João Guimarães Rosa
(Minas Gerais, Brazil, 1908 - Rio de Janeiro, 1967)


Substancia
(“Substância”)
Primeiras estórias
(Río de Janeiro: Livraria José Olympio, 1962, 193 págs.)


      Sí, en los mandiocales el almidón se hace la cosa alba: la garza, la ropa en el tendedero. Del colador a los alguarines, de la masera a los lebrillos, una pulpa se repasa, para posarse, en el fondo del agua y leche, azulina —la fácula. Pura, limpia, hecha sorpresa. Se llamaba María Exita. La fecha era de mayo, ¿o de cuándo? Pensaba él en mayo, porque el mes mayor —de rocío, de la Virgen, de claridades en el campo. Parejas se casaban, se organizaban fiestas; en una, allí, la había notado: ella, flor. No se acordaba de la niña, feúcha, flaca, con historias de desgracias, llevada, hacía mucho, para servir en la Hacienda. Sin hacerse idea, la sorpresa estaba formada. Sí, a veces, por asombro, una joven así se embellecía, también podía haber sido en el entretanto. Sólo que a él, Sionesio, le faltaban holganza y espíritu para primero fijarse en transformaciones.
       Había salido de la fiesta aun en comienzo, apenas dada su presencia; pues la vida no le daba mucho para el sueño: tenía que desperezarse al adormecer, para ahorrar tiempo al despertar. Para el apresuramiento —harina y almidón. Célebres, de larga fecha, en la región y lejos, los de la Sambura; heredándola, de repente, Sionesio, hasta entonces muchacho de impresiones holgazanas, había avanzado con decisión de látigo a excederles la fabricación. Plantaba en grandes extensiones las hectáreas de mandioca, que, de veras, allí, otra plantación no daba; llamaba y pagaba a los braceros; espantaba, día a día, al pueblo. Y por nada daría atención a una criaturita, la cual.
       María Exita. La trajo, por piedad, de la mano, recelosa de que el patrón y los otros no la aceptasen, la vieja Ñatiaga, cernedora. Porque, contra la menos feliz, la suerte había pintorreado de negro portales y puertas: la madre, liviana, desaparecida de la casa; un hermano perverso, en la cárcel, por muertes; el otro, facineroso igual, forajido, al acaso, en ninguna parte; el padre, razonable buen hombre, delatado con lepra, y enviado, seguramente para siempre, para una leprosería. Ni le restaban parientes lejanos; sea que había recibido madrina, de lujo y rica, pero que apenas había pasado por el lugar, ahora nadie si y dónde viviría. En todo caso la acogieron. Menos por directa piedad; más por compasión a Ñatiaga. Pero le dieron ingrato trabajo, de todos el peor: el de romper, con la mano, el almidón en las lajas.
       Sionesio, al atardecer, de retorno, cabalgaba a través de las plantaciones. O a medio galope, o al paso, pero ansioso despropositado, mirando a casi todos los lados. Y, aun en domingo no descansaba. Apenas por poco tiempo en inciertas casas, donde al cuerpo le dieran consuelo: atención para reposar. Ahí mismo, últimamente, demoraba menos. Placer era ver, abiertamente, bajo el fin del sol, al mandiocal de verdes manos. Amaba lo que era suyo —lo que sus fuertes ojos aprisionaban. Pero, ahora, una fatiga. El ensimismar. Su silla gastada por el uso, ya apareciendo la almohadilla; tantas cosas por renovar y él sin tiempo siquiera. Ni para ir de visita, en el Cerro-del-Buey, a la casi novia, común en el sosiego y paciencias, de la tierra, donde todo se revelaba por la medida de las distancias. Llegaba a la hacienda. Aun, espoleaba.
       La quietud completa en la Sambura, en el domingo, el terrado y la casa de máquinas desiertas, sin centro de murmurio. Había preguntado a Ñatiaga por su protegida. —“Está partiendo el almidón en las lajas...” —resumió la vieja. ¿Pero, hasta hoy en un trabajo de esos? ¡Que por lo menos ahora la cambiasen! —“Es ella que lo quiere, dice que le gusta. Y es verdad, en efecto...” —susurraba Ñatiaga. A Sionesio, el saber que ella, de cualquier modo, pertenecía y lidiaba allí, se le influía un contentamiento; era él la persona que manejaba. No podía quejarse. Si en el avío de la harina se batallaba en rústico, en breve lo podría mejorar, por medio de mucho con máquinas, doblar cantidades.
       Se demoró para ir a verla. Justo al hilo del mediodía —de un sol del que se habían huido los pajaritos. Ella estaba frente a la mesa de piedra; a aquella hora, sentada en el banquito rastrero, esperaba a que trajeran otros pesados, duros bloques de almidón. Albísimo, era horrible, aquello. Atormentaba, torturaba; los ojos de la persona tenían de quedar cerrados, menudito, como los del armadillo, ante el implacable albor, el sol encima. El día entero, el aire paraba sostenido, a tiemblaluces, uno se perdía por un negror del horizonte, para templar la intensidad brillante, blanca; y todo cerradamente igual. —“¿Cuál es tu trabajo?” —y era sonsa la cuestión. Ella no se avergonzó. Sólo el apenas, el boca—no—abrir, la sonrisa lenta. No se perturbaba. También, para pasmarnos, con ella acontecía diferente: no arrugaba la cara, ni apretaba o negaba los ojos, mas ofrecidos bien abiertos —ojos de esos, de otra luminosidad. No parecía padecer, sino sacar seguridad y distracción, del triste, siniestro almidón, portentoso, y la maldad del sol. Y la belleza. Tan linda, clara, cierta —de viva carnación y airosa— una señorita, joven hecha cascada. Se dio cuenta de que, sin querer, le hacía cortesías. Le habló, el asunto fuera de propósito: que el almidón, allí, en Sambura, era muy prolijo, justo, una dádiva de blanco, por eso, para la fábrica valía más caro que los otros, feos, medio tostados...
       Después fue que le contaron. Retornaba aun, a caballo, su corazón no engañado, como si fuesen siempre desiguales los domingos; por la tarde, cuando cantaban las tórtolas y los canarios. Con todo —allí, él, el dueño— sin abusar de las ventajas. “Sus modales, señorita, mucho me agradaron...” repetía un tal vez futuro decir. La María Exita. Sabía, hoy: el alma del modo y ser, de ella, diferente a las demás. Así, había llegado, con los varios sin remedios de amargura, del opuesto mundo y maldiciones, solita, de sofocarse. Entonces, por sí, sin discusiones, vacilaciones ningunas, se había ido a aquel trabajo —por todos rechazado, el trabajo pedregoso, en el calor de boca de horno, donde se sienten engrosar los dedos, los ojos inflamados de ver, en el encandilar. ¿Se amodorraba, bajo refugio, ausente? No temía al granado, cruel almidón, que abate la vista, intacto blanco. Antes, como a un alcanforar lo miraba, de tanto gusto. Como a una especie de alivio, capaz de desafligirla; de mucho darle: una esperanza más dilatada. Todo ese tiempo. ¿Su belleza de dónde venía? ¿Su propia, tan firme persona? La inmensidad de la mirada —dulzuras. Si una sonrisa: artes como de un venir de ángeles. Sionesio ni siquiera lo entendía. Solamente era bueno, saberla feliz, a pesar de los ásperos. Ella —que dependía de un gesto no más. Si es que no se portaba alelado, en rodeos de un caracol; estaba amando más o menos.
       “¿Si los otros la quisieran, si ya le gustase alguien?” —las alas de esa preocupación lo asaltaron. Tantos en las faenas de la Sambura, enamoradores; y en las fiestas— le dolía la idea. También imaginarla platicando con los prójimos, en las facilidades. Pero, lo que escuchó, lo aquietaba. Aunque en gracia para amores, tan hermosa, ella quedaba a cuidado de cualquiera de ellos, de malas o mejores intenciones. Se resguardaban de sus graves de sangre. Temían ala herencia de lepra, del padre, o a la falta de juicio de la madre de indóciles fuegos. Temían a algunos de los asesinos, los hermanos, inesperados, pero de cualquier hora sobrevenir, vigilantes de su virtud. Cautelaban. Así, ella estaba a salvo. Pero uno nunca se provee según garantías perpetuas. Sionesio había pasado a frecuentar las fiestas, de los principios a los fines. No que bailara; le disgustaba aquello, las holgazanerías. Se quedaba a un lado, de ojos puestos en, como buitre cuidador. No la hubiera creído tan exacta en todos esos momentos —el quieto pisar, un mohinito húmero prolongado, el modo de poner su cinturita en las manos, feliz por los pétalos, paloma jamás afligida. La misma que mañana estaría frente a la mesa de laja rompiendo el sol en las piedras del terrible almidón, los guijarros, las gravas. Si bailaba, era bien; pero muy pocas veces. Le tenían miedo, a la enfermedad incierta, bajo la hermosura. Ah, era bueno, una providencia, ese impedimento por escrúpulo. Porque ella se veía conducida a no casarse nunca, ni podría ser de vida airada. Necesitaba quedar en la pureza. Si, del recelo no se carecía. María Exita era para separarse limpia y sin manchas, por encima de la vida; y de nadie. En ella, ningún hombre tocaba.
       Y sin embargo eso, él la quería, para sí, siempre por siempre.
       Y ella, habría de quererle, a él, tan ciertamente.
       Pero, en el tropiezo de inconstantes horas —a las viejas esperanzas y nuevas desanimaciones— de entremomentos. Pasaba por allá sin paz de verla, tenía un modo mordido de admirarla, más o menos de lejos. Ella en su banquito raso, cuando no de pie, trabajando con ambas manos. Trabajaba el almidón —la ardiente especie singular, sequedad límpida, material arenoso— la masa de aquel objeto. O, el que venía aun mojado, frío, táctil, pegándose a sus bellos brazos, blanqueándolos hasta más encima de los codos. Pero que siempre de sol brillaba: los rayos reflejados, que los ojos de Sionesio no podían soportar, lastimados, igual sería mirar el cielo y encarar el propio sol.
       Las muchas semanas lo castigaban, a menudo ni conseguía dormir, lo que era él mismo contra él mismo, consunción de pasión, romance hecho. De repente, de madrugada, se animaba a vigilar las amenazas de lluvia, se levantaba a los gritos, despertando a todos: “¡Recoger el almidón! ¡Recoger el almidón...!” Corrían, en confusión de alarma, reuniendo sacos, alguarines, lebrillos, para recibir el almidón puesto al aire en las lajas, donde, en lo oscuro de la noche, era la cosa única que se afirmaba, como un claro de laguna, rodeado de criaturas soñolientas y afligidas. Mal podía divisarla, en el alboroto, pero la contentaba su proximidad viva, presencia caliente, aliviándolo. Escuchó que de ella hablaban: “Si no es que la madre, cuando menos se espera, aparece por ella... O la señora madrina...” Se sobresaltó. Sin ella ¿de qué valdría el activo laborar, el superesfuerzo, crecer las producciones, aumentar las tierras? Verla, de cuando en cuando. A ella —la única María en el mundo. Mujeres otras ningunas, más, en lo reposado; ninguna otra novia, en la distancia. Debía, entonces, asirse a la prueba o al desengaño, hacer la acción de tenerla, en el sensato valor, poner orillas a su sueño. ¿Si hablase primero con Ñatiaga? —hallaba, abofeteó aquel pensamiento contra la frente. No recelaba la recusación. Consigo forcejeaba. Quería y no podía, dar vuelta a una cosa. Los días se iban. Pasaban las cosas, pretextadas. ¿Qué temía, pues, que no sabía que temiera? De una vez pensó: ¿era, él mismo, sano? ¿Tenía por dónde merecerla? Miraba sus propios dedos, sus pulsos, pasaba mucho las manos por la cara. En tiempos diversos, se embravecía: le tenía rabia, a ella. Deseaba que todo se quedase falso, fin. Poder desentregarse de la ilusión, cambiar de parecer, pagar sosiego, sólo cuidar los estrictos de su obligación, desatinada. Pero en el luchar del día, criaba las agonías de la noche. Se vio en lágrimas, fiel. ¿Por qué, entonces, no decía ni has, ni he, andaba de mente tropieza, cansado, meditando consejo, en deliberación tan grave? —así, ¿de perro para claro de luna? Pero no podía. Pero vino.
       La hora era de nada y tanto; y ella siempre la espera. Osado, le preguntó: —“¿Tú tienes voluntad de confirmar el rumbo de tu vida?” —hablándole muy de corazón. —“Sólo si fuese ya...” —y, con la respuesta, ella rio clara y calurosamente, cierto que sin la deliberada malicia, sin menosprecio. Debía de tener significados el reír, en sus ojos duendes.
       Mas, de repente, él se estremeció por aquellas oídas palabras. De un susto venido del fondo: y la duda: ¿Sería ella igual a la madre? —se sorprendió más. ¿Si la belleza de ella —lo casi fruta, del cutis, tan fresco, lozano— fuese sólo por un tiempo, y después condenada a engrosar a la escamación, a los torcimientos y moretones, por la deteriorante enfermedad? —el horror de aquello lo sacudía. Ni soportó mirar, en el momento, su preciosa hermosura, traicionera. Así sin querer, entregó los ojos al almidón, que ofuscaba, en la laja, a la vez del sol. Aunque por un instante, encontraba ahí un poder contemplado, la gradiosidad, dilatado repaso, que deshacía en blanco los alborotos del pensamiento, atormentantes.
       La alumbrada sorpresa.
       Aclaraba.
       Así; pero era también el exacto, grande, el repentino amor —la cima. Sionesio miró más, sin cerrar la cara, aplicó el corazón, abrió bien los ojos. Sonrió para atrás. María Exita. La socorría la linda claridad. Ella —¡ella! Se le acercó. Estiró también las manos hacia el almidón —solar y extraño: la acción de romperlo era gustosa, parecía un juguete de niño. Toso los verían en eso, nadie en la duda. Y su corazón se levantó. —“¿María, tú querrás, los dos, nosotros, el nunca necesitar separarnos? ¿Tú, conmigo, vienes y vas?” Dijo y vio. El almidón, cosa sin fin. Ella había contestado: —“Voy, mucho.” Desató una sonrisa. Él ni la vio. Estaban lado a lado. Miraban para adelante. Ni veían la sombra de Ñatiaga, que quieta y callada, allá, en el espacio del día.
       Sionesio y María Exita —a medios ojos, ante el refulgir, el todo blanco. Acontecía lo no-real, la no-tiempo, silencio en su imaginación. Sólo el uno-y-otra, un en-sí-juntos, el vivir en punto sin parar, solamente corazón: pensamiento, pensamor. Albor. Avanzaban, parados, dentro de la luz, como si fuera en el día de Todos los Pájaros.




Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar