João Guimarães Rosa
(Minas Gerais, Brazil, 1908 - Rio de Janeiro, 1967)


Barahunda
(“Darandina”)
Primeiras estórias
(Río de Janeiro: Livraria José Olympio, 1962, 193 págs.)


      Por la mañana, todos los gatos, nítidos en pelajes, y yo en servicio formal, pero, contra lo debido, lado de afuera del portón, a la espera del niño con los periódicos, y he aquí que, saliendo, pasa por mí y por dos o tres personas, que por allí se encontraban, más o menos ocasionales, aquel señor, exacto, rápido, se podría decir que provisoriamente impoluto. Y, de pronto, se rehízo en el mundo del mito, dicho que empezaron a acontecer para nosotros, urbanos, los portentosos hechos, llenando explosivamente el día: de chirle para afán y alboroto.
       —“¡Oh, seño...!” —fue el grito; si no de guerra: —“¡Ugh, sioux!” —también podría ser, por mi testimonio, ya que con concentrada o distraída mente me encontraba, a repasar los propios, íntimos quid pro quod que la materia de la vida son. Pero —“Ooooh...” —¡y el señor tan bien pasante había apuñalado algún tranquilo transeúnte! Eso de relance e instante de visu vi —se me vislumbró. No. Sólo lo que había sido —reví; vi más—: poco certero en el golpe, un afanador de carteras. Pero, desde entonces, irremediable se iba el vagar interior de la gente, roto de inmediato, para mientras tanto continuos episodios.
       —“Sujeto de trato, tan bien vestido... —extrañaba, surgiendo del coche, dentro del cual hasta entonces dormitaba, el chofer del Dr. Bilolo. —“Afanó la pluma fuente del otro, del bolsillo...” —deponía el muchacho de los periódicos, que sólo apareció en el vivo del momento. Perseguido, sin embargo, el hombre corría, que lucía, más adelante que sus pies, embestía por la plaza, daba todo lo que podía. —“¡Agarra!” Pues, casi al centro de la plaza, se instalaba una de las palmas reales, quizá la más grande, de veras majestuosa. Pues, pues, el hombre, vestido correcto como estaba, en ella no paró, aun, sin siquiera librarse de los zapatos, se le echó abrazado, y la subía, voraz, expedito arriba, a lo increíble, ascensionalísimo. —“¡Una palmera es una palmera o una palmera o una palmera?” —inquiriría un filósofo. Nuestro hombre, ignaro, de ella había ya escalado el fin, y fino. Se sostuvo.
       —¡Está! —me moví, parpadeando mis ojos, con atención para readquirirme. Pues, nuestro hombre se había ido, aplomo a pino con donaires de pájaro carpintero y ningún desliz, y al tope se encaramaba, atrevido, zorzal, en el páramo empíreo. Paraban los de su persecución, no menos sorprendidos que yo, detenidos, aquí en el nivel térreo ante la infinita palmera —murallón. El cielo sólo zafiro. En el suelo, ya no se contaba el crecer de la agrupación, puesto que, de toda circunferencia, acudían personas y pueblo, que en la plaza se apretujaba. Nunca pensé que una multitud se generase, gratuitamente, tanto así e instantánea.
       Nuestro hombre, dígase que ostentoso, en su altura inopinada, florecía y fructificaba: nuestro no era nuestro hombre. —“Tiene arte...” —y quien lo juzgaba, ya no más el vendedor de periódicos, sino el capellán de la casa, casi con regocijo. Los otros, acullá, de infra a supra empinaban insultos, clamando por el diablo, y “que venga la policía”, hasta se preguntaba por arma de fuego. Más allá, sin embargo, muy a gusto, él, imitativamente, cantaba el aleluya, garrida voz, tonifluyente; porque era de fijarse que tanto se hiciese oír; todo a pesar de. ¿Discursaba sobre plumas fuentes? Un buhonero, por lo tanto, atrevido en la propaganda de las dichas y estilográficas. En local de mala elección, sin embargo, pensé: o sería que, por no caritativa, no me escandalizaba todavía la idea de que viniese alguien a producir acrobacias y dislativas prestidigitaciones de esas, justo enfrente a nuestro Instituto. Extremadamente de osadía era el suceso, en todo caso, y yo humano; fui a ver al clamador.
       Pero, me llamaban, entretanto, y era apenas el Adalgisio, el sisudo de siempre, sólo que agarrándome por el brazo. Halado y halando, corre que me apuré, así mismo, por la plaza, hacia el foco del sumo, central transtornamiento. Porque estábamos ambos con delantal, nos abrían algún irregular paso. —“¿Cómo fue que se escapó?” —toda la gente preguntando, del populacho, que nunca es muy bobo por mucho tiempo. Tuve entonces al fin que entender, ay de mí, mísero. —“¿Cómo recapiturarlo?” Pues éramos, el Adalgisio y yo, los internos de turno, en el día del infausto fantástico.
       Sólo después de eso, Adalgisio, con sus cortas, no se había apresurado en cuchichearme: nuestro hombre no era nuestro huésped. Momentos antes, espontáneo, solo, allí había dado el aire de su desgracia. —“Aspecto y facies nada anormales, aun la forma y contenido de la alocución, al principio denotando fondo mental razonable...” Grave, grave, el caso. Nos presionaba la multitud, y se estaba en el área de baja presión del ciclón. —“Dijo que era sano, pero que, viendo a la humanidad ya enloquecida, y en vísperas de enloquecerse más, se había inventado la decisión de internarse, voluntario: así, cuando la cosa se desatase de infernal a peor, estaría ya garantizado allí, con lugar, tratamiento y defensa que a la mayoría, acá fuera, harían falta...” —y el Adalgiso, a seguir, no se culpaba ni de venial descuido, en el momento de querer ir a llenarle la ficha.
       —“¿Tú te espantas?” —esquivé. Cierto, el hombre sólo había exagerado una teoría antigua: la del profesor Dartañán, que, aun a nosotros, sus alumnos, nos declaraba en cuarenta por ciento casos típicos encubiertos; y, todavía, de los restantes, otra buena parte, apenas de más estricto diagnóstico... Pero, Adalgisio a mi aterrado oído: —“¿Sabes quién es? Dio nombre y cargo. Sandoval lo reconoció. Es el Secretario de las Finanzas Públicas...” —así bajito, y flojo el Adalgisio.
       En eso, casi a propósito, la turba se calló y nos enervó a la estupefacción. Nos desolábamos de mirar más hacia arriba, donde evidentemente el cielo era un desprecio de alto, el azul antepasado. Pero, de cualquier modo, el hombre, aquende, en torre de marfil, entre las verdes, erectas palmas, y al término de su diligencia de veloz como un cohete, se realizaba conmensurado con el absurdo. Sé que soy propenso a vértigos. ¿Y quién no, entonces, bajo y ante aquello, para nosotros un amparenosdiós, de erizar pelucas, semejante y rigurosa cosa? Pero su superhumano acto personal, trance hiperbólico, incidente hercúleo. —“Sandoval va a llamar al dr. Director, a la Policía, al Palacio de Gobierno...” —afianzó el Adalgisio.
       Una palmera no es un mango en su frondosidad, ni siquiera un lentisco; en cuanto a condiciones de fijabilidad y comodidad, acontece que. ¿De qué modo y cómo, entonces, aguantaba mantenerse tanto allí, estadista o no, sano o enfermo? Él allá no estaba desequilibrado; al contrario. Él repantigado en el apogeo, y rematado bellaco, además de estar chiflado, sin hacer caso. Lo único que hacía era sombra. Pues, en el justo momento, gritó, empezó a delirar, él más en sí, satisfactorio: —“Yo jamás me consideré alguien!” —nos desdeñaba. Hizo pausa y repitió. Después y más: —“¡Lo que de mí saben es imaginación!” ¿Contestándome? Él rio, reí, se rio, nos reímos. El pueblo se reía.
       Adalgisio, no. —“¿Iba a adivinar? No entiendo de política.” —inconcluía. —“Excitación maníaca, estado de demencia... Manía agua delirante... ¿y el contraste no es todo para acertar los síntomas?” —él contra sí se oponía. Pero, ¡chitón! ¿quién así y asado, a mundos y rezongos, su total presencia anunciaba? Se ve que el dr. Director: que, llegando, sobrellegado. Para abrir camino, por imperio, los de la Policía —agentes, corchetes, guardas, alguacil comisario— para prevenir desorden. También, cándidos con el dr. Director los enfermeros, camilleros, Sandoval el capellán dr. Eneas y el dr. Bilolo. Traían la camisa de fuerza. Se tenía los ojos fijos, en nuestro hombre empalmerado. Y el dr. Director dueño: —“¡No ha de ser nada!
       Contestándole, diametral, el profesor Dartañán, de contraria banda aportado: —“Psicosis paranoide hebefrénica, dementia praeco, si lo veo claro!”—; y no sólo especulativo teórico, más por chasco, tanto el otro y él se tenían ojeriza; además de rivales, coincidentemente, si bien que calvo y no calvo. Conveniente, el dr. Director dio respuesta, incientífico, en actitud de autoridad: —“¿Sabe quién es aquel caballero?” —y el título declinó, voz velada: oyéndolo de entre el pueblo, así mismo, algunos, los adyacentes sagaces. Concertó el mote el profesor Dartañán: —“...pero transitoria perturbación, la cual, la capacidad civil en nada quedará afectada...” —versando lo de intoxicación o infección, a punto había hablado. También el sabio se equivoca en cuanto a lo que cree—; pensábamos nosotros, que nuestros límpidos anteojos limpiábamos. Así, cada cual un asno prepalatino, o, mejor, apud el vulgo: persona bestializada. Y, pues que hay razones y rasones, los camilleros no deponían en el suelo la camilla.
       Porque el nuestro, el excelso hombre regritó: —“¡Vivir es imposible!” —un slogan; y siempre que él se prometía para hablar, conseguía, acá, el multitudinal silencio —de los miles de personas. No se le había olvidado el elemento mímico: hizo gesto —como si empuñase un paraguas. ¿Amenazaba qué, a quién con su estro catastrófico? —“¡Vivir es imposible!” —lo dicho, declarado así tan empírico y anermenéutico, sólo a través del egoísmo de la lógica. Pero, menos como un bromista excéntrico, o alucinado burlador, me inclino a oír más en tono leal y generoso. Y era un revelar a favor de todos, nos instruía de verdadera verdad. A nosotros —subestantes seres subaéreos— de cuyo medio él a sí mismo se había raptado. Hecho, hecho, la vida se decía, en sí, imposible. Así, ya me había parecido. Entonces, ingente, universalmente, era preciso, sin cesar, un milagro: que es lo que siempre hay, en el fondo, de veras. Por mí, no pude negarle, incierta, la simpatía intelectual, a él, abstracto —victorioso al anularse— llegando al pináculo de un axioma.
       Siete peritos, oficiales pares de ojos del espacio inferior lo estudiaban. —“¿Qué ver: ¿qué hacer?” —ahora. Pues el dr. Director nos comandaba, en consejo aquí, donde, servicial para nosotros, sin embargo, arduo se portaba el ilustre hombre, que ahora encarnaba el alma de todo: inaccesible. Y —por lo tanto— inmedicable. Habría y hay que reducirlo a bajar, y valga que por condigno medio de desguindarlo. Apenas, no estando a la mano para cogerse, tampoco para atraerse con alabanza y frases. —“Hacer qué?” —unánimes, ahora, tardábamos en atinar. Con lo que el dr. Director, como quien saca y dispara, prometió: “¡Vienen ahí los bomberos!” Punto. Ponían los camilleros en el suelo la camilla
       Lo que venía era la rechifla. No a nosotros, felizmente bien, sino a nuestro guardián del erario. Él estaba en lo alto. Rápida, según el bazucar de la multitud, se había difundido la identidad del héroe. Donde, de inicio, chiflos, aislados, de aquí, allí, uno que otro, cómicamente, la marea pronto borbotaba. Y bramó a los cielos, formidable, una, la versión vox-popular: —“Demagogo! ¡Demagogo...!” —opuesta resonancia. “¡Demagooogo...!” —buenas y gordas, quita, santos cielos, qué chasco. El ultra vociferado griterío a extraerse de la inmensidad: apretada, en pie, impía —herventada del calor del día de marzo. Pienso que también uno de nosotros, y yo, en conjunto conclamábamos. Sandoval, sí, cierto; él, por primera vez en su vida, aunque en esbozo, a rebelarse. Reprobándonos el profesor Dartañán: “¿Un político no tiene derecho a las enfermedades mentales?” —magistralmente enojado. Tan cierto que hasta el dr. Director en sus créditos y respetos, vacilaba —psiquiátrico. Fijándose, se veía que nuestro pobre hombre perdía la partida, ahora, una vez que no conseguía juntar el prestigio al fastigio. Demagogo...
       Lo consiguió: excelente traidor. En suave y súbito, sucedió que se movió, balanceándose y por causas: dejó caer... ¡un zapato! ¡Perfecto un pie de zapato! —no más— y tan condescendientemente. Pero esto era el teatral golpe, menos amedrantador que de vasto efecto burlesco. Claro que en el vivo popular hubo reflujos y flujos, cuando la mera pieza dimitió de allá, viniendo al suelo, y gravitacional se exhibió en al aire. Aquel hombre: —“¡Es un genio!” —dijo positivo el dr. Bilolo. Porque el pueblo lo sentía y aplaudía en redoblada excitación: —“¡Viva! ¡Viva!” —vibraron, reviraron. —“¡Un genio!” —haciéndose notar, lo elegían, le ofertaban oceánicos aplausos. ¡Por San Simeón! Y sin duda lo era, personagente, un sicofanta, conforme confiere y confirmaba: con extraordinaria acuidad de percepción y alto censo de oportunidad. Porque hubo también el otro pie, que no menos se desplomó, post pausa. Sólo que, para variar, este recto, presto, rayó —no parabolaba. Eran unos zapatos amarillentos. Nuestro hombre, en festival —autor, sublimado, blanco: de esta y eléctrica exclamación adecuada.
       La estropeó la sirena de los bomberos: helos que, venciendo con dificultad el acceso y apuntando con esos tintináculos sonidos y aspaviento. Y ancoraban, esto es —rubro o arrebol— el gran coche. Para ellos se ampliaba lugar, estricto espacio para maniobra; con su fuerte nota belígera, recogieron harta sobra de aplausos. Ya ahí, el Comandante, entendiéndose con la Policía y también con nosotros. Tenían el segundo camión, largo, que se hacía base de la escalera: pertrecho andante, para la empresa, que se desdoblaba altanero, esencial, muy máquina. Ya se iba a actuar. Manejándose marciales tiempos y movimientos, a la corneta y pitos dados. Comenzaron. Ante todo, ¿qué diría nuestro paciente —expuesto cínico— insigne?
       Dijo —“Lo feo se está volviendo cosa...” —entendiendo nuestro planes, con viveza constataba; y con eso se indocilizaba con mímica defensiva, astuto además de alienado. La solución parecía no convenirle. —“Nada de caballo de palo!” —se veía de fresco humor y troyano, sospechoso de Palas Atenea. Y —“¿Me quieren comer todavía verde?” Lo que, de puro mimético y sintomático, apenas, no desentonaba ni regocijaba. Cierto que, aun sin escalera, los buenos bomberos muy hombres serían para de asalto tomar la palmera real y superarla: el uso aislado de uno de ellos, tan bueno en técnicas, vaya a saberse, como un antillano o canaco. A poder de cuerdas, ganchos, espeques, pedales postizos y poyos clavados. No hubo más la conversación entrecortada de las grandes expectaciones. El silencio se lucía.
       Es decir, el hombre, el prócer, protestó: —“¡Paren!”, hizo gesto de protestar más. —“¡Solo muerto me arrean, me apean...!” —y no de balde, augural, tenía él bien adiestrado el verbo. Se hesitó; de acá para acullá, hesitábamos. —“Si vienen me voy yo... ¡Yo me vomito de aquí...!” pronunció. Había declamado lentamente, casi liberado, eufórico, mientras en las lozanas palmas, retozándose, desvariadas veces, a balancearse, oscilante por un hilo. Como en canto de rana agregó: —“Perro que ladra no es mudo...” —y ya que sólo faltaba casi el tris, para pasarse de aviso a lástima. Parecía tenerse, apenas por las rodillas, de cualquier sencilla e insoportable finura: su alma en su palma. Ah... y casi, casito... casitito, casi... Era de horripilarme. Nada. —“Es de circo...” alguien me sus—susurró, el dr. Eneas o Sandoval. El hombre, todo podía, nosotros sin la certeza de eso. ¿Sólo serían simulaciones e invenciones? Sería capaz de elidirse, largarse y remitirse al diablo. En ladino descabellado propósito, se colgó un poco más, resuelto rematado. La muerte tocaba, paralela a nosotros —su tenue tambor taquigráfico. Se nos vino la tensión pánica: me helé. Y ahí, feroces, a favor del hombre: “¡No! ¡No!” —la gritamulta. “¡No! ¡No! ¡No!” —tumultronada. La plaza reclamaba, clamaba. Se tenía que postergar. ¿O producir un suicidio reflexivo —y el desmoronamiento del problema? El dr. Director citaba a Empédocles. Fue en lo que concordaron los jefes terrestres. Apremiaba la urgencia de no hacerse nada. De las operaciones de salvamento se interrumpió el primer ensayo. El hombre dejó de balancearse —irrealmente en la punta de la situación. Él dependía de él, él, de él, él, sujeto. O de otro cualquier evento, que, inmediatamente, y mucho, se siguió.
       De uno —dos. Apareciendo con el jefe de Policía, el Jefe de gabinete del Secretario. Se le alcanzó un binóculo y él metía el ojo, palmera real avante, arriba, deteniéndose en el titular. Para con respeto humano renegarlo: “No estoy reconociéndolo bien...” Pero, entre lo que con más decoro le conviniese, optaba por la solicitud, pálido. Tomaba el aire, un aire de antecámara, todo allí aumentaba de gravedad. ¿la familia, ya había sido avisada? No, y mejor, nada: la familia avergüenza y molesta. Se requerían, no obstante las verticales providencias, lo que quedaría por nuestra mala cuenta. Se tenía que parlamentar con el demente, no habiendo otro medio ni término. Hablar para hacer el momento; era el caso. Y en menos desniveladas relaciones, ¿cómo engranarse, físicamente, el diálogo?
       ¿Sería necesario un palenque? —se dijo. Y, entonces, ya aparecía —el cónico cartucho o calabaza— un altoparlante de los bomberos. El dr. Director iba a razonar la causa: penetrar en el laberinto de un espíritu, y —a mazazos de intelecto— convencerlo, con doctoridad. Toques, repetidos, cortos, de la sirena, generaron el silencio incierto. El dr. Director, domador, empuñaba el negro cornetín, lo embocaba. Lo dirigía hacia lo alto, circense, y en él, trompetero, soplaba. —“¡Excelencia...!” —y téngase en cuenta que, aun, con muy poca digna mesura. Su calva fue la que se lució, de metaloide o de metal; el dr. Director gordo y bajo. Infundado, el pueblo lo abucheó: “Vergüenza, viejo!” —y— “deja, deja...!” De este modo, sólo estorba, la lega opinión, a todas las clericales artimañas.
       Todo abdicativo, el dr. Director, perdido el comando del tono, escupió y se secaba el sudor, suelto de la boca el instrumento. Pero no pasó el megáfono al profesor Dartañán, lo que es claro. Tampoco a Sandoval, prestante, ni a Adalgisio, a sus labios. Ni al dr. Bilolo, por cierto queriéndolo, ni al dr. Eneas, sin voz usual. ¿Entonces a quién, pues? A mí, migo, me, si os parece, pero sólo enfín. Temí cuando obedecí, y de mucho siso había menester. Ya el dr. Director me dictaba.
       —“Amigo, vamos a hacerle un favor, queremos cordialmente ayudarlo...” —produje por el conduto; y hubo eco. —“¿Favor? ¿De abajo para arriba?...” —vino la contestación asaz sonora. Él estaba en fase de aguda aguja. Había que interrogarlo. Y a mando del dr. Director, lo llamé, de mi boca, con intimación: “¡Psiu! ¡Ola! ¡Escuche! ¡Mire!” —altilocué. —“¿Fallirán mis bienes?” —altisonó. Dejaba que yo prosiguiera; debiendo ser la suya una comprensión entendiada. ¡Lo que le hablé, de deberes y afectos! —“El amor es una estupefacción...” y: —“¿Eh? ¿Quién? ¿Eh?” —hizo personalmente el dr. Director, que el aparato, afligido, me había arrebatado. —“Tú, yo y los neutros...” —retrucó el hombre; en aquella elevada incongruencia, su imaginación no se entorpecía. Para nada era ineficaz para allá para acá parlar, razones de quiquiriquí, la buena nuestra verbosidad; a no ser para atizarle más los sesos, pata un numen endiablado. Se disistió; bien o mal, viene de quererse mimar, a puñetazos, un puerco espín. Del cual, tan de arriba, se escuchó todavía la final, pérfida pregunta: —“¿Fueron a las últimas hipótesis?
       No. Restaba lo que se inesperaba, dándose como suceso de ipso facto. Llegaba... ¿Qué? ¿Qué creer? ¡El propio! El verdadero y sano, existente, Secretario de las Finanzas Públicas —ipso. Puesto que bien de terra surgía, y en embestida. Oprimido. Opaco, Nos abrazaba, a cada uno de nosotros se daba, y de veras lo adulábamos, conscientemente, voz inarmónica; señaló causas; ¿tenía un sosía? Lo subían al carro de los bomberos, y, aplomado, primero hizo un giro sobre sí, en tablado, completo, adecuándose a la exposición. El público le debía. —“¡Conciudadanos!” —en la punta de los pies. —“Yo estoy aquí, ustedes me ven. ¡Yo no soy aquel! Sospecho exploración, calumnia, embuste de enemigos y adversarios...” Por ronco a la fuerza, calló, no se sabe si con más bienes que males. El otro ya ahora ex-pseudo, destituido, lo escuchó con ociosidad. De su conquistado gallinero, no paraba de decir que “sí”, meneado.
       Era medio día en mármol. En el que, curiosamente, no se tenía hambre ni sed, y cómo acordarse de las demás cosas. Súbita voz: —“¡Vi la quimera”! —bramó el hombre, importuno, impolítico se había airado. ¿Y quién y qué era? Por ora, ahora, nadie, nulo, Juan, nada, zafio, quídam. Desconsiderando la moral elemental, como a concepto relativo: lo que probó por señales muy claras. Desacataba. Todavía, el modo jocoso, se hacía de castillo en el aire. ¿O era por lo épico epidérmico? Mostró —lo que había entre la piel y la camisa.
       Pues, de repente, sin espera, mientras el otro peroraba, él se desnudaba. Se dio a luz, siendo gota a gota el hecho. Sobre nosotros, sucesivos, revolantes —saco, calzoncillos, pantalones— todo a banderas desplegadas. Retumbándole la camisa, por fin, panda, aérea, aeriforme, alba. ¡Y hecho el lío! —fue— barbullas. En la multitud había mujeres, viejas, jóvenes, gritos, correcorre, desmayos. Era, el levantar los ojos, y el irrespetable público asistía a él in puris naturalibus. De casi albura seca de mandioca, en la verde copa y fronda de la palmera, un legítimo desropado. Sabía que estaba a transparentar, palpaba sus miembros corporales. “El síndrome...” —el Adalgisio observó; de nuevo confundíamos. —“Síndrome exofrénico de Bleuler...” —pausadamente soltó el Adalgisio. Se simplificaba el hombre en escándalo y emblema, y franciscano magnífrico, a fuerza de sumo contraste. Pero se reposaba, ya de humor benigno, en condiciones de primitividad.
       Con eso —y tanta jarana— en medio del acrisolado calor, sudaban y se anojaban las autoridades. ¿No se estaba pudiendo con el desordenado tan subversor y anónimo? Había que iterar, decidieron, confabulados: arcar con los cuernos del caso. Todo se puso en movimiento, tronada la orden otra vez, breve, bélica, a fanfarria: para el acomodamiento de los bomberos. Nuestro rancho y atrio, ahora de cierta anchura, rodeado de cuerdas y policías; ya allí moviéndose los periodistas, reportero y fotógrafos, un puñado; y filmaban.
       Pero el hombre, atento, además de persistir en sus altos intentos, se guisaba también en trabajo muy activo. Seguramente contaba con eso, de maquinarse contra él nueva trampa. Tomó cautela. Contra atacaba. Se echó hacia arriba, mal y más arriba, desde que hubo inicio el salvamento: ¡contra su voluntad no lo salvarían! Hasta, si hasta. Se erguía de las palmas movedizas, hacia el sumo vértice; ya iba a alcanzar el estrípite, ver y ver, con gran riesgo de precipitarse. Lo exacto sería el fallar —con una evidencia de cascada. —“¡Es ahora!” —fue nuestra interjección golpeada; ahora lo que se sentía era lo contrario del sueño. Se irrespiraba. ¿En aquella cantidad de silencios, avanzaban los bomberos, bravos? Solerte, el hombre, al último punto, se sacudió, se balanceaba, helo —misantropoide gracioso, en artificioso equilibrio pero en su eje extraordinario. Más disparates: —“¿Mi naturaleza no puede dar saltos?...” —y, a la pompa, se sobresalía.
       Tanto era cierto que también nos divertía. Como si todavía necesitase de patentizar optimismo, nos mostraba insospechado estilo, dandinaba. Se recomplicó, empeoró, la pausa. Su caída y muerte, inciertas, sobre nosotros pairando, altaneras. Pero, aun cayendo y muriendo, de él nadie entendería nada. Estacaban los bomberos. Los bomberos recuaban. Y la alta escalera desandó, se desarquitectó, se encajaba. De nuevo, derrotadas las autoridades, diligentes, repartiéndose entre cuidados. Descubrí lo que nos faltaba. Allí, una fuerte banda de música, con brío, a redoble. De lo alto de aquella palmera, un ser, solo, nos contemplaba.
       Diciendo, sonriente, el Capellán: —“Endiablado...
       Endiablados, sí, los estudiantes, legión, ¿qué del sur de la plaza arrancaban? —de donde se habían concentrado. Hecho que revivió la rueda, un alboroto, de estrépito, de asalto. En torrente, ahora, empujaban paso. Ideaban fuese el hombre uno de los suyos, errado o cierto, por lo que juraban rescatarlo. Era un esfuerzo duro contener a la estudiantada. Traían no visible bandera, además de fervor hereditario. Se obstinaban. Entrarían pronto los de caballería, escuadrones rompientes, para la lucha contra el noble joven pueblo. ¿Cargaban? Pues, después. Más grande la confusión. Todo tentaba a evolucionar, en tiempo vertiginoso y revelado. Llegó a que se pedían refuerzos, con intención de desocupar la plaza; lo que venía a punto. Pero también se entonaban innacionales himnos contagiando a la multaburta. ¿Y paz?
       Con as, roque y rey, a eso atendió, subido al coche de los bomberos, el Secretario de Seguridad y Justicia. Canoro, grueso, no bromeó: —“¡Muchachos! Sé que les gusta oírme. Prometo todo...” —y verdad. Por eso lo aplaudieron, agitadísimos, en sus antecedentes se fiaban. Vino en seguida una remisión, y alguna calma. En la confusión, por el sí o por el no, se escapó, entonces, el de las Finanzas Públicas Secretario. En verdad, medio cansado de emociones, se iba para la vida privada.
       Otra ninguna cosa aconteció. El hombre, mientras tanto, entreapareciendo, se había acomodado, en cuna, en sus palmares. Durmiendo o aflojando el agarrarse, ¿si él diese en entorpecerse, y enfín, a los añicos machacarse abajo? De cómo podía mantenerse rígido así, incontable tiempo, explicaba a los circunstantes el profesor Dartañán. Abusaba de nuestra paciencia —un catatónico hebefrénico— en estereotipia de actitud. —“A flechazos en seguida lo derribarían, entre los parecis y nhambiquaras...” —enteró el dr. Bilolo; contento de que la civilización haga prosperar la solidaridad humana. Porque, sinceros, sensatos, a esa altura también el dr. Director y el profesor Dartañán se congraciaban.
       Se sugirió nueva expedición de la vieja necesidad necesidad... Si, por muy alocado, ¿no condescendería, al apelo de algún argumento próximo y discreto? Él no iba a resabiar: conforme concordó, consultado. Y la acción se armó, tomó alas: la escalera exploradora —como un canguro, o saltamontes, enorme, rojo— se desdobló, en desgoznada cosa hasta más de medio camino en el camino en el vacuo. La subía el dr. Director, sin miedo, osadamente, él que se naturalizaba heroico. Atrás subía yo descendiendo, a modo de Dante atrás de Virgilio. Nos ayudaban los bomberos. Al otro, allá, en la cumbre, nos dirigíamos, sin la propia orientación en el espacio. Todavía a muchos metros de nosotros nos atendía y a nuestro latín perdido. Porque, brusco, entonces, bramó por: —“¡Socorro...!
       Tan entonces otro bullicio —y el mundo inferior estallaba. En furia, bullanga y frenesíes, allí la población que iba a insanarse y a enloquecerse, somandándola sus mil motivos en una alucinación de manicomiables. ¡Depréquese! —no fueran a derribar camión y escalera. Y todo a causa del sobredicho suyo: como si hubiese él instilado veneno en los depósitos del agua de la ciudad.
       Reapareciendo, lo humano y extraño. El hombre. Veo que él se ve, tuve que notarlo. Y algo terrible de repente pasaba. Él quería hablar, pero la voz se desmorecía; y se le enredó el habla. Estaba en equilibrio de razón: es decir, lúcido, desnudo, colgado. Peor que lúcido, cuerdo; con la cabeza asentada. Despertaba. Su trastorno, pues, había terminado, y, de la idea delirante, se veía despabilado. Desintuido, desinfluido —por lo menos— inspirado. En doliente conciencia, apenas se había desinflado, recuando a lo real y autónomo, a su mal momento de espacio y tiempo, al sin fin de lo comedido. Aquel pobre hombre descorazonaba. Y tenía miedo y tenía horror —de tan nuevamente humano. Tendría el susto reminisciente —de lo que, recién allí, había podido hacer, con peligro y precio, en descompás, su inteligencia en calma. Tendría ahora que despeñarse de un momento para ningún otro. Temblé, yo misrable. ¿Se vertía, caía? Tiritábamos. Y era el no más allá de la magia. Porque él estaba en sí; y pensaba. Penaba —de vergüenza y acrofobia. Allá, íntima, loca, en mar, la multitud: infernal ululaba.
       Entonces, ¿cómo salirse, del lance, desmanchado el firme burgo? Lo entendí. No tenía cara con qué aparecer. Ni ropas —bufón, truhán, estorbo— para enfrentar las razones finales. Él hesitaba electrochocado. ¿Preferiría, entonces, no salvarse? Al drama en el catafalco, se vertía la copa de la altura. Un hombre es, ante todo, irreversible Todo puntillado en la esfera de la duda, se proponía en otra e inmensurable distancia, de millones y trillones de palmeras. ¿Se desproyectaba, pobre, y tentaba agarrarse, inapto, a la Razón Absoluta? Adivinaba eso el desvariar de la multitud aspavientera —enloquecida. Contra él, que, de algún modo, de alguna maravillosa continuación, de repente nos frustraba. Por lo tanto, abajo, alto bramaban. Fieros, feroces. Él estaba sano. Vesánicos querían lincharlo.
       Aquel hombre apiadaba diferentemente —fuera de la provincia humana. La necesidad de vivir lo vencía. Ahora, en aturdimiento de zorro, requería nuestra ayuda. En fácil prisa actuaban los bomberos, lanzándose a reaparecerlo y retraerlo —lo prestidigitaban. Lo bajaban, con tablas, cuerdas y piezas, con sus otros medios apocatastásticos. Pero estaba salvo. Ya, pues. Esto y así. ¿Iría el pueblo a destruirlo?
       Sin concluir todavía. Antes, aun en la escalera, en el descender, él miró, mejor, la multitud, deogoenésica, diogenista. Venida la cosa, de tal cabeza, el caso que ya no se esperaba. Nos dio otro color. Pues, ¿volvían a enloquecerlo? Apenas proclamó: —“¡Viva la lucha! ¡Viva la libertad!” —desnudo, adán, nato, psiquiartista. Frenéticos lo ovacionaron, las decenas de millares se estremecían. Hizo ademanes y llegó abajo incólume. Apañó entonces el alma de entre los pies, se puso otro. Aplomó el cuerpo, desnudo, definitivo.
       Se hizo el monumental desenlace. Lo agarraron, en hombros, en espléndido, lo llevaron transportado. Sonreía, y, ciertamente alguna cosa o ninguna profería. Nadie podría detener a nadie, en aquel desorden del pueblo por el pueblo. Todo se deshizo en andamiento, esparciéndose para trivialidades. Se había vivido el día. Sólo restaba inmutada, irreal, la palmera.
       Concluyendo. Sucedió que, después, desahogados, se cambiaban los delantales por los sacos. Modulaban drásticas futuras providencias, con el profesor Dartañán, ex profeso, el dr. Director y el dr. Eneas —alienistas. —“Veo que todavía no vi bien lo que vi...”: refería Sandoval, lleno de escepticismo histórico. —“La vida es constante progresivo de conocimiento...” —definió el dr. Bilolo, serio, entendiendo todo por primera vez. Poniéndose el sombrero, elegantemente, ya que de nada se sentía seguro. La vida era a la hora.
       Apenas, nada dijo. El Adalgisio, que, sin ningún motivo aparente, ahora y siempre súbito nos asustaba. Juicioso, correcto, circunspecto en demasía; y terrible él, no en sí, insatisfactorio. Visto que, en el sueño general, había permanecido insoluble. Me daba un frío animal retrospectivo. No dijo nada. O tal vez lo dijo en la orden del día y he aquí todo. Y se fue para el centro a comer camarones.




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