James Joyce
(1882-1941)
Dos galanes
(“Two Gallants”)
(Dubliners, 1914)
La tarde de
agosto había caído, gris y cálida, y un aire
tibio, un recuerdo del verano, circulaba por las
calles. La calle, los comercios cerrados por el
descanso dominical, bullía con una multitud
alegremente abigarrada. Como perlas luminosas, las
lámparas alumbraban de encima de los postes
estirados y por sobre la textura viviente de abajo,
que variaba de forma y de color sin parar y lanzaba
al aire gris y cálido de la tarde un rumor
invariable que no cesa.
Dos jóvenes
bajaban la cuesta de Rutland Square. Uno de ellos
acababa de dar fin a su largo monólogo. El otro,
que caminaba por el borde del contén y que a veces
se veía obligado a bajar un pie a la calzada, por
culpa de la grosería de su acompañante, mantenía
su cara divertida y atenta. Era rubicundo y rollizo.
Usaba una gorra de yatista echada frente arriba y la
narración que venía oyendo creaba olas expresivas
que rompían constantemente sobre su cara desde las
comisuras de los labios, de la nariz y de los ojos.
Breves chorros de una risa sibilante salían en
sucesión de su cuerpo convulso. Sus ojos titilando
con un contento pícaro echaban a cada momento
miradas de soslayo a la cara de su compañero. Una o
dos veces se acomodó el ligero impermeable que
llevaba colgado de un hombro a la torera. Sus
bombachos, sus zapatos de goma blancos y su
impermeable echado por encima expresaban juventud.
Pero su figura se hacía rotunda en la cintura, su
pelo era escaso y canoso, y su cara, cuando pasaron
aquellas olas expresivas, tenía aspecto estragado.
Cuando se
aseguró de que el cuento hubo acabado se rió
ruidoso por más de medio minuto. Luego dijo:
—¡Vaya!...
¡Ese sí que es el copón divino!
Su voz parecía
batir el aire con vigor; y para dar mayor fuerza a
sus palabras añadió con humor:
—¡Ese sí que
es el único, solitario y si se me permite llamarlo
así, recherché copón divino!
Al decir esto se
quedó callado y serio. Tenía la lengua cansada, ya
que había hablado toda la tarde en el pub de la
Calle Dorset. La mayoría de la gente consideraba a
Lenehan un sanguijuela, pero a pesar de esa
reputación, su destreza y elocuencia evitaba
siempre que sus amigos la cogieran con él. Tenía
una manera atrevida de acercarse a un grupo en la
barra y de mantenerse sutilmente al margen hasta que
alguien lo incluía en la primera ronda. Vago por
deporte, venía equipado con un vasto repertorio de
adivinanzas, cuentos y cuartetas. Era, además,
insensible a toda descortesía. Nadie sabía
realmente cómo cumplía la penosa tarea de
mantenerse, pero su nombre se asociaba vagamente a
papeletas y a caballos.
—¿Y dónde
fue que la levantaste, Corley? —le preguntó.
Corley se pasó
rápido la lengua sobre el labio de arriba.
—Una noche,
chico —le dijo—, que iba yo por Calle Dame y me
veo a esta tipa tan buena parada debajo del reloj de
Waterhouse y cojo y le doy, tú sabes, las buenas
noches. Luego nos damos una vuelta por el canal y
eso, y ella que me dice que es criadita en una casa
de la Calle Baggot. Le eché el brazo por arriba y
la apretujé un poco esa noche. Entonces, el domingo
siguiente, chico, tengo cita con ella y nos vemos.
Nos fuimos hasta Donnybrook y la metí en un
sembrado. Me dijo que ella salía con un lechero...
¡La gran vida, chico! Cigarrillos todas las noches
y ella pagando el tranvía a la ida y a la venida.
Una noche hasta me trajo dos puros más buenos que
el carajo. Panetelas, tú sabes, de las que fuma el
caballero... Yo que, claro, chico, tenía miedo de
que saliera preñada. Pero, ¡tiene una esquiva!
—A lo mejor se
cree que te vas a casar con ella —dijo Lenehan.
—Le dije que
estaba sin pega —dijo Corley—. Le dije que
trabajaba en Pim's. Ella ni mi nombre sabe. Estoy
demasiado asustado para decirle eso. Pero se cree
que soy de buena familia, para que tú lo sepas.
Lenehan se rió
de nuevo, sin hacer ruido.
—De todos los
cuentos buenos que he oído en mi vida —dijo—,
ese sí que de veras es el copón divino.
Corley
reconoció el cumplido en su andar. El vaivén de su
cuerpo macizo obligaba a su amigo a bailar la suiza
del contén a la calzada y viceversa. Corley era
hijo de un inspector de policía y había heredado
de su padre la caja del cuerpo y el paso. Caminaba
con las manos al costado, muy derecho y moviendo la
cabeza de un lado al otro. Tenía la cabeza grande,
de globo, grasosa; sudaba siempre, en invierno y en
verano; y su enorme bombín, ladeado, parecía un
bombillo saliendo de un bombillo. La vista siempre
al frente, como si estuviera en un desfile, cuando
quería mirar a alguien en la calle, tenía que
mover todo su cuerpo desde las caderas. Por el
momento estaba sin trabajo. Cada vez que había un
puesto vacante uno de sus amigos le pasaba la voz. A
menudo se le veía conversando con policías de
paisano, hablando con toda seriedad. Sabía dónde
estaba el meollo de cualquier asunto y era dado a
decretar sentencia. Hablaba sin oír lo que decía
su compañía. Hablaba mayormente de sí mismo: de
lo que había dicho a tal persona y lo que esa
persona le había dicho y lo que él había dicho
para dar por zanjado el asunto. Cuando relataba
estos diálogos aspiraba la primera letra de su
nombre, como hacían dos florentinos.
Lenehan ofreció
un cigarrillo a su amigo. Mientras los dos jóvenes
paseaban por entre la gente, Corley se volvía
ocasionalmente para sonreír a una muchacha que
pasaba, pero la vista de Lenehan estaba fija en la
larga luna pálida con su hado doble. Vio con cara
seria cómo la gris telaraña del ocaso atravesaba
su faz. Al cabo dijo:
—Bueno...
dime, Corley, supongo que sabrás cómo manejarla,
¿no?
Corley,
expresivo, cerró un ojo en respuesta.
—¿Sirve ella?
—preguntó Lenehan, dudoso—. Nunca se sabe con
las mujeres.
—Ella sirve
—dijo Corley—. Yo sé cómo darle la vuelta,
chico. Está loquita por mí.
—Tú eres lo
que yo llamo un tenorio contento —dijo Lenehan—.
¡Y un don Juan muy serio también!
Un dejo burlón
quitó servilismo a la expresión. Como vía de
escape tenía la costumbre de dejar su adulonería
abierta a interpretaciones de burla. Pero Corley no
era muy sutil que digamos.
—No hay como
una buena criadita —afirmó—. Te lo digo yo.
—Es decir, uno
que las ha levantado a todas —dijo Lenehan.
—Yo primero
salía con muchachas de su casa, tú sabes —dijo
Corley, destapándose—. Las sacaba a pasear,
chico, en tranvía a todas partes y yo era el que
pagaba, o las llevaba a oír la banda o a una obra
de teatro o les compraba chocolates y dulces y eso.
Me gastaba con ellas el dinero que daba gusto —añadió
en tono convincente, como si estuviera consciente de
no ser creído.
Pero Lenehan
podía creerlo muy bien; asintió, grave.
—Conozco el
juego —dijo—, y es comida de bobo.
—Y maldito sea
lo que saqué de él —dijo Corley.
—Ídem de
ídem —dijo Lenehan.
—Con una
excepción —dijo Corley.
Se mojó el
labio superior pasándole la lengua. El recuerdo lo
encandiló. Él, también, miró al pálido disco de
la luna, ya casi velado, y pareció meditar.
—Ella
estaba... bastante bien —dijo con sentimiento. De
nuevo se quedó callado. Luego, añadió:
—Ahora trabaja
la calle. La vi montada en un carro con dos tipos,
abajo en la Calle Earl, una noche.
—Supongo que
por tu culpa —dijo Lenehan.
—Hubo otros
antes que yo —dijo Corley, filosófico.
Esta vez Lenehan
se sentía inclinado a no creerle. Movió la cabeza
de un lado a otro y sonrió.
—Tú sabes que
tú no me puedes andar a mí con cuentos, Corley —dijo.
—¡Por lo más
sagrado! —dijo Corley—. ¿No me lo dijo ella
misma?
Lenehan hizo un
gesto trágico.
—¡Triste
traidora! —dijo.
Al pasar por las
rejas de Trinity College, Lenehan saltó al medio de
la calle y miró al reloj arriba.
—Veinte
pasadas —dijo.
—Hay tiempo
—dijo Corley—. Ella va a estar allí. Siempre la
hago esperar un poco.
Lenehan se rió
entre dientes.
—¡Anda! Tú
sí que sabes cómo manejarlas, Corley —dijo.
—Me sé bien
todos sus truquitos —confesó Corley.
—Pero dime —dijo
Lenehan de nuevo—, ¿estás seguro de que te va a
salir bien? No es nada fácil, tú sabes. Tocante a
eso son muy cerradas. ¿Eh?... ¿Qué?
Lenehan no dijo
más. No quería acabarle la paciencia a su amigo,
que lo mandara al demonio y luego le dijera que no
necesitaba para nada sus consejos. Hacía falta
tener tacto. Pero el ceño de Corley volvió a la
calma pronto. Tenía la mente en otra cosa.
—Es una tipa
muy decente —dijo, con aprecio—, de veras que lo
es.
Bajaron por la
Calle Nassau y luego doblaron por Kildare. No lejos
del portal del club un arpista tocaba sobre la acera
ante un corro de oyentes. Tiraba de las cuerdas sin
darle importancia, echando de vez en cuando miradas
rápidas al rostro de cada recién venido y otras
veces, pero con idéntico desgano, al cielo. Su
arpa, también, sin darle importancia al forro que
le caía por debajo de las rodillas, parecía
desentenderse por igual de las miradas ajenas y de
las manos de su dueño. Una de estas manos bordeaba
la melodía de Silent, O Moyle, mientras la otra,
sobre las primas, le caía detrás a cada grupo de
notas. Los arpegios de la melodía vibraban hondos y
plenos.
Los dos jóvenes
continuaron calle arriba sin hablar, seguidos por la
música fúnebre. Cuando llegaron a Stephen's Green
atravesaron la calle. En este punto el ruido de los
tranvías, las luces y la muchedumbre los libró del
silencio.
—¡Allí
está! —dijo Corley.
Una mujer joven
estaba parada en la esquina de la calle Hume.
Llevaba un vestido azul y una gorra de marinero
blanca. Estaba sobre el contén, balanceando una
sombrilla en la mano. Lenehan se avivó.
—Vamos a
mirarla de cerca, Corley —dijo.
Corley miró
ladeado a su amigo y una sonrisa desagradable
apareció en su cara.
—¿Estás
tratando de colarte? —le preguntó.
—¡Maldita
sea! —dijo Lenehan, osado—. No quiero que me la
presentes. Nada más quiero verla. No me la voy a
comer...
—Ah...
¿Verla? —dijo Corley, más amable—. Bueno...
atiende. Yo me acerco a hablar con ella y tú pasas
de largo.
—¡Muy bien!
—dijo Lenehan.
Ya Corley había
cruzado una pierna por encima de las cadenas cuando
Lenehan lo llamó:
—¿Y luego?
¿Dónde nos encontramos?
—Diez y media
—respondió Corley, pasando la otra pierna.
—¿Dónde?
—En la esquina
de la Calle Merrion. Estaremos de regreso.
—Trabájala
bien —dijo Lenehan como despedida.
Corley no
respondió. Cruzó la calle a buen paso, moviendo la
cabeza de un lado a otro. Su bulto, su paso cómodo
y el sólido sonido de sus botas tenían en sí algo
de conquistador. Se acercó a la joven y, sin
saludarla, empezó a conversar con ella enseguida.
Ella balanceó la sombrilla más rápido y dio
vueltas a sus tacones. Una o dos veces que él le
habló muy cerca de ella se rió y bajó la cabeza.
Lenehan los
observó por unos minutos. Luego, caminó rápido
junto a las cadenas guardando distancia y atravesó
la calle en diagonal. Al acercarse a la esquina de
la Calle Hume encontró el aire densamente perfumado
y rápidos sus ojos escrutaron, ansiosos, el aspecto
de la joven. Tenía puesto su vestido dominguero. Su
falda de sarga azul estaba sujeta a la cintura por
un cinturón de cuero negro. La enorme hebilla del
cinto parecía oprimir el centro de su cuerpo,
cogiendo como un broche la ligera tela de su blusa
blanca. Llevaba una chaqueta negra corta con botones
de nácar y una desaliñada boa negra. Las puntas de
su cuellito de tul estaban cuidadosamente
desarregladas y tenía prendido sobre el busto un
gran ramo de rosas rojas con los tallos vueltos
hacia arriba. Lenehan notó con aprobación su corto
cuerpo macizo. Una franca salud rústica iluminaba
su rostro, sus rojos cachetes rollizos y sus
atrevidos ojos azules. Sus facciones eran toscas.
Tenía una nariz ancha, una boca regada, abierta en
una mueca entre socarrona y contenta, y dos dientes
botados. Al pasar Lenehan se quitó la gorra y,
después de unos diez segundos, Corley devolvió el
saludo al aire. Lo hizo levantando su mano vagamente
y cambiando, distraído, el ángulo de caída del
sombrero.
Lenehan llegó
hasta el hotel Shelbourne, donde se detuvo a la
espera. Después de esperar un ratito los vio venir
hacia él y cuando doblaron a la derecha, los
siguió, apresurándose ligero en sus zapatos
blancos, hacia un costado de Merrion Square.
Mientras caminaba despacio, ajustando su paso al de
ellos, miraba la cabeza de Corley, que se volvía a
cada minuto hacia la cara de la joven como un gran
balón dando vueltas sobre un pivote. Mantuvo la
pareja a la vista hasta que los vio subir la
escalera del tranvía a Donnybrook; entonces, dio
media vuelta y regresó por donde había venido.
Ahora que estaba
solo su cara se veía más vieja. Su alegría
pareció abandonarlo y al caminar junto a las rejas
de Duke's Lawn dejó correr su mano sobre ellas. La
música que tocaba el arpista comenzó a controlar
sus movimientos. Sus pies, suavemente acolchados,
llevaban la melodía, mientras sus dedos hicieron
escalas imitativas sobre las rejas, cayéndole
detrás a cada grupo de notas.
Caminó sin
ganas por Stephen's Green y luego a la Calle Grafton
abajo. Aunque sus ojos tomaban nota de muchos
elementos de la multitud por entre la que pasaba, lo
hacían desganadamente. Encontró trivial todo lo
que debía encantarle y no tuvo respuesta a las
miradas que lo invitaban a ser atrevido. Sabía que
tendría que hablar mucho, que inventar y que
divertir, y su garganta y su cerebro estaban
demasiado secos para semejante tarea. El problema de
cómo pasar las horas hasta encontrarse con Corley
de nuevo le preocupó. No pudo encontrar mejor
manera de pasarlas que caminando. Dobló a la
izquierda cuando llegó a la esquina de Rutland
Square y se halló más a gusto en la tranquila
calle oscura, cuyo aspecto sombrío concordaba con
su ánimo. Se detuvo, al fin, ante las vitrinas de
un establecimiento de aspecto miserable en que las
palabras Bar Refrescos estaban pintadas en letras
blancas. Sobre el cristal de las vitrinas había dos
letreros volados: Cerveza de Jengibre y Ginger Ale.
Un jamón cortado se exhibía sobre una fuente azul,
mientras que no lejos, en una bandeja, había un
pedazo de pudín de pasas. Miró estos comestibles
fijamente por espacio de un rato y, luego, después
de echar una mirada vigilante calle arriba y abajo,
entró en la fonda, rápido.
Tenía hambre,
ya que, excepto unas galletas que había pedido y le
trajeron dos dependientes avinagrados, no había
comido nada desde el desayuno. Se sentó a una mesa
descubierta frente a dos obreritas y a un mecánico.
Una muchacha desaliñada vino de camarera.
—¿A cómo la
ración de chícharos? —preguntó.
—Tres medio—peniques,
señor —dijo la muchacha.
—Tráigame un
plato de chícharos —dijo—, y una botella de
cerveza de jengibre.
Había hablado
con rudeza para desacreditar su aire urbano, ya que
su entrada fue seguida por una pausa en la
conversación. Estaba abochornado... Para parecer
natural, empujó su gorra hacia atrás y puso los
codos en la mesa. El mecánico y las dos obreritas
lo examinaron punto por punto antes de reanudar su
conversación en voz baja. La muchacha le trajo un
plato de guisantes calientes sazonados con pimienta
y vinagre, un tenedor y su cerveza de jengibre.
Comió la comida con ganas y la encontró tan buena
que mentalmente tomó nota de la fonda. Cuando hubo
comido los guisantes sorbió su cerveza y se quedó
sentado un rato pensando en Corley y en su aventura.
Vio en la imaginación a la pareja de amantes
paseando por un sendero a oscuras; oyó la voz de
Corley diciendo galanterías y de nuevo observó la
descarada sonrisa en la boca de la joven. Tal
visión le hizo sentir en lo vivo su pobreza de
espíritu y de bolsa. Estaba cansado de dar tumbos,
de halarle el rabo al diablo, de intrigas y
picardías. En noviembre cumpliría treintaiún
años. ¿No iba a conseguir nunca un buen trabajo?
¿No tendría jamás casa propia? Pensó lo
agradable que sería tener un buen fuego al que
arrimarse y sentarse a una buena mesa. Ya había
caminado bastante por esas calles con amigos y con
amigas. Sabía bien lo que valían esos amigos:
también conocía bastante a las mujeres. La
experiencia lo había amargado contra todo y contra
todos. Pero no lo había abandonado la esperanza. Se
sintió mejor después de comer, menos aburrido de
la vida, menos vencido espiritualmente. Quizá
todavía podría acomodarse en un rincón y vivir
feliz, con tal de que encontrara una muchacha buena
y simple que tuviera lo suyo.
Pagó los dos
peniques y medio a la camarera desaliñada y salió
de la fonda, reanudando su errar. Entró por la
Calle Capel y caminó hacia el Ayuntamiento. Luego,
dobló por la Calle Dame. En la esquina de la Calle
George se encontró con dos amigos y se detuvo
a conversar con ellos. Se alegró de poder descansar
de la caminata. Sus amigos le preguntaron si había
visto a Corley y que cuál era la última. Replicó
que se había pasado el día con Corley. Sus amigos
hablaban poco. Miraron estólidos a algunos tipos en
el gentío y a veces hicieron un comentario
crítico. Uno de ellos dijo que había visto a Mac
una hora atrás en la Calle Westmoreland. A esto
Lenehan dijo que había estado con Mac la noche
antes en Egan's. El joven que había estado con Mac
en la Calle Westmoreland preguntó si era verdad que
Mac había ganado una apuesta en un partido de
billar. Lenehan no sabía: dijo que Holohan los
había convidado a los dos a unos tragos en Egan's.
Dejó a sus
amigos a la diez menos cuarto y subió por la Calle
George. Dobló a la izquierda por el Mercado
Municipal y caminó hasta la Calle Grafton. El
gentío de muchachos y muchachas había menguado, y
caminando calle arriba oyó a muchas parejas y
grupos darse las buenas noches unos a otros. Llegó
hasta el reloj del Colegio de Cirujanos: estaban
dando las diez. Se encaminó rápido por el lado
norte del Green, apresurado por miedo a que Corley
llegara demasiado pronto. Cuando alcanzó la esquina
de la Calle Merrion se detuvo en la sombra de un
farol y sacó uno de los cigarrillos que había
reservado y lo encendió. Se recostó al poste y
mantuvo la vista fija en el lado por el que esperaba
ver regresar a Corley y a la muchacha.
Su mente se
activó de nuevo. Se preguntó si Corley se las
habría arreglado. Se preguntó si se lo habría
pedido ya o si lo había dejado para lo último.
Sufría las penas y anhelos de la situación de su
amigo tanto como la propia. Pero el recuerdo de
Corley moviendo su cabeza lo calmó un tanto: estaba
seguro de que Corley se saldría con la suya. De
pronto lo golpeó la idea de que quizá Corley la
había llevado a su casa por otro camino, dándole
el esquinazo. Sus ojos escrutaron la calle: ni
señas de ellos. Sin embargo, había pasado con
seguridad media hora desde que vio el reloj del
Colegio de Cirujanos. ¿Habría Corley hecho cosa
semejante? Encendió el último cigarrillo y empezó
a fumarlo nervioso. Forzaba la vista cada vez que
paraba un tranvía al otro extremo de la plaza.
Tenían que haber regresado por otro camino. El
papel del cigarrillo se rompió y lo arrojó a la
calle con una maldición.
De pronto los
vio venir hacia él. Saltó de contento y pegándose
al poste trató de adivinar el resultado en su
manera de andar. Caminaban lentamente, la muchacha
dando rápidos pasitos, mientras Corley se mantenía
a su lado con su paso largo. No parecía que se
hablaran. El conocimiento del resultado lo pinchó
como la punta de un instrumento con filo. Sabía que
Corley iba a fallar; sabía que no le salió bien.
Doblaron la
Calle Baggot abajo y él los siguió enseguida,
cogiendo por la otra acera. Cuando se detuvieron, se
detuvo él también. Hablaron por un momento y
después la joven bajó los escalones hasta el fondo
de la casa. Corley se quedó parado al borde de la
acera, a corta distancia de la escalera del frente.
Pasaron unos minutos. La puerta del recibidor se
abrió lentamente y con cautela. Luego, una mujer
bajó corriendo las escaleras del frente y tosió.
Corley se dio vuelta y fue hacia ella. Su cuerpazo
la ocultó a su vista por unos segundos y luego ella
reapareció corriendo escaleras arriba. La puerta se
cerró tras ella y Corley salió caminando rápido
hacia Stephen's Green.
Lenehan se
apuró en la misma dirección. Cayeron unas gotas.
Las tomó por un aviso y echando una ojeada hacia
atrás, a la casa donde había entrado la muchacha,
para ver si no lo observaban, cruzó la calle
corriendo impaciente. La ansiedad y la carrera lo
hicieron acezar. Dio un grito:
—¡Hey,
Corley!
Corley volteó
la cabeza a ver quién lo llamaba y después siguió
caminando como antes. Lenehan corrió tras él,
arreglándose el impermeable sobre los hombros con
una sola mano.
—¡Hey,
Corley! —gritó de nuevo.
Se emparejó a
su amigo y lo miró a la cara, atento. No vio nada
en ella.
—Bueno, ¿y
qué? —dijo—. ¿Dio resultado?
Habían llegado
a la esquina de Ely Place. Sin responder aún,
Corley dobló a la izquierda rápido y entró en una
calle lateral. Sus facciones estaban compuestas con
una placidez austera. Lenehan mantuvo el paso de su
amigo, respirando con dificultad. Estaba confundido
y un dejo de amenaza se abrió paso por su voz.
—¿Vas a
hablar o no? —dijo—. ¿Trataste con ella?
Corley se detuvo
bajo el primer farol y miró torvamente hacia el
frente. Luego, con un gesto grave, extendió una
mano hacia la luz y, sonriendo, la abrió para que
la contemplara su discípulo. Una monedita de oro
brillaba sobre la palma.
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