João Guimarães Rosa
(Minas Gerais, Brazil, 1908 - Rio de Janeiro, 1967)


Nada y nuestra condición
(“Nada e a nossa condição”)
Primeiras estórias
(Río de Janeiro: Livraria José Olympio, 1962, 193 págs.)


      En mi familia, en mi tierra, nadie conoció una vez a un hombre de más excelencia que presencia, que podría haber sido el viejo rey o el príncipe más joven, en los futuros cuentos de hadas. Era hacendado y se llamaba Tío Man’Antonio.
       Su haciendo, cuya sede distaba de cualquier otra, tal vez justo diez leguas, se doblaba en la montaña, en muy elevado punto y de donde el aire en un máximo radio se afinaba translúcido: allí, las mañanas dando de plano y, por las tardes, los tintes violeta y rosa en el poniente no decían de buen o mal tiempo. Esa hacienda, Tío Man’Antonio la había tenido menos por herencia que por compra; y tan apartado en sí se conducía, individido y esquivo en la conversación, que casi nunca se refería a ella por el nombre, sino, raro y apenas, bajo modo: —“...Allá en casa... Voy para casa...
       La que —sobradada, cimentada hondo, de altos techos, larga y con tantos sin uso corredores y cuartos, oliendo a fruta, flor, cuero, maderas, fresca harina de maíz y boñiga de vaca— de frente para el norte, entre el huerto de limoneros y los corrales, que eran un adorno; y, a la entrada, escalera de madera de cuarenta peldaños en dos tramos llevaba a la espaciosa veranda, donde, en un rincón, de una viga aun pendía la cuerda de la campana, que otrora comandaba a los esclavos de la senzala.
       Tío Man’Antonio, allá lo esperaba la mujer, Tía Liduina, de ardua e inmemorial cordura, cierta para el nunca siempre. Y lo cercaban las hijas, sencillas, serias, cuidadosas, como completamente sentían que lo amaban. Lo saludaban con invariable con Jesús, desde muy antes de la primera tranquera, diversidad de siervos, gente indígena, que por esos lugares y más distantes, se arranchaban. Pero él, cada vez, al entrar, se encorvaba de un modo, como invitado, pareciendo que la alta puerta fuese pequeña y ajena, a los buenos abrigos. Vivía, de resolución hecha. Así, a su respecto, mucha cosa real nadie sabía.
       Solo de lejos. Cuando venía, constante, por la sierra, en viaje de vuelta, atravesando caminos pedregosos, a orilla de despeñaderos y peñones —grutas en grande altura. De la veranda, dado el diáfano día, ya lo avistaban, todavía a una distancia de más de una legua, punteando el claro aire, en ciertas vueltas del camino, aproximándose y desaproximándose, siquiera seguidamente. Insistiendo, montado en burro forzudo y manso, a los pocos avanzaba, Tío Man’Antonio, rigurosamente vestido, aunque la diaria ropa de brin, color de lodo, pues siempre iba en grado de sencillo uniforme; y sin polainas, ni botas, tal vez sin espuelas. Con atención, a menudo, se distinguirían hasta sus omisos gestos principales: el de, a veces, hacer como que apartaba, despacio, de sí, cualesquiera cosas; el de alisar con los dedos la frente, mientras pensaba lo que no pensaba, propenso a todo, afectando con cabeceo.¿No miraría más el paisaje?
       Sí, las cimas —donde la montaña abre alas— y las infernas grutas abismáticas, profundísimas. Tanto las contemplaba, como si, a ellas, algo, algún modo, de sí, votivo, lo mejor, ofreciese: esperanza y expiación, sacrificios, esfuerzos —a la flor.¿Tendría, por eso, un día encontrado favorablemente, gratos por el tributo, al Rey-de-las-Montañas o al Rey—de—las—Grutas, que de todo hay y uno encuentra? De sí para sí, quién sabe, sólo lo inútil, nuevo y necesario secretease; él consigo mismo mucho callaba. Pues si era así que él era; sólo estamos viviendo los futuros antaños. Además, no se resentía, tampoco, de la sequedad, soledad, calor o frío, ni de la incomodidad cotidiana hacía queja. Pero, de bruces, en leve cabeceo, y con cerrada boca, exhalando ligero jadeo. Debilitada la vista, en los tiempos de ahora. Pero por esa época sí; por el uso. Miraba con su ni ciente amor, lejanamente, hondonadas y cumbres.¿Reconoció para sí, lo seducible de siempre encarar el todo? Llegaba, después de difíciles horas y barrancas.
       Entonces, murió su mujer, Tía Liduina, casi de repente, en el entrecortar de un suspiro, sin ay y un avemaría interrota, Tío Man’Antonio, sin ningún titubeo, mandó abrir de par en par, puertas y ventanas, la larga, larga casa. Mientras las hijas, huérfanas, se abrazaban, y se vestía a la amada muerta, incongruo él visitó por allí, uno tras otro, sala y sala, cuarto y cuarto.
       Miró por las ventanas. Urgía la divagación. Pasó el paisaje por la vista, sólo a segmentos, en serie, como antes y más antes. Del rededor, en el vislumbre, lo que viene de los valles y cerros es lo que el horizonte es —todo en todo. Después, en otro golpe de vista, apañaba el paisaje a sus espaldas: las sombras de las grutas y la montaña prodigiosa, a desvanecerse, sobre alas. ¿Otra vez le ayudaban, ahora que las necesitaba? Él, allí, se definía, sin contradicción ni resistencia, inquebrantable, una vez que de futuro y pasado más no carecía. Tal vez, muy dentro de sí, murmurase cosas graves y grandes, sin sonido ni sentido.
       En fin, volvió junto a ellas, a su Lideuina —inmoblemente— al siglo, como la querían: en un amontonamiento de flores. En suspenso, las hijas, en el no entender todo, pero adivinar, de él a crédito vago esperaban, para lo común del dolor, cualquier socorro. Él, por detrás de sí mismo, poniéndose aparte, en ambiguos ámbitos y momentos, como si la vida fuese ocultable; no lo conocían a través de apariencias. Rehizo su blandura; y era otra especie, decorosa, de persona, de ojos pálidamente azules. Pero fino, no delusorio el rostro, moreno ceniza.
       Se transluce que, mirándolo ahora, era como si de súbito las hijas ganasen todavía, de lo recóndito de sus ojos, la incognoscible curación de una gracia, por esos lejanos, indecibles reflejos o vestigios. Felicia, la más joven, apenas, clamó, hablando al padre: —“¿Padre, la vida está hecha sólo de traicioneros altos y bajos? ¿No habrá para uno, algún tiempo de felicidad, de verdadera seguridad?” Y él, muy considerado, en el vagar de la respuesta, suave voz: —“Haz de cuenta, mi hija... Haz de cuenta...” Entrambos entendidos, no esperaban más. Se quedó cabizbajo, Tío Man Man’Antonio, al decir estas palabras que, desde entonces, serían las suyas, de él, para siempre. Después de eso, suave besó a la mujer. Entonces, las hijas y él lloraron; pero con el poder de una libertad, que era como más fuerte y no temida esperanza.
       Tía Liduina que por años de amor la habían visto aun sonreír sobre sufrir —sólo el ser, afligirse y vivir, como, ahora, se da— formaba dolorida falta al uso de afectos de todos, Tía Liduina, que ya fina música e imagen.
       Pero, notado, como Tío Man’Antonio se recusaba a trajar de duelo, sensato, sin cuidados, sin tragedia, sin acentos de viudez. Se inauguraba canoso, sí, un tanto más encogidos los hombros. El —el transitorio— sólo se diga, por este mientras tanto. Nada decía cuando hablaba, casi se llegaba pensar que él no se encontrase allí, otra vez así, sin son, sin persona. Pero, al contrario, Tío Man’Anotnio concebía. “Hágase de cuenta!”, ordenó en buena hora, mansito. Levantaba un proyecto, de creerse y obrar. Uno que empezaron.
       Sus peones descalzos, muchos camaradas, reluciendo al solazo hoces, azadas, cuchillones, le obedecían, secuacísimos, en los que con talento de brazos ejecutaban legos, ledos ligeros. Él, sin embargo, los guiaba, acometedor, por sabidos mejores medios y fines, ingeniero y ejecutor, varón de tantas lides; se unía a ellos, les daba valor. —“Hágase de cuenta, gente mía... Hágase de cuenta...”, en su buen susurro, labios sonrientes, pero severo, de sí inflexible, pues cierto. Desde matines, en lo que era una reformación, día a día, impeliéndolos, arrastrándolos, acción de industria a la doblada barahúnda, de derrumbar el matorral y cortar árboles —muy en tiempos los trabajos. Sería que esos hombres, esforzados y bien avenidos, lerdos y holgazanes, no notaban allí sujeción y señorío, sino que, por sensatos lo estimaban, ciertamente, le querían como era. Y con afán atacaban todo el rededor como medido con secuencia de metros, arriba y abajo, con fórmulas y curvas.
       Para chismes aquello que, no entendiéndose como necesario o útil, antes, quizá, encontraban en todo acción de un desconcierto, cabeza a pájaros, casi necedad, la impura cursilería. Pero, tío M’Antonio, en el ser uno lo que es, bajaba las anchas alas de paja del sombrero, entrecerraba los ojos al sol, sudaba, alguna vez tosía, de cuando en cuando. Él era uno que sabía mover la cabeza, que no, que sí. Pero así, encubierto a todos se imponía, separativo. Cuerdo, queriente se veía.¿O entonces, hombre, y, como todo hombre, débil? Otra, sin embargo, parecía ser la razón por la que no cansaba nunca en aquella mantenencia, indiferentes horas. Porque hacía o sufría las cosas, sin parar, pero no estaba, dentro de su mente en todo y nada ocupado.
       De arte que inventaba otro sonreír, rehecho ingenuo; se había olvidado de todos los bienes pasados. Y su sordo plan, al fin, en el día, se encerró. De suerte que las hijas vieron que ya todo estaba pronto; y se contristaron.
       ¿Con qué —y por qué idea ingrata insondable— había él pretendido deshacer el aspecto del lugar, que, desde antaño, la fisonomía de aquellas rampas de sierras, la Madre había visto y querido? En el desbaste, a ras en rededor, con efecto, nada se había conservado —ni la hierba rastrera, broza, brizna de maleza y arbustos— pues que allí todo terminaba. Esto fue a punto de interpelarlo la hija dilecta, Francisquita, afligida tiernamente.¿Si no sería aquello enfriar el sentimiento, pecar contra la saudade?
       Así, él, mucho la escuchó, y, con quieto estar mirándola, le contestó, si bien que otro tanto ajeno, como lejos de ahí. –“No tanto, hija, no tanto...” De lo que, al tiempo en que lo decía, quizá, en segundo soslayo, sonreía sin pasar de una a otra palabra. Les mostró: allá los campos en desdoble —el que limpio, libre se tendía, en vasto cuadro, sin sombríos, el paisaje abierto—, el descampado airoso y verde, al grado más verde, los pastos de aquella vivacidad.
       ¡Ah! —ahora qué y quién, pues— y era una enorme realizada fantasía. Porque, aquende y allende, como árboles dejados para dar sombra a los bueyes en el rumiar al calor, sólo y mucho se divisaban, consagrados, el jacupayo formidable, la sambaiba de la región al borde del barranco, y, para febrero-marzo y junio-julio, sin hojas, siendo sólo flores la bombácea rosada y la ceiba purpúrea casi rubra, magnificientes, respectivamente. Otros, otros. Pero, no más, en el mismo lugar que aquellos que Tía Liduina, en vida, prefirió amar ¡sus bienes de alegría!
       Se sorprendieron las hijas, asaz ampliaron los ojos. Se decía mucho en poco, sólo si lágrimas. Realmente, justo Tío Man’Antonio parecía, ahora, haber sido y venido a ser. Y existir —principalmente— vestido de funesto e intimado de venturoso.
       Pues, y era que, en su dicho cuidar y encapricharse, sin querer también había profetizado en los negocios, y había sido adivino. Porque subió, en esa ocasión, considerable, de repente, el precio del ganado, todos los hacendados querían adquirir más bueyes y arreglar y aumentar los pastos. Tío Man’Antonio, entonces, de aquel solerte modo, había acertado tan de lleno, pasándole a la delantera y sin ningún alarde.¿De eso, tan manso, él no se servía? Pasó a atender también a las verdes y próximas vertientes en campiña, de ojos puestos; y no apenas la montaña; alta, como consecuencia de ningún acto.
       Nada lleva a no creer, por ahí, que él no se moviera práctico como los demás; pero, conforme a sí mismo: de transparencia en transparencia.¿Se vio que avanzaba así con honesta astucia, en lo que quiso e hizo? Al año siguiente, y después, cuando, para celebrar duelo, el día de Tía Liduina, y engañar a los hados, como si estuviera ella viva y presente, propuso una fiesta.
       Que dio, las hijas concordando. Ellas estaban crecidas y esclarecidas. Vinieron jóvenes, primos, ellos tenían bellas ideas. Tío Man’Antonio, recibiéndolos, viéndolos, a beneplácito. Y las hijas hermosas, tres, cada una incomparable, noviaron, se casaron, en breve los desposorios. Entonces, se fueron de allá, para diversas lejanías, con los yernos de Tío Man’Antonio. Él permaneció, de otrora a hoy en adelante, quedó, que. Allí en su vieja y yerma casa, bajo azules, picos pináculos y desmedidas escarpas sobre precipicios de paredones, peñascos y despeñaderos —como una mansión suspensa— en la amplitud.
       ¿Tres las hijas que por amor de años él había visto que renovaban el descubrir de alegría y alma —sólo el ser, vivir y crecer, como, ahora, se da— formaban sentida falta a su querer de ternura experimentada? Sus hijas, ya indivisas partes de una canción.
       Sólo, sí, no triste. Tío Man’Antonio respetaba, en lo tangible, la movida y muda materia; aun en su gesto más habitual —que era como si largara todo de sus manos, cualquier objeto. Distraído en las cosas sencillas, pero, acariciándolas,¿de otro modo las redimía? Vez y vez, no obstante, y cuando en fuerzas de contento bienestar se sentía, entonces, dispuesto se levantaba, se sometía, sin conocida necesidad, a algún rudo, duro trabajo —lluvia, sol, acción.¿Le parecía como si el mundo en el mundo le estuviera ordenando o implorando, necesitado, un poco de él mismo, a sementarse? O —a sí— se iba a buscar, en lo futuro, en las alas de la montaña. Hacía de cuenta; y confiaba, en las calmas y en los vientos.
       Tanto de esto, y aun se veía no achacoso, en su infatigable vivir e inquebrantable lenidad; ni siquiera canoso como el florecer del guano, conforme vendría a quedar, en el después.
       Tan próspero en sus días, podía disipar, tenía el campo cubierto de bueyes. Pero todo se inestimaba para Tío Man’Antonio, allí, donde todo lo que no era en demasía, eran humanas fragilidades. Aprehendía el poder de conversar, en sordo y agudo, las relaciones de los sucesos, de los hechos; y se disuadía de todo —de las cosas, en multitud, miserias. El —el transitorio.¿En realidad, su pensamiento no volvía hacia atrás? Pero, más causas, en el mundo y en sí, él, en su circunvisión, condenado, a la esperanza, descubría.
       En términos muy generales, había una mayor justicia; menester sería. Si el granero se debe tener limpio para las grandes cosechas: como la mitad pide el todo y el vacío llama al lleno. Y fue lo que Tío Man’Antonio algún día resolvió, así por consiguiente, si se cree. De veras aquello pasó. Lo que fue una muy removida historia. Hela, pues.
       Poco a poco, en diverso tiempo, por partes, entre sus muchos, descalzos, siervos, negros, blancos mulatos, criollos, mequetrefes, nadillas, azadoneros, vaqueros y camaradas —los prójimos— nunca sediciosos, entonces Tío Man’Antonio donó y distribuyó las tierras. Sí, todo procedido quietamente, bajo especie, con maquinaciones de silencios, a fin de en seguida no despabilarse todo el mundo en codicia, al desparramarse el saber de lo que allí se liberalizaba, en tanto y de tan espantoso modo.
       Y él mismo, de su dinero ganado, fingía estar vendiendo las tierras, cabidamente; dinero que, puntual, mandaba a las hijas y a los yernos, enviándoles recado, para hacer creer. Menos mal que yernos e hijas nada más querían tener con aquello a pique, difícil hacienda, de Yorto-Alto, sino que, pronto retazada y vendida, de una o veces. La que, no obstante, era la tierra de las tierras, de él —y fría y clara.
       Ahí, Tío Man’Antonio no pensaba lo que pensaba.¿Justa compasión, o era locura, y tanta? El gran movimiento es el retorno. Ahora, por años adelante, él no sería dueño de nada más, con que dispensar cuidados.¿Para quiñen y de quién los peligrosos hondos del mundo y esos a las nubes, pináculos de los cerros? —“Hágase de cuenta, gente mía... Hágase de cuenta...” —era lo que daba, y aun, cuando en el decir estas palabras; no sonreía, grave.
       Sus tantos siervos, los tocados por su benevolencia, no lo reconocían. Pero yendo a ver, que valía, la dádiva, se regocijaban hasta reír, aun asustados, lentos saltadores, bendiciéndose.
       Son muchos, secuaces hombres, que, durante el ignorar de los años, en verdad no los había visto consistir —sólo el ser, servir y vivir como ahora y siempre se da— ¿le hacían falta, entonces, a su necesidad de designio? Sus hombres, ya exigidas partes de un texto sin aclaración.
       Y todo Tío Man’Antonio dejando por escrito con propia mano aun firme, grabado, hecho en términos de ajuste, como quiso y puso; y según razones y congruencias, llevando en cuenta el parecer del vulgo y las contradicciones generales para matar dudas. En ingeniosa vigilancia, parecía adivinar lo que de sus ex servidores y ahora compañeros pudiesen verse acusados, por lo que, más tarde, en rubra velada, vendría grandemente a suceder, lo que se verá. Cuidó resguardarlos de eso, mediante una declaración a tinta, por tras de la fecha, tiempos antes de lo después.
       De lo suyo, nada había conservado, a no ser la antigua, conforme y enorme casa, aireada en aquella eminencia, edificio de prospecto decoroso y espacioso: y de donde el tamaño del mundo se hacía más grande, translúcido, siempre con un fondo de engaño, en sus ocultos fundamentos. Nada. Tal vez no. Hacía de cuenta nada tener; a sí mismo se hacía de cuenta. A los otros —los amaría— no los comprendería.
       Hacían de cuenta que eran dueños, esos otros, se acostumbraban. No lo comprendían. No lo amaban, seguramente, ya que siempre habían de temer su oculta persona y respetar su valimento, él en palacio acastillado, siempre majestad.¿Por qué, entonces, no se iba de una vez por todas, el caduco, loco, estafermo, espantajo? Sabio, sedentario, quería que progresasen, y no se perdiesen, los vigilaba, todavía gratis los administraba, gestor, capataz, rentero de ellos. Le servían aun, y así. Pero, de cierto, milenaria y animalmente, lo odiaban.
       Tío Man’Antonio rumbo a todo, a la seña de lo secreto, —de él a él y en él—. Nada más interrogaba —horizonte e infinito— de cumbre a cumbre. Por lo que vivía, tiempo aguantado, él hacía alta y serena, fuertemente, el no hacer nada, acertándose en el vacío en la redesimportancia; y pensaba lo que pensaba. De nunca, de cuando.
       En medio, esto, aquello se dio. Dio —el indeciso paso, el que no se puede seguir con la idea. Murió, como si por un ojo de aguja, un hilo. Murió; hizo de cuenta. En este punto lo encontraron e la hamaca, en el cuarto más chico, solito de amigo o amor —transitorio— príncipe y solo, criatura del mundo.
       Ay de, al horror de tanto, se atontaban y callaron, todos, en el miedo de que un hombre de esos, serafín, en el dejamiento se pudiese finar; y temían, con sagrado espanto, y casi que no de su ciente odio, que, a causa de fallecer así, enormidad de males y absurdos castigos vengarían con desencadenarse, desplomados recaerían sobre ellos y sus hijos.
       Una vez que, sin embargo, murió, debían reverenciarlo, según los usos —cuerpo, humano y hereditario, más que entorpecido. Se encendieron en cuadro las grandes velas, él en duro traje de sarga color de níspero y con negras botas encontradas, colocado largo en la mesa, en la sala más grande de la Casa, ya requiescente. Y todavía tenían que expedir positivos y recados, para que viniese más gente, toda, parientes y ausentes, los posibles vecinos y lejanos. También se lloró en la veranda. Se tocó la campana.
       La obligación cumplida a lo justo, por la nochecita, de repente, la Casa se encendió, que desaparecía. También otros, por cierto que, a la hora, allá adentro deberían estar; sin embargo, nadie.
       Así la roja hoguera, tan enorme, que iría a durar días, mayor subía y rodaba cuando estallaba pared por pared, cosa por cosa, alientada, en plena evidencia. Sus llamaradas, agitando a cada flama un viento, sacudiendo alto en el aire la polvareda del estiércol de los corrales que también se quemaban, y así la cuarentada escalera, el caliente jardín de limoneros. Desparramados por el aire, en un radio de más de legua, fuego, chispas y restos, por despeñaderos, cañones y cavernas, como si, espléndidamente, tan vana oleada, sobre alas, la montaña toda ardiese. Lo que era lucir, la clara, incongrua claridad, su tétrico irradiar, que traspasaba la noche.
       Ante y en presencia, a la distancia, en rueda, mujeres se arrodillaban, y hombres que saltando sebestenes gritaban diablescos, a los miasma, individuos. De cara al suelo se postraban pidiendo algo y nada, necesitados de paz.
       Hasta que él, difunto, se consumió, en cenizas —y, por ellas, después, todavía se encaminó, señor, para la tierra, gleba tumularia, sólo; como las consecuencias de mil actos, continuadamente.
       El —que como en el destinado se había convertido—: Man’Antonio, mi Tío.




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