Jack London
(San Francisco, California, 1876 – Glen Ellen, California, 1916)


Odisea en el norte (1899)
[Otro título en español: “Una odisea nórdica”]

(“An Odyssey of the North”)
Originalmente publicado en Atlantic Monthly,
Vol. LXXV, Núm. 507 (enero 1900);
The Son of the Wolf
(Boston: Houghton, Mifflin and Company, 1900, 251 págs.)



I

      Los trineos cantaban su eterno lamento al son del restallar de los arneses y del tintineo de las campanillas de los guías, pero los hombres y los perros iban cansados y guardaban silencio. El camino estaba cubierto de nieve fresca y la jornada había sido larga. Las cuchillas de los trineos, cargados de patas de alce heladas, tan duras como el pedernal, se adherían tenazmente a la superficie blanca y se resistían a avanzar con una terquedad casi humana. Llegaba la oscuridad, pero aquella noche no habría campamento. La nieve caía blandamente a través de un aire sin pulso, no en copos, sino en pequeños cristales de hielo de delicado diseño. La temperatura era templada (apenas diez grados bajo cero), y los hombres iban contentos. Meyers y Bettles se habían levantado las orejeras del pasamontañas, y Malemute Kid hasta se había quitado las manoplas.
       Los perros, que habían mostrado fatiga a primera hora de la tarde, avanzaban ahora con renovado vigor. Los más astutos revelaban una inquietud que se traducía en la tirantez de los ronzales, la rapidez indecisa de sus movimientos, el olisquear de los hocicos y las orejas enhiestas. Se indignaban ante la actitud de sus hermanos más flemáticos y les azuzaban mordisqueándoles en los cuartos traseros. Los así castigados se enardecían y ayudaban a transmitir el contagio. Al fin, el que encabezaba el primer trineo dio un aullido de satisfacción, se agazapó sobre la nieve y de un salto se lanzó a la carrera. El resto siguió su ejemplo. Hubo una recogida general de arneses y un tirar de ronzales; los trineos dieron un salto hacia delante y los hombres se aferraron a las barras, subiendo violentamente los pies para impedir que las cuchillas los aprisionaran. Olvidaron el cansancio del camino y acuciaron a los perros animándoles a seguir. Los animales respondieron con alegres aullidos, abriéndose paso a través de la creciente oscuridad con su galope coreado por el sonido de los cascabeles.
       —¡Arre! ¡Arre! —gritaban los hombres uno tras otro, al tiempo que los trineos abandonaban la ruta principal girando sobre una sola cuchilla, como veleros impulsados por el viento. Luego, cien yardas más a galope tendido hacia la ventana iluminada y cubierta de pergamino que hablaba de un hogar, del fuego crepitante de las estufas del Yukón y de teteras humeantes. Pero la cabaña había sido invadida. Sesenta perros esquimales ladraron a coro desafiantes, y otras tantas figuras peludas se lanzaron sobre los perros que tiraban del primer trineo. La puerta se abrió de golpe y un hombre vestido con la casaca roja de la policía del Noroeste avanzó hundido hasta la rodilla en aquella marea de perros furiosos, dispensando imparcial una justicia sedante con la empuñadura de su látigo. Después los hombres se estrecharon la mano y así fue como Malemute Kid [es decir, indígenas mitad indios mitad esquimales que vivían cerca del Mar de Bering] fue recibido en su propia cabaña por un extraño.
       Stanley Prince, el que debía haberle salido al encuentro, y el que tenía a su cargo la estufa del Yukón y el té caliente ya mencionados, estaba ocupado con los huéspedes. Eran estos aproximadamente una docena, un grupo tan dispar como el que más entre los que servían a la Reina imponiendo sus leyes y distribuyendo su correo. Eran de los orígenes y de las razas más diversas, pero la vida en común les había asimilado a un tipo homogéneo, fuerte y delgado, enjuto, de músculos endurecidos por el camino, rostro bronceado por el sol y espíritu franco que miraba abiertamente hacia el frente a través de unos ojos límpidos y sinceros. Conducían los perros de la Reina, despertaban el terror entre los enemigos de Su Majestad, comían una dieta mezquina y vivían felices. Habían visto mundo, habían llevado a cabo proezas y vivido auténticas novelas, pero no lo sabían.
       En la cabaña se hallaban a sus anchas. Dos de ellos estaban echados en la litera de Malemute Kid entonando canciones que sus antepasados franceses cantaran en los días en que llegaron a las tierras del noroeste y se mezclaron con las indias. La litera de Bettles había sufrido una invasión semejante: dos o tres de aquellos robustos viajeros habían introducido los pies entre las mantas y escuchaban la narración de uno que había militado con Wolseley en la campaña de Jartún. Y cuando éste se cansó, tomó la palabra un vaquero que habló de cortes y reyes, de las damas y caballeros que había visto cuando recorrió las cortes europeas acompañando a Buffalo Bill. En un rincón dos mestizos, viejos camaradas de una campaña perdida, remendaban arneses y hablaban de los días en que el Noroeste ardía en insurrecciones y en que Louis Riel se había erigido en rey.
       Se cruzaban gestos rudos y bromas más rudas todavía, se narraban hechos insólitos y se hablaba de peligros corridos en ríos o caminos como si se tratara de sucesos comunes dignos de recordar solamente por algún incidente curioso o humorístico. Prince se dejaba arrastrar por las narraciones de aquellos héroes sin corona que habían sido testigos de la historia y que consideraban lo grande y lo romántico lugares comunes en la rutina de la vida. Hizo circular entre ellos su tabaquera con generosidad inusitada, y para su recreo se soltaron cadenas enmohecidas de recuerdos y se resucitaron odiseas olvidadas.
       Cuando la conversación decayó y los viajeros llenaron la última pipa y desataron sus fardos de mantas, Prince se volvió a su amigo en busca de información.
       —Bueno, el vaquero ya sabes quién es —respondió Malemute Kid mientras se desataba los cordones de sus mocasines—, y no es difícil adivinar que el que comparte con él la litera es de sangre inglesa. En cuanto al resto son todos descendientes de los Courier du Bois mezclados con Dios sabe cuántas otras sangres. Los dos que hay junto a la puerta son los típicos mestizos o Boisbrules. El muchacho del cinturón de lana (fíjate en sus cejas y en la forma de su mandíbula) delata que un escocés halló cobijo en el tepee de su madre. Y ese mocetón apuesto que está poniendo el capote bajo su cabeza es un mestizo francés, ya le has oído como habla. No le gustan los indios que tiene al lado. Cuando los mestizos se alzaron al mando de Riel los indios puros se mantuvieron al margen, y desde entonces no se tienen ninguna simpatía.
       —Pero dime, ¿quién es ese tipo melancólico que está junto a la estufa? Juraría que no habla inglés. No ha despegado los labios en toda la noche.
       —Te equivocas, habla inglés perfectamente. ¿No viste cómo le brillaban los ojos mientras escuchaba? Yo sí. Pero no es como los demás. Cuando hablaban en su jerga habrás visto que no les entendía. Yo mismo me he preguntado qué será. Vamos a averiguarlo.
       —Echa un par de astillas al fuego —ordenó Malemute Kid al hombre en cuestión, elevando la voz y mirándole cara a cara. Este obedeció al momento.
       —Se ve que alguien le ha inculcado a palos la disciplina —comentó Prince en voz baja.
       Malemute Kid asintió, se quitó los calcetines y se abrió paso entre los hombres acostados hasta llegar a la estufa. Allí los puso a secar entre una veintena de prendas semejantes.
       —¿Cuándo esperáis llegar a Dawson? —preguntó sondeando el terreno.
       El hombre le estudió unos momentos antes de contestar.
       —Dicen que hay setenta y cinco millas de distancia, así que probablemente en un par de días.
       Tenía un acento casi imperceptible, pero no se le veía vacilar buscando la palabra justa.
       —¿Has estado antes en esta región?
       —No.
       —¿Y en el territorio del Noroeste?
       —Sí.
       —¿Naciste allí?
       —No.
       —Entonces, ¿de dónde demonios eres? Tú no eres como éstos —dijo Malemute Kid señalando a los guías y a los dos policías acostados en la litera de Prince—. ¿De dónde vienes? He visto caras como la tuya, pero no puedo recordar dónde.
       —Yo te conozco a ti —replicó el hombre, indiferente, cambiando el curso del interrogatorio.
       —¿De qué? ¿Me has visto alguna vez?
       —A ti no, pero a tu socio de Pastilik, el cura, sí. Le vi hace algún tiempo. Me preguntó si te había visto. Me dio comida. No me detuve mucho tiempo. ¿Te ha hablado él de mí?
       —¡Ah! Tú eres el que cambió las pieles de nutria por perros.
       El hombre asintió, vació su pipa y dio a entender su poca inclinación a la conversación envolviéndose en sus pieles. Malemute Kid apagó la lámpara de sebo y se arropó bajo las mantas con Prince.
       —¿Qué es?
       —No lo sé. Se las arregló para cambiar de conversación y luego se calló como una ostra. Ese hombre es capaz de despertar la curiosidad de cualquiera. He oído hablar de él. Dio mucho que hablar en toda la costa hace ocho años. Es un tipo un poco misterioso, ¿sabes? Llegó del Norte en lo más crudo del invierno y después de recorrer muchos miles de millas bordeando el mar de Bering como si llevara el diablo en los talones. Nadie supo nunca de dónde procedía, pero debía venir de lejos. Estaba agotado cuando llegó a la misión sueca de la Bahía de Golovin para pedir alimento y preguntar cuál era el camino hacia el sur. A nosotros nos lo contaron después. Luego dejó de bordear la costa y cruzó el Canal de Norton. El tiempo allí es terrible. Hay tormentas salvajes y vientos huracanados, pero él sobrevivió donde miles de hombres habían muerto; pasó de largo St. Michael y volvió a pisar tierra firme en Pastilik. Sólo le quedaban dos perros y estaba a punto de morir de inanición.
       »Estaba tan ansioso de seguir adelante que el Padre Roubeau le proporcionó comida, pero no pudo darle perros porque en aquellos días me esperaba para emprender conmigo un viaje. Este Ulises que ves aquí sabía demasiado de estas tierras para viajar sin animales, y esperó allí varios días consumiéndose de impaciencia. Llevaba en su trineo unas cuantas pieles de nutria marina de esas que valen su peso en oro. Había también en Pastilik un comerciante ruso, un viejo Shylock que tenía perros en abundancia. No regatearon mucho tiempo, pero cuando nuestro desconocido reemprendió viaje hacia el sur, tiraban de su trineo unos cuantos perros de los mejores que puedas imaginar. Ni que decir tiene que las pieles de nutria habían pasado a manos del viejo Shylock. Calculamos que ganó al menos quinientas libras con cada perro. Y no es que El Extraño no supiera lo que valían aquellas pieles de nutria; era indio, y en lo poco que hablaba se revelaba que había vivido entre blancos.
       »Cuando vino el deshielo llegaron rumores de la Isla de Nunivak de que había estado allí en busca de provisiones. Luego desapareció y esta es la primera vez que sé de él en ocho años. ¿Dónde ha estado? ¿Qué hacía allí? ¿Por qué ha venido? No lo sé. Es indio, ha estado Dios sabe en cuántos lugares y le han inculcado disciplina, cosa rara en un hombre de su raza. Otro misterio del Norte que puedes entretenerte en resolver, Prince.
       —Muchas gracias, pero por el momento ya tengo bastantes —replicó.
       Malemute Kid respiraba ya pesadamente, pero el joven ingeniero de minas continuaba hundiendo la mirada en la espesa oscuridad, a la espera de que se calmara aquella extraña agitación que sentía en la sangre. Y cuando se durmió, su cerebro continuó trabajando, y por una vez él vagó también por la blancura desconocida, recorrió con sus perros caminos sin fin, y vio a hombres vivir, afanarse y morir como hombres.

       A la mañana siguiente, horas antes de que amaneciera, los guías y los policías partieron hacia Dawson. Pero las autoridades encargadas de velar por los intereses de Su Majestad y de regir los destinos de las criaturas inferiores, dieron poco descanso a los mensajeros, que una semana más tarde volvieron a aparecer en el río Stuart cargados con misivas destinadas a Salt Water. Les habían proporcionado perros de refresco, pero aun éstos estaban cansados y no se les podía pedir lo imposible. Los hombres habían partido esperando disfrutar de un descanso en Dawson; además, la del Klondike era una región nueva de las tierras del Norte y hubieran deseado ver algo de aquella ciudad dorada donde el oro fluía como el agua, y en cuyos salones resonaban los ecos de un bullicio inacabable. Pero aun así pusieron a secar sus calcetines y fumaron sus pipas con el mismo placer que en la visita anterior, aunque uno o dos de los más osados hablaron de deserción y de la posibilidad de cruzar la zona inexplorada de las Montañas Rocosas en dirección al este y de allí llegar por el Valle del Mackenzie a las tierras conocidas de Chippewyan. Dos o tres de ellos decidieron regresar a sus hogares por aquella ruta cuando se licenciaran, y comenzaron a hacer planes para el día en que pudieran emprender el peligroso viaje con el mismo placer con que un hombre de ciudad proyecta una gira campestre.
       El de las pieles de nutria, aunque demostró muy poco interés por la conversación, parecía muy inquieto. Al fin se llevó a Malemute Kid a un rincón y habló con él durante unos minutos en voz baja. Prince les miraba con curiosidad. El misterio se hizo aún mayor cuando ambos hombres se pusieron los gorros y las manoplas y salieron al exterior. Cuando volvieron, Malemute Kid puso la balanza sobre la mesa, pesó unas sesenta onzas de oro y las depositó en la bolsa de El Extraño. Luego el capataz de los guías se unió al cónclave y entre los tres concertaron algún negocio. Al día siguiente, el grupo entero desapareció río arriba, pero el Hombre de las Pieles de Nutria se quedó atrás, reunió varias libras de comida y partió hacia Dawson.
       —No sé qué pensar —dijo Malemute Kid a Prince en respuesta a sus preguntas—, pero ese desgraciado quería abandonar el servicio por alguna razón, para él de extrema importancia, pero que no ha querido darme a conocer. Es como el ejército; se ha alistado por dos años y la única manera de salirse es comprar su libertad. No podía desertar y quedarse en la región, pero tampoco quería pensar siquiera en abandonar estas tierras. Me dijo que lo decidió al llegar a Dawson, pero que no conocía a nadie en la ciudad ni tenía un centavo. Yo era el único con quien había cruzado dos palabras. Así que habló con el lugarteniente del gobernador y preparó todo lo necesario para el caso de que me aviniera a prestarle el dinero. Me dijo que me lo devolvería en el plazo de un año, y que si quería me pondría sobre la pista de algo que me valdría una enorme fortuna. Me dijo que él no lo había visto con sus propios ojos, pero que sabía que era cierto.
       »¡Y cómo habló! ¡No te imaginas! Cuando me hizo salir afuera estaba a punto de llorar. Rogó, suplicó y se hincó de rodillas en la nieve hasta que le obligué a levantarse. Hablaba como un enajenado. Juraba que había trabajado durante años y años para llegar a esto y que no podría sobrevivir a la desilusión. Le pregunté de qué se trataba, pero no quiso decírmelo. Me dijo que si no compraba su libertad ahora, le destinarían a la otra mitad de la ruta y que no podría volver a Dawson hasta dentro de dos años, y que entonces sería demasiado tarde. En mi vida he visto a un hombre en semejante estado. Cuando le dije que le daría el préstamo tuve que volver a levantarle de la nieve. Le dije que lo considerara un anticipo que me garantizaba la participación en las riquezas que encontrara. ¿Crees que lo aceptó? Pues no, señor, dijo que nada de participación, y se empeñó en que me daría todo lo que encontrara, que mi fortuna superaría los sueños del hombre más avaro y otras cosas semejantes. Por lo general, al hombre que pone su vida y su tiempo como contrapartida de un préstamo semejante, bastante le cuesta dar siquiera la mitad de lo que encuentra. Detrás de todo esto hay un misterio, Prince, acuérdate de lo que te digo. Este hombre dará que hablar si se queda en el país.
       —¿Y si desaparece?
       —Entonces mi buen corazón sufrirá un rudo golpe y yo perderé unas sesenta onzas de oro.

       El frío llegó en compañía de las noches prolongadas, el sol volvió a ocultarse juguetón tras el horizonte helado del sur, y nada sabíamos de lo que había ocurrido con el anticipo de Malemute Kid. Y al fin, una mañana sombría de principios de enero, una caravana de trineos cargados hasta los topes se detuvo ante la cabaña situada al pie del río Stuart. Con ella llegaba el de las Pieles de Nutria acompañado de un hombre de aquellos que los dioses ya casi han olvidado cómo modelar. Nunca se hablaba en aquellos parajes de suerte, de coraje o de riquezas sin cuento, sin que saliera a relucir el nombre de Axel Gunderson, ni se narraban junto a la hoguera ejemplos de sangre fría, de fuerza o valentía sin que su recuerdo hiciera acto de presencia. Y cuando la conversación decaía, bastaba para reanimarla mencionar el nombre de la esposa que compartía su suerte.
       En el caso de Axel Gunderson los dioses habían recordado su habilidad de antaño y le habían hecho a la manera de los héroes nacidos cuando el mundo aún era joven. Medía no menos de siete pies de altura, y vestía el pintoresco atuendo de “los reyes de Eldorado” [buscadores de minas que se hallaban ya en el Yukón cuando se descubrió el oro y que se destacaron más tarde por sus gastos desorbitados]. Tenía el pecho, el cuello y los miembros de un gigante. Las raquetas de nieve que sostenían aquellas trescientas libras de hueso y músculo medían al menos una yarda más que las de los otros hombres. Su rostro, de facciones toscas, ceño duro, mandíbula poderosa y ojos intrépidos del azul más pálido que pueda imaginarse, revelaban que aquel hombre no conocía más ley que la de la fuerza. Su cabello, incrustado de hielo y dorado y sedoso como el maíz maduro, caía sobre su abrigo de piel de oso trazando una línea luminosa como el día sobre la noche. Un vago aroma de océano parecía flotar en torno a él, mientras avanzaba al frente de los perros. Llamó con la empuñadura del látigo a la puerta de la cabaña de Malemute Kid como un pirata vikingo en una incursión por tierras meridionales llamaría a las puertas de un castillo.
       Prince, al aire sus brazos femeninos, amasaba el pan sin dejar de contemplar a los recién llegados, tres huéspedes como solo una vez pueden reunirse bajo un mismo techo a lo largo de toda una vida. El Extraño, a quien Malemute Kid daba el apodo de Ulises, le seguía fascinando, pero su interés se centraba ahora en Axel Gunderson y su compañera. Acostumbrada ésta, desde que su esposo hiciera fortuna en aquellas vastedades heladas, a la vida muelle de las cabañas, notaba el cansancio del camino y estaba fatigada. Descansaba sobre el pecho de su esposo como la flor delicada que busca apoyo en la solidez de un muro, replicando perezosamente a las chanzas de Malemute Kid y revolviendo extrañamente la sangre de Prince con una que otra mirada de sus ojos oscuros y profundos. Porque Prince era hombre después de todo y hombre sano, y en muchos meses había visto a muy pocas mujeres. Esta era mayor que él y, por añadidura india, pero era también distinta a todas las nativas que hubiera visto jamás. Por la conversación dedujo que había viajado y había estado, entre otros, en su propio país. Sabía todo lo propio de las mujeres de su raza, y mucho más de lo que a ellas les correspondía conocer. Sabía preparar una comida a base de pescado seco o preparar un lecho en la nieve, y, sin embargo, bromeaba sacando a colación detalles tentadores de festines interminables, provocando disensiones entre los hombres al mencionar guisos y platos de todos ya olvidados. Conocía las costumbres del alce, del oso, del zorro azul y de los anfibios de los mares del norte; era ducha en la ciencia popular que versa sobre bosques y ríos y leía en los trazos escritos por el hombre, el pájaro y la bestia sobre la delicada corteza de hielo como en un libro abierto. Y, sin embargo, Prince sorprendió en sus ojos una chispa de apreciación mientras leía el Reglamento que el incansable Bettles había compuesto en un momento de exaltación, y que era notable por la tersa simplicidad de su humor. Prince solía volverlo contra la pared cuando se esperaba la llegada de alguna dama, pero no podía sospechar que aquella india… En fin, ya era demasiado tarde.
       Era, pues, la esposa de Axel Gunderson una mujer cuyo nombre y fama habían viajado, junto con los de su marido, por todas las tierras del Norte. En la mesa Malemute Kid bromeó con ella con la confianza de un viejo amigo y Prince, después de sacudirse la timidez propia del primer encuentro, unió sus chanzas a las de su amigo. Pero ella supo defenderse en aquel desigual encuentro, mientras su marido, de ingenio más lento, no aventuraba sino aplausos. Estaba orgulloso de ella; todas sus acciones y miradas delataban la importancia del papel que su esposa representaba en su vida. El de las Pieles de Nutria comía en silencio, olvidado en el bullicioso duelo, y mucho antes de que los otros hubieran terminado su yantar se levantó de la mesa y salió a reunirse con los perros. Poco después sus compañeros de viaje se pusieron sus abrigos y manoplas y le siguieron.
       No había nevado en varios días y los trineos se deslizaban sobre la dura ruta del Yukón tan fácilmente como si de una superficie de cristal se tratara. Ulises conducía el primer trineo; en el segundo iban Prince y la esposa de Axel Gunderson, mientras que Malemute Kid y el gigante de cabellos dorados cerraban la marcha.
       —Es sólo una corazonada, Kid —le decía éste—, pero creo que esta vez es cierto. Él nunca ha estado allí, pero su historia tiene visos de verdad, y tiene el mapa de que oí hablar hace años, cuando estuve en el país de Kootenay. Me gustaría que vinieras con nosotros, pero es hombre extraño y ha jurado romper el mapa si alguien nos acompaña. Sin embargo, en cuanto vuelva, tú serás el primero en saberlo todo; serás mi socio y tendrás la mitad de todos los beneficios que reporte la ciudad.
       —No, no —gritó cuando su interlocutor trató de interrumpirle—, yo soy quien decido, y cuando este asunto esté en marcha voy a necesitar un colaborador. Si todo va bien levantaremos una segunda Cripple Creek, ¿me oyes? Es cuarzo, no placer, y si lo sabemos hacer todo será nuestro… millones y millones. No es la primera vez que oigo hablar de ese lugar y tú tampoco. Levantaremos una ciudad. Miles de trabajadores, buenas comunicaciones, líneas de navegación, barcos de carga ligeros para remontar los ríos de poca altura, quizá hasta ferrocarril, serrerías, una central eléctrica. Tendremos nuestra propia banca, una compañía de comercio, formaremos una sociedad… Pero no digas una palabra a nadie hasta que yo vuelva.
       Los trineos se detuvieron al llegar a la desembocadura del río Stuart. Desde allí sólo se divisaba un mar infinito de hielo que se perdía en dirección al este, en lo desconocido. Desataron las raquetas de nieve de los arneses de los trineos. Axel Gunderson estrechó la mano a todos y avanzó hundiéndose al menos media yarda en la blanda superficie que parecía hecha de plumas, y apelmazando la nieve para que los perros no se hundieran en ella. Su esposa cerraba la marcha tras el último trineo, delatando una gran práctica en el arte de caminar con aquel complicado calzado. Alegres despedidas rompieron el silencio; los perros gruñeron, y «El de las Pieles de Nutria» habló con el látigo a uno de los más recalcitrantes.
       Una hora después la caravana semejaba una larga línea recta que un enorme lápiz negro trazara sobre una hoja interminable de papel.


II

      Una noche, muchas semanas después, Malemute Kid y Prince se aplicaban a resolver los problemas de ajedrez que planteaba una página arrancada de una vieja revista. Kid acababa de volver de sus propiedades de Bonanza y descansaba en previsión de una larga cacería de alces. Prince había pasado casi todo el invierno recorriendo arroyos y caminos y estaba deseoso de disfrutar durante una semana de la paz de la cabaña.
       —Interponer el caballo para obligar al rey… No, eso no resulta. Vamos a ver la jugada siguiente…
       —¿Por qué quieres adelantar el peón dos casillas? Si quitas de enmedio el alfil… Así se queda al descubierto…
       —No, está protegido. Sigue, ya verás como sale.
       Estaban ambos absortos en la partida. Alguien tuvo que llamar a la puerta dos veces para que Malemute Kid dijera:
       —Adelante.
       La puerta se abrió. Una figura entró en la habitación tambaleándose. Prince la miró y se puso en pie de un salto. El horror que se reflejó en su mirada hizo volverse a Malemute Kid. Él también se sorprendió, aunque había visto en su vida muchos espectáculos espeluznantes. Aquel bulto avanzaba dando tumbos hacia ellos. Prince se hizo a un lado hasta llegar junto al clavo de donde colgaba su Smith & Wesson.
       —¡Dios mío! ¿Qué es eso? —preguntó a Malemute Kid en un susurro.
       —No lo sé. Parece un caso de congelamiento y desnutrición —replicó Prince, escurriéndose en la otra dirección—. ¡Cuidado. Puede estar loco! —avisó después que hubo cerrado la puerta.
       La figura avanzó hacia la mesa. La llama brillante de la lámpara de sebo atrajo su mirada. Pareció divertirle y comenzó a proferir una especie de cloqueos que remedaban una carcajada. De pronto el hombre (porque eso era), se tambaleó al tropezar en sus pantalones de cuero y comenzó a cantar una cancioncilla de las que entonan los hombres del mar cuando rodean el círculo del cabrestante y el mar ruge en sus oídos:

Un barco yanqui baja el río.
¡Tirad, muchachos, tirad!
¿Quieres saber quién es su capitán?
¡Tirad muchachos, tirad!
Jonathan Jones de South Carolina.
¡Tirad, muchachos, tirad…!
.


       De pronto se interrumpió, se arrojó con un aullido de lobo sobre el vasar de las provisiones y, antes de que pudieran impedírselo, desgarraba con los dientes un trozo de tocino. La pelea entre el recién llegado y Malemute Kid fue denodada, pero las fuerzas abandonaron al primero tan súbitamente como le habían invadido, y al fin se sometió débilmente. Entre los dos amigos le sentaron en una banqueta y él se dejó caer de bruces sobre la mesa. Una pequeña dosis de whisky le proporcionó después la fuerza suficiente para hundir la cuchara en la lata de azúcar que Malemute colocó frente a él. Después que hubo calmado en parte su apetito, Prince le alargó, temblando como estaba, una taza de caldo muy diluido.
       Animaba los ojos de aquella criatura una locura sombría que ardía y se apagaba con cada bocado. Poca piel se veía de aquel rostro hundido y demacrado y tan poco semejante a una cara humana. Helada tras helada habían ido dejando su huella en él, una capa de costra que se secaba sobre la cicatriz que la precedía. Era su rostro una superficie seca y dura de un color negruzco, atravesada por profundas hendiduras, por las que asomaba la carne roja y sanguinolenta. Sus ropas de pieles estaban sucias y hechas jirones, y la quemadura que revelaban a un costado delataba que el hombre había yacido sobre el fuego.
       Malemute Kid señaló a su compañero un lugar donde el cuero, curtido por el sol, había sido arrancado tira a tira, la rúbrica macabra del hambre.
       —¿Quién eres? —articuló lenta y claramente el Kid.
       El hombre no contestó.
       —¿De dónde vienes?
       —Un barco yanqui baja el río… —fue la trémula respuesta.
       —De eso no nos cabe la menor duda —dijo Kid, sacudiéndole con la intención de dar comienzo a una conversación más lúcida. Pero el hombre se estremeció a su contacto y comenzó a darse palmadas contra un costado con evidente dolor. Se irguió después lentamente, apoyándose en la mesa.
       —Ella se rió de mí… Leí el odio en su mirada y no quiso venir…
       Su voz se extinguía y la lucidez le abandonaba. Malemute Kid le cogió por la muñeca y gritó:
       —¿Quién? ¿Quién no quiso venir?
       —Unga. Se echó a reír y me dio así, así… Y luego…
       —Sigue.
       —Y luego…
       —Y luego, ¿qué?
       —Y luego él siguió tendido muy quieto sobre la nieve largo tiempo. Allí sigue, tendido sobre la nieve…
       Los dos hombres se miraron con impotencia.
       —¿Quién está sobre la nieve?
       —Ella, Unga, me miró con odio en los ojos y luego…
       —Sí, sí…
       —Y luego cogió el puñal así, una, dos veces… Estaba muy débil. Vine muy despacio. Allí hay oro, mucho oro.
       —¿Dónde está Unga? —Por lo que el hombre había dicho, Unga podía estar agonizando a sólo una milla de distancia—. ¿Dónde está Unga? ¿Quién es Unga?
       —Está sobre la nieve.
       —Sigue —el Kid le aferraba la muñeca cruelmente.
       —Yo también… estaría… allí sobre la nieve… pero… tengo que pagar… una… deuda… Pesaba mucho… pero yo tenía una deuda que pagar… —Su tartamudeo cesó. Metió una mano en su morral y sacó una bolsita de cuero—. Una deuda… Cinco libras de oro, el anticipo de Malemute Kid… —Dejó caer la cabeza agotado y Malemute Kid no pudo ya volver a levantarle.
       —Es Ulises —dijo en voz baja, arrojando la bolsa de oro sobre la mesa—. Supongo que se refiere a Axel Gunderson y a su mujer. Vamos a meterle entre las mantas. Es indio. Sobrevivirá y además nos contará su historia.
       Cuando cortaron sus ropas de pieles para desnudarle, descubrieron en su pecho dos puñaladas abiertas y frescas.


III

      —Contaré lo sucedido a mi manera, pero vosotros me entenderéis. Empezaré por el principio. Hablaré primero de mí y de la mujer, y luego del hombre.
       El de las Pieles de Nutria se acercó al fuego con la actitud del que se ha visto privado de él durante algún tiempo, y que teme que el don de Prometeo pueda desvanecerse en cualquier momento. Malemute Kid cogió la lámpara de sebo y la colocó de modo que su luz iluminara el rostro del narrador. Prince deslizó su cuerpo sobre la barandilla de la litera y se unió a ellos.
       «Yo soy Naas, cacique e hijo de cacique. Nací entre el crepúsculo y el amanecer, en medio de un mar oscuro, en el oomiak de mi padre. Toda la noche los hombres se afanaron a los remos y las mujeres achicaron el agua que las olas arrojaban sobre nosotros, y así lucharon contra la tormenta. La sal se congeló sobre el pecho de mi madre hasta que con el expirar de la tormenta exhaló también su último suspiro. Pero yo alcé mi voz con la del viento y sobreviví. Vivíamos en Akatan…
       —¿Dónde? —preguntó Malemute Kid.
       —En Akatan. Está en las Islas Aleutianas, más allá de Chignik, más allá de Kardalak, más allá de Unimak. Como digo, vivíamos en Akatan, que está en medio del océano y en los confines del mundo. Recorríamos los mares salados en busca de pesca, de focas y de nutria, y nuestras cabañas se apiñaban en una franja de rocas que separaba los linderos del bosque de la playa dorada en que descansaban nuestras canoas. No éramos muchos, y el mundo era pequeño. Hacia el este había extrañas tierras, islas como Akatan. Por eso pensábamos que el mundo entero estaba hecho de islas y vivíamos confiados. Yo era distinto de mi gente. En las arenas de la playa había maderos curvados y planchas retorcidas de un barco distinto a los que construía mi pueblo, y recuerdo que en un saliente de roca que se erguía sobre el océano y que estaba rodeado de agua en tres direcciones, crecía un pino, árbol desconocido en esas tierras, un pino derecho, alto y enhiesto. Se decía que a ese paraje llegaron dos hombres y permanecieron allí muchos días sin dejar de vigilar de la mañana a la noche. Esos hombres habían llegado por el mar en el barco que yacía despedazado sobre las arenas de la playa. Eran blancos como vosotros y débiles como los niños cuando las focas se han ido y los cazadores vuelven con las manos vacías. Yo sé todo esto porque me lo contaron los ancianos y las ancianas de mi tribu, que lo habían oído de boca de sus padres y de sus madres, que habían vivido antes que ellos. Esos hombres blancos al principio no se hicieron a nuestras costumbres, pero después se fortalecieron gracias al pescado y al aceite, y se hicieron valientes. Y cada uno de ellos levantó su propia cabaña y eligió esposa, y andando el tiempo tuvo hijos. Y así nació el que había de ser el padre del padre de mi padre.
       »Como digo, soy distinto del resto de mi pueblo porque llevo la sangre fuerte y extraña de aquel hombre blanco que vino del mar. Se dice que antes de la llegada de los hombres blancos teníamos otras leyes, pero éstos eran audaces y pendencieros y lucharon con los hombres de mi tribu hasta que al final no quedó ninguno que se atreviera a pelear contra ellos. Entonces se hicieron caciques, nos quitaron nuestras leyes, y nos dieron otras nuevas, y a partir de aquel día los varones fueron hijos de sus padres y no de sus madres, como había sido hasta entonces. Decidieron también que el primogénito heredaría todas las cosas que hubieran pertenecido a su padre, y que sus hermanos y hermanas se las arreglarían por sí solos. Y nos dieron también otras leyes. Nos enseñaron nuevos métodos de pesca y para cazar el oso que abunda en nuestros bosques, y nos mostraron cómo almacenar provisiones para épocas de escasez. Todas aquellas cosas fueron buenas.
       »Pero cuando fueron caciques y ya no quedaban más hombres que se les opusieran, los dos hombres blancos comenzaron a luchar entre sí. Y aquél que me dio su sangre hundió su lanza la longitud de un brazo en el pecho de su compañero. Sus hijos continuaron la lucha y los hijos de sus hijos, y hubo un gran odio entre ellos y cometieron actos nefastos hasta el día de mi nacimiento, de modo que de aquellas dos familias sólo un vástago vivió para perpetuar la sangre que le había dado origen. De la mía sólo quedaba yo; de la sangre del otro hombre blanco quedaba una muchacha, Unga, que vivía con su madre. Su padre y mi padre no regresaron de la pesca un día, pero poco después la marea depositó sus cuerpos sobre la arena de la playa, uno muy cerca del otro.
       »Las gentes comentaban el odio entre las dos familias, y los hombres meneaban la cabeza y afirmaban que la lucha continuaría cuando ella tuviera descendencia y yo tuviera descendencia. Así me lo dijeron desde niño, y yo lo creí y me acostumbré a considerar a Unga mi enemiga, la que había de ser madre de los enemigos de mis hijos. Pensé en ello día tras día, y cuando llegué a la adolescencia pregunté por qué había de ser así. Y me contestaron: “No lo sabemos, pero eso es lo que hicieron vuestros padres”. Y yo me maravillaba de que los que habían de nacer tuvieran que luchar en nombre de los que se fueron, y no podía hallar en ello razón. Pero las gentes decían que así debía ser, y yo no era más que un muchacho.
       »Y me decían también que debía darme prisa, que mis hijos debían crecer y hacerse fuertes antes que los de ella. Esto era fácil, porque yo era cacique y mi pueblo me respetaba por las hazañas de mi padre y por las leyes que él les había dado y por las riquezas que poseía. Y las doncellas venían a mí, pero yo no hallaba ninguna de mi agrado. Y los ancianos y las madres de las doncellas me decían que me apresurara, porque ya los cazadores presentaban sus ofertas a la madre de Unga, y si sus hijos se hacían fuertes antes que los míos, los míos morirían.
       »Pero yo no encontré doncella de mi gusto hasta una noche en que regresaba de la pesca. El sol estaba próximo al horizonte y se hundía de lleno en nuestros ojos. El viento arreciaba libre y las canoas competían sobre la blancura del mar. De pronto Unga se me adelantó en su canoa y me miró. Su larga melena oscura flotaba en el viento como un jirón de noche, y sus mejillas brillaban salpicadas por el rocío marino. El sol le llenaba los ojos, y yo era sólo un mozuelo, pero en ese momento sentí claramente la llamada de mi igual. Mientras nos adelantaba a toda velocidad se volvió a mirarme entre dos golpes de remo, a mirarme como sólo Unga era capaz de mirar, y de nuevo sentí la llamada de mi igual. Las gentes gritaron cuando adelantamos raudos a las otras canoas y las dejamos atrás. Pero ella era rápida en el manejo del remo, y mi corazón flotaba como una vela al viento, y no la pude alcanzar. La tarde refrescó, la mar se tornó blanca y ella y yo, saltando como focas las olas contra el viento, recorrimos entre risas y gritos la senda dorada del sol».
       Naas, sentado a medias en el aire fuera de la banqueta, revivía la carrera remedando los movimientos del remero. Frente a sus ojos, al otro lado de la estufa, veía de nuevo la canoa y la melena flotante de Unga. La voz del viento resonaba en sus oídos y la sal batía fresca contra las aletas de su nariz.
       «Pero ella logró llegar a la orilla y corrió por la arena riendo hasta llegar a la casa de su madre. Y aquella noche se me ocurrió una idea digna del cacique que gobernaba al pueblo entero de Akatan. Cuando se alzó la luna fui hasta la casa de su madre y miré las provisiones que había dejado junto a su puerta Yash Noosh, un cazador que pretendía ser padre de los hijos de Unga. Otros jóvenes habían depositado allí sus riquezas antes que él, y a su vez las habían retirado, y el montón que formaba cada uno de ellos era siempre mayor que el del anterior.
       »Y yo reí a la luna y a las estrellas, y me dirigí a mi casa, donde tenía almacenada toda mi fortuna. E hice muchos viajes, hasta que mi montón sobrepasó por la anchura de los dedos de mi mano el montón de Yash Noosh. Y dejé junto a la puerta de Unga pescado desecado al sol y ahumado, y cuarenta pieles de foca con pelo, y otras veinte pieles sin pelo, todas ellas atadas por la boca y embadurnadas con aceite, y diez pieles de oso que yo había matado en los bosques cuando salían en la primavera. Y dejé junto a su puerta cuentas y mantas, y tejidos escarlata que había cambiado a las gentes que habitaban aún más hacia el este. Y miré el montón de Yash Noosh y reí, porque yo era cacique de Akatan y mi riqueza excedía a la de todos mis hombre, y mis antepasados habían llevado a cabo hazañas y habían dictado leyes, y su nombre estaba siempre en las bocas de los hombres de mi pueblo.
       »Así cuando llegó la mañana bajé a la playa y miré con el rabillo del ojo hacia la casa de la madre de Unga. Mi oferta seguía allí intacta. Y las mujeres reían y se decían secretos al oído, y yo me preguntaba por qué no lo aceptaba si nunca se había ofrecido por Unga un precio semejante; y aquella noche añadí más ofrendas al montón y coloqué junto a él una canoa hecha de pieles bien curtidas, que nunca había navegado en el mar. Pero al atardecer el montón seguía intacto, incitando a la risa a todos los hombres del pueblo. La madre de Unga era astuta, y yo me enfurecí ante la vergüenza que me hacía pasar a los ojos de mis gentes, así que aquella noche seguí añadiendo riquezas, hasta que hice un enorme montón, y en lo alto coloqué mi navío, que valía por veinte canoas. Y a la mañana siguiente el montón había desaparecido. Entonces hice los preparativos para la boda y las gentes que vivían aún más lejos hacia el este vinieron a participar del festín y a recoger sus obsequios. Unga me llevaba cuatro soles, que era la forma que teníamos de contar el tiempo. Yo era sólo un mozuelo, pero era cacique e hijo de cacique, y por lo tanto eso no importaba.
       »Pero de pronto un navío asomó sus velas sobre el suelo del océano, y se fue agrandando impulsado por el soplar del viento. De sus imbornales surgía el agua clara, y los hombres trabajaban con prisa y se afanaban a las bombas. En el puente de mando se erguía majestuoso un hombre que miraba la profundidad de las aguas y daba órdenes con voz de trueno. Sus ojos eran de un azul tan pálido como las aguas profundas, su melena le asemejaba a un león marino, y su cabello era dorado como la paja de la siega en las tierras del sur y como las cuerdas de cáñamo que tejen los hombres del mar. Durante muchos años habíamos visto a lo lejos barcos semejantes, pero éste era el primero que arribaba a la playa de Akatan.
       »El festín se interrumpió y las mujeres y los niños corrieron a sus cabañas, mientras los hombres aprestaban sus arcos y aguardaban con las lanzas en la mano. Pero la quilla del barco olisqueó la playa, y los recién llegados, sin prestarnos siquiera atención, siguieron afanándose en su tarea. Cuando bajó la mar carenaron la goleta y calafatearon un gran agujero que tenía en el fondo. Las mujeres regresaron y continuó el festín.
       »Cuando subió la marea, aquellos aventureros del mar anclaron el navío en aguas profundas y se acercaron a nosotros. Como traían presentes y venían en son de paz, les hice sentarse entre nosotros y, llevado de mi generosidad, les ofrecí obsequios semejantes a los que había dado a mis huéspedes, porque era el día de mis esponsales y yo era cacique de Akatan. Y el de la melena de león marino destacaba entre ellos tan alto y tan fuerte que se diría que la tierra iba a temblar bajo la fuerza de su pisada. Miraba a Unga con frecuencia, y directamente a los ojos, con los brazos cruzados de este modo, y se quedó entre nosotros hasta que el sol se ocultó y salieron las estrellas. Entonces regresó a su barco. Después, tomé a Unga de la mano y la llevé a mi casa. Y hubo cánticos y risas, y las mujeres se reían y se hablaban al oído, como es costumbre en esas ocasiones. Pero no nos importaba. Y luego todos nos dejaron solos y se fueron a sus casas. Aún no se había desvanecido el eco de sus pisadas cuando el jefe de los aventureros del mar llegó hasta mi puerta. Llevaba unas botellas de color negro, de las que bebimos, y hubo gran regocijo. Yo era sólo un mozuelo y había vivido todos mis días en el confín del mundo. Por eso mi sangre se convirtió en fuego y mi corazón se aligeró de pronto como la espuma que vuela desde la superficie del agua hasta lo más alto del peñasco. Unga permaneció sentada en un rincón, entre las pieles, en silencio, con los ojos abiertos de par en par y una expresión atemorizada en ellos. Y el de la melena de león marino la miró con una mirada larga y directa. Luego llegaron sus hombres cargados con fardos llenos de mercancías y amontonaron ante mí tantas riquezas como no podían reunirse en todo Akatan. Ante mí depositaron armas de fuego de todas clases y tamaños, pólvora, balas y cartuchos, hachas brillantes y cuchillos de acero, y herramientas y objetos extraños que nunca había visto hasta entonces. Cuando me dio a entender que todo aquello era mío, le juzgué hombre de corazón generoso, pero luego me dijo por señas que a cambio de todo aquello Unga tendría que irse con él en su barco, ¿me entendéis? Que Unga tendría que irse con él en su barco. La sangre de mi padre se encendió en mis venas y quise atravesarle con mi lanza, pero el licor de las botellas había robado la vida a mi brazo, y él me tomó por el cuello y me golpeó la cabeza contra la pared de la casa. Y yo me sentí débil como un recién nacido y mis piernas se negaron a sostener mi cuerpo. Unga gritaba mientras él la arrastraba hacia la puerta, y se aferró a todos los enseres de la casa hasta que todos cayeron sobre nosotros. Luego la alzó en sus fuertes brazos y mientras ella le tiraba de los cabellos él reía con un bramido que recordaba al de la foca en celo.
       »Yo me arrastré hasta la playa y convoqué a mi gente, pero tuvieron miedo. Sólo Yash Noosh fue lo bastante hombre y a él le pegaron en la cabeza con un remo, hasta que cayó de bruces sobre la arena y no se movió más. Y al son de sus canciones izaron las velas y el navío se hizo a la mar.
       »Mi pueblo celebró el suceso, porque consideraron que de ese modo no se vertería más sangre en Akatan, pero yo, sin decir una palabra, esperé al tiempo de la luna llena y entonces almacené pescado y aceite en mi canoa y me dirigí hacia el este. Vi muchas islas y muchas gentes, y después de haber vivido mi vida entera en el confín del mundo supe que la tierra era muy grande. Me hacía entender por medio de señas, pero nadie había visto ni la goleta ni al hombre de la melena de león marino, y siempre señalaban hacia el este. Y dormí en lugares extraños y comí alimentos aún más peregrinos, y vi muchas caras de desconocidos. Muchos reían porque me juzgaban loco, pero a veces los ancianos volvían mi rostro hacia la luz y me bendecían, y los ojos de las muchachas se ablandaban cuando me preguntaban por la goleta y por Unga y por los hombres del mar.
       »Y de esa manera, atravesando mares encrespados y salvando terribles tormentas llegué hasta Unalaska. Había allí dos goletas fondeadas, pero ninguna era la que yo buscaba. Y así seguí en dirección al este. El mundo se hacía cada vez más grande, y en la isla de Unamok nadie había visto la goleta, ni tampoco en Kadiak ni en Atognak. Y al fin un día llegué a la tierra rocosa, donde los hombres abrían grandes huecos en la montaña, y había una goleta, pero no era la que yo buscaba, y los hombres cargaban en ella rocas que arrancaban de la tierra. Yo juzgué aquello una tontería, porque el mundo entero estaba hecho de rocas, pero ellos me dieron comida y me pusieron a trabajar. Cuando la goleta estuvo bien cargada, el capitán me dio dinero y me dijo que me fuera, pero yo le pregunté a dónde se dirigía, y él me señaló hacia el sur. Entonces le dije por señas que deseaba ir con él, y él al principio rió, pero luego, como necesitaba hombres, me llevó de grumete en su barco. Allí aprendí a hablar a la manera de los blancos, y a tejer maromas y a arriar las velas en la borrasca y a manejar el timón. Pero no me costó trabajo, porque por mis venas corría la sangre de los hombres del mar. Creí que me sería fácil hallar al hombre de la melena de león marino una vez que me hallara entre su gente, y cuando por fin un día arribamos a la costa y nos adentramos en un puerto, pensé que en él encontraríamos tantas goletas ancladas como dedos tiene mi mano. Pero los navíos se alineaban a lo largo de millas y millas en los muelles, apiñados como los bancos de peces, y cuando pregunté por un hombre de melena de león marino se rieron de mí y me respondieron en tantas lenguas como hay en el mundo. Y supe entonces que todos aquellos marineros procedían de los puntos más lejanos de la tierra.
       »Y me adentré en la ciudad mirando los rostros de los hombres, pero eran éstos tan numerosos como los bacalaos cuando se apiñan en bancos, y no podía contarlos. Y el estruendo se cernía sobre mí hasta que no pude oír nada y la cabeza comenzó a darme vueltas de tanto movimiento. Pero seguí siempre adelante y recorrí tierras que cantaban al calor del sol, tierras donde el trigo crecía en la llanura y donde las ciudades abundaban en hombres que vivían como mujeres, con palabras falsas en la boca y la avaricia en el corazón. Y mientras tanto, mis gentes de Akatan seguían cazando y pescando y eran felices pensando que el mundo era pequeño.
       »Pero la mirada que me dirigió Unga aquel día en que volvíamos de la pesca siempre me acompañaba, y sabía que cuando llegara la hora, la hallaría. Unga caminaba ante mis ojos a lo largo de avenidas silenciosas al atardecer, o me precedía corriendo a través de campos húmedos por el rocío de la mañana, y había siempre en sus ojos aquella promesa que ella sola era capaz de dar.
       »Así vagué a través de miles de ciudades. Unas gentes eran bondadosas y me daban de comer, otras reían y otras aún me maldecían, pero yo me mordía la lengua y seguía adelante, siempre adelante recorriendo caminos extraños y viendo las cosas más peregrinas. En ocasiones, a pesar de ser cacique e hijo de cacique, trabajé para hombres de palabra ruda y duros como el hierro, hombres que convertían en oro el sudor y el sufrimiento de sus semejantes. Pero nada pude averiguar del hombre que buscaba, hasta que obedecí a la llamada del mar y volví a él como vuelve la foca a su roca guiada por el instinto. Y así llegué a otro puerto y a otro país situado más al norte, donde me refirieron sombrías narraciones del aventurero de cabellos rubios, y supe que era cazador de focas, y que aún entonces seguía recorriendo los mares.
       »Así fue como me uní a una tripulación de Siwashes perezosos que zarpaban en una goleta a la caza de focas, y seguí aquel camino sin huellas en dirección al norte, donde la caza estaba entonces en todo su apogeo. Y allí pasamos muchos meses duros y trabajosos y hablé con muchos hombres de la flota que me refirieron las hazañas descabelladas del hombre a quien buscaba, pero nunca logramos divisarle en el mar. Seguimos hacia el norte y llegamos hasta las Pribilofs y matamos a manadas de focas sobre la playa y llevamos sus cuerpos calientes a bordo, hasta que la goleta rebosó de grasa y de sangre y ningún hombre pudo pisar la cubierta. Luego nos persiguió un barco de vapor, que disparó sobre nosotros sus enormes cañones. Pero nosotros navegamos a toda vela hasta que las olas barrieron la cubierta y la dejaron limpia, y nos perdimos en la niebla.
       »Oí después que mientras nosotros huíamos con el miedo en nuestros corazones, el aventurero de cabellos rubios había anclado junto a la factoría de las Pribilofs, y mientras parte de sus hombres contenían a los empleados de la compañía, el resto cargaba diez mil pieles que estaban en los saladeros aún sin curtir. Digo que lo oí, pero yo lo creo porque en todos mis viajes no oí sino comentar a todo lo largo de las costas del norte su crueldad y su osadía, de forma que con el tiempo las tres naciones que se asoman a ese océano le persiguieron con sus barcos. Y oí también hablar de Unga porque los capitanes cantaban sus alabanzas y ella iba siempre con él. Decían que se había hecho a las costumbres de su compañero y que era feliz, pero yo sabía que no era cierto, y que su corazón anhelaba volver junto a los suyos, a las arenas doradas de las playas de Akatan.
       »Después de largo tiempo volví al puerto que está junto a un estrecho que da entrada al mar, y oí que el hombre a quien seguía había cruzado el cinturón del gran océano para ir a cazar focas al este de las tierras calientes que se hallan al sur de los mares rusos. Y yo, convertido ya en experto marinero, me uní a una tripulación de su misma raza y navegué con hombres de su pueblo y le seguí a la caza de las focas. Muy pocos navíos se aventuraban a navegar por aquellas nuevas tierras, pero nosotros nos pegamos al costado de una manada de focas y las seguimos hacia el norte toda la primavera de aquel año. Y cuando las focas tenían el vientre lleno de crías y cruzaron la frontera de Rusia, los hombres comenzaron a quejarse y tuvieron miedo, porque la niebla era espesa y cada día desaparecía uno más de cubierta. Al fin se negaron a trabajar y el capitán ordenó dar la vuelta y volver al puerto de donde habíamos zarpado. Pero yo sabía que el aventurero de cabellos rubios no conocía el temor y perseguiría a la manada hasta las Islas Rusas, a donde muy pocos hombres se atreven a llegar. Así que en un momento en que el vigía dormitaba en el castillo de proa, boté una barcaza y navegué solo hasta la tierra larga y caliente. Y siempre hacia el sur llegué a Yeddo Bay, donde los hombres son valientes y no temen al miedo. Las muchachas Yoshimara son pequeñas, brillantes como el acero y un recreo para la vista, pero yo no podía detenerme porque sabía que Unga se mecía en una cubierta vacilante junto a los criaderos de focas del norte.
       »Los hombres de Yeddo Bay procedían de todos los confines de la tierra. No tenían ni hogar ni fortuna, y navegaban bajo la bandera de los japoneses. Con ellos bajé a las playas ubérrimas de la Isla del Cobre, donde las pieles vinieron a elevar nuestros montones de sal. Y en aquel mar silencioso no vimos hombre alguno hasta que estábamos prestos a partir. Un día, al disiparse la niebla ante el empuje de un fuerte viento, se echó sobre nosotros una goleta, seguida de cerca por los cañones de un barco ruso. Huimos a merced del viento con la goleta cada vez más cerca, pues avanzaba tres pies por cada dos que avanzábamos nosotros. Y en la popa se erguía el hombre de melena de lobo marino, apoyado en la borda cubierta de lona, y riendo pletórico de vida. Y Unga iba con él (la reconocí al instante), pero él la mandó abajo cuando los cañones comenzaron a dialogar sobre las olas del océano. Como digo, la goleta avanzaba tres pies por cada dos que adelantábamos nosotros, hasta que distinguimos el verde de su timón con cada salto que daba sobre las olas, y yo seguía dando vueltas al timón y maldiciendo con la espalda vuelta a los cañones rusos. Sabíamos que su intención era adelantarnos para poder así huir, mientras los rusos nos apresaban a nosotros. Y los rusos abatieron nuestro mástil y navegamos a la deriva a merced de los vientos, como una gaviota herida, pero él desapareció bajo la línea del horizonte…, él y Unga.
       »¿Qué podíamos hacer? Las pieles que llevábamos hablaban por sí mismas. Nos llevaron a un puerto ruso y luego a una región solitaria, donde nos pusieron a trabajar en unas minas de sal. Y unos murieron y otros sobrevivieron».
       Naas se quitó entonces la manta que cubría sus hombros y puso al descubierto una piel rugosa y marcada por las estrías inconfundibles del látigo. Prince volvió a cubrirle apresuradamente, porque el espectáculo no era muy agradable.
       «Fueron aquellos días muy duros. Algunos hombres lograban huir hacia el sur, pero siempre regresaban. Así, cuando los que habíamos salido juntos de Yeddo Bay nos alzamos a media noche y arrebatamos las armas a los guardas, decidimos dirigirnos hacia el norte. Hallamos llanuras interminables empapadas de agua y bosques infinitos. Y llegó el frío, y la nieve se amontonó sobre el suelo y nadie sabía qué camino tomar. Durante meses agotadores viajamos a través de bosques inmensos. No lo recuerdo bien porque la comida era escasa y fueron innumerables las veces que nos tendimos en el suelo dispuestos a morir. Cuando al fin llegamos a orillas del frío océano, sólo quedábamos tres para mirarlo. Uno era el que había sido capitán de la nave al zarpar de Yeddo Bay y ése recordaba el mapa de aquellas vastedades y un lugar donde se podía cruzar de una tierra a otra sobre el hielo. Y él nos guió (sólo recuerdo que el camino era interminable) hasta que nada más quedamos él y yo.
       »Cuando volvimos a pisar tierra firme hallamos cinco de los extraños habitantes de aquella región. Tenían pieles y perros, pero nosotros no teníamos nada. Luchamos con ellos hasta que todos murieron, y también el capitán murió y las pieles y perros fueron míos. Luego crucé sobre el hielo que comenzaba ya a resquebrajarse, y caí en el agua y al fin una tormenta me depositó en la orilla. Lo demás ya lo sabéis… Golovin Bay, Pastilik y el cura. Después el largo camino hacia el sur, siempre hacia el sur, hacia las tierras calientes y soleadas que había recorrido al comienzo.
       »Pero el mar ya no era fecundo, y los que en él se aventuraban a la caza de focas corrían enormes riesgos y volvían con las manos vacías. Las flotas escasearon y nadie me pudo dar razón del hombre que buscaba. Por eso abandoné el océano, que nunca descansa, y me adentré en tierra firme, donde los árboles, las casas y las montañas están fijas en un lugar y nunca se mueven. Recorrí largas distancias, y hasta aprendí en los libros a leer y a escribir. Pensé que debía saber todo aquello porque Unga tenía que haberlo aprendido y algún día, cuando llegara la hora, nosotros… ya me entendéis… Pero eso cuando llegara la hora.
       »Y así vagué de un lado a otro como un pequeño velero que iza su vela al viento sin timón. Llevaba siempre los ojos y los oídos bien abiertos y buscaba la compañía de hombres que hubieran viajado mucho, porque suponía que ellos habrían visto al que yo buscaba. Al fin encontré a un hombre recién llegado de las montañas, y que me mostró pedazos de roca, en las que había incrustadas pepitas de oro del tamaño de guisantes. Él les había oído, les había visto y les conocía. Eran ricos, me dijo, y vivían en un lugar en donde se extraía oro del suelo.
       »La mina se hallaba en una región salvaje y muy lejana, pero con el tiempo llegué a su campamento, situado entre las montañas, donde los hombres trabajaban noche y día sin ver la luz del sol. Pero la hora aún no había llegado. Escuché las hablillas de la gente. Se decía que se habían ido los dos a Inglaterra, con objeto de traer hombres muy ricos, con los cuales formar una compañía. Vi la casa en que habían vivido. Era como uno de esos palacios que se ven en los países antiguos. Por la noche me introduje por una ventana para ver de qué forma la trataba. Fui de habitación en habitación, y tales riquezas hallé que pensé que así debían vivir los reyes y las reinas.
       »Y todos me dijeron que en verdad la trataba como a una reina, y muchos se maravillaban de la clase de mujer que era, pues llevaba otra sangre en las venas y era distinta de las otras mujeres de Akatan y nadie sabía quién era ni de dónde procedía. Muy bien, me dije, pues ella sería reina pero yo era cacique e hijo de caciques, y había pagado por ella una verdadera fortuna en pieles y en barcos y en cuentas.
       »Pero sobran tantas palabras. Yo era marinero y conocía las rutas de los navíos en el mar. Les seguí hasta Inglaterra y de allí a otros países. Unas veces sabía de ellos por rumores y otras por los periódicos, pero no pude alcanzarlos, porque ellos eran ricos y viajaban muy rápido, mientras que yo era pobre. Pero con el tiempo tuvieron dificultades y el dinero se les fue de entre las manos como anillos de humo. Los periódicos comentaron el suceso, pero después ya no volvieron a hablar de ellos y supe que habían vuelto al lugar donde podían extraer más oro de la tierra.
       »Ahora que eran pobres parecían haber desaparecido de la faz de la tierra. Fui de campamento en campamento y siempre hacia el norte llegué hasta la región del Kootenay, donde hallé su rastro frío. Habían estado allí y habían partido, unos decían que por este camino, otros que por aquél, hacia la región del Yukón. Y yo seguí primero un camino y luego el otro, siempre adelante, hasta que comencé a cansarme del mundo que había resultado ser tan grande. Pero en la región del Kootenay recorrí un camino largó y dificultoso con un mestizo del noroeste que murió el día en que el hambre nos acució. Había llegado hasta el Yukón por rutas desconocidas, atravesando las montañas, y cuando supo que se acercaba su hora me dio un mapa y me reveló el secreto de un lugar donde juraba por sus dioses que había gran cantidad de oro.
       »Después las gentes comenzaron a afluir en gran cantidad al norte. Yo era pobre y me vendí como guía. El resto ya lo sabéis. En Dawson les encontré, a él y a ella. Unga no me reconoció, porque yo no era sino un mozalbete cuando nos casamos y ella había vivido tanto que no podía recordar quién había pagado por ella un precio incalculable. ¿Luego? Tú me liberaste del servicio de la Reina y yo regresé a Dawson para hacer las cosas a mi manera, porque había esperado demasiado tiempo, y ahora que les tenía a mi alcance ya no tenía prisa. Como digo, me propuse hacer las cosas a mi modo, porque tenía muy presente mi pasado y todo lo que había visto y padecido, y recordaba el frío y el hambre de los bosques infinitos junto a la costa de los mares rusos. Como sabéis les llevé hacia el este, a él y a Unga, al lugar a donde muchos habían ido, y de donde muy pocos habían regresado. Les llevé allá donde muchos hombres habían dejado sus huesos y sus maldiciones junto al oro que ya nunca podrían poseer.
       »La ruta era larga y el camino difícil. Nuestros perros eran muchos y comían en abundancia. Los trineos no durarían hasta el comienzo de la primavera. Teníamos que regresar antes del deshielo. Así que decidimos ir escondiendo provisiones aquí y allá para aligerar los trineos y no pasar hambre en el camino de vuelta. Junto al río McQuestion hallamos a tres hombres, y no muy lejos de allí dejamos parte de las provisiones ocultas en un escondrijo. Lo mismo hicimos junto al Mayo, donde había acampados una docena de indios Pelly, que habían llegado hasta allí cruzando la línea divisoria desde el sur. A partir de aquel lugar y en nuestro camino hacia el este, no volvimos a ver a ningún ser humano; sólo el río dormido, el bosque inmóvil y el blanco silencio del norte. Como digo, la ruta era larga y el camino difícil. La nieve estaba muy blanda y a veces en toda una jornada sólo lográbamos recorrer de ocho a diez millas de camino. A la noche dormíamos con la pesadez de los muertos. Pero en ningún momento se les ocurrió que yo pudiera ser Naas, el cacique de Akatan, el enderezador de entuertos.
       »Ahora dejábamos menos provisiones en los escondrijos, y por lo tanto me era más fácil volver atrás a la noche y cambiarlos de lugar, de modo que creyeran después que eran los carcayús los que habían robado la comida. Había lugares en que el agua corría bajo el hielo en catarata y éste quedaba terso en la superficie, pero hueco por dentro. En uno de aquellos lugares se hundió el trineo que yo conducía con sus perros. Él y Unga lo consideraron mala suerte, pero nada más. Pero iban muchas provisiones en aquel trineo y los perros que tiraban de él eran los más fuertes que llevábamos. Pero el hombre de la melena de lobo marino rió porque se encontraba lleno de vida, y racionó la comida a los perros que quedaban, hasta que uno por uno los fuimos liberando de sus arneses y dándolos de comer a sus compañeros. Regresaríamos ligeros de carga, dijo, y comiendo del alimento que habíamos ido ocultando, sin perros ni trineos, lo cual resultó ser cierto, porque teníamos muy pocas provisiones y el último perro murió la noche que llegamos junto al oro, los huesos y las maldiciones de los hombres.
       »Para llegar a aquel lugar (y el mapa no había mentido) tallamos escalones de hielo en la ladera de una montaña que separaba dos cuencas. Esperábamos hallar un valle al otro lado, pero nos equivocamos. Encontramos solamente una gran extensión cubierta de nieve, llana como los inmensos trigales de las tierras del sur. Montañas majestuosas alzaban por doquier sus blancas cabezas hasta las estrellas, y en el centro de aquella extraña llanura, allá donde esperábamos hallar un valle, la tierra y el cielo se hundían hasta el centro del planeta. Un hombre cualquiera habría sentido vértigo ante aquella visión, pero nosotros éramos hombres del mar, y como tales permanecimos erguidos al borde de aquel abismo, pensando en la forma de bajar a él. De las cuatro paredes sólo una era inclinada como la cubierta de un navío cuando el viento azota la gavia. No podría deciros la razón, pero así era. “Esta es la boca del infierno”, dijo el hombre de la melena de lobo marino. “Bajemos”. Y bajamos. Y en el fondo hallamos una cabaña construida por un hombre a base de troncos, que había arrojado desde lo alto del abismo. Era una cabaña muy vieja, porque allí habían muerto muchos hombres en épocas distintas, y en trozos de corteza de abedul habían escrito sus últimas palabras y sus maldiciones postreras. Uno había sucumbido al escorbuto; a otro, su socio le había robado sus últimas provisiones para huir después con ellas; un tercero había sido atacado por un oso; un cuarto, fracasados sus intentos de cazar a algún animal, había muerto de inanición… Y así sucesivamente. Todos se habían resistido a abandonar el oro y habían muerto junto a él de un modo o de otro. Y el oro inútil que habían reunido, amarilleaba en el suelo de la cabaña como si de un sueño se tratase.
       »Pero el hombre que yo había conducido hasta allí era de espíritu fuerte y de juicio sereno. “No tenemos nada que comer”, dijo. “Veremos de dónde procede el oro y cuánto hay y luego nos iremos en seguida antes de que nos entre por los ojos y nos empañe la razón. Después podremos volver con más provisiones y hacernos dueños de todo”. Y tal como lo dijo, así lo hicimos. Estudiamos el filón, que cortaba al sesgo el muro del pozo como hacen los auténticos filones, y lo medimos y lo seguimos desde abajo hasta arriba, y clavamos estacas y marcamos los troncos para sentar nuestros derechos. Luego, temblándonos las rodillas por falta de alimento, con la náusea en el estómago y los corazones en la garganta, trepamos hasta lo alto del muro por última vez y emprendimos el largo camino de regreso.
       »La última jornada tuvimos que arrastrar a Unga entre los dos. Caímos repetidas veces, pero al fin llegamos junto al primer escondrijo. Pero no hallamos provisiones. Indudablemente lo había hecho bien, porque el hombre de la melena de león marino atribuyó el robo a los carcayús, y los maldijo y maldijo a sus dioses en una sola exclamación. Pero Unga se mostró valiente y sonrió y puso su mano sobre la de su esposo, hasta que tuve que apartar la vista de ellos para poder dominarme. “Descansaremos junto a la hoguera hasta mañana”, dijo el hombre de la melena dorada. “Y recobraremos las fuerzas comiendo de nuestros mocasines”. Y así lo hicimos. Cortamos la parte superior de los mocasines en tiras y las hervimos la mitad de la noche, para poder masticarlas y tragarlas. Y por la mañana estudiamos las posibilidades que nos quedaban. El escondrijo siguiente estaba a cinco días de camino; nos era imposible llegar hasta él con vida. Teníamos que cazar. “Iremos a cazar”, dijo él. “Sí”, respondí. “Cazaremos”.
       »Decidió que Unga se quedara junto al fuego para que no malgastara sus fuerzas, y nosotros partimos, él a la busca del alce y yo en busca del escondrijo que había cambiado de lugar. Pero no comí mucho, para que mis fuerzas no me delataran. Y por la noche, cuando regresábamos al campamento, él cayó al suelo repetidas veces, y yo fingí una gran debilidad y avancé tambaleándome sobre las raquetas de nieve, como si cada uno de mis pasos pudiera ser el último. Y de nuevo comimos de nuestros mocasines.
       »Era un gran hombre. Su espíritu sostuvo su cuerpo hasta el final y nunca profirió una queja que no fuera por causa de Unga. El segundo día le seguí, con el fin de no perderme su final. A menudo se veía obligado a tenderse en el suelo para recobrar las fuerzas. Aquella noche estaba casi agonizando, pero a la mañana siguiente maldijo débilmente y volvió a la caza. Andaba vacilante como un borracho, y repetidas veces pensé que iba a darse por vencido, pero tenía la fuerza de un titán y el espíritu de un gigante, porque toda aquella jornada se mantuvo erguido. Y cazó dos lagópodos, pero no quiso comerlos. Pudo haberlos devorado crudos y sobrevivir, pero él pensaba solamente en Unga, y por ella emprendió el regreso al campamento. Ya no andaba, sino que se arrastraba sobre la nieve. Me acerqué a él y leí la muerte en sus ojos. Aún así no era demasiado tarde y pudo haberse salvado comiendo aquellos lagópodos. Pero él arrojó el rifle al suelo y siguió adelante, llevándolos entre los dientes como un perro. Yo caminaba a su lado erguido, y él me miraba en los momentos en que descansaba y se preguntaba cómo podía ser tan fuerte. Lo supe, aunque él ya no podía hablar, y cuando movía los labios no profería ningún sonido. Como digo, era un gran hombre y sentí compasión por él, pero volví a recordar el pasado y recordé el frío y el hambre de los bosques interminables de los mares rusos. Además Unga era mía y había pagado por ella un precio incalculable en pieles, barcos y cuentas.
       »Y de ese modo atravesamos el blanco bosque. El silencio pesaba sobre nosotros como la húmeda niebla del mar. Y los espectros del pasado flotaban en el aire y en torno a nosotros, y volví a ver las playas doradas de Akatan y los kayaks que regresaban raudos de la pesca y las cabañas que se apiñaban en el lindero del bosque. Y junto a nosotros se alzaban los hombres que se habían erigido en caciques, los legisladores cuya sangre llevaba yo en mis venas y había hecho mía al casarme con Unga. Y a mi lado caminaba Yash Noosh con el cabello cubierto de arena húmeda y llevando en la mano la lanza de guerra que había roto su cuerpo al caer sobre ella. Y supe entonces que había llegado la hora y leí en los ojos de Unga la promesa.
       »Como digo, cruzamos el bosque hasta que olfateamos el humo de la hoguera. Entonces me acerqué al hombre y le arranqué los lagópodos de entre los dientes. Él se echó sobre un costado con la sorpresa en los ojos, cobró aliento, y bajó lentamente la mano que tenía oculta hacia el puñal que pendía de su cinturón. Pero yo se lo arrebaté y le sonreí muy de cerca. Aun entonces siguió sin comprender. Entonces hice como si bebiera de unas botellas negras y como si apilara un montón de riquezas sobre la nieve y reviví con gestos los sucesos ocurridos en la noche de mis esponsales. No dije una sola palabra, pero él comprendió. Y aún así no tuvo miedo. A sus labios asomó una mueca burlona y una cólera fría, y el saber le proporcionó nuevas fuerzas. No estábamos lejos del campamento, pero la nieve estaba muy blanda y él se arrastraba muy lentamente. Una vez permaneció inmóvil durante tanto tiempo que tuve que darle la vuelta y mirarle a los ojos para ver si los tenía abiertos. Unas veces parecía vivo y otras muerto. Y cuando le solté, él continuó avanzando, y de este modo llegamos hasta el fuego. Unga corrió a su lado al instante. Los labios del hombre se movieron en silencio y me señaló para que Unga comprendiera. Luego se tendió en la nieve y así permaneció inmóvil durante largo tiempo.
       »Yo no dije una palabra hasta que hube asado el lagópodo sobre el fuego. Luego me dirigí a Unga en su propia lengua. Ella se irguió con los ojos dilatados por la sorpresa y me preguntó quién era y dónde había aprendido aquella lengua.
       »—Yo soy Naas —le dije.
       »—¿Tú? —dijo ella. Y se acercó después para mirarme de cerca.
       »—Sí —respondí—. Soy Naas, cacique de Akatan, el último de mi estirpe, como tú eres la última de tu estirpe.
       »Entonces ella rió y juro por todo lo que he visto y hecho en mi vida que no quisiera oír esa risa nunca más. La sangre se me heló en las venas, allí en medio del silencio blanco, a solas con la muerte y con aquella mujer que reía.
       »—Ven —le dije, pensando que desvariaba—. Come de esta carne y vayámonos de aquí. Nos espera un largo camino hasta Akatan.
       »Pero ella hundió su rostro en la rubia melena y rió hasta que los cielos parecieron hundirse sobre nuestros oídos. Creí que se regocijaría al verme y que estaría deseosa de volver a la memoria de los viejos tiempos, pero su actitud me pareció muy extraña.
       »—Ven —grité tomándola de la mano—. El camino es largo y oscuro. Hemos de darnos prisa. ¡Vamos!
       »—¿A dónde? —preguntó ella, mientras se sentaba en el suelo y los ecos de su extraña risa se apagaban.
       »—A Akatan —respondí, pensando que su rostro se iluminaría ante aquel pensamiento. Pero su rostro adquirió la misma expresión que el de su compañero, y en él reconocí la sonrisa burlona y la cólera fría.
       »—Sí —dijo—, iremos de la mano tú y yo hasta Akatan. Y viviremos en una sucia cabaña, y comeremos pescado y aceite, y engendraremos hijos de los que podamos enorgullecemos el resto de nuestros días. Olvidaremos el mundo y seremos felices, muy felices. Tienes razón. Vamos. Apresurémonos. Volvamos a Akatan.
       »Y acarició con su mano la melena dorada y sonrió de un modo que me asustó. Y en sus ojos no se leía la antigua promesa.
       »Me quedé sentado en silencio, maravillado ante aquella mujer singular. Regresé a la noche en que me la habían arrebatado y en que ella gritaba tirando de ese cabello que ahora acariciaba y se negaba a abandonar. Y recordé el precio que había pagado por ella y la cogí por la muñeca y la arrastré como él la había arrastrado. Pero ella se resistió como había resistido aquella noche y luchó como lucha una gata por sus cachorros. Y cuando ya la hoguera se interponía entre nosotros y el hombre, la solté y ella se sentó en la nieve y me escuchó. Y le conté todo lo que me había ocurrido hasta entonces, todo lo que me había sucedido en mares extraños y lo que había hecho en tierras desconocidas; le hablé de mi fatigosa búsqueda, de los años de hambre y de la promesa que me había dado. Le dije todo, incluso lo que había ocurrido entre aquel hombre y yo aquel mismo día y en los días anteriores, y mientras hablaba vi cómo renacía en su mirada la promesa con el esplendor de la aurora. Y asomó a sus ojos la piedad, y su ternura de mujer, y el amor, y vi reflejados en ellos el corazón y el alma de Unga. Y me sentí muchacho de nuevo, porque aquella mirada era la mirada de Unga cuando recorría la playa riendo hacia casa de su madre. La inquietud había pasado, y el hambre y la espera agotadora. Había llegado la hora. Sentí la llamada de su pecho y quise descansar en él mi cabeza y olvidar. Unga me abrió los brazos, y yo me acerqué. De pronto el odio relampagueó en sus ojos, y su mano voló hacia mi cadera. Y una y dos veces blandió en el aire el puñal.
       »—¡Perro! —gritó mientras me arrojaba al suelo—. ¡Cerdo! —Rió hasta hacer añicos el silencio, y luego volvió junto al muerto.
       »Como digo, me apuñaló una vez y dos, pero estaba muy débil a causa del hambre que padecía y el destino no quiso que yo muriera. Hubiera deseado permanecer allí y cerrar mis ojos para siempre junto a aquéllos cuyas vidas se habían cruzado con la mía y me habían conducido por senderos desconocidos. Pero sobre mí pesaba una deuda que no me hubiera permitido descansar.
       »El camino fue largo, el frío despiadado y la comida escasa. Los indios Pelly no habían hallado alces, pero sí habían encontrado mi escondrijo y se habían llevado todas las provisiones. Y lo mismo había ocurrido con los tres hombres que habíamos hallado anteriormente, aunque a éstos los hallé muertos en su cabaña más tarde, cuando pasé junto a ella. El resto no lo recuerdo… Sólo que llegué aquí y encontré comida y fuego, mucho fuego…».
       Cuando acabó de hablar se agazapó, celoso, sobre la estufa. Durante unos momentos, la llama de la lámpara de sebo proyectó sobre el muro de la cabaña sombras de tragedias sin fin.
       —Pero ¿y Unga? —gritó Prince, con la visión aún grabada en el cerebro.
       —¿Unga? No quiso comer. Se quedó junto al hombre, abrazada a él con el rostro hundido en la melena dorada. Yo le acerqué el fuego para que no sintiera frío, pero ella se cambió al otro lado. Encendí junto a ella otra hoguera, pero no sirvió de nada, porque no quiso comer. Allí yacen los dos sobre la nieve.
       —Y tú, ¿qué vas a hacer? —preguntó Malemute Kid.
       —No lo sé. Akatan es pequeño y no siento deseos de vivir en el confín del mundo. Lo cierto es que de poco me sirve ya la vida. Puedo ir a Constantine; me cargarán de grillos y un día atarán una soga en torno a mi cuello y dormiré para siempre. Aun así, no sé…
       —Pero Kid —protestó Prince—. Ha cometido un crimen.
       —¡Silencio! —ordenó Malemute Kid—. Hay cosas que exceden a nuestra sabiduría y que están más allá de nuestra justicia. No podemos decir quién ha hecho bien y quién ha hecho mal. No nos toca a nosotros juzgar.
       Naas se acercó más al fuego. Luego se hizo un profundo silencio, y ante los ojos de cada uno de nosotros, innumerables imágenes pasaron y se desvanecieron.



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