João Guimarães Rosa
(Minas Gerais, Brazil, 1908 - Rio de Janeiro, 1967)
Famigerado
(“Famigerado”)
Primeiras estórias
(Río de Janeiro: Livraria José Olympio, 1962, 193 págs.)
Fue en incierta vez —el evento.
¿Quién puede esperar cosa tan sin pies ni cabeza? Yo estaba en casa, el pueblo
continuaba del todo tranquilo. Se me paró a la puerta el tropel. Me asomé a la
ventana.
Hombres a caballo. Esto es,
viéndolo mejor: un caballero a ras, frente a mi puerta, equiparado, exacto; y
derrengados, a un lado, tres hombres a caballo. Todo en un realce insolitísimo.
Me puse nervioso. El caballero ese —el oh, hombre, oh— con cara de ningún
amigo. Sé lo que es influencia de fisonomía. Había salido y venido, aquel
hombre, para morir en guerra. Me saludó seco, corto, pesadamente. Su caballo
era alto, un alazán; bien enjaezado, herrado, sudado. Y concebí gran duda.
Ninguno se apeaba. Los otros,
tristes tres, mal me habían mirado; tampoco miraban a nada. Semejaban a la
gente recelosa, tropa desbaratada, soñolientos, constreñidos —coaccionados, sí.
Eso, porque el caballero solerte tenía aire de comandados: con medio gesto,
despreciativo, los había obligado a tomar el lugar adonde ahora se arrimaban.
Puesto que el frente de mi casa entraba, metros, del lineamiento de la calle, y
por los lados avanzaba la verja, se formaba allí un rincón, especie de
resguardo. Valiéndose de esto, el hombre había obligado a los otros a ir al
punto donde serían menos vistos, mientras les barreaba cualquier fuga; sin
contar que, así unidos, los caballos apretándose, no disponían de rápida
movilidad.
Todo había visto adueñándose de
la topografía. Los tres serían sus prisioneros, no sus secuaces. Aquel hombre,
para así proceder, sólo podría ser un bravo sertanejo,
valentón hasta la espuma de los bofes. Sentí que no me era útil dar cara amena,
muestras de temeroso. Yo no tenía arma al alcance. Tuviera, igual, no
serviría. Con un punto en la i, él me disolvía. El miedo es la suprema
ignorancia en momento muy agudo. El miedo, Él. El miedo me maullaba. Lo invité
a desmontar, a entrar. Dijo que no, conforme las costumbres. Conservaba el
sombrero. Se veía que pasaba a descansar en la silla —seguramente aflojaba el
cuerpo para darse mas a la ingente tarea de pensar. Pregunté: me contestó que
no estaba enfermo, ni había venido por receta o consulta. Su voz se espaciaba
queriéndose tranquila; el habla de gente de más lejos, tal vez sanfranciscano.
Sé de ese tipo de valentón que nada alardea, sin fanfarronear. Pero avieso,
raro, perverso, brusco, pudiendo concluir con algo, de repente, por un
eres-no-eres. Con cuidado, mentalmente, empecé a organizarme. Él habló:
—Yo vine a preguntar a usted una
opinión suya, explicada...
Había cargado el ceño. Causaba
otra inquietud su cara tiznada, catadura de caníbal. Pero se desfrunció, casi
se sonrió. Entonces, bajó del caballo; ágil, imprevisto. Sería para responder
con mayor valía por mejores modos; ¿por viveza? Retuvo en el pulso la punta del
cabestro, el alazán era de paz. El sombrero siempre en la cabeza. Un alarbe.
Más los impenetrables ojos. Y él era para mucho. Había que verse: tenía armas
—y armas limpias. Se podía sentir el peso de la de fuego, en el cinturón, usado
bajo, para que ella estuviese al nivel justo, a la mano, en tanto que él
persistía de brazo derecho pendido, listo, manuable. De notarse era la silla,
un apero especial urucuiano,
de encontrarse pocos, en la región, por lo menos de tan buena hechura. Todo, de
gente brava. Aquél proponía sangre en sus intenciones. Pequeño, pero duro,
grueso, todo en tronco de árbol. Su máxima violencia podía ser para cada
momento. Hubiera aceptado entrar y un café; me calmaba. Pero así, del lado de
afuera, sin las gracias del huésped ni sordez de paredes, había para
inquietarse, sin medida y sin certeza.
—Es que usted no me conoce.
Damazio, de los Siqueiras... Estoy viniendo de la Sierra...
Sobresalto. Damazio, ¿quién no
había oído de él? El feroz con leguas de historias, con decenas de cargadas
muertes, hombre peligrosísimo. Constando también, si verdad, que desde algunos
años se había serenado; evitaba lo de evitarse. Pero ¿quién se iba a fiar en
tales treguas de pantera? Allí, antenasal, ¡de mí a un palmo! Continuaba:
—Sepa usted que, en la Sierra,
últimamente, compareció un joven del Gobierno, muchacho medio estruendoso. Sepa
que contra él estoy en rebeldía. No quiero problema con el Gobierno, pues no
estoy en salud ni edad... El muchacho, muchos hallan que él es un tanto
chiflado.
Con ímpetu, calló. Como
arrepentido de haber empezado así, evidente. Contra eso, ahí estaba con su
hígado en malas orillas; pensaba, pensaba. Cabizmeditaba. Entonces, se
resolvió. Levantó las facciones. Si se pudiese llamar risa: aquella crueldad de
diente. Encarar, no me encaraba, sólo mirada de reojo: Le latía un orgullo
indeciso. Redactó su monologar.
Lo que flojo decía: de otras,
varias personas y cosas, de la Sierra del Santón, enredados asuntos, sin
secuencia, con dificultad. La charla telarañosa. Tenía que entenderle las
mínimas entonaciones, seguir sus propósitos y silencios. Así en el encerrarse
con el juego, zonzo, para eludirme, él enigmatizaba. Y pa’:
—Usted, ahora, hágame la buena
obra de enseñarme lo que es, de veras: ¿Famisgerado...
faz-me-gerado... falmisgeraldo... familias-gerado... ?
Dijo, de golpe, traía entre dientes
aquella frase. Había sonado con risa seca. Pero el gesto el que la siguió, se
imponía con toda rudeza primitiva, de su presencia dilatada. Detenía mi
respuesta, no quería que la diese de inmediato. Y ya ahí, otro susto
vertiginoso me tenía en suspenso: alguien podía haber hecho intriga, chismerías
de atribuirme la palabra de ofensa a aquel hombre; que mucho, pues, se enfurece
viniendo para exigirme, cara a cara, lo fatal, la vergonzosa satisfacción.
—Sepa usted que hoy mismito salí
de la Sierra, que vine, sin parar, esas seis leguas, expreso, directo, con el
propósito de preguntarle la pregunta, en lo claro...
Si sería serio, lo era. Me
encogí.
—Allá, y entre medio de esos
caminos, no hay nadie esciente, ni se tiene el legítimo —el libro que enseña las
palabras... Es gente de información torcida, por fingirse menos ignorantes...
Sólo si el cura fuera capaz, pero con los curas no me doy: ellos en seguida
confunden... Por el bien. Ahora, si me concede el favor, que usted me diga, a
lo hombre, en lo más perfecto: ¿qué es eso que ya le pregunté?
Si sencillo. Si le digo. Se me
escapó. Esos tristes:
—¿Famigerado?
—Sí, señor... —y, alto, repitió,
veces, la palabra, al final ya en los bermejones de la rabia, la voz fuera de
foco. Y ya me miraba, inquisidor, intimativo —me apretaba. Yo tenía que
mostrar la cara—. ¿Famigerado?
Habité preámbulos. Mucho me
hacía falta otro ínterin con inducias. Como por socorro espié a los otros tres,
en sus caballos, callados hasta entonces, muy, muy mudos. Pero Damazio:
—Usted declare. Ésos ahí no están
para nada, no. Son de la Sierra. Sólo han venido conmigo, para testimonio...
Sólo tenía que desatascarme. El
hombre quería estricto el carozo: el veroverbo.
—Famigerado es innocuo, es “célebre”, “notorio”,
“notable”...
—Usted no vea mal en mi grosería
de no entenderlo. Pero dígame: ¿Es desaforado? ¿Es de burla? ¿Es para renegar?
¿Farsantería? ¿Nombre con ofensa?
—Viltanza ninguna, ningún
vituperio. Son expresiones neutras para otros usos.
—Pues... ¿y qué quiere decir en
habla de pobres, lenguaje de los días-de-semana?
—¿Famigerado? Bueno. Es “importante”, que merece
alabanza, respeto...
—¿Usted lo garantiza, para la paz
de las madres, mano en la “Escritura”?
Sí, ¡cierto! Era para empeñarse
las barbas. De eso el diablo, y sincero le dije:
—Mire: yo como usted me ve, con
ventajas, hun, lo que quisiera en una hora de éstas, era ser “famigerado”, muy
“famigerado”, ¡lo más que se pudiese!...
—¡Ah, bueno!... —soltó,
exultante.
Montando rápido, se levantó como
si fuera de resortes. Se elevó en sí, se desagraviaba, en gran desahogo. Se
sonrió, otro. Dio satisfacción a aquellos tres:
—Ustedes pueden irse, compadres.
Oyeron bien la buena descripción... —y ellos rápidos partieron. Sólo entonces
se arrimó orillando a mi ventana, aceptaba un vaso de agua. Dijo:
—¡Nada hay como las grandes
machas de una persona instruida!
¿Sería yo de nuevo, por un mero,
se turbaba? Dijo:
—Qué sé yo, a veces lo mejor,
para ese joven del Gobierno, era irse, no sé, no...
Pero más sonrió, se le había
apagado la inquietud. Dijo:
—Uno tiene esas dudas tontas,
esas desconfianzas... Sólo para agriar la mandioca.
Agradeció, quiso apretarme la
mano. Otra vez aceptaría entrar en mi casa. Oh, pues. Espoleó, se fue, el
alazán, no pensaba en lo que lo había traído, tesis para alto reír, y más, el
famoso asunto.
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