João Guimarães Rosa
(Minas Gerais, Brazil, 1908 - Rio de Janeiro, 1967)


Birlibilopsiquicia
(“Pirlimpsiquice ”)
Primeiras estórias
(Río de Janeiro: Livraria José Olympio, 1962, 193 págs.)


      Aquello en la noche de nuestro teatrito fue de ¡Oh! El estilo despavorido. Por lo que sé, que se sepa, nadie por sí solo, supo bien lo que hubo. Todavía, hoy, pasados tantos años, uno se acuerda: pero, más del repente que del desorden, y menos del desorden que de rumor. Después los curas hablaron de poner fin a fiestas como esas en el Colegio. Quien nada podía explicar el ensayador, Dr. Bermúdez, catedrático de coreografía e historia patria, volvió a su rincón, su tierra; si vive, allá estará ya pasado de viejo. ¿y el endiablado negrito Alfeu, jorobado? Astramiro, ahora en la aviación, y Joaquincas —bookmaker y actividades adyacentes— con ambos alguna vez me encuentro, los hechos se recuerdan. La obra iba a ser el drama. “Los Hijos del Doctor Famoso”, sólo en cinco actos. ¿tuvimos la culpa de su no desenlace, los elegidos para representarlo? A veces pienso. A veces no. Desde la hora en que, justo en un recreo de después del almuerzo, el bedel Sr. Siqueira, el Surubín, sesudo de misterios, vino a llamarnos para la gran novedad, el pacto de puro entusiasmo nuestro había avanzado sin detenerse. Éramos once, digo, doce.
       Aturdidos, pues. El padre Prefecto, solemne modo, nos hizo la comunicación. Después, con el Dr. Bermúdez allí al lado, se rezó el padrenuestro y tres avemarías, a las luces del Espíritu. Ahí, el Dr. Bermúdez, que empuñaba el libro, discursó un resumen, para nuestros corazones, con todas las ganas. Entonces, cada uno tuvo que leer del texto algún pasaje, extrayendo de sí la bonita voz, lo mejor que pudiese; se leyó arrebatadamente. Sólo Ze Boné no se achicó por el peor, y promovió risas, de completo beocio, que era. Cuando el Dr. Bermúdez nos despachó, nos acordamos de que en el grupo estaban peleados los dos más decididos y respetados —Ataualpa que iba a ser el Doctor Famoso, y Darcy, el Hijo Capitán. Pero los mismos en seguida convinieron en hacer las paces sin que nosotros interviniéramos, ofreciéndonos de mediadores. Se reconciliaron, dando, todavía, Ataualpa a Darcy un sello del Transvaal, y Darcy a Ataualpa uno de Tasmania o China. Luego ellos, de jefes, nos miraron de arriba, y empezaron las órdenes: —“¡Nadie cuente del drama a los demás!” Concordamos, se combinó, juramos. Se carecía de unos momentos para ajustarse la grandiosa alegría en los recovecos de nuestras cabezas. No así Ze Boné, por cierto.
       En efecto, Ze Boné, regularmente tonto. Sin hacer caso de compañía o asuntos, se pasaba los recreos reproduciendo películas de cine: corría y brincaba, rápido, de acá para allá, fingía galopes, disparaba tiros, asaltaba la malaposta intimando y poniendo manos arriba, y besaba al final —figurando a un tiempo de galán, la joven, bandidos y comisario. De él, bien, se reían. El necio. Asimismo, hallaron que para el teatro él me pasaba; decidiendo, el padre Prefecto y el Dr. Bermúdez, que, por retraído y no muy desenvuelto, ya no servía para cualquier escena. No fuese el padre Director, que en buena hora venía entrando, a declarar que, aplicado, y con voz variada, cierta, de recitador, yo podía con ventaja ser el apuntador. Me sonreí de los otros, amigos, que se mí se burlaron. Joaquincas, el que iba a personificar al Hijo Cura me dio dos marcas nuevas de cigarros, y yo a él, dos monedas de cinco céntimos, y el medio pan que estaba guardando en el bolsillo. En eso, Darcy y Ataualpa se hicieron de valor, alegaron no ser Ze Boné competente para las dispuestas obligaciones. Pero el padre Prefecto nos reprendió la soberbia, tanto que el papel que le tocaba Ze Boné, de un policía se parlamentaba de lo más sencillo, escaso de habla. De nada servía al Araujito, haciendo del otro policía, poner la cara amargada: se acabó la opinión de la cuestión. No que Ze Boné a nosotros nos llenase —de inquietas cautelas. ¿El secreto, iba él a poder guardarlo?
       Más, ahí, tuvimos dudas. ¿Si los demás alumnos se reuniesen para, a la fuerza, querer hacernos contar el enredo del drama? ¡Dos de ellos nos preocupaban, fuertes, de los mayores entre los internos, no requisitados para el teatrito por mal comportados e incorregibles! Tanziano y el Sopetón, centro delantero de nuestro equipo de fútbol. Y yo, aquí, tuve la idea. Precisábamos imaginar, rápido, algún otro cuento, más inventado, que falsamente íbamos a contar, embaucando a los demás en el engaño. Y de Ze Boné quedaría siempre uno cerca, cuidándolo.
       Sin razón, se ve, esas preocupaciones. Ze Boné, nada de nada contaba. Ni en el enredo del drama ponía sentido, a no ser algún chiste o peripecia, pronto y mal encajados en sus películas de cine; pues él continuaba a describe —vivirlas, con aquella valentía y el ágil no cansarse, sorprendentes. Y Tanziano y Sopetón en el asunto del teatro ni tocaban, fingiendo, seguramente, no dar la debida importancia. Pero el otro cuento, por nosotros tramado, proseguía, aumentaba, con singulares—en—extraordinarios episodios, que uno u otro venía y proponía: el “fusilado”, “el tren del duelo”, la máscara: “hocico de perro”, y, principalmente, el “estallido de la bomba”. Oían, gustaban, exigían más. Hasta el negrito Alfeu, hijo de la cocinera, y lisiado, volvía arrastrándose con rapidez para escucharlo, mientras Surubín no lo veía y echaba de ahí. Ya, entre nosotros, era el “nuestro cuento” que, a veces, llegábamos a preferir al otro, el “cuenta de la verdad”, del drama. El cual, sin embargo, por mi orgullo de “apuntador”, había yo puesto ahinco en retener de cabo a rabo de memoria y salteado. Sólo me descontentaba, en la noche de la fecha deber quedar encubierto del público, debajo de aquella caja o calabaza, que por ahora aun no se tenía en los ensayos.
       —“Representar es aprender a vivir más allá de los livianos sentimientos, en la verdadera dignidad” —nos exhortaba el Dr. Bermúdez, sobre sus serias barbas. Ataualpa, el “Pechudo”, y Darcy, el “Pintado” determinaban que se acabase, en el acto, con esa tontería de apodos. Unas doñas estarían costurando las ropas que íbamos a revestir, los chaquetones del Dr. Famoso y del Amigo, la sotana del Hijo Cura, el uniforme del Hijo Capitán, sólo trajes. Se propuso tratarnos sólo por los nombres del drama: Mesquita el “Hijo Poeta”, Rutz el “Amigo”, Gil el “Hombre que sabía el secreto, Nuno el “Delegado”... El Dir, Bermúdez dirimía los estorbos: en vez del “Criado”. Niboca mejor se llamaría el “Fámulo”, Astramiro el “Redimido” y no el “Hijo Criminal”; yo, el “Maestro Traspunte”. —“Acuérdense: circunspección y majestad” profería el Dr. Bermúdez —..y: “Duradero el arte y breve la vida— ¡una preconización de los griegos!” Nos inquietábamos, no fueran a destituirnos de aquel sueño. Íbamos a proceder muy bien hasta el día de la fiesta, no fumar a escondidas, no charlar en las filas, esquivar a la mínima regañina, poner atención en las clases. Los que no éramos “Hijos de María”, impetrábamos hacer parte. Joaquincas comulgaba a diario, se veía sólo ideal, ya cura y santo. Todas las tardes a partir del recreo de después de cenar, se subía para el ensayo, demorado, librándonos de los estudios de la noche bajo la doble mirada de Surubín; esa ventaja también nos envidiaban los otros. —“¡Ea! ¡Brío! Obstinémonos. Decoro y firmeza. ¡Ad Astra per aspera! Siempre dúctiles a mis enseñanzas...” —Dr. Bermúdez observaba. Suspirábamos por el perfecto, el estricto juego de escena, a atormentarnos. No así el Ze Boné, seguramente. Ese entraba marchando, hacia venias, pero no había caso de corregir ni media palabra. Y ya el día, viniendo próximo, no más dos semanas. ¿Por qué no sustituir al estafermo? No el Dr. Bermúdez: —“Señores discípulos míos, para persistir en el prepararlos, no me desfallece la perseverancia!” Ze Boné, por el tono, sacaba algún entender, se empinaba sin confundirse y contento. Ah, su “enseñanza”, al rigor, en verdad, sería para que él nos pagase. No por ahora. Sólo se ansiaba. Siempre juntos, lo notable, renegados los planes para las vacaciones, y aun sólo por alto recordado el afán de fútbol.
       Si no los tiempos y contratiempos. ¿Se burlaban de nosotros los demás? Citando, con aires, lo que no entendíamos siquiera. Decían ya saber el verdadero cuento del drama, y que no pasábamos de impostores. Cierto, circulaba otra versión, completa, por suerte, bien preparada, pero del todo mentirosa. ¿Quién la había divulgado? Gamboa, el chistoso, de mucha inventiva y labia, que afirmaba a pie juntillas, estar adueñado de la verdad. ¡El colmo de perro! A él, pasada la fiesta se juró también una paliza. Por ahora, sin embargo, teníamos que combatir ese cuento de Gamboa que nos dejaba humillados. Repetíamos, entonces, sin cesar, “nuestro cuento” con fuerte carácter de sinceridad. Siempre había los partidarios de uno y de otro, no raro cambiaban de grupo, una que otra vez, por día. ¿Tanzanio y Sopetón comandaban el bando de los Gamboas?
       —“Entreguémonos a la suma justicia del Omnipotente...” —profería el Joaquincas. —“¡Unos salvajes! ¡Les arrimo Candela! —el Darcy rugía, o el Ataualpa. Pero: “...El réprobo, el ímprobo, que me cisma los días...” —ya, se va vago, desenfrenado. El Surubín decía que nuestro teatro robaba a la enseñanza, y que no era verdad que, en los exámenes, ganaríamos buenas notas de cualquier modo. ¿Posible? Sopetón estaba organizando otro equipo de fútbol, porque nosotros mal entrenábamos: ¡miserias! Para ver si Ze Boné sentaba el juicio, ¿valdría no dejarlo dar más su cine? Y, justo, ciertas escenas del drama, legítimas, estaban siendo divulgadas. ¿Habría entre nosotros un traidor? No. Se descubrió: ¡el Alfeu! El jorobado, piernas retorcidas y blandas, casi de no poder caminar, pero capaz de deslizarse ligero por los corredores y escaleras, como culebra: ¡y que venía a escuchar los ensayos, detrás de las puertas! Sólo que, con Alfeu, aun posfiesta, no se le podía ir a lo manotazos: él hurtaba, para nosotros, pan, dulce, chocolatines, cosas de la cocina de los curas. ¿Teníamos que alquilarle el silencio? Todo, felizmente por tres días. Ya el Dr. Bermúdez, desistido de introducir en Ze Boné su parte, lo había intimado a representar de mudo, apenas, proscrito el abrir la boca en el escenario. Me dolía un diente, podía hinchar la cara; ¿o no, no dolía? Todo por dos días, sólo. Tanziano y Sopetón, ¿qué amenazaban? Todo por día y medio, por la víspera. Por lo que, se estremecía y se ardía. Era en esa víspera, nuestro ensayo general.
       —“¡Sus y ea! Abroquelémonos!... El Dr. Bermúdez se paseaba levemente. No salía el ensayo general con brillo y pompa, todos en la punta de la lengua sus papeles —para disgusto mío. ¿No precisarían de apuntador? Mas en eso sobrevino el trueno de Júpiter. El padre Director había asistido al quinto acto. Él era abstracto y serio: no veía a quien. Sin realces dijo: que nosotros estábamos ciertos, pero demasiado acertados, sin acometimiento de vida válida, sin la propia, pronta naturalidad... Nos desmontó, tontos de consternados. Y ya en la noche, tan tarde. De nuestro Dr. Bermúdez, empalideciendo hasta la barba: “Señores alumnos míos... Ad augusta per augusta...” —él gimió— “Durmamos...
       Y quién dijo que al otro día, siguiente, domingo —¡el día!... íbamos a tornar a ensayar, ensayar, ensayar, señor, pero— con los alborotos, las cortas horas, pocas: la misa demorada, la gente ganando pan de miel y bizcochos en el café, teniéndose que ayudar a arreglar el teatro, la caja del apuntador, verde, repintada fresca, las muchas jóvenes y señoras aparecidas, llegadas nuestras ropas teatrales, nuevecitas en los envoltorios, mientras se decía que Tanziano y Sopetón estaban reunidos unos, que nos iban a amasar, armar jarana y pelea, y llegando visitas, los padres, los parientes, de afuera, para asistir, recorrían el Colegio, ¡y por ahora se decía que el bando de Tanziano y Sopetón, los Gamboas, iban a darnos la tremenda vaya! —y el Dr. Bermúdez, de repente enfermo, del hígado, cólicos, temiendo nosotros que no pudiese ser la fiesta, y traían los programas prontos, de nuestro teatro, hasta el Alfeu, vestido con ropa nueva, marinera, su mamá lo hacía andar hoy con muletas, y el Dr. Bermúdez ya sanado, levantado, las sumas negras barbas, por la tarde, la cena temprano, botella de limonada, y gallina, empanadas, postres de dos dulces, que ni pude, porque ya venía derecho a decir el Surubín, satisfecho, bien que yo había temido ya mala suerte de última hora, pasado todo el día así, ¿de oreja con la pulga atrás?
       Silencio. El Surubín venía hacia el Ataualpa. Estaba en la portería el tío de Ataualpa —el padre de Ataualpa era diputado, estaba a la muerte en Río de Janeiro. Ataualpa tenía que viajar, en tren, dentro de dos horas. ¿y el teatro? ¿El espectáculo? Ataualpa ya se iba con Surubín, cambiar de ropa, arreglar la valija. Pero, era imposible que no hubiese teatro, era para beneficio. Y... Sólo quien podría ser en vez de Ataualpa, quien sabía de memoria todos los papeles, el Doctor Famoso: ¡yo! Ah, y el “apuntador” sería, óptimo, el Dr. Bermúdez. Se dijo, se hizo.
       El contentamiento —el miedo. ¿El chaqué? El pueblo. Él —allí, quién medio escondido tocándome— ¡el Alfeu! —“Quieres un trago...” —de lo que él había hurtado; una botella de ginebra, de la bodega de los curas —decía que era para dar más alma al valor. Yo no quise. ¿Y los otros? ¿Ze Boné? El Alfeu no sonreía, silbaba. Yo no quería saber de los otros, ya me estaban vistiendo, el chaqué me quedaba un poquito ancho, una nada. A los otros tampoco debería gustarles que las señoras y señoritas les pasaran coloretes por la cara; ¡lo que no era de hombres! —y repintándonos los ojos y la hora enorme. El teatro, inmensamente, la platea: —“Nadie más cabe.” —La multitud de cabezas, bulla de gente entrando y sentándose, rumor, rumor —ah, las luces. El Dr. Bermúdez de chaqué también: “Excelsior” —medio desanimado. No era el montón de momentos, sí, no. Era la hora en la hora. Parecía que nos empujaban —para lo del todo sin propósito. Me ponían hacia adelante. Sólo oí las luces, avisté demasiado. El silencio.
       Yo estaba allí, quedo, parado, de chaqué, a orilla—mundo del público, enfrente. Y, ¿qué querían de mí? ¿Qué esperaban? Atrás, los compañeros, tocándome; ¿esta era hora para capirotazos? Y ¡oh! —súbito, a súbitas yo reconocía en la platea, tan llena, todos, en cada uno su lugar: Tanziano, el Sopetón, el Gamboa, el Surubín, el Alfeu, el padre Director... ¡Oh! —y me había acordado de la cosa terrible, Dios mío, ¿entonces nadie había pensado en eso, antes? Porque aquel arreglo de todos nosotros en el escenario, dispuestos en el proscenio, ya adelante, era conforme lo escrito en el programa: El Ataualpa, primero, debía recitar unos versos, que hablaban de la Virgen Patrona y de la Patria. Pero, esos versos, ¡yo no los sabía! Sólo Ataualpa los sabía, y Ataualpa estaba lejos, ahora viajando con el tío, en tren, el padre a la muerte. Yo, no. Yo: tieso y flojo, en el engorro, mal en sudor frío y caliente, no teniendo dale que darás, tartamudo de e-e-e, en el ni modo, sólo espanto.
       El minuto se paró. Se reían frente a mí los millares. De allá, en la fila de los curas, me hacían gestos: de órdenes y de preguntas, furiosas señas, me explicaban lo que yo ya sabía que no sabía, no podía. Sacudí que no, di vueltas a los bolsillos, para demostrar que no tenía los versos. Me instaban. —“¡Bajen el telón!” —escuché la voz del padre Prefecto. El Dr. Bermúdez en su bobo hoyo raspaba el garguero. Torné a no mirar. Grité, tremolé, tan entonces: —“Viva la Virgen y viva la Patria!” —grité.
       Resonaron fuertes aplausos. —“¡Bajen el telón!” —era aun el padre Prefecto en el bastidor. Porque, ahora, era de veras la hora, para quedarnos en el escenario sólo el Doctor Famoso y sus cuatro Hijos y entonces el telón volvió a subir, para abrir la primera escena del drama. —¡el telón! Pero el telón no bajó, seguramente estaba atascado; no bajó, nunca. Con confusión. Los que tenían que salir de escena, no salieron. Tornamos a adelantarnos todos, sin palo ni piedra, en fila, como soldados, zopencos. Y, ahí, vino la vaya. Salió de estampida...
       La vaya que nadie imaginaba. Lo que era un mar —patulea, todos en maullidos, rebuznos, silbidos: pateada. Nosotros, nada. Allí formados, soldados de veras, cambiando de color, de amargor— “¡Atención! ¡Sométanse!” —pero, ¿ni los curas a aquello podían poner un cobro? Por poco, el Dr. Bermúdez iba a surgir de allá, de la caja, mas no pudo, y se echó para abajo. Nosotros firmes, sin mover el paso, mientras la vaya era zumbada. La vaya paró. La vaya recomenzó. Aguantábamos. “¡Ze Boné! ¡Ze Boné!” —aquellos gritos también, después y durante esa vaya, o en intervalos. —“¡Ze Boné!” Fue suficiente.
       Ze Boné brincó, hacia adelante, Ze Boné nrincó a un lado. Pero no era en película de lejano oeste ni en atolondramiento de diabluras. ¡Ze Boné empezó a representar!
       La vaya paró, totalmente.
       Ze Boné representaba —rígido y bien, cierto, a raya, atinado— para toda la admiración. Él desempeñaba un importante papel, lo que uno no sabía era cuál. Pero no se podía caer en la risa. En verdad. Él recitaba con mucha existencia. De repente se vio: en parte, lo que él representaba; ¡era del cuento de Gamboa! Resonaron muchos aplausos.
       La pasmarota. En un instante, caliente, tomé vergüenza; creo que los otros también. ¡Eso, así, no podía! Lo imitamos. Comenzábamos, todos, de una vez, a representar el nuestro inventado cuento. Ze Boné también. La cosa que sucedió en medio de la hora. Fue en el ímpetu de la gloria —fue— sin combinación. Otros muchos aplausos resonaron.
       Al principio, un disparate —las desatinadas partaratas, como juego de adivinanzas. El Dr. Bermúdez soplaba alto, bufante, sus réplicas y pies destemplados. De ellos, sólo poca parte se aprovechaba. Lo demás eran ligeras —y solertes seriedades. Palabras con otro aire. Yo mismo no sabía lo que iba a decir, diciendo y dicho —todo tan bien— sin salir del tono. Sé, por lo que más tarde me dijeron: todo tenía y formaba el fuerte, bello sentido, ese drama del ahora, desconocido, extravagante, de todos el más bonito, que nunca hubo, nadie escribió, no pudiendo representarse otra vez, y nunca más. Yo veía a los del público acomodarse pretinas, gustosos, en el silencio completo. Yo veía —que nosotros éramos otros— a cada uno transformado. El Dr. Bermúdez debía de estar soterrado, desmayado en su correcta concha-de-apuntador.
       Gritaban bis el Surubín y el Alfeu. Hasta el padre Director rio, como se ríe Papá Noel. Ah, nosotros: protagonistas, otros actores, las figurantes figuras, pero personificantes personajes. Así, apenas pasando, con la naturalidad de nunca, por sí entrante, la valiente vida, más extraída. Ze Boné, ¿era el mejor de todos? Ora, era. Ea. Y. Fulgura, fuerte. ¡Ze Boné! —un frémito la representación. El suceso, que venido no se sabe de dónde y cómo; alguien me dijo, que estaba allí, juró cómo fue.
       Pero —de repente— ¿yo temí? A medio, a miedo, despertaba, y de aquel estro estrambótico. Esto: ¿aquello no paraba nunca, no tenía comienzo ni final? No había tiempo transcurrido. ¿y cómo sensatamente terminar, entonces? Era preciso. E hice fuerza, conmigo, para soltarme del encantamiento. No podía, no me conseguía —para fuera del corrido, continuo, del incesar. Siempre aplaudían, un raudal, nuevas palmas. Entendí. Cada uno de nosotros se había olvidado de sí mismo, y estábamos transviviendo, sobrecreyentes de esto: ¿qué era el verdadero vivir? Y era demasiado bueno, bonito —lo maravilloso— uno volaba, en un amor, en las palabras: en lo que se oía de los otros y en nuestro propio decir. ¿Y cómo terminar?
       Entonces, queriendo y no queriendo, y no pudiendo, sentí que: de un solo modo. Sólo una manera de interrumpir, la única manera de salir —del hilo, del río, de la rueda, del representar sin fin. Me fui para adelante, hablando siempre, para la orilla de la orla. Todavía, antes miré. Tremolé. Di la voltereta. A propósito, me arrojé. Y caí.
       Y, me parece, el mundo se acabó.
       Por lo menos, el de aquella noche. Después, al día siguiente, sano y glorioso, yo en el recreo, vino Gamboa, entonces, y así me dijo: —“¿Eh, eh, pues? ¿Viste cómo mi cuento era también de verdad?” Saltamos, nos agarramos en fiera pelea.




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