Jack London
(San Francisco, California, 1876 – Glen Ellen, California, 1916)


El matrimonio de Lit-Lit (1903)
(“The Marriage of Lit-Lit”)
Originalmente publicado en Frank Leslie’s Popular Monthly (septiembre de 1903);
The Faith of Men
(Nueva York: The Macmillan Company, 1904, 286 págs.)



      Cuando John Fox llegó a un país en el que el whisky se congela por completo y puede usarse como pisapapeles durante la mayor parte del año, lo hizo sin los ideales e ilusiones que suelen entorpecer el progreso de los aventureros educados con mayor delicadeza. Nacido y criado en la franja fronteriza de Estados Unidos, se llevó con él a Canadá una mentalidad primitiva, una simplicidad primaria para captar las cosas, por decirlo de otra forma, que le aseguró un éxito inmediato en su nueva carrera. De simple empleado de la Compañía de la Bahía de Hudson, remando con los voyageurs [en francés: viajero y transportando bienes a la espalda en los pasos, enseguida ascendió al puesto de factor y se ocupó de la factoría de Fort Angelus.
       Allí, debido a su simplicidad primaria, se procuró una esposa nativa y, debido al éxtasis conyugal que le proporcionó, se libró del malestar y los vanos deseos que maldicen los días de los hombres más quisquillosos, echan a perder su trabajo y al final acaban por conquistarlos. Él vivía satisfecho, se centraba en el trabajo que debía hacer y reunió un historial magnífico al servicio de la Compañía. Por esa época falleció su esposa, a la que su pueblo reclamó y enterró, entre ceremonias primitivas, en un baúl de lata sobre la copa de un árbol.
       Le había dado dos hijos y cuando la Compañía lo ascendió se adentró con ellos en la inmensidad del Territorio Noroeste hasta un lugar llamado Sin Rock, donde se ocupó de una nueva factoría en una zona más importante, en la que se conseguían más pieles. Allí pasó varios meses solitarios y deprimentes, sumamente molesto con el aspecto poco atractivo de las doncellas indias y cada vez más preocupado por sus hijos en edad de crecer y necesitados de las atenciones de una madre. Entonces sus ojos se posaron en Lit-Lit.
       —Lit-Lit… bueno, es Lit-Lit —fue la forma en que, desesperado, se la describió a su ayudante jefe, Alexander McLean.
       McLean tenía demasiado fresca su educación escocesa —“Aún está muy verde”, como decía John Fox— para aceptar las costumbres matrimoniales del país. Sin embargo, no se mostraba reacio a que el factor pusiera en peligro su alma inmortal y, sobre todo porque él mismo sentía una atracción por Lit-Lit que no presagiaba nada bueno, se sintió sombríamente satisfecho de zanjar la seguridad de su propia alma al verla casada con el factor.
       No es de extrañar que la austera alma escocesa de McLean corriese peligro de derretirse bajo el cálido brillo de los ojos de Lit-Lit. Era guapa, delgada, esbelta, sin el rostro grande y la apatía temperamental de las indias. Lit-Lit recibía ese nombre por su forma, ya desde niña, de moverse como si revoloteara, de desplazarse de un lado a otro como una mariposa, de mostrarse pueril y alegre y de reírse con tanta ligereza como se movía y bailaba.
       Lit-Lit era hija de Snettishane, un jefe importante de la tribu, y de una mujer mestiza. Un día de verano el factor acudió a verlo para comenzar a negociar el matrimonio. Se sentó con el jefe bajo el humo de un fumigador de mosquitos, frente a su tienda, y charlaron sobre todos los temas imaginables, o al menos todos los temas imaginables en la región septentrional, a excepción del matrimonio. John Fox había ido para hablar de matrimonio; Snettishane lo sabía y John Fox sabía que lo sabía, por lo que evitaron el asunto escrupulosamente. Se dice que eso es sutileza india. En realidad se trata de una simplicidad transparente.
       Fueron pasando las horas y Fox y Snettishane fumaron una pipa tras otra, mirándose a los ojos con una ingenuidad extraordinariamente histriónica. A media tarde McLean y su colega ayudante, McTavish, pasaron por allí camino del río, inocentemente indiferentes. Cuando volvieron a pasar una hora más tarde Fox y Snettishane se encontraban absortos en una conversación ceremoniosa sobre el estado y la calidad de la pólvora y el beicon con los que comerciaba la Compañía. Mientras Lit-Lit, que había adivinado la misión del factor, se había colado por debajo de la pared trasera de la tienda y observaba, a través de la puerta delantera, a los dos inmersos en aquella logomaquia junto al fumigador de mosquitos. Estaba ruborizada y con los ojos alegres, orgullosa de que precisamente el factor (que en la jerarquía de la región septentrional ocupaba un lugar junto a Dios) la hubiese elegido y sentía una curiosidad muy femenina por ver de cerca qué clase de hombre era. El reflejo del sol en el hielo, el humo de las hogueras y el desgaste del clima le habían quemado el rostro hasta convertirlo en un moreno broncíneo, de manera que tenía el mismo color que su padre, mientras que ella era de piel más clara. Eso no le hizo demasiada gracia y le gustó mucho más lo grande y fuerte que aparentaba, a pesar de que su enorme barba negra la asustaba un poco porque le parecía extraña.
       Como era muy joven no conocía las costumbres de los hombres. Diecisiete veces había visto al sol viajar hacia el sur y desaparecer tras el horizonte y diecisiete veces lo había visto regresar para recorrer el cielo día y noche hasta que no hubiese oscuridad. Durante esos años Snettishane la había cuidado con el mayor de los celos, interponiéndose entre todos sus pretendientes, escuchando con desdén las ofertas que los jóvenes cazadores hacían a cambio de su mano y rechazándolos como si no hubiese nadie capaz de pagar su precio. Snettishane era un mercenario. Lit-Lit representaba una inversión para él. Constituía un capital concreto por el que esperaba recibir no un interés determinado y fijo, sino un interés incalculable.
       Por eso, habiendo sido criada de una forma tan parecida a la de un convento como permitieron las circunstancias de la tribu, la joven miraba con enorme ansiedad de doncella al hombre que sin duda había ido a buscarla, al marido que iba a enseñarle todo cuanto le faltaba por aprender de la vida, al ser poderoso cuya palabra sería ley para ella y que controlaría y limitaría sus actos y su comportamiento durante el resto de sus días.
       Pero, mientras miraba a través de la puerta delantera de la tienda, ruborizada e ilusionada por el extraño destino que surgía a su encuentro, fue sintiéndose decepcionada al ver que transcurría el día y el factor y su padre continuaban hablando ampulosamente de asuntos relacionados con otras cosas y que no tenían nada que ver con el matrimonio. A medida que el sol fue descendiendo hacia el norte y la medianoche se acercaba, el factor empezó a prepararse para despedirse. Al ver que se daba la vuelta con intención de echar a andar, Lit-Lit se desanimó, pero se recuperó cuando el hombre se detuvo y giró medio cuerpo.
       —Por cierto, Snettishane —dijo—, quiero una india que me arregle la ropa y se ocupe de fregar y limpiar.
       Snettishane gruñó y sugirió a Wanidani, que era una anciana sin dientes.
       —No, no —exclamó el factor—. Lo que quiero es una esposa. Lo he estado pensando y se me acaba de ocurrir que tal vez tú conozcas a alguna que me convenga.
       Snettishane se mostró interesado, por lo que el factor desanduvo sus pasos a fin de entretenerse, sin darle importancia, para charlar sobre aquel tema incidental que acababa de surgir.
       —¿Kattou? —sugirió Snettishane.
       —Solo tiene un ojo —objetó el factor.
       —¿Laska?
       —Cuando está de pie se le quedan las rodillas muy separadas. Kips, el más grande de tus perros, puede pasar entre sus rodillas cuando está de pie.
       —¿Senatte? —continuó Snettishane, imperturbable.
       Pero John Fox fingió enfado y gritó:
       —¿Qué tontería es esa? ¿Es que soy viejo para que intentes emparejarme con viejas? ¿Me faltan los dientes? ¿Estoy cojo? ¿Ciego de un ojo? ¿O soy pobre para que una doncella de ojos brillantes no pueda mirarme bien? ¡No lo olvides! ¡Soy el factor, un hombre rico e importante, uno de los poderosos de esta tierra, cuyas palabras hacen temblar a los hombres y siempre son obedecidas!
       Snettishane se sintió satisfecho, aunque su rostro, como el de una esfinge, no se relajó. Provocaba al factor y le marcaba el rumbo. Al ser una criatura tan primaria como para atender a las ideas de una en una, Snettishane era capaz de llevar esa idea mucho más lejos que John Fox. Porque John Fox, primario como era, tenía complejidad suficiente para albergar varias ideas tenues a la vez, lo que le impedía empeñarse en una sola con la insistencia y firmeza del jefe.
       Snettishane continuó enumerando con calma la lista de las doncellas disponibles mientras, una a una, en cuanto oía su nombre, John Fox las tachaba de no aptas y añadía sus objeciones. Al final se cansó y emprendió el regreso al fuerte. Snettishane lo vio marchar sin molestarse en detenerlo, pero no hizo falta porque el factor se detuvo por su cuenta.
       —Ahora que lo pienso —comentó—, los dos nos hemos olvidado de Lit-Lit. Me pregunto si me convendrá.
       Snettishane recibió la sugerencia con gesto distante y frío, bajo cuya máscara su alma sonreía de oreja a oreja. Era una clara victoria. Si el factor hubiese dado un solo paso más, él mismo habría pronunciado el nombre de Lit-Lit, pero el factor se había detenido justo a tiempo.
       El jefe no se comprometió en lo relativo a la idoneidad de Lit-Lit hasta que obligó al blanco a dar el siguiente paso adelante en los trámites.
       —Pues la única forma de saberlo será haciendo la prueba —meditó el factor en voz alta. Luego elevó el tono y dijo—: Así que ofrezco por Lit-Lit diez mantas y kilo y medio de buen tabaco.
       Snettishane contestó con un gesto que parecía decir que ni todas las mantas o el tabaco del mundo compensarían la pérdida de Lit-Lit y sus muchas virtudes. Cuando el factor lo presionó para que estableciera un precio, fríamente lo estableció en quinientas mantas, diez armas de fuego, veinticinco kilos de tabaco, veinte paños escarlata, diez botellas de ron, una caja de música y por último la buena voluntad y los mejores oficios del factor, con un sitio junto a su hoguera.
       El factor aparentó sufrir una apoplejía con lo que logró reducir el número de mantas a doscientas y eliminar el sitio junto a la hoguera, una condición insólita en los matrimonios de los blancos con las hijas de la tierra. Al final, tras otras tres horas de regateos, llegaron a un acuerdo. Snettishane recibiría por Lit-Lit cien mantas, dos kilos y medio de tabaco, tres armas de fuego y una botella de ron, incluidos la buena voluntad y los mejores oficios, lo cual, según John Fox, suponía diez mantas y un arma de fuego más de lo que valía la joven. Mientras volvía a casa de madrugada, con el sol de las tres brillando al noreste, fue desagradablemente consciente de que Snettishane lo había superado negociando.
       Snettishane, cansado y victorioso, fue a acostarse y descubrió a Lit-Lit antes de que pudiese escapar de la tienda. Gruñó con complicidad:
       —Has visto. Has oído. Por eso conoces la gran sabiduría y comprensión de tu padre. Te he casado bien. Haz caso de mis palabras y síguelas, ve cuando yo diga que vayas y ven cuando te ordene venir, así engordaremos con la riqueza de ese gran hombre blanco, que es tan necio como grande.
       Al día siguiente no se comerció en la factoría. El factor abrió el whisky antes del desayuno, para disfrute y alegría de McLean y McTavish, ofreció doble ración de comida a sus perros y se calzó sus mejores mocasines. En el exterior del fuerte se ocupaban de los preparativos para celebrar un potlatch [fiesta ceremonial indígena durante la que se distribuyen propiedades y regalos]. Potlatch significa “dar” y John Fox tenía la intención de distinguir su matrimonio con Lit-Lit celebrando un potlatch tan generoso como hermosa era la joven. Por la tarde toda la tribu se reunió para participar de la fiesta. Hombres, mujeres, niños y perros se atiborraron hasta la saciedad y ni una sola persona, ni siquiera los visitantes casuales o los cazadores llegados de otras tribus, se quedó sin recibir algún obsequio indicativo de la generosidad del novio.
       Lit-Lit, asustada y tímida hasta las lágrimas, se dejó engalanar por su barbudo esposo con un vestido nuevo de calicó, unos mocasines espléndidamente cubiertos de abalorios, un magnífico pañuelo de seda sobre su cabello negro como ala de cuervo, una bufanda púrpura alrededor del cuello, anillos y pendientes de latón, y una buena cantidad de joyas de imitación, incluido un reloj Waterbury. Snettishane a duras penas logró contenerse ante aquel espectáculo, sin embargo, decidido a no perder su oportunidad, consiguió apartarla un momento de la celebración.
       —Ni esta noche ni la siguiente —le dijo despacio—, sino después, cuando te llame como el cuervo desde la orilla del río, deberás levantarte del lecho de tu gran esposo, que es un necio, y acudir a mí. No, no —añadió veloz, al ver el rostro consternado de su hija ante la perspectiva de renunciar a su nueva y maravillosa vida—, porque en cuanto eso ocurra tu marido, que es un necio, vendrá quejándose a mi tienda. Entonces tendrás que quejarte tú y afirmarás que tal cosa no te gusta y tal otra tampoco y que ser la esposa del factor es más de lo que creías, por lo que solo te contentarás con más mantas, más tabaco y más riquezas de varios tipos para tu pobre padre Snettishane. No lo olvides, cuando te llame de noche, como un cuervo, desde la orilla del río.
       Lit-Lit asintió, porque desobedecer a su padre era un riesgo que conocía bien. Además, lo que le pedía no era gran cosa: una breve separación del factor, que se alegraría mucho más cuando la recuperase. La joven volvió a la fiesta y, al llegar la medianoche, el factor la buscó y se la llevó al fuerte, entre las bromas y los gritos de todos, en especial de las otras indias.
       Lit-Lit enseguida descubrió que la vida de casada con el jefe de un fuerte era mucho mejor de lo que había soñado. Ya no tenía que salir a buscar leña o agua y servir en todo momento a los hombres de la familia, todos unos cascarrabias. Por primera vez en su vida podía quedarse en la cama hasta que el desayuno estaba servido. ¡Y qué cama!, limpia, blanda y cómoda como ninguna otra. ¡Y qué comida! Mucha harina, con la que hacían galletas, tortitas calientes y pan tres veces al día y todos los días ¡y en la cantidad que ella quisiera! Semejante prodigalidad parecía increíble.
       Para mayor satisfacción, el factor era astutamente amable. Había enterrado una esposa y sabía gobernar dejando las riendas flojas para tensarlas solo de vez en cuando, aunque cuando las tensaba lo hacía con fuerza. “Lit-Lit manda en esta casa —anunció en la mesa la mañana siguiente a la boda—. Se hará lo que ella diga, ¿entendido?”. McLean y McTavish comprendieron. Además, sabían que el factor tenía la mano muy firme.
       Pero Lit-Lit no se aprovechó. Imitando el comportamiento de su marido, enseguida se hizo cargo de los niños y les proporcionó toda clase de comodidades, además de darles la misma libertad que él le daba a ella. Los dos hijos colmaron a su nueva madre de alabanzas, a las que se unieron los elogios de McLean y McTavish, y el factor alardeó de la felicidad del matrimonio hasta que el relato del buen comportamiento de ella y la satisfacción del esposo llegó a oídos de todos los habitantes de la región de Sin Rock.
       Entonces Snettishane, al que las visiones de su interés incalculable mantenían despierto por las noches, pensó que había llegado el momento de poner manos a la obra. La décima noche de su vida de casada, a Lit-Lit la despertó el graznido de un cuervo y supo que Snettishane la esperaba en la orilla del río. Era tan feliz que había olvidado su pacto y ahora la alcanzaba envuelto en el miedo infantil que le provocaba su padre. Permaneció un rato acostada, temblando, sin querer ir pero temerosa de quedarse. Sin embargo, al final el factor salió victorioso de aquella lucha silenciosa y su amabilidad, además de sus enormes músculos y su mandíbula cuadrada, le dieron fuerzas para ignorar la llamada de Snettishane.
       Pero por la mañana se levantó muy asustada y se dedicó a sus tareas con miedo de que apareciera su padre. Sin embargo, a medida que iba transcurriendo el día, fue recuperando el ánimo. John Fox, al reconvenir prudentemente a McLean y McTavish por algún incumplimiento de su deber, la ayudó a reunir valor. Intentó no perderlo de vista en ningún momento y cuando lo siguió al interior del gigantesco almacén y lo vio manejar y mover de un lado a otro grandes fardos de mercancía, se sintió reforzada en su desobediencia al padre. Además (no había entrado nunca en el almacén y Sin Rock era el centro de distribución para varias series de factorías menos importantes), se quedó impresionada por la infinita riqueza que allí guardaban.
       Esa imagen, comparada con la de la tienda vacía de Snettishane, hizo que se desvanecieran sus dudas. Pero lo que acabó por convencerla del todo fue una breve conversación con uno de sus hijastros. “¿Es bueno tu padre blanco?”, fue lo que preguntó ella y el niño contestó que su padre era el mejor hombre que conocía. Esa noche el cuervo volvió a graznar. La noche siguiente el graznido fue aun más intenso y despertó al factor, quien dio vueltas en la cama, inquieto, durante un rato y luego dijo en voz alta: “Maldito sea ese cuervo”, lo que hizo reír a Lit-Lit bajo las mantas.
       Por la mañana, muy temprano, Snettishane hizo su siniestra aparición y fue enviado a desayunar a la cocina con Wanidani. Se negó a tomar “comida de mujeres” y un poco después se enfrentó a su yerno en la tienda, donde se comerciaba. Dijo que, tras saber que su hija era semejante joya, había ido a buscar más mantas, más tabaco y más armas de fuego, sobre todo más armas de fuego. Mantenía que lo habían engañado en cuanto al precio y que acudía a él en busca de justicia. Pero al factor no le sobraban ni las mantas ni las ganas de hacer justicia, por lo que fue informado de que Snettishane había hablado con el misionero de Three Forks, quien le había dicho que esos matrimonios no se hacían en el cielo y que el deber de un padre era recuperar a su hija.
       —Ahora soy un buen cristiano —concluyó Snettishane—. Quiero que mi Lit-Lit vaya al cielo.
       La respuesta del factor fue breve y directa, pues envió a su suegro a las antípodas del cielo y, agarrándolo del cogote y del borde de la manta, lo propulsó en esa dirección hasta la puerta.
       Pero Snettishane se coló dentro de nuevo por la cocina y acorraló a Lit-Lit en la enorme sala de estar del fuerte.
       —Puede ser que durmieras profundamente anoche cuando te llamé desde la orilla del río —le dijo con una mirada de cólera.
       —No. Estaba despierta y te oí. —El corazón le latía con fuerza y sintió que se ahogaba, pero no se detuvo—. Y la noche anterior estaba despierta y te oí, al igual que la anterior.
       Acto seguido, debido a su gran felicidad y al miedo de que se la arrebataran, emprendió un discurso original y elogioso sobre la situación y los derechos de la mujer: la primera conferencia sobre la nueva mujer pronunciada al norte del paralelo 53.
       Pero cayó en saco roto. Snettishane vivía en la oscuridad de la Edad Media. Cuando ella se detuvo para coger aire, él dijo en tono amenazador:
       —Esta noche volveré a llamar como el cuervo.
       En ese momento entró el factor y volvió a enviar a Snettishane camino de las antípodas celestiales.
       Esa noche el cuervo graznó con más empeño que nunca. Lit-Lit, que tenía el sueño ligero, lo oyó y sonrió. John Fox dio vueltas en la cama, inquieto. Luego se despertó y dio aún más vueltas, mucho más inquieto. Gruñó y bufó, juró en voz baja y en voz alta y al final se levantó. Avanzó a tientas hasta la sala de estar y cogió una escopeta cargada con perdigones que estaba en el perchero y que el descuidado de McTavish había dejado allí.
       El factor abandonó el fuerte sin hacer ruido y se dirigió hacia el río. Los graznidos habían cesado, pero se tumbó sobre la hierba alta y aguardó. El aire parecía un bálsamo fresco y la tierra, tras el calor del día, de vez en cuando respiraba relajada. El factor, inmerso en el ritmo de su entorno, apoyó la cabeza en el brazo y se quedó traspuesto.
       A cincuenta metros de distancia, con la cabeza descansando en las rodillas y de espaldas a John Fox, Snettishane también dormía, suavemente vencido por la quietud de la noche. Transcurrió una hora, se despertó y, sin levantar la cabeza, hizo vibrar las sombras con el ronco sonido gutural del cuervo.
       El factor se despertó, pero no con el sobresalto abrupto del hombre civilizado, sino con el paso silencioso, rápido y rotundo del sueño al desvelo del salvaje. A la poca luz nocturna distinguió un objeto oscuro en medio de la hierba, al que apuntó con la escopeta. Un segundo graznido empezaba a surgir cuando apretó el gatillo. Los grillos dejaron de cantar, las aves silvestres de pelear y el graznido del cuervo se detuvo de repente y se desvaneció en un silencio sorprendido.
       John Fox corrió al lugar y alargó la mano hacia lo que había matado, pero sus dedos agarraron una mata de pelo áspero y expusieron el rostro de Snettishane a la luz de las estrellas. Sabía cómo se dispersaban los perdigones a cincuenta metros de distancia y sabía que había acribillado a Snettishane en los hombros y en la región lumbar. Y Snettishane sabía que él lo sabía, pero ninguno lo comentó.
       —¿Qué haces aquí? —preguntó el factor—. A estas horas los viejos deberían estar en la cama.
       Pero Snettishane se mostró imponente, a pesar de que los perdigones le picaban bajo la piel.
       —Este viejo no duerme —afirmó solemne—. Lloro por mi hija, por mi hija Lit-Lit, que vivía y que ahora está muerta y que sin duda irá al infierno del hombre blanco.
       —Pues de ahora en adelante llora en la otra orilla, para que no se te oiga desde el fuerte —dijo John Fox, dándose la vuelta—. El ruido de tu llanto es excesivo y no nos deja dormir por las noches.
       —Me duele el corazón —respondió Snettishane—, y la pena vuelve negros mis días y mis noches.
       —Como negro es el cuervo —dijo John Fox.
       —Como negro es el cuervo —repitió Snettishane.
       Nunca más se oyó al cuervo junto a la orilla del río. Lit-Lit madura día a día y es muy feliz. Además, los hijos de la primera esposa de John Fox, que yace enterrada en un árbol, han tenido hermanas. El anciano Snettishane ya no visita el fuerte y dedica muchas horas a elevar su voz, vieja y apagada, contra la ingratitud filial de los hijos en general y de su hija Lit-Lit en particular. Sus últimos años se han visto amargados por la total seguridad de que fue engañado. Incluso John Fox ha dejado de afirmar que había pagado diez mantas y un arma de fuego de más por Lit-Lit.




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