Jack London
(San Francisco, California, 1876 – Glen Ellen, California, 1916)


Las perlas de Parlay (1911)
(“The Pearls of Parlay”)
Originalmente publicado en The Saturday Evening Post, l84
(14 de octubre de 191l), págs. 9-11 y 64-66;
A Son of the Sun
(Nueva York: Doubleday, Page & Company, 1912, 333 págs.)



I

      El piloto canaca metió la caña y el Malahini arrumbó al viento y se adrizó. Los foques gualdrapearon, resonaron los tomadores, giraron las escotas de las botavaras y la nave viró mientras las velas volvían a hincharse. Aunque era muy temprano y soplaba una brisa fresca, los cinco blancos que iban sentados en la toldilla vestían ropa muy ligera. David Groef y su invitado, Gregory Mulhall, un inglés, estaban aún en pijama, calzados sus pies desnudos con zapatillas chinas. El capitán y el primer oficial llevaban camisetas muy finas y pantalones de drill sin almidonar, mientras que el sobrecargo se resistía a ponerse la camiseta que sostenía en la mano. Con la frente perlada de sudor, hundía el pecho sediento en un aire que no refrescaba.
       —No entiendo este bochorno con una brisa así —se quejó.
       —¿Y qué hace semejante viento por este cuadrante? Eso es lo que me gustaría saber a mí —fue la contribución de Grief al descontento general.
       —No durará —dijo Hermann, el oficial holandés—. Ha estado cambiando de rumbo toda la noche. Cinco minutos soplando de aquí, diez de allá, una hora del cuadrante opuesto…
       Algo se prepara, algo se prepara —gruñó el capitán Warfield, mientras se peinaba su poblada barba con los dedos de ambas manos y adelantaba el mentón en un vano intento de buscar aire fresco—. El tiempo lleva loco dos semanas. Y hace tres que no soplan los vientos propios de la estación. Todo anda revuelto. El barómetro subía y bajaba sin parar ayer al anochecer y sigue haciéndolo ahora, aunque los expertos dicen que no significa nada. En cualquier caso, no me gusta verlo oscilar así. Me pone nervioso, no sé, ya me entienden… Lo mismo ocurrió cuando el naufragio del Lancaster. Yo era entonces un grumete, pero lo recuerdo bien. Era un barco de casco de acero, completamente nuevo, de cuatro mástiles. Y aquélla era su primera travesía. El pobre capitán se quedó con el corazón destrozado, Llevaba cuarenta años trabajando para la compañía. Se fue consumiendo poco a poco y murió al año siguiente.
       A pesar del viento y de lo temprano de la hora, el calor era sofocante. La brisa prometía una frescura que no llegaba a materializarse. Habría podido proceder del Sahara de no ser por la extrema humedad de que iba cargada. No había ni rastro de niebla y, sin embargo, un velillo de bruma parecía flotar en la distancia.
       No podía decirse que hubiera nubes definidas, pero tan espeso era el sucio sudario nuboso que se cernía sobre el mar, que los rayos del sol no podían atravesarlo.
       —¡Listos para virar! —ordenó el Capitán Warfield con voz aguda.
       Los canacas cobrizos, vestidos con simples taparrabos, se movieron lánguidamente, pero con presteza, y procedieron a maniobrar velas y botavaras.
       —¡Todo a sotavento!
       El piloto hizo girar el timón sin contemplaciones y el Malahini puso proa al viento y viró limpiamente.
       —¡Por Júpiter, es una bruja! —exclamó Mulhall admirado—. No sabía que ustedes, los comerciantes de los Mares del Sur, navegaran en yates.
       —Antes de llegar aquí, el Malahini fue un barco pesquero en Gloucester —explicó Grief—. Y los pesqueros de Gloucester tienen fama de marineros.
       —Pero, si están aproados a la entrada de la laguna, ¿por qué no entran?
       —Inténtelo, capitán Warfield —sugirió Grief—. Demuéstrele lo que es entrar en una laguna con fuerte corriente en contra.
       —¡Avante con cuidado! —ordenó el capitán.
       —¡Avante con cuidado! —repitió el canaca, soltando media cabilla.
       El Malahini enfiló el estrecho pasaje que constituía la entrada a la laguna de un gran atolón ovalado. Tenía éste una forma extraña, como si tres atolones en proceso de formación hubieran chocado aglutinándose sin alzar entre ellos muros de partición. Aquí y allá se elevaban sobre la arena grupos de cocoteros y, a través de los claros, el agua inmóvil brillaba como la superficie bruñida de un espejo. Aquella laguna irregular encerraba muchas millas cuadradas de agua, toda la cual fluía a borbotones con la marea baja a través del estrecho canal. Tan angosto era éste y tan abundante el agua, que el pasaje semejaba la zona de rápidos de un río más que la entrada a un atolón. El agua bullía, se arremolinaba, hervía y fluía encrespada formando una espuma blanca sobre las olas dentadas. Con cada nueva embestida, con cada arremetida de la corriente, el Malahini se desviaba de su rumbo y se escoraba, como alzado por cuñas de acero, hacia un lado del pasaje. Había recorrido ya parte del canal, cuando la proximidad de la orilla de arenas coralíferas le obligó a virar. Sobre la amura de babor, abatido por la corriente, salió otra vez a mar abierto arrastrado por la fuerza de la marea.
       —Ha llegado el momento de probar ese motor que tantos sudores le ha costado —se burló Grief bonachonamente.
       Estaba claro que aquel motor era un asunto espinoso para el Capitán Warfield. Había pedido y suplicado que se lo concedieran, hasta que al fin Grief accedió a ello.
       Lo amortizaremos —respondió el capitán—. Espere y lo verá. Es mejor que una póliza de seguros y, en cualquier caso, ya sabe usted que no hay una sola empresa dispuesta a asegurar un barco que navegue por las Paumotus.
       Grief señaló un pequeño cúter, que avanzaba tras ellos en la misma dirección.
       —Apuesto cinco francos a que el Nuhiva entra antes que nosotros.
       —¡Desde luego! —dijo el capitán Warfield—. Tiene más potencia de la que necesita. A su lado parecemos un transatlántico y, sin embargo, llevamos cuarenta caballos de vapor. Ella lleva diez y corre más ligera que el viento. Podría deslizarse sobre las llamas del infierno, pero, mire. Aun así no puede luchar contra la corriente. Van navegando a diez nudos en este momento.
       Y a la misma velocidad, cabeceando y brincando sobre las olas, el Malahini seguía retrocediendo.
       —Repuntará dentro de media hora y entonces entraremos —dijo el Capitán Warfield con una irritación que vinieron a explicar las palabras que pronunció después—. No tiene ningún derecho a llamar Parlay a ese atolón. En las cartas del Almirantazgo y en los mapas franceses aparece como Hikihoho. Lo descubrió Bouganville y lo bautizó con el nombre que le daban los nativos.
       —¿Qué más dará el nombre? —preguntó el sobrecargo, aprovechando que hacía uso de la palabra para detenerse con los brazos ya metidos en las mangas de la camiseta—. El caso es que está ahí, ante nuestras mismísimas narices. Y que en tierra está Parlay con sus perlas.
       —¿Qué seguridad tienen de que existen? ¿Quién las ha visto? —preguntó Hermann, mirando uno tras otro a sus interlocutores.
       —Eso es cosa sabida —respondió el sobrecargo. Luego se volvió hacia el timonel—: Díselo tú, TaHotauri.
       El canaca, halagado y cohibido al mismo tiempo, tomó el timón y movió una cabilla.
       —Mi hermano bucear para Parlay tres o cuatro meses y hablar mucho de ellas. Decir que Hikihoho buen sitio para perlas.
       —Y los compradores no han conseguido jamás que se desprenda de una sola —interrumpió el capitán.
       —Dicen que llevaba un verdadero montón de ellas para Armande cuando zarpó rumbo a Tahití —intervino el sobrecargo, tomando el hilo de la historia.
       —Eso fue hace quince años y desde entonces ha seguido acumulándolas. Y almacena las conchas también. Eso todo el mundo lo ha visto. Tiene cientos de toneladas. Dicen que ha dejado la laguna totalmente limpia. Quizá por ello haya anunciado la subasta.
       —Si de verdad vende todas las que tiene, éste será el año que más perlas hayan producido las Paumotus —dijo Grief.
       —Pero, bueno, ya está bien, señores —intervino Mulhall de mal talante, tan molesto como sus interlocutores por aquel calor agobiante—. ¿Quieren decirme de qué están hablando? ¿Quién es ese saqueador de playas? ¿Y qué perlas son ésas? ¿A qué tanto misterio?
       —Hikihoho pertenece al viejo Parlay —respondió el sobrecargo—. Tiene una fortuna en perlas que ha acumulado durante años y años. Hace unas semanas hizo correr la voz de que las subastaría mañana. ¿Ve todas esas goletas fondeadas en la laguna?
       —Ocho distingo yo —dijo Hermann.
       —¿Quiere saber qué hacen tantas embarcaciones en un lugar tan miserable como éste? —continuó el sobrecargo—. Toda la producción anual de copra de este atolón no bastaría para cargar una sola goleta. Han venido para la subasta. Por eso están aquí. Y por eso va el pequeño Nuhiva dando tumbos ahí detrás, aunque no entiendo qué es lo que pueda comprar su dueño y capitán. Es Narii Herring, un inglés medio judío que no tiene en el mundo más que osadía, cara dura y deudas con los proveedores de whisky de toda la Polinesia. Para esas cosas es un genio. Debe tanto dinero que no hay un solo comerciante en Papeete que no se interese por sus negocios. Hacen todo lo que está en su mano y más por proporcionarle trabajo. No les queda otro remedio. ¡Vaya suerte que tiene ese Narii! Yo, en cambio, no debo nada a nadie, y ¿cuál es el resultado? Que si me diera un ataque ahora mismo en esa playa, me dejarían morir sin echarme una mano. Nadie perdería nada con mi muerte. Pero lo que es ese Narii Herring… ¿Qué no harían por él si le diera un ataque? En su caso lo mejor no les parecería suficiente. Han invertido tanto en él que no podrían dejarle morir así como así. Le llevarían a su propia casa y le cuidarían como a un verdadero hermano. Permítanme que les diga que pagar las cuentas a tiempo no es tan bueno como lo pintan.
       —¿Qué tiene que ver Parlay con ese tal Narii? —preguntó, encolerizado, el inglés. Y volviéndose a Grief continuó—: ¿Y qué pasa con esas perlas? ¿Quieren empezar por el principio?
       —Tendrán ustedes que ayudarme —advirtió Grief a sus compañeros antes de comenzar la narración—. Parlay es un tipo muy original. Por lo que he oído de él, creo que está un poco loco. Pero, en cualquier caso, le contaré la historia. Parlay es francés por los cuatro costados. Una vez me dijo que había nacido en París y lo cierto es que tiene el acento de un verdadero parisién. Llegó aquí en los buenos tiempos y se dedicó al comercio. Así comenzó en Hikihoho, comerciando, cuando eso era lo rentable. Vivían entonces en la isla cien nativos miserables. Se casó con la reina al estilo polinesio y cuando ella murió, lo heredó todo. Hubo una epidemia de sarampión y no quedaron más que una docena de supervivientes. Él les alimentó, les obligó a trabajar y se erigió en rey. Su esposa, antes de morir, le había dado una hija. La llamó Armande. Cuando la niña tenía tres años, la mandó a un convento de Papeete, y cuando cumplió siete u ocho, la envió a Francia. Ya se imaginará usted cómo la crió. Ni el mejor ni el más aristocrático de los colegios de Francia le parecía lo bastante bueno para su única hija, la hija de un rey y, al mismo tiempo, del hombre más rico de las Paumotus. Por otra parte, ya sabe que a los franceses les importa muy poco el color de la piel. La educó como a una princesa y por tal se llegó a tener ella. Creía ser completamente blanca y nunca sospechó que se alzara en torno a ella una barrera siniestra.
       Entonces ocurrió la tragedia. El viejo fue siempre un excéntrico. Tanto tiempo había representado en Hikihoho el papel de déspota, que llegó a convencerse de que el rey y la princesa eran invulnerables. Cuando Armande cumplió los dieciocho años, la mandó llamar. Tenía, como popularmente se dice, más dinero que pesaba. Construyó una gran casa en Hikihoho y un enorme bungalow en Papeete. Armande debía llegar en el vapor correo desde Nueva Zelanda y él zarpó en su goleta para recibirla en Tahití. Es posible que hubiera evitado lo que ocurrió después, a pesar de todas las viejas cotorras de Papeete, de no haber sido por un huracán. ¿No fue aquel año cuando Manu Huni fue arrasado por el viento y murieron ahogados mil cien hombres?
       Todos asintieron, y el capitán Warfield dijo:
       —Yo navegaba en el Magpie en aquella ocasión. Toda la tripulación, incluido el cocinero, fuimos a parar a tierra con barco y todo. Un cuarto de milla nos arrastró el huracán entre los cocoteros de la embocadura de la bahía de Taihoae, y eso que tiene fama de ser un puerto a prueba de borrascas.
       —Al viejo Parlay —continuó Grief— le sorprendió ese mismo huracán y llegó a Papeete, cargado con sus perlas, con tres semanas de retraso. Tuvo que reparar la goleta y construir una rampa de media milla para poder hacerla a la mar.
       Mientras tanto, Armande le esperaba en Papeete. Nadie fue a verla. A la manera francesa, hizo las habituales visitas protocolarias al gobernador y al médico del puerto. Ambos la recibieron, pero las arpías de sus mujeres dijeron no estar en casa cuando fue a verlas y no le devolvieron la visita. No era de su casta, o, mejor dicho no era de casta, aunque ella ni lo sospechara. En el crucero francés iba un joven teniente que perdió por Armande el corazón, pero no la cabeza. Pueden imaginarse la sorpresa que todo aquello representó para una joven refinada, hermosa, educada como una aristócrata y acostumbrada a todo lo mejor que puede comprarse con dinero en la vieja Francia. Y puede imaginarse también cómo terminó el asunto. —Se encogió de hombros—. En el bungalow había un criado japonés que presenció todo y afirma que en aquella ocasión Armande se comportó como un verdadero samurai. Sin precipitación, sin apremio, sin el ansia salvaje del que desea la aniquilación total, cogió un estilete, posó la punta cuidadosamente sobre su pecho y, con ambas manos, lo empujó, lenta pero segura, hasta que penetró en el corazón.
       Poco después llegó el viejo Parlay con sus perlas. Dicen que una de ellas valía por sí sola sesenta mil francos. Peter Gee la vio y, según me dijo, le ofreció esa cantidad. El viejo perdió la cabeza. Le tuvieron dos días en el Club Colonial metido en una camisa de fuerza…
       —El tío de su mujer, un viejo de las Paumotus, cortó la camisa de una cuchillada y le sacó de su encierro —corroboró el sobrecargo.
       —A partir de aquel momento, el viejo Parlay comenzó a hacer estragos —continuó Grief—. Le incrustó tres balas en el cuerpo al pícaro del teniente…
       —Que pasó tres semanas en la enfermería —intervino el capitán Warfield.
       —Arrojó un vaso de vino a la cara del gobernador, se batió en duelo con el médico del puerto, dio sendas palizas a sus criados nativos, arrasó el hospital, rompió dos costillas y la clavícula al enfermero y escapó. Bajó a su goleta con una pistola en cada mano desafiando al jefe de policía y a los gendarmes a que lo detuvieran, y zarpó para Hikihoho. Dicen que desde entonces no ha vuelto a salir del atolón.
       El sobrecargo asintió.
       —De eso hace ya quince años, y desde entonces no ha dado señales de vida.
       —Aparte de lo de las perlas —dijo el capitán—, es un lunático y un charlatán. A mí me pone la carne de gallina. Dicen que es un verdadero vikingo.
       —¿Cómo un vikingo? —preguntó Mulhall.
       —Tiene poder sobre los elementos. Al menos eso creen los nativos. Pregúntele a Tai-Hotaurí. Oye, Tai-Hotauri, ¿qué crees tú que hace Parlay con el tiempo?
       —Parlay demonio —fue la respuesta del canaca—. Yo saber. El querer viento, y levantarse viento. El no querer viento, y no haber viento.
       —Lo que se dice un hechicero, vamos —dijo Mulhall.
       —No dar suerte las perlas —estalló bruscamente TaiHotauri, meneando ominosamente la cabeza—. El decir vender y muchas goletas venir. El hacer gran huracán y todos muertos. Los nativos decir eso.
       —Estamos en la estación de los huracanes —rió morosamente el capitán Warfield—. No andan muy descaminados. En este momento se está preparando algo y yo estaría mucho más tranquilo si el Malahini se hallara a mil millas de aquí.
       —Parlay está un poco loco —concluyó Grief—. He intentado ver las cosas desde su punto de vista. El asunto es complicado. Durante dieciocho años había centrado todo en Armande. A veces le da por creer que su hija sigue viva, que no ha vuelto de Francia. Ésa es una de las razones por la que hasta ahora no ha querido deshacerse de las perlas. Y odia a los blancos. No puede olvidar que fueron ellos quienes la mataron, aunque a veces sí se olvide de que ha muerto.
       —¡Miren! ¿Qué ha sido del viento?
       Las velas colgaban vacías sobre sus cabezas y el capitán Warfield gruñó con disgusto. Si hasta entonces el calor había sido abrumador, ahora, con la ausencia de viento, era ya intolerable. Los rostros rezumaban sudor y uno tras otro todos los presentes aspiraron con ansia como buscando aire.
       Aquí está otra vez. Ha virado ocho cuartas. ¡Pronto a las escotas de las botavaras!
       Los canacas se precipitaron a obedecer las órdenes de su capitán y durante cinco minutos la goleta enfiló directamente el pasaje y avanzó a pesar de la corriente. Amainó la brisa y volvió a soplar de nuevo de otro cuadrante obligándoles a llevar a cabo nuevas maniobras.
       —Ahí viene el Nuhiva —dijo Grief—. Lleva el motor en marcha. Miren cómo salta las olas.
       —¿Todo listo? —preguntó el capitán al maquinista, un mestizo portugués que asomaba la cabeza y los hombros por la escotilla de proa mientras se limpiaba el sudor que le corría por la cara con un puñado de trapos grasientos.
       —Todo listo —replicó.
       —Entonces, ¡avante!
       El maquinista desapareció en el interior de su cubil y, momentos después, el tubo de salida de gases tosía y carraspeaba. Pero la goleta no pudo mantenerse a la cabeza. El pequeño cúter adelantaba tres pies por cada dos que avanzaba el Malahini y poco a poco le iba ganando delantera. En la cubierta del cúter todos eran nativos, a excepción del hombre que empuñaba el timón y que agitó la mano en el aire con un gesto burlón de saludo y despedida.
       —Ése es Narii Herring —dijo Grief a Mulhall—, el hombre que lleva el timón. Es el mayor caradura y el bribón más atrevido de todo el archipiélago de las Paumotus.
       Cinco minutos después un grito de alegría, prorrumpido al unísono por todos los canacas del Malahini, centró la atención de los circunstantes en el Nuhiva. El motor del cúter se había averiado y la goleta le adelantaba. Los marineros del Malahani saltaron a la jarcia lanzando exclamaciones de burla. El pequeño cúter viraba impulsado por el viento y retrocedía cediendo a la corriente.
       —¡Vaya motor el nuestro! —dijo Grief cuando la laguna se abrió ante su vista y la goleta hubo virado para dirigirse al fondeadero.
       El Capitán Warfield, aunque se limitó a gruñir, estaba visiblemente satisfecho.
       —Lo amortizaremos, no tema.
       El Malahini se confundió con la pequeña flota de goletas y halló un lugar para fondear.
       —Allí está Isaacs con el Dolly —observó Grief mientras saludaba con la mano—. Y Peter Gee con el Roberta. No podía faltar a una subasta como ésta. Y allá veo a Fancini, en el Cactus. Han venido todos los compradores de perlas. Seguro que el viejo Parlay sacará buen precio por ellas.
       —Aún no han podido reparar el motor —murmuró encantado el Capitán Warfield. Miraba hacia el lado opuesto de la laguna, allá donde las velas del Nuhiva asomaban entre los cocoteros.


II

       La casa de Parlay era una construcción de dos pisos con paredes de madera de California y tejado de metal galvanizado. La desproporción que guardaba con respecto al estrecho atolón era tal, que surgía del anillo de arena y se elevaba sobre él como una monstruosa excrecencia. Los del Malahini hicieron una visita de cortesía a tierra firme nada más fondear. En la sala principal de la casa había otros capitanes y compradores examinando las perlas que iban a subastarse al día siguiente. Criados de las Paumotus, nativos de Hikihoho y parientes del dueño de la casa iban de un lado a otro sirviendo whisky y absenta. Entre los circunstantes evolucionaba, cloqueando y riendo despectivamente, el viejo Parlay en persona, despojo de lo que años antes fuera un hombre alto y fornido. Tenía los ojos hundidos y enfebrecidos y las mejillas chupadas y cavernosas. El pelo se le había caído a mechones, tanto el de la cabeza como el del bigote y la perilla.
       —¡Por Júpiter! —murmuró Mulhall en voz baja—. Es un Napoleón II zanquilargo, pero quemado, cocido y agrietado por el sol. ¡Y para colmo sarnoso! No me extraña que lleve la cabeza inclinada hacia un lado. Tiene que guardar el equilibrio.
       Se aproxima un huracán —fue el saludo que dirigió a Grief el viejo—. Deben gustarle mucho las perlas para venir en un día así.
       —Por ellas valdría la pena ir hasta el infierno —le contestó Grief de buen talante, recorriendo con la mirada la superficie de la mesa en que se exponían las perlas.
       —Son muchos los que han hecho el viaje por ellas —cloqueó el viejo Parlay—. Miren ésta. —Señaló una perla gruesa, perfecta, del tamaño de una nuez, que estaba colocada aparte sobre un trozo de gamuza—. En Tahití me ofrecieron sesenta mil francos por ella. Y mañana me ofrecerán tanto o más en la subasta si antes no se los lleva a todos el viento. Esa perla la encontró mi primo, mejor dicho, el primo de mi mujer. Era nativo, ¿saben? Y era también un ladrón. La escondió, aunque me pertenecía. Su primo, que era también primo mío, porque aquí todos somos parientes, le mató por ella y huyó en su cúter a Noo-Nau. Yo le seguí, pero cuando llegué a la isla el jefe ya le había matado a él para robársela. Sí, son muchos los muertos representados en esta mesa. Beba algo, capitán. Su cara me resulta familiar. ¿Es usted nuevo en las islas?
       —Es el Capitán Robinson, del Roberta —dijo Grief a modo de presentación.
       Mientras tanto, Mulhall había estrechado la mano de Peter Gee.
       —Nunca creí que pudiera haber tantas perlas en el mundo —dijo Mulhall.
       —Tampoco yo he visto nunca tantas juntas —admitió Gee.
       —¿Cuánto pueden valer? —preguntó el inglés.
       —Cincuenta o sesenta mil libras. Y eso para nosotros, los compradores. En París… —y se encogió de hombros.
       Mulhall se limpió el sudor que le caía ante los ojos. Todos transpiraban copiosamente y respiraban con dificuitad. No había hielo y el whisky y el absenta se servían del tiempo.
       —Sí, sí —cloqueaba Parlay—. Hay muchos cadáveres tendidos sobre esta mesa. Conozco bien estas perlas, todas ellas. ¿Ven esas tres? Son igualitas, ¿verdad? Las pescó para mí un buceador de la isla de Pascua, las tres en una sola semana. A la siguiente, un tiburón le arrancó un brazo y la gangrena terminó con él. Y ¿ven esa perla barroca? No vale mucho. Si mañana me ofrecen veinte francos por ella, me daré con un canto en los dientes. Fue hallada a veintidós brazas de profundidad por un pescador de Rarotonga. Batió todas las marcas de buceo. Veintidós brazas bajó. Yo lo vi. No sé si le estallaron los pulmones o si fue una aeroembolia, pero el caso es que murió a las dos horas. Expiró gritando. Le oyeron en millas a la redonda. Era el hombre más fuerte que he visto en mi vida. Seis buceadores míos han muerto ya de aeroembolia. Y morirán muchos más.
       —No sea ave de mal agüero, Parlay —refunfuñó uno de los capitanes—. No va a haber huracán.
       —Si fuera un hombre joven y fuerte, levaría anclas y me iría de aquí cuanto antes —le contestó el viejo con el tono de falsete que le daba la edad—. Eso si fuera un hombre joven con el sabor del vino aún en la boca. Pero ustedes no. Ustedes se quedarán. No les aconsejaría que se fueran si pensara que iban a escucharme. Es imposible apartar a los buitres de la carroña. Beban una copa más, mis valientes marineros. ¡Vaya, vaya, vaya! Lo que son capaces de hacer los hombres por una simple secreción de la ostra. ¡Ahí las tienen, las bellezas! La subasta es mañana a las diez en punto. Los buitres se reúnen porque Parlay se ha decidido a vender, el viejo Parlay, que en su día fue más fuerte que ninguno de ellos y que todavía ha de ver muertos a la mayoría.
       —¡Qué bicharraco es el viejo! —susurró el sobrecargo al oído de Peter Gee.
       —¿Y qué si se levanta viento? —dijo el capitán del Dolly—. Hasta ahora Hikihoho nunca ha sido arrasado por ningún temporal.
       Más razón para que esta vez lo sea —respondió el Capitán Warfield—. Yo no me fiaría.
       —¿Quién es agorero ahora? —le reprendió Grief.
       No me gustaría perder ese motor nuevo antes de haberlo amortizado —replicó, sombrío, el capitán.
       Parlay cruzó la abarrotada habitación con una ligereza asombrosa y se acercó al lugar donde un barómetro pendía de la pared.
       —¡Échenle un vistazo, mis valientes marineros! —gritó exultante.
       El hombre que estaba más cerca del instrumento se volvió a leerlo. Lo que vio le serenó en el acto, como se evidenció automáticamente en su rostro.
       —Ha bajado diez puntos.
       No dijo más, pero con eso bastó para que la ansiedad se reflejara en todas las caras y se creara de pronto un ambiente de intranquilidad, como si hasta el último de los allí reunidos quisiera salir corriendo hacía la puerta.
       —Escuchen —ordenó Parlay.
       En medio del silencio se oía el ruido de las olas con desusada fuerza. Era un bramido que retumbaba sordamente.
       —Empieza a subir el oleaje —dijo una voz. E inmediatamente se produjo una desbandada general hacia una de las ventanas junto a la cual se agruparon todos los presentes.
       Miraron hacia el mar a través de los troncos de los cocoteros. Una ordenada procesión de olas enormes y uniformes iba a romper sobre las orillas coralíferas. Durante algunos minutos contemplaron aquel espectáculo insólito mientras comentaban en voz baja. Era evidente que las olas aumentaban de tamaño por momentos. Ante la extraña visión que ofrecía la mar gruesa en medio de la calma chicha, las voces se fueron apagando. El viejo Parlay sobresaltó a todos con su brusco cloqueo.
       —Aún tienen tiempo de hacerse a la mar, mis valientes caballeros. Los botes pueden remolcarles hasta salir de la laguna.
       —No hay por qué preocuparse —dijo Darling, el contramaestre del Cactus, un joven fornido de veinticinco años—. El vórtice del huracán se halla al Sur. Además está pasando. No nos alcanzará ni una ráfaga de viento.
       Una oleada de alivio inundó la habitación. Se reanudaron las conversaciones y volvieron a alzarse las voces. Varios de los compradores regresaron junto a la mesa para continuar examinando las perlas. La risita de Parlay subió de tono.
       —Así me gusta —les animó—. Aunque se acabara el mundo, ustedes seguirían comprando perlas.
       —Estas puedo asegurarle que las compraremos mañana —dijo Isaacs.
       —Entonces será en el infierno.
       Un coro de carcajadas incrédulas encolerizó al anciano, que se encaró, furioso, con Darling.
       —¿Desde cuándo saben tanto los mocosos como usted? ¿Quién ha sido capaz de marcar en las cartas el curso de los huracanes de las Paumotus? ¿En qué libro puede encontrarlo? Yo navegaba por estas islas antes de que viniera al mundo el más viejo de todos los presentes. Y sé lo que me digo. Hacia el Este, los huracanes trazan un círculo tan amplio que se diría que van en línea recta. Aquí, en el Oeste, trazan una curva cerrada. Recuerden las cartas. ¿Cómo fue que el huracán del año noventa y uno asoló Auri y Hiolau? La curva, mi valiente joven, la curva. Dentro de una hora, de dos o tres a lo más, se levantará el huracán. Escuchen eso.
       Un enorme estruendo, resultado de lo que parecía un tremendo embate, conmovió los cimientos de coral del atolón. La casa se estremeció. Los criados nativos, cargados de botellas de whisky y de absenta, se apiñaron como buscando protección y miraron con temor a través de las ventanas a la inmensa ola que lamía con avidez lo más alto de la playa hasta llegar a los pies de un cobertizo de copra.
       Parlay consultó el barómetro, soltó una risita sardónica y miró a sus invitados. El capitán Warfield cruzó la habitación para acercarse a leer lo que marcaba el aparatointinueve setenta y cinco —anunció—. Ha bajado cinco más. Este demonio de viejo tiene razón. El huracán se acerca. No sé qué harán ustedes, pero yo me voy a bordo.
       —Está oscureciendo —dijo Isaacs medio gimoteando.
       —¡Por Júpiter! Parece el escenario de un teatro —dijo Mulhall a Grief mientras consultaba su reloj—. Son las diez de la mañana y parece que está anocheciendo. Las luces se apagan para la tragedia. ¿Dónde está la música lenta?
       En respuesta a sus palabras, otro sonoro embate estremeció el atolón y la casa. Presas de pánico, los circunstantes corrieron hacia la puerta. A la luz mortecina de aquella mañana, sus rostros aparecían lívidos. Isaacs, aquejado de asma, jadeaba en medio del calor sofocante.
       —¿A qué tanta prisa? —rió Parlay, mofándose de sus invitados que huían hacia los barcos—. Una última copa, mis valientes caballeros.
       Nadie le escuchó. Mientras corrían en dirección a la playa por el sendero bordeado de conchas, asomó la cabeza por la puerta y gritó:
       —No se olviden, señores. Mañana, a las diez en punto, el viejo Parlay venderá sus perlas.


III

       En la playa tuvo lugar una curiosa escena. Los hombres arrastraban precipitadamente hasta la orilla sus respectivos botes, subían a ellos y empuñaban los remos. La oscuridad era cada vez mayor. La calma continuaba y la arena temblaba con cada embate del mar en la costa exterior del atolón. Narii Herring avanzaba tranquilamente por la playa riendo al ver el evidente apresuramiento de capitanes y compradores. Le acompañaban sus canacas y también Tai-Hotauri.
       —Sube al bote y empuña un remo —ordenó el capitán Warfield a este último.
       Tai-Hotauri se acercó con desenvoltura, mientras Narii Herring se detenía a cuarenta pies de distancia a contemplar la escena rodeado de sus marineros.
       —No trabajar más para usted, patrón —dijo Tai-Hotauri a gritos y en tono insolente. Pero con el rostro desmintió sus palabras porque mientras hablaba fue autor de un guiño prodigioso—. Despídame, patrón —susurró roncamente con un segundo guiño, tan significativo como el primero.
       El capitán Warfield entendió que se trataba de una comedia y empezó a actuar también. Levantó el puño y la voz.
       —Súbete a ese bote, cerdo —bramó—, o te haré ver las estrellas.
       El canaca se hizo atrás con un gesto truculento y Grief se interpuso entre los dos con intención de aplacar al capitán.
       —Yo enrolarme en el Nuhiva —dijo Tai-Hotauri uniéndose al otro grupo.
       —¡Vuelve aquí! —le gritó el capitán amenazadoramente.
       —Es libre de hacer lo que le plazca —habló Narii Herring—. Ha navegado conmigo en otras ocasiones y volverá a hacerlo ahora. No hay más que hablar.
       —Vamos —apremió Grief—. Tenemos que subir a bordo. Mire lo oscuro que se está poniendo.
       El Capitán Warfield cedió, pero mientras el bote se alejaba, permaneció de pie sobre la cámara blandiendo el puño en dirección a la playa.
       —Ya te ajustaré las cuentas, Narii —gritó—. Eres el único capitán del grupo que roba a los tripulantes de otro barco.
       Luego se sentó y, bajando la voz, preguntó:
       —¿Qué se traerá entre manos Tai-Hotauri? Sé que se propone algo, pero ¿qué puede ser?


IV

       Cuando el bote se acercó al Malahini, el rostro angustiado de Hermann les saludó por encima de la borda.
       —El barómetro ha bajado al mínimo —anunció—. Se aproxima un huracán. He mandado largar el ancla de estribor.
       —Larga la grande también —ordenó el capitán Warfield, haciéndose cargo del mando inmediatamente—. ¡A ver, unos cuantos, izad el bote! ¡Cargadlo en cubierta y amarradlo bien con la quilla hacia arriba!
       Las tripulaciones se afanaban a bordo de las goletas. Se oía el rechinar de las cadenas y, una por una, todas las naves viraron y largaron la segunda ancla. Los que, como el Malahini, tenían tres, se preparaban para echar la tercera en cuanto el viento diera a entender de qué cuadrante iba a soplar.
       El estruendo del oleaje continuaba creciendo, aunque la superficie de la laguna seguía tranquila como un espejo. No había signos de vida en torno al lugar donde el caserón de Parlay se alzaba sobre la arena. Los cobertizos que servían para guardar los barcos y almacenar la copra y las conchas estaban desiertos.
       —Por menos de nada levaría anclas y nos iríamos de aquí —dijo Grief—. Lo haría de todos modos si saliéramos a mar abierto, pero esas cadenas de atolones que hay al Norte y al Oeste nos tienen encerrados. Creo que saldremos mejor parados si nos quedamos aquí. ¿Qué opina usted, Capitán Warfield?
       —Estoy de acuerdo, aunque no crea usted que una laguna es el mejor sitio para capear un huracán. Me pregunto por dónde llegará. ¡Mire! Ahí va uno de los cobertizos de copra de Parlay.
       Una de las cabañas de techumbre de paja se derrumbaba en aquellos momentos ante el embate del agua mientras que un hervidero de espuma lamía la cresta del anillo de arena para ir a morir a la laguna.
       —Ha saltado al otro lado —exclamó Mulhall—. No está mal para empezar. Ahí viene otra.
       La segunda ola alzó los restos de la cabaña y los abandonó después sobre la arena. Una tercera ios deshizo en fragmentos y los arrastró pendiente abajo hasta la laguna.
       —Al menos sí llega ese huracán refrescará un poco —gruñó Hermann—. Ya no puedo respirar. Hace un calor infernal. Estoy más seco que un corcho.
       Abrió un coco de un tajo y se bebió el contenido. Los otros siguieron su ejemplo, deteniéndose un instante a contemplar cómo se derrumbaba otro de los cobertizos del viejo Parlay. El barómetro registraba ahora veintinueve noventa y cinco.
       —Debemos estar muy cerca del centro de la baja presión —observó Grief de buen talante—. Nunca en mi vida he estado en el vórtice de un huracán. Será toda una experiencia también para usted, Mulhall. Y por la velocidad a que ha descendido el barómetro, éste va a ser de los buenos.
       El Capitán Warfield gruñó y todas las miradas se centraron en él. Con ayuda de los gemelos recorría con la vista la superficie de la laguna hasta el extremo sureste.
       —Ahí llega —dijo pausadamente.
       No necesitaron gemelos para ver. Era como si una telilla de extrañas características se acercara flotando sobre la superficie del lago. Por delante de ella, a la misma velocidad y a todo lo largo del atolón, las copas de los cocoteros se iban doblando entre una nube de hojas que revoloteaban sin cesar. El frente del huracán, al tocar la superficie del agua, formaba una línea ininterrumpida, claramente definida, de color gris oscuro y muy castigada por el viento. Precediéndola, y a modo de avanzadillas, llegaban ráfagas huracanadas. A esa primera línea seguía otra aproximadamente de un cuarto de milla de anchura y que parecía de una calma cristalina. Cerraba la marcha una tercera línea sombría tras de la cual la laguna era toda blancura, un hervidero albo, bullente.
       —¿Qué es esa zona de calma? —preguntó Mulhall.
       —Eso, calma —respondió Warfield.
       —Pero avanza tan de prisa como el viento —fue la objeción de su interlocutor.
       —Así tiene que ser. De Otro modo, el viento la alcanzaría y desaparecería. Es un huracán de dos cabezas. Una vez vi uno así en las costas de Savaii. Fue terrible. Nos alcanzó, luego amainó totalmente y al poco volvió a echársenos encima. Atentos todos y agárrense a lo que puedan. Ahí llega. Miren al Roberta.
       El Roberta, que era el más cercano a la línea del huracán y estaba fondeado con las cadenas flojas, fue barrido de costado como una paja. Las cadenas lo retuvieron con un fuerte tirón, aproándolo al viento. Goleta tras goleta, y el Malahitti con ellas, volaban ahora con el primer embate del temporal contenidos por las tensas cadenas, Mulhall y varios canacas cayeron al suelo ante la fuerza de la sacudida.
       De pronto cesó el viento. Se hallaban en la zona de calma. Grief encendió una cerilla y la llama, sin protección alguna, ardió en el aire inmóvil. Reinaba una luz muy tenue, crepuscular. El cielo nublado, que llevaba horas descendiendo, parecía haber bajado hasta posarse en el mar.
       El Roberta volvió a tirar de las cadenas del ancla cuando le alcanzó la segunda cabeza del huracán y lo mismo hicieron el resto de las goletas en rápida sucesión. El mar, blanco de ira, hervía en olas diminutas que escupían espuma. La cubierta del Malahini vibraba bajo los pies de la tripulación. Las drizas tamborileaban contra los mástiles, y todo el aparejo, como batido por una mano potentísima, socollaba con un tam-tam salvaje. Era imposible respirar cara al viento, como descubrió Mulhall, que se hallaba agazapado junto con sus compañeros tras1 el camarote. Sus pulmones se llenaron en un instante con una enorme cantidad de aire. Incapaz de expelerlo, casi se ahogó antes de conseguir volver la cabeza.
       —Es increíble —jadeó. Pero nadie le oyó.
       Hermann y varios canacas se arrastraban a gatas hacia la proa para largar la tercera ancla. Grief tocó al Capitán Warfield en el hombro y señaló al Roberta que avanzaba hacia ellos. Warfield acercó la boca al oído de Grief y gritó:
       —Nosotros también garreamos.
       Grief saltó hacia el timón y lo hizo girar. La proa del Malahini viró hacia babor. La tercera ancla agarró y el Roberta pasó junto a ellos, a popa y a unas doce yardas de distancia. Los del Malahini saludaron con la mano a Peter Gee y al capitán Robinson, que se afanaban en la amura ayudados por unos cuantos marineros.
       —Han faltado los grilletes —gritó Grief—. Van a tratar de atravesar el pasaje y salir a mar abierto. No les queda otro remedio. Están garreando.
       —Nosotros aguantamos —fue la respuesta formulada a gritos—. Allá va el Cactus a chocar con el Misi. Es el fin de los dos barcos.
       Hasta el momento, el Misi había logrado capear el temporal, pero no pudo aguantar por más tiempo la fuerza del viento. Las dos goletas se deslizaron, confundidas, sobre la revuelta superficie blanca. Las tripulaciones de una y otra luchaban por separarlas. El Roberta, perdidas las anclas y con apenas trapo al viento, embocaba el pasaje que se abría al extremo noreste de la laguna. Le vieron atravesarlo y salir a mar abierto. El Misi y el Cactus, por su parte, sin poder separarse, fueron a dar a tierra a media milla del pasaje.
       El viento seguía arreciando. Hacerle frente a cuerpo limpio exigía toda la fuerza de un hombre y sólo varios minutos de arrastrarse por cubierta bastaba para agotar a los tripulantes. Hermann y los canacas trabajaban sin descanso amarrando cabos, reforzando nudos, asegurando las velas con más y más matafioles. El viento desgarraba las finas camisetas que vestían, arrancándoles jirones de la espalda. Se movían despacio, como si sus cuerpos pesaran toneladas, sin soltar un asidero hasta haberse aferrado a otro. Los cabos sueltos vibraban horizontalmente en el viento que, después de sacudir implacable los chicotes, los destrenzaba, rompía y arrastraba.
       Mulhall tocó en el hombro a dos de sus compañeros y señaló hacia la orilla. Los cobertizos de hierba habían desaparecido y la casa de Parlay se tambaleaba como si estuviera ebria. Hasta entonces los cocoteros la habían protegido del viento que soplaba a lo largo del atolón, o ahora las enormes olas que saltaban sobre el anillo de arena iban minando sus cimientos y batiendo sus muros hasta derribarlos. Inclinada sobre la pendiente de la playa, su fin era inminente. Aquí y allá, los habitantes de la isla se habían amarrado a los cocoteros. Los árboles no se balanceaban bajo la fuerza del viento. Doblados rígidamente casi en ángulo recto, permanecían en esta posición vibrando monstruosamente. Bajo ellos, en la playa, hervía la blanca espuma de las olas.
       Un imponente oleaje recorría ahora la longitud de la laguna. Tenía espacio de sobra, en las diez millas que había desde la costa barlovento del atolón, para adquirir una potencia colosal. Las naves cabeceaban y se hundían bajo las olas. El Malahini empezaba a meter proa bajo las más altas y a veces el combés se llenaba de agua hasta la borda.
       —Ha llegado el momento de poner en marcha ese motor —vociferó Grief. Y el Capitán Warfield se arrastró hasta donde se hallaba el maquinista y le gritó unas órdenes terminantes.
       Con el motor en marcha y a toda máquina, el Malahini se portó mejor. Aunque continuaba recibiendo las olas por la proa, las anclas no le sacudían con la fuerza de antes. No podían largar más cadena. Lo máximo que podían hacer era reducir la tensión con ayuda de los cuarenta caballos de vapor.
       Pero el viento seguía aumentando. El pequeño Nuhiva, fondeado cerca del Malahini y más próximo a la playa que éste, con el motor averiado y su capitán en tierra, lo estaba pasando mal. Las olas lo cubrían tanto y tan a menudo que cada vez que le veían desaparecer bajo el agua temían que no volviera a salir a flote. A las tres de la tarde se sumergió bajo una enorme ola antes de haber podido capear la anterior, y no se le vio más.
       Mulhall miró a Grief.
       —El agua ha entrado por las escotillas —respondió éste a gritos.
       El Capitán Warfield señaló al Winifred, una pequeña goleta que se hundía y volvía a la superficie sucesivamente muy cerca del Malabini y le gritó a Grief unas frases al oído. Su voz le llegaba a éste en retazos de articulaciones confusas salpicadas de intervalos en que el bramido del viento apagaba sus palabras.
       —¡Maldita bañera…! Las anclas aguantan… Mire cómo se mantiene… Más viejo que el Arca de Noé…
       Una hora después, Hermann señaló a la nave. Las bitas de proa y el trinquete habían desaparecido a causa de los tirones de las anclas. El Winifred, sacudido por el oleaje y medio hundido por la proa, viró ofreciendo el costado al viento y de este modo fue arrastrado hacia sotavento.
       Cinco barcos quedaban a flote en la laguna y, entre ellos, sólo el Malahini tenía motor. Temiendo que les ocurriera lo que al Nuhiva o al Mildred, dos de las naves siguieron el ejemplo del Roberto. Cobraron las cadenas y embocaron el pasaje. El Dolly fue la primera, pero el viento le arrancó el velamen y fue a terminar destrozado en la orilla sotavento de la laguna, cerca del Misi y del Cactus. Sin arredrarse por ello, el Moana la siguió con el mismo resultado.
       —Buen motor, ¿eh? —gritó el Capitán Warfield al propietario del barco.
       Grief le tendió la mano y el capitán se la estrechó.
       —Está amortizando su costo —contestó vociferando—. El viento va cambiando de dirección. Eso mejorará las cosas.
       Dotado de una velocidad cada vez mayor, el viento viró lentamente hacia el Suroeste hasta que las tres goletas que quedaban ahora en el interior de la laguna apuntaron con la proa hacia la playa. Una ola recogió los restos de la casa de Parlay y los arrojó al agua, lanzándolos contra los tres barcos. Pasaron junto al Malahini y fueron a estrellarse contra el Papara, que estaba fondeado a popa y a un cuarto de milla de distancia de este último. Hubo una febril actividad en la cubierta de la nave y a los quince minutos los tripulantes lograron desembarazarse de los restos de la casa no sin que éstos arrastraran con ellos el trinquete y el bauprés.
       Más cerca de la costa, a babor del Malahini, estaba fondeado el Tahaa, una embarcación tan esbelta y ligera como un yate, pero cargada de excesiva arboladura. Sus anclas aguantaban, pero el capitán, viendo que el viento no amainaba, decidió hacer frente a la situación derribando los mástiles.
       —Buen motor el nuestro —felicitó Grief al capitán—. Creo que nos salvará los palos si no ocurre nada peor.
       El capitán Warfield movió la cabeza, dudoso.
       El oleaje de la laguna amainó con el cambio de viento, pero al mismo tiempo comenzaron a sentirse los efectos de la corriente y el empuje de las olas que saltaban por encima del atolón. Quedaban muy pocos árboles en pie. Unos estaban partidos por el tronco y otros habían sido arrancados de raíz. Un cocotero salió volando por los aires con tres hombres abrazados a él y fue girando y girando hasta dar en la laguna. Dos de los hombres se soltaron y nadaron hacia el Tahaa. Poco después, justo antes del anochecer, vieron lanzarse al agua desde la cubierta a una figura que se dirigió con enérgicas brazadas hacia el Malahini a través de las blancas olillas.
       —Es Tai-Hotauri —dijo Grief—. Nos traerá noticias.
       El canaca asió el barbiquejo, trepó por la proa y saltó a cubierta. Le dieron tiempo para cobrar aliento y poco después, al abrigo que ofrecía el camarote, a trompicones y sobre todo por señas, relató lo sucedido.
       —Narii… Maldito ladrón. Querer robar perlas… Querer matar a Parlay… No saber quién… Tres canacas, Narii y yo… cinco judías… en un sombrero… Narii decir que una judía negra… Nadie saber… Matar Parlay… ¡Maldito mentiroso!… Todas las judías negras… Cinco judías negras… Cabaña a oscuras… Todos sacar judía negra… Gran viento venir… Todos subir al árbol… No dar suerte las perlas… Yo decirlo antes… Mala suerte las perlas… Mala suerte.
       —¿Dónde está ahora Parlay? —gritó Grief.
       —Subir árbol… Tres canacas mismo árbol… Narii y un canaca en otro… Árbol mío irse al infierno… Yo subir a bordo…
       —¿Dónde están las perlas?
       —En árbol con Parlay… Narii quizá cogerlas…
       Grief gritó al oído de todos, uno tras otro, lo que acababa de decirle Tai-Hotauri. El capitán Warfield estaba tan indignado que le rechinaban los dientes.
       Hermann bajó y regresó con un farol, pero el viento lo apagó en el momento en que lo levantó sobre el techo del camarote. Algo más de suerte tuvieron con la lámpara de bitácora, que lograron encender después de varios intentos colectivos.
       —¡Vaya nochecita de viento! —vociferó Grief al oído de Mulhall—. Y sigue arreciando.
       —¿Qué velocidad lleva?
       —Cien millas por hora, doscientas… No sé. Nunca he visto un viento así.
       El agua de la laguna subía de nivel con las olas que saltaban por encima del atolón. Cientos de leguas de océano arrojaba el huracán a su interior, contrarrestando así más que sobradamente los efectos del reflujo. En el momento en que la marea repuntó, las olas comenzaron a aumentar de tamaño. La luna y el viento se confabulaban para lanzar todo el Océano Pacífico sobre el atolón de Hikihoho.
       El capitán Warfield subió del cuarto de máquinas, adonde bajaba cada pocos minutos, con la noticia de que el maquinista se había desmayado.
       —No podemos permitir que se pare el motor —concluyó, impotente.
       —Está bien —dijo Grief—. Que le suban a cubierta. Yo le relevaré.
       Por estar aseguradas las escotillas con listones, sólo podía llegarse al cuarto de máquinas atravesando un estrecho pasaje que partía del camarote. El calor y los gases hacían la atmósfera irrespirable. Grief llevó a cabo una inspección rápida y exhaustiva de la maquinaria y del material que contenía la pequeña habitación y luego apagó la lámpara de aceite. Trabajó en medio de una oscuridad sólo interrumpida por el tenue resplandor de los innumerables cigarrillos que, cada pocos minutos, iba a encender al camarote. A pesar de ser hombre equilibrado, pronto empezó a sentir los efectos de la tensión que suponía permanecer encerrado en medio de una oscuridad vociferante, a solas con aquel monstruo mecánico que trajinaba, jadeaba y sollozaba sin cesar. Con el torso desnudo, cubierto de grasa y aceite, magullado y desollado por los continuos embates que le lanzaban contra las paredes de la cabina, mareado por la mezcla de gas y aire que se veía obligado a respirar, trabajó hora tras hora, acariciando, bendiciendo, alimentando y maldiciendo sucesivamente al motor y a todas sus piezas. El encendido comenzó a fallar, el sistema de alimentación iba de mal en peor, y, lo que era aún más grave, los cilindros comenzaron a calentarse. Durante la conferencia que se celebró poco después en el camarote, el ingeniero mestizo pidió y suplicó que pararan la máquina durante media hora para que se enfriara y pudieran así reparar el mecanismo de refrigeración. El capitán Warfield se oponía a ello. El mestizo juraba que de otro modo se detendría igualmente, sólo que en ese caso de forma definitiva. Grief, con los ojos brillantes, magullado y cubierto de grasa, les maldijo a los dos y comenzó a dar órdenes. Poco después, Mulhall, el sobrecargo y Hermann trabajaban en el camarote filtrando dos y tres veces la provisión de gasolina. Abrieron un agujero en el suelo del cuarto de máquinas y un canaca procedió a verter sobre los cilindros agua procedente de la sentina mientras que Grief empapaba en aceite las piezas que se movían sin descanso.
       —Ignoraba que fuera usted un experto en gasolina —dijo el capitán Warfield con admiración en una ocasión en que Grief entró en el camarote para respirar un aire algo menos impuro.
       —Me baño en gasolina —gruñó salvajemente—. Me la como.
       Nunca llegó a decir a qué otros usos podía destinarla porque en aquel preciso instante todos los presentes en el camarote, en unión de la gasolina que estaban filtrando, salieron despedidos hacia popa mientras el Malahini hundía bruscamente la proa bajo una ola. Durante varios minutos les fue imposible ponerse en pie y rodaron de un extremo a otro de la habitación, chocando repetidamente con las paredes. La goleta, arrastrada por tres olas inmensas, crujía, gemía y se estremecía bajo el peso del agua que inundaba las cubiertas. Cabeceaba como un madero a la deriva. Grief se arrastró hacia el motor mientras el capitán Warfield aprovechaba la primera oportunidad para subir a cubierta. No regresó hasta pasada media hora.
       —El bote ha desaparecido —informó—. La cocina ha desaparecido. Todo ha desaparecido menos la cubierta y las escotillas. Y de no ser por ese motor, también nosotros habríamos volado. Siga usted trabajando como hasta ahora.
       Hacia la medianoche el maquinista se sentía lo bastante despejado como para relevar a Grief, quien fue a unirse con los que seguían acurrucados tras el camarote, aferrados a las paredes con las manos y amarrados con cuerdas para asegurarse doblemente. Formaban un nutrido grupo por ser aquél el único refugio que les quedaba ahora a los canacas. Algunos de ellos habían aceptado la invitación del capitán para refugiarse en el camarote, pero los humos y los gases les habían obligado a salir al aire libre. El Malahini hundía la proa bajo las olas y el agua barría la cubierta con tanta frecuencia que lo que respiraban fuera era una mezcla de aire y agua pulverizada.
       —Menudo ventarrón, Mulhall —gritó Grief a su anfitrión entre dos inmersiones.
       Mulhall, ahogándose y atragantándose, sólo pudo afirmar con la cabeza. Los imbornales no bastaban para evacuar la enorme carga de agua que se acumulaba en cubierta. La goleta la vertía por una banda y la tomaba por la otra. Otras veces, con la proa alzada hacia el cielo y asentada sobre los talones, la lanzaba hacia popa. El agua corría como una tromba por los pasillos laterales, caía sobre el tejado del camarote anegando y magullando a los que permanecían agazapados tras él, y salía lanzada por la barandilla de popa.
       Mulhall fue quien lo vio primero y avisó inmediatamente a Grief. Era Narii Herring. Aguantaba el temporal acurrucado allá donde el farol de bitácora le iluminaba con su luz mortecina. Iba completamente desnudo. No llevaba encima más que un ancho cinturón y un cuchillo sin funda encajado entre el cuero y la piel.
       El capitán Warfield se desató y se abrió paso entre los cuerpos amontonados de sus compañeros. A la luz del farol su rostro apareció animado por una inmensa cólera. Le vieron gritar, pero el viento se llevaba sus palabras. No acercaba los labios al oído de Narii Herring, sino que señalaba al lado opuesto. Narii Herring le entendió. En sus labios se dibujó una sonrisa burlona que puso al descubierto unos dientes muy blancos y se levantó. Era la suya una espléndida figura de hombre.
       —Es un crimen —gritó Mulhall al oído de Grief.
       —Habría matado al viejo Parlay —le contestó Grief, también a gritos.
       Por el momento, la proa estaba libre de agua y el Malahini se mantenía adrizado. Narii hizo un intento desesperado por llegar hasta la borda, pero el viento le arrojó al suelo. A partir de aquel momento, se arrastró hasta desaparecer tragado por la oscuridad. Todos habrían jurado que se había arrojado al agua. El Malahini se sumergió en aquel momento bajo una ola y cuando emergieron de la inundación que barrió la cubierta hasta la popa, Grief acercó los labios al oído de Mulhall.
       —No podemos dejarle escapar. Es el hombre-pez de Tahití. Cruzará la laguna y llegará a la otra orilla del atolón… si es que queda algo del atolón.
       Cinco minutos después y durante una nueva inmersión, un revoltijo de cuerpos cayó sobre el montón de hombres agazapados tras el camarote. Los sostuvieron con fuerza hasta que pudieron bajarlos al camarote y allí descubrieron su identidad. El viejo Parlay yacía boca arriba sobre el suelo, inmóvil y con los ojos cerrados. Los otros dos eran sus primos canacas. Uno de ellos tenía fracturado un brazo, que le colgaba inerte, paralelo al cuerpo. El otro sangraba copiosamente de una enorme herida en la cabeza.
       —¿Es Narii el responsable? —preguntó Mulhall.
       Grief negó con la cabeza.
       —No. Se lo han hecho al golpearse contra la cubierta y el camarote.
       Algo cesó de pronto, sumiéndoles a todos en una inseguridad de vértigo. Les costó trabajo caer en la cuenta de que el viento había amainado. Se había interrumpido de pronto como cortado de una cuchillada. La goleta cabeceaba tirando de las cadenas de las anclas con un crujido que era audible por primera vez en mucho tiempo. También por primera vez en mucho tiempo se oyó el ruido del agua barriendo la cubierta. El maquinista paró la hélice y redujo la marcha del motor.
       —Estamos en el centro mismo del huracán —dijo Grief—. Ahora el viento cambiará de rumbo. Y arremeterá con la fuerza de antes.
       Miró el barómetro.
       —Veintinueve treinta y dos —leyó.
       No pudo bajar de pronto la voz que durante tantas horas había sobrepuesto al viento, y tan alto habló, en medio del nuevo silencio, que lastimó los oídos de todos los presentes.
       —Tiene las costillas rotas —dijo el sobrecargo mientras palpaba el costado de Parlay—. Aún respira, pero no se salvará.
       El viejo Parlay gruñó, movió impotente un brazo y abrió los ojos. Su mirada se iluminó al reconocerlos.
       —Mis valientes caballeros —susurró—. No se olviden. La subasta… a las diez en punto… en el infierno.
       Cerró los ojos y por un momento pareció que iba a dejar caer sin fuerza la mandíbula, pero supo sobreponerse a los estremecimientos de la disolución final el tiempo suficiente para emitir una última carcajada burlona y despectiva.
       Por encima y por debajo del Malahini estalló en aquel momento un verdadero pandemónium. De nuevo se oyó el bramido familiar del viento. La goleta, sorprendida de costado, casi quedó aplastada al describir un arco impulsada por la sacudida que representó el tirón de las cadenas de las anclas. Éstas la obligaron a virar hasta poner proa al viento y, de una nueva sacudida, la nave quedó adrizada. Giró la hélice y el motor volvió a funcionar.
       —Ahora sopla del Noroeste —gritó al capitán Warfield a Grief cuando subió a cubierta—. Ha virado ocho grados con la velocidad de una bala.
       —Narii ya no podrá cruzar la laguna —observó Grief.
       —El viento le volverá a arrastrar hacia nosotros. ¡Peor suerte que la nuestra…!


V

       Pasado el vórtice del huracán, el barómetro comenzó a subir. El viento amainaba a una velocidad paralela.
       Cuando quedó reducido a una simple borrasca, la máquina se alzó sobre la plancha de asiento con un último esfuerzo convulsivo de sus cuarenta caballos de vapor, y volvió a caer escorada. Una oleada de agua procedente de la sentina hirvió sobre su superficie metálica despidiendo nubes de vapor. El maquinista expresó su desánimo, pero Grief contempló con afecto los restos del motor y pasó al camarote a limpiarse con estopa de algodón la grasa que le cubría el pecho y los brazos.
       Cuando subió a cubierta después de coser la herida de uno de los canacas y entablillarle el brazo al otro, el sol brillaba en el cielo y soplaba una suave brisa de verano. El Malahini estaba fondeado cerca de la playa. A proa, Hermann y el resto de la tripulación trataban de aclarar las cadenas de las anclas.
       El Papara y el Tahaa habían desaparecido y el capitán Warfield inspeccionaba con ayuda de los prismáticos la orilla opuesta del atolón.
       —No veo ni rastro de ellos —dijo—. Eso les ha pasado por no llevar motor. El viento ha debido arrastrarlos a través de la laguna antes de cambiar de rumbo.
       En tierra firme, en el lugar donde antes se alzara la casa de Parlay, no quedaban ni vestigios de la construcción. A lo largo de las trescientas yardas de arena arrasadas por las olas, ni un solo árbol permanecía en pie, ni siquiera un muñón. Más allá se elevaba algún que otro cocotero y un gran número de troncos yacían sobre la arena arrancados de raíz. En la copa de una de las pocas palmeras que habían sobrevivido al huracán, Tai-Hotauri vio moverse algo. Los botes del Malahini habían desaparecido. Le vieron nadar hasta la orilla y trepar a lo alto del árbol.
       Al poco rato regresó con una de las criadas de Parlay, una muchacha nativa a quien ayudaron a encaramarse a bordo. Antes de subir a cubierta, la muchacha les entregó una cesta en la que iba una camada de gatitos ciegos, muertos todos a excepción de uno de ellos que maullaba débilmente y se tambaleaba sobre sus torpes patas.
       —¡Eh! —dijo Mulhall—. ¿Quién es ése?
       A lo largo de la playa caminaba un hombre. Andaba despreocupadamente, como si hubiera salido a dar un simple paseo matinal. El capitán Warfield rechinó los dientes. Era Narii-Herring.
       —Hola, capitán —gritó cuando llegó a la altura del Malahini—. ¿Puedo subir a desayunar?
       El rostro y el cuello del capitán Warfield comenzaron a hincharse y a teñirse de púrpura. Trató de hablar, pero la indignación se lo impedía.
       —Por menos de nada… Por menos de nada… —fue todo lo que pudo articular.



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