Henry James
(Nueva York, 1843 - Londres, 1916)
Un paisajista (1866)
[Otro título en español: “Un pintor paisajista”]
(“A Landscape Painter”)
Originalmente publicado en la revista The Atlantic Monthly, 17 (febrero de 1866), págs. 182–202;
Stories Revived (3 tomos)
(Londres: Macmillan & Co., 1885, vol. 2: págs. 200–252)
¿Ustedes recuerdan cómo, hará unos doce años, varios de
nuestros amigos fueron sorprendidos con la noticia del rompimiento del
compromiso entre el joven Locksley y la señorita Leary? Este evento causó
conmoción en su momento. Ambas partes eran dignas de cierta distinción:
Locksley por su riqueza, que se consideraba cuantiosa, y la joven por su
belleza, que realmente era grande. Yo solía escuchar que su orgulloso novio la
comparaba con la Venus del Milo; y, por cierto, si usted puede imaginar a la
diosa mutilada con sus miembros completos, vestida por Madame de Crinoline,
involucrada en una ligera charla bajo el candelero del salón de pintura, puede
tener una vaga noción de la señorita Josephine Leary. Locksley, como recuerdan,
era un hombre pequeño, oscuro, y no particularmente apuesto; cuando caminaba
con su prometida era sorprendente pensar que se hubiera aventurado a declararse
a una joven de proporciones tan heroicas. La señorita Leary tenía los ojos
grises y el cabello castaño que siempre le atribuí a la famosa estatua. El
único defecto en su cara, consistía en tener una expresión carente de candor y
dulzura, del todo inanimada. Lo que hubo aparte de su belleza que atrajo a
Locksley jamás lo descubrí; puesto que su compromiso fue tan corto, debió ser
solo su belleza. Dije que su compromiso duró muy poco, porque el rompimiento,
se supone, vino por parte de él. Ambos mantuvieron sabiamente su boca cerrada
respecto a este punto; pero entre sus amigos y enemigos corrieron muchas
explicaciones. La más popular entre los más allegados a Locksley era que él se
había retractado (estos eventos son muy discutidos, como usted sabe, en los
círculos de moda como una esperada lucha por un premio, y su fracaso se discute
en reuniones de otro carácter) ante la flagrante evidencia de —¿qué,
infidelidad?— y las indiscutibles pruebas de un espíritu mercenario por parte
de Miss Leary. Usted ve, nuestro amigo era considerado capaz de batallar por una
“idea”. Se debe tener en cuenta que éste era un cargo novelesco; pero, por mi
parte, habiendo conocido de tiempo atrás a Mrs. Leary, la madre, quien había
enviudado con cuatro hijas, y se le tenía por una vieja tacaña, no era
imposible que su hija mayor siguiera sus mismas huellas. Supongo que la familia
de la joven dama, por su parte, tiene una versión muy plausible de su
decepción. Sin embargo esta acabó pronto con el matrimonio de Josephine con un
caballero de expectativas casi tan brillantes como su anterior pretendiente. ¿Y
cual fue su compensación? De eso trata precisamente mi historia.
Como usted recuerda, Locksley desapareció de la vida
pública. Los eventos arriba aludidos sucedieron en marzo. Cuando lo llamé a sus
habitaciones en abril me informaron que se había ido al campo. Pero al
finalizar mayo nos encontramos. Me contó que estaba en la búsqueda de un lugar
en la costa, calmado y no muy frecuentado, donde pudiera descansar y bosquejar.
Se veía muy mal. Le sugerí Newport y recuerdo que apenas tuvo la energía para
sonreír con la simple broma. Nos despedimos sin que yo le pudiera ayudar, y por
un buen tiempo perdí su rastro. Murió hace siete años, a la edad de treinta y
cinco. Durante cinco años logró mantener su vida apartada de los ojos de los
hombres. Debido a circunstancias que no necesito referir, buena parte de sus
pertenencias personales llegaron a mi poder. Usted recordará que se trataba de
un hombre de gustos cultivados; es decir, estaba orgulloso de leer, escribía un
poco y pintaba bastante. Escribió algunos versos de aficionado, pero produjo un
buen número de excelentes pinturas. Dejó una buena cantidad de papeles sobre
diversos temas, algunos de los cuales se estiman de cierto interés. Unos pocos,
sin embargo, los valoro enormemente, —la parte que corresponde a su diario
personal—. Cubren el período entre los veinticinco y los treinta años, punto en
el cual se suspenden repentinamente. Si usted viene a mi casa le mostraré las
pinturas y los bosquejos que poseo, y confío que concuerde con mi opinión, en
cuanto a que él poseía la capacidad de un artista encantador. Mientras pondré
frente a sus ojos las últimas cien páginas de su diario, como respuesta a su
curiosidad en relación a la última mirada de la gran Némesis por su conducta
con Miss Leary —su desdén por la magnífica Venus Victrix. La reciente
desaparición de la única persona con mayor derecho sobre los objetos de
Locksley, me permite actuar sin reservas.
Choderville, junio 9 :
He estado sentado
durante unos minutos, con el estilógrafo en la mano, pensando si en esta nueva
tierra, al lado de este nuevo cielo, debo resumir esta historia de nada en
particular. Pienso que de todas maneras haré el experimento. Si fallamos, como
Lady Macbeth anotaba, fallamos. He descubierto que mis notas son más largas
cuando menos tengo que decir. No dudo que cuando esté suficientemente triste,
escribiré sin parar de mañana a noche. Si nada pasa... Pero mi alma profética
dice que pasará. Estoy determinado a que algo suceda, si no... entonces
pintaré un cuadro.
Cuando me acosté hace media hora estaba casi
completamente dormido. Ahora, después de mirar un poco por la ventana, mi
cerebro se ha refrescado inmensamente, y siento que puedo escribir hasta la
mañana. Pero desafortunadamente no tengo nada que decir. Y entonces, si quiero
levantarme temprano, tengo que volver pronto. Toda la villa está dormida,
¡incrédula metrópolis en la que estoy! Afuera las lámparas en la plaza
parpadean en el viento; nada hay más allá de casa salvo la azul oscuridad y el
olor de la marea creciente. He pasado todo el día sobre mis piernas, paseando
de un lado de la península al otro. ¡Qué inteligente es Mrs Monkhouse por haber
pensado en un lugar como éste! Debo escribirle una carta de apasionado
agradecimiento. Jamás había visto una costa pequeña tan bonita; jamás me había
dejado llevar por las olas, rocas y nubes. Estoy lleno del éxtasis de la vida,
de la luz y transparencia del aire. Estoy enamorado del ir y venir del océano;
y como supongo ahora, aún no he visto ni la mitad de él. Volví a comer
hambriento, exhausto, con los pies cansados, quemado por el sol, sucio, feliz
en resumen, más de lo que he sido en un año. Y ahora, si usted quiere, ¡por los
prodigios del pincel!
Junio 11:
Otro día a pie y sin rumbo. He
resuelto esta mañana abandonar esta pequeña y abominable taberna; no soporto mi
cama de plumas otra noche. He determinado encontrar otro prospecto diferente a
la estación del pueblo y la “drug—store”. Pregunté a mi anfitrión, después del
desayuno, sobre la posibilidad de encontrar hospedaje en una de las fincas o
casas de las afueras. Pero mi anfitrión o no sabía, o no quería tener nada que
ver con ello. De modo que decidí seguir adelante y buscar mi fortuna, vagar de
manera inquisidora por el vecindario y apelar al sentimiento nativo de la
hospitalidad. Pero nunca había visto un pueblo tan entregado a esta amable
cualidad. A la hora de comer me había rendido, desesperado. Después de la
comida, bajé al puerto, que está muy a la mano. La claridad y frescura del agua
me invitó a rentar un bote y reanudar mis exploraciones. Conseguí un viejo
bote, con un corto pedazo de mástil, el cual, ubicado en el centro, le daba a
la nave la apariencia de un champiñón invertido. Me dirigí a lo que pensé y
realmente era, una isla a cuatro o cinco millas del pueblo. Navegué por media
hora a favor del viento, hasta que arribé a una playa arrinconada de una
pequeña y calmada ensenada. ¡Una pequeña y hermosa ensenada, tan reluciente,
tan calmada, tan cálida y tan apartada de Chowderville, que quedaba a la
distancia, blanca y semicircular! Salté fuera de borda y arrojé mi ancla.
Frente a mí se erguía un empinado risco, coronado por un viejo fuerte o torre.
Inicié mi marcha, dirigiéndome hacia la entrada en tierra. El fuerte es una
concha hueca; mirando hacia arriba, desde la playa se ve el cielo azul a través
de las troneras abiertas. Su interior está lleno de rocas y zarzas y pedazos
caídos de la construcción. Escalé hasta el parapeto y obtuve una noble vista
del mar. Más allá de la bahía vi dibujados frente a mí, el pueblo y la campiña,
y además vi el infinito Atlántico, a través del cual traen las bellas cosas de
París. Pasé el resto de la tarde, paseando de aquí a allá por las colinas que
rodean la pequeña ensenada a la que había arribado, sin pensar en los minutos y
en las millas, viendo las nubes pasajeras y las velas destellantes y
revoloteadoras, oyendo el roce musical de las olas contra las piedras, pasando
el tiempo de cualquier forma. La única sensación particular que recuerdo es la
de haber sido de diez años otra vez, al tiempo de estar en un sábado por la
noche, y la libertad de ir vadeando e inclusive nadando y la sensación de
cojear hasta la casa en el atardecer con una fabulosa historia de casi haber
capturado una tortuga. Cuando retorné, encontré —aunque se muy bien qué
encontré, y no necesito repetirlo aquí para mi mortificación. El cielo sabe que
no he tenido nunca un carácter práctico. ¿Qué pensé de la marea? Ahí yacía el
viejo bote, alto y seco, la oxidada ancla sobresaliendo de las verdes y planas
piedras y del poco profundo charco dejado por la ola retirada. Mover el bote
una pulgada, más aun una docena de yardas, estaba más allá de mis fuerzas.
Lentamente volví a escalar el risco, para poder mirar desde su cumbre si había
alguna ayuda disponible. Nada había a la vista, y cuando ya estaba dispuesto a
bajar en el más profundo desaliento, vi un pequeño velero salir detrás de un
acantilado vecino y avanzar a lo largo de la costa. Apresuré el paso. Al llegar
a la playa encontré al recién llegado parado a unas cien yardas. El hombre
frente al timón parecía mirarme con cierto interés. Con un ruego mudo porque su
disposición no parecía hostil —no se veía como un isleño salvaje— lo invité
mediante un llamado y por gestos a acercarse a un punto de las rocas a una
corta distancia de los dos, donde me le reuní. Le conté mi historia y me llevó
pronto a bordo. Se trataba de un viejo caballero civilizado, del tipo de los
marinos, que aparentemente navegaba con la brisa del atardecer por puro placer.
Al llegar a tierra visité al propietario de mi viejo bote, le conté mi
desafortunada aventura y me ofrecí a pagar los daños si había que sacar el bote
en la mañana en caso de lograr mantenerse a flote. Mientras tanto, supongo, se
mantenía seguro contra el siguiente oleaje, aunque fuera violento.
Pero para mi viejo caballero tenía una gratificación, o
me haría su amigo. Le di un excelente cigarro y antes de llegar a casa nos
hicimos muy íntimos. A cambio me dio su nombre; y en el tono de su voz había
algo que implicaba que yo llevaba la peor parte en el intercambio. Su nombre es
Richard Quarterman, “aunque mucha gente”, agregó, “me llama Cap'n por respeto”.
Entonces procedió a preguntar por mis títulos y pretensiones. No le mentí, pero
le conté la verdad a medias; y si mentalmente escogió ser indulgente en algunos
románticos sobrentendidos, entonces, sea bienvenido y ¡bendito sea su simple
corazón! El hecho es que yo simplemente rompí con el pasado. Decidí, fresco y
calmado, como creía que era necesario para mi éxito o por lo menos para mi
felicidad, abjurar por un tiempo de mi ser convencional y asumir un carácter
simple y natural. ¿Cómo puede un hombre, conocido por sus riquezas, ser simple
y natural? Esta es la razón suprema. Es suficientemente malo tenerlas; ser
conocido por tenerlas, ser conocido sólo por tenerlas es peor aún. Supongo que
soy orgulloso por ser suficientemente rico. Déjenme ver como la pobreza sirve a
mis propósitos. He emprendido un nuevo inicio; he determinado levantarme sobre
mis méritos. Si me fallan, caeré de espaldas sobre mis dólares, pero con la
ayuda de Dios, los probaré y veré de qué estoy hecho. Ser joven, fuerte y
pobre, es la base más sólida para el éxito en este sagrado siglo diecinueve. He
decidido tomar al menos un pequeño sorbo de las fuentes de inspiración de mi
tiempo. Le contesté al Capitán Quarterman con las reservas que estos principios
me dictaban. ¡Qué lujo el pasar en la mente de un pobre por su hermano! Comencé
a respetarme a mí mismo. Esto es lo que el Capitán sabía: que soy un hombre
educado, con un gusto por la pintura; que he venido acá con el propósito de
estudiar y hacer bosquejos de vistas de la costa; ponerme a tono con el aire
marino. Tengo razones para pensar, además, que me cree de recursos limitados y
de costumbres frugales. ¡Amén! Vogue la galère! Pero el meollo de mi
historia radica en su muy hospitalario ofrecimiento de alojamiento —le había
contado en la mañana de mi deseo de éxito en la consecución de las misma. El es
una extraña mezcla de caballero de la vieja guardia y de impulsivo capitán
mercante.
“Joven”, me dijo, después de tomar varias aspiraciones
meditativas de su cigarro. No veo la razón para que usted viva en la taberna
cuando hay tanta gente alrededor suyo con más espacio en la casa del que
necesitan. La taberna es solo media casa, al igual que estas nuevas naves
impulsadas por hélices son medios barcos. Suponga que usted da una vuelta y
mira mi vivienda. Yo poseo una propiedad muy respetable por allá, a la
izquierda del pueblo. ¿Ve ese viejo muelle con las bodegas medio destruidas, y
la larga fila de olmos detrás? Yo vivo en medio de los olmos. Tenemos el más
adorable jardincito del mundo, que va hasta el borde del agua. Es tan tranquilo
como el patio de una iglesia. Las ventanas de atrás, usted sabe, tienen vista
al muelle, y usted puede ver hasta veinte millas de la bahía, y cincuenta hacia
el mar. Puede pintar todo el día, sin miedo a ser molestado, como si estuviera
en aquella embarcación ligera. No hay nadie más aparte de mí mismo que mi hija,
quien es una perfecta dama. Ella enseña música en un colegio para señoritas.
Como suelen decir, el dinero es lo de menos. Nunca hemos tenido huéspedes,
porque nadie había venido por nuestro rumbo; pero pienso que podemos aprender
las costumbres. Supongo que usted ha sido hospedado en otras ocasiones; usted
nos puede enseñar una o dos cosas.
Había algo tan amable y honesto en el viejo rostro
vencido por el tiempo del anciano, algo tan amable en su manera, que enseguida
cerré el trato, sujeto a la aprobación de su hija. Ella me parecía una mancha
en la pintura. Profesora en una escuela para señoritas —probablemente el
establecimiento que me mencionó Mrs Monkhouse. Supongo que está por los
treinta. Pienso que conozco la especie.
Junio 12, A.M.:
No tengo nada más para anotar
salvo que “Barkis is willing”. El capitán Quarterman me informó esta mañana que
su hija no tiene objeción alguna. Debo reportarme por la tarde; pero debo
enviar mi ligero equipaje en una hora o dos.
P.M. — Aquí estoy, domiciliado y casi domesticado. La
casa está a menos de una milla de la posada, a la cual se llega por una
placentera carretera que rodea el muelle. Alrededor de las seis de la tarde me
presenté; el capitán Quarterman había descrito el lugar. Una vieja negra muy
cortés me recibió, y me llevó al jardín, donde encontré a mis amigos regando
sus flores. El anciano tenía puestas su bata y pantuflas — me brindó una
cordial bienvenida. Hay algo delicioso en sus sencillos modales — y en los de
Miss Quarterman también. Ella me recibió de muy afable manera. La anterior Mrs
Quarterman debió ser probablemente una criatura superior. En cuanto a la joven
dama, no tiene treinta sino alrededor de veinticuatro años. Lucía un fresco
traje blanco, con un lazo azul en su cuello y un capullo en su ojal — o lo que
corresponda al ojal en una pechera femenina. Pienso que vislumbré en su vestido
una vaga intención de cortesía, de alegría, de celebración por mi arribo. No
creo que Miss Quarterman vista muselina blanca todos los días. Estrechó mis
manos y me dio un pequeño y agradable discurso sobre el acogerme en su casa.
“Nunca hemos tenido inquilinos antes”, dijo ella; “y por lo consiguiente somos
nuevos en el negocio. No sé qué espere usted. Deseo que espere mucho. Pídanos
lo que necesite. Si se lo podemos dar, estaremos muy complacidos en hacerlo; si
no podemos, le advierto que simplemente se lo haremos saber”. ¡Bravo, Miss
Quarterman! Lo mejor de todo es que ella es decididamente hermosa —y en gran
parte alta y con redondez en sus líneas. ¿Cuál es la descripción ortodoxa de
una bella muchacha? —¿blanco y rojo? Miss Quarterman no es una bella muchacha,
es una mujer agradable. Ella deja una impresión de negro y rojo; es decir, es
una trigueña con color. Tiene una cabellera negra ondulante, que enmarca su
rostro con una belleza oscura, con un halo de humo. Sus cejas también son
negras, pero sus ojos son de un rico azul grisoso, el color de las rocas lisas
que vi ayer, lanzando espumas bajo la marea. Tiene dientes perfectos y su
sonrisa posee una brillantez sobrenatural. Su barbilla es extremadamente
redonda. Ella tiene un movimiento magnífico, también, y se ve bien cuando pasea
por el sendero del jardín con un ramo de geranios cerca de su nariz.
Aparentemente tiene poco que contar; pero cuando habla, lo hace directamente, y
si el asunto así lo sugiere, no duda en reír de manera muy musical. En efecto,
si ella no es muy conversadora, no es por timidez. ¿Es acaso por indiferencia?
El tiempo dilucidará éste, al igual que otros misterios. Yo me inclino por la
hipótesis de que ella es amable. Además, es inteligente; probablemente se ufana
de ser ella para sí misma, como dicen, e inclusive, posiblemente, muy
orgullosa. Ella es, resumiendo, una mujer de carácter. Ahí está usted, Miss
Quarterman, tal como la puedo pintar. Después del té, nos brindó algo de música
en el salón. Confieso que estaba más conmovido por la imagen del pequeño salón
oscuro, y por su forma majestuosa de sentarse frente al instrumento, que por la
calidad de la ejecución, a pesar de ser excelente.
Junio 18:
He permanecido aquí casi por una
semana. Ocupo dos cuartos muy agradables. Mi salón de pintura es un apartamento
largo y vacío, con una excelente luz del norte. Lo he decorado con algunos de
mis viejos dibujos y bosquejos, y me siento muy complacido por ello. Cuando
terminé de organizar mis materiales artísticos y mis cuadros para que se
asemejara bastante a un estudio, llamé a mis anfitriones. El capitán suspiró,
se mantuvo en silencio por unos momentos y después me preguntó esperanzado si
había ensayado pintar barcos. Cuando supo que aún no lo había hecho, se
sumergió en una prudente reserva. Su hija sonrió e hizo preguntas con mucha
gracia, y calificó todo de hermoso y delicioso; lo cual me decepcionó un poco,
pues la tenía por una mujer de mayor originalidad. Ella es como un
rompecabezas. O realmente es una persona común y corriente, y mi error consiste
tal vez en esperar más de las mujeres, de lo que el mismo Creador dispuso para
ellas. Al observar a Miss Quarterman recopilé una serie de hechos. No tiene
veinticuatro, sino veintisiete años. Ha enseñado música desde los veinte años,
en un internado grande, fuera del pueblo, donde originalmente se educó. Su
salario en este establecimiento, el cual pienso es medianamente floreciente, y
las entradas por algunas clases adicionales, constituyen los ingresos
principales de la casa. Pero afortunadamente el Capitán es dueño de su casa y
sus necesidades y hábitos son muy sencillos. ¿Qué saben él y su hija de las
grandes teorías sobre las necesidades, o de las reconocidas escalas de placer?
Los placeres de la joven dama consisten en una suscripción a la biblioteca
circulante y una caminata ocasional por la playa, en la que, como una de las
heroínas de Miss Brontë, pasea en compañía de un Terranova. Me temo que ella es
tristemente ignorante. No lee nada aparte de novelas. Estoy inclinado a pensar,
sin embargo, que de la lectura de estas obras obtiene cierta ganancia de
segunda mano sobre la vida. “Leo todas las novelas que puedo conseguir”, dijo
ayer; “pero solo me gustan las buenas”. Debo verla leyendo uno de los clásicos.
Me gustaría que una de esas quejumbrosas hijas adineradas de Nueva York viera
como vive esta mujer. También quisiera que media docena de ces messieurs
de los clubs pudieran darle una mirada al tipo de vida que lleva este humilde
servidor actualmente. Desayunamos a las ocho. Inmediatamnete Miss Quarterman,
con un viejo y andrajoso gorro y un chal, sale a la escuela. Si el tiempo es
bueno, el Capitán va de pesca, y yo quedo librado a mi suerte. En dos ocasiones
he acompañado al anciano. La segunda vez tuve la enorme fortuna de pescar un
gran pez azul, que preparamos para la comida. El Capitán es un excelente
espécimen de navegante puro, con sus ropas azules sueltas, sus lentes
ultradivergentes, su pelo crespo, su alegre y curtido semblante. Desciende de
una línea de navegantes ingleses. Hay algo del aspecto de la cabina del barco
en esta vieja casa. He oído el susurro del viento a través de sus paredes en
dos o tres ocasiones, como si estuviera en medio del océano. Y entonces la
ilusión se aumenta de una manera o de otra por la extraordinaria intensidad de
la luz. Mi salón de pintura es un gran observatorio de nubes. Me siento durante
media hora para verlas navegar frente a mi descubierta ventana. En la parte
trasera del cuarto algo te dice que pertenecen al cielo del océano; y ahí,
ciertamente, cuando te acercas, percibes el vasto gris complemento del océano.
Este barrio del pueblo es muy tranquilo. La actividad humana parece haber
pasado sobre él, para no volver, y haber dejado un depósito de melancólica
resignación. Las calles son limpias, relucientes y aireadas; pero este hecho
solo ahonda la impresión de un uso desaparecido. Pareciera decir que el cielo
protector viera hacia abajo su declinamiento y no pudiera evitarlo. Hay algo
fantasmal en el perpetuo silencio. Frecuentemente escuchamos los ruidos de los
patios y los gritos de ordenes en los barcos y goletas anclados en el muelle.
Junio 28:
Mi experimento ha funcionado mejor de
lo esperado. Me siento a mis anchas; mi tranquilidad espiritual sobrepasa el
entendimiento. Trabajo con diligencia; solo tengo pensamientos placenteros. El
pasado casi ha perdido su amargura. Durante una semana he estado haciendo
bosquejos a diario. El Capitán me lleva hasta cierto punto de la orilla de la
bahía donde desembarco y cruzo las mesetas hasta un punto donde tengo una
especie de cita con un particular efecto de roca y sombra, que ha sido
tolerablemente fiel y cumplido. Ahí pongo mi caballete, y pinto hasta el
atardecer. Entonces vuelvo sobre mis pasos y retorno al bote. En todos los
aspectos me siento más animado; el horizonte de mi obra se amplía
ostensiblemente. Y entonces me torno inexpresivamente contento en la convicción
de que no estoy del todo desprovisto para una vida de (moderada) industriosidad
y (relativa) privación. Estoy casi enamorado de mi pobreza, si la puedo llamar
así. ¿Y por qué no? A este paso no gasto ochocientos al año.
Julio 12:
Hemos
tenido una semana de mal tiempo: lluvia constante noche y día. Este es
ciertamente el más brillante y el más oscuro punto de Nueva Inglaterra. El
cielo puede reír, seguramente, pero también tiene momentos de llanto. He estado
pintando de manera muy lánguida, y con una gran desventaja, desde mi ventana...
A través de esta lluvia y este parloteo Miss Miriam — su nombre es Miriam, y le
sienta muy bien — sale directo a ver a sus pupilos. Ella envuelve su hermosa
cabeza en una gran gorra de lana y su hermosa figura en una especie de gabardina
femenina; en sus pies usa unos pesados zuecos y sobre ella balancea una
sombrilla de algodón. Cuando regresa a casa con las gotas de lluvia resbalando
por sus mejillas y sus oscuras pestañas, su capa salpicada por el lodo y sus
manos rojas por la humedad, muestra una muy honorable figura. Nunca dejo de
presentarle una pequeña genuflección, a lo que me responde con una familiar
pero no vulgar reverencia. El lado trabajador de su carácter es lo que
especialmente me complace de Miss Quarterman. Este santo vestido de trabajo
produce en ella el fino efecto de un antiguo ropaje. No le hacen falta corsés y
faralás. ¡Qué poesía hay ahí, después de todo, en las manos rojas! Yo las beso,
Mademoiselle. Yo lo hago porque usted puede valerse sola; porque usted gana lo
de su sustento; porque usted es honesta, simple e ignorante (tratándose de una
mujer sensible); porque usted habla y actua al momento; porque, para resumir,
usted es tan diferente a sus hermanas.
Julio 16:
El lunes
aclaró generosamente. Cuando me acerqué a la ventana, al amanecer, encontré el
cielo y el mar semejantes a una aguda acuarela inglesa. El océano es de un
profundo azul púrpura; sobre él, el puro y brillante cielo se ve pálido, y
cuelga sobre el horizonte de la isla como un toldo de denso tejido. Aquí y allá
en la oscuridad, el agua que salta brilla en la cresta de la ola, o golpea la
blanca capa del bote pesquero. He estado bosquejando minuciosamente; he
descubierto, al caminar un par de millas, una gran y solitaria laguna, ubicada
en un magnífico paisaje de rocas lisas y verdes pendientes. En un extremo hay
una gran vista de mar abierto; en el otro, enterrado en el follaje de un huerto
de manzanos, se levanta una vieja hacienda. Hacia el occidente de la laguna hay
una vasta extensión de rocas y pasto, de arena y pantanos. Las ovejas pastan
ahí, pobremente, al igual que en una altiplanicie pantanosa. Excepto por unos
abetos y cedros, no hay árboles a la vista. Cuando deseo sombra la debo buscar
en el refugio de una de las grandes rocas que frente al sol proyectan en el
rellano una capa de delicado gris, recubierta por un fino y delgado musgo, o en
uno de los largos y poco profundos valles donde un grupo de arbustos de mora
protegen un pozo que refleja el cielo. He fijado mi atención en una ladera
plana de color café, y trato de hacerla ver como algo natural; y como hemos
tenido el mismo cielo despejado por varios días, casi he terminado un
satisfactorio estudio pequeño. Yo continuo inmediatamente después del desayuno.
Miss Quarterman me provee con un pequeño pan y carnes fría, los cuales al
mediodía, con la vista de un tranquilo océano, llevo con voracidad a mis labios
con mis descoloridos dedos. A las siete retorno para el té, durante el cual
contamos la historia de nuestro trabajo del día. Para la pobre Miss Quarterman
siempre es la misma historia: una agotadora ronda de visitas al colegio, y a
las casas del alcalde, del reverendo, del carnicero, del panadero, cuyas
jóvenes hijas, naturalmente, reciben clases de piano. Pero no se queja, incluso
ni siquiera se ve fatigada. Cuando se pone un fresco y ligero vestido para el
té, y se arregla el cabello de nuevo, e incrementa sus revoloteos en relación
con el tranquilo ir y venir de su delicado paso, preparando nuestra comida,
mirando en la tetera, cortando el sólido molde— o cuando sentada en el escaño
de la puerta, lee selectos recortes del diario de la tarde— o inclusive,
finalizado el té, cruza los brazos (una actitud que vuelve majestuosa) y, aun
sentada en el escaño de la puerta, pasando el atardecer en confortable
ociosidad, cuando su padre y yo nos ocupamos en nuestras fragantes pipas y
vemos apagarse una a una las luces en los diferentes sectores de la oscura
bahía: en esos momentos ella es tan bella, tan alegre, tan desprotegida como
una sensible mujer debe ser. ¡Qué orgullo el del Capitán por su hija, y ella, a
cambio, cuan perfecta es su devoción por el anciano! El está orgulloso de su
gracia, de su tacto, de su buen sentido, de su agudeza, tal como debe ser. La
ve a ella como a una mujer muy realizada. Siempre la espera como si se tratara
de alguien diferente, como una nueva nuera recién llegada a casa, y no como su
conocida Miriam. Y à propos de nueras, él no podría ser más cariñoso
conmigo, aunque fuera su propio hijo. Ellos son ciertamente —no, ¿porqué no lo
puedo decir?— nosotros somos ciertamente una pequeña familia muy feliz.
¿Durará para siempre? Digo nosotros, porque tanto el padre como la hija
me han asegurado cientos de veces, —él de manera directa, y ella, sin presumir
de mí mismo, según las costumbres de su sexo, indirectamente— que ya soy para
ellos un amigo muy valioso. Es apenas natural que ellos me quieran, porque yo
he tratado de complacerlos. El camino al corazón del anciano es a través de una
estudiada consideración de su hija. El sabe, me imagino, que admiro a Miss
Quarterman, pero si alguna vez actúo de manera incorrecta, tendré una cuenta
que ajustar con él. Así es como debe ser. Cuando la gente tiene que economizar
los dólares y los centavos, tienen el derecho de ser generosos con sus
sentimientos. He hecho lo mejor que he podido para serle agradable a la
majestuosa Miriam sin enamorarla. El que no haya hecho esto, es un hecho
que no debo, por ningún motivo, acreditármelo; porque desafío al más
impertinente de los hombres (sea el que sea) de olvidarse con esta joven. Estos
animados ojos tienen el poder de mantener a la gente en su sitio. Menciono
estas circunstancias simplemente porque en los años futuros, cuando mi
encantadora amiga se convierta en una sombra distante, será placentero al
voltear estas páginas encontrar testimonio escrito de un número de puntos que
sólo podré llevar en mi imaginación. Me pregunto si Miss Quarterman, en días
venideros, revisando las tablas de su memoria para cualquier hecho trivial,
algún dato prosaico o alguna señal semienterrada, encontrará también este
pequeño secreto nuestro, como lo llamo; descifrará una débil nota para este
efecto, llena con los acontecimientos de los días intermedios. Seguro lo hará.
Independientemente de los sentimientos, ella es una mujer con facultad de
retentiva. Si ella perdona o no, no lo se; pero con seguridad no olvida. Sin
duda, la virtud es su recompensa; ¡es doblemente satisfactorio ser amable con
una persona que lo tiene en cuenta!
Otra razón para mis placenteras relaciones con el
capitán radica en que le permito sacar a flote sus conocimientos oxidados y los
recortes de sus pequeñas lecturas pasadas de moda, algunas de las cuales son
muy curiosas. Es un verdadero placer para él contar sus raídas historias a un oyente
sumiso. Estas calurosas tardes de julio, en el perfumado jardín, son el
escenario apropiado para sus relatos de viajes. Un extraño entendimiento existe
entre nosotros sobre este punto. Como muchos caballeros de su estirpe, el
Capitán está agobiado por un inmenso deseo de romance, aun en los temas menos
promisorios; y es muy divertido ver como va a auscultar el estado de ánimo más
íntimo de su interlocutor, para saber si es apto para practicar en él. Algunas
veces sus simples fábulas no “pegan” del todo: son muy hermosas, lo concibo, en
el profundo y salado pozo de la fantasía del Capitán, pero no son aptas para
ser trasplantadas al seco clima de mi mente cultivada. En otras ocasiones,
estando el oyente de un humor soñador, sentimental y desprovisto totalmente de
principios, tomará en grandes cantidades el agua salada del viejo y no se
sentirá mal por ello. ¿Qué es peor, contar o creer voluntariamente en una
pequeña mentira que no le va a hacer daño a alguien? Pienso que no se puede
creer voluntariamente, solo pretender que se cree. Mi parte del juego es tan
mala como la del Capitán. Tal vez yo recibo sus bellas perversiones de hecho
porque yo mismo me encuentro en una, puesto que estoy navegando bajo falsos
colores de oscuros tintes. Yo me pregunto si mis amigos tienen alguna idea del
estado de las cosas. ¿Cómo podrían? Doy por un hecho que he ejecutado mi parte
muy bien. Estoy satisfecho por lo fácil que ha sido. No quiero decir que no
haya tenido dificultades sobreponiendome a mis antiguos lujos y placeres —a
los cuales, gracias al cielo, no estaba tan indisolublemente unido como para
que un saludable cambio no pudiera soltar mis huesos— pero esto lo manejé de
manera más inteligente de lo esperado, para sofocar las innumerables alusiones
tácitas que podrían haber negado mi carácter.
Domingo, julio 20:
Este ha sido un día muy
placentero para mí; aunque en él, obviamente, no haya hecho el intento de
trabajar. He tenido esta mañana un delicioso tête-à-tête con mi
anfitriona. Se había torcido el tobillo bajando las escaleras, de modo que en
lugar de asistir al colegio dominical y a la congregación se vio obligada a
permanecer en casa en el sofá. El Capitán, cuya piedad es muy puntillosa, fue
sólo. Cuando entré al salón, mientras las campanas de la iglesia repicaban,
Miss Quarterman me preguntó si yo nunca frecuentaba un lugar de culto.
—Nunca cuando hay algo mejor que hacer en casa —respondí.
—¿Qué es mejor que ir a la iglesia? —preguntó ella con
encantadora simplicidad.
Ella estaba reclinada en el sofá con el pie sobre una
almohada y su biblia sobre su rodilla. No se veía afligida por no asistir al
divino servicio; y, en lugar de contestarle su pregunta, me tomé la libertad de
hablarle así.
—Siento estar ausente —dijo ella. Usted sabe que
es mi única fiesta en la semana.
—Así que usted lo ve como una fiesta.
—¿Acaso no es un placer encontrarse con las amistades?
Confieso que nunca estoy muy interesada en el sermón y no me gusta mucho
enseñar a los niños; pero me gusta lucir mi mejor sombrero, y cantar en el
coro, y caminar parte del camino a casa con...
—¿Con quién?
—Con cualquiera que se ofrezca a acompañarme.
—Con Mister Prendergast por ejemplo —dije.
Mr Prendergast es un joven abogado en el pueblo, quien
llama acá una vez por semana, y cuyas atenciones con Miss Quarterman han sido
muy notorias.
—Sí —respondió ella— Mr Prendergast lo hace por mi
petición.
—¡Cómo le hará falta usted!
—Supongo que así será. Cantamos del mismo libro. ¿De
qué se ríe? Amablemente me permite sostener el libro mientras permanece de pie
con las manos en los bolsillos. El domingo pasado casi pierdo la paciencia.
—Mr
Prendergast —dije— ¡sostenga el libro! ¿Donde están sus modales?
Él prorrumpió
en risas en medio de la lectura. Hoy ciertamente tiene que sostener el libro.
—¡Qué espíritu tan dominante tiene él! Supongo que la
llamará después del oficio.
—Tal vez lo haga, así lo espero.
—Espero que no —dije abiertamente—. Me voy a sentar a
hablar con usted y espero que nuestra conversación no sea interrumpida.
—¿Tiene algo particular que decir?
—Nada tan particular como Mr Prendergast, tal vez.
Miss Quarterman tiene una inclinación a sentirse más
realista de lo que verdaderamente es.
—Sus derechos —dijo— son superiores a los suyos.
—Ah, ¿admite usted que él tiene derechos?
—No del todo. Solo hago notar que usted no los tiene.
—Disculpe. Tengo peticiones que pienso hacer cumplir.
Reclamo su completa atención cuando la llamo en la mañana.
—Usted ha tenido toda la atención que soy capaz de
darle. ¿He sido muy ruda?
—No muy ruda tal vez, pero sí muy desconsiderada. Usted
ha estado suspirando por la compañía de una tercera persona, de la cual no
puede esperar que me interese.
—¿Por qué no? Si yo, una dama, puedo participar de la
sociedad de Mr Prendergast, ¿por qué usted, siendo del mismo sexo, no podría?
—Porque es extremadamente presumido. Usted, como una
dama, o de cualquier manera como una mujer, gusta de los hombres presumidos.
—Ah sí, no tengo la menor duda de que yo como una mujer
tengo toda clase de debilidades. Esta es una vieja historia.
—Admita, en todo caso, que su amigo es presumido.
—¡Admitido! Lo he dicho cientos de veces. Así se lo he
dicho.
—Entonces, ¿hasta éso ha llegado?
—¿A qué?
—Hasta el punto crítico en la amistad entre una dama y
un caballero en el que cada uno hace al otro deliciosas acusaciones y
reproches. ¡Tenga cuidado Miss Quarterman! Una pareja inteligente de Nueva
Inglaterra, de sexos opuestos, solteros, han llegado muy lejos, cuando empiezan
a señalarse los defectos del otro. ¿Entonces le dijo usted a Mr Prendergast que
es presumido? ¿Y supongo que también agregó que era satírico y escéptico? ¿Cuál
fue su reacción? Déjeme ver. ¿Nunca le dijo que usted era un poquito afectada?
—No, eso lo dejó para que lo dijera usted, de esta
forma tan ingeniosa. Gracias señor.
—Lo dejó para que yo lo negara, lo cual es más hermoso.
¿Encuentra usted ingeniosa esta manera?
—Encuentro esta asunto, considerando el día y la hora,
muy profano, Mr Locksley. Supongamos que usted se va y me deja leer mi biblia.
—Mientras tanto, ¿qué hago yo?
—Vaya a leer la suya, si es que tiene una.
—Mi biblia —dije— es la mente femenina.
De cualquier forma fui invitado a retirarme, con la
promesa de una segunda audiencia en media hora. La pobre Miss Quarterman estaba
obligada por su conciencia a leer un cierto número de capítulos. ¡En qué
terrible tradición se había educado, y qué espectáculo tan edificante es la
piedad de las mujeres. Ellas encuentran un lugar para todo en sus pequeñas y
espaciosas mentes, tal como lo hacen en sus maravillosas maletas subdivididas
cuando van de viaje. No tengo duda que esta joven guarda su religión en una
esquina, al igual que lo hace con su sombrero dominguero — y cuando el momento
apropiado llega, lo saca de nuevo, y medita mientras se lo pone frente al
espejo y le limpia el polvo imaginario (¿qué clase de mundana impureza puede
penetrar media docena de capas de batista y de tejido?): “¡Querido, que
agradable es tener un simpático y fresco credo de vacación!” — Cuando volví al
salón, Miriam seguía sentada con su biblia en las rodillas. De cualquier forma
ya no me sentía de humor para hacer bromas; así que le pregunté a ella en serio
por sus lecturas y me respondió de igual manera. Me preguntó que había estado
haciendo durante mi media hora.
—Meditando en buenos pensamientos sabáticos —dije.— He
estado caminando en el jardín. —Entonces me dije a mí mismo.— He estado
agradeciendo al cielo por haberme guiado, un pobre viajero sin amigos, a un
muelle tan pacífico.
—¿Es usted tan pobre y desprovisto de amistades?
—¿Alguno vez escuchó sobre un estudiante de arte que no
fuera pobre? Por mi palabra, tengo que vender ahora mi primera pintura y, en
cuanto a lo de las amistades, no hay cinco personas en el mundo que se
preocupen por mí.
—¿Preocuparse de verdad? Me temo que usted no ve
muy lejos. Y además pienso que cinco amigos es un número muy grande. Yo me
siento muy bien con medio. Pero si usted carece de amistades, probablemente es
por su culpa.
—Tal vez sea así —dije, sentándome en la mecedora;— y
también, tal vez no lo sea. ¿Ha encontrado muy difícil vivir conmigo? ¿No me ha
encontrado, por el contrario, muy sociable?
Ella dobló sus brazos, y con tranquilidad me miró por
un momento, antes de contestar. No debo sorprenderme si me sonrojé un poco.
—Usted quiere un terrón de azúcar, Mr Locksley; esto es
lo concreto. No le he dado uno desde que usted está acá. ¡Cómo debe haber
sufrido! Pero es una lástima que no haya podido esperar un poquito más, en
lugar de comenzar a sacar sus garras y ladrar. Para ser un artista, es muy
descuidado. Los hombres nunca saben esperar. “¿He encontrado muy difícil el
vivir con usted? ¿no lo he encontrado sociable?” Tal vez, después de todo,
considerando lo que pienso, está bien que usted me pida el terrón de azúcar. Lo
encuentro muy indulgente. Usted nos perdona fácilmente, pero no le agradaríamos
si no nos tuviera un poco de lástima. ¿No voy muy profundo? ¿Sociable? ah,
bien, no —¡decididamente no! Usted es enteramente muy particular. Usted es muy
considerado conmigo, porque usted sabe que yo sé que usted es así. Este es el
punto: ¡Yo sé que usted sabe que yo lo sé! No me interrumpa; yo seguiré
golpeando. Quiero que sepa por que no lo considero sociable. Usted llamó al
pobre Mr Prendergast presumido; pero pienso que él tiene más humildad que
usted. El nos envidia a mi padre y a mí — nos considera muy cultivados. Usted
no envidia a nadie, y además pienso que no es un santo. Usted nos trata
amablemente porque piensa que la virtud en un estado bajo que debe ser
estimulado. ¿Se esforzaría usted de igual manera por una persona a la que
considera su igual, y que está igualmente obligada hacia usted? Hay
diferencias. Es claro que es encantador fascinar a la gente. ¿Quién no? No hay
nada malo en ello, mientras que el fascinador no quiera pasar por benefactor
público. Si yo fuera un hombre, un hombre inteligente como usted, que ha visto
el mundo, que no es propenso a ser deslumbrado o alentado, pero sí ser oído,
ser tenido en cuenta, ¿sería usted igual de amable? Le parecerá absurdo, y tal
vez sea egoísta, pero yo me considero sociable, a pesar que solo tengo un par
de amistades —mi padre y Miss Blankenberg. Esto quiere decir que yo me mezclo
con personas sin algún arrière-pensée. Naturalmente las personas que veo
son principalmente mujeres. No es que espere que usted obre así: por el
contrario, si ello es agradable para usted. Pero no pienso que usted se mezcle
en la misma forma con los hombres. ¡Puede preguntarme lo que sé al respecto!
Claro que nada sé; simplemente adivino. Cuando lo sepa, entonces, pediré perdón
por lo que he dicho; pero mientras tanto déme una oportunidad. Usted es incapaz
de exponerse a ser aburrido, mientras yo lo soporto como mi impermeable lo hace
con la lluvia. ¡Usted no tiene idea del heroísmo que muestro en el ejercicio de
mi profesión! Todos los días tengo la oportunidad de guardar mi orgullo y
ahogar mi sentido de lo ridículo —del cual claro usted cree que carezco. Por
momentos es un fastidio para mí ser pobre. Hace que frecuentemente odie a las
mujeres ricas; me hace despreciar a las pobres. Yo no sé si usted sufre mucho
por la estrechez de sus propios medios; pero si lo hace, me atrevo a decir que
usted evita a los hombres con dinero. Yo no, me gusta sufrir; ir a las casas de
los ricos, ser muy amable con las damas, especialmente si están muy bien
vestidas y son muy ignorantes y vulgares. Todas las mujeres son como yo en este
aspecto y casi todos los hombres como usted. Este es, después de todo, el texto
de mi sermón. Comparado con nosotros siempre me ha parecido usted muy cobarde,
y sólo nosotros somos valientes. Para ser sociable hay que ser muy paciente.
Usted es un caballero. Vaya y enseñe en el colegio, o abra una tienda de
abarrotes en la esquina, o siéntese en una oficina de abogados todo el día
esperando clientes: entonces será sociable. Hasta ahora usted es solo egoísta.
Es su propia culpa si las personas no se preocupan por usted; usted no lo hace
por ellas. Que usted no se preocupe de sus buenas opiniones está bien; pero usted
no se preocupa por su indiferencia. Usted es amable, usted es muy atento, y
también muy perezoso. Usted considera que está trabajando ahora, ¿no es cierto?
Muchas personas no lo llamarían trabajo.
Ahora era mi turno para cruzarme de brazos.
—Y ahora, —agregó mi compañera, y así lo hizo— sea tan
gentil y excúseme.
—Esto es ciertamente inesperado —dije—. No sé que
responder. Mi cabeza divaga. ¿Azúcar fue lo que dijo? No sé si lo que me ha
estado dando es azúcar o vitriolo. Entonces usted me aconseja abrir una tienda
de abarrotes en la esquina, ¿no es así?
—Yo le aconsejo hacer algo que lo vuelva menos
satírico. Casarse, por ejemplo.
—Je ne demande pas mieux. ¿Quiere que sea suyo?
No me lo podría permitir.
—Cásese con una mujer rica.
Yo moví mi cabeza.
—¿Por qué no? —preguntó Miss Quarterman—. ¿Porque la
gente lo acusaría de ser mercenario? ¿Y qué con eso? Yo pienso casarme con el
primer hombre que me lo ofrezca. ¿Sabe usted que estoy cansada de vivir sola de
esta manera tan agotadora, enseñando a pequeñas niñas sus escalas, y volteando
y remendando mis vestidos? Pienso casarme con el primer hombre que me lo
ofrezca.
—¿Aunque sea pobre?
—Aunque sea pobre y jorobado.
—Entonces yo soy su hombre. ¿Me aceptaría si se lo
ofrezco?
—Ensaye y cercíorese.
—¿Debo arrodillarme?
—No, ni siquiera tiene que hacer eso. ¿Acaso estoy yo
arrodillada? Sería una gran ironía. Quédese como está, recostado en su asiento,
con sus pulgares en su chaleco.
Si yo estuviera escribiendo una novela ahora, en lugar
de estar transcribiendo hechos, diría que no sabría que habría pasado si no se
hubiera abierto en ese momento la puerta dejando entrar al Capitán y a Mr
Prendergast. El segundo estaba muy animado.
—¿Cómo está usted, Miss Miriam? ¿Entonces se partió su
pierna, eh? ¿Cómo está usted Mr Locksley? Ojalá fuera yo un doctor ahora. ¿Cuál
es, la derecha o la izquierda?
De esta simple manera se hizo agradable a Miss Miriam.
Paró de comer y habló sin cesar. Si mi anfitriona le habló de la misma manera
animada como lo hizo conmigo una hora antes, o si prefirió no poner obstáculo a
la fluidez de Mr Prendergast, o si le fue indiferente, yo no lo sé; pero ella
contuvo su lengua con esa sencilla gracia, esa encantadora y tácita
intimidación de “Nosotros podemos si queremos”, en la cual es tan perfecta una
señorita. Esta muy interesante mujer tiene una buena cantidad de
características en común con sus hermanas del pueblo; solo que mientras en
ellas son laboriosamente adquiridas, en ella son naturales. Estoy seguro que,
si la fuera a plantar mañana en Madison Square, ella en un instante daría una
mirada a todo el alrededor y asumiría el nil admirari como una actitud
para llevar a la más fina dama al desespero. Prendergast es un hombre de
excelentes intenciones pero sin prisa. Dos o tres veces miré a Miss Quarterman
para ver que efecto le causaban sus agudezas. Parecía que no producían ninguno.
Pero yo se mejor, moi. Ninguna le escapó a ella. Pero supongo que se
dijo a sí misma que sus impresiones sobre el particular no eran asunto mío. Tal
vez tenía razón. Es una palabra desagradable de usar en relación a una mujer
que uno admira; pero no puedo imaginar que ella estaba un poco amargada. ¿A
causa de qué? ¿Quién podría decirlo? Por algún antiguo romance, tal vez.
Julio 24:
Este atardecer el Capitán y yo dimos
una vuelta de media hora por el puerto. Le pregunté francamente, como un amigo,
si Prendergast quería casarse con su hija.
—Pienso que sí —dijo el anciano— y espero que no. Usted
sabe lo que es: es inteligente, prometedor, y ya suficientemente adinerado.
Pero de alguna manera no es el hombre que equivale a lo que es Miriam como
mujer.
—¡No lo es! —dije— y honestamente, Capitán Quarterman,
no se quien pueda ser.
—Salvo que sea usted —dijo el Capitán.
—Gracias. Conozco muchas formas en las que Mr
Prendergast es más digno que yo.
—Y yo conozco una en la que usted es más digno que él —
y es en ser usted de los que llamamos de la vieja escuela.
—Miss Quarterman lo recibió muy bien en su estilo
tranquilo de domingo —dije.
—Oh, ella lo respeta —dijo Quarterman—. Desde su punto
de vista, puede ser suficiente para casarse. Mire, ella está cansada de oír
pequeñas niñas golpear el piano. Con su oído para la música, —agregó el Capitán—
me sorprendo que lo haya soportado tanto.
—Ciertamente está destinada para mejores cosas— dije.
—Bueno —respondió el Capitán, quien tenía el honesto
hábito de desaprobar el estar de acuerdo con él cuando pensaba que se debía a
sentimientos de tipo estoico— bueno —dijo él, con una expresión muy seca y
edificante— ella nació para cumplir su deber. Todos nacimos para ello.
—A veces nuestro deber es muy deprimente —dije.
—Aunque así sea, pero ¿qué se puede hacer al respecto?
No quiero morir sin ver a mi hija organizada. Lo que gana con la enseñanza
apenas le sirve para subsistir. Hubo un tiempo en que pensé que se organizaría
en la vida, pero todo se daño. Había un joven de cerca de Boston, que llegó tan
cerca de ella como usted lo podría hacer, si aún no lo ha hecho. El y Miriam
eran excelentes amigos. Un día Miriam vino a mí, me miró a la cara, y me dijo
que había dado su palabra.
—“¿A quién?” —dije, aunque lo sabía, y Miriam me lo
dijo.— “¿Cuando esperas casarte?” —le pregunté.
—“Cuando Alfred” —su nombre era Alfred— “se enriquezca
lo suficiente” —respondió ella.
—“¿Cuando ocurrirá ello?”
—“Puede demorarse años” —dijo la pobre Miriam.
Un año entero pasó, y hasta donde yo podía ver, el
joven no había acumulado mucho. Estaba todo el tiempo corriendo entre este
lugar y Boston. No hice preguntas, porque sabía que mi querida niña así lo
quería. Pero al fin, un día, comencé a pensar que era tiempo de hacer una
observación, y ver donde nos encontrábamos.
—“¿Acumuló ya Alfred su pequeña fortuna?”
—“No lo sé, padre” —dijo Miriam.
—“¿Cuando te vas a casar?”
—“¡Nunca!” —dijo mi pobre niña, y se deshizo en
lágrimas.— “Por favor, no me hagas preguntas” —dijo ella.— “Nuestro compromiso
se acabó. No me hagas preguntas.”
—“Dime una cosa” —dije: “¿donde está ese d—d
sinvergüenza que rompió el corazón de mi hija?”
—Usted debió haber visto la mirada que me devolvió.
—“¿Roto mi corazón, señor? Usted está muy equivocado.
No sé a lo que se refiere.”
—“Me refiero a Alfred Bannister” —dije. Ese era su
nombre.
—“Pienso que Mr Bannister está en la China.” —dijo
Miriam, tan grande como la reina de Saba. Y ése fue el fin. Nunca supe todo lo
relacionado a ello. Me han dicho que Bannister está amasando una considerable
fortuna en el comercio con China.
Agosto 7:
No he hecho un apunte en más de dos
semanas. Me han dicho que he estado muy enfermo; y no me parece difícil
creerlo. Supongo que cogí un enfriamiento, quedándome sentado hasta tan tarde,
bosquejando. Durante este tiempo, he tenido una suave fiebre intermitente. He
dormido tanto que el tiempo me ha parecido muy corto. He estado cariñosamente
atendido por este amable viejo marinero, su hija y la empleada negra. ¡Dios los
bendiga, a cada uno y a todos! Dije su hija, porque la vieja Cinthya me informó
que durante media hora una mañana al amanecer, después de una noche en la que
estuve muy débil, Miss Quarterman hizo guardia al lado de mi cama, mientras yo
dormía como un tronco. Es muy reconfortante ver el cielo y el océano otra vez.
Me senté en mi silla, al lado de la mejor ventana, con los postigos cerrados y
las celosías abiertas; y aquí estoy sentado con mi libro sobre mi rodilla,
haciendo apuntes aún débil. Ahora doy miradas desde mi fría habitación de
enfermo hacia el mundo de la luz. Mediodía a mitad de verano — ¡qué
espectáculo! No hay nubes en el cielo, no hay olas en el océano, el sol lo
tiene todo para sí. Mirar largo rato al jardín hace aguar los ojos. Y nosotros —
“Hobbs, Nobbs, Stokes y Nokes” — proponemos pintar la luminosidad. Allons
donc!
La más atractiva de las mujeres acaba de taconear, y
entra con un plato de duraznos frescos. Los duraznos son de un hermoso color y
forma; pero Miss Quarterman luce pálida y delgada. El clima cálido no le sienta
bien, y además tiene mucho trabajo. ¡Maldito sea su trabajo pesado!
Naturalmente le agradecí calurosamente por sus atenciones durante mi
enfermedad. Ella renunció a mis agradecimientos, y los remitió a su padre y a
la oscura Cinthya.
—Yo me refiero, específicamente —dije— a esa media hora
al final de una agotadora noche cuando usted entró furtivamente, como una
especie de Aurora moral, y disipó las sombras de mi mente. Esa mañana comencé a
mejorar.
—Yo estuve en realidad un pequeño rato, —dijo Miss
Quarterman, sonrojándose.— Fueron como diez minutos. —Y entonces empezó a
regañarme por presumir que había tocado la pluma durante mi convelescencia. Se
burló de mí, además, por mantener un diario.— ¡De todas las cosas, un hombre
sentimental es lo más despreciable! —exclamó.
Confieso que me sentía un poco irritado — la alusión
parecía gratuita.
—De todas las cosas en una mujer sin sentimiento lo más
deseado es dulzura.
—Sentimiento y dulzura están muy bien cuando usted
tiene tiempo para ellos —dijo miss Quarterman.— Yo no lo tengo. No soy lo
suficientemente rica. ¡Buenos días!
Hablando de otra mujer, hubiera dicho que había
abandonado estrepitosamente la alcoba. Pero este era el paso de Juno, cuando se
movía con rigidez sobre el llano en donde Paris estaba con Venus quien sostenía
la manzana, arreglándose su divina vestimenta y dejando a las otras adivinar en
su cara.
Juno acaba de volver para decir que había olvidado para
que había venido media hora atrás. ¿Qué me gustaría para la comida?
—Acabo de escribir en mi diario que usted abandonó
estrepitosamente el salón —dije.
—¿Lo hizo, de verdad? Ahora puede escribir que yo acabo
de irrumpir en él. Hay un rico pollo frío abajo, —etc. etc.
Agosto 14:
Esta tarde pedí un vehículo ligero y
llamé a Miss Quarterman para manejarlo. Fuimos sucesivamente por tres playas.
¡Qué mareo teníamos al volver a casa! Nunca olvidaré el paseo con brisa por
Weston's Beach. La marea estaba muy baja, y teníamos toda la brillante,
espumosa playa para nosotros. Había habido un terrible viento anoche, que no se
había calmado del todo, y las olas habían golpeado con magnífica furia. Trot,
trot, trot, trot, caminábamos sobre la dura arena. El sonido de las herraduras
de los caballos se oía sobre el monótono sonido de la tormentosa rompiente,
cuando nos acercábamos más y más a la larga línea de los riscos. A nuestra
izquierda, casi desde el cenit del pálido cielo del atardecer hasta el alto
horizonte occidental del tumultuoso océano verde oscuro, estaba suspendido, por
decirlo así, uno de esos hermosos atardeceres verticales que Turner pintaba
ocasionalmente. Era una espléndida confusión de verde y oro — las nubes volando
y flotando en el viento como los pliegues de una poderosa bandera izada por
alguna triunfal flota que hubiera dado la vuelta a la curvatura del globo.
Cuando alcanzamos el punto donde las rocas comienzan me detuve, y permanecimos
por un tiempo mirando su larga, decreciente y curva perspectiva, azul y parda
al retroceder, con las blancas olas jugando a sus pies.
Agosto 17:
Esta tarde al prender la lámpara de
mi dormitorio vi que el Capitán tenía algo que decirme. Así que esperé abajo hasta
que mi anfitrión y su hija hubieran terminado de darse sus besos y él me
hubiera dado ese confiado apretón de manos que yo nunca fallo en conseguir.
—Prendergast ha lanzado su ataque —dijo el viejo cuando
oyó cerrarse la puerta de su hija.
—¿A qué se refiere?
Señaló con su dedo el cuarto de abajo, donde oímos a
través de la delgada división, el movimiento de los ligeros pasos de Miss
Quarterman.
—¿Usted se refiere a que él se le ha declarado a Miss
Miriam?
El Capitán asintió.
—¿Y ha sido rechazado?
—Exacto.
—¡Pobre hombre! —dije muy honestamente.— ¿Se lo dijo a
usted mismo?
—Sí, con lágrimas en los ojos. Quería que hablara por
él. Le dije que no había caso. Entonces comenzó a decir cosas duras de mi pobre
niña.
—¿Qué clase de cosas?
—Un montón de mentiras. Dijo que ella no tenía corazón.
Le había prometido mantenerlo siempre como un amigo; es más de lo que yo deseo,
¡cuelguelo!
—¡Pobre hombre! —dije; y ahora, mientras escribo, solo
puedo repetir considerando la esperanza que aquí se rompió, ¡Pobre hombre!
Agosto 23:
He estado vagando todo el día
pensando en ello, soñando con ello, dándole vueltas, como dicen. Decididamente
esto es una perdida de tiempo. Pienso, en consecuencia, que lo mejor para mí es
sentarme y sacar el fantasma escribiendo mi pequeña historia.
El jueves por la tarde Miss Quarterman comentó que
tenía libre el día siguiente, por ser el cumpleaños de la dueña del
establecimiento donde ella enseña.
—Habrá un té a las cuatro de la tarde para los alumnos
internos y los maestros —dijo Miriam.— ¡Té a las cuatro! ¿qué piensa usted de
eso? Y luego habrá un discurso de la joven más inteligente. Como mis servicios
no son requeridos propongo estar ausente. Supón, padre, que nos llevas en tu
bote. ¿Vendría usted, Mr Locksley? Tendríamos un pequeño y fino día de campo.
Vayamos al viejo Fort Plunkett, cruzando la bahía. Llevaremos nuestro comida
con nosotros, enviaremos a Cinthya a pasar el día con su hermana y colocaremos
la llave de la casa en nuestro bolsillo y no regresaremos a casa sino hasta que
nos plazca.
Yo entré al proyecto con pasión y consecuentemente se
puso en ejecución la mañana siguiente, cuando — alrededor de las diez — salimos
de nuestro pequeño muelle al pie del jardín. Era un perfecto día de verano, no
puedo agregar más sobre él, e hicimos un viaje tranquilo hasta el punto de
nuestro destino. Nunca olvidaré la tranquilidad que reinaba sobre mar y tierra
cuando anclamos al amparo de mi viejo amigo — o viejo enemigo — el fuerte en
ruinas. La profunda y traslúcida agua reposaba en la base del caliente e
iluminado por el sol acantilado como un gran recipiente de vidrio, el cual
esperaba oír quebrarse y romperse al entrar nuestra quilla en él. ¡Y qué color
y sonido había en el transparente aire! Qué tan audibles eran las pequeñas olas
en la playa murmurando al cielo abierto. ¡Cómo se oían nuestras irreverentes
voces en la privacía de la pequeña ensenada! Las delicadas rocas se doblaban a
sí mismas sin un quiebre en la claroscura agua. La reluciente playa estaba
bordeada por depósitos olorosos de algas, que parecían grupos de encajes
negros. Los empinados y rezagados lados de las rocas levantan sus rugosos
ángulos contra el hiriente azul del cielo. Recuerdo, cuando Miss Quarterman
desembarcó y se paró en la playa, aliviada por la fría oscuridad de una
cavidad en el acantilado, mientras su padre y yo nos ocupábamos de juntar
nuestras canastas y asegurar el ancla — recuerdo, que pintura representaba
ella. Hay cierta pureza en el aire de este lugar que nunca he visto superado —
una luz, una brillantez, una crudeza, que permite la propia reafirmación de
cada objeto individual en el paisaje. El prospecto es más o menos como una
pintura que le falta su proceso final, su reducción a la unidad. La figura de
Miss Quarterman, parada en la playa, era casi criarde; ¡pero qué animada
era toda la escena! Su ligero vestido de muselina, colocado sobre sus enaguas
blancas, su pequeño manto negro, el velo azul anudado al cuello, el pequeño
sombrero de seda puesto en equilibrio sobre su cabeza en la mano enguantada
mientras la otra sostenía su fresco ropaje, el cual dibujaba sobre su cara un
marcado círculo de sombra, donde sus alegres ojos brillaban oscuramente y sus
labios partido decían cosas que yo perdía — estos son algunos de los puntos que
anoté aceleradamente.
—Joven dama —grité sobre el agua— ¡espero que sepa que
tan hermosa se ve!
—¿Qué le hace pensar que no lo sé? —respondió ella.—
Debo pensar que puedo. Usted mismo no se ve mal. Pero no soy yo, es la
perspectiva aérea.
—¡Escuche, voy a volverme profano! —grité de nuevo.
—¡Júrelo! —dijo el Capitán.
—Voy a decir que usted es infernalmente hermosa.
—¡Dios mío! ¿es eso todo? —gritó Miss Quaterman, con
una pequeña y brillante risa que debió hacer morir de celos a las sirenas tutelares
de la ensenada abajo en sus cavernas submarinas.
Mientras tanto el Capitán y yo habíamos bajado nuestras
cosas y nuestra compañera había subido un poco el frente del acantilado, el
cual está un lugar muy retirado y desaparecido sobre su corona. Pronto volvió
ella, con un pañuelo de bolsillo blanco intenso agregado a sus otras
provocaciones, el cual batía hacia nosotros, mientras subíamos, cargando
nuestras canastas. Cuando paramos para tomar el aire en la cumbre y limpiarnos
nuestras frentes, naturalmente le reprochamos por andar vagando con su parasol
y sus guantes.
—¿Ustedes piensa que me voy a ocupar de algo o hacer
algún trabajo? —gritó Miss Miriam, en el mejor buen humor.— ¿Acaso no es mi día
de descanso? No levantaré un dedo, ni ensuciaré estos bellos guantes, por los
cuales pagué tanto donde Mr Dawson's en Chowderville. Cuando encuentren un
lugar sombreado para nuestras provisiones, espero que busquen una fuente. Estoy
muy sedienta.
—Encuentre la fuente usted misma, señorita —dijo su
padre.— Mr Locksley y yo tenemos una fuente en esta canasta. Tome un sorbo,
señor.
Y el Capitán sacó una gruesa botella negra.
—Denme una taza y yo buscaré algo de agua —dijo Miriam.—
¡Sólo que le temo a las serpientes! Si oyen un grito sabrán que se trata de una
culebra.
—¡Serpientes gritadoras! —dije,— ésa es una nueva
especie.
¡Qué sencillamente gracioso sonaba todo ahora! Al mirar
alrededor la sombra escaseaba, y esto es lo característico en esta región. Pero
Miss Quarterman, como la persona diestra y práctica que es, a pesar de que yo
haya pensado lo contrario, inmediatamente descubrió agua corriente al abrigo de
un pequeño y placentero valle, junto a un grupo de abetos. Aquí, como diría uno
de los jóvenes imitadores de Tennyson, trajimos nuestra canasta él y yo;
mientras Miriam llenaba la taza y la acercaba goteando a nuestros secos labios,
y ponía el mantel, y disponía los platos alrededor sobre el pasto. Tengo que
ser realmente un poeta para describir al menos la mitad de la felicidad y la
simple dulzura y rústico jolgorio de este interminable día de verano. Comimos,
bebimos y hablamos; comimos ocasionalmente con nuestros dedos, tomamos del pico
de nuestras botellas, y hablamos con nuestras bocas llenas, como conviene (y
excusa) a aquellos que hablan tonterías. Contamos historias sin sentido. El
Capitán y yo hicimos atroces juegos de palabras. Pienso realmente que la misma
Miss Quarterman hizo un juego de parientes, como digo yo. Si hubiera estado
presente cualquier superfluo representante de la humanidad para tomar nota de
los hechos, tengo que reconocer que habríamos hecho el ridículo. Pero como no
había nadie para criticarnos, entonces éramos brillantes. Estoy consciente de
haber dicho algunos cosas ingeniosas, que Miss Quarterman entendió: in vino
veritas. El querido viejo Capitán hacía vibrar el largo arco
infatigablemente. El sol, alto y brillante, se paseaba lentamente sobre
nosotros, en el mismo lugar, y ahogaba la perspectiva con luz y calor. Uno de
estos días pienso pintar un cuadro que, en años futuros, cuando mi querida
tierra natal se jacte de un colegio nacional de artes, cuelgue en el Salon
Carré del gran museo central (localizado, digamos que en Chicago) y recuerde a
personajes, o mejor que los haga olvidar, Giorgione, Bordone, y Veronese: Un Festival
Rural; tres personas festejando bajo algunos árboles; tiempo y hora,
problemático. Figura femenina, una rica trigueña; hombre joven reclinado sobre
su hombro; anciano tomando. Un cielo despejado, sin final de expresión. Todo
estupendo en color, dibujo y sentimiento. Artista incierto; atribuido a
Robinson, 1900.
Después de la comida el Capitán comenzó a observar a lo
largo de la bahía, y al notar que se levantaba una pequeña brisa expresó el
deseo de navegar por una hora o dos. Nos propuso caminar a lo largo de la costa
hasta un punto a un par de millas al norte y allí reunirnos en el bote.
Habiendo estado de acuerdo su hija con la proposición, tomó la cesta más ligera
y en menos de una hora lo vimos parado lejos de la orilla. Miss Quarterman y yo
no comenzamos a caminar por un buen rato. Nos sentamos y hablamos al lado de
los árboles. A nuestros pies había una amplia hendidura en las colinas — casi
una cañada — que bajaba hasta la silenciosa playa; más atrás se dibujaba el
familiar horizonte del océano. Pero, como muchos filósofos han observado, hay
un final para todas las cosas. Al fin nos levantamos. Mi compañera señaló, que
como el aire estaba refrescando, consideraba que debía ponerse el chal. Le
ayude a doblarlo en la forma correcta y lo puse sobre sus hombros; era un
antiguo chal de color rojo desteñido (crespón Canton, creo que lo llaman) el
cual había visto varias veces. Y entonces anudó de nuevo su velo al cuello, y
me dio a sostener su sombrero, mientras arreglaba los alfileres de su pelo. Como
estábamos de humor, puse a girar su sombrero sobre mi bastón; a lo cual fue tan
amable de sonreír, mientras que con la cara hacia abajo y los codos levantados
dejaba caer sus trenzas. Y entonces sacudió las arrugas de sus vestido y se
puso los guantes; y finalmente dijo “Bueno” — ese inevitable tributo al tiempo
y a la moralidad, que sigue aun a la más ligera forma de disipación. Muy
lentamente bajamos por la pequeña cañada. También, lentamente seguimos el curso
de la estrecha y sinuosa playa, hasta el pie de las rocas bajas. No encontramos
señal de vida humana. Difícilmente debo repetir la conversación. Pienso que
puedo confiar en mantenerla en la memoria; era la clase de cosas que vuelven a
uno — después. Si alguna vez llega a pasar lo que pienso que puede
ocurrir, esta aparentemente hora ociosa parecerá, en retrospectiva, muy
sintomática, y lo que no dijimos fue percibido como algo más significante que
lo dicho. Había algo entre nosotros — i>hay algo ahí entre nosotros y
escuchamos su impalpable presencia— lo comparo con el murmullo (muy débil) de
un insecto no visto — en la dorada quietud de la tarde. Debo agregar que si
ella está a la expectativa, prevé, si ella espera, lo hace con una serenidad
suprema. Si ella es mi destino (y tiene el aire de serlo), ella es consciente
de que su destino debe ser así.
Septiembre 1:
He estado trabajando
continuamente durante una semana. Este es el primer día de otoño. Leí en voz
alta a Miss Quarterman algo de Wordsworth.
Septiembre 10, Medianoche:
Trabajo sin interrupción —hasta ayer, inclusive, así es. Pero terminando el día —o comenzándolo—
empieza una nueva era. Mi pobre e insulso diario, por fin va a contener un hecho.
Durante los últimos tres días hemos tenido niebla,
clima otoñal; oscurece más temprano. Esta tarde, después del té, el Capitán fue
al pueblo —de negocios, como él dice; pienso que a atender algún asilo o el
comité del hospital. Miriam y yo fuimos al salón. El lugar parecía frío; trajo
la lámpara del comedor y propuso que debíamos encender un pequeño fuego. Fui a
la cocina, me procuré media docena de leños, y mientras ella descorría las
cortinas y arreglaba la mesa yo encendía un vivo y crujiente fuego. Dos semanas
antes no me habría permitido hacer esto sin protestar. No se habría ofrecido a
hacerlo ella, ¡no ella!, pero hubiera dicho que yo no estaba ahí para servir,
sino para ser servido, y hubiera hecho al menos el amago de llamar a la negra.
Yo lo habría hecho a mi manera, pero hemos cambiado todo esto. Miriam fue al
piano y yo me senté con un libro. No leí una palabra pero me quedé considerando
mi destino y viéndolo venir cada vez más cerca. Por primera vez desde que lo
conocí (mi destino) ella se ha puesto un vestido oscuro y cálido; pienso que
era del material llamado alpaca. La primera vez que la vi (yo recuerdo esas
cosas) ella lucía un vestido blanco con un lazo azul; ahora lucía un vestido
negro con el mismo lazo. Es decir, recuerdo preguntándome, mientras estaba
sentado mirándola, si era el mismo lazo o uno parecido. Mi corazón estaba
en mi garganta; y aún pienso en una cantidad de trivialidades de la misma
clase. Al fin hablé.
—Miss Quarterman —dije,— ¿recuerda usted la primera
noche que pasé bajo su techo en junio?
—Perfectamente —respondió sin dudar.
—Usted tocaba la misma pieza.
—Sí, la tocaba muy mal, además. Yo apenas la conozco.
Pero es una pieza de mostrar, y yo deseaba producir un efecto. Entonces no
sabía cuan indiferente es usted para la música.
—No di especial atención a la pieza. Estaba atento a la
pianista.
—Así lo supuso la pianista.
—¿Qué razones tuvo para suponerlo?
—Estoy segura de no saberlo. ¿Conoce alguna mujer que
pueda darle una razón cuando ha adivinado correctamente?
—Pienso que generalmente se inventa una razón después.
Dígame, ¿cuál es la suya?
—Bueno, usted me mira muy duro.
—¡Fiu! No lo creo. No es amable.
—Usted me dice que espera que invente una razón. Si
tengo una, no la recuerdo.
—Usted me dijo que recordaba la ocasión perfectamente.
—Me refería a las circunstancias. Recuerdo que hubo para
el té; recuerdo que vestido lucí. Pero no me acuerdo de mis sentimientos.
Naturalmente no eran muy memorables.
—¿Qué dijo cuando su padre propuso que yo viniera acá?
—Le pregunté cuanto estaba usted dispuesto a pagar.
—¿Y después?
—Y después, si usted parecía respetable.
—¿Y después?
—Eso fue todo. Le dije a mi padre que hiciera lo que
quisiera.
Ella continuó tocando y yo recostado en mi asiento
continuaba observándola. Hubo una pausa considerable.
—Miss Quarterman —dije, por fin.
—¿Señor?
—Disculpe por interrumpirla tan seguido. Pero... — me
levanté y fui al piano— pero usted sabe, gracias al cielo que ello nos haya
reunido.
Me miró e inclinó su cabeza con una pequeña sonrisa,
mientras sus manos paseaban sobre las teclas.
—El cielo ciertamente ha sido muy bueno con nosotros —dijo
ella. —¿Por cuanto tiempo va a tocar? —pregunté.
—Estoy segura de no saberlo. Cuanto usted quiera.
—Si quiere hacerlo según mi voluntad, entonces pare
inmediatamente.
Dejó sus manos descansar sobre las teclas por un
momento, y me dio una rápida mirada inquisidora. Si encontró una respuesta
suficiente en mi rostro, no lo se; pero lentamente se levantó y con un hermoso
gesto de obediencia, comenzó a cerrar el instrumento. Yo la ayudé.
—Tal vez usted quiera estar solo —dijo ella.— Supongo
que su cuarto es muy frío.
—Sí —respondí— usted ha acertado. Deseo estar solo.
Deseo monopolizar esta alegre llama. ¿Podría usted mejor irse a la cocina y
sentarse con la cocinera? Ustedes las mujeres dicen cosas tan crueles.
—Cuando nosotras las mujeres somos crueles, Mr
Locksley, es solo por accidente. No lo hacemos a propósito. Cuando nos damos
cuenta que no hemos sido amables pedimos humildemente perdón, sin saber de que
se ha tratado nuestro crimen. —Y me hizo una reverencia muy baja.
—Yo le contaré cual ha sido su crimen —le dije.— Venga
y siéntese al lado del fuego. Es una historia larga.
—¿Una larga historia? Entonces déjeme traer mi trabajo.
—¡Al diablo su trabajo! Excúseme, pero usted me
exaspera. Deseo que me escuche. En serio, necesitará toda su atención.
Me miró fijamente por un momento, y yo le devolví su
mirada. Durante ese momento yo reflexioné si debía poner mi brazo alrededor de
su cintura y besarla; pero decidí que no debía hacer algo así. Ella siguió
caminando y tranquilamente se sentó en una silla baja junto al fuego.
—Con usted, Miss Quarterman —dije yo— uno tiene que ser
muy explícito. Usted no tiene el hábito de dar las cosas por seguro. Usted
tiene una gran imaginación, pero raramente la ejercita en nombre de otras
personas.
—¿Es eso un crimen? —pregunto mi compañera.
—No es tanto un crimen como un vicio, y tal vez no
tanto un vicio como una virtud. Su crimen consiste en ser tan fría de corazón
con un pobre diablo que la ama.
Ella soltó en una risa bastante aguda. Me pregunto si
pensó que me refería a Mr Prendergast.
—¿Por quién está hablando usted, Mr Locksley? —preguntó.
—¿Hay tantos? —reviré.
—¿Honestamente?
—¿Me cree capaz de decepcionarla?
—¿Cual es la frase francesa que usted usa para todo?
Pienso que puedo decir “Allons donc!”
—Déjeme hablar en inglés sencillo, Miss Quarterman.
—“Fría de corazón” es ciertamente un inglés muy
sencillo. No veo la importancia relativa de las dos partes de su proposición.
¿Cuál es la frase principal y cual es la subordinada — que yo soy fría de
corazón, según usted, o que usted me ama, según usted?
—¿Según yo? ¿Qué me haría llamar así las cosas? Por
favor, Miss Quarterman, sea seria, o llamaré a alguien más. Sí, la amo. ¿No me
cree?
—¿Qué puede ayudar para que yo crea en lo que usted me
dice?
—Queridísima, la más espléndida de las mujeres —dije.
Y traté de coger su mano.
—No, no Mr Locksley —dijo ella— no ahora, por favor.
—Las acciones hablan más duro que las palabras —dije.
—No hay necesidad de hablar duro. Lo escucho
perfectamente.
—Ciertamente no susurraré —dije yo;— aunque sea la
costumbre que los amantes lo hagan así. ¿Quiere ser mi esposa?
No recuerdo si ella susurró o no, pero cuando me dejó
había consentido.
Septiembre 12:
Nos casaremos en tres semanas.
Septiembre 19:
He ido a Nueva York por una
semana, de negocios. Regresé ayer. Encontré a todos hablando de nuestro
compromiso. Miriam me dijo que se comenzó a hablar de ello hace un mes, y que
hubo un sentimiento de desilusión porque yo era muy pobre.
—Realmente, si no le importa a usted —anoté yo— no veo
porque a otros sí les debiera importar.
—No sé si usted es pobre o no —dijo Miriam— pero sé que
yo soy rica.
—¡Cierto! No estaba al tanto que usted poseía una
fortuna privada,— etc. etc.
Esta pequeña farsa se repetía de alguna manera todos
los días. Soy muy perezoso. Fumo mucho y vagó todo el día con las manos en mis
bolsillos. Estoy libre del inefable cansancio del incesante comprar del
cual sufría seis meses atrás. Este cambio se logró poco a poco, y estoy
resuelto a que este compromiso de ninguna manera tenga conección con los
almacenes. Había sido engañado por mi poesía; no lo sería por segunda vez.
Afortunadamente no hay gran peligro de ello, porque mi dama es positivamente
lírica. Tiene un interés entusiástico en su simple conjunto de ropa —
mostrándome triunfante algunas de sus compras, y creando un gran misterio
alrededor de otras, las cuales denomina con placer manteles y servilletas. La
pasada tarde la encontré cosiendo botones sobre un mantel. Había escuchado
mucho respecto a un vestido rosado de seda, y esta mañana, consecuentemente,
vino hacia mí, arreglada con su ropa, sobre el cual todo el arte, el gusto y
las miradas, y todo el terciopelo y los encajes de Chowderville se habían
vertido.
—Sólo hay una objeción a ello —dijo Miriam, alardeando
frente al espejo de mi salón de pintura:— pienso que está fuera de temporada.
—¡Por Júpiter! pintaré tu retrato y haré una fortuna —dije.—
Y los otros hombres que tengan hermosas esposas las traerán para que las pinte.
—Usted se refiere a todas las mujeres que tengan
hermosos vestidos —replicó Miriam con gran humildad.
Nuestra boda está fijada para el próximo jueves. Le
dije a Miriam que será lo menos de boda y lo más de matrimonio como sea
posible. Solo Miss Blankenberg (la dama de la escuela) estará presente. Mi
secreto me causa una gran opresión; pero he resuelto mantenerlo hasta la luna
de miel cuando puede descubrirse si la ocasión es propicia. Estoy preocupado
con la aprensión de que si Miriam lo descubriera ahora, todo habría que
rehacerlo de nuevo. He alquilado cuartos en un pequeño balneario llamado
Cragthorpe, a diez millas de distancia. El hotel está libre de cockneys, y
estaremos casi solos.
Septiembre 28:
Llevamos aquí dos días. La
pequeña celebración en la iglesia marchó sin demoras. Estoy realmente
preocupado por el Capitán. Manejamos directamente hasta acá y llegamos al
oscurecer. Era un día frío y húmedo. Teníamos un buen par de cuartos, cerca del
salvaje mar. Sin embargo temo haber cometido un error. Tal vez hubiera sido más
sabio ir a Nueva York. Estas cosas no son inmateriales; nosotros hacemos
nuestro propio cielo, pero escasamente hacemos nuestra propia tierra. Estoy
escribiendo en un pequeña mesa, al lado de la ventana, mirando las rocas, la
creciente oscuridad, la niebla que se levanta. Mi señora ha bajado hasta la
plataforma rocosa frente a la casa. La puedo ver desde aquí, descubierta, con
su viejo chal rojo, hablándole a uno de los pequeños muchachos del dueño. Le
acaba de dar un beso al infante, ¡bendito sea su gran corazón! Recuerdo que me
contaba que le gustaban mucho los niños pequeños; y, realmente, me he dado
cuenta que rara vez le parece muy sucio un niño como para no sentarlo sobre sus
rodillas. He releído estas páginas por primera vez en... no se cuanto tiempo.
Están llenas de ella — más en pensamiento que en palabras. Pienso que se
las mostraré cuando entre. Le daré el libro a leer, y sentado al lado de ella,
miraré su rostro — viendo caer el gran secreto frente a ella.
Más tarde:
De alguna forma o de otra, puedo
escribir esto con calma; pero pienso que difícilmente escribiré algo más.
Cuando Miriam entró le di el libro
—Deseo que lo leas —dije.
Se puso muy pálida, y lo dejó sobre la mesa, negando
con la cabeza.
—Lo conozco —dijo.
—¿Qué es lo que conoces?
—Que usted tiene mucho dinero. Pero creame, Mr Locksley
no soy peor por saberlo. Usted escribió en un lugar de su libro que yo estaba
dotada por la naturaleza para la riqueza y el esplendor. Difícilmente creo
estarlo. Usted pretende odiar su dinero; pero usted no me habría tenido sin él.
Si me ama — y pienso que es así — no permitirá que esto haga alguna diferencia.
No soy tan tonta como para intentar hablar ahora de lo que sentí cuando usted
me pidió — hacer esto. Pero recuerdo lo que dije.
—¿Qué espera que haga yo? —pregunté.— ¿Debo llamarla
por un horrible nombre y abandonarla?
—Espero que muestre el mismo coraje que yo. Nunca dije
que lo amara. Nunca lo decepcioné en eso. Dije que sería su mujer. Y lo seré,
fielmente. No tengo un gran corazón como usted cree; y además, también tengo
algo más. Soy incapaz de más de una decepción —¡Piedad! ¿no lo ve? ¿no lo sabe?
¿no lo ve? ¿no lo sabía? Era diamante cortando diamante. Usted me engañó y yo
lo mistifiqué. Ahora que usted me cuenta su secreto yo le cuento el mío. Ahora
somos libres, con la fortuna que usted conoce. Ahora podemos ser buenos,
honestos, y verdaderos. Todo era una virtud aparente antes.
—¿Entonces usted leyó esto? —pregunté: realmente, extraño
como parece, por decir algo.
—Sí, mientras usted estaba enfermo. Estaba sobre la
mesa, con la pluma adentro. Lo leí porque sospechaba. De otra forma no lo
habría hecho.
—Fue el acto de una mujer falsa —dije.
—¿Una
falsa mujer? No, como el acto de cualquier mujer, puesta en mi lugar. ¿No lo
cree? —Y comenzó a reír.— Usted puede denigrar de mí en su diario si quiere.
¡No volveré a ojear en él de nuevo!
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