Jack London
(San Francisco, California, 1876 – Glen Ellen, California, 1916)


La huelga general (1907)
(“The Dream of Debs”)
Originalmente publicado en The International Socialist Review (enero de 1909);
The Strength of the Strong
(Nueva York: Macmillan Company, 1914, 378 págs.)



      Me desperté una hora antes de lo habitual. Este hecho, por sí solo, era extraordinario; y permanecí completamente despierto, reflexionando sobre ello. Algo pasaba, algo no iba bien, aunque no sabía qué. Me sentía abrumado por el presentimiento de que algo terrible había sucedido o estaba a punto de suceder. Pero ¿de qué se trataba? Traté de orientarme. Recordé que después del Gran Terremoto de 1906 hubo muchas personas que aseguraron haberse despertado instantes antes de la primera sacudida y haber experimentado en aquellos momentos un extraño sentimiento de terror, ¿Acaso iba a sufrir San Francisco un nuevo terremoto? Permanecí un minuto largo paralizado y expectante; pero no se sentía temblar o tambalearse las paredes ni estruendo alguno indicativo de un seísmo. Todo estaba tranquilo. ¡Eso era! ¡El silencio! No era raro mi desasosiego. El ruido del tráfago de la gran ciudad había desaparecido misteriosamente. El transporte de superficie por mi calle, a esta hora del día, era de un promedio de un tranvía cada tres minutos; sin embargo, en los diez minutos siguientes no pasó ni uno solo. Tal vez se tratara de una huelga de tranvías, fue lo primero que pensé; o tal vez había ocurrido un accidente y se había interrumpido el suministro de energía. Pero no, el silencio era demasiado intenso. No se oía ningún chirrido o traqueteo de ruedas, ni el golpear de herraduras de caballerías al subir la adoquinada cuesta.
       Apretando el botón que había al lado de mi cama, traté de escuchar el sonido del timbre, aun a sabiendas de que era imposible que este ascendiese los tres pisos que nos separaban, incluso en el caso de que sonase. Era obvio que funcionaba, ya que pocos minutos después entraba Brown con la bandeja y el periódico de la mañana. Aunque su rostro exhibía la impasibilidad acostumbrada, percibí un brillo de alarma e inquietud en sus ojos. Me di cuenta asimismo de que no había leche en la bandeja.
       —El lechero no ha venido esta mañana —se excusó—, ni el panadero tampoco.
       Miré de nuevo el desayuno. Faltaban los panecillos redondos recién hechos. Ocupaban su lugar unas rebanadas de pan moreno de la víspera, el pan más detestable del mundo, a mi parecer.
       —No ha habido ningún reparto esta mañana, señor... —comenzó a explicar Brown en tono de disculpa; pero le interrumpí:
       —¿Y el periódico?
       —Sí, señor, lo han traído; pero es lo único, y es la última vez también. Mañana no habrá periódicos. Lo dice el propio periódico. ¿Quiere que mande a buscar leche condensada?
       Moví la cabeza negativamente, acepté el café solo y abrí el diario. Los titulares lo explicaban todo..., demasiado incluso, porque los extremos de pesimismo a que llegaban resultaban ridículos. Una huelga general, decía, había sido convocada a lo largo y ancho de los Estados Unidos, expresando al propio tiempo los presagios más alarmistas en cuanto al abastecimiento de las grandes ciudades.
       Leí rápidamente, y por encima, mientras recordaba muchos de los conflictos laborales del pasado. Durante una generación, la huelga general había sido el sueño de las organizaciones sindicales, un sueño que había surgido originariamente de la mente de Debs, uno de los grandes líderes sindicales de hacía treinta años. Recordé cómo en mi juventud había escrito un artículo sobre el tema para una revista de la universidad y que titulé «El sueño de Debs». Pero debo aclarar que traté la idea con mesura, y de manera académica, como un sueño nada más. El tiempo y el mundo había seguido su curso. Gompers y la American Federation of Labor habían desaparecido, y lo mismo había ocurrido con Debs y todas sus descabelladas ideas revolucionarias; sin embargo, el sueño había persistido, y aquí estaba al fin convertido en realidad. Pero, a medida que avanzaba en la lectura, no pude menos de reírme de la visión pesimista del periódico. Mi opinión era otra. Había visto derrotados a los sindicatos en demasiados conflictos. El asunto se resolvería en pocos días. Esto era una huelga nacional, y el Gobierno no tardaría mucho en acabar con ella.
       Dejé el periódico y comencé a vestirme. Resultaría interesante pasear por las calles de San Francisco cuando toda la ciudad estaba de vacaciones forzosas y completamente privada de actividad.
       —Disculpe, señor —dijo Brown, presentándome mi caja de puros—; pero Harmmed quiere verle antes de que usted se marche.
       —Hazle pasar ahora —le pedí.
       Harmmed era el mayordomo. Cuando entró, me di cuenta de lo alterado que estaba, aunque trataba de dominarse. Inmediatamente fue al grano:
       —¿Qué debo hacer, señor? Necesitaremos provisiones, pero los repartidores están en huelga. Y han cortado la electricidad... Deben de estar en huelga también.
       —¿Han abierto las tiendas? —pregunté.
       —Solamente las pequeñas, señor. Los empleados de comercio no trabajan, y las grandes no pueden abrir; pero los dueños y sus familias están atendiendo personalmente en las pequeñas.
       —Entonces, coge el coche —le pedí—, vete a ver y haz las compras. Compra en abundancia de todo lo que necesites o puedas necesitar. Compra una caja de velas..., o mejor, compra media docena de cajas. Y cuando termines, le dices a Harrison que me lleve el coche al club..., antes de las once.
       Harmmed sacudió la cabeza con gesto preocupado.
       —Harrison ha ido a la huelga con el sindicato de chóferes, y yo no sé conducir.
       —¡Vaya, vaya! Así que él también, ¿eh? Bien, cuando aparezca por aquí otra vez Harrison, dígale que se vaya a buscar trabajo a otro sitio.
       —Sí, señor.
       —¿No pertenecerás tú por casualidad al sindicato de mayordomos, eh, Harmmed?
       —No, señor —fue su respuesta—, Y aunque así fuera, yo no abandonaría a mi señor en una situación como esta. No, señor, yo...
       —Está bien, gracias —repuse—. Ahora, prepárate para acompañarme. Conduciré yo mismo. Vamos a pertrecharnos de un buen montón de víveres para resistir el asedio.
       Era el 1.° de mayo y hacía un hermoso día, mucho más hermoso de lo normal en estas fechas. El cielo estaba despejado, no hacía viento, y el aire era ligeramente cálido y fragante. Había muchos automóviles, pero conducidos por sus propios dueños. Las calles estaban llenas, pero tranquilas. La clase trabajadora, endomingada, había salido a tomar el aire y a observar los efectos de la huelga. Todo era tan insólito y, sin embargo, tan pacífico, que yo mismo me encontraba a gusto en aquel ambiente. Sentía un leve cosquilleo de emoción en mis nervios. Era una especie de plácida aventura. Me crucé con la señorita Chickering, que iba al volante de su descapotable. Al verme, dio la vuelta y vino tras de mí, alcanzándome en la esquina.
       —¡Señor Cerf! —me gritó—. ¿Sabe dónde puedo conseguir velas? He estado en una docena de tiendas, pero se les han agotado. Es terrible, ¿no cree?
       Sin embargo, sus ojos brillantes desmentían sus palabras. Como el resto de nosotros, se veía que estaba disfrutando enormemente. La búsqueda de las velas era todo un acontecimiento. Hasta que no atravesamos la ciudad y nos metimos en el barrio obrero al sur de Market Street no fuimos capaces de encontrar pequeños comercios que no hubieran agotado las existencias. La señorita Chickering pensó que una caja sería suficiente, pero yo la convencí para que comprase cuatro. Mi automóvil era grande, así que cargué con una docena de cajas. Era imposible saber cuánto tiempo tardaría en solucionarse la huelga.
       También llené el coche de sacos de harina, levadura, botes de conservas y de todos los artículos de uso corriente que me sugería Harmmed, quien se afanaba con las compras cloqueando como una vieja gallina inquieta.
       Lo más extraordinario de aquel primer día de huelga fue que nadie vislumbró realmente su gravedad. Se consideró absurdo el anuncio hecho en la prensa matinal por las organizaciones laborales, según el cual estaban dispuestas a parar un mes o tres meses, lo que hiciera falta. Y, sin embargo, desde aquel primer día podíamos haber sospechado la verdad si hubiéramos reparado en el hecho de que la clase trabajadora no participaba prácticamente en la apresurada carrera para adquirir provisiones. ¡Claro que no! Durante semanas y meses, con disimulo y en secreto, toda la clase obrera había estado almacenando sus suministros particulares. Esta era la razón por la que se nos permitía comprar hasta agotar las existencias de las pequeñas tiendas de sus barrios.
       Hasta mi llegada al club aquella tarde no comencé a sentir los primeros síntomas de alarma. Reinaba una gran confusión; no había aceitunas para los aperitivos y el servicio dejaba mucho que desear. La mayoría de los socios estaba furiosa; y todos estaban preocupados. Una multitud de voces me saludó al entrar. En el salón de fumadores, el general Folsom mecía su enorme barriga en su asiento junto a la ventana, mientras se defendía de media docena de alterados caballeros que le pedían que hiciese algo.
       —¿Qué puedo hacer más de lo que ya he hecho? —se lamentaba—. No hay órdenes de Washington. Si alguno de ustedes es capaz de conseguirme comunicación, yo estoy dispuesto a obedecer. Pero no veo qué se pueda hacer. Lo primero que he hecho esta mañana al enterarme de la huelga ha sido llamar a las tropas del Presidio: tres mil soldados. Están vigilando los bancos, la Casa de la Moneda, Correos y todos los edificios públicos. No se ha registrado ningún desorden. Los huelguistas mantienen una actitud absolutamente pacífica. ¡No pretenderán que mande disparar contra ellos mientras pasean por las calles con sus esposas e hijos, todos peripuestos!
       —Me gustaría saber qué está pasando en Wall Street —le oí decir a Jimmy Wombold, al pasar junto a él. Podía imaginarme perfectamente su preocupación, porque sabía que estaba metido hasta el cuello en la gran transacción del Consorcio Occidental.
       —¡Oye, Cerf! —dijo Atkinson, abordándome precipitadamente—. ¿Funciona tu coche?
       —Sí —le respondí—, ¿pero qué le pasa al tuyo?
       —Averiado, y los talleres están todos cerrados. Y mi esposa se ha quedado bloqueada al otro lado de la bahía, creo que en algún lugar cerca de Truckee. No he podido comunicarme con ella por más que lo he intentado. Debería haber llegado esta tarde. Puede que esté muriéndose de hambre. Préstame tu coche.
       —No podrás atravesar la bahía —intervino Halsted—. Los transbordadores no funcionan. Pero te diré lo que puedes hacer. Allí está Rollinson..., ¡eh, Rollinson, ven un momento! Atkinson quiere ir con un coche al otro lado de la bahía. Su mujer está atascada en Truckee. ¿No podrías traer la Lurlette desde Tiburón para trasladar su automóvil al otro lado?
       La Lurlette era un goleta de recreo oceánica de doscientas toneladas.
       Rollinson movió negativamente la cabeza:
       —No podría conseguir ningún estibador para subir el coche a bordo, aun en el caso de que lograse traer la Lurlette a este lado, cosa que ni siquiera puedo, pues la tripulación pertenece al Sindicato Litoral Marinero y está en huelga, como los demás.
       —Pero mi esposa puede estar muriéndose de hambre —oí que se lamentaba Atkinson mientras yo proseguía mi camino.
       Al otro extremo del salón de fumadores encontré a un grupo de socios furiosos y exaltados que rodeaban a Bertie Messener. Y Bertie les estaba provocando y aguijoneándoles con su cínico y desapasionado estilo. A Bertie no le preocupaba la huelga; a él, en realidad, nada le preocupaba demasiado. Todo le daba igual..., al menos todas las cosas agradables de la vida; porque las desagradables no le atraían. Su fortuna se valoraba en veinte millones, toda en inversiones seguras, y jamás en su vida había hecho nada de provecho, pues todo lo había heredado de su padre y de dos tíos. Había estado en todas partes, había visto todo lo que había que ver, y había experimentado todo, excepto casarse, y ello a pesar de los decididos y porfiados asedios de cientos de ambiciosas mamás. Durante años había sido la pieza más codiciada; pero, hasta el momento, había esquivado la trampa. Era un partido escandalosamente deseable. Además de poseer una considerable fortuna, era joven y guapo, y, como acabo de decir, decente. Era un atleta, un joven dios rubio, capaz de realizar cualquier cosa a la perfección, salvo el matrimonio. Y todo le dejaba indiferente. Carecía de ambiciones, pasiones o deseos de llevar a cabo incluso lo que él era capaz de hacer mejor que nadie.
       —¡Esto es una sedición! —gritaba un hombre del grupo. Otro lo calificaba de rebelión y revolución, en tanto que un tercero lo tildaba de anarquía.
       —Pues yo no lo veo así —intervino Bertie—. He pasado toda la mañana en la calle. Reina un orden perfecto. Jamás he visto una plebe más respetuosa con la ley. De nada sirve insultarla. No es nada de lo que decís. Es simplemente lo que pretende ser: una huelga general. Y ahora, señores, les toca a ustedes jugar.
       —¡Y vaya si jugaremos! —exclamó Garfield, uno de los millonarios de la industria de tractores—. ¡Vamos a enseñar a esas sucias bestias el lugar que les corresponde! Espera a que el gobierno se haga cargo de la situación.
       —¿Pero dónde está el gobierno? —interrumpió Bertie—. Lo mismo podía estar en el fondo del mar, por lo que a vosotros se refiere. No sabéis lo que está ocurriendo en Washington. No sabéis siquiera si existe gobierno o no.
       —¡No te preocupes por eso! —saltó Garfield.
       —Te aseguro que no estoy preocupado —añadió Bertie con languidez—. Pero me temo que vosotros sí que lo estáis. Mírate en el espejo, Garfield.
       Garfield no obedeció; pero, de haberlo hecho, hubiera podido contemplar a un caballero sumamente alterado, con el cabello gris revuelto, el rostro encendido, la boca hosca y rencorosa, y un brillo amenazador en la mirada.
       —Os digo que no hay derecho —dijo el pequeño Hanover; y, a juzgar por el tono, pensé que lo habría repetido ya varias veces.
       —Bueno, Hanover, ya está bien —dijo Bertie—, Muchachos, me aburrís. Todos estáis por la libre empresa. Me tenéis mareado con vuestro constante sermoneo sobre la libertad comercial y el derecho al trabajo. ¡Siempre con la misma cantinela! El obrero no está haciendo nada malo al declarar esta huelga general. No infringe ninguna ley divina ni humana. Tú no hables, Hanover. Llevas ya mucho tiempo predicando el derecho divino a trabajar..., o a no trabajar, según te convenga. De modo que no puedes escapar a sus consecuencias. Todo esto no es más que una pequeña pelea, sucia y sórdida. Siempre que habéis tenido al obrero debajo, le habéis explotado; y ahora que él os tiene a vosotros y os aprieta, no paráis de protestar.
       Todo el grupo prorrumpió en indignadas protestas al escuchar que alguna vez se hubiera exprimido al obrero.
       —¡No, señor! —se defendía Garfield—. Hemos hecho todo por el obrero. Lejos de oprimirle, le hemos dado la oportunidad de vivir. Hemos creado trabajo para él. ¿Cómo estaría ahora, si no fuera por nosotros?
       —Mucho mejor, sin comparación —adujo Bertie, burlón—. Le habéis humillado y explotado cada vez que habéis tenido ocasión, y hasta os habéis molestado en crear las ocasiones.
       —¡No, no! —protestaron a coro.
       —Aquí mismo, en San Francisco, tuvo lugar la huelga de camioneros —continuó Bertie, imperturbable—. Fue la patronal quien precipitó aquella huelga. Lo sabéis perfectamente. Y también sabéis que yo lo sé, porque en este mismo lugar he oído conversaciones e informaciones confidenciales sobre el conflicto. Primero promovisteis la huelga y luego comprasteis al alcalde y al jefe de Policía para que acabasen con ella. Un bonito espectáculo, vosotros, tan filántropos, haciendo morder el polvo a los camioneros y, encima, pisándoles.
       »¡Un momento! Aún no he acabado. El año pasado, sin ir más lejos, la candidatura obrera de Colorado eligió un gobernador que nunca llegó a tomar posesión. Vosotros sabéis bien por qué. La manera como lo resolvieron vuestros caritativos hermanos y capitalistas de Colorado. Fue un caso más de poner la zancadilla al obrero y pisotearlo. Al presidente de la Unión de Asociaciones Mineras del Sudoeste le tuvisteis tres años en la cárcel valiéndoos de falsas acusaciones de asesinato, y una vez fuera de la circulación, os aprovechasteis para deshacer la Unión. Reconoceréis que eso se llama oprimir al obrero. La tercera vez que se declaró inconstitucional el impuesto gradual fue un acto de despotismo. Y lo mismo el proyecto de ley de ocho horas que rechazasteis en el último congreso.
       »Pero, de todos los constantes actos de opresión inmoral, el de la destrucción del principio de acuerdo patronal-sindicato fue el colmo. Sabéis perfectamente cómo se hizo. Comprasteis a Farburg, el último presidente de la Federación Norteamericana de Trabajo. Era vuestro peón..., o el peón de los monopolios y patronales, que es lo mismo. Provocasteis la huelga sobre el gran acuerdo patronal-sindicato. Farburg traicionó esa huelga y ganasteis, con lo cual la vieja Federación Norteamericana de Trabajo se desmoronó. Vosotros la destruisteis, muchachos; pero, al hacerlo, os buscasteis vuestra propia ruina, porque sobre sus escombros se construyó la ILW, la organización obrera más grande y más sólida que jamás se haya conocido en los Estados Unidos. Y vosotros sois los responsables de su existencia y de esta huelga general de ahora. Aniquilasteis las viejas federaciones y empujasteis al obrero a la ILW, y ahora esta ha convocado la huelga general, tratando todavía de lograr el acuerdo patronal-sindicato. Y aún tenéis el cinismo de decirme cara a cara que nunca habéis humillado ni oprimido al obrero. ¡Vamos, hombre!
       Esta vez no hubo protestas. Garfield prorrumpió en un tono de autodefensa:
       —No hemos hecho nada que no nos viésemos obligados a hacer, si queríamos ganar.
       —Respecto a eso, no tengo nada que objetar —respondió Bertie—. Lo que me molesta es que os estéis quejando ahora porque os hayan dado a probar vuestra propia medicina. ¿Cuántas huelgas habéis ganado rindiendo al obrero por el hambre? Bien, los trabajadores han ideado un plan para rendiros a vosotros de la misma manera. Quieren el acuerdo, y si lo pueden conseguir haciéndoos pasar hambre, os dejarán sin comida.
       —Tú también te has aprovechado de esos actos de opresión de que hablas —terció Brentwood, uno de los abogados más astutos y marrulleros de nuestra compañía—. El beneficiario tiene tanto delito como el ladrón —comentó, burlón—. No participaste en la opresión, pero bien te aprovechaste de ella.
       —La cuestión no es esa, Brentwood —repuso Bertie—. Cometes el mismo error que Hanover al introducir el elemento moral. Yo no he dicho que se trate de algo bueno o malo. Lo que digo es que es un juego lamentable, y mi única objeción es a que os pongáis a chillar ahora que estáis debajo y os están pisando. Claro que he sacado provecho de la opresión, y, gracias a vosotros, sin tener siquiera que ensuciarme las manos. Vosotros lo habéis hecho por mí... Podéis creerme, no porque yo sea más virtuoso que vosotros, sino porque mi querido padre y sus dos hermanos me dejaron un montón de dinero con el que pagar el trabajo sucio.
       —Si pretendes insinuar... —comenzó a decir Brentwood vivamente.
       —Un momento, no te pongas tan digno —le interrumpió Bertie con insolencia—. De nada sirve hacerse el puritano en esta cueva de ladrones. Las palabras grandilocuentes están bien para los periódicos, las asociaciones juveniles y las catequesis: eso forma parte del juego. Pero, ¡por el amor de Dios!, aquí todos nos conocemos. Tú sabes tan bien como yo los chanchullos que se hicieron en la huelga de la construcción el pasado otoño: quién puso el dinero, quién hizo el trabajo y quién se aprovechó de ello —Brentwood enrojeció de ira—. Pero aquí estamos todos enfangados, y lo mejor que podemos hacer es dejarnos de moralismos. Insisto: hay que jugar la partida, jugarla hasta el final; pero, por favor, no os lamentéis cuando os toque las de perder.
       Cuando me alejé del grupo, Bertie había comenzado a esgrimir un nuevo argumento, atormentándoles ahora con los aspectos más graves de la situación, señalando la escasez de víveres que estaba empezando a dejarse sentir y preguntándoles qué pensaban hacer para remediarlo. Poco después me lo encontré en el vestíbulo y le llevé a casa en mi coche.
       —Ha sido un buen golpe esta huelga general —comentó mientras circulábamos entre el pacífico gentío que abarrotaba las calles—. Ha sido una jugada maestra. El obrero nos ha pillado desprevenidos y nos ha pegado en el punto más débil: el estómago. Me voy a largar de San Francisco, Cerf. Sigue mi consejo y márchate también. Vete al campo, a cualquier sitio. Allí habrá más posibilidades. Hazte con una buena provisión de víveres y vete a una cabaña, o con una tienda de campaña a cualquier parte. En esta ciudad, la gente como nosotros pronto pasará hambre.
       Nunca imaginé cuánta razón tenía Bertie Messener. En mi fuero interno pensé que era un alarmista. Por mi parte, estaba dispuesto a quedarme a ver la fiesta. Después de dejarle, en lugar de ir directamente a casa, me fui en busca de más alimentos. Con gran sorpresa, me enteré de que las pequeñas tiendas donde había comprado por la mañana habían agotado sus existencias. Amplié mi búsqueda hasta el Potrero, y allí tuve la suerte de encontrar otra caja de velas, dos sacos de harina de trigo, diez libras de harina sin refinar (que servirían para la servidumbre), una caja de latas de maíz y dos de tomate envasado. Parecía que íbamos a atravesar una temporada de escasez de suministros, y me felicité por el sustancioso avituallamiento que había conseguido.

       A la mañana siguiente tomé el café en la cama, como de costumbre, y, más que la leche, eché de menos el periódico. Era la falta de información sobre lo que estaba sucediendo en el mundo lo que más duro me resultaba. En el club apenas había noticias. Rider había logrado atravesar desde Oakland en su embarcación y Halsted había llegado hasta San José y regresado en su automóvil. Fueron ellos los que nos informaron de que en aquellos lugares las condiciones eran las mismas que en San Francisco. Todo estaba paralizado por la huelga. Las clases acomodadas habían agotado las existencias de los ultramarinos. Y reinaba un orden perfecto. Pero ¿qué estaba sucediendo en el resto del país? ¿En Chicago? ¿Nueva York? ¿Washington? Lo más probable era que pasase lo mismo que aquí: esa era nuestra conclusión; pero el hecho de no saberlo con absoluta certeza resultaba irritante.
       El general Folsom pudo aportar alguna información. Se había intentado utilizar operadores del ejército en las oficinas de telégrafo, pero habían cortado los cables en todas las direcciones. Aquel era, hasta la fecha, el único acto ilegal cometido por los trabajadores, y el general estaba completamente convencido de que se trataba de una acción acordada de antemano. Se había puesto en contacto por radio con la guarnición de Benicia, ya que los soldados patrullaban allí a todo lo largo de las líneas telegráficas hasta Sacramento. Una de las veces, durante un instante, recibieron la llamada de Sacramento, pero los cables, en algún lugar, habían sido cortados de nuevo. El general pensaba que se estaban llevando a cabo a través de todo el país intentos similares de restablecer las comunicaciones por parte de las autoridades, pero se mostró evasivo en cuanto a la posibilidad de que el plan fructificara. Lo que le preocupaba era el corte de los cables, pues ello le hacía pensar que se trataba de un sabotaje de los trabajadores. Asimismo lamentaba que el gobierno no hubiera establecido hacía tiempo la proyectada red de estaciones de radio.
       Pasaron los días y por algún tiempo se instaló la rutina. No sucedía nada. La llama del interés parecía haberse extinguido. Las calles habían perdido su animación. La clase trabajadora había dejado de acudir al centro de la ciudad para ver cómo nos tomábamos la huelga. Y tampoco circulaban tantos automóviles. Los talleres de reparación y los garajes estaban cerrados, de manera que cuando se averiaba un coche quedaba completamente inutilizado. El embrague del mío se estropeó y no pude lograr que me lo repararan. Ahora, como al resto de los mortales, no me quedaba más remedio que caminar. San Francisco languidecía, y desconocíamos lo que estaba sucediendo en el resto del país. No obstante, a partir del hecho mismo de nuestra ignorancia, podíamos concluir que todo estaba tan desolado como aquí. De cuando en cuando, la ciudad aparecía llena de carteles con las reivindicaciones de las organizaciones obreras, carteles impresos con meses de anticipación, que evidenciaban la meticulosidad con que la ILW había proyectado la huelga. Todos los detalles habían sido previstos de antemano. Todavía no se había llegado a la violencia, con la excepción de los disparos efectuados por los soldados contra unos pocos que cortaban cables; pero los habitantes de los barrios bajos estaban pasando hambre, y su situación presagiaba tumultos.
       Los hombres de negocios, los millonarios y la clase profesional convocaban asambleas y presentaban propuestas, pero no había manera de que se hicieran públicas. Ni siquiera podían imprimirlas. Uno de los resultados de estas asambleas, no obstante, fue pedir al general Folsom que el ejército ocupase todos los almacenes y depósitos de harina, grano y víveres. Era una medida que se había hecho esperar, ya que las privaciones se estaban dejando sentir en las casas acomodadas, y las colas de pan se imponían. Sé que mis criados comenzaban a andar cariacontecidos, y eran sorprendentes los estragos que hacían en mis reservas de alimentos. De hecho, como posteriormente deduje, cada uno de los sirvientes se dedicaba a robarme para reunir en secreto su propio acopio de provisiones.
       Pero con la creación de colas de pan surgieron nuevos conflictos. La reserva de alimentos en San Francisco era limitada y, en el mejor de los casos, no podía durar mucho. Sabíamos que las organizaciones obreras contaban con sus propios suministros; sin embargo, todos los obreros se pusieron a hacer colas. De este modo, las provisiones que el general Folsom había expropiado disminuyeron con peligrosa rapidez. ¿Cómo iban a distinguir los soldados entre un modesto individuo de la clase media, un miembro de la ILW o alguien de los barrios populares? Tanto los primeros como los últimos tenían que ser alimentados; pero los soldados no conocían a todos los hombres de la sindical, y mucho menos a sus esposas e hijos. Identificados por los patronos, algunos sindicalistas fueron expulsados de las colas; pero eso y nada era lo mismo. Para empeorar las cosas, las lanchas gubernamentales que habían estado acarreando alimentos desde los almacenes del ejército de la isla Mare hasta la isla del Angel se encontraron con que ya no quedaba nada que transportar. Desde entonces, los soldados recibieron sus raciones de las provisiones confiscadas, siendo ellos los primeros en obtenerlas.
       El principio del fin estaba cantado. La violencia comenzaba a mostrar su terrible semblante. La ley y el orden empezaban a esfumarse; y lo hacían precisamente entre los más pobres y las clases acomodadas. Los obreros organizados continuaban manteniendo un orden inmejorable. Cierto es que se lo podían permitir, pues disponían de alimentos en abundancia. Recuerdo la tarde en que sorprendí a Halsted y a Brentwood cuchicheando en un rincón del club. Aceptaron mi participación en la aventura. El coche de Brentwood aún funcionaba, y planeaban ir a robar ganado. Halsted tenía un gran cuchillo de carnicero y un machete. Nos dirigimos a las afueras de la ciudad. De trecho en trecho se veían vacas pastando, pero siempre guardadas por sus dueños. Continuamos nuestra búsqueda, circundando la ciudad hacia el este, y en las colinas cercanas a la Punta del Cazador nos encontramos con una vaca vigilada por una niña. Junto a la vaca había también un pequeño ternero. No perdimos el tiempo en contemplaciones. La pequeña se escapó corriendo mientras nosotros matábamos a la vaca. Omito los detalles por su carácter desagradable. No estábamos habituados a tales menesteres e hicimos una degollina.
       Pero cuando estábamos con las manos en la masa, urgidos por el miedo, oímos gritos y vimos que un grupo de hombres venía corriendo hacia nosotros. Abandonamos el botín y pusimos pies en polvorosa. Con gran sorpresa por nuestra parte, no nos persiguieron; pero, al mirar hacia atrás, vimos que estaban despedazando al animal. Su objetivo era el mismo que el nuestro. Decidimos que había bastante para todos y volvimos. La escena que siguió fue indescriptible. En el reparto, disputamos y peleamos como salvajes. Recuerdo que Brentwood se comportó como una auténtica bestia, rugiendo, enseñando los dientes y amenazando con matar a alguien si no nos llevábamos nuestra parte.
       Y cuando estábamos a punto de conseguirla, un nuevo grupo irrumpió en la escena. Esta vez se trataba del temido servicio de orden de la ILW. La niña los había alertado. Iban armados de fustas y garrotes, y eran una veintena. La chiquilla saltaba de furia, y con lágrimas rodándole por las mejillas, gritaba:
       —¡Dadles una paliza! ¡Dadles una paliza! ¡Ese de las gafas, ese fue! ¡Partidle la cara! ¡Partidle la cara!
       El de las gafas era yo, y me partieron la cara, por cierto, aunque tuve la suficiente serenidad para quitármelas antes. La verdad es que nos dieron una buena zurra mientras huíamos en desbandada. Brentwood, Halsted y yo salimos disparados hacia el coche. Brenwood sangraba por la nariz, en tanto que Halsted llevaba en su mejilla un tajo de color escarlata provocado por un tremendo latigazo.
       Pero he aquí que, terminaba la persecución y cuando habíamos ya llegado al coche, nos encontramos con el asustado ternero escondido detrás de él. Brentwood nos pidió que vigilásemos atentamente y, como un lobo o un felino, se acercó cautelosamente al animal. Habíamos perdido el cuchillo y el machete, pero a Brentwood le quedaban aún las manos, y rodó varias veces por el suelo abrazado al pobre animal mientras lo estrangulaba. Lo arrojamos muerto dentro del automóvil, lo cubrimos con un abrigo e iniciamos el regreso. Pero nuestras desgracias no habían hecho más que comenzar. Se nos reventó una rueda. No había manera de repararla y la noche se nos echaba encima. Abandonamos el vehículo. Brentwood caminaba por delante jadeando y tambaleándose, con el ternero cargado a hombros, cubierto con el abrigo. Nos turnábamos para llevar la cría, cuyo peso estuvo a punto de acabar con nosotros. Luego nos perdimos. Y, finalmente, después de vagar sin rumbo, agotados, tropezamos con una pandilla de matones. No eran de la ILW, y supongo que estaban tan hambrientos como nosotros. De todos modos, ellos se llevaron el ternero y nosotros nos quedamos con la paliza. Brentwood se pasó lo que quedaba del camino rabiando y echando pestes como un loco furioso, cosa que además parecía, por sus ropas destrozadas, su nariz hinchada y sus ojos amoratados.
       Después de aquello se acabaron los robos de ganado. El general Folsom mandó a sus soldados que confiscaran todos los animales, y estos, ayudados por la milicia nacional, se comieron la mayor parte de la carne. Pero la culpa no era del general. Su deber era mantener la ley y el orden, y como para ese propósito necesitaba a los soldados, estaba obligado a alimentarlos a ellos en primer lugar.
       Fue por entonces cuando estalló el gran pánico. Las gentes acomodadas emprendieron la huida; luego, los habitantes de los barrios bajos se contagiaron y escaparon atolondrados de la ciudad. El general Folsom estaba satisfecho. Se calculaba que unas doscientas mil almas habían abandonado San Francisco, y en esta misma proporción se había resuelto su problema de suministros. Aún recuerdo aquel día. Por la mañana había comido un mendrugo de pan. Me había pasado media tarde de pie, en la cola del racionamiento, y había regresado a casa de noche, cansado y desfallecido, llevando poco más de un kilo de arroz y una loncha de jamón. Brown me recibió a la puerta con gesto cansado y asustado. Me dijo que todos los criados habían desertado. Sólo él se había quedado. Me sentí conmovido por su fidelidad, y cuando me enteré de que no había probado bocado en todo el día, compartí con él mi exigua ración. Nos comimos la mitad del arroz y la mitad del jamón, dividiéndolo a partes iguales y reservando la otra mitad para el día siguiente. Me fui a la cama con hambre y no pude conciliar el sueño en toda la noche. Por la mañana descubrí que Brown me había abandonado y, para más inri, me había robado lo que quedaba del arroz y del jamón.
       El puñado de socios que aquella mañana se había reunido en el club presentaba un aspecto decaído. No quedaba rastro de la servidumbre. Todos los empleados habían desaparecido. Pude observar asimismo que el servicio de plata se había esfumado, y conocí los detalles del pillaje. No se lo habían llevado los criados, por la sencilla razón, supongo, de que los propios socios del club se habían anticipado. La manera de utilizarlo era simple. Al sur de la calle del Mercado, en las viviendas de los ILW, las mujeres habían proporcionado abundantes comidas a cambio de él. Volví a casa. Efectivamente, toda la plata labrada había desaparecido, excepto un pesado jarrón. Lo envolví y me dirigí con él a hacer la transacción.
       Después de la comida me sentí mejor y regresé al club para conocer novedades. Hanover, Collins y Dakon salían en aquel momento. No había nadie dentro, me dijeron, y me invitaron a unirme a ellos. Se proponían dejar la ciudad utilizando los caballos de Dakon, y me ofrecieron uno que quedaba. Dakon tenía cuatro hermosos caballos de tiro que quería salvar, pues el general Folsom le había comunicado que a la mañana siguiente serían confiscados todos los que había en la ciudad para servir de alimento. No quedaban muchos ya, porque habían soltado a miles y miles de ellos por el campo cuando el heno y la cebada se acabaron en los primeros días. Recuerdo que Birdall, que tenía un negocio de transportes, soltó trescientos caballos de tiro. A un promedio de quinientos dólares cada uno, la cifra había alcanzado los 150.000 dólares. Al principio mantuvo la esperanza de recobrar la mayoría cuando finalizase la huelga, pero finalmente no recuperó ni uno. Se los comió todos la gente que huyó de San Francisco. En este sentido, los caballos y mulas del ejército ya habían comenzado a ser sacrificados.
       Por suerte para Dakon, él tenía almacenado en su establo heno y cebada en abundancia. Nos agenciamos cuatro sillas de montar y encontramos a los animales en excelentes condiciones, aunque poco habituados a la montura. Mientras cabalgábamos por la calles, me acordé del San Francisco del Gran Terremoto; pero el aspecto de este San Francisco era mucho más lamentable. La situación actual no había sido causada por ningún cataclismo natural, sino por la tiranía de las asociaciones obreras. Bajamos por Union Square y pasamos por las zonas de teatros, hoteles y comercios. Las calles estaban desiertas. Aquí y allá se veían automóviles, abandonados en el mismo lugar donde se habían averiado o donde se les había terminado la gasolina. No se apreciaban señales de vida, salvo por algún policía o grupos de soldados que, de trecho en trecho, vigilaban los bancos y edificios públicos. En una ocasión nos encontramos con un obrero de la ILW pegando el último comunicado, y nos detuvimos a leerlo. Decía así:

    «Hemos mantenido una huelga organizada y conservaremos el orden hasta el final. El final llegará cuando se satisfagan nuestras reivindicaciones, y nuestras reivindicaciones serán satisfechas cuando hayamos rendido por el hambre a nuestros patronos, del mismo modo que ellos nos han rendido a nosotros muchas veces en el pasado».

      —Las mismas palabras de Messener —comentó Collins—. Por lo que a mí respecta, yo estoy dispuesto a rendirme con tal de que me den la oportunidad. Hace un siglo que no pruebo una comida decente. Me pregunto cómo sabrá la carne de caballo.
       Nos detuvimos a leer otra proclama:

     «Cuando creamos que los patronos estén dispuestos a rendirse, restableceremos las líneas de telégrafos y pondremos en comunicación a las asociaciones patronales del país. Pero únicamente se les permitirá enviar mensajes relativos a las condiciones de paz».

      Continuando nuestro camino, atravesamos la calle del Mercado y, poco más tarde, cruzábamos los barrios obreros. Aquí las calles no estaban desiertas. Apoyados en los quicios de las puertas o en grupos estaban los obreros de la ILW. Pequeños bien alimentados y contentos se entretenían con sus juegos, mientras robustas comadres cotorreaban sentadas a las puertas. Todos sin excepción nos observaban con aire burlón. Algunos niños, corriendo tras nuestros caballos, gritaban:
       —¡Eh, amigo!, ¿no tiene hambre?
       Y una mujer que estaba dando de mamar a una criatura gritó a Dakon:
       —Oiga, gordito, le ofrezco una comida estupenda a cambio de su jamelgo: jamón, patatas, gelatina de frambuesas, mantequilla de lata y dos tazas de café.
       —¿Te has fijado —me comentó Hanover— que en los últimos días no se ve ni un perro perdido por las calles?
       Me había dado cuenta vagamente, pero sin reparar en ello. Ya iba siendo hora de abandonar la infortunada ciudad. Finalmente logramos alcanzar la carretera de San Bruno, y nos dirigimos hacia el sur. Nuestra meta era mi casa de campo, cerca de Menlo. Pero enseguida comenzamos a descubrir que el campo estaba peor y era mucho más peligroso que la ciudad. En esta, los soldados y la ILW guardaban el orden; en el campo, en cambio, reinaba la anarquía. Doscientas mil personas habían huido de San Francisco en dirección sur, y a la vista estaba que su desbandada había tenido el efecto de una plaga de langostas. Lo habían arrasado todo a su paso. Había habido pillaje y violencia. Aquí y allá se veían cadáveres al borde de la carretera y las ruinas ennegrecidas de las granjas incendiadas. Las vallas habían sido derribadas y las cosechas pisoteadas por la multitud. Las hordas hambrientas habían arrancado las parcelas de hortalizas. Todos los pollos y animales de las granjas habían sido sacrificados. Y lo mismo se podía decir de todas las carreteras principales que partían de San Francisco. En algunos sitios alejados de la carretera, los granjeros se habían defendido con escopetas y revólveres, y aún se mantenían vigilantes. Nos advirtieron que no nos acercásemos y se negaron a hablar con nosotros. Todos los actos de violencia y pillaje habían sido cometidos por los habitantes de los barrios bajos y por las clases altas. Los miembros de la ILW, suficientemente provistos de alimentos, permanecían tranquilos en sus casas de la ciudad.

       Aquella mañana tuvimos pruebas palpables de lo desesperado de la situación. A nuestra derecha oímos gritos y disparos de rifle. Algunas balas silbaron peligrosamente cerca de nosotros. Se escuchó un ruido entre la maleza; a continuación, un magnífico caballo negro de tiro atravesó la carretera delante de nosotros y desapareció. Apenas nos dio tiempo de observar que estaba cojo y ensangrentado. Tres soldados iban tras él, y la persecución continuó entre los árboles de la izquierda. Podíamos oír a los tres soldados llamándose a voces unos a otros. Un cuarto soldado apareció cojeando por la derecha del camino, se sentó en una piedra y se enjugó el sudor de la cara.
       El hombre nos dirigió una sonrisa y nos pidió fuego. Al preguntarle Dakon qué pasaba, nos informó de que los de la milicia estaban desertando.
       —Se ha acabado la comida —nos explicó—. Se la están dando toda a los regulares.
       Por él nos enteramos asimismo de que los prisioneros militares de la isla de Alcatraz habían sido puestos en libertad por la falta de alimentos.
       Nunca olvidaré el espectáculo que encontramos a continuación. Nos tropezamos con él abruptamente, al doblar un recodo de la carretera. Los árboles formaban una bóveda por encima, y el sol se filtraba entre sus ramas. Las mariposas revoloteaban alrededor, y de los campos llegaba el canto de las alondras. Allí, en medio, había un potente automóvil. Y tanto dentro como a su alrededor yacían varios cadáveres. La explicación era evidente. En su huida de la ciudad, los ocupantes habían sido asaltados y saqueados por una banda de criminales de los barrios bajos. El hecho había ocurrido no hacía ni veinticuatro horas. Latas de carne y de frutas recién abiertas explicaban la razón del ataque. Dakon examinó los cuerpos.
       —Me lo imaginaba —nos informó—. Conozco el coche. Era Periton... toda la familia. En adelante, tendremos que andar con más cuidado.
       —Pero nosotros no tenemos comida que les induzca a agredirnos —objeté yo.
       Dakon señaló mi montura y comprendí. Por la mañana, el caballo de Dakon había perdido una herradura. El delicado casco se había abierto y, al mediodía, el animal cojeaba. Dakon no quería seguir montándolo, pero tampoco quería abandonarlo. De modo que, a petición suya, nosotros continuamos. Él llevaría el caballo de la brida y se reuniría con nosotros en mi casa. Fue la última vez que lo vimos. Nunca supimos su fin.

       A la una llegamos al pueblo de Menlo, o más bien a lo que había sido su emplazamiento, ya que estaba en ruinas. Los cadáveres yacían por doquier. La zona comercial, así como la residencial, habían sido totalmente devastadas por el fuego. Aquí y allá alguna vivienda resistía todavía, pero no había manera de acercarse a ellas. Cuando nos aproximábamos demasiado, disparaban contra nosotros. Encontramos a una mujer rebuscando entre las ruinas humeantes de su casa. Primero habían asaltado los almacenes, nos contó; y mientras hablaba, podíamos imaginarnos a aquella hambrienta turba, salvaje y enloquecida, arrojarse sobre el puñado de habitantes de la localidad. Ricos y pobres habían luchado a brazo partido por la comida, y luego unos contra otros cuando la tenían en su poder. Nos enteramos de que el pueblo de Palo Alto y la Universidad de Stanford habían sufrido la misma suerte. Ante nosotros se extendía una desolada tierra devastada, y creímos prudente tomar una desviación hacia mi casa. Esta se hallaba a tres millas al oeste, agazapada entre las primeras lomas al pie de las montañas.
       Mas, a medida que avanzábamos, vimos que la ruina no se limitaba a las principales rutas. La vanguardia del éxodo había transitado por las carreteras, saqueando a su paso los pequeños pueblos, mientras que los que venían detrás se habían dispersado y barrido toda la campiña como una gigantesca escoba. Mi casa estaba construida con hormigón, mampostería y tejas, y por ello se había librado del fuego, aunque el interior estaba completamente destruido. Encontramos el cadáver del jardinero en el molino de viento, rodeado de cartuchos vacíos de escopeta. Se había defendido con bravura. Pero no vimos rastro alguno de los dos braceros italianos ni del ama de llaves y su marido. No quedaba bicho viviente. Terneros, potros, aves de corral y los purasangre, todo había desaparecido. La cocina y la chimenea donde la chusma había cocinado eran un desastre, en tanto que los abundantes restos de hogueras en el exterior atestiguaban la gran cantidad de gente que había comido y pasado allí la noche. Y lo que no habían consumido se lo habían llevado consigo. No quedaba ni un solo bocado para nosotros.
       El resto de la noche lo pasamos esperando en vano a Dakon, y por la mañana ahuyentamos con nuestros revólveres a media docena de merodeadores. Luego sacrificamos uno de los caballos, guardando para el futuro la carne sobrante. Por la tarde, Collins salió a dar un paseo y no regresó. Esto fue demasiado para Hanover. Estaba decidido a huir inmediatamente, y a duras penas pude persuadirle de que esperase hasta el amanecer. Por mi parte, convencido de que el fin de la huelga estaba cerca, resolví regresar a San Francisco. Así pues, a la mañana siguiente nos separamos, y mientras Hanover se dirigía al sur con cincuenta libras de carne atadas sobre su montura, yo, con una carga similar, me dirigí hacia el norte. El pequeño Hanover logró salir indemne, y hasta el fin de sus días sé que continuará aburriendo a todo el mundo con el relato de sus peripecias.
       En cuanto a mí, regresando a la carretera principal, logré llegar hasta Belmont, donde tres milicianos me despojaron de la carne que llevaba. La situación no había cambiado, me dijeron, sino que iba de mal en peor. Los de la ILW tenían a buen recaudo provisiones suficientes para resistir varios meses más, si fuera necesario. Cuando conseguí alcanzar Badén, un grupo de doce hombres me robaron el caballo. Dos de ellos eran policías de San Francisco, y el resto soldados regulares. Esto era mala señal. La situación debía ser crítica para que los regulares empezasen a desertar. No había hecho más que reanudar mi camino a pie, cuando ya tenían ellos una hoguera encendida y el último de los caballos de Dakon yacía en el suelo, muerto.
       Quiso el destino que me torciese un tobillo y sólo consiguiera llegar a la zona sur de San Francisco. Allí pasé la noche, en un cobertizo, tiritando de frío y ardiendo de fiebre al mismo tiempo. Dos días estuve tendido en aquel lugar, demasiado enfermo para moverme, y al tercero, mareado y tambaleante, valiéndome de una muleta improvisada, me dirigí con paso vacilante hacia el centro de la ciudad. Estaba débil también, pues llevaba un tiempo sin probar bocado. Fue un día de tormento y pesadilla. Como en un sueño, me crucé con cientos de soldados regulares que caminaban sin rumbo en dirección contraria, y muchos policías con sus familias, organizados en caravanas para protegerse mutuamente.
       Al entrar en San Francisco recordé la casa del obrero en la que había cambiado el jarrón de plata, y hacia allí me guió el hambre. Estaba oscureciendo cuando llegué. Di la vuelta por el callejón y al subir a gatas los escalones de la puerta de atrás me desplomé, mas con la ayuda de la muleta logré golpear la puerta. Luego debí desvanecerme, porque volví en mí en la cocina. Tenía la cara empapada y un trago de whisky corría por mi garganta. Me atraganté y balbuceé tratando de hablar. Comencé a decir algo acerca de que no me quedaban más jarrones de plata, pero que les pagaría después si me daban algo de comer. Pero el ama de casa me interrumpió:
       —¡Pero hombre de Dios! —exclamó—. ¿No se ha enterado? La huelga se ha terminado esta tarde. Claro que le daré algo de comer.
       Y se dispuso a abrir apresuradamente una lata de beicon y a freírlo.
       —Por favor, deme una loncha para comerla ahora mismo —supliqué; y mientras comía la carne cruda sobre una rebanada de pan, el marido me explicó que habían sido aceptadas las reivindicaciones de la ILW. Se habían restablecido las líneas de telégrafos poco después de mediodía, y las asociaciones patronales se habían rendido en todo el país. Aunque no quedaba ningún patrono en San Francisco, el general Folsom había hablado por ellos. Los trenes y barcos comenzarían a funcionar por la mañana, y lo mismo ocurriría con todo lo demás, tan pronto como pudiera restablecerse la red.
       Y así acabó la huelga general. No quiero volver a vivir ninguna otra. Fue peor que una guerra. La huelga general es algo cruel e inmoral. La mente humana debería ser capaz de organizar la industria de una manera más racional. Harrison sigue siendo mi chófer. Una de las condiciones de la ILW fue que todos sus afiliados fuesen reintegrados a sus anteriores empleos. Brown nunca volvió, pero el resto de los criados continúan conmigo. No tuve el valor de despedirlos. Todos se han inscrito en la ILW. La tiranía de las organizaciones obreras se está convirtiendo en algo humanamente insoportable. ¡Es necesario hacer algo!




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