Jack London
(San Francisco, California, 1876 – Glen Ellen, California, 1916)


La ley de la vida (1900)
(“The Law of Life”)
Originalmente publicado en McClure’s Magazine, Vol. 16 (marzo de 1901), págs. 435-438;
Children of the Frost
(Nueva York: Macmillan Company, 1902, 261 págs.)



      El viejo Koskoosh escuchaba con avidez. Aunque hacía mucho tiempo que la vista se le había debilitado, su oído seguía siendo agudo, y el más leve sonido penetraba en la centelleante inteligencia que todavía mostraba tras la mustia frente, pero que ya no contemplaba las cosas del mundo. ¡Ah! Esa era Sit - cum - to - ha, que maldecía con voz estridente a los perros, mientras los castigaba y les ponía los arreos a golpes.
       Sit-cum-to-ha era la hija de su hija, pero estaba demasiado ocupada para malgastar un pensamiento en su agotado abuelo, sentado solo, allí, en la nieve, desamparado e indefenso. Había que levantar el campamento. La larga senda aguardaba, en tanto que el breve día se negaba a persistir. La vida la llamaba, y también los deberes de la vida y no la muerte. Y él ahora estaba muy cerca de la muerte.
       El pensamiento llenó al viejo de pánico por un momento, y extendió una mano trémula que vagó temblorosa sobre la pequeña pila de leña seca que había a su lado. Una vez que se hubo asegurado de que, en efecto, estaba allí, su mano volvió al refugio de sus pieles sarnosas, y él se dedicó nuevamente a escuchar. El áspero crujido de pieles semicongeladas le informó que la tienda de piel de alce del jefe había sido desarmada, y que en ese momento la estaban plegando y comprimiendo para poder transportarla. El jefe era su hijo, fornido y fuerte, cabeza de la tribu y un cazador formidable.
       Mientras las mujeres se afanaban con los trastos del campamento, su voz se elevó para increparlas por su lentitud. El viejo Koskoosh aguzó el oído. Era la última vez que escucharía esa voz. ¡Ahí se iba la tienda de Geehow! ¡Y la de Tusken! Siete, ocho, nueve; sólo la del hechicero podía quedar todavía en pie. ¡Ah, ahora trabajaban en ella! Pudo escuchar el gruñido del hechicero mientras la cargaba en el trineo. Un niño lloriqueó y una mujer lo calmó con una suave cantinela gutural. El pequeño Koo - tee, pensó el anciano, un chico inquieto y no demasiado fuerte. Tal vez moriría pronto, y abrirían un hoyo, con fuego, en la tundra helada, y apilarían rocas encima para alejar a los glotones.
       Bueno, ¿qué importaba? Unos pocos años más, en el mejor de los casos, y tantos estómagos vacíos como llenos. Y al final, aguardaba la Muerte, siempre hambrienta, de todos ellos la más hambrienta.
       ¿Qué era eso? Oh, los hombres atando los trineos y poniendo tensas las correas. Él, que ya no oiría más, escuchó. Los látigos gruñían y dentelleaban entre los perros. ¡Cómo gemían! ¡Cómo odiaban el trabajo y la senda! ¡Ya partían! Trineo tras trineo, agitaban la nieve y se alejaban lentamente, hacia el silencio. No estaban más. Se habían ido de su vida y él enfrentaba, solo, la última hora amarga. No. La nieve crujió bajo un mocasín; había un hombre a su lado; una mano se posó con suavidad en su cabeza. Su hijo era bueno al hacer esto. Él recordaba a otros ancianos cuyos hijos no habían esperado tras la partida de la tribu. Pero su hijo sí. Se dejó llevar hacia el pasado, hasta que la voz del joven lo trajo de vuelta al presente.
       —¿Estás bien? —preguntó.
       Y el viejo respondió:
       —Estoy bien.
       —Hay leña a tu lado —continuó el más joven—, y el fuego arde bien. La mañana está gris y helada. Pronto va a nevar. Ya está nevando.
       —Sí, ya está nevando.
       —La tribu está apurada. Sus fardos son pesados y sus vientres están chatos por falta de alimentos. La senda es larga y viajan deprisa. Me voy ahora. ¿Estás bien?
       —Está bien. Soy como la hoja del año pasado, que se aferra débilmente al tallo. Al primer soplo, caeré. Mi voz se ha vuelto como la de una vieja. Mis ojos ya no me muestran el camino de mis pies, y mis pies están pesados y estoy cansado. Está bien.
       Inclinó la cabeza en señal de satisfacción hasta que el último sonido de la nieve quejumbrosa se hubo apagado, y supo que ya no podría llamar a su hijo. Luego su mano se arrastró, presurosa, hacia la leña: era lo único que se interponía entre él y la eternidad que se abría ante él. Finalmente, la medida de su vida era un manojo de leños. Uno por uno irían a alimentar el fuego, y del mismo modo, paso a paso, la muerte se deslizaría sobre él. Cuando la última rama se hubiese entregado al calor, la helada comenzaría a adquirir fuerza. Primero se rendirían los pies, luego las manos; y el entumecimiento lo recorrería, lentamente, desde las extremidades hasta el cuerpo. La cabeza se le caería sobre las rodillas, y él descansaría. Era fácil. Todos los hombres deben morir. No se quejaba. Era el modo de vida, y era justo. Él había nacido cerca de la tierra, cerca de la tierra había vivido, y la ley de ésta no era nueva para él. Era la ley de toda la carne. La naturaleza no era bondadosa con la carne. Esa cosa concreta que se denomina el individuo no le interesaba. Su interés se concentraba en las especies, la raza. Ésta era la abstracción más profunda de que era capaz la mentalidad bárbara del viejo Koskoosh, pero la entendía cabalmente. La veía ejemplificada en toda la vida. El desarrollo de la savia, el verde estallido de la yema del sauce, la caída de la hoja amarillenta: en esto sólo estaba narrada toda la historia. Pero la naturaleza le fijaba una tarea al individuo. Si no la cumplía, moría. Si la cumplía, era lo mismo. Igual moría. A la naturaleza no le importaba; abundaban los obedientes, y en esta cuestión sólo la obediencia vivía, y vivía siempre, no los obedientes.
       La tribu de Koskoosh era muy antigua. Los ancianos que había conocido cuando niño habían conocido a su vez a otros ancianos. Por lo tanto era cierto que la tribu vivía, que representaba la obediencia de todos sus miembros, lejos, hasta el pasado olvidado, cuyos propios lugares de reposo no se recordaban. Ellos no contaban, eran episodios. Se habían disipado como nubes de un cielo de verano. Él también era un episodio y desaparecería. A la naturaleza no le importaba. Le fijaba una tarea a la vida, le dictaba una ley. Perpetuar era la misión de la vida, su ley era la muerte. Una doncella era una criatura agradable de mirar, de pechos llenos, de andar elástico y ojos luminosos. Pero aún tenía su tarea ante sí. La luz de sus ojos se acentuaba, su paso se hacía más rápido, y ahora era alternativamente audaz y tímida con los jóvenes y les transmitía su propia inquietud. Y cada vez se hacía más y más hermosa de mirar, hasta que algún cazador, incapaz de contenerse más tiempo, la llevaba a su vivienda para que cocinara y trajinara para él, y para que se convirtiera en la madre de sus hijos. Y con la llegada de sus vástagos, la belleza la abandonaba. Sus miembros se arrastraban pesadamente, sus ojos se empañaban y se hacían legañosos, y los únicos que se regocijaban contra la mejilla marchita de la vieja, junto al fuego, eran los niños. Su misión había concluido. Un poco después, con la primera opresión del hambre, o con la primera senda larga, sería abandonada, tal como lo fue él, en la nieve, junto a un montoncito de leña. Tal era la ley.
       Colocó cuidadosamente una rama en el fuego y reanudó sus meditaciones. Sucedía lo mismo en todas partes, con todas las cosas. Los mosquitos se desvanecían con la primera escarcha. La pequeña ardilla trepadora se arrastraba lejos para morir. Cuando el conejo envejecía se volvía lento y pesado, y ya no podía huir de sus enemigos. Hasta el gran reno se volvía torpe y ciego y pendenciero, para ser finalmente arrastrado por un puñado de perros esquimales que gañían. Recordó cómo había abandonado a su propio padre en un tramo elevado del Klondike en invierno, el invierno anterior a la llegada del misionero, con sus libros que hablaban y su caja de medicinas. Muchas veces había hecho chasquear los labios al recordar la caja, aunque ahora su boca rehusaba humedecerse. Lo que «mataba el dolor» había sido particularmente bueno. Pero el misionero, en definitiva, era una molestia porque no llevaba carne al campamento, comía con voracidad, y los cazadores gruñían. Pero se congeló los pulmones en la vertiente junto al Mayo, y después los perros apartaron las piedras con el hocico y se disputaron sus huesos.
       Koskoosh puso otra rama en el fuego y buscó más profundamente en el pasado. Estaba la época del gran hambre, cuando los viejos se acurrucaban, con el estómago vacío, junto al fuego, y deslizaban de sus labios borrosas tradiciones sobre los lejanos tiempos en que el Yukón había corrido libremente durante tres inviernos y luego había permanecido helado durante tres veranos. Durante esa hambruna había perdido a su madre. En el verano la pesca del salmón había fracasado, y la tribu esperaba ansiosamente el invierno y la llegada del caribú. Y llegó el invierno, pero el caribú no vino con él. Nunca había sucedido nada semejante, ni siquiera a los ancianos. Pero el caribú no apareció, y era el séptimo año, y los conejos no se habían reproducido, y los perros no eran más que bolsas de huesos. Y durante la larga oscuridad los niños gemían y morían, y las mujeres, y los ancianos; y menos de uno de cada diez miembros de la tribu sobrevivieron para saludar al sol cuando regresó en la primavera. ¡Eso sí que fue hambre! Pero también conoció épocas de abundancia, cuando la carne se les estropeaba en las manos, y los perros estaban gordos e inservibles por la sobrealimentación; épocas en que dejaban que la caza se alejara sin matarla, y las mujeres eran fértiles, y las viviendas estaban repletas de niños y niñas que alborotaban. Entonces el vientre de los hombres creció y revivieron viejas rencillas, y cruzaron las vertientes hacia el sur para matar a los pelly, y hacia el oeste, para poder sentarse junto a los fuegos apagados de los tanana. Él recordaba, siendo niño, una época de abundancia, cuando vio un alce vencido por los lobos. Zing-ha yacía con él en la nieve y miraba; Zing-ha, que más tarde se convirtió en el cazador más avezado, y quien, finalmente, cayó en un pozo en el Yukón. Lo encontraron un mes después, como había salido, arrastrándose a medias, congelado, sobre el hielo. Pero el alce. Zing-ha y él habían salido ese día a jugar y cazar, tal como lo hacían sus padres. En el lecho del arroyo se toparon con las huellas frescas de un alce, y con éstas las de muchos lobos.
       —Uno viejo —dijo Zing-ha, que era más rápido para leer las señales—, uno viejo, que no puede continuar con la manada. Los lobos lo separaron de sus hermanos, y nunca lo van a dejar.
       Y así fue. Era su manera de ser. Día y noche, sin descansar, husmeándole las patas, tirándole mordiscos al hocico, seguirán con él hasta el final. ¡Cómo sintieron Zing-ha y él que la sed de sangre se les aguzaba! ¡El final sería algo digno de verse!
       Con los pies ansiosos, tomaron la senda, y hasta él, Koskoosh, de visión lenta y no muy experimentado en la huella, podía haberla seguido a ciegas, tan ancha era. Estaban ya sobre las huellas de la presa perseguida, y leían a cada paso la horrenda tragedia. Llegaron a un lugar donde el alce se había detenido. La nieve había sido pisoteada y sacudida en todas direcciones, en una extensión equivalente a tres veces el cuerpo de un hombre maduro. En el medio se veían las profundas pisadas del animal de cascos hendidos, y alrededor, por todas partes, las más ligeras de los lobos. Algunos, mientras sus hermanos acosaban a la presa, se habían echado a un costado a descansar. La impresión de sus cuerpos, extendida en la nieve, era tan perfecta como si hubiera sido hecha un momento antes. Un lobo había sido atrapado en una acometida salvaje de la víctima enloquecida, y pisoteado hasta la muerte. Unos pocos huesos bien roídos lo testimoniaban.
       Nuevamente cesaron de alzar sus raquetas para la nieve en una segunda parada. Aquí el gran animal había luchado desesperadamente. En dos ocasiones lo habían derribado, como lo atestiguaba la nieve, y las dos veces se había sacudido de encima a sus atacantes, incorporándose nuevamente. Hacía mucho tiempo que había cumplido su misión, pero de todos modos, la vida seguía siéndole cara. Zing-ha había dicho que era raro que un alce caído lograra erguirse nuevamente; pero sin duda éste lo había hecho. El hechicero, cuando se lo contaran, vería en esto signos y presagios.
       Y una vez más llegaron al lugar donde el alce había intentado trepar la orilla y ganar el bosque. Pero sus enemigos lo atacaron por detrás, hasta que retrocedió y cayó sobre ellos, y hundió a dos profundamente en la nieve. Era evidente que la muerte estaba próxima, porque sus hermanos los habían dejado intactos. Pasaron de largo rápidamente ante dos enfrentamientos más, breves en el tiempo y muy cercanos. Ahora la senda estaba roja, y los limpios trancos del animal se habían vuelto cortos y desaliñados. Entonces escucharon los primeros ruidos de la lucha —no el coro de la cacería, a garganta plena, sino el ladrido rápido y áspero que hablaba de la lucha cuerpo a cuerpo, y de dientes clavados en la carne—. Arrastrándose contra el viento, Zing-ha reptó sobre la nieve, y con él lo hizo Koskoosh, quien habría de ser jefe de la tribu en los años venideros. Juntos apartaron las ramas inferiores de un abeto joven y espiaron. Lo que vieron fue el final.
       La imagen, como todas las impresiones de la juventud, permanecía imborrable en él, y sus ojos empañados vieron el fin con tanta nitidez como en esa época lejana. Koskoosh se maravillaba de esto, porque en los días que siguieron, cuando era dirigente de hombres y jefe de los consejeros, había realizado grandes hazañas y había hecho que su nombre fuera una maldición en boca de los pelly, y ni qué hablar del extraño hombre blanco que había matado, cuchillo contra cuchillo, en lucha abierta.
       Durante un largo rato, reflexionó acerca de los días de su juventud, hasta que el fuego fue languideciendo y la helada mordió con más fuerza. Esta vez lo alimentó con dos ramitas, y evaluó su asidero en la vida por lo que quedaba en él. Si Sit-cum-to-ha se hubiese acordado de su abuelo, y recogido una brazada más grande, sus horas se hubiesen prolongado. Hubiera sido fácil. Pero ella fue siempre una chiquilla descuidada, y desde el momento en que Castor, el hijo de Zing-ha, había posado su mirada en ella por primera vez, ya no honraba a sus antepasados. Bueno, ¿qué importaba? ¿Acaso él no había hecho lo mismo, en su propia, fugaz juventud? Escuchó un rato el silencio. Tal vez el corazón de su hijo se ablandara, y volviera con los perros para conducir a su anciano padre con la tribu, hacia donde abundaba el caribú con su espesa grasa.
       Aguzó los oídos, su inquieto cerebro se calmó un momento. Ningún movimiento, nada. Sólo él respiraba en el gran silencio. ¡Eh! ¿Qué era eso? Un escalofrío le recorrió el cuerpo. El aullido familiar, prolongado, quebró el vacío, y estaba muy cerca. Entonces, en sus ojos oscurecidos se proyectó la visión del alce —el viejo alce macho con los flancos desgarrados y cubiertos de sangre, el pelaje revuelto y dos grandes cuernos ramificados, bajos y arremetiendo hasta el fin—. Vio las centelleantes formas grises, los ojos fulgurantes, las lenguas que colgaban, los colmillos rezumando baba. Y vio el inexorable círculo que se cerraba hasta que se convirtió en un punto oscuro en medio de la nieve pisoteada.
       Un hocico frío le rozó la mejilla y el contacto hizo saltar su alma al presente. Su mano se lanzó al fuego y arrastró una rama encendida. Sojuzgada un instante por su ancestral temor al hombre, la bestia retrocedió, lanzando a sus hermanos un prolongado llamado; y éstos respondieron con avidez hasta que en torno al viejo se extendió un anillo gris, agazapado, con hilos de baba en las mandíbulas. El anciano escuchó cómo se cerraba el círculo. Agitó el tizón furiosamente, y los olfateos se convirtieron en gruñidos; pero las fieras anhelantes se negaron a dispersarse. De pronto uno avanzó con cautela, adelantando el pecho primero, arrastrando las ancas después; luego un segundo, y un tercero. Pero ninguno retrocedió. ¿Por qué habría de aferrarse a la vida?, se preguntó, y dejó caer en la nieve el tizón ardiente. Este siseó y se apagó. El círculo gruñó inquieto, pero se mantuvo en su puesto. Koskoosh volvió a ver la última batalla del viejo alce macho, y dejó caer cansadamente la cabeza en las rodillas. Al final de cuentas, ¿qué importaba? ¿No era ésa la ley de la vida?




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