Henry James
(Nueva York, 1843 - Londres, 1916)
Un peregrino apasionado (1871)
(“A Passionate Pilgrim”)
Originalmente publicado en la revista The Atlantic Monthly, Vol. 27
(marzo de 1871), págs. 352-371, y (abril de 1871), págs. 478-499;
A Passionate Pilgrim, and Other Tales
(Boston: Osgood, 1875, págs. 7-124)
I
Tras decidir que navegaría de regreso a Norteamérica
en la primera parte de junio, determiné pasar el entretanto de seis semanas en
Inglaterra, con la cual yo había soñado mucho pero que hasta entonces no conocía
personalmente. En Italia y Francia había concebido una resuelta preferencia
por las viejas posadas, estimando que lo que algunas veces le cuestan al
insatisfecho cuerpo lo pagan con creces a la deleitada alma. A mi llegada a
Londres, por consiguiente, me hospedé en cierta antigua hostería muy hacia el
este de Temple Bar, inmersa en lo que yo denominaba la zona johnsoniana. Aquí, en la primera noche
de mi estadía, descendí al pequeño comedor y encargué la cena al mismísimo
genio del decoro, encarnado en la persona del solitario camarero. Tan pronto
como hube cruzado el umbral de esta estancia sentí que había segado la primera
ringlera de mi doradamente madura cosecha de “impresiones” británicas. El comedor
del León Rojo, como tantísimos otros lugares y cosas que estaba destinado a ver
en Inglaterra, parecía haber estado esperando durante largos años, con esa
robusta tolerancia del tiempo inscrita en el rostro, que yo viniera a
escudriñarlo, embelesado pero no sorprendido.
La preparación latente de la mente norteamericana para
incluso los rasgos más quintaesenciados de la vida inglesa es un asunto en el
que sinceramente yo nunca había logrado llegar hasta el fondo. Sus raíces están
tan hondamente enterradas en el suelo virgen de nuestra primitiva cultura que,
a falta de alguna gran conmoción de experiencia, es arduo decir con precisión
dónde y cuándo y cómo principia. Convierte el goce
de Inglaterra para un norteamericano, en una emoción más penetrante y sagrada
que su goce, digamos, de Italia o España. Había visto el comedor del León
Rojo, hacía años, en casa —en Saragossa (Illinois)—, gracias a libros, visiones, sueños, Dickens, Smollett y Boswell. Era pequeño y
estaba subdividido en seis estrechos compartimentos por una serie de
perpendiculares mamparas de caoba, algo más altas que la estatura de un hombre,
cada una dotada de un magro reborde sin almohadillar a cada lado, tenido por
asiento en la antigua Britania. En cada uno de los reducidos receptáculos
constituidos así de rígidamente había una estrecha mesa, una mesa que en
temporadas repletas se esperaba que diera cabida a las diversas extremidades
de cuatro buenos apetitos británicos. En realidad las temporadas repletas habían
desaparecido del León Rojo para siempre. Ahora el León Rojo estaba repleto sólo
de memorias y fantasmas y atmósfera. A lo largo de la estancia se extendía, a
la altura del pecho, un soberbio conjunto de entrepaños de caoba, tan oscuros
por el tiempo y tan pulidos por el roce incesante que al contemplar un rato su
lucida negrura fantaseé la empañada imagen de un grupo de empelucados
caballeros en calzones cortos que acabaran de llegar de York en diligencia. En
las apagadas paredes amarillas, recubiertas con los humos del carbón inglés,
del carnero inglés, del whisky escocés, había una docena de melancólicos
grabados, empalidecidos por la edad: el favorito del Derby
del año 1807, el Banco de Inglaterra, Su Majestad la Reina. En el suelo había una
alfombra turca —tan vieja como la caoba, casi, como el Banco de Inglaterra,
como la Reina— sobre la que el camarero, en sus solitarias evoluciones, había
estampado tantas masivas huellas de tizne y goterones de cerveza desbordada,
que con seguridad los brillantes telares de Esmirna no la habrían reconocido.
Decir que pedí la cena a este ser superior sería tergiversar por completo el
proceso mediante el cual, habiendo soñado con cordero y espinacas y un pastel
de ruibarbo, acabé sentado en penitencia ante una chuleta de carnero y una
ración de arroz con leche. Empujando los pies contra el madero transversal de
la pequeña mesa de roble, yo oponía a la división de caoba a mis espaldas, esa
vigorosa resistencia dorsal que debía expresar la vieja idea inglesa de
reposo. La sólida mampara rehusaba incluso crujir; pero mis pobres
articulaciones yanquis suplían la deficiencia. Mientras estaba esperando mi
chuleta entró en la habitación una persona a quien supuse el único huésped
además de mí. Parecía, como yo, haberse formado propósitos de cenar; la mesa
al otro lado de mi mampara había sido dispuesta para acogerlo. Anduvo hasta el
fuego, expuso a éste la espalda, consultó su reloj y miró directamente a través
de la ventana e indirectamente a mí. Era hombre de algo menos que mediana
edad y más que la estatura media, aunque lo cierto es que no se habría podido
denominarlo ni joven ni alto. Era principalmente llamativo por su exagerada
delgadez. Su pelo, muy ralo en la cúspide de la cabeza, era oscuro, corto y
fino. Sus ojos eran de un pálido gris turbio y no casaban, quizá, con su pelo y
entrecejo morenos, pero tampoco desarmonizaban totalmente con su descolorida
tez biliosa. Su nariz era aguileña y refinada; a los pies de ésta crecía un
bigote lacio, donoso, negro. Su boca y su mentón eran magros y de perfil incierto:
no vulgares, tal vez, pero sí débiles. De hecho una debilidad inconsciente,
fatal, caballerosa, era lo que parecía expresar su elegante persona. Su mirada
era inquieta y desconfiada; su entera fisonomía, la manera de desplazar el peso
del cuerpo de un pie al otro, la abatida inclinación de su cabeza, hablaban de
exhaustas intenciones, de voluntad resignada. Su atavío era pulcro y
cuidadoso, con un aire de semiluto. Llegué a tres conclusiones: era soltero,
tenía poca salud, no era lugareño. El camarero se le aproximó y conversaron
unos instantes en tonos escasamente audibles. Oí las palabras “clarete”, “jerez”,
con una entonación tímida de voz, y finalmente “cerveza”, con una educada
asertividad. Quizás era un ruso de disminuidas circunstancias; me recordó
cierta tipología rusa que yo había encontrado por el continente. Mientras yo
sopesaba estas hipótesis —pues ya ven ustedes que estaba yo interesado—,
apareció un vivaz hombre bajito de pelo castaño rojizo, nariz vulgar, agudos
ojos azules y una roja barba confinada al final de la mandíbula y la barbilla.
Mi supuesto ruso seguía de pie sobre la alfombra; su pacífica mirada erraba en
el vacío; el otro se le acercó y con el paraguas le dio un golpecito juguetón en
la cóncava barriga de su melancólico chaleco.
—¡Un penique y medio por tus pensamientos! —dijo el
recién llegado.
Su compañero profirió una exclamación, concentró la
mirada y luego apoyó las dos manos sobre los hombros del otro. Este último se
volvió a mirarme agudamente, abarcándome con una ojeada momentánea. A la
propia luz intensa de ésta leí un fulgor ocular típicamente norteamericano; y
esto con tal seguridad que apenas precisé ver a su propietario —mientras se
disponía, junto con su amigo, a sentarse en la mesa contigua a la mía— sacar
del bolsillo de su sobretodo tres periódicos de Nueva York y depositarlos al
lado de su plato. Mientras mis vecinos procedían a cenar cobré conciencia de
que, sin mediar ninguna falta de urbanidad por mi parte, una considerable
porción de su charla saltaba por encima de la mampara que nos separaba y
mezclaba sus sabores con los de mi sencillo condumio. Eventualmente sus voces
bajaban, como con intención de secretismo; pero yo escuchaba una frase por aquí
y otra por allá con la suficiente nitidez como para sentir viva curiosidad por
la totalidad del intercambio y, de hecho, acabar logrando adivinarlo. Las dos
voces estaban moduladas en una clave que me era familiar y, parejamente
naturales de nuestra atmósfera cisatlántica, parecían caer sobre el amortiguado
medio del habla circunvecina como el repiqueteo de guisantes sobre la
superficie de un tambor. Eran norteamericanas, empero, de modos diferentes; y
no tuve ninguna vacilación en asignarle la más suave y clara de las dos al
pálido caballero delgado, a quien decididamente yo prefería sobre su camarada.
Este último empezó a preguntarlo sobre su viaje.
—¡Horrible, horrible! Lo pasé
mortalmente mareado desde el momento en que zarpamos de Nueva York.
—Bueno, es verdad que tienes un aspecto algo desmejorado
—aseveró su amigo.
—¿Desmejorado? He estado al borde de la tumba. No he
llegado a dormir seis horas en tres semanas.
—Esto fue dicho con gran gravedad—. Pues bien, he hecho
el viaje por última vez en mi vida.
—¡Y un cuerno! ¿Vas a quedarte aquí para siempre? —¡Aquí,
o dondequiera que pueda! Probablemente ese “para siempre” será breve.
Hubo una pausa, después de la cual el otro replicó: —Sigues
siendo el mismo viejo prematuro, Searle.
Va a expirar tu alma mañana, ¿es eso?
—Casi lo desearía.
—¿No te has enamorado de Inglaterra, pues? He oído
decir a la gente de casa que te gustaba vestir y hablar y obrar como un
inglés. Pero yo conozco a los ingleses, y también te conozco a ti. No eres uno
de ellos, Searle, ni hablar. Se hundirá usted aquí, señor. Se hundirá tan
seguro como que me llamo Simmons.
Siguiendo a esto oí un repentino estrépito como el de
la caída de un cuchillo y tenedor.
—¡Pues eres un hombre muy amable, Simmons! Todo el día
he estado vagando por esta execrable ciudad, a punto de llorar de nostalgia y
descorazonamiento y toda clase posible de males y deseando, a falta de cosa
mejor, encontrarte aquí esta noche para que pronunciaras alguna palabra de
aliento y consuelo y me proporcionaras algún destello
de esperanza. ¿Hundirme? ¿No estoy hundido ya? ¡Ya no puedo descender más
abajo como no sea para descender a la tumba!
Ante este arranque de pasión el señor Simmons parece
haberse desconcertado un momento. Pero al momento siguiente lo oí decir:
—No llores, Searle. Ten presente al camarero. Yo sí me
he hecho demasiado inglés para eso. Por el amor del cielo, no nos pongamos
nerviosos. Aquí los nervios no te servirán de nada. Es preferible que vayamos
al grano. Dime en dos palabras lo que esperas de mí.
Oí otro ruido, parecido a como si el pobre Searle se
hubiese derrumbado en su silla.
—Palabra de honor, Simmons, eres
increíble. ¿No recibiste mi carta?
—Sí, recibí tu carta. Nunca en mi vida he lamentado
tanto recibir algo.
Ante esta declaración el señor Searle profirió una
blasfemia, que quizá fue misericordioso que yo sólo escuchara parcialmente.
—John Simmons —gritó después—,
¿qué demonio perverso te ha ocupado el alma?! ¿Vas a traicionarme aquí en
tierra extranjera, a resultar un falso amigo, un granuja inhumano?
—Desahóguese, señor —dijo porfiadamente Simmons—.
Suéltelo todo. Yo esperaré a que termine. Su cerveza es malísima —le observó
independientemente al camarero—. Tomaré un poco más.
—¡Por amor de Dios, explícate! —exclamó Searle.
Hubo una pausa, al término de la cual oí al señor
Simmons depositar con énfasis su vacía jarra.
—Pobre lunático morboso —reanudó éste el diálogo—, no
deseo decirte nada que te lastime. Siento compasión por ti. ¡Pero debes
permitirme que diga que has actuado como un maldito idiota!
El señor Searle pareció hacer un esfuerzo para reportarse:
—Ten a bien hacerme saber cuál era a su vez el significado
de la carta que tú me escribiste a mí.
—Yo mismo fui un idiota por escribirte esa carta. La
culpa es de mi funesta generosidad que siempre se mete donde no la llaman.
Habría sido mucho mejor olvidarme de ti. Para ser absolutamente exactos, nunca
en mi vida he estado tan horrorizado como cuando vi que debido al estímulo de
esa carta te venías aquí a buscar tu fortuna.
—Y ¿qué esperabas que hiciera?
—Esperaba que aguardarías pacientemente hasta que yo
hubiera hecho más indagaciones y te hubiese escrito otra vez.
—Pero a estas alturas ya habrás hecho más indagaciones.
—¿Indagaciones? He hecho asaltos.
—Y lo que has averiguado, ¿es que no tengo derechos?
—Ningún derecho digno de tal nombre. Al principio
parecía que tu reclamación judicial era bastante legítima. Confieso que su
aspecto me fascinó...
—¡Debido a tu funesta generosidad!
Durante un momento el señor Simmons pareció experimentar
cierta dificultad en tragar.
—Su cerveza es intragable —le dijo al camareroTomaré
jerez. Vamos, Searle —reanudó el diálogo—, no me desafíes a las artes del
debate o me ensañaré contigo. Mi generosidad, como digo, sí participó en ello.
La idea de que si triunfabas yo obtendría una hermosa pluma para mi sombrero, y
un hermoso penique para mi monedero, también participó en ello. Y la
satisfacción de ver a un pobre don nadie yanqui abalanzarse sobre una vieja
heredad inglesa participó mucho asimismo. Palabra de honor, Searle, que cuando
pienso en ello deseo con todo mi corazón que, a pesar de lo extravagante y
presuntuoso que eres, tuvieses derechos, por el mero encanto de la cosa. Casi
me daría igual lo que hicieses con la maldita heredad cuando fuese tuya. Te
dejaría que la transformaras toda hasta convertirla en una baratija
norteamericana; que la tiraras por la borda, como se dice por aquí. ¡Me
gustaría verte arrojarles a patadas el sagrado polvo a sus propias caras!
—¡No me conoces en absoluto, Simmons! —dijo Searle,
por toda respuesta ante aquel indelicado homenaje.
—Me alegraría mucho poder pensar que no, Searle. He
pasado no pocas incomodidades personales por ti. A viva fuerza he consultado
con tres hombres de primer rango. Se sonríen ante el asunto. Me gustaría que
vieras la sonrisa negativa de uno de estos espadones londinenses. ¡Aunque tus
derechos estuviesen escritos en letras de fuego, se extinguirían a causa de esa
siniestra emanación! Sondeé en persona al procurador de tu distinguido
pariente. De alguna manera dio la impresión de saber que hay algo en el aire y
estar perfectamente pertrechado. Parece ser que, hace unos veinte años, tu
hermano George ya hizo una
tentativa parecida. Conque no tendrás siquiera la gloria de haberles dado
miedo.
—Nunca le he dado miedo a nadie —dijo Searle—. No voy
a empezar a estas alturas. Quiero abordar el asunto como un caballero.
—Pues si tienes mucho interés en hacer algo como un
caballero, se te ofrece una oportunidad estupenda. Acepta tu decepción como
tal.
Yo había terminado la cena y estaba vivamente interesado
por la misteriosa reclamación judicial del pobre señor Searle; tan interesado
estaba que me fastidiaba oír su turbación reflejada en la voz sin poder
seguirla además en su rostro. Me levanté de mi sitio, me acomodé junto al
fuego, cogí el periódico vespertino y establecí un puesto de observación
escudado en éste.
El abogado Simmons estaba en el acto de escoger una
chuleta blanda de la fuente: acto acompañado de mucha inspección y tanteo con
su propio tenedor ya utilizado. Mi compatriota decepcionado había retirado su
plato; permanecía sentado con los codos sobre la mesa, apoyando lúgubremente la
cara en las manos. Su compañero lo observó un momento, creí, con cierta
ternura; no estoy seguro de si era piedad o si era la cerveza y el jerez.
—Caray, Searle —y en mi beneficio, me parece, tomándome
por un lugareño deslumbrable, levantó la voz hasta darle cierto deje pomposo—,
en este país es privilegio inestimable del ciudadano leal, bajo cualquier
presión del placer o el dolor, esforzarse en tomarse la cena.
Disgustadamente Searle le dio otro empujón a su plato.
—¡Me da igual lo que suceda a partir de ahora! —dijo—.
No me importa ni un ápice.
—Debería importarte. Tómate otra chuleta y te importará. Toma un poco de
jerez. ¡Acepta mi consejo!
Entre sus dos manos Searle lo miró.
—¡Ya he tenido consejos tuyos de sobra! —dijo.
—Un momento más —dijo Simmons, amablemente— y ya no
te molestaré. ¿Qué piensas hacer ahora?
—Nada.
—¡Oh, vamos!
—¡Nada, nada, nada!
—Nada más que morirte de hambre. ¿Cómo andas de
dinero?
—¿Por qué me lo preguntas? Te trae sin cuidado.
—Mi querido amigo, si no quieres impedir que te ofrezca
veinte libras, comienzas del modo más desmañado. Hace un momento has dicho que
no te conozco. ¡Es posible! No hay, tal vez, una diferencia tan grandísima
entre conocerte y no conocerte. En todo caso, tú sí que no me conoces a mí.
Espero que regreses a nuestro país.
—¡No regresaré! Ya he cruzado el océano por última vez.
—¿Qué te pasa? ¿Te da terror?
—Sí, me da terror. ¡“Os doy las gracias, judío, por haberme
tal palabra enseñado”!
—¿Te da más terror marcharte que quedarte?
—No me quedaré. Me moriré.
—Oh, ¿estás seguro de eso?
—Uno siempre puede asegurarse de eso.
El señor Simmons dio un respingo y se quedó mirándolo;
su dulce cinismo se había convertido en un severo estoicismo.
—¡Palabra de honor —dijo—,
cualquiera pensaría que la Muerte ya ha fijado el día!
—Lo hemos fijado entre Ella y yo.
Esto fue excesivo para la hasta ahora incorruptible piedad
del señor Simmons.
—¡Caray, Searle —exclamó—, no tengo más de melindroso
que cualquier otro hombre, pero si vas a ponerte blasfemo, me desentiendo de
ti! Si consientes en volverte a nuestro país conmigo en el buque del 23, yo te
pagaré el pasaje de vuelta. Más que eso: también te pagaré todo el vino que
consumas.
Searle meditó.
—Creo que nunca en mi vida había tomado una decisión
tajante —dijo—; pero ahora estoy cierto de haber tomado ésta: me quedaré aquí
hasta que yo parta para un mundo más nuevo que ese pobre Nuevo Mundo nuestro.
Es una extraña sensación; ¡yo diría que me gusta! ¿Qué haría yo en nuestro
país?
—Hace un rato dijiste que te habías sentido nostálgico.
—Y así había sido... durante una mañana. Pero ¿acaso
no he pasado toda mi vida anhelando Europa? Y, ahora que ya estoy en ella,
¿debo limitarme a volver? Te estoy muy agradecido por tu ofrecimiento. De momento
tengo suficiente dinero. Llevo conmigo unas cuarenta libras de oro británico y
la misma cantidad, diría yo, de vitalismo yanqui. ¡Entre ambas cosas podré
sostenerme! Después de que se me agoten, reposaré mi cabeza en algún camposanto
inglés, junto a alguna torre cubierta de hiedra y bajo un tejo inglés.
Hasta aquí yo había seguido el diálogo con claridad;
pero en este punto el patrón del establecimiento entró y, con mi permiso,
quería sugerirme que la n° 12, habitación inmejorable, acababa de quedar libre
y que se sentía muy honrado de ofrecérmela, etc. Una vez decidido el sino de la
n° 12, torné a consagrar mi atención a mis amigos. Éstos se habían incorporado.
Simmons ya se había puesto su sobretodo; se ocupaba en sacarle brillo con la
servilleta a su enmohecido sombrero negro.
—¿Te propones ir a la mansión? —preguntó.
—Posiblemente. He soñado con ella tan a menudo que me
gustaría verla.
—Y ¿le harás una visita al señor Searle?
—¡El cielo no lo quiera!
—Acaba de ocurrírseme una idea —prosiguió Simmons,
con una sonrisa desagradable, cual Mefistófeles poniéndose irónicamente maligno—.
Hay una cierta señorita Searle, hermana de tu querido primo.
—¿Y bien? —dijo el otro, ceñudo.
—¡Y bien, señor! ¡Suponga que, en vez de morirse, se
casara usted! —Silenciosamente el señor Searle puso mala cara. Simmons le dio
un golpecito en el estómago—: ¡Pero rellena un poco estas costillas primero!
El pobre caballero se puso colorado y los ojos se le
llenaron de lágrimas.
—Eres un bruto
ordinario —dijo.
La escena fue patética. Me evitó presenciar su conclusión
la reaparición del patrón en pro de la número 12. Me rogó que subiera a juzgar la
calidad de ésta. Media hora más tarde yo traqueteaba dentro de un cabriolé
hacia el teatro de Covent Garden, donde oí a Adelina Patti en El barbero de Sevilla. A mi retorno de
la ópera entré en el comedor, figurándome vagamente que podría echar otra
ojeada al señor Searle. No fui defraudado. Lo encontré sentado ante el fuego
con la cabeza hundida en el pecho, sumido en el misericordioso estupor de un
sueño largamente pospuesto. Lo observé durante algunos momentos. Su semblante,
pálido y afilado a la tenue luz de la lámpara, me pareció caracterizado por un
aspecto de desamparada delicadeza inútil. Dicen que la fortuna viene mientras
dormimos. Estando allí de pie me sentí lo suficientemente compasivo para ser
la fortuna del pobre señor Searle. Mientras salía discerní, entre las sombras
de uno de los pequeños encajonamientos refectoriales que ya he descrito, al
sempiternamente uniformado camarero solitario
dormitando al unísono con mi amigo, habiendo desertado transitoriamente de los
deberes del servicio. Remoloneé un rato por el viejo patio de la posada, en el
que, tiempo ha, los carruajes y las sillas de posta encontraban espacio para
dar la vuelta y descargar. Más arriba del ascendente panorama de las galerías
circundantes, desde las cuales ociosos huéspedes y ajadas camareras y toda la
pintoresca domesticidad de una añosa hostería debían de haberse acodado durante
muchos años a contemplar las grandiosas entradas y salidas del espectáculo de
los carricoches, avizoré el lejano centelleo cárdeno de las constelaciones de
Londres. Al pie de las escaleras, resguardada como una reliquia én esa
reluciente hornacina que era su bien equipado mostrador, la patrona se sentaba
soñolienta cual un ídolo solemne en medio del latón y la loza votivos.
A la mañana siguiente, no encontrando al inconsciente
objeto de mi benevolente curiosidad
en el comedor, supe por el camarero que aquél había pedido el desayuno en la
cama. Dentro de ese refugio yo no estaba todavía dispuesto a perseguirlo. Pasé
la mañana recorriendo Londres, preeminentemente por asuntos de negocios, pero
aprovechando para captar de paso más de una vívida impresión de su enorme
interés metropolitano. Bajo el sombrío negro y gris de ese taciturno mundo
municipal la ávida alma norteamericana distingue los mágicos colores de las evocaciones. Conforme se aproximaba la
tarde, no obstante, mi impaciente corazón principió a anhelar la verde
campiña; era con los prados ingleses con lo que principalmente había soñado
yo. Escogiendo entre los muchos atractivos del extrarradio, decidí tomar el
tren a Hampton Court. El día era
tanto más propicio cuanto que deparaba justo esa empañada luz subacuática que
tan amorosamente duerme sobre el paisaje inglés.
Al cabo de una hora me encontré vagando a través de
las numerosísimas habitaciones del gran palacio. Éstas se suceden unas a otras
en infinita sucesión, sin gran diversidad de interés o aspecto, pero con una
grandiosa especie de regia monotonía y un hermoso efecto peculiar. Son asaz
exactas a sus diversas etapas. Uno pasa por grandes dormitorios y gabinetes
pintados y artesonados, antesalas, salones, salas de consejo, a través de los
aposentos del rey, los aposentos de la reina y los aposentos del príncipe,
hasta que uno se siente moviéndose entre las concertadas horas y fases de algún
decoroso día monárquico. Por un lado están las monumentales tapicerías
antiguas, las grandes, frías y deslustradas camas y doseles, con la
circunferencia de la desvestida realeza simbolizada por una áurea balaustrada,
y las grandes chimeneas de fauces talladas y abiertas, donde los duques del
servicio de cámara debían de calentarse los cansados talones; por otro lado,
en profundas recesiones, las inmensas ventanas, los enmarcados y engalanados
alféizares donde el soberano susurraba y los favoritos sonreían, que miran a
los escalonados jardines y los neblinosos claros de bosque de Bushey Park. Las oscuras paredes están grandiosamente
decoradas con innumerables retratos oscuros de cortesanos y políticos, y en
especial con varios miembros del entourage pro-holandés de Guillermo de Orange, el restaurador del palacio; con buena cantidad, asimismo, de las
modelos de pechera de azucenas de Lely y Kneller. Todo el tono de este
interior procesional es inmensamente sombrío, prosaico y triste. Los tintes de
todos los objetos han degenerado hasta un frío y melancólico color pardusco, y
el gran vacío palaciego no parece albergar ningún inquilino más corpóreo que
una especie de acre gelidez penetrante. Yo parecía ser el único visitante.
Sostenía una inenvidiada comunicación con el rígido genio del lugar. ¡Pobres
reyes mortalizados! ¡Inútil hechizo de la realeza! Esto, o algo parecido, era
el musitado estribillo de mis meditaciones. Súbitamente fueron interrumpidas al
toparme con una persona que en manifiestamente devota contemplación estaba de
pie ante una afectada condesa creación de Sir Peter Lely. Al oír mis pasos esta persona volvió la cabeza, y reconocí a
mi compañero de hospedaje en el León Rojo. Por lo visto yo también fui
reconocido: percibí una especie de saludo en su mirada. Al cabo de unos
instantes, viendo que yo tenía un catálogo, me preguntó el nombre del retrato.
Tras de que yo lo dejara establecido, inquirió, tímidamente, qué me parecía la
dama.
—Vaya —dije yo, no lo bastante tímidamente, tal vez—,
confieso que se me antoja una obra más bien flojita.
Se quedó silencioso, y un poco cortado, según me
pareció. Mientras nos retirábamos lanzó una disimulada mirada de refilón como
despedida a su pícara zagala. Hablar con él cara a cara era sentir agudamente
que era inseguro e interesante. Conversamos sobre nuestra posada, sobre
Londres, sobre el palacio; él expresaba su pensamiento generosamente, pero
parecía luchar contra el peso de cierto desánimo. Era una mente bastante
sincera, sin gran cultura, pensé, pero con cierto innato donaire atrayente.
Preví que me parecería un genuino norteamericano, pleno de esa intrincada
mezcolanza de refinamiento y tosquedad que es el marchamo del alma
norteamericana. Sus percepciones, adiviné, serían delicadas; sus opiniones,
posiblemente, bastas. Al decirle que yo también era norteamericano, se detuvo
en seco y semejó abrumado por la emoción; después, pasando silenciosamente su
brazo por el mío, permitió que lo condujera por el resto del palacio y dentro
de los jardines. Una vasta plataforma arenosa se extiende ante la planta baja
del palacio y recibe el sol de la tarde. Una porción del edificio está
reservada para alojamientos privados, ocupados por pensionistas estatales,
damas venidas a menos recibientes de la dadivosidad de la reina, y otras
personas meritorias. Muchos de estos alojamientos tienen sus jardincitos
privados; y aquí y allá, entre sus tapias cubiertas de verdor, se tiene un
atisbo de estos recónditos gabinetes hortícolas. Mi acompañante y yo medimos
más de una vez este espacioso llano, bordeado por la geometría clásica del
jardín inferior y por la tapicería firmemente tejida de tupida floración que
reviste las soleadas espalderas y abriga las infraestructuras ladrillosas de
la enorme mole roja. Pensé en las variadas imágenes de la hidalguía del Viejo
Mundo que, antaño y hogaño, debían de haber paseado por esa antigua explanada
y sentido la protectora gran quietud del solemne palacio. A través de una antigua
verja de hierro martilleado y enroscado miramos dentro de uno de los jardincitos
privados y vimos a una vieja dama con una mantilla negra sobre la cabeza, un
jarro de agua en una mano y una muleta en la otra, salir seguida de tres perritos
y un gato, a regar una planta. Ella tendría su propia opinión, fantaseé, sobre
los méritos de la reina Carolina. En la vida hay pocas sensaciones tan exquisitas
como estar en tierra extranjera acompañado por un compatriota e inhalar hasta
el fondo de la percepción la desacostumbrada densidad del aire y el tonificante
pintoresquismo de las cosas. Esta asimilación conjunta de un misterio local
suelda amigo con amigo con una intimidad inimaginable en el país de origen. A
mi compañero parecía oprimirlo un impreciso asombro. Miraba insistentemente y
se demoraba y perseguía la trama del escenario con un dulce aspecto ceñudo. Su
disfrute parecía dolerle. Propuse, por fin, que cenáramos en algún sitio del
lugar y tomáramos uno de los últimos trenes para la capital. Salimos de los
jardines y entramos en el pueblo colindante, donde dimos con un mesón
excelente. Al principio el señor Searle exhibió poco interés aparente hacia
nuestro condumio, pero, animándose en su tarea poco a poco, al cabo de media
hora manifestó que por primera vez en un mes había comido con ganas.
—¿Es usted un enfermo? —dije.
—Sí —respondió—. ¡Un enfermo desahuciado!
El pueblecito de Hampton Court está arracimado en derredor de la extensa entrada a Bushey Park. Después de que hubiéramos cenado
anduvimos relajadamente por la inmensa arboleda central. Hasta donde puede
abarcarla la mirada, entre las dobles lindes de sus grandes castaños de Indias,
anchos de base y circulares de copa, se prolonga el encespedado túnel de su vista
velada por la bruma. Despojado de su antigua privacidad, vulgarizado, abierto a
curioseadores ociosos, el gran parque resulta todavía deliciosamente noble e
inglés. Seguimos la retrocedente bruma a lo largo de su herbosa vía, como si, dentro de algún
guarecido santuario en el espeso follaje, fuéramos a encontrar algún
quejumbroso genio del pasado. Hay una exquisita emoción, familiar a todo
viajero inteligente, en la que el espíritu, con un gran estremecimiento
apasionado, conforma una mágica síntesis de sus impresiones. ¡Uno ha sentido
Inglaterra, uno ha sentido Italia! En ese momento la emoción agita las más
íntimas profundidades del ser. De vez en cuando yo la había conocido en
Italia y le había abierto mi alma como al Espíritu del Señor. Desde mi llegada
a Inglaterra había estado esperando sentirla de nuevo. Una botella de excelente
Borgoña en la cena quizá le había abierto las puertas de los sentidos; ahora me
llegó con avasalladora fuerza. El paisaje a mi alrededor fue ni más ni menos
que la Inglaterra de mis ensueños. Sobre nosotros, en medio de la intensamente
colorida fecundidad de sus ordenados jardines, el oscuro palacio rojo, con sus
formalistas albardillas y sus desiertas ventanas, parecía hablar de un
orgulloso y espléndido pasado; el pueblecito anidado entre el parque y el
palacio, alrededor de un vasto césped común, con su mesón de buen tono, su
iglesia con torre cubierta de hiedra, su rectoría, conservaba para mi
modernizada imaginación la latente apariencia de un villorrio feudal; el
degradado gran aislamiento del antiguo paraje de caza semejaba volverlo un
excelente escondite de fantasmas patricios. A esta oscura luz compuesta era
como yo había leído toda la prosa inglesa; este dulce aire húmedo era el que
había soplado desde los versos de los poetas ingleses; bajo esta extensión de
verdor trabajado por las lluvias yacían enterrados un millar de muertos
insignes.
—Pues bien —le dije a mi amigo—, pienso que no cabe
duda de que esto es Inglaterra. ¡Nos guste o no, es indiscutible! Ningún hecho
más denso e inflexible se le impuso jamás a un expectante turista. Me pone el
corazón en la garganta.
Searle permaneció silencioso. Lo miré; él miraba hacia
el cielo, como si contemplase algún ataque visible de los elementos.
—¡A mí también —dijo— está imponiéndoseme! —Después
agregó con impostada sonrisa—: ¡El cielo me dé fuerzas para sobrellevarlo!
—¡Oh poderoso mundo —exclamé—, que contienes a la vez una tan exquisita Italia y una tan valerosa
Inglaterra!
—Por no hablar de Estados Unidos —apuntó Searle.
—Ah —repliqué—, Estados Unidos es un mundo aparte.
—Usted tiene sobre mí la ventaja —reanudó el diálogo
mi acompañante, luego de una pausa— de llegar a todo esto con una mirada
instruida. Sabe cómo pueden ser las cosas antiguas. Yo no lo he sabido nunca
más que de oídas. Siempre me imaginé que me gustarían. De un modo exiguo y en
casa, ¿sabe?, intenté mantenerme fiel a las cosas antiguas. Debo de ser conservador
por naturaleza. En nuestro país la gente (alguna gente) me llamaba esnob.
—¡No creo que usted fuera esnob! —exclamé—.
Parece demasiado buena persona.
Sonrió tristemente.
—Helo ahí —dijo—. ¡Es la cantinela de siempre! ¡Soy una
buena persona! ¡Sé lo que significa eso! ¡Era demasiado bobo para ser siquiera
un esnob! Si lo hubiera sido, probablemente habría hecho este viaje hace mucho:
antes de..., antes de... —Se interrumpió y tristemente inclinó la cabeza sobre
el pecho.
La botella de Borgoña le había soltado la lengua.
Sentí que ya sólo era cuestión de tiempo llegar a enterarme de su historia.
Algo me decía que me había ganado su confianza y que se revelaría hasta el
final.
—Antes de perder la salud —sugerí.
—Antes de perder la salud —corroboró—. Y mi propiedad...
lo poco que tenía. Y mi ambición. Y mi autoestima.
—¡Vamos! —dije—. Usted lo recobrará todo. En un mes
este tonificante clima inglés lo levantará. Y, con el retorno de la salud,
retornará todo lo demás.
Se sentó meditabundo, con la mirada fija en el distante
palacio.
—Todo está ya muy lejos... ¡en especial la autoestima!
Me gustaría ser un viejo caballero pensionista, alojado allí en el palacio, y
pasar mis días vagando como en sueños por estos lugares clásicos. Iría cada
mañana, a la hora en que le da el sol, a esa larga galería donde cuelgan todas
esas bellas mujeres pintadas por Lely (¡ya sé que usted las desdeña!) y la
recorrería de un extremo a otro presentándoles mis respetos. ¡Pobres, preciosas
criaturas olvidadas! ¡Tan aduladas y cortejadas otrora, tan desatendidas
ahora! ¡Ofrecen sus hombros y bucles y sonrisas a esa inexorable soledad!
Le di a mi amigo una palmadita en la espalda.
—Aún se rehará usted —dije.
Justo en este momento venía a medio galope por el
llano espacio de la arboleda una muchacha sobre un hermoso caballo negro: una
de esas preciosas damas en capullo, perfectamente diestras y pertrechadas, que
para los ojos norteamericanos forman una de las incidencias más bellas del
escenario inglés. Se había distanciado de su sirviente y, cuando llegó a
nuestra altura, se volvió ligeramente en la silla y lo miró. En el movimiento
se le cayó la fusta. Tirando de las riendas, dirigió al suelo una mirada de
recatada preocupación.
—Esto es algo mejor que un Lely —dije. Searle se
apresuró a levantarse, cogió la fusta y, quitándose el sombrero con aire de
gran fervor, se la alargó a la joven. Sofocada y sonrojada, ella se inclinó,
la tomó con un murmurado “¡Gracias!” y al momento siguiente reanudaba el trote
sobre el muelle césped. Searle se quedó mirándola; el sirviente, al rebasarnos,
hizo un saludo con el sombrero. Cuando de nuevo Searle se volvió hacia mí, vi
que su semblante ardía con un intenso rubor—. Dudo de que usted haya hecho
este viaje demasiado tarde —dije, riéndome.
A corta distancia de donde nos habíamos parado había
un viejo banco de piedra. Fuimos a sentarnos en él y contemplamos la ligera
niebla tornarse melancólicamente dorada con los rayos del sol poniente.
—Deberíamos ir pensando en el tren de vuelta a
Londres, supongo —dije por último.
—¡Oh, al diablo con el tren! —dijo Searle.
—¡De mil amores! No puede haber mejor lugar que éste
para sentir la magia de un crepúsculo inglés. —Conque
nosotros nos demoramos, y el crepúsculo se demoró alrededor de
nosotros: una luz y no una oscuridad. Mientras estábamos sentados allí, se
aproximó dificultosamente por el camino un tipo que, desde lejos, identifiqué
como miembro de la especie “vagabundo”. Yo había leído sobre el vagabundo
británico, pero hasta ahora nunca me había tropezado con él, e hice recaer
sobre el presente espécimen la más acendrada agudeza de mi mirada de turista.
Conforme se acercó a nosotros aflojó el paso y finalmente hizo un alto,
saludándonos con la gorra. Era un hombre de edad madura, tocado con una
pringosa gorra, y con grasientas guedejas colgando a los lados. Alrededor de su
cuello tenía una mugrienta bufanda roja, remetida en el chaleco; los pantalones
y la chaqueta tenían una remota afinidad con los de un mozo de cuadra venido a
menos. En una mano tenía una vara; en el brazo llevaba una andrajosa cesta,
con un puñado de marchitas hierbas en el fondo. Su cara era pálida, macilenta y
degradada más allá de toda descripción: una singular mezcla de brutalidad y finesse. El también tendría su propia historia. ¿Desde qué altura había
caído, desde qué abismo había surgido? Nunca hubo una imagen más completa de la
indigencia granujienta. En él había una despiadada fijeza de rasgos que me
infundió una especie de sobrecogimiento. Me sentí como en presencia de todo un
personaje: un artista errante.
—Por amor de Dios, caballeros —dijo, en ese rauco tono de la pobreza azotada sugeridor de
una ronquera crónica exacerbada por la perpetua ginebra, enseñándonos sus
caducos dientes de león—, por amor de Dios, caballeros, ¡tengan piedad de un miserable recogedor de
helechos! Mis labios no han probado comida, caballeros, desde hace tres días.
Abrimos cordialmente la boca, con la amanerada piedad
del yanquismo honrado. “Me pregunto”, pensé, “si lo consolará media corona”. Y
nuestro botánico ayunador se fue cojeando por el parque con un misterio de
satírica gratitud sobreañadido a su misterio global.
—Siento como si hubiera visto a mi Doppelgänger —dijo
Searle—. Me recuerda a mí mismo. ¿Qué soy yo sino un vagabundo?
Tomé pie en esto para hablar.
—Eso digo yo. ¿Qué es usted, amigo mío? —pregunté—.
¿Quién es usted?
Un súbito sonrojo le subió a su pálido rostro, de tal
manera que temí haberlo ofendido. Con la punta de su paraguas él hurgó un
momento en el césped antes de responder.
—¿Que quién soy yo? —dijo por fin—. Me llamo
Clement Searle. Nací en Nueva York, y en
Nueva York he vivido siempre. ¿Que qué soy yo? Eso es fácil de contestar.
¡Nada! Se lo aseguro: nada.
—Una bellísima persona, según toda apariencia
>—protesté.
—¡Una bellísima persona! ¡Ah, helo ahí! Ha dicho usted
más de lo que se figura. Por haber sido una bellísima persona todos mis días
es por lo que he llegado a esto. He ido a la deriva por la vida. Soy una
quiebra, señor: una quiebra tan insondable e irremediable como cualquiera que
haya hecho desaparecer jamás los reducidos ahorros de viudas y huérfanos. No
puedo devolver ni cinco centavos por cada dólar. De lo que fui, sin ir más
lejos, no queda ni rastro. He estado flotando malamente, desde los inicios, en
una marea fatídica que, a mis cuarenta años, ha dejado tras su paso este árido
banco de arena. Para empezar, cierto es, no fui un manantial de sensatez. Tanto
mayor razón para haber buscado un conducto sólido: voluntad y propósito
y dirección. Me guié por el azar y el antojo y el apasionamiento.
¡Dése una vuelta por Nueva York hoy y
encontrará los jirones de mis antojos y apasionamientos colgando
de todo arbusto y revoloteando con toda brisa: los hombres a los que presté
dinero, las mujeres a las que amé, los amigos en quienes confié, los sueños
que acaricié, los venenosos humos del placer en medio de los cuales nada era
fragante o armonioso salvo la varonilidad que sofocaron! Fue culpa mía el que
yo creyese en el placer aquí abajo. Todavía creo en él, pero al modo en que
creo en Dios y no en el hombre. Yo creía en nadar y cuidar de la ropa. Traté con
respeto el Placer, y él se burló de mí. Otros hombres, que lo han tratado como
la redomada mujerzuela que es, lo gozaron en su momento, pero reservaron su
cariño para el decente Negocio, de dote más sustanciosa, con el que en la
actualidad están legalmente casados. Me gustaba ser refinado; bien, quizás lo
fuese. Tenía un poco de dinero; se fue por el camino de mi poco juicio. Aquí
en el bolsillo me quedan cuarenta libras. Lo único que poseo para acreditar mi
desaparecida riqueza y mi desaparecido seso es un pequeño volumen de poesías,
cuyos gastos de impresión sufragué yo mismo, en el que hace quince años tuve
la audacia de celebrar los encantos del amor y el ocio. Seis meses atrás cogí
el volumen; suena a poesía de hace cincuenta años. El estilo es increíble. Por
entonces no había visto Hampton Court.
A la edad de treinta años me casé. Fue un error lamentable, pero
generoso. La muchacha era pobre y
obscura, pero bella y
orgullosa. Me imaginé que podría convertirse en una mujer
elegante. ¡Fue un error lamentable! Murió al cabo de tres años, sin haber
tenido hijos. Desde entonces sólo he hecho el vago. Me he entregado a vicios. A
este intangible hilillo de existencia se ha reducido el río de mi vida. Mañana
estará seco. ¿Estaba predestinado a llegar a esto? ¡A fe mía que no! Si digo lo
que pienso, usted se figurará que mi vanidad es equiparable a mi locura y me
tomará por uno de esos teorizadores que extraen de sus desventuras cualquier
moraleja excepto la condenatoria moraleja de que el vicio es el vicio y no hay
más que hablar. Acepte esto por lo que vale: siempre he creído que fui hecho
para un mundo mejor. Pongo al cielo por testigo, señor (quienquiera que usted
sea), de que en la práctica soy tan absurdamente tierno de corazón que puedo
permitirme el decirlo: vine al mundo para ser un aristócrata. Nací con afición
por la belleza. Ello me condena, lo reconozco; pero en cierta medida, asimismo,
me absuelve. No encontré poesía por ninguna parte. Lo que encontré fue un mundo
hecho todo de líneas duras y luces ásperas, sin sombreados, sin composición,
como dicen de los cuadros, sin el precioso misterio del color. Para
proporcionar color yo fundí la mismísima esencia de mi propia alma. Fui por ahí
con mi pincel, dando toques y suavizando los matices: ¡un bellísimo claroscuro
he ido dejando a mi paso! Sentado aquí, en este viejo parque, en este viejo
país, siento... siento que me cierno sobre el borroso borde de lo que pudo ser
y no fue. Habría
debido nacer aquí y no
allí: aquí mi vulgar holgazanería habría sido... ¡no se ría ahora!... habría
sido noble ociosidad. Cómo fue que no hiciera este viaje, es más de lo que sé
decir. Ello habría podido cortar el nudo; pero el nudo era demasiado prieto.
Siempre estaba sin salud o con deudas o liado en algo. Aparte, sentía pánico
del mar... ¡con razón, como bien sabe Dios! Hace un año me acordé de una vieja
reclamación sobre una heredad inglesa, reclamación abandonada y retomada por
diversos miembros de mi familia durante los últimos ochenta años. Es innegablemente
confusa y desesperadamente embrollada. De ningún modo estoy seguro de que hasta
la fecha yo sea un experto en ella. Parece que usted tiene una mente
despejada. En alguna otra ocasión, si consiente usted, la desentrañaremos,
pese a todo, entre los dos. Me amenazaba la miseria; me senté a aprender de
memoria nuestro caso jurídico, igual que de niño aprendía nueve por nueve.
Durante seis meses soñé con ello, casi esperando despertarme una hermosa mañana
para oír a través de una ventana de celosía los graznidos de un arbolado inglés
lleno de cornejas. Hace un par de meses partió hacia aquí por asuntos suyos una
especie de medio—amigo mío: un astuto abogado neoyorquino, sujeto
extraordinariamente basto, pero hombre con mucho ojo para los puntos débiles y
los puntos fuertes. Fue con él con quien ayer usted me vio cenar. Él se
encargó, como lo expresó él mismo, de “olfatear” y ver si de mis supuestos derechos
se podía sacar algo. El asunto nunca había sido abordado concienzudamente. Un
mes más tarde recibí una carta de Simmons asegurándome que las cosas tenían
muy buena pinta, que se extrañaría enormemente si no era capaz de ganar mi
proceso. Me encendí sin quedar reducido a cenizas; entré en acción por primera
vez en mi vida; zarpé rumbo a Inglaterra. Llevo
aquí tres días; parecen tres meses. Después de tenerme esperando
durante treinta y seis horas, anoche mi bienamado Simmons se deja ver y me
informa, con la boca llena de carnero, que soy un maldito idiota por haberle
tomado la palabra; que él se había precipitado; que yo me había precipitado;
que mi reclamación es un desatino; y que debo hacer penitencia y sacar billete
para otras dos semanas de mareo en su agradable compañía. ¡Amigo mío, amigo
mío! ¿Diré que me sentí decepcionado? Ya estoy resignado. Dudaba de la viabilidad
de mi reclamación. En lo más profundo de mi conciencia sabía que sería la
ilusión que rematase toda una vida de ilusiones. Bueno, al menos fue hermosa.
¡Pobre Simmons! Lo perdono de todo corazón. De no ser por él, no estaría sentado
en este lugar, en este ambiente, bajo estas impresiones. Éste es un mundo que
me habría encantado. Es muy idóneo que haya sido guardado para el final.
Después de él, nada más podría ser tolerable. Ahora lo viviré durante un mes a
lo sumo, si hay suerte, y así no tendré la posibilidad de desencantarme. ¡Hay
una cosa! —Y, haciendo una pausa aquí, puso su mano sobre la mía; me levanté y
me quedé de pie frente a él—. Desearía que fuera posible que usted estuviera
conmigo hasta el final.
—Le prometo —dije— que lo abandonaré solamente a
petición suya. Pero ha de ser a condición de que omita de su conversación ese
intolerable sabor de mortandad. ¿El final? Quizá éste sea el principio.
Hizo un ademán negativo:
—Usted no me conoce en absoluto. Es una larga
historia. Estoy incurablemente enfermo.
—Sí lo conozco un poco. Tengo la pujante sospecha de
que en gran medida su enfermedad es un problema de espíritu y ánimo. Todo lo
que me ha contado no es sino otra forma de decir que hasta este momento ha
vivido encerrado en sí mismo. ¡La vivienda tiene fantasmas! ¡Salga al mundo!
¡Interésese por algo!
Durante un instante me miró con sus tristes ojos
débiles. Después dijo con una desmayada sonrisa:
—No le corte la soga a un hombre que se encuentre
ahorcándose, pues tiene una razón para ello. Estoy en bancarrota.
—¡Oh, la salud es dinero! —dije—. Póngase bien, y lo
demás se arreglará por sí solo. Estoy interesado en su dudosa reclamación.
—¡No me pida que se la exponga ahora! Es un triste
embrollo. Déjela en paz. No entiendo nada de negocios. Si me ocupara del
asunto yo mismo, cortaría de un tajo el pobre hilo de seda de mis esperanzas.
En un mundo mejor que éste creo que yo sería escuchado. Pero en este duro mundo
pocas veces se imparte una justicia ideal. No hay duda, tengo entendido, de
que, hace cien años, mi familia sufrió una palpable injusticia. Pero en su
momento no hicimos ninguna reclamación, y ahora el polvo de un siglo se ha
acumulado sobre nuestro silencio. ¡Dejémoslo reposar!
—¿Cuál es entonces el valor estimado de su interés?
—Desde un principio fuimos aleccionados para aceptar
un compromiso. Comparados con la herencia total, nuestros máximos derechos son
extraordinariamente magros. Simmons habló de ochenta y cinco mil dólares. Por
qué ochenta y cinco mil, puedo asegurar que lo ignoro. No me haga tratar de
cifras.
—Permítame otra pregunta: ¿quién está actualmente en
posesión de tal fortuna?
—Cierto señor Richard
Searle. No sé nada de él.
—¿Está él emparentado de algún modo con usted? —Nuestros
bisabuelos eran hermanastros. ¿Qué grado de parentesco hace eso?
—Primos vigésimos, digamos. Y ¿dónde vive su primo
vigésimo?
—En una hacienda llamada Lockley Park,
en Herefordshire.
Reflexioné un poco.
—Siento interés por usted, señor Searle —dije—. Por su
historia, por sus derechos, cualesquiera que sean, y por ese Lockley
Park, en Herefordshire.
Suponga que fuéramos a verlo.
Se puso en pie con cierta viveza. “Aún lo volveré un
hombre sano”, me dije para mis adentros.
—Yo no tendría valor —dijo— para realizar a solas ese
melancólico peregrinaje. Pero con usted iré a cualquier sitio.
A nuestro regreso a la capital determinamos pasar allí
tres días juntos y luego proceder con nuestro expediente. Con excelente
provecho paladeamos el sombrío encanto de Londres, la poderosa ciudad-madre de
nuestra poderosa raza, el gran corazón regulador de nuestra vida tradicional.
En Londres hay lugares, monumentos, épocas, retazos de historia, humores locales
y recuerdos más impresionantes para una alma norteamericana que ninguna otra
cosa de Europa. Con pareja atención fervorosa mi amigo y yo contemplábamos
todo esto. Su influencia en Searle era honda y singular. Pronto percibí que su
observación era extraordinariamente intensa. Su casi pasional apetito por lo
antiguo, lo artificioso y lo sociológico, poco menos que extinguido por una
larga inanición, ahora empezó a vibrar y palpitar con una vitalidad tardía. En maravillado silencio asistí a este renacimiento espiritual. Entre los regulares límites de los
condados de Hereford y
Worcester se alzan en luenga ondulación los
empinados pastizales de las Colinas de Malvern.
Consultando una selecta publicación sobre los castillos y
mansiones de Inglaterra, hallamos que Lockley Park
se asentaba al pie de esta herbosa sierra, justo en los confines
de Herefordshire. En las páginas
de este cordial volumen, se hablaban maravillas de Lockley
Park y sus dependencias. Tomamos morada en
una pequeña posada junto al camino, donde en los buenos tiempos la diligencia
debía de detenerse para el almuerzo, y bruñidas jarras de peltre con cerveza
rústica les serían encarecidamente recomendadas a los “forasteros” sedientes
por el ajetreado desplazamiento. Paramos aquí simplemente por mor del
inglesismo de su abrupta techumbre de barda, sus ventanas de celosía y su
primorosa entrada. Dejamos transcurrir un par de días en vagos paseos sin
rumbo y dulce contemplación sentimental de la campiña, antes de alistarnos a
cumplir el peculiar propósito de nuestro viaje. En esta sobremanera admirable
comarca la sensación global de Inglaterra descendió sobre nosotros con fuerza
coactiva. La noble amenidad del escenario, su sutil cordialidad, la mágica
familiaridad de sus numerosísimos detalles, nos cautivaban por doquier. En lo
más hondo de nuestras almas respondía un límpido sentimiento de amor. Todos
los campos, con las fecundas lluvias cálidas de finales de abril, habían
estallado en una inopinada primavera perfecta. Los oscuros muros de setos
vivos se habían convertido en floridas mamparas; el saturado verdor de césped y
prado se había veteado de una aún más frondosa lozanía; las florecidas ramitas
de los negros árboles se habían
multiplicado por mil. Sin pérdida de tiempo fuimos a dar un luengo paseo por
las colinas. Subiendo a sus cimas, se divisa media Inglaterra desplegada a los
pies. Una docena de amplios condados, al alcance de la dilatada vista,
entremezclan sus verdes exhalaciones. Justo debajo de nosotros yacían las ricas
llanuras negrecidas del empalizado Worcestershire
y las laderas ajedrezadamente cubiertas de sotos del ondulado
Hereford, blancas con el florecimiento de
los manzanos. De sus prados y huertos y alquerías y parques, de esos populosos
y nítidos detalles que hacen que
incluso el paisaje de Italia parezca en comparación vacío e impreciso, se
desprende una magnificente emanación de rico colorido. En sitios ampliamente
opuestos del vasto panorama dos grandes torres catedralicias se elevan
agudamente, hasta recibir la luz, desde la espesa sombra de sus circunyacentes
poblaciones: ¡la luz, la inefable luz inglesa!
—¡Si quitamos Inglaterra —exclamó Searle—, todo lo
demás es un mundo charro!
Toda la vasta extensión de nuestra perspectiva circundante
yacía reaccionando con una miríada de matices fugaces a las nubosas evoluciones
del cielo abrumador. El firmamento inglés es una idónea contrapartida del
suelo inglés: igual de rico, igual de pormenorizadamente trabajado, igual de
densamente poblado de efectos. En Norteamérica tenemos la infinita belleza del
azul; Inglaterra tiene el esplendor de nubes animadas y combinadas. Sobre
nosotros, desde nuestra atalaya en las colinas, las veíamos amontonarse y disolverse, condensarse
y desplazarse, en innumerables
fases de poderío. Aquí manchan el gran resplandor con tétrica intención de
lluvia; allá se estiran, roídas por la brisa, en tordos campos de gris; en una
docena de puntos el acosado y paralizado sol restalla en una eclosión de luz o
se filtra en una llovizna de plata. Caminamos a lo largo de las redondeadas cúspides
de estas bien apacentadas alturas —suaves,
oreados bajíos de tierra adentro— y llegamos, por un declive, a
través de sesgados campos ondulantes, verdes hasta las puertas de las granjas,
a una aldea que nos solicitaba desde su asentamiento entre los prados. Justo
detrás de ella, lo admito, el rugiente tren sale lanzado de su túnel en las
colinas; y sin embargo se cierne sobre este encantador villorrio una quietud y
una soledad propias de tiempos antiguos, las cuales hacen que sea como una
vulneración de confianza incluso revelar su topónimo. Avanzamos por una estrecha
vereda, una “vereda herbácea”, sombreada por la altura de los setos que la
flanqueaban; nos condujo a una soberbia alquería antigua, ahora bastante oprimida
por las multiplicadas carreteras y caminos que han cercenado su antiguo
dominio. Permanece allí en tozudo pintoresquismo, a merced de apenadas contemplaciones
y condenada a servir de inspiración para “bocetos”. Dudo de que fuera de
Nuremberg—¡o Pompeya!— se pueda ver una tan vigorosa imagen del genio
domiciliario del pasado. Es cruelmente completa. ¡Pobre añoso hogar sagrado!
Sus combadas vigas y viguetas, bajo el gran peso de los muchos aguilones,
parecen dolerse y lamentarse con memorias y pesares. Las cortas ventanas bajas,
donde el plomo y el cristal se combinan en proporciones iguales para hablarle
al maravillado observador sobre la oscuridad medieval de los interiores, siguen
prefiriendo su protectora opacidad antes que los clarores de la civilización
moderna. En un norteamericano una antigua casa como ésta suscita un indefinible
sentimiento de respeto. Tan apuntalada y apedazada y remendada con desmañada
ternura, apiñada tan abundosamente en torno a la inglesa robustez central de
sus vértebras de roble, tan humanizada por evos de uso y toques de benéfico
afecto, y sobre todo
tan profusa y certeramente
ornada con su ceñida vestidura de detalles —el musgo del clima, el poso de la
historia—, parecía ofrecer a nuestros agradecidos ojos un pequeño y concentrado
resumen del gran orden social inglés. Pasando la carretera principal, llegamos
al pasto comunal, el “verde de la aldea” de los cuentos de nuestra infancia. No
faltaba nada: el hirsuto burro de color arratonado que husmeaba el césped con
su suave y enorme hocico, los gansos, la anciana —la anciana, personificada, con capa roja y su gorro
negro, guarnecida de volantes alrededor de la cara y doblemente guarnecida de
volantes al lado de sus honestas mejillas plácidas—, el imponente labrador con
su blanca camisa, fruncida en la pechera y en la espalda, sus pantalones cortos
de pana, sus poderosas pantorrillas, su rostro grande, rojo, rural. Dimos la
bienvenida a estas cosas igual que los niños dan la bienvenida a las amadas
ilustraciones de un libro de cuentos, extraviado y llorado y reencontrado. Era
pasmoso lo bien que las reconocíamos. Junto al camino vimos un gañán,
silbando, subido a horcajadas sobre un portillo. Habría podido ser un cuadro
de Mulready. Más allá del portillo, al otro lado del aterciopelado ras de un
prado, corría un sendero, cual la trama de un tejido más oscuro. Lo seguimos
de campo en campo y de portillo a portillo. Era el camino a la iglesia. A la
iglesia llegamos finalmente, inmersa en su camposanto frecuentado por los
grajos, oculto del mundo de diario trabajo por la ancha quietud de los pastos:
una gris, gris torre, un enorme tejo negro, un racimo de pueblerinas tumbas,
con torcidas lápidas, en herboso bajorrelieve. La escena entera resultaba
profundamente eclesiástica. Mi compañero se dejó ganar por su fuerza.
—¡Deben enterrarme aquí, ¿sabe?! —exclamó—. Es la
primera iglesia que he visto en mi vida. ¡Cómo convierte en día santificado el
lugar donde está!
Al día siguiente vimos un templo de más grandiosa
índole. Anduvimos hasta Worcester,
a través de una comarca tan espesamente sembrada de rasgos e incidencias
nativos que me sentía uno de esos protagonistas pedestres de Smollett rumbo a
la hostería en busca de una noche de aventuras. Conforme nos acercamos a la
provincial ciudad vimos la puntiaguda masa de la catedral, más ancha que alta,
elevándose contra el azul moteado de nubes. Y, cuando llegamos más cerca, nos
detuvimos en el puente y miramos el reflejo de la sólida basílica en las aguas
del amarillo Severn. Y, siguiendo
aún más allá, entramos en la ciudad —donde con seguridad las protagonistas de
Jane Austen, en carros y faetones, muchas
veces habían debido de venir de compras a por estolas de cisne y mitones de
encaje—; nos entretuvimos en el hermoso Atrio y contemplamos insaciablemente
esa visión sobremanera relajante para el espíritu: la decreciente y extenuada
luz de la tarde, el visible éter que siente las voces de las campanas, en la
amplia expansión celeste que rodea la torre catedralicia; vimos cómo esa luz se
demoraba y anidaba y habitaba, tal como gusta de hacer en todos los espacios
arquitectónicos audaces, convirtiéndolos do
nosamente en indicadores y testigos de la naturaleza; saboreamos
no menos profundamente, asimismo, el peculiar sosiego de este clerical recinto;
vimos a un sonrosado mozalbete inglés adelantarse a echar la llave a la puerta
de la antigua escuela de la fundación, que une en matrimonio su canoso
basamento con el exuberante gótico de la iglesia, y llevar la gran llave responsable
al interior de uno de los silenciosos camarines canónicos; y luego estuvimos
meditando juntos sobre el efecto que tendría sobre la mente el haber frecuentado
en la niñez tamañas sombras catedralicias en calidad de becario de la Corona y
empero haberse conservado fornido con mucho críquet en las neblinosas praderas
junto al Severn. La tercera
mañana fuimos a Lockley Park, por
habernos enterado de que la mayor parte de sus terrenos estaba abierta a los
visitantes y de que, ítem más, si se solicitaba, en ocasiones se podía recorrer
la mansión.
Dentro del radio de estos numerosos acres las declinantes
estribaciones de más de una de las grandes colinas se fundían con las lomas y
cañadas de la hacienda. Una larga arboleda serpenteaba y discurría desde la
verja exterior a través de un agreste bosque, desde donde se entreveían más
declives y claros
y sotos y frondosos retiros... todo
excepto los límites de la propiedad. Era tan profusa y silvestre y desatendida
como la casa solariega de un príncipe italiano; y yo nunca he visto el severo
hecho inglés de la posesión rústica exhibir tal descuido de la bienvenida. El
tiempo se había vuelto perfecto: era uno de la docena de días exquisitos del
año inglés, días caracterizados por un refinamiento de pureza desconocido en
climatologías más liberales. Era como si el dulce brillo radiante, tan tierno
como el de las prímulas que tachonaban los umbrosos bordes del camino cual
pétalos esparcidos por el viento sobre lechos de musgo, nos hubiera sido
brindado en decímetros cúbicos: mezclado, depurado, medido, madurado en meses
de solera, inestimablemente fino y raro. Desde esta zona exterior pasamos al
corazón central de la hacienda, trasponiendo una segunda verja, con dorados en
sus retorcidas barras desgastados por la intemperie, hacia unas suaves cuestas
donde los grandes árboles aparecían diseminados y los ciervos domesticados
ramoneaban junto al cauce de un riachuelo selvático. Aquí, ante nosotros,
avistamos la sombreada mansión isabelina entre sus florecidos parterres y
terrazas.
—Aquí puede usted vagar todo el día —le dije a Searle—
como un príncipe proscrito y exilado que merodeara por los dominios del
usurpador.
—¡Pensar —repuso— que existen personas que todos estos
años han disfrutado esto! Sé lo que soy, pero ¿qué habría podido yo ser? ¿En
qué puede convertirlo a uno todo esto?
—Que pueda convertirlo en feliz —dije—, es algo que yo
vacilaría en creer. Mas es difícil no creer que un lugar como éste no ejerza
algún peculiar influjo benefactor.
—¡Qué escenario y fondo más perfecto forma! —perseveró
Searle—. ¡Qué leyendas, qué historias conocerá! Mi corazón estalla de
incomunicables visiones. Allí está el Roble Parlante de Tennyson. ¡Qué días
estivales podría uno pasar aquí! ¡Cómo no reposaría yo lo poco que me queda de
vida sobre esta umbría extensión de césped! ¿No tendré en este castillo rodeado
de foso alguna prima doncella que me otorgue graciosa venia?
—Y luego, volviéndose casi fieramente hacia mí, exclamó—:
¿Por qué me ha traído usted aquí? ¿Por qué me arrastró a esta agonía de vanos
pesares?
En este momento pasó junto a nosotros un empleado que
había surgido de los jardines de la gran villa. Lo saludé e inquirí sobre
nuestra posible admisión en la mansión. Contestó que el señor Searle se había
ausentado pero que creía probable que el ama de llaves consintiera en hacernos
los honores. Pasé mi brazo por el de Searle.
—¡Vamos allá! —dije—. Apure el cáliz, por agridulce
que sea. Debemos entrar.
Traspusimos una tercera verja y penetramos en los
jardines. La mansión era un admirable ejemplo de isabelismo cabal, una enorme
mole de ladrillo, en que las pintorescas irregularidades del estilo, los
gabletes y soportales, los miradores y torrecillas, los revestimentos de
hiedra y los
pináculos de pizarra, se apiñaban y
multiplicaban en deleitable profusión. Dos grandes terrazas
dominaban el gran horizonte boscoso de los terrenos adjuntos. Nuestra petición
fue contestada por el mayordomo en persona, solemne
y tout
de noir habillé.
Ratificó la aseveración de que el señor Searle no estaba en casa,
pero él mismo expondría nuestra intención al ama de llaves. Debíamos tener a
bien, sin embargo, darle nuestras tarjetas. Esta solicitud, seguida tan
inmediatamente después de la afirmación de que el señor Searle estaba ausente,
no le pareció del todo pertinente a mi acompañante.
—No querrá usted decir que son para el ama de llaves —dijo.
El mayordomo carraspeó diplomáticamente: —La señorita
Searle sí está en casa.
—La suya sola bastará —me dijo Searle. Saqué una
tarjeta y un lápiz y
escribí debajo de mi nombre Nueva York.
En tanto que estaba con el lápiz apoyado, experimenté
una súbita tentación. Cedí a ella sin considerar en lo más mínimo si sería
apropiado hacerlo o los resultados que podría ocasionar. Agregué sobre mi nombre
el del señor Clement Searle.
¿Cuáles serían las consecuencias?
No muchos minutos después nos atendió el ama de
llaves: una lozana ancianita sonrosada con una limpia cofia económica y un
ligero vestido de percal, un exquisito espécimen de refinado y venerable
servilismo. Tenía el acento del campo, pero los modales de la mansión. Bajo su
guía recorrimos una docena de estancias debidamente decoradas con pinturas
antiguas, tapicerías antiguas, tallas antiguas, armaduras antiguas: con todos
los ornamentos consabidos de una mansión inglesa. Las pinturas eran
especialmente valiosas. Los dos Van Dycks, el trío de sonrosados
Rubens, el único y sombrío
Rembrandt, resplandecían de consciente
autenticidad. Un Claude, un
Murillo, un Greuze y un Gainsborough colgaban airosos en sus escogidas
ubicaciones. Los largos intervalos estaban ocupados por dulces melancolías: paisajes
de reciente textura italiana, mediocres en cuanto arte, pero
>admirables en cuanto mobiliario. Searle
ambulaba silenciosamente, pálido y grave, con los ojos inyectados en sangre y
los labios comprimidos. No pronunció ningún comentario ni formuló ninguna
pregunta. Echándolo de menos en determinado momento, volví sobre mis pasos y lo
encontré en una habitación que acabábamos de dejar, sentado en un descolorido
diván de seda, con la cara oculta entre las manos. Ante él,
alineada sobre un antiguo aparador, había una
magnífica colección de vieja mayólica italiana: enormes bandejas radiantes de
colorido uniforme, jarras y jarrones noblemente abombados y grabados.
Descendió sobre mí, mientras miraba, una repentina visión del joven caballero
inglés que, ochenta años atrás, habría viajado en lentas etapas hasta Italia y
regateado por estos tesoros con un pálido romano persuasivo en una tienda
polvorienta, o aceptado los hermosos objetos como pago de una deuda de juego de
algún decadente heredero de un saqueado palacio veneciano.
—¿Qué ocurre, Searle? —pregunté—. ¿No se encuentra
usted bien?
Él descubrió su macilento rostro y me mostró un
ardiente rubor. Después exclamó sonriendo con pasional ironía:
—¡Un recuerdo del pasado! Estaba pensando en un jarrón
de porcelana que antiguamente descansaba sobre la repisa de la chimenea del
salón cuando yo era niño, con la efigie del general Jackson
pintada en un lado y un ramo de flores en el otro.
¿Cuánto tiempo supone usted que hace que estas piezas de mayólica están en la
familia?
—Probablemente mucho tiempo; habrán sido traídas
aquí, durante el siglo pasado, a la antigua, antigua Inglaterra desde la
antigua, antigua Italia, por algún joven dandi coetáneo con afición por las
chinoiseries. Aquí habrán estado durante
una centuria, conservando sus firmes tonos claros en este aristocrático
demi jour.
De un salto Searle se puso en pie.
—¡Caray —exclamó—, por amor del cielo sáqueme de aquí!
No puedo soportar cosas de esta clase. Antes de que me dé cuenta, estaré
haciendo algo de lo que luego me avergonzaré. Robaré algo de esta p...
cacharrería. ¡Proclamaré mi identidad y esgrimiré mis derechos! ¡Iré
lloriqueando a la señorita Searle para solicitarle por piedad que me dé cobijo
durante un mes!
Si alguna vez se habría podido decir del pobre Searle
que parecía “peligroso”, era ahora. Empecé a lamentar mi oficiosa presentación
de su nombre y sin pérdida de tiempo me alisté a conducirlo fuera de la mansión.
Alcanzamos al ama de llaves en la última habitación de la serie, un pequeño
gabinete fuera de uso, sobre cuya chimenea colgaba un noble retrato de un joven
de empolvada peluca y chaleco de brocado. Inmediatamente me llamó la atención
su parecido con mi compañero.
—Este es el señor Clement
Searle, tío abuelo del señor Searle, pintado por
Sir Joshua Reynolds —describió el ama de
llaves—. Murió joven, pobre caballero; pereció en el mar al ir hacia
Norteamérica.
—Éste es el joven dandi —dije— que trajo la mayólica
de Italia.
—En efecto, señor: creo que él fue —dijo el ama de
llaves, pasmada.
—Es la vera efigie de usted, Searle —cuchicheé.
—Se parece asombrosamente al caballero, salvando las
distancias —dijo el ama de llaves.
Mi amigo se quedó contemplándolo:
—Clement Searle... en el mar...
yendo a Norteamérica... —musitó. Después le dijo con alguna acrimonia al ama
de llaves—: ¿Para qué diantres se fue a Norteamérica?
—¿Para qué, en efecto, señor? Es muy lógico que se lo
pregunte. Creo que tenía parientes allí. Eran ellos quienes habrían tenido que
venir.
Searle prorrumpió en una carcajada:
—¡Eran ellos quienes habrían tenido que venir! Bien,
bien —dijo, fijando los ojos en la ancianita—; ¡pues por fin han venido!
Ella se puso encarnada como un arrugado pétalo de
rosa.
—¡Desde luego, señor —dijo—, verdaderamente me parece
que es usted uno de nosotros!
—Mi nombre es el mismo que el de ese apuesto joven —continuó
Searle—. ¡Pariente, yo te saludo! ¡Escúcheme! —añadió para mí, mientras me
agarraba el brazo—. ¡Tengo una teoría! Él pereció en el mar. Su espíritu llegó
a la costa y vagó desamparado hasta que consiguió nueva encarnación en mi pobre
cuerpo. En mi pobre cuerpo ha vivido, enfermo de nostalgia, estos cuarenta
años, revolviéndose en su endeble envoltura, instándome al estúpido de mí a
devolverlo a los escenarios de su juventud. ¡Y yo nunca supe que era eso lo que
me ocurría! ¡Exhale yo mi espíritu aquí!
El ama de llaves ensayó una temerosa sonrisa.
La escena era embarazosa. Mi turbación no se vio aquietada cuando de improviso
percibí en el umbral la figura de una dama.
—¡Señorita Searle! —se le escapó
al ama de llaves en forma escasamente audible.
Mi primera impresión de la señorita Searle fue que no
era ni joven ni bella. Con semblante tímido permaneció en el umbral, pálida,
tratando de sonreír y jugueteando con mi tarjeta entre los dedos. Inmediatamente
hice una inclinación; Searle, creo, la contemplaba incrédulo.
—Si no me llamo a engaño —dijo la dama—, uno de
ustedes, caballeros, es el señor Clement
Searle.
—Mi amigo es el señor Clement
Searle —contesté—. Permítame
añadir que yo soy el solo culpable de que usted haya recibido su nombre.
—Habría lamentado no recibirlo —dijo la señorita
Searle, principiando a sonrojarse—. El que sean ustedes de Norteamérica me ha
impulsado a... a molestarlos.
—La molestia, señorita, ha sido la ocasionada por
nosotros. Y sólo con esa excusa: que hemos venido desde Norteamérica.
La señorita Searle, mientras yo hablaba, había clavado
la mirada en mi amigo, puesto que él estaba silencioso debajo del retrato de
Sir Joshua. El ama de llaves, agitada y
desconcertada, no pudo contenerse:
—¡El cielo nos guarde, señorita! Es el retrato de su
tío abuelo vuelto a la vida.
—No me he llamado a engaño, pues —dijo la señorita Searle—.
Sí estamos lejanamente emparentados. —Tenía pinta de mujer extraordinariamente
pudorosa. Estaba patentemente turbada por tener que hacer sus comentarios sin
que la ayudasen. Con cortés asombro Searle la miraba de pies a cabeza. Me
parecía leer sus pensamientos. Ésta, pues, era la señorita Searle, su prima
doncella, futura heredera de estos terrenos y tesoros señoriales. Era persona
de unos treinta y tres años, más alta que la mayor parte de las mujeres, con
salud y robustez en la redondeada amplitud de sus formas. Tenía ojillos
azules, un macizo moño de pelo rubio, y boca a un tiempo ancha y garbosa. Iba
vestida con un deslustrado traje de satén negro, de corta cola. Alrededor de
su cuello llevaba un pañuelo de seda azul, y sobre dicho pañuelo, en muchas
vueltas, un collar de cuentas de ámbar. Su apariencia era singular: era grande,
aunque no imponente; aniñada, y sin embargo madura. Su mirada y su tono, al
dirigirse a nosotros, eran ingenuos, demasiado ingenuos. Searle, creo, se había
imaginado alguna fría belleza altanera de veinticinco años; estaba aliviado de
que la dama se le antojara tímida y sin una hermosura obstructiva. De pronto
él se iluminó con el donaire de una vieja galantería en desuso:
—Somos primos distantes, tengo entendido. Soy feliz
de ratificar un parentesco que usted tiene la amabilidad de recordar. De
ningún modo había contado con que lo hiciera usted.
—Quizá he hecho mal. —Y la señorita Searle se ruborizó
otra vez y sonrió—. Pero siempre he sabido que había gente de nuestra sangre en
Norteamérica y a menudo me he preguntado y he indagado sobre ellos; sin
conseguir enterarme de mucho, no obstante. Hoy, cuando me trajeron esta tarjeta
y vi que un tal Clement Searle
recorría la mansión como si fuese un extraño, sentí que debía hacer algo.
¡Apenas sabía qué! Mi hermano se halla en Londres. He hecho lo que pienso que
habría hecho él: recibirlo como a un primo. —Y con un ademán a la vez franco y
tímido, le tendió la mano.
—Soy bien recibido, en verdad —dijo Searle, estrechándosela—,
si él lo habría hecho siquiera la mitad de bellamente.
—Ustedes ya han visto lo que hay —siguió la señorita
Searle—. Quizá ahora querrían almorzar. —La seguimos a un pequeño comedor,
donde una puerta vidriera se abría a las musgosas baldosas de la gran terraza.
Aquí, durante algunos momentos, permaneció muda y desconcertada, a la manera
de una persona que se recobra tras un esfuerzo considerable. También Searle
se puso formalista y reticente, de tal manera que fui yo quien hubo de ocuparse
de aliviar el silencio. Por supuesto era fácil discantar las bellezas de la
hacienda y la mansión. Mientras tanto escudriñé a nuestra anfitriona. Tenía
poca hermosura y escasa gracia; su vestido estaba pasado de moda y de época;
y sin embargo me agradó mucho. En ella había una vigorosa dulzura, un familiar
sabor a la recluida châtelaine
de los tiempos feudales. Ser tan sencilla en medio de este lujo
masivo, tan sazonada y empero tan lozana, tan pudorosa y empero tan plácida,
hablaba de la espaciosa pereza de la que yo había imaginado que en más de un
hacendado hogar estaría saturada la vida humana. La señorita Searle era a la
Bella Durmiente del Bosque lo que un hecho es a un cuento de hadas, lo que una
interpretación a un mito. Por nuestra parte, nosotros éramos para nuestra
anfitriona objeto de una curiosidad velada no hábilmente. La mejor crianza
inglesa posible no deja de maravillarse ante todo norteamericano nativo. El
asombro de la señorita Searle era lo bastante inocente para haber podido ser más
explícito y sin embargo ininsultante; de hecho no hubo ni sombra de insulto en
su relato de la invariable gracieuseté
que una vez le había parecido una familia norteamericana junto al
lago de Como, a la cual casi habría tomado por inglesa.
—Si yo viviera aquí —dije—, creo que apenas sentiría
la necesidad de salir al extranjero, ni siquiera al lago de Como.
—Tal vez se hartaría usted de esto. ¡Y además es que
el lago de Como...! ¡Cuánto me gustaría volver a salir al extranjero!
—¿No ha salido más que una vez?
—Solamente una vez. Hace tres años mi hermano me llevó
a Suiza. Nos pareció extraordinariamente bella. Excepto ese viaje, he estado
siempre aquí. Aquí nací. Me es un lugar muy querido, en realidad, y lo conozco
bien. Pero supongo que a veces me cansa un poco. —Y, al preguntarle yo cómo
pasaba el tiempo y qué compañías frecuentaba, siguió, procediendo por etapas
cortas y frases simples, al modo de una persona requerida por vez primera a
definir su situación y enumerar los elementos de su existencia—: Esto es extremadamente
tranquilo. Vemos a muy poca gente. No creo que haya mucha gente distinguida por
los alrededores. Por lo menos nosotros no la conocemos. Nuestra propia
familia es muy pequeña. Mi hermano se ocupa casi nada más que de montar a caballo
y leer libros. Tuvo una gran pena hace diez años. Perdió a su esposa y a su
único hijo, un hermoso niño que lo habría sucedido en la posesión. ¿Saben que
ahora lo probable es que sea yo la heredera del legado? ¡Pobre de mí! Desde su
pérdida mi hermano ha preferido permanecer solo. Lamento que ahora esté fuera.
Pero deben ustedes aguardar a que vuelva. Lo espero dentro de uno o dos días. —Habló
cada vez más, con una vehemente sosería digresiva, sobre sus circunstancias,
su soledad, su mala vista, que casi no le permitía leer, sus flores, sus
helechos, sus perros y el vicario, recientemente impuesto por su hermano y
probado buen ortodoxo, que aún hacía poco tiempo que había comenzado a
encender velas de altar; de vez en cuando hacía una pausa para ruborizarse
admirada de sí propia, y sin embargo enseguida reanudaba sus historias con el
creciente apasionamiento de la tentación y la oportunidad. De todas las cosas
antiguas que yo había visto en Inglaterra, este espíritu de la señorita Searle
me parecía la más antigua, la más singular, la más maduradamente lozana; tan
preservada y protegida por convención y
precedente y
hábito; tan pasiva y
suave y
dócil. Sentí como si estuviese conversando con la heroína de una
novela del siglo pasado. Mientras hablaba, ella posaba la ingenua mirada
gentil en su pariente con una especie de fascinada fijeza. Al final le planteó—:
¿Pensaba usted marcharse sin solicitar vernos?
—Lo había pensado bien, señorita Searle, y estaba
determinado a no molestarlos. Usted me ha demostrado lo poco amable que habría
sido en ese caso.
—Pero ¿sabía usted que la finca era nuestra, y lo de
nuestro parentesco?
—En efecto. Fue por estas cosas por lo que vine aquí;
por ellas, casi, por lo que he venido a Inglaterra. Siempre me ha gustado
pensar en ellas.
—¿Quería usted simplemente mirar, pues? No pretendemos
ser gran cosa para que sólo nos miren.
—Usted no sabe lo que es, señorita Searle —dijo mi
amigo, gravemente.
—¿Le gusta la vieja finca entonces?
Searle la miró en silencio.
—Me gustaría poder decírselo —declaró por fin.
—¡Dígamelo! Debe permanecer con nosotros.
Searle rompió a reír.
—¡Tenga cuidado, tenga cuidado! —exclamó—. La
sorprendería. Como mínimo me convertiría en una carga para usted. Nunca la
dejaría.
—Oh, usted terminaría sintiendo nostalgia de Norteamérica.
Ante esto Searle se rió mucho más.
—¡A propósito —exclamó para mí—, háblele usted a la
señorita Searle sobre Norteamérica! —Y salió a la terraza por la puerta
vidriera, seguido de dos hermosos perros de caza que desde el momento en que
penetramos habían establecido la más afectuosa de las relaciones con él. La
señorita Searle lo miró mientras se iba, con un vago anhelo tierno en los ojos.
En su mirada leí, se me antojó, que se sentía interesada en su exótico primo. Impensadamente
me acordé de las últimas palabras que había oído pronunciar al consejero de mi
amigo en Londres. “En vez de morirte, cásate.” Ojalá la señorita Searle pudiera
ser educadamente inducida a pensar en ello. ¡Quién poseyera cierto tacto
divino! Algo me aseguraba que su corazón era suelo virgen, que el amor nunca
había brotado en él. ¡Si yo pudiera tan sólo sembrar la semilla! Parecía
ocultarse dentro de ella la imagen de una de las pacientes esposas de antaño.
—Mi amigo ha perdido su corazón por Inglaterra —dije—.
Habría debido nacer aquí.
—Y sin embargo —dijo la señorita Searle— no tiene nada
de inglés.
—¿Qué la hace pensar así?
—Apenas lo sé. Nunca había conversado con un extranjero
antes; pero él habla y actúa como yo había imaginado a los extranjeros.
—¡Sí, es bastante extranjero!
—¿Está casado?
—Está viudo, y sin hijos.
—¿Tiene muchas riquezas?
—Bien pocas.
—Pero sí las suficientes como para viajar. Medité.
—No espera viajar muy lejos —dije, por último—.
¿Sabe?, tiene muy mala salud.
—¡Pobre caballero! Ya me lo imaginaba.
—Él está, así y todo, mejor de lo que él mismo cree.
Vino aquí porque quería ver la propiedad de ustedes antes de morir.
—¡Pobrecillo! —Y en los ojos femeninos creí notar el
brillo de una incipiente lágrima—. E ¿iba a irse sin que yo lo viera?
—Es muy modesto, ya ve.
—Es muy caballero.
—¡Sin duda!
En este instante oímos en la terraza un fuerte grito
áspero.
—¡Eso ha sido el gran pavo real! —dijo la señorita
Searle, abalanzándose hacia la puerta vidriera y saliendo al exterior. La
seguí. Delante de nosotros, inclinado sobre el pretil, estaba nuestro amigo,
con el brazo alrededor del cuello de uno de los perros de cala. Frente
a él, en el gran paseo, se cimbreaba arrogante un espléndido pavo real con el
cuello erizado y la cola desplegada. Al parecer el otro perro se había
permitido un momentáneo conato de bajarle los humos; pero a la llamada de
Searle había saltado de nuevo a la terraza y se había subido al borde, donde
ahora estaba lamiendo la cara de su nuevo amigo. La escena tenía un hermoso
aire característico de tiempos pretéritos: en primer término el pavo real
luciéndose cual el mismísimo genio del antiguo paisajismo; luego la amplia
terraza, que harto sutilmente cosquilleaba un ingénito gusto mío por todos los
desiertos paseos y explanadas adonde la gente debía de haberse encaminado
después de ceremoniosas cenas, para beber café en antiguas vajillas de
>Sèvres, y en los cuales los tiesos brocados
de vestidos femeninos debían de haber hecho crujir las hojas otoñales; y a lo
lejos, en nuestro derredor, con un frondoso círculo deshaciéndose dentro de
otro, los arborados acres de la hacienda.
—Hasta los propios animales le han dado la bienllegada
—hice notar mientras nos reuníamos con nuestro compañero.
—El pavo real ha hecho para usted, señor Searle —dijo
su prima—, lo que sólo hace para las personas muy importantes. Un año atrás
vino por aquí una duquesa para visitar a mi hermano. No creo que desde entonces
haya abierto la cola tan ampliamente para nadie; normalmente se limita a
exhibir una docena de plumas.
—No ha sido sólo el pavo real —dijo Searle—. Hace un
momento cruzó corriendo mi camino una lagartija verde, la primera que veo en mi
vida, ¡la lagartija de la literatura! Y si ustedes tienen un fantasma, aunque
estemos a plena luz del día, espero verlo también aquí. ¿Conoce usted los
anales de su casa, señorita Searle?
—¡Oh cielos, no! Para todas esas cosas ha de consultar
a mi hermano.
—Deben de tener ustedes leyendas y tradiciones como
para llenar un libro. Deben de tener amores y asesinatos y misterios por todas
las habitaciones. Cuento con ello.
—¡Huy, señor Searle! Nosotros hemos sido siempre una
familia de muy buena conducta. Nada fuera de lo común ha ocurrido nunca, creo.
—¿Nada fuera de lo común? ¡Qué espanto! Lo hemos
hecho mejor en Norteamérica. ¡Hasta yo mismo! —Y la escrutó un momento con un
destello de malicia, y luego prorrumpió en una carcajada—: ¿Qué pasaría si yo
resultara ser un Searle mejor que ustedes? Mejor que ustedes, que han sido
criados aquí en el romance y
la extravagancia. Venga, no me desilusione. Entre tantos
de ustedes han de tener alguna historia, alguna poesía. Todos mis días he
padecido una hambre canina de estas cosas. ¿No lo comprende? ¡Ah, usted no
puede comprenderlo! ¡Cuénteme algo tremebundo! ¡Cuando pienso en lo que debe de
haber acontecido aquí, cuando pienso en los amantes que deben de haber paseado
por esta terraza y vagado por esos bosques, en todos los personajes y pasiones
y maquinaciones que deben de haber rondado estos muros, en los nacimientos y
muertes, las alegrías y sufrimientos, las jóvenes esperanzas y los viejos
pesares, el inmortal tipismo...! —Y aquí vaciló un instante, en la apoteosis
de su vehemencia. El brillo de su mirada, que he calificado como un destello de
malicia, se había transformado en una intensa luz anormal. Empecé a temer que
él estuviese perdiendo la cabeza. Pero siguió con redoblada pasión—: ¡Con tal
de ver todo eso revivido delante mío —exclamó—, si el diablo pudiera lograrlo,
yo le vendería mi alma al diablo! ¡Oh, señorita Searle, soy tan infeliz!
—¡Oh cielos, oh cielos! —dijo la señorita Searle.
—¡Mire aquella ventana, aquel precioso mirador! —Y
señaló una pequeña fenestra —salediza sobre nosotros, que sobresalía del
purpúreo muro de ladrillo, diestramente enmarcada con piedra esculpida, y acortinada
de hiedra.
—Es mi habitación —dijo la señorita Searle.
—A todas luces es una habitación de mujer. Piense en
todas las olvidadas bellezas que han atisbado a través de esa celosía; piense
en todas las vidas de mujeres antiguas que apenas han visto otro panorama que
el de esta boscosa hacienda. ¡Oh graciosas primas mías! Y usted, señorita
Searle, usted es aún una de ellas. —Y avanzó hacia ella
y tomó su grande
y blanca mano. Ella se la entregó,
ruborizándose hasta la raíz del cabello y presionando su otra mano contra el
pecho—. Usted es una mujer de antaño. Usted es noblemente sencilla. Verla ha
sido como un romance. No importa lo que yo le diga. Usted no me conocía ayer,
usted no me conocerá mañana. Permítame hoy una dulce locura. Permítame
imaginarla como la personificación de todas las mujeres muertas que han
hollado las baldosas de esta terraza, que permanecen aquí cual losas sepulcrales
en el pavimento de una iglesia. Permítame decirle que le rindo adoración. —Y
alzó la mano femenina hasta sus labios. Gentilmente ella la retiró, y por un
momento desvió el rostro. Al observar yo sus ojos al momento siguiente, vi que
las lágrimas los visitaban. La Bella Durmiente del Bosque había despertado.
Siguió una turbada pausa. Pero súbitamente se presentó
una escapatoria en la aparición del mayordomo trayendo una misiva:
—Un telegrama, señorita —anunció.
—¡Oh, cielos! —exclamó la señorita Searle—. No sé abrir
un telegrama. Primo, ayúdeme.
Searle tomó la misiva, la abrió y leyó en voz alta:
—Estaré en casa para la cena. Retén al
norteamericano.
II
¡“Retén al norteamericano”! La señorita Searle, de
consuno con el mandato transmitido por el telegrama de su hermano (por cierto
con algo de telegráfica sequedad), expresó sin pérdida de tiempo el placer que
le depararía que mi compañero se quedara:
—Verdaderamente debe usted quedarse —dijo; y en el
acto se fue a buscar al ama de llaves, para darle órdenes de que fuera
preparada una habitación.
—¿Cómo diantres —preguntó Searle— ha podido saber que
yo estoy aquí?
—Por intermedio de su procurador, probablemente —razoné—,
se habrá enterado de la visita de su amigo Simmons. Simmons y el procurador
deben de haber tenido aún otra entrevista tras la llegada de usted a Inglaterra.
Simmons, por razones suyas, lo ha informado de su viaje a esta vecindad, y el
señor Searle, una vez apercibido de tal cosa, inmediatamente habrá dado por
hecho que usted se habría presentado formalmente a su hermana. Por naturaleza
él será inclinado a la hospitalidad, y desea que ella haga por usted lo adecuado.
¡Puede incluso haber más que eso! Tengo mi pequeña teoría de que tal vez él sea
el mismísimo fénix de los usurpadores, de que sus más nobles sentimientos se
habrán impresionado mucho con los datos aportados por estos jurisperitos, y de
que elegantemente desea concederle a usted su pequeña cuota de la herencia.
—Je my
perds!—dijo mi amigo, caviloso—. ¡Lo
que haya de ser, será!
—Por supuesto que usted —dijo la señorita Searle,
reapareciendo y hablándome a mí— está incluido en la invitación de mi hermano.
He mandado preparar una habitación para usted también. Enviaré a buscar sus
equipajes inmediatamente.
Fue acordado que yo en persona iría a nuestra pequeña
posada y volvería con nuestros efectos personales a tiempo de conocer al señor
Searle en la cena. A mi llegada, varias horas más tarde, fui conducido inmediatamente
a mi habitación. El sirviente me hizo saber que ésta comunicaba por una puerta
y un pasillo privado con la de mi compañero. Hice el camino a través de este
pasillo —un corredorcito asaz arcaico y pintoresco, con una alargada ventana
de celosía, a través de la cual se filtraba, cayendo sobre una serie de
armarios y alacenas de roble grotescamente tallados, la misteriosa luz
animadora del sol poniente—, llamé a su puerta y, no recibiendo contestación,
la abrí. En una butaca al lado de la abierta ventana estaba sentado mi amigo,
durmiendo, con los brazos y piernas relajados y la cabeza plácidamente echada hacia
atrás. Era un gran alivio hallarlo descansando de su anterior excitación.
Durante algunos momentos lo contemplé antes de despertarlo. Había un tenue
asomo de color en sus mejillas y una ligera separación de sus labios, como en
una sonrisa: algo más cercano al optimismo y a la paz de lo que hasta entonces
había visto en él. Era casi felicidad, era casi salud. Puse la mano en su
hombro y lo agité suavemente. Abrió los ojos, me escrutó un momento, me
reconoció vagamente, luego volvió a cerrarlos.
—¡Déjeme soñar, déjeme soñar! —dijo.
—¿En qué está soñando?
Transcurrió un momento antes de que llegara su
respuesta:
—¡En una mujer alta con un anticuado vestido negro,
de pelo rubio y sonrisa dulce, dulce, y de voz tímida, suave, deliciosa! Estoy
enamorado de ella.
—Verla —dije— es mejor que soñar con ella. Levántese
y arréglese, que bajaremos a cenar y la verá.
—Cenar... cenar... —Y gradualmente abrió los ojos de
nuevo—. ¡Sí, palabra que cenaré!
—¡Ah, está usted curado! —dije, mientras se ponía de
pie—. Vivirá para enterrar al señor Simmons. —Había pasado las horas de mi
ausencia, me dijo, con la señorita Searle. Habían vagado juntos por la finca y
recorrido los jardines e invernaderos—. ¡Deben de haberse vuelto muy íntimos! —dije,
sonriendo.
—Ella es íntima mía —repuso—. ¡Dios sabe con qué
jerigonza la he obsequiado! —Se habían separado hacía una hora: desde que,
creía él, su hermano había llegado.
El decayente crepúsculo estaba todavía en el gran
salón cuando nos personamos en él. El ama de llaves nos había dicho que esta
estancia se usaba muy infrecuentemente, ya que había una más pequeña y manejable
para las mismas necesidades. Ahora semejaba, empero, haber sido puesta en
servicio en honor de mi camarada. Al fondo, elevándose hasta el techo, como una
ducal tumba en una catedral, estaba la gran chimenea de cincelado alabastro,
en la cual crepitaba un ligero fuego. Junto al fuego estaba un hombrecillo bajo
con las manos a la espalda; cerca de él estaba la señorita Searle, tan
transformada por su vestido que al principio no la reconocí. En nuestra entrada
y recibimiento hubo algo hondamente austero y solemne. Avanzamos en silencio
por la larga habitación. Lentamente el señor Searle se adelantó una docena de
pasos para acogernos. Su hermana permaneció inmóvil. Me fijé en que ella
enmascaraba su expresión con un gran abanico blanco de lamé
y en que sus ojos,
graves y dilatados,
nos miraban intensamente por encima del borde. El amo de Lockley
Park estrechó en silencio la mano que su
pariente le ofreció y lo estudió de pies a cabeza, reprimiendo, creo, un
respingo de sorpresa ante su semejanza con el retrato salido del pincel de
Sir Joshua.
—Éste es un día feliz —declaró. Y luego, volviéndose
hacia mí con una inclinación, añadió—: El amigo de mi primo es mi amigo. —La
señorita Searle bajó el abanico.
Lo primero que me llamó la atención en la apariencia
del señor Searle fue su corta y magra estatura, inferior a la de su hermana en
media cabeza. Lo segundo fue el rojo llameante de su pelo y barba. Su caballo,
aparentemente fino como la seda en cuanto a textura, casi escarlata en cuanto a
tonalidad, y densamente abundante, le rodeaba la cara como un enorme nimbo
cárdeno. Su barba se desplegaba en abanico desde los labios
y las mejillas
y el mentón, tan semejante a su
asombroso cabello como si hubiese sido la invertida imagen de éste reflejada en
el agua. Su rostro era pálido y atenuado, como el rostro de un estudioso, un
diletante, un hombre que vive su existencia en una biblioteca inclinado sobre
libros y grabados
y medallas. A cierta distancia tenía
un aspecto despistado y juvenil; pero para una mirada más próxima revelaba
cierto número de arrugas agudamente inscritas y marcadas que le conferían un
singular aire envejecido y taimado. La tez era la de un hombre de cincuenta
años. Su nariz era arqueada y delicada, casi idéntica a la nariz de mi amigo.
En armonía con el efecto de su pelo estaba el de sus ojos, que eran grandes y
hundidos, con una especie de astucia y rojez vulpinas, mas plenos de temperamento
y brío. Imagínense
esta fisonomía —grave y
solemne de tono, grotescamente solemne, casi, a despecho de la
pilosa brillantez en que estaba encajonada— puesta en acción por una sonrisa
que parecía susurrar terriblemente: “Yo soy la
sonrisa, la sola y
única, la mueca hecha para mandar”, y tendrán una imperfecta idea
de la notable presencia de nuestro anfitrión: algo más digno de ser visto y
conocido, pensé mientras lo examinaba disimuladamente, que ninguna otra cosa
que hasta ahora nos hubiera sido revelada durante nuestra excursión. Cuán
absolutamente yo había llegado a compenetrarme con mi compañero y cuán
efectivamente yo había encadenado mi sensibilidad a la suya, poco lo había
sospechado yo hasta que, en los breves cinco minutos que precedieron al aviso
para la cena, nítidamente intuí que se había endurecido en una postura
(interiormente hablando) de indefinible protesta y recelo. A ninguno de
nosotros dos el señor Searle le había parecido, como dirían los italianos,
simpatico. Por la actitud de la señorita
Searle habría podido yo suponer que ella percibía nuestros pensamientos. En
ella se había operado un marcado cambio después de la mañana... durante la
hora, mejor dicho (como leí a la luz de la extrañada mirada que él le lanzó),
que había pasado desde que se había separado de su primo. Aún no se había
repuesto de alguna gran agitación. Su semblante lucía pálido y sus ojos enrojecidos
y llorosos. Estas
afligidas señales y testimonios
le conferían una inopinada dignidad a su continente, que se veía realzada por
el raro tipismo de su vestido. Si se trataba de buen gusto o de una casualidad,
no lo sé; pero el caso es que la señorita Searle, tal como estaba allí, medio
a la fría luz del crepúsculo, medio al moderado resplandor del fuego que se perdía
en la vastedad de su cueva de mármol, era una figura para un diestro pintor.
Estaba ataviada con el desvaído esplendor de un hermoso tisú de combinados y
entretejidos crespón y seda de un claro color verde mar, festoneado
y adornado e hinchado en un masivo
>bouillonnement: una obra de modistería
que, aunque ya debía de haber presenciado un considerable número de cenas de
gala, conservaba todavía el grandioso aire de un noble estilo. Sobre los
blancos hombros llevaba un antiguo tejido del más precioso
y venerable encaje,
y en torno a la recia garganta un
collar de recias perlas. Entré junto a ella a cenar, y el señor Searle,
siguiéndonos con mi amigo, lo tomó del brazo (tal como posteriormente me contó
éste último) y jocosamente hizo como si lo condujera. Conforme se desarrollaba
la cena, creció en mí la sensación de que había empezado a representarse un
drama cuyos actores eran las tres personas ante mí, cada una con un papel asaz
arduo. El papel de mi amigo, empero, parecía el más fatigosamente ingrato,
aunque yo rebosaba de poderosos deseos de que lo desempeñara honorablemente. Me
pareció verlo azuzar sus apagadas facultades para que obedecieran a su apagada
voluntad, pobrecillo, fingiendo solemnemente una gran autoestima. Con la
señorita Searle, crédula, receptiva y compasiva, finalmente había dejado de
lado toda vanidad y fingimiento
y le había mostrado
el verdadero carácter de su fantasioso corazón. Pero con nuestro anfitrión no
podía permitirse ninguna conversación disparatada ni tomarse ninguna libertad;
allí y entonces, más que nunca, se sentaba un conservador consumado, que
respiraba los lisonjeros efluvios de los privilegios hereditarios y la
seguridad financiera. Durante una hora, pues, vi a mi pobre amigo esforzarse
por hablar con decoro sobre banalidades. Se adjudicó la tarea de parecer muy
norteamericano, de tal forma que su entusiasmo por este antiguo mundo pudiera
parecer puramente desinteresado. Qué se había esperado de él su pariente, no lo
sé; pero el caso es que nuestro anfitrión, a despecho de su equilibrada y
acusada urbanidad, no logró disimular un matiz de enojo por encontrarlo capaz
de hablar elegantemente de cualquier cosa. El señor Searle no era hombre que
enseñase sus cartas, pero creo que se había figurado que su mejor baza estaba
en una cierta implícita confianza en que difícilmente este exótico parásito
tendría buenos modales. Orientó la charla, con gran decoro, hacia Norteamérica,
hablando como si más bien se tratara de algún planeta de fábula, ajeno a la
órbita británica, respecto del cual se hubiese descubierto últimamente que
tenía la mezcla de gases atmosféricos necesaria para mantener la vida animal,
pero que, excepto so capa de una magnánima condescendencia, no podía ser
admitido en la concepción normal de las cosas. Yo no sentí sino lástima al ver
que para dar cabida a nuestras intrusas espaldas cuadradas la esférica tersura
de su universo había de estirarse hasta salirle grietas.
—Yo ya sabía, de un modo impreciso —dijo nuestro
anfitrión—, que tenía parentela en América; pero ya saben que uno apenas puede
hacerse cargo de esas cosas. Difícilmente podía imaginarme a gente de nuestra
sangre allí más de lo que podía imaginarme allí a mí mismo. Hubo un hombre a
quien conocí en la universidad, un tipo muy insólito, pero asimismo un tipo
encantador; él y yo éramos amigotes; creo que después se marchó a América: a la
República Argentina, tengo entendido. ¿Conocen ustedes la República Argentina?
¡Menudo nombre más extravagante, por cierto! Y luego, ya saben, estaba ese tío
abuelo mío a quien pintó
Sir Joshua. Se fue a América,
pero nunca llegó. Se perdió en el mar. Usted se le parece lo bastante como
para hacer pensar que sí llegó allí y que ha seguido vivo hasta ahora. Si
usted es él, no ha hecho nada juicioso con aparecerse por aquí. Él dejó un mal
nombre detrás suyo. Hay un fantasma que de vez en cuando gime por la mansión,
¡el fantasma de alguien a quien él causó mucho daño!
—¡Oh, hermano! —exclamó la señorita Searle, con
crédulo horror.
—Naturalmente tú no sabes nada de cosas semejantes —dijo
el señor Searle—. Eres demasiado dormilona para oír gemidos de fantasmas.
—¡Estoy cierto de que me gustaría inmensamente oír los
gemidos de un fantasma! —dijo mi amigo, con la luz de su ilusión reciente
reapareciéndole en los ojos—. ¿Por qué gime? Narre el portentoso relato.
Durante un instante el señor Searle contempló a su
público, calibrándolo; y luego, como dicen los franceses,
se recueillit,
como si midiera sus propias energías imaginativas.
Deseaba hacer justicia a su tema. Con las cinco uñas
de la mano izquierda tamborileando nerviosamente contra el tintineante cristal
de su copa de vino, y con la brillante mirada delatando su complacida
sensación de que, a pesar de lo pequeño y grotesco que se lo veía allí
sentado, a la sazón él resultaba hondamente impresionante, gota a gota rezumó
sobre nuestras ignorantes mentes la leyenda sombría de su familia:
—El señor Clement
Searle, por lo que infiero, fue un joven de grandes talentos pero
de disposición débil. Su madre quedó viuda prematuramente, con dos hijos, de
los cuales él era el mayor y más prometedor. Lo educó con el más grande afecto
y cuidado. Como es natural, cuando se hizo hombre quiso que se casase bien. Su
acaudalamiento era suficiente para permitirle pasar por alto la posible falta
de caudal en su esposa; y la señora Searle seleccionó a una dama joven que poseía,
tal como ella lo veía, todos los dones menos el de una fortuna: una espléndida,
orgullosa, bella muchacha, la hija de un viejo amigo suyo... antiguo enamorado,
sospecho, de ella misma. Sin embargo, Clement,
por lo que parecía, o bien había elegido ya a otra persona o bien
no estaba aún dispuesto a elegir. En vano la joven dama descargó sobre él la
batería de sus encantos; en vano su madre abogó por su partido.
Clement permaneció frío, impasible,
inflexible. La señora Searle tenía un carácter que en nuestros tiempos parece
haber desaparecido de la rama femenina de la familia. Mujer altiva,
apasionada, imperiosa, había asumido inmensas responsabilidades y entablado un
buen número de pleitos; esto le había inculcado una voluntad de hierro.
Sospechó que los afectos de su hijo ya tenían destinataria, una destinataria
inconveniente. Irritada por el tozudo desafío de él a sus deseos, perseveró en
importunarlo. Cuanto más lo observaba más se convencía de que amaba en secreto
a alguien por debajo de su rango social. Siempre iba todo sombrío, hosco y
cavilante. Por fin, con la fatídica temeridad de una mujer enojada, su madre
amenazó con traerse a la joven dama de la propia elección de ella (muchacha
ésta que, dicho sea de paso, no parece que fuera ninguna tímida flor) a vivir
en la mansión. Una tormentosa escena fue la consecuencia. Él la amenazó con
que si así hacía, él abandonaría el país y zarparía para América.
Probablemente ella no se lo creyó; sabía que él era débil,
pero sobreestimó su debilidad. En cualquier caso la bella rechazada llegó y
Clement Searle partió. En un turbio día de
diciembre él tomó barco en Southampton.
Desesperadas de rabia y dolor, las dos mujeres se sentaron solas
en esta gran mansión, alternando lágrimas e imprecaciones. Una quincena más
tarde, en Nochebuena, en medio de una gran tormenta de nieve cuya memoria
perduró largo tiempo en el país, les sobrevino algo que agudizó fuertemente su
amargura. Una joven, empapada y helada a causa de la tormenta, consiguió que la
dejaran entrar en la mansión y fue conducida a presencia de la señora y su
invitada. Allí desgranó su historia. Era la hija de un vicario pobre de
Hereford. Clement Searle la había amado... la
había amado demasiado completamente. Ahora la habían echado airadamente de casa
de su padre; la madre de él, al menos, podría apiadarse de ella... si no por
ella misma, por el hijo al que muy pronto iba a dar a luz. La pobre muchacha se
había hecho demasiadas ilusiones. Las dos mujeres, con desprecio, con horror,
con golpes posiblemente, la devolvieron a la tormenta. En la tormenta vagó, y
en la espesa nieve murió. Su amante, como ya saben ustedes, naufragó en aquel
duro clima invernal en el mar; la noticia le llegó demasiado tarde a su madre,
pero aun así con bastante rapidez. Quien nos ronda es la hija del vicario.
Se produjo un silencio de varios instantes.
—¡Ah, no me extraña! —dijo la señorita Searle, con
gran pena.
Searle ardía de entusiasmo:
—Por supuesto, como ya pueden figurarse —y de súbito
empezó a ponerse intensamente arrebolado—, me pesaría afirmar cualquier
identidad con mi desleal homónimo, pobre hombre. Pero me sentiría inmensamente
encantado de que esta desdichada mujer fantasma se llamara a engaño ante mi
parecido y me confundiera con su cruel amante. Sea bien recibida para este
consuelo. Cualquier cosa que pueda hacerse por ella, estaré contento de
hacerla. Pero ¿es dable que un fantasma se le aparezca a otro fantasma? ¡Yo soy
un fantasma!
El señor Searle lo miró pasmado un momento, y luego
dijo con una superlativa sonrisa:
—¡Casi podría creer que lo es!
—¡Oh, hermano y primo —exclamó la señorita Searle con
la más cortés pero más conmovedora dignidad—, ¿cómo pueden conversar tan
horriblemente?!
Resultaba obvio, empero, que la horrible conversación
poseía una poderosa magia al modo de ver de mi amigo; y su imaginación, que
durante un rato había quedado congelada por la glacial presencia de su
pariente, empezó de nuevo a arder con su prístino fuego. A partir de este
momento cesó de andarse con cautelas, de cuidar lo que decía y cómo lo decía,
con tal de expresar la apasionada satisfacción que infundía en su corazón el
escenario que lo rodeaba. Mientras él hablaba, incluso interiormente dejé de
desear que no lo hiciera. Desde entonces me he maravillado de que no me
disgustase la exhibición de un egocentrismo tan redomado y llamativo. Pero es
que una gran franqueza impone su propia ley, y una gran pasión su propio
cauce. Había, además, una inmensa belleza en el estilo de las palabras de mi
amigo. Liberado tanto de adulación como de envidia, la esencia de su discurso
fue una divina aprehensión, un imaginativo dominio, libre como el vuelo de
Ariel, de la rica realidad bajo cuya sombra material nuestros anfitriones estaban
insensibilizados y perdidos, incapaces, como reza el dicho, de ver el bosque
por culpa de los árboles.
—¿Cómo llega el aspecto de antigüedad? —planteó
repentinamente a los postres—. ¿Llega por sí solo, sin que nadie lo intuya ni
lo perciba ni lo vigile? ¿O lo anhelamos, y
colocamos cebos y
trampas para él, y
lo observamos avanzar como a la incipiente negritud de una pipa
de espuma, y lo retenemos cuando se presenta, justo donde aparece, y
encendemos un cirio votivo a sus pies y le damos las gracias diariamente? ¿O lo
rechazamos y lo combatimos y lo resistimos, y sin embargo lo sentimos
asentarse y enraizarse a nuestro alrededor, tan inevitable como el hado?
“¿De qué demonios está hablando este hombre?”, dijo la
sonrisa de nuestro anfitrión.
—Yo encontré en mí un cabello medio canoso esta mañana
—apuntó la señorita Searle.
—¡Santo cielo, espero que lo
respetara! —exclamó Searle.
—Lo miré durante mucho rato con el espejo de mano —contestó
su prima, con sencillez.
—Durante los diez años venideros,
la señorita Searle todavía podrá permitirse el lujo de reírse de las canas —dije.
—Dentro de diez años, tendré cuarenta y tres.
—Esa es la edad que tengo yo —dijo Searle—. ¡Ojalá
hubiese venido aquí hace diez años! Habría tenido más tiempo para disfrutar del
festín, aunque lo cierto es que habría tenido menos apetito. ¡Primero necesitaba
estar hambriento!
—¿Por qué esperó hasta casi ser un muerto de hambre? —preguntó
el señor Searle—. ¡Pensar en estos diez años que habríamos podido disfrutar con
usted! —Y con el pensamiento en estos despilfarrados diez años el señor Searle
soltó una violenta carcajada nerviosa.
—Siempre tuve la idea (una vulgar idea estúpida como
nunca ha habido otra) de que para ir al extranjero correctamente había que
tener una olla de dinero. Mi olla estaba casi vacía. ¡Al final he venido cuando
ya está vacía del todo!
El señor Searle carraspeó con aire de duda:
—¿Está usted en... está usted en “circunstancias
menguadas”?
A mi amigo por lo visto le hizo muchísima gracia ver
descrita con una denominación tan algodonosa su desolada situación.
—¿“Circunstancias menguadas”? —espetó con una
prolongada risa jocosa—. ¡Estoy reducido a la nada!
—¡Caramba! —exclamó el señor Searle, con pinta de
sentirse dividido entre su percepción de la inelegancia y su percepción de la
excepcionalidad de ver a un caballero adoptando aquel preciso tono al hablar
de sus asuntos—. ¡Vaya, vaya, vaya! —agregó con una voz que podía significar
todo o nada; y procedió, con un centelleo en la mirada, a apurar una copa de
vino. Sus maliciosos ojos, mientras bebía, se cruzaron con los míos por encima
del borde de su copa y, durante un mo mento,
intercambiamos una profunda mirada sondeadora, una mirada tan
intensa que dejó una ligera turbación en el semblante de ambos—. ¿Y usted? —dijo
el señor Searle, con intención de atenuarla—. ¿Qué hay de sus circunstancias?
—¡Oh, las suyas —dijo mi amigo—, las suyas son infinitas!
¡Podría comprarse todo Lockley Park!
—Había tomado, creo, mucho mayor número de copas de oporto
(reconozco que el oporto era ilimitadamente deleitable) de lo que habría sido
de desear en aras de un perfecto autodominio. Rápidamente se alejaba del
alcance de cualquier disuasión tácita por mi parte. Cierto atolondramiento
enfebrecido en su mirada y su voz me advirtió de que intentar hacerlo
refrenarse no conseguiría otra cosa que irritarlo. Cuando nos levantamos de la
mesa captó mi mirada acuitada. Pasando su brazo por el mío un momento, me
cuchicheó—: ¡Ésta es la gran noche! ¡La noche de la experiencia, la noche del
destino!
El señor Searle hizo abrir toda la parte baja de la
mansión y colocar una multitud de luces en sitios convenientes y efectivos. No
había visto yo jamás una riqueza tan ordenada de antiguos candelabros y
antorchas. Embutidas en los oscuros entrepaños, proyectando grandes círculos
luminosos sobre la colgante rigidez de sombríos tapices, realzando y
completando con admirable efecto la inmensidad y misterio de la antigua residencia,
parecían poblar con una tenue presencia expectante las grandes estancias,
mientras nuestro pequeño grupo pasaba morosamente de una en otra. Nos deleitamos
con ello durante una maravillosa hora. Al punto el señor Searle asumió el papel
de cicerone, y
—hasta ahora yo no le había hecho justicia— el señor Searle se
volvió agradable. Mientras yo caminaba detrás con la señorita Searle, él iba
delante con su pariente. Era como si hubiese dicho: “¡Bien, si quieres vieja
heredad vas a tenerla, espiritualmente al menos!” Para decirlo vulgarmente, se
la restregó. Llevando un alto candelabro de plata en la mano izquierda, lo
levantaba y bajaba arrojando luz aquí y
allá sobre cuadros y colgaduras y molduras
y un centenar de acechantes tesoros
arquitectónicos. El señor Searle conocía bien su casa. Apuntó innúmeras
tradiciones y recuerdos y evocó con ingenio donosísimo las figuras de sus
ocupantes pretéritos. Con casi reverencia) gravedad y nitidez contó una docena
de anécdotas. Su pariente atendía con una especie de meditabundo entendimiento.
Mientras tanto, la señorita Searle y yo no estábamos totalmente silenciosos.
—Supongo que a estas alturas —le observé— usted y su
primo son ya casi viejos amigos.
Ella jugueteó un momento con su abanico y luego alzó
su llana mirada sincera:
—¡Viejos amigos, y al mismo tiempo extrañamente
desconocidos! Mi primo... mi primo... —y su voz se demoró en esa palabra—;
¡parece tan extraño llamarlo mi primo después de pensar todos estos años que no
tenía ningún primo! Es un hombre muy singular.
—No es tanto él cuanto su situación lo que merece ese
adjetivo —me aventuré a decir.
—Yo lamento su situación. Me gustaría poder ayudarlo
de algún modo. Él me interesa muchísimo. —Y aquí la señorita Searle emitió un
dulce suspiro expresivo—. Ojalá lo hubiese conocido mucho antes. Me ha dicho
que no es sino la sombra de lo que fue.
Me pregunté si Searle habría estado trabajándose
deliberadamente la sensibilidad de esta gentil criatura.
Si así lo había hecho, creí que había logrado su
objetivo. Pero, a decir verdad, su posición me daba la sensación de haberse
vuelto tan precaria que apenas si me atreví a alegrarme del todo.
—Ahora mismo lo mejor de su persona —dije— parece
estar tomando forma de nuevo. Sería una buena acción por parte de usted,
señorita Searle, si contribuyera a devolverle la salud y la serenidad.
—Ah, ¿qué puedo hacer yo?
—Sea amiga de él. ¡Déjelo apreciarla, déjelo quererla!
Ahora ve usted en él, sin duda, mucho de lo cual compadecerse y sorprenderse.
Pero permítale simplemente disfrutar algún tiempo de la grata sensación de su
proximidad y cariño. Eso lo hará un hombre mejor y
más fuerte, y
entonces usted podrá amarlo, podrá estimarlo sin ninguna cortapisa.
La señorita Searle había escuchado con una confundida
ternura en la mirada, y repuso:
—¡Es un arduo papel para que lo desempeñe una pobre
tonta como yo!
Su casi infantina modestia no me dejó otra elección
que ser absolutamente franco:
—¿Alguna vez ha desempeñado usted algún papel? —pregunté.
Sus ojos se encontraron con los míos, maravilladamente; se sonrojó, como con una súbita percatación de mi intencionalidad:
—¡Jamás! Pienso que apenas si he vivido.
—Ha empezado usted a vivir ahora, tal vez. Ha empezado
a interesarse por algo ajeno al estrecho círculo de la costumbre y el deber.
(Discúlpeme si le resulto
muy rudo; ya sabe usted que soy extranjero.) ¡Es un gran momento: espero que lo
goce!
—Casi podría creer que se ríe usted de mí. Siento más
angustia que gozo.
—¿Por qué siente angustia?
Ella hizo una pausa, con los ojos fijos en nuestros
dos acompañantes.
—La llegada de mi primo —dijo finalmente— ha sido una
gran conmoción.
—¿Quiere decir que usted hizo mal en reconocer su
parentesco? En ese caso la culpa es mía. Él no tenía ninguna intención de darle
la oportunidad.
—¡Hice mal, en cierto modo! Pero mi corazón es incapaz
de lamentarlo. ¡Nunca lo lamentaré! Hice lo que me pareció correcto. ¡El cielo
me perdone!
—¡El cielo la bendiga, señorita Searle! ¿Acaso va a
derivarse de ello algún perjuicio? ¡Yo cometí la falta, cargue yo con la culpa!
Gravemente ella negó con la cabeza:
—¡No conoce usted a mi hermano!
—¡Entonces, cuanto antes lo
conozca, mejor! —Y a raíz de esto
sentí explotar con súbita cólera una sorda irritación que había ido
acumulándoseme durante más de una hora—: ¿Qué diantres
es su hermano? —exigí. Ella desvió
el rostro—. ¿Le tiene usted miedo? —pregunté.
Ella me lanzó una temblorosa mirada de soslayo.
—¡Está mirándome! —cuchicheó.
Yo lo miré a él. Él estaba colocado de espaldas a nosotros;
sujetaba un gran espejo de mano veneciano, enmarcado en plata
rococo, que había cogido de un estante
lleno de antigüedades, justamente en tal ángulo que captaba el reflejo de su
hermana. ¿He de confesarlo? Algo en este —comportamiento divirtió tantísimo mi
sentido de lo pintoresco, que fue con una especie de enojo suavizado como me
quejé:
—¡Hay que ver qué bribonazo! —Empero me sentía lo
bastante soliviantado como para llegar más lejos. Se me antojaba que yo
también, por regla de tres, estaba siendo encubiertamente vigilado. ¡Pues
entonces no iba a ser vigilado injustificadamente!—. Señorita Searle —dije,
reclamando su atención—, prométame una cosa.
Ella me encaró con un respingo y con la mirada de
alguien que suplicara a cuenta de un gran dolor.
—¡Por favor, no me lo pida! —exclamó. Era como si ella
estuviera en el borde de un lugar donde la tierra se hubiera abierto
repentinamente y se le pidiera que diese un salto. Sentí que le era imposible
la retirada y que lo más compasivo era animarla a saltar.
—¡Prométamelo! —reiteré.
Ella todavía protestó con la mirada.
—¡Oh, qué día más espantoso! —exclamó, por último.
—Prométame dejarlo hablarle a solas, si así se lo solicita
él, a despecho de cualquier oposición que usted sospeche por parte de su
hermano.
Ella se sonrojó profundamente, y balbució: —¿Usted se
refiere... se refiere a que él... tiene algo particular que decirme?
—¡Algo muy particular!
—¡Pobre primo!
Le lancé una mirada profundamente admonitoria:
—¡De acuerdo: pobre primo! Pero prométalo.
—Lo prometo —dijo, y atravesó la habitación y salió por la puerta.
—¡Llega usted a tiempo de oír la historia más deliciosa!
—dijo mi amigo, cuando me reuní con los dos hombres. Estaban de pie ante un
viejo y sombrío retrato de una dama con traje de la época de la reina Ana, los
mal pintados matices de cuya piel, a la luz de la vela, parecían lívidos contra
el oscuro ropaje y fondo—. Esta es la señora Margaret
Searle, una especie de Beatriz Esmond, que hacía
cuanto se le antojaba. Se casó con un don nadie francés, un violinista sin un
solo penique, en contra de toda la familia. ¡Hermosa Margaret,
yo te rindo pleitesía! ¡A fe mía, se parece a la
señorita Searle! Le ruego que continúe. ¿En qué desembocó todo aquello?
Durante un instante el señor Searle miró a su pariente
con aire de disgusto ante su tumultuoso homenaje y de piedad ante su inmadura
imaginación. Después siguió con su relato con eficacísima sequedad de tono:
—Hace un año encontré, en una caja de documentos muy
antiguos, una carta de la señora Margaret
dirigida a Cynthia
Searle, su hermana mayor. Estaba fechada en París y su ortografía
era horriblemente mala. Contenía una muy apasionada súplica de...
er... de ayuda pecuniaria. Acababa de estar
de parto, se moría de hambre y su marido la cuidaba deplorablemente; maldecía
el día en que había dejado Inglaterra. Era una efusión harto desesperada. Nunca
oí que encontrara fondos para volver.
—¡Todo por casarse con un francés! —dije sentenciosamente.
Durante unos instantes el señor Searle guardó silencio.
—¡Esta mujer es —dijo, por fin— el primer y último
miembro de la familia que se ha mostrado tan p... antiinglés!
—¿Sabe la señorita Searle esta historia? —preguntó mi
amigo mirando la redondeada blancura de las carnosas mejillas de la dama.
—¡La señorita Searle no sabe nada! —espetó, expresivamente,
nuestro anfitrión.
En mi amigo esta aseveración pareció encender una
generosa expresividad contraria:
—Va a saber por lo menos la historia de la señora
Margaret —repuso, y se marchó velozmente en
su busca.
El señor Searle y yo proseguimos nuestro ambular por
las iluminadas estancias.
—Ha encontrado usted un primo —dije— imbuido de
auténtico furor.
—¿Furor? —repitió rígido mi
anfitrión.
—Quiero decir que se toma un interés tan vehemente
como el de usted mismo por sus anales y posesiones.
—¡Oh, un interés igualito! —Y el señor Searle prorrumpió
en una sonora carcajada—. Me ha dicho —reanudó el diálogo, luego de un
instante— que está enfermo. Nunca lo habría sospechado.
—En las últimas horas —dije— es un hombre cambiado.
Su hacienda y su amabilidad lo han remozado inmensamente.
El señor Searle profirió la pequeña exclamación informe
con que más de un inglés suele anunciar el cese de cualquier acentuada cortesía
verbal. Cefludamente bajó la mirada hacia el suelo y después, para mi sobresalto,
se detuvo de improviso y me dedicó una mirada penetrante.
—¡Yo soy un hombre honrado! —dijo. Yo estaba bien
dispuesto a convenir; pero él siguió, con una especie de furia de franqueza,
como si fuera la primera vez en su vida que se sentía impelido a justificarse,
como si este acto le resultara extremadamente desagradable y quisiera cumplir
cuanto antes con el deber—. ¡Un hombre honrado, entérese! ¡No sé nada del
señor Clement Searle! Nunca
había esperado verlo. Ha sido para mí un... un... —Y aquí el señor Searle se
interrumpió para seleccionar la palabra capaz de expresar con suficiente
vividez lo que, para bien o para mal, su pariente había sido para él—. ¡Ha sido
para mí una consternación!
¡No me cabe duda de que es un hombre sumamente amigable! No me
negará usted, sin embargo, que es un estilo de persona muy extravagante. ¡Lo
lamento si está enfermo! ¡Lo lamento si es pobre! ¡Es primo quincuagésimo mío!
¡Muy bien! Yo soy un hombre honrado. No podrá decir que no lo recibí en mi
casa.
—¡Él también, gracias al cielo, es un hombre honrado!
—dije, sonriendo.
—¡En ese caso, ¿por qué diantres —exclamó el señor
Searle, volviéndose hacia mí casi fieramente— ha presentado esa taimada
reclamación sobre mi propiedad?!
Estas alarmantes palabras arrojaron retrospectivamente
un rayo de luz sobre el proceder de nuestro anfitrión y sobre la reprimida
agitación de su hermana. En un instante se reveló al desnudo la recelosa alma
del insatisfecho caballero. Por un momento quedé tan sorprendido y
escandalizado ante lo directo de su ataque que me faltaron palabras para
responder. No bien hubo hablado, el señor Searle pareció darse cuenta de que
había asestado un golpe demasiado duro.
—Discúlpeme, señor —se apresuró a completar—, si hablo
de este asunto con acaloramiento. Pero rara vez he sufrido un disgusto tan
penoso como cuando me enteré, como lo hice esta mañana de labios de mi procurador,
de los monstruosos trámites del señor Clement
Searle. ¡Santo cielo, señor, ¿por quién me toma este hombre?!
Finge Dios—sabe—qué fantástica admiración por mi casa. Que la admire pues.
Que, con sus cursis alardes de imaginación, se imagine un diezmo de lo que
siento yo. Amo mi propiedad: ¡es mi pasión, mi vida, yo mismo! ¿Voy a cederle
una fracción sustantiva a un extranjero menesteroso, un hombre sin medios,
sin credenciales: un extraño, un aventurero, un bohemio? ¡Creía que
Norteamérica se jactaba de tener tierra para acoger a todos los hombres! A fe
mía, señor, nunca en mi vida me había sentido tan ofendido.
Hice una pausa de algunos momentos antes de hablar,
para permitir que su pasión se extinguiera por completo o se reavivara si así
lo prefería; pues por mi parte me parecía idóneo replicarle de una sola vez
para siempre.
—Sus realmente absurdas aprensiones, señor Searle —dije,
por fin—, sus terrores, puedo llamarlos así, francamente le han anulado el
sentido común. Está usted atacando a un hombre de paja, a una criatura de humildes
ilusiones; aunque desgraciadamente temo que ha herido usted a un hombre de
temple y conciencia. O bien mi amigo no tiene ninguna reclamación válida sobre
su propiedad, en cuyo caso la agitación de usted es innecesaria, o bien sí la
tiene válida...
El señor Searle me agarró por el brazo y me miró
furibundamente, puedo decir, con su pálida cara aún más pálida de horror ante
mi insinuación, sus grandes ojos agudos relampagueando, y su brillante pelo
erizado y tembloroso por la violencia de sus emociones.
—¿Una reclamación válida? —protestó—. ¡Que intente
llevarla ante los tribunales!
Habíamos salido al gran vestíbulo de la mansión y
estábamos de pie frente a la entrada principal. La puerta estaba abierta al
noble soportal, a través de cuya arcada de piedra yo veía resplandecer el
jardín bajo la azulenca luz de la luna llena. Mientras el señor Searle profería
las palabras que acabo de consignar, avisté a mi compañero dirigiéndose
lentamente al soportal desde afuera, con la cabeza descubierta, brillante
bajo la luz de la luna en el exterior, luego oscura bajo la sombra de la
arcada, y otra vez brillante bajo la luz de la lámpara en el umbral del
vestíbulo. Mientras trasponía el umbral, el mayordomo apareció en lo alto de
las escaleras a nuestra izquierda y visiblemente titubeó un momento al
percatarse de la presencia del señor Searle; pero después, divisando
a mi amigo, descendió solemnemente. Portaba una pequeña bandeja de plata.
Sobre la bandeja, reluciendo a la luz de la colgante lámpara, había una nota
doblada. Clement Searle se
adelantó, mirándolo un tanto fijamente y sobresaltado, pienso, por alguna
intuición de que se avecinaba una catástrofe. El mayordomo aplicó la cerilla a
la mecha del polvorín. Avanzó hacia mi amigo, tendiéndole bandeja y nota. El
señor Searle hizo un movimiento como si fuera a saltar hacia adelante, pero se
contuvo.
—¡Tottenham! —gritó con voz
estridente.
—Sí, señor? —dijo
Tottenham, haciendo un alto.
—Estése quieto donde está. ¿Para quién es esa nota?
—Para el señor Clement
Searle —dijo el mayordomo, mirando fijamente al frente como para
desmentir la sospecha de haber leído la misiva.
—¿Quién se la ha entregado?
—La señora Horridge, señor. —Se trataba del ama de
llaves.
—¿Quién se la entregó a la señora Horridge?
Por parte de Tottenham
hubo una vacilación infinitesimal antes de decidirse a contestar.
—Mi querido señor —intervino Searle, completamente
curado de su borrachera ante una escena de cortesía vulnerada—, ¿no es eso
asunto sólo mío?
—Lo que ocurra en mi casa es asunto mío; y parecen
estar ocurriendo cosas grandemente insólitas. —El señor Searle estaba
exasperado hasta el punto de que, cosa rara en un inglés de pro, se comprometía
delante de un miembro de la servidumbre—. ¡Tráigame esa nota! —exclamó. El
mayordomo se aprestó a obedecer.
—¡En verdad esto es intolerable! —exclamó mi
acompañante, afrentado y desamparado.
Yo estaba asqueado. Antes de que el señor Searle
tuviera tiempo de tomar la nota, me posesioné yo de ella.
—Si no tiene usted ninguna consideración hacia su
hermana —dije—, un extraño, al menos, actuará por ella. —Y rasgué el disputado
objeto en una docena de pedazos.
—¡En nombre del cielo —exclamó Searle—, ¿qué significa
todo este odioso asunto?!
El señor Searle estaba a punto de estallar contra él;
pero en este momento su hermana apareció en lo alto de las escaleras, atraída
evidentemente por nuestras voces elevadas y pendencieras. Se había cambiado el
traje de noche por una oscura bata, quitado los adornos y comenzado a soltarse
el pelo, un espeso mechón del cual estaba salido de la peineta. Bajó corriendo,
con un pálido semblante interrogador. Percibiendo yo con claridad que nuestra
inmediata partida se cocía en el ambiente, y adivinando que el señor
Tottenham era un mayordomo de infinita
intuición y extremada celeridad, aproveché la oportunidad de solicitarle,
sotto voce, que
sin demora enviara un carruaje a la puerta.
—Y suba a él nuestros equipajes —agregué.
Nuestro anfitrión se abalanzó hacia su hermana y le
agarró la blanca muñeca, que asomaba por la holgada manga de su bata.
—¿Qué decía esa nota? —le exigió.
La señorita Searle miró primero hacia los esparcidos
fragmentos, y luego hacia su primo:
—¿La ha leído usted? —le preguntó.
—No, ¡pero se la agradezco! —dijo Searle.
Durante un instante los ojos de ella se comunicaron
luminosamente con los masculinos; después ella miró a la cara a su hermano, con
lo cual la luz de sus ojos se apagó y quedó una grisácea paciencia triste. Pero
a éste último le pareció una paciencia acusadora: se puso rojo por la rabia y
por la conciencia de su propia indiscreción, y la apartó de un empujón:
—¡Eres una niña! —gritó—. Márchate a la cama.
También en el rostro del pobre Searle el acopio de
serenidad se había arrugado en un indignado ceño y su reflejado resplandor de
aquel día feliz se había convertido en pasmada turbación.
—¿He estado tratando estas tres horas con un hombre
loco? —preguntó doloridamente.
—¡Un hombre loco, sí, si usted quiere! ¡Un hombre loco
de amor por su casa y por la conciencia de su rotunda integridad! He refrenado
mi lengua hasta ahora, pero usted ya es excesivo para mí. ¿Quién es usted, qué es
usted? ¿En qué mundo irreal vive para imaginarse que en su beneficio voy a
desprenderme de una parte de mi tierra, de mi casa, de mi corazón? ¡Sí, claro,
voy a trocear mi diamante! ¡Intente seguir con su maldita reclamación! ¡No
obtendrá ni esto! —Y le dio con el pie a uno de los pedazos de papel en
el suelo.
Searle recibió boquiabierto esta andanada. Volviéndose
luego, fue a sentarse en un banco adosado a la pared y se rascó atónito la
frente. Consulté mi reloj y agucé el oído por si se escuchaban las ruedas de
nuestro carruaje.
El señor Searle prosiguió:
—¿No era suficiente con que conspirara contra mis
derechos? ¿Necesitaba venir a mi mismísima casa para pervertir a mi hermana?
Searle se llevó las dos manos a la cara.
—¡Ah, ah, ah! —bramó amortiguadamente.
La señorita Searle cruzó la estancia rápidamente y se
puso de rodillas a su lado.
—¡Márchate a la cama, idiota! —aulló su hermano.
—Querido primo —dijo la señorita Searle—, ¡es cruel que se vea forzado a pensar así de nosotros!
—¡Oh, desde luego nunca dejaré de pensar en usted! —dijo.
Y con una mano acarició la cabeza femenina. —¡Yo creo que usted no ha hecho
nada malo! —musitó ella.
—Me he esforzado cuanto he podido —volvió a la carga
su hermano—. Pero es notable tontería fingir amistad cuando esta abominación se
interpone entre nosotros. Fue usted bienvenido a mi comida y a mi bebida, pero
me admira que fuera capaz de tragarlas. ¡Ver eso me estropeó el apetito a mí! —exclamó
el furioso hombrecillo, con una risotada—. ¡Proceda con su
>demanda judicial! Mi gente en Londres ya ha
recibido instrucciones y está preparada.
—Me da en la nariz —le dije a Searle— que su demanda
ha prosperado mucho desde que usted la dejó por inviable.
—¡Ajá! ¡O sea que no finge usted ignorancia! —Y sacudió
hacia mí su llameante chevelure—.
¡Es muy amable de su parte dejarla por inviable! —Y se rió sonoramente—:
¡Quizá también deje usted por inviable a mi hermana!
Searle permanecía sentado en una suerte de derrumbamiento,
mirando de hito en hito a su oponente.
—¡Ah, hombre miserable! —gimió por último—. ¡Yo creía
que habíamos llegado a ser bonísimos amigos!
—¡Anda ya, majadero! —gritó nuestro anfitrión.
Searle no dio muestras de oírlo:
—¿Espera usted en serio —continuó, lenta y penosamente—,
espera usted en serio... que... que me defienda... y demuestre que no he hecho
nada indecente? Piense usted de mí lo que quiera. —Y se puso, con esfuerzo, en
pie—. ¡Me basta con saber lo que usted pien
sa! —agregó para la señorita Searle.
Las ruedas del carruaje resonaron sobre la grava, y en
el mismo momento un lacayo descendió por las escaleras con nuestras dos
maletas. El señor Tottenham lo
seguía con nuestros sombreros y abrigos.
—¡Santo Dios! —exclamó el señor
Searle—. ¿No irán ustedes a marcharse? —Esta exclamación, dadas las circunstancias,
tuvo una grandiosa comicidad que— me movió a estallar en una ruidosa carcajada—.
¡A fe mía! —rectificó—. Ya lo creo que se marchan.
—Quizá estaría bien —dijo la señorita Searle, con un
gran esfuerzo inexpresablemente enternecedor viniendo de alguien para quien visiblemente los grandes esfuerzos
eran nuevos y extraños— que revele lo que mi pobre notita contenía.
—¡El asunto de su nota, señorita —dijo su hermano—,
es cosa que ya arreglaremos entre usted y yo!
—Déjeme poder imaginarme su contenido —dijo Searle.
—¡Ah, ya se han imaginado aquí demasiadas cosas sobre su contenido! —replicó
ella con franqueza—. Tan sólo se trataba de una palabra de aviso. Yo sabía que
algo penoso iba a sobrevenir.
Searle se hizo con su sombrero.
—Nunca olvidaré —le dijo a su pariente— ni las penas
ni los placeres de este día. Conocerla a usted —y le tendió la mano a la
señorita Searle— ha sido el placer de los placeres. Esperaba que algo más
habría nacido de ello.
—¡Demasiado ha nacido ya de ello! —dijo inconteniblemente
nuestro anfitrión.
Searle lo miró serenamente, casi benignamente, de la
cabeza a los pies; y después, cerrando los ojos con pinta de súbito malestar
físico, dijo:
—¡Eso mismo opino yo! No puedo aguantarlo más.
Lo tomé del brazo y traspusimos el umbral. Cuando
salíamos oí a la señorita Searle prorrumpir en un torrente de sollozos.
—¡Aún sabremos el uno del otro, presumo! —gritó
nuestro anfitrión, hostigando nuestra retirada.
Searle se detuvo, volviéndose hacia él cortantemente,
casi fieramente.
—¡Ah, iluso! —exclamó.
—¿Pretende que no se querellará? —chilló el otro¡Lo
obligaré a querellarse! ¡Lo llevaré a rastras ante el tribunal y será
derrotado, derrotado, derrotado! —Y su verbo cordial siguió resonando en
nuestros oídos mientras nos alejábamos.
Nos dirigimos, naturalmente, a la pequeña posada junto
al camino de la cual habíamos partido por la mañana tan exentos, en toda la
ancha Inglaterra, lo mismo de enemigos que de amigos. Mi acompañante, mientras
el carruaje rodaba por el camino, parecía enteramente abrumado y exhausto.
—¡Qué horrible y hermoso sueño! —se lamentaba
confusamente—. ¡Qué extraño despertar! ¡Qué largo, largo día! ¡Qué espantosa
escena! ¡Pobre de mí! ¡Pobre mujer! —En cuanto hubimos vuelto a tomar posesión
de nuestras dos pequeñas habitaciones vecinas, le pregunté si la nota de la
señorita Searle había sido el resultado de algo que hubiera pasado entre ellos
cuando se fue a reunirse con ella—. La hallé en la terraza —dijo—, paseándose
inquieta a la luz de la luna. Yo me encontraba enormemente excitado; apenas sé
lo que dije. Le pregunté, creo, si sabía la historia de Margaret
Searle. Pareció asustada
y preocupada,
y utilizó las mismas palabras que su
hermano había empleado. “Yo no sé nada.” A la sazón, extrañamente, me sentía
como borracho. Permanecí junto a ella y le conté, con gran énfasis, cómo la
buena de Margaret Searle se
había casado con un extranjero menesteroso, todo ello obedeciendo a su corazón
y desafiando a su familia. Mientras yo hablaba, la plateada luz de la luna
pareció envolvernos, de tal forma que estábamos en un sueño, en un lugar
deshabitado, en un mundo aparte. Ella se volvió más joven, más bella, más
grácil. Yo vibré con una divina locuacidad. Antes de que me diera cuenta, ya
había ido demasiado lejos. ¡Estaba cogiéndole la mano y llamándola
“Margaret”! Ella había dicho que era
imposible, que no podía hacer nada, que era una idiota, una niña, una dominada.
Luego, con repentina convicción profunda, hablé de mi reclamación sobre la
heredad. “¿Es cierta, pues?”, dijo. “Es cierta”', respondí, “pero renuncio a
ella. ¡Sea generosa! ¡Páguemelo con su corazón!” Por un momento su rostro se
puso radiante. “¡Si me caso con usted”, exclamó, “eso arreglará el problema!” “En
nuestro matrimonio”, afirmé, “el problema se fundirá como una gota de lluvia
en el océano”. “¡Nuestro matrimonio!”, repitió ella maravillada; pero la
profunda, profunda resonancia de su voz semejó hacer añicos la estructura de
cristal de nuestra ilusión. “¡Debo meditarlo, debo meditarlo!”, dijo; y se
alejó corriendo con la cara escondida entre las manos. Anduve de un lado para
otro por la terraza durante unos momentos, y luego entré en la mansión y me
encontré con ustedes. ¡Esa es la única hechicería que he usado!
El pobre tipo estaba a la vez tan excitado y tan extenuado
por los acontecimientos del día que barrunté que podría dormir muy poco.
Consciente por mi parte de que yo no podría pegar ojo, sólo me desvestí parcialmente,
avivé el fuego y me senté a escribir un rato. Oí cómo el gran reloj del pequeño
recibidor abajo daba las doce, la una, la una y media. Justo cuando la
vibración de esta última campanada moría en el ambiente, la puerta que
comunicaba mi habitación con la de Searle se abrió de par en par y mi compañero
apareció en el umbral, pálido como un cadáver, en camisa de dormir, cual un
espectro recortado contra la oscuridad que había a sus espaldas.
—¡Míreme bien! —dijo, en voz baja—, ¡pálpeme, abráceme,
reveréncieme! ¡Ante usted tiene a un hombre que ha visto a un fantasma!
—Válgame el cielo, ¿qué quiere usted decir?
—¡Escríbalo! —insistió—. Ea, tome su pluma. Póngalo
en terribles palabras. ¡De todas las historias de fantasmas hágala la más
fantasmal, la más real! ¿Qué aspecto tengo? ¿Parezco humano? ¿Parezco pálido?
¿Parezco rojo? ¿Estoy hablando en inglés? ¡Una mujer! ¡Un fantasma! ¿Para qué
nací? ¿Para qué he vivido? ¡Para ver un fantasma!
Confieso que me invadió, por contagio, un gran
escalofrío sobrenatural. Siempre me parecerá que yo también vi un fantasma. Mi
primer movimiento —ni siquiera actualmente soy capaz de sonreírme ante ello—
fue precipitarme hacia la puerta, cerrarla violentamente y luego atrancarla
con llave, dejando afuera la hueca negrura de la que Searle había surgido.
Agarré sus dos manos: estaban húmedas de sudor. Empujé mi silla junto al fuego
y lo forcé a sentarse en ella. Me arrodillé junto a él y lo cogí de las manos
tan firmemente como me fue posible. Le temblaban y se estremecían; sus ojos
estaban inmóviles, exceptuando que las pupilas se dilataban y contraían con
fuerza extraordinaria. No hice preguntas, sino que esperé con el corazón en
la boca. Al fin habló:
—No estoy asustado, pero estoy... ¡oh,
APASIONADO! ¡Esto es vida! ¡Esto es
existir! ¡Mis nervios... mi corazón... mi cerebro! ¡Están palpitando con la
energía de una miríada de vidas! ¿No los siente? ¿No siente la vibración?
¿Está usted acalorado? ¿Está usted helado? ¡Sujéteme fuerte, fuerte, fuerte!
¡Voy a temblar hasta deshacerme en ondulaciones, ondulaciones, ondulaciones,
de tal forma que conoceré el universo y llegaré hasta mi Hacedor! —Hizo una
pausa, y después siguió—: ¡Una mujer... tan blanca como esa vela... mucho más
blanca! Vestida de azul, con una capa negra sobre la cabeza y un manguito
también negro. Joven, dolorosamente hermosa, pálida y enferma, con la tristeza
de todas las mujeres que alguna vez han amado y sufrido, reclamando y acusando
con sus oscuros ojos muertos. ¡Bien lo sabe Dios, yo nunca he hecho nada
deshonroso! Pero me tomó por mi antepasado, por el otro Clement.
Vino hasta mí aquí como habría ido hasta mí allí.
Retorciéndose las manos me habló. “¡Cásate conmigo!”, gimió. “¡Cásate conmigo
y da fin a mi oprobio!” Me erguí en la cama lo mismo que estoy erguido aquí,
la miré, la escuché... oí disiparse su voz, vi desvanecerse su figura. ¡Cielos
y tierra! ¡Y heme aquí!
No realizaré ninguna tentativa ni de explicar este
relato de mi amigo ni de refutarlo. Baste decir que de momento me rendí a la
ineludible fuerza de su gigantesca emoción. En conjunto, creo que mi propia visión
fue la más interesante de las dos. Él no vio más que el fugaz espectro
irresponsable; yo vi al ser humano fogoso tras la presencia espectral. Pese a
todo, pronto recobré el juicio lo suficiente como para sentir la necesidad de
proteger la salud de mi amigo contra las peligrosas consecuencias de la
excitación y del frío. Acordamos tácitamente que, durante aquella noche, él no
volvería a su habitación; y enseguida le hice bastante cómodo su lugar junto
al fuego. Deseando sobre todo preservarlo de los escalofríos, deshice mi cama y
lo envolví exhaustivamente en abundantes mantas y colchas. Yo ya no tenía humor
ni para escribir ni para dormir; conque apagué las luces, eché más leña y me
senté en el lado opuesto junto al hogar. Hallé una especie de solemne
pasatiempo en contemplar a mi acompañante. Silencioso, tapado y abrigado hasta
la barbilla, se sentaba rígido y erguido con la dignidad de su grandiosa
aventura. La mayor parte del tiempo sus ojos estuvieron cerrados, aunque de vez
en cuando los abría con una enorme dilatación fija y atalayaba sin pestañear el
fuego, como si viera otra vez, sin terror, la imagen de aquella añublada
muchacha. Mi amigo, con su demacrado semblante cadavérico, sus trágicas
arrugas, intensificadas por el resplandor que subía del hogar, su gacho bigote
negro, su trascendental seriedad y cierto intenso aire fantástico en las
vacilantes alteraciones de su frente, se asemejaba al visionario caballero de
La Mancha, bajo los cuidados del Duque y la Duquesa. La noche pasó enteramente
sin cruzarnos palabra. Hacia el final de ésta dormí media hora. Cuando me
desperté los pájaros ya habían comenzado a piar saludando un nuevo día. Searle
seguía sentado en la misma postura, y me contemplaba. Intercambiamos una larga
mirada; con una punzada sentí que por última vez sus relucientes ojos habían
gustado de un sueño natural.
—¿Cómo va eso? ¿Está a gusto? —pregunté.
Durante algún rato miró fijamente sin responder.
Después habló con una extraña grandilocuencia ingenua
y haciendo pausas entre palabra
y palabra, como si una voz interior
estuviese dictándoselas lentamente:
—Usted me preguntó, cuando me conoció al principio,
qué era yo. “¡Nada!”, dije; “nada”. Nada he supuesto siempre que era yo. Pero
he sido injusto conmigo mismo. ¡Soy todo un personaje! ¡Soy una gran
excepción! ¡Soy un hombre embrujado!
El sueño se había despedido de sus ojos; con una punzada
aún más honda sentí que además la cordura se había despedido de su mente. Desde
este instante estuve preparado para lo peor. En mi amigo había, empero, tal
gentileza innata y tal insobornable paciencia que al modo de ver de las
personas de su entorno probablemente lo peor llegaría sin precipitación ni
violencia. Tenía tan confirmados hábitos de mansedumbre que, en lo más hondo
de su cerebro, el proceso de desarreglo debía de llevar mucho tiempo fraguándose
sin haber encontrado un agente traicionero que transmitiera sus órdenes ni
hecho desertar a aquellas cualidades que oficiaban de apiñados y vigilantes
centinelas. La mañana empezó a darnos su plena claridad. Di por concluida
nuestra excéntrica vigilia. Searle parecía tan debilitado que le ofrecí mi
mano para ayudarlo a levantarse de la silla; él la retuvo por unos momentos después
de ponerse en pie, a causa de una manifiesta incapacidad de mantenerse en
equilibrio.
—Bien —dijo—. He visto un fantasma, pero dudo de que
llegue a vivir lo suficiente para ver otro. Pronto yo mismo seré un fantasma
tan vistoso como el mejor de ellos. ¡Me apareceré al señor Searle! Lo ocurrido
sólo puede significar una cosa: mi cercana, querida muerte.
Cuando propuse desayunar, dijo:
—¡Éste será mi desayuno! —Y sacó de su neceser un
frasquito de algún narcótico habitual. Tomó una potente dosis y se fue a la
cama. Al mediodía lo encontré otra vez en pie, vestido, afeitado y
aparentemente como nuevo—. Pobre hombre —dijo—; ahora usted tiene más de lo
que nunca había contado con tener: un camarada rondado por un fantasma. Pero
no será por mucho tiempo. —De inmediato se planteó el problema, naturalmente,
de hacia dónde dirigiríamos ahora nuestros pasos—.
Como me resta tan poco tiempo —dijo Searle—, me gustaría
ver lo mejor, exclusivamente lo mejor. —Repuse que, lo mismo desde el punto de
vista del tiempo que de la intemporalidad, yo suponía que Oxford
era lo mejor que había en Inglaterra; y hacia
Oxford consecuentemente partimos al cabo de
una hora.
De Oxford
siento escasa vocación de hablar pormenorizadamente. Para un
norteamericano tardará mucho en dejar de ser una de las supremas recompensas
del viajar. La impresión que produce, los pensamientos que genera, en una alma
norteamericana, son demasiado grandiosos y variopintos para poder expresarlos
con palabras. Parece encarnar con inimaginada completud y abrumadora masividad
uno de los etéreos y sagrados ideales del intelecto occidental: la ciudad
escolástica, el hogar señalado de la contemplación. En verdad, ningún otro
sitio de Europa, creo, arranca de nuestros corazones bárbaros una admiración
tan apasionada. Es deber de una pluma más esforzada que la mía enumerar los
espléndidos ardides de que se vale para realizar este grandioso oficio. Yo
puedo dar fe solamente del carácter avasallador de su efecto. Pasando por las
calles innúmeras en que la longitud del anverso de los canosos muros de los
colegios universitarios parece preservar un silencio antiguo, una quietud
medieval, uno siente que ésta es la más majestuosa de las ciudades. Sobre todas
las cosas, a través de todas las cosas, el gran hecho corporativo de la
Universidad predomina y penetra, al modo de alguna permanente nota grave en una
sinfonía de acordes ligeros, al modo de la medieval y mística presencia del
Imperio en la vinculada dispersión de estados independientes. El gótico
exuberante de las largas fachadas públicas de los colegios universitarios —benditos
serrallos de cultura y ocio— excita la imaginación lo mismo que los
inadornados muros de los harenes de las ciudades orientales. Dentro de sus
arqueados portales, sin embargo, uno descubre más sagrados
y menos soleados atrios
y el oscuro verdor grato y relajante
para los ojos estudiosos. Los patios verdigrises permanecen
sempiternamente abiertos con una noble y
confiada hospitalidad. La sede de las Humanidades es más invulnerable por la
admonitoria sombra de su gran reputación que por una ordenada hueste de
guardas y bedeles. Inmediatamente después de nuestra llegada mi amigo y yo
paseamos sin rumbo fijo en el temprano atardecer luminoso. Llegamos al puente
tendido bajo los muros del Magdalen College
y vimos la torre de ocho agujas, labrada en largas y finas
estrías, elevarse en sobria belleza —la perfecta prosa del gótico—, atrayendo
la mirada hacia el cielo, que lentamente agotaba el día. Traspusimos la pequeña
entrada frailuna y permanecimos en ese tenue y fantástico patio exterior,
angostado por la avasalladora presencia de la gran torre, donde los corazones
laten más aprisa y las golondrinas anidan más amorosamente entre la enmarañada
hiedra, me pareció, que en ningún otro lugar de Oxford.
Desde allí pasamos al gran claustro y estudiamos las descarnadas
imágenes de piedra a lo largo del entablamento de la arcada, que transmiten al
risueño presente los sombríos caprichos de los fundadores. Me complació ver
que Searle se mostraba extraordinariamente interesado; pero bien pronto
comencé a temer que la influencia del lugar resultara demasiado fuerte para su
desequilibrada imaginación. Me es lícito afirmar que a partir de este
instante, en mi infeliz amigo, hallé difícil distinguir entre las piruetas de
la fantasía y los frutos de la reflexión, y trazar la frontera entre percepción
y espejismo. Ya antes le había agradado trocar su identidad por la del
pretérito Clement Searle; ahora
empezó a hablar casi constantemente como desde la imaginada personalidad de su
antepasado del Viejo Mundo.
—Éste fue mi colegio universitario, ¿sabe? —dijo—: el
más noble de todo Oxford. ¡Cuántas
veces he medido este dulce claustro, lado a lado con algún amigo! Mis amigos
están todos muertos, pero más de un joven de los de aquí, moreno o rubio, alto
o bajo, me los recuerda. Incluso Oxford,
se dice, siente en su maciza basa los murmullos de la marea del
tiempo: ¡hay cosas que desaparecen, cosas que nacen! El mío era el antiguo
Oxford, el hermoso viejo lugar de odiosos
abusos, de rangos y privilegios. ¿Qué me importaba eso a mí, que era un
perfecto caballero y tenía los bolsillos llenos de dinero? Tenía una asignación
de dos mil al año.
Se me hizo patente, al siguiente día, que sus energías
habían principiado a menguar y que no estaba a la altura de las fatigas de
ninguna excursión prolongada. Leyó mis aprensiones en mi mirada, y se tomó la
molestia de confirmarme que estaba en lo cierto:
—Estoy bajando la colina. Gracias sean dadas al cielo
de que es una pendiente suave, revestida de césped inglés, y con un camposanto
inglés al pie.
La casi histérica emoción ocasionada en él por nuestra
aventura en Lockley Park había
dado paso a una ancha satisfacción serena, en la cual el escenario que nos
circundaba se reflejaba como en las profundidades de un lago cristalino. A
primera hora de la tarde dimos un paseo atravesando Christ—Church Meadow—¡digno
de su sonoro nombre!—, y en la ribera del río nos procuramos una barca, que yo
propulsé corriente arriba hacia Iffley, hacia “la iglesia de Iffley, la iglesia
que corona la colina”, y hacia los inclinados bosques de Nuneham, el paisaje
ribereño más dulce, uniforme y pleno de juncos que el corazón pueda anhelar.
Aquí, por supuesto, nos cruzamos a centenares con los robustos mocetones de
Inglaterra, vestidos de franela blanca y azul, inmensos, rubios, magnificentes
en su juventud, navegando lentamente corriente abajo en sus perezosas bateas,
en amistosas parejas cuando no en soledad que posiblemente fantaseaba honores
escolásticos, o remando en esforzadas tripulaciones roncamente alentadas desde
la cercana ribera. Cuando junto con esta embarcada exhibición de vigor
masculino, se piensa en el verdeante sosiego y la florida venerabilidad de los
jardines de los colegios universitarios, es imposible no considerar que la juventud
de Inglaterra tiene bien condimentada su existencia. Conforme mi compañero fue
encontrándose cada vez menos capaz de caminar, durante tres días sucesivos
frecuentamos esos variopintos jardines y pasamos luengas horas sentados en las
más verdes de sus zonas. El tiempo continuaba siendo perfecto, firmemente
sostenido de hora en hora, instando a cada una de éstas a callar en un dorado
silencio de gratitud esporádicamente interrumpido por alguna
rumorosa brisa de incredulidad. Estos
dominios escolásticos nos parecieron las cosas más bellas imaginables de
Inglaterra y los frutos más maduros y sabrosos del ideario inglés. Encerrados
en su arcaico verdor, presididos (como en el caso del New
College) por gentiles almenas de color gris plateado,
sobresaliendo entre el enredado follaje de centenarias plantas trepadoras,
llenos de fragancias y
secretos y
memorias, con alumnos tendidos estudiosamente sobre el césped
(como para ahorrarle delicadamente a éste la injuria de los tacones de sus
botas), y con la gran presencia vigilante de la fachada universitaria
previniendo gravemente contra el bullicioso mundo exterior, parecen lugares
para yacer sobre la hierba eternamente, en la venturosa convicción de que la
vida es toda ella un inmenso jardín inglés antiguo, y el tiempo una tarde
estival sin fin. Este encantado aislamiento le era especialmente grato a mi
amigo, y su conciencia de ello alcanzó el apogeo, recuerdo, en la última de
nuestras tres tardes, mientras estábamos veneradoramente sentados en el
espacioso jardín del St. John's College.
Aquí la luenga fachada universitaria se cierne sobre el césped
con un aire más efectivo de propiedad que en ningún otro lugar. Searle se
entregó a una incesante charla y verbalizó su enjambre de impresiones con una
delicada agudeza y un insólito cruce de sabiduría y chaladura que no soy capaz
de plasmar sino parcialmente. Cada estudiante que pasaba ante nosotros era tema
para una improvisada historia, y cada rasgo del lugar era pretexto para una
rapsodia lírica. A decir verdad, ahora todo el ser de mi amigo semejaba
desmandarse cada vez más con el caprichoso acto de ver; y si me hubiesen
preguntado qué sola circunstancia podría prolongar su vida, habría respondido
que la de una súbita ceguera.
—¿No es todo —demandó— una deliciosa mentira? ¿Acaso
no puede uno pensar que esto es el centro más recóndito del corazón del mundo,
donde todos los ecos de la vida corriente no llegan sino para apagarse y morir?
¡Preste atención! El aire está cargado de sofocadas voces. Está bien que haya
tales lugares, configurados en interés de necesidades artificiales: inventados
para satisfacer a los ratones de biblioteca anhelosos de un medio en el cual se
pueda soñar sin ser despertados y creer sin ser contradichos; para alimentar la
dulce ilusión de que todo está bien en este castigado mundo, todo perfecto
y redondo, maduro
y completo en este planeta plagado
de lo lastimosamente inconcluso y lo deplorablemente inempezado. ¡El mundo está
hecho, el trabajo está terminado! ¡Ahora, a descansar tocan! ¡Inglaterra está a
salvo! ¡Ahora, a por Teócrito y Horacio, a por el césped y el cielo! ¡Qué
sensación da todo ello de la armoniosa vida en Inglaterra, y cuán esencial
factor de la educada conciencia británica se omite cuando no se piensa en
Oxford! Por fortuna tuvieron el buen sentido
de enviarme aquí en otra era. No soy mucho gracias a ello, tal vez; pero ¿qué
habría sido yo sin ello? Todos estos años los brumosos chapiteles y torres de
Oxford, que se ven lejísimos desde el suelo,
han sido una de las cosas fieles que he recordado. Honradamente, ¿qué hace
Oxford por esta nación? ¿Se ha vuelto más
sabia, más gentil, más rica, más astuta? En determinados momentos, cuando su
masivo influjo inunda mi alma cual una ola de marea, siento cierto daño por la
conmoción; suplico a las aguas con apasionada voz. Mi espíritu retrocede al
desnudo telón de fondo de nuestra propia aparición, la blanca pared vacía ante
la cual desempeñamos nuestros papeles. Apruebo todo aquello con una especie de
furioso sosiego; me someto a ello con inflexible orgullo. Somos amamantados en
el polo opuesto. Desnudos venimos a un mundo desnudo. Hay una cierta grandeza
en la ausencia de mise en scène,
un cierto carácter heroico en esas infantiles imaginaciones
occidentales que no encuentran entre sus manos nada hecho, que tienen que
confeccionar sus propias tradiciones y levantar alto en nuestro aire mañanero,
con sonoro martillo y clavos, los castillos donde moran.
Noblesse oblige; Oxford
obliga. ¡Qué horrible no satisfacer las obligaciones contraídas
aquí! Si pagas la piadosa deuda hasta el último penique de interés, recibes
sobre la frente su gran bendición; pero, si la dejas impagada, quedas muchísimo
más anuladoramente desacreditado, entiendo, que los más iletrados e ignaros de
los norteamericanos. ¡Pero, para bien o para mal, en lo más hondo de miríadas
de corazones, piense cómo debe de ser amada Oxford!
¡Cómo parece adorarla abiertamente el juvenil sentimiento de la
humanidad! Piense en las jóvenes vidas que ahora están tomando color en sus
pasillos y claustros. Piense en las historias seculares de muchachos muertos:
muertos lo mismo con el acabamiento de los días de juventud en que estos
lugares eran un mundo presente que con el final de existencias más prolongadas
que un escenario natal más acaparador ha incorporado a su populosa historia.
¿Con qué matan el rato aquellos dos jóvenes que están allí sobre la hierba? Uno
tiene la Saturday Review; el otro... ¡a fe mía, el otro tiene un
Artemus Ward! ¿Dónde
viven, cómo viven, para qué fin viven? ¡Miserables jovenzuelos! ¿Cómo son
capaces de leer a Artemus Ward
bajo aquellas ventanas isabelinas? ¿Qué es lo que usted considera
lo más precioso de todo Oxford? La
poesía de ciertas ventanas. ¿Ve aquélla, allá lejos, en el segundo de los dos
miradores más bajos, con el parteluz roto y los postigos abiertos? Ésa era la
ventana de mi Pílades particular hace cien años. Recuérdeme que le cuente a usted la historia de ese
parteluz roto. No alegue que no es corriente tener el Pílades propio en otro
colegio universitario. Por favor, ¿estaba obligado yo a hacer lo corriente? Él
era un tipo encantador. A propósito, se parecía bastante a usted. ¡Por supuesto
se diferenciaba en el sombrero de tres picos, su pelo largo con una cinta
negra, el traje de terciopelo canela y su chaleco floreado! Los caballeros llevábamos
espada.
En la extremosa magnilocuencia de mi amigo había algo
sorprendente e impresionante. El pobre flâneur
descorazonado se había vuelto rapsoda y vidente. En particular me
llamaba la atención que hubiese dejado a un lado el apocamiento y la huraña
timidez que lo habían caracterizado durante los primeros días de nuestra
amistad. Cada vez se transformaba más en un incorpóreo observador y crítico:
el caparazón de los sentidos, al hacerse diariamente más transparente y tenue,
transmitía sin mengua la vibración de su exaltado espíritu. Desveló una
inesperada habilidad para trabar amistad con los togados ociosos a quienes
encontrábamos en nuestras peregrinaciones sin rumbo fijo. Si yo lo dejaba
durante diez minutos, estaba seguro de hallarlo, a mi vuelta, en profunda
conversación con algún afable aprendiz de erudito. Diversos jóvenes con quienes
así había entablado relación lo invitaron a sus habitaciones y lo recibieron,
según colegí, con atolondrada hospitalidad. En cuanto a mí, preferí no estar
presente en tales reuniones: las rehuía, en parte para no ser considerado en
grado alguno responsable de sus desvaríos, en parte para no asistir a la penosa
agravación de éstos que me temía que podría ser desencadenada por el champaña y
las compañías juveniles. Él me relataba estas aventuras con menor elocuencia
que la que yo había esperado que usaría; pero, en términos generales, sospecho
que un cierto método en su locura, una cierta firmeza en su más blanda
bonhomie, le habían granjeado un
absoluto respeto. Dos cosas, empero, se hicieron evidentes: que bebía más
champaña de lo debido y que la inmadura tosquedad de sus anfitriones propendía,
si lo reflexionaba, a deteriorar en su mente la imagen de pureza de
Oxford. Al mismo tiempo esto completaba su
conocimiento del lugar. Cenó en el paraninfo de media docena de colegios
universitarios, aludiendo después a estos banquetes con una suerte de escrupulosa
concisión y fruición. Una noche, al término de uno de tales convites, volvió al
hotel en un carruaje, acompañado de un estudiante amistoso y un médico, y parecía
mortalmente pálido y exhausto. Al levantarse de la mesa se había desvanecido y
había permanecido tan rígidamente inconsciente como para infundir gran alarma
al resto de los comensales. Las siguientes veinticuatro horas, naturalmente,
las pasó en cama; pero al tercer día dijo estar lo suficientemente fuerte como
para salir a pasear. Al llegar a la calle sus fuerzas volvieron a abandonarlo,
conque insistí en que retornara a su habitación. Con lágrimas en los ojos él me
rogó que no lo encerrara.
—Es mi última oportunidad —dijo—. Quiero volver a
aquel jardín del St. John’s College
durante una hora. Mire y sienta yo; pues mañana moriré.
Se me antojó posible que con una silla de ruedas se
pudiera llevar a cabo la expedición. Por lo visto, el hotel poseía tal
artilugio: lo sacaron inmediatamente. Entonces se hizo necesario que tuviéramos
una persona que empujara la silla. Como no había nadie disponible en aquel
establecimiento, ya estaba yo a punto de realizar ese oficio; pero, justo
cuando Searle se hubo sentado y abrigado (ahora sentía frío continuamente), un
hombre mayor surgió del sitio donde estaba al acecho cerca de la puerta y,
tras un ceremonioso saludo, se ofreció a cuidar del caballero. Asentimos, y
solemnemente procedió a hacer avanzar la silla. Lo reconocí como un sujeto a
quien, de tanto en tanto durante nuestra permanencia, había observado haraganear
tímidamente cerca de la entrada del hotel con un melancólico aire de buscar
algún empleo y una desesperanzada duda de llegar a encontrarlo. En una ocasión,
por cierto, de un modo medio cohibido, se había ofrecido como principiante
cicerone para
un recorrido por los colegios universitarios; y ahora, mientras lo
miraba, recordaba yo con una punzada haber declinado sus servicios con
desconsiderada aspereza. Desde entonces, por lo visto, su cohibición había
disminuido, o había aumentado su miseria; pues era con una extraña avidez
inflexible como ahora se consagraba a nuestro servicio. Era una lastimosa
imagen de raída gentileza y del deslustre de las “circunstancias menguadas”.
Infundía una inusitada contundencia a la palabra “andrajoso”. Tendría,
supongo, unos cincuenta años; pero su pálido, macilento, malsano rostro, el lastimero,
encorvado porte, y la irremisible ruina de su vestimenta, parecían acrecer el
peso de sus días y tribulaciones. Sus ojos estaban debilitados de vista e inyectados
en sangre, la distinguida nariz se veía morada, y su barba rojiza,
profusamente entreverada de gris, se encrespaba debido a un mes de pesimista
desuso de la cuchilla. De todo este enmohecido abandono se desprendía una
patente certidumbre de que nuestro amigo había conocido mejores días.
Claramente, había sido víctima de alguna fatal depreciación, en el mercado de
valores, de la gentileza pura. Había habido algo terriblemente patético en el
modo como su ademán de llevarse la mano al pringoso borde de su desvencijado
sombrero se había transmutado impetuosamente en la acabada y teatral
reverencia con que un garboso hombre de mundo saludaría a un igual.
Intercambiando con él algunas palabras mientras avanzábamos, me llamó la
atención el perfecto refinamiento de su tono y manera de hablar.
—Lléveme por algún camino largo que dé muchos rodeos —dijo
Searle—, para que pueda ver el mayor número posible de muros de colegios
universitarios.
—¿Sabe usted deambular sin extraviarse? —le dije yo a
nuestro servidor.
—Debería ser capaz de ello, señor —dijo, tras un
momento, con turbada seriedad. Y cuando pasábamos ante el Wadham
College agregó—: Éste era mi colegio
universitario.
Ante estas palabras Searle le ordenó que
se detuviera y diera la vuelta para
verlo de frente.
—¿Dice usted que era su colegio universitario? —demandó.
—Acaso Wadham reniegue de mí, señor; pero el cielo no
permita que yo reniegue de Wadham. ¡Si me deja que lo lleve dentro del patio,
le mostraré las ventanas tras las cuales viví hace treinta años!
Searle lo miró de hito en hito, llenos de asombro y
piedad sus enormes ojos pálidos, que ahora habían llegado a usurpar el puesto
más destacado en su consumido semblante.
—Si tiene usted la amabilidad —dijo con inmensa
deferencia. Pero cuando este descarriado hijo de Wadham estaba a punto de
empujarlo a través del umbral del patio, él se volvió, separó las mercenarias
manos del respaldo de la silla, lo instó a caminar a su lado y me interpeló—:
Mientras estemos aquí, mi querido amigo —dijo—, tenga a bien hacer usted este
servicio. ¿Me comprende? —Le dirigí una sonrisa de aceptación a nuestro
acompañante y reanudamos nuestro camino. Éste último nos mostró su ventana de
treinta años atrás, donde un sonrosado joven con un batín escarlata estaba
ahora fumando un pitillo junto a las hojas abiertas de la misma. De aquí
pasamos al jardincillo, el más pequeño, creo, y con certeza el más dulce de todos
los rincones plantados de Oxford.
Empujé la silla hasta un banco sobre el césped, la volví hacia la
fachada del colegio universitario y me senté al lado sobre la hierba. Nuestro
servidor se balanceó tristemente sobre uno y otro pie. Searle lo miraba
boquiabierto. Al cabo espetó—: ¡Válgame Dios, señor, no supondrá que espero
que se quede de pie! Hay un banco vacío.
—Gracias —dijo nuestro amigo,
doblando sus articulaciones para sentarse.
—¡Ustedes los ingleses —dijo Searle— son...
impayables! ¡No sé si admirarlos o
vituperarlos! Ahora dígame: ¿quién es usted?, ¿qué es usted?, ¿qué lo condujo a
esto?
El pobre tipo se ruborizó hasta la raíz del cabello,
se quitó el sombrero y se enjugó la frente con un pañuelo harapiento. Y
respondió:
—Me llamo Rawson, señor. Todo lo demás es una larga
historia.
—Lo pregunto por simpatía —dijo Searle—. ¡Experimento
un sentimiento de compañerismo! Usted es un pobre diablo; yo soy un pobre
diablo también.
—Yo soy el diablo más pobre de los dos —dijo el extraño
con un pequeño movimiento categórico de la cabeza.
—Es posible. Supongo que un pobre diablo inglés es el
más pobre de todos los pobres diablos. Y además usted ha caído desde muy alto.
¡Del Wadham College en calidad
de caballero plebeyo (¿es así como los llaman a ustedes?) al Wadham
College para empujar una silla de ruedas!
¡Santo cielo, amigo; la caída debió de ser más que suficiente para matarlo!
—No ocurrió toda de golpe, señor. Caí un poco una vez,
otro poco otra, y así.
—¡Ése soy yo, ése soy yo! —exclamó Searle, batiendo
palmas.
—Pero ya —dijo nuestro amigo— creo que no puedo caer
más bajo.
—Querido camarada —y Searle le cogió la mano y se la
estrechó—, hay una perfecta similitud en nuestros destinos.
El señor Rawson levantó las cejas, y exclamó:
—¡Exceptuando la diferencia que hay entre estar
sentado en una silla muy agradable y sólo renquear detrás de la misma!
—Ah, yo estoy en mi última boqueada, señor Rawson.
—Yo estoy en mi último penique, señor.
—¿Literalmente, señor Rawson?
Con la cabeza el señor Rawson hizo un ademán pesaroso,
que dio a entender una infinitud de desesperada amargura.
—Prácticamente he llegado al punto —dijo— de beber
cerveza y apretarme el cinturón en sentido metafórico; pero en realidad no se
trata de ninguna metáfora.,
Temiéndome que la conversación había tomado un sesgo
que podría parecer proyectar una luz más bien fantasiosa sobre las congojas del
señor Rawson, me tomé la libertad de preguntarle con gran seriedad cómo se
ganaba la vida.
—No me gano la vida —respondió, con lágrimas en los
ojos—. No logro ganar para vivir. Tengo esposa y tres hijos, y todos se mueren
de hambre, señor. No podría usted creerse hasta dónde he llegado. Envié a mi
esposa a casa de su madre, quien apenas si puede permitirse mantenerla, y hace
una semana me vine a Oxford pensando
que podría conseguir unas pocas medias coronas enseñándole los colegios
universitarios a la gente. Pero es inútil. No les doy la confianza suficiente.
No parezco honrado. Quieren un viejecito agradable con guantes negros,
y camisa limpia,
y bastón con puño de plata. ¿Acaso
doy la impresión de saber algo de Oxford,
señor?
—¡Cielos —exclamó Searle—, ¿por qué no nos habló
antes?!
—Quise hacerlo; media docena de veces he estado a
punto. Sabía que eran ustedes norteamericanos.
—¡Y los norteamericanos son ricos! —exclamó Searle,
riéndose—. Mi querido señor Rawson: por muy norteamericano que yo sea, estoy
viviendo de la caridad.
—¡Pero yo no, señor! Helo ahí. Yo estoy muriendo de
falta de la misma. Usted dice ser pobre; pero a un norteamericano pobre le cabe
ir por ahí en una silla de ruedas. Estados Unidos es un país
gratificante.
—¡Ay de mí! —gruñó Searle—. ¡Haberme venido hasta los
jardines del Wadham para tener que oír tal elogio de Yanquilandia!
—Los jardines del Wadham están muy bien —dijo el señor
Rawson—; pero aquí uno puede sentarse hambriento y harapiento, siempre que no
esté excesivamente harapiento, del mismo modo que en cualquier otro lugar. No
me persuadirá usted de que no es más fácil mantenerse a flote allá que aquí.
¡Desearía estar en Yanquilandia, ésa es la verdad! —agregó el señor Rawson, con
una especie de delirante energía. Después, ensimismándose un momento en sus
desdichas, continuó—: ¿Tiene usted un hermano engreído rico, señor? ¿O usted,
señor? Eso no les ha ocurrido a ustedes. ¡Pero me ha ocurrido a mí con creces!
Harapiento como estoy sentado aquí, tengo un hermano con una renta de cinco mil
al año. Siendo solamente un par de años mayor que yo, él rebosa mientras yo
fenezco. ¡Ahí tienen ustedes lo que es Inglaterra! ¡Un país muy bonito
para él!
—¡Pobre Inglaterra! —dijo Searle amortiguadamente.
—¿No lo ha socorrido nunca su hermano? —pregunté.
—¡Un billete de veinte libras de tarde en tarde! No
digo que no haya habido veces que he puesto fatigosamente a prueba su
generosidad. No fui lo que debí ser. Me casé muy fuera de mi clase social. Pero
lo peor es que él empezó bien y yo mal: con los gustos, los deseos, las
necesidades, la sensibilidad de un caballero... ¡y nada más! ¡No puedo
permitirme vivir en Inglaterra!
—Hace un par de meses —dije— este caballero pobre
reflexionó que no podía permitirse vivir en Estados Unidos.
—¡Yo haría con él un intercambio de situaciones! —Y el
señor Rawson se dio una vehemente palmada en la rodilla.
Searle se recostó en su silla con los ojos cerrados y
el semblante contraído de violenta emoción. De pronto abrió los ojos con una
mirada de terrible gravedad.
—¡Amigo mío —dijo—, usted es un completo fracasado!
¡Analícese bien! No hable de intercambios de situaciones. No hable de buenos
comienzos y malos comienzos. Estoy atravesando un momento que me da derecho a
hablar sobre ello. El convertirnos en un éxito a nosotros mismos no depende de
situaciones ni de comienzos... ni de nada que un hermano pueda hacer o dejar de
hacer. ¡Depende de nuestro carácter! Usted y yo, señor, no hemos tenido ningún
carácter: ¡eso está clarísimo! Hemos sido débiles, señor: tan débiles como el
agua. Y aquí estamos, mirándonos recíprocamente a la cara y leyendo en
nuestros ojos la debilidad. ¡No tenemos ninguna envergadura!
El señor Rawson acogió este discurso con un
continente en el que un sincero asentimiento
se mezclaba extrañamente con una vaga sospecha de que un adecuado autorrespeto
le exigía ofenderse ante aquella poco halagadora franqueza. En cuestión de un
minuto el adecuado autorrespeto se rindió ante la confortadora sensación
cálida de sentirse comprendido, aunque ello implicara un leve deshonor.
—Siga, señor, siga —dijo—. Es una edificante verdad. —Y
se enjugó los ojos con su sucio pañuelo.
—¡Santo cielo! —exclamó Searle—. Lo he
hecho llorar. ¡Bueno!, aquí hablamos de hombre a hombre. Celebraría
poder pensar que por un momento ha sentido usted la luz del gran amanecer del
espíritu que precede a... que precede al grandioso esclarecimiento de la
muerte.
Durante unos instantes el señor Rawson permaneció silencioso,
con la mirada fija en el suelo y su bien perfilada nariz aún más intensamente
coloreada por la fuerza de la emoción. Después, alzando la vista, dijo
finalmente:
—Usted es un hombre muy amable, señor; y no me
persuadirá de que no proviene de una raza amable. Diga usted lo que dijere
sobre intercambios de situaciones, cuando un hombre tiene cincuenta años (degradado,
arruinado, y marido
y padre) una oportunidad para
ponerse de nuevo en pie no es para despreciarla. Algo me dice que la suerte me
aguarda en su país, la gran tierra de las oportunidades. Puedo malvivir aquí,
por supuesto; pero no quiero malvivir. Córcholis, señor, quiero vivir bien.
Todavía veo treinta años de vida ante mí. ¡Ojalá pudiera, con la ayuda de
Dios, pasarlos allá! Es una idea fija en mí. La he tenido durante todos estos
últimos diez años. No es que yo sea un radical. ¡Lejos de ello! La querida
Inglaterra es lo bastante buena para mí, pero yo no soy lo bastante bueno para
Inglaterra. Soy un hombre harapiento que quiere salir de una estancia llena de
caballeros inquisitivos. Continuamente me hacen sonrojarme. Es un absoluto
tormento espiritual. Todo me hace recordarme a mí propio cuando era más joven
y vivía en mejores circunstancias. ¡Cuánto agradecería una refrescante zambullida
purificadora en lo que desconozco y me desconoce! Sueño despierto pensando en
ello.
Searle cerró los ojos y se estremeció con un prolongado
temblor que difícilmente supe si tomarlo como expresión de dolor físico o
espiritual. Al momento vi que no era ninguna de ambas cosas.
—¡Oh mi país, mi país, mi país! —musitó con una voz
rota; y luego permaneció abstraído y apático durante algún rato.
Hice señas a
nuestro acompañante de que era hora de que pusiéramos término a nuestra
séance, y
él, sin dudarlo, se puso al manillar de la silla de ruedas y
siguió empujándola. Hicimos la mitad del camino de vuelta hacia nuestro
alojamiento sin que Searle hablara o se moviera. Inopinadamente, en la Calle
Mayor, cuando pasábamos ante un restaurante especializado en chuletas, por
cuyas abiertas puertas salía una olorosa insinuación de carne suculenta y budines
de sebo, nos indicó que nos detuviéramos.
—Estas son mis últimas cinco libras —dijo
extrayendo un billete de la cartera—. Hágame el favor, señor Rawson, de
aceptarlas. Entre ahí y pida un almuerzo colosal. ¡Pida una botella de Borgoña
y bébasela por mi eterno descanso!
El señor Rawson se envaró y recibió el regalo con
dedos momentáneamente descontrolados. Pero el señor Rawson tenía el temple de
un caballero. Adiviné el agradable cosquilleo que sintieron las anhelosas puntas
de sus dedos al asir el crujiente papel; observé el sutil temblor de las
amoratadas ventanas de su nariz al ser cada vez más intensamente conscientes
del sabroso aroma del establecimiento. Con crispada presión estrujó el
rumoroso billete en la palma de la mano.
—¡Será de Chambertin!
—dijo, haciendo a trompicones una espasmódica reverencia. Al
momento siguiente la puerta estaba batiendo tras su paso.
De nuevo Searle se hundió en su debilitada apatía, y
al llegar al hotel lo ayudé a meterse en la cama. Durante el resto del día
yació en un estado de semisomnolencia, sin moverse ni hablar. El doctor, al
que yo tuve constantemente atendiéndolo, manifestó que se hallaba cercano su
fin. Expresó gran sorpresa de que hubiera durado tanto: durante el último mes
debía de haber estado viviendo a fuerza de exprimir inhumanamente sus pocas
energías. Hacia última hora de la tarde,
mientras yo estaba sentado al lado de su cama en el creciente crepúsculo,
él se despabiló con una resolución que vagamente yo había sentido ir
acumulándosele debajo de su estupor.
—Mi prima, mi prima —dijo confusamente—, ¿está aquí? —Era
la primera vez que hablaba de la señorita Searle desde nuestra retirada de casa
de su hermano—. Iba a casarme con ella —continuó—. ¡Qué sueño! Ese día era como
una hilera de versos: instantes rimados. Pero el último verso está mal medido.
¿Qué rima con “amor”? Dolor.
¿Era ella realmente una mujer, una dulce mujer? ¿O la soñé? Tenía
el don de sanar: su contacto habría curado mi locura. Quiero que usted haga
algo por mí. Envíe tres renglones, tres palabras: “Adiós; recuérdeme; goce.” —Y
después, tras una larga pausa, dijo—: Es extraño que una persona en mi estado
tenga deseo alguno. ¿Es imprescindible que un hombre desayune antes de su
ahorcamiento? ¡Qué criatura es el hombre!, ¡qué grotesca es la vida! Aquí
yazgo, reducido a una mera partícula de fiebre palpitante; respiro
y nada más,
¡y sin embargo todavía
deseo! Mi deseo vive. ¡Si pudiera
verla! Ayúdeme a ello y
luego ya podré morir.
Media hora más tarde, a la ventura, despaché por correo
una nota a la señorita Searle: “Su primo está muriéndose con rapidez. Pide verla.” Yo
era consciente de una cierta falta de consideración en este acto.
A ella le acarrearía un gran problema y no las fuerzas necesarias para
afrontarlo. Pero de su aflicción esperaba yo ansiosamente que le brotara
suficiente energía. Al día siguiente el debilitamiento de mi amigo era tan
absoluto que principié a temer que su entendimiento estuviese acabado para
siempre. Pero hacia el final de la tarde se reanimó un rato y habló en
murmullos sobre muchas cosas, confundiendo en un siniestro revoltijo
monomaníaco los recuerdos de las semanas pasadas y los de años pretéritos.
—Por cierto —dijo de pronto—, no he hecho testamento.
No tengo mucho que legar. De todos modos, algo sí que tengo. —Había estado
jugando lánguidamente con un gran anillo de sellar en su mano izquierda, que
ahora trataba de sacarse dándole vueltas y vueltas en vano—. Le dejo a usted
esto, si consigue sacarlo. ¡Qué nudillos más enormes! Nudillos así deben tener
las momias de los faraones. ¡Bueno, pues cuando me haya ido! No, le lego algo
más precioso que el oro: la sensación de una gran amistad. Pero me queda un
poco de oro. Acérqueme ese joyero. —Coloqué ante él sobre la cama varios
artículos de joyería, reliquias de una temprana elegancia: su reloj con cadena,
de gran valor; un medallón con marchamo; algunos preciosos botones y alfileres
de corbata. Durante unos momentos jugueteó irresolutamente con ellos,
musitando varios nombres y fechas asociados con los mismos. Al fin, levantando
la vista con súbita decisión, dijo—: ¿Qué se sabe del señor Rawson?
—¿Desea verlo?
—¿Cuánto valen estas cosas? —preguntó, sin hacerme
caso—. ¿Cuánto nos darían a cambio? —Y las sopesó en sus débiles manos—. Son
bastante pesadas. ¿Unas doscientas libras o así? ¡Soy más rico de lo que creía!
Rawson, Rawson, ¿quiere usted partir de esta terrible Inglaterra?
Me encaminé hacia la puerta y le pedí al sirviente, al
cual tenía en servicio constantemente en nuestro saloncito contiguo, que
bajara a averiguar si el señor Rawson se hallaba por el establecimiento. A los
pocos momentos volvió, haciendo pasar a nuestro raído amigo. El señor Rawson
estaba pálido, incluso en la nariz, y su agitación seria le infundía un aire de
gran distinción. Lo conduje hasta la cama. En la mirada de Searle, al posarse
sobre él, por un momento refulgió la luz de un gran saludo fraternal.
—¡Santo Dios! —dijo el señor
Rawson, sentidamente.
—Amigo mío —dijo Searle—, va a haber un norteamericano
de menos. Permitamos que al mismo tiempo haya uno de más. En el peor de los
casos, usted será tan bueno como yo. ¡Infeliz de mí! Tome estas baratijas;
deje que lo ayuden en su camino. Para mí son regalos y recuerdos, pero para
usted tendrán una utilidad mejor. ¡Que el cielo le conceda un buen viaje! Ojalá
Norteamérica sea buena con usted. ¡Sea amable, por último, con su país de
origen!
—Realmente, esto es excesivo; no puedo —protestó con
voz trémula nuestro amigo—. ¡Repóngase, cúrese, que yo me quedaré aquí!
—No, yo ya
estoy inscrito para mi viaje, usted para el suyo. Espero que no lo
afecte el navegar.
El señor Rawson exhaló un quejido de impotente gratitud,
clamando fervorosamente a propósito de tan extraña buena suerte:
—¡Esto es como el ángel del Señor —dijo— que en la
Biblia manda a las personas levantarse y huir!
Searle había tornado a recostarse en la almohada,
exhausto; yo conduje al señor Rawson de vuelta al saloncito, donde en tres
palabras le ofrecí un precio holgado por las joyas de nuestro amigo. Asintió
con perfectos modales: ellas pasaron a mi posesión y unos cuantos billetes
pasaron a la suya.
Pocas señales daba Searle de poder emerger del colapso
en que lo había precipitado esta dadivosa entrevista. Respiraba y nada más,
como había dicho él. El crepúsculo se ocultaba; encendí la lámpara de noche. El
doctor estaba sentado silencioso y solemne al pie de la cama; yo reocupé mi
constante lugar junto a la cabecera. De improviso Searle abrió enormemente los
ojos.
—No vendrá —se lamentó—. ¡Pues claro!, es una sumisa
hermana inglesa. —Transcurrieron cinco minutos. Se irguió pletórico de emoción—.
¡Ha venido, está aquí! —musitó.
Sus palabras le contagiaron a mi espíritu una certidumbre
tan absoluta que raudamente me levanté y entré en el saloncito. Al propio
tiempo, por la otra puerta del mismo, el sirviente daba paso a una dama. Una
dama, como digo; durante un instante ella fue simplemente eso: una dama, alta,
pálida, vestida de riguroso luto. Al instante inmediato exclamé su nombre:
—¡Señorita Searle! —Parecía diez
años mayor. Me recibió tendiéndome ambas manos y con un inmenso aire
interrogador en el semblante—. Él acababa de anunciarla a usted —le dije. Y
luego, con una más plena conciencia del cambio en su atuendo y continente, le
pregunté—: ¿Qué ha ocurrido?
—¡Oh, ha muerto, ha muerto! —dijo la señorita Searle—.
Ya sólo quedamos ustedes y yo.
Al escuchar sus palabras me asaltó una especie de
conmoción indignada: la impresión de un ruin escamotage de la justicia
poética.
—¿Su hermano? —demandé.
Ella había apoyado una mano en mi brazo y sentí
intensificarse su presión mientras ella hablaba:
—Salió despedido de su caballo en la hacienda. Murió en
el sitio. Han pasado seis días... ¡Seis días como seis meses!
Aceptó mi apoyo. Un momento después entramos en la
habitación y nos aproximamos al borde de la cama. El doctor se apartó por
discreción. Searle abrió los ojos y la miró de pies a cabeza. De pronto pareció
percatarse del luto femenino.
—¡Ya! —exclamó él audiblemente... con una sonrisa,
creo, de placer.
Ella se arrodilló junto a él y le tomó una mano.
—No es por ti, primo —musitó—. Sino por mi pobre
hermano.
Él vibró en todo su moribundo largor como con un
estremecimiento galvánico:
—¡Muerto! ¡ÉL muerto! ¡La vida misma personificada! —Y
luego, después de un momento, inquirió con una ligera entonación ascendente—:
¿Eres libre?
—Libre, primo. Tristemente libre.
Y ahora, ahora, ¿de qué me sirve la libertad?
Serenamente él la miró un momento a los ojos, oscurecidos
por la espesa sombra del anticuado velo de luto.
—¡Por mí —dijo— lleva trajes alegres!
Al cabo de otro instante, había llegado la muerte,
silenciosamente el doctor lo había atestiguado y la señorita Searle había
prorrumpido en sollozos.
Lo enterramos en el pequeño camposanto donde había
expresado su deseo de yacer: bajo uno de los más robustos tejos ingleses y
junto a la torrecilla que tiene un gris más suave y antiguo que ninguna otra en
toda Inglaterra. Ya ha transcurrido un año. La señorita Searle, creo, ha
empezado a llevar trajes alegres.
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