Jack London
(San Francisco, California, 1876 – Glen Ellen, California, 1916)


El diente de ballena (1908)
(“The Whale Tooth”)
Originalmente publicado, como “The Mission of John Starhurst”,
en The Bournemouth Visitors’ Directory (29 de diciembre de 1907), pág. 10;
reimpreseo, como “The Whale Tooth”, en la revista Sunset, 24
(enero de 1910), págs. 49-54;
South Sea Tales
(Nueva York: Macmillan Company, 1911, 323 págs.)



      Sucedió en los viejos tiempos en Fiji que John Starhurst se levantó en la casa-misión del poblado de Rewa y anunció su intención de anunciar el Evangelio por toda Viti Levu. Viti Levu significa «La gran tierra» y es la isla mayor de un archipiélago compuesto de muchas islas grandes por no hablar de centenares de otras más pequeñas. Aquí y allá, a lo largo de las costas y en las condiciones más precarias, vivían unos cuantos misioneros, comerciantes, pescadores de cohombro de mar y desertores de barcos balleneros. El humo de las hogueras se elevaba bajo sus ventanas, y los cuerpos de los muertos a manos de los nativos pasaban arrastrados ante sus puertas camino del festín.
       El Lotu, o religión cristiana, se abría paso lentamente y, con frecuencia, al modo del cangrejo. Los jefes que se decían convertidos y que eran recibidos con alborozo en el seno de la Iglesia, tenían la mala costumbre de regresar a sus antiguos hábitos con el fin de probar su parte de la carne de alguno de sus enemigos favoritos. Comer o ser comido era la ley de las islas y todo anunciaba que seguiría siéndolo durante largo tiempo. Había jefes como Tanoa, Tuiveikoso y Tuikilakila que habían devorado literalmente a cientos y cientos de seres humanos. Pero entre los glotones, Ra Undreunde ocupaba el primer lugar. Ra Undreunde vivía en Taikaki. Llevaba un registro de sus aventuras gustativas, una hilera de piedras alineadas a la puerta de su casa y que daban testimonio del número de cuerpos que había comido. Dicha hilera medía doscientos treinta pasos de longitud y estaba compuesta por ochocientas setenta y dos piedras. Cada una de ellas representaba un cuerpo, y la hilera habría sido mucho más larga si Ra Undreunde no hubiera tenido la desgracia de caer en una emboscada en Somo Somo, donde le clavaron una lanza en la parte baja de la espalda y le sirvieron a la mesa de Naungavuli cuya hilera no sobrepasaba las cuarenta y ocho piedras.
       Los misioneros, agotados por las penurias y atacados por las fiebres, continuaban tenazmente su trabajo desalentados a veces y esperando siempre el descenso de un fuego pentecostal que les valiera una gloriosa cosecha de almas. Pero Fiji, la isla caníbal, permanecía obstinada en el error. Los nativos de cabellos negroides, devoradores de hombres, estaban muy poco dispuestos a renunciar a su olla de carne mientras la cosecha de cuerpos humanos fuera abundante. A veces, cuando era demasiado copiosa, se aprovechaban de los misioneros haciendo circular el rumor de que tal día concreto habrían de hacer una matanza y un buen asado. Éstos se precipitaban entonces a comprarles las vidas de las víctimas con tabaco, percal y cuentas de colores. De esta forma los jefes de los poblados hacían un buen negocio con el excedente de carne humana. En cualquier caso, siempre podían salir a cazar más.
       Fue por entonces cuando John Starhurst proclamó que anunciaría el Evangelio de una costa a otra de «La gran tierra» y que comenzaría por penetrar en los reductos montañosos de las fuentes del río Rewa. Sus palabras fueron recibidas con gran consternación. Los maestros nativos lloraron calladamente. Sus dos compañeros, misioneros ambos, trataron de disuadirle. El rey de Rewa le advirtió que sin la menor duda sería kai-kai (comido) por los habitantes de la región y que él mismo, por haberse convertido al Lotu, se vería en la necesidad de declarar la guerra a los habitantes de las montañas. Sabía perfectamente que no sería capaz de vencerles. Sabía también que ellos, en cambio, podían descender por el río y asolar el poblado de Rewa. Pero ¿qué otra cosa podría hacer? Si John Starhurst se empeñaba en salir y dejarse comer, habría una guerra que costaría cientos de vidas humanas.
       Más tarde, aquel mismo día, una comisión de jefes de Rewa acudió a visitar a John Starhurst. Éste les escuchó y discutió pacientemente con ellos, aunque no se desvió ni un ápice de su propósito. A sus compañeros misioneros les explicó que no buscaba el martirio, que Dios le había pedido que predicara el Evangelio en Viti Levu y que él se limitaba a obedecer el deseo divino. A los comerciantes que acudieron e insistieron más machaconamente que ninguno de los anteriores, les dijo:
       —Vuestras objeciones carecen de valor. Sólo habláis del perjuicio que puedo ocasionar a vuestros negocios. A vosotros os interesa hacer dinero, a mí me interesa salvar almas. Alguien tiene que redimir a los paganos de estas tierras sumidas en la oscuridad del error.
       John Starhurst no era un fanático. Él habría sido el primero en negar esta imputación. Era, por el contrario, un hombre eminentemente cuerdo y práctico. Estaba convencido de que su misión había de resultar en bien para todos y en su interior se veía encendiendo una chispa de fuego pentecostal en las almas de los habitantes del interior y levantando una oleada de fervor religioso que, descendiendo de las montañas, barrería la gran tierra de costa a costa y se extendería hasta las islas diseminadas por el mar. No brillaban en sus amables ojos grises luces salvajes, sino una decisión tranquila y una fe inconmovible en el Alto Poder que le guiaba.
       Halló solamente a un hombre que se mostrara de acuerdo con su proyecto y fue Ra Vatu, que le animó secretamente y se ofreció a prestarle guías que le condujeran hasta el pie de las primeras montañas. John Starhurst, a su vez, estaba muy complacido con la conducta de Ra Vatu. Del que fuera pagano incorregible, con un corazón tan negro como sus prácticas, comenzaba a emanar la luz. Ra Vatu hablaba incluso de convertirse al Lotu. Verdad era que tres años antes había expresado similar intención y habría ingresado en el seno de la Iglesia de no haberse opuesto John Starhurst a que trajera a sus cuatro esposas con él. Ra Vatu era enemigo de la monogamia por razones éticas y económicas. La quisquillosa objeción del misionero le había ofendido, y para demostrar que era hombre libre y de honor había blandido su maza de guerra sobre la cabeza de Starhurst. El misionero había escapado al golpe esquivando la maza y agarrándose a Ra Vatu hasta que vinieron en su ayuda. Pero todo aquello estaba ya olvidado y perdonado. Ra Vatu iba a ingresar en la Iglesia, no sólo como pagano converso, sino también como polígamo arrepentido. Sólo esperaba, como aseguró a Starhurst, a que muriera su esposa más vieja, que estaba muy enferma.
       John Starhurst remontó, pues, el perezoso río Rewa en una de las canoas de Ra Vatu, la cual había de transportarle durante dos días, al cabo de los cuales llegaría al lugar donde la corriente dejaba de ser navegable. Desde allí, la embarcación regresaría al poblado. A lo lejos y elevándose hacia el cielo, se veían las montañas grisáceas que constituían la espina dorsal de «La gran tierra». John Starhurst las contempló anhelante durante todo el día.
       A veces rezaba sólo silenciosamente; otras se le unía en sus plegarias Narau, el maestro nativo que se había convertido al Lotu hacía siete años, el día en que el doctor James Ellery Brown le había salvado del horno a cambio de la insignificante suma que representaban cien palos de tabaco, dos mantas de algodón y un frasco de calmante de dolores. En el último momento, y después de veinte horas de súplicas y plegarias solitarias, a los oídos de Narau había llegado la voz que le ordenaba que acompañara a John Stahurst en su misión.
       —Amo, iré contigo —había anunciado.
       John Starhurst le había elogiado con sobria complacencia, Era evidente que el Señor estaba de su parte si impulsaba a acompañarle a un ser de espíritu tan apocado como Narau.
       —Carezco indudablemente de valor, soy la más débil de las criaturas del Señor —explicó Narau el primer día en la canoa.
       —Tienes que tener fe, una fe más fuerte —le reprendió el misionero.
       Otra canoa remontó el Rewa aquel mismo día. Pero seguía a la primera a una hora de distancia y con gran cuidado de no ser vista. Era también propiedad de Ra Vatu y en ella iba Erirola, primo del rey y hombre de confianza suyo. En el cestillo que nunca dejaba de la mano, llevaba un diente de ballena. Era magnífico, de seis pulgadas de longitud, de hermosas proporciones y de un marfil que el tiempo había tornado amarillento y púrpura. Era propiedad de Ra Vatu y en Fiji, cuando un diente así sale a la luz, por lo general ocurre algo. Porque el diente de ballena tiene una característica: el que lo acepta no puede negarse a la petición que, o le sigue, o le acompaña. Esa petición puede hacer referencia a cualquier cosa, desde una vida humana a una alianza tribal, y no hay habitante, ni vivo ni muerto, en toda la isla tan insensible al honor que se atreva a negarse a ella una vez que ha aceptado el diente. En ocasiones el cumplimiento se retrasa, con las correspondientes consecuencias adversas.
       En el curso alto del río, en el poblado de un jefe de nombre Mongondro, John Starhurst descansó al final de su segundo día de viaje. A la mañana siguiente, ayudado por Narau, se dispuso a emprender la marcha hacia las montañas grises que ahora, con la proximidad, se habían vuelto verdes y aterciopeladas. Mongondro era un jefe anciano, amable y de modales apacibles, corto de vista y aquejado de elefantiosis. La turbulencia de la guerra había dejado de atraerle. Recibió al misionero con calurosa hospitalidad, le ofreció alimentos de su propia mesa y hasta se avino a discutir con él de religión. Mongondro era por naturaleza inquisitivo y complació a John Starhurst en gran manera al pedirle que le explicara el origen y la existencia de todas las cosas. Cuando el misionero hubo acabado de resumirle la Creación de acuerdo con el Génesis, vio que Mongondro había quedado profundamente impresionado. El anciano jefe fumó en silencio largo tiempo.
       Luego, se sacó la pipa de la boca y meneó tristemente la cabeza.
       —No puede ser —dijo—. Yo mismo, en mi juventud, manejaba hábilmente la azuela. Y, sin embargo, me llevaba tres meses hacer una canoa. Una canoa pequeña, muy pequeña. Y tú me dices que toda esta tierra y estas aguas las hizo un solo hombre…
       —No. Las hizo un Dios, el único Dios verdadero —le interrumpió el misionero.
       —Es lo mismo —continuó Mongondro—. Dices que toda la tierra, y el agua, y los árboles, y los peces, y los arbustos, y las montañas, y el sol, y la luna, y las estrellas las hizo en seis días. No. No. Te digo que en mi juventud fui hombre muy hábil y, sin embargo, me llevaba tres meses construir una canoa. Esa historia tuya puede asustar a los niños, pero ningún hombre puede creerla.
       —Yo soy un hombre —dijo el misionero.
       —Es cierto, tú eres un hombre. Pero a mi limitada inteligencia no le es dado conocer lo que tú crees.
       —Te repito que creo que el mundo fue creado en seis días.
       —Eso es lo que tú dices —murmuró el viejo caníbal en tono conciliador.
       Sólo cuando John Starhurst y Narau se habían acostado Erirola se arrastró al interior de la morada del jefe, y después de un discurso muy diplomático le entregó el diente de ballena. El anciano lo sostuvo en la mano durante largo tiempo. Era muy hermoso y deseaba poseerlo, pero adivinó cuál era la petición que le acompañaba.
       —No, no. Es un diente muy bonito —dijo, y al verlo la boca se le hacía agua, pero se lo devolvió a Erirola con repetidas disculpas.
       Al amanecer, John Starhurst se hallaba ya en camino por el sendero del bosque calzado con grandes botas de piel, seguido de su fiel Narau, y siguiendo a su vez a un guía desnudo que Mongondro le había prestado para que le condujera hasta el poblado siguiente, al cual llegaron hacia el mediodía. De allí en adelante les precedió otro guía. A una milla de distancia, les seguía trabajosamente Erirola con el diente de ballena en el interior del cesto que pendía de su hombro. Dos jornadas más siguió al misionero, ofreciendo el diente a los jefes de las aldeas por las que pasaban. Pero uno por uno, todos ellos rechazaban el regalo. Seguía tan de cerca al misionero, que adivinaban cuál era la petición y se negaban a participar en el asunto.
       Penetraron más y más en la montaña hasta que Erirola tomó un atajo secreto, adelantó al misionero y llegó a la plaza fuerte del Buli de Gatoka. El Buli no sabía de la inminente llegada de Starhurst y, por otra parte, aquel diente era muy hermoso, un espécimen extraordinario, de la calidad y el colorido más apreciados. Fue presentado públicamente. El Buli, sentado en la mejor de sus esteras y rodeado de sus jefes, con tres servidores a su espalda encargados de espantarle las moscas, se dignó recibir de manos del heraldo el diente de ballena que le enviaba Ra Vatu y que le hacía llegar por medio de su primo Erirola. Aceptó la ofrenda mientras los presentes batían palmas y los jefes, heraldos y servidores allí reunidos gritaban a coro:
       —¡A woi, woi, woi! ¡A woi, woi, woi! ¡A tabua levu woi woi! ¡A mudua mudua mudua!
       —Muy pronto llegará un hombre, un hombre blanco —comenzó a decir Erirola, hecha la pausa de rigor—. Es misionero y vendrá hoy mismo. Ra Vatu se complace en desear sus botas. Quiere regalárselas a su buen amigo Mongondro y se le ha antojado mandárselas con los pies dentro, porque Mongondro es viejo y sus dientes no son lo que eran. Asegúrate, ¡oh Buli!, de que los pies van dentro de las botas. En cuanto al resto del cuerpo, puedes quedártelo.
       La delicia que le había producido el diente de ballena se esfumó en los ojos del Buli, que miró en torno suyo dudoso. Pero ya había aceptado el presente.
       ¡Qué importancia tiene un misionero! —le apremió Erirola.
       —Es verdad, ¡qué importancia tiene un misionero! —respondió el Buli, por su parte liberado ya de sus dudas—. Mongondro tendrá las botas. ¡Id tres o cuatro de vosotros, los más jóvenes, y sorprended al misionero en el camino! Aseguraos de traer también las botas.
       —Es demasiado tarde —dijo Erirola—. Escuchad. Aquí llega.
       Abriéndose camino entre la espesura, irrumpió en la escena en aquel mismo momento John Starhurst con Narau pisándole los talones. Las famosas botas, que se le habían llenado de agua cuando vadeara el río, arrojaban delgados surtidores con cada paso que daba. Starhurst miró en torno suyo con pupilas que despedían rayos. Impulsado por una fe inconmovible, limpio de duda y de temor, se regocijaba con todo lo que veía. Sabía que desde el comienzo de los tiempos era el primer hombre blanco que había pisado el reducto de Gatoka.
       Las cabañas de hierba se ceñían a la empinada ladera de la montaña o colgaban sobre el impetuoso Rewa. A ambos lados de la aldea, se abrían enormes precipicios. Tres horas penetraba el sol, como máximo, en aquella estrecha garganta. No se veían ni plátanos ni cocoteros, aunque una densa vegetación tropical invadía hasta el último rincón goteando en verdes guirnaldas desde los bordes mismos del precipicio y estallando en color en cada grieta de la roca. Al fondo de la garganta, el Rewa saltaba ochocientos pies. La atmósfera toda de la fortaleza rocosa batía al son del trueno rítmico de la cascada.
       John Starhurst vio salir de la cabaña al Buli y a sus seguidores.
       —Te traigo buenas noticias —fue el saludo del misionero.
       —¿Quién te envía? —le preguntó el Buli reposadamente.
       —Dios.
       —Nunca se ha oído ese nombre en Viti Levu —respondió sonriendo el Buli—. ¿Qué islas, poblados o gargantas gobierna?
       —Es el jefe de todas las islas, todos los poblados y todas las gargantas —respondió Starhurst solemnemente—. Es Señor de cielos y tierras y yo he venido a traerte su palabra.
       —¿Me envía algún diente de ballena? —fue la insolente respuesta.
       —No, pero más preciosa que ningún diente de ballena es…
       —La costumbre entre jefes es enviar dientes de ballena —le interrumpió el Buli—. O tu jefe es un tacaño, o tú eres un necio al aventurarte con las manos vacías en la montaña. Ten cuidado, porque otro más generoso ha llegado antes que tú.
       Y diciendo estas palabras le mostró el diente que le había entregado Erirola.
       Narau gruñó.
       —Es el diente de Ra Vatu —susurró al oído de Starhurst—. Lo conozco bien. Estamos perdidos.
       —¡Qué amabilidad la de Ra Vatu! —respondió el misionero acariciándose su larga barba y ajustándose los lentes—. Ha organizado todo para que seamos bien recibidos.
       Pero Narau volvió a gruñir y se apartó de los talones que tan fielmente había seguido hasta entonces.
       —Ra Vatu va a convertirse al Lotu —explicó Starhurst—. Y yo he venido a traértelo a ti.
       —No quiero saber nada de tu Lotu —dijo el Buli orgullosamente—. He decidido que mueras hoy mismo a mazazos.
       El Buli hizo una seña a uno de sus seguidores, que dio un paso al frente blandiendo una maza. Narau huyó a la cabaña más cercana para esconderse entre las mujeres y las esteras, pero John Starhurst esquivó la maza de un salto y enlazó los brazos en torno al cuello de su verdugo. En esa posición de ventaja comenzó a discutir. Defendía su vida y lo sabía, pero no se sentía ni nervioso ni asustado.
       Harías mal en matarme —dijo al hombre que le atacara—. No te he hecho ningún daño, ni a ti ni al Buli.
       Tan bien sujeto tenía al hombre, que nadie se atrevió a golpearle con su maza. Él siguió aferrándose a la vida y disputando por ella con los que clamaban por su muerte.
       —Soy John Starhurst —siguió diciendo con calma—. He trabajado tres años en Fiji y nunca por beneficio propio. He venido a practicar el bien entre vosotros. ¿Por qué habríais de matarme? Mi muerte no beneficiaría a nadie.
       El Buli lanzó una rápida ojeada al diente de ballena. Lo que iba a hacer estaba bien pagado.
       El misionero se encontraba rodeado de una masa de salvajes desnudos que pugnaban entre sí por atacarle. La canción de la muerte, que es la canción del horno, se elevó en el aire y sus protestas dejaron de oírse. Pero tan hábilmente rodeó con su cuerpo el del hombre que le había atacado, que nadie pudo golpearle. Erirola sonrió y el Buli montó en cólera.
       —¡Apartaos todos! ¡Bonita historia van a oír en la costa! ¡Una docena de hombres contra un misionero desarmado, más débil que una mujer, y resulta que os puede a todos!
       —¡Espera un poco, Buli! —gritó John Starhurst sin cejar en su forcejeo—. ¡Te venceré a ti también! Porque mis armas son la justicia y la verdad y no hay hombre que pueda contra ellas.
       —Acércate entonces —respondió el Buli—, porque voy sólo armado con una miserable maza que, como dices, nada podrá contra ti.
       Los hombres se retiraron y John Starhurst quedó sólo frente al Buli, que se apoyaba en una enorme maza de guerra de madera nudosa.
       —Acércate, misionero, y vénceme —le desafió.
       —Me acercaré y te venceré —respondió John Starhurst limpiándose los lentes, ajustándoselos a la nariz, y dando un paso luego hada su enemigo.
       El Buli levantó la maza y esperó.
       —En primer lugar, mi muerte no te beneficiaría en nada —comenzó a argumentar Starhurst.
       —Dejaré que mi maza te responda —contestó el Buli.
       Y a cada argumento daba la misma respuesta, sin dejar por ello de vigilar al misionero para anticiparse a su astuta maniobra de esquivar el arma. Fue entonces cuando por primera vez John Starhurst supo que su muerte estaba cerca. No intentó huir. Con la cabeza descubierta, de pie bajo el sol, rezó en voz alta. Era la suya la misteriosa figura del hombre blanco inevitable que con la Biblia, las balas o la botella de ron se ha enfrentado con el salvaje en todas y cada una de sus plazas fuertes. Y así permaneció John Starhurst en la fortaleza rocosa del Buli de Gatoka.
       —Perdónales porque no saben lo que hacen —oró—. Señor, apiádate de Fiji. Ten compasión de esta isla. Señor nuestro, escúchanos en nombre de Jesucristo, a quien concediste que, por su muerte, todos los hombres pudiéramos ser hijos tuyos. De Ti venimos y a Ti queremos volver. La tierra es oscura, ¡oh Señor!, la tierra es oscura. Pero Tú puedes salvarnos con tu infinita misericordia. Extiende tu mano, Señor, y salva a Fiji, esta pobre isla caníbal.
       El Buli se impacientaba.
       —Ahora te responderé —murmuró, blandiendo la maza con ambas manos.
       Narau, oculto entre las mujeres y las esteras, oyó el sonido del golpe y se estremeció. Se elevó en el aire la canción de la muerte. Más tarde supo que el cuerpo de su querido misionero era conducido al horno, cuando oyó estas palabras:
       —Arrastradme con cuidado, arrastradme con cuidado.
       —Porque soy adalid de mi país.
       —Dad gracias, dad gracias.
       Luego, una sola voz se elevó sobre el alboroto preguntando:
       —¿Dónde está el valiente?
       Cien voces gritaron la respuesta:
       —Lo arrastramos al horno para asarlo.
       —¿Dónde está el cobarde? —preguntó la voz.
       —Ha ido a llevar la noticia —respondieron las cien voces—. Ha ido a llevar la noticia. Ha ido a llevar la noticia.
       Narau gimió con el espíritu angustiado. Lo que decía aquella vieja canción era cierto. Él era el cobarde y ya nada podía hacer sino correr a llevar la noticia.



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