Jack London
(San Francisco, California, 1876 – Glen Ellen, California, 1916)


Koolau y el leproso (1908)
(“Koolau the Leper”)
Originalmente publicado en The Pacific Monthly, 22 (diciembre de 1909), págs. 569-578;
The House of Pride
(Nueva York: Macmillan Company, 1912, 232 págs.)



      —Nos privan de la libertad porque estamos enfermos. Hemos acatado la ley. No hemos hecho nada malo. Y, sin embargo, nos encierran en una prisión. Molokai es una cárcel. Vosotros lo sabéis. Ahí tenéis a Niuli. Mandaron a su hermana a Molokai hace siete años. Desde entonces no ha vuelto a verla ni volverá a verla jamás. Seguirá allí hasta que muera. No por voluntad propia, ni por voluntad de Niuli, sino por voluntad de los blancos que gobiernan el país. Y ¿quiénes son esos blancos?
       Sí, lo sabemos. Nos lo han dicho nuestros padres y los padres de nuestros padres. Llegaron como corderos y con buenas palabras. No tenían más remedio que decir buenas palabras porque éramos muchos y fuertes y las islas eran nuestras. Como os digo, vinieron con buenas palabras. Los había de dos clases. Unos pidieron permiso, nuestro gracioso permiso, para predicar la palabra de Dios. Los otros solicitaron permiso, nuestro gracioso permiso, para comerciar. Aquello fue el comienzo. Hoy todas las islas son suyas. Las tierras, los rebaños, todo les pertenece. Los que predicaban la palabra de Dios y los que predicaban la palabra del ron se han unido y se han convertido en jefes. Viven como reyes en casas de muchas habitaciones con multitud de criados que les sirven Los que no tenían nada, ahora son dueños de todo, y si vosotros, o yo o cualquier canaca tiene hambre, fruncen el ceño y le dicen: ¿Por qué no trabajas? Ahí tienes las plantaciones.
       Koolau hizo una pausa. Levantó la mano y con dedos sarmentosos y contrahechos alzó la guirnalda llameante de hibiscos que coronaba sus negros cabellos. La luz de la luna bañaba de plata la escena. Era una noche pacífica aunque los que estaban sentados en torno suyo parecían supervivientes de una encarnizada batalla. Sus rostros eran leoninos. Aquí se abría un vacío donde antes hubiera una nariz, y allá surgía un muñón en el lugar de una mano. Eran hombres y mujeres, treinta en total, desterrados porque en ellos llevaban la marca de la bestia.
       Estaban sentados, adornados con guirnaldas de flores, en medio de la noche perfumada y luminosa. Sus labios articulaban ásperos sonidos y sus gargantas aprobaban con gruñidos toscos las palabras de Kolau. Eran criaturas que una vez fueran hombres y mujeres, pero que habían dejado de serlo. Eran monstruos, caricaturas grotescas en el rostro y en el cuerpo de todo lo que caracteriza al ser humano. Horriblemente mutilados y deformes, semejaban seres torturados en el infierno a lo largo de milenios. Sus manos, si las tenían, eran como garras de arpías. Sus rostros eran anomalías, errores, formas machacadas y aplastadas por un dios furioso encargado de la maquinaria de la vida. Aquí y allá se adivinaban rasgos que aquel dios colérico había casi borrado. Una mujer lloraba lágrimas abrasadoras que brotaban de dos horribles pozos gemelos abiertos en el lugar que un día ocuparon dos ojos. Unos cuantos de entre ellos padecían horribles dolores y de sus pechos surgían gemidos roncos. Otros tosían con un crujido suave que recordaba el rasgar de un papel de seda. Dos de ellos eran idiotas, enormes simios desfigurados desde su factura de tal modo que un mono a su lado habría parecido un ángel. Hacían muecas y farfullaban a la luz de la luna, bajo coronas de flores doradas que comenzaban a perder su lozanía. Uno de aquellos seres, cuyo lóbulo hinchado ondeaba como un abanico sobre su hombro, arrancó una espléndida flor naranja y escarlata y decoró con ella la enorme oreja que aleteaba con cada movimiento de su cuerpo.
       Sobre estas criaturas reinaba Koolau y aquéllos eran sus dominios, una garganta ahogada por las flores, una garganta sembrada de riscos y peñascos, de la que surgían, para quedar después flotando en el espacio, los balidos de las cabras salvajes. La cerraban por tres lados murallas de roca festoneadas con fantásticos cortinajes de vegetación tropical y horadadas por entradas a cuevas, guaridas de los súbditos de Koolau. En dirección al mar el suelo se despeñaba hacia un tremendo abismo del que sobresalían, allá abajo, crestas de picos y peñascos en torno a cuyas bases espumeaba y rugía el oleaje del Pacífico.
       Con buen tiempo los barcos podían arribar a la playa rocosa que marcaba la entrada al Valle de Kalalau, pero muy bueno había de ser el tiempo para ello. Y un montañero experto podía quizá trepar desde la playa hasta lo más profundo del valle, hasta la cavidad rodeada de riscos donde reinaba Koolau, pero experto en extremo había de ser el montañero y muy bien tenía que conocer aquellos senderos agrestes. Lo asombroso era que los súbditos de Koolau, aquella escoria humana, hubieran sido capaces de arrastrar su inútil miseria por caminos vertiginosos para llegar a aquel lugar inaccesible.
       —Hermanos —comenzó Koolau.
       Pero uno de los travestís simiescos y quejumbrosos emitió en aquel momento una risa salvaje de demente, y Koolau se interrumpió hasta que el eco de la desenfrenada carcajada, tras rebotar en las murallas rocosas, fue a perderse en la distancia a través de la noche sin pulso.
       —Hermanos, ¿no os parece raro? Nuestras eran las tierras y he aquí que ya no son nuestras. ¿Qué nos dieron a cambio los que predicaban la palabra de Dios y del ron? ¿Alguno de vosotros ha recibido un dólar, un dólar siquiera, por sus propiedades? Y, sin embargo, ahora todo les pertenece a ellos y a cambio nos dicen que podemos ir a trabajar la tierra, sus tierras, y que lo que produzcamos con nuestro trabajo será suyo. Antes ni siquiera teníamos que trabajar y ahora, cuando estamos enfermos, nos quitan la libertad.
       —¿Quién trajo nuestro mal, Koolau? —preguntó Kiloliana, un hombre seco y nervudo de rostro tan semejante al de un fauno reidor que lo natural hubiera sido ver pezuñas hendidas bajo su cuerpo. Y eran hendidos sus pies, es cierto, pero las hendiduras eran úlceras y putrefacciones vivas. Y, sin embargo, aquél era Kiloliana, el trepador más osado de todos, el hombre que conocía los senderos de cabras y que había guiado a Koolau y a sus maltrechos seguidores hasta los escondrijos más recónditos de Kalalau.
       —Buena pregunta —respondió Koolau—. No quisimos trabajar los campos de caña de azúcar en que una vez pastaron nuestros caballos y por eso trajeron esclavos chinos de allende los mares. Y con ellos llegó el mal que nosotros padecemos y por el cual nos encierran en Molokai. Nacimos en Kauai. Hemos estado en otras islas, en Oahum, en Mauim, en Hawai, en Honolulú, y, sin embargo, hemos vuelto a Kauai. ¿Por qué? Tiene que haber un motivo. Y es que amamos esta tierra. Hemos nacido aquí y aquí hemos vivido. Y moriremos aquí a menos… a menos que haya débiles de corazón entre nosotros. A ésos no los queremos. Para ellos se ha hecho Molokai. Si es que aquí hay algún cobarde, que no siga entre nosotros. Mañana desembarcan los soldados. Que bajen a su encuentro los tímidos de corazón. Los enviarán inmediatamente a Molokai. Los demás nos quedaremos y lucharemos. Y sabed que no hemos de morir. Tenemos rifles. Conocéis los angostos senderos por los que han de trepar los hombres, uno a uno. Yo, Koolau, que fui una vez vaquero en Niihau, puedo defender el paso sólo contra un millón de hombres. Escuchad a Kapalei que fue juez y hombre de honor y hoy no es más que una rata acosada como vosotros. Oídle. Es un hombre sabio.
       Kapalei se levantó. Había sido juez, había estudiado en la Universidad de Punahou y se había sentado a la mesa con caballeros, con jefes y con los representantes de potencias extranjeras que protegían los intereses de comerciantes y misioneros. Tal había sido Kapalei. Pero ahora, como acababa de decir Koolau, no era más que una rata acosada, una criatura fuera de la ley, tan hundida en el cenagal del horror que se hallaba por encima, tanto como por debajo, de la legalidad. En su rostro no quedaban más rasgos que unos profundos orificios y dos ojos sin párpados que ardían bajo unas cejas lampiñas.
       —No busquemos pendencia —comenzó—. Les hemos pedido que nos dejen vivir en paz. Si no lo hacen, la culpa será suya y suyo será el castigo. No tengo dedos, como veis —alzó los muñones que habían sustituido a sus manos para que los vieran todos—, pero me queda la falange de un pulgar que puede apretar un gatillo con la misma firmeza con que disparaba su vecino desaparecido. Amamos Kauai. Vivamos o muramos aquí, pero no vayamos nunca a la prisión de Molokai. Esta enfermedad no es nuestra. No hemos pecado. Los hombres que predicaban la palabra de Dios y los que predicaban la palabra del ron trajeron este mal con los esclavos chinos que trabajan las tierras robadas. He sido juez. Conozco esta tierra y conozco la justicia y os digo que es injusto robar a un hombre, que es injusto hacerle contraer el mal chino y confinarle luego en una prisión para el resto de sus días.
       —La vida es corta y las horas están llenas de dolor —dijo Koolau—. Bebamos, bailemos y seamos lo más felices que podamos.
       De uno de los cubiles rocosos sacaron calabazas, llenas de la ardiente destilación de la raíz del ti, que circularon entre los reunidos. Y en tanto que el fuego líquido maldecía al atravesar sus cuerpos y trepaba a sus cerebros, aquellas criaturas olvidaron que habían dejado de ser hombres y mujeres porque otra vez se consideraron tales. La que lloraba lágrimas ardientes que brotaban de simas abiertas en el lugar de los ojos, se sentía indudablemente una mujer vibrante de vida mientras pulsaba las cuerdas de un ukulle y elevaba su voz en una bárbara llamada de amor semejante a la que debió surgir de las profundidades del bosque en los albores de la humanidad. El aire se estremecía con su lamento suavemente imperioso y seductor. Sobre una estera, siguiendo el ritmo de la canción, bailaba Kiloliana. No cabía duda. El amor danzaba en todos sus movimientos y al poco le acompañaba una mujer de amplias caderas y pechos generosos desmentidos por un rostro corrompido por la lepra. Era aquélla la danza de los muertos vivos, porque la vida seguía amando y anhelando en sus cuerpos en desintegración. Siguió la mujer cuyos ojos sin vida lloraban lágrimas ardientes entonando su lamento de amor, siguieron los bailarines danzando su amor en la noche templada, y siguieron circulando las calabazas hasta que llegaron reptando a todos los cerebros los gusanos de la memoria y el deseo. A la mujer que bailaba sobre la estera se le unió una doncella de rostro hermoso e incólume, pero cuyos brazos sarmentosos, que subían y bajaban, revelaban la violencia de su mal. Y los dos idiotas, farfullando y articulando sonidos extraños, danzaban aparte grotescos, fantásticos, caricaturizando el amor del mismo modo que la vida les había transformado a ellos en caricatura.
       Pero el lamento de amor de la mujer se quebró a medio camino. Bajaron las calabazas e interrumpieron su danza los bailarines mientras dirigían la vista al abismo marítimo donde un cohete fulguraba, como un fantasma pálido, a través del aire iluminado por la luna.
       —Son los soldados —dijo Koolau—. Mañana habrá pelea. Conviene que durmamos y estemos preparados.
       Los leprosos obedecieron y se arrastraron hada sus guaridas hasta que Koolau quedó solo, sentado inmóvil a la luz de la lima con el rifle cruzado sobre las rodillas mirando hacia abajo, a lo lejos, a los barcos que llegaban a la playa.
       El fondo del Valle de Kalalau constituía un refugio inmejorable. Excepto Kiloliana, que conocía hasta el último sendero de las escarpadas laderas, nadie podía llegar hasta el valle si no era atravesando un paso de unas den yardas de longitud y a lo más doce pulgadas de anchura. A ambos lados se abría el abismo. Un solo resbalón y el que pretendía atravesarlo caía a la derecha o a la izquierda hacia una muerte segura. Pero si lograba salvar esa distancia, llegaba a un paraíso terrenal. Un mar de vegetación bañaba el paisaje cubriendo con verde oleada el valle entero de un extremo a otro, goteando en masas de vides desde las alturas y arrojando a las innumerables concavidades rocosas salpicaduras de liquenes y helechos. Durante los muchos meses del reinado de Koolau, él y sus seguidores habían luchado por contener ese mar vegetal. A fuerza de trabajo habían logrado detener el avance de aquella jungla asfixiante y del aluvión de flores, de forma que no arrasara los bananos, los naranjos y los mangos que se daban espontáneamente. En los claros crecía la mandioca, en las terrazas rocosas rellenas con tierra, había sembrados de taro y de melones, y en los espacios abiertos, allá donde llegaba la luz del sol, se elevaban árboles de papaya cargados de fruta dorada.
       Koolau se había visto empujado a ese refugio desde el valle vecino a la playa. Y si le echaban de allí, sabía aún de otras gargantas ocultas entre marañas de picos, sabía de fortalezas recónditas hasta las que podía conducir a sus súbditos y continuar viviendo. Pero ahora estaba echado en el suelo, con el rifle a su lado, vigilando a través de una pantalla de follaje a los soldados de la playa. Reparó en que iban armados con enormes máquinas de guerra en cuya superficie se reflejaba el sol como en un espejo. Frente a él se hallaba el paso, angosto como filo de cuchillo, y desde el lugar en que estaba apostado veía motitas que eran hombres trepar por el sendero que conducía hasta donde él se hallaba. Sabía que no eran soldados, sino policías. Cuando ellos fracasaran, el ejército entraría en acción.
       Pasó cariñosamente una mano contrahecha sobre el cañón de su rifle y se aseguró de que la mira estaba limpia. Había aprendido a tirar cuando cazaba ganado salvaje en Niihau y aún se recordaba en esa isla su certera puntería. Conforme las motitas se acercaban, calculó la distancia, la dirección del viento que soplaba en ángulo recto sobre la línea de fuego, y la posibilidad de tirar demasiado alto al objetivo que se hallaba por debajo de donde él se encontraba. No dio a conocer su presencia hasta que los hombres llegaron al extremo del pasaje. Aun entonces no salió de su escondite, sino que habló desde la espesura.
       —¿Qué queréis? —preguntó.
       —Buscamos a Koolau, el leproso —respondió el hombre que dirigía a los policías nativos, un americano de ojos azules.
       —Volved atrás —dijo Koolau.
       Conocía a aquel hombre, el sheriff de la isla, porque era él quien le había acosado hasta expulsarle de Niihau, quien le había obligado atravesar Kauai hasta el Valle de Kalalau, quien le había forzado a retroceder hasta la garganta.
       —¿Quién eres? —preguntó el sheriff.
       —Soy Koolau, el leproso —fue la respuesta.
       —Sal entonces. Venimos por ti. Ofrecen una recompensa de mil dólares por tu captura, vivo o muerto. No puedes escapar.
       Koolau rió en voz alta en medio de la espesura.
       —¡Sal! —ordenó el sheriff, pero sólo le respondió el silencio.
       Conferenció con los policías y Koolau vio que se disponían a atacarle.
       —Koolau —gritó el sheriff—. Voy a cruzar el pasaje para capturarte.
       —Pues antes de hacerlo, mira bien en torno tuyo. Mira al sol, al mar y al cielo porque será la última vez que los contemples.
       —No me asustas, Koolau —dijo el sheriff en tono conciliador—. Sé que tienes una puntería infalible. Pero no dispararás sobre mí. Nunca he sido injusto contigo.
       Koolau gruñó en la espesura.
       —Te digo que nunca he sido injusto contigo, y ¿no es verdad? —insistió el sheriff.
       —Eres injusto conmigo cuando tratas de encerrarme en una prisión —fue la respuesta—. Y eres injusto conmigo cuando intentas ganarte los mil dólares de recompensa que dan por mi cabeza. Si quieres vivir, quédate donde estás.
       —Tengo que cruzar el paso y apresarte. Lo siento, pero es mi deber.
       —Morirás antes de atravesarlo.
       El sheriff no era un cobarde. Y, sin embargo, dudó. Miró al vacío que se abría a sus pies y recorrió con la vista el paso que debía atravesar, estrecho como filo de cuchillo. Luego se decidió.
       —¡Koolau! —exclamó.
       Pero la espesura permaneció en silencio.
       —Koolau, no dispares. Voy para allá.
       El sheriff se volvió. Dio unas cuantas órdenes a los policías y emprendió el peligroso camino. Avanzó lentamente. Era como andar sobre la cuerda floja. No podía apoyarse sino en el aire. El suelo de lava se desmoronaba bajo sus pies y los fragmentos de roca se precipitaban a ambos lados hacia el abismo. El sol ardía sobre su cabeza y su rostro estaba húmedo de sudor. Aun así siguió avanzando hasta que llegó a la mitad del camino.
       —¡Detente! —le ordenó Koolau desde la espesura—. ¡Un paso más y disparo!
       El sheriff se tambaleó en busca de equilibrio y al fin quedó en pie, inmóvil, sobre el vado. Estaba pálido, pero en sus ojos se leía una firme decisión. Se humedeció los labios con la lengua antes de hablar.
       —Koolau, no dispararás. Sé que no lo harás.
       Echó a andar de nuevo. La bala le obligó a dar media vuelta. Mientras giraba sobre sí mismo antes de caer, apareció en su rostro una expresión de quejumbrosa sorpresa. Quiso salvarse tratando de arrojarse de través sobre el estrecho pasaje, pero en aquel mismo instante conoció la muerte. Al segundo siguiente, el paso estaba vacío. Entonces dio comienzo el ataque. Cinco policías echaron a correr en fila india por el estrecho sendero en soberbio equilibrio. En aquel mismo instante, el resto del destacamento abrió fuego sobre la espesura. Reinó la locura. Cinco veces apretó Koolau el gatillo con tal rapidez que los cinco disparos parecieron un solo sonido. Cambiando de posición y agazapándose bajo las balas que mordían y silbaban a través de la maleza, se asomó al exterior. Cuatro policías habían seguido al sheriff. El quinto había caído atravesado sobre el filo rocoso y continuaba vivo. Al otro lado seguían los policías restantes que habían dejado de disparar. Allá donde se hallaban, sobre la roca desnuda, no cabía esperanza para ellos. Antes de que hubieran logrado bajar a gatas la escarpada ladera, Koolau habría podido eliminar hasta el último hombre. Pero no disparó, y uno de los policías, después de conferenciar con sus compañeros, sacó una camiseta blanca y la hizo ondear en el aire a modo de bandera. Seguido por uno de sus compañeros, avanzó a través del estrecho pasaje hasta llegar hasta el herido. Koolau no dio señales de vida, pero les vio alejarse lentamente y convertirse poco a poco en puntitos conforme descendían hasta el valle vecino a la playa.
       Dos horas después, y oculto tras otro arbusto, vio cómo un destacamento de policías trataba de efectuar el ascenso por el lado opuesto del valle. Vio huir a las cabras salvajes ante ellos mientras subían y subían hasta que, dudando de su discernimiento, llamó a Kiloliana que llegó trepando a colocarse a su lado.
       —No podrán. Es imposible —dijo Kiloliana.
       —¿Y las cabras? —preguntó Koolau.
       —Vienen desde el valle vecino, pero no pueden pasar a éste. Es imposible. Y esos hombres no pueden saber más que las cabras. Caerán y morirán. Mirémosles.
       —Son valientes —dijo Koolau—. Mirémosles.
       Siguieron tendidos en el suelo, el uno junto al otro, entre las campanillas y bajo una lluvia de flores amarillas de hau, mirando a aquellas motitas que eran hombres trepar trabajosamente ladera arriba hasta que lo que tenía que pasar pasó y tres de ellos cayeron resbalando, rodando, patinando, de un reborde del barranco y se despeñaron desde una altura de mil pies.
       Kiloliana soltó una risa ahogada.
       —No nos molestarán más —dijo.
       —Tienen máquinas de guerra —fue la respuesta de Koolau—. Los soldados no han hablado todavía.
       En la tarde somnolienta, la mayoría de los leprosos dormían en sus cubiles rocosos. Koolau, con el rifle, limpio y preparado, sobre las rodillas, dormitaba a la entrada de su propia guarida. La mujer de los brazos contrahechos vigilaba allá abajo, desde la espesura, el estrecho pasaje. De pronto sobresaltó a Koolau el sonido de una explosión. Un instante después el estruendo despedazaba increíblemente la atmósfera. Aquel ruido terrible le asustó. Era como si todos los dioses a una hubieran tomado en sus manos la cubertura del cielo y la rasgaran como rasga una mujer una sábana de algodón, Pero era aquél un desgarrar inmenso, que se acercaba a toda velocidad. Koolau levantó la vista con aprensión, como esperando ver las consecuencias de aquel estruendo. De pronto, en el pico que se elevaba por encima de su cabeza, una granada estalló con un surtidor de humo negro. La roca voló en mil pedazos y los fragmentos cayeron al pie de la cresta.
       Koolau se pasó una mano por la frente sudorosa. Estaba terriblemente alterado. Nunca había presenciado un bombardeo y lo juzgó más horrible de lo que nunca hubiera imaginado.
       —Una —dijo Kapahei aplicándose de pronto a la tarea de llevar la cuenta.
       Una segunda y una tercera granada pasaron rugiendo por encima de la muralla rocosa y estallaron fuera de su vista. Kapahei seguía contando metódicamente. Los leprosos se apiñaron en un claro ante las cuevas. Al principio estaban aterrados, pero al ver que las granadas continuaban volando por encima de sus cabezas, se tranquilizaron y comenzaron a admirar el espectáculo. Los dos idiotas se estremecían de placer y hacían cabriolas con cada proyectil que veían pasar atormentando el aire. Koolau empezó a recuperar la confianza. No les hacían ningún daño. Era evidente que las granadas no podían lanzarse a tal distancia con la precisión de una bala.
       Pero de pronto cambió la situación. Las granadas comenzaron a caer cortas. Una de ellas estalló en la espesura, cerca del angosto pasaje de roca. Koolau recordó a la muchacha que estaba allí apostada y bajó corriendo a ver qué había sucedido. Los arbustos seguían humeando mientras él se arrastraba por debajo del follaje. Lo que vio le dejó atónito. Las ramas estaban rotas y astilladas. Donde antes estuviera la muchacha, había un hueco abierto en el suelo. Su cuerpo estaba despedazado. El proyectil había estallado justo encima de ella.
       Tras asomarse entre la espesura para comprobar que ninguno de los soldados trataba de atravesar el pasaje, Koolau echó a correr hacia las cuevas. Las granadas seguían gimiendo, aullando, chillando, y el valle retumbaba y reververaba con el ruido de las explosiones. Cuando estuvo lo bastante cerca de las cuevas, vio a los dos idiotas haciendo cabriolas, cogidos de las manos con los dedos amuñonados. Aún corría, cuando un surtidor de humo se elevó del suelo muy cerca de los idiotas. La explosión los lanzó en direcciones opuestas. Uno de ellos quedó inmóvil, pero el otro reptó con ayuda de las manos hacia su cueva. Remolcaba tras él sus piernas inútiles mientras la sangre brotaba de su cuerpo. Conforme se arrastraba, gemía como un cachorro. El resto de los leprosos, a excepción de Kapahei, había huido al interior de las cavernas.
       —Diecisiete —dijo Kapahei—. Dieciocho —añadió después.
       La última granada había penetrado en una de las cuevas. Ante aquella explosión se vaciaron automáticamente todas las guaridas, pero de aquella que había alcanzado el proyectil no salió nadie. Koolau se adentró en ella reptando a través del humo acre y picante. Cuatro cuerpos horriblemente mutilados yacían en el interior. Uno de ellos era el de la mujer ciega, cuyas lágrimas no habían cesado hasta entonces.
       En el exterior, Koolau halló a sus súbditos presas de pánico. Habían empezado a trepar por el sendero de cabras que conducía al exterior de la garganta, hacia el revoltijo de crestas y simas. El idiota herido trataba de seguirlos gimiendo débilmente y arrastrándose con la fuerza de sus manos. Pero al llegar a la primera pendiente le dominó su impotencia y resbaló.
       —Será mejor matarle —dijo Koolau a Kapahei, que seguía sentado en el mismo lugar.
       —Veintidós —respondió Kapahei—. Sí, será mejor matarle. Veintitrés. Veinticuatro.
       El idiota lanzó un quejido agudo al ver el rifle que le apuntaba. Koolau dudó y bajó el arma.
       —No puedo hacerlo —dijo.
       —No seas estúpido. Veintiséis. Veintisiete —dijo Kapahei—. Déjame a mí.
       Se levantó y se acercó a la criatura herida con un pedrusco en la mano. En el momento en que levantaba los brazos para asestar el golpe, una granada estalló de lleno sobre su cuerpo librándole de la necesidad de actuar y poniendo, al mismo tiempo, fin a su cómputo.
       Koolau estaba sólo en la garganta. Vio a los últimos de sus súbditos arrastrar sus cuerpos mutilados sobre la cresta de la montaña y desaparecer al otro lado. Se volvió y bajó hasta los arbustos donde había muerto la muchacha. Continuaban lloviendo las granadas, pero él permaneció allá abajo porque desde aquel lugar veía trepar a los soldados. Un proyectil estalló a veinte pies de donde él se hallaba y, aplastado contra el suelo, oyó volar los fragmentos por los aires. Un chaparrón de flores de hau cayó sobre su cuerpo. Levantó la cabeza para mirar hacia el sendero y suspiró. Tenía mucho miedo. Las balas de los rifles no le asustaban, pero el bombardeo de granadas le resultaba abominable. Cada vez que una de ellas pasaba junto a él, Koolau se encogía, se estremecía, se agazapaba, pero una y otra vez volvía a incorporarse para mirar al sendero.
       Al fin cesó el bombardeo. Debía ser, dedujo, porque los soldados se estaban acercando. Reptaban por el camino en fila india y trató de calcular su número hasta que perdió la cuenta. Eran, en cualquier caso, unos cien los que se aproximaban, todos ellos en busca de Koolau el leproso. Sintió un fugaz aguijonazo de orgullo. Venían por él, policías y soldados, con rifles y máquinas de guerra, por él, un hombre solo y, por añadidura, un despojo. Ofrecían mil dólares por su captura, vivo o muerto. En toda su vida no había poseído tanto dinero. Fue aquél un pensamiento amargo. Kapahei tenía razón. Él, Koolau, no había hecho nunca nada malo. Los kaoles habían traído a coolies chinos porque necesitaban mano de obra para trabajar las tierras robadas y con ellos había llegado el mal. Y ahora, sólo porque lo había contraído, valía un millar de dólares. Pero no, él no. Lo que valía todo ese dinero era su cuerpo inútil, podrido por la enfermedad o muerto por la explosión de una granada.
       Cuando los soldados llegaron al paso estrecho como filo de cuchillo, estuvo a punto de avisarles. Pero su mirada fue a dar en los restos de la mujer asesinada y guardó silencio. Cuando ya seis hombres se habían aventurado a cruzar el paso, abrió fuego y no cesó de disparar hasta que lo vio desierto. Volvió a cargar el arma y disparó de nuevo. Luego siguió disparando. Todos los agravios recibidos ardían en su cerebro abrasándole en fiebre de venganza. A lo largo del agreste sendero que descendía a la playa, los soldados respondían con sus armas y, aunque estaban tendidos en el suelo y trataban de ocultarse tras ligeras irregularidades de la superficie rocosa, eran dianas perfectamente expuestas a sus disparos. Las balas silbaban y caían con un ruido sordo en torno a él. Alguna que otra rebotaba en la piedra cruzando el aire con un silbido agudo. Una de ellas abrió un surco somero en su cuero cabelludo y otra pasó abrasando, rozándole el omoplato sin rasgarle la piel.
       Fue aquélla una masacre en la que un hombre sólo causó todas las muertes. Los soldados empezaron a retirarse remolcando a sus heridos. Mientras Koolau seguía disparando sobre ellos, llegó a su olfato un olor a carne chamuscada. Miró en torno suyo, y al poco descubrió que procedía de sus propias manos. Era el calor del rifle. La lepra había destruido la mayor parte de los nervios de sus extremidades y aunque su propia carne se abrasaba y él sentía el olor, no experimentaba la menor sensación.
       Siguió tumbado en el suelo entre la espesura, sonriendo, hasta que recordó las máquinas de guerra. Sin duda que volverían a hacer fuego y, esta vez, los proyectiles irían dirigidos al matorral desde el cual había disparado. Apenas se había trasladado a un escondrijo formado por un pequeño reborde de la muralla rocosa, un lugar adonde no alcanzaban las granadas, cuando volvió a comenzar el bombardeo. Contó los proyectiles. Sesenta cayeron en el interior de la garganta antes de que dejaran de retumbar los morteros. La diminuta zona estaba de tal modo acribillada, que parecía imposible que criatura alguna pudiera haber sobrevivido. Eso pensaron evidentemente los soldados, pues de nuevo comenzaron a trepar por el sendero de cabras bajo el sol ardiente de la tarde. Y de nuevo el pasaje les fue disputado y de nuevo retrocedieron hasta la playa.
       Dos días más defendió Koolau el paso, a pesar de que los soldados se complacían en arrojar granadas a su escondite, hasta que al fin Pahau, un niño leproso, subió al pico rocoso que se alzaba al fondo de la garganta y le gritó que Kiloliana había muerto de una caída, que las mujeres estaban asustadas y no sabían qué hacer. Koolau le ordenó que bajara y le prestó un fusil con que defender el paso. Halló a sus súbditos descorazonados. La mayoría eran incapaces de procurarse alimento bajo tan adversas circunstancias y se morían de simple inanición. Eligió a dos mujeres y a un hombre, no excesivamente minados por el mal, y les envió a la garganta para que subieran comida y esteras. Animó y consoló al resto hasta que todos, incluso los más débiles, colaboraron en la construcción de toscos refugios.
       Pero los que habían ido en busca de comida no regresaban y Koolau emprendió el camino a la garganta. Al llegar a la cresta de la montaña, rugieron media docena de rifles. Una bala atravesó la parte carnosa de su hombro y una lasca de roca le cortó la mejilla cuando un segundo proyectil fue a estrellarse contra la ladera. Al retroceder de un salto en el momento en que esto ocurrió, vio que el desfiladero estaba lleno de soldados. Sus propios súbditos le habían traicionado. Incapaces de soportar por más tiempo el bombardeo, habían preferido la prisión de Molokai.
       Koolau retrocedió y se deshizo de una de sus pesadas cartucheras. Tendido entre las rocas, esperó a que la cabeza y los hombros del primer soldado apareciera ante su vista y entonces apretó el gatillo. Dos veces disparó y al fin, tras una pausa, en lugar de una cabeza y unos hombros, apareció sobre el reborde de piedra una bandera blanca.
       —¿Qué buscas? —preguntó.
       —A ti, si es que eres Koolau el leproso —respondió una voz.
       Koolau se olvidó de dónde estaba, se olvidó de todo, y tendido sobre la roca, se maravilló ante la extraña insistencia de aquellos haoles dispuestos a imponer su voluntad aunque se hundiera el mundo. Sí. Impondrían su voluntad a todos los hombres y a todas las cosas aunque les fuera la vida en ello. Y no pudo sino admirar ese tesón, esa voluntad que era más fuerte que la vida y que plegaba todas las cosas a su mandato. Estaba convencido de la inutilidad de su lucha. Era imposible resistirse a la terrible voluntad de los haoles. Aunque matara a mil de ellos, se levantarían tantos como las arenas del mar y se lanzarían sobre él cada vez en mayor número. No sabían entender la derrota. Ése era su defecto y ésa era su virtud. Y ahí era donde fracasaban los de su propia raza. Ahora comprendía al fin cómo un puñado de predicadores de la palabra de Dios y de la palabra del ron se habían apoderado de todas sus tierras. Era porque…
       —Bueno, ¿qué dices? ¿Te rindes?
       Un hombre invisible hablaba bajo la bandera blanca. Allí estaba, como todos los haoles, empeñado en un propósito concreto.
       —Hablemos —dijo Koolau.
       La cabeza y los hombros del hombre blanco se elevaron por encima de la roca. Luego siguió el cuerpo entero. Era un joven de rostro lampiño y ojos azules, esbelto y pulcro dentro de su uniforme de capitán. Avanzó hasta que Koolau le dio el alto y se sentó a una docena de pasos de él.
       —Eres un hombre valiente —dijo el leproso meditabundo—. Podría aplastarte como a una mosca.
       —No. No podrías —fue la respuesta.
       —¿Por qué no?
       —Porque, aunque malo, eres un hombre, Koolau. Conozco tu historia. Tú matas con justicia.
       Koolau gruñó, secretamente halagado.
       —¿Qué habéis hecho con mi gente? —preguntó—. Con el niño, las dos mujeres y el hombre.
       —Se han entregado, como vengo a pedirte que hagas tú también.
       Koolau rió incrédulo.
       —Soy un hombre libre —anunció—. No he hecho nada malo. Pie vivido libre y moriré libre. No me entregaré jamás.
       —Entonces tus seguidores son más prudentes que tú —respondió el joven capitán—. Mira, ahí vienen.
       Koolau se volvió y vio acercarse al resto de su partida. Venían arrastrando su miseria, gimiendo y suspirando, en horrible procesión. Y aún tuvo que saborear Koolau una amargura más honda, pues al pasar junto a él le lanzaron insultos e imprecaciones. La tarasca jadeante que cerraba la marcha se detuvo a su lado, extendió las esqueléticas garras de arpía y, agitando su cabeza poseída por la muerte, le lanzó una maldición. Uno por uno descendieron la montaña y se entregaron a los soldados ocultos.
       —Ahora puedes irte —dijo Koolau al capitán—. Yo nunca me rendiré. Es mi última palabra. Adiós.
       El capitán se deslizó sobre la roca, ladera abajo, para unirse a sus soldados. Un momento después, y sin bandera de tregua, izó su gorra ensartada en la vaina de la espada y Koolau la atravesó con una bala. Aquella misma tarde le obligaron a retroceder bombardeándole con granadas desde la playa y le empujaron hasta los refugios más lejanos.
       Durante seis semanas le siguieron de escondrijo en escondrijo sobre picos volcánicos y senderos de cabras. Cuando se ocultó en la jungla, formaron líneas de batidores y le acosaron, como a un conejo, entre los guayabos y los arbustos de lantana. Pero una y otra vez, él volvía atrás, esquivaba, escapaba. No había modo de acorralarle. Cuando el enemigo se acercaba, su rifle certero volvía a alejarlos y los soldados transportaban sus heridos, sendero abajo, hasta la playa. Otras veces eran ellos los que disparaban cuando su cuerpo bronceado aparecía por un camino entre la maleza. En un momento determinado, cinco de ellos le sorprendieron al descubierto en un sendero de cabras. Vaciaron entonces sus rifles sobre Koolau mientras él se alejaba cojeando, trepando por el vertiginoso camino. Hallaron después allí manchas de sangre y supieron que estaba herido. Al cabo de seis semanas, se dieron por vencidos. Los soldados y los policías volvieron a Honolulú y todo el valle de Kalalau quedó para uso exclusivo de Koolau, aunque de vez en cuando algún cazador de cabezas, para desgracia suya, se aventuraba a seguirle.
       Dos años después Koolau se arrastró, por último, al interior de la espesura y se tendió en el suelo entre las hojas de ti y las flores de gengibre. Libre había vivido y libre iba a morir. Comenzaba a caer una ligera llovizna y se echó una manta andrajosa sobre la ruina informe de sus miembros. Llevaba puesto un abrigo de tela impermeable. Sobre su pecho depositó el Mauser deteniéndose antes un momento a limpiar afectuosamente la humedad del cañón. En la mano con que lo secó no quedaba un solo dedo con que apretar el gatillo.
       Cerró los ojos, porque de la debilidad de su cuerpo y la vertiginosa confusión de su cerebro había deducido que su fin estaba cerca. Como un animal salvaje, se ocultaba para morir. Semiconsciente, vagamente, a la deriva, revivió su juventud transcurrida en Niihau. Conforme la vida se desvanecía y el gotear de la lluvia llegaba cada vez más débilmente a sus oídos, se vio una vez más en el mejor momento de la doma de caballos, sintió los potros rebeldes encabritándose y corcoveando bajo su cuerpo, atados los estribos sobre el vientre, y se encontró cabalgando salvajemente por el cercado haciendo saltar la empalizada a los vaqueros. Un instante después, y con aparente naturalidad, se halló persiguiendo toros bravos en las praderas altas, cazándolos a lazo y bajándolos a los valles. Y el sudor y el polvo de la dehesa donde marcaban a los animales volvió a picarle en los ojos y penetró de nuevo en su nariz.
       Y aquella juventud espléndida, total, volvió a ser suya hasta que las agudas punzadas de una disolución inevitable le atrajeron a la realidad. Levantó las manos monstruosas y las miró asombrado. ¿Cómo? ¿Qué razón había? ¿Por qué motivo se había transformado en esto toda la fuerza de su indomable juventud? Y entonces recordó, una vez y sólo por un momento, que era Koolau el leproso. Sus párpados aletearon cansados y el gotear de la lluvia cesó para sus oídos. Un prolongado temblor se apoderó de su cuerpo. También el temblor cesó. Levantó apenas la cabeza y volvió a dejarla caer. Luego sus ojos se abrieron para no cerrarse más. El último pensamiento lo dedicó a su Mauser que se apretó contra el pecho con sus manos enlazadas y sin dedos.



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