James
Joyce
(1882-1941)
Una madre
(“A Mother”)
(Dubliners, 1914)
El señor Holohan, vicesecretario
de la sociedad Eire Abu, se paseó un mes por todo Dublín con las manos
y los bolsillos atiborrados de papelitos sucios, arreglando lo de la
serie de conciertos. Era lisiado y por eso sus amigos lo llamaban Aúpa
Holohan. Anduvo para arriba y para abajo sin parar y se pasó horas
enteras en una esquina discutiendo el asunto y tomando notas; pero al
final fue la señora Kearney quien tuvo que resolverlo todo.
La señorita Devlin se transformó
en la señora Keamey por despecho. Se había educado en uno de los
mejores conventos, donde aprendió francés y música. Como era exangüe
de nacimiento y poco flexible de carácter, hizo pocas amigas en la
escuela. Cuando estuvo en edad casadera la hicieron visitar varias casas
donde admiraron mucho sus modales pulidos y su talento musical. Se
sentó a esperar a que viniera un pretendiente capaz de desafiar su
frígido círculo de dotes para brindarle una vida venturosa. Pero los
jóvenes que conoció eran vulgares y jamás los alentó, prefiriendo
consolarse de sus anhelos románticos consumiendo Delicias Turcas a
escondidas. Sin embargo, cuando casi llegaba al límite y sus amigas
empezaban ya a darle a la lengua, les tapó la boca casándose con el
señor Keamey, un botinero de la explanada de Ormond.
Era mucho mayor que ella. Su
conversación adusta tenía lugar en los intermedios de su enorme barba
parda. Después del primer año de casada intuyó ella que un hombre
así sería más útil que un personaje novelesco, pero nunca echó a un
lado sus ideas románticas. Era él sobrio, frugal y pío; tomaba la
comunión cada viernes, a veces con ella, muchas veces solo. Pero ella
nunca flaqueó en su fe religiosa y fue una buena esposa. Cuando en una
reunión con desconocidos ella arqueaba una ceja, él se levantaba
enseguida para despedirse, y, si su tos lo acosaba, ella le envolvía
los pies en una colcha y le hacía un buen ponche de ron. Por su parte,
él era un padre modelo. Pagando una módica suma cada semana a una
mutual se aseguró de que sus dos hijas recibieran una dote de cien
libras cada una al cumplir veinticuatro años. Mandó a la hija mayor,
Kathleen, a un convento, donde aprendió francés y música, y más
tarde le costeó el Conservatorio. Todos los años por julio la señora
Kearney hallaba ocasión de decirles a sus amigas:
—El bueno de mi marido nos manda a
veranear unas semanas a Skerries.
Y si no era a Skerries era a Howth o
a Greystones.
Cuando el Despertar Irlandés
comenzó a mostrarse digno de atención, la señora Kearney determinó
sacar partido al nombre de su hija, tan irlandés, y le trajo un maestro
de lengua irlandesa. Kathleen y su hermana les enviaban postales
irlandesas a sus amigas, quienes, a su vez, les respondían con otras
postales irlandesas. En ocasiones especiales, cuando el señor Kearney
iba con su familia a las reuniones procatedral, un grupo de gente se
reunía después de la misa de domingo en la esquina de la calle
Catedral. Eran todos amigos de los Kearney, amigos musicales o amigos
nacionalistas; y, cuando le sacaban el jugo al último chisme, se daban
la mano, todos a una, riéndose de tantas manos cruzadas y diciéndose
adiós en irlandés. Muy pronto el nombre de Kathleen Kearney estuvo a
menudo en boca de la gente para decir que ella tenía talento y que era
muy buena muchacha y, lo que es más, que, creía en el renacer de la
lengua irlandesa. La señora Kearney se sentía de lo más satisfecha.
Así no se sorprendió cuando un buen día el señor Holohan vino a
proponerle que su hija fuera pianista acompañante en cuatro grandes
conciertos que su Sociedad iba a dar en las Antiguas Salas de Concierto.
Ella lo hizo pasar a la sala, lo invitó a sentarse y sacó la garrafa y
la bizcochera de plata. Se entregó ella en cuerpo y alma a ultimar los
detalles; aconsejó y persuadió; y, finalmente, se redactó un contrato
según el cual Kathleen recibiría ocho guineas por sus servicios como
pianista acompañante en aquellos cuatro grandes conciertos.
Como el señor Holohan era novato en
cuestiones tan delicadas como la redacción de anuncios y la confección
de programas, la señora Kearney lo ayudó. Tenía tacto. Sabía qué
artistas debían llevar el nombre en mayúsculas y qué artistas debían
ir en letras pequeñas. Sabía que al primer tenor no le gustaría salir
después del sainete del señor Meade. Para mantener al público
divertido, acomodó los números dudosos entre viejos favoritos. El
señor Holohan la visitaba cada día para pedirle consejo sobre esto y
aquello. Ella era invariablemente amistosa y asesora, en una palabra,
asequible. Deslizaba hacia él la garrafa, diciéndole:
—Vamos, ¡sírvase usted, señor
Holohan!
Y si él se servía, añadía ella:
—¡Sin miedo! ¡Sin ningún miedo!
Todo salió a pedir de boca. la
señora Kearney compró en Brown Thomas un retazo de raso liso rosa,
precioso, para hacerle una pechera al traje de Kathleen. Costó un ojo
de la cara; pero hay ocasiones en que cualquier gasto está justificado.
Se quedó con una docena de entradas para el último concierto y las
envió a esas amistades con que no se podía contar que asistieran si no
era así. No se olvidó de nada y, gracias a ella, se hizo lo que había
que hacer.
Los conciertos tendrían lugar
miércoles, jueves, viernes y sábado. Cuando la señora Kearney llegó
con su hija a las Antiguas Salas de Concierto la noche del miércoles no
le gustó lo que vio. Unos cuantos jóvenes que llevaban insignias azul
brillante en sus casacas, holgazaneaban por el vestíbulo; ninguno
llevaba ropa de etiqueta. Pasó de largo con su hija y una rápida
ojeada a la sala le hizo ver la causa del holgorio de los ujieres. Al
principio se preguntó si se habría equivocado de hora. Pero no,
faltaban veinte minutos para las ocho.
En el camerino, detrás del
escenario, le presentaron al secretario de la Sociedad, el señor
Fitzpatrick. Ella sonrió y le tendió una mano. Era un hombrecito de
cara lerda. Notó que llevaba su sombrero de pana pardo al desgaire a un
lado y que hablaba con dejo desganado. Tenía un programa en la mano y
mientras conversaba con ella le mordió una punta hasta que la hizo una
pulpa húmeda. No parecía darle importancia al chasco. El señor
Holohan entraba al camerino a cada rato trayendo noticias de la
taquilla. Los artistas hablaban entre ellos, nerviosos, mirando de vez
en cuando al espejo y enrollando y desenrollando sus partituras. Cuando
eran casi las ocho y media la poca gente que había en el teatro
comenzó a expresar el deseo de que empezara la función. El señor
Fitzpatrick subió a escena, sonriendo inexpresivo al público, para
decirles:
—Bueno, y ahora, señoras y
señores, supongo que es mejor que empiece la fiesta.
La señora Kearney recompensó su
vulgarísima expresión final con una rápida mirada despreciativa y
luego le dijo a su hija para animarla:
—¿Estás lista, tesoro?
Cuando tuvo la oportunidad llamó al
señor Holohan aparte y le preguntó qué significaba aquello. El señor
Holohan le respondió que él no sabía. Le explicó que el comité
había cometido un error en dar tantos conciertos: cuatro conciertos
eran demasiados.
—¡Y con qué artistas! —dijo la
señora Kearney—. Claro que hacen lo que pueden, pero no son nada
buenos.
El señor Holohan admitió que los
artistas eran malos, pero el comité, dijo, había decidido dejar que
los tres primeros conciertos salieran como pudieran y reservar lo bueno
para la noche del sábado. La señora Kearney no dijo nada, pero, como
las mediocridades se sucedían en el estrado y el público disminuía
cada vez, comenzó a lamentarse de haber puesto todo su empeño en
semejante velada. No le gustaba en absoluto el aspecto de aquello y la
estúpida sonrisa del señor Fitzpatrick la irritaba de veras. Sin
embargo, se calló la boca y decidió esperar a ver cómo acababa todo.
El concierto se extinguió poco antes de las diez y todo el mundo se fue
a casa corriendo.
El concierto del jueves tuvo mejor
concurrencia, pero la señora Kearney se dio cuenta enseguida de que el
teatro estaba lleno de balde. El público se comportaba sin el menor
recato, como si el concierto fuera un último ensayo informal. El señor
Fitzpatrick parecía divertirse mucho; y no estaba en lo más mínimo
consciente de que la señora Kearney, furiosa, tomaba nota de su
conducta. Se paraba él junto a las bambalinas y de vez en cuando sacaba
la cabeza para intercambiar risas con dos amigotes sentados en el
extremo del balcón. Durante la tanda la señora Kearney se enteró de
que se iba a cancelar el concierto del viernes y que el comité movería
cielo y tierra para asegurarse de que el concierto del sábado fuera un
lleno completo. Cuando oyó decir esto buscó al señor Holohan. Lo
pescó mientras iba cojeando con un vaso de limonada para una jovencita
y le preguntó si era cierto. Sí, era cierto.
—Pero, naturalmente, eso no altera
el contrato —dijo ella—. El contrato es por cuatro conciertos.
El señor Holohan parecía estar
apurado; le aconsejó que hablara con el señor Fitzpatrick. La señora
Kearney comenzó a alarmarse entonces. Sacó al señor Fitzpatrick de su
bambalina y le dijo que su hija había firmado por cuatro conciertos y
que, naturalmente, de acuerdo con los términos del contrato ella
recibiría la suma estipulada originalmente, diera o no la Sociedad
cuatro conciertos. El señor Fitzpatrick, que no se dio cuenta del punto
en cuestión enseguida, parecía incapaz de resolver la dificultad y
dijo que trasladaría el problema al comité. La ira de la señora
Kearney comenzó a revolotearle en las mejillas y tuvo que hacer lo
imposible para no preguntar:
—¿Y quién es este convidé,
hágame el favor?
Pero sabía que no era digno de una
dama hacerlo: por eso se quedó callada.
El viernes por la mañana enviaron a
unos chiquillos a que repartieran volantes por las calles de Dublín.
Anuncios especiales aparecieron en todos los diarios de la tarde
recordando al público amante de la buena música el placer que les
esperaba a la noche siguiente. La señora Kearney se sintió más
alentada pero pensó que era mejor confiar sus sospechas a su marido. Le
prestó atención y dijo que sería mejor que la acompañara el sábado
por la noche. Ella estuvo de acuerdo. Respetaba a su esposo como
respetaba a la oficina de correos, como algo grande, seguro, inamovible;
y aunque sabía que era escaso de ideas, apreciaba su valor como hombre,
en abstracto. Se alegró de que él hubiera sugerido ir al concierto con
ella. Pasó revista a sus planes.
Vino la noche del gran concierto. La
señora Kearney, con su esposo y su hija, llegó a las Antiguas Salas de
Concierto tres cuartos de hora antes de la señalada para comenzar.
Tocó la mala suerte que llovía. La señora Kearney dejó las ropas y
las partituras de su hija al cuidado de su marido y recorrió todo el
edificio buscando al señor Holohan y al señor Fitzpatrick. No pudo
encontrar a ninguno de los dos. Les preguntó a los ujieres si había
algún miembro del comité en el público, y, después de mucho trabajo,
un ujier se apareció con una mujercita llamada la señorita Beirne, a
quien la señora Kearney explicó que quería ver a uno de los
secretarios. La señorita Beirne los esperaba de un momento a otro y le
preguntó si podía hacer algo por ella. La señora Kearney escrutó a
aquella mujercita que tenía una doble expresión de confianza en el
prójimo y de entusiasmo atornillada a su cara, y le respondió:
—¡No, gracias!
La mujercita esperaba que hicieran
una buena entrada. Miró la lluvia hasta que la melancolía de la calle
mojada borró el entusiasmo y la confianza de sus facciones torcidas.
Luego exhaló un suspirito y dijo:
—¡Ah, bueno, se hizo lo que se
pudo, como usted sabe!
La señora Kearney tuvo que regresar
al camerino.
Llegaban los artistas. El bajo y el
segundo tenor ya estaban allí. El bajo, el señor Duggan, era un hombre
joven y esbelto, con un bigote negro regado. Era hijo del portero de
unas oficinas, del centro, y, de niño, había cantado sostenidas notas
bajas por los resonantes corredores. De tan humildes auspicios se había
educado a sí mismo para convertirse en un artista de primera fila.
Había cantado en la ópera. Una noche, cuando un artista operático se
enfermó, había interpretado el rol del rey en Maritana, en el Queen's
Theatre. Cantó con mucho sentimiento y volumen y fue muy bien acogido
por la galería; pero, desgraciadamente, echó a perder la buena
impresión inicial al sonarse la nariz en un guante, una o dos veces, de
distraído que era. Modesto, hablaba poco. Decía ustéi pero tan
bajo que pasaba inadvertido y por cuidarse la voz no bebía nada más
fuerte que leche. El señor Bell, el segundo tenor, era un hombrecito
rubio que competía todos los años por los premios de Feis Ceoil. A la
cuarta intentona ganó una medalla de bronce. Nervioso en extremo y en
extremo envidioso de otros tenores, cubría su envidia nerviosa con una
simpatía desbordante. Era dado a dejar saber a otras personas la
viacrucis que significaba un concierto. Por eso cuando vio al señor
Duggan se le acercó a preguntarle:
—¿Estás tú también en el
programa?
—Sí —respondió el señor
Duggan.
El señor Bell sonrió a su
compañero de infortunios, extendió una mano y le dijo:
—¡Chócala!
La señora Kearney pasó por delante
de estos dos jóvenes y se fue al borde de la bambalina a echar un
vistazo a la sala. Ocupaban las localidades rápidamente y un ruido
agradable circulaba por el auditorio. Regresó a hablar en privado con
su esposo. La conversación giraba sobre Kathleen evidentemente, pues
ambos le echaban una mirada de vez en cuando mientras ella conversaba de
pie con una de sus amigas nacionalistas, la señorita Healy, la
contralto. Una mujer desconocida y solitaria de cara pálida atravesó
la pieza. Las muchachas siguieron con ojos ávidos aquel vestido azul
desvaído tendido sobre un cuerpo enjuto. Alguien dijo que era Madama
Glynn, soprano.
—Me pregunto de dónde la sacaron
—dijo Kathleen a la señorita Healy—. Nunca oí hablar de ella, te
lo aseguro.
La señorita Healy tuvo que
sonreír. El señor Holohan entró cojeando al camerino en ese momento y
las dos muchachas le preguntaron quién era la desconocida. El señor
Holohan dijo que era Madama Glynn, de Londres. Madama tomó posesión de
un rincón del cuarto, manteniendo su partitura rígida frente a ella y
cambiando de vez en cuando la dirección de su mirada de asombro. Las
sombras acogieron protectoras su traje marchito, pero en revancha le
rebosaron la fosa del esternón. El ruido de la sala se oyó más
fuerte. El primer tenor y el barítono llegaron juntos. Se veían bien
vestidos los dos, bien alimentados y complacidos, regalando un aire de
opulencia a la compañía.
La señora Kearney les llevó a su
hija y se dirigió a ellos con amabilidad. Quería estar en buenos
términos pero, mientras hacía lo posible por ser atenta con ellos, sus
ojos seguían los pasos cojeantes y torcidos del señor Holohan. Tan
pronto como pudo se excusó y le cayó detrás.
—Señor Holohan —le dijo—,
quiero hablar con usted un momento.
Se fueron a un extremo discreto del
corredor. La señora Kearney le preguntó cuándo le iban a pagar a su
hija. El señor Holohan dijo que ya se encargaría de ello el señor
Fitzpatrick. La señora Kearney dijo que ella no sabía nada del señor
Fitzpatrick. Su hija había firmado contrato por ocho guineas y había
que pagárselas. El señor Holohan dijo que eso no era asunto suyo.
—¿Por qué no es asunto suyo? —le
preguntó la señora Kearney—. ¿No le trajo usted mismo el contrato?
En todo caso, si no es asunto suyo, sí es asunto mío y me voy a ocupar
de él.
—Más vale que hable con el señor
Fitzpatrick —dijo el señor Holohan, remoto.
—A mí no me interesa su señor
Fitzpatrick para nada —repitió la señora Kearney—. Yo tengo mi
contrato y voy a ocuparme de que se cumpla.
Cuando regresó al camerino,
ligeramente ruborizada, reinaba allí la animación. Dos hombres con
impermeables habían tomado posesión de la estufa y charlaban
familiarmente con la señorita Healy y el barítono. Eran un enviado del
Freeman y el señor O'Madden Burke. El enviado del Freeman
había entrado a decir que no podía quedarse al concierto ya que tenía
que cubrir una conferencia que iba a pronunciar un sacerdote en la
Mansion House. Dijo que debían dejarle una nota en la redacción del Freeman
y que él se ocuparía de que la incluyeran. Era canoso, con voz digna
de crédito y modales cautos. Tenía un puro apagado en la mano y el
aroma a humo de tabaco flotaba a su alrededor. No tenía intenciones de
quedarse más que un momento porque los conciertos y los artistas lo
aburrían considerablemente, pero permanecía recostado a la chimenea.
La señorita Healy estaba de pie frente a él, riendo y charlando.
Tenía él edad como para sospechar la razón de la cortesía femenina,
pero era lo bastante joven de espíritu para saber sacar provecho a la
ocasión. El calor, el color y el olor de aquel cuerpo juvenil le
despertaban la sensualidad. Estaba deliciosamente al tanto de los senos
que en este momento subían y bajaban frente a él en su honor,
consciente de que las risas y el perfume y las miradas imponentes eran
otro tributo. Cuando no pudo quedarse ya más tiempo, se despidió de
ella muy a pesar suyo.
—O'Madden Burke va a escribir la
nota —le explicó al señor Holohan—, y yo me ocupo de que la metan.
—Muchísimas gracias, señor
Hendrick —dijo el señor Holohan—. Ya sé que usted se ocupará de
ella. Pero, ¿no quiere tomar una cosita antes de irse?
—No estaría mal —dijo el señor
Hendrick.
Los dos hombres atravesaron oscuros
pasadizos y subieron escaleras hasta llegar a un cuarto apartado donde
uno de los ujieres descorchaba botellas para unos cuantos señores. Uno
de estos señores era el señor O'Madden Burke, que había dado con el
cuarto por puro instinto. Era un hombre entrado en años, afable, quien,
en estado de reposo, balanceaba su cuerpo imponente sobre un largo
paraguas de seda. Su grandilocuente apellido de irlandés del oeste era
el paraguas moral sobre el que balanceada el primoroso problema de sus
finanzas. Se le respetaba a lo ancho y a lo largo.
Mientras el señor Holohan convidaba
al enviado del Freeman, la señora Kearney hablaba a su esposo
con tal vehemencia que éste tuvo que pedirle que bajara la voz. La
conversación de la otra gente en el camerino se había hecho tensa. El
señor Bell, primero en el programa, estaba listo con su música pero su
acompañante ni se movió. Algo andaba mal, era evidente. El señor
Kearney miraba hacia adelante, mesándose la barba, mientras la señora
Kearney le hablaba al oído a Kathleen con énfasis controlado. De la
sala llegaban ruidos revueltos, palmas y pateos. El primer tenor y el
barítono y la señorita Healy se pusieron los tres a esperar
tranquilamente, pero el señor Bell tenía los nervios de punta porque
temía que el público pensara que se había retrasado.
El señor Holohan y el señor
O'Madden Burke entraron al camerino. En un instante el señor Holohan se
dio cuenta de lo que pasaba. Se acercó a la señora Kearney y le habló
con franqueza. Mientras hablaban el ruido de la sala se hizo más
fuerte. El señor Holohan estaba rojo y excitadísimo. Habló con
volubilidad, pero la señora Kearney repetía cortante, a intervalos:
—Ella no saldrá. Hay que pagarle
sus ocho guineas.
El señor Holohan señalaba
desesperado hacia la sala, donde el público daba patadas y palmetas.
Acudió al señor Kearney y a Kathleen. Pero el señor Kearney seguía
mesándose las barbas y Kathleen miraba al suelo, moviendo la punta de
su zapato nuevo: no era su culpa. la señora Kearney repetía:
—No saldrá si no se le paga.
Después de un breve combate verbal,
el señor Holohan se marchó, cojeando, a la carrera. Se hizo el
silencio en la pieza. Cuando el silencio se volvió insoportable, la
señorita Healy le dijo al barítono:
—¿Vio usted a la señora Pat
Campbell esta semana?
El barítono no la había visto,
pero le habían dicho que había estado muy bien. La conversación se
detuvo ahí. El primer tenor bajó la cabeza y empezó a contar los
eslabones de la cadena de oro que le cruzaba el pecho, sonriendo y
tarareando notas al azar para afinar la voz. De vez en cuando todos
echaban una ojeada hacia la señora Kearney.
El ruido del auditorio se había
vuelto un escándalo cuando el señor Fitzpatrick entró al camerino,
seguido por el señor Holohan que acezaba. De la sala llegaron silbidos
que acentuaban ahora el estruendo de palmetas y patadas. El señor
Fitzpatrick alzó varios billetes en la mano. Contó hasta cuatro en la
mano de la señora Kearney y dijo que iba a conseguir el resto en el
intermedio. La señora Kearney dijo:
—Faltan cuatro chelines.
Pero Kathleen se recogió la falda y
dijo: Vamos, el señor Bell, al primer cantante, que temblaba
más que una hoja. El artista y su acompañante salieron a escena
juntos. Se extinguió el ruido en la sala. Hubo una pausa de unos
segundos: y luego se oyó un piano.
La primera parte del concierto tuvo
mucho éxito, con excepción del número de Madama Glynn. La pobre mujer
cantó Killarney con voz incorpórea y jadeante, con todos los
amaneramientos de entonación y de pronunciación que ella creía que le
daban elegancia a su canto pero que estaban tan fuera de moda. Parecía
como si la hubieran resucitado de un viejo vestuario, y de las
localidades populares de la platea se burlaron de sus quejumbrosos
agudos. El primer tenor y la contralto, sin embargo, se robaron al
público. Kathleen tocó una selección de aires irlandeses que fue
generosamente aplaudida. Cerró la primera parte una conmovedora
composición patriótica, recitada por una joven que organizaba
funciones teatrales de aficionados. Fue merecidamente aplaudida; y,
cuando terminó, los hombres salieron al intermedio, satisfechos.
En todo este tiempo el camerino
había sido un avispero de emociones. En una esquina estaba el señor
Holohan, el señor Fitzpatrick, la señorita Beirne, dos de los ujieres,
el barítono, el bajo y el señor O'Madden Burke. El señor O'Madden
Burke dijo que era la más escandalosa exhibición de que había sido
testigo nunca. La carrera musical de Kathleen Kearney, dijo, estaba
acabada en Dublín después de esto. Al barítono le preguntaron qué
opinaba del comportamiento de la señora Kearney. No quería opinar. Le
habían pagado su dinero y quería estar en paz con todos. Sin embargo,
dijo que la señora Kearney bien podía haber tenido consideración con
los artistas. Los ujieres y los secretarios debatían acaloradamente
sobre lo que debía hacerse llegado el intermedio.
—Estoy de acuerdo con la señorita
Beirne —dijo el señor O'Madden Burke—. De pagarle, nada.
En la otra esquina del cuarto
estaban la señora Kearney y su marido, el señor Bell, la señorita
Healy y la joven que recitó los versos patrióticos. La señora Kearney
decía que el comité la había tratado escandalosamente. No había
reparado ella ni en dificultades ni en gastos y así era como le
pagaban.
Creían que tendrían que lidiar
sólo con una muchacha y que, por lo tanto, podían tratarla a la
patada. Pero les iba ella a mostrar lo equivocados que estaban. No se
atreverían a tratarla así si ella fuera un hombre. Pero ella se
encargaría de que respetaran los derechos de su hija: de ella no se
burlaba nadie. Si no le pagaban hasta el último penique iba a tocar a
rebato en Dublín. Claro que lo sentía por los artistas. Pero ¿qué
otra cosa podía ella hacer? Acudió al segundo tenor que dijo que no la
habían tratado bien. Luego apeló a la señorita Healy. La señorita
Healy quería unirse al otro bando, pero le disgustaba hacerlo porque
era muy buena amiga de Kathleen y los Kearneys la habían invitado a su
casa muchas veces.
Tan pronto como terminó la primera
parte, el señor Fitzpatrick y el señor Holohan se acercaron a la
señora Kearney y le dijeron que las otras cuatro guineas le serían
pagadas después que se reuniera el comité al martes siguiente y que,
en caso de que su hija no tocara en la segunda parte, el comité daría
el contrato por cancelado, y no pagaría un penique.
—No he visto a ese tal comité —dijo
la señora Kearney, furiosa—. Mi hija tiene su contrato. Cobrará
cuatro libras con ocho en la mano o no pondrá un pie en el estrado.
—Me sorprende usted, señora
Kearney —dijo el señor Holohan—. Nunca creí que nos trataría
usted así.
—Y ¿de qué forma me han tratado
ustedes a mí? —preguntó la señora Kearney.
Su cara se veía ahogada por la
rabia y parecía que iba a atacar a alguien físicamente.
—No exijo más que mis derechos
—dijo ella.
—Debía usted tener un poco de
decencia —dijo el señor Holohan.
—Debería yo, ¿de veras?... Y si
pregunto cuándo le van a pagar a mi hija me responden con una
grosería.
Echó la cabeza atrás para imitar
un tono altanero:
—Debe usted hablar con el
secretario. No es asunto mío. Soi mu impoltante pa-lo-poco-quiago.
—Yo creí que era usted una dama
—dijo el señor Holohan, alejándose de ella, brusco.
Después de lo cual la conducta de
la señora Kearney fue criticada por todas partes: todos aprobaron lo
que había hecho el comité. Ella se paró en la puerta, lívida de
furia, discutiendo con su marido y su hija, gesticulándoles. Esperó
hasta que fue hora de comenzar la segunda parte con la esperanza de que
los secretarios vendrían a hablarle. Pero la señorita Healy consintió
bondadosamente en tocar uno o dos acompañamientos. La señora Kearney
tuvo que echarse a un lado para dejar que el barítono y su acompañante
pasaran al estrado. Se quedó inmóvil, por un instante, la imagen
pétrea de la furia, y, cuando las primeras notas de la canción
repercutieron en sus oídos, cogió la capa de su hija y le dijo a su
marido:
—¡Busca un coche!
Salió él inmediatamente. La
señora Kearney envolvió a su hija en la capa y siguió a su marido. Al
cruzar el umbral se detuvo a escudriñar la cara de el señor Holohan:
—Todavía no he terminado con
usted —le dijo.
—Pues yo sí —respondió el
señor Holohan.
Kathleen siguió, modosa, a su
madre. El señor Holohan comenzó a caminar alrededor del cuarto para
calmarse, ya que sentía que la piel le quemaba.
—¡Eso es lo que se llama una
mujer agradable! —dijo—. ¡Vaya que es agradable!
—Hiciste lo indicado, Holohan —dijo
el señor O'Madden Burke, posado en su paraguas en señal de
aprobación.
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