasquale estaba fijo en un objeto que le hacía no prestar atención a otras mujeres. Era una señorita de cara empolvada, falda amarilla de algodón, y mucho ocio, que venía a menudo a verle. Esta practicaba, a su comodidad, el arte de ensartar cuentas (esos ornamentos se hacen en abundancia en Venecia; llevaba los bolsillos llenos de ellas y yo solía encontrarlas en el suelo de mis habitaciones), y mantenía la vigilancia sobre la doncella de la casa. No era cosa para mí, por supuesto, hacer murmurar a los domésticos, y nunca dije ni palabra a la cocinera de la señorita Bordereau.
      Me parecía prueba de la decisión de la anciana de no tener nada que ver conmigo, el que no me hubiera mandado nunca un recibo de mi renta de tres meses. Durante algunos días lo esperé y luego, cuando renuncié desperdicié mucho tiempo en preguntarme qué razón habría tenido para descuidar una forma tan indispensable y común. Al principio, estuve tentado de enviarle un recordatorio, tras de lo cual abandoné la idea (contra mi juicio de qué era lo correcto en ese caso particular), por la motivación general de desear seguir tranquilo. Si la señorita Bordereau sospechaba en mí ulteriores intenciones, sospecharía menos si yo parecía hombre de negocios, y sin embargo consentí en no parecerlo. Era posible que ella pretendiera que su omisión fuera una impertinencia, una ironía visible, para demostrar cómo podía ir demasiado lejos con personas que iban demasiado lejos con ella. Sobre esa hipótesis, estaba bien dejarla ver que uno no se fijaba en sus bromitas. La verdadera explicación del asunto, me di cuenta luego, era sencillamente el deseo de la pobre mujer de subrayar el hecho de que yo disfrutaba de un favor tan rígidamente limitado como liberalmente concedido. Me había dado parte de su casa y ahora no me daría ni un pedazo de papel con su nombre. Permítaseme decir que incluso al principio eso no me hizo demasiado desgraciado, pues el episodio entero era delicioso para mí. Preví que tendría todo un verano conforme a mi propio corazón literario, y la sensación de aferrar mi oportunidad era mucho mayor que la de perderla. No podría haber asunto en Venecia sin paciencia, y puesto que me encantaba el sitio, estaba mucho más en su espíritu por haber acumulado una amplia provisión. Ese espíritu me hacía perpetua compañía y parecía mirarme desde el revivido rostro inmortal —en que brillaba todo su genio— del gran poeta que era mi inspirador. Le había invocado y él había llegado: se cernía sobre mí casi todo el tiempo; era como si su luminoso espectro hubiera vuelto a la tierra a decirme que consideraba el asunto no menos suyo que mío, y que lo vigilaría hasta su conclusión, de modo fraternal y alegre. Era como si hubiera dicho: «Pobrecilla, tómalo con tranquilidad con ella; tiene algunos naturales prejuicios, pero dale tiempo. Por extraño que te parezca, era muy atractiva en 1820. Mientras tanto, ¿no estamos juntos en Venecia, y qué mejor sitio hay para la reunión de buenos amigos? Mira cómo refulge con el verano que avanza; cómo el cielo y el mar y el aire rosado y el mármol de los palacios cabrillean y se funden en unión.» Mi excéntrica misión personal se convertía en parte de la novelería y la gloria de todo; incluso sentía un compañerismo místico, una fraternidad moral con todos los que en el pasado habían estado al servicio del arte. Habían trabajado por la belleza, por una devoción; ¿y qué otra cosa hacía yo? Ese elemento estaba en todo lo que había escrito Jeffrey Aspern y yo no hacía más que sacarlo a la luz.
      Me demoraba en la sala mientras iba de un lado a otro; solía observar —tanto como me parecía decente la puerta que daba a la parte de la casa donde estaba la señorita Bordereau—. Una persona que me observara podría haber supuesto que trataba de lanzar un hechizo sobre ella o intentar algún extraño experimento de hipnotismo. Pero no hacía sino rezar porque se abriera o pensar qué tesoro se escondería probablemente detrás de ella. Me parece curioso, ahora que lo vuelvo a mirar, que nunca dudara por un momento que las reliquias sagradas estaban allí; nunca dejaba de sentir cierta alegría al estar bajo el mismo techo que ellas. Después de todo, estaban bajo mis manos; todavía no se me habían escapado; y ponían mi vida en continuación, en cierto modo, con la ilustre vida que habían tocado por el otro lado. Me perdía en esa satisfacción hasta el punto de asumir —en mi callada extravagancia— que la pobre señorita Tita también llegaba hasta atrás, como solía formularlo yo. Claro que sí llegaba, la amable solterona, pero no tanto como hasta Jeffrey Aspern, que para ella era algo sólo de oídas, igual que para mí. Sólo que llevaba años viviendo con Juliana, había visto y manejado los papeles y (aunque era estúpida) algún conocimiento esotérico se le había pegado. Eso era lo que representaba la anciana —conocimiento esotérico—, y ésa era la idea con que se excitaba mi corazón editorial. Literalmente, latía más de prisa, a menudo, al anochecer, cuando yo había salido, al detenerme con mi vela en el resonante vestíbulo subiendo a acostarme. Era como si en tal momento, en la calma, tras la larga contradicción del día, los secretos de la señorita Bordereau estuvieran en el aire, y el prodigio de su supervivencia fuera más palpable. Esas eran mis agudas impresiones. Las tenía de otra forma, con algo más de reciprocidad, durante las horas en que me sentaba en el jardín mirando por encima de mi libro hacia las ventanas cerradas de mi patrona. En esas ventanas no aparecía ninguna señal de vida; era como si, por miedo a que yo captara un atisbo de ellas, las dos señoras pasaran sus días a oscuras. Pero eso sólo probaba que tenían algo que ocultar, que era lo que yo deseaba demostrar. Las persianas inmóviles se hacían tan expresivas como unos ojos conscientemente cerrados, y yo me consolaba pensando que, en todo caso, aunque invisibles por sí mismas, ellas me veían entre las rendijas.
      Me empeñé en pasar todo el tiempo posible en el jardín, para justificar la imagen que había dado al principio de mi pasión horticultural. Y no sólo gasté tiempo sino (¡maldita sea!, como decía yo) dinero. Tan pronto como tuve arregladas mis habitaciones y pude ocuparme adecuadamente del asunto, inspeccioné el lugar con un experto listo y establecí condiciones para ponerlo en orden. Lamenté hacerlo, pues personalmente lo prefería tal como estaba, con sus hierbajos y su salvaje y áspera espesura, su dulce desastramiento, tan característicamente veneciano. Tenía que ser coherente, para mantener la promesa de que inundaría la casa de flores. Además formé el gracioso proyecto de que me abriría paso con flores, tendría éxito a fuerza de grandes ramos. Atacaría a las viejas con lirios; bombardearía su ciudadela con rosas. Su puerta tendría que ceder a la presión cuando se amontonara contra ella una montaña de claveles. El lugar, en realidad, estaba brutalmente descuidado. La capacidad veneciana para holgazanear es máxima, y durante muchos días, mi jardinero no tuvo otra cosa que mostrar por sus servicios sino basuras sin límite. Hizo muchos hoyos y se llevó muchas carretadas de tierra, y al cabo de poco me puse tan impaciente que pensé si enviar mis ramilletes desde el puesto más próximo. Pero reflexioné que las señoras verían, a través de las rendijas de sus persianas, que debían ser comprados y decidirían con eso que yo era un impostor. Así que me dominé y, al fin, aunque la tardanza fue larga, percibí algunas apariencias de florecimiento. Eso me animó y aguardé serenamente a que se multiplicaran. Mientras tanto, los días del verdadero verano llegaron y empezaron a pasar, y al volver la vista atrás hacia ellos, casi me parecen los más felices de mi vida. Me cuidé cada vez más de estar en el jardín siempre que no hiciera demasiado calor. Me hice arreglar un cenador, con una mesa baja y una butaca dentro; y saqué libros y carpetas (siempre tenía entre manos algún asunto de escribir), y trabajé y aguardé y cavilé con esperanzas, mientras pasaban las horas doradas y las plantas absorbían la luz y el inescrutable viejo palacio palidecía, y luego, al caer el día, empezaba a enrojecerse con él, y mis papeles se agitaban en la brisa errante del Adriático.
      Considerando qué poca satisfacción obtuve de ello al principio, es notable que no me hubiera cansado más de preguntarme qué místicos ritos de hastío celebraban las señoritas Bordereau en sus cuartos oscurecidos; si siempre su tenor de vida había sido así y cómo en años anteriores habían escapado de rozarse con sus vecinos. Estaba claro que debían haber tenido otras costumbres y otra situación; que debían alguna vez haber sido jóvenes o al menos de media edad. No tenían fin las preguntas que era posible preguntarse sobre ellas, ni fin las respuestas que era posible formular. Yo había conocido muchos compatriotas en Europa y estaba acostumbrado a las extrañas maneras que estaban expuestos a adoptar allí: pero las señoritas Bordereau formaban completamente un nuevo tipo del alejado de América. Incluso, estaba claro de que el nombre de americanas había dejado de tener ninguna aplicación a ellas; lo había visto eso en los diez minutos que pasé en el cuarto de la anciana. No se podía decir de dónde venían, por el aspecto de ninguna de las dos; de donde quiera que vinieran, hacía mucho que habían abandonado su acento y sus maneras locales. No había en ellas nada que reconocer, y, dejando aparte la cuestión de la lengua, podrían haber sido noruegas o españolas. La señorita Bordereau, después de todo, llevaba en Europa casi tres cuartos de siglo; eso aparecía en unos versos que le dirigió Aspern en la ocasión en que él se ausentó por segunda vez de América —versos cuya fecha habíamos establecido Cumnor y yo con suficiente solidez, después de infinitas conjeturas—: que incluso entonces, siendo una chica de veinte años, ya estaba en la orilla extranjera del mar. Había en ese poema una implicación (espero que no sólo por la frase) de que él había regresado en atención a ella. No teníamos verdadera luz sobre la situación de ella en aquel momento, así como tampoco sobre su origen, que creíamos era del tipo que se suele llamar modesto. Cumnor tenía la teoría de que ella había sido institutriz en alguna familia visitada por el poeta, y que, a consecuencia de esa posición de ella, hubo desde el principio algo inconfesado, o más bien algo decididamente clandestino, en sus relaciones. Yo, por otra parte, había incubado una pequeña novelería según la cual ella era hija de un artista, un pintor o un escultor, que había dejado el Nuevo Mundo a comienzos de siglo para estudiar en las escuelas antiguas. Era esencial para mi hipótesis que ese amable hombre hubiera perdido a su mujer, fuera pobre y sin éxito y tuviera una segunda hija, de carácter muy diverso al de Juliana. También era indispensable que le hubieran acompañado a Europa esas señoritas para establecerse allí durante el resto de una vida difícil y entristecida. Había otra implicación: que la señorita Bordereau, en su juventud, tenía un carácter maligno y aventurero, aunque generoso y fascinante, y que había pasado por algunas vicisitudes singulares. ¿Por qué pasiones había sido asolada, por qué sufrimientos había quedado desteñida, qué reserva de recuerdos había acumulado para el monótono porvenir?
      Me preguntaba esas cosas mientras estaba sentado devanando teorías sobre ella en mi cenador y las abejas zumbaban en las flores. Era incontestable que, para bien o para mal, la mayor parte de los lectores de los poemas de Aspern (poemas no tan ambiguos como los sonetos, creo que apenas más divinos, de Shakespeare) daban por supuesto que Juliana no siempre se había atenido al áspero sendero de la renuncia. En torno a su nombre se cernía un perfume de pasión sin límites, una insinuación de que ella no había sido exactamente el tipo general de joven respetable. ¿Era eso señal de que su cantor la había traicionado, la había dejado al descubierto ante la posteridad? Lo cierto es que era difícil poner el dedo en un pasaje en que su buena fama se viera puesta en cuestión. Además, ¿no era lo bastante buena cualquier fama que tuviera la seguridad de durar y fuera unida a obras inmortales por su belleza? Era parte de mi idea que la joven hubiera tenido un amante extranjero (y una ruptura trágica poco edificante) antes de conocer a Jeffrey Aspern. Habría vivido con su padre y su hermana en un extraño mundo a la antigua, expatriado y artístico, de bohemios, en los días en que lo estético era sólo lo académico, y los pintores que conocían los mejores modelos de contadina y pifferaro llevaban sombreros en punta y pelo largo. Era una sociedad con menos recursos que las capillitas de hoy (por su ignorancia de las maravillosas ocasiones y oportunidades para los madrugadores, de que estaba sembrado su camino), con jirones de material viejo y fragmentos de vieja cacharrería; de modo que la señorita Bordereau no parecía haber recogido ni heredado muchos objetos de importancia. No había envidiable bric-à-brac, con su provocante leyenda de baratura, en el cuarto donde yo la había visto. Un hecho así sugería pobreza, pero sin embargo encajó felizmente en el interés sentimental que yo siempre me había tomado por los tempranos movimientos de mis compatriotas como visitantes de Europa. Cuando los americanos salían al extranjero en 1820, había en ello algo romántico casi heroico, comparado con los perpetuos transbordos de la hora actual, cuando la fotografía y otras comodidades han aniquilado la sorpresa. La señorita Bordereau zarpó con su familia en un zarandeado bergantín, en los días de los viajes largos y de las grandes diferencias; había tenido sus emociones en lo alto de diligencias amarillas, había pasado la noche en posadas donde soñó con leyendas de viajeros, y, al llegar a la Ciudad Eterna, la impresionó la elegancia de las perlas y los chalés romanos. Había algo conmovedor para mí en todo eso y mi imaginación volvía frecuentemente a esa época. Si la señorita Bordereau dominaba en él, por supuesto que Jeffrey Aspern en otros momentos había dominado mucho más. Era un hecho aún más importante, si se miraba su genio críticamente, que hubiera vivido en los días anteriores a la transfusión general. Me había ocurrido lamentar que él hubiera conocido Europa en absoluto; me habría gustado ver lo que hubiera escrito sin esa experiencia que indudablemente le había enriquecido. Pero como su destino lo había dispuesto de otro modo, le acompañé; traté de juzgar cómo le había impresionado el viejo mundo. Sin embargo, no era sólo ahí donde le observaba; las relaciones que había mantenido con el nuevo mundo tenían un interés aún más vivo. Después de todo, su propio país se le había llevado la mayor parte de la vida, y su Musa, como se decía entonces, era esencialmente americana. Por eso era por lo que yo le había amado originalmente: porque en una época en que nuestra tierra natal estaba desnuda y tosca provinciana, cuando la famosa «atmósfera» que se piensa que le falta, ni siquiera se echaba de menos, cuando la literatura estaba allí solitaria, y el arte y la forma eran casi imposibles, él había encontrado medios para vivir y escribir como uno de los primeros; para sentir, entender y expresarlo todo.



V

      Rara vez me quedaba en casa al anochecer, pues cuando trataba de ocuparme en mis habitaciones, la luz de la lámpara atraía una multitud de insectos molestos, y hacía demasiado calor para cerrar las ventanas. Por tanto, pasaba las últimas horas o bien en el agua (la luz de la luna en Venecia es famosa) o en la espléndida plaza que sirve como vasto atrio a la extraña y vieja basílica de San Marco. Me sentaba ante el café de Florian, tomando helados, oyendo música, hablando con conocidos: el viajero se acordará de cómo la inmensa acumulación de mesas y sillas se extiende como un promontorio penetrando en el liso lago de la Piazza. La plaza entera, en anochecer de verano, bajo las estrellas y con todas las lámparas, todas las voces y leves pasos sobre el mármol (los únicos sonidos de las arquerías que la rodean), es como un salón al aire libre dedicado a bebidas refrescantes y a una degustación aún más fina —la de las exquisitas impresiones recibidas durante el día—. Cuando no prefería quedarme las mías para mí, siempre había un turista errante, desembarazado de su Baedeker, con quien comentarlas, o algún pintor naturalizado que se regocijaba con el retorno de la estación de los efectos fuertes. La maravillosa iglesia, con sus bajas cúpulas y erizada de ornamentos, el misterio de su mosaico y esculturas, parecía fantasmal en la templada sombra, y la brisa marina pasaba entre las columnas gemelas de la Piazzetta, jambas de una puerta ya no custodiada, tan suavemente como si se meciera allí una rica cortina. En esas ocasiones pensaba en las señoritas Bordereau y en la lástima de que estuvieran encerradas en habitaciones que, en el julio veneciano, ni siquiera la vastedad de Venecia conseguía evitar que estuvieran sofocantes. Su vida parecía estar a millas de distancia de la vida de la Piazza, y sin duda ya era realmente tarde para hacer cambiar de costumbres a la austera Juliana. Pero la pobre señorita Tita, estaba seguro de que habría disfrutado con un helado de Florian; a veces incluso pensaba llevarle uno a casa. Afortunadamente, mi paciencia dio fruto y no me vi obligado a hacer nada tan ridículo.
      Una noche hacia mediados de julio volví a casa antes que de costumbre —no recuerdo qué azar dio lugar a ello— y, en vez de subir a mis habitaciones, me dirigí al jardín. La temperatura era muy alta; era una noche tal que uno la habría pasado de buena gana al aire libre, y no tenía yo prisa de meterme en la cama. Había vuelto a casa navegando en mi góndola, oyendo el lento salpicar del remo en los estrechos canales oscuros, y ahora el único pensamiento que me requería era la vaga reflexión de que sería grato extenderme en toda mi longitud en la fragante oscuridad de un banco del jardín. El olor del canal estaba sin duda en el fondo de esa aspiración, y el aliento del jardín, al entrar, dio consistencia a mi propósito. Estaba delicioso; un aire así debió temblar con los juramentos de Romeo cuando se irguió entre las flores elevando sus brazos hacia el balcón de su señora. Miré las ventanas del palacio a ver si por casualidad se había seguido el ejemplo de Verona (ya que Verona no estaba muy lejos), pero todo estaba oscuro como de costumbre y silencioso. Juliana, en noches estivales de su juventud, podría haber hecho descender sus murmullos hacia Jeffrey Aspern, pero la señorita Tita no era amante de poeta, del mismo modo que yo no era poeta. Eso sin embargo no impidió que mi satisfacción fuera grande al darme cuenta, al llegar al extremo del jardín, de que la señorita Tita estaba sentada en mi pequeño cenador. Al principio sólo vi una figura indistinta, no contando en absoluto con tal iniciativa por parte de ninguna de mis patronas; se me ocurrió incluso que alguna criada sentimental se hubiera escapado furtivamente para una cita con su cortejador. Yo iba a volverme atrás, para no asustarla, cuando la figura se irguió en toda su altura y reconocí a la sobrina de la señorita Bordereau. Tengo que hacerme a mí mismo la justicia de decir que tampoco quería asustarla, y, por más que había deseado tal situación, habría sido capaz de retirarme. Era como si yo le hubiera puesto una trampa volviendo a casa antes que de costumbre, añadiendo a esa excentricidad la de deslizarme al jardín. Cuando ella se levantó, me habló, y reflexioné que quizá, segura por mi ausencia casi invariable, solía salir todas las noches a tomar el aire sola. No había trampa, en verdad, porque yo no lo había sospechado. Al principio di por supuesto que las palabras que pronunciaba expresaban consternación por mi llegada; pero cuando las repitió —yo no las había captado claramente— tuve la sorpresa de oírle decir:
      —¡Ah, vaya, me alegro tanto de que haya venido!
      Ella y su tía tenían la propiedad común de los discursos inesperados. Salió del cenador casi como si se fuera a arrojar en mis brazos.
      Me apresuro a añadir que no hizo nada por el estilo; ni siquiera me dio la mano. Era una satisfacción para ella el verme, y al fin me dijo por qué, porque se ponía tan nerviosa cuando estaba al aire libre de noche y sola. Las plantas y las matas parecían tan extrañas en la oscuridad —no sabía decir qué eran— como los ruidos de animales. Se quedó parada junto a mí, mirando alrededor con aire de mayor seguridad pero sin mostrar interesarse por mí como individuo. Entonces adiviné que no tenía ninguna costumbre de asomadas nocturnas, y también me acordé (me había impresionado ese detalle hablando con ella antes de tomar posesión) de que era imposible exagerar su simplicidad.
      —Habla usted como si estuviera perdida en los bosques salvajes —dije, riendo—. Cómo se las arregla usted para mantenerse apartada de este encantador lugar cuando sólo tiene que dar tres pasos para entrar en él, es algo que todavía no he podido descubrir. Se esconde usted muy bien mientras yo estoy en la casa, ya lo sé; pero tenía esperanzas de que se asomara un poco otros momentos. Usted y su pobre tía están peor que las monjas carmelitas en sus celdas. ¿Le importaría decirme cómo viven sin aire, sin ejercicio, sin ninguna clase de contacto humano? No veo cómo llevan adelante los asuntos comunes de la vida.
      Me miró como si yo hablara alguna lengua extranjera, y su respuesta fue tan poco respuesta que me irrité mucho.
      —Nos acostamos muy pronto; antes de lo que usted creería.
      Yo estaba a punto de decir que eso no hacía más que ahondar el misterio, cuando me dio algún alivio añadiendo:
      —Antes de que viniera usted, no estábamos tan retiradas. Pero yo nunca he salido de noche.
      —¿Nunca por estos fragantes senderos, que florecen aquí delante de sus narices?
      —Ah —dijo la señorita Tita—, ¡nunca habían estado bonitos hasta ahora!
      Había en ello una referencia inconfundible y una comparación halagadora, de modo que me pareció haber ganado una pequeña ventaja. Como me convendría explotarla para establecer una especie de agravio, le pregunté por qué, puesto que consideraba bonito mi jardín, nunca me había dado las gracias por las flores que les había estado mandando en tales cantidades desde hacía tres semanas. No me había desanimado eso; como habría observado, había una brazada diaria; pero yo me había educado en las formas corrientes, y alguna palabra de reconocimiento de vez en cuando me habría tocado donde debía.
      —¡Bueno, no sabía que eran para mí!
      —Eran para ustedes dos. ¿Por qué iba a hacer diferencias?
      La señorita Tita reflexionó como si pensara una razón para ello, pero no consiguió obtenerla. En cambio, preguntó de repente:
      —¿Por qué razón quiere usted conocernos?
      —Después de todo, debería no ser lo mismo —contesté—. Esa pregunta es de su tía; no es de usted, usted no la haría si no la hubieran llevado a hacerla.
      —Ella no me dijo que le preguntara a usted —contestó la señorita Tita: era la más rara mezcla de lo elusivo y lo directo.
      —Bueno, muchas veces se lo ha preguntado ella misma y le ha expresado a usted su asombro. Ha insistido en ello, de manera que le ha metido en la cabeza la idea de que yo soy inaguantablemente entrometido. Palabra que creo haber sido muy discreto. ¡Y que completamente debe haber perdido su tía toda tradición de sociabilidad para ver algo extraño en la idea de que gente respetable e inteligente, viviendo como vivimos bajo el mismo techo, intercambien ocasionalmente alguna observación! ¿Qué podría ser más natural? Somos del mismo país y tenemos por lo menos algo de los mismos gustos, puesto que, como a ustedes, me gusta mucho Venecia.
      Mi interlocutora parecía incapaz de captar más de una sola oración en cualquier discurso, y declaró rápidamente, ávidamente, como si respondiera a todo mi discurso:
      —¡A mí no me gusta Venecia en lo más mínimo! ¡Me gustaría marcharme muy lejos!
      —¿Y ella siempre la ha retenido así? —seguí, para mostrarle que yo podía ser tan frívolo como ella.
      —Ella me ha dicho que saliera esta noche; me lo ha dicho muchas veces —dijo la señorita Tita—. Soy yo la que no quería salir. No me gusta dejarla.
      —¿Está demasiado débil, está agotándose? —pregunté, con más emoción, creo, de la que deseaba mostrar. Lo juzgué así por el modo como sus ojos se posaron en mí en la sombra. Eso me dejó un poco cohibido, y, para desviar la cuestión, continué jovialmente—: Sentémonos juntos cómodamente en algún sitio y cuénteme de ella.
      La señorita Tita no se resistió a ello. Encontramos un banco menos aislado, menos confidencial, como quien dice, que el del cenador, y todavía estábamos sentados allí cuando oí dar la medianoche en esas claras campanas de Venecia que vibran con una solemnidad única sobre la laguna y se demoran en el aire mucho más que los sones de otros lugares. Estuvimos juntos más de una hora y nuestra entrevista, a mi parecer, dio un gran avance a mi pretensión. La señorita Tita aceptó la situación sin protesta; llevaba tres meses evitándome pero ahora me trataba casi como si esos tres meses me hubieran hecho un viejo amigo. Si yo hubiera deseado, podría haber inferido de eso que, aunque me había evitado, lo había hecho con mucha consideración. Ella no prestó atención a la fuga del tiempo; no se preocupó porque yo la tuviera tanto tiempo lejos de su tía. Habló libremente, respondiendo a preguntas y no aprovechando siquiera ciertas pausas más bien largas, que inevitablemente surgían, para decir que más valía que entrara. Era casi como si estuviera esperando algo, algo que yo podría decirle, y pretendía darme mi oportunidad. Me impresionó eso más por decirme que su tía llevaba algunos días menos bien, y de un modo bastante nuevo. Estaba más débil; algunos momentos parecía no tener ninguna fuerza; pero más que nunca, deseaba que la dejaran tranquila. Por eso le había dicho que saliera; ni siquiera que se quedara en su propio cuarto, que estaba al lado, decía que su sobrina la irritaba, la ponía nerviosa. Se quedaba sentada inmóvil durante horas, como si durmiera; siempre lo había hecho así, meditando y dormitando; pero, en esos casos, antes daba de vez en cuando alguna pequeña señal de vida, deseando que su compañera se acercara con su labor. La señorita Tita me confió que ahora su tía estaba tan inmóvil que a veces temía que estuviera muerta; además, apenas comía; no se sabía de qué vivía. Lo importante era que casi todos los días seguía levantándose: el trabajo serio era vestirla, sacarla de su alcoba haciendo rodar su butaca. Se aferraba todo lo posible a sus viejos hábitos y siempre se empeñaba en sentarse en el salón, a pesar de lo poco que habían recibido desde hacía años.
      Apenas sabía yo qué pensar de todo eso; de la repentina conversión de la señorita Tita a la sociabilidad y de la extraña circunstancia de que cuanto más parecía la anciana declinar hacia su fin, menos deseara ser cuidada. La historia no estaba de acuerdo en sus partes, y aun me pregunté si no sería una trampa que me tendían, el resultado de un designio para hacerme quedar al descubierto. No podría decir por qué mis compañeras (como sólo se las podía llamar por cortesía) tendrían tal propósito; por qué iban a echar la zancadilla a un huésped tan lucrativo. En todo caso, seguí en guardia, de modo que la señorita Tita no volviera a tener ocasión de preguntarme si tenía algún arrière-pensée. Pobre mujer, antes de separarnos esa noche, mi ánimo quedó tranquilo en cuanto a su capacidad para atender a alguien.
      Me contó de sus asuntos más de lo que yo había esperado; no hubo necesidad de hurgar, pues evidentemente la hacía volcarse la simple sensación de que yo escuchaba, de que me importaba. Dejó de preguntarse por qué me importaba, y, por fin, habló de la brillante vida que habían llevado hacía años: casi se entregó a charlar. Era la señorita Tita quien la juzgaba brillante: decía que, recién llegadas a vivir en Venecia, hacía años y años (vi que su mente era esencialmente vaga en cuanto a fechas y al orden en que habían ocurrido las cosas), apenas había semana en que no tuvieran algún visitante, o no hicieran algún passeggio delicioso por la ciudad. Habían visto todas las curiosidades: incluso habían ido al Lido en barca (lo decía como si yo pudiera creer que había modo de ir a pie), habían hecho allí una comida, llevada en tres cestas y extendida en la hierba. Le pregunté a qué gente habían conocido y dijo: «¡Ah, muy simpáticos!», el Cavaliere Combicci y la Contessa Altemura con quien habían tenido una gran amistad. También ingleses, los Churton, los Goldie y la señora Stock-Stock, a quien habían querido mucho; ella había muerto, la pobre. Así ocurría con la mayoría de su grato círculo (ésa fue la expresión de la señorita Tita), aunque quedaban unos pocos, lo que era sorprendente considerando cómo los habían descuidado. Mencionó los nombres de dos o tres ancianas venecianas; de cierto médico, muy listo, que era tan amable; en realidad había dejado de ejercer; del avvocato Pochintesta, que escribía bonitos poemas y le había dirigido uno a su tía. Esa gente venía a verlas sin falta todos los años, generalmente en el capo d’anno, y desde hacía mucho, su tía les solía hacer algún regalito, su tía y ella juntas; cositas que hacía ella misma, la señorita Tita, como pantallas de papel o salvamanteles para las botellas de vino de la comida o esas cosas de lana que se llevan en el invierno en las muñecas. En los últimos años, no había habido muchos regalos; ella no podía pensar qué hacer y su tía había perdido todo interés y nunca sugería. Pero la gente venía de todos modos; cuando los venecianos le quieren a uno, es para siempre.
      Había algo conmovedor en la buena fe de ese esbozo de antiguas glorias sociales: el picnic en el Lido seguía vivo a través de las épocas y la pobre señorita Tita evidentemente tenía la impresión de haber pasado una juventud brillante. De hecho, había tenido un atisbo del mundo veneciano, en sus idas y venidas, escasas y profesionales, de cotilleo, de atención a la casa; pues observé por primera vez que había adquirido por contacto algo de la gracia del habla del lugar, familiar, suave de sonido, casi infantil. Juzgué que había absorbido ese dialecto invertebrado por el modo natural como surgían en sus labios los nombres de cosas y personas —sobre todo puramente locales—. Si sabía poco de lo que esos nombres representaban, menos aún sabía de cualquier otra cosa. Su tía se había encerrado en sí misma —su falta de interés en los salvamanteles y las pantallas era señal de eso— ella no había sido capaz de mezclarse en la sociedad ni de prestarle atención ella sola; así que la materia de sus reminiscencias daba la impresión de un mundo viejo por completo. Si ella no hubiera sido tan decente sus referencias habrían parecido llevarle a uno atrás, a la extraña Venecia rococó de Casanova. Me encontré cayendo en el error de considerarla también como una coetánea de Jeffrey Aspern; eso era porque tenía tan poco en común con lo mío. Era posible, me dije, que ni siquiera hubiera oído hablar de él; podría ser muy bien que Juliana no hubiera querido levantar ni siquiera para ella el velo que cubría el templo de su juventud. En ese caso quizá no sabría de la existencia de los papeles, y me agradó esa suposición —me hacía sentirme más seguro con ella—, hasta que recordé que habíamos creído que la carta de negativa recibida por Cumnor era de letra de la sobrina. Si le había sido dictada, desde luego, ella tenía que saber de qué trataba; pero, al fin y al cabo, su efecto era repudiar la idea de ninguna relación con el poeta. De todos modos, me pareció probable que la señorita Tita no hubiera leído una palabra de su poesía. Además si, con su compañera, siempre había escapado a todo entrevistador, había poca ocasión de que se le hubiera metido en la cabeza que había gente que persiguiera las cartas. La gente no las perseguía, en cuanto que no habían oído hablar de ellas; y la infructuosa tentativa de Cumnor habría sido una casualidad solitaria.
      Cuando dio la medianoche, la señorita Tita se levantó pero se detuvo a la puerta de la casa sólo después de haber dado dos o tres vueltas conmigo por el jardín.
      —¿Cuándo la volveré a ver? —pregunté, antes que entrara; a lo que replicó con prontitud que le gustaría salir la noche siguiente. Sin embargo, añadió que no saldría: estaba muy lejos de hacer todo lo que le gustaba.
      —Podría hacer usted unas pocas cosas que a mí me gustan —dije, con un suspiro.
      —¡Ah, usted… no le creo a usted! —murmuró, ante eso, mirándome con su simple solemnidad.
      —¿Por qué no me cree?
      —Porque no le entiendo.
      —Este es precisamente el tipo de ocasión en que hay que tener fe.
      No podía decir más, aunque me habría gustado, porque vi que no hacía más que confundirla: pues no deseaba tener en mi conciencia el que pareciera haberle hecho el amor. Nada menos que eso podría haber parecido que hacía, si hubiera seguido pidiendo a una dama que «creyera en mí» en un jardín italiano en una medianoche de verano. Había algún motivo para mis escrúpulos, pues la señorita Tita se demoraba y se demoraba; me di cuenta de que ella comprendía que no debía volver a bajar, realmente, y por tanto debía prolongar el presente. Insistió también en que la conversación entre nosotros debía quedar reservada entre nosotros; y, en conjunto, su conducta fue tal como habría sido posible sólo en una mujer completamente inocente.
      —Me gustarán más las flores ahora que sé que también son para mí.
      —¿Cómo pudo dudarlo? Si me dice de qué clase le gustan más, le enviaré doble porción de ellas.
      —¡Ah, me gustan más todas! —Luego siguió, con familiaridad—: ¿Va usted a estudiar, va a leer y a escribir, cuando suba a su cuarto?
      —No lo hago de noche, en esta época. La luz de la lámpara atrae animales.
      —Podía haberlo sabido cuando vino.
      —¡No lo sabía!
      —¿Y en invierno trabaja de noche?
      —Leo mucho, pero no escribo a menudo.
      Ella escuchó como si esos detalles tuvieran un interés extraordinario, y de repente, esa cara sencilla y bondadosa me inspiró una tentación muy lejos de la prudencia que había yo aprendido a seguir. ¡Ah, sí estaba segura, y yo podría hacerla estar más segura! Me pareció, de pronto, que ya no podía esperar más, que realmente debía hacer un sondeo. Así que seguí:
      —En general, antes de dormir, y muchas veces en la cama (es una mala costumbre, pero lo confieso), leo a algún gran poeta. En nueve casos de cada diez, es un libro de Jeffrey Aspern.
      La observé bien al pronunciar ese nombre, pero no vi nada extraño. ¿Por qué iba a observarlo en efecto; no era Jeffrey Aspern propiedad de la raza humana?
      —Ah, nosotras le leemos, nosotras le hemos leído —replicó suavemente.
      —Es mi poeta de poetas… lo sé casi de memoria.
      Por un momento la señorita Tita vaciló; luego, su sociabilidad pudo con ella.
      —¡Ah, de memoria; eso no es nada! —murmuró, sonriendo—. Mi tía le conocía, le conocía… —se detuvo un momento y yo me pregunté qué diría—, le conocía como visitante.
      —¿Como visitante? —repetí, mirando fijamente.
      —Venía a visitarla y salía con ella.
      Yo seguí mirando pasmado.
      —¡Mi querida señora, si se murió hace cien años!
      —Bueno —dijo ella, regocijada—, mi tía tiene ciento cincuenta.
      —¡Válgame Dios! —exclamé—, ¿por qué no me lo dijo antes? Me gustaría preguntarle sobre él.
      —No querría… no le diría —replicó la señorita Tita.
      —¡No me importa que no quiera! Tiene que contarme… es una oportunidad que no se puede perder.
      —Ah, debería usted haber venido hace veinte años; entonces ella todavía hablaba de él.
      —¿Y qué decía? —pregunté, ávido.
      —No sé… que él la quería inmensamente.
      —Y ella… ¿no le quería?
      —Ella decía que era un dios.
      La señorita Tita me dio esa información sin color, sin expresión; su tono podría haberla convertido en trivial cotilleo. Pero me agitó profundamente al dejarlo caer en la noche de verano; parecía un testimonio tan directo.
      —¡Imagínese, imagínese! —murmuré. Y luego—: Dígame esto, por favor: ¿tiene ella algún retrato de él? Son lamentablemente raros.
      —¿Un retrato? No sé —dijo la señorita Tita; y entonces hubo en su cara algún desconcierto—. ¡Buenas noches! —añadió, y se metió en la casa.
      La acompañé hasta entrar en el ancho pasillo, sombrío y pavimentado de piedra, que, en el piso de abajo, correspondía a nuestra grandiosa sala. Se abría por un extremo al jardín, y al otro al canal, y ahora lo alumbraba sólo la lamparilla que me dejaban para subirla cuando me iba a acostar. A su lado, en la misma mesa, había una vela apagada, al parecer bajada por la señorita Tita.
      —¡Buenas noches, buenas noches! —contesté, manteniéndome a su lado mientras ella iba a buscar su luz—. ¿Seguro que usted sabría, verdad, si ella tiene alguno?
      —¿Si tiene qué? —preguntó la pobre, mirándome extrañamente sobre la llama de su vela.
      —Un retrato del dios. No sé qué daría por verlo.
      —No sé qué es lo que tiene. Guarda sus cosas bajo llave.
      Y la señorita Tita se marchó hacia la escalera, evidentemente con la sensación de que había dicho demasiado.
      La dejé marchar —no deseaba asustarla— y me contenté con indicar que la señorita Bordereau no habría guardado bajo llave una propiedad tan gloriosa como ésa: algo de que cualquiera estaría orgulloso, y que colgaría en lugar destacado de la pared de la sala. Por tanto, desde luego, no tenía ningún retrato. La señorita Tita no respondió directamente a eso, y, vela en mano de espaldas a mí, subió dos o tres escalones. Luego se detuvo de pronto y se volvió a mirarme a través del sombrío espacio.
      —¿Usted escribe… usted escribe?
      Había un temblor en su voz; apenas podía echar fuera lo que quería preguntar.
      —¿Que si escribo? ¡Ah, no hable de lo que escribo yo el mismo día que de lo que escribió Aspern!
      —¿Escribe usted sobre él… explora en su vida?
      —Ah, esa pregunta es de su tía, ¡no puede ser de usted! —dije yo en tono de sensibilidad ligeramente herida.
      —Más razón entonces para que la responda. ¿Escribe, por favor?
      Creí que me había preparado para las falsedades que tuviera que decir, pero al llegar al punto encontré que de hecho no. Además, ahora que tenía una introducción, había una especie de alivio en ser franco. En último lugar (quizá eso era una fantasía, incluso una presunción) supuse que la señorita Tita personalmente, no sería menos amiga mía por ello, en última instancia. Así que, después de vacilar un momento, respondí:
      —Sí, he escrito sobre él y busco más material. Por lo más sagrado, ¿tiene usted algo?
      —Santo Dio! —exclamó ella, sin atender a mi pregunta, y subió las escaleras de prisa hasta perderse de vista. Podría contar con ella en última instancia, pero, por el momento estaba visiblemente alarmada. La prueba de eso es que empezó a esconderse otra vez, de modo que en una quincena no la observé nunca. Encontré que mi paciencia disminuía y al cabo de cuatro o cinco días dije al jardinero que dejara de mandar flores.



VI

      Una tarde, al bajar de mis habitaciones para salir, encontré a la señorita Tita en la sala: era nuestro primer encuentro en ese terreno desde que yo había llegado a la casa. No fingió estar allí por casualidad; tales artes quedaban ignoradas en su aire directo, torpe, desconfiado. Para que yo estuviera seguro de que me esperaba, me informó de ello y me dijo que la señorita Bordereau deseaba verme; que me llevaría al instante a su cuarto si yo tenía tiempo. Aunque hubiera ido retrasado a una cita de amor, me habría quedado para eso, e indiqué rápidamente que me gustaría visitar a la anciana.
      —Ella quiere hablar con usted… conocerle —dijo la señorita Tita, sonriendo, como si ella misma se complaciera en esa idea, y me llevó a la puerta de la habitación de su tía. Yo la detuve un momento antes de abrirla, mirándola con alguna curiosidad. Le dije que era una gran satisfacción para mí y un gran honor, pero que de todas maneras me gustaría preguntar qué había hecho a la señorita Bordereau cambiar tan de repente. La señorita Tita no quedó cohibida por mi pregunta; tenía tantas pequeñas serenidades inesperadas como si dijera mentiras, pero lo extraño de ellas era que, por el contrario, tenían su fuerte en su veracidad.
      —Ah, mi tía cambia —respondió—, es algo tan terriblemente aburrido; supongo que está cansada.
      —Pero usted me dijo que quería cada vez más que la dejaran en paz.
      La pobre señorita Tita se ruborizó, como si me encontrara demasiado empeñado.
      —¡Bueno, si no cree usted que quiera verle, yo no lo he inventado! Creo que la gente muchas veces se pone caprichosa cuando son muy viejos.
      —Eso es completamente cierto. Sólo quería aclarar si usted le ha repetido lo que yo le dije la otra noche.
      —¿Qué me dijo?
      —Lo de Jeffrey Aspern… que busco materiales.
      —Si se lo hubiera dicho, ¿cree usted que ella habría mandado a buscarle?
      —Eso es exactamente lo que quiero saber. Si ella quiere guardárselo para ella, podría haberme mandado a buscar para decírmelo.
      —No querrá hablar de él —dijo la señorita Tita. Luego, al abrir la puerta, añadió en voz más baja—: No le he dicho nada.
      La anciana estaba sentada en el mismo sitio donde la había visto la otra vez, en la misma postura, con el mismo velo mistificador sobre los ojos. Su bienvenida fue volver hacia mí su cara casi invisible y mostrarme que, aunque no decía nada, me veía claramente. No intenté darle la mano; me daba demasiada cuenta en esa ocasión de que eso estaba fuera de lugar para siempre. Ya estaba bastante advertido de que ella era demasiado sagrada para esa especie de reciprocidad: demasiado venerable para tocarla. Había algo tan sombrío en su aspecto (en parte, por la circunstancia de su velo verde) que, cuando me quedé allí en pie para ser medido, en el acto dejé de sentir ninguna duda en cuanto a que conociera mi secreto, aunque no sospeché en lo más mínimo que la señorita Tita no hubiera dicho la verdad. Ella no me había traicionado, pero el caviloso instinto de la anciana le había valido; me había estado considerando una vez y otra en las largas horas de silencio, y había adivinado. Lo peor es que parecía terriblemente una vieja que, por cualquier cosa, podría quemar sus papeles. La señorita Tita adelantó una silla, diciéndome:
      —Este será un buen sitio para que se siente.
      Al tomar posesión de ella, pregunté por la salud de la señorita Bordereau, expresando la esperanza de que a pesar del tiempo tan caluroso, fuera satisfactoria. Ella respondió que era suficientemente buena… suficientemente buena: que era una gran cosa estar viva.
      —¡Ah, en cuanto a eso, depende de con qué lo compare! —exclamé, riendo.
      —No comparo… no comparo. Si comparara, hace mucho debería haber renunciado a todo.
      Me agradó pensar que eso fuera una sutil alusión al arrebato que había conocido en compañía de Jeffrey Aspern, aunque era cierto que tal alusión habría estado poco de acuerdo con el deseo, que yo le atribuía, de mantenerlo sepultado en su alma. Con lo que sí estaba de acuerdo era con mi constante convicción de que ningún ser humano había tenido un don social tan delicioso como él, y lo que parecía indicar era que ninguna otra cosa en el mundo era digna de mención si uno pretendía hablar de eso. ¡Pero uno no pretendía! La señorita Tita se sentó junto a su tía, con aire de creer que iba a producirse una conversación muy notable entre nosotros.
      —Es por lo de las hermosas flores —dijo la anciana—: nos ha mandado tantas; debería haberle dado las gracias antes. Pero no escribo cartas y sólo recibo a largos intervalos.
      No me había dado las gracias mientras las flores seguían llegando, pero se apartaba de su costumbre hasta el punto de mandarme a buscar tan pronto como empezaba a temer que ya no vendrían más. Lo noté: me acordé de qué inclinaciones tan adquisitivas había mostrado cuando era cuestión de sacarme oro, y me alegré íntimamente de la feliz idea que tuve al interrumpir mi tributo. Lo había echado de menos y estaba dispuesta a hacer una concesión para que volviera. A la primera señal de esta concesión, yo sólo podía salir a su encuentro.
      —Me temo que últimamente no han recibido muchas, pero volverán a empezar en seguida: mañana, esta noche.
      —¡Ah, mándenos algunas esta noche! —exclamó la señorita Tita, como si eso fuera un hecho muy importante.
      —¿Qué otra cosa iba usted a hacer con ellas? No es cosa de hombres convertir su cuarto en un cenador —observó la anciana.
      —No hago un cenador de mi cuarto, pero me gustan muchísimo las flores, observar cómo son. No hay en eso nada de poco masculino: eso ha entretenido a filósofos, a estadistas retirados; incluso pienso en grandes capitanes.
      —Supongo que sabe que las puede vender; las que no use —siguió la señorita Bordereau—. Me parece que no le darían mucho por ellas; sin embargo, podría hacer un buen trato.
      —Ah, nunca he hecho un buen trato, como debería saber usted. Mi jardinero se ocupa de ellas y yo no hago preguntas.
      —¡Yo haría unas pocas, puedo asegurárselo! —dijo la señorita Bordereau, y fue la primera vez que la oí reír. No me podía hacer a la idea de que esa visión del beneficio monetario fuera lo que más excitaba a la divina Juliana.
      —Venga usted misma al jardín y cójalas; venga siempre que quiera; venga todos los días. Son todas para usted —proseguí, dirigiéndome a la señorita Tita y quitando importancia a esta declaración veraz al tratarla como broma inocente—. No puedo imaginar por qué no baja ella —añadí, en referencia a la señorita Bordereau.
      —Debe hacerla salir usted; debe subir a buscarla —dijo la anciana, para mi estupefacción—. Esa cosa rara que ha hecho usted en el rincón sería un sitio estupendo para que se sentara ella.
      La alusión a mi cenador era irreverente; confirmó la impresión, que ya había recibido, de que había una chispa de impertinencia en la conversación de la señorita Bordereau, un extraño chispeo burlón que debía haber sido parte de su juventud aventurera y que había sobrevivido a pasiones y facultades. Sin embargo, pregunté:
      —¿No le sería posible bajar usted misma allí? ¿No le sentaría bien sentarse allí a la sombra, en el aire perfumado?
      —Ah, señor, cuando me mueva de aquí no será para sentarme al aire, ¡y me temo que el aire que se mueva a mi alrededor no estará especialmente perfumado! Será una sombra muy oscura, desde luego. Pero eso no será todavía —continuó la señorita Bordereau, astutamente, como para rectificar ninguna esperanza que me llevara a abrigar su valerosa alusión al último receptáculo de su humanidad—. Llevo aquí sentada mucho tiempo y he tenido bastantes cenadores en mis tiempos. Pero no tengo miedo de esperar hasta que me llamen.
      La señorita Tita había esperado alguna conversación interesante, pero quizá la encontró menos simpática por parte de su tía de lo que ella había supuesto (considerando que se me había mandado a buscar con una intención cortés). Como para dar a la conversación un giro que pusiera a nuestra compañera a una luz más favorable, me dijo:
      —¿No le dije la otra noche que ella me había mandado salir? ¡Ya ve que puedo hacer lo que quiera!
      —¿La compadece usted? ¿La enseña usted a compadecerse de sí misma? —preguntó la señorita Bordereau, antes que yo tuviera tiempo de responder a esa apelación—. Tiene una vida mucho más fácil que yo cuando tenía su edad.
      —Debe recordar usted que me ha sido posible considerarla a usted bastante inhumana.
      —¿Inhumana? Eso es lo que hace cien años solían llamar los poetas a las mujeres. No lo intente; ¡no lo hará usted tan bien como ellos! —declaró Juliana—. No hay ya poesía en el mundo; que yo sepa, por lo menos. Pero no quiero discutir de palabras con usted —prosiguió, y recuerdo muy bien el acento anticuado y artificial que dio a su discurso—. ¡Me ha hecho hablar, hablar! Eso no me va nada bien.
      Me levanté ante eso y le dije que no gastaría más su tiempo, pero ella me retuvo para preguntar:
      —¿Se acuerda, el día que le vi por lo de las habitaciones, que me ofreció usted usar su góndola?
      Y cuando asentí prontamente, impresionado otra vez con su inclinación a aprovechar la situación y preguntándome qué se propondría ahora, ella salió diciendo:
      —¿Por qué no saca usted a esa chica y le enseña el sitio?
      —Ah, querida tía, ¿qué quieres hacer conmigo? —exclamó la «chica», con un quejoso temblor de voz—. ¡Conozco todo el sitio!
      —Bueno, entonces, ¡ve con él de cicerone! —dijo la señorita Bordereau, con un efecto casi de crueldad en su implacable poder de réplica; una incongruente sugerencia de que era una anciana sarcástica, irreverente, cínica—. ¿No hemos oído decir que ha habido toda clase de cambios en todos estos años? Deberías verlos, y a tu edad (no quiero decir que porque seas tan joven), deberías aprovechar las oportunidades que se presenten. Eres lo bastante vieja, querida, y este caballero no te hará daño. El te enseñará los famosos crepúsculos, si es que todavía tienen lugar; ¿siguen todavía? El sol se ha puesto para mí hace tanto tiempo. Pero eso no es una razón. Además, nunca te echaré de menos; te crees que eres demasiado importante. Llévela a la Piazza; solía ser muy bonita —continuó la señorita Bordereau, dirigiéndose a mí—. ¿Qué han hecho con esa vieja iglesia tan rara? Espero que no se haya derrumbado. Que mire las tiendas; puede llevar algún dinero, puede comprar lo que le guste.
      La pobre señorita Tita se había puesto de pie, desconcertada y sin saber qué hacer, y al quedarnos los dos parados ante su tía, ciertamente le habría parecido a un espectador de la escena que la anciana se estaba divirtiendo a nuestras expensas. La señorita Tita protestó, en una confusión de exclamaciones y murmullos; pero yo no perdí tiempo para decir que si me hacía el honor de aceptar la hospitalidad de mi góndola, yo me comprometía a que no se aburriera. O si no le apetecía mucho mi compañía, la góndola misma, con el gondolero, estaría a su servicio; remaba muy bien y ella podía tener plena confianza. La señorita Tita, sin contestar claramente a ese discurso, apartó la mirada de mí, hacia la ventana, como si fuera a llorar; y yo hice observar que, una vez que teníamos la aprobación de la señorita Bordereau, podíamos fácilmente llegar a un entendimiento. Tomaríamos una hora, la que le gustara, uno de los días inmediatos. Al inclinarme ante la señora, le pregunté si tendría la bondad de permitirme verla otra vez.
      Por un momento no dijo nada, y luego inquirió:
      —¿Es muy necesario para su felicidad?
      —Me interesa más de lo que puedo decir.
      —Es usted notablemente cortés. ¿No sabe que a mí casi me mata?
      —¿Cómo puedo creerlo, cuando la veo más animada y más brillante que cuando entré?
      —Eso es mucha verdad, tía —dijo la señorita Tita—. Creo que te sienta bien.
      —¿No es conmovedora la solicitud que tenemos todos nosotros de que los demás disfruten? —se burló la señorita Bordereau—. Si me llaman brillante hoy, no sé de qué hablan; nunca han visto una mujer agradable. No traten de hacerme cumplidos; estoy echada a perder —siguió—. Mi puerta está cerrada, pero puede llamar alguna vez.
      Y con eso me despidió y salí del cuarto. Se cerró el pestillo detrás de mí, pero la señorita Tita, en contra de mis esperanzas, se quedó dentro. Pasé lentamente a través del salón y antes de emprender el camino escaleras abajo, esperé un poco. Mi esperanza tuvo respuesta; al cabo de un momento, la señorita Tita me siguió.
      —Es una idea estupenda eso de la Piazza —dije—. ¿Cuándo quiere ir; esta noche mañana?
      Había quedado desconcertada, como dije, pero yo había percibido ya, y había de observar más de una vez, que cuando la señorita Tita estaba cohibida, no se apartaba de uno ni trataba de escapar (como haría la mayor parte de las mujeres), sino que se acercaba más, como quien dice, con una apelación, pidiendo excusa y aferrándose, para que la pusieran a salvo, para que la protegieran. Su actitud era perpetuamente una especie de plegaria pidiendo asistencia y explicación; y sin embargo, ninguna mujer del mundo podría ser menos comediante. Desde el momento en que uno era bondadoso con ella, ella dependía completamente de uno; la abandonaba su conciencia de sí misma y daba por supuesta la mayor intimidad, esa inocente intimidad que era lo único que podía concebir. Me dijo que no sabía qué se le había metido dentro a su tía; había cambiado tan de prisa, había tenido alguna idea. Respondí que ella debía averiguar qué idea era ésa y entonces hacérmelo saber; iríamos a tomar un helado juntos en Florian y ella me contaría mientras escuchábamos la banda.
      —¡Ah, tardaré mucho tiempo en averiguarlo! —dijo, con aire contrito; y no podía prometerme esa satisfacción ni para esa noche ni para la siguiente. Sin embargo, ahora yo tenía paciencia, pues me daba cuenta de que no tenía más que aguardar; y efectivamente, al fin de la semana, un delicioso anochecer después de la cena, ella entró en mi góndola, a la cual, en honor a la ocasión, yo había añadido un segundo remero.
      Al cabo de cinco minutos entrábamos en el Gran Canal, ante el cual ella lanzó un murmullo de éxtasis tan fresco como si hubiera sido una turista recién llegada. Ella había olvidado qué espléndido aspecto tenía el gran cauce en un anochecer de verano, claro y cálido y cómo la sensación de flotar entre palacios de mármol y luces reflejadas disponía el ánimo a la charla comprensiva. Avanzamos flotando, y aunque la señorita Tita no expresaba con su aguda voz su satisfacción, noté que se rendía. Estaba más que complacida, estaba en trance; todo aquello era una inmensa liberación. La góndola se movía con lentos golpes, para darle tiempo de disfrutarlo, y ella escuchaba el golpe de los remos, que se hacía más sonoro y más musicalmente líquido al entrar en canales estrechos, como si fuera una revelación de Venecia. Le pregunté cuánto hacía que no estaba en una góndola y respondió:
      —Ah, no sé, hace mucho… desde que mi tía empezó a estar enferma.
      Este no fue el único ejemplo que me dio de su extrema vaguedad sobre los años anteriores y la línea que separaba el período en que floreció la señorita Bordereau. Yo no me sentía en libertad para tenerla fuera demasiado tiempo, pero dimos un giro considerable antes de entrar en la Piazza. No le hacía preguntas, manteniendo la conversación a propósito apartada de su situación doméstica y de las cosas que yo quería saber; vertí en sus oídos tesoros de información sobre Venecia, describí Florencia y Roma, le discurseé sobre los encantos y ventajas de viajar. Ella se recostaba, atenta, en los hondos almohadones de cuero, volvía los ojos concienzudamente a todo lo que yo le señalaba, y nunca me dijo hasta algún tiempo después que se podía suponer que conociera Florencia mejor que yo, puesto que había vivido allí durante años con la señorita Bordereau. Al fin, preguntó, con la tímida impaciencia de un niño:
      —¿No vamos realmente a la Piazza? ¡Eso es lo que quiero ver!
      Inmediatamente di orden de ir derechos, y entonces quedamos silenciosos en expectación de la llegada. Sin embargo, como todavía pasó algún tiempo, dijo de repente por su propia iniciativa:
      —Ya he averiguado qué pasa con mi tía: ¡tiene miedo de que se vaya usted!
      —¿Por qué se le ha metido eso en la cabeza?
      —Tiene la idea de que usted no está contento. Por eso es diferente ahora.
      —¿Quiere decir que intenta hacer que esté más contento?
      —Bueno, no quiere que se vaya; quiere que se quede.
      —Supongo que quiere decir usted que a causa de la renta —observé francamente.
      La franqueza de la señorita Tita estuvo a la altura de la mía:
      —Sí, ya sabe; para que yo tenga más.
      —¿Cuánto quiere que tenga usted? —pregunté, riendo—. Debería fijar la suma, para que yo me quede hasta que se llegue a eso.
      —Ah, eso no me gustaría a mí —dijo la señorita Tita—. Sería algo inaudito, que usted se molestara de ese modo.
      —Pero, ¿y suponiendo que yo tenga mis razones propias para quedarme en Venecia?
      —Entonces sería mejor para usted quedarse en otra casa.
      —¿Y qué diría de eso su tía?
      —No le gustaría nada. Pero yo diría que usted haría bien en renunciar a sus razones y marcharse del todo.
      —Querida señorita Tita —dije—, ¡no es fácil renunciar a ellas!
      Ella no respondió inmediatamente a eso, pero al cabo de un momento prorrumpió:
      —¡Me parece que sé cuáles son sus razones!
      —Supongo que sí, porque la otra noche yo casi le dije cuánto deseo que me ayude a llevarlas a cabo.
      —No puedo hacerlo sin traicionar a mi tía.
      —¿Qué quiere decir con traicionarla?
      —Bueno, ella nunca consentiría en lo que usted quiere. Se lo han pedido, le han escrito. La puso terriblemente furiosa.
      —Entonces ¿sí que tiene papeles de valor? —pregunté, rápidamente.
      —¡Ah, lo tiene todo! —suspiró la señorita Tita, con una curiosa fatiga, una súbita caída en la tristeza.
      Esas palabras hicieron latir rápidamente mis pulsos, pues las consideré como prueba preciosa. Durante unos minutos estuve demasiado agitado para hablar, y mientras tanto, la góndola se acercó a la Piazzetta. Cuando desembarcamos, pregunté a mi acompañante si prefería dar una vuelta a la plaza o ir a sentarse ante el café; a lo que contestó que haría lo que me pareciera mejor; sólo que debía volver a recordar qué poco tiempo tenía. Le aseguré que había de sobra para hacer las dos cosas, y dimos la vuelta por las largas arquerías. Su ánimo revivió al ver los brillantes escaparates, y se demoró y se detuvo, admirando o desaprobando sus contenidos, preguntándome qué pensaba de las cosas, teorizando sobre precios. Mi atención se desviaba de ella; sus palabras de un momento antes «¡Ah, lo tiene todo!» resonaban en mi conciencia. Nos sentamos al fin en el concurrido círculo en Florian, encontrando una mesa desocupada entre las alineadas en la plaza. Era una noche espléndida y todo el mundo estaba en la calle; la señorita Tita no podría haber deseado los elementos más prometedores para su retorno a la sociedad. Vi que disfrutaba más de lo que lo decía; estaba agitada con la multitud de sus impresiones. Había olvidado qué cosa tan atractiva es el mundo, y empezaba a darse cuenta de que, sin saber cómo, se lo habían quitado con trampas durante los mejores años de su vida. Eso no la enojaba; pero al mirar toda aquella deliciosa escena, su rostro, a pesar de su sonrisa de agrado, tenía el sofoco de la sorpresa herida. Se quedó callada, como si pensara con secreta tristeza en las oportunidades, para siempre perdidas, que debían haber sido fáciles, y eso me dio la ocasión de decirle:
      —¿Quería decir usted hace un momento que su tía tiene un plan de retenerme dejándome entrar de vez en cuando a su presencia?
      —Cree que será muy diferente para usted si la ve a veces. Quiere tanto que se quede, que está dispuesta a hacer esa concesión.
      —¿Y por qué piensa que me hará bien el verla?
      —No sé; cree que es interesante —dijo la señorita Tita, con sencillez—. Usted le dijo que lo encontraba así.
      —Sí lo dije, pero no todos lo piensan así.
      —No, claro que no; si no, lo intentarían otros más.
      —Bueno, si es capaz de hacer esa reflexión, también es capaz de hacer esta otra —seguí— que debo tener una razón especial para no hacer como otros, a pesar del interés que ofrezca ella… para no dejarla sola.
      La señorita Tita puso cara de que no era capaz de captar esa proposición tan complicada; de modo que continué:
      —Si no le ha dicho usted lo que dije la otra noche, ¿no lo habrá adivinado quizá, por lo menos?
      —No sé: es muy suspicaz.
      —Pero, ¿no la ha hecho serlo la curiosidad indiscreta, la persecución?
      —No, no, no es eso —dijo la señorita Tita, volviendo hacia mí un rostro algo agitado—. No sé cómo decirlo; es por culpa de algo… hace muchísimo, antes de nacer yo… en su vida.
      —¿Algo? ¿Qué clase de cosa? —pregunté, como si yo mismo no pudiera tener idea.
      —Ah, nunca me lo ha dicho —respondió la señorita Tita, y estoy seguro de que decía la verdad.
      Su extremada transparencia era casi provocativa; me pareció entonces que habría sido más satisfactoria si hubiera sido menos ingenua.
      —¿Supone que es algo que tenga referencia a las cartas y papeles de Jeffrey Aspern; quiero decir, las cosas que tiene en su posesión?
      —¡Seguro que sí! —exclamó mi acompañante, como si ésa fuera una sugestión muy afortunada—. Nunca he mirado ninguna de esas cosas.
      —¿Ninguna? Entonces ¿cómo sabe lo que son?
      —No lo sé —dijo la señorita, plácidamente. Nunca las he tenido en mis manos. Pero las he visto cuando las sacaba.
      —¿Las saca a menudo?
      —Ahora no, pero solía hacerlo. Le gustan mucho.
      —¿A pesar de que son comprometedoras?
      —¿Comprometedoras? —repitió la señorita Tita, como si ignorara el significado de la palabra. Casi me sentí como si corrompiera la inocencia de la juventud.
      —Quiero decir que contengan memorias dolorosas.
      —Ah, no creo que sean dolorosas.
      —¿Quiere decir que no cree que afecten a su reputación?
      Ante esto, la cara de la sobrina de la señorita Bordereau tomó un aire peculiar: una especie de confesión de invalidez, una apelación a que la tratara con decencia, generosamente. La había traído a la Piazza, la había puesto entre influencias deliciosas, le había prestado una atención que agradecía, y ahora parecía que le hiciera percibir que todo eso había sido un soborno, un soborno para que se volviera de algún modo contra su tía. Era de naturaleza dócil y capaz de hacer casi todo por agradar a una persona que fuera bondadosa con ella pero la mayor bondad de todas sería no contar demasiado con eso. Era bastante raro, como pensé luego, que no tuviera el menor aire de ofenderse por mi falta de consideración hacia la personalidad de su tía, que habría sido del peor gusto aunque hubiera estado en juego algo menos vital (desde mi punto de vista). No creo que ella lo midiera realmente.
      —¿Quiere usted decir que ella hizo algo malo? —preguntó un momento después.
      —¡No permita Dios que yo diga tal cosa, ni es asunto mío! Además, si lo hizo —añadí, riendo—, fue en otras épocas, en otro mundo. Pero, ¿por qué no había de destruir sus papeles?
      —Ah, los quiere demasiado.
      —¿Incluso ahora, cuando puede estar cerca de su final?
      —Quizá cuando esté segura de eso sí querrá.
      —Bueno, señorita Tita —dije—, eso es exactamente lo que me gustaría que usted impidiera.
      —¿Cómo puedo impedirlo?
      —¿No podría usted quitárselos?
      —¿Y dárselos a usted?
      Eso ponía el asunto en toda su crudeza, aunque estoy seguro de que no había ironía en su intención.
      —Bueno, quiero decir que podría dejármelos ver y mirarlos despacio. No es para mí; no hay avidez personal en mi deseo. Es sencillamente que serían de un inmenso interés como contribución a la historia de Jeffrey Aspern.
      Me escuchó con su actitud habitual, como si mi discurso estuviera lleno de referencias a cosas de que ella nunca había oído hablar, y yo me sentí especialmente como el reportero de un periódico que se abre paso a la fuerza a una casa donde ha muerto alguien. Ese fue especialmente el caso cuando dijo al cabo de un momento:
      —Hubo un caballero que le escribió hace tiempo con palabras muy parecidas. También quería los papeles.
      —¿Y ella contestó? —pregunté, bastante avergonzado de mí mismo por no tener su rectitud.
      —Sólo cuando él escribió dos o tres veces. Se puso furiosa con él.
      —¿Y qué dijo?
      —Dijo que él era un diablo —respondió la señorita Tita, con sencillez.
      —¿Usó esa expresión en su carta?
      —Ah, no, me la dijo a mí. Me hizo escribirle.
      —¿Y qué dijo usted?
      —Le dije que no había papeles en absoluto.
      —¡Ah, pobre señor! —exclamé.
      —Sabía que sí los había, pero escribí lo que ella me mandó.
      —Claro que tenía que hacerlo. Pero espero no pasar yo por un diablo.
      —Dependerá de lo que me pida que haga por usted —dijo la señorita Tita, sonriendo.
      —¡Ah, si hay una probabilidad de que usted lo piense así, mi asunto está en mal camino! No le voy a pedir que robe por mí, ni aun que mienta, pues usted no sabe mentir, a no ser en el papel. Pero lo principal es esto: evitar que ella destruya los papeles.
      —Bueno, no tengo dominio sobre ella —dijo la señorita Tita—. Es ella quien me domina.
      —Pero ella no domina sus propios brazos y piernas, ¿verdad? El modo como destruiría sus cartas sería naturalmente quemándolas. Ahora, ella no puede quemar sin fuego, y no puede obtener fuego si usted no se lo proporciona.
      —Siempre he hecho todo lo que ella ha pedido —replicó mi compañera—. Además, está Olimpia.
      Estuve a punto de decir que Olimpia probablemente era corruptible, pero pensé que era mejor no tocar esa tecla. Así que simplemente pregunté si no se podía manejar a esa fiel doméstica.
      —Mi tía puede manejar a todo el mundo —dijo la señorita Tita. Y entonces observé que su vacación se había acabado; debía volver a casa.
      Le puse la mano en el brazo, a través de la mesa, para retenerla un momento:
      —Lo que quiero de usted es una promesa en general de ayudarme.
      —Ah, ¿cómo puedo, cómo puedo? —preguntó, desconcertada y agitada.
      Estaba medio sorprendida y medio asustada por mi deseo de que ella tomara parte activa.
      —Eso es lo principal; observarla cuidadosamente y avisarme a tiempo, antes que cometa ese horrible sacrilegio.
      —No puedo vigilarla cuando me hace salir.
      —Eso es muy cierto.
      —Y cuando usted sale también.
      —Pobres de nosotros, ¿cree que habrá hecho algo esta noche?
      —No sé; es muy astuta.
      —¿Trata de asustarme? —pregunté.
      Me pareció que esa pregunta quedaba bastante respondida cuando mi acompañante murmuró en un tono caviloso, casi envidioso:
      —¡Ah, pero ella los quiere mucho, los quiere mucho!
      Esa reflexión, repetida con tal énfasis, me dio mucho consuelo, pero para obtener más de ese bálsamo dije:
      —Si no piensa destruir los objetos de que hablamos antes de su muerte, probablemente habrá hecho alguna disposición en su testamento.
      —¿Su testamento?
      —¿No ha hecho testamento a favor de usted?
      —Bueno, ¡tiene tan poco que dejar! Por eso le gusta el dinero —dijo la señorita Tita.
      —¿Podría preguntarle, puesto que estamos hablando realmente de todo, de qué viven ustedes?
      —De algún dinero que llega de América, de un abogado. Lo manda cada trimestre. ¡No es mucho!
      —¿Y no habrá dispuesto nada sobre eso?
      Mi acompañante vaciló: vi que se ruborizaba:
      —Creo que es mío —dijo; y la cara y el acento con que acompañó esas palabras revelaban tanto la falta de costumbre de pensar en sí misma, que casi la consideré encantadora. Inmediatamente añadió—: Pero ella tenía un abogado una vez, hace mucho tiempo. Y vino alguna gente a firmar algo.
      —Probablemente eran testigos. ¿Y a usted no le pidieron que firmara? Bueno, entonces —argüí, rápido y lleno de esperanza—, es porque usted es la legataria; ¡le ha dejado todos los documentos a usted!
      —Si lo ha hecho así, es en condiciones muy estrictas —respondió la señorita Tita, levantándose rápidamente, mientras ese movimiento daba a sus palabras cierto carácter de decisión. Parecía implicar que el legado iría acompañado de la orden de que los objetos legados hubieran de permanecer ocultos a todos los ojos inquisitivos, y que yo estaba muy equivocado si creía que ella era persona como para desviarse de tan solemne mandato.
      —Ah, claro que tendrá que sujetarse a las condiciones —dije, y ella no pronunció nada que mitigara la severidad de esa conclusión. Sin embargo, después, antes mismo de que desembarcáramos ante su puerta, a nuestro regreso, que había tenido lugar casi en silencio, me dijo de repente:
      —Haré lo que pueda por ayudarle.
      Se lo agradecí; estaba muy bien, por lo que pudiera valer; pero no me impidió recordar esa noche, en una hora de preocupado insomnio, que ahora tenía sus palabras para reforzar mi propia impresión de que la anciana era muy astuta.



VII

      El miedo a lo que ese lado de su carácter podría llevarla a hacer me puso nervioso durante varios días. Esperé una indicación de la señorita Tita; casi me imaginaba que tenía la obligación de tenerme informado, de hacerme saber con claridad si la señorita Bordereau había sacrificado sus tesoros o no. Pero como no daba señal, perdí la paciencia y me decidí a juzgarlo con mis propios sentidos en la medida de lo posible. Un atardecer mandé a preguntar si podía hacer una visita a las señoras, y mi criado volvió con noticias sorprendentes. La señorita Bordereau podía ser abordada sin ninguna dificultad; la habían sacado a la sala y estaba sentada junto a la ventana que daba al jardín. Descendí y encontré que era correcta esa descripción: habían sacado sobre ruedas a la señora ante el mundo, y tenía cierto aire, quizá por algún elemento más claro en su atuendo, de estar dispuesta otra vez a conversar con él. El mundo, sin embargo, no había empezado a congregarse en torno a ella: estaba completamente sola y, aunque la puerta que daba a sus habitaciones estaba abierta, al principio no capté ningún atisbo de la señorita Tita. La ventana junto a la cual estaba sentada tenía la sombra de la tarde, y, habiéndose abierto una de las persianas, ella veía el grato jardín donde el sol veraniego había secado para entonces demasiadas plantas: veía la luz amarilla y las largas sombras.
      —¿Ha venido a decirme usted que tomará las habitaciones por otros seis meses? —me preguntó, cuando me acercaba, sobresaltándome con algo grosero en su codicia, casi como si no me hubiera dado ya una muestra de ella. El deseo de Juliana de sacar lucro de nuestro conocimiento había sido, como he indicado bastante, una nota falsa en mi imagen de la mujer que había inspirado a un gran poeta versos inmortales; pero tengo que decir aquí claramente que me tocaba concederle un amplio margen de indulgencia. Era yo quien había encendido la impía llama; era yo quien le había metido en la cabeza que tenía medios de sacar dinero. Parecía no haber pensado nunca en eso: había vivido pródigamente durante años, en una casa cinco veces demasiado grande para ella, en un plan que sólo se podía explicar por la presunción de que, aun siendo excesivo, el espacio de que disfrutaba no le costaba casi nada, y que, por pequeños que fueran sus ingresos, le dejaban un margen apreciable para Venecia. Yo había caído un día sobre ella y la había enseñado a calcular, y mi comedia casi derrochadora sobre el tema del jardín me había presentado irresistiblemente como una víctima. Como todas las personas que logran el milagro de cambiar su punto de vista en la vejez, ella se había convertido intensamente; se había aferrado a mi sugerencia con un apretón desesperado y trémulo.
      Me invité a mí mismo a tomar una de las sillas que se erguían, a lo lejos, junto a la pared (ella no se había preocupado de si me sentaba o si estaba de pie), y mientras la acercaba a ella, empecé, alegremente:
      —¡Ah, querida señora mía; qué imaginación tiene usted, qué alcance intelectual! Yo soy un pobre diablo de literato que vive al día. ¿Cómo puedo tomar palacios por un año? Mi vida es precaria. No sé si dentro de seis meses tendré pan que llevarme a la boca. Por una vez me he regalado; ha sido un inmenso lujo. Pero si se trata de seguir adelante…
      —¿Son demasiado caras sus habitaciones? Si lo son, puede tener más por el mismo dinero —respondió Juliana—. Podemos arreglarlo, podemos combinare, como dicen aquí.
      —Bueno, sí, puesto que me lo pregunta, son demasiado caras —dije—. Evidentemente, usted me cree más rico de lo que soy.
      Ella me miró desde detrás de su barricada.
      —Si escribe libros, ¿no los vende?
      —¿Quiere decir si la gente no los compra? Un poco… no tanto como yo desearía. Escribir libros, a no ser que uno sea un gran genio (¡y aun entonces!) es el último camino hacia la fortuna. Creo que ya no hay dinero que hacer con la literatura.
      —Quizá usted no elige buenos temas. ¿Sobre qué escribe usted? —preguntó la señorita Bordereau.
      —Sobre los libros de otros. Soy un crítico, un historiador, en pequeña escala —me preguntaba a dónde quería ir a parar.
      —¿Y qué otros, entonces?
      —Ah, gente mejor que yo; los grandes escritores principalmente; los grandes filósofos y poetas del pasado; los que han muerto y no pueden hablar por sí mismos.
      —¿Y qué dice usted de ellos?
      —¡Digo que a veces estaban unidos a mujeres muy listas! —respondí riendo.
      Hablaba con gran deliberación, pero al resonar mis palabras en el aire, me parecieron imprudentes. Sin embargo, las arriesgué, y no lo sentí, pues quizá la anciana, después de todo, estaría dispuesta a tratar. Parecía bastante evidente que conocía mi secreto: entonces ¿por qué seguir arrastrando el asunto? Pero ella no tomó como una confesión lo que había dicho yo; sólo preguntó:
      —¿Cree usted que está bien hurgar en el pasado?
      —No sé qué quiere decir con hurgar; pero ¿cómo podemos llegar a él si no excavamos un poco? El presente tiene un modo muy duro de pisotearlo.
      —Ah, a mí me gusta el pasado, pero no me gustan los críticos —declaró la anciana, con su hermosa tranquilidad.
      —A mí tampoco, pero me gustan sus descubrimientos.
      —¿No son mentira casi segura?
      —La mentira es lo que a veces ellos ponen al descubierto —dije, sonriendo ante su tranquila impertinencia—. Muchas veces descubren la verdad.
      —La verdad es de Dios, no es del hombre; más vale que la dejemos en paz. ¿Quién puede juzgarla, quién puede decir?
      —Estamos terriblemente a oscuras, ya lo sé —admití—, pero si renunciamos a intentarlo, ¿qué pasa con todo lo bueno? ¿Qué pasa con la obra a que me refería, la de los grandes filósofos y poetas? Es toda palabras vanas si no hay nada con que medirla.
      —Habla usted como si fuera un sastre —dijo la señorita Bordereau, caprichosamente, y luego añadió de prisa, en tono diferente—: Esta casa está muy bien; las proporciones son magníficas. Hoy quería volver a mirar este sitio. Hice que me sacaran aquí. Cuando llegó su criado, ahora mismo, a ver si yo le recibía, estaba a punto de mandar por usted, a preguntar si no le importaba continuar. Quería juzgar lo que le permito tener. Esta sala es muy grandiosa —continuó, como un subastador, moviendo un poco, según supuse, sus invisibles ojos—. ¿No cree que haya vivido usted muchas veces en tal casa, eh?
      —¡No me lo puedo permitir muchas veces! —dije.
      —Bueno, entonces, ¿cuánto dará usted por seis meses?
      Estuve a punto de exclamar —el aire de tormento en mi cara habría indicado una realidad moral—: «¡No, Juliana; en atención a él, no!» Pero me dominé y pregunté con menos pasión:
      —¿Por qué habría de quedarme tanto tiempo?
      —Creí que le gustaba —dijo la señorita Bordereau con su arrugada dignidad.
      —Yo también creí que me gustaría.
      Por un momento, ella no dijo nada, y permití que mis palabras le sugirieran cualquier cosa. Casi esperé que dijera, fríamente, que si estaba decepcionado no hacía falta que siguiéramos la conversación, y eso a pesar de que ahora creía que contaba en su ánimo (de cualquier modo que hubiera llegado allí) con algo que le habría dicho que mi decepción era natural. Pero para mi gran sorpresa acabó por decir:
      —Si cree que no le hemos tratado bastante bien quizá podamos descubrir algún modo de tratarle mejor.
      Esas palabras me parecieron tan incongruentes que me hicieron reír otra vez, y me excusé diciendo que hablaban como si yo fuera un niño resentido, haciendo pucheros en un rincón, a quien hay que volver a la razón. No tenía ninguna queja que hacer; y nada podía haber superado a la gentileza de la señorita Tita acompañándome unas pocas noches antes a la Piazza. Ante eso, la anciana siguió:
      —¡Bueno, la llevó usted mismo! —Y luego, en un tono muy diferente—: Es una chica excelente.
      Asentí cordialmente a esa afirmación, y ella expresó la esperanza de que no lo hubiera hecho simplemente por amabilidad, sino de que de veras me pareciera bien. Mientras tanto, yo cada vez me preguntaba más a dónde iba a parar la señorita Bordereau.
      —Salvo por mí, hoy día —dijo—, no tiene un pariente en el mundo.
      ¿Lo decía, al describir a su sobrina como amable y sin cargas, porque deseaba presentarla como un buen partido?
      Era absolutamente cierto que yo no podía permitirme seguir con mis habitaciones a un precio de fantasía y que ya había dedicado al asunto casi todo el dinero en efectivo que tenía ahorrado. Mi paciencia y mi tiempo no estaban agotados, pero debería poder recurrir a ellos sólo sobre una base más acostumbrada para Venecia. Estaba dispuesto a pagar a la venerable mujer el doble de lo que habría pedido cualquier otra padrona di casa, pero no estaba dispuesto a pagarle veinte veces más. Se lo dije claramente, y mi claridad pareció tener cierto éxito, pues exclamó:
      —Muy bien, usted ha hecho lo que le pedía: ha hecho una oferta.
      —Sí, pero no para medio año. Sólo por meses.
      —Ah, entonces tengo que pensarlo.
      Pareció decepcionada de que no me sujetara a un período, y adiviné que deseaba al mismo tiempo asegurarme y desanimarme; decir, severamente: «¿Sueña usted escaparse con menos de seis meses? ¿Sueña que incluso al cabo de ese tiempo estará sensiblemente más cerca de su victoria?» Lo que estaba más en mi mente era que ella tuviera el antojo de gastarme la broma de hacerme comprometer, cuando en realidad ya hubiera aniquilado los papeles. Hubo un momento en que mi suspensión sobre ese punto fue tan aguda que casi salí con la pregunta, y lo que me contuvo fue una especie de retroceso instintivo (no fuera a ser un error), ante la violencia de ponerme al descubierto. Era una vieja bruja tan sutil que no se sabía dónde estaba uno ante ella. Cabe imaginar si se aclaró el enigma cuando, después que acababa de decir que pensaría mi propuesta, y sin transición formal, sacó del bolsillo, con mano cohibida, un pequeño objeto envuelto en arrugado papel blanco, lo alargó un momento y luego preguntó:
      —¿Entiende usted mucho de curiosidades?
      —¿De curiosidades?
      —De antigüedades, esos viejos cachivaches que la gente paga tan caro hoy día. ¿Sabe usted los precios que tienen?
      Creí ver que venía algo, pero dije con aire ingenuo:
      —¿Quiere usted comprar algo?
      —No, quiero vender. ¿Cuánto me daría por esto un aficionado?
      Desenvolvió el papel blanco e hizo un movimiento para sacar de él un pequeño retrato ovalado. Me apoderé de él con una mano cuyo temblor esperé que ella no percibiera, y añadió:
      —Sólo me separaría de él por un buen precio.
      A primera vista reconocí a Jeffrey Aspern, y me di cuenta muy bien de que me ponía colorado. Pero como ella me observaba, tuve la coherencia de exclamar:
      —¡Qué cara tan impresionante! Dígame quién es.
      —Es un viejo amigo mío, un hombre muy distinguido en su tiempo. Me lo dio él mismo, pero no quiero decir su nombre, no sea que usted haya oído hablar de él, siendo crítico e historiador. Sé que el mundo va de prisa, que una generación olvida a otra. Estaba muy de moda cuando yo era joven.
      Ella quizá estaba sorprendida de mi calma, pero yo lo estaba de la suya; de que tuviera la energía, en su estado de salud y su edad, de desear juguetear conmigo de ese modo sólo para su diversión particular; por el humor de ponerme a prueba y ejercitarse conmigo. Esa, al menos, fue la interpretación que di a que sacara el retrato pues no podía creer que realmente deseara venderlo ni le importara ninguna información que pudiera darle yo. Lo que deseaba era suspenderlo ante mis ojos y ponerle un precio prohibitivo.
      —Esta cara regresa hacia mí, me atormenta —dije, dando la vuelta al objeto para mirarlo muy críticamente. Era una obra de arte cuidadosa, pero no suprema, mayor que una miniatura corriente, que representaba un joven de cara notablemente hermosa, con una casaca verde de cuello alto y un chaleco amarillento. Juzgué que la imagen tenía una valiosa calidad de parecido y habría sido pintada cuando el modelo tenía unos veinticinco años. Como todo el mundo sabe, existen otros tres retratos del poeta, pero ninguno de ellos es de fecha tan temprana como esa elegante producción.
      —Nunca he visto al modelo, pero he visto otros retratos suyos —seguí—. Usted expresaba dudas de que esta generación haya oído hablar de ese caballero, pero me da la impresión de que es una celebridad para todo el mundo. Ahora, ¿quién es? No puedo localizarle; no puedo ponerle una etiqueta. ¿No era escritor? Seguro que es un poeta.
      Estaba decidido a que fuera ella, no yo, quien primero pronunciara el nombre de Jeffrey Aspern.
      Mi decisión la había tomado ignorando el carácter extremadamente decidido de la señorita Bordereau, y sus labios no formaron nunca en mis oídos las sílabas que tanto significaban para ella. Desdeñó responder a mi pregunta, pero levantó la mano para recuperar la imagen, con un gesto que, aunque ineficaz, era sumamente perentorio.
      —Sólo una persona que lo sepa por sí misma me daría mi precio —dijo, con cierta sequedad.
      —¡Ah!, ¿entonces, tiene un precio?
      No devolví el precioso objeto; no con propósito vengativo, sino porque instintivamente me aferraba a él. Nos miramos fijamente mientras yo lo retenía.
      —Sé lo menos que aceptaría. Lo que se me había ocurrido preguntarle es lo más que podré sacar por él.
      Hizo un movimiento, concentrándose, como si en un espasmo de temor de haber perdido su tesoro, fuera a intentar el inmenso esfuerzo de levantarse para arrebatármelo. Al momento se lo volví a poner en la mano, diciendo:
      —Me gustaría quedármelo yo mismo, pero con sus ideas, jamás me podría permitir ese lujo.
      Ella dio vueltas en su regazo a la pequeña placa ovalada, boca abajo, y creí verla contener el aliento un poco como si tuviera una tensión o un escape. Eso, sin embargo, no le impidió decir, un momento después:
      —¿Compraría un retrato de alguien que no conoce, por un artista sin fama?
      —El artista quizá no tenga fama, pero está maravillosamente bien pintado —contesté, dándome una razón.
      —Es una suerte que se le haya ocurrido decir eso, porque el pintor era mi padre.
      —¡Eso verdaderamente hace precioso este retrato! —exclamé, riendo; y puedo añadir que parte de mi risa procedía de mi satisfacción al encontrar que había tenido razón en mi teoría sobre el origen de la señorita Bordereau. Desde luego, Aspern había conocido a la señorita al ir al estudio de su padre como modelo. Dije a la señorita Bordereau que si me confiaba su propiedad por veinticuatro horas, me encantaría buscar consejo sobre ella; pero no respondió a eso, salvo deslizándola silenciosamente en el bolsillo. Eso me convenció aún más de que no tenía sincera intención de venderla mientras viviera, aunque hubiera deseado convencerse de la suma que su sobrina podía esperar obtener en definitiva, si ella se lo dejaba.
      —Bueno, en todo caso espero que no lo ofrezca sin avisarme —dije, ya que ella seguía sin responder—. Recuerde que soy un posible comprador.
      —¡Querría su dinero primero! —replicó, con inesperada grosería; y luego, como si cayera en la cuenta de que yo tenía justa causa para quejarme de tal insinuación y deseara cortar el asunto, me preguntó de repente de qué hablaba con su sobrina cuando salía con ella de aquel modo por la noche.
      —Habla usted como si hubiéramos establecido una costumbre —repliqué—. Cierto que me alegraría de que llegara a ser una costumbre. Pero en ese caso sentiría aún mayor escrúpulo de traicionar la confianza de una dama.
      —¿Su confianza? ¿Tiene confianza ella?
      —Aquí está… ella misma se lo puede decir —dije, pues la señorita Tita apareció entonces en el umbral del salón de la anciana—. ¿Tiene usted confianza, señorita Tita? Su tía tiene mucho empeño en saberlo.
      —¡No en ella, no en ella! —declaró la dama más joven, moviendo la cabeza con una tristeza que no era ni bromista ni fingida—. No sé qué hacer con ella: tiene accesos de horrible imprudencia. Se cansa tan fácilmente, y sin embargo, ha empezado a vagar por ahí, a arrastrarse por la casa.
      Y se quedó mirando a su inmemorial compañera como si todos sus años de familiaridad no hubieran hecho más fáciles de seguir sus malignidades, llegado el momento.
      —Sé lo que pretendo. No estoy perdiendo la razón. Estoy segura de que te gustaría creerlo así —dijo la señorita Bordereau, con un suspirillo cínico.
      —Supongo que usted no ha salido sola hasta aquí. La señorita Tita ha debido echarle una mano —interpuse, con intención pacificadora.
      —¡Ah, se empeñó en que la empujáramos, y cuando se empeña! —dijo la señorita Tita, en el mismo tono de temor; como si no cupiera saber qué servicios que ella desaprobaba la obligaría su tía a rendirle a continuación.
      —Siempre he conseguido que se hicieran la mayor parte de las cosas que quería, ¡gracias a Dios! La gente con que he vivido me ha seguido el humor —continuó la anciana, hablando desde las grises cenizas de su vanidad.
      —Supongo que quiere decir que la han obedecido.
      —Bueno, sea lo que sea, cuando la quieren a una.
      —Precisamente porque te quiero es por lo que quiero resistir —dijo la señorita Tita, con una risa nerviosa.
      —Ah, sospecho que después de esto llevará a la señorita Bordereau al piso de arriba para hacerme una visita —seguí, a lo que respondió la anciana:
      —¡Ah, no; puedo vigilarle desde aquí!
      —Estás muy cansada; ¡sin duda esta noche estarás mal! —exclamó la señorita Tita.
      —Tonterías, querida mía; en este momento me siento mejor que desde hace un mes. Mañana saldré otra vez. Quiero estar donde vea a este listo caballero.
      —¿No me vería quizá mejor en su salón? —pregunté.
      —¿No quiere decir que usted debería tener mejores ocasiones contra mí? —replicó, observándome un momento a través de su velo verde.
      —Ah, ¡no las tengo en ningún sitio! La miro pero no la veo.
      —La excita usted terriblemente, y eso no está bien —dijo la señorita Tita, lanzándome una mirada de apelación y reproche.
      —¡Quiero observarle, quiero observarle! —siguió la anciana.
      —Bueno, entonces, pasemos juntos todo el tiempo posible, no me importa dónde, y eso le dará todas las facilidades.
      —Ah, ya le he visto bastante por hoy. Estoy satisfecha. Ahora me voy a casa.
      La señorita Tita puso las manos en el respaldo de la butaca de su tía y empezó a empujar, pero yo le rogué que me dejara ocupar su sitio.
      —Ah, sí, puede moverme de este modo; ¡no me moverá de otro modo! —exclamó la señorita Bordereau, al sentirse impulsada de modo firme y fácil por el duro y liso suelo. Antes de llegar a la puerta de su habitación me mandó parar, y lanzó una larga mirada final por toda la noble sala—. ¡Ah, es una casa magnífica! —murmuró, tras lo cual la empujé adelante.
      Cuando entramos en el gabinete, la señorita Tita me dijo que ahora ella se las podría arreglar, y en ese momento salió la pequeña donna pelirroja al encuentro de su señora. La idea de la señorita Tita era evidentemente volver a meter en seguida a su tía en la cama. Confieso que a pesar de ese apremio fui culpable de la indiscreción de demorarme; me retenía el pensar que estaba más cerca de los documentos que codiciaba: que probablemente estaban guardados en alguna parte, en ese desteñido cuarto insociable. El lugar, en efecto, tenía una desnudez que no sugería tesoros escondidos; no había rincones polvorientos ni esquinas acortinadas, ni macizos armarios ni cofres con abrazaderas de hierro. Además, era posible, incluso quizá era probable, que la anciana hubiera situado sus reliquias en su alcoba, en alguna maltratada caja metida bajo la cama, o en el cajón de algún tocador cojo, donde estuvieran al alcance de su vista bajo la mortecina lámpara nocturna. Sin embargo, escudriñé todos los objetos del mobiliario, toda cobertura imaginable de un tesoro, y me di cuenta de que había media docena de cosas con cajones, y en particular un viejo y alto secreter, con ornamentos de latón, estilo Imperio: un ornamento algo desvencijado pero aún capaz de contener muchos secretos. No sé por qué ese objeto me fascinó tanto, ya que ciertamente no tenía propósito claro de abrirlo con fractura; pero lo miré tan fijamente que la señorita Tita se dio cuenta y cambió de color. Eso me hizo pensar que yo tenía razón y que, no importa donde hubieran estado antes los papeles de Aspern, en ese momento languidecían tras la hosca cerradura del secreter. Era difícil apartar los ojos del oscuro frente de caoba si reflexionaba que un simple panel me separaba de la meta de mis esperanzas, pero recordé mi prudencia y con un esfuerzo me despedí de la señorita Bordereau. Para dar gracia a mi esfuerzo le dije que sin duda le traería una opinión sobre el pequeño retrato.
      —¿El pequeño retrato? —preguntó la señorita Tita, sorprendida.
      —¿Tú qué sabes de eso, querida mía? —preguntó la anciana—. No hace falta que te ocupes de eso. Yo he fijado mi precio.
      —¿Y cuál podría ser?
      —Mil libras.
      —¡Ah, Señor! —exclamó la pobre Tita, irreprimiblemente.
      —¿Es eso de lo que ella le habla a usted? —dijo la señorita Bordereau.
      —¡Imagínese: su tía quiere saberlo!
      Tuve que separarme de la señorita Tita con esas palabras sólo, aunque me habría gustado enormemente añadir: «¡Por lo más sagrado, véngame a ver esta noche al jardín!»



VIII

      Según resultó, no hacía falta tal cosa, pues tres horas después, cuando había terminado de cenar, apareció la sobrina de la señorita Bordereau, sin hacerse anunciar, en la puerta abierta del cuarto donde me servían mis sencillas comidas. Recuerdo bien que no sentí sorpresa al verla, lo que no es prueba de que no creyera en su timidez. Esta era inmensa, pero en un caso en que hubiera particular motivo para la osadía, jamás la habría impedido correr a mis habitaciones. Vi que ahora estaba muy llena de una razón especial, que la impulsaba adelante, y la hizo agarrarme del brazo, cuando me levanté a recibirla.
      —¡Mi tía está muy mal; creo que se muere!
      —Jamás —respondí, con amargura—, ¡no tenga miedo!
      —Vaya a buscar un médico, ¡vaya, vaya! Olimpia ha ido a buscar al que tenemos siempre, pero no vuelve: no sé qué le ha pasado. Le dije que si no estaba en casa, que fuera a buscarle donde estuviera, pero por lo visto le está siguiendo por toda Venecia. No sé qué hacer; parece como si se estuviera hundiendo.
      —¿Puedo verla, puedo juzgar? —pregunté—. Por supuesto que me encantará traer un médico, pero, ¿no sería mejor que fuera mi criado, para que yo me quede con ustedes?
      La señorita Tita asintió a eso y despaché a mi criado a buscar al mejor médico de por allí. Yo me apresuré escaleras abajo con ella, y por el camino me dijo que una hora después que las dejé, por la tarde, la señorita Bordereau había tenido un ataque de «opresión» una terrible dificultad para respirar. Eso había disminuido, pero la había dejado tan agotada que no podía recobrarse; parecía completamente agotada. Repetí que no se había acabado, que todavía no se acabaría, ante lo cual la señorita Tita me lanzó una mirada de soslayo más brusca que nunca y dijo:
      —Realmente, ¿qué quiere decir? ¡Supongo que no la acusará de fingir!
      No recuerdo qué respuesta di a esto, pero confieso que en mi corazón pensé que la anciana era capaz de cualquier maniobra extraña. La señorita Tita quería saber qué le había hecho yo; su tía le había dicho que la había irritado mucho. Declaré que nada: había tenido mucho cuidado, a lo que mi acompañante replicó que la señorita Bordereau le había asegurado que había tenido conmigo una escena, una escena que la había transtornado. Contesté un tanto ofendido que la escena la había hecho ella; que no podía imaginar por qué estaba irritada conmigo, a no ser porque no veía yo cómo darle mil libras por el retrato de Jeffrey Aspern.
      —¿Y se lo enseñó a usted? ¡Ah, válgame Dios! —gimió la señorita Tita, que parecía sentir que la situación se escapaba a su dominio y que los elementos de su destino empezaban a apretarse a su alrededor. Dije que yo daría cualquier cosa por poseerlo, sólo que no tenía mil libras, pero me detuve cuando llegué al cuarto de la señorita Bordereau. Sentía una inmensa curiosidad por entrar, pero me creí obligado a indicar a la señorita Tita que, si yo irritaba a la inválida, quizá ella preferiría no tener que verme.
      —¿Verle a usted? ¿Cree que puede ver? —preguntó mi acompañante, casi con indignación. Yo lo creía así, pero no quise decirlo, y seguí suavemente a mi guía.
      Recuerdo que lo que le dije cuando me quedé un momento parado junto a la anciana fue:
      —Entonces, ¿ella no le enseña nunca los ojos a usted? ¿No los ha visto nunca?
      A la señorita Bordereau la habían despojado de su velo verde, pero (no tuve la fortuna de observar a Juliana en gorro de dormir) la mitad superior de su cara estaba cubierta por un trozo de ajada muselina como de encaje, una especie de capucha improvisada que, ceñida en torno a la cabeza, bajaba hasta el final de la nariz, no dejando visibles más que sus blancas mejillas marchitas y su boca arrugada, cerrada fuerte, casi como conscientemente. La señorita Tita me lanzó una mirada de sorpresa, evidentemente no viendo razón para mi inquietud.
      —¿Pregunta si siempre lleva algo puesto? Lo hace para preservarlos.
      —¿Porque son muy hermosos?
      —¡Ah, hoy día, hoy día! —Y la señorita Tita movió la cabeza, hablando muy bajo—. ¡Pero eran magníficos!
      —Sí, desde luego, tenemos la palabra de Aspern de que era así.
      Y al volver a mirar los envoltorios de la anciana, pude imaginar que ella no había deseado permitir a la gente un motivo para decir que el gran poeta había exagerado. Pero no desperdicié mi tiempo en considerar a la señorita Bordereau, en quien la apariencia de respiración era tan ligera que sugería que ninguna atención humana podría ayudarla nunca más. Volví los ojos por todo el cuarto, enredando con ellos en los armarios, los aparadores con cajones, las mesas. La señorita Tita salió a su encuentro rápidamente y leyó, creo, lo que había en ellos, pero no respondió, apartándose con inquietud y ansiedad, de modo que me sentí reprendido, con razón, por una preocupación que era casi profana en presencia de nuestra compañera agonizante. Al mismo tiempo lancé otra mirada, tratando de elegir mentalmente el primer sitio en que hubiera de probar quien quisiera poner mano en los papeles de la señorita Bordereau inmediatamente después de su muerte. El cuarto estaba en lamentable confusión; parecía el cuarto de una vieja actriz. Había trajes colgados en sillas, envoltorios desastrados y de aspecto raro, acá y allá, y varias cajas de cartón amontonadas, maltratadas, abultadas y descoloridas, que podrían tener cincuenta años. La señorita Tita, al cabo de un momento, volvió a notar la dirección de mis ojos y, como si adivinara mi opinión sobre el aire de aquel sitio (olvidando que yo no tenía por qué tener opinión en absoluto) dijo, quizá para defenderse de la imputación de ser cómplice de tal desarreglo:
      —A ella le gusta así: no podemos cambiar de sitio nada. Hay viejas sombrereras que las ha tenido casi toda su vida. —Luego añadió, casi compadeciéndose de mi verdadero pensamiento—: Esas cosas estaban ahí.
      Y señaló un pequeño cofre bajo, metido debajo de un sofá donde apenas había sitio para él. Parecía un extraño cofre anticuado, de madera pintada, con asas complicadas y correas arrugadas y el color muy borrado (al final, había tenido una mano de verde claro). Evidentemente había viajado con Juliana en tiempos viejos; en los días de sus aventuras, que el cofre había compartido. Habría parecido extraño para llegar a un hotel moderno.
      —Estaban ahí… ¿ya no están? —pregunté, sobresaltado por la implicación de la señorita Tita.
      Ella iba a contestar, pero en ese momento entró el doctor; el médico que la criadita había ido a buscar y al que por fin había alcanzado. Mi criado, yendo a su propio recado, la había encontrado con su acompañante a remolque, y, con el sociable espíritu veneciano, volviendo sobre sus pasos con ellos, también había llegado al umbral del cuarto de la señorita Bordereau, donde le vi atisbar por encima del hombro del médico. Le hice un gesto de que se fuera, con mayor rapidez porque el ver su cara curiosa me recordó que yo tenía poco más derecho a estar allí que él, una admonición confirmada por el modo de mirarme del pequeño doctor, al parecer tomándome por un rival que había ocupado el terreno antes que él. Era un caballero bajo, gordo y vivaz que llevaba el sombrero alto de su profesión y parecía mirarlo todo menos a su paciente. Especialmente me miraba a mí como si le diera la impresión de que no me vendría mal una medicina, así que me despedí con una inclinación y bajé a fumar un cigarro en el jardín. Estaba nervioso; no podía ir más allá; no podía dejar el sitio. No sé exactamente qué creía que podía pasar, pero me parecía importante estar allí. Di vueltas por los senderos —había llegado la cálida noche— fumando cigarro tras cigarro y mirando la luz de las ventanas de la señorita Bordereau. Ahora estaban abiertas, lo veía; la situación era diferente. A veces la luz se movía, pero no de prisa: no sugería la prisa de una crisis. ¿Se estaba muriendo la anciana o estaba ya muerta? ¿Había dicho el doctor que no había nada que hacer, ante su extremada vejez, sino dejarla desfallecer tranquilamente; o sencillamente había anunciado con una cara más convencional que había llegado el fin de los fines? Las otras dos mujeres que se movían alrededor, ¿iban a realizar los deberes que corresponden en tal caso? Me ponía incómodo no estar más cerca, como si creyera que el mismo doctor se iba a llevar los papeles. ¡Mordí mi cigarro al volvérseme a ocurrir que quizá ya no había papeles que llevarse!
      Di vueltas alrededor de una hora; hora y media. Busqué con la mirada a la señorita Tita en una de las ventanas, teniendo la vaga idea de que podría asomarse a darme una señal. ¿No vería la punta roja de mi cigarro dando vueltas por la oscuridad y comprendería que tenía muchos deseos de saber qué había dicho el doctor? Me temo que es prueba de que mis ansiedades me habían vuelto un grosero el hecho de que diera casi por descontado que a tal hora, y en medio del mayor cambio que podía ocurrir en su vida, esas ansiedades fueran también dominantes en el ánimo de la pobre señorita Tita. Mi criado bajó a hablar conmigo; no sabía nada sino que el médico se había ido, después de una visita de hora y cuarto. Si se hubiera quedado media hora, entonces la señorita Bordereau estaría todavía viva; no podría haber llevado tanto tiempo el declarar lo contrario. Mandé a mi criado fuera de casa: había momentos en que su curiosidad me molestaba y ése era uno de ellos. Él sí que había estado observando la punta de mi cigarrillo desde una ventana de arriba, si es que no la señorita Tita; no podía saber qué pasaba luego y yo no sabía decírselo, aunque me daba cuenta de que él tenía fantásticas teorías particulares sobre mí que le parecían estupendas y que, si yo las hubiera sabido, me habrían parecido ofensivas.
      Subí las escaleras al fin pero no llegué más arriba de la sala. La puerta de las habitaciones de la señorita Bordereau estaba abierta, mostrando desde el gabinete la escasa luz de una pobre vela. Me acerqué pisando suave y en ese mismo momento apareció la señorita Tita y se me quedó mirando mientras yo me acercaba:
      —Está mejor, está mejor —dijo, aun antes de que preguntara—. El médico le ha dado algo; se despertó, volvió a la vida mientras él estaba ahí. Dice que no hay peligro inmediato.
      —¿No hay peligro inmediato? ¡Seguro que le parece extraño su estado!
      —Sí, porque ella se ha excitado. Eso la afecta terriblemente.
      —Volverá a pasar entonces, porque se excita ella misma. Lo hizo así esta tarde.
      —Sí; no debe salir más —dijo la señorita Tita, con una de sus recaídas en una placidez más profunda.
      —¿De qué sirve decir eso si usted empieza a traerla y llevarla por ahí la primera vez que se lo pida?
      —No lo haré, no lo haré más.
      —Debe aprender a resistirla —seguí.
      —Ah, sí, lo haré; lo haré mejor si usted me dice que está bien.
      —No debe hacerlo por mí; debe hacerlo por usted misma. Todo es cuestión de usted, si usted se asusta.
      —Bueno, ahora no estoy asustada —dijo la señorita Tita, animosa—. Ella está muy tranquila.
      —¿Ha vuelto a tener conciencia? ¿Habla?
      —No, no habla, pero me toma la mano. La aprieta fuerte.
      —Sí —asentí—, veo la fuerza que tiene todavía, por el modo como agarró ese retrato esta tarde. Pero si la agarra a usted, ¿cómo es que usted está aquí?
      La señorita Tita vaciló un momento; aunque tenía la cara en una profunda sombra (estaba de espalda a la luz en el gabinete y yo había dejado mi vela bien lejos, junto a la puerta de la sala), creí ver su ingenua sonrisa:
      —Vine a propósito: oí sus pasos.
      —Bueno, yo venía de puntillas, tan inaudible como podía.
      —Pues le oí —dijo la señorita Tita.
      —¿Y está ahora sola su tía?
      —Ah, no: Olimpia está sentada ahí.
      Por mi parte, vacilé:
      —¿Entramos, entonces?
      Y moví la cabeza hacia el gabinete; quería cada vez más estar en el sitio.
      —No podemos hablar ahí; nos oirá ella.
      Estaba a punto de replicar que en ese caso nos sentaríamos callados, pero me daba demasiada cuenta de que no serviría, porque había algo que tenía unos inmensos deseos de preguntarle. Así le propuse que diéramos unas vueltas por la sala, manteniéndonos más en el otro extremo, donde no molestaríamos a la anciana. La señorita Tita asintió incondicionalmente; el médico iba a volver, dijo, y ella estaría allí para recibirle a la puerta. Nos paseamos por el hermoso y superfluo salón, en cuyo suelo de mármol —sobre todo porque al principio no decíamos nada— nuestros pasos eran más audibles de lo que yo había esperado. Cuando llegamos al otro lado —la ancha ventana, perpetuamente cerrada, que daba al balcón sobre el canal— sugerí que nos quedásemos allí, porque así ella vería aún mejor al médico cuando llegara. Abrí los cristales y salimos al balcón. El aire del canal parecía aún más pesado y más caliente que el de la sala. El sitio estaba silencioso y vacío; la tranquila vecindad se había ido a dormir. Un farol, acá y allá, sobre la estrecha agua negra, se reflejaba doblemente; la voz de un hombre que volvía a casa cantando, la chaqueta al hombro y el sombrero ladeado, nos llegaba desde lejos. Eso no impedía que la escena fuera muy comm’il faut, según la llamó la señorita Bordereau la primera vez que la vi. Al fin, una góndola pasó por el canal con su lento chasquido rítmico, y, escuchando, la observamos en silencio. No se detuvo, no traía al médico, y después que se fue, dije a la señorita Tita:
      —¿Y dónde están ahora… las cosas que estaban en el cofre?
      —¿En el cofre?
      —La caja verde que usted me señaló en su cuarto. Dijo usted que sus papeles habían estado allí; pareció implicar que los había trasladado.
      —Ah, sí; no están en el cofre —dijo la señorita Tita.
      —¿Puedo preguntar si ha mirado usted?
      —Sí, he mirado… para usted.
      —¿Cómo para mí, querida señorita Tita? ¿Quiere decir que usted me los habría dado si los hubiera encontrado? —pregunté, casi temblando.
      Ella se retardó en contestar y yo aguardé. De repente prorrumpió:
      —¡No sé qué haría… qué no haría!
      —¿Volvería a mirar otra vez… en otro sitio?
      Ella había hablado con una extraña emoción inesperada, y siguió en el mismo tono:
      —No puedo… no puedo… mientras ella esté allí tendida. No es decente.
      —No, no es decente —contesté, gravemente—. Que descanse en paz la pobre señora.
      Y esas palabras, en mis labios, no eran hipócritas, pues notaba haber recibido una reprimenda que me había avergonzado. La señorita Tita añadió un momento después, como si lo adivinara y lo sintiera por mí, pero al mismo tiempo deseara explicar que yo la estaba arrastrando, o por lo menos que me empeñaba demasiado:
      —No puedo engañarla así. No puedo engañarla… quizá en su lecho de muerte.
      —¡No quiera Dios que yo se lo pida, aunque yo mismo he sido culpable!
      —¿Ha sido usted culpable?
      —He navegado bajo bandera falsa.
      Ahora me parecía que debía contarle que le había dicho un nombre inventado, por mi temor a que su tía hubiera oído hablar de mí y rehusara aceptarme. Le expliqué eso y también que realmente había tenido parte en la carta que les escribió John Cumnor hacía meses.
      Me escuchó con gran atención, mirándome con la boca medio abierta, y cuando terminé mi confesión, dijo:
      —Entonces su verdadero nombre, ¿cuál es?
      Lo repitió dos veces cuando se lo dije, acompañándolo con la exclamación: «¡Estupendo, estupendo!» Y luego añadió:
      —Me gusta más el suyo.
      —A mí también —dije, riéndome—. ¡Uf!, es un alivio quitarme de encima el otro.
      —¿Así que fue un verdadero complot… una especie de conspiración?
      —Bueno, una conspiración… sólo éramos dos —repliqué dejando fuera, por supuesto, a la señora Prest.
      Ella vaciló; creo que quizá iba a decir que yo había sido muy bajo. Pero al cabo de un momento, observó, de un modo franco y reflexivo:
      —¡Cuánto debe querer esos papeles!
      —¡Ah, sí, apasionadamente! —concedí, sonriendo. Y esa oportunidad me hizo seguir adelante, olvidando mi compunción de un momento antes—: ¿Cómo es posible que ella misma los haya cambiado de sitio? ¿Cómo puede andar? ¿Cómo puede llegar a tal esfuerzo muscular? ¿Cómo puede levantar y transportar cosas?
      —¡Ah, cuando una quiere y cuando una tiene tanta voluntad! —dijo la señorita Tita, como si ya hubiera considerado ella misma la cuestión y no tuviera sencillamente más alternativa que esa respuesta: la idea de que, en plena noche, o en algún momento en que no había riesgo de nadie, la anciana había sido capaz de un esfuerzo milagroso.
      —¿Ha preguntado a Olimpia? ¿No la ha ayudado ella: no lo ha hecho por orden de ella? —pregunté: a lo que la señorita Tita contestó en seguida y con seguridad que la criada no tenía nada que ver con el asunto, aunque sin admitir definidamente haber hablado con ella. Era como si estuviera un poco tímida, un poco avergonzada de dejarme ver cuánto había penetrado en mi intranquilidad y me tenía en su ánimo. De repente me dijo, sin venir a cuento:
      —Siento como si fuera usted una nueva persona, ahora que tiene un nuevo nombre.
      —¡No es nuevo, es muy viejo, gracias a Dios!
      Ella me miró un momento:
      —Me gusta más.
      —Ah, ¡si no le gustara, yo casi seguiría con el otro!
      —¿De veras?
      Volví a reír, pero por toda respuesta a esa pregunta, dije:
      —Claro que si ella puede enredar de ese modo, puede haberlos quemado perfectamente.
      —Debe usted esperar; debe usted esperar —moralizó lúgubremente la señorita Tita; y su acento contribuyó poco a mi paciencia, pues parecía aceptar, después de todo, esa desgraciada posibilidad.
      Yo procuraría esperar, declaré sin embargo; en primer lugar, porque no podía hacer otra cosa, y en segundo lugar, porque tenía su promesa, que me había dado la otra noche, de que me ayudaría.
      —Claro que si han desaparecido los papeles, eso no sirve —dijo, no como si deseara echarse atrás, sino sólo para ser concienzuda.
      —Naturalmente. Pero, ¡si por lo menos pudiera averiguar! —gemí, temblando otra vez.
      —Me pareció que dijo que esperaría.
      —Ah, ¿quiere decir esperar incluso para eso?
      —¿Para qué entonces?
      —Bueno, nada —repliqué, más bien estúpidamente, avergonzado de decirle lo que implicaba mi resignación a la espera: mi idea de que ella haría algo más que simplemente averiguar. No sé si lo adivinó; en todo caso pareció darse cuenta de la necesidad de ser un poco más rígida.
      —No prometí engañar, ¿verdad? Creo que no.
      —¡No importa mucho si prometió o no, puesto que no podía!
      Creo que la señorita Tita no habría discutido esto aun cuando no la hubiera distraído el ver que la góndola del médico entraba disparada en el canal y se acercaba a la casa. Noté que venía tan de prisa como si temiera que la señorita Bordereau estuviera aún en peligro. Le miramos desde arriba mientras desembarcaba y luego volvimos a la sala a recibirle. Cuando él subió, sin embargo, yo dejé a la señorita Tita que fuera con él sola, naturalmente, pidiéndole sólo que volviera luego con noticias.
      Salí de la casa y di un largo paseo, hasta la Piazza, donde mi inquietud se negó a abandonarme. Fui incapaz de sentarme (era ya muy tarde, pero todavía había gente en las mesitas delante de los cafés): sólo pude dar vueltas y vueltas, y lo hice así una docena de veces. Estaba incómodo, pero me daba cierto placer haber dicho a la señorita Tita quién era yo realmente. Por fin, me encaminé otra vez a casa, poco a poco perdiéndome inexorablemente, como me pasaba siempre que salía por Venecia: de modo que era bastante más de medianoche cuando llegué a mi puerta. La sala, en el piso de arriba, estaba oscura como de costumbre, y mi lámpara, al cruzarla, no encontró nada convincente que mostrarme. Me decepcionó, porque había informado a la señorita Tita de que volvería para pedir noticias, y pensé que podría haber dejado allí una luz como señal. La puerta de las habitaciones de las señoras estaba cerrada, lo que parecía indicar que mi vacilante amiga se había ido a la cama, cansada de esperarme. Me quedé quieto en medio del sitio, reflexionando, con esperanzas de que me oyera y quizá se asomara, y diciéndome que nunca se acostaría si su tía se encontraba en estado tan crítico: se quedaría sentada velándola; estaría en una butaca, en su cuarto. Me acerqué a la puerta; me detuve allí y escuché. No oí nada, y al fin golpeé suavemente. No hubo respuesta y al cabo de otro momento di vuelta al pestillo. No había luz en el cuarto; eso debería haberme impedido entrar, pero no tuvo tal efecto. He contado francamente las inoportunidades, las indelicadezas de que me había hecho capaz mi deseo de poseer los papeles de Jeffrey Aspern, y no hace falta que me retraiga de contar esta última indiscreción. Creo que fue lo peor que hice; pero había circunstancias atenuantes. Estaba profunda, aunque no desinteresadamente ansioso de noticias de la anciana, y la señorita Tita había aceptado de mí, como quien dice, una cita a la que podría haber sido para mí punto de honor acudir. Cabe decir que el que ella dejara el sitio oscuro era señal positiva de que me liberaba de la cita, y a eso yo sólo podía replicar que no deseaba ser liberado.
      La puerta del cuarto de la señorita Bordereau estaba abierta y yo veía más allá de ella la débil luz de una vela. No había ruidos; mis pasos no hicieron moverse a nadie. Avancé más por el cuarto: me demoré allí, lámpara en mano. Quería dar a la señorita Tita una oportunidad de acercárseme si estaba con su tía, como debía estar. No hice ruido para llamarla; sólo quería ver si se daba cuenta de mi luz. No se la dio, y yo me expliqué eso (y luego encontré que tenía razón) pensando que se había quedado dormida. Si se había quedado dormida, no le preocupaba su tía, y mi explicación debía haberme llevado a salir como había entrado. Debo repetir que no fue así, pues me encontré en ese mismo momento pensando en otra cosa. No tenía ningún propósito definido, ninguna mala intención, pero me sentí retenido en el sitio por un agudo, aunque absurdo, sentido de la oportunidad. De qué, no sabría decir, ya que no pensaba que pudiera cometer un robo. Aunque lo pensara, me encontré con el hecho evidente de que la señorita Bordereau no dejaba abiertos de par en par su secreter, su armario y los cajones de sus mesas. Yo no tenía llaves, ni herramientas ni ambición de destrozar su mobiliario. Sin embargo, me di cuenta de que ahora estaba quizá solo, sin molestias de nadie, a la hora de la tentación y el secreto, más cerca que nunca de mi atormentador tesoro. Levanté mi lámpara e hice brillar la luz sobre los diferentes objetos como si la luz me pudiera decir algo. Sin embargo, ningún movimiento llegó del otro cuarto. Si la señorita Tita dormía, dormía con un sueño sano. ¿Lo hacía así —generosa criatura— a propósito para dejarme libre el campo? ¿Sabía que yo estaba allí y no hacía más que quedarse quieta a ver qué hacía yo; qué podía hacer yo, llegado hasta ahí? Ella misma sabía mejor que yo qué poco.
      Me detuve delante del secreter, mirándolo estúpidamente, pues, ¿qué tenía que decirme, después de todo? En primer lugar, estaba cerrado, y en segundo lugar, casi seguramente no contenía nada que me interesara. Diez a una que los papeles habían sido destruidos; y aunque no lo hubieran sido, la anciana no los habría puesto en tal sitio después de quitarlos del cofre verde; no los habría trasladado, si tenía en su mente la idea de la seguridad, del mejor escondrijo al peor. El secreter era más visible, más accesible, en un cuarto en que ella ya no podía montar la guardia. Se abría con una llave, pero había también un pequeño mango de latón, como un botón: lo vi al proyectar mi lámpara hacia él. Hice algo más que eso en ese momento: capté un atisbo de la posibilidad de que la señorita Tita deseara realmente que yo entendiera. Si no deseaba que yo entendiera, si deseaba mantenerme fuera, ¿por qué no había cerrado con llave la puerta de comunicación entre el gabinete y la sala? Eso habría sido una clara señal de que yo debía dejarlas en paz. Si no las dejaba en paz, ella pretendía que yo fuera, por un propósito —un propósito ahora indicado por la rápida idea fantástica de que, para servirme, había dejado el secreter sin cerrar con llave—. No había dejado la llave, pero la tapa se movería probablemente si tocaba el botón. Esa teoría me fascinó, y me inclinó mucho para juzgarlo. No me proponía hacer nada, ni siquiera —ni en lo más mínimo— bajar la tapa; sólo quería poner a prueba mi teoría, ver si la tapa se movía. Toqué el botón con la mano: un simple toque me lo diría; y al hacerlo así (es embarazoso para mí relatarlo) miré atrás sobre el hombro. Fue una casualidad, un instinto, pues no había oído nada. Casi dejé caer mi luz y me eché atrás, irguiéndome ante lo que vi. La señorita Bordereau estaba allí de pie, en su vestimenta nocturna, en la puerta de su cuarto, observándome: había elevado las manos, había levantado la eterna cortina que le cubría media cara, y por primera vez, última y única vez, observé sus extraordinarios ojos. Fulguraban hacia mí, me avergonzaban terriblemente. Nunca olvidaré su extraña figurilla encorvada, blanca y vacilante, con la cabeza levantada, ni su actitud y su expresión; ni olvidaré el tono con que, al volverme a mirarla, siseó con furia apasionada:
      —¡Ah, bribón publicador!
      No sé qué balbucí para excusarme, para explicar; pero me incliné hacia ella para decirle que no tenía malas intenciones. Ella me ahuyentó con sus viejas manos, retirándose con horror delante de mí; e inmediatamente vi que había caído, con un rápido espasmo, como si la muerte hubiera descendido sobre ella, en los brazos de la señorita Tita.



IX

      Me marché de Venecia la mañana siguiente, tan pronto como supe que la anciana no había sucumbido, como temí en ese momento, al choque que yo le había dado —el choque, también puedo decir, que ella me había dado a mí—. ¿Cómo iba a suponerla capaz de salir de la cama por sí misma? No logré ver a la señorita Tita antes de marcharme, sólo vi a la donna, a quien confié una carta para la señora más joven. En esa carta indicaba que estaría ausente sólo unos pocos días. Fui a Treviso, a Bassano, a Castelfranco; di paseos a pie y en coche y miré mohosas iglesias de cuadros mal iluminados y pasé horas sentado fumando en las terrazas de los cafés, con moscas y cortinas amarillas, en el lado de sombra de placitas soñolientas. A pesar de esos pasatiempos, que eran maquinales y sólo por cumplir, apenas disfruté mi viaje; había en mi vida un excesivo sabor de algo desagradable. Había sido diabólicamente lamentable, como dicen los jóvenes, que me encontrara la señorita Bordereau en plena noche examinando el cierre de su buró; y no lo había sido menos el creer durante muchas horas después que con gran probabilidad la habría matado. Al escribir a la señorita Tita intenté minimizar esas irregularidades, pero como ella no me respondió ni palabra, no pude saber qué impresión le había hecho yo. Me amargaba el ánimo que me hubiera llamado bribón publicador, pues ciertamente yo publicaba y ciertamente no había sido muy delicado. Hubo un momento en que quedé convencido de que el único modo de expiar esta última culpa era retirarme por completo al instante: sacrificar mis esperanzas y aliviar para siempre a las dos pobres mujeres de la opresión de mi trato. Luego reflexioné que más valdría probar primero una breve ausencia, pues ya debía darme cuenta (de un modo sin expresar y vago) que si desaparecía completamente, no serían sólo mis propias esperanzas lo que condenaría a la extinción. Quizá bastaría que me mantuviera alejado lo suficiente como para que la anciana creyera que se liberaba de mí. Que deseara liberarse de mí (si yo no me liberaba de ella), ahora no cabía dudarlo: aquella escena nocturna la habría curado de la inclinación a aceptar mi compañía en atención a mis dólares. Me dije que, después de todo, no podía abandonar a la señorita Tita, y continué diciéndolo aun mientras observaba que ella no cumplía en absoluto mi intensa petición (le había dado dos o tres direcciones, en pueblecitos, poste restante) de que me hiciera saber cómo iba saliendo adelante. Habría hecho que me escribiera mi criado, salvo porque él era incapaz de manejar la pluma. Se me ocurrió que había una suerte de desprecio en el silencio de la señorita Tita (a pesar de lo poco despreciativa que había sido siempre), de modo que quedé incómodo y herido. Tenía escrúpulos en cuanto a volver y sin embargo tenía otros en cuanto a no volver, pues quería ponerme en mejor posición. El final de eso fue que volví a Venecia a los doce días; y cuando mi góndola chocó suavemente contra los escalones de la señorita Bordereau, una cierta palpitación en suspenso me dijo que me había hecho mucha violencia para detenerme tanto tiempo.
      Había vuelto tan repentinamente que no había telegrafiado a mi criado. Por tanto, no estaba en la estación para recibirme, pero sacó la cabeza por una ventana de arriba cuando llegué a la casa.
      —La han puesto en la tierra, a la vecchia —me dijo en el vestíbulo de abajo, mientras se echaba al hombro mi maleta, y sonrió y me hizo un guiño, como si supiera que me agradaría la noticia.
      —¡Ha muerto! —exclamé, con una mirada muy diferente hacia él.
      —Eso parece, puesto que la han enterrado.
      —¿Se acabó todo? ¿Cuándo fue el entierro?
      —Anteayer. Pero entierro, apenas puede llamarlo así, signore; era un paseíto aburrido de dos góndolas. Poveretta! —continuó el hombre, al parecer refiriéndose a la señorita Tita. Su idea de los entierros es que eran sobre todo para divertir a los vivos.
      Quería saber de la señorita Tita —cómo estaba y dónde—, pero no le hice más preguntas hasta que estuvimos arriba. Ahora que me encontraba con los hechos, los veía muy mal, especialmente la idea de que la pobre señorita Tita habría tenido que arreglárselas sola después del final. ¿Qué sabía ella de los arreglos, de los pasos que dar en tal caso? ¡Poveretta, en efecto! Sólo podía yo tener esperanzas de que el médico la hubiera ayudado y de que no la hubieran descuidado los viejos amigos de que me había hablado, aquel grupito de fieles cuya fidelidad consistía en venir a la casa una vez al año. Sonsaqué a mi criado que dos viejas señoras y un viejo caballero, en efecto, se habían reunido en torno de la señorita Tita y la habían apoyado (habían venido a buscarla en su góndola propia) durante el viaje al cementerio, la islita de tapias rojas al norte de la ciudad, de camino a Murano. Por esos detalles parecía que las señoritas Bordereau eran católicas, un descubrimiento que yo no había hecho, ya que la anciana no podía ir a la iglesia, y su sobrina, en lo que yo percibía, o no iba, o iba sólo a una misa muy temprana en la parroquia, antes que yo me levantara. Ciertamente, incluso los sacerdotes respetaban su encierro: nunca había observado el balanceo del faldón de un curato. Esa noche, una hora después, envié a mi criado con cinco palabras escritas en una tarjeta, para preguntar si la señorita Tita me vería unos pocos momentos. No estaba en casa, donde la había buscado, me dijo cuando volvió, sino en el jardín dando vueltas para refrescarse y cogiendo flores. La había encontrado allí y ella estaría muy contenta de verme. Bajé y pasé media hora con la pobre señorita Tita. Siempre había tenido un aire de luto mohoso (como si llevara viejas ropas de un duelo que nunca se acababa), y en ese aspecto no había cambio apreciable en su aspecto. Pero evidentemente había llorado, llorado mucho —de un modo sencillo, satisfactorio, refrescante, con una especie de sentimiento primitivo y retrasado de soledad y violencia—. Pero no tenía nada del formalismo ni de la autoconciencia de la pena, y casi me sorprendió verla de pie ahí, en el principio del oscurecer, con las manos llenas de flores, sonriéndome con sus ojos enrojecidos. Su cara blanca, en el marco de su mantilla, parecía más larga y flaca que de costumbre. Yo suponía que estaría muy disgustada conmigo; consideraría que yo debía haber estado allí para aconsejarla, para ayudarla; y, aunque yo estaba seguro de que no había rencor en su actitud ni gran convicción de la importancia de sus asuntos, me había preparado para alguna diferencia en sus maneras, algún aire de ofensa, medio familiar, medio distanciado, que dijera a mi conciencia: «¡Bueno, es usted una bonita persona para haber asegurado nada!» Pero la verdad histórica me obliga a declarar que el rostro de Tita Bordereau expresó placer sin reservas al ver al huésped de su difunta tía. Eso me conmovió extremadamente y creí que simplificaba mi situación, hasta que encontré que no era así. Fui tan amable como pude con ella ese atardecer, y paseé con ella por el jardín durante media hora. No hubo entre nosotros ninguna explicación; no le pregunté por qué no había contestado a mi carta. Aún menos repetí lo que le había dicho en ese mensaje; si ella decidía hacerme suponer que había olvidado la posición en que me había sorprendido la señorita Bordereau aquella noche, y el efecto del descubrimiento sobre la anciana, yo estaba muy dispuesto a tomarlo así; le agradecía que no me tratara como si yo hubiera matado a su tía.
      Paseamos y paseamos y la verdad es que no ocurrió gran cosa entre nosotros salvo el reconocimiento de su soledad, expresado en mis maneras y en el visible aire que ahora tenía ella de depender de mí, puesto que yo le hacía ver que me tomaba interés por ella. La señorita Tita no tenía nada de ese orgullo que hace a una persona desear conservar al aspecto de independencia; no fingía en lo más mínimo saber entonces qué iba a ser de ella. Renuncié, sin embargo, a tocar especialmente eso, pues ciertamente no estaba dispuesto a decir que yo me haría cargo de ella. Fui cauto; no innoblemente, creo, pues me daba cuenta de que su conocimiento de la vida era tan pequeño que, en su visión sin sofisticación, no habría razón por la que yo no debiera cuidarme de ella, ya que parecía compadecerla. Me dijo cómo había muerto su tía, muy pacíficamente al fin, y cómo luego todo se había hecho por cuidado de sus buenos amigos (afortunadamente, gracias a mí, me dijo sonriendo, había dinero en la casa; y repitió que cuando los italianos le quieren a uno, son amigos para toda la vida), y una vez que entró en eso me preguntó por mi giro, por mis impresiones, por los lugares que yo había visto. Le dije lo que pude, inventándolo en parte, me temo, ya que en mi depresión no había visto mucho; y después de oírme, ella exclamó como si hubiera olvidado a su tía y su tristeza:
      —¡Pobre de mí, cuánto me gustaría hacer esas cosas… hacer un viajecito!
      Se me ocurrió por el momento que debería proponerle alguna excursión, decirle que la llevaría a donde quisiera; y observé, por lo menos, que se podría arreglar alguna excursión para ofrecerle un cambio; lo pensaríamos, lo hablaríamos. No le dije ni palabra sobre los documentos de Aspern; no hice preguntas en cuanto a lo que hubiera averiguado o lo que hubiera ocurrido por lo demás, respecto a ellos, antes de la muerte de la señorita Bordereau. No era que yo no estuviera sobre ascuas por saberlo, sino que creía más decente no revelar mi ansiedad tan poco tiempo después de la catástrofe. Tenía esperanzas de que ella misma dijera algo, pero no lanzó ni una mirada a ese lado, y eso me pareció natural en ese momento. Después, sin embargo, esa noche, se me ocurrió que su silencio era algo extraño, pues si había hablado de mis idas y venidas, de algo tan distante como Giorgione y Castelfranco, podría haber aludido a lo que fácilmente podía recordar que estaba en mi ánimo. No había que suponer que la emoción producida por la muerte de su tía hubiera borrado el recuerdo de que yo estaba interesado en las reliquias de la señora, y me puse muy nervioso al pensar que su reticencia podía significar muy posiblemente que no se había encontrado nada, sin más. Nos separamos en el jardín (fue ella quien dijo que debía entrar); ahora que estaba sola en sus habitaciones me di cuenta de que (por lo menos, juzgando según ideas venecianas) yo estaba en una situación muy diferente en cuanto a visitarla allí. Al darle la mano y las buenas noches, le pregunté si tenía algún plan en general, si había pensado qué le sería mejor hacer.
      —Ah, sí, sí; pero no he decidido nada todavía —contestó, muy animada.
      ¿Se explicaba su animación por la impresión de que yo me ocuparía de ella?
      Me alegré a la mañana siguiente de que hubiéramos descuidado las cuestiones prácticas, pues eso me daba un pretexto para volverla a ver inmediatamente. Había una cuestión muy práctica que tocar. Tenía yo la obligación de hacerle saber formalmente que, desde luego, no esperaba que ella me conservara como huésped, y también mostrar algún interés por su propia situación, por lo que podía tener entre manos a modo de arrendamiento. Pero dio la casualidad de que no estaba destinado a conversar con ella más de un momento sobre esos dos puntos. No le mandé recado; sencillamente bajé a la sala y me puse a dar vueltas por allí. Sabía que ella saldría; pronto advertiría que yo estaba allí. No sé por qué, prefería no estar encerrado con ella; los jardines y las grandes salas me parecían mejores lugares para hablar. Era una mañana espléndida, con algo en el aire que me hablaba de la extinción del largo verano veneciano; una frescura desde el mar que removía las flores del jardín y formaba una grata corriente en la casa, menos cerrada y oscurecida ahora que cuando vivía la anciana. Era el comienzo del otoño, del fin de los meses dorados. Con eso, era el fin de mi experimento, o lo sería dentro de media hora, cuando supiera que los papeles habían quedado reducidos a cenizas. Después de eso no me quedaría más que irme a la estación, pues seriamente (y me di cuenta en la luz de la mañana) no podía demorarme allí para actuar como custodio de un trozo de desvalimiento femenino de mediana edad. Si ella no había salvado los papeles, ¿por qué estaría yo en deuda con ella? Creo que pestañeé un poco al preguntarme cuánto, si los hubiera salvado, tendría que reconocer y, como quien dice, recompensar esa cortesía. Al fin y al cabo ¿no podría eso imponerme el papel de custodio? Si esa idea no me puso más incómodo al dar vueltas por allá, fue porque estaba convencido de que no tenía nada que esperar. Si la vieja no lo había destruido todo antes de caer sobre mí en el gabinete, lo había hecho después.
      Le llevó a la señorita Tita más tiempo del que yo había esperado adivinar que yo estaba allí, pero, cuando por fin salió, me miró sin sorpresa. Le dije que la estaba esperando y me preguntó por qué no se lo había hecho saber. Me alegré al día siguiente de haberme refrenado antes de decirle que la había deseado ver si no se lo decía una intuición amistosa; se me convirtió en una satisfacción el no haberme permitido en esa broma más bien tierna. Lo que dije fue virtualmente la verdad; que estaba demasiado nervioso, puesto que esperaba ahora que ella decidiera mi destino.
      —¿Su destino? —dijo la señorita Tita, lanzándome una mirada extraña; y al hablarle, noté un raro cambio en ella. Estaba diferente de como había estado la noche anterior; menos natural, menos tranquila. Había llorado el día antes y no lloraba ahora, y sin embargo me pareció menos confiada. Era como si le hubiera ocurrido algo durante la noche, o por lo menos como si hubiera pensado en algo que la turbara; algo, en especial, que afectaba a sus relaciones conmigo, que las hacía más cohibidas y complicadas. ¿Se había dado cuenta, sencillamente, que el hecho de que su tía no estuviera allí alteraba ahora mi posición?
      —Quiero decir, sobre nuestros papeles. ¿Hay papeles? Debo saberlo ahora.
      —Sí, hay muchos; más de lo que yo suponía.
      Me impresionó el temblor de su voz al decírmelo.
      —¿Quiere decir que los tiene ahí, y que puedo verlos?
      —Creo que no puede verlos —dijo la señorita Tita, con una extraordinaria expresión de ruego en sus ojos, como si la más cara esperanza que tuviera ahora en el mundo fuera que yo no se los quitara. Pero, ¿cómo podía esperar que yo hiciera tal sacrificio después de todo lo ocurrido entre nosotros? ¿A qué había venido yo a Venecia sino a verlos, a llevármelos? Mi placer al saber que seguían existiendo fue tal que, aunque la pobre se hubiera arrodillado rogándome no volver a hablar nunca de ellos, yo habría tratado el asunto como una broma pesada.
      —Los tengo, pero no puedo enseñarlos —añadió.
      —¿Ni siquiera a mí? ¡Ah, señorita Tita! —gemí, con una voz de infinita queja y reproche.
      Ella se ruborizó y las lágrimas le subieron a los ojos; vi que era para ella angustioso tomar esa posición, pero que se le había impuesto un temible sentido del deber. Me hizo sentirme mal el encontrarme enfrentado con ese preciso obstáculo; tanto más, cuanto que me parecía que se me había animado mucho a no tomarlo en consideración. Casi consideraba que la señorita Tita me había asegurado que si no tuviera mayor dificultad que esa…
      —¿No querrá decir que le hizo una promesa en su lecho de muerte? Precisamente me consideraba seguro de que no haría usted ese tipo de cosa. ¡Ah, preferiría que ella hubiera quemado los papeles sin más, antes que eso!
      —No, no es una promesa —dijo la señorita Tita.
      —Pues, por favor, ¿qué es?
      Vaciló y luego dijo:
      —Trató de quemarlos, pero yo lo impedí. Los había escondido en la cama.
      —¿En su cama?
      —Entre los colchones. Allí es donde los puso cuando los sacó del baúl. No puedo comprender ahora cómo lo hizo, porque Olimpia no la ayudó. Eso me dice y la creo. Mi tía sólo se lo dijo después, para que no tocara la cama, nada más que las sábanas. Así que estaba mal hecha —añadió la señorita Tita, con sencillez.
      —¡Ya me lo imagino! ¿Y cómo trató de quemarlos?
      —No trató mucho; estaba demasiado débil, esos últimos días. Pero me lo dijo, me lo mandó. ¡Ah, fue terrible! No pudo hablar desde aquella noche: sólo podía hacer señales.
      —¿Y qué hizo usted?
      —Los puse aparte. Los encerré bajo llave.
      —¿En el secreter?
      —Sí, en el secreter —dijo la señorita Tita, volviendo a ruborizarse.
      —¿Le dijo que los quemaría?
      —No, no se lo dije, con toda intención.
      —¿Con intención de complacerme?
      —Sí, sólo por eso.
      —¿Y qué buena voluntad me ha mostrado si después de todo no me los quiere enseñar?
      —Ah, ninguna, ya lo sé… ya lo sé.
      —¿Y ella creyó que usted los había destruido?
      —No sé qué creía al final. No podría decir… ya estaba demasiado perdida.
      —Entonces, si no había promesa y compromiso, no veo qué la ata.
      —¡Ah, ella lo odiaba tanto, lo odiaba tanto! Estaba tan celosa. Pero aquí tiene el retrato; puede quedárselo —anunció la señorita Tita, sacando del bolsillo la pequeña imagen, envuelta del mismo modo como la había envuelto su tía.
      —¿Puedo quedármela… quiere usted dármela? —pregunté, mirando fijamente, al pasar a mis manos.
      —Ah, sí.
      —Pero vale mucho dinero… una suma muy grande.
      —¡Bueno! —dijo la señorita Tita, aún con su aire extraño.
      No sabía cómo entenderlo, pues difícilmente podría significar que quería regatear como su tía. Hablaba como si deseara regalármelo.
      —No puedo recibirlo de usted como regalo —dije—, y sin embargo no puedo pagárselo según la idea que tenía la señorita Bordereau sobre su valor. Ella lo valoraba en mil libras.
      —¿No lo podríamos vender? —preguntó la señorita Tita.
      —¡No lo quiera Dios! Prefiero el retrato al dinero.
      —Bueno, entonces quédeselo.
      —Es usted muy generosa.
      —Usted también.
      —No sé por qué lo cree así —repliqué, y lo decía con sinceridad, pues la singular criatura parecía estar pensando en algo muy sutil, que yo no captaba.
      —Bueno, usted ha significado una gran diferencia para mí —dijo la señorita Tita.
      Miré el rostro de Jeffrey Aspern en el pequeño retrato, en parte para no mirar a mi interlocutora, que había empezado a turbarme, y aun a asustarme un poco; estaba tan consciente de sí misma, tan poco natural. No respondí a esa afirmación; sólo consulté en privado los admirables ojos de Jeffrey Aspern con los míos (eran tan jóvenes y brillantes, tan llenos de visión); le pregunté qué le podría ocurrir a la señorita Tita. Él pareció sonreírme con burla amistosa, como si le divirtiera mi caso. Me había metido en un lío por él, ¡como si él lo necesitara! No me resultó él nada satisfactorio, para el momento en que le acababa de conocer. Sin embargo, ahora que tenía el pequeño retrato en la mano, me daba cuenta de que sería una posesión preciosa.
      —¿Es esto un soborno para hacerme renunciar a los papeles? —pregunté un momento después, con malignidad—. Aunque lo valoro mucho, si me viera obligado a elegir, los papeles es lo que preferiría. ¡Ah, pero con mucho!
      —¿Cómo puede elegir, cómo puede elegir? —preguntó la señorita Tita con lentitud lamentosa.
      —¡Ya veo! Claro que no hay nada que decir, si usted considera insuperable la interdicción que pesa sobre usted. ¡En ese caso, debe parecerle que el separarse de ellos sería una impiedad de la peor índole, nada menos que un sacrilegio!
      La señorita Tita movió la cabeza, llena de dolor.
      —Lo comprendería si la hubiera conocido. Tengo miedo —tembló de repente—, ¡tengo miedo! Ella era terrible cuando se irritaba.
      —Sí, ya vi algo de eso, aquella noche. Estaba terrible. Luego vi sus ojos. ¡Señor, qué hermosos eran!
      —¡Los veo, me miran fijos en la oscuridad! —dijo la señorita Tita.
      —Está usted nerviosa, con todo lo que ha pasado.
      —¡Ah, sí, mucho, mucho!
      —No debe preocuparse, ya pasará —dije, bondadosamente. Luego añadí, resignado, pues me pareció que debía aceptar la situación—: Bueno, así es, y no se puede remediar. Debo renunciar.
      La señorita Tita, ante esto, mirándome, lanzó un gemido sordo y suave, y yo seguí:
      —Sólo habría deseado, por lo más sagrado, que los hubiera destruido; entonces no habría nada más que decir. Y no puedo entender por qué no lo hizo, con sus ideas.
      —¡Ah, vivía de ellos! —dijo la señorita Tita.
      —Puede imaginarse si eso me hace desear menos el verlos —respondí, sonriendo—. Pero no me deje aquí como si me propusiera en mi alma tentarla a hacer algo bajo. Naturalmente, ya comprenderá que dejo mis habitaciones. Me marcho de Venecia inmediatamente.
      Y tomé el sombrero, que había dejado en una silla. Estábamos ahí todavía de pie, algo torpemente, en medio de la sala. Ella había dejado abierta la puerta de sus habitaciones detrás de ella, pero no me había invitado a entrar.
      Una especie de espasmo cruzó su cara cuando me vio tomar el sombrero.
      —¿Inmediatamente… quiere decir hoy? —El tono de esas palabras era trágico; eran un grito de desolación.
      —Oh, no, no mientras pueda serle útil en lo más mínimo.
      —Bueno, sólo un día o dos más… sólo dos o tres —jadeó.
      Luego, dominándose, añadió con otros modales:
      —Ella quería decirme algo… el último día… algo muy especial, pero no pudo.
      —¿Algo muy especial?
      —Algo más sobre los papeles.
      —¿Y lo adivinó usted, tiene alguna idea?
      —No, lo he pensado… pero no sé. He pensado muchas cosas.
      —¿Y por ejemplo?
      —Bueno, que si usted fuera un pariente sería diferente.
      —¿Si yo fuera un pariente?
      —Si usted no fuera un extraño. Entonces sería igual para usted que para mí. Todo lo mío… sería suyo y usted podría hacer lo que quisiera. Yo no podría impedírselo… y usted no tendría responsabilidad.
      Ofreció esa extraña explicación con cierta precipitación nerviosa, como si dijera palabras que había aprendido de memoria. Me dio la impresión de alguna sutileza y al principio no fui capaz de seguirlas. Pero al cabo de un momento su cara me ayudó a verlo mejor, y luego se me hizo la luz en mi mente. Era algo embarazoso y me incliné hacia el retrato de Jeffrey Aspern. ¡Qué extraña expresión había en su cara! «¡Sal de esto como puedas, mi querido amigo!» Me metí el retrato en el bolsillo y le dije a la señorita Tita:
      —Sí, se lo venderé para usted. No sacaré mil libras de ningún modo, pero sacaré algo bueno.
      Ella me miró con lágrimas en los ojos, pero pareció tratar de sonreír mientras observaba:
      —Podemos repartirnos el dinero.
      —No, no, será suyo todo. —Luego seguí—: Creo saber lo que quería decir su pobre tía. Quería dar instrucciones de que los papeles debían enterrarse con ella.
      La señorita Tita pareció considerar esa sugerencia un momento, tras de lo cual declaró, con impresionante decisión:
      —¡Ah, no, eso no le habría parecido seguro!
      —Me parece que nada podría ser más seguro.
      —Ella tenía la idea de que cuando la gente quiere publicar son capaces… —Y se detuvo, ruborizándose.
      —¿De violar una tumba? ¡Pobres de nosotros, qué debe haber pensado de mí!
      —¡No era justa, no era generosa! —gritó la señorita Tita con súbita pasión.
      La luz que se había hecho en mi ánimo un momento antes aumentó.
      —Ah, no diga eso, porque sí que somos una raza terrible. —Luego proseguí—: Si dejó testamento, eso puede darnos una idea.
      —No he encontrado nada parecido: lo destruyó. Me quería mucho —añadió la señorita Tita, incongruentemente—: quería que yo fuera feliz. Y si alguna persona era buena conmigo… quería hablar de eso.
      Me quedé casi aterrado ante la astucia que inspiraba a la buena señora, una astucia transparente, en realidad, y cosida, como suele decirse, con hilo blanco.
      —Esté segura de que no quiso tomar ninguna disposición que me fuera bien a mí.
      —No, no a usted, sino a mí. Sabía que me gustaría que usted consiguiera su idea. No porque le importara usted, sino porque pensaba en mí —siguió la señorita Tita, con su inesperada charlatanería persuasiva—. Usted los podría ver, los podría usar.
      Se detuvo, al ver que yo entendía el sentido de ese condicional, se detuvo bastante tiempo como para que yo diera alguna señal que no di. Sin embargo, debió darse cuenta de que, aunque mi cara mostrara el mayor cohibimiento que jamás ha mostrado rostro humano, no era de piedra, sino también lleno de compasión. Durante mucho tiempo después me consoló considerar que no pudiera ver en mí el menor síntoma de falta de respeto.
      —¡No sé qué hacer; estoy demasiado atormentada, estoy demasiado avergonzada! —continuó, con vehemencia. Luego, apartándose de mí y hundiendo la cara entre las manos, prorrumpió en un torrente de lágrimas. Si ella no sabía qué hacer, se puede imaginar si yo lo sabía mejor. Me quedé allí enmudecido, observándola, mientras resonaban sus sollozos en la gran sala vacía. Un momento después se encaraba conmigo otra vez, con sus ojos inundados.
      —¡Se lo daría todo a usted… y ella entendería, donde esté… me perdonaría!
      —¡Ah, señorita Tita… ah, señorita Tita! —balbucí, por toda respuesta.
      No sabía qué hacer, como digo, pero al azar, emprendí un vago movimiento enloquecido, a consecuencia del cual me encontré a la puerta. Recuerdo que me quedé allí parado y diciendo:
      —¡No serviría, no serviría! —pensativo y torpe, grotesco, mientras miraba al otro lado de la sala como si allí hubiera una hermosa vista.
      Lo siguiente que recuerdo es que había bajado las escaleras y estaba fuera de casa. Mi góndola estaba allí y mi gondolero, recostado en los almohadones, se puso en pie de un salto al verme. Yo entré de un salto y ante su acostumbrado Dove commanda?, contesté, en un tono que le hizo mirarme pasmado:
      —¡A cualquier sitio, a cualquier sitio; saliendo a la laguna!
      Me alejó remando y yo seguí allí sentado, postrado, gimiendo suavemente para mí mismo, con el sombrero echado por la cara. En nombre de todo lo ridículo, ¿qué pretendía ella, si no era ofrecerme su mano? ¡Ese era el precio… ése era el precio! ¿Y creía que yo la quería, la pobre vieja ilusa, enloquecida, extravagante? Mi gondolero, detrás de mí, debía verme rojas las orejas mientras yo me preguntaba, bajo la tenda agitada por el viento, con la cara oculta, sin darme cuenta de nada al pasar; me preguntaba si yo había producido despiadadamente su engaño y su ilusión. ¿Creía que le había hecho el amor, aunque fuera para obtener los papeles? Yo no se lo había hecho, no, me lo repetí a mí mismo, una hora, dos horas, hasta que me fatigué, aún sin convencerme. No sé dónde me llevó mi gondolero; flotamos sin objetivo por la laguna, con golpes lentos, infrecuentes. Al fin me di cuenta de que estábamos cerca del Lido, lejos, a mano derecha, de espaldas a Venecia, y le hice dejarme en la orilla. Quería andar, moverme, para quitarme de encima algo de mi desconcierto. Crucé la estrecha franja y llegué a la playa frente al mar; me encaminé hacia Malamocco. Pero al fin me volví a tender en la cálida arena, en la brisa, en la áspera hierba seca. Eso me hizo pensar que yo había tenido mucha culpa, que había jugueteado, sin darme cuenta, pero no por eso menos deplorablemente. Pero no le había dado motivo… claramente no. Yo había dicho a la señora Prest que le haría el amor, pero había sido una broma sin consecuencias y nunca se lo había dicho a Tita Bordereau. Había sido todo lo amable que pude, porque realmente me caía bien, pero ¿desde cuándo eso había llegado a ser un delito, cuando se trataba de una mujer de tal edad y tal aspecto? Estoy lejos de recordar claramente la sucesión de acontecimientos y sentimientos durante ese largo día de confusión, que empleé por entero en dar vueltas por ahí, sin ir a casa, hasta entrada la noche: sólo recuerdo que hubo momentos en que pacifiqué mi conciencia y otros en que la azoté hasta darme dolor. No reí en todo el día… que recuerde: el caso, no importa cómo les pudiera parecer a otros, a mí me parecía poco divertido. Quizá me habría sido mejor notar su lado cómico. En todo caso, tanto si había dado motivo como si no, ni que decir tenía que no podía pagar el precio. No podía aceptar. Por un manojo de papeles en jirones, no podía casarme con una vieja ridícula, patética, provinciana. La prueba de que ella no pensaba que la idea se me ocurriera a mí era el que se hubiera decidido a sugerirla ella misma de ese modo práctico, persuasivo, heroico, en que, sin embargo, la timidez había sido mucho más notable que la osadía, por el hecho de que sus razones parecían venir primero y sus sentimientos después.

       Según pasaba el día, llegué a lamentar haber oído hablar de las reliquias de Aspern, y maldije la extravagante curiosidad que había puesto a John Cumnor sobre su rastro. Ya teníamos material de sobra aun sin ellas, y mi situación era justo castigo a la más fatal de las locuras humanas, el que no hubiéramos sabido cuándo detenernos. Estaba muy bien decir que no era ninguna situación consumada, que la salida era muy sencilla, que no tenía más que marcharme de Venecia en el primer tren de la mañana, dejando una nota para la señorita Tita, que le pusieran en las manos tan pronto como yo me alejara de la casa; pues una intensa señal de mi confusión fue que cuando traté de redactar la nota mentalmente por adelantado (la pondría en el papel en cuanto llegara a casa, antes de acostarme) no pude pensar más que «¿Cómo puedo agradecerle la rara confianza que ha puesto en mí?». Eso no iría bien nunca; sonaba exactamente como si después de eso viniera una aceptación. Claro que me podía ir sin escribir ni palabra, pero eso sería brutal y mi intención era evitar las soluciones brutales. Cuando se enfrió mi confusión, me quedé perdido en asombro ante la importancia que había dado a los apretujados jirones de papel de la señorita Bordereau; el pensar en ellos se me hizo odioso y me sentí tan ofendido con la vieja bruja por la superstición que le había impedido destruirlos, como lo estaba conmigo mismo por haber gastado ya más dinero del que podía permitirme, intentando dominar su destino. Volvía la góndola. Sólo sé que por la tarde, cuando el aire estaba encendido por el crepúsculo, me encontré parado ante la iglesia de San Juan y San Pablo, con los ojos levantados hacia la pequeña cara, de mandíbula cuadrada, de Bartolommeo Colleoni, el terrible condottiere, tan sólidamente a horcajadas sobre su enorme caballo de bronce, sobre el alto pedestal donde le mantiene la gratitud veneciana. La estatua es incomparable, la más hermosa de todas las figuras montadas, a no ser que sea mejor la de Marco Aurelio, que cabalga benignamente ante el Capitolio romano. Pero no pensaba yo en eso; sólo me encontraba mirando al capitán triunfante como si tuviera un oráculo en sus labios. La luz de poniente brilla a esa hora sobre toda su hosquedad y lo hace prodigiosamente personal. Pero él seguía mirando lejos por encima de mi cabeza, a la roja sumersión de otro día —había visto descender tantos a la laguna a través de los siglos—, y si pensaba en batallas y estratagemas, eran de cualidad muy diferente de las que yo tuviera que contarle. Él no podía guiarme sobre qué hacer, por mucho que yo mirara arriba. ¿Fue antes de eso o después de eso cuando vagué durante una hora por los pequeños canales, para la continuada estupefacción de mi gondolero, que nunca me había visto tan inquieto y sin embargo tan vacío de propósito, y no podía sacarme más orden que «Vaya a cualquier parte… a todas partes… por todo el sitio»? Me recordó que no había almorzado y expresó por consiguiente con todo respeto la esperanza de que cenaría antes. Él había tenido largos períodos de ocio durante el día, en que dejé la góndola para errar, de modo que no estaba yo obligado a considerarle, y le dije que ese día, por cambiar, no tocaría alimento; un efecto de la propuesta de la señorita Tita, no de muy buen agüero, era que había perdido el apetito por completo. No sé por qué había ocurrido que en esa ocasión me impresionaba más que nunca ese extraño aire de sociabilidad, de parentesco y vida de familia que constituye buena parte del carácter de Venecia. Sin calles ni vehículos, sin ruido de ruedas, ni brutalidad de caballos, y con sus callecitas retorcidas donde se agolpa la gente, donde suenan voces como en los pasillos de una casa, donde los pasos humanos circulan como si rodearan las esquinas del mobiliario y donde los zapatos nunca se desgastan, la ciudad tiene el carácter de un enorme apartamento colectivo, cuyo rincón más ornamentado es la Piazza San Marco, y los palacios y las iglesias, por lo demás, juegan el papel de grandes divanes de reposo, mesas de entretenimiento, extensiones de decoración. Y, no se sabe cómo, ese espléndido domicilio común, familiar, doméstico y resonante, también parece un teatro, con actores taconeando sobre puentes, y, en procesiones vagabundas, tropezando a lo largo de los fondamenta. Cuando uno va en góndola, las aceras que en algunos sitios bordean los canales asumen ante los ojos la importancia de un escenario, puestas ante su mismo nivel, y las figuras venecianas, yendo de un lado para otro contra la desgastada escenografía de sus casitas de comedia, le dan a uno la impresión de miembros de una inacabable troupe dramática.
      Me acosté esa noche muy cansado, sin ser capaz de componer una carta para la señorita Tita. ¿Fue ese fracaso la razón por la cual me di cuenta a la mañana siguiente, tan pronto como me desperté, de una decisión de ver otra vez a la pobre señora en cuanto ella me recibiera? Eso tenía que ver con ello, pero lo que importaba más era que durante mi sueño había tenido lugar en mi ánimo una revulsión muy extraña. Me di cuenta de eso casi en cuanto abrí los ojos; me hizo saltar de la cama con el movimiento de un hombre que recuerda que se ha dejado entreabierta la puerta de la casa, o una vela encendida bajo un estante. ¿Estaba aún a tiempo de salvar mis bienes? Esa era la cuestión en mi corazón; pues lo que ahora había ocurrido era que, en la cerebración inconsciente del sueño, había vuelto a una apreciación apasionada de los papeles de la señorita Bordereau; ahora me eran más preciosos que nunca, y mi deseo de poseerlos había adquirido una especie de ferocidad. La condición que la señorita Tita había puesto a su posesión ya no me parecía un obstáculo digno de pensarlo, y durante una hora, esa mañana, mi imaginación arrepentida lo echó a un lado. Era absurdo que no fuera capaz de inventar nada; absurdo renunciar tan fácilmente, y apartarme, desvalido, ante la idea de que el único modo de obtener los papeles era unirme a ella para toda la vida. No me uniría y sin embargo los obtendría. Debo añadir que para cuando mandé recado abajo de si me podía ver, no había inventado ninguna alternativa, aunque tuve para ello todo el tiempo de vestirme. Ese fracaso era humillante, pero ¿cuál podía ser la alternativa? La señorita Tita hizo responder que podía ir: y al bajar las escaleras y cruzar la sala hasta su puerta —esta vez me recibió en el abandonado gabinete de su tía— tenía esperanzas de que ella no creyera que mi recado era decirle que aceptaba su mano. Ciertamente, el día anterior habría reflexionado ella que yo la declinaba.
      Tan pronto como entré en el cuarto vi que ella había sacado esa consecuencia, pero también vi algo que no tenía previsto. La sensación de fracaso de la pobre señorita Tita había producido en ella una alteración extraordinaria, pero yo había estado demasiado lleno de mi concupiscencia literaria para pensar en ello. Ahora pude percibirlo: apenas puedo decir cuánto me sobresaltó. Estaba de pie en medio del cuarto con un rostro bondadoso vuelto hacia mí, y su aire de perdón y de absolución la hacía angelical. La embellecía; era más joven; no era una vieja ridícula. Ese truco óptico le daba una especie de claridad fantasmagórica, y mientras seguía siendo víctima de él, oí un susurro en alguna profundidad de mi conciencia: «¿Por qué no, después de todo; por qué no?» Me pareció que estaba dispuesto a pagar ese precio. Sin embargo, aún más claramente que ese susurro, oí la voz de la señorita Tita. Me quedé tan impresionado con el diferente efecto que hacía en mí, que al principio no me di cuenta claramente de lo que decía: luego percibí que me había dicho adiós, que decía algo de que esperaba que fuera muy feliz.
      —¿Adiós… adiós? —repetí, con una inflexión interrogativa y probablemente ridícula.
      Ella vio que yo no notaba la interrogación, sino que sólo oía las palabras; se había atemperado a aceptar nuestra separación, y caían en su oído como prueba.
      —¿Se marcha hoy? —preguntó—. Pero no importa, pues donde quiera que vaya, no le volveré a ver. No quiero verle.
      Y sonrió extrañamente, con infinita amabilidad. Nunca había dudado de que yo la había dejado el día antes con horror: ¿cómo podía dudarlo, si yo no había vuelto antes de la noche para contradecir tal idea, ni aun por simple forma? Y ahora tenía la fuerza de alma —la señorita Tita con fuerza de alma era una idea nueva— de sonreírme en su humillación.
      —¿Qué va a hacer usted… dónde va a ir? —pregunté.
      —Ah, no sé. He hecho la gran cosa. He destruido los papeles.
      —¿Los ha destruido? —balbucí.
      —Sí, ¿para qué los iba a conservar? Los quemé anoche, uno a uno, en la cocina.
      —¿Uno a uno? —repetí, maquinalmente.
      —Tardé mucho… había tantos…
      El cuarto me pareció dar vueltas cuando lo dijo y por un momento cayó sobre mis ojos una verdadera oscuridad. Cuando pasó, la señorita Tita seguía allí, pero la transfiguración había terminado y había vuelto a cambiarse en una persona de cierta edad, vulgar y gastada. Con esa personalidad habló al decir:
      —No puedo quedarme más con usted, no puedo.
      Y con esa personalidad me volvió la espalda, como yo había vuelto la mía veinticuatro horas antes, dirigiéndose a la puerta de su cuarto. Allí hizo lo que no había hecho yo al dejarla: se detuvo lo bastante como para lanzarme una mirada. Nunca la he olvidado y a veces sigo sufriendo con ella, aunque no era ofendida. No, no había ofensa, nada duro ni vengativo en la pobre señorita Tita; pues cuando, después, le envié a cambio del retrato de Jeffrey Aspern una suma de dinero mayor de lo que había esperado reunir para ella, escribiéndole que había vendido el retrato, se lo quedó, dándome las gracias; no lo devolvió. Le escribí que había vendido el retrato, pero reconocí ante la señora Prest (la encontré en Londres, ese otoño) que cuelga sobre mi escritorio. Cuando lo miro, mi enojo por la pérdida de las cartas se hace casi intolerable.




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