James
Joyce
(1882-1941)
Eveline
Sentada ante la ventana, miraba
cómo la noche invadía la avenida. Su cabeza se apoyaba contras las
cortinas de la ventana, y tenía en la nariz el olor de la polvorienta
cretona. Estaba sentada.
Pasaba poca gente: el hombre de la
última casa pasó rumbo a su hogar, oyó el repiqueteo de sus pasos
en el pavimento de hormigón y luego los oyó crujir sobre el sendero
de grava que se extendía frente a las nuevas casas rojas. Antes
había allí un campo, en el que ellos acostumbraban jugar con otros
niños. Después, un hombre de Belfast compró el campo y construyó
casas en él: casas de ladrillos brillantes y techos relucientes, y no
pequeñas y oscuras como las otras. Los niños de la avenida solían
jugar juntos en aquel campo; los Devine, los Water, los Dunn, el
pequeño lisiado Keogh, ella, sus hermanos y hermanas. Sin embargo,
Ernest jamás jugaba: era demasiado grande. Su padre solía echarlos
del campo con su bastón de ciruelo silvestre; pero por lo general el
pequeño Keogh era quien montaba guardia y avisaba cuando el padre se
acercaba. Pese a todo, parecían haber sido bastante felices en
aquella época. Su padre no era tan malo entonces, y, además, su
madre vivía. Hacía mucho tiempo de aquello. Ella, sus hermanos y
hermanas se habían transformado en adultos; la madre había muerto.
Tizzie Dunn había muerto también, y los Water regresaron a
Inglaterra. Todo cambia. Ahora ella se aprestaba a irse también, a
dejar su hogar.
¡Su hogar! Miró a su alrededor,
repasando todos los objetos familiares que durante tantos años había
limpiado de polvo una vez por semana, mientras se preguntaba de dónde
provendría tanto polvo. Tal vez no volvería a ver todos aquellos
objetos familiares, de los cuales jamás hubiera supuesto verse
separada. Y sin embargo, en todos aquellos años, nunca había
averiguado el nombre del sacerdote cuya foto amarillenta colgaba de la
pared, sobre el viejo armonio roto, y junto al grabado en colores de
las promesas hechas a la beata Margaret Mary Alacoque. El sacerdote
había sido compañero de colegio de su padre. Cada vez que éste
mostraba la fotografía a su visitante, agregaba de paso:
—En la actualidad está en
Melbourne.
Ella había consentido en partir,
en dejar su hogar. ¿Era prudente? Trató de sopesar todas las
implicaciones de la pregunta. De una u otra forma, en su hogar tenía
techo y comida, y la gente a quien había conocido durante toda su
existencia. Por supuesto que tenía que trabajar mucho, tanto en la
casa como en su empleo. ¿Qué dirían de ella en la tienda, cuando
supieran que se había ido con un hombre? Pensarían tal vez que era
una tonta, y su lugar sería cubierto por medio de un anuncio. La
señorita Gavan se alegraría. Siempre le había tenido un poco de
tirria y lo había demostrado en especial cuando alguien escuchaba.
—Señorita Hill, ¿no ve que
estas damas están esperando?
—Muéstrese despierta, señorita
Hill, por favor.
No lloraría mucho por tener que
dejar la tienda.
Pero en su nuevo hogar, en un
país lejano y desconocido, no sería así. Luego se casaría; ella,
Eveline. Entonces la gente la miraría con respeto. No sería tratada
como lo había sido su madre. Aún ahora, y aunque ya tenía más de
19 años, a veces se sentía en peligro ante la violencia de su padre.
Ella sabía que eso era lo que le había producido palpitaciones.
Mientras fueron niños, su padre nunca la maltrató, como acostumbraba
a hacerlo con Harry y Ernest, porque era una niña; pero después,
había comenzado a amenazarla y a decir que se ocupaba de ella sólo
por el recuerdo de su madre. Y en el presente, ella no tenía quien la
protegiera: Ernest había muerto, y Harry, que se dedicaba a decorar
iglesias, estaba casi siempre en algún punto distante del país.
Además, las invariables disputas por dinero de los sábados por la
noche comenzaban a fastidiarla sobre manera. Ella siempre aportaba
todas sus entradas —siete chelines— y Harry enviaba sin falta lo
que podía; el problema era obtener algo de su padre. Este la acusaba
de malgastar el dinero, decía que no tenía cabeza y que no le daría
el dinero que había ganado con dificultad para que ella lo tirara por
las calles; y muchas otras cosas, porque generalmente él se portaba
muy mal los sábados por la noche. Terminaba por darle el dinero y
preguntarle si no pensaba hacer las compras para el almuerzo de¡
domingo. Entonces ella debía salir corriendo para hacer las compras,
mientras sujetaba con fuerza su bolso negro abriéndose paso entre la
multitud, para luego regresar a casa tarde y agobiada bajo su carga de
provisiones. Le había dado mucho trabajo atender la casa y hacer que
los dos niños que habían sido dejados a su cuidado fueran a la
escuela regularmente y comieran con la misma regularidad. Era un
trabajo pesado —una vida dura—, pero ahora que estaba apunto de
partir no le parecía ésa una vida del todo indeseable.
Iba a ensayar otra vida; Frank era
muy bueno; viril y generoso. Ella se iría con él en el barco de la
noche, para ser su mujer y para vivir juntos en Buenos Aires, donde
él tenía un hogar que aguardaba. Recordaba muy bien la primera vez
que lo había visto; había alquilado una habitación en una casa de
la calle principal; y ella solía hacer frecuentes visitas a la
familia que vivía allí. Parecía que hubieran transcurrido sólo
pocas semanas. Él estaba en la puerta de la verja, con su gorra de
visera echada sobre la nuca, y el pelo le caía sobre el rostro
bronceado. Así se conocieron. El acostumbraba encontrarla a la salida
de la tienda todas las tardes, y la acompañaba hasta su casa. La
llevó a ver The Bohemian Girl, y ella se sintió endiosada al
sentarse junto a él en las butacas más caras del teatro. Él tenía
gran afición por la música y cantaba bastante bien. La gente sabía
que estaban en relaciones y, cuando él cantaba la canción de la
muchacha que ama a un marino, ella se sentía siempre agradablemente
confusa. Él, en broma, la llamaba “Poppens” (amapola). Al
principio, para ella resultó emocionante tener un amigo, y luego él
comenzó a gustarle. Conocía relatos de países distantes. había
comenzado como grumete por una libra mensual en un barco de la Altan
Lines que iba al Canadá. Le nombró los barcos en los que había
trabajado y enumeró las diversas compañías. Había navegado a
través del estrecho de Magallanes, y relató anécdotas de los
terribles indios patagones; tuvo suerte en Buenos Aires, dijo, y sólo
había vuelto a su patria para pasar las vacaciones. Naturalmente, el
padre de ella se enteró, y le prohibió, terminantemente, a continuar
tales relaciones.
—Conozco a esos marineros... —dijo.
Un día, su padre discutió con
Frank, y después de eso ella tuvo que encontrarse en secreto con su
enamorado.
La tarde se oscurecía en la
avenida. La blancura de las dos cartas que tenía sobre el regazo se
iba desvaneciendo. Una de las cartas era para Harry. Su padre había
envejecido últimamente, según había notado; la extrañaría. A
veces se portaba muy bien. No hacía mucho, una vez que ella debió
permanecer en cama durante un día, él le había leído en voz alta
una historia de fantasmas y le había preparado tostadas sobre el
fuego. Otro día, cuando su madre aún vivía, fueron a merendar a la
colina de Howth. Recordaba a su padre poniéndose el sombrero de la
madre para hacer reír a los niños.
El tiempo transcurría, pero ella
continuaba sentada junto a la ventana con la cabeza apoyada en la
cortina, aspirando el olor de la polvorienta cretona. Lejos, en la
avenida, podía oír un organillo callejero. Conocía la melodía. Era
extraño que justo esa noche volviera para recordarle la promesa hecha
a su madre: la de atender la casa mientras pudiera. Recordó la
última noche de enfermedad de su madre; estaba en el cerrado y oscuro
cuarto situado del otro lado del vestíbulo, y había oído afuera una
melancólica canción italiana. Dieron al organillo seis peniques para
que se alejara. Recordó la exclamación de su padre, cuando volvió
al cuarto de la enferma.
—¡Malditos italianos! ¡Ni
siquiera aquí nos dejan en paz!
Mientras meditaba, la lastimosa
visión de la vida de su madre trazaba una huella en la esencia misma
de su propio ser; aquella vida de sacrificios intrascendentes que
desembocó en la locura final. Se estremeció mientras oía otra vez
la voz de su madre repitiendo una y otra vez, con estúpida
insistencia, las voces irlandesas:
—¡Derevaun Seraun! ¡Derevaun
Seraun!
Se puso de pie con súbito impulso
de terror. ¡Escapar, debía escapar! Frank la salvaría. Él le
daría vida, tal vez amor también. Pero deseaba vivir. ¿Por qué
había de ser desgraciada? Tenía derecho a ser feliz. Frank la
tomaría en sus brazos, la estrecharía en sus brazos. La salvaría.
Estaba en medio de la movediza
multitud, en el muelle del North Wall. El la tenía de la mano, y ella
sabía que él le hablaba, que le decía con insistencia algo acerca
del pasaje. El muelle estaba lleno de soldados con mochilas pardas. A
través de las abiertas puertas de los galpones, entrevió la masa
negra del barco, inmóvil junto al muelle y con los ojos de buey
iluminados. No respondió. Sentía sus mejillas pálidas y frías y,
desde un abismo de angustia, rogaba a Dios que la guiara, que le
señalara su deber. El barco lanzó una larga pitada fúnebre en la
niebla. Si se iba, mañana estaría en el mar, con Frank, rumbo a
Buenos Aires. Sus pasajes habían sido reservados. ¿Podía volverse
atrás, después de todo lo que Frank había hecho por ella? La
angustia le produjo náuseas, y siguió moviendo los labios en
silenciosa y ferviente plegaria. Sonó una campana, que le estremeció
el corazón. Sintió que él la tomaba de la mano.
—¡Ven!
Todos los mares del mundo se
agitaron alrededor de su corazón. Él la conducía hacia ellos, la
ahogaría. Se tomó con ambas manos de la verja de hierro.
—¡Ven!
—¡No! ¡No! ¡No! Era imposible.
Sus manos se aferraron al hierro, frenéticamente. Desde el medio de
los mares que agitaban su corazón, lanzó un grito de angustia.
—¡Eveline! ¡Evy!
El se precipitó detrás de la
barrera y le gritó que lo siguiera. La gente le chilló para que él
continuara caminando, pero Frank seguía llamándola. Ella volvió su
pálida cara hacia él, pasiva, como animal desamparado. Sus ojos no
le dieron ningún signo de amor, ni de adiós, ni de reconocimiento.
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