Jack London
(San Francisco, California, 1876 – Glen Ellen, California, 1916)


El hombre de la cicatriz (1899)
(“The Man with the Gash”)
Originalmente publicado en McClure’s Magazine (septiembre de 1900);
The God of His Fathers
(Nueva York: The Macmillan Company, 1901, 299 págs.)



      Jacob Kent había sentido avaricia todos los días de su vida. Esto, a su vez, había engendrado una desconfianza crónica y su mente y su carácter se habían vuelto tan perversos, que era un hombre de trato muy desagradable. También era víctima de tendencias sonámbulas y era muy tozudo en sus ideas. Había sido tejedor de nacimiento, hasta que la fiebre del Klondike entró en su sangre y lo separó de su telar. Su cabaña se alzaba a medio camino entre Sesenta Millas y el río Stuart. Los hombres que tenían costumbre de transitar esa ruta de Dawson le tenían por un ladrón potentado, sentado en su fortaleza y cobrando peaje a las caravanas que usaban sus mal conservados caminos. Como se requería cierta cantidad de historia para construir esta figura, los viajeros menos cultos eran dados a describirle de una manera más primitiva, en la cual destacaban los adjetivos fuertes.
       Por cierto, la cabaña no era suya, pues hacía siete años que la levantaron un par de mineros que habían construido una balsa de troncos para sacarse un jornal en ese lugar. Habían sido unos chicos muy hospitalarios, y, después de abandonar la cabaña, los viajeros que conocían la ruta se pusieron por meta llegar allí al anochecer. Era muy útil, por ahorrarles el tiempo y el trabajo de levantar el campamento; y era regla no escrita que el último hombre dejara un hermoso montón de leña para el siguiente. Raramente pasaba una noche sin que de media docena a una veintena de hombres se apretujaran bajo su cobijo. Jacob Kent anotó estos hechos, ejercitó una soberanía usurpadora y se instaló en ella. Desde entonces los viajeros fatigados eran multados con un dólar por cabeza por el derecho a dormir en el suelo, mientras Jacob Kent pesaba el oro y no perdía ocasión de pesar de más. Además, se las ingeniaba para que los viajeros le cortaran la leña y le llevaran el agua. Esto era piratería manifiesta, pero sus víctimas eran una casta indolente, y, aunque le detestaban, le permitían prosperar en sus pecados.
       Una tarde de abril se encontraba sentado a la puerta —igual que una araña depredadora— maravillándose del calor del sol recurrente, y escudriñando posibles moscas en el camino. El Yukón yacía a sus pies, como un mar de hielo, desapareciendo tras dos grandes meandros hacia el norte y el sur, y extendiéndose dos buenas millas de orilla a orilla. Sobre su duro pecho corría la ruta de los trineos, una linea fina y hundida, con más maldiciones distribuidas a lo largo del pie lineal, que cualquier otra carretera fuera o dentro de la cristiandad.
       Jacob Kent se sentía especialmente a gusto esa tarde. Había batido el récord la noche anterior, pues había vendido su hospitalidad nada menos que a veintiocho visitantes. Había sido algo incómodo, es verdad, cuatro habían roncado toda la noche bajo su camastro, pero, por otra parte, había añadido un peso apreciable al saco en que guardaba su polvo dorado. Este saco, con su brillante tesoro amarillo, se convirtió enseguida en su principal delicia y en su razón de ser. El cielo y el infierno yacían bajo su esbelta boca. Sin ninguna zona privada en su cabaña de una habitación, se torturaba con el miedo constante a ser robado. Sería muy fácil llevárselo para estos extraños barbudos, de mirada desesperada. A menudo soñaba que así era, y despertaba en medio de una pesadilla. Un número determinado de estos ladrones le obsesionaban en sus sueños y llegó a conocerlos bastante bien, especialmente al jefe bronceado con una cicatriz en su mejilla derecha. Este tipo era el más persistente del grupo, y debido a él había ingeniado en sus momentos de lucidez varias veintenas de escondrijos dentro y alrededor de la cabaña. Tras cada ocultación respiraba tranquilo durante unas noches, sólo para sorprender al Hombre de la Cicatriz en el momento de desenterrar el saco. Entonces, se despertaba en medio de la lucha habitual, se levantaba apresuradamente y cambiaba la bolsa a otro escondrijo más ingenioso. No es que fuera la víctima directa de estos fantasmas; pero creía en los presagios y en la transmisión del pensamiento, y creía que estos ladrones soñados eran una proyección astral de personajes reales en esos momentos particulares, sin importar dónde estuvieran en carne, y que albergaban designios ocultos, en espíritu, sobre sus riquezas. Por tanto, siguió sangrando a los desafortunados que cruzaban su umbral, y a la vez aumentando sus problemas con cada onza que entraba en el saco.
       Mientras tomaba el sol, le vino a Jacob Kent una idea que le hizo saltar de la silla. Los placeres de la vida habían culminado con el continuo pesar del nuevo oro; pero una sombra se había proyectado sobre esta agradable distracción, de la que hasta entonces no había podido deshacerse. Sus pesas eran de hecho pequeñas, su máximo era una libra y media —dieciocho onzas—, mientras que su tesoro se elevaba a algo así como tres veces y un tercio más. Nunca había podido pesarlo todo en una sola operación, y, por tanto, consideraba que le estaban privando de una forma nueva y sumamente edificante de contemplación. Sin esta posibilidad, había perdido la mitad del placer de posesión. La solución a este problema de su mente era lo que le acababa de levantar de la silla. Observó cuidadosamente el camino en ambas direcciones. No había nada a la vista y por tanto entró.
       En unos segundos había despejado la mesa y montado la balanza. A un lado colocó las aplanadas pesas de quince onzas, y lo equilibró con oro al otro lado. Sustituyendo las pesas por oro, tenía entonces treinta onzas exactas equilibradas. Estas las colocó a su vez a un lado, y de nuevo la equilibró con más oro. Para entonces se había agotado el oro y sudaba generosamente. Temblaba de éxtasis, enormemente embelesado. No obstante, limpió a fondo el saco, hasta el último grano, hasta que se desequilibró y un lado de la balanza cayó sobre la mesa. Restauró el equilibrio de nuevo, añadiendo una pesa de una onza y otra de cinco al lado opuesto. Se levantó, con la cabeza echada atrás, pasmado. El saco estaba vacío, pero la potencia de la balanza ya no tenía limite. Con ella podría pesar cualquier cantidad, desde el grano más pequeño hasta libras y libras. Mammon se apoderó de su corazón. El sol continuó su camino hacia el oeste, hasta que sus rayos penetraron por la puerta abierta, dando de lleno sobre las balanzas cargadas de amarillo. Los preciados montones devolvieron la luz con un brillo suave. Tiempo y espacio se confundieron.
       —¡Caray! Ahí tienes, por lo menos, varias libras, ¿verdad?
       Jacob Kent giró sobre sus talones, alcanzando a la vez su escopeta de doble cañón, que tenía a mano. Pero, cuando sus ojos tropezaron con la cara del intruso, dio un paso atrás mareado. ¡Era la cara del Hombre de la Cicatriz!
       El hombre lo miró con curiosidad.
       —¡Oh!, no te preocupes —le dijo, moviendo su mano con un gesto de desaprobación—. No pienses que te voy a hacer daño ni a ti ni a tu dichoso oro. Debes ser un contrabandista —añadió pensativo, mientras contemplaba el sudor que chorreaba por la cara de Kent y el temblor de sus rodillas—. ¿Por qué no dices algo? —Siguió, mientras el otro se esforzaba por respirar—. ¿Qué le pasa a tu lengua? ¿Algo va mal?
       —¿Do… do… dónde te la hicieron? —consiguió articular por fin Kent, levantando un tembloroso dedo hacia la horrible cicatriz que surcaba la mejilla del otro.
       —Un compañero de barco me la hizo con un pasador. Y ahora que tienes tu mascarón de proa recortado, lo que yo quiero saber es qué te ocurre. Eso es lo que quiero saber, ¿qué te ocurre? ¡Santo Dios! ¿Te hace daño? ¿No te gusta? ¡Eso quiero saber!
       —No, no —contestó Kent, dejándose caer en una banqueta al tiempo que esbozaba una débil sonrisa—. Sólo preguntaba.
       —¿Alguna vez viste otra igual? —Siguió el otro agresivo.
       —No.
       —¿No es una maravilla?
       —Sí —asintió Kent con la cabeza, intentando congraciarse con el extraño visitante, pero completamente desprevenido ante el estallido que seguiría a estos esfuerzos.
       —¡Maldito, condenado, mal hijo de marinero! ¿Qué quieres decir con eso de que la cosa más fea que Dios Todopoderoso jamás puso en la cara de un hombre es una maravilla? ¿Qué quieres decir, so…?
       Y en ese momento el ardiente lobo de mar soltó una larga hilera de blasfemias orientales, mezclando dioses y demonios, linajes y hombres, metáforas y monstruos, con virilidad tan salvaje, que Jacob Kent se quedó paralizado. Se echó hacia atrás, levantando los brazos como para defenderse de un ataque físico. Tan acobardado estaba, que el otro se detuvo en medio de su hermosa perorata y estalló en carcajadas.
       —El sol ha llegado al final de su recorrido —dijo el Hombre de la Cicatriz entre paroxismos de hilaridad—. Y lo único que deseo es que aprecies la oportunidad de asociarte con un tipo de mi calaña. Échale leña a esa chimenea tuya. Voy a desatar a los perros y a darles de comer. Y no seas tacaño con la leña, muchacho; hay mucha más donde has recogido ésa, y tienes tiempo para blandir el hacha. Y, ya que te has puesto, trae un cubo de agua. ¡Apresúrate! ¡O te daré tu merecido!
       Nunca se vio cosa igual. ¡Jacob Kent encendía el fuego, cortaba leña, acarreaba agua, y hasta hacía tareas domésticas para un huésped! Cuando Jim Cardegee abandonó Dawson, iba con la cabeza llena de las iniquidades de este Shylock de los caminos; y a lo largo de éstos, las numerosas víctimas aumentaron su lista de crímenes. Ahora, Jim Cardegee, con el gusto del marinero por los chistes marineros, decidió, al entrar en la cabaña, bajar los humos de su inquilino. No podía sino observar que había triunfado más de lo que esperaba, aunque ignoraba el papel que representaba en ello la cicatriz de su mejilla. Pero, aunque no lo comprendía, notaba el terror que producía. Y decidió explotarla tan despiadadamente como haría cualquier comerciante moderno con una mercancía.
       —¡Que me maten, estás hecho un usurero! —dijo admirado, con la cabeza ladeada, mientras su anfitrión iba y venía—. Nunca debiste venir al Klondike. Tú naciste para ser dueño de una taberna. He oído hablar mucho de ti a los chicos río arriba y río abajo, pero no tenía idea de que fueras tan encantador.
       Jacob Kent sintió unos deseos tremendos de probar su rifle con él, pero la fascinación que le producía la cicatriz era demasiado fuerte. Éste era el auténtico Hombre de la Cicatriz, el hombre que tantas veces le robara en sueños. Éste era, entonces, el cuerpo del ser cuya forma espiritual se había proyectado en sus sueños. Por tanto —no había más conclusión—, este Hombre de la Cicatriz había venido en persona para robarle. ¡Esa cicatriz! No podía separar los ojos de ella como tampoco podía detener los latidos de su corazón. Hiciera lo que hiciera, siempre confluían inevitablemente en aquel punto fijo, como la aguja de una brújula se dirige hacia el polo norte.
       —¿Te hace daño? —tronó repentinamente Jim Cardegee, alzando los ojos de sus mantas extendidas y chocando con la mirada fija del otro—. Me parece que lo mejor que puedes hacer es preparar tu catre, apagar la luz y acostarte, viendo como te preocupa. Hazme caso, marinero, o, si no, echaré mano a tus cosas.
       Kent estaba tan nervioso, que tuvo que soplar tres veces hasta apagar el candil de barro, y se metió entre las mantas sin quitarse siquiera los mocasines. Al poco rato el marinero roncaba tranquilamente en su dura cama del suelo, pero Kent yacía con la mirada fija en la oscuridad, con una mano en el rifle y decidido a no pegar ojo en toda la noche. No había tenido ocasión de esconder sus cinco libras de oro, depositadas en la caja de municiones que había colocado en la cabecera de su camastro. Pero, por mucho que se esforzó, al fin acabó por dormirse, con el peso de su oro oprimiéndole el alma. Si no se hubiese dormido, sin quererlo, y en tal estado mental, el demonio sonámbulo no habría aparecido, y Jim Cardegee no habría ido a buscar oro al día siguiente.
       El fuego luchó una batalla perdida y por fin se apagó, mientras la escarcha penetraba por las grietas del musgo que había entre los troncos y enfrió la atmósfera interior. Los perros en el exterior dejaron de ladrar, y, acurrucados en la nieve, soñaban con cielos plagados de salmón, donde no existían ni conductores de perros ni amos. Dentro, el marinero dormía como uno de los perros, mientras su anfitrión se removía inquieto, víctima de extrañas fantasías. Al llegar la medianoche, repentinamente echó a un lado las mantas y se levantó. Era extraordinario que pudiera hacer aquello sin encender ni una luz. Quizás fue debido a la oscuridad por lo que mantuvo sus ojos cerrados, y quizás fuera por temor a ver la terrible cicatriz en la mejilla de su huésped; el caso es que, a oscuras, abrió la caja de municiones, metió una gran carga de pólvora por la boca del rifle sin derramar ni una partícula, la apisonó, guardó todo de nuevo y volvió a la cama.
       Al colocar el día sus dedos de color gris metálico sobre la ventana, Jacob Kent despertó. Apoyándose sobre un codo, levantó la tapadera y se asomó a la caja de municiones. Lo que vio o lo que no vio le produjo un efecto muy extraño, teniendo en cuenta su temperamento neurótico. Lanzó una mirada al hombre dormido en el suelo, bajó la tapadera suavemente y giró sobre su espalda. En su rostro había una expresión de calma imperturbable. No había el más mínimo rastro de excitación o perturbación. Permaneció así un buen rato, pensativo, y, cuando se levantó, comenzó a ir de un lado a otro sin ruido y sin prisa, de un modo frío y calculador.
       Resulta que, clavada en la parhilera, había una estaca de madera justo por encima de la cabeza de Jim Cardegee. Jacob Kent, trabajando en silencio, pasó un trozo de manila de media pulgada de diámetro sobre la estaca, tirando de los dos cabos hasta el suelo. Ató un extremo alrededor de su cintura e hizo un nudo corredizo en el otro. Luego amartilló el rifle y lo dejó al alcance de su mano junto con numerosas correas de piel de alce. Con un gran esfuerzo de voluntad, soportó la presencia de la cicatriz, deslizó el nudo sobre la cabeza del hombre dormido, y lo ajustó echando su propio peso hacia atrás, a la vez que cogía el rifle y apuntaba.
       Jim Cardegee despertó, sin respiración y sorprendido, con los ojos fijos en el doble cañón metálico.
       —¿Dónde está? —preguntó Kent, al mismo tiempo que tiraba de la cuerda.
       —Maldito… ugh…
       Kent sencillamente echó atrás su peso y cortó la respiración del otro.
       —Condenado… ah… ah…
       —¿Dónde está? —repitió Kent.
       —¿Qué? —preguntó Cardegee.
       —El oro.
       —¿Qué oro? —exigió el perplejo marinero.
       —Lo sabes muy bien, el mío.
       —No lo he visto, ¿por quién me has tomado? ¿Por una caja fuerte? De todos modos, ¿qué tengo yo que ver en todo esto?
       —Quizás lo sepas, quizás no, pero de todos modos voy a cortarte la respiración hasta que lo sepas. Y si levantas una sola mano, ¡te volaré la cabeza!
       —¡Santo cielo! —rugió Cardegee, cuando sintió que la cuerda se apretaba.
       Kent aflojó por un instante, y el marinero, retorciendo su cuello como si fuera debido a la presión, consiguió aflojar un poco el nudo y llevarlo al punto justo por debajo de su barbilla.
       —¿Y bien? —interrogó Kent, esperando la confesión.
       Pero Cardegee se sonrió.
       —Adelante con tu ejecución, viejo condenado.
       Entonces, como había supuesto el marinero, la tragedia se convirtió en una farsa. Al ser Cardegee más pesado, Kent, echando su peso hacia atrás y hacia abajo, no le pudo levantar del suelo. Pero, por mucho que se afanó, los pies del marinero aún permanecían en el suelo y soportaban parte de su peso, mientras el resto lo soportaba la barbilla. Incapaz de levantarlo, Kent seguía aferrado a la cuerda, resuelto a ahogarlo lentamente u obligarlo a confesar qué había hecho con el botín. Pero el Hombre de la Cicatriz no se ahogaba. Pasaron cinco, diez, quince minutos y, al final, desesperado, Kent dejó caer a su prisionero.
       —Está bien —dijo, limpiándose el sudor—. Si no te puedo colgar, sí puedo pegarte un tiro. Algunos hombres no han nacido para ser colgados.
       —Harás un estropicio en este suelo tan bonito —Cardegee se afanaba por ganar tiempo—. Escucha, te diré lo que vamos a hacer. Juntaremos nuestras cabezas y razonaremos. Tú has perdido cierta cantidad de oro. Tú dices que yo sé algo y yo digo que no. Hagamos un examen y tracemos un camino a seguir…
       —¡Cielo santo! —le espetó Kent, imitando maliciosamente las palabras del otro—. Seré yo quien trace todos los caminos que deban seguirse en este asunto; y si haces alguna cosa más, te juro que te mato.
       —Por mi madre…
       —Que Dios se apiade de ella, si te quiere. ¡Ah! ¿Conque sí? —Reprimió un gesto hostil del otro al tiempo que apretaba contra su frente la fría boca del rifle—. ¡Estate quieto! ¡Como muevas un solo pelo, te la ganas!
       Era un trabajo arduo atarlo a la vez que tenía que sujetar el rifle. Pero Kent había sido tejedor y en unos minutos tuvo al marinero atado de pies y manos. Lo arrastró fuera y lo tumbó al lado de la cabaña, donde podía vigilar el río y observar la subida del sol hacia el meridiano.
       —Te daré hasta mediodía y entonces…
       —¿Qué?
       —Emprenderás la marcha al infierno. Pero, si hablas, te retendré hasta que pase la próxima patrulla de la Policía Montada.
       —¡Pues, caray, vaya elección! Aquí me tienes, inocente como un cordero, y aquí estás tú, echo un lío y sin razones, volviéndome loco y dispuesto a mandarme al infierno. ¡Maldito pirata!…
       Jim Cardegee soltó su sarta de blasfemias y se superó a sí mismo. Jacob Kent sacó un taburete para divertirse cómodamente. Tras agotar todas las combinaciones posibles de su vocabulario, el marinero se calló y se dispuso a pensar en serio. Medía constantemente el avance del sol con sus ojos, el cual ascendía velozmente por el este con una prisa asombrosa. Sus perros, sorprendidos de que no los hubiera atado hacía tiempo a sus arneses, se arremolinaron a su alrededor. Su impotencia atraía a los animales. Presentían que algo iba mal, aunque no sabían exactamente qué era, y demostraban su solidaridad con tristes aullidos.
       —¡Largo! ¡Fuera de aquí, banda de siwashes! —gritó, intentando a rastras darles un puntapié, al tiempo que descubría que se hallaba tambaleante al borde de un declive.
       Cuando se dispersaron los animales, se dedicó a ponderar la importancia del declive, que presentía pero no podía ver. No tardó mucho en llegar a una conclusión correcta. El hombre, pensó, es perezoso por naturaleza. No hace más esfuerzo del necesario. Cuando construye una cabaña, necesita tierra para el tejado. De esta premisa era lógico deducir que no transportase esa tierra más allá de lo estrictamente necesario. Por tanto, se hallaba al borde de un barranco de donde se había sacado tierra para techar la cabaña de Jacob Kent. Este conocimiento, utilizado adecuadamente, podría prolongar los acontecimientos, reflexionó. Entonces dirigió su atención a las correas de piel de alce que lo sujetaban. Sus manos estaban atadas a su espalda, apoyadas en la nieve y mojadas con su contacto. Sabía que este humedecimiento del cuerpo tendería a estirarlo, y, sin aparentarlo, se esforzó por estirarlo más y más.
       Contempló el camino con ansiedad y, cuando en dirección a Sesenta Millas apareció por un instante una mancha negra sobre el fondo blanco de un amontonamiento de hielo, lanzó una mirada inquieta al sol. Casi había alcanzado el cenit. De vez en cuando veía la mancha negra saltando sobre los montículos de hielo y desapareciendo en los hoyos intermedios. Pero no se atrevía a permitirse más que unas miradas rápidas y curiosas por temor a levantar las sospechas del enemigo. Por una vez, cuando Jacob Kent se levantó y escudriñó el camino, Cardegee sintió miedo. Pero el trineo pasaba por un trecho de sendero que discurría paralelo a una colina y estuvo oculto hasta que pasó el peligro.
       —Haré que te cuelguen por esto —amenazó Cardegee, en un intento de llamar la atención del otro—. Y te pudrirás en el infierno, te lo aseguro.
       —¡Escucha! —gritó tras otra pausa—. ¿Crees en los fantasmas? —El repentino sobresalto de Kent le indicó que pisaba terreno firme, y siguió—: El fantasma tiene derecho a perseguir al hombre que no le obedece, y no me puedes matar hasta que pase la guardia de cuatro horas, lo que significa hasta las doce en punto, ¿verdad? Porque, si lo haces, ocurrirá que te perseguiré, ¿me oyes? Un minuto, un segundo antes de su hora, y te perseguiré, por Dios que lo haré.
       Jacob Kent parecía dudar, pero no contestó.
       —¿Cómo va tu cronómetro? ¿Cuál es tu longitud? ¿Cómo sabes que tu hora es correcta? —Persistió Cardegee esperando en vano ganarle unos minutos a su ejecutor—. ¿Tienes la hora de Barrack o la de la Compañía? Porque si lo haces antes de la hora, no descansaré. Te hago una buena advertencia. Volveré. Y si no tienes hora, ¿cómo lo vas a saber? Eso es lo que quiero, ¿cómo lo vas a saber?
       —Te mataré a tiempo —replicó Kent.
       —¿Tienes un reloj de sol?
       —No sirve, la aguja tiene una desviación de treinta y dos grados. Las estaquillas están bien puestas.
       —¿Cómo las pusiste? ¿Con una brújula?
       —No, alineadas con la estrella polar.
       —¿Estás seguro?
       —Seguro.
       Cardegee lanzó un quejido y echó una mirada furtiva al camino. El trineo saltaba sobre una colina, a una milla escasa de distancia, y los perros iban a pleno trote, corriendo ligeros.
       —¿A qué distancia está la sombra de la línea?
       Kent se acercó al primitivo reloj y lo miró detenidamente.
       —A tres pulgadas —anunció, tras un meticuloso estudio.
       —Oye, canta la hora del relevo antes de apretar el gatillo, ¿lo harás?
       Kent accedió, y se quedaron callados. Las correas que sujetaban las muñecas de Cardegee se estiraban lentamente, y había empezado a pasárselas por las manos.
       —Oye, ¿cuánto le falta a la sombra?
       —Una pulgada.
       El marinero se retorció ligeramente para asegurarse de que caería en el momento justo y deslizó la primera vuelta de las manos.
       —¿Cuánto falta?
       —Media pulgada.
       En ese momento, Kent oyó el estridente batir de los patines y tornó la vista hacia el camino. El conductor iba tumbado en el trineo y los perros bajaban derechos hacia la cabaña. Kent se volvió echándose el rifle a la cara.
       —Todavía no son las doce —le reprochó Cardegee. Te perseguiré, puedes estar seguro.
       Jacob Kent vaciló. Estaba junto al reloj de sol, a unos diez pasos de su víctima. El hombre del trineo debió ver que algo extraño estaba ocurriendo, pues se había puesto de rodillas, mientras su látigo restallaba furiosamente entre los perros.
       Las sombras se alinearon. Kent miró a su alrededor.
       —Prepárate —ordenó solemnemente—. Las do…
       Pero una fracción de segundo antes, Cardegee rodó hacia el barranco. Kent no disparó y se acercó corriendo al borde. ¡Pum! El rifle le estalló en plena cara al marinero mientras se levantaba, pero del cañón no salió humo, sino una llama que estalló por la culata y Jacob Kent cayó al suelo. Los perros remontaron la orilla, arrastrando el trineo por encima de su cuerpo, y el conductor saltó al suelo, mientras Cardegee liberaba sus manos y salía del barranco.
       —¡Jim! —El recién venido lo reconoció—. ¿Qué ocurre?
       —¿Que qué ocurre? ¡Oh, nada! Sencillamente hago estas pequeñeces por mi salud. ¿Que qué ocurre? ¡Maldito idiota! ¿Que qué ocurre? ¡Suéltame y te lo diré! ¡Date prisa, o te acompañaré a limpiar las cubiertas con piedra bendita! ¡Ah! —añadió, mientras el otro empezó a trajinar con su cuchillo de monte—. ¿Qué ocurre? Quiero saberlo. Dímelo, ¿quieres? ¿Qué pasa, eh?
       Kent estaba bien muerto cuando le dieron la vuelta. El rifle, un arma vieja y pesada que se cargaba por la boca, yacía a su lado. Acero y madera se habían separado. Junto al extremo del cañón derecho, con los labios hacia afuera, se abría una fisura de varias pulgadas de longitud. El marinero lo recogió curioso. Un chorro brillante de polvo amarillo se salía por la rendija. Entonces se le esclareció el caso a Jim Cardegee.
       —¡Por todos los diablos! —rugió—. ¡Mira esto! ¡Aquí está su maldito oro! ¡Que Dios me condene, y a ti también, Charley, si no traes corriendo la criba!




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