Jack London
(San Francisco, California, 1876 – Glen Ellen, California, 1916)


En la estera de Makaloa (1916)
(“On the Makaloa Mat”)
Originalmente publicado (póstumo) en la revista Cosmopolitan, 66
(marzo de 1919), págs. 16-23 y 133-135;
On the Makaloa Mat (póstumo)
(Nueva York: The Macmillan Company, 1919, 229 págs.)



      A diferencia de las mujeres de otras tierras calientes, las de Hawai envejecen digna y noblemente. Sin el engaño de los afeites ni el ocultamiento astuto de los efectos del tiempo, la que se hallaba sentada bajo el árbol de hau habría parecido a los ojos de un entendido en la materia, oriundo de cualquier tierra menos de aquella isla, una mujer de, a lo más, cincuenta años. Y, sin embargo, sus hijos, sus nietos, y Roscoe Scandwell, su esposo hacía más de cuarenta años, sabían que tenía sesenta y cuatro cumplidos y cumpliría los sesenta y cinco el próximo 22 de junio. Pero no aparentaba su edad, a pesar de los lentes que se colocaba sobre la nariz para leer una revista y se quitaba cuando quería dirigir la mirada a la media docena de chiquillos que jugaban sobre el césped.
       Era aquélla una noble estampa, noble como el añoso árbol de hau del tamaño de una casa bajo el que estaba sentada como al abrigo de un techo, tan espaciosa y confortable era la sombra que proporcionaba, noble como la pradera de espeso césped, valorado en doscientos dólares el pie cuadrado, que se extendía hacia tierra adentro hasta un edificio igualmente digno, noble y caro. En dirección opuesta, asomando entre las ramas de una guirnalda de cocoteros de cien pies de altura, brillaba el océano, que de azul se convertía en índigo conforme avanzaba hacia el horizonte y, dentro del arrecife, adquiría las tonalidades sedosas de la gama del jade, la turmalina y el verde.
       Era aquélla una de las seis casas que pertenecían a Martha Scandwell. La de la ciudad, situada a pocas millas de allí, en la avenida Nuanu, de Honolulú, entre la primera y la segunda cascadas, era un auténtico palacio. Ejércitos de invitados habían conocido el confort y la alegría de la mansión de Tantalus, de la quinta que poseía junto al volcán, de su mauka (casa de tierra adentro) y de su makai (casa junto al mar), todas ellas en la isla de Hawai. Pero esta residencia de Waikiki no les quedaba a la zaga en cuanto a belleza, dignidad y lujo.
       Dos jardineros japoneses recortaban los hibiscos mientras un tercero retocaba con mano experta el seto de pitahayas que pronto desplegaría su misterioso florecer nocturno. Un camarero también japonés, enfundado en un elegante traje de dril blanco, se acercaba desde la casa cargado con el servicio de té y seguido por una doncella de su mismo origen, linda como una mariposa con la gracia que le proporcionaba el atuendo típico de su raza y como la mariposa vibrante en su afán de atender a la señora. Otra doncella, también japonesa, cruzaba la pradera con una brazada de toallas de gruesa felpa en dirección a las cabinas de donde empezaban a salir los niños vestidos con sus trajes de baño. Más lejos, al borde del agua y bajo los cocoteros, dos niñeras chinas con su ingenuo atavío de yeeshon blanco y pantalón de corte recto, trenzado el cabello a la espalda, atendían a un niño en su cochecillo.
       Todos ellos —criados, niñeras y niños— pertenecían a Martha Scandwell. Exacto era el color de la piel de sus seis nietos, ese tono inconfundiblemente hawaiano producto de la continua exposición al fuerte sol de las islas. Eran un octavo y un dieciseisavo hawaianos, es decir, que siete octavos o quince dieciseisavos de sangre blanca informaban su piel sin borrar por completo el bronce dorado de la Polinesia. Pero también en este caso, sólo un observador experto hubiera logrado adivinar que aquellos chiquillos no eran totalmente blancos. Tanto su abuelo como su abuela eran de casta. Roscoe descendía directamente de puritanos de Nueva Inglaterra, mientras que Martha procedía, de forma no menos directa, de aquellos reyes de Hawai cuyas genealogías se cantaban mil años antes de que llegase a aquellas islas la lengua escrita.
       En la distancia se detuvo un vehículo del que bajó una mujer que aparentaba como máximo unos sesenta años y que atravesó la pradera con la agilidad de una hembra de cuarenta bien llevados cuando en realidad contaba sesenta y ocho. Martha se levantó a recibirla con la cordialidad típica del país: abrazos, besos en los labios, rostros elocuentes y besos no menos elocuentes que reflejaban la sinceridad y la franqueza de una emoción excesiva. Hubo intercambio de saludos, mezclados con preguntas casi incoherentes acerca de sus respectivos estados de salud, del tío tal, la hermana cual, y el tío no sé cuántos, hasta que, superadas las primeras emociones del encuentro, ambas mujeres se sentaron y se miraron mutuamente sobre sus tazas de té. Hubiérase dicho que no se habían visto ni abrazado desde hacía largo tiempo, cuando habían transcurrido solamente dos meses desde su separación. Contaban sesenta y cuatro años una y sesenta y ocho la otra, pero su compenetración perfecta residía en el hecho de que un cuarto del ser de ambas era puro corazón, el corazón de Hawai caliente de sol y de amor.
       Los niños rodearon a tía Bella como la marea alta y fueron debidamante abrazados y besados hasta que partieron con sus niñeras en dirección al agua.
       —Decidí hacer una escapada a la playa durante unos días aprovechando que se han calmado los vientos —explicó Martha.
       —Y llevas aquí dos semanas —dijo Bella, sonriendo afectuosamente a su hermana menor—. Me lo dijo nuestro hermano Edward. Fue a recibirme al puerto e insistió en llevarme a ver a Louise, a Dorothy y a su primer nieto. Está loco con él.
       —¡Dios mío! —explicó Martha—. ¡Dos semanas ya! ¡Se me han pasado volando!
       —¿Dónde está Annie? ¿Y Margaret? —preguntó Bella.
       Martha encogió sus voluminosos hombros con un gesto que expresaba el afecto voluminoso y tolerante que sentía hacia aquellas dos matronas caprichosas, hijas suyas, que habían dejado los niños a su cuidado aquella tarde.
       —Margaret está en una reunión del Círculo Naturalista. Quieren plantar árboles e hibiscos a ambos lados de la avenida Kalalaua —dijo—. Y Annie está desgastando unos neumáticos que cuestan ochenta dólares con el fin de reunir setenta y cinco para la Cruz Roja. Hoy han dedicado el día a la beneficencia.
       —Roscoe debe estar orgulloso —dijo Bella, observando el destello de satisfacción que asomaba a los ojos de su hermana—. Me enteré en San Francisco de que Ho-o-la ha pagado el primer dividendo. ¿Recuerdas cuando invertí mil dólares en acciones de esa compañía para los pobres niños de Abbie? Entonces valían cada uno setenta y cinco centavos y dije que las vendería cuando subieran a diez dólares.
       —Y todos se rieron de ti y de los demás accionistas —asintió Martha—. Pero Roscoe estaba seguro. Y hoy se están pagando a veinticuatro dólares.
       —Vendí las mías por cable desde el barco a veinte justos —continuó Bella—. Y ahora Abbie fabrica vestidos sin descanso. Se va a París con Tootsie y May.
       —¿Y Carl? —preguntó Martha.
       —Acabará su carrera en Yale, de eso no hay duda.
       —Cosa que habría hecho de todos modos, y tú lo sabes —atacó Martha con gracia, empleando un modismo muy del momento.
       Bella se confesó culpable de haber intentado pagar los estudios universitarios al hijo de su amiga y añadió complaciente:
       De todos modos es mucho más bonito que se los haya costeado Ho-o-la. Aunque si bien se mira, es como si los hubiera pagado Roscoe, porque fue él quien me aconsejó que hiciera esa inversión.
       Miró lentamente en torno suyo, empapándose no sólo en la belleza, la comodidad y la paz concretas de todo aquello en que se posaban sus ojos, sino también en la inmensidad de la belleza, la comodidad y la paz de oasis similares repartidos por todas las islas. Suspiró satisfecha y observó:
       —Nuestros maridos han sabido administrar bien lo que aportamos al matrimonio.
       —Y por fortuna… —comenzó Martha interrumpiendo de pronto la frase con sospechosa brusquedad.
       —Y por fortuna a todas nos ha ido bien menos a Bella —continuó ésta, completando la frase de su hermana con tono de disculpa.
       —Fue una lástima ese matrimonio tuyo —murmuró Martha, toda dulzura y compasión—. Eras muy joven.
       Tío Robert no debió obligarte.
       —Sólo tenía diecinueve años —asintió Bella—. Pero no fue culpa de George Castner. Mira todo lo que después ha hecho por mí desde la tumba. El tío Robert no se equivocó. Sabía que George tenía visión certera del futuro, energía y perseverancia. Supo ver ya entonces, y de esto hace cincuenta años, el potencial que encerraban las aguas de Nahala. Todos creyeron que lo que ambicionaba era comprar tierras de pastos, cuando lo que quería era tener los derechos a esas aguas, y todos sabemos ahora lo acertado que estaba. A veces me avergüenza pensar en lo cuantioso de mis actuales rentas. No. A pesar de todo, el fracaso de nuestro matrimonio no se lo achaco a George. Sé que habría podido ser feliz con él hasta hoy mismo si hubiera vivido, de eso estoy segura. —Negó lentamente con la cabeza—. No fue culpa suya. Ni de nadie. Ni siquiera mía.
       La dulzura nostálgica del tono de su voz privó de dureza a las palabras que pronunció después:
       —Si alguien ha de cargar con la responsabilidad, será John.
       —¡El tío John! —exclamó Martha con enorme sorpresa—. Si me hubieran preguntado, habría dicho que Robert. Pero el tío John…
       Bella sonrió con segura lentitud.
       —Fue Robert quien te obligó a casarte con George Castner —insistió su hermana.
       —Es cierto —corroboró Bella—. Pero el quid del asunto no está en el marido, sino en un caballo. Le pedí al tío John que me prestara una montura y accedió. Así fue como ocurrió todo.
       Se hizo un silencio, cargado y críptico, entre las dos mujeres mientras las voces de los niños y las protestas autoritarias de las niñeras asiáticas se iban aproximando desde la playa. Acometió a Martha Scandwell una sensación vibrante y trémula, y, súbitamente, tomó una decisión. Apartó a los chiquillos con un gesto.
       —Dejadnos, niños, dejadnos. La abuela y tía Bella quieren hablar.
       Y mientras el tremolar dulce y agudo de las voces infantiles se alejaba por la pradera, Martha observó con los ojos del corazón la tristeza de las líneas que un dolor secreto había grabado en el rostro de su hermana. Cincuenta años llevaba viendo esas arrugas. Necesitó revestir de acero toda la dulzura de Hawai para romper aquel medio siglo de silencio.
       —Bella —dijo—. Nunca supimos nada. Jamás quisiste hablar. Pero a menudo hemos pensado…
       —Nunca me habéis preguntado —murmuró Bella, agradecida.
       —Pues hoy al fin te lo pregunto. Hemos llegado a nuestro crepúsculo. Escúchalos. A veces me asusta pensar en que esos niños son mis nietos, los nietos de una mujer que sólo ayer era una niña tan ligera de piernas como de corazón, la más despreocupada que jamás haya montado caballo alguno, o nadado entre las olas, o recogido opihis con la marea baja, o reído de una docena de amantes. Ahora, en nuestro crepúsculo, olvidémonos de todo excepto de que somos hermanas.
       Los ojos de las dos mujeres estaban empañados de una humedad de rocío. Bella temblaba ostensiblemente.
       —Pensábamos que era culpa de George Castner —continuó Martha— y hasta creimos adivinar los detalles. Él era un hombre frío y tú tenías la pasión de las hawaianas. Debió ser cruel contigo. Walcott, nuestro hermano, insistía en que te pegaba…
       —¡No, no! —interrumpió Bella—. George Castner nunca fue un bruto ni una bestia. Muchas veces hasta deseé que lo fuera. Nunca me pegó, nunca me amenazó, nunca me levantó la voz. Jamás (¿puedes creerlo, hermana?, por favor, créeme) hubo entre nosotros una palabra más alta que otra ni una sola expresión de enojo. Pero esa casa suya, nuestra casa de Nahala, era sombría. El único color allí era el gris. Un gris frío, helado, mientras que yo resplandecía con todos los colores del sol, de la tierra, de la sangre y de los pájaros. Nahala era fría, de una frialdad gris, la frialdad de mi marido. Tú sabes que él era gris, Martha. Como esos retratos de Emerson que veíamos en el colegio. Tenía la piel gris. Ni el sol, ni el aire, ni las horas que pasaba cabalgando consiguieron broncearle. Y era tan gris por dentro como por fuera.
       Yo tenía tan sólo diecinueve años cuando tío Robert decidió casarme. ¿Cómo podía saber lo que iba a ocurrir? Tío Robert me habló. Me dijo que las riquezas y las tierras de Hawai estaban pasando a manos de los haoles (blancos). Los jefes hawaianos se estaban dejando despojar de todo. Las hawaianas ricas que se casaban con blancos veían sus riquezas multiplicadas prodigiosamente bajo la administración de sus esposos. Me habló de nuestro abuelo Roger Wilton, que aumentó las tierras que aportó la abuela al matrimonio y construyó en ellas el Rancho Kilohana…
       —Aún en aquel entonces sólo le aventajaba el Rancho Parker —interrumpió Martha, orgullosa.
       —Me dijo que si nuestro padre antes, de morir hubiera sido tan previsor como el abuelo, la mitad de las tierras del Rancho Parker habrían pasado al de Kilohana. Me dijo que nunca sería la carne tan barata y que el futuro de Hawai estaba en el azúcar. De eso hace ya más de cincuenta años y ya ves cómo el tiempo le ha dado la razón. Me dijo también que el joven haole Castner sabía prever el futuro y llegaría muy lejos, que éramos muchas las mujeres de la familia y que las tierras de Kilohana, por ley, tendrían que heredarlas los varones. Que si me casaba con George tenía asegurado un espléndido futuro.
       Yo contaba entonces sólo diecinueve años. Acababa de salir de la Royal Chief School, porque entonces las niñas aún no íbamos a estudiar a Estados Unidos. Tú fuiste una de las primeras, Martha, que se educaron en América. ¿Qué sabía yo del amor, de los hombres, por no decir del matrimonio? Todas las mujeres se casaban. Era su misión en la vida. Mamá, la abuela, todas las de la familia se habían casado desde tiempo inmemorial. Mi misión en la vida era ser la esposa de George Castner. Tío Robert me lo aconsejaba y yo sabía que él era hombre sensato y prudente. Y así fue como me fui a vivir con mi marido a la casa gris de Nahala.
       Tú la recuerdas. Allí no había un solo árbol. Sólo praderas ondulantes, altas montañas rocosas a la espalda, el mar a nuestros pies, y el viento, los vientos de Waimea y de Nahala, y los vientos kona también. No me habrían importado, como no me importaban en Kilohana, como a nadie le importaban en Mana, de no haber sido Nahala tan gris ni mi marido tan gris. Estábamos solos. Él administraba el rancho de los Glenn, que se habían vuelto a Escocia. Mil ochocientos dólares al año le daba por ello, más carne, caballos, servicio de vaqueros y vivienda.
       —Un sueldo muy alto en esos tiempos —dijo Martha.
       —Tratándose de George Castner y de lo que trabajaba, era muy poco —dijo Bella en defensa de su esposo—. Viví con él durante tres años. Ni una sola mañana se levantó pasadas las cuatro y roedla. Con los Glenn era la encarnación misma de la fidelidad. Honrado hasta la exageración, justificaba en sus cuentas hasta el último penique. Les dedicaba tiempo y energías más que sobrados. Quizá fuera eso lo que contribuyera hacer tan gris nuestra vida. Pero, óyeme bien, Martha. De esos mil ochocientos dólares que le pagaban, ahorraba anualmente mil seiscientos. ¡Imagínate! Vivíamos los dos con doscientos dólares al año. Por fortuna, él no fumaba ni bebía. Pero con ese dinero también nos vestíamos. Yo me hacía mi ropa. Puedes figurártela. A excepción de partir la leña, que era tarea reservada a los vaqueros, el resto del trabajo era responsabilidad mía. Yo hacía el pan, yo fregaba…
       —Tú, que desde el día en que naciste estuviste rodeada de sirvientes —se compadeció Martha—. Había un ejército de ellos en el rancho de Kilohana.
       —Lo peor era la miseria, la escasez constante, acuciante —exclamó Bella—. ¡Aquellas libras de café alargadas hasta el infinito! ¡Las escobas reducidas a la nada antes de comprar una nueva! ¡Y la carne! ¡Carne y cecina mañana, tarde y noche! ¡Y la avena! Desde entonces nunca he vuelto a probarla, ni la avena ni ninguna de esas gachas que se comen en el desayuno.
       Se levantó de pronto y se alejó una docena de pasos para mirar sin ver la espléndida coloración del arrecife, al tiempo que dominaba su emoción. Luego regresó a su asiento con ese porte espléndido, seguro, gracioso, erguido el pecho, noble la cabeza, del que no podrá privar nunca a la hawaiana la mezcla con razas extranjeras. Haole en extremo era Bella Castner, de piel blanca y fina. Y, sin embargo, mientras avanzaba, el porte de su cabeza, la mirada de sus ojos rasgados y castaños, entreabiertos bajo los arcos majestuosos de sus cejas, las ligeras arrugas en torno a una boca pequeña que tras sesenta y ocho años aún cantaban la dulzura de tantos besos… todo ello la convertía en viva imagen de una jefa del viejo Hawai, imagen que reventaba a través de sus venas imponiéndose a la sangre haole que corría por ellas. Era más alta que su hermana Martha y, si cabe, más majestuosa.
       —Sabes que fuimos famosos por la poca largueza con que acogíamos a nuestros huéspedes —continuó Bella con una risa ligera—. Había que recorrer muchas millas en cualquier dirección desde Nahala hasta el próximo techo. En casa pernoctaban a veces viajeros cansados o sorprendidos por la tormenta. Y tú sabes cuán pródigos eran y son los ranchos de esta tierra. ¡Cómo se reían todos los vecinos de nosotros! «Déjalos, ¿qué nos importa?», me decía George. Ellos viven hoy y ahora. Dentro de veinte años nos tocará a nosotros, Bella. Ellos seguirán donde están y vendrán a comer de nuestras manos. Les alimentaremos porque no tendrán qué llevarse a la boca. Y les alimentaremos bien, Bella, porque seremos ricos, tan ricos que me da miedo decirte hasta qué punto. Pero sé lo que sé y tú debes confiar en mí.
       Y tenía razón. Veinte años después, aunque George no vivió para verlo, yo tenía una renta mensual de mil dólares. ¡Dios mío! Hoy ya no sé ni a cuánto asciende. Pero entonces yo contaba diecinueve años y le decía a George: «¡Ahora, vivamos ahora! Dentro de veinte años puede que hayamos muerto. Quiero un escoba nueva. Y hay un café de tercera que cuesta sólo dos peniques más que esa bazofia que tomamos. ¿Por qué no freír los huevos con aceite, ahora? Quisiera tener al menos un mantel nuevo». ¡Si hubieras visto nuestra ropa de casa! Me daba vergüenza que los huéspedes se acostaran entre aquellas sábanas, aunque bien sabe Dios cuán raramente se atrevían a alojarse bajo nuestro techo.
       «Ten paciencia, Bella —me respondía él—. Dentro de poco, dentro de unos años, los que ahora se sientan a nuestra mesa y duermen entre nuestras sábanas y nos critican, se enorgullecerán de pisar nuestra casa… los que aún queden vivos, claro. Recuerda cómo murió Stevens el año pasado después de una vida fácil y de despilfarro. Era amigo de todos menos de sí mismo. Tuvieron que enterrarle los vecinos de Kohala porque no dejó nada sino deudas. Y mira cómo los otros siguen el mismo camino. Tu hermano Al, por ejemplo. Ni cinco años podrá seguir viviendo como vive, y está destrozando el corazón de tus tíos. Y mira el príncipe Lilolilo. Le veo pasar con su escolta de medio centenar de canacas a caballo, hombres fuertes y fanfarrones a los que más les valdría trabajar y mirar por su futuro, porque el príncipe no llegará jamás a reinar en las islas. No vivirá para ser rey de Hawai».
       George tenía razón. Al murió. Y también el príncipe Lilolilo. Sólo se equivocó en una cosa. Él, que no bebía, que no fumaba, que jamás malgastó la fuerza de sus miembros en un abrazo ni posó sus labios sobre los míos más que el segundo necesario para darme un beso rutinario; él, que se levantaba invariablemente antes de cantar el gallo y que estaba dormido antes de que se hubiera gastado la décima parte del querosene de la lámpara; él, que nunca había pensado en la muerte, murió antes que Al y que el príncipe Lilolilo.
       «Ten paciencia, Bella —solía decirme el tío Robert—. George Castner tiene un gran futuro por delante. He elegido un buen marido para ti. Vuestras penurias son las del camino que conduce a la Tierra Prometida. No siempre gobernarán los hawaianos en Hawai. Del mismo modo que se les van las riquezas de las manos, se les escapará el poder de entre los dedos. El poder y la tierra van unidos, Bella. Habrá cambios y revoluciones, nadie sabe cuántas ni de qué clase, pero al final el blanco poseerá la tierra y gobernará. Y ese día tú serás la primera dama de Hawai, tan seguro como que George Castner será el hombre que gobierne la isla. Está escrito. Siempre ocurre lo mismo cuando el haole se enfrenta con una raza más débil. Yo, tu tío Robert, medio hawaiano medio haole, sé muy bien lo que me digo. Ten paciencia, Bella, ten paciencia».
       «Mi querida Bella», me decía por su parte el tío John, que abrigaba en su corazón un gran cariño hacia mí. Él, gracias a Dios, nunca me recomendó paciencia. Él lo entendía. Era un hombre muy sabio. Era afectuoso, humano, y, por tanto, más sabio que Robert y que George Castner, que ambicionaban la materia y no el espíritu, que contaban las monedas en vez de los latidos de un corazón amigo, que sumaban columnas de cifras en vez de recordar abrazos, miradas, caricias y palabras de afecto. «Mi querida Bella», me decía John. Él entendía. Tú sabes que fue amante de la princesa Naomi. Un verdadero amante. Sólo se enamoró una vez. Cuando Naomi murió, dijeron que era un excéntrico. Y es cierto. Era de los que quieren una sola vez y para siempre. Recuerdo aquella habitación tabú de su casa de Kilohana, aquélla en la que entramos sólo después de su muerte y que resultó ser un santuario dedicado a ella. «Mi querida Bella». Nunca me dijo más, pero eso me bastó para saber que él entendía.
       Yo tenía entonces diecinueve años y era una hawaiana caliente de sol a pesar de mis tres cuartas partes de sangre blanca. No conocía del mundo más que el esplendor de mi niñez en Kilohana, lo que me habían enseñado en la Royal Chief School, mi marido gris de Nahala con sus sermones grises, su austeridad y su ahorro, y esos dos tíos míos, ambos sin hijos, el uno con sus frías visiones de un futuro distante y el otro con el corazón roto, ensoñador perpetuo y enamorado de una princesa muerta.
       ¿Te imaginas aquella casa gris? Yo que había conocido la abundancia, las delicias, la alegría siempre tiente de Kilohana, de la casa de los Parker en la vieja Mana, de Puuwaawaa… Tú las recuerdas. Vivíamos en aquellos días en esplendor feudal. ¿Quieres, puedes creer, Martha, que en Nahala, la máquina de coser que yo tenía era una de aquellas que trajeron los primeros misioneros, un artefacto absurdo y diminuto que funcionaba haciendo girar la rueda con la mano?
       Robert y John dieron a George cinco mil dólares cada uno en el momento de nuestro matrimonio, pero él les pidió que lo guardaran en secreto. Sólo nosotros cuatro lo sabíamos. Y mientras yo cosía mis holokus baratos en aquella máquina absurda, él adquiría con ese dinero terrenos y terrenos en las praderas altas de Nahala, poco a poco, negociando cada compra hasta adquirir una ganga, con ese rostro suyo que era la viva imagen de la pobreza.
       Pero, ¿valió la pena? Yo estaba hambrienta. Si sólo una vez me hubiera estrechado locamente entre sus brazos. Si sólo una vez me hubiera dedicado cinco minutos robados al trabajo o a la fidelidad que dedicaba a sus patrones. A veces hubiera gritado, o le hubiera tirado el sempiterno cuenco de avena a la cara, o hubiera arrojado al suelo la máquina de coser y hubiera bailado el hula sobre ella sólo para hacerle reaccionar, para hacerle gritar de ira, para que se mostrara como un ser humano, cruel, como un hombre en vez de como un semidiós helado y gris.
       La expresión trágica se desvaneció en el rostro de Bella, que de pronto se echó a reír con la risa franca que despiertan los recuerdos alegres.
       —Cuando él me veía en ese estado de ánimo me miraba gravemente, me tomaba el pulso, me examinaba la lengua, me administraba grave una buena dosis de aceite de ricino, y, con la misma gravedad, me hacía acostarme temprano entre sábanas previamente templadas con las arandelas de hierro de la cocina mientras me aseguraba que me sentiría mucho mejor al día siguiente. ¡Temprano, decía él! ¡Cuándo sólo como gran concesión consentía en que nos acostáramos a las nueve en punto! Las ocho era habitualmente la hora en que nos retirábamos. Con eso ahorrábamos querosene. Nunca cenábamos tres platos en Nahala. ¿Recuerdas la mesa de Kilohana cuando nos reuníamos a cenar? George y yo hacíamos sólo una comida ligera. Luego, él se instalaba junto a la lámpara al lado de la mesa y leía durante una hora revistas atrasadas que le prestaban, mientras yo, sentada frente a él, remendaba sus calcetines y su ropa interior, la más barata, la más basta de cuanta se fabricaba. Y cuando él se iba a la cama, yo me iba a la cama también. Era un despilfarro gastar querosene para beneficio de uno solo. Y siempre se acostaba con el mismo ritual, dando primero cuerda a su reloj, anotando las temperaturas del día en su diario, descalzándose siempre de la misma forma, el pie derecho primero, el izquierdo después, y colocando los zapatos, el uno junto al otro, al pie de la cama, del lado que él ocupaba.
       Era el hombre más limpio que he conocido. Se mudaba todos los días de ropa interior. Y yo hacía la colada. Era limpio hasta la exageración. Se afeitaba dos veces al día y utilizaba en el aseo de su cuerpo más agua que cualquier canaca. Y trabajaba por dos haoles. Y supo ver el futuro en las aguas de Nahala.
       —Te hizo rica, pero no te hizo feliz —observó Martha.
       Bella suspiró y asintió con la cabeza.
       —Y ¿qué es la riqueza después de todo, Martha? Mi nuevo Pierce-Arrow ha venido en el vapor conmigo. Es el tercero en dos años. Pero ¿qué son todos los Pierce-Arrows y todo el dinero del mundo comparados con un amante, con un compañero con quien compartir el trabajo, los sufrimientos y las alegrías? ¿Qué son comparados con el hombre, marido y amante?
       Su voz se apagó lentamente y las dos hermanas permanecieron sentadas en medio del muelle silencio mientras una vieja, bastón en mano, retorcida, doblada y encogida bajo cien años de’ vida, atravesaba renqueando la pradera en dirección a ellas. Sus ojos, reducidos a poco menos que mirillas, eran agudos como los de la mangosta. Al llegar junto a los pies de la recién llegada, se echó al suelo hecha un ovillo mientras que de su boca desdentada surgía en puro hawaiano una confusa salmodia referente a Bella y a sus antepasados, seguida de una extemporánea bienvenida que celebraba su vuelta del largo viaje efectuado, a través del ancho mar, a California. Y mientras entonaba su larga melopea, acariciaba la vieja con dedos sarmentosos las piernas de Bella, enfundadas en medias de seda, desde el tobillo y la pantorrilla hasta la rodilla y el muslo.
       Los ojos de las dos hermanas se empañaron de una humedad luminosa mientras se repetían caricias y salmodia, dedicadas esta vez a Martha, y mientras las dos mujeres dirigían en su antigua lengua preguntas inmemoriales acerca de su salud, de su edad y de sus tataranietos a aquella anciana que las acariciara de niñas en la gran casa de Kilohana, del mismo modo que sus antepasados acariciaran a los antepasados de las dos hermanas a lo largo de generaciones y generaciones. Terminada la breve visita de rigor, Martha se levantó y acompañó a la vieja hasta la casa, poniéndole después unas monedas en la mano y ordenando a las bellas y orgullosas doncellas japonesas que obsequiaran a la anciana aborigen con poi, una mixtura de raíces de lirios acuáticos, con iamaka, es decir, pescado crudo, con nueces de kukui machacadas, y con limu, algas marinas digestivas, sabrosas y tiernas, muy apropiadas para bocas desdentadas. Eran aquéllos los viejos lazos feudales, la fidelidad del siervo con respecto al señor y la responsabilidad de éste con respecto a sus servidores, y Martha, que era tres cuartas partes haole por su sangre de Nueva Inglaterra, era en cambio cien por cien hawaiana en lo concerniente al recuerdo y observancia de las tradiciones de antaño, poco menos que desaparecidas.
       Mientras Martha cruzaba la pradera en dirección al árbol de hau, los ojos de Bella admiraron la autenticidad enternecedora de aquella mujer y de su sangre, la abrazaron y la amaron. Un poco más baja era Martha que su hermana, aunque muy poco, y de porte menos majestuoso, pero estaba dotada de unas proporciones bellas y armoniosas, suavizadas, más que deterioradas, por los años, y su figura de jefa polinesia se adivinaba elocuente y gloriosa bajo las líneas de un amplio holoku envolvente de seda negra ribeteado de encajes y más costoso que cualquier vestido de París.
       Y mientras las dos hermanas reanudaban la conversación, cualquier testigo observador habría podido reparar en la notable semejanza de aquellos perfiles puros y correctos, de aquellos pómulos altos, de aquellas frentes amplias y despejadas, de aquellas abundantes matas de pelo de un gris acero, de aquellas bocas de labios dulces afirmadas por décadas de orgullo seguro y bien fundado, de aquellas cejas, hermosas y finas, que trazaban un arco sobre dos pares de ojos rasgados y castaños igualmente profundos. Las manos de ambas mujeres, poco alteradas por el tiempo, eran hermosas, de dedos largos y finos con puntas redondeadas. Eran manos acariciadas con amor en la niñez y formadas entre el amor de ancianas hawaianas como la que en aquel momento comía poi, iamaka y limu en el interior de la casa.
       —Así pasé un año —continuó Bella—, y ¿sabes?, las cosas empezaron a mejorar. George comenzó a atraerme. Las mujeres somos así, o al menos yo soy así. Porque George era bueno. Era justo. Tenía las virtudes puritanas más aquilatadas. Comenzó a atraerme, a gustarme. Casi me atrevería a decir que empecé a amarle. Y si el tío John no me hubiera prestado ese caballo, sé que le habría querido de verdad y que habría vivido feliz con él, de un modo tranquilo y reposado, naturalmente.
       Comprendo que de los hombres yo no conocía otra cosa, nada distinto, nada mejor. Con el tiempo llegué a mirarle con placer por encima de la mesa mientras él leía durante aquellos breves intervalos entre la cena y la cama. Comencé a esperar y a oír el ruido de los cascos de su caballo cuando se acercaba a casa al atardecer, tras sus interminables cabalgadas por el rancho. Y sus escasos elogios me sonaban a gloria. Sí, Martha, empecé a saber lo que era ruborizarse ante sus alabanzas justas y precisas por las cosas que había hecho bien y que él aprobaba.
       Habría sido feliz con él el resto de nuestra vida juntos de no haber tomado George aquel vapor a Honolulú. Era un viaje de negocios. Tenía que pasar fuera dos semanas o más para atender primero a asuntos de los Glenn, cosas relacionadas con el rancho, y luego a un negocio suyo, la compra de unos terrenos más en las alturas de Nahala. Compró muchísimas tierras, las más salvajes, las más escarpadas, tierras pobres en todo menos en agua. Hasta las mismas fuentes adquirió por cinco o diez centavos el acre. Me dijo que me vendría bien un cambio de aires. Yo quería acompañarle a Honolulú, pero, por economizar, decidió que fuera a Kilohana. No sólo le salía gratis mi alojamiento en la mansión familiar, sino que además se ahorraba la miserable pitanza que hubiera comido de haberme quedado sola en nuestra casa, lo cual significaba comprar más tierras en Nahala. Y en Kilohana el tío John accedió a prestarme ese caballo.
       Me parecieron una gloria aquellos primeros días de vuelta en el hogar de la familia. Al principio me costaba trabajo creer que hubiera tanta abundancia en el mundo. La cantidad de comida que se desperdiciaba en aquella cocina me asombraba. Tan bien me había educado mi marido, que veía despilfarros allá donde mirara. En las dependencias de la servidumbre, los parientes ancianos de los criados y todos los que de ellos dependían, se alimentaban mejor de lo que jamás comíamos George y yo. Recordarás la opulencia de Kilohana, semejante a la del Rancho Parker. Se mataba un buey para cada comida, se hacía traer pescado fresco desde Waipio y Kiholo y se servía lo mejor y lo más raro en cada época del año.
       Y luego el amor. La forma de amar que tenía nuestra familia. Ya sabes cómo era el tío John. Y allí estaban también nuestros hermanos Walcot y Edward y todas nuestras hermanas menores, excepto Sally y tú que estabais en el colegio. Y la tía Elizabeth y la tía Janet que estaba pasando en casa una temporada con sus hijos. Abrazos continuos, constantes palabras de cariño… todo lo que había echado de menos durante aquellos doce meses fatigosos. Tenía sed de amor. Me sentía como el náufrago que se arroja sobre la arena para beber con avidez las aguas frescas que brotan burbujeando entre las raíces de las palmeras.
       Y fue entonces cuando llegaron. Venían en viaje oficial desde Kawaihae, donde habían desembarcado del yate real, treinta en total, de dos en dos, en glorioso desfile, rodeados los cuellos de guirnaldas de flores, jóvenes, felices, alegres, montando caballos del Rancho Parker y acompañados de cien vaqueros y de otros tantos servidores. Era el séquito de la princesa Lihue abrasada y consumida, como todos sabíamos, por una horrible tuberculosis. Con ella iban sus sobrinos, el príncipe Lilolilo, aclamado por doquier como heredero que era, y los dos hermanos de éste, el príncipe Kahekili y el príncipe Kamalau. Y con la princesa iban Ella Higginsworth, que afirmaba con todo derecho llevar en sus venas sangre de jefes más poderosos por descender de los Kauai de la familia real, Dora Niles, Emily Lowcroft… ¡Para qué enumerarlas! Ella Higginsworth y yo habíamos compartido la misma habitación en el Royal Chief School. Y se les sirvió un refrigerio durante una hora, no un lau, porque el lau esperaba en el rancho de los Parker, pero sí cerveza y bebidas más fuertes para los hombres, y limonada, y naranjas y sandía refrescante para las mujeres.
       Ella Iligginsworth me abrazó, y me abrazaron la princesa, que me recordaba, y todas las otras jóvenes y mujeres, y Ella habló a Lihue, que me invitó a unirme a la comitiva en Mana a los dos días. Imagina mi alborozo después de diez meses de prisión en Nahala la gris. Tenía diecinueve años e iba a cumplir los veinte antes de terminar la semana.
       No sospechaba siquiera lo que iba a ocurrir. Tan ocupada estaba con las mujeres que no vi a Lilolilo más que a distancia, destacando por su fortaleza y su altura entre los demás hombres. Yo nunca había formado parte de un séquito real. Había visto que se les festejaba en Kilohana y en Mana, pero entonces era demasiado joven para que me invitaran, y después había ido al colegio y me había casado. Pero sabía lo que significaba: dos semanas de paraíso, lo bastante para aguantar doce meses más en Nahala.
       Le pedí al tío John que me prestara un caballo, lo que se traducía en tres monturas: la mía, otra para el vaquero que me acompañara y una tercera de refresco. Entonces no había carreteras ni automóviles. ¡Y qué caballo me dio! Fue Hilo. No creo que lo recuerdes. Estabas en el colegio entonces y antes de que volvieras al año siguiente Hilo se había roto la espalda y su jinete se había fracturado el cuello mientras cazaba ganado salvaje a lazo en Mauna Kea. Quizá oyeras hablar del suceso, de aquel oficial de la marina americana…
       —El teniente Bowsfield —afirmó Martha.
       Hilo. Yo era la primera mujer que lo montaba. Tenía él entonces tres años, casi cuatro, y acababan de amansarlo. Era tan negro y tenía un pelaje tan lustroso que los rayos del sol parecían revestirle de una capa de plata resplandeciente. Era el caballo de monta más grande de todo el rancho. Descendía del semental «Sparklindew», de los establos del rey, y de una yegua de pradera, y lo habían domado hacía pocas semanas. Nunca había visto yo montura tan hermosa. Era el caballo ideal de montaña, de cuerpo lleno, pecho fuerte, cuerpo armonioso y gran corazón. La cabeza y el cuerpo eran de raza, esbeltos pero poderosos; las orejas preciosas, siempre alertas, ni pequeñas como las de caballo torvo, ni grandes como las de la montura terca como la mula; las patas eran también perfectas, inmaculadas, seguras y firmes, y galopaba con un paso largo y elástico que convertía en un placer sentirle bajo la silla.
       —Recuerdo que el príncipe Lilolilo le dijo en una ocasión al tío John que eras la mejor amazona de todo Hawai —interrumpió Martha—. Pero eso fue dos años después, cuando volví del colegio y tú vivías en Nahala.
       —¿Eso dijo Lilolilo? —exclamó Bella. Casi azorada, se le iluminaron los grandes ojos castaños mientras su memoria volvía hacia aquel amante que llevaba medio siglo muerto, convertido en polvo. Con la modestia innata en las mujeres de Hawai, ocultó aquel espontáneo descubrimiento de su corazón con un panegírico de Hilo.
       —Cuando galopaba con él por las praderas, era como cabalgar en sueños. Brotaba de la hierba con cada salto, brincando como un ciervo, como un conejo, como un foxterrier… tú sabes cómo. ¡Y qué alardes los suyos, qué cabriolas, qué estampa! Era un caballo digno de un general, de un Napoleón, de un Kitchener. Su mirada no era torva sino traviesa, inteligente, como si ocultara siempre una broma tras de sus ojos y quisiera reír de ella o perpetuarla. Le pedí a tío John que me prestara a Hilo y el tío John me miró, y yo le miré a él, y aunque guardó silencio supe que interiormente decía: «Querida Bella», y por la forma en que me miró conocí que en sus ojos seguía intacta la visión de la princesa Naomi. El tío John accedió. Y así fue como ocurrió.
       Insistió en que probara a Hilo yo sola, en un ensayo privado. ¡Qué brío, qué glorioso brío! Pero un brío sin malicia, sin resabios. Se desmandaba una y otra vez sin que yo le permitiera ciarse cuenta de ello. No le tenía miedo y eso me ayudó a mantener sobre él un dominio que le impidió creer que me llevaba la menor ventaja.
       Muchas veces me he preguntado si el tío John pensó entonces lo que podía ocurrir. Lo que sí sé con seguridad es que yo ni lo había sospechado el día que partí para unirme al séquito real en Mana. Nunca hasta entonces había presenciado festejos semejantes. Ya sabes de la munificencia de los Parker. Hubo caza de jabalíes con venablo, monterías, doma de caballos y marca de animales. Las dependencias de servicio estaban abarrotadas. Vinieron vaqueros de todos los puntos del rancho y acudieron muchachas de Waimea y de más lejos, de Waipio, de Honokaa, de Paauilo… Aún las veo sentadas en hilera sobre los muros de piedra del cercado confeccionando leis para sus enamorados. Y por la noche, en aquellas noches perfumadas, se cantaban meles y se bailaban hulas, y por los campos de Mana paseaban los amantes, en parejas, bajo los árboles… Y el príncipe…
       Bella hizo una pausa y durante un minuto interminable sus dientes superiores se clavaron en el labio inferior mientras ella trataba de dominarse, lo lograba y dirigía una mirada distraída hacia el azul del horizonte. Ya tranquila, volvió la vista hacia su hermana.
       —Era un auténtico príncipe, Martha. Le viste en Kilohana cuando volviste a casa del colegio. Atraía las miradas de todas las mujeres y, sí, también las de los hombres. Tenía veinticinco años y toda la madurez del adulto. Era tan grande y majestuoso de cuerpo como de espíritu. Por descabellada que fuera la diversión, por extenuante que fuera el deporte, nunca olvidaba que era de familia real y que sus antepasados habían gobernado durante generaciones hasta remontarse a aquel jefe que cantaban las genealogías y que había navegado en canoa hasta Tahití y Raiatea y vuelta a Hawai. Era gracioso de porte, dulce, amable, buen compañero y amigo, y, al mismo tiempo, firme, estricto y hasta severo si se indignaba seriamente. No me resulta fácil expresar lo que quiero decir. Era hombre, todo un hombre, de la cabeza a los pies, y era a la vez todo príncipe con una veta burlona y una fuerza que habría hecho de él un rey bueno y justiciero si alguna vez hubiera llegado a reinar.
       Le recuerdo tal y como le vi aquel primer día, el día en que le toqué la mano y le hablé… unas palabras, pocas y tímidas, como correspondía a una mujer que llevaba un año casada con un haole gris y que vivía en Nahala la gris. Medio siglo hace ya de ese encuentro. Recordarás que entonces los jóvenes vestían zapatos y pantalón blancos, camisa de seda del mismo color, y esas preciosas bandas españolas, tan alegres. Durante este medio siglo la escena no se ha borrado de mi corazón. El príncipe estaba en el centro de un grupo en el jardín y yo me acercaba a él acompañada de Ella Higginsworth que iba a presentarme. La princesa Lihue acababa de dirigirle una chanza y Ella se detuvo un momento para responderla, lo que me obligó a detenerme también a un paso de distancia.
       Allí me sorprendieron por casualidad los ojos del príncipe, sola, azorada, tímida. Parece que le estoy viendo con la cabeza un poco echada hacia atrás con ese gesto altivo, inteligente, imperioso e indescriptiblemente natural que tanto le caracterizaba. Nuestras miradas se encontraron. Su cabeza se inclinó hacia delante o se enderezó hacia mí. No sé lo que ocurrió. ¿Me ordenó algo? ¿Obedecí? Lo ignoro. Sólo sé que aquel día yo ofrecía un aspecto agradable, coronada con mailes fragantes y vestida con el hermoso holoku de la Princesa Naomi, que el tío John había sacado de la habitación tabú para prestarme. Sé que avancé sola hacia él cruzando el césped del jardín de Mana, y que él se destacó unos pasos del grupo que le rodeaba para salirme al encuentro. Nos reunimos en medio de la pradera, solos, como si nuestras vidas se cruzaran.
       —¿Era yo muy hermosa de joven, Martha? No lo sé. De veras no lo sé. Pero te digo que en aquel momento toda su belleza, toda su majestad me invadió y penetró hasta mi corazón y sentí de pronto la hermosura, ¿cómo te diría?, como si se engendrara en él y sólo con su mirada él la conjurara en mi interior.
       No hablamos una sola palabra, pero levantó el rostro en franca respuesta al trueno y a las trompetas del mensaje silencioso y sé que, aunque me hubiera costado la vida en ese mismo momento, no habría podido dejar de dirigirle esa mirada que era una entrega, una entrega que debía leerse en mis ojos, en mi rostro y en ese cuerpo mío que tan ansiosamente respiraba. ¿Era yo hermosa, muy hermosa, Martha, a los diecinueve años, a punto de cumplir los veinte?
       Y Martha, de sesenta y cuatro años, miró a Bella de sesenta y ocho, y asintió con afirmación sincera. Y para sus adentros incluyó en la afirmación lo que en aquel instante veía: el cuello de Bella, lleno y bien formado, más largo de lo habitual entre las mujeres de Hawai, columna majestuosa que sostenía su cabeza, su rostro de altos pómulos y altas cejas, y sus rasgos de jefa. Su cabello, recogido en lo alto, intacto, resplandeciente con la plata de los años, aún rizado, contrastaba con sus cejas limpias, finas, negras, y con sus profundos ojos castaños. Y la mirada de Martha, abrumada de modestia por lo que veía, descendió al espléndido pecho de su hermana, a las líneas generosas de su cuerpo hasta llegar a los pies enfundados en medias de seda e inmersos en zapatos de tacón alto, unos pies pequeños y llenos, de arco casi español y empeine impecable.
       —¡Lo que es la juventud! —rió Bella—. Lilolilo era un auténtico príncipe. Más tarde llegué a conocer todos y cada uno de sus rasgos, de sus distintos estados de ánimo, en aquellos días y aquellas noches mágicas pasadas junto a aguas cantarínas, junto a rompientes adormecidas por la calma y en los senderos de montaña. Conocí sus ojos hermosos y valientes, sus cejas negras y rectas, esa nariz suya que era indudablemente la nariz de Kamehameha, y llegué a conocer hasta la última, la mínima, la más graciosa curva de su boca. Y no hay boca más hermosa que la de los hawaianos, Martha.
       Y su cuerpo… Era el rey de los atletas, desde los cabellos traviesos y rebeldes, hasta los tobillos de bronce y acero. Hace sólo unos días oí que llamaban a uno de los nietos de Wilder «el príncipe de Harvard». ¡Dios mío! ¿Qué hubieran dicho de mi Lilolilo si le hubieran enfrentado con el nieto de Wilder y todo su equipo universitario?
       Bella calló y respiró profundamente mientras se retorcía las manos finas y pequeñas sobre el amplio regazo de seda, pero su tez se ruborizó ligeramente y sus ojos se templaron con el recuerdo de los días pasados con el príncipe.
       —Bueno, supongo que ya lo has adivinado —dijo encogiéndose de hombros, desafiante, y hundiendo directamente la mirada en los ojos de su hermana—. Dejamos atrás Mana y, acompañados del alegre séquito, bajamos por senderos de lava hasta Kiolo y hasta las playas donde nadamos, pescamos, festejamos y dormimos en las arenas calientes, bajo las palmeras. Y subimos después a Puuwaawaa y allí acosamos al jabalí, y cazamos a lazo carneros salvajes en las praderas altas, y atravesamos Kona para llegar a Mauka, y bajamos hasta el palacio del rey de Kailua y hasta las playas de Keauhou, donde nadamos, y a la bahía de Kealakekua, y seguimos hasta Napoopoo y Honaunau. Y por donde pasábamos las gentes se acercaban a ofrecernos con sus manos flores, frutas, pescados y cerdos, llenos los corazones de amor y de canciones, las cabezas inclinadas en obediencia a la realeza, mientras que de sus labios brotaban exclamaciones de asombro y canciones en alabanza de días pasados y olvidados.
       ¿Qué habrías hecho tú en mi caso, hermana? Tú sabes cómo somos las hawaianas. Tú sabes cómo éramos hace medio siglo. Lilolilo era hermoso. Yo irreflexiva. Y aunque no lo hubiera sido, el príncipe bastaba para hacer de la mujer más sentada una imprudente. Y yo lo fui doblemente porque Nahala, la Nahala fría y gris, me espoleaba. Nunca abrigué la menor duda. Nunca tuve la mínima esperanza. En aquellos días ni siquiera se soñaba con el divorcio. La esposa de George Castner no podía ser jamás reina de Hawai, aunque la revolución que profetizaba el tío Robert se retrasara, aunque Lilolilo llegara efectivamente a ser rey. Nunca pensé en el trono. No deseaba más reino que el ser la esposa y compañera de Lilolilo. Pero no me engañaba. Lo imposible era imposible y no me bacía ilusiones.
       Respiraba la atmósfera del amor. Y Lilolilo era el amante perfecto. Me tenía perpetuamente coronada de leis que sus mensajeros traían cada mañana de los jardines de rosas de Mana, esos jardines que tú sin duda recuerdas. Cincuenta millas recorrían las rosas a través de caminos de lava y de praderas. Llegaban a mis manos frescas de rocío, como en el momento en que las arrancaran, como joyas en sus estuches de corteza de plátano. Una yarda medían aquellos leis y los capullos diminutos eran como cuentas ensartadas de coral napolitano. Y en los laus interminables, yo me sentaba en la estera de Lilolilo, la estera de Makaloa dedicada al uso exclusivo del príncipe y tabú para cualquier mortal excepto por deseo o permiso suyo. Y sumergía los dedos en su pa wai holoi (cuenco) donde en el agua templada flotaban pétalos de flores perfumadas, y sin miedo a que todos repararan en la distinción de que me hacía objeto, hundía mis manos en su pa paakai para tomar pellizcos de sal roja, de limu, de nuez de kukui y de pimentón, y comía en su ipu kai (plato para salsa de pescado) de madera de kou, aquel del que comiera el gran Kamehameha en viajes similares, Y lo mismo hacía con los platos especiales que traían sólo para Lilolilo y la princesa, platos de nelu y de ake, de palu y de alaala. Y sus kahilis se mecían sobre mi cabeza, y sus sirvientes me pertenecían, y él era mío, y desde mi cabeza coronada de flores hasta mis pies felices, yo me sentía amada.
       De nuevo hundió Bella los dientes en el labio inferior mientras miraba distraídamente al mar, se dominaba a sí misma y dominaba a sus recuerdos.
       —Así ocurrió en Kona, y en Kau, y en Hoopula y en Kapus, y en Honuapo y en Punaluu… Todo el vivir de una vida condensado en dos breves semanas. La flor florece una vez y en aquellos días florecí yo. Lilolilo junto a mí, yo sobre mi querido Hilo, reina no de Hawai, pero sí del príncipe y el amor. Él me decía que era una burbuja de color y de belleza sobre el lomo negro Leviatán, que era una frágil gota de rocío sobre la cresta humeante de una corriente de lava, que era un arco iris galopando sobre una nube de tormenta…
       Bella hizo una pausa.
       —No seguiré hablando de lo que me dijo —continuó gravemente—. Basta con que sepas que sus palabras eran el fuego mismo del amor y la esencia de la belleza, que compuso hulas para mí y que me las cantó, ante los ojos de todos, en plena noche bajo las estrellas mientras los demás escuchaban tendidos en sus esteras y yo ocupaba la de Makaloa, la estera de Lilolilo.
       Y próximo a terminarse el sueño, llegamos a Kilauea y arrojamos al pozo ardiente de lava nuestras ofrendas a Pele, la diosa del fuego, ofrendas de maile y guirnaldas de flores, de pescado y de poi húmedo envuelto en hojas de ti. Y cruzamos Puna, y comimos y cantamos en Kohoualea, y en Kamaili, y en Opihikao, y nadamos en las aguas claras y templadas de las lagunas de Kalapana. Y por último llegamos a Hilo, junto al mar.
       Aquél era el final. Nunca habíamos hablado de ese momento. Era el fin reconocido y nunca mencionado. El yate esperaba porque el séquito se había retrasado varios días. Honolulú aguardaba. Había noticias de que el rey estaba particularmente pupule (loco), de conspiraciones de misioneros católicos y protestantes, de conflictos con Francia… Del mismo modo que habían desembarcado en Kawaihae dos semanas antes, así partieron de Hilo, entre risas, flores y canciones. Fue una partida alegre, llena de risas y alborozo, de millares de mensajes postreros, de encargos y de chanzas. El ancla se elevó al son de una canción de despedida que cantaba en cubierta el coro de Lilolilo mientras nosotros, en canoas y en lanchas, veíamos cómo la brisa henchía las velas del barco y la distancia que nos separaba de él se hacía cada vez mayor.
       En medio de la confusión y el jolgorio, Lilolilo, que debía pronunciar las últimas despedidas y dirigir las últimas chanzas, me miraba abiertamente apoyado en la borda. En la cabeza lucía el ilima lei que yo misma había hecho para él y que había colocado sobre su frente. Los del yate comenzaron a lanzar sus guirnaldas de flores a los de las canoas, a sus favoritos. Yo no tenía esperanza… y, sin embargo, esperaba, débilmente, con una melancolía que no se reflejaba en mi rostro, tan alegre y orgulloso como los de los demás. Pero Lilolilo hizo lo que yo sabía que haría, lo que desde el primer momento supe que habría de hacer. Sin dejar de mirarme franca y abiertamente, tomó mi hermoso ilima lei y lo rompió. Sus labios articularon mudos una sola palabra, pau, fin. Sin dejar de mirarme, volvió a romper las dos mitades del lei y arrojó deliberadamente los fragmentos, no a mí, sino al agua que nos iba separando. Pau. Todo había acabado.
       Durante largo tiempo, la mirada distraída de Bella descansó sobre la línea del horizonte. Martha no se atrevió a expresar con palabras toda la compasión que humedecía sus ojos.
       —Aquella misma tarde subí el arduo camino que sigue paralelo a la costa de Hamakua —resumió Bella con una voz que sonó al principio seca y ronca—. Era el primer día y no fue tan difícil. No sentía nada. Estaba aún demasiado embargada por el asombro ante lo que tenía que olvidar para pensar siquiera en olvidarlo. Pasé la noche en Laupahoehoe. Creí que no podría conciliar el sueño, pero, muy al contrario, cansada de la larga cabalgada, aún insensible, dormí como si estuviera muerta.
       Pero al día siguiente llegó un viento furioso y una lluvia torrencial. ¡Cómo soplaba el viento, cómo llovía! El camino era impracticable. Nuestros caballos caían una y otra vez. Al principio, el vaquero que me había cedido el tío John protestaba. Luego se limitó a seguirme estoicamente meneando la cabeza, lo sé, y murmurando una y otra vez que yo estaba pulule. En Kukuihaele abandonamos el caballo de refresco. Recorrimos casi a nado Mud Lane, que estaba transformado en un río de barro. En Waimea, el vaquero tuvo que procurarse otro caballo. Pero Hilo resistió hasta el final. Desde el amanecer hasta la medianoche seguí sobre la silla hasta que el tío John, ya en Kilohana, me bajó de ella entre sus brazos, me entró en la casa y despertó a las mujeres para que me desnudaran y acariciaran mientras él me servía un ponche caliente y me inducía a entregarme al sueño y al olvido. Debí revelar mucho entre murmullos y delirios. El tío John tuvo que saberlo. Pero jamás dijo una palabra a nadie, ni siquiera a mí. Lo que adivinara, lo encerró bajo llave en la habitación tabú de Naomi.
       Me queda un vago recuerdo de aquel día, del dolor que sentía mi corazón roto, de la rabia loca que abrigaba contra el destino, de la melena suelta y empapada que me azotaba la espalda y me hería bajo la lluvia torrencial, de mis lágrimas interminables que se unían al diluvio general, de rabias apasionadas, de resentimientos contra un mundo torcido y malo, de golpes dados con la mano sobre la perilla de la silla de montar, de palabras ásperas dirigidas al vaquero que me acompañaba, de espuelas hundidas en los flancos del pobre, del magnífico Hilo, mientras rezaba interiormente porque las espuelas no le encabritaran, no le impulsaran a caer sobre mí aplastándome bajo su cuerpo y privándome para siempre de belleza a los ojos de los hombres o a obligarme a salirme del sendero para morir al pie del palis (precipicio) tras de lo cual escribirían junto a mi nombre un pan tan definitivo como el que no habían llegado a pronunciar los labios de Lilolilo cuando rompió mi lima lei y la arrojó al agua.
       George se había quedado unos días más en Honolulú Cuando regresó a Nahala, yo le esperaba allí. Me abrazó solemne, besó indiferente mis labios, me examinó la lengua con gravedad, se lamentó de mi aspecto y de mi estado de salud y me mandó a la cama con arandelas templadas de la cocina y una buena dosis de aceite de hígado de bacalao. Como si me hubiera incorporado a la maquinaria de un reloj, convertida en una rueda más, girando y girando interminablemente y sin remordimientos, así me incorporé yo a la vida gris de Nahala. George se levantaba a las cuatro y media cada mañana y a las cinco estaba cabalgando. Volvieron las eternas gachas de avena, el café barato, la carne fresca y la cecina… Yo cocinaba, amasaba el pan y fregaba. Hacía girar la rueda de la absurda máquina de coser y confeccionaba mis holokus baratos. Noche tras noche, durante los interminables siglos que me parecieron aquellos dos años, me senté a la mesa frente a él hasta las ocho de la tarde, remendando sus calcetines baratos y su ropa interior, basta y gastada, mientras él leía revistas de años anteriores, revistas que le prestaban y a las que se negaba a suscribirse por economizar. Y luego llegaba la hora de acostarnos (había que ahorrar querosene) y daba cuerda a su reloj, anotaba las temperaturas del día en su diario, se quitaba los zapatos empezando por el derecho, y los colocaba el uno junto al otro a los pies de la cama, del lado que él ocupaba.
       Pero ya no me atraía George, como empezaba a ocurrir cuando la princesa Lihue me invitó a unirme a su séquito y el tío John me prestó su caballo. Martha, nada de eso habría ocurrido si el tío John no me hubiera prestado Hilo. Pero lo hizo y yo había conocido el amor y a Lilolilo, y ¿qué posibilidad tenía ya George de ganarse mi corazón, mi estima, mi cariño? Durante aquellos dos años que pasé en Nahala fui un cadáver de mujer que caminaba, y hablaba, y amasaba el pan, y fregaba, y remendaba calcetines y economizaba querosene. Los médicos dijeron que aquella ropa interior tan gastada fue en parte causa de la enfermedad que contrajo mientras seguía empeñado, como siempre, en adquirir las aguas de las montañas de Nahala bajo las lluvias torrenciales del invierno.
       Cuando murió no lo lamenté. Llevaba triste demasiado tiempo. Tampoco me alegré. Mi alegría había muerto en Hilo cuando Lilolilo arrojó al mar mi ilima lei. Desde entonces mis pies no volvieron jamás a ser felices. Lilolilo murió un mes después que mi marido. No había vuelto a verle desde que partió de Hilo. He tenido muchos pretendientes desde entonces, pero yo soy como el tío John. Un amante y nada más. El tío John tenía la habitación de Naomi en Kilohana. Durante cincuenta años yo he dedicado un aposento a Lilolilo en mi corazón. Tú eres la primera persona, Martha, a quien he permitido entrar en él.
       Un automóvil recorrió la avenida circular que conducía a la casa y de él descendió el marido de Martha, que cruzó después el jardín hacia las dos mujeres. Erguido, esbelto, canoso, de porte digno y militar, Roscoe Scandwell era uno de los «cinco grandes» que, por medio de un entramado de intereses, determinaba los destinos de todo Hawai. Era un haole puro nacido en Nueva Inglaterra. Abrazó a Bella primero, besándola con todo el corazón a la manera hawaiana. Su mirada alerta le dijo que había habido confidencias femeninas y que, a pesar de las abundantes muestras de emoción, reinaba el orden y la calma en la prudencia crepuscular de aquellas dos mujeres.
       —Viene Elsie con los niños. Acabo de recibir un cable que me ha enviado desde el barco —anunció tras besar a su mujer—. Pasarán unos días con nosotros antes de seguir para Maui.
       —Iba a darte el cuarto rosa, Bella —dijo Martha pensando en voz alta—. Pero será mejor que lo ocupe ella con los niños y las niñeras. Te daré el de la reina Emma.
       —Es el que ocupé la última vez y el que prefiero —dijo Bella.
       Roscoe Scandwell, conocedor por aprendizaje del amor hawaiano y de su expresión, erguido, esbelto y digno en medio de las dos mujeres de nobles proporciones, rodeó con sus brazos aquellas dos cinturas suntuosas, y, juntos, echaron a andar los tres hacia la casa.



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