James Joyce
(1882-1941)
Después de la
carrera
(“After the Race”)
(Dubliners, 1914)
Los carros venían
volando hacia Dublín, deslizándose como balines
por la curva del camino de Naas. En lo alto de la
loma, en Inchicore, los espectadores se aglomeraban
para presenciar la carrera de vuelta, y por entre
este canal de pobreza y de inercia, el Continente
hacía desfilar su riqueza y su industria acelerada.
De vez en cuando los racimos de personas lanzaban al
aire unos vítores de esclavos agradecidos. No
obstante, simpatizaban más con los carros azules
—los carros de sus amigos los franceses.
Los franceses,
además, eran los supuestos ganadores. El equipo
francés llegó entero a los finales en los segundos
y terceros puestos, y el chofer del carro ganador
alemán se decía que era belga. Cada carro azul,
por tanto, recibía doble dosis de vítores al
alcanzar la cima, y las bienvenidas fueron acogidas
con sonrisas y venias por sus tripulantes. En uno de
aquellos autos de construcción compacta venía un
grupo de cuatro jóvenes, cuya animación parecía
por momentos sobrepasar con mucho los límites del
galicismo triunfante: es más, dichos jóvenes se
veían alborotados. Eran Charles Ségouin, dueño
del carro; André Riviére, joven electricista
nacido en Canadá; un húngaro grande llamado
Villona y un joven muy bien cuidado que se llamaba
Doyle. Ségouin estaba de buen humor porque
inesperadamente había recibido algunas órdenes por
adelantado (estaba a punto de establecerse en el
negocio de automóviles en París) y Riviére estaba
de buen humor porque había sido nombrado gerente de
dicho establecimiento; estos dos jóvenes (que eran
primos) también estaban de buen humor por el éxito
de los carros franceses. Villona estaba de buen
humor porque había comido un almuerzo muy bueno; y,
además, porque era optimista por naturaleza. El
cuarto miembro del grupo, sin embargo, estaba
demasiado excitado para estar verdaderamente
contento.
Tenía unos
veintiséis años de edad, con un suave bigote
castaño claro y ojos grises un tanto inocentes. Su
padre, que comenzó en la vida como nacionalista
avanzado, había modificado sus puntos de vista bien
pronto. Había hecho su dinero como carnicero en
Kingstown y al abrir carnicería en Dublín y en los
suburbios logró multiplicar su fortuna varias
veces. Tuvo, además, la buena fortuna de asegurar
contratos con la policía y, al final, se había
hecho tan rico como para ser aludido en la prensa de
Dublín como príncipe de mercaderes. Envió a su
hijo a educarse en un gran colegio católico de
Inglaterra y después lo mandó a la universidad de
Dublín a estudiar derecho. Jimmy no anduvo muy
derecho como estudiante y durante cierto tiempo
sacó malas notas. Tenía dinero y era popular; y
dividía su tiempo, curiosamente, entre los
círculos musicales y los automovilísticos. Luego,
lo enviaron por un trimestre a Cambridge a que viera
lo que es la vida. Su padre, amonestante pero en
secreto orgulloso de sus excesos, pagó sus cuentas
y lo mandó llamar. Fue en Cambridge que conoció a
Ségouin. No eran más que conocidos entonces, pero
Jimmy halló sumo placer en la compañía de alguien
que había visto tanto mundo y que tenía
reputación de ser dueño de uno de los mayores
hoteles de Francia. Valía la pena (como convino su
padre) conocer a una persona así, aun si no fuera
la compañía grata que era. Villona también era
divertido —un pianista brillante—, pero,
desgraciadamente, pobre.
El carro corría
con su carga de jacarandosa juventud. Los dos primos
iban en el asiento delantero; Jimmy y su amigo
húngaro se sentaban detrás. Decididamente, Villona
estaba en gran forma; por el camino mantuvo su
tarareo de bajo profundo durante kilómetros. Los
franceses soltaban carcajadas y palabras fáciles
por encima del hombro y más de una vez Jimmy tuvo
que estirarse hacia delante para coger una frase al
vuelo. No le gustaba mucho, ya que tenía que
acertar con lo que querían decir y dar su respuesta
a gritos y contra la ventolera. Además que el
tarareo de Villona los confundía a todos; y el
ruido del carro también.
Recorrer rápido
el espacio, alboroza; también la notoriedad; lo
mismo la posesión de riquezas. He aquí tres buenas
razones para la excitación de Jimmy. Ese día
muchos de sus conocidos lo vieron en compañía de
aquellos continentales. En el puesto de control,
Ségouin lo presentó a uno de los competidores
franceses y, en respuesta a su confuso murmullo de
cumplido, la cara curtida del automovilista se
abrió para revelar una fila de relucientes dientes
blancos. Después de tamaño honor era grato
regresar al mundo profano de los espectadores entre
codazos y miradas significativas. Tocante al dinero:
tenía de veras acceso a grandes sumas. Ségouin tal
vez no pensaría que eran grandes sumas, pero Jimmy,
quien a pesar de sus errores pasajeros era en su
fuero interno heredero de sólidos instintos, sabía
bien con cuánta dificultad se había amasado esa
fortuna. Este conocimiento mantuvo antaño sus
cuentas dentro de los límites de un derroche
razonable, y si estuvo consciente del trabajo que
hay detrás del dinero cuando se trataba nada más
del engendro de una inteligencia superior, ¡cuánto
no más ahora, que estaba a punto de poner en juego
una mayor parte de su sustancia! Para él esto era
cosa seria.
Claro que la
inversión era buena y Ségouin se las arregló para
dar la impresión de que era como favor de amigo que
esa pizca de dinero irlandés se incluiría en el
capital de la firma. Jimmy respetaba la viveza de su
padre en asuntos de negocios y en este caso fue su
padre quien primero sugirió la inversión; mucho
dinero en el negocio de automóviles, a montones.
Todavía más, Ségouin tenía una inconfundible
aura de riqueza. Jimmy se dedicó a traducir en
términos de horas de trabajo ese auto señorial en
que iba sentado. ¡Con qué suavidad avanzaba! ¡Con
qué estilo corrieron por caminos y carreteras! El
viaje puso su dedo mágico sobre el genuino pulso de
la vida y, esforzado, el mecanismo nervioso humano
intentaba quedar a la altura de aquel veloz animal
azul.
Bajaron por la
Calle Dame. La calle bullía con un tránsito
desusado, resonante de bocinas de autos y de
campanillazos de tranvías. Ségouin arrimó cerca
del banco y Jimmy y su amigo descendieron. Un
pequeño núcleo de personas se reunió para rendir
homenaje al carro ronroneante. Los cuatro comerían
juntos en el hotel de Ségouin esa noche y, mientras
tanto, Jimmy y su amigo, que paraba en su casa,
regresarían a vestirse. El auto dobló lentamente
por la Calle Grafton mientras los dos jóvenes se
desataban del nudo de espectadores. Caminaron rumbo
al norte curiosamente decepcionados por el
ejercicio, mientras que arriba la ciudad colgaba
pálidos globos de luz en el halo de la noche
estival.
En casa de Jimmy
se declaró la comida ocasión solemne. Un cierto
orgullo se mezcló a la agitación paterna y una
decidida disposición, también, de tirar la casa
por la ventana, pues los nombres de las grandes
ciudades extranjeras tienen por lo menos esa virtud.
Jimmy, él también, lucía muy bien una vez
vestido, y al pararse en el corredor, dando
aprobación final al lazo de su smoking, su padre
debió de haberse sentido satisfecho, aun
comercialmente hablando, por haber asegurado para su
hijo cualidades que a menudo no se pueden adquirir.
Su padre, por lo mismo, fue desusadamente cortés
con Villona y en sus maneras expresaba verdadero
respeto por los logros foráneos; pero la sutileza
del anfitrión probablemente se malgastó en el
húngaro, quien comenzaba a sentir unas grandes
ganas de comer.
La comida fue
excelente, exquisita. Ségouin, decidió Jimmy,
tenía un gusto refinadísimo. El grupo se aumentó
con un joven irlandés llamado Routh a quien Jimmy
había visto con Ségouin en Cambridge. Los cinco
cenaron en un cuarto coquetón iluminado por
lámparas incandescentes. Hablaron con ligereza y
sin ambages. Jimmy, con imaginación exaltada,
concibió la ágil juventud de los franceses
enlazada con elegancia al firme marco de modales del
inglés. Grácil imagen ésta, pensó, y tan justa.
Admiraba la destreza con que su anfitrión manejaba
la conversación. Los cinco jóvenes tenían gustos
diferentes y se les había soltado la lengua.
Villona, con infinito respeto, comenzó a
describirle al amablemente sorprendido inglesito las
bellezas del madrigal inglés, deplorando la
pérdida de los instrumentos antiguos. Riviére, no
del todo sin ingenio, se tomó el trabajo de
explicarle a Jimmy el porqué del triunfo de los
mecánicos franceses. La resonante voz del húngaro
estaba a punto de poner en ridículo los espurios
laúdes de los pintores románticos, cuando Ségouin
pastoreó al grupo hacia la política. He aquí un
terreno que congeniaba con todos. Jimmy, bajo
influencias generosas, sintió que el celo
patriótico, ya bajo tierra, de su padre, le
resucitaba dentro: por fin logró avivar al
soporífero Routh. El cuarto se caldeó por partida
doble y la tarea de Ségouin se hizo más ardua por
momentos: hasta se corrió peligro de un pique
personal. En una oportunidad, el anfitrión, alerta,
levantó su copa para brindar por la Humanidad y
cuando terminó el brindis abrió las ventanas
significativamente.
Esa noche la
ciudad se puso su máscara de gran capital. Los
cinco jóvenes pasearon por Stephen's Green en una
vaga nube de humos aromáticos. Hablaban alto y
alegre, las capas colgándoles de los hombros. La
gente se apartaba para dejarlos pasar. En la esquina
de la Calle Grafton un hombre rechoncho embarcaba a
dos mujeres en un auto manejado por otro gordo. El
auto se alejó y el hombre rechoncho atisbó al
grupo.
—André.
—¡Pero si es
Farley!
Siguió un
torrente de conversación. Farley era americano.
Nadie sabía a ciencia cierta de qué hablaban.
Villona y Riviére eran los más ruidosos, pero
todos estaban excitados. Se montaron a un auto,
apretándose unos contra otros en medio de grandes
risas. Viajaban por entre la multitud, fundida ahora
a colores suaves y a música de alegres campanitas
de cristal. Cogieron el tren en Westland Row y en
unos segundos, según pareció a Jimmy, estaban
saliendo ya de la estación de Kingstown. El
colector saludó a Jimmy; era un viejo:
—¡Linda
noche, señor!
Era una serena
noche de verano; la bahía se extendía como espejo
oscuro a sus pies. Se encaminaron hacia allá
cogidos de brazos, cantando Cadet Roussel a coro,
dando patadas a cada:
—¡Ho!
¡Ho! ¡Hohé, vraiment!
Abordaron un
bote en el espigón y remaron hasta el yate del
americano. Habría cena, música y cartas. Villona
dijo, con convicción:
—¡Es una
belleza!
Había un piano
de mar en el camarote. Villona tocó un vals para
Farley y para Riviére, Farley haciendo de caballero
y Riviére de dama. Luego vino una Square dance de
improviso, todos inventando las figuras originales.
¡Qué contento! Jimmy participó de lleno; esto era
vivir la vida por fin. Fue entonces que a Farley le
faltó aire y gritó: ¡Alto! Un camarero trajo una
cena ligera y los jóvenes se sentaron a comerla por
pura fórmula. Sin embargo, bebían: vino bohemio.
Brindaron por Irlanda, Inglaterra, Francia,
Hungría, los Estados Unidos. Jimmy hizo un
discurso, un discurso largo, con Villona diciendo
¡Vamos! ¡Vamos! a cada pausa. Hubo grandes
aplausos cuando se sentó. Debe de haber sido un
buen discurso. Farley le palmeó la espalda y rieron
a rienda suelta. ¡Qué joviales! ¡Qué buena
compañía eran!
¡Cartas!
¡Cartas! Se despejó la mesa. Villona regresó
quedo a su piano y tocó a petición. Los otros
jugaron juego tras juego, entrando audazmente en la
aventura. Bebieron a la salud de la Reina de
Corazones y de la Reina de Espadas. Oscuramente
Jimmy sintió la ausencia de espectadores: qué
golpes de ingenio. Jugaron por lo alto y las notas
pasaban de mano en mano. Jimmy no sabía a ciencia
cierta quién estaba ganando, pero sí sabía quién
estaba perdiendo. Pero la culpa era suya, ya que a
menudo confundía las cartas y los otros tenían que
calcularle sus pagarés. Eran unos tipos del diablo,
pero le hubiera gustado que hicieran un alto: se
hacía tarde. Alguien brindó por el yate La Beldad
de Newport y luego alguien más propuso jugar un
último juego de los grandes.
El piano se
había callado; Villona debió de haber subido a
cubierta. Era un juego pésimo. Hicieron un alto
antes de acabar para brindar por la buena suerte.
Jimmy se dio cuenta de que el juego estaba entre
Routh y Ségouin. ¡Qué excitante! Jimmy también
estaba excitado; claro que él perdió. ¿Cuántos
pagarés había firmado? Los hombres se pusieron en
pie para jugar los últimos quites, hablando y
gesticulando. Ganó Routh. El camarote tembló con
los vivas de los jóvenes y se recogieron las
cartas. Luego empezaron a colectar lo ganado. Farley
y Jimmy eran buenos perdedores.
Sabía que lo
lamentaría a la mañana siguiente, pero por el
momento se alegró del receso, alegre con ese oscuro
estupor que echaba un manto sobre sus locuras.
Recostó los codos a la mesa y descansó la cabeza
entre las manos, contando los latidos de sus sienes.
La puerta del camarote se abrió y vio al húngaro
de pie en medio de una luceta gris:
—¡Señores,
amanece!
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