Jack London
(San Francisco, California, 1876 – Glen Ellen, California, 1916)


Una lejana destilería (1900)
(“A Hyperborean Brew”)
Originalmente publicado en Metropolitan Magazine (julio de 1901);
The Faith of Men
(Nueva York: The Macmillan Company, 1904, 286 págs.)



      La verdad de Thomas Stevens puede haber sido tan indeterminada como la X, y su imaginación, la de la mayoría de los hombres, elevada a la enésima potencia; pero preciso es reconocer que jamás se ha encontrado una mentira en ninguna de sus palabras o acciones… Él puede haber jugado con las probabilidades y orillado el último extremo de la posibilidad, pero la trama de sus relatos siempre ha estado bien organizada. Que él conocía el norte como un libro, nadie puede negarlo. Que había viajado mucho y puesto sus pies en infinidad de sendas desconocidas, lo demuestran muchas pruebas. Aparte de lo que yo personalmente he averiguado, conozco a hombres que le han visto en todos los lugares, pero principalmente en los confines de Ninguna Parte. Allí estaba Johnson, el exagente de la Hudson Bay Company, que le había albergado en su factoría del Labrador hasta que sus perros hubieron descansado un poco y él estuvo en condiciones de continuar el viaje. Estaba Mac-Mahon, el agente de la Alaska Commercial Company, que le había encontrado en Dutch Harbour y, más tarde, entre las islas más lejanas del grupo de las Aleutianas. Era indiscutible que había guiado una de las primeras exploraciones de los Estados Unidos; y la historia asegura positivamente que, en condiciones parecidas, sirvió a la Western Union cuando intentó llevar hasta Europa el telégrafo de Alaska a Siberia. Más adelante fue Joe Lamson, el capitán de la ballenera, sitiado por el hielo en las bocas del Mackenzie, quien le había visto llegar a bordo en busca de tabaco.
       Este último rasgo prueba la identidad de Thomas Stevens. Era infatigable en sus constantes pesquisas para hallar tabaco. Antes de que llegásemos a ser buenos amigos, yo ya había aprendido a saludarle con una mano y a alargarle la petaca con la otra. Pero la noche que le encontré en el salón de John O’Brien, en Dawson, tenía la cabeza envuelta en una aureola de humo de cigarrillos de cincuenta centavos y, en vez de la petaca, me pidió el talego. Estábamos de pie junto a una mesa de faraón, e inmediatamente se lanzó a la «carta más alta». «Cincuenta», dijo, y el croupier asintió con la cabeza. La «carta más alta» salió, me devolvió el talego, pidió una ficha y me condujo hasta la balanza, donde el pesador, impasible, le pagó cincuenta dólares en polvo.
       —Y ahora beberemos —dijo; y después, en el bar, cuando dejó el vaso—: Esto me recuerda la pequeña destilería que tuve en el camino de Tattarat. No, tú no conoces el lugar, ni tan siquiera está en los mapas. Pero se encuentra a orillas del océano Ártico, a no muchos cientos de kilómetros de la frontera americana, donde viven medio millar de almas abandonadas de Dios que alternativamente se reproducen y mueren o perecen de hambre. Los exploradores les han ignorado, y no les hallarías en el censo de 1890. Una vez embarrancó allí una ballenera y la tripulación, que había escorado sobre el hielo, se dirigió hacia el sur y nunca se supo nada más de ella.
       —Pero Moosu y yo montamos una destilería importante —añadió un momento después con un suspiro apenas perceptible.
       Yo sabía que detrás de aquel suspiro se escondían grandes hazañas y hechos extraños; así, que le llevé hacia un rincón, entre una partida de ruleta y otra de poker, y esperé a que se le desatara la lengua.
       —Moosu solo tenía un defecto —empezó a decir levantando la cabeza, meditabundo—; un defecto, solo uno. Era un indio del extremo de la región de Chippewyan, con el defecto de haber adquirido un conocimiento superficial de las Escrituras durante una temporada que fue compañero de un renegado canadiense francés que había estudiado para clérigo. Moosu no tenía idea de lo que era el Cristianismo, pero tenía la cabeza llena de milagros, batallas y dispensas, de todo lo cual no entendía una sola palabra. Por otra parte, era un buen compañero y hombre útil por su habilidad, lo mismo en el campamento que en un viaje.
       Juntos pasamos días muy duros y llegamos a Tattarat muy malparados. Habíamos perdido el ajuar y los perros durante un temporal de nieve, teníamos el vientre pegado a la espalda y las ropas hechas jirones cuando llegamos a la aldea. No se sorprendieron mucho al vernos, porque estaban acostumbrados a ver llegar a los pescadores de ballenas, y nos cedieron la cabaña más mísera del pueblo para vivir. Lo que más me sorprendió entonces, por extraño, fue que nos dejaron absolutamente solos. Pero Moosu me lo explicó.
       —El chamán tiene dolor de vientre —dijo, dando a entender que tenía celos de nosotros y había aconsejado al pueblo que no tratase con nosotros. Con lo poco que había visto este chamán al llegar los pescadores de ballenas, pudo comprender que mi raza era más fuerte y más inteligente que la suya y actuó como suelen hacerlo los chamanes de todo el mundo—. Pero antes de que termine verás que no le faltaba la razón.
       —Esta gente tiene una ley —dijo Moosu— por la que están obligados a cazar toda la carne que consumen. Tú y yo, ¡oh señor! No conocemos el manejo de las armas de este pueblo; no sabemos tender el arco ni arrojar la lanza según su costumbre; por lo cual el chamán y Tummasook, el jefe, se han unido y han decretado que trabajemos con las mujeres y los niños transportando la caza y atendiendo las necesidades de los cazadores.
       —Eso es un gran error —repuse—, porque nosotros somos superiores a este pueblo que vive en tinieblas. Además, es necesario que descansemos y recuperemos las fuerzas, pues el camino del sur es largo, y trabajando así no aumentará nuestra vitalidad.
       —Pero no tenemos nada —objetó Moosu, mirando las podridas maderas de la cabaña y molesto con el olor de la carne de caballo que teníamos como cena—, y con este alimento no haremos muchos progresos. No nos queda más que la botella de «matapenas», que no logrará llenar el vacío, y por lo tanto habremos de someternos al yugo de los infieles y convertirnos en leñadores y aguadores. Sin embargo, aquí hay cosas buenas que pueden ser nuestras. ¡Oh, señor!, jamás me ha engañado el olfato, y yo le he seguido hacia los depósitos secretos y entre los fardos de pieles de las cabañas. Estas gentes tienen buenas provisiones arrebatadas a los pobres pescadores de ballenas, y estas provisiones han pasado a ser propiedad de unos pocos. La mujer Ipsukuk, que habita en el extremo opuesto de la aldea, cerca de la cabaña del jefe, posee mucha harina y azúcar y he visto también la melaza con que se embadurna el rostro. En la cabaña del jefe Tummasook hay té; se lo he visto tragar a ese cerdo viejo. El chamán tiene una caja de té Star y dos paquetes de excelente tabaco. Y nosotros, ¿qué tenemos? ¡Nada! ¡Nada!
       Estaba tan aturdido con lo que había oído del tabaco, que no le contesté.
       Moosu, siguiendo su propio deseo, rompió el silencio:
       —También está Tukeliketa, hija de un gran cazador y hombre opulento. Una muchacha bien parecida. Realmente, es una muchacha muy linda.
       Durante la noche, mientras Moosu roncaba, yo me revolvía, pues no podía soportar fácilmente la idea de tener tan cerca el tabaco y no poder fumar. Era verdad lo que había dicho aquel hombre, no teníamos nada. Pero vi claramente la manera de resolverlo todo, y por la mañana le dije:
       —Sal con precaución como tú sabes y procúrame algún hueso curvado y hueco, parecido a un cuello de ganso. Date también una vuelta por ahí, abre los ojos y mira dónde están los pucheros, vasijas y utensilios para guisar. Recuerda que poseo la sabiduría del hombre blanco y haz con toda rapidez lo que te he ordenado.
       Mientras estuvo fuera coloqué el hornillo de aceite de ballena en el centro de la cabaña y para tener más sitio, aparté las pieles sarnosas que nos servían de lecho. Después desmonté el cañón de su escopeta, lo dejé al alcance de la mano y, finalmente, confeccioné unas mechas con ese algodón silvestre que las mujeres recogen durante el verano. Cuando regresó Moosu, traía el hueso que le había encargado y la noticia de que en la cabaña de Tummasook había una vasija de petróleo de cinco galones y una gran caldera de cobre. Le dije que se había portado bien y que descansaríamos todo el día. Y al llegar la medianoche, le hablé de este modo:
       —Ese jefe, ese Tummasook, tiene una caldera de cobre y también una vasija de petróleo —puse en su mano una piedra pulimentada por las olas y le dije—: El campamento está en silencio y brillan las estrellas. Ve, introdúcete con sigilo en la cabaña del jefe y con esto le golpeas con fuerza en el vientre. Piensa en los buenos alimentos de los días venideros para que tu brazo cobre fuerza. Habrá tumulto y confusión, se levantará toda la aldea, pero tú no te asustes. Ocúltate y piérdete en la oscuridad de la noche y entre la confusión de los hombres. Cuando la mujer Ipsukuk se halle cerca de ti (esa que se embadurna la cara con melaza), golpéala también y apodérate de cuanta harina y comestibles posea. Después grita con voz dolorida, finge que aprietas los puños y haz ruido para demostrar que tú también has recibido la visita de la noche. Y así terminaremos todo esto con honor y poseyendo abundancia de provisiones, la caja de té Star, el excelente tabaco, y tú obtendrás tu Tukeliketa.
       Cuando hubo salido a cumplir el encargo, esperé pacientemente en la cabaña, porque ya me parecía tener en mi mano el tabaco. Luego se oyó un grito de terror en la noche, que se convirtió enseguida en un estruendo tan ensordecedor que debió llegar al cielo. Cogí la botella de «quitapenas» y salí corriendo. Todo era confusión; las mujeres gemían, el miedo reinaba por todas partes. Tummasook y la mujer Ipsukuk se retorcían entre dolores, y con ellos otros muchos, incluso Moosu. Empujé a los que me impedían el paso y acerqué la botella a los labios de Moosu. Inmediatamente se recuperó, cesaron sus alaridos, y ante los demás se levantó un gran clamor pidiendo la botella. Pero yo les arengué, y antes de que probaran su contenido y sintieran sus efectos ya había librado a Tummasook de la caldera de cobre y de la vasija de petróleo, a la mujer Ipsukuk del azúcar y de la melaza, y a los otros enfermos de buena cantidad de harina. El chamán clavó una mirada torva a los que yacían a mi alrededor. Pero yo continué mi camino con la cabeza erguida, y Moosu gemía bajo el peso del botín mientras me seguía hacia la cabaña pisándome los talones.
       Una vez allí, me puse a trabajar. En la caldera de cobre de Tummasook mezclé tres cuartas partes de harina de trigo con cinco de melaza, y añadí a todo esto veinte cuartas partes de agua. Después coloqué la caldera cerca del hornillo, para que la mezcla se agriara con el calor y se hiciera más fuerte. Moosu comprendió, y dijo que mi sabiduría excedía a todo y que era mayor que la de Salomón, de quien había oído decir que era un sabio de la Antigüedad. Puse la vasija de petróleo sobre el hornillo y en su orificio fijé un apéndice, en el que introduje el hueso semejante a un cuello de ganso. Ordené a Moosu que saliera a recoger hielo, mientras yo unía el cañón de su escopeta con el cuello de ganso y amontoné el hielo que trajo hasta cubrir la parte media del cañón. En el otro extremo de este, al otro lado del montón de hielo, coloqué un pucherito de hierro. Cuando la mezcla estuvo lo bastante fuerte (lo que costó dos días), llené la vasija de petróleo y encendí las mechas que había hecho.
       —Ahora todo está dispuesto —dije a Moosu—. Ve a saludar a los principales de la aldea y ruégales que vengan a esta cabaña a pasar la noche en mi compañía y la de los dioses.
       La mezcla cantaba alegremente cuando vinieron a levantar la piel que servía de puerta y a deslizarse en el interior de la cabaña. Yo me hallaba ocupado amontonando hielo desmenuzado sobre el cañón de mi escopeta. Por el otro extremo, del mismo licor caía gota a gota en la olla de hierro. El aguardiente, ya sabes. Pero ellos jamás habían visto nada semejante, y en cuanto elogié sus virtudes se agitaron nerviosamente. Mientras hablaba, descubrí la envidia en los ojos del chamán, por lo que en cuanto hube terminado le coloqué al lado de Tummasook y de la mujer Ipsukuk. Después les hice beber, y se les humedecieron los ojos y se les calentó el estómago y, aunque al principio se asustaron, luego pidieron más con insistencia. Tan pronto como les vi entusiasmados, me volví hacia los otros. Tummasook empezó a explicar que cierta vez había dado muerte a un oso blanco, y tan acalorado estaba que faltó poco para que, con sus gestos, hiriera a un tío suyo. Pero nadie le hizo caso. La mujer Ipsukuk se puso a llorar por un hijo desaparecido entre el hielo muchos años antes, y el chamán hizo hechizos y profecías. De esta manera transcurrió la noche, y antes del amanecer se hallaban todos en el suelo durmiendo profundamente en compañía de los dioses.
       El final se adivina fácilmente, ¿verdad? Se extendió la noticia de la poción mágica. Pero la gente no podía decir más que una décima parte de los milagros que obraba. Aliviaba las penas; alejaba la tristeza; traía a la memoria viejos recuerdos, seres perdidos y sueños olvidados. Era un fuego que devoraba la sangre y, quemando, no quemaba. Fortalecía el corazón, daba firmeza al cuerpo y hacía a los hombres más hombres. Revelaba el porvenir, producía visiones e inspiraba profecías. Saturaba de ciencia y descubría secretos. No había límite para las cosas que podía realizar, y pronto se despertó en todos el deseo de dormir acompañados de los dioses. Trajeron las pieles de más abrigo, los perros más poderosos, las mejores viandas; pero yo vendía el aguardiente con mucha parsimonia y únicamente se veían favorecidos aquellos que aportaban harina, melaza y azúcar. Y tanto aumentaron las provisiones de esta clase, que ordené a Moosu que construyera un depósito para guardarlas, pues dentro de poco ya no cabrían en la cabaña. No pasaron tres días y Tummasook ya estaba en bancarrota. El chamán, que después de la primera noche solo estaba ebrio a medias, me observaba de cerca y durante la mayor parte de la semana estuvo pendiente de mí. Pero apenas transcurridos diez días, incluso la mujer Ipsukuk agotó sus provisiones y volvió a su casa débil y vacilante.
       Moosu se lamentaba.
       —¡Oh, señor! —dijo—. Hemos hecho gran acopio de melaza, azúcar y harina, pero nuestro ajuar es muy mezquino, nuestras ropas delgadas y las pieles en que dormimos están roñosas. El estómago reclama carne, cuyo olor no ofende a las estrellas, té, como el que traga Tummasook, y deseamos ardientemente el tabaco de ese chamán, que se propone arruinarnos. Hay tanta harina que llega a producirme náuseas, y azúcar y melaza sin límites; sin embargo, el corazón de Moosu está triste y su cama vacía.
       —Tú eres tonto, Moosu —le respondí—. Ten paciencia, que ya nos apoderaremos de todo. Si lo cogemos ahora, cogeremos poco, y al fin nos quedaremos sin nada. Tu pobre sabiduría, comparada con la del hombre blanco, es sencillamente la de un niño. Detén tu lengua, observa, y yo te enseñaré a obrar como mis hermanos de allende los mares que han sabido hacerse los más ricos de la tierra. Esto es lo que se llama un «negocio». ¿Qué entiendes tú de «negocios»?
       Pero al siguiente día llegó sin aliento.
       —¡Oh, señor! En la cabaña de Neewak, el chamán, he visto una cosa inesperada. Estamos perdidos, sin haber conseguido las ricas pieles, ni probado el buen tabaco a causa de tu locura por la melaza y la harina. Ve a comprobarlo tú mismo mientras yo me encargo de la mezcla.
       Así, pues, fui a la cabaña de Neewak. ¡Y he aquí que había construido un alambique que imitaba el mío hábilmente! En cuanto me vio pudo apenas disimular su triunfo. Era un hombre de recursos, y su sueño en mi cabaña, acompañado de los dioses, no había sido tan profundo como para impedirle observar y aprender.
       Pero no me preocupé por esto, porque yo sabía lo que sabía, y cuando regresé a mi cabaña lo comenté con Moosu y le dije:
       —Afortunadamente existe el derecho de propiedad en este pueblo, que por otra parte no ha sido favorecido con muchas de las instituciones humanas. Valiéndonos de este respeto por la propiedad, engordaremos tú y yo e introduciremos, además, nuevas instituciones que otras gentes han establecido a costa de grandes trabajos y sufrimientos.
       Pero Moosu no lo comprendió muy claramente, hasta que llegó el chamán con los ojos encendidos y voz amenazadora, pretendiendo entrar en negociaciones conmigo.
       —Por tu causa —gritó— no queda harina ni melaza en toda la aldea. Astutamente lo has recogido de mi pueblo, que ha dormido con tus dioses, y ahora tienen la cabeza insegura y las rodillas flojas y un ansia de agua fresca que no pueden apagar. Eso no está bien, y como mi voz tiene poder entre ellos, creo que sería mejor que me vendieras la melaza y la harina del mismo modo que ellos te la vendieron a ti.
       Yo le contesté:
       —Estas razones son buenas, y la sabiduría reside en tus labios. Negociaremos. Por toda esta harina y melaza me das tú la caja de té y los dos paquetes de tabaco.
       Moosu refunfuñaba y cuando el trato estuvo cerrado y el chamán se fue, me reprochó mi conducta:
       —¡Ahora, por culpa de tu locura, estamos perdidos del todo! Neewak hará aguardiente por su cuenta, y cuando llegue el momento oportuno, ordenará a su gente que no beban aguardiente si no es del suyo. Y en ese caso estamos arruinados, y nuestras mercancías carecen de valor, y nada más pobre que nuestra cabaña, y nada más frío y duro que el lecho de Moosu.
       Yo respondí:
       —¡Por el cuerpo de un lobo! Eres un tonto, y tu padre antes que tú, y tus hijos después de ti, hasta la última generación. Tu talento es peor que no tenerlo, y tus ojos están ciegos para los negocios de que ya te he hablado y que desconoces por completo. Ve, hijo de mil locos, y bebe del aguardiente que Neewak elabora en su cabaña, y da gracias a tus dioses por tener a tu lado la sabiduría de un hombre blanco que te procurará la cama blanda donde reposar. Ve, y cuando hayas bebido, vuelve con el sabor en los labios para que yo lo conozca.
       Dos días después Neewak envió saludo e invitaciones para que acudieran a su cabaña. Moosu fue, y yo permanecí solo en aquella atmósfera rarificada por el humo del tabaco del chamán y con el canto del silencio en los oídos. Aquella noche había cesado el tráfico en mi cabaña y nadie entró, excepción hecha de Angeit, un joven cazador que tenía fe en mí. Más tarde volvió Moosu, hablando entre carcajadas y con los ojos arrugados por la risa.
       —¡Tú eres un gran hombre! —dijo—. ¡Tú eres un gran hombre, oh señor, y a causa de esta misma grandeza no querrás condenar a tu siervo Moosu, que con frecuencia duda y no puede comprender!
       —Pero ¿qué pasa ahora? —le pregunté—. ¿Has bebido con exceso? ¿Duermen todos en la cabaña de Neewak, el chamán?
       —No, están irritados y enfermos, y el jefe Tummasook ha intentado estrangular a Neewak, jurando por los huesos de sus antepasados que jamás volverá a mirarle a la cara. Entré en su cabaña y la mezcla hervía y burbujeaba, el humo salía a través del cuello de ganso como el tuyo, y como el tuyo se convertía en agua al encontrar el hielo y goteaba en la olla del otro extremo. Y Neewak nos dio a beber pero no era igual que el tuyo porque no producía picor en la lengua ni punzadas en las pupilas, y en realidad no era más que agua. Así pues, bebimos a más no poder; sin embargo, continuábamos tranquilos y ceremoniosos. Neewak estaba perplejo y su frente se ensombreció. Llevó aparte a Tummasook y a Ipsukuk y les hizo beber, beber y beber. Y ellos bebieron, bebieron y bebieron, y siguieron tan solemnes y tan tranquilos hasta que Tummasook se levantó furioso y se hizo que le devolvieran el té y las pieles que había pagado. Ipsukuk elevó su voz aguda y enfurecida, y con ella los demás reclamaron lo que habían entregado, y hubo un gran alboroto.
       —¿Se habrá figurado este hijo de perra que soy una ballena? —dijo Tummasook, llegando a mi cabaña y apartando la piel de la entrada, erguido, con el rostro negro y la mirada colérica—. Estoy hinchado como una vejiga a punto de estallar y me siento tan pesado que apenas puedo moverme. ¡Demonio! He bebido más que nunca, y a pesar de ello, mis ojos permanecen claros, mis rodillas fuertes y mi mano firme.
       —El chamán no puede hacernos dormir con los dioses —se quejaba la gente, más indignada cada vez, y viniendo a reunirse con nosotros—. Eso solo es posible en tu cabaña.
       Yo me reía para mis adentros mientras les servía el aguardiente, y los invitados se alegraban. En la harina que había vendido a Neewak había añadido soda, que obtuve de la mujer Ipsukuk. ¿Cómo era posible que su mezcla fermentase, si la soda la conservaba dulce? ¿Cómo podía fabricar su aguardiente si no se agriaba?
       Después de esto nuestra riqueza fue en aumento, sin obstáculo alguno. Eran incontables las pieles que habíamos reunido, las labores de las mujeres, todo el té del jefe y una infinidad de carne. Un día Moosu volvió a hablarme de mis beneficios, mutilando la historia de José en Egipto de un modo lamentable; pero me sugirió una idea. Pronto tuve a media tribu trabajando en la construcción de grandes depósitos para la carne; de todo lo que cazaban yo obtenía un cierto porcentaje que almacenaba cuidadosamente. Moosu tampoco perdía el tiempo. Se hizo una baraja de corteza de abedul, y enseñó a Neewak a jugar al seven-up. También engatusó al padre de Tukeliketa con el juego, y un día se casó con la muchacha, y al siguiente se trasladó a la casa del chamán, que era la mejor de la aldea. La caída de Neewak fue completa, perdió cuanto poseía: sus tambores de piel de caballo marino, sus instrumentos de magia… todo, en una palabra, y finalmente se convirtió en leñador y aguador a las órdenes de Moosu. Este se hizo proclamar chamán creando nuevos dioses entresacados de su Escritura e hizo ofrendas ante extraños altares.
       Yo estaba contento porque me parecía bien que la Iglesia y el Estado anduviesen de la mano, y además, tenía mis proyectos. Los acontecimientos se sucedían tal como había previsto. El buen humor y los rostros sonrientes habían desaparecido de la aldea. Las gentes estaban tristes y sombrías. Había luchas y altercados y el alboroto no cesaba de día ni de noche. La baraja de Moosu se había duplicado y los cazadores comenzaron a jugar entre ellos. Tummasook apaleaba a su mujer horriblemente y el hermano de su madre protestaba y le golpeaba con un colmillo de caballo marino hasta hacerle chillar en medio de la noche avergonzándole ante todo el pueblo. Con todas estas diversiones no había quien cazara; el hambre se dejó sentir en el país. Las noches eran largas y oscuras, y como sin carne no se podía comprar aguardiente, empezaron a murmurar contra el jefe. Yo me hacía el desentendido, y cuando ya estuvieron bien hambrientos, convoqué a toda la aldea. Les dirigí una gran arenga, presentándome como un patriarca y alimenté a los famélicos. Moosu les arengó también, y por este motivo y por lo que había hecho me nombraron jefe. Moosu, que era el intérprete de Dios y decretaba sus juicios, me ungió con grasa de ballena y lo hizo con toda legalidad, aunque sin comprender la ceremonia. Y entre los dos interpretamos para el pueblo la nueva teoría del derecho divino de los reyes. Hubo aguardiente en abundancia, carne y regocijo, y ellos acogieron muy bien el nuevo orden establecido.
       —Ya ves que he ocupado cargos elevados, he vestido la púrpura y he gobernado pueblos. Y aún seguiría siendo rey si hubiese durado el tabaco o si Moosu hubiese sido más tonto y menos bribón. Pero puso los ojos en Esanetuk, la hija mayor de Tummasook y yo se lo reproché.
       —¡Oh, hermano —me dijo—, tú has hablado de introducir nuevas instituciones entre esta gente, y yo escuchando tus palabras, he ganado en sabiduría! Tú gobiernas con el derecho que Dios te ha dado y con ese mismo derecho me caso yo.
       Noté que me trataba de hermano, y me enfurecí. Pero él se volvió hacia el pueblo e hizo ofrendas durante tres días, con lo que se unieron todas las manos. Y después, interpretando la voz de Dios, decretó la poligamia por mandato divino. Pero era astuto y limitó el número de esposas de acuerdo con la fortuna de cada uno y por consiguiente, él fue quien se vio más favorecido. No pude por menos que admirarle, aunque era evidente que el poder le había trastornado y que no estaría satisfecho hasta que todo el poder y la riqueza estuviesen en sus manos. Como era de esperar, se hinchó de orgullo, olvidó que yo le había colocado allí y se dispuso a arruinarme.
       Pero era interesante, porque aquel miserable operaba, a su manera, una evolución hacia la sociedad primitiva. Ahora yo, en virtud del monopolio del aguardiente, obtenía una renta de la que ya no le permitía participar. Meditó sobre ello un breve espacio y estableció un sistema de contribución eclesiástica. Impuso diezmos al pueblo, disertó acerca de las ricas primicias y tergiversó, en su provecho, todos los textos ya tergiversados de que había oído hablar. Todavía esto lo soporté en silencio; pero cuando instituyó lo que podría compararse con un impuesto graduado sobre la renta, me revolví indignado porque esto era lo que había ido persiguiendo. Por este motivo hizo un llamamiento al pueblo, y ellos envidiosos de mi gran riqueza y de lo bien tasados que estaban los tributos, le apoyaron. «¿Por qué hemos de pagar nosotros (preguntaban), y no tú?». Me avine en ello, pero al mismo tiempo, elevé el precio del aguardiente y he aquí que inmediatamente después me aumentó el impuesto.
       Desde aquel momento, la guerra quedó declarada. Yo fingí dirigirme a Neewak y a Tummasook a causa de los derechos tradicionales que tenían; pero Moosu venció creando un clero y dando a aquellos dos hombres cargos elevados. Se le presentaba el problema de la autoridad y lo resolvió como ya antes se había resuelto muchas veces. En ello estribaba mi error. Yo debía haber sido chamán y él jefe; pero lo comprendí demasiado tarde, y en el choque entre el poder espiritual y el temporal llevé yo la peor parte. La controversia persistió pero pronto me dejaron de lado. El pueblo recordaba que él era quien me había ungido, y para ellos estaba claro que mi autoridad dimanaba no de mí, sino de Moosu. Solo unos cuantos fieles se pusieron a mi lado, de los cuales Angeit era el jefe; entretanto, él dirigía el partido popular y hacía correr la voz de que yo pensaba destruirle e imponer mis propios dioses, que eran más inicuos que los suyos. El gran bribón se había adelantado, porque precisamente yo había pensado renunciar a mi monarquía y comenzar una lucha de lo espiritual con lo espiritual. Pero atemorizó al pueblo con las iniquidades de mis dioses, especialmente de uno que él llamaba «Biz-e-Nass», y destruyó un proyecto que yo acababa de esbozar.
       Entonces ocurrió que, habiéndome sido simpática, y yo a ella, Klutku, la hija menor de Tummasook, quise entrar en relaciones con ella, pero el antiguo jefe (después de haberle pagado el precio de compra) me rechazó brutalmente y me informó que la tenía elegida para Moosu. Esto era demasiado, y estuve a punto de ir a la cabaña de aquel miserable y matarle; pero recordé que se estaba acabando el tabaco y riendo me volví a casa. Al día siguiente, Moosu hizo ofrendas y descompuso el milagro de los panes y los peces hasta convertirlo en una profecía. Yo, leyendo entre líneas, vi que apuntaba a mi provisión de carne almacenada en los depósitos. El pueblo también lo adivinó, y como no les instaba para que salieran a cazar, permanecieron en casa y se cobraron muy pocos osos y caribús en aquellos días.
       Yo había hecho mis planes al ver que no solo el tabaco, sino también la harina y la melaza se estaban terminando. Y además me creí en el deber de demostrar la sabiduría del hombre blanco y reducir a una profunda miseria a Moosu, a quien se le había indigestado el poder con que le había favorecido. Por tanto, aquella noche me dirigí a mis depósitos de carne y trabajé con tanto desvelo que al día siguiente todos los perros de la aldea daban muestras de una gran indolencia. Nadie sospechó nada, y así fui trabajando cada noche sin descansar. Los perros empezaron a engordar y la gente a enflaquecer. El pueblo murmuraba y pedía la realización de la profecía, pero Moosu quería entretenerlos esperando que aumentase su hambre y presentarse después como más poderoso. Ni siquiera llegó a sospechar la jugarreta que acababa de hacerle vaciando los depósitos.
       Cuando todo estuvo dispuesto, envié a la aldea a Angeit y los otros leales, a quienes había alimentado en secreto, encargándoles que convocasen a todos para una asamblea. La tribu se reunió enfrente de mi puerta, en un espacio libre de nieve, en cuyo último término y sobre altísimas estacas se elevaban los depósitos. Moosu acudió también, situándose en el lugar más oculto y más alejado de mí, confiando que yo tendría preparado algún proyecto, dispuesto a apabullarme al primer tropiezo. Pero me levanté, saludándole a él antes que a los otros hombres.
       —¡Oh Moosu bendecido de Dios! —Comencé—. Sin duda te ha extrañado que os haya convocado a todos; y, sin duda también, a causa de mis muchas locuras, vas a confundirnos con palabras y con hechos. No lo hagas. Ya es sabido que aquellos a quienes los dioses quieren destruir, antes les vuelven locos. Y yo he estado verdaderamente loco. He contrariado tu voluntad, he escarnecido tu poder y he hecho muchas cosas malas e indebidas. Pero esta noche he sido agraciado con una visión y he comprendido la perversidad de mi proceder. Tú avanzabas como una estrella radiante, con el fuego en tu mirada, y he reconocido en el fondo de mi corazón tu grandeza. Lo he visto todo con claridad. Sé que obedeces las inspiraciones de Dios y que cuando hablas él te escucha. Y he recordado que todas mis buenas obras las he ejecutado por la gracia de Dios y la gracia de Moosu.
       —Sí, hijos míos —grité dirigiéndome al pueblo—, todo lo justo y bueno que he realizado ha sido por consejo de Moosu. Cuando le atendía, los negocios prosperaban; y cuando cerraba los oídos y obraba de acuerdo con mi locura, solo hacía disparates. Siguiendo sus consejos hice provisión de carne y en los días malos alimenté a los famélicos. Por su gracia fui elegido jefe. Y ¿qué uso he hecho de mi supremacía? Permitidme que os lo diga. Nada, absolutamente nada. El poder me había trastornado la cabeza y me creía más grande que Moosu, y ahora me pesa. Mi gobierno ha sido imprudente y los dioses están irritados. Por esta razón os veis acosados por el hambre y las madres no pueden amamantar a sus hijos y los pequeñuelos lloran durante toda la noche. Yo, que he endurecido mi corazón contra Moosu, no sé qué hacer ni cómo resolver todo esto.
       Entonces hubo risas y movimiento, y las gentes juntaron las cabezas, y supe que susurraban lo de los panes y los peces. Continué precipitadamente:
       —Así fue como me di cuenta de mi locura y de la sabiduría de Moosu, de mi insuficiencia y de sus aptitudes. Y por esto, no estando ya loco, confieso y reconozco mi maldad. Yo puse indebidamente los ojos en Klutku, y he aquí que estaba destinada a Moosu. ¿Acaso puede brillar la luna a la luz del sol? Que Tummasook conserve los bienes que le entregué y que le sea dada espontáneamente a Moosu, a quien Dios ha designado muy justamente como a su dueño y señor.
       Aparte de esto, por haber hecho uso imprudente de mis riquezas, y por haberos oprimido, ¡oh hijos míos! Regalo la vasija de petróleo a Moosu, así como el cuello de ganso, el cañón de la escopeta y la caldera de cobre. De este modo no podré hacerme rico, y cuando tengáis sed de aguardiente él os la apagará sin robaros. Porque él es un gran hombre y Dios habla por su boca.
       Y ahora siento alivio en mi corazón y me arrepiento de mi locura. Yo que soy un loco e hijo de locos; yo que soy el esclavo de «Biz-e-Nass», el dios malo; yo que veo los estómagos vacíos y no sé con qué llenarlos. ¿Por qué he de ser el jefe y estar por encima de vosotros y gobernaros, para ser vuestra ruina? ¿Por qué habría de hacer esto, que no está bien? Pero Moosu, que es chamán y sabio entre todos, es el indicado para gobernar con magnanimidad y justicia. Y por todo lo que he relatado abdico y cedo mi poder a Moosu, el único que conoce la manera de alimentaros en estos días en que no hay carne en el país.
       Entonces se levantó un gran estrépito de aplausos y el pueblo gritó: «Kloshe! Kloshe!», que significa «bien». Yo había leído en los ojos de Moosu la angustia de la sorpresa, porque él no podía comprender y temía mi talento de hombre blanco. Me había adelantado a todos sus deseos y estando allí, a pesar de haber renunciado a todo mi poder, él sabía que el momento no era favorable para excitar al pueblo contra mí.
       Antes de que se dispersaran anuncié que mientras Moosu no entrase en posesión del alambique, todo el aguardiente que tuviese sería para el pueblo. Moosu trató de protestar, pues nunca había permitido que se bebiese más de lo que cabe en el hueco de la mano, pero ellos gritaron: «Kloshe! Kloshe!», y celebraron el acontecimiento delante de mi vivienda. Aún sin haber bebido, todavía aumentaba la confusión, y al llegar el licor a las cabezas, hablé con Angeit y los otros leales. Indiqué a cada uno su misión y puse en sus bocas las palabras que habían de pronunciar. Después me marché a un lugar oculto detrás del bosque, donde tenía dos trineos bien cargados y dos tiros de perros sin cebar. La primavera se acercaba, la nieve estaba aún dura, así que era la mejor época para emprender el camino del sur. Además, el tabaco se había terminado. Allí esperé confiadamente. Sus perros estaban demasiado gordos y ellos demasiado flacos para poderme alcanzar, aun cuando se lo hubiesen propuesto. Si salían en mi busca, lo harían en sentido contrario, y yo ya lo tenía todo previsto.
       Vi llegar corriendo a uno de mis fieles, después otro, y después otro.
       —¡Oh, señor, señor! —gritó sin aliento el primero—. En la aldea hay una gran confusión, nadie sabe lo que quiere. Cada uno tiene su opinión. Todos han bebido en exceso, unos tienden los arcos, otros riñen entre sí. Jamás hubo alboroto semejante.
       Y el segundo dijo:
       —Y yo, según me ordenaste, ¡oh, señor!, murmuré palabras capciosas en oídos sedientos, despertando recuerdos de otros días. La mujer Ipsukuk gime por su pobreza y por la opulencia que ya no tiene. Tummasook piensa en la época en que era jefe, y el pueblo está hambriento y corre furioso de un lado a otro.
       Y el tercero:
       —Neewak ha destruido los altares de Moosu y ha hecho ofrendas a los dioses que se adoraban antiguamente. Todos recuerdan la riqueza que se deslizaba por su garganta y que ya no poseen. Y primero Esanetuk, que tiene dolor de vientre, se peleó con Klutku, y hubo mucho escándalo. Luego, por ser hijas de la misma madre, riñeron con Tukeliketa. Y finalmente las tres cayeron sobre Moosu, como si cada una de sus manos hubiese sido un torbellino, hasta que se vio obligado a huir de la cabaña, y el pueblo se burló de él. Porque el hombre que no sabe hacerse respetar de sus mujeres es un tonto.
       Después llegó Angeit:
       —A Moosu le ha ocurrido una gran desgracia, ¡oh, señor!, porque yo he murmurado con más éxito, y el pueblo llegó hasta él diciendo que tenía hambre y pidiendo la realización de la profecía. Hubo gritos de: «Itlwillie! Itlwillie!» (carne). Entonces pidió tregua a sus mujeres, que estaban ebrias de furor y de aguardiente, y condujo a la tribu hacia tus depósitos de carne, pero los depósitos estaban vacíos, no había carne. Allí estaba todo el pueblo sin articular palabra, atemorizado, y en medio del silencio elevé mi voz: «¡Oh, Moosu!, ¿dónde está la carne? Nosotros sabemos que aquí había carne. ¿No la cazamos nosotros y la trajimos hasta aquí? Mentirías si dijeras que un solo hombre se la ha comido; ni siquiera hemos encontrado los cueros y las pieles. ¿Dónde está la carne? ¡Oh, Moosu! Tú que oyes la voz de Dios, ¿dónde está la carne?». Y el pueblo gritó: «Tú que oyes la voz de Dios, ¿dónde está la carne?». Y juntaron las cabezas asustados. Entonces anduve entre ellos y les hablé de cosas terribles y desconocidas: de la muerte, que va y viene como las sombras y lleva la desgracia consigo; hasta que, aterrorizados, gritaron con todas sus fuerzas y se juntaron como niños atemorizados por la oscuridad. Neewak les arengó atribuyendo a Moosu todo el mal que había caído sobre ellos. Cuando hubo terminado de hablar se produjo una terrible conmoción y cogieron lanzas, colmillos de caballo marino, mazas y guijarros. Pero Moosu huyó a su casa, y como no había bebido aguardiente, no pudieron cogerle, pues corrían pesadamente y caían unos encima de otros. Se quedaron aullando fuera de su cabaña, donde se hallan las mujeres de Moosu y con el estrépito no pueden oírle.
       —¡Oh, Angeit, te has portado bien! —dije alabando su conducta—. Ahora toma este trineo y corre a la cabaña de Moosu, y antes de que el pueblo borracho se aperciba, hazle subir rápidamente y tráemelo aquí.
       Mientras esperé la vuelta de Angeit, di prudentes consejos a los amigos leales. Moosu vino en el trineo, y por las huellas que vi en su cara, comprendí que sus mujeres le habían vapuleado a sus anchas. Pero él echó pie a tierra y cayó a mis pies, sobre la nieve, gritando:
       —¡Oh, señor, tú perdonarás a Moosu, tu siervo, por los errores que ha cometido! ¡Tú eres grande! ¡Sin duda me perdonarás!
       —Llámame «hermano», Moosu, llámame «hermano» —le reprendí al mismo tiempo que le hacía levantar con la punta de mi sandalia—. ¿Obedecerás siempre?
       —Sí, señor —dijo gimoteando—, siempre.
       —Entonces colócate aquí, cruzado en el trineo —pasé el látigo de los perros a la mano derecha—, ponte ahí y dirige la cara hacia abajo, hacia la nieve. Date prisa, porque partiremos ahora mismo para el sur.
       Y cuando estuvo bien atado, descargué el látigo sobre él, recitando a cada golpe todas las maldades que me había hecho:
       —Esto por tu desobediencia en general, ¡zas! Y esto por tu desobediencia en particular, ¡zas, zas! Y esto por Esanetuk. Y esto por el bienestar de tu alma. Y esto por Klutku. Y esto por los privilegios que has recibido de Dios. Y esto por tus ricas primicias. Y esto por tu impuesto sobre la renta y por los panes y los peces. Y esto por toda tu desobediencia. Y esto, finalmente, para que en adelante andes con cuidado y atención. Ahora cesa de resoplar y levántate. Abróchate las botas de nieve y ve delante, abriendo camino para los perros. ¡Anda, aprisa!
       Thomas Stevens sonreía tranquilamente cuando encendió el quinto cigarrillo, enviando al techo nubecillas de humo.
       —Pero ¿cómo quedó la gente de Tattarat? —le pregunté—. ¿No fue una crueldad abandonarles con el hambre?
       Y Thomas Stevens, riendo, entre dos espirales de humo, contestó:
       —¿No les quedaron los perros cebados?



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